Cuando la multitud hoy muda, resuene como océano.

Louise Michel. 1871

¿Quién eres tú, muchacha sugestiva como el misterio y salvaje como el instinto?

Soy la anarquía


Émile Armand

martes, enero 17

El rock, la subversión y la política en la Transición

Charla debate de Miquel Amorós sobre “La Juventut en la Transició”, en el Centro Social Autogestionado Can Batlló, barriada de Sants, Barcelona.



El sentido de la historia también se manifiesta en fenómenos superficiales y laterales como la música pop, puesto que están vinculados con la vida corriente y no son simplemente hueras trivialidades o negocios lucrativos, sino resultado de fantasías y ensoñaciones colectivas donde cristaliza a un nivel cotidiano la falsa conciencia de la época. Son materiales compuestos de consignas, temas, imágenes y sonidos con las que se puede ilustrar la evolución de una sociedad de clases enfrentadas hacia una sociedad de masas manipulables. Desde la sucesión de estilos propios a esa clase de música para jóvenes, que anuncian el desarrollo y diversificación de la industria del espectáculo, podemos llegar con facilidad a las contradicciones de una realidad social en fase de efervescencia a la que los intereses de la dominación tratan de apaciguar, tanto en el frente musical como en los demás frentes. Si la función de tales intereses consiste en desvirtuar y neutralizar los impulsos disolventes que emergen musicalmente o no en los estratos juveniles de la sociedad, la nuestra es por el contrario la de darlos a conocer y revelar lo que hay de esencial en ellos, pasando por encima de opiniones veleidosas e intrascendentes.
 
El periodo conocido como la Transición, comprendido entre 1976 y 1981, es decir, entre el año de la actuación de los Rolling Stones en Barcelona y el año en el que nace Mecano y abre la sala RockOla, consistió básicamente en la transmutación parlamentaria de un régimen fascista con la aprobación y el apoyo de una oposición política que se autoproclamaba “democrática”. Fue una operación de cambio de oropeles de un aparato dictatorial que se conservaba íntegro y limpiaba su antigua hoja de servicios gracias a un pacto de silencio y una amnistía. En compensación se creaba un espacio para el asentamiento de una nueva clase política, la cual se hacía responsable de la desactivación de cualquier fuerza subversiva en el seno de la sociedad civil. La Constitución salida de esa componenda, más que garantizar derechos los suspendía con el pretexto de posibles situaciones de peligro institucional determinadas unilateralmente por la autoridad gubernativa. Los jueces franquistas garantizaban su aplicación regresiva. Mientras, la jurisdicción militar se mantenía aparte y sus tribunales seguían procesando a escritores, actores y periodistas. El golpe de Tejero proporcionó las excusas que faltaban para las vergonzosas capitulaciones que cerraron el periodo, instaurando un régimen continuista con apariencias democráticas.
 
 


Para sus inventores, la Transición no podía limitarse a la política y a la jurisprudencia; el cambio aparente tenía que ser cultural y sobre todo, llevar la impronta generacional. La importancia de la juventud radicaba en el hecho de que las tres cuartas partes de la población española de mediados de los setenta tenía menos de cuarenta años. La farsa constitucional y los Pactos de la Moncloa harían de fondo; la servidumbre voluntaria y la conciencia satisfecha figurarían en primera fila. Siendo una herramienta de suma importancia para el condicionamiento de masas, los medios de comunicación habían continuado casi en exclusiva en manos del antiguo aparato, incluso después de aprobarse la “carta magna” y constituirse las Cortes parlamentarias. Eso significó el predominio de formas espectaculares arcaicas, y nunca mejor dicho, teledirigidas, cuando la reconducción de la juventud potencialmente contestataria exigía un espectáculo difuso que incluyera actitudes beligerantes contra las convenciones pasadas aún vigentes. El clima social conformista que se quería introducir con el calzador de la modernización formal necesitaba canales de desagüe más eficaces y distracciones más atrevidas. Para ser verdaderamente moderno el orden musical no tenía que luchar contra la subversión, sino marchar un paso por delante. Sin embargo, desde el punto de vista del franquismo discográfico el rock no iba más allá de Los Brincos o de Fórmula V, y, para los nuevos funcionarios progresistas de la cultura, el rock era poco menos que un invento del capitalismo. Eso, la ausencia de la gente de barrio, el carácter artificioso e importado de la contracultura y una sofisticación fuera de lugar explicarían por ejemplo la falta de atractivo tanto institucional como popular del llamado rock progresivo o del llamado “underground” de los primeros setenta, a pesar de contar con el respaldo de un parte significativa del staff musical. Dicha modalidad rockera tuvo uno de sus últimos espasmos en el primer Canet Rock, la única tentativa, confusa, pero con verdadera voluntad de dar vida a una contracultura ibérica. El impasse musical fue aprovechado mejor por los cantautores.
 
Por lo menos hasta 1978, a pesar de la euforia libertaria, los cantautores adictos al sistema de partidos dominaron la escena oficial. Las maneras poetoides, corales y folk con “mensaje” eran más apropiadas para transmitir los eslóganes del poder remodelado a un público mayoritario de estudiantes y profesores. Una lírica palabrera y seudotrascendental de “libertad sin ira, libertad”, de “se hace camino al andar”, de “a galopar”, o de “si tu l’estires cap aquí”, cubría el engaño supremo de una democracia ful con que la misma libertad estaba siendo escamoteada. La tarea adormecedora del cantautor obedecía a la urgencia de estabilizar el régimen nacido de una transacción abominable. Apremiaba un trabajo de propaganda que, mediante el uso poético-musical de los tópicos liberales y el buenismo democrático parlamentario, ocultara los antagonismos de clase e indirectamente hiciera apología del orden establecido, de sus curas, sus jueces, su policía y su ejército. Al caminante de Machado le soplaban lo de que “se hace camino al votar”. En fin, se puede decir que la canción de autor, serio y “de izquierdas”, caracterizó el melecumbé del nuevo régimen partitocrático en sus inicios. Los efectos de la contracultura americana durante los primeros setenta no traspasaron los ambientes de los retoños desarraigados de las clases medias y altas. Los viajes, el ácido lisérgico, la meditación, la maría, la melena, el comic underground, la no-violencia, la libertad sexual y las comunas campestres fueron sus propuestas más importantes, y Pau Riba, su artista más dinámico. Inspiraron los voluntariosos y artesanales festivales de rock de 1975-76, balbuceos de un hippismo casero pasando de todo lo que significara compromiso social, y tuvieron su momento de gloria en las Jornadas Libertarias de julio de 1977, ceremonia triunfalista y autocomplaciente de una confusión que ni la CNT ni la revista cajón-de-sastre “Ajoblanco” pudieron administrar durante demasiado tiempo. La amalgama de ideologías, camarillas y poses no despertaba una especial lucidez; mientras, los días de libertad se acababan con la consolidación de la partitocracia y la acción paralela del caballo y de los servicios secretos.
 
Los trabajadores adultos veían con malos ojos los asaltos a la moral puritana, a la familia y a la ética del trabajo. Estaban contaminados por valores culturales catolico-burgueses y eran indiferentes, cuando no francamente hostiles, a los radicalismos en la vida cotidiana. Por su parte, el movimiento obrero autónomo se batía en retirada y no estaba ni para porros ni para canciones. Sin embargo, los tiempos corrían y lo que hoy ponía en música la buena conciencia de la progresía pequeño burguesa y de los viejos militantes de fábrica, no serviría mañana para impedir la formación de fuerzas juveniles desestabilizadoras en las barriadas dormitorio, donde aún ardían rescoldos de luchas asamblearias. De un día para otro habían dejado de funcionar los sermones cansinos y deprimentes de los cantautores del nuevo régimen, requiriéndose nuevos vehículos musicales para dispersar las energías juveniles. No se trataba de dar un falso contenido al tiempo, sino simplemente de matarlo, por lo que convenían más los estilos rockeros ya que se prestaban mejor al optimismo y a la evasión. Con una masa juvenil deseosa de divertirse, de huir de la realidad y de disimular su insatisfacción particular, pero incapaz de tragarse las salmodias seudodemocráticas y fraternaloides con que le obsequiaban los artistas “comprometidos” con el statu quo –no hablemos ya del frikismo contemplativo hippy o de los cánticos arqueolibertarios– los mecanismos de evacuación de la rabia anti-sistema buscarán otras salidas que afrontarán en principio la realidad en lugar de esquivarla, para mejor pasar después de ella.



A partir de 1977, año de la euforia que despertaron las primeras elecciones y año también de las primeras manifestaciones de la crisis económica, al margen del negocio musical aparecen o graban en sellos independientes una multitud de bandas rockeras suburbanas de sonido diverso, promocionadas por emisoras de frecuencia modulada. Tienen buenos intérpretes, malas pintas y cantan letras que hablan de asuntos muy alejados de los que obsesionan a la clase política, como son el sexo, la peligrosidad social, la escuela, el dinero, las peleas, el bailoteo, la juerga del fin de semana, etc. Se han cansado de versionear en inglés a sus grupos preferidos, cantan en español y demuestran un gran poder de convocatoria. De Burning a Barricada, de Leño a Baron Rojo, de La Banda Trapera a Cucharada, de Coz a La Polla Records, de Asfalto a la incipiente movida viguesa, un montón de bandas conectan de maravilla con un público que además de ir a los conciertos todavía se organizaba en los barrios, asistía a asambleas y se presentaba en las manifestaciones. El pacto desmovilizador que cimentaba la Transición no había acabado con eso puesto que su complemento económico, la sociedad de consumo, no había alcanzado niveles europeos. El coche, por ejemplo, el artefacto por excelencia del consumidor, no ocupaba el centro de la vida cotidiana del joven. Tampoco la moto ni la ropa. Culpa de la subida del precio del carburante y de la falta de trabajo que se empezaba a notar. Otras propuestas musicales ofrecerán menos interés, como por ejemplo el rock anestésico tipo andaluz o el rock-salsa layetano, hijos bastardos del progresivo, pero completan un cuadro que permite hablar de “creatividad” y de “libertad” con mayor propiedad que en ningún otro momento. La producción musical no iba condicionada y ni mucho menos determinada por las estructuras comerciales de un show bussiness que se comía bien poco en ese campo. El rock español de barrio superaba los límites del espectáculo al crear una comunión entre músicos y público lo suficiente real como para dar la impresión de una comunidad juvenil, cuando no de una “nación”, pero más bien como la del “Woodstock catalán” de Canet. Mera impresión sin mucha base, puesto que la marcha rockera no era sino una respuesta en el terreno del ocio a cuestiones sociales irresolubles en dicho terreno. La libertad, liquidada apenas acabada de nacer en la sociedad posfranquista, se preservaba de momento en enclaves juveniles de la periferia urbana. Pero se pretendía una resolución mágica de contradicciones sociales con la fórmula magistral de amontonamiento libre, buenrollismo y colocón tolerado. Las contundentes afirmaciones del público de los conciertos: “el rock es todo”, “es mi religión”, “es una forma de estar vivos”, etc., ya reflejaban las ansias de sublimar su libertad verdadera, sus experiencias posibles y sus deseos de acción en un lugar cerrado liándose canutos, dando cabezazos, rasgando guitarras irreales y saltando con la música a toda pastilla, con la ilusión adolescente de formar parte de algo completamente inexistente. Y sobre todo, manifestaban la voluntad de no correr riesgos. Al revés de lo ocurrido en la década anterior, en los últimos setenta nadie creía realmente que el rock cambiaría el mundo. Lo dijeron los Stones: “esto es sólo rocanrol”. Un estilo que además parecía perfectamente coherente con una mentalidad política conservadora: Neil Young, Alice Cooper, David Bowie y Eric Clapton, entre otros, se habían pronunciado por la derecha o la extrema derecha, y lo mismo harían miembros de Velvet Underground, King Crimson, Ramones, Kiss, Led Zeppelin y los mismísimos Doors. Estábamos en los balbuceos del tratamiento industrial de los jóvenes a través de la música, a los que se proporcionaba una identidad roquera de prestado ideal para convertirles en masa maleable.
 
