Cuando la multitud hoy muda, resuene como océano.

Louise Michel. 1871

¿Quién eres tú, muchacha sugestiva como el misterio y salvaje como el instinto?

Soy la anarquía


Émile Armand

lunes, marzo 18

Más allá del diván. Apuntes sobre la psicopatología de la civilización burguesa


La editorial Irrecuperables nace de la iniciativa de rescatar obras, autores y enfoques antagonistas de la psicología. También corrientes como la contrapsicología y la antipsiquiatría. Tiene por objetivo realizar una crítica a las teorías que constituyen la psicología y la psiquiatría oficiales, así como a la relación de estas con el poder. Su primer libro es Más allá del diván, de Otto Gross.

Gross supo ver el potencial revolucionario del psicoanálisis más allá del uso clínico e individualizado y se adelantó con su análisis a El malestar en la cultura, para avanzar por el camino opuesto en sus conclusiones, alejándose de la corriente oficial del psicoanálisis.

Partiendo de la voluntad de poder de Nietzsche, Gross elaboró su teoría de la tensión entre el yo y lo externo. Describió el sufrimiento psíquico y el conflicto entre el individuo que quiere mantener su esencia e individualidad ya desde pequeño, frente a las imposiciones externas: la familia, la sociedad y el Estado. Y explicaba la relación de esto con la sexualidad: sin autoridad no hay represión sexual, y sin represión sexual no se reproduce el autoritarismo. Gross afirma que los individuos más intensos, más conscientes o reflexivos, a menudo desde niños, son los que más resisten a las influencias del exterior, por lo que su lucha es más dura.

También explica que la pulsión de muerte (o de destrucción) no es algo innato en el ser humano o algo que haya que reprimir, como decía Freud, sino algo que en nuestra sociedad, se introyecta a cada persona en su infancia y que por ello, se vive en la cultura. La manipulación y valores e ideas impuestos se asientan sobre la fragmentación de la conciencia. Gross afirma que hemos reprimido los valores que se relacionan con las predisposiciones innatas tales como la vitalidad, la cooperación y las ansias de libertad (era ávido lector de Kropotkin).

En su juventud, Gross se unió a la bohemia y a los círculos revolucionarios europeos. Entendía, que la revolución tiene que ir más allá de lo puramente económico y abordar la miseria material y espiritual. Formó parte junto a Mühsam o Landauer de la Comuna Verità en Ascona, una comunidad basada en el amor libre. Su padre, uno de los creadores del control social actual, le encerró en un psiquiátrico. Franz Kafka, amigo suyo, se inspiró en él para escribir El proceso.

Gross denunciaba la sociedad patriarcal y fue pionero con sus escritos sobre psicoanálisis y sexualidad, resultando un precursor de Marcuse y de Wilhelm Reich (el autor de Psicología de masas del fascismo, sobre el que recientemente se estrenó una película, disponible en youtube). Además, Gross adelantó algunas de las ideas del Antiedipo de Deleuze y Guattari.

En estos escritos aborda temas como la violencia paterna, la tensión entre el yo y lo ajeno, el sentimiento de culpa, el matriarcado, el autoritarismo o la violación. Y lo hace en un lenguaje comprensible. Esta selección viene acompañada además, de dos reveladoras cartas de Gross y un elaborado epílogo realizado para la ocasión, que reflexiona sobre la relación entre psicoanálisis y militancia, infancia o educación. Se puede conseguir escribiendo a irrecuperables@autistici.org o en Enclave, Traficantes de sueños y Malatesta. El colectivo editor está abierto a participación, ideas, propuestas etc.

@Irrecuperables_

Autor: Otto Gross. Editorial Irecuperables. Madrid 2018. 234 páginas

viernes, marzo 15

El capitalismo: Hijo bastardo del militarismo


La idea tan extendida de que el capitalismo es un producto del desarrollo interno de la economía, y más concretamente de las fuerzas de producción, oculta su verdadero origen. Este no se encuentra en ningún proceso de acumulación originaria como plantean el marxismo o el liberalismo, ni tampoco en una repentina transformación de las relaciones sociales de producción, fruto de determinadas fuerzas históricas vinculadas a la economía. El capitalismo es, primero y antes que nada, un producto de la guerra, y sobre todo del militarismo. Este es el origen del capitalismo que formalmente no se quiere reconocer, y que académicos, intelectuales, ideólogos, etc., ignoran o deliberadamente ocultan con sus construcciones ideológicas y demás dislates.

En la medida en que el capitalismo es un producto de la guerra cabe preguntarse por qué surgió en Europa en la época moderna y no en cualquier otro lugar donde, al igual que en Europa, también había guerras. La razón es bastante simple. El espacio geográfico en Europa estaba organizado en torno a una multitud de unidades políticas independientes, lo que conformaba un escenario geopolítico fragmentado y descentralizado. Prueba de esto es que en el s. XIV había en Europa aproximadamente 1.000 unidades políticas de diferente naturaleza que, además, estaban en permanente conflicto entre sí.[1] Así pues, existía un alto nivel de competición que estimuló la guerra de una forma que no tuvo lugar en ninguna otra parte del mundo donde, al contrario que en Europa, predominaban formaciones políticas imperiales, como es el caso del extremo Oriente, Asia central, norte de África, etc.

Por otro lado no hay que olvidar que el militarismo también necesita de la existencia de personas que lo promuevan y practiquen. Entre el final de la Edad Media y el Renacimiento todavía había en Europa una élite social cuya principal actividad era la guerra, a lo que hay que añadir el desarrollo de las incipientes monarquías nacionales cuyas casas reales operaron como fuerzas aglutinantes que reunieron bajo su mando extensos espacios geográficos, y con ellos importantes recursos económicos y humanos para afirmar su autoridad exclusiva sobre los territorios que reclamaban como propios. En este contexto histórico la guerra era una constante que estaba, a su vez, íntimamente unida a la mentalidad militarista de las élites de aquel momento, pues entendían que la conquista militar era una forma de alcanzar la gloria, y que ello constituía el deber de los monarcas para cumplir las expectativas del público.[2] De este modo comprobamos que la organización del espacio en Estados y la mentalidad militarista contribuyeron conjuntamente a la competición y a la guerra, y tal como veremos a continuación también a la aparición del capitalismo.

Como es sabido, la guerra genera importantes efectos en el conjunto de la sociedad a todos los niveles, pero sobre todo supone un poderoso estímulo para el desarrollo de la tecnología militar con el propósito de disponer de medios de destrucción más eficaces y devastadores, para de esta forma obtener una ventaja estratégica frente a posibles rivales. Las carreras armamentísticas fueron una constante desde entonces hasta nuestros días. Asimismo, la transformación del carácter de la guerra, con la introducción de nuevas armas y, también, nuevos métodos organizativos, sirvieron para incrementar el tamaño de los ejércitos, aumentar su eficacia en el campo de batalla al volverse más destructivos, y generar una importante estructura organizativa central del Estado que conllevó su crecimiento. El encarecimiento de la guerra, y el aumento de las capacidades del Estado para movilizar los recursos disponibles en su territorio, tanto en la forma de medios económicos como humanos para abastecer sus cada vez más grandes ejércitos permanentes, introdujo una demanda constante a todos los niveles de la producción económica.

Hasta el s. XVIII era habitual que con el estallido de una guerra se generasen toda clase de industrias prácticamente de la nada para poder abastecer masivamente a ejércitos cada vez más numerosos en muy poco tiempo. Esta tarea era encomendada generalmente a comerciantes que operaban como contratistas, y a los que se les confiaba la tarea de buscar a los productores capaces de satisfacer la fortísima demanda que imponían los ejércitos para disponer de todos los medios necesarios para ir a la guerra. Debido a que la forma de producción imperante hasta el s. XVIII fue la artesanal, existían grandes dificultades para satisfacer esta demanda masiva, y se creaban de manera improvisada industrias de todo tipo que sólo duraban lo que duraban las guerras. Después de esto, al desaparecer la demanda, estas industrias eran desmanteladas.

Sin embargo, la dinámica belicista y el militarismo crearon las condiciones para el florecimiento del capitalismo debido a los enormes gastos que supone la guerra, y sobre todo las sucesivas carreras armamentísticas en los periodos de paz con la existencia de ejércitos permanentes en expansión. A partir del s. XVI el crecimiento de los gastos militares en Europa se disparó, lo que propició la formación del mercado a escala nacional, es decir, al nivel de los Estados modernos que se habían formado en aquel entonces. La demanda masiva de bienes y servicios de todo tipo que desarrollan los ejércitos para su abastecimiento, desde el alojamiento pasando por la munición y el armamento, hasta llegar a la ropa, la manutención, el transporte, etc., exigió la mercantilización de la vida económica, esto es, la creación de un mercado en el que los ejércitos pudieran adquirir aquellos bienes que necesitaban para hacer la guerra. Todo esto es evidente cuando comprobamos que el tamaño de los ejércitos permanentes no dejó de crecer tanto en tiempos de paz como de guerra, sobre todo al estar compuestos por decenas de miles e incluso cientos de miles de efectivos.[3]

La guerra contribuyó de un modo decisivo a la formación de capital. Debido a la fuerte demanda que imponen los ejércitos, se formaron los fundamentos económicos del capitalismo. Esto fue así gracias al arrendamiento de impuestos, como ocurría en Francia donde los comerciantes contratistas que abastecían al ejército tenían la concesión de la recaudación de impuestos, y por medio de las ganancias derivadas de los réditos de los empréstitos estatales, tal y como sucedía en Países Bajos e Inglaterra. Esta acumulación de capital es la que permitió a estas gentes que se beneficiaron de la guerra emplear su riqueza en el fomento de la industria y del comercio, lo que dicho sea de paso era funcional para la actividad militar. Al fin y al cabo el ejército es una enorme masa de sólo consumidores que produce una demanda constante que estimula la producción comercial. En este sentido la demanda masiva que impone la guerra exige una rápida satisfacción de la misma, lo que contribuyó a cambiar la estructura económica y, así, posibilitar la creación de una organización capitalista de la producción y del comercio. Esto fue especialmente claro en la demanda de armas, donde se impuso rápidamente la estandarización, poniendo fin al antiguo taller de armería debido a que no podía suministrar rápidamente grandes cantidades de armamentos y de manera uniforme.

