Cuando la multitud hoy muda, resuene como océano.

Louise Michel. 1871

¿Quién eres tú, muchacha sugestiva como el misterio y salvaje como el instinto?

Soy la anarquía


Émile Armand

viernes, octubre 23

Hablar de anarquismo en la era de la globalización


El pensamiento y la práctica de los anarquistas no se encuentran reunidos en un corpus doctrinario ni pueden circunscribirse a una sola escuela. A diferencia de otros movimientos hijos de la Ilustración, las raíces del anarquismo, centradas en la búsqueda de la libertad y la felicidad, se adentran en la historia de los hombres. De todos modos, será a partir del crisol de la Ilustración, así como de las luchas de los siglos XVIII y XIX, cuando el anarquismo se haga visible en el imaginario social de sus contemporáneos y adquiera un protagonismo fundamental en la mayoría de revoluciones que sacuden el planeta.

La memoria anarquista recuerda el esfuerzo de varias personas que se enfrentaron al poder antes de la revolución industrial. No es extraño que historiadores anarquistas como Piotr Kropotkin o Max Nettlau hablen de Lao-Tse, de Espartaco y su revuelta de los esclavos, de la escuela de los cínicos y Diógenes, de las revueltas religiosas de la Edad Media o de Prometeo, que, según la leyenda, robó el fuego a los dioses para dárselo a los hombres. Algunos anarquistas incluso se remontan al cristianismo primitivo o a los anabaptistas protestantes, que rechazaron la idea del poder y pusieron en cuestión la moral de su tiempo. Lógicamente, desde el punto de vista historiográfico estos antecedentes poco tienen que ver con una ideología nacida de la mano de la Revolución Industrial y de la primera globalización planetaria, pero la búsqueda de referentes en las luchas contra la autoridad reviste aportaciones interesantes a la construcción de la idea anarquista, en constante evolución y reinterpretación.

No hay una definición al uso del anarquismo, ya que todos sus teóricos son, al mismo tiempo, militantes activos, críticos, reflexivos y, por tanto, irreverentes con la Idea, como se conoce al ideal anarquista. Como señalaba Kropotkin en sus Memorias-. «En las conversaciones sobre el anarquismo… yo nunca oí decir: “Bakunin decía esto…”, o “Bakunin pensaba esto otro…”, como si un par de argumentos pudiesen acabar con la discusión. Sus escritos y palabras no tienen la fuerza de un dogma, como por desgracia ocurre dentro de los partidos políticos. En todas las preguntas en que la inteligencia tiene la última palabra, cada uno puede aportar a la discusión sus argumentos o razones personales».

Además de sus propagandistas y militantes, el anarquismo cuenta con una legión de seguidores: militantes culturales, gente que simpatiza con la revuelta social, amantes de la libertad individual o partidarios de la colectividad. Posee, por tanto, una rara cosmogonía de autores y obras de pensamiento político y social que interactúan con una pléyade de obras literarias de todas las épocas en las que sus protagonistas tienen en común la lucha en contra del poder y la autoridad. El ejemplo que dan estos héroes de ficción, como los personajes de Camus o Kafka, o el capitán Nemo, se refuerza con las biografías de la mayoría de militantes y propagandistas de la Idea, anarquistas que hacen de sus vidas una construcción política y ética que edifica, a su vez, un sistema vital, orgánico, en constante transformación. De este modo, se enriquecen mutuamente. Ninguna cultura social es quizá tan rica en símbolos y a la vez tan iconoclasta.

Así que describir el anarquismo, o mejor dicho, los anarquismos, no es una tarea fácil. Podríamos compararlo con el universo, con sus galaxias de pensadores, sus cometas iridiscentes y de acciones fugaces, sus lunas magnéticas orbitando planetas habitables y, cómo no, sus agujeros negros. Y en todo este universo, que se renueva constantemente, el pensamiento y la acción van unidos. Ninguna filosofía ética ha sido, y es, tan vital como el anarquismo, porque si la práctica no va unida a la teoría, el anarquismo no existe. persona anarquista, cooperativa, mutualista, individualista, naturista, esperantista, atea, neomalthusiana o humanitarista puede siempre comportarse como tal en la vida pública y privada, en cualquier entorno cotidiano. Basta con que desafíe poderosamente cualquier autoridad y cualquier desigualdad. Por este motivo, el anarquismo puede aparecer en momentos de grandes alteraciones sociales o en periodos de calma, en zonas industriales o en el agro, en ciudades o en cuencas mineras. Y siempre con la misma divisa: «Contra toda autoridad». Esa es la fuerza del anarquismo, su poderosa base ideológica y vitalista que encuentra múltiples referentes históricos y literarios.

La falta de una obra de síntesis, de una ortodoxia escrita, como son las ideas de Marx, Engels o Lenin para socialistas y comunistas, que nacieron en el mismo periodo y con los que compartieron, o se enfrentaron, en algunas barricadas, dota al anarquismo de esta fuerza diversa. Algunos atacan lo que consideran una debilidad en su paradigma; otros, los más, explican que precisamente aquí radica su fuerza. A veces el anarquismo nace de la discusión, la complementación o la confrontación radical e irrumpe con toda su fuerza, como el torrente en el páramo tranquilo.

Organizar el caos cotidiano en que se ha transformado la humanidad: eso quieren los anarquistas, eso defienden contra sus detractores, que los acusan de desorganizados o informales. Sin embargo, nada hay más comprometido que un buen anarquista, un anarquista con una sólida formación que actúa de acuerdo con su conciencia que, como un héroe de las novelas rusas que lo tomaron como modelo, es la única autoridad que reconoce.

La Enciclopedia anarquista dedica buena parte del primer tomo a definir— dentro de lo que es posible— la anarquía, ya que no es solo y primariamente una forma de la lucha contraria a la autoridad genéricamente imaginada, sino algo más profundo. Debemos interrogarnos sobre la naturaleza de la autoridad y su origen para poder direccionar la lucha, y construir alternativas. Sébastien Faure, su editor y compilador, propone la siguiente definición: «En la sociedad actual la autoridad reside en tres formas principales: 1. La forma política: el Estado; 2. La forma económica: el capital; 3. La forma moral: la religión».

Así, el individuo que lucha contra estos tres tipos de autoridad es un anarquista, si bien la historia nos demuestra que la lucha contra el Estado ha sido la más intensa. La lucha en contra del capital se ha organizado siempre a través del sindicalismo revolucionario y aparece ligada al movimiento obrero mundial y sus organizaciones. Además, posee un extenso martirologio entre sus activistas. En cuanto al tercer apartado, para los anarquistas la esfera de la moral ha quedado relegada a la vida privada, y sus militantes han abarcado distintas tradiciones: el agnosticismo, el ateísmo, el cristianismo tolstoyano, el espiritismo o, en la crítica más superficial a los privilegios de las grandes religiones monoteístas, un anticlericalismo a veces furibundo. Dentro de las trayectorias vitales de los militantes anarquistas, se aúnan estas tres formas de lucha y se enfatiza alguna más que otra a causa del contexto histórico que les toca vivir.

La opresión del Estado moderno, nacido al rescoldo de la industrialización y el reparto colonial del planeta, siempre ha sido vista por los anarquistas como la forma más violenta de autoridad impuesta contra los individuos. Una autoridad que, apoyada en leyes, amenazas, ejércitos, burocracias kafkianas, ordenanzas cívicas, mass media o sistemas de pensamiento único, humilla y desorienta a sus ciudadanos. Ese es el gran núcleo del pensamiento anarquista y el origen de su lucha.

Los anarquistas exponen su teoría, ya esbozada por Bakunin: «En la Humanidad hay dos tipos de personas: las que obedecen y aspiran a ser obedecidos, y las que desafían la autoridad, que ni obedecen, ni quieren ser obedecidos. Su máxima es la Libertad». Efectivamente, estos dos tipos de personas son irreconciliables, ya que tienen valores distintos. Errico Malatesta, uno de los autores más leídos y asimilados en el pensamiento anarquista del siglo XX, lo expresa a la perfección cuando afirma que un anarquista no es solo un rebelde, sino mucho más. Los que forman parte de una clase oprimida no rechazan convertirse a su vez en represores: son individuos con mentalidad de burgués frustrado. Un anarquista debe abolir las clases.

Como afirmaba otra anarquista, la lituana Emma Goldman: «La superioridad de la literatura anarquista, comparada con los escritos de otras escuelas sociales, está en la sencillez de su estilo». Intentaremos, pues, seguir esta máxima anarquista y aportar luz a momentos importantes en la historia colectiva de la humanidad… El autodidactismo y el criterio personal son parte de la personalidad de los anarquistas, y seguimos en buena medida en la brecha abierta por estos utopistas sociales. Deseamos un camino breve y fecundo que abra otras sendas personales, diversas y plenas, como fue y como son el pensamiento y la acción anarquistas… Un totum revolutum tremendamente fecundo, que abarca en un proyecto intergeneracional, e interclasista, a hombres y mujeres de todas las regiones del orbe desde los años de la Comuna de París hasta la revolución que toma las calles ahora mismo, mañana mismo. Como afirmaba Heráclito en el albor de los tiempos: «Todas las cosas suceden según discordia».


Dolors Marín

Tomado de la circular informativa Amor y Rabia # 28,Valladolid, mayo 2020. Número completo accesible en https://mega.nz/download

martes, octubre 20

Emma Goldman y su amor por la vida (80 aniversario de su muerte)


Emma Goldman murió en Toronto (Canadá) el 14 de mayo de 1940. Por esas fechas era una mujer avejentada y cansada, pero murió activa y celebrando la vida pese a la gran decepción que le ocasionó la derrota de la Revolución y la Guerra Civil española en abril de 1939.

