Cuando la multitud hoy muda, resuene como océano.

Louise Michel. 1871

¿Quién eres tú, muchacha sugestiva como el misterio y salvaje como el instinto?

Soy la anarquía


Émile Armand

viernes, diciembre 9

Soy Europa


Soy Europa.

Esa vieja ramera vendida a los mercados
que os discute la entrada a este burdel infecto
donde os trajo la guerra.

Soy el lodo
donde extendéis las mantas
y también soy el polvo y la lluvia y el frío
que hiela vuestros huesos.

Soy la valla
armada con cuchillas
que os rebanan de un tajo
la carne y la esperanza
y os roban el futuro en las fronteras.

Soy la ola
que engulle a vuestros hijos,
el mar donde se ahogan vuestros sueños
de cierta libertad y un poco de justicia.

Soy el hielo
de un frío parlamento que confisca,
democráticamente y sin enrojecer,
vuestros escasos bienes,
y sufraga con ellos el hambre que os devora.

Si aún queréis venir, que no se diga
que no os había avisado:
os estoy esperando
con las garras abiertas.


ANA MONtOJO
en Contra: poesía ante la represión. Coordinadora Antirepresión de Murcia. 2016

martes, diciembre 6

La pervivencia del franquismo a través de la Constitución de 1978 y su régimen parlamentarista

 
La historiografía oficial se ha ocupado de elaborar un discurso legitimador del denominado proceso de transición democrática. Se trata de un discurso que responde a una clara intencionalidad política de legitimar y justificar el orden establecido por la constitución de 1978. Dicho discurso ha servido para moldear la conciencia colectiva de la sociedad para, así, remodelar su memoria histórica con el propósito de ajustarla a los intereses del sistema político imperante. Como consecuencia de esto aún hoy resulta inaceptable el cuestionamiento de dicho discurso, de tal forma que quien lo hace es difamado y perseguido. La razón es bien simple: el cuestionamiento de la historiografía oficial, que presenta el establecimiento de la constitución de 1978 como la expresión de una transición modélica a la democracia, significa, en definitiva, el cuestionamiento de los supuestos consensos que forjaron el orden que aún hoy impera en el Estado español, y consecuentemente la estructura de intereses que gobierna a la sociedad.

Pero la transición, y más concretamente la aprobación de la constitución de 1978, no fue otra cosa que la prolongación y perpetuación del régimen franquista bajo la forma política del parlamentarismo. En este sentido cabe decir que el franquismo simplemente fue reformado, y por ello adaptado a las condiciones políticas, sociales, económicas y geopolíticas del momento a través de la redacción de la constitución de 1978. No se produjo en ningún caso una ruptura con el régimen anterior. De esta manera el régimen constitucional surgido en 1978 heredó todo lo sustancial del franquismo: policía, ejército, tribunales, sistema económico, servicios secretos, clase política, leyes, burocracia estatal, etc. En esencia puede afirmarse que la constitución de 1978 significó un lavado de cara para el régimen dictatorial, lo que sirvió para crear una nueva legitimidad tanto a nivel doméstico, mediante una ardua campaña propagandística dirigida a manipular a la opinión pública para conseguir su aceptación del nuevo orden de cosas, como a nivel internacional para facilitar la definitiva integración del Estado español en el sistema internacional, y más concretamente en las Comunidades Europeas.

De hecho la llamada transición fue iniciada y ejecutada por el propio franquismo, es decir, por elementos destacados del régimen franquista que eran conscientes de que el sistema político instaurado tras la guerra civil estaba amortizado, y que era imposible su continuidad con la forma histórica que conservó durante el tiempo que Franco ocupó la jefatura del Estado. Así es como nos encontramos con que el sucesor de Franco, el monarca Juan Carlos I, en coalición con diferentes dirigentes franquistas y bajo la tutela de EEUU, contribuyó a crear las condiciones políticas necesarias para generar un nuevo consenso político y social mediante la reforma del franquismo a través de la redacción, promulgación y aprobación de la constitución de 1978. Esto es lo que explica que ya muerto el dictador las cortes franquistas decidieran hacerse el harakiri para facilitar el establecimiento del parlamentarismo mediante la denominada reforma política.

La adopción del parlamentarismo fue una forma de integrar a ciertos grupos sociales y políticos en los procesos de decisión política de los que hasta entonces habían permanecido excluidos. Esto es lo que ocurrió, por ejemplo, con la llamada oposición política compuesta por partidos políticos y sindicatos. De esta manera sus dirigentes fueron cooptados e integrados en las instituciones que pasaron a gestionar junto a los antiguos líderes franquistas. Estos fueron los llamados consensos de la transición articulados en la constitución de 1978 y en los famosos pactos de la Moncloa. Con todo ello el sistema de dominación se dotó de una mayor legitimidad, al mismo tiempo que, al contentar a los dirigentes de la antigua oposición política al franquismo, las masas eran dirigidas hacia las instituciones parlamentarias y la paz social garantizada.

El sistema de dominación únicamente se abrió a la participación e incorporación de sectores políticos y sindicales que hasta entonces habían sido reprimidos. Indudablemente esto supuso una mayor legitimación del propio sistema, pero en esencia nada importante fue cambiado debido a que la constitución de 1978 siguió excluyendo a la sociedad de la participación en los procesos de decisión política que, al igual que durante el franquismo, permanecieron en manos de una minoría mandante. Así pues, no hay que olvidar que la propia constitución fue redactada por un grupo de políticos elitistas salidos en su mayor parte del franquismo, régimen en el que habían hecho carrera política. Fueron los mismos que garantizaron que el orden constituido permaneciera en manos de la misma minoría dirigente, y que a ella se incorporaran los integrantes de la elite subalterna que hasta entonces se habían agrupado en la llamada oposición al franquismo.

Suele aducirse que el régimen constitucional tiene mayor legitimidad que el franquista en la medida en que la constitución fue sometida a referéndum, y por ello ratificada por la sociedad. Sin embargo, se obvia por completo que los referéndums no son otra cosa que un instrumento de todos los regímenes dictatoriales utilizado para confirmar la voluntad de las elites. En esencia el referéndum es la forma de represión dictatorial máxima y más dura al restringir la expresión de la voluntad popular a una pregunta que sólo admite como posibles respuestas un Sí o un No, lo que, a su vez, impide la justificación de cualquiera de ambas respuestas y con ello explicar qué quiere cada persona que se manifiesta en un sentido o en otro. Además de esto se trata de una pregunta formulada por la propia elite dominante, y que por ello está redactada en función de sus propios intereses y pretensiones políticas para, así, determinar al mismo tiempo la respuesta que espera conseguir. Por otro lado tampoco puede olvidarse la consiguiente campaña propagandística desencadenada desde las propias instituciones para manipular a la opinión pública, y de este modo forzar su voluntad con el propósito de obtener el correspondiente resultado deseado. Asimismo, no hay que perder de vista que este tipo de procesos están sometidos a la supervisión de los aparatos de coerción del Estado, es decir, policía, tribunales, burocracia, ejército, etc., lo que sirve para coaccionar la voluntad de la sociedad. Por todo esto cabe decir que el referéndum fue realizado en unas condiciones de ausencia de libertad para la sociedad, sin olvidar, como acaba de apuntarse, que por sí mismo ya constituye un instrumento empleado para reprimir la voluntad de la población al cual, dicho sea de paso, recurrió el franquismo y otros regímenes abiertamente dictatoriales para confirmar la voluntad de sus máximos gobernantes.

No se entiende que si realmente la constitución de 1978 consagró un orden político diferente del franquismo la elite de este régimen continuara dirigiendo el país, y que lograrse perpetuarse en los altos estamentos del poder establecido. Descubrimos, entonces, que las mismas familias políticas que gobernaron durante el franquismo lo siguieron haciendo durante el período constitucional hasta la actualidad, y que la constitución de 1978 únicamente fue el marco jurídico que garantizó esa misma continuidad. Si las estructuras de poder del franquismo permanecieron intactas en su mayor parte, al mismo tiempo que sus respectivas denominaciones eran cambiadas para dotarles de un barniz de novedad y legitimidad, no menos importante es constatar que quienes gobiernan esas estructuras salieron directamente del régimen franquista y en muchos casos fueron premiados por el régimen constitucional.

Los ejemplos que muestran que la elite dominante española del franquismo se ha perpetuado y reproducido bajo el régimen constitucional son incontables, a pesar de lo cual mencionaremos unos pocos que sirvan como muestra de ese proceso de transferencia generacional del poder. En el seno de la clase política encontramos a Soraya Sáenz de Santamaría, hija del general falangista José Antonio Sáenz de Santamaría que durante el franquismo comandó la coordinación de las fuerzas implicadas en la represión política tras la guerra civil, y más tarde fue nombrado director de la Guardia Civil por el PSOE en la época de los GAL. José Bono, hijo de un alcalde franquista. María Teresa Fernández de la Vega, hija de Wenceslao Fernández de la Vega quien desempeñó cargos de responsabilidad en el sindicato vertical habiendo sido condecorado por el propio régimen con la medalla al mérito en el trabajo en el 32º año de la sublevación militar del 18 de julio. Rafael Vera que procede de una familia vinculada al sindicato vertical en tanto que su padre ejerció como perito agrícola y jefe de servicio del Grupo Sindical de Colonización. José Barrionuevo, ministro socialista durante la época de los GAL, perteneciente a una familia de la nobleza carlista, dirigió en su época juvenil las actividades escolares del Sindicato de Estudiantes Universitarios (SEU) de la Falange durante el tiempo que cursó estudios de derecho en la Universidad Complutense de Madrid. También militó en el carlismo, alcanzando el grado de alférez en el Tercio de Requetés Nuestra Señora de la Paloma de Madrid. Asimismo, fue jefe de gabinete del vicesecretario general del Movimiento, obteniendo también en su proximidad al régimen franquista una plaza en el Cuerpo Superior de Inspectores de Trabajo y Seguridad Social (ITSS), hasta que en 1979 quedó en excedencia especial para ocupar cargos públicos.