 
 
El rock suburbano peninsular no tenía raíces ibéricas; las tenía en el mundo anglosajón blanco. Eran raíces importadas muy concretas. Nada que ver con el pop español tutelado y facilón de los sesenta. Se inspiraba principalmente en el rock sinfónico, experimental e intelectualizado, en el glam, en el rock duro y en el heavy metal, estilos propios de la fase terminal del rock, aquella en la que el ruido, las anfetas y la parafernalia escénica creaban el necesario ambiente pasivo para que el espectáculo total se consumara en una completa separación entre el grupo virtuoso y el público contemplativo y domesticado. Cierto que también hubo mejores influencias, Dr. Feelgod, The Clash, Johnny Thunders… 
 
Pero por otro lado, el macroconcierto se había revelado como el medio más idóneo para congregar a masas de jóvenes huérfanos de personalidad que solamente se sentían a gusto en una montonera, aplicación práctica del cuando más seamos, mas reiremos. Incluso podía servir, con causa de por medio (como el concierto para recaudar fondos pro Bangladesh organizado por el beatle Harrison), para indignarse impotentemente ante una horrible masacre y olvidarla a la salida, exhibiendo en público una sensibilidad frívola y un compromiso falso por el precio de una entrada. Algo muy narcótico, muy narcisista y muy en consonancia con el refuerzo de las burocracias partidistas y del Estado. En cuanto al rock especifico de los setenta, el bajo pesado, la presencia fálica de la guitarra marcando un ritmo enfático, la percusión densa, la voz chillona del solista, la pose teatral y machorra, la amplificación distorsionante, las bengalas, los focos, la pelambrera y el inevitable logo, sublimado nazi, eran elementos idóneos para conducir a bandas y seguidores hacia los estereotipos más banales, respectivamente, de la “tribu”, sucedáneo de la comunidad disuelta, y del “ídolo”, imagen viril de la alienación modernizada que los “fans” agradecían y deseaban imitar. El fetichismo rockero no hacía más que reflejar el fetichismo de la mercancía espectacular, prueba suficiente de que el antagonismo entre clases estaba degenerando en un conflicto generacional –o “tribal”. Un problema de mucho menor calado, fácil de resolver mediante la creación administrativa de espacios exclusivos donde los veinteañeros ociosos pudieran fabricarse una identidad postiza y revolcarse alucinados en la nada, dejando el campo libre a los profesionales de la política y del sindicalismo. Vamos, la cuestión social convertida en un tema de política municipal socialista o comunista. En realidad, era todo un salto adelante en el espectáculo inscrito en el reajuste de los resortes del poder institucional y sus nuevas políticas lúdico-ceremoniales.
 
Con tales fuentes de inspiración el rock metropolitano no supuso un asalto a la cultura, sino el desarrollo de un gueto juvenilista, feliz y entusiasmado de nadar en movidas que no suponían peligro alguno, puesto que no afectaban al orden neodemocrático. Un adelanto en el tiempo de los polígonos discotequeros y las raves. El suplemento de libertad conseguido no se empleaba más que en pasar un buen rato con los colegas moviendo las caderas. Por ese lado no hubo conciencia de clase, y puesto que la sociedad de masas había igualado las generaciones, tampoco hubo conflicto generacional; al final de la Transición la despolitización era general. Los padres no servían de ejemplo para sus hijos, aunque tampoco servían de revulsivo. Los más modernos empezaban a imitarles. Los ambientes lúdicos y despreocupados no alentaban sentimientos colectivos de rebeldía, ni favorecían la lucidez. Además, en las bandas era patente una absoluta falta de criterio político, llegando no pocas veces a actuar para espectáculos de partido, en consonancia con la resurrección de la Dictadura repeinada y acicalada como Democracia. Las burocracias partidistas fueron las primeras en darse cuenta de las posibilidades de esa clase de música para contrarrestar la tendencia a la baja de la asistencia sus ceremonias y explorar de paso las posibilidades electorales del filón juvenil. En ese sentido la actuación de Ramones en la “Festa de Treball”, órgano del PSUC, marca un hito en el oportunismo difícil de igualar. Entretanto, el capitalismo se reafirmaba en suelo hispano cerrando fábricas y abriendo sucursales bancarias, cercenando libertades y equipando a las fuerzas represivas. Los ejecutivos de una sociedad forzada a una renovación constante, cuyos miembros se sentían arrastrados a un consumo frenético, descubrían en la “juventud”, término impreciso donde los haya, a la vanguardia del ocio integrable y la reconversión cultural, algo secundario en un mundo de productores, pero esencial en uno de consumidores.
 
La juventud, tanto obrera como estudiante, en la medida que podía permitirse vivir ajena al trabajo, descubría los sólidos lazos que la ataban al mundo consumista de cuyas convenciones se burlaba. Consciente de ello, su burla fue cada vez más frívola e insustancial y la trasgresión anduvo cada vez más por las ramas. La trasgresión se volvía moda y la pose, norma. Lo fijo desaparecía, todo se hacía muy cambiante, pues lo efímero es la condición primera de la sociedad de consumo y del espectáculo que se estaba entronizando. La separación entre la España oficial de los partidos y los poderes fácticos, y la España real de la policía y los parados, había acabado produciendo la inevitable decepción. De carambola, la masa juvenil empezó a volverse incrédula, narcisista, apolítica y esteta. También más femenina y políticamente incorrecta: las letras de las canciones de los nuevos grupos no buscaban la trascendencia, a lo sumo, una provocación light más que vista (p.e. el uso de svásticas y uniformes nazis, la nota gamberra, la irreverencia blanda). La juventud de los ochenta ya no quería salvar el mundo, ni siquiera salvarse a sí misma. El desencanto, la soledad y el tedio empezaron a rellenarse con humor, maquillaje y estupefacientes. El ocio se hizo nocturno, como las rayas. Las rupturas, como siempre, se limitaron a los códigos estéticos, no a la realidad, y también como siempre, con varios años de retraso. Al no encarar la realidad, el desengaño no produjo resentimiento, sino individualismo, mucho ego, delirio, postureo, autodestrucción y nueva indumentaria. En fin, hablamos de la “Movida” madrileña, el tecno y otras hierbas similares. Vale, la historia del punk y del rock radical no fue exactamente así, pero aquellas ya eran movidas postransicionales y llovían sobre mojado.
 
 
Miquel Amorós

sábado, enero 14

El bosque okupado de Hambach

En la región de Renania, en Alemania, la compañía RWE está explotando 3 minas de lignito, donde extrae alrededor de 100 millones de toneladas de lignito cada año. Además, gestionan 5 plantas energéticas donde el carbón está siendo quemado como medio para producir energía. Esta industria causa alrededor de 100 millones de toneladas de CO2 al año, y libera un montón de polvo fino, además de metales pesados, elementos radioactivos y otros contaminantes. Para evitar que las minas se inunden de agua, el nivel subterráneo del agua en la región está siendo descendido hasta una profundidad de cerca de 500 metros, lo que trae consigo fuertes consecuencias para la naturaleza. Además, muchos pueblos están siendo “realojados”, lo que significa que la gente que vivía allí es obligada a mudarse y el terreno está siendo destruido y contaminado. Para hacer la mina más grande a día de hoy en esta zona – la mina de Hambach – el bosque de Hambach está siendo talado. Esta tala lleva desde 1978 y el plan de la compañía es haberlo talado completamente en 2018.

La okupación del bosque

En abril de 2012, el bosque fue okupado para evitar que fuese talado y así intentar contener el crecimiento de la mina. Desde entonces las okupaciones han sido desalojadas varias veces, pero en todas una re-okupación tuvo lugar poco tiempo después. La primera okupación se produjo durante el festival “Wald Statt Kohle!” (Bosque en lugar de carbón) al que acudieron 200 personas que empezaron a levantar plataformas en los árboles, lo que supuso el primer acto de okupación y resistencia en defensa del bosque. Las okupaciones se suceden de formas diversas y han conseguido crear una red internacional de activistas en su defensa. La diversidad de formas de defensa del bosque constituye otra de las señas de identidad de esta lucha durante todo el tiempo que lleva activa, entre ellas podemos destacar la escalada a árboles para todo tipo de bloqueos o necesidades, o los encadenamientos a árboles. En una de las primeras okupaciones se empleó una gran red, colgada a unos 20 metros de altura, donde podían estar varias personas resistiendo. En 2012 también se empleó una orquesta de música que combinaba la música clásica con la desobediencia civil bloqueando el paso de una excavadora durante las dos horas de concierto, en este mismo sentido el colectivo “Rhythms of Resistance” (una conocida “batucada”) también actuó bloqueando excavadoras. Además de esto, se dan con frecuencia todo tipo de acciones más concretas contra la maquinaria en forma de pintura, barricadas o sabotajes, como los que se practican clavando grandes clavos en los árboles que van a ser talados para que cuando pase la motosierra por ahí quede bloqueada.

