Cuando la multitud hoy muda, resuene como océano.

Louise Michel. 1871

¿Quién eres tú, muchacha sugestiva como el misterio y salvaje como el instinto?

Soy la anarquía


Émile Armand

miércoles, noviembre 14

Vivir, trabajar y sobrevivir en una "Smart City"


El término “smart city” tiene sin duda un definición coyuntural, es un término “comodín” como lo han sido otros términos, por ejemplo la interculturalidad o la sostenibilidad. Sin embargo, que tenga un uso de velo ideológico o de cortina de humo no nos ha de impedir ver otras implicaciones. El término es difícilmente separable de otros como “internet de las cosas” o “big data”, aunque los “expertos” pretenden diferenciarlos totalmente. Ponerle un nombre a algo no es un acto neutro, el uso de las palabras tiene muchas más implicaciones de las que se pretenden y se relaciona muy directamente con el ejercicio del poder.

De hecho, lo que se esconde detrás de las “smart cities” no es nada diferente sustancialmente de la “vieja dominación”, sólo que ahora con instrumentos mucho más eficaces y potentes a su disposición. A la hora de hablar de smart city no hay que perder de vista esto, el núcleo duro, lo importante, no es la cobertura tecnológica, sino la dominación de las corporaciones y los estados sobre las personas, los animales y el mundo.

La smart city supone una tecnificación del viejo control social: en lugar de estar controlados por los chafarderos y los confidentes del barrio (los sensores) lo estamos por sensores (chafarderos y confidentes).

Lo que lo diferencia de los antiguos métodos es su extensión, profundidad y magnitud de sus bases de datos, así como la velocidad de proceso, la capacidad de almacenamiento, la rebaja brutal de los costes de todo este control y, finalmente, la posibilidad, cada vez más extendida, de control en tiempo real.

En el período 2013/2014, se han puesto en el mercado 7.700 millones de sensores smart y 250 millones de tarjetas NFC. A estos hay que añadir los teléfonos inteligentes, las tablets y otros dispositivos conectados que, en la práctica, actúan como sensores y que a lo largo del período 2009/2014 han sobrepasado largamente los 10.600 millones de unidades. Se calcula que una ciudad con un millón de habitantes tenía en el 2010 unos 600.000 sensores, esta cifra, actualmente se sobrepasa de largo.

Cisco y Eriksson han hecho una proyección para 2020 en la que hablan de 50 millardos (billones americanos) de sensores y aparatos conectados. Se trata de una estimación a años vista, pero nos da una idea de la magnitud de la futura recolección de datos. Otras estimaciones más conservadoras hablan de 25 ó 35 millardos.

De todos modos, teniendo en cuenta que la población mundial en 2020 se estima que será de 7.717 millones de personas, tenemos un abanico de entre 3,2 y 6,5 dispositivos por habitante (los cálculos de Cisco y Eriksson no incluyen smartphones ni tabletas, ni los diferentes tipos de ordenador).

El objetivo básico de todos los proyectos de smart city es la recogida de datos, unos para almacenarlos y tratarlos posteriormente (bigdata) y otros para decidir a tiempo real. Los usuarios son básicamente los intereses económicos detrás de los estudios de mercado, los diferentes tipos de policía y agencias de seguridad, los servicios de recursos humanos…

VIVIR EN UNA SMART CITY.

Nuestra vida cotidiana, ahora mismo, ya está muy invadida por el seguimiento smart. Dejando aparte el tema de los aparatos móviles (básicamente teléfonos), hay centenares de videocámaras que nos vigilan en los espacios públicos.

La videovigilancia, con la disminución del costo de grabación y almacenamiento de los datos,se está extendiendo y se hace ubicua. Además con la “videovigilancia inteligente” (cámaras digitales con un software interpretativo) se puede extraer en tiempo real mucha información de la grabación: números de matrícula, cantidad de vehículos y de personas, algunos rasgos del comportamiento de las personas grabadas, reconocimiento facial, detección de conductas sospechosas e incluso determinados estados anímicos.

La videovigilancia se ha “democratizado”, se venden miles de cámaras acompañadas casi siempre de software para vigilar una tiendecita o el hogar, para controlar hurtos, empleados, canguros, niños, mascotas y ancianos. Casi siempre son aparatos adquiridos por internet y autoinstalados o instalados por el manitas del barrio, evidentemente no cumplen ninguna de las condiciones de la ley de protección de datos.

Estas cámaras que hace unos años eran casi de juguete han alcanzado el rango de herramientas sofisticadas de alta resolución, conectables vía wifi con internet y dotadas de un software complejo que permite configurarlas con alarmas a teléfono y ordenadores, capaces de diferenciar personas, acciones y situaciones y definir áreas de vigilancia. Este software es también relativamente económico y normalmente va acompañado de almacenamiento en la nube, o sea que las imágenes quedan fuera del control del mismo interesado (que seguramente será grabado también).

Podemos resumir que ahora padres, hijos, no ejercen de cuidadores, sino de vigilantes, de vigilantes por cuenta del estado y de la “nube”…

Cada vez es más difícil hacer un pago “en efectivo” (anónimo), cada vez aumenta más el conocimiento de nuestros hábitos de consumo por parte de los vendedores, los estados y las corporaciones (qué, cuándo, en qué cantidad…). Cada vez tenemos más tarjetas con un chip, más documentos de identificación electrónicos…

En nuestros hogares, los smartmeters que últimamente se están generalizando permiten conocer lo más íntimo de nuestros hábitos: cuando llegamos, cuando vamos a dormir, cuando nos duchamos y cuando ponemos lavadoras, si tenemos visitantes, si tenemos picos de consumo…

Determinadas tecnologías como los wearables (sensores “vestibles” que miden tensión arterial, ritmo cardíaco, oxígeno en sangre…), dan otra vuelta a la tuerca del control. Con ellos ponemos en unas manos desconocidas datos tan íntimos como nuestro estado físico y nuestra salud y, si están geoposicionados, la transparencia físico/metabólica “voluntaria” es total y absoluta.

Los riesgos de la smart city parecen verse lejanos en el tiempo y en el espacio. Nos hacen creer que la tecnología del control smart se aplica sólo en remotos países dictatoriales, o en fronteras con África o Oriente, también alejadas (al menos imaginariamente), o limitadas a perseguir delincuentes repulsivos (pederastas o violadores) y trabajadores incumplidores.

El hecho es que las tecnologías que se utilizan en estos momentos en las fronteras, sean de identificación o de detección, se están empezando a utilizar para el control interno sin que nos demos cuenta. Aunque sólo fuese por egoísmo deberíamos combatirlas. Se están construyendo nuevas fronteras en las calles, en las instituciones y en los puestos de trabajo, fronteras que cada vez serán más evidentes… Hasta que ya no nos las dejen cruzar, entonces será difícil derribarlas.

TRABAJAR EN UNA SMART CITY.

Vemos como cada vez más, en los puestos de trabajo, sobre todo aquellos que antes eran llamados “trabajos manuales” los patrones tienen a su disposición un mayor número de herramientas de control y abuso derivadas de las tecnologías smart.

Todas estas herramientas de control se disfrazan con la “amable intención” de liberar a los trabajadores de trabajos pesados o inseguros, pero el hecho es que la presión extra sobre el tiempo de ejecución y frecuencia de las operaciones hace que, por ejemplo, aumenten los accidentes laborales. Otro mito que nos han imbuido es el “buen rollo” de las empresas TIC (tecnologías de la información y la comunicación) con sus trabajadores. Sin embargo, en el mundo TIC, igual que en el resto del ámbito laboral, aumenta la fractura salarial entre los “bien pagados” y el resto.

Seguramente los primeros en padecer la smart city fueron los trabajadores del espacio público, los de la limpieza viaria y del mantenimiento urbano. Fueron viendo como en todos sus vehículos (hasta en los carritos de los barrenderos) se instalaban GPS’s y se les dotaba de agendas electrónicas (tipo palm), actualmente sustituidas por teléfonos (que a menudo han de pagar) para poder vigilar su actividad y comunicar las alarmas de trabajos urgentes.

Después fue el sector del transporte, especialmente mensajeros y repartidores de mercancías. De nuevo los GPS’s y aquellos miniordenadores denominados Psion (ahora sustituidospor tablets). Estos trabajadores han de conducir, repartir, facturar… y en todo momento la central (el patrono) tiene trazable la mercancía (paquetes, cartas… y trabajadores). De hecho los “expertos” empresariales consideran que el 90% de las entregas en el 2018 se harán mediante sistemas conectados vía web (Uber, eBay Now, Shutl, Deliv, Posmastes, Instacart, Amazon, Alibaba).

El transporte público de pasajeros vino detrás. Los autobuses con GPS y otros gadgets tecno-smarts, han invadido las flotas, a su vez, los taxis han incorporado taxímetros inteligentes y las videocámaras se han hecho omnipresentes en estaciones, vagones de metros y ferrocarriles, autobuses…

La recogida de residuos viene a continuación, con el añadido de los sensores de medida del llenado de contenedores, que harán variables los recorridos, las frecuencias y por tanto los horarios y el calendario de trabajo.

La mayor parte de las mercancías, palets, contenedores y muchos envases individuales ya vienen marcados con etiquetas RFID e incluso dispositivos más sofisticados. Son trazables y los inventarios son casi automáticos. El impacto sobre los empleados de almacén y los reponedores es directo.

Los oficinistas y otros trabajadores de “cuello blanco” ya trabajan en red desde hace tiempo y padecen los software de control que registran desde el número de pulsaciones en el teclado hasta la actividad en todo momento de la jornada y… la inactividad.

En los comercios y tiendas no se vigila ya solamente a los posibles “ladrones/consumidores”, la vigilancia se extiende a los trabajadores con cámaras enfocando cajas registradoras y espacios “no públicos”… De hecho a partir de una sentencia contraria a los deseos de la patronal se está haciendo firmar una comunicación de que las grabaciones se podrán utilizar comoprueba para sancionar a los trabajadores.

Y en todas partes el control de presencia y de identidad se sofistica y cada vez necesita menos del contacto, llegando en algunos casos a controlar no sólo la entrada y la salida del trabajo, sino también el lugar y el tiempo pasado en diferentes dependencias, estableciendo zonas prohibidas a menudo arbitrarias.

