Cuando la multitud hoy muda, resuene como océano.

Louise Michel. 1871

¿Quién eres tú, muchacha sugestiva como el misterio y salvaje como el instinto?

Soy la anarquía


Émile Armand

domingo, junio 17

Las trampas de la identidad

Cuando el capitalismo internacional entra en una peligrosa fase crítica, en donde la vida de la mayoría de la población planetaria depende completamente de disposiciones funestas tomadas por irresponsables con el fin de superar la recesión y la ruina, en Europa, y más concretamente en Cataluña, la conciencia de la crisis parece ocultarse detrás de conflictos de muy inferior rango, como por ejemplo, el que mantiene el Estado español contra la voluntad secesionista de determinados grupos de poder catalanes, apoyados principalmente por empresarios adictos y por la clase media provinciana. El caso presenta extrañas similitudes con la puesta en escena, en Francia, de la cuestión “musulmana”, una verdadera escenificación montada para esconder la cuestión social tras una problemática étnica, cultural y religiosa.

Bajo el prisma de la soberanía, la condición obrera de gran parte de la población catalana se disuelve en una identidad nacional ilusoria inflada artificialmente en los medios, y la lucha social queda absorbida en la pugna aparente entre un gobierno central, autoritario y represivo, y un “pueblo” catalán, pacífico y demócrata donde los haya, que pretende autodeterminarse. Parece que el discurso soberanista, acaparando el debate político, haya dado la puntilla a la lucha de clases. Nadie menciona a los trabajadores, sino como sujeto secundario representado por sindicatos claramente favorables al “derecho a decidir”. En realidad, el proletariado ha resultado subsumido y degradado en el concepto comodín de “poble”. El momento no puede ser más confuso. La actividad propagandista y la apropiación del espacio mediático por los bandos jurídicamente enfrentados, expulsa abruptamente de la escena pública la cuestión social en provecho de la cuestión identitaria, o peor aún, del españolismo. Los matices no cuentan; todo el mundo está obligado a escoger su campo: o con el fascismo español, o con la democracia burguesa catalana. O con la mentira constitucionalista o con el fantasma de la independencia. Una especie de chantaje moral nos condena a escoger entre una cárcel ideológica u otra; a pronunciarnos por un determinado tipo de opresión, en fin, a adoptar una identidad quimérica cualquiera. La protesta contra la expropiación total de la decisión de los individuos por parte de una clase dirigente económica y política, en Barcelona y comarcas, no aflora en contradicción con el régimen capitalista y las instituciones que lo representan, sino que lo que podría tomarse por tal parece conformarse con un Estado menor, periférico, en todo similar a los demás Estados europeos.

La fascinación por un Estado que albergue a la “nación” catalana es tanta, y tan sabiamente cultivada por expertos y profesionales de la comunicación, que para sus partidarios resulta ofensivo dudar de su eficacia en la resolución de toda clase de problemas, desde el de los desahucios al del paro y la precariedad; del de la destrucción del territorio al de los inmigrantes indocumentados; del de la igualdad de géneros al de los recortes en pensiones y servicios sociales, etc. Y si por desgracia el escollo es visiblemente imposible de saltar, siempre podrá responsabilizarse a Madrid. La pequeña burguesía y las nuevas clases medias nacidas de la terciarización de la economía, afectadas seriamente por la crisis, constituyen buena parte de la base social del soberanismo, la parte más crédula y más subyugada por la heroicidad de sus dirigentes encarcelados o exiliados. Difícilmente hallaremos proletarios en sus filas. Por eso, el nacionalismo “democrático” y ciudadano surge en el contexto actual en oposición a ideologías emancipadoras como el socialismo autogestionario, el confederalismo, el comunismo libertario y el sindicalismo revolucionario. O dicho mejor, como relato alternativo a las teorías subversivas capaces de exponer de forma verídica la situación actual a las clases oprimidas. La lucha contra los efectos de la crisis deja de articularse en torno a la condición obrera y pasa a hacerlo alrededor de la nacionalidad. Si la comunidad concreta de trabajadores se ha desleído ante los embates del sindicalismo de concertación, la desocupación y el consumismo, en su lugar se conforma una comunidad abstracta, relacionada virtualmente, interclasista y esencialista: el pueblo catalán. En nombre de dicha abstracción habla el montaje nacionalista.

Las catástrofes del capitalismo globalizado y el gobierno corrupto de la derecha estatal han creado un clima ideológico particular en Cataluña, perfectamente aprovechado por el entramado de intereses soberanista, que ha sabido neutralizar cualquier otra oposición y llevar toda el agua a su molino. Frente a una “democracia” corrompida y despótica, la dirección nacionalista gusta mostrarse como agente de una democracia verdadera, obediente al mandado del “pueblo”. El pasado, que podría desmentir con facilidad tal autenticidad, ha quedado borrado en el imaginario patriótico. El soberanista carece de memoria. De golpe, todas las instituciones, a estas alturas bastante desacreditadas, se ven legitimadas a costa del infame gobierno central: el Govern, el Parlament, la Mesa, consellers, subsecretarios, Mossos, diputats, regidors, patronals, partidos... La represión, centrada en la cúpula dirigente, ha contribuido sobradamente. Toda la clase política soberanista adquiere una virginidad a precio de saldo, y con ella, la brutal policía autonómica y el Govern de los recortes, del BCN World y del caso Palau. El Estado, a través del cual la clase dominante se constituye en sociedad democrática, queda incontestablemente consagrado. Pero la “democracia”, que hoy no es más que la forma política del capitalismo, y que en su fase crítica final adopta formas autoritarias y espectaculares cada vez más obvias, tanto en Cataluña como en España, suele ejercer de mecanismo desactivador de una latente conflictividad anticapitalista, desviada por las burocracias sindicales a terrenos baldíos. La originalidad catalana es que la susodicha democracia se erige como argumento principal de las tramas oligárquicas del nacionalismo con el que este se asegura una bolsa descomunal de votantes fieles. Las falsas cuestiones no tienen otra misión que disimular las auténticas en beneficio de la dominación, enarbole la roja y gualda o la estelada.