En general la UCD y Alianza Popular, hoy Partido Popular, fueron partidos organizados y dirigidos por antiguos franquistas que rápidamente se reconvirtieron, bajo los nuevos vientos políticos que soplaban en España, en reputados demócratas. Sin embargo, en el estamento militar antiguos militares franquistas permanecieron en sus puestos e incluso fueron ascendidos. Este es el caso de Álvaro Lacalle Leloup que inició su carrera militar en la guerra civil al alistarse como voluntario en los tercios del requeté, y que durante la dictadura ocupó diferentes cargos de responsabilidad en el gobierno. A pesar de estos antecedentes no dejó de ascender en la cúspide del poder militar hasta llegar a presidir en 1982 la Junta de Jefes de Estado Mayor (JUJEM), lo que más tarde le llevaría a ser presidente del Comité Militar de la OTAN. Recibió numerosos reconocimientos del régimen del 78 como el fajín de general de cuatro estrellas en 1999. Otro caso es el de Javier Calderón que llegó al servicio secreto del Alto Estado Mayor en 1971 para, años más tarde, llegar a la secretaría general del CESID. Tal es así que en un momento en el que esta institución careció de director entre finales de 1980 y principios de 1981 Calderón ostentó la máxima responsabilidad operativa, lo que le vincularía más tarde al golpe de Estado del 23-F en el que el servicio secreto participó activamente a través de sus agentes. Nada de esto impidió que alcanzase el generalato y que con el primer gobierno del PP llegase a ser director del CESID. Pero lo mismo habría que decir de otros militares y mandos policiales como José Luis Cortina, Manuel Gutiérrez Mellado, Manuel Ballesteros García, etc.

Vemos, por tanto, que las estructuras de poder del régimen franquista se han mantenido y desarrollado en el régimen constitucional, y de igual modo su elite dirigente ha pervivido gracias al relevo generacional efectuado por sus descendientes los cuales, como era de esperar, han aprovechado las posiciones de poder de sus familias para hacer carrera en las condiciones políticas creadas por la constitución de 1978. En términos generales el régimen constitucional no es otra cosa que la reformulación y renovación del régimen franquista en unas condiciones de desarrollo histórico cualitativamente distintas, y ello ha permitido que el sistema dominante haya pervivido con sus correspondientes relaciones de explotación y dominación, además de perpetuar a las familias que integran la elite mandante. Así las cosas, se entiende perfectamente que en la actualidad se celebre con tanta pompa el famoso día de la constitución de 1978, pues es justamente la que consagró el marco jurídico que dio continuidad al franquismo bajo una forma histórica distinta, al mismo tiempo que garantizó que su elite dirigente conservase en sus manos los principales resortes de poder del Estado. Mientras tanto la sociedad permanece, al igual que en el franquismo, en un permanente estado de postración, apartada de cualquier ámbito de decisión política y en todo dependiente de la elite dominante que gobierna su vida.

Ante una situación como esta la solución no pasa, como desde las instancias del orden establecido tratan de hacer creer, por el cambio de las caras de quienes ocupan los puestos ministeriales en el gobierno central, ni tampoco por la puesta en marcha de un nuevo proceso constituyente que dé lugar a la redacción de una nueva constitución. Nada de esto desharía las estructuras de poder en torno a las que se articula el actual sistema de dominación junto a sus consecuentes relaciones de explotación, de tal forma que tampoco impedirían la existencia de una clase dominante que impusiese sus intereses al conjunto de la población. Por el contrario la única salida que existe para poner fin a esta situación es la formación de un movimiento popular encaminado a desencadenar una revolución social que rompa con el orden constituido, que ponga fin a las estructuras de poder que oprimen al pueblo para, de esta manera, caminar por la senda de la construcción de una sociedad sin clases, libre y autogestionada, y por tanto sin Estado, propiedad privada y trabajo asalariado.


Esteban Vidal

sábado, diciembre 3

La ideología del trabajo


Jacques Ellul nace, de familia pobre, en Burdeos en 1912 y muere en 1994 en Pessac, no lejos del «campus» donde impartió la enseñanza durante casi toda su vida. Participa activamente en la Resistencia. Después de la Liberación, en una Francia ocupada intelectualmente por el comunismo y el existencialismo, Ellul, antifascista pero también antitotalitario, queda desplazado del mundo intelectual parisino. Ecologista antes de tiempo y crítico de la ecología política, encabeza, junto a su amigo Charbonneau, distintos movimientos en favor de la Naturaleza. Crítico de inspiración libertaria de la sociedad moderna, escribe más de 50 libros sobre todas las cuestiones importantes de nuestra era, anticipándose a todas ellas. Analiza sobre todo la que es para él la más importante: la Técnica. Inspirándose en Marx analista del Capital, Ellulse convertirá en el analista de la Técnica. A ella dedicará tres libros imprescindibles, fundadores, ya clásicos: La technique ou l’enjeu du siècle(1954) (La edad de la técnica, Octaedro, 2003), Le système technicien (1977), y Le bluff technologique(1988). Importante también su Historia de las instituciones, estudios jurídicos y de historia del derecho. Abundantes sus libros y artículos sobre la cuestión de la revolución, contra el mito del progreso y sobre la ideología del trabajo, artículo que a continuación publicamos.

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miércoles, noviembre 30

La revolución cubana: una mirada libertaria





La revolución cubana, al igual que ha ocurrido con la llamada "bolivariana" más reciente, ha producido pasiones y rechazos por doquier; tantas veces, sin posibilidad de matizar entre los dos extremos. La realidad es que el comunismo originado en Marx ha visto fracasado una y otra vez, tanto su teoría supuestamente científica, como sus experiencias políticas; hablamos de fracaso en términos auténticamente revolucionarios y socialistas, por supuesto.

A pesar de esta praxis fallida, con un negación de la libertad en todos los ámbitos de la vida, y con una cuestionable política económica (que, en cualquier caso, nunca fue autogestión por parte de los trabajadores ni pareció haber caminado hacia ello) cierta izquierda encontraba nuevos referentes una y otra vez en estas esperiencias de Estado. Veamos cómo ha visto el movimiento anarquista, partidario del socialismo autogestionario, este más de medio siglo de "revolución cubana". En la lucha contra Batista, como es lógico, los anarquistas tuvieron un papel activo. Muy pronto, con la llegada de Fidel Castro al poder, encontrarán una represión en sus filas; en sus publicaciones, advertirán sobre el autoritarismo, el centralismo estatal y la hegemonía del Partido Comunista y reclamarán democracia en los sindicatos. Los anarquistas, al igual que deberían hacerlo los marxistas, apostaban por la autogestión y por la emancipación de los trabajadores. No obstante, la vía del Estado cubano derivó, con su falta de libertad y de iniciativa propia, en el totalitarismo y la dependencia del modelo soviético.

Al ser conscientes de este desastre, en 1960 los anarquistas hicieron una declaración de Principios mediante la Agrupación Sindicalista LIbertaria; en ella, se atacaba al Estado, al centralismo agrario propuesto por la reforma del gobierno, así como al nacionalismo, al militarismo y el imperialismo. Los libertarios se mantenían fieles a su concepción de la libertad individual, como base para la colectiva, del federalismo y de una educación libre. Las habituales acusaciones, que llegan hasta nuestros días, de estar a sueldo de Estados Unidos u otros elementos reaccionarios no tardarían en llegar. Después de aquello, la represión castrista hizo que el anarcosindicalismo no tuviera lugar al erradicarse la libertad de prensa y no pudiera hacer propaganda ideológica. Se inició el éxodo anarquista en los años 60, quedando pocos militantes en Cuba y sufriendo un miserable despotismo.

En aquellos primeros años de la revolución cubana, se crearon organizaciones en el exterior, como el Movimiento Libertario Cubano en el Exilio (MLCE), y hubo otros manifiestos libertarios criticando la deriva totalitaria. Una obra anarquista destacada es Revolución y dictadura en Cuba, de Abelardo Iglesias, publicada en 1961 en Buenos Aires. La posición anarquista, al menos por parte de la mayor parte del movimiento, estaba clara. La incansable actividad intelectual de algunos anarquistas cubanos hace que se exponga con claridad meridiana conceptos como los siguientes: "expropiar empresas capitalistas, entregándolas a los obreros y técnicos, eso es revolución"; "pero convertirlas en monopolios estatales en los que el único derecho del productor es obedecer, esto es contrarrevolución". A pesar de estos esfuerzos, a finales de la década de los 60, el castrismo parecía estar ganando la propaganda ideológica, lo que provocó que algunos medios libertarios, en Europa y en América Latina, tendían cada vez más a apoyar a la revolución cubana.

Un punto de inflexión para esta situación será la publicación en 1976 en Canadá del libro The Cuban Revolution: A Critical Perspective (La Revolución cubana: un enfoque crítico), de Sam Dolgoff, excelentemente distribuido y que "hizo un impacto demoledor entre las izquierdas en general y los anarquistas en particular". El libro constituyó un certero enfoque crítico del castrismo, recogiendo la lucha del MLCE (reiteradamente acusado de estar al servicio de la reacción) y propiciando su reconocimiento internacional; el impacto sobre el anarquismo internacional, e incluso sobre otras corrientes de izquierda, fue considerable. En los siguientes años, es destacable la publicación Guángara libertaria, a cargo del MLCE, iniciado en 1979 y que llegó hasta 1992. En los últimos tiempos, destaca el boletín Cuba libertaria, del Grupo de Apoyo a los Libertarios y Sindicalistas Independientes en Cuba, cuyo primer número apareció en febrero de 2004. En la actualidad, es una obligación de los movimientos anarquistas internacionales apoyar la red del Observatorio Crítico Cubano, que implica proyectos socioculturales internos y externos, con un marcado carácter antiautoritario y autogestionario.