Actualidad

La última temporada de tala comenzó el 1 de octubre de 2016 y terminará el 28 de febrero de 2017. Como es habitual ante cada inicio de temporada se realizó un llamamiento internacional para ir a defender el bosque, que está ya al borde de la inexistencia. A esta llamada acudieron un grupo de personas desde el Estado español que colaboraron en la defensa del bosque. Durante este periodo de resistencia hubo una escalada en la confrontación contra la policía y la empresa que se materializó en arrestos y detenciones. De entre estas, dos personas del Estado español fueron detenidas acusadas de tenencia de explosivos y ataques a la policía. Ambas personas estuvieron encarceladas desde su detención hasta el pasado 21 de diciembre que fueron puestas en libertad. A pesar de ello, la resistencia continúa en el bosque okupado.

Parte del texto ha sido extraído del fanzine https://vozcomoarma.noblogs.org/files/2015/06/cuerpo.pdf


miércoles, enero 11

Lo correcto


 
Lo correcto es saludar al mundo con la cabeza por delante.
Recibir a Dios como se merece
con el alma blanca y la razón en blanco.
Obedecer hasta convertirse en hombre de provecho.
Estudiar una carrera con salida
no masturbarse.

Lo correcto es casarse y concebir dos hijos
aprobar oposiciones
no llegar nunca tarde.
No enamorarse de un loco o de una loca.
No llorar si naciste macho o llorar mucho
si te parieron del sexo femenino.

Lo correcto es aburrirse
afiliarse al Real Madrid
escuchar Carrusel Deportivo
votar
y votar lo menos malo
no pronunciar palabras malsonantes.
Asumir el azar sin rebelarse.
Pasear al crepúsculo un perro de raza
que se cague sin reparo en la puerta del vecino.
Ponderar los juicios
engañar sin mentiras
disfrazarse de traje y de corbata a juego con los calcetines.

Lo correcto es consumir dos horas diarias frente a la telepantalla
no levantarse de la mesa
ni comer con piel los melocotones. No equivocarse
saber escoger
intoxicarse con ibuprofeno a la primera molestia que lo excuse.

Lo correcto es follar los sábados
cenar en el McDonal's un resto de cadáver
comprarse una nariz nueva y cambiar la propia por una de mentiras
asesinar con cirugía las patas de gallo
para hacer la guerra y no el amor al paso de los años.

Lo correcto es suponerse underground
diferente
alternativo
cuando envías un guasap
mientras te lanzas de compras los domingos.

Lo correcto es morirse... sin haber vivido.

domingo, enero 8

Reflexiones para un mundo sin policía [fanzine]


Recientemente he estado traduciendo y reeditando en castellano un fanzine que editó originalmente A World Without Police (Un Mundo Sin Policía), colectivo estadounidense (y de más allá) surgido al calor del movimiento Black Lives Matter (Las Vidas de los Negros Importan, un movimiento informal surgido en algunas zonas de EE.UU. a raíz de las revueltas y protestas por los asesinatos policiales racistas en Ferguson y que tiene como fin denunciar y combatir de diversas maneras el racismo y la brutalidad así como la impunidad de la policía) y que pretende aportar herramientas y medios para cuestionarse el papel de la policía y crear estrategias para poder superar esa supuesta "necesidad" y poder aspirar a abolir a la policía algún día y con ella, al modelo de organización social, económica y política que requiere de la represión, la opresión y la violencia para mantenerse.
Una vez terminado, me gustaría dejároslo aquí para que podáis descargarlo y difundirlo como estiméis conveniente. Me gustaría que su contenido no se convirtiese en algo vacío, abandonado en una estantería a coger telarañas después de una lectura resignada. Que dé lugar a proyectos, cuestionamientos y que circule. Ese y no otro es su cometido.
Os dejo el texto de la introducción junto con los enlaces para la descarga.
Para descargar o leer online el fanzine:
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En la sociedad en la que vivimos, crecemos con la idea de que la policía es sinónimo de protección, seguridad y justicia. Desde que somos niñes, nos educan para aceptar a la policía como intermediaria, y como un cuerpo al que debemos recurrir para denunciar nuestros problemas y permitirles solucionarlos por nosotres, mientras nos enseñan, al mismo tiempo, que intentar abordar dichos problemas por nuestra cuenta, u organizarnos con nuestras amistades, seres queridos, afinidades, para buscar y poner en práctica alguna solución, es malo. Nadie debe buscar soluciones más allá de acudir a la policía y confiar en que elles hagan lo necesario.
Así, poco a poco, la policía ha ido cobrando un papel cada vez más importante en la vida de las personas, y asumiendo cada vez más funciones, hasta un punto en el que casi cualquier problema social, desde un vecino ruidoso hasta una persona que deja su basura fuera del cubo, un malentendido económico o una discusión en casa es solucionada llamando a la policía.
No obstante, ¿es realmente la policía un instrumento válido para resolver nuestros problemas? Si prestamos atención a la historia y hacemos un análisis de su trayectoria, vemos que desde sus inicios, la policía funcionó siempre como un mecanismo encargado de imponer las normas del poder en cada orden establecido, además de proteger los intereses y hacer cumplir los designios y la voluntad de cada figura de autoridad, tomando parte en guerras y manteniendo órdenes esclavistas, misóginos o fascistas sólo porque era “la Ley”, porque esas eran “las órdenes”. En las democracias modernas, donde se nos dice que ya somos libres y que ya todes gozamos de igualdad de condiciones y derechos (aunque ésto sea a todas luces falso), la policía se asume, una vez más, como guardiana e interlocutora del pueblo y de los valores morales correctos, de la justicia, del orden. Sin embargo, ¿qué pasa cuando el orden social y el sistema social, económico, político y cultural al que la policía sirve y defiende, representa la mayor expresión de violencia? ¿qué pasa cuando la policía protege los privilegios de quienes aumentan sus fortunas bombardeando y asesinando cientos de personas en guerras por recursos? ¿qué pasa cuando la policía mantiene el mismo orden social que es origen de la mayoría de los delitos y problemas?
La policía no puede resolver nuestros problemas porque son parte de ellos. Además del hecho de que la propia policía infringe la Ley cuando le conviene a la hora de aplicar sus castigos y que sus agentes no están exentes de corrupción ni de delincuencia (hemos visto a policías violando mujeres detenidas o a sus propias compañeras, consumiendo y ocultando drogas, torturando personas en calles y comisarías, implicándose en tramas de trata de blancas, inventándose hechos para justificar detenciones…), hacemos hincapié en que a pesar de los discursos liberales que el Estado promueve y que tienden a desvincular al individuo de sus condiciones de existencia (lo que deja vía libre para culpabilizar al sujeto como “antisocial” y justificar cualquier medida de encierro además de extender la desconfianza a les demás), nuestros problemas no son casos aislados fruto del supuesto egoísmo presuntamente inherente al ser humano, sino consecuencias de una mala organización de la sociedad y del mundo, y de la existencia de jerarquías, desigualdades y de un sistema de dominación que se traduce en incontables abusos cometidos por les mismes que gobiernan y que definen qué es lo correcto y lo incorrecto, lo legal y lo ilegal, lo moralmente aceptable y reprobable...
Ya hemos llegado al punto en que concluimos que la policía es un cuerpo represivo al servicio de los intereses de una élite que da lecciones de moralidad mientras que para mantener y aumentar sus privilegios llevan a cabo continuamente los mismos actos que condenan en sus hipócritas leyes. Bien, pero si la policía no nos protege y los problemas van a seguir surgiendo (tanto problemas serios con una raíz social como problemas más cotidianos, personales y nimios), ¿qué podemos hacer entonces? Creemos que para poder prescindir en la práctica de la policía necesitamos ir más allá del discurso, y antes de nada crear comunidades sólidas y sanas, basadas en principios de solidaridad, apoyo mutuo, confianza y respeto, frente a las lógicas de competencia, explotación, opresión e individualismo que fundamentan la sociedad vigente. Entendiendo que tanto lo personal como lo social son realidades políticas y necesitan tratarse desde lo político. Sólo así podremos empezar a tejer lazos fuertes y resistentes que permitan a su vez superar las relaciones viciadas y abusivas que esta sociedad enferma crea, reproduce y perpetúa. Necesitamos hacernos cargo de nuestras responsabilidades y revisar de dónde vienen todos los problemas que nos azotan diariamente, y entender el papel que la policía y el Estado juegan en la protección y manutención de un status-quo que lleva la injusticia por esencia y por bandera.
A ese objetivo apuntan los textos incluidos en esta publicación, y que fueron recogidos y traducidos del blog del colectivo estadounidense “A World Without Police” (Un Mundo Sin Policía). No obstante, no creemos que las circunstancias a las que hace referencia se limiten geográfica o socialmente al contexto estadounidense. Por el contrario, nos parecen totalmente extrapolables a cualquier sociedad capitalista (y en general a cualquier sociedad autoritaria) del mundo, especialmente a las occidentales. Por eso, al editarlos en castellano pretendemos extender las ideas y propuestas planteadas y acercarnos un poquito más a un mundo donde la libertad no se confunda con la obediencia, donde el miedo no se confunda con la seguridad, y donde de verdad podamos contar con les demás y afirmar que no necesitamos a la policía ni a ninguna otra autoridad.
Esperamos haber contribuido a crear ese mundo y a socavar las bases de éste.

Por un mundo sin policía, sin jaulas y sin autoridad.
Cuidemos de nuestres vecines, de nuestro barrio, de nuestra gente, y creemos comunidades contra la policía, el racismo, el sexismo, la LGTBfobia, y toda forma de autoridad.
Vivan la autodefensa y la acción directa. Muera el delegacionismo y les líderes e intermediaries.

La Rebelión de las Palabras

jueves, enero 5

El poder enfrentado a la cultura


El anarquismo considera que es la sociedad, el conjunto de sus integrantes de modo libre e igualitario, la que deben otorgarse sus normas y hacer prevalecer el derecho; las conquistas sociales no son una concesión del poder, como permanentemente quieren hacernos ver, más bien lo contrario. Es el desarrollo de la propia sociedad, gracias al continuo enriquecimiento cultural, el que debe señalar el camino de la transformación hacia nuevas formas de derecho y libertades.