Es indudable que al recomponer el escenario político y social catalán en clave nacionalista, las fuerzas soberanistas han descolocado a la “izquierda” oficial, a la de viejo y a la de nuevo cuño, a la socialdemócrata y a la ciudadanista, incapaces ambas de desmarcarse de la moda identitaria y distanciarse de sus lugares comunes, sus símbolos y sus mitos. No le ha quedado más remedio que elegir entre dos amos y ponerse a remolque del “unionismo” o del nacionalismo. Algo parecido podíamos decir del anarquismo catalán. Durante la guerra civil, el anarquismo oficial convirtió en consigna una frase atribuida falsamente a Durruti: “Renunciamos a todo menos a la victoria.” Con ello se trataba de justificar una abjuración vergonzosa y una táctica inútil hecha a base de capitulaciones. Según se desprendía de ello, al anarquismo le iría mejor cuanto más renegase de sus postulados, métodos y objetivos. Pues bien, los libertarios “de país” han tomado buena nota. Por puro activismo o por simpatizar realmente con el nacionalismo, no tienen empacho en olvidarse de la historia movilizándose tras eslóganes nacionalistas; en depositar su papeleta de voto en la urna santificando las elecciones; en reivindicar una “democracia” a la catalana y sus instituciones más convencionales, y en aportar su grano de arena a la construcción de un Estado republicano, del que se puede esperar un amor a las libertades civiles semejante al de la versión monárquica de la que se pretende segregar. Al capital, ni tocarlo; en la movida catalana nadie va de anticapitalista, a no ser de boquilla; se va de demócrata. Nos inclinamos a pensar, tras habernos cruzado con algunos ejemplares especialmente fariseos, que el anarquismo de la posmodernidad y la militancia identitaria se ha convertido en el refugio de un sector extremista de la clase media, muy minoritario, pero visible. En resumen, la punta de lanza de una nueva servidumbre. Bueno, pero por suerte, ese no es todo el anarquismo ni de lejos, aunque éste ganaría bastante incidiendo en la lucha social más que parapetándose tras los principios.

La tarea primordial de la crítica revolucionaria consistiría en disipar la confusión mediante un análisis profundo y claro del régimen capitalista tal y como se manifiesta en la sociedad catalana, en nada diferente a la europea. A la luz de los verdaderos antagonismos sociales se esfuman los tópicos nacionalistas. Solamente a partir de aquellos puede constituirse una comunidad de lucha capaz de actuar contra el Capital y el Estado. La conciencia de las contradicciones está todavía por llegar, y con tanto nacionalista, tardará más de la cuenta, pero dado que la proletarización de la sociedad va a agravarse como resultado de la implosión destructiva del capitalismo, la clase media perderá protagonismo y los presupuestos ciudadanistas y nacionalistas se irán derrumbando, como levantados sobre un pedestal de barro.


Miquel Amorós

Para la presentación del libro “No le deseo un Estado a nadie”, en Espai Contrabandos, Barcelona, 19 de abril de 2018 (Ponentes: Corsino Vela, Santiago López Petit, Tomás Ibáñez y Miquel Amorós).

jueves, junio 14

21:45


Para mi hija Leticia

Piranesi dibujó cárceles imaginarias,
corredores, escaleras y vastos espacios
de unas prisiones que jamás existieron,
y aún así, decía el programa,
parecen recordarnos algo.

Por eso, hija, abrígate,
en otoño nunca se sabe, mira
cuántas capas llevan las almendras.

Abrígate las costillas, hija,
mira cómo las parten por las carnicerías,
cómo se rompen por los andamios.

No son cáscaras de pipas, mira
cómo las dobla la tristeza,
cómo en añicos los hambrientos,
cómo los encerrados,
cómo se le hicieron migas al abuelo.

Abrígatelas, a los leones les gustan,
a los perros también.
A los 1650 policías
que mañana nos esperan por la plaza, más.

Abrígate, ellos saben cómo darle cuerda
a las metáforas visionarias. Abrígate.

Y no olvides que lo urgente,
es pintar el alba.


María Ángeles Maeso
(Puentes de mimbre. Huerga & Fierro. Madrid: 2017)
Extraído de nueva-gomorra.blogspot.com



lunes, junio 11

Internet, determinismo y propaganda



Las nuevas relaciones impuestas por la sociedad tecnológica son el paradigma de la superficialidad y vacuidad. Reflejan la impostura en la que se vive y despojan al individuo de la verdad inherente de su pensamiento primigenio, sustituyen lo real por lo virtual y lo virtual por lo real. La imagen que proyecta el individuo debe ser absorbida por el aparato tecnológico para ser transformada en información que posteriormente sirve como referencia a los intereses del mercado de consumo que suprimen la individualidad a través del deseo por los bienes y la mercancía.

La sociedad de la información no es necesariamente la sociedad de la comunicación. Internet no comunica al contrario, aísla en mayor grado cuanta más información (ya sea verdadera o falsa) circula por la red. La tecnología por lo tanto atomiza al individuo y divide a la sociedad en fragmentos cada vez más pequeños debido a la multiplicidad de opiniones, pensamientos y creencias que surgen de los acontecimientos y rigen las tendencias creadas por la propaganda que afectan en mayor o menor grado al conjunto de la sociedad.

Internet como nuevo medio catalizador del consenso social incrementa el poder de la tecnología -y por lo tanto de los poseedores de la misma- implementando políticas de control y dominación sobre la población mucho más efectivas que en tiempos pasados al monitorizar la opinión pública a tiempo real y ejerciendo a la vez un control exhaustivo sobre la disidencia para sustituir la vigilancia por la auto-vigilancia consentida en nombre de la seguridad.

Una visión optimista o pesimista de la vida puede estar determinada por las circunstancias de cada persona. Sin duda. Sin embargo dicha visión no deja de ser particular y no tiene por qué ajustarse a la visión general que afecta al resto de toda la sociedad. Por lo tanto esta visión particular y fragmentada del mundo puede enmascarar y falsear la realidad por la cual se rigen los acontecimientos que suceden en éste y que afectan inexorablemente a todas las personas.