Si algo ha alimentado el mito de la revolución cubana ha sido el criminal bloqueo de lo Estados Unidos, que llega hasta nuestros días a pesar del inicio de relaciones propiciado por Obama. Tan intolerable es ese bloqueo norteamericano como el que han establecido los Castro sobre la población cubana. Esa elección entre lo malo y peor, tendencia tantas veces de la mentalidad humana, es pobre y falaz; lo malo sigue siendo malo, hay que trabajar por una vía que asegure la justicia y la libertad. Así lo han hecho históricamente los anarquistas, desde la época colonial hasta el actual sistema totalitario. Desgraciadamente, los movimientos sociales son inexistentes en Cuba, ya que la única representación política es a través del Partido Comunista y de la Unión de Jóvenes Comunistas. El régimen cubano parece doblemente perverso, por su condición intrínseca, suavizada por la magnificación de sus logros, y por arrogarse una autoridad moral fundamentada en su supuesta naturaleza transformadora y progresista. Tras la muerte de Fidel Castro, el régimen ya ha tenido continuidad con el liderazgo de su hermano Raúl; es digna de asombro la capacidad del fallecido comandante para perpetuar su legado.

El proceso que se ha abierto, en los últimos tiempos, con el inicio de relaciones con Estados Unidos y con algunas reformas internas aparentemente liberales (aunque asegurado el control estatal de la economía), parece una nueva etapa capitalista en la isla en la línea del "comunismo" chino, aunque claramente liderada por las mismas élites políticas y militares. Recordemos que en Cuba, a pesar de la dificultades del bloqueo, operan y han operado empresas del capitalismo internacional. Como en tantas otras experiencias marxistas, el supuesto socialismo ha acabado siendo capitalismo de Estado y una triste y perversa práctica totalitaria. En estos Estados totalitarios pseudosocialistas, al igual que en los "liberales", los paradigmas hegemónicos son la explotación y la dominación. La crítica anarquista a toda forma de poder se ha demostrado acertada.



domingo, noviembre 27

The show must go on / ¡Qué prosiga el espectáculo!


El reino totalitario de la economía global se descompone y numerosos son los indicios que hacen visible el proceso de desguace abierto por las maniobras tendientes a garantizar el suministro mundial de petróleo, adaptarse al cambio climático o controlar la población: el estallido de la burbuja inmobiliaria, el capitalismo verde, el perfeccionamiento técnico de la vigilancia, el fin brutal de la llamada “primavera árabe”, la proclamación del Estado Islámico, las guerras periféricas, la decadencia de la socialdemocracia, la crisis de los refugiados, el auge de la extrema derecha y del ciudadanismo, el referéndum en el Reino Unido para salir de la Unión Europea, la veloz involución turca tras el golpe de Estado y, last but not least, el reciente triunfo de Trump en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos. Hechos diversos pero innegablemente relacionados por un hilo conductor que se está haciendo visible. Aunque el espectáculo se haya fusionado con la realidad hasta el punto de hacerla irreconocible, las ataduras que mantenían firme la unión han empezado a soltarse, dejando que afloren contradicciones con vías de escape variables, puesto que dependen de condiciones locales. La democracia liberal es un fantasma. La olla donde se cocían los lugares comunes de la corrección política se ha derramado, por lo que ya no hay “líneas rojas” en el espectáculo y con tal de que prosiga, todo vale. El espectáculo se ha desbocado. Las consecuencias inesperadas de treinta años de progresión y dominio absoluto del capitalismo se presentan confusamente en forma de crisis aparente, espectáculo de la ruptura que, evidentemente, no se orienta hacia la causa de la libertad y la conciencia. El régimen absoluto de la mercancía no tiene nada que temer por ese lado: el proletariado ha ido de derrota en derrota hasta su desclasamiento final. Cuando el espectáculo integrado flojea, nada ocurre de acuerdo con sus reglas acostumbradas, pero nada es fruto del azar, las cosas son como es lógico que sean, dada la realidad que simplemente comienza a manifestarse de forma una pizca más verídica.
De la crisis, en parte real, en parte simulada, emergen extravagantes figuras, nuevas expresiones políticas y programas involutivos con alto contenido nacionalista, xenófobo, racista y autoritario, signos de un fenómeno bautizado en los medios espectaculares como “furia populista”. Todas sus variantes convergen hacia regímenes regresivos que apelan a los instintos y pulsiones más sórdidas de las masas, cuando no al miedo, poderoso factor de domesticación y servidumbre. Las elites llevan la delantera, por eso los antagonismos son desplazados hacia objetivos espurios. Se reconstruye la figura del enemigo frente al cual conseguir la adhesión de la mayoría abstracta –la nación, la gente, la ciudadanía, el pueblo- que no es el mismo en todos los lugares. En unos es mayormente el “terrorista”, el “violador” o el “traficante”; en otros, a escoger entre la amenaza rusa, el expansionismo chino, el fundamentalismo islámico, el emigrante indocumentado, la derecha o la izquierda neoliberal, el neofascismo… Ante un espectáculo disperso, un enemigo polimorfo. El capitalismo no tiene otra forma de superar sus contradicciones que jugando con ellas. El derecho penal del enemigo contribuye. No cabe duda de que, habiendo experimentado los límites demasiado cortos de un crecimiento exponencial y un desarrollismo “sostenible”, ahora que la jerarquía económico-militar se encuentra en pleno proceso de reordenación planetaria, las potencias en competición apuestan por un desarrollismo sin trabas ecológicas a la sombra de un Estado policial proteccionista.
La economía de mercado ha dejado de apoyarse en un sistema unificado de dominio, y la forma espectacular integrada que le correspondía ha entrado en quiebra. Las masas perjudicadas por la mundialización se resisten a desempeñar el rol que se les asignaba en el juego de las apariencias, pues no se sienten bien representadas por los actuales dirigentes. En consecuencia, la dictadura de la mercancía ya no puede defenderse de manera unitaria, mediante la fidelidad a la casta político-social tradicional, apoyada por las elites financieras a través de los medios de comunicación (todos en poder de los bancos). No obstante, el espectáculo de la descomposición no es la descomposición del espectáculo. El empobrecimiento galopante, los distintos actores en escena y la profusión de soluciones imposibles están dando lugar a un espectáculo desordenado. El espectáculo se está diversificando frenéticamente para volver a ser creíble, incluso al precio de ponerse en evidencia: su autonegación forma parte de su naturaleza. Por desgracia, para un público educado íntegramente en la sumisión a la pantalla y al supermercado desde hace al menos cuatro o cinco generaciones, la negación del espectáculo no es más que su sustitución por otro. Las masas, que han dejado de creer en sus líderes habituales, sin tradiciones emancipadoras a las que acogerse, sin memoria de las luchas pasadas, sin experiencia en la que basar su opinión y sin mecanismos para manifestarla, solamente desean seguir a quien les asegure su adicción al consumo con plenitud y seguridad. En su insubordinación, no pretenden más que una obediencia mejor recompensada. Por eso, el espectáculo del líder providencial, de la fórmula milagrosa y del partido de la salvación, se impone. Las redes “sociales” ayudan lo suyo. Donde no existe la voluntad de abolir la esclavitud, a lo máximo que se aspira es a un cambio de amos, a poder ser, tecnológicamente asistido, lo que no es óbice para que se produzcan movimientos cuyos componentes tratan realmente de escapar al consumismo y la informatización de la vida prescindiendo de guías y timoneles. Sin duda en ese rechazo espontáneo del espectáculo se hallan elementos de cultura contestataria, algo necesario para la constitución de una comunidad de combate.
Es el fin del ciclo industrialista iniciado en la posguerra mundial, que la contaminación, el agotamiento de recursos, la neurosis consumista, la deuda de los Estados y la desigualdad exacerbada no paraban de anunciar. Estamos asistiendo a la irrupción social en plena confusión de los sectores damnificados y olvidados por la economía autónoma, clases medias asalariadas empobrecidas, agricultores agobiados, trabajadores precarios urbanos, jubilados con escasa pensión, hipotecados sin fondos, minorías étnicas o religiosas marginadas, comunidades agrarias machacadas con planes desarrollistas, inmigrantes que huyen del hambre, refugiados de guerras civiles, etc. Los intereses de todos ellos son distintos y no tienen intención de ir demasiado lejos, pero confluyen en el rechazo del sistema tal como es en la actualidad: rechazo de la política, de las elites financieras, de las metrópolis, de los medios informativos, de la libre circulación de personas… pero no del espectáculo. El ganador es el que consigue una mayor audiencia. Como nadie puede erigir su interés particular en interés de todos, ni puede evitar su transformación en imagen, el empuje de cada sector puede ser neutralizado al contraponerse una representación con las demás, antiguas o recién llegadas. De una u otra forma, el resultado no es otro que la exhibición deleznable, la impostura ceremonial, el enroque fronterizo, la desmovilización y la deriva autoritaria. Esto es, el populismo aislacionista, el integrismo liberal o el ciudadanismo de izquierda combinados, tanto da, los tres siguen siendo el sistema. La democracia directa, la confraternización universal, la solidaridad comunitaria y el ardor combativo, quedan como al principio, ausentes, salvo en algunos casos afortunados que duran lo que duran: Kabilia, Rojava, Oaxaca, el Valle del Cauca, el pueblo mapuche, los suburbios brasileños… En el resto del mundo, el espectáculo quiere que las figuras de la descomposición sean todavía el objeto mayor de deseo dentro de una sociedad sometida. Sin embargo, la aparición de resistencias constantes indica que, sin demasiada memoria y, por consiguiente, con poca lucidez, la lucha por la emancipación continua.
Los nuevos aires de la industrialización del mundo son cada vez más espesos y contaminados, consecuencia de la desagregación del capitalismo global que, a pesar de los pesares, sigue empeñado en huir hacia adelante. Hoy en día, no podríamos calificar sino de desorden general el estado en el que se encuentra. Cada vez son más los que cuestionan la necesidad de las exigencias que emanan de sus altas esferas, pero sin querer salirse de su ámbito. No existen lazos de unión lo bastante fuertes como para mantener una semblanza de orden creíble, pero todo el mundo teme al caos. En tales circunstancias, la división se profundiza, cada elemento busca salvarse por sí mismo y se distancia de los demás, aunque sin dar nunca el paso decisivo. Los cimientos que soportaban el peso del sistema neoliberal al completo ya no se sostienen, las leyes que le servían de base han perdido vigencia, pero a pesar de la amenaza de hundimiento los inquilinos no tienen fuerza suficiente para cambiarlas. El orden mundial ha dejado de existir unificado y cada fragmento intenta seguir por su cuenta sin poder lograrlo. La situación final es la de un desconcierto interno que gracias a un relativo estancamiento del derrumbe conserva las apariencias de firmeza. Un poder socavado desde dentro que ya no puede justificarse como un bien necesario, se justifica, a lo sumo, como un mal menor, como algo a lo que aferrarse ante un futuro que se vislumbra inevitablemente peor. Por suerte, hay minorías que no comulgan con esas ruedas de molino.
Dada la dificultad de formarse a partir de la crisis una fuerza histórica capaz de oponerse con razones y efectivos suficientes a las fuerzas del orden descoyuntado, si una indignación violenta y un espíritu colectivista no lo remedian, la perspectiva que se contempla no puede ser otra que la de una adaptación de las masas a las condiciones catastróficas en constante progresión. Nuevas demagogias salvacionistas, bien en la línea del tranquilizador “aquí no ha pasado nada que no pueda arreglarse”, bien en la de la prédica apocalíptica del “o nosotros, o el diluvio”, van a ocupar el espacio sonoro de la incomunicación. Flamantes showmen de la política nos obligarán a apretarse el cinturón y maestros posmodernos nos enseñarán técnicas de acoplamiento al desastre mientras permanecemos sordos, ciegos y, por encima de todo, dormidos, ante todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Por el bien de la dominación, el espectáculo debe proseguir, a no ser que el ruidoso resplandor de la miseria contemporánea nos alcance, nos despierte, nos ilumine y nos meta en cólera.