Las fábricas de armamentos fueron la base de la industria capitalista debido a las grandes cantidades de capital en forma de inversión que requerían para su normal funcionamiento, en donde el proceso de producción de armas implicaba una amplia especialización de las funciones de trabajo, además de la intervención de una gran cantidad de máquinas e instrumentos. Pero además de esto la guerra tuvo un efecto multiplicador sobre numerosas industrias en la transformación de la economía, estos son los casos de las fundiciones, armerías, municiones y materias primas entre otras. Esto facilitó la aparición de la industria siderúrgica debido a la creciente demanda de cañones de hierro, lo que estimuló los progresos en la fabricación de hierro entre el s. XVI y el XVIII. A causa de la magnitud y el modo de demanda del ejército, lo que está relacionado tanto con su tamaño como con el carácter del sistema de abastecimiento, se produjo una centralización económica y organizativa que a la postre condujo a la forma de producción capitalista. Así es como terminó dándose el paso de la producción artesanal a la producción fabril que anticiparía la producción típicamente capitalista a partir de la primera revolución industrial.[4]

La guerra, por tanto, impuso una lucha por la producción ante la acuciante necesidad de abastecer a ejércitos cada vez más numerosos y caros de mantener. Por esta razón la guerra indujo innovaciones en la producción, ya que una demanda masiva exigía una producción masiva, y consecuentemente una movilización masiva de recursos a escala nacional que fue efectuada por la organización centralizada del abastecimiento llevada a cabo por las estructuras del Estado, en conjunción con contratistas y diferentes empresas que integraron las industrias del incipiente complejo militar-industrial.[5] Una mayor y más rápida extracción de carbón y hierro de las minas para fabricar cañones en los altos hornos, la tala industrial de árboles para la producción de buques de guerra, la maquinización del sector textil para la fabricación a gran escala de uniformes militares y velas para los barcos, el desarrollo de una vasta industria química para la coloración de los uniformes, velas, banderas, estandartes y la producción de explosivos y municiones exigieron, y por tanto estimularon, el desarrollo de la ciencia en su aplicación técnica para resolver los desafíos que a nivel logístico y material imponían los esfuerzos de guerra. Y como decimos, esto se tradujo en cambios decisivos en la forma de producción que no tardaron en desembocar en el capitalismo. Se abandonó definitivamente la producción artesanal para adoptar la capitalista en la que la maquinización del proceso productivo, junto a la especialización del trabajo y la propia estandarización desarrolló la unificación de la producción y la aparición de la organización capitalista. Se trataba, en definitiva, de cambios cualitativos que influyeron decisivamente en la posterior transformación de la economía y de la sociedad. A largo plazo estos cambios sirvieron para aumentar la productividad con la formación de economías de escala que llevaron a cabo una asignación más eficiente de los recursos, lo que implicó el impulso del desarrollo de la tecnología militar y un abaratamiento de la producción de armamentos que relanzó el militarismo y el crecimiento de los ejércitos.[6]

Los intereses militares y geopolíticos de los Estados fueron los que, en un contexto de intensa competición internacional, y por tanto de guerra y carreras armamentísticas, impulsaron la transformación de la forma de producción dominante en la economía. No sólo apareció la empresa capitalista, también lo hizo el mercado dada la comercialización de una cantidad creciente de bienes y servicios de todo tipo, e igualmente se produjo la mercantilización del conjunto de la economía que dejó de estar centrada en el autoabastecimiento para producir para el mercado a cambio de dinero. La comercialización de la economía conllevó, asimismo, la monetización y la extensión del trabajo asalariado, unido a la urbanización de la sociedad con la formación de grandes industrias que concentraban la producción económica. A esto le siguió, a su vez, el desarrollo del sector financiero que tenía sus antecedentes más inmediatos en el s. XVI, momento en el que aparecieron las primeras bolsas mundiales ligadas al comercio de los títulos de deuda estatal con los que eran financiadas las guerras. Este fenómeno favoreció posteriormente la incorporación de las empresas comerciales al mercado financiero con la emisión de títulos de deuda privada. Por otro lado, y dada la creciente importancia del sector financiero en la regulación de una economía cada vez más monetizada, hicieron su aparición los bancos centrales que reunieron el conjunto del crédito de la economía nacional para financiar los gastos de guerra y las campañas militares de los Estados.[7] El dinero era un instrumento más eficaz a la hora de movilizar recursos de todo tipo para abastecer a los ejércitos, y la función de la banca no fue otra que la de adelantar el dinero para que el Estado pudiese gastar más rápido para preparar y hacer la guerra, en lugar de tener que aguardar a la recaudación de impuestos.

Tal y como señaló Charles Tilly en su momento, la guerra hace al Estado y el Estado hace la guerra.[8] Pero habría que añadir que la guerra, y el militarismo que esta lleva aparejada en el contexto internacional de un mundo organizado en Estados, produce el capitalismo, tal y como señaló en su momento Werner Sombart. Dicho esto, nos encontramos con que la importancia de la economía radica en el hecho de ser la base material sobre la que se apoya el poder militar que los Estados construyen en su competición geopolítica, de forma que las capacidades nacionales están determinadas por la economía, lo que determina, a su vez, el poder de un Estado en la esfera internacional. En este sentido la obra de Paul Kennedy es muy ilustrativa de cómo la base material de un Estado, su economía y cuán productiva sea esta, resulta decisiva a la hora de preparar, hacer y ganar la guerra. Por tanto, el auge y caída de las grandes potencias se explica a partir de factores geopolíticos en los que la economía juega un papel fundamental como soporte del poder militar. Así, en aquellos momentos en los que se produce un deterioro de esta base material del Estado, resultado de un exceso de intereses creados en la arena internacional, también se resiente su posición internacional al no tener la capacidad para sustentar el poder militar que le confirió el estatus de gran potencia. De esta forma al declive económico le sigue el declive político-militar del Estado en los asuntos internacionales.[9]

Históricamente el capitalismo ha sido un instrumento para dotar a los ejércitos de los recursos y medios precisos para preparar y hacer la guerra, en la medida en que el capitalismo mismo fue en su origen un producto del militarismo y de la guerra.[10] Por tanto, la necesidad de abastecer ejércitos más numerosos y apoyar el poder militar sobre el que se basa el poder internacional de un Estado, ha sido la razón de ser del surgimiento del capitalismo. La movilización de recursos y una economía productiva es lo que dota al Estado de unas capacidades nacionales con las que apuntalar su política exterior para, así, competir con éxito frente a otras potencias. El capitalismo ha cumplido esta función al favorecer el crecimiento, desarrollo y productividad de la economía nacional, lo que ha provisto al Estado de una creciente base tributaria con la que costear sus medios de dominación, y especialmente su poder militar con el que escalar hasta la cúspide de la jerarquía de poder internacional.[11] En lo que a esto respecta son notables las aportaciones hechas desde el paradigma realista y neorrealista de las relaciones internacionales, y especialmente de autores como Robert Gilpin y Kenneth Waltz que han incidido en la relación entre poder económico-industrial, poder militar y la posición que cada país ocupa a nivel internacional. Lo que, dicho sea una vez más, nos deja bien clara la función del capitalismo como forma de organizar la economía y la producción para, de este modo, dotar de medios materiales al poder militar para que el Estado proyecte su poder e influencia en el mundo.[12]

Si el militarismo es el padre del capitalismo también es a día de hoy su principal sostenedor. Basta con remitirse a casos concretos como el de EEUU donde la mayor partida presupuestaria del gobierno federal, después de las pensiones, la tiene el Pentágono con 716.000 millones de dólares en 2019, un gasto que supone que esta institución tenga a su cargo una mano de obra total de entre 5 y 6 millones de trabajadores en los sectores económicos más diversos.[13] La inversión del Pentágono en la economía estadounidense tiene, además, un efecto multiplicador sobre multitud de industrias, lo que conlleva la militarización de la propia economía que es supeditada a los fines del ejército. Por tanto, los presupuestos militares en EEUU desempeñan un papel decisivo debido a que implican la existencia de una demanda constante en la economía que, de este modo, se ve obligada a satisfacer a una escala masiva, pues el ejército de este país lo integran aproximadamente 1,4 millones de efectivos, y su equipamiento es tremendamente costoso.[14] De esta forma el conjunto de los recursos (económicos, humanos, financieros, materiales, naturales, intelectuales, etc.) que alberga el país son movilizados y puestos al servicio de los intereses del ejército.[15] Todo lo anterior es un claro reflejo del poder efectivo del ejército en EEUU en términos políticos, más allá de las convenciones establecidas por el ordenamiento constitucional de aquel país, al acumular una cantidad ingente de recursos económicos y humanos con los que dirige la economía nacional y somete la política federal.[16]

En definitiva, lo que puede concluirse de todo lo antes expuesto es que el capitalismo es ante todo un producto del militarismo y de la guerra. De esto se deduce que la existencia de los Estados y su competición internacional son el origen de los conflictos violentos que se producen entre estos,[17] lo que impone una serie de necesidades en el terreno de la producción económica que en su momento dieron origen al capitalismo. La vorágine militarista de los Estados, sobre todo al tratarse de instituciones que en último término son de carácter militar, ha constituido un importante estímulo a lo largo de la historia para la transformación de la economía y la sociedad hasta el punto de generar el capitalismo. Así, la militarización de la sociedad y de la economía han ido de la mano hasta el extremo de supeditar las necesidades sociales a los intereses y exigencias de los ejércitos, y consecuentemente a los intereses del Estado en el ámbito internacional.[18] Unos intereses que, no lo olvidemos, se definen en términos de poder (militar, político, ideológico, tecnológico, económico, demográfico, cultural, etc.), lo que hace que la principal finalidad del Estado sea maximizar su poder.[19]

En conclusión, ninguna lucha dirigida a conquistar la libertad puede limitarse a ser una lucha contra el capitalismo, en la medida en que este tan sólo es la consecuencia de un problema más profundo que es la existencia de un sistema de dominación organizado en torno al ejército, que es la columna vertebral del Estado.[20] Por esta razón la lucha contra el capitalismo necesita ser, también, la lucha contra el militarismo y el Estado debido a que son el origen último y los principales sostenedores de un sistema socioeconómico que esclaviza y destruye al ser humano.