Es lógico que, históricamente, Iglesia y Estado acabara enfrentándose, ya que ningún poder tolera competencia y está siempre inspirado por el deseo de ser el único. Tal y como lo expresa Rocker, la voluntad de poder sigue sus propias leyes basadas en luchar por la hegemonia, ampliar su campo de dominio, buscar la unificación y someter todo movimiento social a su autoridad. Erich Fromm definía a alguien sicológicamente sano como una persona autónoma y solidaria, sin ningún deseo de dominar o ser dominado. El análisis de Rocker está en esa línea, la voluntad de poder resulta perniciosa, no solo para sus víctimas, también para sus propios representantes, los cuales se convierten igualmente en máquinas inertes. El proceso de envilecimiento de los que ejercen el poder no parece tener límites, ya que la máxima "el fin justifica los medios" conduce a cualquier acción (traición, mentira, intrigas...) para lograr el éxito.

La división de la sociedad en clases es condición necesaria para la existencia del poder, por lo que se produce alguna forma de esclavitud humana. El privilegio necesita de la separación de los seres humanos en castas, estamentos y clases, y la tradición confirmará esa necesidad de manera permanente. Desgraciadamente, tantos movimientos que se enfrentaron en origen a una clase dirigente, no tardaron demasiado en erigir una nueva casta privilegiada que ejecutara los nuevos planes. Desde la Antigüedad, como es el caso de la República de Platón, toda concepción del Estado se basa en la división de clases.Naturalmente, es necesario crear también las condiciones síquicas en el individuo para que aceptara ese rol que la sociedad le tiene asignado, por lo que se crearon toda suerte de engaños relacionados con el destino y la Providencia. Por supuesto, la idea de Estado va unida a la de unidad nacional, por lo que se fomentó la separación con el resto de los pueblos y una supuesta superioridad frente a todo extranjero. Hay que tener en cuenta esta concepción del poder como un órgano creador, que parte de Platón y Aristóteles, y que llega hasta nuestros días; al igual que con la religión, y por muy grandes que fueran estos filósofos en tantos aspectos, su idea del Estado se basa en mistificaciones y hay siempre que recordar que necesita de una oligarquía, así como de súbditos y de esclavos. 

El Estado no es para nada creador, más bien al contrario, se encuentra incluso subordinado a sus súbditos para poder subsistir. La creencia que se ha fomentado es que es el poder el que fomenta el proceso cultural, cuando hay que verlo más bien al revés, como un feroz obstáculo a todo desenvolvimiento cultural. En este sentido, hay que ver poder y cultura como conceptos antagónicos, la fuerza del primero es siempre a costa de la debilidad de la segunda. Hay que reflexionar profundamente sobre esto, con el fin de averiguar si todo lo que se ha pretendido que creamos es, efectivamente, una falsedad e indagar consecuentemente en las verdaderas causas del proceso cultural. No es posible crear una cultura por decreto, ya que está originada y desarrollada de manera espontánea, por las necesidades de los seres humanos y gracias a su cooperación social. Los Estados se sirven, precisamente, de los logros sociales para sus aspiraciones de dominio. Sin embargo, con sus intenciones uniformadoras, consiguen finalmente petrificar el proceso cultural. Se producirá una lucha interna en la sociedad, entre las pretensiones políticas y económicas de dominio de los privilegiados y las manifestaciones culturales del pueblo, dos fuerzas que llevan vías muy diferentes. La unidad solo será posible por la coacción externa y gracias al sometimiento de todo tipo, lo cual supondrá solo una aparente armonía.

Merece la pena reproducir unas palabras del sabio chino Lao-Tsé:

Dirigir la comunidad es, según la experiencia, imposible; la comunidad es colaboración de fuerzas y, como tal, según el pensamiento, no se deja dirigir por la fuerza de un individuo. Ordenarla es sacarla del orden; fortalecerla es perturbarla. Pues la acción del individuo cambia; aquí va adelante, allí cede; aquí muestra calor, allí frío; aquí emplea la fuerza, allí muestra flojedad; aquí actividad, allí sosiego.
Por tanto, el perfecto evita el placer del mando, evita el atractivo del poder, evita el brillo del poder.
No podemos estar más de acuerdo con Rudolf Rocker, cuando afirma que Nietzsche señaló también esa verdad sobre el poder y su antagonismo con la cultura, aunque oscilara a menudo de manera contradictoria entre concepciones autoritarias y pensamientos libertarios. El siguiente texto es de El ocaso de los ídolos:
Nadie puede dar más de lo que tiene: esto se aplica al individuo como se aplica a los pueblos. Si se entrega uno al poder, a la gran política, a la economía, al tráfico mundial, al parlamentarismo, a los intereses militares; si se entrega el tanto de razón, de seriedad, de voluntad, de autosuperación que hay hacia ese lado, falta del otro lado. La cultura y el Estado -no hay que engañarse al respecto- son antagónicos: Estado cultural es sólo una idea moderna. Lo uno vive de lo otro, lo uno prospera a costa de lo otro. Todas las grandes épocas de la cultura son tiempos de decadencia política: lo que es grande en el sentido de la cultura, es apolítico, incluso antipolítico.
Toda forma cultural, si es auténticamente grande y no está obstaculizada por el poder político, lleva en su interior una permanente energía renovadora de su impulso creador, lo que podemos definir como un continuo intento de perfeccionarse. Muy al contrario, el poder es infecundo y destructor al tratar de constreñir mediante la ley todos los fenómenos de la vida social. La cultura es sinónimo de voluntad creadora, el ímpetu que existe en cada hombre de manifestarse y de realizarse, frente a un poder que no tolera más que aquello que le favorece. Es una permanente tensión entre dos tendencias contrapuestas, siendo una representante de la minoritaria clase privilegidada y otra de las exigencias de la comunidad, mediante la cual se constituye una nueva relación entre poder (Estado) y cultura (sociedad). Esa lucha entre dos fuerzas antagónicas tiene como resultado lo que entendemos como Derecho y Constitución, inclinándose hacia un lado o hacia otro según predomine en la sociedad, bien el poder, bien la cultura. Podemos distinguir entre derecho natural, propio de una comunidad de libres e iguales, y derecho positivo, desarrollada ya en una sociedad estructurada como Estado y reflejo del privilegio y la división de clases. Por lo tanto, las leyes pueden tener una doble fuente, los viejos hábitos y costumbres convertidos en fórmula, los derechos de las clases privilegiadas convertidos en carácter legal. Si en los antiguos regímenes despóticos esa dualidad no se mostraba con claridad, sí lo hace en el Estado moderno en el que la comunidad participa, más o menos, en la elaboración del derecho. Desgraciadamente, la lucha por el derecho se ha convertido casi siempre en la lucha por el poder, de tal manera que los revolucionarios de ayer se convierten en los reaccionarios de hoy. El mal no se encuentra en la forma de poder, sino en el poder mismo.

La reforma del derecho ha partido siempre de pueblo, no del Estado, al contrario de lo que el poder suele querer hacer creer, como si las conquistas sociales fueran una concesión de la buena voluntad de los gobernantes. Más bien al contrario, por su naturaleza el poder obstaculizará o tratará de convertir en inútil la aparición de un nuevo derecho. Son los energías culturales que manan de la sociedad la que presionan para que cedan los poderes dominantes. El desarrollo social señala las necesidades que llevan a la transformación, a un nuevo derecho y a nuevas libertades, y la otorgan consistencia, no el hecho de estar legalmente registradas. Parlamentos y Constituciones nada valen sin un pueblo que haga valer sus conquistas y las mantenga vivas.


