Cuando la multitud hoy muda, resuene como océano.

Louise Michel. 1871

¿Quién eres tú, muchacha sugestiva como el misterio y salvaje como el instinto?

Soy la anarquía


Émile Armand

domingo, febrero 23

Tierra y libertad


El discurso de la lucha contra la Asturias vaciada, el despoblamiento y la desertización del mundo rural está desde hace tiempo en el argumentario de todos los políticos de izquierdas y derechas. Es obligado que el mensaje aparezca en los canutazos, en las intervenciones públicas, en los programas de los partidos, en los acuerdos de gobierno, en los debates de los tertulianos…

En el análisis coinciden todos: Asturias se desangra. El sector primario muere, la población envejece, los pueblos se quedan sin vecinos. Pero también las soluciones parecen ser similares en todo el espectro político, aunque es la izquierda la que más ha madurado sus propuestas. Y dentro de ella IU ha hecho una intensa campaña en favor de una “economía rural sostenible” y su discurso más actual recoge numerosas alternativas para paralizar la crisis del mundo rural.

Sin embargo, a la hora de la verdad las cosas cambian y los hechos demuestran que solo se aplaude la puesta en práctica de ese discurso siempre y cuando esas políticas estén dirigidas por las administraciones, desde arriba, desde el centro. Al menos en Pola de Lena.

El ejemplo más reciente de esa contradicción entre el discurso político y la realidad social es lo que acaba de ocurrir con el colectivo Palaciu de Ronzón en Lena, en donde el Ayuntamiento gobernado por IU y propietario del inmueble público a través de la Fundación que lo gestiona, ha favorecido un desalojo violento de un grupo de gente que lleva meses luchando por, precisamente, hacer realidad una economía local, autogestionada, ecológica, sostenible y, sobre todo autónoma, en el medio rural.

Esta antigua casona, vetusta mansión de la rancia nobleza local y que posteriormente pasó a manos públicas, ha permanecido cerrada muchos años, desde que otro colectivo, Escanda, fuera invitado a desalojarla, aunque en este caso para que Adif pudiera llevar a cabo unas obras de rehabilitación del edificio. Nunca más les dejaron volver, a pesar de que Escanda tenía tras de sí una trayectoria muy productiva en favor del desarrollo rural, del aprendizaje del trabajo de la tierra, de dar valor a las faenas agrícolas, de tratar de concienciar a los muchos jóvenes y no tan jóvenes que pasaron por allí, que el campo se salva desde el campo, tocando la tierra, organizando la producción agraria desde el respeto al medio ambiente y a la naturaleza. Escanda fue un modelo de autogestión de la tierra, un proyecto por el que pasaron decenas de jóvenes de todo el mundo para experimentar directamente otra manera de hacer las cosas.

Tampoco les gustó a los gobernantes locales ese carácter verdaderamente emprendedor, que hacía realidad todo aquello que llena los discursos de los políticos pero que parece causarles temor cuando lo ven en la práctica sin que ellos lo controlen.

Estas iniciativas, tanto la última del colectivo Palaciu de Ronzón, como la de Escanda, tenían varios elementos que no gustan a los gestores del sistema: su carácter autónomo, su desvinculación de las instituciones, su organización horizontal y descentralizada, su modelo asambleario y, lo más subversivo de todo: su propuesta autogestionaria.

Es comprensible e incluso deseable, que la derecha aborrezca estas ideas y las combata con todas sus fuerzas, pero de la izquierda se espera otra sensibilidad diferente. Bien es cierto que tanto la socialdemocracia como las fuerzas a su izquierda, de procedencia marxista como IU o Podemos, fueron siempre ideológicamente favorables al cambio desde arriba y que conciben la transformación social de una forma diferente a la de estos muchachos tan ácratas, es decir, con cierto control por parte de las instituciones y los gobiernos. Es legítimo que piensen así y defiendan este modelo, pero también es sorprendente que otros modelos autónomos y autogestionarios de transformación social desde lo local, como es el caso del colectivo Palaciu de Ronzón, sean aniquilados desde la izquierda acudiendo a la represión de las fuerzas policiales.

Y todo ¿para qué? ¿Todos esos proyectos de la Fundación Ronzón de hacer un centro de desarrollo rural para ayudar a fijar población en que han quedado? Estatutos, declaraciones de intenciones, normativas, buenas palabras…, todas ellas muy en consonancia con ese discurso del que hablaba al principio. Pero la vieja casona está mejor cerrada que con un grupo de hippies acratones que quieren hacer su pequeña revolución a partir de la propaganda por el hecho y que no esperan que les den permiso para poner en marcha su mundo nuevo.

Algunos medios de comunicación saltan enseguida a defender el desalojo de este colectivo y le hacen el caldo gordo a los que tomaron la decisión, publicando fotografías descontextualizadas de suciedad, caos y desorden para generar en la opinión pública una imagen distorsionada de lo que este colectivo allí estaba haciendo. Llevan años metiendo en el mismo saco de forma interesada (difama que algo queda), una ocupación de una vivienda, o la permanencia de un inquilino sin pagar en un piso con el histórico y bien definido movimiento okupa, un movimiento social de larga trayectoria, que persigue, no objetivos individuales sino comunitarios, que promueve dar uso a aquellos inmuebles que están vacíos, con fines culturales, sociales, políticos… En las facultades de periodismo se debería explicar con más rigor lo que es el movimiento okupa, que se ha ganado un hueco en la historia del pensamiento social contemporáneo y que está bien organizado, dispone de un programa bien definido y de una trayectoria honesta.