                                                                            Esteban Vidal

Notas

[1] Tilly, Charles, Coerción, capital y los Estados europeos 990-1990, Madrid, Alianza, 1992, p. 75. Ídem, “Reflections on the History of European State-Making” en Tilly, Charles (ed.), The Formation of National States in Western Europe, Princeton, Princeton University Press, 1975, p. 15. Hale, John R., War and Society in Renaissance Europe 1450-1620, Guernsey, Sutton, 1998, p. 14

[2] Basta señalar que la educación que recibían los futuros monarcas desde su misma infancia era belicista y militarista, lo que respondía a la necesidad estructural que imponía el modo en el que el espacio geográfico estaba organizado, de manera que se procedía a crear en el futuro soberano una disposición a la guerra y a la conquista. Pues al fin y al cabo quien no conquistaba era conquistado. Cornette, Joël, Le roi de guerre: Essai sur la souveraineté dans la France du Grand Siècle, París, Payot et Rivages, 1993, pp. 152-176. Corvisier, André, Anne Bachelard et alii (eds.), Histoire militaire de la France, París, Presses Universitaires de France, 1997, Vol. 1, pp. 383-387. Mormiche, Pascale, Devenir prince: L’école du pouvoir en France XVIIe-XVIIIe siècles, París, CNRS Editions, 2009, pp. 301-305. Tampoco es casualidad que Maquiavelo afirmase, ya en el s. XVI, que la principal actividad y preocupación del príncipe debía ser la guerra, punto de vista que se generalizó entre todos los consejeros de los soberanos. “Así pues, un príncipe no debe tener otro objetivo ni otra preocupación, ni debe considerar como suya otra misión que la de la guerra, su organización y su disciplina. Porque esa es la única misión que compete a quien gobierna |...|”. Maquiavelo, Nicolás, El Príncipe, Madrid, Espasa, 2003, p. 105

[3] Carlos V de Alemania logró reunir un ejército de 150.000 efectivos a mediados del s. XVI. La tendencia fue la expansión de los ejércitos, de forma que los diferentes Estados contaron con unos crecientes efectivos militares. Francia, por ejemplo, contaba a principios del s. XVII con 150.000, aproximadamente la mitad de los que tenía en aquel entonces la corona de Castilla. A finales de ese mismo siglo las Provincias Unidas tenían un ejército de 110.000 efectivos. Suecia, a mediados del XVII tenía 70.000 efectivos, e Inglaterra en esa misma época contaba con un ejército con más de 70.000 soldados. A principios del s. XVIII la Francia de Luis XIV tenía un ejército de 400.000 soldados, Inglaterra uno de 87.000 y Rusia uno de 170.000. Dadas estas cifras, ¿cabe dudar de que semejantes ejércitos no impusiesen a la economía una fortísima e intensa demanda que favoreciese la creación y desarrollo del mercado?. Childs, John, Warfare in the Seventeenth Century, Washington, Smithsonian Books, 2004. Roberts, Michael, “The Military Revolution, 1560-1660” en Rogers, Clifford J. (ed.), The Military Revolution Debate: Readings on the Military Transformation of Early Modern Europe, Boulder, Westview Press, 1995, pp. 13-36. Parker, Geoffrey, “The “Military Revolution”-A Myth?” en Rogers, Clifford J. (ed.), The Military Revolution Debate: Readings on the Military Transformation of Early Modern Europe, Boulder, Westview Press, 1995, pp. 37-54. No puede negarse el hecho de que existían las confiscaciones para abastecer a los ejércitos, pero generalmente estas se producían en territorio enemigo, y cuando no era así resultaban ser la excepción. Esto último era debido a razones obvias, por un lado porque generaban rechazo entre la población y descontento, circunstancia que podía desencadenar rebeliones internas y socavar el esfuerzo de guerra en la acción exterior del Estado. Pero por otro lado porque los Estados desarrollaron sus propios mecanismos políticos e institucionales mediante los que establecer impuestos con los que sufragar la guerra. De este modo en Europa occidental aparecieron diferentes procedimientos y espacios negociadores para facilitar la recaudación de tributos, y contar así con el consentimiento de los contribuyentes, o por lo menos de las elites sociales encargadas de hacer las correspondientes aportaciones a la hacienda real. En Inglaterra estaba el parlamento, en Francia los estados generales además de los parlamentos regionales, en Alemania la dieta, en Castilla las cortes, etc.

[4] Sombart, Werner, Guerra y capitalismo, Madrid, Colección Europa, 1943

[5] No hay que perder de vista dos aspectos relativos a la innovación tecnológica y su relación con lo militar. En primer lugar, el ejército históricamente ha demostrado ser una institución extremadamente dinámica, lo que se ha reflejado en las nuevas tecnologías militares que ha desarrollado para incrementar su capacidad destructiva y eficacia en el combate. Por esta razón lo militar siempre ha estado unido al desarrollo de la tecnología punta. En segundo lugar, es importante destacar que la innovación tecnológica del ejército también ha encontrado su aplicación en el terreno civil, de forma que muchas de las creaciones que corrieron a cargo de los ejércitos encontraron su salida en la vida civil. Camiones, radio, trenes, telefonía, Internet, etc., son un claro ejemplo, a lo que habría que sumar avances en el terreno médico como las vacunas, material sanitario, etc. Un ejemplo reciente es el caso de la telefonía móvil de última generación, como son los teléfonos móviles inteligentes, que tienen su origen en la industria aeroespacial y en las inversiones del Pentágono. Asimismo, unido a la necesidad de aumentar la producción se desarrollaron máquinas y procesos automatizados dirigidos a abastecer masivamente a los grandes ejércitos modernos. Mazzucato, Marina, El Estado emprendedor, Barcelona, RBA, 2014. Headrick, Daniel R., Los instrumentos del imperio. Tecnología e imperialismo europeo en el siglo XIX, Madrid, Alianza, 1989. Ídem, El poder y el imperio. La tecnología y el imperialismo de 1400 a la actualidad, Barcelona, Crítica, 2001. McNeill, William H., La búsqueda del poder. Tecnología, fuerzas armadas y sociedad desde el 1000 d. C., Madrid, Siglo XXI, 1988. Una investigación que muestra con bastante claridad que históricamente el desarrollo científico-tecnológico ha servido para satisfacer las ansias de poder y de dominación de las élites es la de Jacques Blamont, físico que estuvo involucrado en la creación del complejo militar-industrial francés tras la Segunda Guerra Mundial y en la industria aeroespacial. Blamont, Jacques, Le chiffre et le songe, histoire politique de la découverte, París, Odile Jacob, 1993. Por otro lado, tampoco hay que olvidar el papel que históricamente la intelectualidad, especialmente científicos y otros especialistas, ha desempeñado en el desarrollo de la tecnología militar, lo que en el contexto europeo se vio reforzado por la existencia de universidades desde la Baja Edad Media que en la práctica operaron como materia gris para la aplicación del conocimiento al ámbito militar. Estos son los casos de personajes ilustres como Leonardo Da Vinci o Miguel Ángel. Sobre este aspecto de la innovación tecnológica militar puede encontrarse información en Andrade, Antonio, La edad de la pólvora. Las armas de fuego en la historia del mundo, Barcelona, Crítica, 2017. Otro autor que pone de relieve la importancia decisiva de los ejércitos y la guerra, y en general las rivalidades geopolíticas entre Estados, en el progreso científico y tecnológico es David Cosandey. La diferencia con respecto a otros autores es la relación que establece entre medio geográfico, sistema de Estados, guerra y desarrollo tecnocientífico. Cosandey, David, Le secret de l’Occident: Du miracle passé au marasme présent, París, Arléa, 1997. Aunque algunos de los desarrollos tecnológicas producto de la guerra y del militarismo pueden tener ciertos aspectos positivos, la cuestión de fondo es que fueron generados para satisfacer las necesidades de los ejércitos y del sistema de dominación al que dieron lugar, por lo que los aspectos positivos que eventualmente puedan tener para la población son del todo colaterales y de ninguna manera su principal finalidad. Al fin y al cabo es sabido que las fábricas de tractores y coches pueden ser fácilmente reconvertidas en fábricas de tanques, las industrias de fertilizantes en caso de guerra son rápidamente transformadas en fábricas de explosivos, la industria farmacéutica es muy funcional para la fabricación de armas químicas y bacteriológicas, y así sucesivamente. Algunas reflexiones de interés sobre la relación entre la tecnología y lo militar pueden encontrarse en Rodrigo Mora, Félix, Seis estudios. Sobre política, historia, tecnología, universidad, ética y pedagogía, Editorial Brulot, 2010. Acerca de los efectos que el mundo técnico actual tiene sobre el individuo es recomendable la lectura de Ellul, Jacques, La edad de la técnica, Barcelona, Octaedro, 2003

[6] Hoffman, Philip T., “Prices, the Military Revolution, and Western Europe’s Comparative Advantage in Violence” en Asia in The Great Divergence Vol. 64, Nº S1, 2011, pp. 39-59. Ídem, “Why is It that Europeans Ended Up Conquering the Rest of the Globe? Prices, the Military Revolution, and Western Europe's Comparative Advantage in Violence” 23 de octubre de 2006, p. 10. http://www.riseofthewest.net/dc/dc289hoffman23oct06.pdf

[7] El primer banco central fue el de Suecia, fundado en 1668. Sin embargo, este modelo de banco central fracasó al basar el respaldo de su crédito en los bienes de la corona. El primer banco central de éxito fue el de Inglaterra fundado en 1694, y siguió el modelo de deuda pública que previamente se había desarrollado en los Países Bajos. Hasta entonces había prevalecido una política mercantilista de atesoramiento de metales preciosos, como oro y plata, en tiempos de paz para disponer de una reserva lo suficientemente grande con la que en caso de guerra poder respaldar el gasto de las campañas militares. Pero esta práctica no se adaptaba a una economía cada vez más comercial para hacer frente a los esfuerzos de guerra. Recordar que el Banco de Inglaterra fue fundado durante la guerra que este país mantenía con la Francia de Luis XIV, de modo que fue decisivo para vencer en dicha contienda. Dickson, Peter G. M., The Financial Revolution in England: A Study in the Development of Public Credit 1688-1756, Londres, S. Martin’s Press, 1967

[8] La cita textual de Tilly es la siguiente: “War made the state, and the state made war”. Tilly, Charles, “Reflections on the...”, Op. Cit., N. 1, p. 42. Otro autor que puso de manifiesto sin ambages de ningún tipo que el origen del Estado es la guerra, y que en su comienzo fue una organización militar, es Otto Hintze. Recomendamos la lectura de Hintze, Otto, “Organización Militar y Organización del Estado” en Revista Académica de Relaciones Internacionales Nº 5, 2007 (https://revistas.uam.es/index.php/relacionesinternacionales/article/view/4868/5337). De hecho, los Estados, hasta bien entrado el s. XX, fueron fundamentalmente organizaciones militares si nos atenemos al gasto presupuestario, de forma que muy tardíamente desarrollaron su dimensión civil en el terreno de los servicios. Los datos que muestran esta realidad son claros y abundantes, del mismo modo que la bibliografía que analiza esta dimensión del Estado es abrumadora. Aquí apuntamos una interesante síntesis recogida en Mann, Michael, Las fuentes del poder social, Madrid, Alianza, 1991, Vol. 1, pp. 590-617. En esta misma línea de investigación, en la que la guerra es la que origina el Estado, encontramos una abundante bibliografía, por lo que aquí sólo destacaremos algunas obras para quien quiera profundizar en esta cuestión. Rasler, Karen A. y William R. Thompson, War and State Making: The Shaping of the Global Powers, Londres, Unwin Hyman, 1989. Ídem, “War Making and the State Making: Governmental Expenditures, Tax Revenues, and Global Wars” en American Political Science Review Vol. 79, Nº 2, 1985, pp. 491-507. Porter, Bruce, War and the Rise of the State: The Military Foundations of Modern Politics, Nueva York, The Free Press, 1994. Hintze, Otto, Historia de las formas políticas, Madrid, Revista de Occidente, 1968. Rodrigo Mora, Félix, La democracia y el triunfo del Estado, Morata de Tajuña, Editorial Manuscritos, 2011

[9] Kennedy, Paul, Auge y caída de las grandes potencias, Barcelona, Debolsillo, 2013. Otro autor que se muestra coincidente con Kennedy en algunos puntos de su explicación es Philip Hoffman, quien afirmó que las probabilidades de ganar una guerra dependen del gasto militar, con lo que a más gasto mayores probabilidades de victoria. Así, la victoria en la guerra depende de los recursos que cada oponente puede reunir, sin olvidar tampoco los correspondientes costes políticos que entraña. Hoffman, Philip T., ¿Por qué Europa conquistó el mundo?, Barcelona, Crítica, 2016, p. 35. Este autor se basó, a su vez, en lo recogido en una investigación acerca del gasto militar y los conflictos en Garfinkel, Michelle R. y Stergios Skaperdas, “Economics of Conflict: An Overview” en Sandler, Tod y Keith Hartley (eds.), Handbook of Defense Economics, Ámsterdam, Elsevier, 2007, Vol. 2, pp. 649-709