Hay aplicaciones smart especialmente repulsivas, como la escoba para limpieza urbana con sensor de movimiento que registra el numero de barridos a lo largo del día (conectada también a un GPS en el carrito o en la escoba misma), o la ropa de trabajo “interactiva” dotada de etiquetas RFID u otros artilugios de control de presencia.

Se va imponiendo un modelo de economía de “servicios móviles bajo demanda” (ODMS), en el que no se trabaja para un empleador, sino para una plataforma que gestiona las demandas de los clientes y el pago (como UBER, Airb-nb, Homejoy, la Nevera Roja…), además las empresas suelen estar ubicadas muy lejos del sitio donde se produce realmente el servicio. Es trabajar con un algoritmo como jefe o encargado, con la diferencia de que a un algoritmo no se le puede coger por el pescuezo y tampoco se le pueden pinchar las ruedas del coche. Esto nos deshumaniza y de hecho nos reduce al papel de otro algoritmo, al papel de un smart trabajador.

Las aplicaciones smart sólo tienen un límite: lo retorcida que tengan la mente los ingenieros y tecnólogos, la codicia de los empresarios y el afán de control sobre la vida de los demás.

¿Cuál es el efecto de todo esto sobre las condiciones de vida en el lugar de trabajo?

El primer efecto es un control extremo que va más allá del “ojo del encargado” o el reloj de fichar. Se trata de un control en tiempo real, no sólo de hora en hora o de minuto a minuto, sino que ahora ya se llega al control de milisegundo en milisegundo… Esto hace que el patrón (aunque parezca que sea un término obsoleto, todos tenemos un patrón aunque sea un estado o una corporación transnacional) sepa que hacemos en todo momento durante la jornada laboral (y fuera de ella si nos “permite” llevarnos el smartphone corporativo). Y si la empresa es responsable “socialmente” y dispone de mejoras como actividades culturales y deportivas subvencionadas, entonces también conoce incluso una buena parte del tiempo libre.

El segundo efecto es la “optimización del tiempo” por parte de la empresa: los ritmos de trabajo se aceleran y los plazos se acortan. Por ejemplo en el número de entregas de mercancías de un trabajador de UPS, la longitud del itinerario de un trabajador de la limpieza viaria, o el número semanal de expedientes de un oficinista.

El tercer efecto es un aumento de la precarización del trabajo. Por un lado, el control global genera despidos y por otro, el control extremo permite monitorizar y tutelar el trabajo de manera que, en cada momento, el trabajador se vea forzado a hacer “lo que debe hacer”… lo que desea la empresa.

El cuarto efecto global, es que la dominación extrema a la que nos lleva la “smartificación” ataca nuestra identidad individual y tiene efectos sobre nuestra libertad, la calidad de nuestras vidas y nuestra salud, hundiéndonos en la tecno-miseria, la humillación y la dominación. Nos lleva a una negación de nosotros mismos y a una afirmación de nuestros dominadores.

LAS SMART FRONTERAS Y LAS SMART CITIES, O ESTÁS DENTRO O ESTÁS FUERA

Las fronteras no suelen ser límites geográficos o naturales, tampoco son un límite jurídico, las fronteras son herramientas que el poder utiliza para acumular más poder o parar regular su ejercicio.

El control de las fronteras ha ido evolucionando según sus necesidades. Los antiguos y enojosos “peajes” para regular el paso de las mercancías se han ido optimizando para permitir el paso rápido de todo aquello que puede generar valor, así el número de contenedores que mueve un puerto, por ejemplo el de Barcelona, sería impensable sin toda la capa de tecnología de identificación, de inventario y sin los mecaismos sociales de los que se dispone ahora.

Una de las mercancías más costosas de regular, y, de momento, imprevisible ya que tiene iniciativa propia, es la mercancía humana (trabajadores y consumidores), así pues es preciso regular estos flujos intentando reducir la “iniciativa propia” de las personas.

Esta “regulación” puede ir desde los disparos de los guardas de frontera, hasta los sofisticados muros de contención (con sus puertas de paso controladas) construidos en todas las fronteras, como el que hay entre los EUA y México, entre Gaza e Israel y en las fronteras de Ceuta y Melilla en el estado español. Los mecanismos de control han pasado del humano (siempre imperfecto) al inhumano (que también incluye a policías y otros funcionarios), atiborrando los muros de contención de sensores, cámaras y cuchillas de diferentes tipos.

De esta manera se han perfeccionado los pasaportes, los más modernos (prácticamente todos) están provistos de “micro chip”, de etiquetas RFID, y toda la parafernalia de entrada (rayos X, detectores de metales, escáneres, sensores del latido cardíaco,etc…) es cada día más perfecta. Los visados de los países de la zona Schengen recopilan datos biométricos de los solicitantes (los diez dedos de las manos y la cara, de momento). Los sistemas de visados (VIS) conectan las oficinas diplomáticas y los puestos fronterizos de los estados miembros.

El poder (básicamente estados y corporaciones) ha levantado los muros, pero estos muros no cubren todas las fronteras (se necesitaría cerrar todas las playas) ni son totalmente eficaces.

En el estado español la vigilancia de fronteras recae sobretodo en la Guardia Civil y también en el Servicio de Vigilancia Aduanera (SVA).

Estos cuerpos disponen de un buen arsenal de vehículos aéreos, marinos y terrestres. Tienen el apoyo de sistemas de vigilancia aérea y por satélite, y disponen de una amplia gama de sensores de todo tipo.

Entre enero de 2013 y agosto de 2014, la Guardia Civil ha invertido alrededor de 6,5 millones de euros. La mayor parte del presupuesto se ha destinado a cámaras térmicas (5,1 millones). A sensorizar las patrulleras se han destinado 0,5 millones y a aparatos de visión nocturna 0,3. El SVA, dependiente de Hacienda no ha tenido unos gastos tan grandes en gadgets tecnológicos así que sólo han adquirido, en el mismo período, dos sistemas optrónicos de visión térmica y de visión diurna, eso sí, de los caros, un milloncillo.

Una buena parte del esfuerzo controlador de la UE se hace a través de FRONTEX, la agecia de gestión de fronteras exteriores, con sede en Varsovia. Esta agencia está en alza, su presupuesto, desde su creación en 2005, a pasado de 6 a 90 millones en el 2013.

FRONTEX está muy penetrada por los lobbys de las empresas de seguridad (INDRA, Thales, EADS, Selex, GMW…) que participan tanto en el desarrollo y gestión con tecnología propia (software, redes de comunicación, sistemas de control), como participan en proyectos conjuntos con fondos y partenaires públicos. Por ejemplo el proyecto PERSEUS (INDRA y EADS…) 43 millones de euros, el SEABILLA, INDRA, SELEX, Thales…) de 15 millones, TALOS (TTI Norte y la israelí IAI) de 3,9 millones y finalmente OPEMAR (Thales, INDRA y Selex) con sólo 669.000 euros.

FRONTEX, que en total ha consumido más de 250 millones parece ir tomando posiciones para ocupar el papel de controlador único de las fronteras exteriores que ahora tienen los estados, especialmente a través de EUROSUR (centrado en las fronteras del Sur). De todas formas la estructura presupuestaria de la UE y el secretismo de los eurócratas de la seguridad, hace muy difícil averiguar si los recursos de FRONTEX han sido solamente estos 250 millones y que no dispone de más financiación, mediante la Agencia Europea de Defensa a través de fondos destinados a la investigación, al estímulo económico o a la seguridad interior.

El control de fronteras deviene evidentemente en un gran negocio. Se calcula que solamente el sector biométrico, en sus usos militares y de control de fronteras, generó el 2012 unos ingresos de 5.800 millones y se preveen beneficios de unos 15.800 millones para 2021. En el momento en que India y China se incorporen plenamente a este mercado los beneficios pueden crecer exponencialmente. De hecho el 27% de las conexiones máquina/máquina (M2M, la conexión básica sensor/servidor de las smart city) están en China y el 40% mundial de conexiones M2M están en Asia.

El truco está en cerrar las puertas para que no entren los de fuera, las puertas son en un único sentido. El paso posterior será no dejar salir tampoco a los de dentro (puerta cerrada). El último paso: controlarnos a todos, la jaula para los animales domésticos.

Las smart fronteras son padecidas ahora mismo por una inmensa mayoría de la humanidad (todos aquellos que no son ciudadanos de los países de la OCDE), pero en un futuro cercano, todas estas técnicas ya refinadas y desarrolladas se podrán aplicar directamente a la seguridad interna, para los estados del sur y también (por nuestra seguridad) a los refractarios de los países del norte.

SOBREVIVIR EN UNA SMART CITY.

Seguramente una perspectiva como la que hemos dibujado (los 50 millones de conexiones) da lugar al pesimismo y al derrotismo más absoluto, y la distopía parece inevitable… Pues nada de esto. Quizás mejor que sobrevivir sería mejor hablar de “resistir a la smart city”, o aun mejor “destruir la smart city”.

La dominación y el control que constituyen el núcleo de la smart city se implanta fácilmente y tiene el camino allanado gracias a los deseos y necesidades que nos han (y nos hemos) creado.

Queremos saber exactamente el tiempo que falta para que llegue el autobús y no nos importa que esta información lleve emparejada el control y la presión sobre los conductores. Queremos tener servicios al instante a precios de saldo, no nos queremos enterar de la precarización y sobreexplotación de los trabajadores, como es el caso de UBER. Queremos pasar a toda pastilla por los peajes y no hacer colas delante de las máquinas del metro, queremos una cola corta en la frontera y que el médico acceda a nuestro historial sin demora… Queremos teleasistencia, queremos servicios a domicilio, queremos pedirlos por la red y obtenerlos deprisa y a un precio sospechosamente bajo. Queremos finalmente ser provistos de todos los dispositivos móviles que nos permitan disfrutar de todo ello, los impactos de su producción sobre el agua, la tierra, las plantas y la fauna (nosotros incluidos) quedan en un segundo plano.

¿Queremos realmente la smart city?

A pesar de que esta red pueda parecer omnipresente no es para nada omnipotente, entre otras cosas porque se alimenta a sí misma (se retroalimenta) y si se neutralizan un número suficiente de nodos pasa a ser inoperativa, total o parcialmente.

En el mundo antiguo (hace muy poco) era posible vivir sin la mayoría de las redes urbanas, se podía vivir sin suministro de agua o de energía, sin servicios sanitarios, sin cuerpos de seguridad, esto se ha demostrado en las diferentes situaciones de emergencia ocurridas en el inicio del siglo XXI.