Okupar, con«k» es lo que hizo hace meses el colectivo Palaciu de Ronzón para dar un uso comunitario a un caserón en desuso, símbolo de la explotación feudal. Para dar vida al pueblo, para generar una actividad económica local, formar a los jóvenes en el trabajo campesino. Sí, es cierto que una okupación es, casi siempre, ilegal, pero no ilegítima cuando el fin que se persigue genera un beneficio no solo para sus ocupantes, sino para la comunidad y el entorno rural, y también para la sociedad, a la que se le traslada un mensaje crítico.

Tierra y Libertad era el lema de los magonistas de la revolución mexicana. Ellos también ocuparon tierras y casas y las pusieron a trabajar para el pueblo. Tierra y Libertad es también el mensaje que hay detrás de la ocupación del Palaciu de Ronzón, un grito de ilusión, un proyecto de vida alternativa que ahora ha sido desmantelado por la fuerza de los que tienen el monopolio de la violencia y amparado por aquellos que dicen defender las luchas sociales desde los despachos.

 
Fernando Romero

jueves, febrero 20

Contemplación


Destila la hoja la humedad nocturna,
aún no existe, como tal, la gota.
Comienza a condensarse el agua,
resbala delicada por el borde,
pesa lo suficiente, nace
y en ese instante exacto
se derrama, cae, desaparece
su efímera existencia.
Sin embargo, al caer, su sonido
serena el atento oído del viajero,
su golpe sobre la superficie del lago
producirá círculos concéntricos
que moverán la orilla lejana
y el movimiento llegará hasta el fondo
donde un grano diminuto de arena
cambiará para siempre de lugar.


Poema de Begoña Abad en: José María García Linares. 'Nacer para aprender, volar para vivir. Un acercamiento a la poesía de Begoña Abad'. Ed. Pregunta. 2019

lunes, febrero 17

Australia: un atisbo de lo que se avecina


Desde el pasado septiembre, es decir, nada menos que durante cinco meses hasta el momento de escribir estas líneas, el fuego devora los bosques australianos a una escala sin precedentes. Las cifras, por el momento, son de 26 personas y en torno a 500 millones de mamíferos, aves y reptiles muertos, con más de 10 millones de hectáreas calcinadas (una superficie más grande que Portugal).

“Según la Oficina de Meteorología, 2019 fue el año más seco y caluroso registrado en Australia. En comparación con el período 1961-1990, la media nacional de precipitaciones para 2019 fue un 40% menor y la temperatura media de Australia fue 1,52°C más alta, superando el récord anterior de +1,33°C en 2013” 1. Sin embargo, para el primer ministro australiano Scott Morrison y su gobierno, los incendios no tienen nada que ver con el cambio climático.

De hecho, aunque sostiene que los incendios en Australia “siempre han existido”, esto tampoco parece importarle mucho, dado que en los últimos años los servicios contra incendios australianos han sufrido continuos recortes. En Nueva Gales del Sur, uno de los estados más afectados por el fuego, el servicio antiincendios urbano sufrió recientemente un recorte de 20 millones. Pero lo más impactante es que el cuerpo de bomberos/as destinado a las zonas rurales y naturales está compuesto en su gran mayoría por voluntarios/ as no remunerados/as, que han tenido que enfrentarse al infierno durante meses sin siquiera poder ganarse la vida con ello. No fue hasta el 4 de enero que el gobierno convocó a 3.000 militares para sumarse a los trabajos de extinción.

Tras el shock inicial, llega la respuesta popular. El 10 de enero se celebraron manifestaciones multitudinarias en todo el país, con cerca de 50.000 personas en Sydney y 30.000 en Melbourne, entre muchas otras, pidiendo la dimisión de Scott Morrison, la contratación de los bomberos voluntarios y la transición hacia el abandono de los combustibles fósiles, especialmente del carbón, del que Australia es el tercer mayor exportador a nivel mundial. Habrá que esperar a ver si esto puede ser el comienzo de algo o si el descontento se va a ir apagando al tiempo que las llamas.

Para hacer un pequeño repaso de lo que está pasando en Australia más allá del fuego y tratar de comprender lo que queda por delante, hemos traducido un artículo publicado originalmente en la revista estadounidense Jacobin, que creemos que resulta interesante para acercarnos un poco al otro lado del globo.2

Destructores del clima

Los incendios forestales no son nuevos en Australia, pero el aumento de las temperaturas en un mundo cada vez más caliente los hace más calurosos, más intensos y más difíciles de combatir. Empiezan antes, duran más y llegan a lugares que antes no estaban afectados.

Todo esto, por supuesto, concuerda tanto con las tendencias internacionales como con las predicciones específicas para Australia. En 2007, por ejemplo, el Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (haciéndose eco de cantidad de informes australianos) advirtió que “las olas de calor y los incendios aumentarán en intensidad y frecuencia”.

A pesar de tales advertencias, Australia ha seguido aumentado la tasa y la magnitud de la extracción y el consumo de carbono. El país ahora se clasifica como el tercer mayor exportador de combustibles fósiles del mundo (después de Rusia y Arabia Saudí). Además de eso, recientemente jugó un papel protagonista en el colapso de las conversaciones climáticas de la COP 25, donde el empeño de Australia en aferrarse los llamados créditos de emisiones hizo fracasar los intentos de establecer objetivos más ambiciosos.

Al mismo tiempo, tanto el gobierno federal como el estatal quieren que el gigante multinacional Adani abra una enorme mina de carbón en Queensland, un proyecto que facilitará la extracción de gas de esquisto en la cuenca Beetaloo, y nuevos proyectos de extracción de carbón y gas en las cuencas North Bowen y Galilee, que sumarán 4.600 millones de toneladas de carbono a la atmósfera.