[10] Otro autor que desentraña la íntima relación entre capitalismo y militarismo es Michael Mann, quien hizo un interesante análisis a partir del enfoque basado en las rivalidades geopolíticas-militares de los Estados, al mismo tiempo que señaló las incongruencias del marxismo acerca de esta cuestión, así como la inconsistencia de la teoría de los liberales acerca de la existencia de un capitalismo pacífico. Mann, Michael, “Capitalism and Militarism” en Mann, Michael, States, War and Capitalism, Oxford, Basil Blackwell, 1988, pp. 124-145

[11] Sobre el papel de la economía en el sistema de dominación estatal y su papel instrumental al servicio de los fines del Estado consultar: “Liberalismo y marxismo: dos caras de la misma moneda” https://www.portaloaca.com/articulos/anticapitalismo/13922-liberalismo-y-marxismo-dos-caras-de-la-misma-moneda.html

[12] Gilpin, Robert, War and Change in World Politics, Cambridge, Cambridge University Press, 1981. Waltz, Kenneth, “Globalization and American Power” en The National Interest verano, 2000, pp. 46-56. En la misma línea que estos autores se manifestó John Mearsheimer desde el denominado realismo ofensivo, al señalar la existencia de dos tipos de poder en un Estado: el poder latente y el poder militar. Así, el poder latente lo constituye la riqueza de un Estado y el tamaño de su población, es decir, los recursos socioeconómicos sobre los que es construido el poder militar. Mearsheimer, John J., The Tragedy of Great Power Politics, Nueva York, W. W. Norton, 2014, pp. 55-82. Otro autor que también desde una perspectiva realista afirma que la riqueza de un Estado es aquella sobre la que es construido el poder militar es Fareed Zakaria, quien analizó las razones por las que EEUU llegó a convertirse en una potencia mundial. Zakaria, Fareed, De la riqueza al poder. Los orígenes del liderazgo mundial de Estados Unidos, Barcelona, Gedisa, 2000

[13] https://militarybenefits.info/2019-defense-budget/ Conviene decir que la aprobación del presupuesto del Pentágono para 2019 fue llevada a cabo con una gran celeridad en el Congreso que no se recordaba desde hacía al menos 40 años, gracias a un acuerdo entre los dos partidos, demócrata y republicano, que escenificaron la unidad que existe en el directorio político en torno a la misión de esta institución, y reflejaron al mismo tiempo la preeminencia que el ejército tiene en la escena política estadounidense. Para hacerse una idea de la dimensión del gasto militar y del militarismo en EEUU, los presupuestos generales del Estado español son aproximadamente la mitad de los del Pentágono. Por último, añadir que estos presupuestos militares significaron un incremento de la dotación con respecto a la que habían contado en años anteriores.

[14] Sobre la capacidad del Pentágono de intervenir en la vida económica, política y social de EEUU cabe recomendar la lectura de una obra sociológica brillante e ilustrativa como Mills, Charles W., La elite del poder, México, Fondo de Cultura Económica, 1957, pp. 166-213

[15] La militarización no sólo de la economía sino del conjunto de la sociedad constituye una tendencia histórica que está inscrita en el proceso de construcción del Estado moderno. Ya a principios del s. XX, con motivo de la Primera Guerra Mundial, comenzó a hablarse de la movilización total, idea que apareció en Alemania fruto de la experiencia que supuso la guerra industrial, y que hacía referencia al incremento máximo de la capacidad de movilización de recursos de los Estados por influjo de la combinación de la técnica y de la guerra. Ernst Jünger fue quien desarrolló este concepto ampliamente al identificar la figura del trabajador con la del soldado en el marco del Estado total. Jünger, Ernst, El trabajador. Dominio y figura, Barcelona, Tusquets, 2003. Ídem, Sobre el dolor seguido de La movilización total y Fuego y movimiento, Barcelona, Tusquets, 1995. Ver también otra obra más temprana en la que la idea de movilización total apareció con bastante claridad: Ídem, Tempestades de acero, Barcelona, Tusquets, 2005. Dicho todo esto nos encontramos con que la modernización del Estado ha sido impulsada por el militarismo, y ha desarrollado la militarización de la sociedad al organizarla por y para la guerra, tal y como hoy ocurre en EEUU, lo que ha hecho que la guerra se desarrolle en dos frentes diferentes pero íntimamente unidos: el frente de la producción económica y el frente del campo de batalla, donde el primero hace posible el segundo mientras el segundo impulsa el desarrollo del primero.

[16] Una investigación de carácter histórico y de obligada lectura que aborda el peso político del Pentágono en la política estadounidense es la de Carroll, James, La casa de la guerra. El Pentágono es quien manda, Barcelona, Crítica, 2007

[17] Desgraciadamente parece que existe mucha más honestidad intelectual entre algunos militaristas que entre los elucubradores de ideologías de toda laya. En lo que a esto respecta cabe destacar que Heinrich von Treitschke afirmó que mientras existan Estados continuarán produciéndose guerras. Textualmente dijo lo siguiente: “War, therefore, will endure to the end of history, as long as there is multiplicity of States”. Treitschke, Heinrich von, Politics, Nueva York, Macmillan, 1916, Vol. 1, p. 65

[18] Esto es consecuencia del poder que concentra el ejército y que hace que las decisiones cruciales sean tomadas por los altos mandos militares. Pues, como decíamos antes, EEUU es un país muy militarizado, no sólo por la acción del Pentágono sino también por la existencia de ejércitos de los Estados. Así, nos encontramos con la Guardia Nacional, por un lado, y por otro lado con las fuerzas armadas de los Estados que están exclusivamente bajo el control de los gobernadores. En cualquier caso su impacto económico es mucho más limitado que el del Pentágono, sobre todo al no estar activas en todos los Estados, y al ser en la práctica una especie de ejércitos de reserva. Al margen de esto, para comprender el peso político que el ejército y, en general, el complejo de seguridad nacional organizado en torno al Pentágono tiene, unido al papel desempeñado por las agencias de seguridad como los servicios de espionaje, el cuerpo diplomático, etc., es recomendable y necesaria la lectura de una investigación que deja bien claro que quienes toman las decisiones importantes en este país es la burocracia del entramado de seguridad nacional estadounidense, es decir, los altos mandos militares en coalición con los jefes de las agencias de espionaje, las agencias policiales, el departamento de Estado, etc., de forma que las instituciones formales establecidas en la constitución tan sólo son una pantalla que oculta esta realidad. Glennon, Michael J., National Security and Double Government, Nueva York, Oxford University Press, 2015. Lo que ocurre en EEUU no es nuevo, sobre todo si tenemos en cuenta que forma parte del proceso histórico de construcción del Estado moderno, en el que el militarismo constituye un elemento central y decisivo del mismo. Esto ya fue destacado por el periodista francés Joseph Fiévée a principios del s. XIX al hacer referencia al cambio en el lenguaje. Prueba de esto es que antes, en tiempos de paz, se llamaba a los ejércitos fuerzas militares, y sólo se hablaba de ejércitos en tiempos de guerra. Este cambio fue generalizado por la revolución francesa, y más concretamente por Napoleón, lo que era el reflejo de la militarización en curso de la sociedad al haber sido llevada a un estado de guerra permanente. “On disoit autrefois les forces militaires de la France, de la Russie, de l'Espagne, de l'Autriche, de la Prusse, pour désigner la troupe de ligne que chacune de ces nations tenoit sous les armes en temps de paix; et le mot armée ne s'employoit jamais qu'en temps de guerre, et pour la partie qui se battoit; encore chaque armée prenoitelle un nom distinct, soit du pays auquel s'appliquoient plus particulièrement ses opérations, soit du chef qui la commandoit. Ce n'est certainement que depuis Buonaparte qu'on a appelé collectivement, en temps de paix comme en temps de guerre, les forces militaires de la France, l'armée; et cet exemple paroît avoir été suivi par toute l'Europe. On plaide aujourd'hui pour l'armée, on parle à l'armée, on fait parler l'armée”. Fiévée, Joseph, Correspondance politique et administrative, París, Le Normant, 1816, Vol. 1, p. 99. Más información sobre esta cuestión puede encontrarse en Jouvenel, Bertrand de, Los orígenes del Estado moderno. Historia de las ideas políticas en el siglo XIX, Toledo, Editorial Magisterio, 1977, pp. 162-173

[19] Es mucho lo que se ha discutido sobre esta cuestión. Lo cierto es que independientemente de los fines que eventualmente un Estado pueda asumir en su política internacional tenderá a aumentar su poder a nivel inmediato para alcanzarlos. “Cualesquiera que sean los fines últimos de la política internacional, el poder es siempre el fin inmediato”. Morgenthau, Hans J., La lucha por el poder y la paz, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1963, p. 43. Al fin y al cabo esto obedece a la naturaleza del Estado como institución cuya principal actividad es el poder y su maximización. Tal y como señaló el politólogo sueco Rudolf Kjellén, “el Estado no se ocupa de sus varias actividades (educación, obra social, etc.), con propósitos éticos o por el interés de sus ciudadanos, sino en su propio beneficio para fortalecerse interior y exteriormente, para tener poder”. Citado en Atencio, Jorge E., Qué es la geopolítica, Buenos Aires, Editorial Pleamar, 1986, pp. 110-111. Una investigación que aborda pormenorizadamente la naturaleza del Estado como institución de poder y para el poder es Jouvenel, Bertrand de, Sobre el poder. Historia natural de su crecimiento, Madrid, Unión Editorial, 2011. Por otra parte no hay que olvidar que la naturaleza del poder es la dominación, pero esta presenta múltiples facetas debido a que la complejidad de la condición humana exige que, para el completo sometimiento del individuo a un sistema de mando total, sean utilizados instrumentos heterogéneos de sumisión. Debido a esto nos encontramos con diferentes poderes como el político (que se divide en ejecutivo, legislativo y judicial), el militar, el ideológico, el tecnológico, el económico, etc. Algunas observaciones de interés sobre esta cuestión pueden encontrarse en Bobbio, Norberto, Estado, gobierno y sociedad. Por una teoría general de la política, México, Fondo de Cultura Económica, 1996, pp. 104-116. Rodrigo Mora, Félix, Seis estudios. Sobre..., Op. Cit., N. 5, pp. 249-250

[20] Esto ya fue dicho por el revolucionario ruso Mijail Bakunin, quien afirmó lo siguiente: “El Estado moderno es necesariamente, por su esencia y su objetivo, un Estado militar; por su parte, el Estado militar se convierte también, necesariamente, en un Estado conquistador; porque si no conquista él, será conquistado, por la simple razón de que donde reina la fuerza no puede pasarse sin que esa fuerza obre y se muestre”. Bakunin, Mijail A., Estatismo y anarquía, Barcelona, Folio, 2002, p. 52.

martes, marzo 12

Samba, un nombre borrado


En los últimos años, en paralelo con el blindaje de las fronteras, ha aumentado el número de personas que pierden la vida cuando intentan ingresar a Europa. Según datos de United for Intercultural Action, hasta el 30 de septiembre de 2018, 35.597 personas han muerto ahogadas en el Mediterráneo. Open Arms (que al cierre de esta edición sigue varada en puerto porque el gobierno español no le autoriza a salir a efectuar rescates) calcula que al día fallecen ocho personas.