Revista Argelaga, 17 de noviembre de 2016.

jueves, noviembre 24

CIEs: Los Guantánamo españoles

 

Según el Gobierno Español un Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE) es un establecimiento público de carácter no penitenciario donde se retiene a extranjeros sometidos a expediente de expulsión del territorio nacional, en resumen, lugares de detención para personas extranjeras que, como se dice habitualmente, “no tienen papeles”. No obstante, en la práctica y, debido a la falta deregulación y normativas legales, son prisiones administrativas cuyas condiciones de estancia son más duras que la propia cárcel, en donde se interna a personas que sin haber cometido ningún delito se les somete a un régimen de vida más duro que a las personas encarceladas acusadas de algún delito. En los CIEs convergen el hacinamiento, las condiciones infrahumanas de estancia, como por ejemplo, la falta de lavabos en las celdas o del acceso al retrete durante la noche (teniendo que orinar en botellas) y demás prácticas rutinarias de humillación y maltrato.


 

De ahí que la estancia en un CIE (en principio como máximo de 60 días) sea mucho peor que la estancia en una cárcel, y que se les conozca con el nombre de los “Guantánamos españoles”. Hasta el tribunal Supremo ha cuestionado la retención de inmigrantes y la ONU, así como varias sentencias judiciales, advierten de las condiciones inhumanas de este tipo de centros, en algunos de los cuales se han descubierto redes de abusos sexuales a las inmigrantes internas o han llegado a fallecer personas retenidas en ellos a consecuencia de la falta de atención médica.
 

Del total de Centros de Internamiento de Extranjeros, extendidos por toda la Unión Europea desde 1995, en la actualidad encontramos 8 en España (Zona Franca en Barcelona, Aluche en Madrid, Zapadores en Valencia, Sangonera la Verde en Murcia, La Piñera en Algeciras, Matorral en Fuerteventura, Barranco Seco en Gran Canaria y Hoja Fría en Tenerife.), todos ellos dependientes del Ministerio del Interior. Las personas en ellos detenidas son custodiadas por la Policía Nacional, en la mayoría de los casos, con muy pocas ganas de ejercer ese trabajo y, como hemos comprobado de primera mano, sin intérpretes y con escasa información sobre el funcionamiento de los mismos.
 

Quienes trabajamos en actividades de apoyo a las personas migrantes, hemos llegado a encontrarnos con familiares de detenidos desorientados y desesperados dando tumbos de ciudad en ciudad intentando averiguar dónde se encuentra retenida madre, su conyugue o su hijo, sin recibir ningún tipo de respuesta aclaratoria por parte de quienes trabajan en el CIE. Y es que los CIEs se convierten en agujeros negros donde desaparecen personas que, víctimas de controles de identidad arbitrarios y racistas (debido al color de la piel o determinados rasgos físicos), son detenidas en plena calle vulnerando los principios básicos recogidos en la Constitución española y los Tratados Internacionales.




La terrible situación que se está produciendo con la expulsión de personas extranjeras que son detenidas, recluidas en los Centros de Internamiento para extranjeros (CIEs) y expulsadas en vuelos especiales. Ellos solo están interesados en utilizar política y mercantilmente a la población migrante. Efectivamente, las detenciones y deportaciones de personas extranjeras por parte de la policía, en muchas ocasiones, tienen más que ver con los acuerdos establecidos con los países de origen y con las existencia de los llamados “vuelos macro” que con cualquier otro tipo de motivación. Cada vez e producen más este tipo de expulsiones que consisten en un viaje en avión reservado sólo a personas que van a ser repatriadas forzosamente a su continente de origen. Como denuncian algunos colectivos de apoyo a extranjeros “a veces estos vuelos dejan a los pasajeros en lugares que no son sus países de origen, sino tan sólo su continente. Son trasladados allí contra su voluntad, utilizando violencia y métodos coercitivos de todo tipo, llegando incluso a llevarles a países donde no tienen ningún vínculo, sin dinero ni recursos”.



Detrás de estos “vuelos macro” (o “vuelos de la vergüenza”), con destinos habituales como Senegal, Ecuador, Nigeria, Marruecos o Colombia, se encuentran acuerdos millonarios con empresas como Swiftair o Globalia (Viajes Ecuador, Halcón Viajes, Touring Club y Air Europa). Como han denunciado colectivos y activistas integrantes de la Campaña por el cierre de los CIEs, existen redadas selectivas por parte de la Policía, uniformada o secreta, en busca de inmigrantes irregulares de una nacionalidad determinada días antes de la salida de un vuelo, como apuntan los citados colectivos “para facilitar el trabajo de expulsión a estas compañías aéreas”. Y es que “pese a las numerosas declaraciones en contra de la trata de seres humanos y del negocio relacionado con la inmigración ilegal, constatamos una vez más que las propias empresas europeas, desde la gestión privada de las fronteras hasta las empresas satélite, hacen negocio con la criminalización de la pobreza.” 


http://www.lahaine.org/cies-los-guantanamo-espanoles



lunes, noviembre 21

Nadie debería trabajar


Lo fácil es pensar que las cosas son como son porque así tienen que ser. Ese es el argumento jefe de un pensamiento perezoso, un pensamiento miedoso. Pero, a veces, llega un puñado de palabras y sacude el espejismo en el que millones de personas han construido su vida. Esto ocurre, por ejemplo, cuando uno se tumba en el sofá y lee un libro que comienza así: “Nadie debería trabajar”.



El primer párrafo de La abolición del trabajo, de Bob Black, proclama: “El trabajo es la fuente de casi toda la miseria en el mundo. Casi todos los males que puedas mencionar provienen del trabajo o de vivir en un mundo diseñado para el trabajo. Para dejar de sufrir tenemos que dejar de trabajar”.

¡¿☠☹☣?!

–¿Es esto una provocación? –te preguntas al leer las primeras frases.
–No –te respondes al llegar a la última página.

El escritor estadounidense propone en este ensayo, publicado en 1985 y recuperado ahora por Pepitas de calabaza, “una nueva forma de vivir basada en el juego (…), una convivencia lúdica, comensalismo o, tal vez, incluso arte. (…) Yo agito por un festejo permanente”.

Black utiliza la palabra ‘juego’ en un sentido mucho más extenso que el de diversión. El politólogo plantea “una aventura colectiva en alegría generalizada y exuberancia libremente interdependiente”. Y sabe que la propuesta es atrevida porque la mayoría de las ideologías que han ido modelando el presente “creen en el trabajo”. Desde la moral calvinista o el protestantismo hasta el marxismo y la mayor parte de las ramas del anarquismo (estas dos últimas “defienden el trabajo aún más fieramente porque no creen en casi ninguna otra cosa”, asegura en su ensayo).

El filósofo desmonta la concepción del trabajo que se ha ido forjando durante siglos, especialmente, desde la industrialización. Pero sabe que encontrará cierta resistencia porque “vivimos tan cerca del mundo del trabajo que no vemos lo que nos hace”. Y por eso –dice– busca en la sabiduría de “observadores externos de otros tiempos y otras culturas para apreciar el extremismo y la patología de nuestra posición presente”.

“La monotonía y la exclusividad de un empleo destruye el interés de cualquier actividad y todo su potencial lúdico”

Desde este alejamiento mental propone una “definición mínima del trabajo” como “labor forzada” y asegura que, además, se trata de una “producción impuesta por medios económicos o políticos”. “El trabajo”, asegura en su ensayo, “nunca es hecho por amor al trabajo mismo, sino para obtener un producto o resultado que el trabajador (o, con más frecuencia, alguien más) recibe del mismo”.

Dice Black que “los trabajadores industriales (y de oficina) se encuentran bajo el tipo de supervisión que asegura el servilismo”. La monotonía y la exclusividad que supone, no ya trabajar, sino “tener un empleo”, destruye el interés de cualquier actividad y todo su potencial lúdico. “Un empleo que podría atraer la energía de algunas personas por un tiempo razonable, por pura diversión, es tan solo una carga para aquellos que tienen que hacerlo por 40 horas a la semana sin voz ni voto sobre cómo debería hacerse, para beneficio de propietarios que no contribuyen en nada al proyecto, y sin oportunidad de compartir las tareas o distribuir el trabajo entre aquellos que tienen que hacerlo. Este es el verdadero mundo del trabajo: un mundo de estupidez burocrática, acoso sexual y discriminación, de jefes cabeza hueca explotando y descargando la culpa sobre sus subordinados, quienes –según cualquier criterio tecnicoracional– deberían estar dirigiendo todo”.