Para recordarla, y pensarla en presente, en estos ochenta años transcurridos desde su muerte, y en plena pandemia del Covid-19, nos gustaría hablar de ella desde su vida más que desde su pensamiento. Y esto pese a que hacer esa separación entre  vida y pensamiento no parece tener sentido en ella, así lo escribía con su característico apasionamiento:
« (…) sabía que lo personal jugaría siempre un papel dominante en mi vida. No estaba cortada de una sola pieza (…). Hacía tiempo que me había dado cuenta de que estaba hecha de diferentes madejas, cada una diferente a la otra en tono y textura. Hasta el fin de mis días estaría dividida entre el anhelo por una vida personal y la necesidad de darlo todo a mi ideal».[1]
La mejor manera de acercarse a la vida de Emma Goldman es leer su libro Viviendo mi vida, una autobiografía publicada en 1931 dividida en dos tomos. El primero abarca desde su nacimiento en 1869 en Kaunas (Lituana) hasta 1912. El segundo contempla un periodo más breve, desde 1912 a 1928, y engloba un momento especialmente conflictivo en EUA que acaba con su expulsión del país y pérdida de la ciudadanía en 1919 y, sobre todo, su experiencia de casi dos años en la Rusia revolucionaria.

Su vida fue un continuo «soñar hacia delante», una virtud anticipatoria que invadió su vida y la activó. Fue una poderosa fuerza motivadora que no solo se basó en el ideal anarquista, sino también en la imaginación, el arte y la belleza. La vitalidad de Goldman le dio fuerza para emanciparse de las rutinas cotidianas y, con ello, para mirar hacia el futuro. Construyendo el futuro, en el que estamos nosotras, abrió los espacios donde pudo proyectar sus deseos activos.

Su vida no fue fácil.

¿De dónde sacó Goldman, sin embargo, su esperanza de cambio? Solo se nos ocurre que la respuesta puede estar en un acto gratuito de confianza que podríamos atribuir a su amor por la vida, a su amor por el mundo. Un amor que ella no entendía como un ideal abstracto, sino como la preocupación que le generaba cualquier ser vivo (un caballo maltratado, las presas en la cárcel, las prostitutas, las obreras que se veían obligadas a traer criaturas al mundo sin desearlo, el autor de un atentado, las víctimas de los bolcheviques o del fascismo en la Guerra Civil española).

Ese amor por la vida era para Goldman un fin en sí mismo que intensificaba su compromiso y el gozo de la vida. También era un acto de «soñar hacia delante», en la medida en que contribuía a crear las condiciones para dejar a la posteridad su deseo de un mundo mejor. Ella construyó una ética basada en la humildad de las microprácticas corrientes de la vida cotidiana en su casa, que abría a muchos compañeros y compañeras, en su gusto por la cocina para agasajar a sus invitados/as, pero también en la cárcel cuando logró, unas navidades, que todas las presas sin redes familiares o amistosas (que ella sí tenía) tuvieran un pequeño regalo.

Su amor por el mundo era una muestra de su rechazo al egoísmo y al individualismo posesivo contra el que no se cansó de escribir, era una muestra de su ética generosa y desinteresada por la que siempre vivió en precario.[2]


 Curiosamente, Emma Goldman es conocida por una frase que nunca dijo: «Si no puedo bailar, tu revolución no me interesa». No se trata de una falsedad completa pero la frase no existió.

¿De dónde salió esta mentira a medias? En el contexto de la Revolución rusa, cuando vivió en su país de origen entre enero de 1920 y diciembre de 1921, Goldman se fijó muy pronto en lo que le parecía «una extraña falta de solidaridad» en la población, lo resumió de esta manera: «A la gente ya no le quedaba ni la vitalidad, ni la empatía necesarias para pensar en el prójimo».[3] Algo que para ella era fundamental que existiera en una revolución social y que le empezó a generar dudas (e insomnio y mal de cabeza) sobre el carácter revolucionario del nuevo régimen. A Emma Goldman le costó creerlo, pero la dictadura bolchevique había dado un hachazo al aspecto social de la vida en Rusia:
«Ya no hay foro alguno ni siquiera para el debate social más inofensivo, no hay clubes, no hay lugares de encuentro, no hay restaurantes, ni siquiera salas de baile. Recuerdo la expresión de perplejidad de Zorin [un amigo bolchevique] cuando le pregunté si la gente joven no podía quedar de tanto en tanto para bailar libre de la supervisión comunista. “Las salas de baile son lugares de reunión de contrarrevolucionarios. Las hemos cerrado”, me informó».[4]
Bailar, para Goldman, era síntoma de una vida llena de alegría y vitalidad, mientras que  la vida que impulsaba el Partido Comunista era, según su criterio, una vida severa e intimidatoria, una vida sin color ni calidez, una vida represiva.

En esta anécdota llama poderosamente la atención cómo se utiliza el lema que ha comprimido a Emma Goldman en una píldora para ser utilizada por el capitalismo actual, que todo lo vampiriza y lo vomita, convertida en mercancía reaccionaria. Sus  palabras, las que sí dijo, son algo más que un lema comercializable, son un pequeño programa de lo que era importante para ella en la vida: empatía, alegría, calidez, color, lugares de encuentro y de debate (para poder charlar, comer con las amistades o compañeros/as, bailar, recibir flores, leer, ir al teatro, etc.), en definitiva, disfrutar de la vida. Sin embargo, cualquier sugerencia del valor de la vida humana, de la importancia de la integridad revolucionaria, era repudiada por sus amistades bolcheviques como «sentimentalismo burgués».

Goldman se dio cuenta que los y las bolcheviques creían sin reservas en la «fórmula jesuítica de que el fin justifica los medios», por ello, todo era legítimo si servía a su planteamiento de la revolución, cualquier otra política era acusada de débil, sentimental y traicionera con la revolución.[5] Ella, desde su rebeldía anarcofeminista, no podía avalar ese planteamiento puesto que nunca dejó de conmoverse por la indiferencia ante la vida o por el sufrimiento del ser humano.

Su vida fue un torbellino, Emma Goldman fue apasionada, diversa y contradictoria, no temía hablar y escribir sobre la importancia de la sexualidad (algo que le espetó una joven Emma a un sorprendido Kropotkin), dio prioridad a su autonomía en las diversas relaciones de pareja que tuvo, renunció a la maternidad, no temió mostrar sus dudas, incoherencias y contradicciones, fue generosa juzgando a las personas con benevolencia y reservando la crítica a la sociedad.

Esta Emma Goldman es la mujer rebelde que queremos recordar  ochenta años después de su muerte.


Laura Vicente
 

[1] Emma Goldman (1996): Viviendo mi vida (2 Tomos). Madrid, Fundación Anselmo Lorenzo, p. 183.
[2] Me ha facilitado mucho esta lectura de Emma Goldman, la lectura del libro de Rosi Braidotti (2009): Transposiciones. Sobre la ética nómada. Barcelona, Gedisa.
[3] Emma Goldman (2018): Mi desilusión en Rusia. Barcelona, El Viejo Topo, p. 48.
[4]Goldman, Op. cit, p. 268.
[5] Goldman, Op. cit, p. 101.

miércoles, octubre 14

Vivir así

 


La realidad actual, nuestra y de todas las aerolíneas del mundo,

es que prácticamente no tenemos adónde volar.

 

María Jesús López Solas

Directora de Clientes y Loyalty de Iberia

-declaraciones durante la crisis del Covid 19-

 

 

El cielo está limpio y azul,

las nubes tienen un brillo especial,

parecen recién lavadas

y todo huele a pureza.

 

Los pájaros cantan más fuerte,

los gansos y las ocas han conquistado las riberas,

los patos se pasean por las orillas del Guadalquivir,

los jabalíes vagabundean por la Ciudad Condal,

los ciervos juegan a la orilla del mar en Matalascañas,

la maleza vuelve a ser señora de los caminos.

 

Solo se escucha a la naturaleza,

su latido lo inunda todo,

puedes sentir su respiración

como la de una amante satisfecha.

 

Tal vez esta sea la enseñanza que trae el virus,

merecería la pena, cuando salgamos de esta,

reconocer nuestra vulnerabilidad, nuestra fragilidad,

la necesidad que tenemos del cariño de los demás

 

y conservar esto

que es lo único que habremos ganado

después del confinamiento.

 

Reconocer, también, que es tiempo de parar,

dejar de producir lo que no sea esencial,

dejar de contaminar

y entregarnos a lo que nos faltaba,

el contacto, el abrazo, la presencia, la carnalidad,

la textura social de nuestras vidas.

 

Un virus letal viene a darnos una lección

para la que no estábamos preparados

ni queríamos escuchar,

 

un virus provocado por nuestra destructiva forma de vida

viene a devolvernos todo el daño que le estamos haciendo

a la naturaleza  y a los demás.

 

Nunca hemos estado más cerca de la distopía.

Nunca hemos estado más cerca de la utopía.

 

Nos toca elegir.



Antonio Orihuela. En: Conclusa. Universidad de Extremadura. 2020

Fotografía de Carmen Lourdes Fdez. de Soto

domingo, octubre 11

Hacia el comunal educativo


La importancia de los manejos comunales del conocimiento y de la abolición de la escuela en la era del colapso energético

Cada vez más investigadores parecen coincidir en que los picos de fuentes energéticas no renovables, como los del gas natural, el uranio o el carbón, se producirán en los próximos 15 años, lo que quiere decir que estamos entrando en una nueva etapa que se va a caracterizar por una escasez de recursos energéticos sin precedentes. Pensemos en el fin del petróleo barato, fundamental para el transporte mundial, humano y de mercancías o en la escasez de fosfatos, esencial para la agricultura intensiva y, por tanto, esencial para poder alimentar a grandes núcleos de población. Podríamos agregar más datos aterradores como la pérdida de biodiversidad, el cambio climático, la extinción de especies, la acidificación de los océanos o el aumento de las desigualdades sociales para darnos cuenta de que nos hallamos ante un despeñadero. Hay indicios suficientes para pensar, por tanto, que estamos próximos a los colapsos de las sociedades industriales o, si se prefiere la expresión, a un colapso civilizatorio. Claro que elaborar pronósticos es siempre difícil. El vaivén de los precios del petróleo, por ejemplo, nos ofrece la perspectiva confusa de un permanente acercamiento y alejamiento de ese horizonte de colapso.