Estas muertes a menudo se registran cuando el mar lleva sus cuerpos a las playas españolas. En la mayoría de los casos, el protocolo seguido con estos individuos es registrarlos, en el cementerio más cercano, con el identificador de “Young, Male, Black Race” (“joven, varón, de raza negra”).

Mahmoud, un joven senegalés que llegó a Europa en 2005 tras saltar la valla de Ceuta, investiga en este documental la muerte de Samba, paisano suyo que desapareció el 6 de febrero de 2014 mientras intentaba cruzar a nado la frontera de El Tarajal y la Guardia Civil hizo uso de material antidisturbios para impedir su entrada (www.todoporhacer.org/¡no-se-han-ahogado-han-sido-asesinados/).

En esta búsqueda, Mahmoud hará el camino inverso al que realizó en su aventura migratoria. Durante su ruta reconstruye lo ocurrido y podremos ponerle rostro a Samba, a través de las entrevistas a sus familiares y amigos, así como de numerosas activistas y abogadas.

Dirección: Mariano Agudo. 
Intermedia Producciones. 
Octubre 2017. 
Duración: 90 min.


sábado, marzo 9

Dentro del matadero: una investigación sobre la matanza industrial de animales en España



El matadero moderno ha sido diseñado para acabar con la vida del mayor número de animales a la mayor velocidad posible. La matanza industrial de animales es un gigantesco negocio y algunas de estas factorías, cada vez más tecnificadas y con equipamientos cada vez más modernos y especializados, llevan a la muerte a miles de ellos cada día. El matadero propiedad del Grupo Jorge, Le Porc Gourmet, mata 13.000 cerdos en una jornada; Veravic, de la sociedad Ibergallus 80.000 pollos; Faccsa ha iniciado los trámites para construir un matadero en Andalucía con un volumen de matanza que alcanzará los 40.000 cerdos. Son algunos de los mataderos con mayor producción del Estado Español y ayudan a hacerse una idea del ritmo de explotación y exterminio de la industria.

Entre noviembre del año 2016 y octubre del año 2018 he accedido a 16 mataderos del Estado español. Dentro de ellos he podido documentar la matanza de vacas, cerdos, corderos, pollos y conejos. El material que se presenta tiene como fin exponer, frente al oscurantismo y la propaganda de la industria cárnica, la violencia institucional y sistemática que padecen los animales en los mataderos. Aporta información relevante al debate que, promovido por el movimiento antiespecista, cuestiona la legitimidad de la explotación animal y aboga por su abolición.
Industria cárnica: hermetismo y poder de influencia

La preocupación social por los abusos que sufren los animales en granjas y mataderos está creciendo progresivamente y las imágenes de violencia cometidas contra ellos ocupan cada vez más espacio en los medios de comunicación. Estas imágenes son generalmente obtenidas por activistas investigadores que, mediante engaños con los que consiguen acceder cámara en mano a estos lugares, o mediante el uso y colocación de cámaras ocultas, exponen al público la realidad de una industria cada vez más blindada a la vista de los consumidores.

El debate sobre el especismo —la discriminación y la consecuente opresión que padecen los animales— y el movimiento social que ha nacido para enfrentarlo, no se hallarían en su estado actual sin la existencia de las investigaciones gráficas llevadas a cabo por organizaciones y activistas. Estas han ayudado a personas de todo el mundo a tomar conciencia sobre las atrocidades que se producen tras los muros de los mataderos y, consecuentemente, les han hecho involucrarse en la defensa de los animales.

Los constantes abusos que recogen las imágenes no son casos aislados de maltrato animal sino que forman parte de un régimen de explotación sistemática que cuenta con respaldo institucional. Este tipo de investigaciones están deteriorando la imagen de los negocios cárnicos y causando pérdidas millonarias. Con el fin de que estas imágenes nunca vean la luz, los gerentes de las empresas cárnicas reciben directrices específicas que pretenden evitar que activistas encubiertos sean contratados y accedan a sus instalaciones.

Todo adquiere sentido cuando conocemos los números que engrosan las arcas de la industria cárnica en el Estado español y entendemos la influencia que ejercen los grandes grupos empresariales sobre los poderes públicos. Con una cifra de negocio de 24.000 millones de euros, el negocio de la carne es el cuarto sector industrial del país y lo sitúa como uno de los mayores productores a nivel mundial.



La investigación

Durante tres años he logrado acceder a más de ochenta mataderos y he tenido que ganarme la confianza de cada uno de sus responsables. No ha sido fácil. Si hubiera acudido con la intención expresa de mostrar la matanza de animales al público, no me hubiesen permitido la entrada a ninguno.

En muchos de ellos he sido acompañado por algún responsable del matadero que ha hecho la labor de vigilante, y en algunos se me ha prohibido la entrada a las zonas donde el sufrimiento de los animales se hace más patente, como el cajón de aturdimiento o el área de degüello.

En noviembre del año 2016, meses antes de partir a México a finalizar la que ha sido recogida por los medios como “la mayor investigación gráfica realizada sobre mataderos”, comenzaba otra investigación paralela en el Estado español. Parte de la misma la he llevado a cabo en colaboración con NOR, un colectivo antiespecista vasco de reciente creación que en esos momentos se encontraba preparando su presentación pública con una investigación en mataderos. Así mismo, todas las visitas las he realizado junto a Linas Korta, el compañero que ha filmado parte de las imágenes del reporte audiovisual.

Hemos llamado a muchas puertas, algunas pertenecientes a grandes mataderos, pero nuestros intentos en estos han resultado en vano. En los últimos años, y especialmente desde la emisión del reportaje en Salvados sobre la industria cárnica, el hermetismo de la industria se ha multiplicado. Saben a que se exponen y no quieren cámaras dentro sus instalaciones. Pese a todo, nos hemos ganado la confianza de algunos de ellos y hemos logrado acceder a dieciséis mataderos ubicados en la zona norte del Estado Español.

Las imágenes obtenidas son una muestra de la violencia estructural y la explotación sistemática que se ejerce contra los animales en estos lugares. Las descargas eléctricas, los disparos de bala cautiva o los baños de agua electrificada son procedimientos estandarizados que, por brutales que parezcan, forman parte de la actividad regular de cualquier matadero.

Algunas de estas imágenes reflejan prácticas, como el degüello de animales conscientes o la quema de un cerdo vivo con soplete, que contravienen la normativa de protección animal. Puede que no se repitan en todos los mataderos, pero las investigaciones previas realizadas —algunas de ellas citadas en este trabajo— han constatado que el incumplimiento de la normativa es más habitual de lo que nos hacen creer. Todas estas muertes son representativas del principio de explotación bajo el que opera la industria cárnica donde los animales son tratados como meras máquinas de producción y lo último que importa es su bienestar.



Nuestra complicidad les ampara

La industria cárnica esconde de forma deliberada la explotación y matanza de animales. Miente sobre como son tratados en sus nauseabundos mataderos y granjas. Mediante la implementación de sellos de bienestar animal y etiquetas como “libres de jaulas” o “en libertad” pretende hacernos creer que los animales son protegidos precisamente en los lugares donde se acaba con sus vidas.

Llevo años visitando centros de explotación animal. He saltado muros de granjas industriales junto a activistas durante sus investigaciones. He viajado dentro de camiones cargados de vacas y accedido a casi un centenar de mataderos. En ellos he sido testigo de los innumerables abusos y agresiones que sufren los animales y he constatado la explotación sistemática que padecen. No hay lugar para el bienestar en ninguna granja ni en ningún matadero.

La aparente preocupación de la industria ganadera por el trato que reciben los animales es solo propaganda. Una parte más de su estrategia de ventas. Conoce al detalle lo que sucede en sus instalaciones y no tiene ningún interés en protegerlos porque eso supondría su fin.

Sin embargo, su negocio no puede funcionar sin la complicidad de quienes demandan sus productos. Muchos intuimos, o ya sabemos, que hay algo éticamente inaceptable tras esos muros, pero elegimos mirar hacia otro lado y aceptamos su versión. Justificamos atroces formas de violencia hacia determinados animales que nunca toleraríamos hacia otros. Si el animal al que sumergimos la cabeza en un tanque de agua electrificada o al que disparamos en un cajón de aturdimiento fuera de otra especie —como un perro o un gato, por ejemplo— seríamos acusados de maltrato animal e incluso llevados ante un tribunal.

En los mataderos se perpetra la mayor forma de violencia y de abuso cometida contra animales terrestres. Una explotación que opera bajo el paraguas ideológico del especismo, la opresión histórica que sufren los animales.

Las imágenes presentadas en este informe abren una ventana al hermético mundo de la ganadería industrial y han sido realizadas con el fin de aportar herramientas con las que hacer frente a la explotación que sufren millones de animales.

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Hace dos meses, Aitor Garmendia, presentaba su investigación sobre los mataderos en nuestro país. Si estás en Madrid, puedes acudir a la proyección que se realizará el 30 de marzo en el Local Anarquista Magdalena a las 18 y 19 h, en c/ Dos Hermanas 11, Lavapiés.



miércoles, marzo 6

¿Raíces cristianas de Europa?


A propósito de las raíces cristianas de Europa oímos demasiado a menudo decir que las instancias políticas que hoy declaran compartir los países europeos, el “pluralismo”, la “pasión por la libertad”, se enraízan en el cristianismo, en el sentirse partícipes de una historia común que ha hecho del cristianismo el foco en torno al que se ha definido Europa, y que Europa es deudora del cristianismo porque, se quiera o no, le ha dado forma, significado y valores.

A quien ama la cultura y el arte, y conoce un poco de historia, estas afirmaciones le parecen falsas y engañosas, lo mismo que las ostentaciones de las propias raíces cristianas por parte de los políticos y gobernantes nada sospechosos de apoyar la libertad y la solidaridad. Basta con abrir cualquier libro de historia antigua para comprobar que el cristianismo se impuso gradualmente sobre tradiciones culturales, como la griega, la romana, las orientales, que durante milenios habían producido obras filosóficas, artísticas y científicas, impulsando el desarrollo de las matemáticas y de la lógica, dando los primeros pasos en las ciencias naturales. Basta con ir más allá de las hagiografías y de las leyendas construidas por el cristianismo mismo y adentrarse un poco en la historia de los descubrimientos, de los escritos y de los documentos para entender que el cristianismo no se desarrolló en una sociedad sin formas, significados y valores, y que por eso mismo, desde el primer momento de su afirmación, impuso sus dogmas irracionales.