Siempre hemos estado en guerra. Los mundos idílicos creados por los propagandistas al servicio del Poder son un producto del Sistema para justificar los conflictos de toda índole y engañar de un modo razonable a la sociedad de manera que la vida se desarrolle por unos cauces aceptables.
Sumisión a cambio de seguridad, diversión y entretenimiento a cambio de explotación. Negatividad a cambio de cierta positividad o malestar a cambio de bienestar. Todo tipo de intercambio que se pueda dar para justificar el sistema de dominación y el estado de guerra.

viernes, junio 8

Sobre la lucha en Arraijanal (Málaga) contra la destrucción de este entorno natural

La lucha se está llevando en Arraijanal, la última playa natural de Málaga capital y que tiene como proyecto su destrucción para la construcción de campos de fútbol y otros negocios relacionados. Es un terreno cedido por 75 años al actual dueño del Málaga CF, un jeque mafioso de Catar. 

Desde hace mes y medio aproximadamente resiste a pie de obra una acampada 24h/7dias a la semana para intentar impedir la destrucción de todo este entorno de valor medioambiental y arqueológico incalculable. Aparte hace años que varias asociaciones están intentando frenar este desastre (al que por desgracia en la Costa del Sol estamos muy acostumbradxs) por vías legales. Actualmente la fiscalía de medioambiente ha abierto diligencias para investigar el entorno y su valor a nivel arqueológico y medioambiental.

Existen dos páginas de Facebook donde se está colgando el contenido relacionado con la lucha, ya que hace falta mucha gente para apoyar la acampada a pie de obra y que esta lucha se conozca por todos sitios:

https://www.facebook.com/Salvarelarraijanal/

https://www.facebook.com/%C3%81rboles-S%C3%8D-Talas-NO-460475704123633/

A continuación se muestran algunas fotos de este tiempo dentro de la acampada permanente en Arraijanal. Se habitan y cuidan árboles, se realizan acciones no violentas por la defensa de este entorno natural, se realizan actividades de carácter lúdico e informativo y se vive en comunidad día y noche en la acampada que lucha por el respeto a este valioso entorno y su conservación.  

Queremos hacer un llamamiento a colectivos, espacios y gentes afines a esta causa a que difundan y apoyen la lucha por Arraijanal, ya que se necesita de mucha más gente que esté a pie de obra con nosotrxs.


martes, junio 5

¡Maldita miseria!

Pobreza: carencia de recursos materiales necesarios para satisfacer las necesidades primarias.

La definición es la misma en cualquier lugar del mundo.

Según los contextos geopolíticos, socioculturales, estilos de vida o recursos disponibles, las mayores agencias económicas mundiales fijan líneas convencionales, parámetros utilitarios que establecen el umbral de la pobreza, condición en la que no se alcanza el mínimo para la supervivencia, equivalente para la banca mundial a aproximadamente un dólar al día para los países más pobres de la tierra.

No existen, por el contrario, indicadores válidos del estado de miseria. Se habla de una pobreza digna, pero no se puede decir una miseria digna. Si los parámetros se refieren solo a las condiciones económicas, tablas, teoremas, estadísticas, esquemas, gráficos, porcentajes, cálculos y fórmulas, no pueden cuantificar el umbral de sufrimiento, vulnerabilidad, fragilidad, desesperación, humillación o dignidad moral.

En su significado original, pobre es quien produce poco, culpable de su condición, desafortunado o demasiado incapaz. Descrita durante siglos como culpa individual, diseño divino inescrutable o defecto de carácter, en la sociedad de las grandes transformaciones industriales, la pobreza empieza a ser tenida en cuenta como cuestión social y problema de orden público. Junto a vagabundos, huérfanos, viudas, madres solteras, viejos, enfermos mentales y físicos, la figura del pobre incluye al trabajador en paro.

Si antes todos estos individuos sobrevivían de la caridad, mendigando y vagabundeando en busca de trabajos temporales entre la ciudad y el campo, mucho antes del siglo XVIII, en Gran Bretaña, una serie de leyes proscribe el vagabundeo y los subsidios caritativos. Las inclosure acts (“leyes de cerramiento de tierras”) impiden la posibilidad de cultivar las tierras abandonadas, de pastorear libremente y de recoger leña en los bosques. Una multitud de gente sin recursos se dirige esperanzadamente hacia las nuevas ciudades. Las leyes sobre la pobreza obligan a vivir en edificios creados para ello. Las workhouses (“casas de trabajo”) se construyeron con la falsa promesa de ofrecer un techo, un plato caliente, un trabajo, cuidados sanitarios y formación para los niños, pero eran auténticos campos de prisioneros.

Los edificios, divididos en pabellones, con altos muros de ladrillo, alojaban por separado al menos a cuatro grupos distintos: los viejos y los enfermos, las mujeres y hombres “hábiles”, los niños. Esas barreras servían para facilitar el control y la gestión.

Una workhouse tipo albergaba a alrededor de doscientos pobres. Una especie de administradores locales, generalmente agricultores y comerciantes acomodados, llamados “guardianes”, gestionaban la estructura. Ayudados por sus mujeres y por un equipo de instructores, enfermeras y cuidadores, pensaban solo en cómo aprovechar la situación y sacar el máximo partido. Cuando ingresaba el pobre, era despojado de todo cuanto tenía y desinfectado. Sus ropas se apartaban, hervidas o impregnadas de azufre. Tenía que vestir un uniforme igual para todos: los hombres, una camiseta a rayas, chaqueta y pantalón; las mujeres un vestido a rayas blancas y azules, las prostitutas uno amarillo, las menores embarazadas uno rojo. Las familias eran separadas, e incluso si estaban en el mismo edificio solo podían verse y hablar en días establecidos. Grandes dormitorios fríos y mal ventilados contenían camas de paja con un recipiente en el centro para las necesidades fisiológicas.
La comida consistía a menudo en un pedazo de pan y una sopa de avena, y estaban prohibidos el tabaco y la cerveza.

Había que trabajar duro para merecerse todo esto.

Generalmente, los hombres picaban piedra, trabajaban en los campos y en los molinos, o trituraban huesos de animales para hacer abono. Las mujeres lavaban, cocinaban y tejían. Los más débiles eran destinados a la elaboración de estopa. No existía salario: los beneficios iban directamente a los bolsillos de los “benefactores”. En teoría, los niños tendrían que haber sido escolarizados, pero en realidad se les enviaba a trabajar. Muchos de ellos fueron a las colonias americanas y australianas para aumentar la población.

Quien no seguía las reglas era severamente castigado.