Dicho esto, conviene preguntarse qué es lo que han hecho y están haciendo al respecto las Escuelas y Universidades en Occidente. En realidad, la Escuela –privada, estatal o concertada- nunca ha conducido a cambios reales en ese sentido. Es habitual encontrar en los libros de texto más utilizados información distorsionada y errónea sobre las llamadas energías renovables, ignorando, por ejemplo, entre otras cuestiones, que todas ellas son subsidiarias del petróleo. Además, en la Escuela, al igual que en los medios de comunicación masivos, siempre se oculta la gran vinculación entre las tecnologías verdes y las tecnologías industriales, así como sus requerimientos energéticos. Existen, por otra parte, numerosos proyectos de aprendizaje-servicio en el medio ambiente e incluso se habla de desarrollar un «currículo ecosocial». Se teje así toda una vasta apariencia de preocupación que no tiene repercusión, ni siquiera en el entorno inmediato. Un breve análisis de las funciones específicas de la Escuela (selección, jerarquización, sistematización o control social) bastan para plantearse seriamente su abolición.

Así pues, sorprende el posicionamiento de la izquierda y de buena parte del movimiento libertario -cosa que sorprende aún más- ante el dispositivo escolar; tanto unos como otros critican la Escuela para, a la vez, defenderla, pues les basta con gestionarla de otro modo, modificando o implementando ciertos métodos o contenidos, o alterando sencillamente las formas de examinar. En realidad, los aparatos de la izquierda siempre han evitado abordar la crítica radical de la Escuela. No tienen en cuenta su vinculación con las relaciones de dominación capitalistas. Por ejemplo, no se cuestionan la sociedad del trabajo asalariado sobre la que la Escuela se asienta.

Lo cierto es que nos cuesta imaginar una vida sin Escuela. Aníbal Ponce lo certificó así: «Estamos tan acostumbrados a identificar a la Escuela con la Educación y a ésta con el planteo individualista en que interviene siempre un educador y un educando, que nos cuesta no poco reconocer que la educación, en la comunidad primitiva era una función espontánea de la sociedad, en su conjunto, a igual título que el lenguaje o la moral»1. Por fortuna, y aunque no exista un amplio movimiento desescolarizador, sí que hay individualidades dispersas, procedentes de ámbitos tan dispares como el libertario, el artístico, el literario e incluso el académico, que sí que lanzan inesperadas críticas radicales a la Escuela de forma puntual, o dejan la puerta abierta a otras alternativas desde la constatación de que la Escuela es un dispositivo funesto, disfrace como se la disfrace. Es el caso de Carlos Taibo, quien con gran lucidez y bajo la perspectiva de un colapso civilizatorio afirma que: «Habrá que contestar abiertamente lo que hoy supone la educación en materia de formación de esclavos de la sociedad industrial, legitimación de jerarquías y desigualdades, estímulo para la competición más descarnada, generación de consumidores acríticos y aprestamiento de personas pasivas y dóciles» y que a pesar de proseguir diciendo: «A falta de dinero público, cabe suponer que la mayoría de las escuelas serán financiadas por las comunidades de base y se regirán de manera autoges­tio­na­ria»2 unas páginas más adelante añade: «parece urgente que el sistema educativo –o lo que fuere- asuma la tarea de impartir conocimientos en lo que se refiere a agricultura ecológica y materias afines»3. Me gusta ese «lo que fuere». Creo que la izquierda y el movimiento libertario debería ahondar en ese «lo que fuere» y eso es lo que voy a tratar de hacer a continuación.

A partir de estas constataciones propongo varias vías de actuación de cara a poner en circulación formas educativas no escolares que ayuden a afrontar los problemas ecológicos y sociales que se nos avecinan. Podríamos hablar, por un lado, de un primer escenario caracterizado por la continuidad alocada del desarrollismo extractivista y la destrucción de las periferias imperiales mediante guerras de cuarta generación y procesos militares de saqueo y, por otro lado, de un segundo escenario de implosión imperial caracterizado por un aumento de la conflictividad social, y en el que es probable además que las élites gobernantes decidan retornar a los viejos estados-nación y, con el fin de seguir manteniendo sus privilegios, implanten regímenes ecofascistas. Lo que suceda en ese segundo escenario, a nivel social y ecológico, dependerá en gran medida de la respuesta popular y de cómo se autoorganicen y planten cara a las nuevas élites.

La mayoría de propuestas que lanzaré se enmarcan dentro de ese primer escenario. En primer lugar, considero que debemos iniciar una fase autonomista del aprendizaje. Ya mismo. Los compromisos revolucionarios exigen otra educación. Debemos huir de la Escuela, urgentemente. En cierto modo es algo que ya está sucediendo –aunque de forma minoritaria- por parte de muchas familias que educan a sus hijos e hijas en casa. La educación en casa y por extensión, en el barrio, podría ser sin duda el punto de partida para que los niños y niñas inicien sus procesos de aprendizaje con total libertad. Esa es una opción muy interesante siempre que la familia no convierta esa modalidad de educación en una imitación de la Escuela4. Claro que, además de desarrollar relaciones más fuertes entre familiares, habría que reforzar el tejido social secundario, con amigos y vecinos, y favorecer otros modos de conducta basados en la ayuda mutua y la colaboración. La participación en los movimientos sociales es un buen camino. Pero el vacío dejado por las escuelas podría llenarse además de muchas otras maneras. En lo que sigue propondré algunos modelos no reformistas que pueden sustituir al escolar.

Centros y Periferias de Aprendizaje Convivencial

Uno de los rasgos nocivos de la Escuela más perniciosos es, sin duda, su obligatoriedad –en Primaria y Secundaria pero no en Educación Infantil- que, en realidad, es una obligatoriedad doble, si tenemos en cuenta por un lado la asistencia física y por otro la necesidad de tener que obtener el título de secundaria. Si eliminásemos de pronto ese carácter asistencial obligatorio, la mayoría de las críticas radicales a la Escuela perderían su sentido. Me explicaré. Si la Escuela dejase de ser una enseñanza obligatoria, imaginémoslo, tal vez tendría sentido seguir hablando de adoctrinamiento, de pedagogización, de implementación de una ideología o de sometimiento a exámenes y horarios, pero serían imposiciones «elegidas» por la persona que ha decidido acudir a la Escuela voluntariamente. He entrecomillado el término «elegidas» pues las críticas a la Escuela, llegados a ese caso, tendrían más que ver entonces con una cultura del esfuerzo impuesta desde los medios masivos de comunicación y con la existencia de un sistema de trabajo asalariado que impone en el estudiante la obligación al trabajo, bajo la amenaza de quedarse en el paro o acabar en la marginalidad. Esto nos lleva a la segunda de las obligaciones: la necesidad de obtención del título para poder acceder a ese trabajo. Este fenómeno es muy visible hoy en día en la Educación Terciaria y en las distintas modalidades de educación a distancia, aún en un contexto en el que el trabajo asalariado está precarizándose y reduciéndose; no podemos obviar que cada vez hay más población de la que la producción capitalista puede prescindir. Por otro lado, tengamos en cuenta que desde lo que Santiago López Petit denomina poder terapéutico se nos insta a que nuestra vida sea trabajada, es decir, sea sometida a proyectos de vida o a imposiciones asociadas al crecimiento y desarrollo personal, y de ese modo el malestar social sea recuperado y reconducido por la misma dominación.

¿Qué queda de la Escuela si aboliésemos sólo su obligatoriedad? Pensemos que la eliminación de ese carácter forzoso de la Escuela nos abre todo un mundo de posibilidades. Quiero decir que, por un lado, de entre todas esas personas no «obligadas» a estudiar -o al menos a estar allí físicamente-, aquellos y aquellas que decidiesen –bien motu proprio, bien por recomendación o con la complicidad de sus padres y madres- no acudir a clase, ya estarían en disposición de realizar otras actividades mucho más interesantes y por cierto más vinculadas a un verdadero aprendizaje, a estudiar por otros medios o sencillamente a no hacer nada. Pero si nos centramos en aquellos niños, niñas y adolescentes que quieran voluntariamente ir a clase para cursar Primaria y Secundaria, no sólo sería interesante que pudieran hacerlo en los actuales colegios e institutos, sino que pudieran acudir a un tipo de centros educativos que muchas veces no se tiene en cuenta cuando se habla de educación alternativa: los Centros de Educación para Personas Adultas. Un primer paso para la desescolarización puede ser, entonces, por un lado la utilización, aún bajo las repugnantes garras del Estado, de esos centros para que los niños y niñas -acompañados de sus padres y madres, u otros familiares, algo que el Estado hoy en día no permite-, y adolescentes –acompañados también de sus padres, madres o abuelos si lo desean-, sin prisas y sin plazos, puedan cursar allí tanto la FBI (Formación Inicial Básica) o la ESPA (Educación Secundaria de Personas Adultas) y obtener el título de secundaria, en convivencia con alumnado adulto. Habrá quien argumente que se deben respetar las peculiaridades de cada tramo de edad, pero creo que el verdadero aprendizaje surge de la diversidad, en la convivencia de personas de diferentes edades y procedencias. Casi una década trabajando como profesor en la Educación de Adultos me ha permitido comprobar las grandes ventajas de esa mezcla. Y podrían hacerlo, además, fuera de los plazos indicados por el Estado para la Primaria y Secundaria -plazos que hoy en día la ley establece entre los 6 y 16 años- utilizando todos los años que se deseen. En mi propia experiencia en Centros de Adultos he dado con alumnos y alumnas que me han solicitado voluntariamente la posibilidad de repetir curso, o de ser reubicados en cursos anteriores, algo muy habitual en estos centros. Este tipo de alumnado, que he denominado repetidor voluntario o estudiante reversible, es una figura maravillosa, por cuanto atenta contra el ritmo acelerado, propio del mundo académico –en clara relación con los ritmos productivos-, contra el desprestigio de los aprendices rezagados y, en general, contra el carácter lineal de la educación escolar actual. Por otro lado, y de forma inversa, imaginemos la posibilidad de que personas adultas, en vez de acudir a estudiar en Centros de Educación de Personas Adultas, lo hicieran en los mismos colegios e institutos en los que se matriculan los niños, niñas y adolescentes. Las ventajas serían abundantes. Por citar sólo una: en esos nuevos espacios educativos problemas como la violencia o el acoso escolar seguramente serían casi inexistentes.