¿Qué nos cuenta la Historia? Los documentos y los descubrimientos nos hablan de una cultura nacida en Atenas un milenio antes, difundida en las ciudades más importantes del Mediterráneo a través de las escuelas de insignes filósofos, las obras de famosos escultores y los templos de los grandes arquitectos, y prácticamente anulada por el cristianismo de los primeros siglos. Todavía hoy lamentamos los daños que los Padres de la Iglesia infligieron a la civilización helénica en poco más de doscientos años.

En poco menos de dos siglos, del Edicto de Constantinopla, que legalizaba el culto cristiano, al de Salónica, que lo declaraba culto oficial del Imperio, hasta el de Justiniano, con el que se cierra la antigua escuela filosófica de Atenas, una buena parte de aquel patrimonio cultural fue destruida o entregada a las llamas.

La Historia nos cuenta que apenas entra el cristianismo en los centros de poder, inaugura una violenta intolerancia religiosa, nunca vista antes, hacia tanta cultura “pagana” y contra quienes, pagándolo con la vida, rechazaban adherirse a este nuevo pensamiento absolutista. Muchos de ellos, efectivamente, fueron torturados o asesinados.

Ya con Constantino comenzó una obra de destrucción de templos, de estatuas y de textos de la cultura helenística. Su sucesor, el emperador Constancio, ordenó la pena de muerte para quienes practicaran sacrificios o idolatría. El emperador Flavio ordenó quemar la biblioteca de Antioquía y decretó la pena de muerte para todos los paganos que practicasen el culto antiguo a los dioses ancestrales o la adivinación. Bien pronto se confiscan las propiedades de los templos paganos y se condena a la pena capital a todos aquellos que practiquen rituales paganos, incluso si lo hacen privadamente. Y con el Edicto de Teodosio, que convertía el cristianismo en religión exclusiva del Imperio Romano, prohibiendo las demás religiones, la destrucción de la cultura helenística y la supresión del paganismo se convierten en razón de Estado.

Con la autorización del obispo de Milán, San Ambrosio, para que destruya todos los templos no cristianos y construya iglesias sobre sus cimientos, todo obispo del Imperio está implícitamente autorizado a destruir templos y a perseguir a los “paganos”, a los cristianos heterodoxos, a los apóstatas del cristianismo y a los epicúreos, que sostenían la teoría atomística de Demócrito. En el año 385 se ordenó la pena de muerte para los arúspices; en 391, desde Milán, el emperador Teodosio promulgó un decreto que impedía el acceso a los templos “paganos”, aunque solo fuese para admirar obras de arte: “Nadie viole la propia pureza con ritos sacrificiales, nadie inmole a víctimas inocentes, nadie se acerque a los santuarios, entre en los templos y vea las imágenes esculpidas por mano mortal para que no se haga merecedor de sanciones divinas y humanas”.

Con los edictos y decretos de los emperadores cristianos sucesivos se asiste a una cruel y despiadada anulación de la cultura existente.

En todas las ciudades del Mediterráneo, en Alejandría, en Constantinopla, en Roma y en Atenas comienzan a proliferar turbas de fanáticos cristianos incitados por personajes que en su mayoría serán declarados santos o Padres de la Iglesia. Piénsese en el papel del obispo Cirilo durante el feroz linchamiento de la filósofa neoplatónica Hipatia, ocurrido en Alejandría en el siglo V a manos de una banda de fundamentalistas cristianos denominados parabolanos, que según diversas fuentes estaban al servicio del obispo elevado después a los altares. Se puede incluso dudar de que haya sido el propio Cirilo quien ordenase el brutal asesinato, pero lo que no se puede negar es que los parabolanos eran los secuaces del obispo en la destrucción de la cultura “pagana”. San Porfirio, obispo de Gaza, demolió casi todos los templos paganos de la ciudad. Así como en Alejandría, bajo el mando del obispo Teófilo, los fanáticos cristianos, con los mismo medios (piedras afiladas y barras de hierro) destruyeron el admirable templo de Serapis, del que Amiano Marcelino había escrito: “Su esplendor es tal que las simples palabras le harían injusticia”.

Una buena parte de la biblioteca más grande del mundo, la de Alejandría, fue destruida. Había sido la primera biblioteca pública y en un tiempo llegó a albergar centenares de miles de textos.

Se ha necesitado más de un milenio para que otra biblioteca pudiese acercarse a tal enormidad. Arquímedes, Euclides, Eratóstenes, Calímaco y Aristarco de Samos, que había propuesto el primer modelo heliocéntrico del sistema solar, habían estudiado allí. Incluso Teón, famoso matemático de la época, y padre de Hipatia, se había formado en aquella biblioteca. En poco tiempo fueron cerradas casi todas las bibliotecas públicas del Imperio, pero no se contentaron con eso: las bandas cristianas incluso irrumpían en las casas de los sospechosos “paganos”. Amiano Marcelino refiere con disgusto y dolor que “innumerables libros y montones de documentos fueron apilados y quemados”. Se destruyeron o eliminaron de la Historia estudios de física, de matemáticas o de ciencias naturales que habrían podido contribuir a ofrecer a la humanidad un futuro diferente de aquel que se bosquejaba: ¡el Medioevo! Ante tanto desastre, Palada, famoso poeta y gramático del siglo IV, se preguntaba: “¿No es seguramente cierto que estamos muertos y que nosotros, los griegos, parece que tengamos solo una sombra de vida (…) o estamos vivos y es la vida la que está muerta?”

Los escritos de muchos filósofos fueron censurados y sus obras consideradas fuera de la ley y destruidas en su mayor parte.

El obispo Marcelo aterrorizaba con sus bandas arrasando templos helénicos, santuarios y altares. Entre otros, fueron destruidos el templo de Odesa, el Cabeireion de Imbros, el templo de Zeus de Apamea, el de Apolo en Dídimos y todos los de Palmira. En la reciente incursión fundamentalistas del ISIS en Palmira, Occidente se ha escandalizado por la atrocidad desarrollada, olvidando o ignorando que la gran atrocidad en aquella ciudad ya fue cometida en el siglo V por una banda de fanáticos cristianos. Primero destruyeron uno de los más admirables templos dedicados a Atenea. La estatua fue decapitada, le cortaron la nariz y redujeron a pedazos su característico casco, troncharon sus brazos a la altura de la espalda, arrancaron del suelo el altar y lo destruyeron.

El emperador Valente ordenó una persecución tremenda contra los paganos en toda la parte oriental del Imperio. En Antioquía fueron ajusticiados, junto a otros muchos paganos, el exgobernador Fidustio y los sacerdotes Hilario y Patricio, y torturados o asesinados miles de inocentes que simplemente rechazaban traicionar el culto tradicional de sus antepasados.

Se queman numerosos libros en las plazas de las ciudades del Imperio. Se persigue a todos los amigos del emperador Juliano el Apóstata (Orebasio, Salustio, Pegasio, etc.), último emperador pagano. El filósofo Simónides fue quemado vivo y el filósofo Máximo fue decapitado. El emperador, entre otras cosas, ordenó al gobernador de Asia, Fisto, que exterminara a quienes no se convirtieran al cristianismo, y que se destruyeran todas las obras paganas que se encontraran. La gente, aterrorizada, comenzó a quemar por decisión propia sus bibliotecas para escapar del peligro.

Millares de inocentes paganos en todo el Imperio fueron asesinados en el campo de concentración de Esquitópolis. “Y de las más remotas localidades del Imperio venían encadenados innumerables ciudadanos de toda edad y clase social. Y muchos de ellos morían en el recorrido o en las prisiones locales. Y los que conseguían sobrevivir, acababan en Esquitópolis, una remota ciudad de Palestina, donde estaban emplazados los instrumentos para las torturas y las ejecuciones”, escribe Amiano Marcelino.

Eran barbudos vestidos de negro. Cuando llegaban, aterrorizaban, destruían, mataban y deportaban.

Cuando destruían un lugar sagrado, implantaban cerca una fábrica de cal que se aprovechaba reduciendo a polvo estatuas y decoraciones marmóreas. El templo de Venus de Roma en la Vía Sacra tuvo este fin junto a otros muchos. En los museos de todo el mundo no es difícil encontrar obras del gran Fidias o de Praxíteles decapitadas y devastadas por fanáticos cristianos. El mismo San Agustín escribía: “En efecto, que sea suprimida toda superstición de los paganos, Dios lo quiere, Dios lo manda, Dios lo ha establecido”.

Los restos y los documentos sobre la destrucción de templos en los primeros siglos del cristianismo cuentan cómo en la ciudad de Atenas fue profanada la colosal estatua de la diosa Atenea en la Acrópolis, y que las esculturas y los mármoles del Partenón corrieron la misma suerte. Una gran estatua de Afrodita fue desfigurada con una tosca cruz tallada en la frente, los ojos devastados y la nariz hecha pedazos. En poco más de un siglo desaparecieron las más bellas esculturas.

En Cirene fue profanado el antiguo templo de Démeter. En Esparta se mutiló una estatua colosal de Hera, y la cara se desfiguró con cruces. No fueron respetados ni siquiera los bosques consagrados a alguna divinidad: esos templos naturales de paz fueron destruidos y en muchos casos talados los árboles. En Constantinopla, un antiguo templo de Afrodita fue destruido y adaptado a garaje para las bigas de un burócrata cristiano. En Cartago, el templo de la diosa Juno Celeste, identificada con la antigua diosa Tanit, fue abatido junto a los demás santuarios de la ciudad. Incluso algunos instrumentos musicales fueron censurados y prohibidos, como las flautas, en particular la flauta doble dionisíaca (flauta de Pan), considerada instrumento de los “músicos del diablo”.

Pan, Dionisios, Démeter y todas las divinidades ligadas a la tierra, a la reproducción, al despertar de la primavera y al goce de los sentidos se habían convertido en expresiones del demonio, e impedimento para alcanzar el paraíso del otro mundo. Es útil recordar que en los primeros siglos los cristianos inscribían en sus sepulcros solamente la fecha de su muerte, para demostrar que el único acontecimiento de su vida era la unión con Dios, mientras que los “paganos” ponían los años, meses y días del difunto para revelar las posibilidades que había tenido esa persona para ser feliz.

A pesar de todo, los restos y documentos que poseemos son solo la mínima parte que ha sobrevivido a siglos de devastación. Jamás sabremos cuánto se ha destruido realmente ni cuántas víctimas ha producido realmente el cristianismo; quedan algunas pruebas, pero mucha documentación se ha perdido. Los cristianos no solamente desfiguraban el objeto de su odio, sino que también suprimían cualquier traza de ese mismo objeto; los textos conservados en los templos no tenían un destino mejor. En las hagiografías cristianas, quien guía y alienta estas correrías raramente viene descrito como una figura violenta y brutal: los adjetivos que se emplean son “celoso”, “pío” o “enfervorizado”.