Teóricamente se podía salir del edificio, previa petición, y estar fuera alrededor de tres horas. Volver tarde podía significar la prisión bajo la acusación de robo. ¿Robo de qué? Del uniforme que eran obligados a vestir, y que era propiedad de la institución.

Charlie Chaplin vivió la experiencia de las workhouses. A los siete años de edad fue registrado como “menesteroso” y confinado en Lambeth y Hanwell. Le fue prescrita la dieta mínima establecida para los niños, lo justo para sobrevivir: sopa de avena. Chaplin fue encerrado junto a su hermanastro Sidney al ser abandonado por su alcohólico padre, y tras el ingreso de su madre, Hanna, en un centro para enfermedades mentales. La miseria y el hambre se reflejan en muchas de sus películas.

Las workhouses fueron oficialmente abolidas en 1930, pero perduraron hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Muchas de sus estructuras se reconvirtieron en hospitales.

El Estado del bienestar de la posguerra nace como respuesta al proceso de modernización. Según los periodos históricos y los países, se establecen una serie de intervenciones públicas que regulan la distribución de servicios considerados esenciales, y subsidios económicos. Objetivo declarado fue reducir las desigualdades sociales y asegurar mejores condiciones de vida. Ante políticas redistributivas, las desigualdades afloran a otros niveles. Distribuir la posesión de una cierta cantidad de riquezas, sean rentas básicas u otros bienes disponibles, no implica la libertad de opción y de acción.

Lo que debería contar es cuántas cosas pueden hacer las personas con recursos a su disposición. Aunque está claro que un mínimo de medios y recursos es esencial, la pregunta es ¿qué oportunidades o posibilidades existen de convertir el bienestar en calidad de vida con las políticas del Estado del bienestar?
Bienestar, pobreza, deberían evaluarse en el ámbito de las oportunidades reales que tienen las personas para escoger la vida a la que atribuyen valor.

Se trata de considerar una condición más amplia que comprenda proyectos de vida, solidaridad, participación, libre expresión y dignidad personal.

A partir de los años ochenta, el economistas indio Amartya Sen desarrolla un “nuevo y revolucionario” planteamiento metodológica para medir pobreza y desigualdad, retomado por la filósofa estadounidense Martha Nussbaum. Nobel y lluvia de reconocimientos académicos internacionales por haber focalizado la atención sobre las capacidades, entendidas como la efectiva oportunidad de un individuo, incluso si es pobre, de poder escoger en función de una plena realización propia.

Han descubierto la pólvora.

Esto lo escribió mucho antes un hombre de corazón indómito: “Cada uno podrá actuar e influir en proporción a su capacidad y conforme a sus pasiones y a sus intereses (…) la libertad que queremos no es el derecho abstracto de hacer lo que se quiere sino la posibilidad de hacerlo” (Errico Malatesta).


Saltamontes
Publicado en el Periódico Anarquista Tierra y Libertad, Abril de 2018

sábado, junio 2

La otra cara de la alienación laboral

Son relativamente frecuentes los casos de aquellos trabajadores a los que no les entusiasma su trabajo y que lo ven fundamentalmente como una forma de ir tirando, como un medio para sobrevivir aunque sea de manera precaria como habitualmente sucede. A pesar de la alienación que impone el trabajo este tipo de casos son diferentes, pues los trabajadores no le tienen un apego especial a la labor que desempeñan, debido a que la llevan a cabo porque no queda más remedio. Este descontento latente, y que cada trabajador sobrelleva de la mejor manera que puede, establece ciertos límites al nivel de compromiso con su propio trabajo. Se trabaja sólo en la medida en que es fuente de un sustento, pero no existe una entrega incondicional al trabajo, ni una identificación especial con este. Debido a esto el trabajador tiene ciertos límites en relación a lo que estaría dispuesto a hacer por su trabajo, normalmente con vistas a mantener unos ingresos regulares. De este modo el trabajador está alienado, no se posee a sí mismo en tanto en cuanto permanece secuestrado por su jornada laboral y supeditado a las órdenes y directrices de su patrón, pero con la particularidad de que no siente un especial apego a su trabajo que es, a fin de cuentas, fuente de innumerables tormentos.

Sin embargo, en la actualidad nos encontramos con una forma de alienación diferente a la que históricamente ha predominado. Así, ha emergido un nuevo discurso en el terreno laboral que enfatiza que los trabajadores hagan lo que aman. Se trata, en definitiva, de que el trabajador haga de sus pasiones su trabajo, o en caso de que esto no sea posible convertir su trabajo en su pasión. Indudablemente esta nueva alienación es presentada de una manera favorable para, de este modo, ser efectiva. En este sentido destaca la apariencia de que un discurso de estas características únicamente puede beneficiar al trabajador al hacerle sentirse satisfecho con el trabajo que realiza, en vez de sentirse alienado por un trabajo con el que no se identifica. A través de este procedimiento se desarrolla toda una manipulación psicológica encaminada a que el trabajador obtenga satisfacción y entretenimiento de su trabajo, de manera que las fronteras entre lo lúdico y lo laboral son hábilmente difuminadas. Es una estrategia dirigida a convertir el trabajo en una herramienta de realización personal que en vez de generar toda clase de daños psíquicos e insatisfacciones genera, por el contrario, una gran satisfacción psicológica hasta el punto de convertirse en fuente de felicidad.

Lo anterior no deja de ser una forma sofisticada y perfeccionada de alienación en la que el trabajador es conciliado con su condición de esclavo al hacerle amar su propia esclavitud representada por el trabajo que desempeña. De esta manera el trabajo se convierte en un placer con el que se establece un apasionado vínculo, al mismo tiempo que es considerado una forma de realización personal. Esto es lo que permite que en cada vez más sectores laborales las cotas de explotación sean mayores gracias al consentimiento de los trabajadores, quienes resultan ser unos entusiastas de lo que hacen hasta el punto de aceptar unas condiciones laborales completamente deplorables. Frente a las condiciones laborales objetivas marcadas por la incertidumbre, la precariedad y los sueldos bajos, existen una serie de factores subjetivos que hacen que estos trabajos sigan resultando atractivos para algunos trabajadores, sobre todo en la medida en que constituyen una fuente de satisfacción en el terreno moral.