La ‘oligarquía de oficina’

Para el estadounidense, “la degradación que experimentan la mayoría de los trabajadores es la suma de varias indignidades que pueden ser denominadas como disciplina”. Esta palabra reúne “la totalidad de los controles totalitarios en el lugar de trabajo (supervisión, movimientos repetitivos, ritmos de trabajo impuestos, cuotas de producción, fichar…)”. “La disciplina es lo que la fábrica, la oficina y la tienda comparten con la cárcel, la escuela y el hospital psiquiátrico. Es algo históricamente nuevo y horrible. Va más allá de las capacidades de los dictadores demoníacos de antaño como Nerón, Gengis Khan e Iván el Terrible. Pese a sus malas intenciones, ellos no tenían la maquinaria para controlar tanto a sus súbditos como los déspotas modernos. Eso es el trabajo”, asegura, “el juego es todo lo contrario”.

El trabajo es forzado. El juego es voluntario y no se hace a cambio de dinero. Su recompensa es “la experiencia de la actividad misma”.

Black hace alusión a los estudios del filósofo Michel Foucault que sostenían que “las cárceles y las fábricas surgieron casi a la vez, y sus operadores copiaron conscientemente las técnicas de control de unas y otras”. “Un trabajador es un esclavo a tiempo parcial. El jefe dice cuándo ha de llegar, cuándo tiene que irse y qué hacer entre esos dos momentos. (…) Puede llevar su control hasta extremos humillantes mediante la regulación, si le da la gana, de la ropa que ha de vestir y cuántas veces puede ir al baño”.
 
 


 
Este “humillante sistema de dominación”, continúa, “rige sobre la mitad de las horas de vigilia de una mayoría de mujeres y la vasta mayoría de los hombres durante décadas, durante la mayor parte de sus vidas”. Y, por eso, Black considera que la forma más correcta de llamar a este sistema es “fascismo de fábrica” y “oligarquía de oficina”.

En esos modelos no cabe la libertad, según el graduado en Derecho. No solo de actos. También de pensamiento y crecimiento intelectual. Y eso, definitivamente, es lo más trágico. “Eres lo que haces”, escribe. “Si haces trabajo aburrido, estúpido y monótono, lo más probable es que tú mismo acabes siendo aburrido, estúpido y monótono. El trabajo explica la creciente cretinización a nuestro alrededor mucho mejor que otros mecanismos idiotizantes como la televisión y la educación. Quienes viven marcando el paso, todas sus vidas, llevados de la escuela al trabajo y enmarcados por la familia al comienzo y el asilo al final, están habituados a la jerarquía y esclavizados psicológicamente. Su aptitud para la autonomía se encuentra tan atrofiada que su miedo a la libertad es una de sus pocas fobias con base racional. El entrenamiento de obediencia en el trabajo se traslada hacia las familias que inician, reproduciendo así el sistema en más de una forma, y hacia la política, la cultura y todo lo demás. Una vez que absorbes la vitalidad de la gente en el trabajo es probable que se sometan a la jerarquía y la experticia en todo. Están acostumbrados a ello”.

El trabajo desde una perspectiva histórica

Cuenta Black que “hubo un tiempo en nuestro pasado en que la ética del trabajo hubiese sido incomprensible”. La idea de trabajar duro y acumular riqueza como forma de salvación individual nació hace apenas unos siglos. Su justificación teórica quedó recogida en el libro La ética protestante y el espíritu del capitalismo, de Max Weber (1864-1920), pero, además, el sociólogo alemán dio un impulso meteórico a esta idea al asociarla al protestantismo y el calvinismo, según el estadounidense.

“Solo tenemos que usar la sabiduría de la antigüedad para poner el trabajo en perspectiva”, indica. “Sócrates dijo que los trabajadores manuales suelen ser malos amigos y malos ciudadanos, porque no tienen tiempo de cumplir con las responsabilidades de la amistad y la ciudadanía. Tenía razón (…). El tiempo libre está dedicado en su mayoría a prepararse para ir al trabajo, regresar del trabajo y recobrarse del trabajo. El tiempo libre es un eufemismo para la forma en que el trabajador, como factor de producción, no solo se transporta a sí mismo a sus propias expensas, desde y hacia el puesto de trabajo, sino que además asume la responsabilidad de su propio mantenimiento y reparación. El carbón y el acero no hacen eso. Las máquinas fresadoras y las de escribir no hacen eso. Pero los empleados sí”.

A. Smith: “El hombre que pasa la vida efectuando operaciones simples (…) se vuelve tan estúpido e ignorante como es posible que una criatura humana llegue a serlo”

Esto tampoco es así en todas las culturas. Los Kapauku, una tribu que vive en el oeste de Nueva Guinea, establecen un equilibrio entre trabajo y tiempo destinado a otras actividades. El antropólogo Leopold Pospisil dice, en sus investigaciones, que esta comunidad dedica un día a trabajar y el siguiente a descansar.

Black es consciente de que esta idea de reducir el trabajo hoy hace temblar de pánico a la mayoría del mundo. Pero el estadounidense argumenta que ese miedo empezó a alentarse hace mucho tiempo. La literatura universal está plagada de pensadores, como Thomas Hobbes (1588-1679), encargados de asustar a la sociedad igualando el colapso de la autoridad con la violencia y el caos.

El autor de este ensayo dice que hasta Adam Smith (1723-1790), defensor a ultranza del mercado y la división del trabajo, supo ver el “lado más oscuro” de una sociedad construida en torno al trabajo. El economista y filósofo escocés escribió que “el entendimiento de la mayoría de los hombres se forma necesariamente de sus ocupaciones habituales. El hombre que se pasa la vida efectuando unas cuantas operaciones simples no tiene ocasión de ejercer su entendimiento. Por lo general se vuelve tan estúpido e ignorante como es posible que una criatura humana llegue a serlo”.
 
 
 
El trabajo es genocidio

Bob Black continúa su defensa de la abolición del trabajo con un argumento más tajante: “El trabajo es asesinato en masa o genocidio. Directa o indirectamente matará a la mayoría de los que lean estas palabras. Entre 14.000 y 25.000 trabajadores mueren en EE UU en el lugar de trabajo. Más de dos millones quedan inhabilitados. (…) Las estadísticas hablan de 100.000 mineros que padecen el mal del pulmón negro. Cuatro mil de ellos mueren cada año, una tasa de mortalidad mucho mayor que la del sida, por ejemplo, que recibe tanta atención de los medios”.

“Aun si no quedas muerto o inválido mientras trabajas, puedes morir mientras vas al trabajo, regresas del trabajo, buscas trabajo o tratas de olvidarte del trabajo”, prosigue. “El trabajo, entonces, institucionaliza el homicidio como forma de vida”.

Black pasa, a continuación, de la fábrica a la oficina. “El 40% de la fuerza laboral son trabajadores de cuello blanco. La mayoría de ellos tienen algunos de los empleos más tediosos e idiotas jamás concebidos. Industrias enteras, seguros y bancos y bienes raíces, por ejemplo, que no consisten nada más que en mover papeles inútiles de un lado a otro”.

Jugar en vez de trabajar convertiría la creación en recreación, según Bob Black
El autor se sorprende de que, a pesar de todo lo que expone, “el sentimiento que prevalece, universal entre patronos y sus agentes, y muy extendido entre los trabajadores, es que el trabajo es inevitable y necesario”. Él discrepa. “Es posible abolir el trabajo y reemplazarlo por nuevos tipos de actividades libres”, dice. Su propuesta se basa en “recortar masivamente la cantidad de trabajo” (porque, “en la actualidad, la mayor parte es inútil”) y en “tomar el trabajo útil que queda y transformarlo en una agradable variedad de pasatiempos parecidos al juego y la artesanía (…) que generan productos útiles (…). La creación se convertiría en recreación y podríamos dejar de vivir temerosos los unos de los otros”.

Los recortes podrían aplicarse a la “producción de guerras, la energía nuclear, la comida basura, los desodorantes de higiene femenina y parte de la industria automovilística”, propone Black. Y así, “sin haberlo intentado siquiera, hemos resuelto la crisis de energía, la crisis ambiental y un montón de problemas sociales insolubles”.

“Los científicos, ingenieros y técnicos, liberados de investigar sobre la guerra y la obsolescencia programada, lo pasarían en grande inventado medios para eliminar la fatiga, el tedio y el peligro de actividades como la minería”, plantea. “Sin duda, encontrarán otros proyectos en los que divertirse”.

El paso del trabajo al juego también tiene que ver con cambiar las circunstancias en las que se desarrolla una actividad. La mayor parte de las tareas resultan más agradables si no se realizan bajo el acecho de un supervisor, en un entorno amable o se les puede imprimir un toque de creatividad.

En ese sistema de “festejo permanente”, Black piensa que “presenciaremos una edad de oro de la creatividad que hará pasar vergüenza al Renacimiento. No habrá más empleos. Solo cosas que hacer y gente que las haga”.
 
 
 
El derecho a la pereza

Esta visión del trabajo no es exclusiva de Bob Black. Paul Lafargue escribió El derecho a la pereza en 1880. El periodista y teórico político francés defendía en este ensayo el uso de las máquinas y la reducción de la jornada laboral para que los ciudadanos pudieran dedicar más tiempo a la ciencia, el arte y las necesidades humanas fundamentales.

Henry David Thoreau, unos 40 años antes, criticó el modelo productivo industrial porque, a su juicio, suponía la explotación de los humanos. Rechazó también el culto al éxito y el credo puritano del trabajo constante porque significaba la explotación de uno mismo.