En Alejandría, como sucedía en otras ciudades, las fuentes cristianas relatan que tras la destrucción del templo de Serapis, “muchos paganos, habiendo condenado este error y dándose cuenta de su maldad, abrazaron la fe de Cristo como religión verdadera”. En cambio, los escritores “paganos” afirman que los ciudadanos eran aterrorizados y se convertían por miedo. Libanio, famoso orador de la época, protestó con contundencia: “Hablan de conversiones aparentes, no de conversiones reales. Sus ‘conversos’ en realidad no han cambiado, solo disimulan haber cambiado. ¿Qué ventajas han obtenido cuando la adhesión a la doctrina es una cuestión de palabras privadas de realidad? En casos similares, es necesaria la persuasión, no la constricción”. Pero para la Iglesia las ventajas eran indiscutibles, esa estrategia violenta estaba aumentando de modo exponencial las filas de los conversos. Las altas esferas eclesiásticas, más que preocuparse por la violencia utilizada, temían que los conversos, una vez pasado el miedo, volvieran a sus antiguas religiones. Para mantener estas falsas conversiones se decretó la pena de muerte para quienes fueran sorprendidos en sus antiguos templos una vez convertidos.

Cuando Constantino “vio” la cruz en el cielo, la gran mayoría del pueblo era pagana, y los cristianos eran una exigua minoría. Los cálculos de los historiadores nos dan cifras entre el siete y el diez por ciento del total de la población del Imperio. Apenas dos siglos después, los cristianos eran ya la mayoría. Y si nos preguntamos cómo ha podido una cultura tan importante cambiar sus propias creencias y el propio saber en tan poco tiempo, las conversiones forzadas y las persecuciones estatales parecen, si no la única respuesta, sí en cualquier caso un factor determinante.

En el cuarto concilio eclesiástico de Cartago de 398 se prohibió a todos, incluidos los obispos cristianos, el estudio de los libros “paganos”. Tanto en Oriente como en Occidente, innumerables libros filosóficos y científicos del mundo precristianos perecieron en la hoguera. Muchas obras en pergamino fueron después borradas (en aquel tiempo escaseaba el pergamino) para escribir encima sobre temas teológicos. Una copia de De republica de Cicerón tenía que dejar espacio a una transcripción de los Salmos comentada por San Agustín, un trabajo de Séneca desaparece tras el enésimo Antiguo Testamento, un códice de la Historia de Salustio fue utilizado para un texto de San Jerónimo y así sucesivamente. Los libros de Demócrito, padre de la teoría del átomo, se perdieron. En el siglo V se prohíbe por ley la enseñanza de los filósofos “paganos”: “Prohibimos la enseñanza de cualquier doctrina de quien trafica con la locura del paganismo”, con el fin de evitar que los paganos pudieran “corromper las almas de sus discípulos”. Finalmente, en 529, el emperador Justiniano decretó la clausura de la escuela filosófica de Atenas, fundada por Platón en 387 a. n. e., que había albergado a treinta y seis generaciones de filósofos. En 590, el papa Gregorio, llamado Magno, ordena quemar la biblioteca de Apolo Palatino “para que su extraña sabiduría no pueda impedir a los fieles entrar en el Reino de los Cielos”.

Lo que ha sobrevivido es, de hecho, una mínima parte de cuanto se ha sustraído al pensamiento humano, y hoy todavía la historia de los sufrimientos y los dolores de quienes fueron derrotados por el cristianismo es algo relativamente poco contado y todavía menos recordado. Frente a los kilómetros de libros que se han escrito sobre el papel positivo de los cristianos, poco o nada se encuentra sobre lo que la humanidad ha perdido en su desarrollo con la desaparición de aquel patrimonio cultural que los cristianos, todavía hoy, reducen sumariamente a la palabra “paganismo”.

Los monjes llegaron a copiar mucho, a veces falsificando los textos, pero fue mucho más lo que se perdió. Las obras de Aristóteles sobre Física, Ética y Política, como sabemos, se recopilaron en el Medioevo tardío o en el Renacimiento, a pesar de la aversión y las prohibiciones de la Iglesia, a través de la traducción en latín de los textos originales griegos recogidos, custodiados y comentados por los estudiosos árabes y, en particular, por Avicena en el siglo XI y por Averroes en el XII.

Hoy todos reconocen la contribución inestimable de esos restos culturales que sobrevivieron a la devastación cristiana sobre el pensamiento medieval, el humanismo renacentista, la cultura moderna y la contemporánea. Aquellas culturas “paganas” dieron origen al pensamiento y a la metodología científica, y aun madurando dentro de sociedades basadas en la esclavitud y absorbiendo todas sus contradicciones, sirvieron de modelo para muchos de los ideales de libertad, justicia y tolerancia de los que se nutrió Occidente después, en épocas más modernas, a pesar de la represión de las autoridades religiosas, que hasta el siglo XVIII mantuvieron encendidas sus hogueras. La Inquisición mandó a la hoguera a decenas y decenas de herejes, entre ellos a Giordano Bruno. Galileo fue procesado y tuvo que abjurar para no acabar del mismo modo. Descartes se retiró a Holanda para tener más libertad, e incluso Spinoza conoció la amenazadora hostilidad de las autoridades religiosas. El evolucionismo de Darwin es hoy anatemizado todavía en ciertos ambientes cristianos, y la teoría de la relatividad de Einstein tiene a ojos de la Iglesia un cierto tufillo a herejía.

Incluso a través de los pocos hechos históricos aquí sumariamente mencionados, debería quedar claro que los ideales de democracia, justicia, libertad y solidaridad humana en los que se ha inspirado una parte de la tradición europea en los pasados milenios e incluso hoy, con total hipocresía por parte las clases dirigentes de Europa que dicen inspirarse en ellos, han sido en gran parte formuladas no gracias sino a pesar de nuestras raíces cristianas.

Los ideales de democracia, de libertad y de justicia social proceden, en realidad, de raíces lejanas a nuestra civilización, que surgen en fases anteriores al helenismo, que por suerte cada cierto tiempo resurgen, incluso después de tantos siglos, a pesar del indiscutible absolutismo, la superstición, el fanatismo y las cruentas represiones de la Iglesia.


Franco Celotto

Publicado en el Periódico Anarquista Tierra y Libertad, Febrero de 2019

domingo, marzo 3

Geografías del combate


Miquel Amorós

En este libro vamos a encontrar parte de la producción más reciente de Miquel Amorós, textos escritos mayormente a lo largo del año 2017 y, por lo tanto, en fechas próximas entre sí. Se encuentra dividido en dos partes bien diferenciadas, donde el autor despliega su crítica social a la par que da un repaso histórico a distintos momentos. Se trata, en su mayoría, de borradores de charlas pensados para ser discutidos en diferentes lugares -como en su pasada visita a México-, cuya extensión, en consecuencia, tiende a una cierta brevedad. En ellos aborda la cuestión social a través de la defensa del territorio, la realidad latinoamericana, las trampas de la economía social, el reencantamiento de las instituciones, la habilidad cooptadora de la dominación, las debilidades del pensamiento posmoderno o la insumisión electoral, señalando las potencialidades y peligros de los antagonismos presentes. En cuanto a su vertiente histórica, viajaremos desde Bakunin y Marx hasta las últimas décadas, pasando por la revolución -y contrarrevolución- de 1936 o Mayo del 68. Se trata, pues, de un conjunto de textos variados que abarcan un ancho abanico. Con todo esto no pretendemos que este libro sea una guía, pero sí quizás un mapa de las geografías por las que transitan los tiempos modernos en su culminación. Con sus palabras, a modo de balas y proyectiles, el autor dinamita la conciencia bienpensante poniendo los pertinentes puntos sobre las íes.

Cualquiera que albergue esperanzas opuestas a la devastación capitalista y se atreva a soñar con una sociedad horizontal, capaz de defenderse, descentralizada, equilibrada, igualitaria, no patriarcal y autogobernada, encontrará en estas líneas inspiración y coraje.

Editorial Milvus, Colección Crisálida, 2018

jueves, febrero 28

Los chalecos amarillos y la perspectiva anarquista


Hace ya más de dos meses que el llamado movimiento de los chalecos amarillos comenzó en Francia, unas protestas que se iniciaron con el anuncio por parte del presidente Macron del aumento del carburante y ante el cual centenerales de miles de personas salieron a la calle el 17 de noviembre del año pasado.

La represión policial sobre el movimiento de los chalecos amarillos no se hizo esperar, con centenerales de heridos y unos 200 detenidos, a pesar de lo cual a la semana siguiente hubo otra convocatoria en las calles y de nuevo exitosa. Desde entonces, las manifestaciones y acciones se han continuado y los enfrentamientos no se han hecho esperar, con el saldo al menos de 10 fallecidos y centenares de heridos. A pesar de que, como hemos dicho, el inicio de las revueltas estuvo originado en el aumento del precio del gasóleo, los movivos de los indignados parecen ir más allá. Esta medida, tal y como ha interpretado una gran parte de la sociedad francesa, es una de tantas que afecta principalmente a las clases más modestas. De hecho, el impacto del movimiento ha sido tal que el presidente ha tenido que recular, anulando la subida anunciada, algo que no ha reducido las manifestaciones y protestas a veces de carácter muy violento debido a la indignación popular.

La tensión ha ido en aumento, con las fiestas navideñas de por medio, lo que muestra el calado político y social que la cuestión está teniendo en Francia. Como se ha insistido, se trata de un movmiento transversal, de carácter heterogéneo, con distintos intereses y diferentes formas de pensamiento y sin una naturaleza política definida. Por supuesto, ha habido organizaciones políticas que no han tardado en tratar de apropiarse de la situación, y a ambos lados del espectro político, incluida la extrema derecha. Desde un punto de vista libertario, lo que interesa es el desarrollo de un movimiento que utiliza medios horizontales y autoorganizativos, en tensión contra el Estado y el capital sin injerencias de los partidos políticos parlamentarios. Los motivos originarios pueden haber sido el intento de una mejora general de las condiciones de vida, pero veremos si las protestas no se reducen ante meras reformas estatales y tratan de buscar objetivos mayores.

Aunque el movimiento de los chalecos amarillos muestra una rabia social muy legítima, producto de unas políticas continuas que solo favorecen a los más pudientes, no hay que idealizarlo de manera tosca y simplista dejando de lado asuntos controvertidos. Como hemos dicho, junto a otros intereses nacionalistas, la extrema derecha ha tratado de influir en el movimiento, sacando a la luz la ideología repugnante de algunos manifestantes, lo cual ha supuesto agresiones racistas y homófobas. Si las manifestaciones en las calles derivan en una violencia que compite con la policial, máxime de naturaleza abiertamente reaccionaria, solo puede tener nuestra repulsa. Por otra parte, como cabia esperar, las últimas noticias son que parte del movimiento desea acudir a las urnas como organización política. No solo esta cuestión tiene nuestra rechazo como anarquistas, tal y como se ha comprobado una y otra vez en los úlitmos años, esa deriva de los movimientos de protesta no conlleva cambio social alguno.