Pero demos un paso más. En este tránsito hacia la deseada desestatalización, se pueden generar espacios abiertos de aprendizaje, que podrían denominarse Centros de Aprendizaje Convivencial y que podrían surgir inicialmente como fruto de la fusión de los actuales colegios, institutos, centros de adultos y aulas de la tercera edad. Serían lugares similares a las Escuelas Populares o a los actuales Centros Cívicos en los que cada persona decida libremente cuándo ir o cuándo llevar allí a sus hijos e hijas. Por tanto, la unificación de estos centros educativos es algo viable, incluso bajo el control estatalista. Por supuesto que esos centros educativos podrían instalarse también en lugares expropiados a los ayuntamientos: edificios, plazas, bosques, campos o solares abandonados, pudiendo pasar a denominarse Periferias Convivenciales de Aprendizaje.

Dicho esto, sería deseable extraerse a todo aparato educativo estatal y desarrollar un aprendizaje basado en la acción autónoma. El siguiente paso consistiría, entonces, en una apropiación de las instituciones estatalizadas por parte del poder popular. El órgano responsable de la gestión de estos Centros de Aprendizaje Convivencial más apropiado, una vez desvinculadas del Estado, sería la asamblea barrial -que bien podrían conformarla unas 300 personas- y podría ser similar al concejo abierto de algunos pueblos peninsulares surgidos en la Alta Edad Media. Para ello habría que dar el salto cuanto antes, de forma coordinada, desde multitud de agrupaciones vecinales y movimientos sociales, siempre desde la anomalía, la imperfección y la inhabilidad, y convertir el aprendizaje mismo en un ataque al Estado y al sistema capitalista.

Se trata, en el fondo, de ir poniendo ya en práctica formas postcapitalistas y autoorganizadas de educación. Sabemos que la destecnificación y la crisis energética no garantizan la desaparición de los estados, pues conocemos múltiples casos de estados no modernos. Es más, puede que, aunque reducidos sus radios de acción, esos estados se constituyan como estructuras más rígidas. Es por eso que no sería una buena estrategia la pasividad, y esperar sin más la supuesta desaparición de todo el entramado mafioso que tanto el Estado -sus aparatos ideológicos- como el capital privado han tejido en todos nuestros instantes y momentos de la vida. Aquí la estrategia dual sólo adquiere sentido si se toma el poder institucional para desmantelarlo desde dentro. Si pensamos en una fase más avanzada, dentro de ese primer escenario de crisis imperial, y ante un posible -y deseable- debilitamiento del Estado, el movimiento popular debería irse infiltrando en las instituciones educativas municipales y estatales para arrebatárselas, creando así circuitos propios para la educación comunitaria, organizados desde abajo, haciendo presentes múltiples líneas de fuga, de salida del mando capitalista. La ansiada desaparición/destrucción paulatina del Estado iría pareja a la desaparición de la educación «reglada» -que es la que está sometida a currículos oficiales- y al sistema de expedición de títulos homologados asociado, dejando vía libre a formas de educación no estatales. Manuel Casal Lodeiro, en su obra La izquierda ante el colapso de la civilización industrial. Apuntes para un debate urgente, un libro que ayuda a entender los distintos posicionamientos de la izquierda ante el colapso, los llama «Sistemas de enseñanza público-comunitaria no estatales»5.

En el artículo «Educación libre y comunitaria», publicado en el periódico ¡Rebelaos!… y germinemos la semilla de la revolución integral, se apunta en esa dirección cuando se habla de crear «Oficinas de educación y espacios de aprendizaje colectivo» y explican: «El aprendizaje autónomo y autodidacta se enriquece exponencialmente si se da en un marco colectivo. Por ello es importante facilitar la creación de estos espacios de aprendizaje colectivo, abiertos y autogestionados, donde el procomún pueda expandirse. […] un nuevo modelo de autogestión comunitaria, donde todo el entorno, colabore para que la sostenibilidad de los espacios educativos no dependan sólo de las aportaciones económicas de las familias, sino del compromiso y apoyo mutuo de todos los vecinos»6. En realidad, este tipo de propuestas no tienen nada de utópicas. Son muchos los grupos de autoaprendizaje y aprendizaje mutuo que hoy en día deciden organizarse con total independencia respecto de instituciones y empresas, decidiendo qué conocimientos se desean adquirir o intercambiar. Sirvan de ejemplo los talleres, grupos de lectura, de apoyo y ayuda mutua existentes hoy en día en numerosos centros sociales okupados y librerías asociativas. Tampoco es utópico que en estos grupos existan varios profesores o profesoras (o facilitadores, el nombre es lo de menos) o que la figura del profesor vaya rotando entre los propios participantes. En alguno de los Centros de Adultos en los que he trabajado, por poner otro ejemplo, varios alumnos o alumnas de determinados talleres han terminado impartiendo ellos mismos un taller, en calidad de profesor.

Lo deseable es que en las décadas venideras tales prácticas vayan desplazando y acaben sustituyendo tanto al turismo y el ocio mercantilizados, como a las consabidas terapias ocupacionales en donde la gente es convertida en «enferma» y confinada a la autoayuda –en soledad- o se la instiga a permanentemente a «realizarse». Ahí cabe todo: el juego colectivo, el anti-crecimiento o la propia deriva. No esconderé mi afinidad con las propuestas de algunas vanguardias como convertir el espacio rural o urbano en un espacio para el deseo y la vida liberada, como plantearon los situacionistas con su Urbanismo Unitario. Asimismo, sería muy interesante la activación de un periodismo autogestionado por los propios vecinos y vecinas, que creen sus propias agencias y medios comunicación desde abajo, produciendo teletipos con información vinculada a la comunidad, editando fanzines en papel, revistas barriales -configurando sus propias redes de distribución- o impulsando radios locales.

Y yendo más lejos esas prácticas educativas podrían extenderse más allá de esos emplazamientos para abarcar, como ya propusiera Ivan Illich, todos los rincones del entramado social mediante una inmersión en las propias dinámicas sociocomunitarias. La educación sólo tiene sentido cuando el aprendizaje se embebe en todas las diferentes actividades de la comunidad. Recientemente Pedro García Olivo, en un texto con el que presenta su nuevo ensayo La Escuela y su otro, ha escrito lo siguiente: «Dentro del grupo nómada, los niños participaban también en todas las tareas relacionadas con la subsistencia colectiva, desde la recolección hasta los espectáculos, desde la búsqueda de alimentos o el cuido de los caballos hasta las formas diversas de obtener los recursos dinerarios imprescindibles, reparando objetos, bailando, cantando, etcétera. Y en tales momentos, como cuando los hijos de los pastores y de los pequeños campesinos acompañaban a los mayores a las labores, la educación comunitaria alcanzaba uno de sus momentos cenitales»7. Partiendo de que sería imposible trasladar esta educación comunitaria o nómada a las ciudades y pueblos del Occidente actual, sí que podría servirnos de inspiración para ir instituyendo prácticas que fomenten la participación y la implicación de todos y todas en todas las responsabilidades comunitarias. En ese sentido a través de grupos vecinales o grupos de crianza podrían realizarse periódicamente, padres, madres, hijos e hijas juntos, visitas a fábricas, talleres, hospitales, cárceles o geriátricos –donde se les «obligue» por ejemplo a realizar tareas de cuidado de sólo una hora a la semana-, participar en asambleas vecinales y recorrer campos, bosques y playas en interminables derivas colectivas. De ese modo, y siguiendo el modelo de muchas comunidades indígenas los niños, niñas y adolescentes, en vez de estar encerrados en un aula, podrían atravesar todos los puestos y cargos de responsabilidad de su comunidad de forma cíclica, así como los lugares destinados para el juego y la producción, de modo que no se sintiesen meros sujetos pasivos. Se trata de liberar a niños, niñas y adolescentes del infierno escolar, pero también liberar al ser humano de ese gueto llamado infancia, y que estos y estas aprendan conocimientos –si es que lo desean-, hábitos, modos de producción e incluso problemáticas relacionadas con su comunidad a la luz de la vida en sociedad. A este tipo de propuestas de Ivan Illich las denominó «tramas educacionales».

Ahora bien, aquellas actividades destinadas a crear y compartir conocimientos que afecten colectivamente a todos los miembros de la comunidad y a sus ecosistemas, serían acordados o priorizados por la asamblea barrial y tendrán que ver de forma preferente con sus necesidades inmediatas, relativas a la subsistencia del grupo y a la sustentabilidad. Si pensamos en la Escuela actual es fácil comprobar que los contenidos en ella abordados no tienen nada que ver con las necesidades reales del alumnado. El conocimiento escolar depende de instancias separadas de las clases medias y bajas de la sociedad, que se desentienden por completo de sus verdaderos problemas. Así, bajo la perspectiva de un posible colapso, sería más provechoso priorizar los conocimientos de proximidad (acuíferos cercanos, tipo de vegetación del entorno, plantas silvestres comestibles y medicinales, elaborar ropa, edificar casas, reconocer zonas cultivables…) y los conocimientos relacionales, que aborden entre otros asuntos la espinosa cuestión del cuidado, para lo cual es fundamental desarrollar una percepción, una sensibilidad, un pensamiento y un régimen de signos compartido.

Por otro lado, no podemos obviar que el capitalismo fosilista ha convertido el conocimiento –y muy especialmente el conocimiento tecnológico- en mercancía y como toda mercancía su precio en el mercado oscila en función de la rentabilidad y los beneficios de las empresas. Y en ese proceso de mercantilización de los conocimientos la Escuela también se ve afectada. Por eso presenciamos cómo el discurso tecnolátrico y la tecno-pedagogía más vil –con su matraca ideológica- va teniendo cada vez más presencia en los centros escolares. Lo ha dicho Corsino Vela de forma magistral: «La intervención de las firmas tecnológicas en los centros de enseñanza –mediante los acuerdos universidad-empresa, la creación de aulas especiales y los planes de formación directamente impartidos en las empresas- muestra esa creciente sumisión del conocimiento (y de su propia producción) a los imperativos de la acumulación de capital»8. Hace falta, entonces, desmercantilizar los conocimientos. Es evidente que necesitamos generar, difundir y compartir otro tipo de conocimientos que no dependan de esa participación de los saberes en la acumulación de capital sino que respondan a las verdaderas necesidades de todos y todas los miembros de la comunidad. Paralelamente, ante un hipotético y progresivo ocaso de tecnologías como Internet, la telefonía móvil o la radio, sería muy recomendable ir ya elaborando y experimentando aprendizajes sin mediación tecnológica o con una tecnología más básica, de la que todos y todas tengamos cierto control. No olvidemos que la tecnología es un medio que no ha sido diseñado por las capas más bajas de la pirámide social sino por el complejo industrial-militar y los dueños de las grandes corporaciones.