lunes, enero 2

El problema del trabajo


“Nunca llegamos tan lejos como cuando ya no sabemos hacia dónde vamos.”
Goethe
“Tengo un amor dentro de mí que no te puedes imaginar, y una rabia que no te puedes creer. Si no puedo satisfacer el primero, daré rienda suelta a la segunda.”
Frankenstein
Durante el siglo XIX el trabajo y la cultura se convirtieron en la sustancia vital de la sociedad burguesa. Ningún siglo anterior había propagado semejante cantidad de cultura ni desarrollado, al mismo tiempo, tal energía de trabajo como el que Burckhardt irónicamente llamará «el siglo de la cultura», y al que Marx criticó desde el punto de vista del trabajo. Éste llegó a ser la forma de existencia propia del «obrero asalariado», y la «posesión» de cultura un privilegio de los «intelectuales». Sin embargo, en la división entre el trabajo y la cultura, dirigida a dos clases diferentes, aparece también la conexión esencial de estas últimas, pues la aspiración de los trabajadores era apropiarse de los privilegios de la cultura burguesa, mientras que los hombres pertenecientes a la clase culta no pudieron dejar de llamarse «trabajadores espirituales», con el fin de que el privilegio del que gozaban no apareciese como injusto. En Alemania el desconcierto de los intelectuales burgueses se mostró con máxima claridad después de la guerra, cuando —según el modelo de los consejos obreros rusos— fundaron un «Consejo de los trabajadores del espíritu», que se proponía la tarea de salvar la ruptura existente entre el trabajo proletario y la cultura burguesa. El aplanamiento de tal contraste constituyó uno de los propósitos principales del nacionalsocialismo, que puso en contacto —por medio de campos de trabajadores— a la juventud de estudiantes con el pueblo e impregnó a la masa de obreros asalariados con una «concepción del mundo» política, derivada de la cultura burguesa.
Tanto la diferenciación del trabajo y la cultura —diferencia que culminó en extremos que se condicionaban recíprocamente— como el allanamiento de dicha distinción, establecida a través de una «cultura popular» media, testimonian, desde dos aspectos distintos, que el trabajo en su condición actual ya no educa al hombre en tanto hombre.
La naturalidad con que hoy cada uno —sea comerciante, médico o escritor— designa la actividad que cumple como «trabajo» no existió siempre. Sólo muy gradualmente el trabajo se procuró validez social. Según la concepción cristiana, el trabajo no era originariamente una actividad meritoria, sino la consecuencia del pecado y del castigo correspondiente. El hombre tiene que trabajar con el sudor de su frente, pues es por su culpa que está condenado a ello. Como obligación dura y maldita, el trabajo es esencialmente penuria, fatiga y padecimiento. El hombre bíblico no goza los «frutos» producidos por la «bendición» del trabajo, sino que éste existe porque se apoderó de los frutos del paraíso. Pascal aun sostenía que el trabajo sólo mostraba la vacuidad del trajín del mundo, aparentemente realizado de modo industrioso, ya que por medio de esa dispersión el hombre olvidaba la miseria de su existencia. Sólo con el protestantismo nació la positiva apreciación cristiana del trabajo mundano. Pero la decisiva mundanización de la tradición cristiana, bajo la forma en que se produjo en el siglo XVIII, se produjo en contradicción con la doctrina de la Iglesia (a lo que ésta no respondió como era costumbre con lo que contrariaba su doctrina y las hogueras no se llenaron de burgueses, curiosamente). Mediante esa mundanización, adquirió vigencia la valoración burguesa —desde entonces dominante— del trabajo, que fue considerado como una actividad que llenaba de sentido a la vida humana.
Ahora se goza, consciente y voluntariamente, de los frutos del trabajo cumplido. Se convierte en el camino preferido, capaz de conducir a la satisfacción y al éxito, a la fama, al goce y a la riqueza. El hombre de la época burguesa no sólo tiene que trabajar, sino que quiere hacerlo, pues una vida sin trabajo no le parece digna de ser vivida, por cuanto sería «vana». El trabajo no regía para él como una mera actividad ascética, que aleja los vicios del ocio y de la disolución, obligando a una actividad regulada, sino que en cuanto trabajo que rinde resultados y produce consecuencias, adquiere significación autónoma y constructiva. Es la fuente de toda habilidad, virtud y alegría. En semejante apreciación del trabajo, la valoración cristiana sólo aparece a través del acento puesto en su dureza meritoria, lo que siempre implica la representación de un maleficio, tanto como la liberación causada por el trabajo es un estado cuasi paradisíaco, aunque el ocio continuo produzca en el hombre —destinado a trabajar— un aburrimiento mortal. Ambos significados fundamentales del trabajo, entendido como necesidad y fatiga (molestia) y, al mismo tiempo como obra (opus opera), también están presentes en la historia de la significación del vocablo. Labor quería decir, originaria y primordialmente, el duro trabajo del cultivo de los campos y, por tanto, una labor de sumisión servil. Pero al mismo tiempo el trabajo que pesa sobre el siervo y se cumple por una paga diaria también es efecto de un rendimiento creador, semejante al de las demás obras.
Sin embargo ese doble significado del término no fue decisivo para una caracterización del trabajo. Éste pertenece al ser del hombre, en cuanto es un ser activo en el mundo. La última vez que se lo concibió en ese sentido pleno y originario fue en la filosofía de Hegel. Según él, el trabajo no constituye una actividad económica singular, diferente del ocio o del juego sino el modo fundamental en el que el hombre puede producir su vida y configurar el mundo. La ética protestante del capitalismo y de la fundamentación del trabajo está servida.
El mundo mediterráneo del cristianismo original que concebía el trabajo como castigo (y por ello era por lo que no trabajan los señores, tocados por la virtud de Dios en el orden esclavista, luego feudal, y posteriormente capitalista, sino los siervos) para expiar la culpa y constituía así un modo de sometimiento —la Iglesia y el señor te castigan en representación de Dios por tus faltas, arrepiéntete y trabaja— va sucumbiendo filosóficamente al mundo anglosajón protestante del trabajo como estatus social, difundido por un capitalismo impulsado por la Europa nórdica y evangelista, basado, curiosamente, en formas más arcaicas de sometimiento que son mediterráneas (desde la invención de la agricultura y la conformación de los primeros estados antiguos a las repúblicas italianas en donde se crearon los bancos y el dinero tal y como hoy se conoce). El duro trabajo de los «trabajadores espirituales» fue apropiarse y crear medios de producción para su laboriosa actividad de producir riqueza sobre las espaldas de los embrutecidos trabajadores que eran, y siguen siendo, los que se rompían el espinazo para mantener a todos los demás. Pero el burgués, el comerciante, el industrial es un emprendedor laborioso e incluso un trabajador y al «pobre obrero asalariado» se le concede también su estatus siempre y cuando produzca, consuma y calle y se le obsequia con un salario con el que comprar lo que él mismo produce y con una «cultura popular». Así por ley —filosófica, jurídica, mundana y divina—, todos somos iguales (tenemos cultura y trabajo).
La rueda sigue y se acabó la juventud.
Fragmento de “De Hegel a Nietzsche: la quiebra revolucionaria del pensamiento en el siglo XIX” de Karl Löwith (2008)

viernes, diciembre 30

La Máquina se para


«Nadie confesaba que la Máquina era incontrolable. Año tras año se la servía con más eficacia y menos inteligencia. Cuanto mejor conocía un hombre sus obligaciones respecto a ella, menos comprendía las de su vecino, y no había en todo el planeta un solo cerebro que comprendiera el monstruo en su conjunto. Esas mentes privilegiadas se habían extinguido. Habían dejado instrucciones completas, cierto es, y cada uno de sus sucesores había llegado a dominar un fragmento de esas instrucciones. Pero la Humanidad, en su deseo de comodidades, había excedido sus límites. Había sobreexplotado las riquezas de la naturaleza. Con calma y satisfacción, iba hundiéndose en la decadencia, y el progreso había acabado significando progreso de la Máquina».
Publicada en 1909, desde entonces La Máquina se para ha sido ampliamente considerada en el mundo anglosajón como una de las mejores distopías tecnológicas. El libro no trata sólo de individuos productores de ideas de 140 caracteres, atrincherados en sus hogares y ensimismados ante sus pantallas: es también una reflexión doliente sobre la desaparición de la belleza y de la sensibilidad que la sociedad industrial está eliminando.
E. M. Forster (1879-1970), novelista y escritor inglés, famoso por obras como Una habitación con vistas, Howards End o Pasaje a la India y por las películas homónimas que inspiraron. Sus novelas no son sólo sátiras de esa clase media inglesa en una busca —a menudo infructuosa— de la autenticidad, la belleza y la sencillez humana, valores que da por perdidos en su avanzado país y que espera encontrar en regiones menos desarrolladas del planeta. Muchos de los personajes de sus narraciones más «realistas» se ven asediados por el deseo de apreciar y comunicar la belleza que la sociedad industrial está eliminando. Su obra se basa sobre todo en la aspiración, a veces frustrada, de comprender la complejidad del mundo y de aceptar lo que es diferente, pero sin disolverlo en la relatividad; de ahí el famoso epígrafe de Howards End, «Only connect…».

martes, diciembre 27

Razones y sinrazones de la participación libertaria en el Gobierno de la República


Escrito por José Peirats y publicado originalmente en Polémica, n.º 22-25, verano 1986. Especial 50 aniversario de la Revolución española.