En Nueva Orleans la gente se supo organizar para sobrevivir, mientras que el estado sólo se preocupaba por detener el saqueo. Recogieron comida y agua, supieron distribuirlas con mucha equidad y supieron encontrar espacios de seguridad. Cuando las redes del estado les volvieron a capturar, las cosas empeoraron y, todavía ahora, no están “normalizadas” y la gente sigue viviendo en barracas sin servicios mínimos.

En Gaza, con la mayor parte de las redes de servicio no operativas, con el esfuerzo individual de los trabajadores y el esfuerzo colectivo de la población, han podido resistir y continuar viviendo sin un funcionamiento regular de estas superestructuras.

Lo mismo podemos decir de situaciones de enfrentamientos militares entre estados en Siria, Iraq, Kurdistán, o de desastres “naturales” como el tsunami de las Filipinas o el terremoto de Nepal.

Ahora bien, ¿podría el actual sistema capitalista resistir una semana sin internet, sin red de comunicaciones? ¿Qué valor tendría el dinero depositado en Nueva York, en Barcelona, en Londres?… La respuesta es fácil, a la primera NO y a la segunda NADA. De aquí surge otra pregunta diferente: ¿es posible detener, hacer caer o neutralizar la red? La respuesta es, creemos, sí.

Hay un problema de enfoque. Nosotros queremos resistir al sistema localizadamente, cada cosa en su lugar: la PAH frente a Caixa Catalunya, los antinucleares frente a ENDESA, los antifronteras frente los CIES, los adversarios de los transgénicos ante MONSANTO… Y así todos buscamos nuestra posición y nuestro “target” correcto… Ellos por el contrario están hiperconectados (el Obispado con ENDESA, ENDESA con los CIES, los CIES con MONSANTO, MONSANTO con la Generalitat, la Generalitat con el rector de la parroquia…) y se ríen de nuestros esfuerzos localizados, limitados y, a menudo, estériles.

Históricamente muchos de los movimientos de protesta de los oprimidos no se han limitado nunca tanto en el alcance de sus luchas como nos autolimitamos actualmente. Esta especialización es reciente.

En las revueltas locales de los siglos XIX y XX, los insurrectos, además de las reivindicaciones puntuales (el coste de la vida, las condiciones de trabajo, la oposición al quintado de mozos) invariablemente destruían, generalmente mediante el fuego, los archivos del registro de propiedad, del registro civil, los catastros (red de control estatal) y las instituciones de la Iglesia: conventos, iglesias, escuelas, registros parroquiales (red de control ideológico).

Por ejemplo, los anarcosindicalistas del Berguedà no se limitaron a las condiciones de las minas o fábricas y por esto pudieron proclamar, durante unos días, el comunismo libertario global para toda la vida cotidiana de varias poblaciones.

Los piqueteros argentinos no se limitaron a manifestarse delante de la Casa Rosada, también cortaron carreteras y otras vías de comunicación sin un objetivo “local”, únicamente contra el paro, teniendo efecto sobre otros sectores (capitalistas) no estrictamente vinculados a su conflicto.

Las sufragistas inglesas de principios del siglo XX no restringían su lucha a atacar al parlamento o a los partidarios del apartheid de género; entendieron que el patriarcado (que era su verdadero objetivo) tenía otros tentáculos más accesibles a los que dañar. Así que durante los años 1912-13, y parte de 1914, destruyeron centenares de buzones de correo (el internet de entonces) sin preocuparse (al contrario que los seguidores de la ética Hacker) en los efectos sobre terceros. Incendiaron edificios, cortaron líneas de teléfono y de telégrafo, y sabotearon la red de ferrocarriles (como podemos ver, atacaron todas las redes a su alcance).

En estos momentos, las redes son vulnerables si las atacamos guiándonos, no por la lógica que nos imponen (antinucleares/instituciones energéticas, antipatriarcales/ministerio de justicia, anti OMG/MONSANTO…), sino por la lógica de la hiperconectividad de nuestros dominadores, no importa donde actúes, están hiperconectados, ya les llegará el efecto.

Con esta lógica, se trascendería el problema de la coordinación entre grupos y movimientos.También trascendería la lógica de los dominadores, la de la represión. Puedes atacar, alterar, destruir en cualquier punto, puedes reivindicar estas acciones para cualquier causa… Puedes estar seguro de que generarás más perjuicios que si gastas recursos y un tiempo valioso intentando identificar el punto justo, el punto correcto… Porque este punto no existe, está en todas partes…

¡ATACA LA RED!


 Extraído de “Briega”, artículo de la revista “Libres y salvajes”

domingo, noviembre 11

‘El bibliocausto en la España de Franco (1936-1939), de Francesc Tur


La victoria del ejército franquista en la Guerra Civil Española supuso, entre otras calamidades, el pistoletazo de salida a uno de los mayores episodios de persecución cultural vividos en la España contemporánea. Libros, periódicos, revistas y otras obras impresas de innegable valor literario, fueron pasto de unas llamas prendidas por el aparato censor del Régimen, cuya labor infausta se prolongó hasta el agotamiento de una dictadura que cercenó de cuajo toda la floreciente industria editorial vinculada al movimiento obrero, especialmente el libertario.

Con la publicación de este texto, publicado originalmente en Ser Histórico, pretendemos poner este artículo en circulación en otros espacios no familiarizados con las webs libertarias de divulgación histórica, posibilitando también que pueda ser leído por el público que no suele leer textos relativamente largos en internet. Más allá de lo anterior, y teniendo en cuenta el contexto sociopolítico actual, consideramos oportuno darle la máxima divulgación a un trabajo que pone sobre la mesa un episodio no demasiado conocido de la barbarie del primer franquismo: la quema de libros y la represión contra libreros, bibliotecarios y bibliófilos de toda condición.

Precisamente por lo anterior, recomendamos la escucha del programa dedicado al tema que nos ocupa en La Linterna de Diógenes, programa de radio sobre historia social que recomendamos encarecidamente.

Editado por Piedra Papel Libros

jueves, noviembre 8

Reflexiones acerca de la incierta probabilidad de una revolución europea


En lo que respecta al pasado, lo más importante es el ser conscientes de la especificidad de nuestro tiempo, teniendo cuidado de no proyectar, en la medida en que ello sea posible, nuestra visión actual de las cosas sobre un pasado que solamente nos serviría de justificación. Jacques Ellul, Autopsia de una revolución.

Las enormes contradicciones acumuladas por el sistema capitalista en los últimos cincuenta años no han despertado en amplios sectores de la población una voluntad de vivir de otro modo que impulsara trasformaciones radicales en la sociedad de masas. Bien al contrario, la apatía y el miedo han predominado, originando una adhesión pasiva y resignada a lo existente contemplado éste como el menor de los males. Tal parece que el mayor logro del capitalismo global haya sido la integración completa de las masas en un mundo artificial y extraño, y que la voluntad de abolirlo haya dado paso al temor de verse excluido de él. Curiosa la paradoja en que unas condiciones objetivas favorables a la revolución hayan dado lugar a unas condiciones subjetivas caracterizadas por la sumisión de la mayoría, la evaporación de la conciencia revolucionaria y, como corolario, la inexistencia de una fuerza social de peso capaz de aventurarse en un proceso revolucionario.

La lógica de la mercancía y del desarrollismo ha penetrado tan profundamente en la sociedad que ha conseguido bloquear toda aparición de un sujeto colectivo revolucionario en Europa, o cuando menos, impedir su desarrollo en el continente. La operación tiene una doble vertiente; por un lado, la desvalorización del pensamiento, por el otro, la hipostasia de la acción, que es degradada a pretexto ideológico para el acatamiento de las pautas marcadas por el espectáculo de los acontecimientos cotidianos. Los dirigentes se salen con la suya: nada les resultará más conveniente que un pensamiento que no requiera esfuerzo (un pensamiento débil) y un activismo que nade a favor de la corriente. Pues no hay nada más fácil que seguir la moda en un escenario donde la élite gobernante en último extremo es quien da las órdenes; y nada más difícil que pensar y actuar libremente en un espacio sin libertad real. Para un sistema que se cree incuestionable la cuestión social no puede existir más que en la literatura y toda oposición verdadera le parece impensable.

En una situación como la actual, donde las mistificaciones patrióticas y los tópicos políticos están a la orden del día, al ladito de la propaganda mercantil, en una cotidianidad donde el conformismo abrumador frustra y expulsa cualquier deseo subversivo, pensar constituye el acto más radical y más osado, y también el que despertará más recelos y más hostilidad. Construir un aparato crítico que pueda explicar la época con veracidad es la principal tarea a realizar, aunque no la única. El primer asunto a tratar sería el hecho de la desagregación de la clase obrera en un momento en que el trabajo asalariado es la condición general, y por consiguiente, la pérdida de un horizonte revolucionario socialista en provecho de una adhesión al consumo abundante de mercancías. Por qué los trabajadores en su mayoría han preferido el confort de una vida determinada por los imperativos de la economía a los ardores de un combate contra cualquier forma de opresión e injusticia. El autismo consumista de una sociedad atomizada ha podido con el espíritu comunitario, o dicho de otro modo, con el instinto de clase.

La clase obrera ya no es en sí y por sí misma la negación del orden burgués. Ni qué decir tiene, las pretendidas vanguardias lo son todavía menos, puesto que nunca lo fueron. La clase no ocupa en la posmodernidad una posición especial que la lleve a cuestionar el capitalismo a pesar de lo que pueda pensar o querer y que la convierta en su sepulturero. En la fase mundializadora el estatus de asalariado no imprime carácter de clase, ni sentido de pertenencia a una. Así pues, la condición obrera ha dejado de ser portadora de valores universales. No implica ninguna función histórica ni apunta a ninguna misión redentora. Tampoco hay luchas sociales actualmente que revelen la marcha ineluctable del proletariado en pro de la emancipación de la humanidad. Más bien lo contrario: aspiraciones muy prosaicas y nula voluntad transformadora. La clase obrera tal como la concebía el marxismo es una formación histórica con fecha de caducidad. Lo mismo diríamos de los sindicatos. Sus últimas manifestaciones europeas se produjeron durante los años setenta del siglo pasado. El proletariado es un hecho bien real, así como la alienación de la que antaño era consciente, pero hoy, con un capitalismo muy distinto al de los comienzos de la revolución industrial, un mercado laboral en caída libre y un Estado tremendamente desarrollado, ese tipo de clase no existe.