Hacia un aprendizaje ecotópico

Pero también, como ya propuso James W. Botkin, es necesario un aprendizaje de anticipación que nos permita si no frenar, al menos prepararnos para afrontar el ecocidio al que nos ha conducido la Modernidad. ¿Pero hay posibilidades de elaborar un eco-aprendizaje voluntario y horizontal en Occidente que frene el ecocidio? ¿Hay tiempo para anticiparse al desastre? ¿Acaso el desastre ecológico es ya, desgraciadamente, imparable e inminente? Hablar de aprendizaje de anticipación tal vez ya no sirva para nada. Recurriendo a una metáfora muy usada por Jorge Riechamnn, el Titanic ya no puede evitar el golpe con el iceberg. Quizá ese aprendizaje nos pueda servir, siendo optimistas, para girar «un poco» el timón y que el golpe no sea frontal. Lo cierto es que como poco debimos habernos anticipado hace 30 años, pero de nada sirvieron estudios como el realizado por el Club de Roma titulado Los límites del crecimiento –y sus sucesivas reediciones- acerca de la escasez de algunos recursos y el ecocidio que se nos venía encima, ni tampoco los cientos de grupos ecologistas y ambientalistas que advirtieron incansablemente del desastre. Dicho esto, aunque el desarrollismo ya haya hecho mucho daño, un daño tal vez irreversible, nuestra actitud no debe ser otra que la de evitar el desánimo y frenar el destrozo; salvar lo que se pueda salvar, por poco que sea. Durruti ya vaticinó a comienzos de siglo que la burguesía no iba a dejar más que ruinas tras de sí, y aun así apeló a la esperanza. Si lo que queremos es construir «otro mundo» sobre las ruinas del anterior habría que aprender a vivir de otra manera, en condiciones de igualdad y de justicia, y con menos esclavos energéticos a nuestra disposición. Manuel Casal Lodeiro señala la necesidad de realizar «una labor de pedagogía social»9 para concienciarnos de la situación de colapso en que nos hallamos, y de la necesidad de un cambio en nuestro modo de vida. Queramos o no, los esclavos energéticos por persona descenderán –lo más probable que de forma desigual y a diferentes ritmos- y es algo a lo que debemos plantar cara, para ir diseñando nuevos modos de organización social. Es por eso que, en ese primer escenario de cara a concienciarnos en ese sentido, estos Centros de Aprendizaje Convivencial, bajo la forma de Institutos de Investigación Especializados, Centros de Formación, Ateneos Populares o Espacios de Debate y Reflexión, podrían funcionar como lugares donde intercambiar información sobre cuestiones relacionadas con el medio ambiente pero también para tomar decisiones que sean respetuosas con éste y con las comunidades vecinas. Serían, en general, los lugares donde fomentar el uso público de la razón, bajo todas las formas imaginables: reuniones vecinales, charlas informativas, debates diversos, talleres de alimentación saludable, clubes de intercambio de sueños, grupos de lectura y escritura, de autosanación y ayuda mutua, de autoconsumo o de deserción digital. Pero también lugares donde ejercitar un pensamiento mítico que elabore otros imaginarios diferentes de los de la publicidad y el cine de las élites. De ese modo podremos descontaminarnos de la propaganda tecnolátrica escolar y de los medios de comunicación masivos, e ir familiarizándonos todos y todas con términos como «tasa de retorno energético», «tecnosfera», «biomímesis», «esclavo energético» o «límites biofísicos», ladrillos con los que poder construir un pensamiento ecotópico, y desarrollar procesos de análisis rigurosos –que no irían reñidos con la elaboración colectiva de creencias pragmáticas- que puedan afrontar los problemas tan serios que se nos avecinan.

Por supuesto que a estos espacios podrán asistir y participar personas que «sepan» más que otros; una educación horizontal no va reñida con la existencia de personas que tengan más conocimientos y más experiencia que otras. Guiomar Castaños describe muy bien el papel de esas personas que sencillamente saben más de algo, al referirse a las célebres propuestas del municipio libre, un modelo de comunidad que «sitúa la decisión última sobre las infraestructuras (caminos, molinos, fábricas) en la asamblea de habitantes del pueblo, dejando a los técnicos un papel de asesoramiento a la asamblea y realización de los planteamientos, pero sometidos a la decisión de las asambleas de municipios afectados»10. Pero eso sí, si verdaderamente queremos construir espacios para el aprendizaje horizontal y participativo deberíamos huir de la tiranía de los «expertos». Los «expertos», según James Petras, no son más que los ideólogos del sistema-mundo y como tales deberían ser excluidos de estos procesos populares. Es por eso que si pretendemos construir un aprendizaje autónomo y emancipador sería muy recomendable prohibir su acceso a esos Centros de Aprendizaje Convivencial, así como el de aquellos conferenciantes o ponentes procedentes del lobby financiero, químico, farmacéutico o energético, pues su función no es otra que la de constituir verdades institucionales al servicio del capital. El conocimiento institucional que promueven, con el apoyo de grandes maquinarias de expresión al servicio de los poderosos, nos homogeniza, nos moviliza y nos captura a través del dispositivo más perverso: la opinión pública que es convertida en saber público. Es por eso que estos Centros de Aprendizaje Convivencial no servirán solamente para difundir conocimientos relacionados con la ecología sino para contrarrestar la inmensa propaganda de las grandes empresas y multinacionales, como por ejemplo aquellas que impulsan las tecnologías supuestamente alternativas.

Pero no deberíamos confinar esa pedagogía ecológica en esos centros pues tales aprendizajes deberían extenderse a la propia vida cotidiana. En ese sentido apunta Luis González Reyes cuando resalta la importancia de «articular la comunicación desde el hacer más que desde el decir. Los entornos en los que nos movemos construyen nuestro sistema de valores. […] más clave que los discursos que articulamos son las prácticas que promovemos. Además, relacionarnos a través de las prácticas y no de los discursos diluye las barreras que nos ponemos ante ideologías ajenas»11. Necesitamos otros conocimientos, conocimientos sólidos, que emerjan entre nosotros y nosotras, en la vida cotidiana, durante la realización misma de proyectos colaborativos y cualquier dinámica solidaria, fuera incluso de las instituciones populares, para hacernos salir de esa movilización global e hiperactiva que nos impone la dominación. Esos otros conocimientos, que podrían calificarse como conocimientos anómalos –considerados anómalos por los poderosos- son vectores de vida contra esa verdad líquida y mutante que actualmente nos rodea. Tengamos en cuenta que el conocimiento anómalo es siempre problemático, lo que nos obliga a pensar y a vivir. Además, todo conocimiento anómalo, aun en contradicción con otro conocimiento anómalo, aún en permanente fricción con otro conocimiento anómalo, atraviesa y rasga los discursos programados. Es, por eso, un conocimiento orientado a la lucha; un acto de sabotaje, pues escapa a la norma y hace posible la interrupción del discurso del poder.

Podrían surgir, por tanto, auténticas guerrillas de autoaprendizaje, que se formen en diferentes ámbitos para rechazar los saberes oficiales. En ese sentido Mathieu Rigouste habla de una «contra-investigación popular, colectiva, con inteligencia colectiva. Y creo que hay que continuar a desarrollar cosas así, a través de estas redes de contra-investigación. Es así como se construye apoyo mutuo, bondad, encuentro, que permiten imaginar y construir poco a poco estructuras de autonomía del conocimiento, que sustituirán esta tragedia llamada Educación Nacional»12. Es, con todas las limitaciones que se quiera, la única forma de actuar contra las mentiras de los poderosos, la gran ignorancia ecológica y el gran desinterés ante el ecocidio, que inundan todos los rincones de la sociedad. Para ello es fundamental que todas y todos desarrollemos conciencia de colapso, afrontando la cruda realidad que se nos avecina.

Recuperar el territorio para un nuevo aprendizaje

Otro asunto relevante e inexcusable es la defensa del territorio. La violencia puede que sea el último recurso que nos quede para frenar el ecocidio desarrollista. Tal vez no nos quede más remedio que desarrollar desde ahora una pedagogía de la defensa del territorio, a escala local, basada en tácticas variadas de sabotaje y de acción directa contra proyectos energéticos e infraestructurales, planes urbanísticos de remodelación, construcción de cen­trales nucleares y su consiguiente dispersión de residuos, nuevas concesiones mineras, nuevas prospecciones del fracking, o contra la expropiación de tierras para la construcción de nuevos complejos turísticos o de cualquier proyecto faraónico que dañe aún más el medio ambiente. Cualquier forma combativa comunitaria que pongan freno al ecocidio y al terrorismo medioambiental, ilegal o violenta, será válida, siempre que sea apoyada por el movimiento popular. Se trata de un aprendizaje que bien sabemos que ya se ha iniciado, en numerosos frentes, como es el caso del movimiento anti TAV en el Valle de Susa, la lucha mapuche cuyos territorios están amenazados por la industria forestal, las comunidades indígenas de Dakota del Norte en su lucha contra la construcción de oleoductos o la lucha de los pasiegos contra las prospecciones del fracking.