El año pasado, el más cálido en la historia de Australia, con temperaturas de 1.52 grados por encima de la media, el gobierno dio la aprobación ambiental a la compañía energética noruega Equinor para un pozo petrolero en la Great Australian Bight, una importante zona de cría para la ballena franca austral en peligro de extinción.

Carbón y troleo

El entusiasmo personal del primer ministro Scott Morrison por el carbón, que una vez blandió un trozo del mismo en el parlamento- explica de alguna manera su extraña indiferencia sobre la crisis actual.

En noviembre, cuando el comisionado del Servicio de Bomberos Rurales de Nueva Gales del Sur, Shane Fitzsimmons, advirtió de que las condiciones “catastróficas” elevaban el riesgo hasta “lo desconocido”, Morrison envió por Twitter sus “pensamientos y oraciones” a las víctimas de los incendios forestales, seguido de una foto suya en un evento deportivo en Brisbane. “Va a ser un gran verano de cricket”, dijo, “y para nuestros bomberos y comunidades afectadas por el fuego, estoy seguro de que nuestros muchachos les darán algo por lo que alegrarse”.

En diciembre, cuando las condiciones empeoraron, no se encontraba a Morrison por ninguna parte hasta que los periodistas lo ubicaron de vacaciones en Hawai. Una foto ampliamente difundida lo mostraba en pantalones cortos, sosteniendo una cerveza y haciendo el gesto de shaka ante la cámara.

Cuando en las elecciones de mayo los liberales en el poder lograron una victoria inesperada, interpretaron este resultado como una confirmación de que los llamados “australianos silenciosos” sienten una creciente hostilidad hacia la agenda progresista “elitista”, en la que incluyen la acción contra el cambio climático.

El parlamentario conservador Craig Kelly, por ejemplo, instó a los miembros de los Amigos Parlamentarios de las Exportaciones de Carbón (¡sí, eso existe!) a “quemar tanto petróleo y gas como sea posible durante el verano: ponga su asado en un horno de gas, llene sus bombonas de gas y vuele de un extremo del país al otro”.

El gobierno se sintió tan seguro de la indiferencia pública hacia el cambio climático que prometió una legislación draconiana contra Extinction Rebellion y otros activistas, y el Ministro del Interior, Peter Dutton, describió a los ambientalistas como “marginales”, que deberían ser avergonzados públicamente y cumplir sentencias de cárcel. “Estas personas no son manifestantes, son anarquistas”, explicó. “No creen en la democracia, no creen en nuestra forma de vida”.

La estrategia de “carbón y troleo” de Morrison significó que, durante gran parte del año, los liberales consideraron que reconocer en modo alguno la relación entre el calentamiento global y los incendios forestales era hacer una concesión inaceptable a la izquierda.

Por lo tanto, en septiembre, cuando las condiciones en el sureste de Queensland y el norte de Nueva Gales del Sur rompieron récords en el Índice McArthur de Peligrosidad de Incendios Forestales, el ministro de sequía y desastres naturales, David Littleproud, dijo en una entrevista que no estaba seguro de “si el cambio climático es de origen antrópico”.

Incluso en una fecha tan avanzada como el 31 de diciembre, el ministro de Energía, Angus Taylor, publicó un artículo en la publicación negacionista de Murdoch, “The Australian”, titulado: “Deberíamos estar orgullosos de nuestros esfuerzos de cambio climático”. Fue una declaración que coincidió con la imagen ampliamente difundida de cinco mil personas acurrucadas en una playa en la ciudad costera de Mallacoota sumergiéndose en el agua para escapar de las llamas invasoras.

La reacción

No es sorprendente que el gobierno se enfrente ahora a reacciones en su contra. Cuando, por ejemplo, Scott Morrison visitó la ciudad de Cobargo, devastada por el fuego, los lugareños le increparon en la calle. “No obtendrás ningún voto aquí, amigo”, gritó un residente. Un bombero se negó a estrechar la mano del primer ministro (aunque Morrison la agarra de todos modos). “Estoy seguro de que está cansado” fue la justificación de Morrison. “No”, respondió un funcionario, “acaba de perder su casa”.

De repente, el popular Scott Morrison parece un David Brent de las antípodas. Incluso el ministro de Transporte de Nueva Gales del Sur, Andrew Constance (miembro del propio partido del primer ministro) ha reconocido que Morrison “probablemente merecía” el trato que recibió en Cobargo.

Aunque el aparente colapso de la popularidad de Morrison deja una puerta abierta para el Partido Laborista (ALP), no está claro si su liderazgo traería consigo alguna mejora significativa. El actual líder del ALP, Anthony Albanese, sí habla abiertamente de la relación entre estos incendios y el calentamiento global, pero los laboristas siguen estando del lado del Partido Liberal en lo que respecta a su compromiso con el carbón. Por ejemplo, Albanese recientemente atacó el sentimiento anti-carbón dentro de su partido, con el clásico argumento del “traficante de drogas”: “Si Australia dejara de exportar hoy”, dijo, “no habría menos demanda de carbón: el carbón vendría de otro sitio”. Eso fue el 9 de diciembre, con el país ya bien en llamas. En Queensland, es una administración laborista la que está impulsando el proyecto de la mina de Adani y un primer ministro laborista el que pide el encarcelamiento de los manifestantes climáticos.

Todos hemos escuchado discursos grandilocuentes sobre el cambio climático por parte de Al Gore y Barack Obama. Pero sabemos que han marcado muy poca diferencia para la gente común. Hasta la fecha, las conferencias internacionales sobre el medio ambiente han logrado proporcionar un telón de fondo para tales vuelos oratorios, incluso a medida que las emisiones de carbono aumentan año tras año.