Distintos estudios constatan este tipo de actitudes en diferentes sectores económicos, como ocurre, por ejemplo, en las artes al tratarse de una industria creativa que, pese a los elevados niveles de precariedad laboral que la caracterizan, constituye un espacio en el que muchos trabajadores encuentran especial satisfacción al poder maximizar la autoexpresión, además de proporcionar una atractiva justificación del estatus personal, lo que opera como mecanismo disciplinario que facilita la tolerancia del trabajador a la incertidumbre y la autoexplotación, algo que en numerosas ocasiones hace que los profesionales de este sector permanezcan en él y no lo abandonen aún cuando pierden dinero por ello. Pero este tipo de actitudes y comportamientos también se dan en otros sectores menos creativos como la investigación universitaria o las asociaciones culturales. El hecho de trabajar en organismos e instituciones que detentan cierto prestigio parece constituir una razón suficiente para conservar trabajos precarios. A esto se suma la importancia de hacer algo con placer, de manera que el trabajo es identificado con el placer y facilita que el propio trabajador acceda a trabajar más horas.

Naturalmente este tipo de alienación está revestida del correspondiente discurso justificador que los empresarios, y demás representantes del entramado capitalista, se encargan de elaborar y propagar. En este sentido resulta bastante elocuente lo dicho por el fundador de Apple, Steve Jobs, durante su célebre discurso en la universidad de Standford. “Tienes que averiguar qué amas. Y eso se aplica tanto a tu trabajo como a tus parejas. Tu trabajo va a ocupar una parte importante de tu vida, y la única manera de estar satisfecho de verdad es hacerlo bien. La única forma de conseguirlo es amando lo que haces”.[1]

Obviamente Jobs no hablaba nada de los sueldos, pero de sus palabras pueden deducirse muchas cosas respecto al papel central que es asignado al trabajo en el mundo capitalista. En este sentido la alienación consiste en fusionar una pasión que es fuente de algún tipo de satisfacción con el trabajo, con la explotación económica, lo que inevitablemente conduce a la persona a amar su explotación en tanto en cuanto le reporta una satisfacción en el terreno moral que en muchas ocasiones le permite sentirse realizado. Debido a que el trabajador construye su imagen personal a partir de lo que hace, y consecuentemente a partir de su trabajo, este último cobra una importancia capital que va más allá de la función económica que históricamente se le ha asignado como medio para satisfacer unas necesidades materiales de vida.

La identificación con el trabajo constituye una forma de alienación cada vez más frecuente ya que implica la identificación con la explotación que, finalmente, se convierte en autoexplotación voluntaria que, además, es deseada y amada. Los trabajadores entusiastas y apasionados con lo que hacen generan un contexto laboral bastante oscuro ya que están dispuestos a hacer ciertas cosas que en las condiciones de un trabajo que no les resultase tan atractivo o estimulante no harían. Esto se concreta en trabajar más horas por menos salario o incluso sin recibir ninguna remuneración a cambio, renunciar a las vacaciones, aumentar la disponibilidad más allá de la jornada laboral hasta extremos de convertir las 24 horas del día de los 7 días de la semana en una jornada de trabajo continuada, estar dispuesto a aceptar salarios cada vez más bajos, menor duración de los contratos, etc. Este tipo de actitudes son perjudiciales no sólo para quienes las tienen interiorizadas y las manifiestan en la aceptación de unas crecientes cotas de explotación laboral, sino que también repercuten negativamente en el resto de trabajadores tanto del sector económico en cuestión como en el conjunto del denominado mercado de trabajo. Esto conlleva el aumento de la precariedad, de la inestabilidad, del control de los jefes y empresarios sobre los trabajadores, y la conversión del trabajo en un completo tormento para un mayor número de trabajadores.

Asimismo, las actitudes antes descritas abocan irremediablemente a una dinámica completamente destructiva que se manifiesta en las razones justificadoras utilizadas. En lo que a esto respecta no puede olvidarse que en la sociedad capitalista el mercado laboral es altamente competitivo, lo que hace que explotarse a uno mismo sea considerado en muchas ocasiones la única manera de mejorar la empleabilidad. El resultado de esta dinámica es bastante paradójico debido a que los trabajadores, cuanto más intentan superar su alienación subjetiva a través de fantasías de empleabilidad, más alienados están.

La autoexplotación, tanto material como psicológica, resulta ser la forma más habitual que muchos trabajadores tienen de hacerse con un trabajo al ofrecerse como mano de obra más rentable. No sólo se está dispuesto a aceptar cada vez peores condiciones de trabajo, sino que además de esto el propio trabajador está dispuesto a adaptarse a lo que sus jefes le exijan. Este comportamiento está respaldado por la convicción de que de esta manera el trabajador encaja mejor en las necesidades de los empresarios, lo que al mismo tiempo supone un aparente aumento de su poder de autodeterminación. Lo que finalmente se consigue con todo esto es precarizar el trabajo, aumentar la explotación, perjudicar a los demás trabajadores y reforzar los valores capitalistas de producción de beneficios además del poder de los empresarios. El entusiasmo y la pasión por el trabajo se convierten en un arma letal contra el trabajador que lo que hace es impulsar la degradación de las condiciones laborales, empobrecer a la clase trabajadora, y sobre todo alienarle aún más si cabe al conducirle a una situación de completa desposesión de sí mismo.

A tenor de todo lo hasta ahora expuesto puede concluirse que en el terreno psicológico e ideológico el capitalismo ha sido capaz de borrar la frontera entre trabajo y placer, entre trabajo y pasión, entre trabajo y autorrealización, entre trabajo y diversión. El resultado son trabajadores que se explotan a sí mismos de manera entusiasta, que son felices haciéndolo, que son más rentables y productivos, que consienten mayores cotas de explotación y dominación en el trabajo, y que renuncian completamente a sus vidas que son sacrificadas en el altar del trabajo asalariado. Se trata, en definitiva, de una curiosa e innovadora forma de estajanovismo que el capitalismo de mercado ha logrado desarrollar y que en muchos casos da unos innegables buenos resultados. En cambio, el coste de este tipo de prácticas que cada vez más trabajadores asumen, interiorizan y reproducen en su cotidianidad son muy elevados. Estos entusiastas del trabajo llegan a un nivel de desposesión que produce pavor, hasta el punto de que vida y trabajo se funden en una misma y única realidad, de tal modo que se vive para el trabajo. Vidas vacías y seres nada que pueblan las sociedades capitalistas en las que el trabajo asalariado sojuzga al individuo hasta pulverizarlo por completo.