Pero si queremos construir un aprendizaje vinculado a los ecosistemas, a la tierra y su sostenibilidad y que además genere y difunda conocimientos relacionales, será necesario no sólo defenderlo sino recuperarlo, algo que hoy por hoy se nos presenta imposible, dado que el capital, con su urbanismo desarrollista y procesos gentrificadores, ha colonizado ya todos los espacios. Así y todo, tarde o temprano la lucha por arrebatárselo a la moribunda maquinaria capitalista llegará. Pensemos en un hipotético segundo escenario en el que el capitalismo haya empezado a implosionar, el saqueo de los recursos naturales de las periferias sea ya inviable y la conflictividad social sea insostenible. Entonces los nuevos excluidos y desertores voluntarios de un capitalismo moribundo deberían aprovechar ese contexto de dominación de baja energía para recuperar el poco terreno productivo, cultivable y habitable, configurando las nuevas comunidades postimperiales13. Pero recuperar el territorio, en ese contexto de crisis energética y ecológica agudizada, equivale a expropiar y ruralizar. En ese sentido habría que tomar nota de procesos como las revueltas bagaudas que se produjeron en la Galia y en parte de Hispania desde el siglo V hasta el siglo X y que permitieron la expropiación de tierras pertenecientes al Estado romano y a los antiguos terratenientes, pero que también favoreció el surgimiento de una institución popular de la que se habla muy poco: el comunal, un concepto que también se ha conocido tradicionalmente como bienes comunales y que hace referencia tanto a territorios cultivables, ríos y costas para pescar, como a cualquier otro bien que haya sido puesto al servicio de la comunidad, por ejemplo molinos o fraguas. Nuria Alonso Leal y Yolanda Sampedro Ortega lo definen así: son «bienes ligados habitualmente a recursos naturales cuyo aprovechamiento corresponde al común de los vecinos. Los bienes comunales tradicionales son, fundamentalmente, un modelo de relación de las comunidades con su territorio mediante una forma propia de aprovechamiento» y aclaran que «En los comunales tradicionales, los bienes son de las comunidades que gestionan, pero lo son desde una posición muy especial en cuanto al concepto de propiedad: hablamos de una propiedad situada en un espacio que no es ni privada ni pública al uso»14. Siguiendo esta idea podríamos definir el comunal educativo como aquellos espacios –ni privados, ni estatalizados- y relaciones donde se generen, compartan y difundan conocimientos, saberes, creencias pragmáticas, mitos colectivos, quereres y habilidades que sirvan para satisfacer las necesidades de una comunidad. Es importante que esos procesos comunitarios de aprendizaje no vengan impuestos ni por parte de ningún Estado, ni por parte de ninguna empresa transnacional. Por otro lado, construir un verdadero comunal educativo exige acabar no sólo con las Escuelas estatales, privadas o concertadas sino además con todas las instituciones educativas del capital, como por ejemplo con las universidades privadas de élite y los institutos de negocios donde los hijos e hijas de los dueños de las grandes empresas y de los políticos se preparan para formar parte de la élite futura, instituciones inaccesibles para los hijos e hijas de las clases bajas y excluidos. Abolir la Escuela es abolir también esas otras instituciones.

No es mi objetivo adentrarme en el análisis de cómo, en ese segundo posible escenario, una educación popular, horizontal y autogestionada, despojada ya de la injerencia escolar estatalista, pueda frenar el avance, en el sur de Europa, de peligrosos movimientos reaccionarios como el ecofascismo, grupos paramilitares como los surgidos por toda América Latina o la llegada de indeseables regímenes autoritarios que amparen inimaginables formas de esclavitud humana. Estimo que tales prácticas educativas comunalizadas puedan hacer surgir una nueva conciencia de clase que permita oponernos tanto a modelos de explotación esclavista, como a la lucha colonial por los recursos escasos y alentar la esperanza de una convivencia sin dominación. Al menos servirá para señalar a los verdaderos culpables del ecocidio, del paulatino deterioro del nivel de vida y del aumento de las desigualdades sociales, e impedir que se les eche la culpa a los habituales cabezas de turco: parados, inmigrantes y nuevos excluidos de la economía global. Pero eso sería objeto de otro artículo más extenso.


                                                      Vicente Gutiérrez Escudero

NOTAS:

1. Aníbal Ponce, Educación y lucha de clases, Ed. Akal, Madrid, 1987, 2005, pp. 11-12.

2. Carlos Taibo, Colapso. Capitalismo terminal, transición ecosocial, ecofascismo, Ed. Los libros de la catarata, Madrid, 2016, p. 159.

3. Ibídem, p. 170.

4. Recomiendo, en ese sentido, la lectura del libro La policía de las familias, de Jacques Donzelot.

5. Manuel Casal Lodeiro, La izquierda ante el colapso de la civilización industrial. Apuntes para un debate urgente, Ed. La Oveja Roja, 2016, p. 283.

6. «Educación libre y comunitaria», en el periódico ¡Rebelaos!… y germinemos la semilla de la revolución integral, 15 de marzo, 2012, p. 9.

7. Pedro García Olivo, «La Escuela y su otro. Para poetizar las educaciones comunitarias no escolares en tanto dique de contención contra el exterminismo occidental». En https://pedrogarciaolivo.wordpress.com/2018/11/09/la-escuela-y-su-otro-2


8. Corsino Vela, Capitalismo terminal. Anotaciones a la sociedad implosiva, Ed. Traficantes de sueños, 2018, p. 104.

9. Manuel Casal Lodeiro, op. cit., p. 287.

10. Guiomar Castaños, «Utopías del equilibrio. Apuntes sobre pensamiento libertario, ecología y producción», en Ekintza Zuzena, nº 39, 2012, p. 72.

11. Luis González Reyes, Ideas sobre cómo comunicar el colapso civilizatorio, 24 de noviembre, 2018. Artículo previamente publicado en la web de la revista Contexto. A su vez, es un resumen de la contribución del autor al libro Humanidades ambientales, coordinado por José Albelda, José María Parreño y J. M. Marrero Henríquez. Reproducido con permiso. En https://www.15-15-15.org/webzine/2018/11/24/ideas-sobre-como-comunicar-el-colapso-civilizatorio/


12. Mathieu Rigouste, Estado de emergencia y negocio de la seguridad. Conversaciones con Mathieu Rigouste, Ed. Doble Vínculo, Santander, 2017, p. 105.

13. Aconsejo la lectura del artículo «La izquierda y las comunidades postimperiales» de Carles Sirera. En http://communia.es/2018/10/11/la-izquierda-y-las-comunidades-postimperiales/


14. Nuria Alonso Leal, Yolanda Sampedro Ortega, «Lo que los bienes comunales cuentan», en Rebeldías en común. Sobre comunales, nuevos comunes y economías cooperativas, Ed. Libros en Acción, Madrid, 2017, pp. 107-108.

jueves, octubre 8

La población no ha sido movilizada, sino inmovilizada

 


El Estado con mascarilla

La actual crisis ha significado unas cuantas vueltas de tuerca en el control social por parte del Estado. Lo principal en esa materia ya estaba bastante bien implantado porque las condiciones económicas y sociales que hoy imperan así lo exigían; la crisis no ha hecho más que acelerar el proceso. Estamos participando a la fuerza como masa de maniobra en un ensayo general de defensa del orden dominante frente a una amenaza global. El coronavirus 19 ha sido el motivo para el rearme de la dominación, pero igual hubiera servido una catástrofe nuclear, un impasse climático, un movimiento migratorio imparable, una revuelta persistente o una burbuja financiera difícil de manejar. No obstante la causa no es lo de menos, y la más verídica es la tendencia mundial a la concentración de capitales, aquello a lo que los dirigentes llaman indistintamente mundialización o progreso. Dicha tendencia halla su correlato en la tendencia a la concentración de poder, así pues, al refuerzo de los aparatos de contención, desinformación y represión estatales. Si el capital es la sustancia de tal huevo, el Estado es la cáscara. Una crisis que ponga en peligro la economía globalizada, una crisis sistémica como dicen ahora, provoca una reacción defensiva casi automática y pone en marcha mecanismos disciplinarios y punitivos de antemano ya preparados. El capital pasa a segundo plano y entonces es cuando el Estado aparece en toda su plenitud. Las leyes eternas del mercado pueden tomarse unas vacaciones sin que su vigencia quede alterada.

El Estado pretende mostrarse como la tabla salvadora a la que la población debe de agarrarse cuando el mercado se pone a dormir en la madriguera bancaria y bursátil. Mientras se trabaja en el retorno al orden de antes, o sea, como dicen los informáticos, mientras se intenta crear un punto de restauración del sistema, el Estado interpreta el papel de protagonista protector, aunque en la realidad este se asemeje más al de bufón macarra. A pesar de todo, y por más que lo diga, el Estado no interviene en defensa de la población, ni siquiera de las instituciones políticas, sino en defensa de la economía capitalista, y por lo tanto, en defensa del trabajo dependiente y del consumo inducido que caracterizan el modo de vida determinado por aquella. De alguna forma, se protege de una posible crisis social fruto de otra sanitaria, es decir, se defiende de la población. La seguridad que realmente cuenta para él no es la de las personas, sino la del sistema económico, esa a la que suelen referirse como seguridad “nacional”. En consecuencia, la vuelta a la normalidad no será otra cosa que la vuelta al capitalismo: a los bloques colmena y a las segundas residencias, al ruido del tráfico, a la comida industrial, al trasporte privado, al turismo de masas, al panem et circenses… Las formas extremas de control como el confinamiento y la distancia interindividual terminarán, pero el control continuará. Nada es transitorio: un Estado no se desarma por propia voluntad, ni prescinde gustosamente de las prerrogativas que la crisis le ha otorgado. Simplemente, “hibernará” las menos populares, tal como ha hecho siempre. Tengamos en cuenta que la población no ha sido movilizada, sino inmovilizada, por lo que es lógico pensar que el Estado del capital, más en guerra contra ella que contra el coronavirus, trata de curarse en salud imponiéndole condiciones cada vez más antinaturales de supervivencia.

El enemigo público designado por el sistema es el individuo desobediente, el indisciplinado que hace caso omiso de las órdenes unilaterales de arriba y rechaza el confinamiento, se niega a permanecer en los hospitales y no guarda las distancias. El que no comulga con la versión oficial y no se cree sus cifras. 