En Australia, la catástrofe de los incendios forestales ofrece una oportunidad para un enfoque diferente. Después de todo, el cambio climático ya no representa un posible futuro en este país. Evidentemente, es algo que está sufriendo la gente común aquí y ahora.

Por lo tanto, existe una oportunidad para vincular la reparación a corto plazo y las soluciones a largo plazo con, por ejemplo, la necesidad obvia de planes de rescate en las áreas afectadas que legitimen reformas estructurales para una economía descarbonizada.

En el pasado, los esfuerzos por romper con la dependencia de Australia del carbón podrían haberse visto como una amenaza para el empleo en la Australia rural. Pero la devastación actual en el entorno rural muestra cómo la viabilidad a largo plazo de las comunidades del país depende de una “transición justa” hacia el abandono de la minería.

Ya hemos visto a sindicalistas negarse a trabajar en la neblina contaminada de Sydney, una movilización concreta que muestra el potencial para una acción climática más amplia. Del mismo modo, la ira de esas personas en Cobargo sugiere un sentimiento que podría unir la energía e idealismo de las huelgas climáticas estudiantiles con el poder social de la clase trabajadora. Por supuesto, es fácil hablar sobre un nuevo movimiento climático, y no es tan fácil construirlo, especialmente dado el estado de la izquierda. Pero, ¿qué otra opción tenemos?

El alcance de los incendios de este año sugiere lo que está por venir. Lo que enfrentamos hoy representa solo el comienzo de lo que enfrentaremos a medida que las temperaturas globales cambien. No todos los países tendrán incendios. Algunos enfrentarán sequías, inundaciones o heladas. Pero no hay ningún lugar que no se vaya a ver afectado por lo que se avecina. El desastre que afecta a Australia presagia una crisis más amplia a la que la izquierda internacional debe responder.



viernes, febrero 14

Turismo Alimentario


Lo comentábamos en el artículo anterior: los alimentos no dejan de viajar. Pescado, carne, soja, leche o galletas milkilométricas en rutas de despropósitos destrozando el clima y los sistemas agrícolas locales. Pero, ¿en qué viajan?
Mayoritariamente en barco, y si visitan en internet algunas de las muchas páginas que muestran ‘rutas marítimas comerciales’ los podrán observar.

Encontrarán mapas mundiales que, bien en directo o bien de años anteriores, sitúan a los cerca de 60.000 barcos de carga que están constantemente -todos los días- moviéndose en los océanos de planeta, representados por puntitos que corren por la pantalla como los protagonistas del antiguo juego del comecocos pero sin nadie que se los trague; de hecho, cada vez hay más. Muchos transportan petróleo, el resto transportan contenedores repletos, entre otras cosas, de materia prima agraria y alimentos.

Este sistema de transporte es una de las explicaciones del (supuesto) precio barato de los productos que tenemos en el supermercado. El revolucionario sistema de los contenedores apilados como piezas del Tetris ha conseguido generar una economía de escala. Cualquiera de esos puntitos en movimiento es un buque de 300 o 400 metros de eslora (la longitud de tres o cuatro campos de fútbol unidos) que con solo 20 operarios puede cargar hasta 80 mil toneladas de productos. Añadan los tejemanejes y ahorros que consiguen navegando con banderas de conveniencia, las condiciones a las que se somete al personal y el tipo de combustibles residuales y muy contaminantes que utilizan para comprender el porqué de esos (supuestos) bajos costes.

Desde el pasado 22 de agosto ya podemos ver un nuevo puntito moviéndose entre el puerto de Dajla, en los territorios ocupados del Sáhara Occidental, y Algeciras. La propiedad de los barcos es la empresa francesa CMA CGM, junto con Maersk, una de las más grandes del sector. Mucho me temo que será un trayecto de éxito y rápida consolidación porque está diseñada para el boyante negocio del comercio de los productos hortícolas y pesqueros que grandes empresas cultivan y pescan en tierras y aguas saharauis que no les pertenecen y que distribuyen por toda Europa.

Otra ruta más que fortalece un sistema alimentario que mucho se parece al turismo ‘low cost’. Muchos alimentos viajando por muchos lugares a precios muy baratos. Pero como este turismo, las consecuencias son (sin ninguna suposición) muy caras. Solo los barcos comerciales representan un 4% de los gases con efecto invernadero, se calcula que más de 1,5 millones de marineros trabajan en condiciones injustas y vulnerables y, en tierra, cada vez son más las personas que no pueden vivir de sus producciones locales. En este caso, con el apoyo incondicional de la Unión Europea que, periódicamente, renueva los tratados de comercio con Marruecos reforzando ilegalmente la ocupación marroquí del Sáhara Occidental.


 El Periódico de Catalunya, 27 septiembre 2019. Gustavo Duch

martes, febrero 11

El envase humano


Los sueños más inimaginables del ser humano, poco a poco, van cumpliéndose. Aunque no tenemos alas, volamos, y dicen que hemos llegado hasta la Luna. Aunque estemos a miles de kilómetros de otra persona, nos comunicamos con ella al instante y en tiempo real con absoluta facilidad. O podemos llevar encima, sin ningún sobrepeso, toda una filarmónica y escuchar sus melodías con una sola pulsación. Pero queremos más. Por eso hay mucha ciencia dedicada a las mejoras de nuestro chasis, en búsqueda de cuerpos humanos a los que no les pase el tiempo, que no llegue nunca la vejez. Cuerpos detenidos en una eterna juventud, que sean inmortales. Que nada pueda degradarlos, que seamos de un material incorruptible.