Thoreau trató el tema del trabajo en algunos ensayos (Ganarse la vida, Vidas malgastadas, De qué le aprovecha al hombre…) y mostró su sorpresa por que hubiera “tan poco o casi nada escrito, que yo recuerde, sobre el tema de ganarse la vida, cómo hacer de ganarse la vida no solo algo valioso y honorable, sino también algo apetecible y glorioso, porque si ganarse la vida no es de ese modo, esto no sería vivir”.

En La desobediencia civil indica: “Yo creo que no hay nada, ni tan siquiera el crimen, más opuesto a la poesía, a la filosofía, a la vida misma, que este incesante trabajar”.

Thoreau se enfrentó a las teorías del trabajo como objetivo vital y a la doctrina calvinista con estas palabras. “Si un hombre pasea por el bosque, por placer, todos los días, corre el riesgo de que le tomen por un haragán pero si se dedica el día entero a especular cortando bosques y dejando la tierra árida antes de tiempo, se le estima por ser un ciudadano trabajador y emprendedor. ¡Como si una ciudad no tuviera más interés en sus bosques que el de talarlos!”.

“El propósito del obrero debería ser, no ganarse la vida o conseguir ‘un buen trabajo’, sino realizar bien un determinado trabajo y hasta (…) sería económico para una ciudad pagar a sus obreros tan bien que no sintieran que estaban trabajando por lo mínimo, sino que trabajaban por fines científicos o morales. No contrates a un hombre que te hace el trabajo por dinero, sino a aquél que lo hace porque le gusta, aunque lo realice muy despacio”.
 
 
 
Thoreau criticó muchas prácticas económicas de su tiempo, a mediados del siglo XIX, que mantienen un paralelismo absoluto con muchas actividades empresariales de la actualidad. “La afluencia masiva de buscadores de oro a California, por ejemplo, y la actitud no simplemente de los comerciantes, sino también de los filósofos y los profetas respecto a ella, refleja el gran desastre de la humanidad. ¡Que tantos esperen vivir de la suerte y así tener el modo de encargar el trabajo a otros menos afortunados y todo ello sin aportar nada a la sociedad! ¡Y a eso le llaman negocio! No conozco desarrollo más sorprendente de la inmoralidad en el comercio y en los demás procedimientos habituales para ganarse la vida. La filosofía y la poesía y la religión de semejante humanidad no merecen el polvo de un bejín” (La desobediencia civil).

El filósofo naturalista habló también de la ambición humana y de la forma en que la especulación y la avaricia se imponían sobre el talento y la inteligencia en este sistema económico. “Dios entregó al hombre honrado un certificado capacitándolo para alimentarse y vestirse, pero el hombre malvado encontró un facsímil del mismo en los cofres de Dios, se apropió de él y obtuvo alimento y vestido como el primero. Es uno de los sistemas de falsificación más extendidos que conoce el mundo. Yo no sabía que la humanidad padeciera por falta de oro. Yo lo he visto en pequeña cantidad. Sé que es muy maleable, pero no tan maleable como el ingenio. Un grano de oro puede dorar una gran superficie, pero no tanto como un grano de buen juicio (…). Si ganas, la sociedad pierde. (…) El buscador de oro es el enemigo del trabajador honrado”.

Thoreau: “No preguntes cómo se consigue la mantequilla para tu pan. Se te revolverá el estómago al enterarte”

En su obra ya adelantó un problema que ha ido cada vez a más: el expolio del planeta. Thoreau leyó Tierra, trabajos, oro, de Alfred William Howitt, y escribió: “Me quedaron grabados en la mente toda la noche los numerosos valles con sus arroyos, todo cortado por pozos pestilentes de tres a 30 metros de profundidad y cuatro metros de ancho, tan justos como les fue posible cavarlos y medio cubiertos de agua. El lugar al que se lanzan con furia muchos hombres para buscar fortuna, sin saber dónde deben abrir sus agujeros, sin saber si el oro está bajo su mismo campamento, cavando a veces 50 metros antes de dar con la veta o perdiéndola por centímetros, convertidos en demonios y sin respetar los derechos de los demás en su sed de riqueza. Valles enteros a lo largo de cincuenta kilómetros aparecen de repente como panales de miel por los pozos de los mineros de tal suerte que cientos de estos mueren allí agotados. Metidos en el agua y cubiertos de barro y arcilla trabajan día y noche, y mueren de frío y enfermedad”.

El filósofo abolicionista continúa: “Howitt dice del hombre que encontró la gran pepita de 12 kilogramos en las excavaciones de Bendigo, en Australia: ‘Pronto empezó a beber, cogió un caballo y cabalgó por los alrededores, casi siempre al galope, y cuando encontraba gente la llamaba para preguntarle si sabía quién era él. A continuación le informaba, muy amable, de que él era el maldito miserable que había encontrado la pepita. Al final, cabalgando a todo galope, se estrelló contra un árbol, casi se salta los sesos. De todos modos, yo creo que no hubo ningún peligro en su caída porque ya se había saltado los sesos contra la pepita. Howitt añade: ‘Es un hombre completamente acabado’. Pero es un ejemplo de esa clase. Todos estos son hombres disipados. Escuchad algunos nombres de los lugares que excavan: llano del imbécil, barranco de la cabeza del carnero, vado del asesino. ¿No hay sátira en estos nombres? Dejadlos que arrastren su mal ganada riqueza adonde quieran, yo creo que el lugar en que vivan será siempre el llano del imbécil, si no el vado del asesino”.

Thoreau llegó a decir: “No preguntes cómo se consigue la mantequilla para tu pan. Se te revolverá el estómago al enterarte”. Y Bob Black acabó su libro con la misma frase que empezó: “Nadie debería trabajar”.

Pero, además, incluyó una exhortación: “Proletarios del mundo… ¡descansad!”.
 
 

viernes, noviembre 18

Después de Auschwitz



¿El salario, qué marca?
¿El dinero que es justo que recibamos
por nuestro trabajo,
o el dinero que es justo que recibamos
por nuestra complicidad?

El capitalismo gana carreras que no corre.
Antonio Orihuela. 
En: Alquimia de la Sal

martes, noviembre 15

Los anarquistas expropiadores, Simón Radowitzky y otros ensayos, por Osvaldo Bayer


Los estudios históricos de Osvaldo Bayer que aquí se reeditan se refieren a aspectos olvidados de diversas épocas argentinas. El primero de ellos es una especie de complemento al trabajo del mismo autor titulado Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia, recordado anarquista expropiador. Este movimiento tomó como método de acción política los atentados y los asaltos a bancos y empresas y luchó por la liberación de sus compañeros de ideas que se hallaban presos. Su figura más representativa fue el anarquista expropiador Miguel Ángel Roscigna, el “primer desaparecido” de los métodos de represión policial. Esta obra ha sido dividida en dos partes: en primer lugar se encuentran los textos referidos al movimiento anarquista expropiador y a sus luchas populares: “Los anarquistas expropiadores”, “Los rebeldes de Jacinto Aráuz” y “La influencia de la inmigración italiana en el movimiento anarquista argentino”; y en segundo término se reproducen los ensayos que investigan negociados, encubrimientos y miserias del poder: “Palomar: El negociado que conmovió a un régimen”, “El naufragio de la Rosales: una tragedia argentina” y “Graf Spee: el fin del corsario”. Durante la dictadura militar, que se iniciara en 1976, “desaparecieron” ocho mil ejemplares de estas investigaciones.

Esta edición definitiva de Los anarquistas expropiadores quizá sea sólo una pequeña reparación de la “triste y morbosa experiencia que significó para nuestro país no sólo la prohibición y quema de libros, sino también, ya todo elevado al nivel de tragedia, la desaparición forzada de personas”.

-Descargar: AQUÍ.

-Lectura online: ACÁ.


sábado, noviembre 12

Dios y el dinero

 
Este texto comprende, algo resumidas, las trascripciones, realizadas por Roberto García Tomé, de dos intervenciones orales de Agustín Carda Calvo: la primera en el Ateneo de Vic, la segunda en la Facultad de Sociología de la Universidad de Santiago. Las dos conferencias se celebraron durante el curso 1998-99.



Dios tiene que tener sobre todo dos condiciones: una es que tiene que ser real, más que nadie. Esto quiere decir más o menos lo mismo que se dice con ese verbo que nos han metido desde arriba a partir de las escuelas medievales, el verbo «existir»: real, existente; y, para ser real, aunque esto parezca una paradoja, tiene que ser ideal. Por el otro lado, tiene que ser, como algunos tal vez recuerdan del catecismo, personal: para mejor lograrlo, según la vieja teología católica, es tres Personas, que son un solo Dios verdadero. En todo caso, tiene que ser Persona. Cualquier dios, con más o menos éxito según las épocas y los sitios, tiene que reunir esas condiciones. En el Mundo Primero, en la Democracia Desarrollada, el Régimen que hoy padecemos, estas condiciones tienen que haberse elevado al grado más alto de potencia y de imperio. Si nos preguntamos cuál es el verdadero Dios en el Régimen más avanzado, no queda mucha duda, porque ese Dios tiene esencialmente la cara del Dinero: es el Dinero. Pero cualquiera de los otros dioses viejos que queden por ahí, si pueden colaborar con éste, con el Dios verdadero que hoy padecemos, es porque participan de las mismas condiciones.

En verdad el Dinero, la forma más alta y actual de Dios, no ha inventado esas condiciones: ya los dioses de las viejas religiones, según progresaban, iban avanzando en el mismo sentido; sólo que este Dios es el que las cumple de manera más perfecta. A primera vista, entre tener que ser real o existente y tener que ser personal puede haber una contradicción, y conviene que esta contradicción se aclare de la manera más precisa.
 
