Cuando la multitud hoy muda, resuene como océano.

Louise Michel. 1871

¿Quién eres tú, muchacha sugestiva como el misterio y salvaje como el instinto?

Soy la anarquía


Émile Armand

miércoles, marzo 7

Picasso anarquista. Entrevista


Oscar Segarra (Barcelona, 1979) es Licenciado en Periodismo y Maître ès lettres, por la Universidad de París IV La Sorbona en LiteraturaComparada.  En la actualidad trabaja como periodista free lance y ultima su ensayo Picasso Anarquista, que será publicado esta próxima primavera por la editorial madrileña La Oveja Roja.

-Pregunta. -Oscar, ¿cómo se te ocurrió escribir un libro sobre Picasso?, ¿qué se puede decir de él que ya no se sepa?

-Respuesta. –Bueno, a decir verdad, Picasso se atravesó en mitad de mi tesis hace ahora dos años. Yo estaba entonces investigando sobre la Escuela Moderna de Ferrer i Guardia, otro personaje del siglo XX sobre el que se ha escrito mucho pero de cuyo círculo profesional apenas había noticias, y aquí fue dónde inesperadamente me encontré con Picasso.

-P. -¿Quieres decir que Picasso fue amigo de Ferrer?

-R. –No sabría decir qué grado de amistad pudo haber entre los dos. En realidad yo creo que el contacto mayor fue con Clemencia Jacquinet.

-P. -¿Quién era esta persona?

-R. -Te explico. Cuando empecé a investigar sobre la Escuela Moderna y el círculo de Ferrer, me llamó especialmente la atención la figura de Clemencia Jaquinet. Me pareció el personaje más original de todos los que se movían alrededor de la escuela. Así que aproveché una beca de estudios para investigar sobre ella, primero en L’ Archive Departamental de Paris y después en el Ministère de l’Éducation, donde localicé un documento a nombre de Clemencia Jaquinet en el que solicitaba una especie de fe de vida laboral para poder jubilarse como maestra a causa de una enfermedad crónica. El documento tenía fecha de 1925 y facilitaba una dirección en Dijon, en la Borgoña francesa. Tenía una intuición sobre aquel sitio, y Dijon tampoco es una ciudad enorme, apenas tiene ciento cincuenta mil habitantes, así que no lo pensé dos veces, tomé un tren y me fui a ver qué rastro podía quedar de Clemencia. No me equivoqué, la casa de la rue Verreire seguía perteneciendo a su familia, en concreto a una sobrina nieta que me recibió al principio con gran desconfianza pero a la que supe ganarme hablándole maravillas de su abuela, después todo fueron facilidades. Sabía por la bibliografía que había consultado que Clemencia era una joven menuda, de aspecto monacal y firmeza de carácter y, en efecto, las fotos de juventud que me mostró su sexagenaria nieta no mentían. Clemencia había conocido a Ferrer en 1897, en Paris, donde vivirá prácticamente toda su vida. Había sido alumna del curso de español que Ferrer daba en la sede del Gran Oriente de Francia, es decir, que Clemencia compartía con Ferrer la filiación masónica y un agudo anticlericalismo. En 1898 dejó Paris y se marchó a Egipto como institutriz de los hijos del pachá Hassan Tewftik, al año de estar allí, las cosas entre el pachá y los ingleses se complicaron y ante la situación de incertidumbre e inestabilidad política regresó a Paris, donde volvió a retomar el contacto con Ferrer. Poco después, la muerte de su madre, que la afectó hasta el punto de pensar en el suicido, la sumió en una profunda depresión de la que Ferrer la sacó haciéndola participe de su proyecto de escuela y con emprender una nueva vida en Barcelona. Nathalie, la nieta, me mostró en el salón de la casa un mueble donde guardaba parte de la biblioteca de su abuela, allí vi libros de Montaigne, Rousseau, Pestalozzi, Froebel, Spencer, Kant, Rabelais… estaba la colección del El hombre y la tierra de Reclús, Las aventuras de Nono de Jean Grave, un librito de caligrafía de Malato, un manual de Geografía Física y dos volúmenes de Ciencias Naturales los tres firmados por Odón de Buen y hasta un ejemplar de Sembrando Flores con una dedicatoria autógrafa en francés de Federico Urales. También conservaba como un tesoro, en un mueble aparte, los tres volúmenes que Clemencia escribió de Historia Universal y que fueron publicados por la editora de la Escuela Moderna, y un pequeño estudio sobre Ibsen y su obra también publicado en España.

P- ¿Y Picasso?