Y en esta asignatura también avanzamos a pasos agigantados. Porque si lo que indican muchos estudios es cierto, es fácil predecir que, a corto plazo, la materia principal de la que estará hecho nuestro cuerpo tendrá exactamente las características deseadas: moldeable, resistente a la corrosión, no biodegradable, flexible y muy muy perdurable. Como comemos mucho plástico, es lógico pensar que nos convertiremos en cuerpos de plástico.

Un avance impensable que recientemente ha corroborado el “Grup de Recerca en Epidemiologia Clínica i Molecular del Càncer del Institut Hospital del Mar d’Investigacions Mèdiques” (IMIM), dirigido por el Dr. Miquel Porta. Analizando las muestras de orina de 20 personas voluntarias en búsqueda de 27 compuestos derivados del plástico, han encontrado 20 de ellos en todas las muestras. Una muestra pequeña pero un resultado absoluto.

Parece ser que una parte importante de esta plastificación de nuestro cuerpo llega por la ingestión de alimentos expuestos al plástico, que no nos equivocamos al afirmar que, en nuestro sistema alimentario convencional, son prácticamente todos. Agua, alimentos frescos como la carne, la fruta y las hortalizas, los procesados…todo va bien cubierto de varias capas de plástico.

Otra parte significativa deriva de comer alimentos que no solo llevan plástico por fuera, lo llevan también en su interior. Nos referimos a los alimentos llegados del mar, donde el plástico representa, en el caso del Mar Mediterráneo el 95% de los residuos que flotan, según explica la organización WWF. En total, anualmente, excretamos sobre el Mare Nostrum, entre 70.000 y 130.000 toneladas de microplásticos y entre 150.000 y 500.000 toneladas de macroplásticos, el equivalente a 66.000 camiones de la basura. Una preocupación que en el caso de Barcelona cobra aún más importancia. cuando investigaciones del Instituto de Ciencias del Mar, revelan que en sus zonas de pesca, la basura puede suponer hasta el 38% de la captura en las redes.

Esta metamorfosis a seres de plástico no parece buena para la salud pero ganaremos desde el punto de vista ecológico ya que al morirnos no será necesaria la incineración, nos echarán el contenedor amarillo para su posterior reciclado. El Homo Plasticus, un avance más de nuestra modernidad.


  El Periódico de Catalunya. Gustavo Duch

miércoles, febrero 5

Vetos y autoritarismo


Procuro no tener por costumbre entrar al trapo en cuestiones que inundan los medios en este país y que, además de servir para mantener entretenido al personal en discusiones estériles, encubren problemas más acuciantes. No obstante, como a veces subyacen temas auténticamente importantes, merece la pena lanzar unas cuantas reflexiones o exabruptos sobre el veto que los partidos de derecha, conservadores o abiertamente reaccionarios, quieren implementar frente a la educación del Estado. El tema de la educación de los chavales resulta primordial y, en una visión simplista e interesada, el primer punto del debate es dilucidar si la responsabilidad corresponde a los servicios públicos (léase Estado) o a los propios padres. Sin embargo, de entrada hay que aclarar que, con escasas excepciones, los dos polos ideológicos enfrentados resultan cuestionables, ya que ambos realizan sus argumentaciones desde aspiraciones de poder. Es decir, la conquista del Estado y, consecuentemente, el control de la educación, la cultura, etc. Esto, aunque puede parecer exagerado a algunos, y a pesar de que la clase política se llene la boca de democracia o constitucionalidad, hay que verlo así. Todos los partidos, con sus estructuras jerarquizadas, que reproducen la propia constitución del Estado, tienen cierto prurito totalitario.

Es cierto que, a pesar de ello, hay demasiados matices en el asunto, pero lo que está en juego es la libertad del individuo. Hoy, con la llamada izquierda institucional en el Gobierno se critica el veto que ciertos padres puedan hacer a algunos aspectos de la educación pública y se argumenta que la propiedad de los hijos no es de los padres. Algo con lo que, por supuesto, no puedo estar más de acuerdo, pero no hace falta aclarar que dicha propiedad, o incluso tutela en su sentido más autoritario, tampoco es del Estado ni de la colectividad. Si no gusta esta última palabra, por sus resabios totalitarios, podemos hablar incluso de la sociedad, cuyo afán podría ser proteger, pero no controlar. Dicho esto, el tema más importante de fondo es la propia libertad del individuo frente al poder político, la de los chavales por supuesto, pero también la de los padres. Si no nos gusta como se ejerce esa libertad, es algo que tenemos que asumir desde un punto de vista libertario, y recuerdo aquí que deberíamos oponernos a toda tentación autoritaria y, valga la redundancia, también totalitaria. Volviendo a la lógica del poder, que nos es tan ajena, pero que hay que tener en cuenta en la sociedad que hoy vivimos, hoy gobiernan unos, pero mañana lo harán otros. Cuando las derechas impongan ciertos postulados ideológicos en la educación, es de recibo que se defienda que progenitores razonablemente progresistas puedan oponerse de alguna manera a ello.