La mecanización de los procesos productivos ha desempeñado al principio un importante papel. No solamente convirtió a los trabajadores en apéndices de las máquinas, sino que los sustituyó por ellas. Al quedar relegado de la producción, el proletariado perdió el poder de paralizarla y usarla en su beneficio. El poder de sabotearla o autogestionarla. Convertido el trabajo en un medio de subsistencia sin ningún contenido, el relativo bienestar material y la inflación del entretenimiento de masas desviaron la atención hacia el universo del consumo. En un principio, los grandes almacenes, los seriales radiofónicos y el cine proporcionaron a la existencia alienada el sentido que se había perdido en los lugares de trabajo. Después, la televisión y el coche, y recientemente, internet y los smartphones, hicieron el resto. El fetichismo mercantil, la industria del ocio y finalmente las redes sociales colonizaron la vida cotidiana, separando la esfera pública de la privada y sumergiéndolas en la irrealidad, anulando cualquier atisbo de conciencia de clase. Cada vez mas, las cosas, y mejor sus imágenes, adquirían vida propia, ocupando el lugar de las personas. El sujeto de la revolución quedaba transformado en objeto del consumo y del espectáculo. Los obreros, ajenos a los productos de su esfuerzo y a las consecuencias de su labor, o sea, alienados, se comportan ahora como espectadores de una realidad virtual y no como agentes de la historia. La alienación, lejos de despertar la conciencia, ha producido desencanto y autocomplacencia, narcisismo y psicopatías.





El capitalismo es un sistema social que se impone a través de la tecnología, el espectáculo, la comunicación ficticia y las fuerzas del orden de un Estado hipertrofiado. La racionalidad instrumental y burocrática, al mediatizar en todas las áreas de la existencia, pone la vida al servicio de los intereses de la dominación. Los pensamientos y deseos no solamente son manipulados, sino directamente fabricados por ella. El deseo de autoridad sería un buen ejemplo. La pasión por el juego electoral sería otro. En general, la maquinaria estatal y los medios tecnológicos puestos a disposición no se adaptan a los individuos, son los individuos los que se adaptan y someten. En eso consiste lo que llaman subirse al tren del progreso. El capitalismo no puede subsistir sin una adaptación continua y constante a un mercado cambiante, cada vez más tentacular, o lo que viene a ser complementario, sin una separación total de los individuos entre sí que las tecnologías han hecho posible, o sea, sin una prolongada autodestrucción de la individualidad técnicamente asistida. Con fragmentos de personalidad egocéntrica, ninguna comunidad es posible.

La mecanización del proceso productivo, junto con la burocratización que exige el crecimiento arrasador del Estado, de los medios de comunicación y de la gestión industrial y financiera, han ocasionado el crecimiento sin precedentes de un sector asalariado no proletario compuesto por empleados, funcionarios, ejecutivos, técnicos y profesionales, al que las últimas crisis han conferido un cierto dinamismo. En los pasados años sesenta algunos sociólogos lo calificaron de “nuevo estrato intermedio asalariado”, “nuevas clases medias” o incluso de “nueva clase obrera”, atribuyéndole tareas históricas que en otro tiempo correspondieron al proletariado. Sin embargo, dicho sector jamás ha manifestado la menor veleidad revolucionaria, ni ha cuestionado en lo más mínimo la sociedad industrial o el Estado. Nadie escupe a quien le da de comer. Ni por su condición objetiva, ni por su mentalidad, ni por sus esperanzas, ni por el lugar que ocupan en el sistema, esas nuevas clases medias asalariadas están destinadas a ser protagonistas de ningún cambio radical, y menos, de una revolución, lo que no significa que permanezcan inmóviles frente a una crisis que les afecta, tal como ha sucedido con las distintas bancarrotas financieras sobrevenidas a partir de 2008 y con las políticas de austeridad subsiguientes. La movilización de dichas clases, y especialmente de sus elementos juveniles más amenazados, no ha tenido un impacto reseñable en la economía, pero ha alterado un tanto el panorama político. Las formaciones ciudadanistas nacidas con la movilización indignada tienen la voluntad de reemplazar a los partidos tradicionales en la gestión de la vieja política.

La gran diferencia entre el movimiento obrero clásico y el ciudadanismo populista radica precisamente en el desinterés de este último hacia la economía y en la consagración exclusiva de la acción política. Habiendo eclosionado a la sombra del Estado, su confianza en el Estado es ciega, no concibiendo ninguna otra forma de intervención social más que a través de las instituciones estatales. Sus intereses específicos, que aunque se llamen “intereses de la ciudadanía” no son otros que los de la conservación de su estatus, cree que podrán defenderse gracias al Estado. Sus objetivos no se alcanzaran con la disminución del aparato estatal, sino con un desarrollo aún más pronunciado. La contradicción radica en que el Estado actual es esclavo de los mercados, o mejor dicho, es una pieza clave de la industrialización y financiarización del mundo. Y justamente esa industrialización y esa mundialización de las finanzas es la responsable de la crisis que dio lugar a la reacción política de las clases medias asalariadas. En consecuencia, el ciudadanismo mesocrático, en la medida en que se incrusta en las estructuras del Estado, está obligado a favorecerlas, o sea, a ir contra sus intereses “de clase”. Por eso la acción política, con escasos logros que reivindicar, se concreta en gestos, escenificaciones, manifestaciones simbólicas y proclamas hechas en el lenguaje democrático de la vieja burguesía liberal. Sin pretenderlo, han renovado el espectáculo político, pero a costa de disminuir su efectividad. En suma, el ciudadanismo no ha significado ni significará un cambio real, ni siquiera un espectáculo convincente del cambio.

Conforme se anquilosan y fosilizan los grupúsculos que se autoproclaman revolucionarios, los objetivos revolucionarios reivindicados se vuelven fraseología hueca, verdades difuntas y fórmulas rituales. Los viejos análisis doctrinarios quedan sobrepasados por la realidad y los antiguos esquemas interpretativos se deshacen a pedazos, faltos de sentido. Los nuevos les superan en incoherencia. Las ideologías, en su mayoría obreristas, nacionalistas, verdes e identitarias, no pueden explicar verídicamente la evolución del mundo, puesto que éste cambia a gran velocidad e introduce novedades que aquellas no consiguen situar en su lugar. Los discursos ideológicos están plagados de lugares comunes y extremismos postizos; los caminos que proponen no conducen a ninguna parte; la rotundidad con la que se expresan apenas consigue ocultar la ausencia de alternativas posibles; las estrategias a seguir no son más que ridículas imitaciones del pasado y posibilismo disimulado. En fin, las ideologías envejecen y se vuelven obsoletas, pero a nuestro pesar el capitalismo madura.

No pretendemos negar la evidencia de antagonismos mayores, aunque no se traduzcan en movimientos subversivos de una cierta amplitud, ni tampoco queremos menospreciar la existencia de focos de resistencia al margen de la política, o ignorar los espacios ajenos al funcionamiento del capital donde se ensayan estilos de vida no consumista. El combate social existe, sólo que las luchas no llegan a extenderse y sus objetivos no rebasan determinados límites, es decir, no cuestionan todo lo que deberían. Así el mundo contestatario no se desarrolla como una contra-sociedad dentro de la sociedad oficial. Demasiados recelos relativos a la organización, demasiados compromisos efímeros y demasiada inclinación al gueto. Algo que se conjuga bien con el activismo sin plan, con el radicalismo verbal, con las modas identitarias y con el utopismo evasivo. Los medios contestatarios dan la impresión de ser el hábitat de la clase media juvenil en su primera etapa extremista.

Una recapitulación de todo lo precedente nos conduce de nuevo a la necesidad de la revolución que acabe con el capitalismo y ponga fin a su modo de vida intolerable, y de nuevo el verdadero problema se replantea, el del pensamiento crítico. No se atraviesa un desierto en el campo teórico, puesto que, a pesar de una confusión interesada en esos ámbitos, hay elementos valiosos como la crítica ecológica, el análisis antidesarrollista, los estudios antropológicos o la teoría del valor. Pero aún queda mucho por hacer si no se quiere que tales aportaciones degeneren en ideologías conciliadoras y alimento para sectas. Falta una visión histórica rigurosa pero libre de determinismos, una crítica renovada del posestructuralismo y del reciclaje de las ideologías caducas, un lenguaje unitario que la caracterice, una demolición efectiva de los mitos salvacionistas, empezando por el más grande, el mito del Estado, etc, etc. Solamente un auténtico pensamiento revolucionario podrá nombrar a sus amigos y a sus enemigos delimitando con precisión el terreno de las luchas contemporáneas, aclarando tácticas y estrategias que ayuden a remontar los enormes obstáculos, haciendo confluir todo en un proyecto. Cuando se trabaja en el derrumbe de un régimen se ha de tener claro qué es lo que se quiere poner en su lugar. Y eso es sólo el comienzo.


Miguel Amorós

lunes, noviembre 5

Breve genealogía de la propiedad privada



Cuando se habla de propiedad privada nunca está de más diferenciarla de la posesión, lo cual ya fue señalado por Proudhon en su célebre obra ¿Qué es la propiedad?. Así, la propiedad privada viene determinada por la ley que es la que dice que algo es de alguien, mientras que la posesión es la relación de usufructo que una persona mantiene con algo. Por esta razón, cuando aquí nos referimos a la propiedad privada lo hacemos en relación a los medios de producción, distribución y consumo, y no a aquellas cosas que son tenidas o disfrutadas, como ocurre con las posesiones.

Si hubiera que trazar una genealogía de la propiedad privada encontraríamos su génesis en las sociedades esclavistas de la Antigüedad, como por ejemplo Grecia. En cualquier caso hay que señalar que en aquel entonces este tipo de sociedades eran minoritarias, y que por ello la propiedad privada estaba bastante limitada. En el caso de Europa fue el Imperio Romano el que introdujo la separación entre posesión y propiedad a través del famoso derecho romano, lo que constituyó el principal antecedente para, ya en tiempos modernos, restablecer la propiedad privada. A pesar de esto no hay que perder de vista que entre el derrumbamiento del Imperio Romano y la época moderna, es decir, durante el periodo medieval, la propiedad privada como tal no existió debido a que imperaban distintas formas de propiedad compartida, tal y como sucedía con los bienes comunales en muchas zonas de Europa, las formas de propiedad enfitéutica, etc. En la Edad Media la propiedad privada, al estilo romano, como propiedad individual exclusiva, apenas existía.