Como anarquistas, deberíamos recordar la perspectiva autogestionaria y la solidaridad de clase, por supuesto, pero también la fraternidad entre pueblos y razas, junto a una lucha amplia de emancipación, en el ámbito sexual y en muchos otros. Por otra parte, las justas exigencias de mejores condiones de vida que van parejas a estos movimientos, no pueden detenerse ahí, y deben tener su continuidad en una lucha permanente contra la miseria social que impregna la sociedad estatal y capitalista. La deseada revolución anarquista, que en mi opinión debe buscar permanentemente el vínculo de la utópica sociedad del mañana con la lucha en la actualidad, pivota sobre esa deseada autogestión de naturaleza libertaria: libertad, igualdad y, siempre, solidaridad. Si deseamos que estos movimientos sociales tengan continuidad en su deseo tranformador, en mi opinión, sin tutela de tipo alguno, deberíamos mostrarles estos principios libertarios innegociables.


lunes, febrero 25

Las cárceles no son feministas


El enorme eco mediático que han tenido recientemente algunos casos de violencia machista como el de la violación de La Manada o el asesinato de Laura Luelmo, ha ido acompañado –como sucede habitualmente con cualquier crimen hipermediatizado– de múltiples voces que reclaman el endurecimiento de las penas de prisión para los agresores.

Sin embargo, como feministas y como anarquistas, sabemos que la solución a la violencia patriarcal nunca vendrá de la mano del sistema penitenciario. Las compañeras de C.A.M.P.A. (Colectivo de Apoyo a Mujeres Presas en Aragón) nos explican por qué en este artículo publicado originalmente en AraInfo el pasado 10 de enero.

Las cárceles no son feministas

En relación al caso de Laura Luelmo muchas voces feministas han clamado a la sororidad, a nombrarlo violencia de género, a querer ser libres y no valientes al volver a casa…relacionando esto, una vez más, con la petición de cárcel o de penas más duras para los sujetos acusados de este tipo de actos.

La mediatización de los crímenes más terribles (y su impacto emocional en la sociedad) crea un caldo de cultivo fabuloso para implementar políticas en materia penal, lo que se conoce como populismo punitivo. El populismo punitivo tiene su base en el pensamiento neoliberal según el cual las responsabilidades son individuales y la sociedad es una suma de voluntades libres, admitiendo que no existen los condicionantes materiales o que no se construye nuestra personalidad en base a interacciones sociales.

Implantar la prisión permanente revisable en los casos de crímenes sexuales no va a contribuir a que los hombres dejen de matar ni agredir a mujeres; lo que sí va a hacer es reforzar la idea de que las responsabilidades son exclusivamente individuales1.

El internamiento penitenciario, con su carácter de institución total, genera por sí mismo un alto grado de conflictividad. La cárcel -usando su terminología- no disminuye el crimen y además no “resocializa” a los/as condenados/as, es decir, no mejora las condiciones sociales ni personales, sino que únicamente las deteriora. El efecto disuasorio de la pena (a mayores penas, menor número de delitos) es un mito. Los crímenes son, en la inmensa mayoría de los casos, producto de vacíos y fallos en la estructura social del sistema, entre ellos se pueden encontrar la educación sexual y afectiva, las precarias condiciones económicas, la ausencia del acceso a recursos sociales, etc. Por ello, el castigo individual carece de utilidad en el sentido de solución o restablecimiento del daño.

El sistema penitenciario reproduce y legitima las desigualdades estructurales sobre las que se asienta. Desde C.A.M.P.A. se aboga por la abolición de las prisiones como alternativa al hecho de que seguir manteniendo el sistema penitenciario signifique seguir sosteniendo el deterioro de las relaciones sociales y de las condiciones de las personas. La filósofa Angela Davis, propone que las medidas para la eliminación de estos mecanismos punitivos instaurarían, poco a poco, las propias alternativas a la prisión2.

Se necesita exigir un sistema garantista en cuanto a derechos (salud, trabajo, vivienda, etc.) y alternativas basadas en el cuidado y la protección real de las personas; un sistema que revitalice la educación a todos los niveles desde un punto de vista antipunitivista y transfeminista. Esto supondría, por ejemplo, abogar por una justicia restaurativa para mediar entre la reparación y la reconciliación con las personas envueltas en el conflicto y la comunidad, favoreciendo así la cohesión y no la ruptura del tejido social. Cambiar el poder de intervención en la sociedad a nuestro bando.
Involucrar a la comunidad

También se pone de relieve la necesidad de replantear el sistema penal (la relación entre crimen y castigo), involucrando a la comunidad como elemento necesario para la labor educativa y como espacio para generar lazos y redes de apoyo. El principal efecto negativo del punitivismo (endurecer las penas, implantar la cadena perpetua…) es que nunca parte de un análisis de las causas de los problemas sociales (apoyado en la falacia de que da igual la causa que si el castigo es duro no se cometerá de nuevo el delito).

El punitivismo, por tanto, obvia el feminismo, obvia las causas y considera que los delitos son exclusivamente responsabilidad de las personas que los cometen y las únicas medidas que se toman al respecto están basadas en el castigo y no en la reparación de los daños.

Si tratamos la violencia machista como una serie de problemas individuales que no están entrelazados entre sí, con ello sólo conseguiremos invisibilizar su causa: la estructura heteropatriarcal que actúa como nexo en toda esta problemática. Así, suscribimos las palabras de Laia Sierra: “es legítimo, comprensible y respetable que desde el dolor se pueda reivindicar ‘mano dura’ contra los victimarios, pero la empatía y solidaridad con las víctimas y con las supervivientes no nos puede llevar a aceptar que el Estado guíe su política criminal en relación a ello’3.
Dejar de poner el foco en el castigo

Desde los feminismos tenemos ciertas responsabilidades a este respecto. Es otra lógica, diferente a la impuesta desde el sistema heteropatriarcal, en la que debemos indagar y comenzar a pensar el lugar dónde nos situamos, en este caso, dentro del circuito del sistema penal.

Si a nosotras “mujeres agredidas” (y podemos extender esto a otros colectivos), a las que se les nos debe proteger y las que, para protegernos, tenemos que vivir con miedo, cautas, inseguras…se nos ubica, también desde cierto feminismo, en la categoría de víctimas ¿Quién va a ser y en qué lugar se encuentra ese “ente salvador”? ¿En el Estado, en el sistema penal, en la justicia, en los hombres que no agreden? ¿Esos son los salvadores?

La antropóloga Rita Segato, en su libro La guerra contra las mujeres apunta: “Esa construcción colonial moderna del valor residual del destino de las mujeres es lo que necesitamos desmontar, oponer y reencaminar, porque es de este esquema binario y minorizador que se derivan no sólo los daños que afectan a la vida de las mujeres, sino que también se expresan los males que afectan a la sociedad contemporánea como un todo”.

¿Qué va a contribuir a que la sociedad se transforme? Hay que destacar el valor y el potencial de las miles de personas que salen a la calle, a las concentraciones y paros en los que se expresar su rechazo ante la violencia patriarcal. Dejemos de poner el foco en el castigo, dejemos de pensar que la culpa es individual y utilicemos toda esa potencia para generar posibilidades de cambio social desde la raíz.

¿Quién está en la cárcel?

Afrontar el problema de otra manera es obviar todo lo expuesto por el movimiento feminista. El punitivismo, el castigar individualmente y de la forma más dura, choca frontalmente con la socialización, la colectividad y con el objetivo de trabajar las intersecciones que intervienen en los conflictos sociales de manera fructífera y vital. El punto es cómo educamos a la sociedad para entender el problema de la violencia sexual como un problema político y no moral como bien apunta Segato.

Pensar que la cárcel es necesaria no es más que algo que nos han hecho creer como si fuera un rasgo intrínseco a la vida y a nuestro sistema político y social. Es por ello que no es fácil el deshacernos de esta supuesta necesidad de castigar y de encerrar a las personas en pos de mantener nuestra propia seguridad y la del propio sistema bajo la perversa y falsa premisa de la reinserción, que lo único que hace es precarizar la existencia.

La cárcel se instituye como penalizadora de conflictos que expulsa toda disidencia que cuestione su estructura precisamente para mantenernos dentro del orden establecido. De esta manera podemos comprender que precisamente se encarcela no a las personas según el delito que cometen, sino según sus condiciones sociales: pobres, disidentes, refractarixs, marginadxs. Cuando la representación simbólica de la “maldad” se acoge a denominar mediáticamente un “Otro/a” como enemigo, cambia las condiciones de visibilidad de un problema que es estructural y no individual.

La cárcel pretende ocultar a las personas detenidas etiquetándolas como monstruos delincuentes, de tal manera que generen indiferencia y repulsión a la sociedad. Esta no es más que una manera de desresponsabilizarnos, pues la ciudadanía se siente, así, ajena al criminal y, los funcionarios, ajenos al verdugo4.

La mirada abolicionista es difícil de gestionar cuando la cultura del castigo está arraigada en todos los frentes, tanto en el de los opresores como en el de las oprimidas. Nos basamos desde hace siglos en una cultura del castigo de este Otro, del hereje, de la bruja, del loco, del delincuente, del mafioso, del pedófilo, del terrorista, en definitiva, del enemigo. La cultura así instituida es, en suma, un elemento de adiestramiento y etiquetación mediante el mecanismo pena-castigo para producir subjetividades “a imagen y semejanza” del funcionamiento capitalista.

Se trataría, entonces, de seguir planteando, pensando y construyendo, desde otro lugar, alternativas y estrategias contra sistemas que nos oprimen y nos impiden tener una vida digna y sostenible y que, en definitiva, merezca la pena ser vivida. Es necesario poner a los feminismos a trabajar en este sentido, y no en otros. Poner a los feminismos de nuestro lado. Porque las cárceles no son feministas.



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Contacto: colectivocampa@riseup.net

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1 «La violencia machista, al ser puesta entre rejas, se presenta como una excepcionalidad individual, separándola de prácticas sociales y violencias cotidianas y convencionales que la posibilitan, invisibilizando el carácter histórico de la sociedad patriarcal y de la actual estructura social de relaciones de poder. Si queremos construir un mundo más justo, más humano, la cárcel no sirve ni para nuestrxs peores enemigxs. Tenemos que ponernos ya a pensar otra manera de solucionar los conflictos que no pasen por la lógica punitivista que únicamente castiga a las personas y no se ocupa de las condiciones que conforman el conflicto». C.A.M.P.A., Como enfrentar el caso de “La manada” desde un transfeminismo antipunitivista. Recurso web: https://campazgz.wordpress.com/2018/05/03/como-enfrentar-el-caso-de-la-manada-desde-un-feminismo-antipunitivista/

2 Davis, A. Democracia de la abolición. Prisiones, racismo y violencia. Trotta, Madrid, 2016.

3 Sierra, L. Populismo punitivo o como se instrumentaliza el dolor de las víctimas. Recurso web: http://www.pikaramagazine.com/2018/02/populismo-punitivo-o-como-se-instrumentaliza-el-dolor-de-las-victimas/

4 Guagliardo, V.: De los dolores y las penas. Ensayo abolicionista y sobre la objeción de conciencia. Traficantes de sueños, Madrid, 2013.

 
Extraído de Todo Por Hacer.