No obstante, la cuestión es espinosa y, aunque resulte insatisfactoria toda visión abstracta, yo al menos tengo que defender una vez más la libertad de cada cual frente al poder. Libertad de los padres, aunque incluso nos repugnen algunas opiniones, pero más importante, libertad de los educandos en sus progresivo acceso a la madurez. Esto, de lo que apenas se habla, que los chavales también decidan, es otro tema delicado, pero hay que enfrentarlo al afán totalitario de unos y otros. Recordemos que, en nombre del Estado, se ha tratado siempre de adoctrinar y hacerlo además, tiene bemoles, en nombre de lo mejor para el ciudadano y la sociedad. Hay que criticar el papelón que está haciendo la izquierda parlamentaria, con sus recursos estatales y jurídicos contra lo que no consideran el bien común, en nombre además del progreso y de una visión de lo correcto poco menos que trascendental. Si se ahorraran esto, si de verdad quisieran educar e influir en una cultura amplia que respete la diversidad sin herramienta autoritaria alguna, tal vez podrían desarmarse esa acusaciones de sectarismo ideológico y de totalitarismo político por parte de unas derechas que, por supuesto, poco tienen que enseñar al respecto. Como siempre sostuvieron los anarquistas, tan preocupados por una educación amplia como garante para una sociedad justa y libre, los medios deben adecuarse a los fines, por lo que la libertad es el único camino.


domingo, febrero 2

En este poema la culpa de todo la tiene la mujer

 
En memoria de todas las mujeres
víctimas de la violencia de género

¿Llegará hasta las almas este mi dolor?
¿Se hará tangible este martirio como los
otros donde hay violencia y sangre…?


Mercedes Pinto (Él)



Ella disponía de sucesos pasados
a su alrededor,
como cartas de una baraja maldita
en los bolsillos del delantal.

Su madre no denunció.
El párroco le dijo que aguantara
junto a su marido.

Su prima no denunció.
Se avergonzó cuando el policía del puesto,
sin querer,
le hizo sentir ridícula.

Su compañera de piso,
que se casó joven,
no denunció.
No quería abandonar el pueblo,
su madre estaba enferma.

Su mejor amiga no denunció.
“Por mis hijos, que necesitan un padre”, dijo.

La dependienta de su panadería
no denunció, tuvo miedo
de ponerse a todo el pueblo en contra.

Así que –llegada la hora
tampoco ella denunció.

El mismo día en que la mató su novio
en el bar del al lado escuché:
“Es que no había presentado denuncia,
parece mentira”.

Esta última mujer
también fue declarada culpable
de su propia oscuridad,
y hasta una tertuliana
usó su muerte
queriendo probar en prime time
que la Ley no sirve para nada.
Pasados unos meses
se convirtió en dato estadístico.
Así,
ya con forma de dígito,
fría como todos los números,
había llegado más lejos
que todas las demás mujeres del poema.


Antonio Revert. "Mobiliario básico", Ediciones En Huida, 2018.

viernes, enero 31

Veinte años después de ‘El Club de la Lucha’ y el dilema de la pastilla roja y la pastilla azul


Lo que posees acabará poseyéndote” – El Club de la Lucha.

Hace veinte años, en 1999, los estudios de cine anglosajones vivieron una auténtica explosión de creatividad. El viejo milenio terminaba, empezaba una nueva era de modernidad y, con ella, se revolucionó el séptimo arte con títulos que marcarían una época: La milla verde, Las normas de la casa de la sidra, Magnolia, Eyes Wide Shut, American Beauty, El talento de Mr. Ripley, El sexto sentido, Vírgenes suicidas, Cómo ser John Malkovich, American pie, El proyecto de la bruja de Blair, South Park, Toy Story 2 y un largo etcétera. Pero ninguna película marcaría tanto al público durante las siguientes décadas como las dos joyas de ese año: Matrix y El Club de la Lucha.


Son dos filmes absolutamente excepcionales que, con un lenguaje muy diverso, nos transmiten un mensaje muy similar: todo es mentira. La primera es una película de ciencia ficción en la que las máquinas cultivan a los seres humanos como fuente de energía mientras sus cerebros se encuentran atrapados en un programa informático. Un mesías, Neo (Keanu Reaves), sigue a una mujer con un tatuaje de conejo blanca hasta dar con Morpheo, que le despertará de su letargo para ayudarle a que libere a la humanidad. La segunda es la historia de un joven treintañero –cuyo nombre desconocemos pero está interpretado por Edward Norton– desilusionado con la vida que desarrolla un amigo imaginario (sin conocer él que no se trata de una persona real, sino de su conciencia), llamado Tyler Durden (Brad Pitt) que le anima a transgredir las normas y a crear un club de la lucha para darse de hostias con otros tíos. La persona que crea es el arquetipo de hombre hipermasculinizado: guapo, musculado, chulo y que se hace. “Todo lo que siempre has querido ser, eso soy yo. Mi aspecto es el que te gustaría tener. Follo como te gustaría follar. Soy inteligente, capaz, y lo más importante, soy libre de todas las maneras que tú no lo eres”, le dice Tyler.
Pese a sus notables diferencias, el mensaje de ambas es que el mundo en el que vivimos es una enorme mentira. Y no sólo eso sino que, además, la única forma de acabar con esa mentira, de acceder a la realidad, es terriblemente traumática y requiere una gran violencia. Como apuntan en el podcast Todopoderosos, en cierto sentido, ambas obras son adaptaciones de la genial Alicia en el País de las Maravillas (Lewis Carroll, 1865), en tanto que la única forma de comprender nuestro entorno es seguir al conejo blanco, bajar al submundo y compararlo con el nuestro. Sólo así, rompiendo con lo establecido, comprenderemos nuestra realidad.

Tanto los protagonistas de Matrix como del Club de la Lucha son niños de treinta años, de clase media, que trabajan como oficinistas. Las cosas les vienen ya dadas, pero no les producen ninguna satisfacción. Trabajar y consumir sin cesar genera adultos inmaduros, con un desarrollo emocional truncado, eternamente descontentos, porque siempre quieren más.

La segunda de estas películas –basada en la novela homónima de Chuck Palahniuk, autor generalmente asociado con el nihilismo, en la que probablemente sea una de las mejores adaptaciones de la literatura al cine– es las más completa y las más compleja de las dos, ya que no sólo se limita a criticar la realidad, sino que carga las tintas contra el sistema capitalista y la sociedad de consumo.