La modernidad trajo consigo la recuperación del derecho romano y con este la propiedad individual que hoy conocemos como propiedad privada. Sería complejo explicar los pormenores del proceso que condujo a la recuperación de esa forma de propiedad, y de cómo fue implantada a lo largo y ancho de Europa. Pero basta con señalar que durante la época medieval la ausencia de la propiedad privada como tal era el reflejo de la existencia de comunidades en las que prevalecían redes de interdependencia compleja entre sus miembros, en tanto en cuanto existía una posesión común de la riqueza. No hay que olvidar que las elites medievales eran, con diferencia, una minoría social cuyo poder era muy limitado, de manera que su capacidad para fiscalizar al resto de la población para extraer recursos era sumamente complicado debido justamente a esa circunstancia que acabamos de señalar: la posesión común de la riqueza con la existencia de bienes comunales como tierras, bosques, ríos, pero también ganado, montes, fraguas, batanes, molinos, etc. Así, en la medida en que la riqueza era compartida por muchas personas al mismo tiempo, las elites medievales tenían serias dificultades para llevar a cabo labores de exacción económica, pues era muy difícil identificar a los dueños de este tipo de bienes. Los impuestos, por regla general, consistían en pagos hechos en especie a partir de su propia producción, y que solía combinarse con algunos días de trabajo en las tierras de los caciques locales durante determinadas épocas del año.

Las primeras formas de propiedad privada pueden detectarse en la Baja Edad Media en torno a los burgos, ciudades que operaban bajo ciertos privilegios fiscales otorgados por el monarca que les permitía disponer de mercado propio, con lo que sus habitantes desarrollaban actividades comerciales que facilitaron la aparición de las primeras formas de propiedad privada en el terreno mercantil. Los burgos surgieron en parte de manera espontánea, como consecuencia de una serie de procesos sociales e históricos propios de la época medieval, pero también en parte como consecuencia de la acción de los monarcas de aquel entonces al crear centros en los que se desarrollase la actividad económica y comercial, de forma que el enriquecimiento de los habitantes de las ciudades supusiese al mismo tiempo la creación de importantes depósitos de riqueza de los que el monarca pudiera disponer en caso de necesidad. Además de esto los burgos eran zonas que quedaban al margen de las jurisdicciones señoriales, lo que reforzaba la autoridad del monarca al tiempo que en el plano político debilitaba a la nobleza. Pero por otra parte la nobleza era drenada de recursos, y por tanto debilitada económicamente, en la medida en que estos iban a parar a las ciudades donde los mercados hicieron su más temprana aparición.

Sin embargo, como decimos, las formas de propiedad privada eran muy limitadas al quedar circunscritas a determinados círculos sociales y económicos de las ciudades, generalmente grupos oligárquicos compuestos fundamentalmente por mercaderes y sólo más tarde por prestamistas. En los albores de la modernidad el fortalecimiento del poder regio con la aparición de las primeras monarquías absolutas dio lugar a una progresiva remodelación de la economía y la sociedad, si bien a una escala todavía limitada. En lo que a esto se refiere nos encontramos con el surgimiento del mercantilismo y el desarrollo de las actividades comerciales, lo que facilitó el incremento de la actividad económica y consecuentemente el aumento de la base fiscal del Estado. No hay que olvidar que la principal fuente de ingresos de la Corona eran, por aquel entonces, las rentas de sus dominios territoriales pero también, y en una medida creciente, los impuestos recaudados del comercio exterior. Todo esto se combinó con la concesión de monopolios que abarcaron una extensa cantidad de actividades económicas, y que se desarrollaron sobre todo a partir de la colonización de América y de otras regiones del planeta.

Desde la Baja Edad Media se produjo el desarrollo y crecimiento de una clase social oligárquica afincada en los burgos, centrada en actividades comerciales y compuesta mayormente por mercaderes que traficaban con mercancías de diferente tipo y en diferentes ámbitos geográficos: local, regional e internacional. A estos se sumarían los prestamistas y banqueros, que en muchas ocasiones también eran mercaderes que, dada su enorme riqueza, desempeñaban funciones de préstamo en el desarrollo de sus actividades comerciales pero también en su apoyo financiero a los soberanos. El desarrollo de esta clase social fue desigual a lo largo de Europa, pues ello dependió de las redes de ciudades que existían al final de la época medieval, así como de las estructuras estatales que las abarcaban. Al margen de las tensiones políticas que existieron entre los grandes soberanos y las ciudades, es en los albores de la época moderna cuando se percibe un aumento general de la riqueza, lo que coincidió con nuevas empresas colonizadoras por un lado, y por otro con el desarrollo de las incipientes monarquías absolutas. En este contexto, no exento de complejidades de diferente tipo, no tardaron en producirse en determinados países diferentes tensiones internas en la medida en que las necesidades financieras de las monarquías absolutas no dejaron de crecer. Esto era debido en parte a las carreras armamentísticas y a las guerras que se produjeron por aquel entonces, y que implicaron un encarecimiento de los medios de coerción y dominación política.

Entre los siglos XVI y XVII se impuso el mercantilismo como punto de vista de las elites en tanto en cuanto se trataba de una manera de ver la economía que consideraba que esta es un instrumento al servicio de la construcción de un Estado fuerte. Para el mercantilismo la economía internacional es un espacio de conflicto entre diferentes Estados con sus respectivos intereses nacionales. Como consecuencia de esto la competición económica entre Estados es un juego de suma cero, lo que un Estado gana lo pierde otro. De esto se deduce la importancia dada a las ganancias relativas en el terreno económico, pues la acumulación de riqueza constituye la base para el poder político-militar que más tarde es utilizado contra otros Estados. Por tanto, la fortaleza económica y el poder político-militar no eran contemplados como metas que competían entre sí, sino como fines complementarios que beneficiaban al Estado. Así, la búsqueda de la fortaleza económica constituye un apoyo para el desarrollo del poder político y militar del Estado, al mismo tiempo que el poder político-militar mejora y fortalece el poder económico del Estado.

La perspectiva mercantilista daba prioridad a lo político sobre lo económico, de manera que allí donde los intereses económicos y los intereses políticos, vinculados estos últimos a la seguridad del Estado, chocaban, era la política la que se imponía. Esto no estuvo exento de importantes problemas y tensiones internas que enfrentaron a las oligarquías económicas con la Corona. Un ejemplo paradigmático de esta situación es la Inglaterra del s. XVII. Esto se debió sobre todo a las exigencias impuestas por el encarecimiento de las guerras internacionales, lo que estaba unido a la actividad expansionista del propio Estado en su competición frente a otros países por la conquista de la hegemonía internacional. La consecuencia inevitable de esto fue la aplicación de medidas coercitivas por parte de la Corona sobre el sector socioeconómico más dinámico del país que consistieron en confiscaciones, encarcelamientos, la imposición de tributos excepcionales, el forzamiento de la concesión de créditos, etc. El resultado fue el enfrentamiento entre la corona y la oligarquía económica, lo que para finales del s. XVII condujo al desmantelamiento del absolutismo y la definitiva instauración del parlamentarismo como sistema político en Inglaterra.

Las consecuencias de la revolución de 1688 en Inglaterra fueron importantes, pues constituyó un paso decisivo para la incorporación de la elite económica a las tareas de gobierno de las que había sido excluida por la Corona. En tanto en cuanto una de las principales motivaciones de esta revolución fue la protección de los bienes de los comerciantes, así como la liberalización de la economía con la desaparición del sistema de monopolios hasta entonces vigente, se produjeron una serie de transformaciones en el terreno jurídico, económico y social de gran importancia. En lo que a esto se refiere el liberalismo preconizado por John Locke convirtió la propiedad en el hecho social central. Se entendía que la propiedad era la que garantizaba la libertad del individuo al dotarle de la correspondiente autonomía en la medida en que por medio de ella controlaba sus propias necesidades materiales. El reconocimiento de la propiedad privada en el ordenamiento jurídico fue decisivo, no sólo para proteger los intereses de la burguesía inglesa respecto a la arbitrariedad de la autoridad política, sino sobre todo para permitir una mejor fiscalización de la economía al poner fin a las formas de propiedad compartidas.

Después de 1688 Inglaterra se sumió en una dinámica dirigida a expropiar los bienes comunales y a poner fin a la economía natural. La política de parcelaciones iniciada décadas antes fue relanzada y reforzada, lo que permitió, por un lado, la concentración de la mayor parte de la riqueza en unas pocas manos, al mismo tiempo que la población que era desposeída era forzada a vender su fuerza de trabajo, ya fuese en el campo o en las incipientes ciudades industriales. Pero por otro lado la propiedad privada creaba unas nuevas condiciones económicas y sociales al permitir la acumulación ilimitada de riqueza, lo que hizo que el interés individual, entendido como la búsqueda del máximo beneficio y el atesoramiento de riquezas, pasase a ser el motor del desarrollo social y económico del país. Por medio del interés individual vinculado a la propiedad privada se impulsó el crecimiento económico y las correspondientes dinámicas productivistas que convergieron con el desarrollo y ampliación de los mercados, tanto nacionales como internacionales.

El Estado logró varios objetivos de un modo simultáneo mediante el reconocimiento de la propiedad privada: facilitar su labor fiscalizadora de la economía al generalizarse la propiedad privada individual, de manera que por cada propiedad había un único propietario, lo que hizo que las tareas de recaudación de impuestos fuese más eficaz al estar claro a quién le correspondía el pago de los tributos; unido a lo anterior al Estado le resultaba mucho más fácil tasar la riqueza nacional, y establecer impuestos; por otra parte, al incentivar el desarrollo económico por medio del crecimiento de la producción, propició el crecimiento del volumen de la riqueza nacional disponible en la economía, lo que repercutió en un aumento de la base tributaria del Estado con la que costear sus medios de dominación política y militar; como consecuencia del aumento de la riqueza se produjo la expansión del mercado y del comercio, y con ellos los ingresos fiscales del Estado también crecieron; asimismo, la propiedad privada dio lugar a la aparición del trabajo asalariado, y facilitó de este modo la monetización de las relaciones sociales y del conjunto de la economía, lo que, a su vez, también facilitó la labor recaudadora del Estado e incrementó su capacidad para movilizar recursos financieros más rápidamente; como corolario de todo lo anterior nos encontramos con la aparición y desarrollo de un pujante sector financiero representado por importantes firmas bancarias, siendo sus principales funciones la custodia de la riqueza nacional, la labor de crédito para el desarrollo económico e industrial, y la concesión de préstamos al Estado.