He escrito mucho sobre la revolución española del 19 de julio, siempre en tercera persona. Permítaseme que lo haga ahora en primera. Estoy en el confín de una barriada obrera barcelonesa donde hemos pasado la noche arma al brazo. ¿Arma al brazo? Unas pistolas del 9 corto y algún que otro winchester oxidado recuperado a los escamots que el 6 de octubre de 1934 habían hecho ademán de levantarse contra el gobierno del «bienio negro». Ahora, se han levantado los militares. Los del cuartel de Infantería del Bruch han descendido hacia el centro de Barcelona por Pedralbes-Diagonal. Nosotros les esperábamos en Collblanc-Sants. Los de Caballería, de la calle de Tarragona, y los de Zapadores, de la Bordeta, han ocupado la plaza de España y, desde allí, han tirado con mortero sobre un grupo de curiosos. He visto en el cruce de Riego pedazos de carne pegada en las fachadas y colgajos de intestinos en los cables eléctricos.
En el barrio empieza a construirse una barricada. Un guardia de Asalto con la guerrera desabrochada se ofrece. Se le manda a «escardar cebollinos». Circula el rumor de la muerte de Ascaso frente a Atarazanas. La última vez que hablé con él fue en una calleja de Zaragoza, una noche de ponencias, en pleno Congreso de la CNT. Le vi amargado. Habían sido duros con él por haber desconvocado, el 6 de octubre de marras, una huelga general que la Organización no había convocado. No fue sólo Ascaso sino el Comité Regional del que era secretario. Hoy ha querido resarcirse y ha recibido un balazo en la frente.
El general Goded ha capitulado. Una compañía de Asalto parlamenta la entrega del cuartel del Bruch. Nosotros, más parcos en protocolo, les hemos ganado la mano. Se convertirá en Cuartel Bakunin con nuestra bandera instalada en todo lo alto. Aquella noche velamos las armas, ahora verdaderos fusiles y ametralladoras. Convertimos en arsenal una ladrillería. La manía de esconder las armas. En la periferia no sabemos ni qué hora es. ¿Revolución, o un motín como tantos?
En una reunión de gente armada hasta los dientes, alguien cita a Kropotkin: «Si a la mañana siguiente de una revolución, el pueblo pasa hambre, la revolución fracasa». Organizamos el suministro. Intercambiamos con los campesinos de los alrededores. Abastecemos al pueblo y a los hospitales de sangre. Montamos un gran almacén colectivo, cuando aparece Facundo Roca enviado por el Comité Regional, con la consigna de organizar los Comités de Abastos. Le respondemos que ha llegado tarde. He estado toda una noche haciendo pan en una tahona cuyo patrón me había despedido injustamente. Al verme entrar, palidece. Le tranquilizo. Luego me entero que ha ingresado en la FAI.
Somos muchos, pero aún falta gente. Tras mi primer trago de sueño, Felipe Aláiz me reclama. Está haciendo Tierra y Libertad en los talleres de nuestro enemigo mortal La Vanguardia. No es la primera vez que Tierra y Libertad es diario. Ayudo en varios números, junto con Alfredo Martínez, que morirá un año más tarde. Ya hemos enterrado a Ramón Monterde. Viene, y me requisa, José Xena:
—Tienes que venir al Comité Revolucionario de Hospitalet.
—¿En representación de quién?
—En representación de la FAl.
—No pertenezco a la FAI desde…
—Has pertenecido y esto basta.
Y, quieras que no, la revolución es la que manda. Por el camino me informa:
—La pelota está en el tejado. Los fascistas dominan media España. Aquí mismo, la guardia civil todavía no se ha definido.
Asisto a las primeras reuniones del Comité Revolucionario y me muero de asco. Con ser mayoría aplastante, somos minoría. Hay dos partidos comunistas, uno abierto y otro disimulado, como siempre. Éste acaba de constituirse apresuradamente y se llama PSUC. Está el Partido Socialista clásico, milagrosamente resucitado; más la UGT, la Esquerra, Estat Català, los varios partidos republicanos y el POUM. Como a este último todos los comunistas le atacan, según consigna de Moscú, formamos alianza táctica con él. A pesar de todo somos minoría y hay que acariciar la pistola cuando se engallan.
En un momento de calma voy a Solidaridad Obrera. La redacción se ha trasladado. No está más que el administrador, Tomás Herreros. Con los ojos brillantes de júbilo me muestra la caja de caudales. Está repleta de billetes. El periódico, que en mi época de redactor no iba más allá de los 25.000 ejemplares, tira ahora cuanto quiere. Recuerdo las estrecheces que nos hacía pasar Herreros. Visito al director en el nuevo local de la Plaza de Cataluña. Liberto Callejas me cierra el paso:
—iAquí no entra nadie que porte armas!
Y como nadie deja de portarlas ni a sol ni a sombra, doy media vuelta. Callejas es un anarquista romántico; el tipo más extraordinario que he conocido.
El Comité Regional se ha instalado en la sede de la patronal catalana. La FAl ocupa la contigua «Casa de Cambó». El conjunto será Casa CNT-FAI. En un rellano, tropiezo con el viejo león Eusebio C. Carbó. Le interrogo con la mirada; comprende y contesta parcamente:
—Un sombrero demasiado ancho para nuestra pequeña cabeza.
En el Comité Revolucionario sigo aburriéndome. Felizmente consigo que me destinen a levantar el inventario de un nido reaccionario. Estoy harto de interceder en la salvación, de entre las uñas «revolucionarias» de curas y monjas disfrazados de civiles. Siento asco por la plebe y la maltrato si se ceba con el enemigo vencido, afanándose en alardear de méritos que nunca tuvo.
Llega de Lérida, Lorenzo Páramo. Quiere llevarme a viva fuerza a Acracia, que ahora es diario. Me resisto. Mejor me hago rogar y dice imperativo:
—Como antiguo colaborador estás obligado.
Lérida es la cenicienta de la Organización. Nos tenéis tirados como una colilla. Necesitamos refuerzos de valía y no los pistoleros que allí han llegado. No piensan más que en hacer «fiambres» y nos desprestigian. Por si no teníamos bastante con el POUM que nos odia cordialmente, ahora acaba de aterrizar el PSUC, dirigido por tipos que no conoce ni su madre. El POUM, con su diario Adelante, y los otros, con UHP.
—¿Y tú qué? —interrumpo.
—Yo soy ahora el alcalde de Lérida.
Casi me desmayo. ¿Alcalde, un anarquista? Ya me iré acostumbrando. Más para librarme del Comité Revolucionario, me rindo. Afronto las iras de José Xena, quien me dice de todo. Hasta desertor frente al enemigo. Yo no tengo su aguante, su flema, su tenacidad con aquella pandilla de cínicos. Pero he puesto mis condiciones a Páramo.
—Te perdono que seas alcalde e ingresaré en Acracia a condición de declarar a Lérida municipio libre.
Acepta y acepto. Y, sobre la marcha, tras presentarme en la Paería, entramos en campaña. Disponemos del diario y de Radio Lérida. No tardamos en organizar un gran mitin-asamblea en el Teatro de los Campos Elíseos, donde la asamblea abierta, unánimemente, pone la primera piedra: la municipalización de la vivienda. Pero no tardan en marchar sobre Lérida los mandamases de Barcelona, llevando de cabestros a mandamases de la CNT-FAl: Jaime R. Magriñá y Aurelio Fernández, éste jefe del Departamento de Seguridad Interior. Intimidan al alcalde, pero la campaña sigue adelante.
¿Qué ha ocurrido en Barcelona? Dejemos que García Oliver (GO) nos los cuente. Según él, el 23 de julio, tras la derrota de la guarnición militar, la CNT había celebrado un Pleno de Locales y Comarcales en el que GO propuso la implantación del comunismo libertario. El Pleno estimó desquiciada la propuesta. A pesar de la enorme fuerza confederal y anarquista, ello no era suficiente sin apelar a la dictadura y ésta es contraria a nuestras ideas. 44 años después, en su El eco de los pasos, GO arremete furiosamente contra el Pleno que le dejó solo sin más respaldo que el Bajo Llobregat. ¿Fue sincero GO al proponer el «ir a por el todo». Antes de la guerra, ya había propuesto públicamente «la toma del poder» por la CNT-FAI. Pero también es cierto que al cesar en Barcelona la lucha callejera acudió con otros compañeros, entre ellos Durruti, al llamamiento del presidente Companys. Cierto también que aceptó la sugerencia de éste de constituir un organismo de gobierno con las demás fuerzas políticas, que entró en funciones inmediatamente, haciéndose cargo GO del departamento de Defensa. El Pleno Regional aludido, noIMPORTA lo que en él manifestara GO, no hizo más que sancionar un hecho consumado: el Comité Central de Milicias Antifascistas. El hecho de que este organismo se formase, dejando plantado al propio gobierno de la Generalidad, implica un arreglo forzado con Companys, el mismo día de la famosa entrevista, y el protagonismo en el arreglo del propio GO. Por lo tanto, no se comprende la doble actitud de éste, en la Generalidad primero y en el Pleno después, salvo que quisiera salvar la faz ante la historia. Partidario de «la toma del poder» en la tribuna del sindicato de la Madera, ponente del comunismo libertario en el congreso de Zaragoza y participante, con permiso de Companys, en el Comité de Milicias de Cataluña con los demás partidos y organizaciones, son cosas que no se ajustan. Menos se comprenden estas manifestaciones de GO tras las que hizo en el Pleno regional. A saber: «La CNT y la FAl se decidieron por la colaboración y la democracia, renunciando al totalitarismo revolucionario que había de concluir al estrangulamiento de la revolución y a la dictadura confederal y anarquista» .
Pero en su libro, El eco de los pasos, GO se permite otra versión: «Entre la revolución social y el Comité de Milicias optaba la organización por el Comité de Milicias. Habría que dejar que fuera el tiempo el que decidiera sobre quién tenía razón, si ellos, la mayoría del Pleno, con Santillán, Marianet y Federica y su grupo de anarquistas antisindicalistas, como Eusebio Carbó, Felipe Aláiz, García Birlán, Fidel Miró, José Peirats, o la Comarcal del Bajo L1obregat, que conmigo sostenía la necesidad de ir adelante con la revolución social, en una coyuntura que nunca se había presentado antes tan prometedora» (Op, cit. pág, 188).
GO, enamorado de la toma del poder, fue sin duda el primero en estar convencido, en el Pleno en cuestión, de la imposibilidad de tal empresa. El suyo pudo ser, pues, un gesto espectacular. Por mi parte, me interesa aclarar que no participé en el Pleno antedicho; ni siquiera me enteré de su celebración.
A principios de septiembre, Largo Caballero se hace cargo del gobierno central. Inmediatamente invita a la CNT a formar parte del gabinete. Esta, que empieza a sentirse erosionada en sus principios filosóficos con el paso por organismos de gobierno que ocultan su nombre, propone un gobierno que no se llame gobierno, con ministros que no se llamen ministros. Pretende cambiar el gobierno histórico por un Consejo Nacional de Defensa. Caballero comprende lo quebradizo de ese pujo de pudor y espera tranquilo. 66 años de afirmación antigubernamental no se borran de un plumazo. Se impone un plazo de reflexión. Se recurre a un pintoresco refrendo sin votos ni urnas, muy problemático en cuanto a la auscultación de la voluntad militante. Pero el 27 de septiembre, Cataluña precipita los acontecimientos. Allí, la CNT se incorpora al gobierno de la Generalidad de una manera cómica. «No se ha constituido un gobierno, sino un nuevo organismo propio de las circunstancias que se atraviesan y que se denomina Consejo de la Generalidad».