El ataque contra la sociedad occidental consumista puede parecer tan evidente que roza la simpleza en ocasiones, llegando Brad Pitt a romper la cuarta pared y mirar directamente a la cámara y a espetar: “No sois vuestro trabajo. No sois vuestra cuenta corriente. No sois el coche que tenéis, ni el contenido de vuestra cartera. No sois vuestros pantalones. Sois la mierda cantante y danzante del mundo”. Pero su complejidad radica en el estilo poco complaciente y en el lenguaje tan directo. Es una película que mete el dedo en la llaga, que suelta verdades como puños y que deja a muchas espectadoras intranquilas en sus asientos, encajando golpe tras golpe.

Es difícil que quienes crecimos a finales del siglo pasado no nos identifiquemos con muchos de sus mensajes. “Tenemos empleos que odiamos para comprar cosas que no necesitamos”, dice un Tyler Durden que habla por toda una generación en El Club de la Lucha. “Crecimos con una televisión que nos hizo creer que algún día seríamos millonarios, dioses del cine o estrellas del rock. Pero no lo seremos. Y poco a poco lo entendemos. Lo que hace que estemos muy cabreados”. Pura rabia ante el descubrimiento de que no somos especiales, sino gente normal y corriente. Por mucho champú especial que compremos, aunque decoremos nuestra casa con las últimas monerías de Ikea y nos compremos la ropa más nueva y guay, jamás destacaremos frente al resto. Y es que una de las principales críticas que hace la obra –tanto la novela como la peli– está dirigida al individualismo que impera en nuestra sociedad.
Lo que esta película muestra con gran maestría es que nuestra realidad no nos estimula, sino que nos entumece y, al igual que sucede en Matrix, nos convierte en simple ganado. “Sólo somos consumidores. El producto secundario de una obsesión con el nivel de vida”, añade Durden. Denuncia, además, que incluso nuestros cuerpos son productos de consumo (“la autoperfección es simple masturbación”, “folla por deporte, no por placer”), anticipándose en unos años al advenimiento de las redes sociales y la cultura del selfie y la adicción a los likes.

En Matrix la desprogramación comienza con la ingesta de la píldora roja. Morpheo le ofrece a Neo la posibilidad de tragarse la píldora azul y creerse la falsa realidad que le rodea, pero éste escoge la roja y se sumerge en un mundo de dolor y sufrimiento. “Si tomas la roja te quedarás en el país de las maravillas, y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos. Recuerda, lo único que te ofrezco es la verdad, nada más”, le había advertido Morpheo. Y la realidad duele.

En El Club de la Lucha esa ruptura con la realidad empieza con las peleas de hombres en sótanos oscuros. El protagonista interpretado por Edward Norton entendía que la mejor forma de expresar su ira era ejerciendo la violencia entre sus semejantes primero, y contra las grandes corporaciones después, pero desde un paradigma de violencia masculina, poco estratégica, aleatoria y arcaica. Y estas escenas cargadas de significación machista son precisamente las que han despertado algunas de las críticas más feroces desde algunas posturas de izquierdas y feministas. A través de los clubes de la lucha Tyler Durden va creando un ejército de hombres furiosos que lo quieren destrozar todo y obedecen ciegamente sus órdenes. Cuando uno de ellos muere en un accidente, todos repiten su nombre como robots. Estos autómatas hijos de su tiempo, crecidos en una sociedad alienante, encuentran refugio en los grupos que van formando, que sustituyen a las familias que son incapaces de atender a sus necesidades emotivas.

Pero muchas lecturas alternativas, incluidas las del propio director (David Fincher) interpretan la novela –que es terriblemente sarcástica de principio a fin– precisamente como un alegato contra estas actitudes. En un artículo titulado “El club de la lucha, 20 años malinterpretando un retrato de la masculinidad tóxica”, publicado por Francesc Miró, el autor establece que “ha costado veinte años que muchos analistas culturales -hombres en su mayoría- empiecen a leer en la película de David Fincher algo más que una sátira del capitalismo tardío. El filme podría ser también una magnífica reflexión sobre los peligros de la masculinidad tóxica”. Y así es, porque uno de los ejes centrales de la obra gira en torno a cachondearse del hombre moderno, frustrado porque siente que la sociedad occidental actual que satisface sus necesidades básicas le priva de su masculinidad, que añora la época en la que cazaba para comer y daba rienda suelta a su violencia “natural”.


El lavado de cerebro que Tyler le hace a sus soldados es una crítica a esa masculinidad tóxica, al militarismo y a la obediencia ciega a una autoridad que, a base de decirle verdades a sus seguidores, sustituye a unos opresores por otros. El único rayo de luz y positivismo lo pone el personaje de Marla Singer (interpretado por Helena Boham Carter), que es la única persona real y con criterio propio que se relaciona con el protagonista.

Efectivamente, la cinta oculta un mensaje transgresor, pero distinto del que se interpretó inicialmente. La película fue un auténtico fiasco en las salas de cine, destrozada por la crítica, pero convertida en objeto de culto en el mercado del DVD. Hubo una época en la que todos los centros sociales de nuestro entorno la proyectaban. Sin embargo, tanto Matrix (curiosamente, dirigida por dos mujeres trans) como El Club de la Lucha están siendo “recuperadas” y son objeto de adulación por la extrema derecha estadounidense (la Alt-Right), que está tratando de pervertir su mensaje, alegando que lo que estas obras buscan denunciar es cómo el feminismo busca emascular a los hombres y la rebelión de éstos contra la imposición de la “ideología de género” (usando el lenguaje de nuestra ultraderecha patria).