R.- Picasso viaja a Paris en octubre de 1900, de la mano de Casagemas, para asistir a la Exposición Universal donde se exhibía una obra suya en el Pabellón Español: Últimos momentos. Ambos se instalan en el estudio de Isidre Nonell, al que conocían del grupo Els Quatre Gats. Se dice que Nonell influyó mucho en los temas que Picasso pinta en esos años: marginados, miserables, etc.

P.- ¿Qué era Els Quatre Gats?

R. -Un local frecuentado por artistas que compartían intereses políticos y sociales, además de artísticos. Allí discutían de arte, de literatura y también de anarquismo, comentaban los libros de Kropotkin, entonces muy populares. Allí se daban cita artistas fracasados, perdedores varios, bohemios de provincia, en fin, una fauna exótica entre la que Picasso encajaría como un guante.

P.- La mayoría de los biógrafos de Picasso habían minimizado la influencia del anarquismo en el pintor, si acaso, la habían reducido a las amistades que hizo en la cafetería que citas, ¿no?

R.-Els Quatre Gats era algo así como el buque insignia de la bohemia modernista. Picasso comienza a frecuentarlo intermitentemente hacia 1897, con 16 años, al poco de abrirse el local. El 3 de febrero de 1900 cuelga allí su primera exposición individual. Allí toma contacto con la vanguardia artística y con las ideas anarquistas, en efecto, pues el local era frecuentado por personajes que se movían en esta onda o al menos tenían cierta simpatía por lo que suponía el anarquismo, como Ramón Casas, Santiago Rusiñol, Pere Romeu, Adriá Gual, Opisso, Xavier Gosé, Luis Bagaria,  etc… Miguel Utrillo lo dirá en sus memorias: Todos éramos anarquistas. Aunque fueran, la verdad, un poco anarquistas de salón, más dados al debate intelectual que a la acción.

P. ¿Y cuál es el papel de Picasso entre ellos?

R.- Picasso es el más joven de todos, incluso de sus amigos mas próximos como Pablo Gargallo, Jaime Sabartés, Carles Casagema o Josep Cardona, sus cualidades plásticas y un punto de retraimiento le hacen que se gane el favor general de los veteranos, frente a los que Picasso se comportó como un observador reservado que absorbía todo lo nuevo que oía. Su aire de modestia le vino bien e hizo que le quisieran y le animaran.
P. ¿Y en esa época, qué sabe Picasso de anarquismo?

R.- Pues lo que oye allí. Picasso era un anarquista instintivo, una mente libre, rechazaba la autoridad, la jerarquía y las convenciones sociales y, sobre todo, las artísticas. Reniega del academicismo y de sus reglas, desprecia el arte burgués y allí, en Els Quatre Gats, se siente entre iguales. Tal vez por eso se definiera a sí mismo como anarquista, porque estaba por la destrucción del orden social, opresor de pobres y artistas y creía en un arte que generara nuevas alternativas que pusieran en crisis el orden establecido ofreciendo a cambio distintas formas de vida. Este tono, anárquico e individualista, caracterizó al pintor. Fue un anarquista sentimental, rechazaba la autoridad y sentía una gran simpatía por los desvalidos, por eso la proyectaba en su obra de un manera romántica, no política. Hizo dibujos de una clase obrera tan indefensa como  pasiva. Los anarquistas activos, que se dedicaban a reorganizar los sindicatos barceloneses, contemplaban a este grupo donde estaba Picasso con un sentimiento ambivalente, a pesar de que en no pocas ocasiones participaron juntos en manifestaciones, mítines y manifiestos.

P. ¿Este ambiente trascendió a su obra?

R.- En efecto, basta ver sus cuadros de ese momento, pero sobre todo es explicito en dos de ellos: El prisionero de 1987, donde se ve a un anarquista preso y Un miting anarquista de 1901. Pero hay más, cuando se marcha a Madrid, en enero de 1901, participa activamente en la publicación de una revista, Arte Joven, junto a otro amigo anarquista, Francisco de Asís Soler. Picasso ilustra la revista con caricaturas feroces donde se ridiculiza a la burguesía y se ensalza la figura de la gente humilde. Las primeras palomas que pinta Picasso aparecen en esa revista, y de momento son palomas anarquistas. Los textos de Azorín, Baroja o Silverio Lanza allí presentes te pueden hacer una idea de con quién se codeaba Picasso en la capital.