Companys y Largo Caballero saben esperar convencidos de que, dada la dualidad de poderes existente, las aguas irán a parar a sus molinos. En efecto, el «Consejo» o gobierno de la Generalidad no tardará en despojarse de su disfraz. Largo Caballero tendrá que esperar un poco más, pero está también convencido de que el pez gordo acabará por entrar en el garlito. En el primer caso, será el propio García Oliver en arrojar públicamente la toalla: «Hemos disuelto el Comité de Milicias, porque la Generalidad ya nos representa a todos».
El ejemplo se propagará como reguero de pólvora. A mediados de octubre se constituirá en Fraga, primero por solo hombres de la CNT, después mezclados con comunistas más o menos disfrazados, el Consejo Regional de Aragón. En las grandes y pequeñas ciudades funcionan los clásicos Ayuntamientos de colaboración. Y, vencidos los últimos remilgos, la CNT (y sotto voce la FAl) se incorporan al gobierno central. Lo anuncia una nota oficial la noche del 4 de noviembre mediante la constitución de un nuevo ministerio. Cuatro son los ministros: CNT, Peiró y López, FAI: Federica y García Oliver. Como he escrito en otro lugar, los ministerios concedidos fueron sólo dos. Industria (Peiró) y Comercio (López) habrían sido siempre un solo ministerio, y Sanidad (Federica) una Dirección General.
¿Qué podían hacer cuatro ministros anarquistas frente a seis socialistas, seis republicanos y dos comunistas? Desde Acracia, a partir del mes de agosto, habíamos ido tomando el pulso alterado de los acontecimientos con la vista fija en la revolución y la guerra. Para nosotros la revolución era la transformación económica que se iba produciendo en Cataluña y Aragón, algo en Levante y menos por todas partes. A este fenómeno le dedicábamos la máxima atención. Los domingos, los dedicábamos a recorrer las colectividades y visitábamos, también, los frentes, aventurándonos en las avanzadillas. Nuestra máxima preocupación era el maremágnum político en sus dos vertientes principales: Barcelona y Madrid, advirtiendo tristemente que en aquélla se jugaba el porvenir de la revolución. En éste, el de la guerra.
El «espía» que teníamos en teléfonos de Lérida solía «pincharnos» las conferencias de los partidos adversarios. El mismo me advirtió un mediodía que Durruti, desde su Cuartel general de Bujaraloz, estaba hablando por radio. Ya había empezado cuando empecé a tomar su discurso. Lo publicamos el día siguiente. Tratábase de una incitación a la lucha en el frente y retaguardia. Pero al contrastar mi versión con la de Solidaridad Obrera, no salí de mi asombro. La Soli publicaba a toda plana, entrecomillada, ésta frase atribuida a Durruti: «RENUNCIAMOS A TODO MENOS A LA VICTORIA». Repasé mis notas sin ver nada que se le pareciera. Si hubiera dicho esto al tomar el discurso no se me hubiera escapado. Yo era bastante hábil para tomarlos. Además conocía su estilo. El año anterior, al salir Durruti de la cárcel de Valencia, tuvo que ventilar un pleito con el sindicato del Transporte. Se le acusaba de haber reclamado el cese de la huelga de tranvías para que le dejasen en libertad los carceleros de la República. Negó la exactitud de estas manifestaciones y fue convocado a una reunión con el Comité de huelga.
—De acuerdo —dijo—, a condición de que se tome acta de la reunión por persona competente que yo elija. Por ejemplo, éste.
Y me señaló a mí. Estábamos en la redacción de Solidaridad Obrera. El debate tuvo lugar en el Montepío de Panaderos, calle de San Jerónimo.
Estaba seguro de que Durruti no pronunció nunca aquel «Renunciamos a todo». Y también seguro de que se lo habían colgado por conveniencias políticas. Si a algo no podía renunciar Durruti, era a la revolución. No pasó mucho tiempo sin que me diera razón cuando dijo al final de unas manifestaciones: «Nosotros hacemos la guerra y la revolución al mismo tiempo».
Indudablemente se estaba preparando algo gordo en Barcelona. En una escapada que hice a la meca de la revolución, me extrañó encontrar a Liberto Callejas en las Ramblas. A mi asombro contestó parca pero tristemente:
—¿Pero es verdad que no te has enterado?
La CNT acaba de ingresar en el gobierno de la Generalidad. En cuanto a mí, acabo de renunciar irrevocablemente a mi cargo de director de Soli. En Acracia pronto tuvimos motivos suplementarios para disparar a cero contra el anarquismo gubernativo. Tirábamos contra el comunismo estalinista y recibíamos sus tiros. Polemizábamos con el POUM y no dejaríamos sin varapalo los resbalones monumentales, cada vez más groseros, de nuestros consejeros y ministros, cada vez más enzarzados en su aprendizaje de políticos. Recibían también su ración los que en tribunas y periódicos destapaban sus ocultas mañas. El nuevo director de Solidaridad Obrera impartía en sus editoriales un catecismo acelerado de leninismo. He aquí parte de su saludo al ingreso de los cuatro ministros en el gobierno central:
«La entrada de la CNT en el gobierno central es uno de los hechos más trascendentales queREGISTRA la historia política de nuestro país. De siempre, por principio y convicción, la CNT ha sido antiestatal y enemiga de toda forma de gobierno. Pero las circunstancias, superiores casi siempre a la voluntad humana, aunque determinadas por ella, han desfigurado la naturaleza del gobierno y del Estado español. El gobierno, en la hora actual, como instrumento regulador de los órganos del Estado, ha dejado de ser una fuerza de opresión contra la clase trabajadora, así como el Estado no representa ya el organismo que separa a la sociedad en clases. Y ambos dejarán aún más de oprimir al pueblo con la intervención en ellos de la CNT. Las funciones del Estado quedarán reducidas, de acuerdo con las organizaciones obreras, a regularizar la marcha de la vida económica y social del país. Y el gobierno no tendrá otra preocupación que la de dirigir bien la guerra y coordinar la obra revolucionaria en un plan general. Nuestros camaradas llevarán al gobierno la voluntad colectiva y mayoritaria de las masas obreras reunidas previamente en grandes asambleas generales…»
¿Qué necesidad tenían en Cataluña la CNT y la FAI de atarse (el 11 de agosto de 1936) en pacto con el PSUC y su apéndice, la sui géneris UGT catalana, sabiendo al primero afiliado a la Internacional Comunista y a la segunda guarida de grandes, medianos y pequeños burgueses revanchistas, feroces enemigos de la revolución? Esta pacto antinatura, bendecido por el Cónsul General de la URSS en el multitudinario mitin de la Plaza de Toros Monumental, no tardaría en ser traicionado, dando cenetistas y faístas la impresión de estar trenzando la cuerda que les ahorcaría en un mes de mayo premonitor. Nuestros ministros empezaron también a dar bandazos. Juan Peiró, en un mitin en Valencia, se dolía de actos de indisciplina y de interferencias de los comités. El público se soliviantó al oírle afirmar «O sobra el gobierno o sobran los comités». Ante el tumulto, el orador trató de matizar, pero con azúcar resultó peor: «Los comités no sobran, lo que hace falta es que sean auxiliares del gobierno». Es decir, algo así como instrumentos.
Recuerdo que se me fue la mano en Acracia al comentar este incidente. Verdaderamente fui grosero al titular «iBotellero, a tus botellas!». Y aquí, como enmienda honorable, quiero engarzar una anécdota. En vísperas de mi partida para el frente, y como despedida de la retaguardia, accedí a participar en un mitin como orador. El mitin se celebraba en Mataró. Tuvimos una avería de automóvil y llegamos al local muy tarde. Un orador local tuvo que entretener al público en espera de que llegásemos los contratados para dar el espectáculo. Se trataba de Peiró, entonces ex ministro. Subí al escenario con aprensión. No le había tratado nunca pero había leído mucha de su labor periodística. Al vernos aparecer dio un suspiro de alivio e interrumpió su discurso de circunstancias. De pronto preguntó a los recién llegados: «¿Quién de vosotros es Peirats?». Informado, vino hacia mí. Lo menos que esperaba era un bofetón. Fue todo lo contrario. Abrió sus cortos brazos y me estrechó contra su pecho. Así era Peiró. No puedo menos que rendir este pequeño homenaje al mártir. Era un hombre bueno. Por las buenas, casi un niño. Se dejaba llevar. Por condescendencia cometió muchos errores. Pero a las malas, era una roca. Franco tuvo que fusilarlo antes de que cediera.
Nuestros ministros, no sé si todos, tuvieron que saborear en el gobierno el acíbar de la impotencia. No quiero dudar de su buena fe; sí de su imprevisión y digestión deficiente de las ideas para los momentos de prueba. Y de que trataran de amainar sus humores con banderillas de fuego a quienes menos las merecían. Por ejemplo, ésta de la ministro de Sanidad a quienes en resumidas cuentas salvaron el honor de la revolución: «Últimamente he estado varios días en Cataluña y me he dado cuenta de algo muyIMPORTANTE. He de ser, quizás, un poco dura en mis comentarios. Los que no sienten lo que directamente es la guerra, viven en juerga revolucionaria. Tienen las industrias y los talleres en sus manos, han hecho desaparecer a los burgueses, viven tranquilos, y en cada fábrica, en vez de un burgués hay siete».
Es incuestionable que hubo indisciplina y hasta brotes de burocratización precoces en un proceso de socialización revolucionaria sin modelo vivo en que inspirarse. ¿Pero ocurría de otro modo en la casa no barrida de los ministerios? ¿Qué hicieron nuestros elementos estelares para dar el ejemplo a nivel de pueblo? Las colectividades fueron obra espontánea de los militantes menos preparados. La crema militante había sido sorbida por los frentes de guerra o por los órganos de dirección política; órganos de dirección que no supieron o pudieron transformar según la pauta revolucionaria. Fracasado el Comité de Milicias, tardía la alternativa del Consejo Nacional de Defensa, nos limitamos a copiar lo que había.
¿Cómo rasgarse las vestiduras ante el caos creador? Los especialistas que tienen ojos en la cara han tenido que admitir que la revolución española fue un modelo de disciplina al pasar de la lucha de barricadas a la puesta en marcha de la máquina económica. Por el contrario, fue norma durante todo el curso de la guerra el zancadilleo político, la pugna entre partidos, y dentro de los partidos, las maniobras incluso al servicio de potencias extranjeras por excelentísimos señores ministros.
La misma organización confederal no evitó contagiarse de influencias centralistas. Su piedra clave, el federalismo, fue sacrificado, no siempre por exigencias de la guerra. El gobierno de la Generalidad fue un campo de Agramante, y el central un foco de intrigas. Las crisis de la Generalidad fueron antológicas. Una de ellas se prolongó durante un mes. José Xena, que las tramitaba, cansado de proponer a Companys nuevos consejeros confederales, que rechazaba de plano, tuvo la curiosa idea de pensar en mí, el gato escaldado del Comité Revolucionario. Inútilmente, por supuesto. Pero lo más trágico fue la impronta del centralismo en el derecho de opinión. La ofensiva de los comités superiores contra la prensa discordante fue haciéndose sistemática.
Se podían contar con los dedos de una mano los periódicos cimarrones: Acracia, de Lérida (hasta mayo de 1937); Ideas, de Hospitalet, Nosotros, de Valencia (hasta que se militarizó la Columna de Hierro); Tierra y Libertad (los dos o tres meses que la dirigió Felipe Aláiz) y RUTA (a trancas y barrancas, hasta el final). Frente a ellos un alud de periódicos, diarios y revistas bailando al son de la música de los comités superiores.