Pero esto no es así. Recordemos que en la última escena de El Club de la Lucha, cuando el personaje de Edward Norton, horrorizado por la oleada de violencia que ha desatado, igual de deshumanizante que el sistema contra el que lucha, se pega un tiro en la cabeza (“cuando tienes una pistola en la boca solo pronuncias las vocales”) para matar a Tyler. “La novela y la película son muy literales”, decía la periodista Marta Trivi en el podcast cultural Choquejuergas. “El tipo que tenemos que aspirar a ser nos hace mucho daño, nos está jodiendo la vida. El protagonista acaba por pegarse un tiro por esa masculinidad. Sabe que no va a poder ser feliz si no se deshace de ella”.
Pero la tremenda complejidad de la obra se hace patente a continuación, cuando el protagonista contempla junto a Marla Singer la explosión y caída del rascacielos que alberga la mayor entidad bancaria y financiera del mundo. Y, en ese momento, al ritmo de un tema de los Pixies, se cogen de la mano y contemplan con fascinación y esperanza el espectáculo. Porque aunque no quería que detonase la bomba fabricada con kilos de jabón casero, acción que delegó en su alter-ego Tyler, no puede evitar sentir un rayo de esperanza ante las posibilidades que se abren ante ellos. “Me has conocido en un momento muy extraño de mi vida”, le dice a Marla mientras sangra por la boca. Horror e ilusión a partes iguales. Una escena brillante.


lunes, enero 27

Odio a los árboles


Hay algo en mis paisanos que no deja de sorprenderme nunca: el desprecio –cuando no odio declarado– que muestran, en general, hacia los árboles. ¿Se han fijado en los pocos que quedan en nuestros pueblos? Menos aún desde que les dio por cubrir con hormigón sus plazas y alamedas, antaño frescas de tierra y cubiertas de inmensos árboles de sombra. Lo mismo en las ciudades, donde no se plantan más que frutales raquíticos. O en los bordes de carreteras y caminos, antes sombreados de álamos, olmos o cipreses, y en los que –con el pretexto de la seguridad vial– se taló absolutamente todo entre los años 70 y 80. Curiosamente, el (casi único) país donde se hizo fue este, el mismo que durante cinco meses al año vive bajo 30 y hasta 45 grados «a la sombra». Aunque no sé ya a la sombra de qué.

Digo esto tras escuchar a algunos vecinos de Cáceres o Plasencia pidiendo que se eliminen o sustituyan los árboles –últimamente la han tomado con los plátanos– de sus calles y plazas. El principal motivo son las alergias estacionales que provocan. Aunque en realidad no la provocan solo los plátanos sino la mayoría de árboles de sombra, pues todos polinizan con el viento, con lo que, a ser estrictos, habría que eliminarlos sin sustitución posible... Si no fuera porque, a cambio, y entre otras cosas, nos libran de la polución urbana, absorbiendo el dióxido de carbono que despiden los coches y ayudando a prevenir enfermedades mucho más graves para la salud de todos (incluyendo a los alérgicos).

Pero me temo que es inútil lo que se diga cuando lo que se tiene es tirria a los árboles. Si no lo creen, oigan el resto de «razones» que alegan los vecinos para arrancarlos. Una de ellas es que las ramas pueden caerse y hacer daño a las personas, luego –aplicando la misma regla– también deberíamos acabar con los vehículos –que pueden atropellarnos– y con los transeúntes –ya que pueden robarnos o agredirnos–. De hecho, apuesto a que hay más atropellos y agresiones que accidentes «por rama de árbol».

Otro «poderoso motivo» para acabar con árboles en muchos casos centenarios, es que sus raíces deforman el acerado. Un argumento que da risa si pensamos que en nuestras ciudades se levantan calles enteras una y mil veces para colocar o reparar cables, tuberías y otros cien enredos sin que nadie diga ni pío. ¿No habrá, por demás, soluciones técnicas para remediar el «enorme» perjuicio que supone que la raíz de un árbol levante unos adoquines? ¡Venga ya!

Hay otros pretextos entre los odiadores de árboles, como que no dejan pasar la luz (es decir: que dan sombra) o que ocupan espacio de aparcamiento (como si lo que sobraran no fueran coches). Pero el más ridículo de todos es el de que los árboles ensucian. Alucino, vecino. Y no porque este sea uno de los países con más guarros (con perdón) por kilómetro cuadrado (y no va por la cabaña porcina sino por los que aún no saben usar las papeleras o distinguir el campo de un vertedero); alucino por el curioso criterio estético de los que estiman que un paisaje otoñal no es más que basura, y el canto de los pájaros otra cosa que una fuente de excrementos sobre sus impolutos (y ruidosos y contaminantes) vehículos.

El filósofo de moda, Han, se equivoca. Mucho antes de que triunfara lo que él llama la «estética de lo pulido» (esa que de los edificios transparentes a la depilación integral va asemejándolo todo a una reluciente pantalla de móvil), el gusto hortera por el pelo engominado, el inmaculado salón de las visitas y el tenerlo todo como una patena era ya tendencia mundial entre cuñados y cuñadas, víctimas todos de ese mismo horror apolíneo a lo vivo del que cubre de cemento plazas y paseos y que, si pudiera, alicataba también el mar y dejaba el Amazonas liso y oliendo a Mr. Proper. ¿Será todo por esa magnética belleza que dicen que tienen los desiertos? Ni idea. Pero en la imaginación de mis paisanos el paraíso ya no tiene árboles –esos que con sagrados o profanos motivos han adorado todas las culturas– sino una inmensa superficie de hormigón con un parking debajo. Para que los coches –al menos ellos– estén eternamente fresquitos. ¿No es para colgarse? Aunque sea de una farola.


Víctor Bermúdez