Evidentemente, nadie señalará a los responsables de dejar a los sanitarios y cuidadores sin equipos de protección y a los hospitales sin camas ni unidades de cuidados intensivos suficientes, a los mandamases culpables de la falta de tests de diagnóstico y respiradores, o a los jerarcas administrativos que se despreocuparon de los ancianos de las residencias. Tampoco apuntará el dedo informativo a expertos desinformadores, a empresarios que especulan con los cierres, a los fondos buitre, a los que se beneficiaron con el desmantelamiento de la sanidad pública, a quienes comercian con la salud o a las multinacionales farmacéuticas… La atención estará siempre dirigida, o mejor teledirigida, a cualquier otro lado, a la interpretación optimista de las estadísticas, al disimulo de las contradicciones, a los mensajes paternalistas gubernamentales, a la incitación sonriente a la docilidad de las figuras mediáticas, al comentario chistoso de las banalidades que circulan por las redes sociales, al papel higiénico, etc. El objetivo es que la crisis sanitaria se compense con un grado mayor de domesticación. Que no se cuestione un ápice la labor de los dirigentes. Que se soporte el mal y que se ignore a los causantes.

La pandemia no tiene nada de natural; es un fenómeno típico de la forma insalubre de vida impuesta por el turbocapitalismo. No es el primero, ni será el último. Las víctimas son menos del virus que de la privatización de la sanidad, la desregulación laboral, el despilfarro de recursos, la polución creciente, la urbanización desbocada, la hipermovilidad, el hacinamiento concentracionario metropolitano y la alimentación industrial, particularmente la que deriva de las macrogranjas, lugares donde los virus encuentran su inmejorable hogar reproductor. Condiciones todas ellas idóneas para las pandemias. La vida que deriva de un modelo industrializador donde los mercados mandan es aislada de por sí, pulverizada, estabulada, tecnodependiente y propensa a la neurosis, cualidades todas que favorecen la resignación, la sumisión y el ciudadanismo “responsable”. Si bien estamos gobernados por inútiles, ineptos e incapaces, el árbol de la estupidez gobernante no ha de impedirnos ver el bosque de la servidumbre ciudadana, la masa impotente dispuesta a someterse incondicionalmente y encerrarse en pos de la seguridad aparente que le promete la autoridad estatal. Esta, en cambio, no suele premiar la fidelidad, sino guardarse de los infieles. Y, para ella, en potencia, infieles lo somos todos.

En cierto modo, la pandemia es una consecuencia del empuje del capitalismo de estado chino en el mercado mundial. La aportación oriental a la política consiste sobre todo en la capacidad de reforzar la autoridad estatal hasta límites insospechados mediante el control absoluto de las personas por la vía de la digitalización total. A esa clase de virtud burocrático-policial podría añadirse la habilidad de la burocracia china en poner la misma pandemia al servicio de la economía.

El régimen chino es todo un ejemplo de capitalismo tutelado, autoritario y ultradesarrollista al que se llega tras la militarización de la sociedad. En China la dominación tendrá su futura edad de oro. Siempre hay pusilánimes retardados que lamentarán el retroceso de la “democracia” que el modelo chino conlleva, como si lo que ellos denominan así no fuera otra cosa que la forma política de un periodo obsoleto, el que correspondía a la partitocracia consentida en la que ellos participaban gustosamente hasta ayer. Pues bien, si el parlamentarismo empieza a ser impopular y maloliente para los dirigidos en su mayoría, y por consiguiente, resulta cada vez menos eficaz como herramienta de domesticación política, en gran parte es debido a la preponderancia que ha adquirido en los nuevos tiempos el control policial y la censura sobre malabarismo de los partidos. Los gobiernos tienden a utilizar los estados de alarma como herramienta habitual de gobierno, pues las medidas que implican son las únicas que funcionan correctamente para la dominación en los momentos críticos. Ocultan la debilidad real del Estado, la vitalidad que contiene la sociedad civil y el hecho de que al sistema no le sostiene su fuerza, sino la atomización de sus súbditos descontentos. En una fase política donde el miedo, el chantaje emocional y los big data son fundamentales para gobernar, los partidos políticos son mucho menos útiles que los técnicos, los comunicadores, los jueces o la policía.

Lo que más debe de preocuparnos ahora es que la pandemia no solo culmine algunos procesos que vienen de antiguo, como por ejemplo, el de la producción industrial estandardizada de alimentos, el de la medicalización social y el de la regimentación de la vida cotidiana, sino que avance considerablemente en el proceso de la digitalización social. Si la comida basura como dieta mundial, el uso generalizado de remedios farmacológicos y la coerción institucional constituyen los ingredientes básicos del pastel de la cotidianidad posmoderna, la vigilancia digital (la coordinación técnica de las videocámaras, el reconocimiento facial y el rastreo de los teléfonos móviles) viene a ser la guinda. De aquellos polvos, estos lodos. Cuando pase la crisis casi todo será como antes, pero la sensación de fragilidad y desasosiego permanecerá más de lo que la clase dominante desearía. Ese malestar de la conciencia restará credibilidad a los partes de victoria de los ministros y portavoces, pero está por ver si por sí solo puede echarlos de la silla en la que se han aposentado. En caso contrario, o sea, si conservaran su poltrona, el porvenir del género humano seguiría en manos de impostores, pues una sociedad capaz de hacerse cargo de su propio destino no podrá formarse nunca dentro del capitalismo y en el marco de un Estado. La vida de la gente no empezará a caminar por senderos de justicia, autonomía y libertad sin desprenderse del fetichismo de la mercancía, apostatar de la religión estatista y vaciar sus grandes superficies y sus iglesias.

 

Miquel Amorós

lunes, octubre 5

Okupación que transa se suicida


Ahora más que nunca, okupa tú también

Actualmente la okupación es una práctica realizada por gente de diferentes tradiciones, con diferentes objetivos y formas de entenderla. Hay quien okupa por necesidades individuales o familiares, o quien lo hace por convicciones políticas; Hay quien se define como «okupa» y otres no; Hay quien tiene la voluntad de construir comunidad o quien ve una manera provisional de obtener un techo; Hay quien considera la okupación como una herramienta contra la propiedad privada y quien ve una forma de demandar a la administración vivienda digna y accesible; Hay quien busca la estabilidad del espacio llegando a un acuerdo y quien se resiste con todas sus fuerzas a un desalojo.

La okupación es un medio, nunca un fin. Tiene una fuerza tremenda: Señala la especulación inmobiliaria y la gentrificación que destruyen barrios enteros, expulsando a vecines de toda la vida, gente sin recursos y migrantes; Pone el acento en dar respuesta a la dificultad de acceder a una vivienda y a espacios comunitarios; Y al mismo tiempo, se crean a su alrededor, redes y relaciones sociales capaces de transformar la cotidianidad.

Desde l’Oficina per l’Okupació de Karcelona entendemos la okupación como una herramienta que cuestiona el principio de propiedad y, por tanto, la desposesión. La okupación muestra una manera de atacar para conquistar nuestras peticiones concretas, sin esperar. Los centros sociales okupados (CSO’s) nos enseñan a reapropiarnos, a resistir, a crear. Defendemos vivir de esta manera, poder desarrollar nuestros proyectos autónomos, más allá de la legalidad, nosotres hablamos de otro lugar que habitar, de otras relaciones, de otra Vida y es fundamental no perder estas raíces en el diálogo o en la confrontación.

Ante un pacto ¿qué es una victoria y qué es un fracaso?

Aunque la legalización es común en el movimiento de okupación de otros países, en el estado español no es un hecho frecuente y es considerado una debilitación del movimiento. Entre les que pacten y les que no pacten se augura una posible separación, como sucedió en otros lugares de europa, diferenciando entre okupas buenes y males. La legalización puede afectar negativamente a otras experiencias y hacer más fácil tanto los abusos de los propietarios como los desalojos.

Mantener conversaciones con la propiedad o iniciar una negociación pueden servir como estrategia para ganar tiempo y conseguir más información. Pero mientras que las conversaciones no comprometen a las partes, en las negociaciones el objetivo es llegar a un acuerdo entre les interesades. Así, la decisión de legalizar un CSO ¿compete única y exclusivamente a las personas que lo gestionan o que viven en él? Difícilmente una negociación será equitativa cuando no se hace entre iguales, vemos como la mayoría de veces la administración pretende mostrarse dialogante de cara a la opinión pública pero lo cierto es que no comparte en absoluto las propuestas de autogobierno de los espacios liberados. Al entablarse una negociación entre la administración y un espacio okupado es fundamental que se abra un debate de forma pública, de otra manera, el proceso puede ser conducido dócilmente por los profesionales de la política. El hermetismo alrededor de las conversaciones denota desconfianza del grupo negociador en el resto de compañeres, miedo a ser juzgado y/o rechazado, y posibilita que primen los criterios particulares e intereses personales. Este secretismo en los pactos es una condición impuesta por las instituciones para tratar de ocultar sus tejemanejes y favorecer la separación entre les que okupan. En Barcelona, una negociación puede traer la consecuencia para el proyecto okupado de quedarse prácticamente solo, en lo que apoyo por parte a los movimientos sociales anticapitalistas se refiere, y apoyarse en colectivos integrados o recuperados por el ayuntamiento para su gran proyecto de ciudad-mercancía con tintes «alternativos».

Es previsible que durante las conversaciones para legalizar un espacio liberado aparezcan problemas internos en el seno del proyecto y sea harto difícil llegar a un consenso fuerte -entre aquélles que quieren salvaguardar lo conquistado, entendiendo la cesión como una oportunidad para garantizar el proyecto, y aquélles que apuestan por la confrontación, no reconociendo como interlocutores a la administración pública porque sería traicionar la propia trayectoria-. Demasiado a menudo en esta controversia una parte del colectivo acaba marchando, presumiblemente quienes se oponen al pacto para dejar vía libre a un acuerdo y la continuidad del espacio. Una vez se ha negociado, es cuestión de tiempo que los contenidos y la línea política del proyecto originarios queden distorsionados, a consecuencia de los nuevos aliados institucionales. En la práctica, la autogestión se va perdiendo y el espacio se convierte en una especie de centro cívico que da un servicio a la comunidad y disfruta de la amistad de la opinión pública. ¿Cómo desarrollar un proyecto autónomo colaborando con las instituciones? La práctica de reunirse con los gobernantes consigue moderar las posturas más antagónicas. Se acaba aceptando cualquier tipo de proposición, por muy alejada que esté de los principios de autogobierno, autonomía y anticapitalismo. Obtener convenios de ocupación del espacio después de negociaciones y pagar un alquiler da cierta estabilidad por medio del contrato y de la transacción económica, ¿pero qué garantías reales existen de pervivencia del proyecto? Mientras cada metro de la tierra tenga amo, no hay espacio seguro, siempre pueden expulsarte del lugar que habitas, que usas, tanto si lo construyó tu familia con sus propias manos como si firmaste una hipoteca o un contrato de alquiler, la propiedad es un robo y los propietarios disponen de los medios para desalojarte, ya sea mediante una expropiación, con matones, o judicialmente por impago de cuotas o finalización de contrato.