Así las cosas, la propiedad privada ha tenido como principal función histórica sentar las bases para el posterior desarrollo del sistema capitalista. En este sentido comprobamos que fue creada por el Estado tanto para su propio beneficio como para el de los propietarios. Gracias a ella las formas de producción económicas evolucionaron hacia el capitalismo, lo que simplemente facilitó la movilización de los recursos disponibles, el incremento de la riqueza en la economía y el aumento de los ingresos del Estado para apoyar su poder político-militar tanto en la esfera doméstica como en la internacional. La consecuencia de todo esto no fue otra que el trasvase de riqueza de manos del pueblo a manos de una minoría que pasó a acapararla, lo que supuso no sólo el incremento de las desigualdades sociales sino sobre todo un fortalecimiento de las jerarquías ya existentes. La propiedad privada, por tanto, ha sido, y todavía es, un instrumento con fines económicos al permitir el enriquecimiento de la clase propietaria y del Estado, pero también un instrumento con fines políticos al ser la base material del poder político-militar estatal. En el terreno social la propiedad privada ha servido para una remodelación del conjunto de la estructura social por medio del trabajo asalariado, y a través de este el reforzamiento de las relaciones de poder y de explotación que le son inherentes.

De todo lo anterior puede concluirse que cualquier aspiración emancipadora pasa necesariamente por la abolición de la propiedad privada y del trabajo asalariado que le es inherente. Pero esto sólo es posible a través de la abolición del Estado que es su principal creador y protector a través de su burocracia y sus cuerpos represivos. De esta manera, mediante la abolición de las bases de la desigualdad social y política, es como puede construirse una sociedad sin clases, libre e igualitaria, basada en la posesión común de la riqueza.


Esteban Vidal

viernes, noviembre 2

Un monstruo indestructible. Policía y orden público en el Estado español (siglos XIX – XX).




Nos encontramos ante un libro muy específico sobre una realidad muy universal. Todo el mundo sabe qué es la policía, y mucha gente tiene opiniones al respecto (más o menos elaboradas, más o menos acertadas). Sin embargo, muy poca gente conoce el origen de este cuerpo, su evolución, sus objetivos y dificultades. Nuño Negro intenta organizar y facilitar el acceso a un montón de información dispersa que a la mayoría nos pasa desapercibida.

Uno de los mayores triunfos de este sistema económico, político y social es hacernos creer que las cosas son así de manera prácticamente natural. Que a lo que hemos llegado como sociedad es lo lógico y lo mejor de entre las diferentes opciones. Eso se refleja en nuestra incapacidad general para ni tan siquiera ser capaces de imaginar cómo serían las cosas si fuesen diferentes. En ese sentido, el discurso oficial es totalitario, pues no deja espacio alguno para otras posibilidades, ni siquiera en la fantasía de los/as dominados/as.

¿Cómo sería un mundo sin policía? Es una pregunta capaz de colapsar cualquier mente, de hacer entrar en pánico a mucha gente. Pero la Historia tiene ese lado tan bonito de situarnos en un contínuo, complejo, y sacarnos de la excepcionalidad y el ombliguismo que nos inoculan. ¿Ha existido siempre la policía? Parecería que sí, que hacerse esa pregunta es como preguntarnos si siempre ha existido el agua o el aire. Pero la verdad es que no siempre existió. La policía hubo que inventarla, inventarla para algo, para algo bastante concreto. ¿Fue sencillo ese proceso de creación? ¿Cómo encajó la sociedad la aparición de ese nuevo actor que tendría un impacto tan grande en la vida común? ¿Quiénes eran esos que se volvían policías? ¿Ha sido el Estado siempre omnipotente? ¿Lo es ahora?

Este libro lo disfrutarán más quienes tengan ciertos conocimientos sobre la historia del Estado español, y quizá no sería mala idea mirar algo sobre los siglos XVIII, XIX y principios del XX antes de acometer su lectura. Detalles y matices pueden quedar fuera del alcance de quienes, como yo, no tenemos formación sobre el tema. Pero de lo que no cabe duda es de que es un libro que puede enriquecer mucho a cualquiera que lo lea y es precisamente por lo comentado más arriba: más que una ristra de fechas y datos (que también aparecen perfectamente documentadas), la potencia de este texto es la de ayudar a plantearnos algunas preguntas prohibidas y aproximarnos a algunas respuestas necesarias.

 Nuño Negro. Edita: Cuadernos de Contrahistoria. Aranjuez, enero de 2018.


martes, octubre 30

Un mundo sin policía


Vivimos en una sociedad donde casi cualquier problema social – desde vecinos/as ruidosos/as a un faro trasero roto- se ha convertido en un asunto de intervención policial. El resultado es una epidemia de acoso y violencia. Pero, ¿y si encontráramos otras formas de resolver nuestros problemas? ¿Y si hiciéramos retroceder al poder policial y aboliéramos la institución por completo? Aquí te invitamos a pensar y actuar junto a otras visionarias y encontrar maneras de lograr un mundo libre de policía.

Así se presenta el proyecto colectivo estadounidense A World Without Police (un mundo sin policía) que trata de buscar acciones concretas que nos acerquen a ese objetivo de un mundo en el que no exista esta institución. Con este fin, en su página web recopilan una interesante guía de estudio sobre el tema (ver el apartado Study Guide), así como noticias de actualidad relacionadas. Aunque sus textos principales están basados en el contexto estadounidense, nos parecen un material muy útil también en nuestro contexto, por eso hemos traducido algunos de ellos al castellano a continuación.

 

El problema

Los/as activistas contra la brutalidad policial suelen decir que la policía está ahí para proteger y servir, y se quejan de que no lo hacen. Pero esta suposición acerca de la finalidad de la policía es errónea. Desde su creación hasta el presente, las fuerzas policiales han protegido y servido a la minoría rica contra la mayoría, a la gente blanca contra el resto. La aplicación desigual de la ley y la violencia no son aberraciones, son una parte necesaria de su trabajo.
Históricamente, las fuerzas policiales fueron creadas para proteger la propiedad de empresas y ricos y mantener la supremacía blanca. En las ciudades, se formaron para reprimir al creciente número de gente pobre que trajo consigo el capitalismo industrial, mientras que en las plantaciones y colonias agrícolas se formaron en respuesta a la amenaza de las revueltas de esclavos/as.

En Inglaterra, la primera policía fue fundada por comerciantes ricos para prevenir el robo en los puertos comerciales de Londres. Este primer intento sentó las bases para el establecimiento de la Policía Metropolitana de Londres, la primera fuerza policial moderna del mundo, en 1829. En Estados Unidos, los primeros departamentos policiales se formaron a mediados del siglo XIX en las ciudades del noreste para controlar los disturbios y la cultura urbana problemática de las personas migrantes pobres, para proteger la propiedad de las clases medias y hacer cumplir las leyes contra la huida de esclavos/as. En el sur, la policía evolucionó a partir de las patrullas de control de esclavos/as, y se centró en evitar las huidas o insurrecciones esclavas.


En todos los casos, la policía se inventó para defender la propiedad y los intereses de la clase blanca dominante. Para evitar que las explotadas perturbaran la sociedad capitalista, sea mediante comportamientos antisociales o mediante rebeliones conscientes.

Hoy, a pesar la diversificación de los servicios policiales, la principal actividad de la policía continúa siendo el patrullaje de las calles. Las patrullas callejeras velan por el cumplimiento de todo un rango de normativas para controlar a los/as pobres y otras capas de población vistas como insubordinadas o turbulentas. Utilizan la raza –especialmente la negra- como una seña de identificación de objetivos potenciales. La policía rara vez se fija en los abusos laborales por parte de los/as jefes, o en delitos de cuello blanco. Al contrario: protegen áreas comerciales y, en menor medida, la propiedad de las clases medias. Fundamentalmente, la forma más extendida de opresión en la sociedad capitalista no es la policía, sino nuestra explotación en el puesto de trabajo, donde se nos roba el valor que creamos para los empleadores en forma de beneficios. Este tipo de explotación se considera totalmente normal y legal, un crimen escondido a plena vista.

Hoy como ayer, la policía protege los arreglos comerciales, laborales y habitacionales que mantienen el capitalismo en marcha, y a aquellos/as que se benefician de ellos.

Precisamente porque el objetivo fundamental de la policía es defender un sistema injusto, es imposible que la policía proteja y sirva a todas las personas por igual. Los cuerpos policiales dirigen su atención a las personas pobres racializadas y la apartan de la gente rica, dejando la explotación capitalista diaria intacta. Mientras continúa la explotación, los/as ricos/as se vuelven más ricos/as y las élites adquieren cada vez más poder para dirigir la atención policial a donde quieran. “La igualdad ante la ley” es una expresión vacía en este tipo de sociedad, igual que lo es la “libertad de expresión” cuando la emisión de los medios de comunicación es comprada y vendida por empresas.

Dado que la policía trabaja para el gobierno en vez de para algún capitalista privado, da la impresión de que sirven a la población en general y que las personas contra las que se dirige la policía son enemigos públicos. El trabajo policial cotidiano vilipendia a los/as pobres y no-blancos/as e invita a los/as trabajadores/es con mejores condiciones a buscar protección en la policía al igual que hace la clase dominante. En la policía estadounidense este proceso de división siempre ha sido racista. Las patrullas de control de esclavos/as unían a vasallos/as blancos/as pobres con ricos dueños de esclavos para mantener la subyugación de los/as esclavos/as negros/as. De la misma forma, la policía contemporánea divide entre ciudadanos/as de primera y de segunda, en nombre de los derechos universales.

Para mantener la desigualdad capitalista, el trabajo policial siempre va a requerir la amenaza y uso de la violencia. Esto es lo que distingue a la policía del resto de instituciones públicas. A diferencia de otros cuerpos estatales, la policía tiene la autoridad para quitar derechos individuales por la fuerza, incluso quitar la vida. Independientemente de los límites legales que se les impongan, el papel de la policía les otorga el poder de detener, golpear, encerrar y asesinar en servicio de la ley y el orden.