Así pues, el gusto por una determinada actividad y la pasión que eventualmente pueda derivarse de ella no tiene por sí mismo nada de negativo en la medida en que no sea insertada en el marco del trabajo, y consecuentemente pase a formar parte del contexto de las relaciones de explotación y dominación que imperan en la esfera laboral y económica. De esto se deduce el gran peligro que supone que la pasión por algo sea sometida a la lógica del capital, y pase a estar monetizada y mercantilizada. El entusiasmo y la pasión devienen en un combustible que alimenta y empuja con nuevos bríos la productividad y la explotación de la maquinaria capitalista, y despoja al trabajador de todo valor humano. La alienación feliz se manifiesta como una amenaza incomparablemente mayor que las restantes formas de alienación hasta ahora conocidas en el mundo del trabajo. Por esta razón cualquier aspiración dirigida a romper el círculo vicioso y enfermizo que impone la alienación laboral en la sociedad capitalista pasa por una resistencia activa al trabajo, el rechazo del mismo en tanto que actividad forzada, lo que exige una labor ideológica encaminada a despertar conciencias y a estimular entre los trabajadores los deseos de libertad que les permitan poner fin a su alienación a través de la revolución social.


Esteban Vidal
[1] https://news.stanford.edu/2005/06/14/jobs-061505/

miércoles, mayo 30

Cuanto más animales nos reconozcamos, más humanos lograremos ser

Es en tu pezuña,
en tus escamas,
en tu pelaje,
donde encontramos el sentido
para poder construir el abrazo
que nos salve.
Pues en el volcán de respeto de tu lomo
se guarda la sabiduría
de mirar al otro
y escucharlo
y comprender
que sólo somos
una pluma más sobre la Tierra.



Alberto García-Teresa. A pesar del muro, la hiedra
(Huerga & Fierro, 2017)

domingo, mayo 27

De cómo el heteropatriarcado te ha robado hasta tu sexualidad

Quiero que hoy pongamos a prueba nuestra imaginación, y nos imaginemos una encuesta a pie de calle, en la cual paráramos a la gente, de cualquier sexo, de cualquier edad, de cualquier clase social y le enseñáramos fotos de un pene. A continuación imaginaos, que alrededor del 90% de los entrevistados y entrevistadas no supieran identificarlo, no supieran qué es, no supieran que es un órgano masculino, que lo confundiesen con una imagen de una planta o qué sin más no fuesen capaces de identificarlo o asociarlo a nada. Parece totalmente surrealista, ¿verdad? De hecho, es totalmente surrealista, e imposible de que ocurra en nuestra sociedad.

Todo el mundo conoce y sabe reconocer el órgano encargado de la reproducción y del placer del hombre. Pero, ¿pasaría lo mismo si hiciésemos la misma encuesta con los órganos encargados del placer y la reproducción femenina? Os adelanto ya, que las respuestas serían mucho más variadas, veríamos que tanto mujeres como hombres confundirían términos e imágenes de la vulva y la vagina. Eso sí, el premio gordo, se lo llevarían todas las respuestas recibidas cuándo enseñáramos una imagen del clítoris.

¿Cómo podemos vivir en una sociedad donde las propias mujeres no saben qué forma tiene su clítoris? El clítoris es un órgano del aparato genital femenino cuya única función es la de proporcionar placer. Visto así, parecemos unas privilegiadas ya que, a diferencia de los hombres tenemos un órgano diseñado única y exclusivamente para el placer. Pero la realidad, amigas, cómo ya sabéis, es que de privilegiadas no tenemos nada. De hecho, somos tan poco privilegiadas que esta sociedad heteropatriarcal se ha encargado durante muchos años de invisibilizar este órgano.

El clítoris no fue descubierto hasta el 1559 por un médico italiano. En el Siglo XVII los médicos de la época proponen la “teoría positiva de la ovulación espontánea”, donde el orgasmo no desempeña ningún papel en la procreación y por tanto no merece la pena estudiarlo, lo que cómo no, tuvo graves consecuencias para el clítoris y el placer sexual femenino. Estos años de decadencia para la sexualidad femenina no paran aquí, sino que continúan avanzado hasta 1960 cuándo el clítoris desaparece hasta de los tratados de anatomía y, por consiguiente, de las mentes. Suerte tuvimos, de que en 1975, Shere Hite, una MUJER, publicó los resultados de sus estudios sobre la sexualidad femenina y el clítoris empezó a retomar su protagonismo. No fue fácil para esta sexóloga que tras dichas publicaciones tuvo que abandonar el territorio y renunciar a su nacionalidad estadounidense. Desde entonces, el clítoris vuelve a existir en nuestra sociedad, pero de una manera tan leve y tan poco plausible como que a día de hoy la mayoría no saben ni qué forma tiene ni su extensión, con lo cual mejor ni hablemos de si se sabe estimular.

Así que si esta sociedad heteropatriarcal en la que vivimos lleva siglos robándonos derechos, usándonos como objetos sexuales, maltratándonos física y psicológicamente hasta llegar a matarnos, acusando cada día más nuestra precariedad laboral e incrementando así más la brecha salarial entre mujeres y hombres, también nos ha robado nuestra sexualidad, nos ha privado del conocimiento sobre nuestro propio cuerpo y ha anulado una vez más, parte de nuestro ser.


jueves, mayo 24

Adiós al sueño americano. Reflexiones en torno al inmigrante

Ayer y hoy, los hombres y mujeres estuvieron movilizados hacia el afuera de sus propios mundos. Ayer los nómadas buscando su integración con la tierra que no pertenecía de ninguno, y hoy buscando la oportunidad de días mejores para los suyos que se quedaron y que esperaban ansiosamente aquella promesa de días mejores.

Y ciertamente, la promesa estadounidense del sueño americano había conquistado las imaginaciones de millones de personas, quienes encandiladas por las ilusiones de prosperidad y bienestar económico de la post-Guerra, acabaron difundiendo a todos los suyos que Estados Unidos era tierra de oportunidades, sin embargo hoy todo ello ha naufragado.