Dios tiene que ser real: tanto es así que en las religiones más avanzadas el verbo «existir» se inventó precisamente para eso. Aquí tenemos uno de los casos más ilustres en que, a lo mejor, se cree que se puede emplear este verbo de las Escuelas, más o menos divulgado, tranquilamente. Se puede incluso creer que un ateísmo verdaderamente eficaz puede decir «Dios no existe»: esto es una mentira, porque el verbo «existir» es coestensivo con Dios, se refiere a Él. No se puede decir inocentemente. Esta fórmula está condenada. Esto nunca lo puede decir el pueblo. Lo dicen las personas, porque les han hecho creer que este verbo «existir» es inocente. Cuando el pueblo se levantaba contra Dios, lo único que podía decir eran cosas del tipo de «no hay Dios», «no hay Dios que valga». Eso es popular. Ahí no hay ni una sola palabra que venga de arriba. ¿De qué va a servir que se diga que no existe, si primero se le ha puesto como sujeto de eso, se le ha hecho existente en el mismo momento de decirlo? ¿De qué va a servir que después se añada «no existe», si ya al decir de Dios tal o cual cosa, al hablar de Dios, se le está haciendo real? Porque ésta es la condición de la realidad: real es aquello de lo que se habla. No lo que habla, pues lo que habla, cuando se le deja (el pueblo, el lenguaje, yo cuando no soy nadie, cuando no soy persona), eso no es real. Una cosa es el que habla, que actúa, por tanto, y otra cosa es de lo que se habla. Con eso creo que se comprende bastante bien que la Realidad tiene que ser ideal. Todos los que os enseñan a contraponer «real» con «ideal», «realista» con «idealista» os están engañando. Para que se hable de una cosa, ésta tiene que tener su nombre, tiene que estar hecha de ideas, y por tanto no cabe pensar en ninguna realidad o existencia que no pase por las ideas. Aquel que por afán de realismo adopta las armas del Poder, proyecto, idea de futuro y demás, ése cae bajo el engaño, precisamente porque ha adoptado las ideas, la idealidad, lo que es propio y esencial del Poder. Frente a esas dos cosas, lo real y lo ideal, está aquello que no es de lo que se habla, sino el que habla, del que no se tiene idea: yo, que no es nadie. Pueblo, que no se sabe qué es, que no existe. Ése es el que actúa gracias a no ser real, a no existir, gracias a eso vive y actúa. Contra la realidad y las ideas juntamente está el lenguaje corriente y moliente, no las jergas: la razón común.
 
Así, Dios, ya en la vieja teología católica, era el ser más real de todos los seres: lo que los teólogos medievales decían ens realissimum. En cierto modo la realidad de las realidades. Ésta es la condición justamente que cumple hoy nuestro Dios: el Dinero tiene esa condición. El Dinero es la realidad de las realidades. Todas las cosas se cambian en Dinero, y una cosa es tanto más real cuanto más se puede cambiar en Dinero, cuanto más Dinero vale. El Dinero es la cosa de las cosas, la cosa a la que todas las cosas se reducen; y cumple su función: para ello es ideal. No hay cosa más ideal que el Dinero. Recuerdo de paso la corriente estupidez de llamar «material» al Dinero, que es la cosa más impalpable, la cosa que está, como Dios, en todas partes y en ninguna, que cumple las condiciones de la idealidad de la manera más perfecta. No se vaya a confundir, sin embargo, esas monedillas que uno tiene en el bolsillo, o lo que tiene en el Banco, con el Dinero: esas cosas son como aquellas imágenes que se podían hacer de Dios: son representaciones, estampitas; pero el Dinero no es eso: es totalmente ideal, y para ser la realidad de las realidades tiene que ser ideal, como cualquiera de los viejos dioses.
 

 


 
Pasamos a la otra condición. Ya en las viejas religiones también Dios tenía que ser personal. Eso parece a primera vista contradictorio porque estamos acostumbrados a pensar que a las cosas o realidades se les contraponen las personas: uno no es una cosa, uno es Persona. Ya en las viejas religiones más avanzadas Dios tenía que ser el existente entre los existentes, pero al mismo tiempo tenía que conservar su condición personal. Para que ejerciera su dominio, tenía que tener las dos caras. Persona o, como en la forma más avanzada de la Teología cristiana, tres personas, que en el mismo hecho de ser tres costituían un solo Dios verdadero. Estoy usando las viejas formas de Dios, las viejas religiones, como ilustración del Dios actual, porque, como las religiones más viejas no eran más que progresos hacia la actual, preparaciones de esta forma de poder, a veces, echando una mirada a ellas, recibe uno alguna iluminación.
 
La confusión acerca de esto de «personal» es una confusión que se descubre preguntándose: «¿Quién soy yo?». Si os preguntáis de veras eso, os encontráis de narices con la confusión que ahí late. ¿Soy yo Don Agustín Carda, por ejemplo? Por un lado tengo que reconocerlo: ésa es mi realidad, la que dice mi Documento de Identidad, pero yo, ¿soy ése? Yo no soy ese. Hay algo por debajo de mí que está diciendo «Yo no soy ése». Algo que me queda de mí por ahí abajo, algo que me queda de pueblo, frente a mi nombre propio y mi documento. Ahí veis en qué sentido rige esta confusión: Dios, por un lado, tendría que comportarse igual que yo, es decir, ser una contradicción, y lo era de hecho, en las viejas teologías, porque por un lado tenía que ser una persona real, tenía que tener su identidad, y por el otro tenía que ser una persona de verdad. A pesar de la propia teología y el dogma, vivía la contradicción entre el Dios del que se hablaba y el Dios que hablaba, como en mí. Era el Dios que hablaba el que no era un Dios real, como yo, nunca del todo y cerradamente Fulano. Así de sencillo. La dificultad está precisamente en que es demasiado sencillo.
 
Evidentemente hay algo que no es real, que no es de lo que se habla, precisamente porque es el que habla. La teología pensaba encontrar un artilugio definitivo y victorioso: la persona de Dios era la persona real, y por tanto estaba sometida y servía al sometimiento. En la medida en que el Poder y su Teología no conseguía esto, había algo que seguía diciendo «Eso no es cierto». Por eso es por lo que es tan difícil prescindir del nombre de Dios incluso desde la revuelta, porque la palabra sigue siendo, a pesar de todo, ambigua. La religión, por tanto, que verdaderamente padecemos es la religión que está representada por un Dios que es Dinero, realidad de las realidades. ¿Cómo es que el dinero es personal? ¿Cómo es que el dinero, esa forma más avanzada de Dios, cumple también esa segunda condición?
 
 
 
Apenas hay más que recordarlo: el dinero es personal. En tiempos en que la moneda era una forma de Dinero, en la moneda estaba la cara del monarca, la cara personal, con sus rasgos, del César, del Emperador o del Rey. Eso era una preparación para lo actual: en la Democracia no hay reyes de verdad, no hay más reyes que la Persona. Que se sigan haciendo moneditas del antiguo régimen sirve para distraer. El dinero de verdad es ese dinero del que la Persona dispone. Ya podéis ser vosotros muy modestos al estampar vuestra firma en la Banca, pero en el ordenador del Banco figura vuestro nombre, y éste representa las cifras, sean rojas o negras, pero en todo caso es vuestro nombre el que vale eso. Valéis eso, y ese dinero, esas cifras, sólo valen en la medida en que son de una persona, en que la representan.
 
La Persona puede ser, como se sabe, un consorcio o una persona jurídica o lo que sea, pero, en todo caso, una persona. Una persona que puede fácilmente hacer todos los jueguecitos que sabéis: entablar tratos con otras personas, intercambiarse, etc. Una persona que puede jugar en la Bolsa o en ese cruce de pantallazos todo alrededor del globo por medio de la Red Informática Universal, que permite estar en siete u ocho Bolsas al mismo tiempo y establecer ese juego. Nada de eso se podría hacer si no fueran personas las que costituyen la verdadera esencia del Dinero. Esto quiere decir que, si el dinero consiste en la Persona, su firma, el crédito de que goza y su firma le atribuye, entonces tenemos unas personas que son cosas, cada una de vuestras almitas personalmente.
 
No es ya sólo aquello tan viejo de «tanto tienes, tanto vales», sino que vales lo que tienes, y ése eres tú, en cuanto ente real, y no hay otra forma de alma real más que esa que está representada por la firma y el crédito de que uno goza en la Banca, desde los escalones más bajos a los más altos, que juegan con el Dinero en los Mercados de la Red Informática Universal bajo la bendición Urbis et Orbe.
 
Es por eso por lo que hay que insistir finalmente en que esta Religión actual, como las viejas, está sostenida por la Fe. Si se dejara de creer, caería sin más. Lo estáis sosteniendo todos los días en la medida en que creéis, os fiáis de las cifras del crédito, creéis en lo que vuestro capitalito va a rendir al cabo de tres meses o tres años. Como esta condición de la Fe –que en la Banca se llama crédito, de creer, que es la verdadera esencia del Dinero, que es todo Futuro, todo Fe– es la misma que en las viejas religiones (la Fe en Dios está inmediatamente ligada con la salvación, con esperanza de la Gloria Eterna), por eso mismo, la necesidad de Fe, es por lo que se llevan tan bien la verdadera Religión del Régimen con los restos de las otras religiones. Es de suma conveniencia para el Poder que sigan conviviendo juntas unas con otras. Evidentemente la nueva Religión alzará sus nuevas catedrales, sus iglesias sucursales y Bancos más o menos horripilantes que el Capital levanta por todas partes, pero conservando las viejas catedrales y muchas de las iglesias, y conservará igualmente las formas de culto pasadas de moda. Es una conveniencia. ¿Cómo no se van a llevar bien si, después de todo, todas son formas del mismo Dios, que solamente cambian para seguir manteniendo su imperio?
 
 
 
Empresas de producción de Dinero
 
La Empresa en general es una istitución que se dedica a la producción. Producción naturalmente de algo, de alguna cosa. En principio, la producción debía ser una producción de cosas, y añadámosle todavía, útiles, es decir, que sirvieran para algo. Entonces el productor se pregunta cómo se sabe cuáles cosas son útiles y cuáles no lo son, qué cosas sirven para algo y cuáles no. La economía tradicional dice que quien decide eso es el público. Se supone que hay un público que es el que pide o no pide tales cosas, y entonces se supone que las que pide son las cosas útiles, las que sirven para algo, para comer, para trasladarse, para enterrarse si llega el caso, etc.
 