La policía también es violenta en un segundo sentido: mientras sigan haciendo su trabajo, continuará la explotación cotidiana. Mientras mantienen la “igualdad ante la ley”, a los/as pobres se les paga salarios de hambre y se les desahucia y los/as jefes se quedan los beneficios. No importa lo no-violenta que se haga la policía, la violencia sistémica siempre permanecerá. No hay entrenamiento, supervisión legal o reforma que pueda alterar la violencia fundamental de la institución policial.

La única forma de acabar con la violencia policial es mediante una transformación revolucionaria de la sociedad que haga que la riqueza y los recursos sean libremente accesibles a todos/as. En vez de reformar la policía manteniendo su papel actual, esto requiere abolirla por completo.


La estrategia

La policía no solo asesina. Patrullan escuelas, hospitales y vías públicas. En muchas ciudades, recorren las aceras de complejos de vivienda pública, aparcan en las oficinas del paro, en centros comerciales o parques. En todos estos espacios, mantienen la supremacía blanca y protegen la propiedad por encima de la vida humana. De hecho, llevan a cabo una labor esencial para el capitalismo: disciplinar la pobreza, la población negra, queer, indígena, trans, no-blanca y con diversidad funcional para que acepten unas condiciones de vida deterioradas, reproduzcan las diferencias sociales y el aislamiento y castiguen cualquier disidencia contra el status quo de alienación y explotación.

No se puede reformar una mina antipersona, pero sí se puede desmantelar, destruir las fábricas que las construyen y disolver los gobiernos y empresas que se benefician de su existencia. Del mismo modo, no luchamos por una nueva policía más amable, más diversa, mejor entrenada que sus predecesores, ni siquiera por un nuevo sistema judicial. Luchamos por un mundo sin policía. Estamos trabajando para desempoderar, desarmar y disolver los cuerpos policiales dondequiera que operan y por revolucionar la sociedad en su conjunto.

Desempoderar

Si, como demuestra el caso del policía violador de Oklahoma Daniel Holtzclaw, nuestros cuerpos no nos pertenecen; si, como demuestran los casos de Eric Garner y Alton Sterling, la supervivencia diaria en un mundo capitalista se castiga con humillación, ataques y muerte, entonces la lucha no puede ser por una policía más “blanda”, diversa o basada en la comunidad. El poder absoluto e indiscutible que tiene la policía sobre nuestras vidas es directamente proporcional a nuestra falta de poder. Esta realidad solo puede comenzar a cambiar si le quitamos a la policía ese poder en todos los espacios en los que operan.

¿Cómo podemos desempoderar a la policía y empoderarnos nosotros/as mismos/as? Esto es un proyecto a largo plazo que conllevará reconstruir las relaciones de comunidad para resolver los problemas sociales y oponerse a la violencia policial, y sustituir la fragmentación capitalista con la libre asociación.

Primero, podemos confiar los/as unos/as en los/as otros/as en vez de en la policía. Cada vez que llamamos a la policía para pedir su ayuda, nos arriesgamos a que alguien salga herido/a o muerto/a. Pero si desarrollamos líneas de comunicación, oportunidades para la autoformación y la resolución colectiva de conflictos en diferentes escenarios, podemos empezar a excluir a la policía de nuestras vidas. En vez de que la policía medie en nuestros conflictos, podemos empezar a resolverlos por nuestra cuenta.

En segundo lugar, podemos construir organizaciones de lucha contra la violencia policial. Éstas podrían incluir grupos específicos para controlar la conducta policial o para cuestionar su legitimidad en nuestros barrios. Al mismo tiempo, grupos de todo tipo en el barrio, el colegio o el lugar de trabajo podrían oponerse a la expansión del poder policial y responder a su violencia cuando ésta tenga lugar.

En tercer lugar, podemos desarrollar “zonas libres de policía” en nuestros barrios, una vez que tengamos suficiente fuerza para resolver problemas sociales por nuestra cuenta y para enfrentarnos a la impunidad policial. Esto implicará reclamar espacios públicos para manifestar nuestras quejas, imaginar alternativas y socializar, al tiempo que desafiamos la fragmentación que produce el capitalismo y sostiene la policía. Podrían empezar siendo zonas temporalmente libres de policía y expandirse hasta ser ocupaciones semi-permanentes mantenidas y defendidas por la comunidad.

Aquí tenéis algunas ideas concretas para empezar a desempoderar a la policía:

En casa:

– Desarrollar árboles telefónicos y redes de respuesta rápida para compartir información importante, alertar de controles o redadas policiales y responder a amenazas policiales a tiempo real. Registrar conductas policiales y tomar acciones colectivas para parar la violencia policial en el acto y cuidar a los/as afectados/as por ella.

– Estudiar y compartir habilidades de mediación en conflictos, de forma que pequeños desacuerdos como quejas por ruidos puedan solucionarse entre vecinos/as sin involucrar a la policía. Comenzar a construir estas habilidades en asociaciones o colectivos vecinales.

– Construir grupos de defensa contra la violencia de género y el acoso sexual, liderados por supervivientes. La gente recurre a la policía cuando no tiene otra forma de abordar la violencia en el espacio privado, pero si hay alternativas como redes de apoyo, centros de crisis o grupos de autodefensa, se puede comenzar a dejar de lado la intervención policial.

– Luchar contra los desalojos. La policía existe para proteger la propiedad y hacer pagar a la clase trabajadora por su acceso a ella. Construir sindicatos de inquilinos/as, redes de solidaridad, grupos de defensa contra los desahucios u otro tipo de organizaciones que puedan defender el acceso de los/as vecinos/as a un techo sobre sus cabezas, sin importar su capacidad de pagarlo. Cuando la policía acuda a un desahucio, hay que estar ahí para echarles y mantener a los/as vecinos/as en sus casas.

 En las calles:

– Animar a los/as vecinos/as a negarse a hablar con la policía cuando vienen a fisgonear por el barrio. Desacreditar y protestar contra las campañas que incentivan el chivateo y que contribuyen a la criminalización y encarcelamiento de unos/as a otros/as.

– Construir redes vecinales que interfieran en la actividad policial. Ya se están dando luchas de este tipo en Estados Unidos y se pueden activar mediante líneas de comunicación existentes entre organizaciones vecinales, laborales o de vivienda. Controlar y monitorear a la policía, pero no sólo eso: crear una cultura colectiva de resistencia que interfiera e impida a la policía usar la fuerza y detener a personas vulnerables.

– Constituir grupos de mujeres, personas queer y trans para defenderse contra el acoso callejero y las palizas. Si somos capaces de defendernos, no tendremos que confiar en la misma policía que nos acosa en momentos de crisis.

– Organizar campañas para derogar políticas represivas, como el Stop-and-Frisk en Nueva York o Civil Gang Injunctions en Houston.

– Evitar la construcción de nuevas comisarías o instalaciones policiales mediante la protesta popular, mesas informativas, etc.

– Apoyar una cultura militante de protesta contra el control policial en manifestaciones, evitar las detenciones en estos actos.

En el colegio:

– Desarrollar campañas para sacar a la policía de los colegios de todos los niveles. Esto puede impulsarse desde asociaciones estudiantiles, sindicatos de profesores/as o asociaciones de padres.

– Manifestarse en contra de las campañas de recrutamiento policial, por ejemplo en ferias de empleo o colegios.

– Oponerse a que la policía utilice las instituciones de enseñanza para sus propósitos, como los acuerdos de investigación que “reforman” la policía mientras refuerzan su legitimidad, o los intentos de traer a policía antidisturbios en las movilizaciones.

En el trabajo:

– Únete con tus compañeros/as para evitar el apoyo material a la policía, como los/as trabajadores/as de UPS que llevaron a cabo la acción “Hads Up, Don’t Ship” en Minneapolis. Coordínate con los/as demás para minimizar las represalias de la empresa por este tipo de acciones.

– Dentro de organizaciones existentes en el ámbito laboral, desarrolla la capacidad colectiva de defensa contra la represión policial. Estudia y desarrolla estrategias para defender piquetes, ocupaciones o manifestaciones de protesta. Los/as jefes y la policía trabajan codo a codo para evitar que los/as trabajadores/as conquisten cualquier tipo de poder en el trabajo.

– Organiza talleres de “conoce tus derechos” para minimizar el impacto legal de las interveciones policiales, sea durante una huelga o en cualquier otra situación.

Desarmar

El movimiento Black Lives Mater (las vidas negras importan) nació de la violencia. La lista de gente negra que ha sido asesinada por la policía en Estados Unidos es más larga de lo que nos gustaría reconocer: en 2015, la policía asesinó a 1.146 personas, y 2016 va por el mismo camino con 611 asesinados/as de enero a julio.

De todas las víctimas del terror policial, sólo un puñado de ellas llegan a los titulares o se convierten en mártires de la lucha. Eslóganes como el “no puedo respirar” o el “manos arriba, no dispare” son recordatorios de la violencia que padecemos. Y la violencia continúa cuando nos levantamos y respondemos: millones de personas observaron cómo los/as manifestantes desde Baltimore hasta Baton Rouge fueron brutalmente apaleados por la policía.

La policía dispone de una enorme variedad de armas que muchos/as hemos sufrido de primera mano. La rebelión de Ferguson fue un ejemplo perfecto: en Ferguson, la policía desplegó toda su fuerza con vehículos blindados, dispositivos acústicos de largo alcance, granadas de aturdimiento, rifles de asalto de cañón corto y equipamiento militar de camuflaje. Como si no fuera suficiente, también llevaban consigo armas habituales como pistolas, tasers, porras, esposas y esprays de pimienta, y estaban entrenados en combate cuerpo a cuerpo para reducir a civiles.

La vigilancia y la cibertecnología son también importantes armas en sus manos. La policía se sirve de dispositivos de control de teléfonos móviles, escáneres de matrículas, software de reconocimiento facial y de análisis de comportamiento, etc., para monitorear nuestras acciones y anticipar nuestros movimientos. Vigilan a la población y detienen a la gente que se atreve a expresar sentimientos antipoliciales. Ya ha habido casos documentados de activistas del Black Lives Matter que han sido espiados por el Departamento de Seguridad Nacional.