Las políticas de Donald J. Trump han acabado con la idea de la tierra de oportunidades, no solo destrozando los sueños de los dreamers que habían llegado y se habían establecido muchos años atrás ya, sino también la de refugiados de guerra, e incluso agravando la situación de los propios afroamericanos, reviviendo el odio racial de los años 50 en condición de exclusión y segregación.

Y es que, la periferia moderna actual es una realidad devastada que ya no se comprende desde lecturas bipolares y menos aún unipolares. Sino que es, un multipolarismo cambiante y siempre variante de requerimientos nuevos que desplazan a los humanos como mano de obra barata. Ilusos que persiguen un bienestar acomodado a los patrones de felicidad capitalista (un carro, una tarjeta de crédito, un pequeño negocio, lujos tecnológicos, placeres inmediatos, etc.)

Aquel inmigrante que solía ver en Estados Unidos una oportunidad por la cual dejar su familia y sus raíces ha dejado de ser ya una posibilidad, para convertirse en una pesadilla. Una pesadilla que está inmersa en el proceso global que tiene flujos migratorios irrefrenables como parte de la estructura-sistémica del nuevo orden económico mundial. La movilización de la globalización estuvo condicionada completamente dentro del modelo productivo capitalista. Así, la búsqueda de ingenieros capacitados en tecnologías informáticas fue y es más importante que la mano de obra de un agricultor dentro de un país de producción tecnológica.

Pero, ¿cómo es que se caracteriza el sistema globalizador en la movilización de recursos humanos? De hecho, es un sistema de promoción de la movilidad condicionada a márgenes productivos, así se convierten en movilizaciones forzadas. Prima así, el comercio antes que cualquier derecho humano per se. Este sistema globalizador tiene desfragmentado los lugares de extracción de recursos básicos de producción, así también tiene millones de miserables, dispuestos a regalarse por algunos mendrugos de pan.

Aquella movilización, tanto de niños para la extracción de minerales –e.g. columbita-tantalita, usado en teléfonos celulares; casiterita, usado en tableros de circuitos; wolframita, usada para producir tungsteno para herramentales; oro, usado como conductor electrónico (y joyería)-, o la de los ingenieros de Silicon Valley para el avance en desarrollo de Inteligencia Artificial, solo ha venido a consolidar el flujo globalizador de extensión continua gracias a que de hecho el sistema es poroso para los capitales de especulación, tecnología e información.

Y en toda la realidad expuesta sobre el capitalismo actual, el inmigrante aún sigue siendo un ser colectivo heterogéneo, significando múltiples propósitos para las diversas estructuras sociales y económicas globales. Por lo que según sea el objetivo y utilidad, proyecto o entidad cultural, el inmigrante será un ciudadano más, con algunos derechos para una persona afín a una elite funcional del sistema capitalista o solo será un recurso humano descartable.

Es más, el sistema norteamericano, en todo sentido ha procurado que el iluso inmigrante sea: un simple trabajador temporal (necesario para cierta coyuntura productiva), dócil, integrable, asimilable (al modelo cultural hegemónico), invisible y aislado (al individualismo atomizado silencioso e ilegal. Jurídicamente atacado por cualquier acto de protesta sindical o de reclamo de derechos humanos).

El estatus del inmigrante que se ilusionó con el sueño americano, solo podía ser bajo la condición de: subordinado, diferenciado, y discriminado, ello bajo el falso velo de la protección de mecanismos liberales democráticos.

Y además, el inmigrante desechable por las políticas de Washington vive la tragedia de ser parte del flujo no deseable de trabajadores no calificados, respecto del otro grupo de trabajadores calificados y requeridos en el nuevo sistema productivo inmaterial. Acaba siendo el inmigrante considerado como un miserable, como un infrasujeto, un infraciudadano, un ser guettizado, y marginalizado. ¡Aquel pobre no es un hombre, ni un ciudadano, es un paria que fue por un tiempo a regalarles su fuerza laboral! Aquel paria no puede ir al centro y permanecer en el, solo las elites disfrutan de todos los centros y solo ellos son ciudadanos dentro de ese sistema disciplinario, que hoy es una realidad norteamericana.

Pero también el miserable construye redes de comunicación, nodos donde puede reunirse con otros y donde puede establecer algunos lazos de amistad, que lo hace a pesar del sistema en su conjunto. Donde sus experiencias, vivencias de amarguras y triunfos construyen una identidad “otra” que ‘agencia’ ante todo, un sentimiento humano de fraternidad.

El sistema estadounidense, puede abusar de los cuerpos, de las ilusiones de dreamers y campesinos mexicanos, o de la de miles de hombres y mujeres que buscan un magro salario a cambio de seguir soñando en días mejores, pero es solo al comprender esta realidad que los vemos como otros similares y no como botín, o como un bien desechable. Queda aún esperanza, y ella está en la exposición del ya fallido sueño americano y en la visibilización de la realidad del inmigrante, creando conciencia para que la ilusión deje de ser y se vea el carácter real de la vorágine norteamericana hoy, bajo el oprobio que significa Donald J. Trump para los latinoamericanos, quienes deben unirse contra la hegemonía destructiva imperial como pueblos soberanos y libres.


Ivan F. Mérida A. es ateo, libertario, master en Relaciones Internacionales y miembro de la Comunidad de Investigadores Anti-Imperiales

lunes, mayo 21

Fe y religiosidad

El dios de los caballos tiene cuatro patas y un rabo, diría Platón; pero, como todo el mundo probablemente sabe, los caballos no rezan, aunque a veces están tan inmóviles y pensativos que a alguno le ha entrado la duda: ¿duermen con los ojos abiertos o blasfeman? Más allá de la fácil ironía –hoy posible gracias a la desaparición de la Inquisición, pues de otra manera se correría el riesgo de acabar en la hoguera– hay que darse cuenta de que la modernidad, nacida del iluminismo, ha entrado en crisis y, con ella, también su programa antirreligioso.

De hecho, se da un resurgir de cultos, entre derivados espiritualistas del cristianismo y cultos chamánicos, mientras el Papa adquiere una proyección mundial, más política que religiosa, que haría palidecer a sus predecesores.