No es por tanto ninguna arbitrariedad si se equipara eso de «útiles» con lo de demandadas. Útiles no quiere decir más que las cosas que están demandadas: la demanda crea un hueco, o un vacío aspirador, y entonces viene la producción y satisface la demanda ante ese vacío. Parece que la Ley de la oferta y la demanda está aquí en juego en su forma más primitiva: la empresa productora debería producir cosas que satisficieran una demanda previa que se supone que promueve y justifica la producción de las cosas demandadas.
 
Bajo el Régimen que hoy padecemos habréis oído cuentos como ésos, que se refieren a una especie de Economía que a lo mejor para los abuelos o tatarabuelos seguramente tenía algún sentido, pero, ahora, cuando oímos decir esas cosas seguramente os suena como que os están contando un cuento, cuando os hablan de ese juego de la oferta y la demanda. Eso es desde luego algo pasado de moda: en el Régimen que padecemos las cosas, desde luego, no juegan así. El gran proceso, el que ha llevado a esta forma de Régimen que hoy sufrimos, consiste en que eso se ha convertido en una producción de cosas inútiles. En su progreso, la Empresa ha venido a convertirse en una productora de cosas sencillamente vendibles. Cosas vendibles quiere decir cosas que, según un cálculo de previsión que se considera sensato, van a poderse vender en cantidad suficiente para compensar los esfuerzos y gastos de la producción. 
 
Evidentemente «vendibles» introduce la posibilidad y el futuro: las que, según un cálculo prudente y acomodado a la realidad, van a poderse vender de manera suficientemente amplia y fácil como para justificar el esfuerzo de la producción.
 
Qué es venderse, qué es vender, es una cosa que todo el mundo sabe: cosas vendibles son las convertibles en Dinero; y por otra parte, toda cosa convertible en Dinero se va a producir, va a encontrar su Empresa. Ésta es la Ley del Mercado en la situación actual. El hecho de que hayamos venido a esta situación económica tiene múltiples consecuencias.
 
Esta trasformación o paso de la producción de cosas que valen para algo a la producción de cosas vendibles arrastra consigo a su vez la creación de otra empresa que todos conocéis muy bien: es la Empresa que se encarga de sostener y realizar ese proceso, la Empresa de fabricación de necesidades.
 
Es una empresa fundamental: evidentemente, hacer pasar a las cosas de útiles a vendibles, convertibles en dinero, implica que el juego de oferta y demanda se ha vuelto del revés. Ésta es la condición para ese paso. Si nos contentáramos con las necesidades que se suelen llamar primitivas o verdaderas, entonces no habría ni progreso de la Empresa, ni padeceríamos bajo el Régimen que padecemos. Ésta, la que cubre necesidades primitivas, es una empresa que hoy se mira con sumo desprecio, porque una empresa de este tipo, que produce cosas útiles, es hasta una empresa agrícola; hasta el señor que produce patatas en su campo es una empresa en este sentido primitivo, pero eso no es una empresa seria. Incluso, no ya la empresa agrícola o sector primario, que es el más despreciable de todos bajo el Régimen, sino el sector secundario, la industria, la producción de cosas, si se atiene a esto, si no vuelve del revés la ley de la oferta y la demanda, pues tampoco es digna de figurar en el Régimen progresado. Incluso esa industria, que puede tener un derivado muy interesante, que son las máquinas productoras de máquinas, mientras se mantenga en eso nada más, tampoco tiene nada que hacer. Es preciso llegar al sector terciario, que es precisamente el de empresas de ese tipo, empresas dedicadas a volver del revés la Ley de la oferta y la demanda.
 
Esto se suele llamar Servicios (ya con mayúscula), que son servicios directamente ligados con el Dinero, servicios al Dinero, a ese Dios, sin andarse con cosas primitivas como la agricultura o ni siquiera la industria tradicional. Este proceso ha hecho pues pasar a la noción de «trabajo» por todas estas etapas. Mirad cómo cualquier empresario, alto o mediano, mira hoy desde lo alto al pobre labrador que todavía se afana en pretender que él está haciendo algo que vale cuando produce y lanza al mercado algunas patatas o algunas coles o cualquier otra cosa, cómo desde lo alto dice: «Eso no es nada». Lo mismo ocurre con los pocos obreros que quedan en el Estado del Bienestar, que la mayor parte, como sabéis, son mano de obra traída de fuera, porque, ¿cómo van a quedarse los ciudadanos del Bienestar en el sector secundario, en la producción con máquinas, cosiendo, forjando herramientas, o incluso en la producción de máquinas que producen máquinas? Aunque, por supuesto, cuanto más complicada es esa producción, más digna se vuelve para el Estado del Bienestar.
 
 
Hay que aspirar a caer en el sector terciario: hacer un trabajo que no produce nada. Fijáos que hacer un trabajo que no produce nada es una cosa interesante por los dos lados: primero, porque no produce nada, y luego porque sigue siendo trabajo. Si no cumple las dos funciones, no sirve: porque, evidentemente, tirarse a la bartola o dar saltos por la pradera tampoco produce nada, pero eso no sirve, porque eso no es trabajo. Tiene que seguir siendo un trabajo para nada, un trabajo que gire en el vacío, pero que siga siendo trabajo de todas maneras y un trabajo dedicado precisamente a eso, a proseguir esa inversión de la ley de la oferta y demanda que consiste en empresas de producción de necesidades. Para que a la gente se le haga creer que necesita todo lo que se le vende bajo el nombre de cosas en el Estado del Bienestar, hace falta un trabajo.
 
La gente no nace tonta del todo, aunque en una buena parte sí; y por tanto hay un trabajo que es el trabajo de convencerla de qué necesita. Imaginaos convencerla de que necesita estar viendo la televisión todas las noches (cosa que en tiempo de vuestros abuelos nadie había pedido ni se les había ocurrido): eso requiere una labor seria, que se llevó a cabo en los años 40 y 50, de convencimiento de que sin televisión no se vive. E imaginaos cuando os convencen de la necesidad de que tengáis un telefonillo móvil para llevaros de un lado para otro, o que estabais deseando desde el comienzo de la Historia, desde la espulsión del paraíso, que efectivamente os concedieran la gracia de tener una autopista. No os habíais dado cuenta, pero para eso están los técnicos de producción de necesidades, para que os deis cuenta de que desde el comienzo de la Historia estabais deseando disponer de una Red Informática Universal para que vuestras transacciones y vuestras ideas se trasladen de una punta a otra del globo con la rapidez que la electricidad proporciona. Simplemente tienen que convenceros con esa creación de necesidades, o de deseos, que son deseos falsos igual que las necesidades. Ésa es la gran industria que implica la inversión que hemos visto: no es ya ninguna demanda verdadera la que rige la producción, sino que, por el contrario, la producción principal está destinada a la creación de demandas que, por lo tanto, no son previas, sino posteriores a la oferta, que están justamente sosteniendo la oferta y haciendo funcionar esa industria.
 
Llegados a este punto, el último paso ya es muy fácil: las cosas vendibles en dinero han sustituido a las cosas útiles. La duda de si una cosa sirve para algo puede presentarse de vez en cuando, pero ¿quién se pregunta ya para qué sirven esos chismes una vez que están ahí? Han nacido para venderse. La única función para la que han venido a este mundo es la de la compraventa. Si después hay un señor o alguna señora que se cree que son muy útiles, bendito sea, porque es quien está sosteniendo el negocio. Sin ilusión, por lo menos mayoritaria, la cosa no marcharía.
 
La última forma de Empresa, la representada por la Banca entre los servicios, es ya una mera ratificación: una vez que lo que se produce son cosas que son dinero, ¿por qué no se va a producir directamente dinero? De manera que hay empresas directamente productoras de dinero, lo que no hace más que presentar de la manera más desnuda el tipo de empresa que está mandado. No es que pueda ser del todo la única Empresa: eso casi nos colocaría en una situación apocalíptica; pero evidentemente el Régimen que padecemos se acerca a ello. Por todas las ciudades del Bienestar continuamente vemos cómo otras empresas, incluso las de servicios, caen bajo la garra de la Banca. Veis cafeterías, tiendas de esto o de lo otro más o menos viejas, convertidas en sucursales de Banca, de manera que la tendencia está clara: entre las muchas empresas productoras de cosas que son Dinero tiene que ocupar una posición preeminente la empresa productora directamente de Dinero. Cuando todas las cafeterías del mundo, y todas las ferreterías y todas las tiendas de modas se hubieran convertido en Bancos, esto nos colocaría en una situación tan apocalíptica que parecería deseable, porque se habría desnudado entonces del todo el tinglado: ¡Todo son Bancos! Se ha declarado con una franqueza inconveniente que todas las cosas que se vendían en las tiendas eran Dinero, y que eran formas de Banca y, por tanto, no habría más producción que la de Dinero, producción que consiste en el puro movimiento del Capital. Pero todo esto es en el ideal, más o menos apocalíptico. También es cierto, y esto es un respiro del pueblo desde abajo, que eso jamás puede cumplirse del todo. Eso funciona en el ideal de los que efectivamente quieren convertir todo trabajo en servicios al Dinero, en el ideal de los que están seguros de que pueden indefinidamente producir necesidades para seguir vendiendo más y más sin tener en cuenta para nada lo que a la gente le sirva, y que todas las producciones vengan a ser producciones de tipo bancario. En el ideal está, pero está por debajo del ideal lo que nos quede de vivo, de gente que no acaba de vivir sólo de ilusiones, a la que de vez en cuando a lo mejor se le ocurre que podría saborear algún fruto, ver alguna nube que no estuviera en el Mercado. Hay cosas que no son cosas, en el sentido de cosas reducibles a Dinero. Hay algo que no es Dinero, hay siempre algo que no se puede comprar con Dinero. El intento del Régimen es, por supuesto, que no quede nada; pero ese intento es tan solo un ideal. Siempre queda algo que no se deja convertir en Dinero. 
 
Siempre quedan cosas a las que todavía el Mercado y la Banca no han echado la zarpa.