Un argumento que se escucha a menudo a la hora de justificar la legalización en Barcelona es que no podemos extraer conclusiones de qué pasó en otros países porque son contextos diferentes. Al hacer comparaciones existe el peligro de caer en un análisis atemporal y descontextualizado, pero negarse a aprender de otras experiencias es caminar a tientas. De la misma manera que los aciertos de otros lugares han de servirnos de inspiración, los errores cometidos aquí y allá son una fuente de la que beber y nutrirse. Aun teniendo en cuenta la situación de otros países de europa, preferimos pensar con optimismo, a pesar de que la realidad a veces nos impone otra visión, y pensar que el fantasma de la despolitización de la okupación aun no recorre toda la península pues se dan casos en que la administración, ante la fuerza de los proyectos, decide retirarse y no optar por la vía del desalojo (como ejemplo el Centre Social Autogestionat Can Vies que en 2014 vivió un intento de desalojo y derribo parcial por parte del Ayuntamiento de Barcelona).

Por otro lado, desde el movimiento vecinal se han llevado adelante procesos de negociación con la administración para conseguir la cesión de un espacio que no han generado ningún enfrentamiento entre las diferentes posturas, al no plan­tearse como una alternativa a las okupaciones sino como una vía propia de los movimientos que lo impulsan. Desde un punto de vista estratégico hay quien plantea que es posible desarrollar un proyecto autónomo y gestionado desde la participación vecinal y al mismo tiempo cooperar con las instituciones. Remarcan que lo importante es que las condiciones de colaboración queden establecidas con total claridad y respeten la autonomía del centro en la definición y gestión del proyecto.

Aceptar la derrota sin luchar

Si concebimos la práctica de la okupación como una acción contraria a la existencia de la propiedad privada (pilar del capitalismo, del estado y del patriarcado) entonces no admitimos ningún tipo de negociación, eso supondría aceptar las reglas del juego, la legalidad vigente impuesta para que pueda funcionar la dictadura de la minoría que obstenta el poder y eso sería aceptar la derrota sin luchar. Pensar en dar un marco legal a una situación que conscientemente subvierte la legalidad, significa pretender por derecho aquello que ya se ha conseguido de hecho. Derecho, ese instrumento de regulación y normalización de las sociedades modernas.

Un pacto consiste en capitalizar la amenaza creada por el movimiento, lo cual requiere la existencia previa de un conflicto. Al reducir la enemistad sobre el grupo mediante el pacto, se deja aislades a les compañeres que no quieren o no pueden acceder a la negociación. Y aunque sintiéndose menos insegures, quienes quieren legalizarse también serán reprimides en la medida en que sus acciones pasen a ser una amenaza para el orden público y la ley. ¿De qué sirve, entonces? La legalización es una forma más de acabar con los espacios okupados, exactamente como el desalojo, pero con el añadido que a mucha gente le cuesta más posicionarse claramente en contra. La administración puede utilizar la negociación, no para llegar a un acuerdo con la gente concreta sino para marginalizar y criminalizar al resto. Con un gobierno de «izquierdas» en Barcelona, éste podría tratar de gestionar el conflicto, llevando a cabo una política para conseguir un pacto «ejemplar» con algunos sectores de la okupación y dejar aislado al sector más radical que no quiere negociar, es decir, generar una división en el movimiento.

Como aparecía en el texto de convocatoria a una asamblea interna (Febrero 2018) para tratar las posibles legalizaciones en Barcelona:

«Creemos que estos procesos de negociación son la continuación de lo que ha sido el papel de la izquierda institucional desde el franquismo como manera de endulzar las relaciones sociales, tanto en la vertiente política como en la económica. En este sentido, el énfasis no es tanto en el pacto en sí sino que éste no es fruto de ningún proceso de lucha, como mucho de una mistificación de la misma. Durante los últimos 30-40 años, hemos podido ver tanto en el ámbito laboral como en el vecinal que la cultura de lucha que llevara a mejoras sociales ha ido transformándose en la cultura de los despachos, de la gestión. Es evidente que un pacto producido por una lucha ayuda a generar una cultura de lucha, mientras que un pacto hecho a partir de política de despachos reproduce la cultura de la política institucional. Los procesos de legalización de los espacios okupados que se están dando en Barcelona actualmente (…), claramente no generan ninguna dinámica de lucha.»

En los años 90 el movimiento por la okupación apuesta no tanto por estabilizar espacios sino por visibilizar una crítica radical a las dinámicas del estado, manteniendo la tensión social y política, rechazando la intermediación institucional desde la concepción de la autonomía social. Actualmente conviven en la ciudad de Barcelona diferentes filosofías, la corriente que considera más importante la dinámica de choque ante las instituciones, la postura que defiende el uso de estrategias mixtas que combinan confrontación con la capacidad de producir efectos, y la vertiente más involucrada en campañas por el derecho a la vivienda. Aquí planteamos que algún movimiento tiene que desobedecer y no reconocer las instituciones públicas, y que esa amenaza de combate abierto contra el estado sirve también como medida de presión y de producción de cierto miedo al conflicto para los que gobiernan y contribuye a que puedan abrirse espacios de conquista mediante mediaciones institucionales (como ejemplo la reivindicación de Can Batlló en el barrio de La Bordeta y Sants).

Liberar la vida colonizada por la mercancía

En Barcelona, paralelamente a las okupaciones, siempre han existido espacios legales o más seguros con los que se comparten valores o prácticas, aquellos que acogen una editorial o una radio, un espacio de salud o de crianza, un taller artesanal o una cooperativa… De la misma manera, los CSO’s de la ciudad son espacios donde se han imbricado muchas otras luchas sociales, como la lucha obrera, el transfeminismo, el ecologismo, las luchas indígenas, de las personas presas… y estas otras luchas dan apoyo a la okupación. Es vital crear redes sociales e infraestructuras colectivas de apoyo, estas relaciones nos ayudan a sobrevivir. Queremos tener presente que la secuencia okupación-desalojo-okupación con la consecuente mudanza, es un ciclo agotador, aún más si hay resistencia al desalojo y represión por la misma. Esto sumado al ciclo vital de cada cual, el envejecimiento, las personas a cargo, la falta de salud física y mental, nos condicionan a la hora de tomar decisiones y de actuar.

Pero podemos encarar, de una manera amplia, los procesos de negociaciones entre la administración y espacios okupados buscando claves para llevar un funcionamiento subversivo, practicando la afinidad informal y una total horizontalidad. No sometiéndonos a los cauces marcados por las leyes penales. Combinando nuestras percepciones para desenmascarar fácilmente aquéllo que nos determina y nos oprime, y tener la fuerza de oponernos. Reapropiándonos. Reduciendo el coste de la vida, compartiendo las infraestructuras y las herramientas de uso cotidiano. Socializando nuestros conocimientos, aprendiendo unes de otres para acabar siendo más polivalentes y autónomes. El autogobierno necesita de la máxima libertad para poder crecer.

Haciendo tratos se infravalora la lucha que se ha llevado a cabo para defender la posibilidad de okupar y la autonomía ganada en Barcelona. Asimismo, es importante ser consciente de otras luchas que existen más allá de la okupación y por ello no puede perderse de vista, a la hora de pactar con la administración, el mapa general de sus políticas y las situaciones abusivas que de ellas se desprenden. En resumen, el poder recupera a los elementos moderados y, mediante esta división, rompe el movimiento al mismo tiempo que reinventa el funcionamiento del sistema. Ante la recuperación institucional de elementos conflictivos del municipalismo e independentismo, ha crecido el coste que conlleva asumir plenamente nuestra enemistad para con el estado. Dicho esto, padecer la represión no es ninguna garantía de nuestra radicalidad. En algunos casos hemos visto discursos radicales y actitudes de mierda, mientras que en otros hemos visto discursos conciliadores acompañados de actitudes atentas y combativas, ¿de qué sirve autoproclamarse algo que la práctica no confirma? Definitivamente, algún movimiento tiene que plantarse y visibilizar una confrontación más directa a las dinámicas del estado.



Oficina per l’Okupació de Karcelona 
oficinaokupacio@sindominio.net

viernes, octubre 2

La literatura de Ursula K. Le Guin y el anarquismo

Ursula K. Le Guin, nacida en 1929, es sin duda una gran escritora, no solo con prestigio y éxito en el mundo literario, también en los ámbitos político, social y científico; para los que lo desconozcan, su obra es de una evidente y casi insultante influencia en la literatura y el cine contemporáneos, normalmente con obras mucho más ligeras y rebajadas de tono político y científico.

La obra de Le Guin está compuesta, tanto de ciencia-ficción, como es el caso del llamado ciclo de Ekumen (a la que pertenece la novela 'Los desposeídos', de las que nos ocuparemos más tarde), como de género fantástico, valga como ejemplo su saga de las 'Historias de Terramar'. Es precisamente la Asociación de escritores de ciencia ficción y fantasía, Estados Unidos, la que la ha reconocida como una gran maestra. Son conocidas las simpatías de Le Guin sobre las ideas anarquistas, a las que ha definido como las más humanas, complejas e interesantes de todas las teorías políticas. Por ejemplo, la novela 'El día antes de la revolución', que pertenece al mismo universo que Los desposeídos, está dedicada al imprescindible intelectual y anarquista norteamericano Paul Goodman. Del mismo modo, es obvia la influencia que Murray Bookchin y su ecologismo radical ha ejercido sobre la escritora. En gran parte de su voluminosa obra, Le Guin ha plasmado sus ideas libertarias de igualdad, cooperación, apoyo mutuo y rechazo de los abusos de poder.

https://www.youtube.com/watch?v=9pAq10rbuok