No cesaba la presión sobre la prensa libertaria desobediente, sometida, por otra parte a la previa censura gubernamental. Para acallar a esta prensa insumisa, el Comité Nacional de la CNT convocó una Conferencia nacional de todos los órganos de expresión que presidió el propio Secretario nacional Mariano R. Vázquez, en Barcelona. Concurrieron entre muchos: José García Pradas, por CNT; Eduardo de Guzmán, por Castilla Libre; creo que Floreal Ocaña, por Ideas, Baladá, por Ciudad y Campo; un portugués muy abierto por Nosotros; Ramón Magro y yo, por Acracia, y el argentino Maguid, por Tierra y Libertad. Frente a los buenos, los malos declinamos suscribir el dictamen de la mayoría y nuestro voto particular fue derrotado. Tratábamos de reivindicar la libertad de expresión contra la línea única y la orientación oficial. Como represalia fuimos expulsados de Acracia todos los redactores, por el Comité Nacional.
Sin que pueda precisar la fecha, pero inmediatamente después de la toma de posición de nuestros ministros, la Oficina de Propaganda CNT-FAI de Barcelona convocó a una reunión de militantes de toda la región catalana. Con la debida antelación se había confeccionado un temario bastante amplio sobre los problemas que acuciaban al movimiento libertario, tanto en el frente como en la retaguardia. Dicha reunión tuvo lugar en el salón rojo. En representación de Lérida viajamos Lorenzo Páramo, Ramón Magro y yo. Jacinto Toryho, sustituto de Liberto Callejas en la dirección de Solidaridad Obrera, había organizado el acto y al demorarse mucho en abrirlo, de detrás de unos cortinajes del estrado, apareció la ministro Federica Montseny. Esta, sin más ceremonia, pronunció un largo discurso sobre la nueva teología del «circunstancialismo». Era de rigor que tras la peroración abordáramos el orden del día preceptivo. No hubo nada de lo dicho. Como si fuéramos coro de monaguillos, Toryho se dispuso a cerrar el acto. Indignado ante el silencio general pedí la palabra, y sin esperar a que se me concediera, tras protestar por la maniobra, rebatí cuanto pude del discurso magistral. Yo no sabía entonces que Federica, aunque siempre ha parecido muy mayor, sólo me llevaba unos cuatro años de edad. Digo esto porque por toda respuesta a mi arremetida dijo que se hacía cargo de mi fuga juvenil y me deseó maternalmente, aprender con la experiencia. Dos o tres asistentes, no más, hicieron uso brevemente de la palabra.
Después del mayo sangriento, fatal culminación de una serie alocada de concesiones para la reconstrucción de arriba abajo del aparato del Estado, nuestros representantes en uno y otro gobierno, no siendo ya necesarios, fueron despedidos como criadas no respondonas. No les quedó otro recurso que el pataleo. Cuatro discursos se pronunciaron en Valencia por los ministros desahuciados, todos de carácter lacrimoso:
Federica Montseny: «Yo, anarquista, que rechazaba el Estado, le concedía un margen deCRÉDITO y de confianza para hacer una revolución desde arriba. Revolución moral, revolución social, revolución de conductas y de costumbres. y . aquellos que debían estamos reconocidos porque dejábamos la calle y la violencia y porque cogíamos la responsabilidad en el gobierno encuadrándonos dentro de la legalidad que otros hicieron, no han cesado hasta conseguir que nosotros, los revolucionarios de la calle, volviéramos a la calle».
Juan López: «Pero aquí viene la explicación de nuestra gestión frente a un departamento, y es ésta: no se ha efectuado nada constructivo en el aspecto económico; no por razones de orden técnico ni de confianza en las personas, sino por razones de índole política. Cuando se reúnen siete personas para discutir y ponerse de acuerdo acerca de un problema, y entre éstas cinco personas piensan de una manera y dos piensan de otra, el resultado de esa reunión no puede ser fructífero si no existe la voluntad de respetar a la minoría, si no existe la decisión de armonizar el criterio de los menos con el de los más».
Juan Peiró: «Podría deciros que a cada iniciativa presentada por el ministro de industria hemos tropezado con un sabotaje cordial, muy amistoso. La CNT ha aceptado una responsabilidad de gobierno y la ha aceptado con entera sinceridad renunciando a casi todos sus postulados, ateniéndose a la realidad de esta hora histórica que vive España. Tanto es así que yo puedo decir que, de tan sinceros que hemos sido, nos hemos comportado como unos perfectos ingenuos, y de esta ingenuidad han querido sacar partido aquellos que quizás estuvieran interesados en no sacar tanto partido».
Sería injusto, incluso irresponsable, no tener en cuenta el peso que las circunstancias tuvieron en la actitud de los anarquistas al enfrentarse con la fase política de la revolución. Todo o casi todo se jugó a partir de los primeros compases. Dos factores fueron clave: la guerra civil y la obligada colaboración. Pero, menos los libertarios, todos los sectores políticos, curtidos en estos menesteres, supieron desenvolverse, con raras excepciones, indecentemente. La guerra civil condicionó todas las actitudes, tanto positivas como negativas. Además, una guerra civil no es una guerra cualquiera. Se suele decir con razón que la guerra civil es la más incivil de las guerras. Nuestros adversarios la habían planteado en términos de exterminio y, en gran parte, cumplieron su propósito. Si no queríamos ser masacrados hasta el último de nuestros ancianos y nietos, sin respeto para nuestrasMUJERES, teníamos que defendemos con uñas y dientes. Ningún sector por sí solo, sin ayuda de los demás, podía asumir esta tarea. Se impuso, pues, la colaboración. ¿Por qué fracasó ésta? Se acusa a la colectivización. Es decir, a la revolución. Pero la colectivización no podía dañar los objetivos de la guerra. En todos los países capitalistas existen colectividades en forma de cooperativas y hasta federaciones de cooperativas. Las había en España antes del 19 de julio. Y si se trata de expropiaciones, la reforma agraria las contemplaba. El Estado español ha recurrido varias veces a la expropiación bajo el eufemismo de utilidad nacional. La Iglesia y las órdenes religiosas fueron expropiadas cuando las guerras carlistas con el apelativo de la desamortización. Todos los partidos de izquierda propiciaban la expropiación de los latifundios e incluso de las tierras municipales irredentas. Tanto la Generalidad como el Estado central se apoderaron de los Bancos y Cajas de Ahorro al principio de la guerra civil, y dispusieron de sus fondos sin contar con los accionistas y cuentacorrentistas. El oro del Banco de España lo embarcó el gobierno para la URSS. Las colectividades industriales pusieron en marcha la producción contribuyendo al orden económico. Yen el campo, las incautaciones de las propiedades facciosas no fueron vendidas como hiciera Mendizábal en el siglo pasado, a los ricos mejores postores.
Se impuso la colaboración para defendernos del fascismo y para ganar la guerra. Pero sólo los anarquistas, el POUM y el sector caballerista, se excedieron en jugar limpio. Los demás iban a lo suyo, a remolque del Partido Comunista, único beneficiario de la «ayuda» soviética y provocador de los hechos de mayo bajo inspiración del Cónsul General Ovssenko.
Kropotkin ha dedicado un libro al instinto de apoyo mutuo entre los animales de la misma especie. Pero está visto que este instinto no está desarrollado todavía en la especie hombre-político. Los políticos profesionales y la mayoría de sus colegas de la clase media no pudieron digerir nunca que el movimiento obrero organizado hubiera decidido en Barcelona la batalla contra el fascismo. Este complejo de frustración y la duplicidad de poderes a que fueron castigados en los primeros meses de la contienda, alimentaron en ellos el poso torvo del desquite a todo evento, incluso el de situar los intereses de la guerra por debajo de sus mezquinas ambiciones. Recuperar el poder, todo el poder, para sí y sus compinches, fue una obsesión enfermiza. Su bélica demagogia, «todas las armas al frente», «primero ganar la guerra», se traducía fácilmente por el regreso a las plácidas digestiones que había turbado la revolución.
Por desgracia, no faltaban pretextos para enviar todas las armas al frente, excepto las suyas, las de los cuerpos pretorianos constituidos a toda prisa, por ejemplo, para tomar laIMPORTANTE Central Telefónica. Para desgracia, también, los comités superiores de la CNT-FAl, ingenuamente o no, mordieron en todos los cebos y, de concesión en concesión, llegaron al extremo de desfigurar un movimiento, el único en Europa y América que mantenía una personalidad histórica.
¿Cabía otra alternativa que la asumida oficialmente por la CNT-FAI? Es difícil contestar esta pregunta; y cómodo; además, dada la perspectiva de tantos años. Sin embargo, podemos argü̈ir que, evidentemente, no valía la pena sacrificar tanto, enfrentarse con los propios compañeros, para tener que vivir de prestado y ser a la postre defenestrados. Existe la forma de asumir una dificultad entregándose sin resistencia; y hay la de resistencia en aquello que nunca hay que hacer. El dilema de lo que se puede hacer y lo que nunca hay que hacer se le plantearía a Juan Peiró al ser extraditado a la cárcel de Valencia. Podía salvar su vida aceptando la sugerencia de dar su espaldarazo a los sindicatos fascistas. Sin embargo, contrariamente a la opción que le llevó a ser ministro, optó por lo que no podía hacer.
El alegado circunstancialismo de la CNT-FAl no era fatalista. Fatales son las leyes naturales, pero todavía discuten los sabios sobre el voluntarismo o no de la persona humana. Lo incuestionable es que el revolucionario no puede ser fatalista. El fatalista deja salir a las tropas fascistas de sus cuarteles, convencido que nada puede hacer contra ellas. Todo lo contrario del caso de la CNT-FAI, el 19 de julio. ¿Por qué luego el fatalismo de las circunstancias? Por otra parte, nunca dieron la impresión algunos teólogos del circunstancialismo de estar asumiendo sus cargos oficiales circunstancialmente.
El movimiento libertario se había caracterizado por un comportamiento propio a lo largo de sus 66 años de existencia. Abandonarlo bruscamente por otro comportamiento, no sólo distinto sino diametralmente opuesto, tenía que producir un trauma tremendo no sólo en sus filas sino en sus figuras sobresalientes. Se entabló una carrera de obstáculos de adaptación abandonista de lo propio por lo ajeno, sin otro resultado que dejar de ser lo que firme y sólidamente se había sido para convertirse en algo infuso y vacilante, además de personal y colectivamente vulnerable. De ahí que a todo lo largo y ancho del conflicto fuéramos a remolque, no de circunstancias imponderables, sino de maniobras concretas de pícaros encallecidos. Sólo a nivel de los centros de producción y de los sindicatos, marcamos pautas originales para la historia revolucionaria futura. De esta línea no debió jamás apartarse el movimiento libertario, durante y después de la guerra. Era nuestro legado a las futuras generaciones. La vuelta a la oposición prometida después de la crisis política de mayo del 37 no tuvo mañana. Fue una torpe maniobra demagógica, y hasta el desastre militar de Cataluña, el Comité Nacional de la CNT, depositario por voluntad de un Pleno nacional de todo el movimiento, del liderazgo absoluto, se limitó al vergonzoso papel de pedigüeño de una migaja de ministerio. Y la Anarquía llorando en un rincón.