Pero todo esto parece tener que ver con Europa y sus países derivados, sobre todo América Latina, el continente más católico del mundo, y los Estados Unidos, donde los movimientos evangélicos integristas y tradicionalistas de origen cristiano han conseguido un presidente que los apoya y fomenta explícitamente. Si metemos en el mismo saco a toda esta gente, se podría llegar al treinta por ciento de la población mundial que, con el veinte por ciento de musulmanes, y el dos por ciento de judíos, constituyen por lo menos el cincuenta por ciento de una población mundial cuyas creencias derivan de la mitología mediterránea judaica, conformando las “religiones del libro”, es decir, la existencia en los tres casos de textos sagrados relacionados entre sí, que relatan su verdad absoluta, el meollo de las cosas y de la Historia. El valor de estos textos, revivido periódicamente en los ritos, derivaría directamente del único dios verdadero a través de canales espirituales.

En cualquier caso, no hay que caer en la trampa de los números globales, que generalizan tanto que se acaba por no distinguir entre etiquetas genéricas y creencias profundas, y tampoco se reflexiona mucho sobre el hecho de que el paraíso consumista que Occidente impone al mundo ha terminado por frivolizar los universos simbólicos tradicionales, sustituyéndolos por mitologías materialistas ligadas al acceso a los bienes superfluos que proporcionan estatus.

En cualquier caso, queda la otra mitad del mundo que no es cristiana, pero que no se sabe bien qué es, como reconoce el informe de 2015 del Pew Research Center, aparte, claro, del siete por ciento budista. Sin duda, se puede ir a preguntar a los interesados directos, cosa que desde hace doscientos años vienen haciendo los antropólogos occidentales; pero el problema no solo reside en la descodificación de las respuestas, sino sobre todo en la pregunta que se formula o con qué ojos se mira. De hecho, estamos convencidos –y no somos los únicos– de que la “pregunta” sobre la “religión” del prójimo no occidental está viciada en sí misma: se buscaban solamente las cosas conocidas y no las completamente diferentes, y como se daba por descontado la universalidad de la religión, concepción derivada precisamente del cristianismo, eso era lo que se buscaba, sin darse cuenta de que de ese modo se acababa colonizando el imaginario de pueblos que nunca habían pensado que eran… ¡religiosos!
Con el fin de no caer en reacciones descompuestas, es mejor aclarar que no estoy negando –al menos por ahora– que los humanos en general puedan tener una vida “espiritual”, pero sí creo que la definición que usaban los antropólogos del siglo XIX, y que ha determinado a los investigadores del siglo XX, tenía que ver con una idea de religión derivada fuertemente de la experiencia occidental, es decir de la cristiana: un sistema de creencias, derivadas del libro sagrado revelado por Dios, con una estructura centralizada en forma de Iglesia. Por eso, juntando la idea de la universalidad de la actitud religiosa con la experiencia histórica, se acaba por llegar a la conclusión de que los pueblos no occidentales eran religiosos, sí, pero en un estadio primitivo o, en cualquier caso, menos desarrollado que en Occidente. En este sentido, es ilustrativa la reacción de los españoles cuando llegaron a México y descubrieron asombrados que los nativos tenían también templos, a los que inmediatamente llamaron “mezquitas” y no iglesias. Los otros eran todavía salvajes y, como escribió Colón cuando llegó al Caribe: “No veo que tengan religión y pronto se les podrá convertir”. Esta idea evolucionista de la religión, coherente con las corrientes de pensamiento de la época, impulsó, por ejemplo, al filósofo francés Durkheim a hablar de “formas elementales de la vida religiosa” para el caso de los indígenas australianos.

Mientras, con mayor presunción cristiana, en época fascista, el italiano Pettazzoni creía haber demostrado ¡que todos los pueblos eran monoteístas! Persino Di Martino, estudiando la magia lucana, llegó a la conclusión de que entre los ritos mágicos y la misa cristiana no había diferencias más que en el grado de complejidad, y seguramente tenía razón, no en el sentido de que la magia fuese una religión simplificada sino en que los rituales cristianos fueran de tipo mágico.

En tiempos más cercanos, una antropología más crítica ha acabado por superar en parte las viejas definiciones, concluyendo que por religión se debe entender un sistema de creencias, en cualquier forma que se manifiesten. En cualquier caso, el problema permanece abierto, sobre todo si consideramos que hablar de sistema lleva a pensar en algo unificado y coherente, cuando esto no siempre es así, y todo grupo local elabora a su manera las ideas generales que la Historia ha producido en todo pueblo. Para comprobar a qué nos referimos, hay que aclarar que es evidente que para producir cultura en sentido antropológico, toda sociedad se formula preguntas y busca respuestas, y estas preguntas no se dirigen solo al mundo material sino que cuestionan también el inmaterial. Llamar “espiritual” a esta segunda búsqueda es caer una vez más en la trampa de las ideas occidentales, sin duda respetables pero no universales.

La actitud en la búsqueda en el mundo inmaterial o, por lo menos, no completamente visible a nuestros ojos, puede ser de varios tipos, incluyendo –como decía Borges– los sueños, como es evidente en Freud. En cualquier caso, podremos simplificar diciendo que cada pueblo, aunque en grado diferente, hace experimentos para comprender la realidad, pero produce también una mitología para explicar el mundo, un pensamiento filosófico que, en algunos casos, se hace presente en los ritos. En este caso, a menudo se utiliza la palabra “fe” para explicar la actitud: se cree en una explicación, aunque no se tenga la demostración material. Aquí se abre un abanico de posibilidades muy amplio: por la fe creo en un dios creador o que todo árbol tiene un espíritu tutelar; creo en los ángeles custodios o que antes o después me saldrá el número premiado de lotería… Dado un lenguaje y un sistema de creencia ideológica, tanto religioso como político, se procede a buscar signos materiales del valor de cada uno de ellos, y no por impulso genético o innato sino para intentar encontrar un significado ante la complejidad del mundo, temerosos en el fondo de que no exista ese sentido y debamos ser nosotros mismos los que tengamos que dárselo, y no de manera individual sino en comunidad con los demás, con condiciones y esperanza.

Si, como dice el mito cristiano, “al principio era la palabra”, entonces la religión es solo un modo, a veces dramático y violento, de decir las cosas del mundo: seguramente se trata solo de una enfermedad de la lengua.


Emanuele Amodio
Publicado en el Periódico Anarquista Tierra y Libertad, Abril de 2018