El armamento policial es utilizado cada día para herir y matar a gente pobre y de color, además de para reprimir protestas y resistencia. El único modo de terminar con la brutalidad y asesinatos policiales es desarmar a la policía por completo. Para esto, no basta con quitarles sus armas mortales. Implica quitarles también otras armas “no letales”, herramientas de vigilancia, etc., que utilizan para reprimirnos. En último término requiere una transformación revolucionaria de la sociedad en su conjunto, ya que si se quita a la policía su capacidad de infligir violencia, se evita su función de mantenimiento de la opresión y explotación capitalista. No obstante, cualquier esfuerzo de desarme policial nos da algo de espacio vital para sobrevivir, crecer como movimiento y trabajar hacia este objetivo final.

Estas son algunas de las formas para empezar a desarmar a la policía:

– Eliminar el vínculo entre ejército y policía, abandonando los programas de venta de equipamiento militar y de entrenamiento a departamentos policiales, o que ofrecen empleo en los cuerpos policiales a veteranos del ejército.

– Exponer y denunciar la represión política que incluye el uso de informantes pagados, agentes de incógnito y vigilancia de movimientos sociales.

– Estudiar y compartir técnicas de seguridad entre los/as activistas, como métodos de prevención de vigilancia informática y para reducir la posibilidad y efectividad de la infiltración policial.

– Lanzar campañas por el desarme de la policía en contextos concretos como escuelas, hospitales y, a largo plazo, en las patrullas callejeras.

– Protestar contra la asignación de presupuestos públicos a la policía, luchar por eliminar su financiación, lo cual mermará su capacidad de adquisición de armamento y de contratación.

Disolver

Disolver la policía significa algo más que crear grupos de “pacificadores vecinales” que continuarán salvaguardando la explotación, opresión y desigualdad capitalistas por otros medios. Además de desempoderar y desarmar, disolver los cuerpos policiales tiene un objetivo más amplio: la abolición total de la policía.

Mientras continúan los asesinatos policiales y las reformas superficiales demuestran ser insuficientes para detenerlos, cada vez más gente reconoce que el problema no está dentro de las instituciones policiales, sino que es la institución policial en sí.

Estos son algunos pasos a seguir hacia la disolución de la policía:

– Transformar nuestra manera de pensar acerca del delito, el conflicto y la identidad. Es posible romper la asociación entre delito-castigo violento, justicia-cárcel, y criminalidad-determinados tipos de personas. Se puede poner en evidencia cómo el discurso del “delito” se utiliza para deshumanizar a la gente negra, indígena, racializada, pobre, queer o rebelde. Si no pensamos en términos de castigo, control y división, podemos empezar a imaginar lo que la justicia verdadera puede significar.

– Luchar por eliminar determinadas unidades policiales que se hayan visto envueltas en escándalos o que sean políticamente vulnerables, como ocurrió con la unidad de delitos callejeros de la Policía de Nueva York, que asesinó en 1999 a Amadou Diallo.

– Desmantelar comisarías aprovechando falta de financiación, cambios demográficos o protestas populares.

– Organizarse para sacar a la policía de determinadas instituciones, como los colegios u hospitales. No sustituyéndola por seguridad privada, sino desarrollando equipos de seguridad vecinales elegidos democráticamente y dirigidos por aquellos/as a quienes protegen.

– Acabar con el poder político de los sindicatos policiales, disminuyendo su influencia en gobiernos locales y en último término eliminándolos.

– Una vez que nuestro movimiento cobre suficiente fuerza, desmantelar las fuerzas policiales en zonas de autogobierno democrático, reemplazándolas por sistemas de seguridad comunitaria y resolución de conflictos. 


sábado, octubre 27

De ratones y hombres


a media mañana,
cuando ya estaba harto
de respirar el polvo
de la lijadora,
echaba un gargajo al suelo
para tratar de aliviar
el amargor de mi garganta,
me sonaba los mocos
y salía a la puerta del taller
a fumar un cigarro

justo enfrente, había una grieta
bastante grande en la pared
de la que solía asomar
una rata

coincidíamos casi siempre
en ese momento
y nos mirábamos largo rato,
vigilando cada uno
de nuestros movimientos,
como dos pistoleros
acariciando la culata
de sus revólveres,
hasta que terminaba mi cigarro
y lo lanzaba hacia ella,
que se escondía rápidamente
en su grieta,

y yo,
más despacio,
en la mía.


Julio César Alcubilla. De Para que el piano suene alguien tiene que matar al elefante.
Canalla ediciones, 2018.
En la antología Poemas Precarios. Ed. La Marea K, 2018.
contacto: lamareak@mareakultural

miércoles, octubre 24

La prostitución es incompatible con una sociedad libre

(En respuesta a Ruymán Rodríguez, en Solidaridad Obrera de CNT Cataluña)

Ruymán Rodríguez, en Solidaridad Obrera de CNT Cataluña, ha publicado un extenso artículo titulado “Cuando el lumpen levanta la voz”, en el que dice defender la abolición de la prostitución, pero hace una encendida defensa de la creación de un sindicato de prostitutas, que interpreta como un gesto de emancipación de las propias mujeres sometidas al sistema prostitucional.

En consonancia con los argumentos que esgrimen los regulacionistas y los defensores del “lobby” proxeneta, Rodríguez considera que el rechazo a la creación de este sindicato es una muestra de “clasismo”, una injerencia burguesa en la autoorganización de mujeres (puntualiza que hay también hombres en el mercado, pero menos) y que muestra una desconfianza paternal en la capacidad y agencia de “el lumpen”.

A nuestro juicio, es precisamente lo contrario: es clasista considerar que las mujeres en prostitución tienen otra categoría, una posición especial (aquí definida como lumpen) que hace que para ellas sea aceptable lo que nunca soportaríamos para nosotros mismos. Las mujeres en prostitución somos, potencialmente, todas las mujeres y también las niñas que ahora están creciendo, en un mundo cada vez más precario en el que la pobreza amenaza, sobre todo, a la población femenina.

La autoorganización de las putas es para nosotras y nosotros, anarquistas, una buena noticia. Que las personas que sufren las mismas opresiones creen y estrechen lazos, sobre todo cuando son opresiones atravesadas por el grado de violencia y misoginia que se da en el campo de concentración que es el burdel, no puede ser sino saludado como un bien. En España, funcionan desde hace años y sin ningún tipo de problema legal asociaciones como Hetaira. Están creciendo plataformas feministas que integran a supervivientes del sistema prostitucional, hermandades que sirven para levantarse contra los opresores, proxenetas y puteros. No hay, pues, ningún problema con la libre asociación de las mujeres en prostitución.

Sí, con defender que la forma de asociación tenga que ser reconocida por el Estado como un “sindicato”, que integra “trabajadores de un sector”. Porque lo que Rodríguez y los regulacionistas nos quieren colar con la excusa de la libre organización de las mujeres es el reconocimiento como “trabajo” de la explotación más antigua del mundo, la prostitución. Sería el único sindicato del mundo cuya creación es aplaudida como un gran avance por la ‘patronal’ y por la ‘clientela’, un sindicato apoyado con vehemencia por partidos nada amigos de los trabajadores, como Ciudadanos.

Cabría preguntarse ¿Todo lo que se hace por dinero, en este mundo que esclaviza a la Humanidad, es trabajo? El trabajo humano tiene dos vertientes: la expresión de la propia fuerza creadora de las personas, que a través del trabajo se trascienden y benefician a toda la comunidad, y la creación de bienes y servicios que cumplen necesidades sociales. Hay, pues, trabajos creadores y satisfactorios, y otros desagradables pero imprescindibles para la vida de las comunidades. ¿Es socialmente necesaria la prostitución, la servidumbre sexual de las mujeres o de los hombres feminizados para la satisfacción masculina? (Ya que la demanda es abrumadoramente masculina). Rotundamente no. Las mujeres han ido conquistando, con mucho dolor y de manera incompleta, la propiedad de sus cuerpos. Ni del Estado, ni del patrón, ni de la Iglesia, ni del varón. El sistema prostitucional garantiza a todos los hombres, en cualquier lugar del mundo, el acceso al cuerpo de mujeres, niñas u otros hombres a cambio de dinero. Ese “harén democrático” es uno de los privilegios más antiguos del patriarcado, incompatible con la sociedad libre que defienden los anarquistas.

En prostitución, lo que está en venta no es un servicio, es una libertad personal, la libertad sexual. A cambio de precio, se da un consentimiento sexual genérico, consentimiento en muchas ocasiones viciado, por adicciones, traumatizaciones sexuales previas y otras violencias. No hay un pacto ideal de hombre adulto a mujer adulta, son sucesivos hombres, muchos de ellos en pandilla o fratría, ejerciendo su poder e imponiendo su corporeidad a mujeres en situación de vulnerabilidad.

Por otro lado, la historia de los ‘sindicatos’ de prostitutas que se han legalizado en otros países muestra que en numerosas ocasiones han sido utilizados para blanquear un negocio criminal, parasitados por proxenetas, y no han servido para mejorar las condiciones de vida de las mujeres en los territorios en los que han actuado. Como ejemplo, dejo este enlace sobre la Unión Internacional de Trabajadoras Sexuales. (https://traductorasparaaboliciondelaprostitucion.weebly.com/blog/a-quien-representa-en-realidad-la-union-internacional-de-trabajadoras-sexuales)

Por último, los hombres de bien, en este debate, deberían meditar éticamente si están autorizados a defender, aunque sea de modo indirecto, un mercado atroz que se sostiene por la demanda del sexo al que pertenecen, y del que se benefician aunque sea simbólicamente. Todos los hombres, puteros o no, caminan simbólicamente sobre los hombros de las putas. Porque la prostitución les da la primera lección de quién es el amo aquí; La prostitución les dice a los hombres: eres tan importante que todas estas vidas pueden ser sacrificadas para satisfacer tus deseos. Y a las mujeres: eres tan insignificante que puedes ser sacrificada para la satisfacción del deseo de otro.

Acabo con una frase de Delia Escudilla, sobreviviente de prostitución: “las mujeres no necesitamos que se legalice la prostitución, necesitamos que se extinga la violencia y la pobreza que nos empuja a ella”. Salud y Anarquía.


GRUPO ANARQUISTA DE ASTURIAS HIGINIO CARROCERA
http://grupoanarquistahc.wordpress.com