P.- Nos comentabas antes que la influencia de Nonell fue determinante en el devenir de Picasso…

R.- Bueno, no sé si determinante, pero desde luego Nonell le transfirió sus temas y, desde luego, le animó a marchar a París. Nonell le presentará al marchante Pere Mañach, con el que Picasso terminará haciendo amistad y firmando un contrato en exclusiva a cambio de unos emolumentos irrisorios. Se instala en el 130 del Boulevard de Clichy, en la casa de Mañach, una especie de almacén, que servía también de cuartel general a los anarquistas catalanes en París. La amistad con Mañach le costó su primera ficha policial porque su círculo anarquista había redactado el “Manifiesto de la colonia española en París” pidiendo la liberación de los anarquistas encarcelados por su oposición a la guerra de 1898 en Cuba que publicó el periódico La Publicidad de Barcelona, y todos los firmantes, Picasso entre ellos, eran vigilados por la policía francesa, temerosa de que pudieran tramar algún tipo de atentado. El hecho de que ahora, además, Picasso se hospedara en casa de Mañach hizo despertar sospechas en la policía. Picasso fue vigilado de cerca, la policía secreta controló todos sus movimientos durante los meses que pasó en París.

P. ¿Tan peligrosos eran los anarquistas?

R.- La policía tenía motivos para temerlos, desde luego, sólo entre 1893 y 1894 habían cometido más de cincuenta atentados en Francia, entre ellos, una bomba que colocaron en el Parlamento o el magnicidio del Presidente de la República M. F. Sadi Camot. Salvando las distancias, para el poder político de entonces eran los islamistas actuales y, al igual que ahora, la identificación del anarquista con el terrorista era tan directa como hoy la de cualquier persona de rasgos árabes con Al Qaeda. Por supuesto, la mayoría de los anarquistas nada tenían que ver con el terrorismo.

P.- ¿Sacó algo en claro la policía sobre el peligroso anarquista Picasso?

R.- Lógicamente nada, Picasso ni frecuentaba reuniones políticas, ni se le podía acusar de nada, por otra parte, apenas hablaba francés así que sus contactos fuera del pequeño círculo de artistas que frecuentaba eran casi inexistentes. Cuando la policía se aburrió de seguirlo dictaminaron que como amigo de Mañach había que considerarlo anarquista pero que de momento no se le podía objetar nada más.

P. ¿Picasso estaba ya instalado definitivamente en París?

R.- No, no, en absoluto. Vivía en casa de Mañach y pintaba para él, compartían amigos y juergas. Pere Mañach será el primero que le hable a Picasso de un profesor de español, Francisco Ferrer i Guardia, que hacía poco había dejado Paris para montar una escuela racionalista en Barcelona. A finales de enero de 1902 se pelearon, Picasso rompió el acuerdo que tenía con Mañach y se volvió a Barcelona.

P. ¿Esto si es una novedad en lo que se sabía sobre Picasso, no?

R.- Sí, recuerda que te comenté que había pasado unos días en Dijon, siguiendo el rastro a Clemencia Jaquinet. Pues bien, el hallazgo más sorprendente que hice allí fue una caja de medias, una caja realmente bonita, de diseño modernista, que la nieta, Nathalie, me mostró al comentarle la dedicatoria que Federico Urales había estampado en su libro para su abuela. Nathalie conoció a Clemencia ya muy anciana, pero con una excelente memoria; para Ferrer, decía que su abuela solo tenía reproches, pero que en Barcelona también había hecho grandes amigos y que guardaba algunas cartas de todos ellos. Ella había leído, por curiosidad, las que estaban en francés, que estaban atadas en un mazo con una cinta de raso rojo, pero que las otras, guardadas de idéntica manera, al estar en español no las había más que ojeado. Me permitió consultarlas. Eran bien curiosas, se ve que para que no le ocuparan mucho espacio había metido unas dentro de otras, por ejemplo, en un sobre cuyo remitente era Odón de Buen me encontré con la carta de este pero también con otras dos firmada una por Cristóbal Litrán, el secretario de Ferrer, y la otra por Roger Columbié, dirigente del Centro Republicano Histórico de Barcelona. En otro sobre, aunque constaba al dorso la dirección de Eudall Canibell, el editor y fundador del Centre Excursionista de Catalunya, en su interior encontré además de la carta de este, otra de Anselmo Lorenzo, entonces director de las publicaciones de la Escuela Moderna, una de Ricardo Mella, otra de Eleuterio Quintanilla y, sorpresa, otra carta firmada por Picasso. Sinceramente, la existencia de esta carta ha sido la que me llevó a aparcar momentáneamente mi trabajo sobre la Escuela Moderna y centrarme en el pasado más oscuro de Picasso.



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