Cuando la multitud hoy muda, resuene como océano.

Louise Michel. 1871

¿Quién eres tú, muchacha sugestiva como el misterio y salvaje como el instinto?

Soy la anarquía


Émile Armand

martes, julio 16

La crisis de los opiáceos y sus responsables


Cualquiera que haya visto las series The Wire1 o The Corner sabe que Estados Unidos tiene un grave problema de drogas desde hace décadas, en gran parte debido a la enorme concentración de pobreza y las desigualdades sociales que asolan al país desde su fundación. La ira de barrios guetizados, condenados a la marginación y poblados principalmente por afroamericanos y latinoamericanos, se ha contenido gracias a las drogas, que se erigen como única vía de escape.

La Guerra contra la Droga

Al problema de la droga le siguió un remedio que resultó ser peor que la enfermedad: la Guerra contra la Droga, iniciada por Nixon en los 60. Según su asesor, John Ehrlichman, la idea detrás de esta ofensiva era “acabar con cualquier movimiento izquierdista y desestabilizar a las comunidades negras”. Durante los años de Reagan y Bush padre aumentaron las operaciones militares en el extranjero (Panamá, Nicaragua, Granada) y durante la Administración Clinton las penas por tráfico de drogas se dispararon con la clara e indisimulada intención de penalizar a las personas negras. Así, desde 1986, la posesión de 5 gramos de crack (que se consume con mayor habitualidad en barrios negros) se penaliza de la misma manera que la posesión de 500 gramos de cocaína en polvo (una sustancia más habitual entre gente blanca rica)2. Claramente hay una mayor tolerancia a la droga de los blancos que a la de los negros.

Los efectos de estas políticas perduran en la actualidad. Según The New England Journal of Medicine, un millón de estadounidenses son encarceladas al año como consecuencia de la Guerra contra la Droga y un 20% de todos los afroamericanos del país ha pasado por prisión en algún momento de su vida, con todo lo que ello conlleva (concretamente, la pérdida del derecho a votar y el trabajo esclavo para el Estado).

Desde la década de los 80, millones de personas han sido aplastadas por el rodillo judicial y policial en Estados Unidos; millones han muerto por culpa del consumo de la heroína, la cocaína y el crack y la falta de medios e interés en asistirles; y millones de habitantes de los pueblos de Latinoamérica, África central y del norte, el sudeste asiático y Oriente Medio han sufrido la intervención militar de este país que invierte 51.000 millones de dólares anuales en esta absurda guerra. Pero hasta aquí es business as usual, la forma que tienen los yankis de decir todo bien, don’t worry, es lo que hay.

Un nuevo fenómeno: muertes por opiáceos

Sin embargo, una nueva epidemia empezó a sacudir al país hará unos cinco años: la de los opiáceos. Se trata de medicamentos analgésicos, recetados por médicos, que tratan dolores intensos o crónicos. Pero son tan adictivos que cuando se acaba el tratamiento el paciente sale a buscarlo a la calle, donde acaba, a menudo, adquiriéndolo en forma de heroína (se estima que un 75% de los consumidores habituales de heroína lo eran antes de opiáceos legalmente recetados, como la vicodina) o fentanilo, un ingrediente que puede llegar a ser hasta cien veces más potente que el caballo y la morfina3, pero mucho más barato.

72.000 norteamericanas fallecieron en 2017 por sobredosis de drogas, entre 30 y 40.000 de ellas por opiáceos. Un aumento del 10% respecto del año anterior. Unas 2,5 millones de personas, a día de hoy, son adictas a estas sustancias. Esto ha provocado que la esperanza de vida de la población de EEUU haya ido retrocediendo paulatinamente durante los últimos años, hasta llegar a niveles de la Primera Guerra Mundial: a los 78,6 años (frente a 86,3 años en España).

Sus consumidores lo son de todos los perfiles imaginables: de entornos urbanos, rurales, de todas las etnias y clases sociales. Según un estudio de 2017, la mitad de los hombres en paro consumen estas drogas a diario, y los estados que concentran más sobredosis son los del cinturón industrial del sur del país. Pero, y aquí está la sorpresa del fenómeno, sobre todo afecta a la población blanca de clase media. De hecho, según datos del Centro de Control y Prevención de Enfermedades (CDC), la comunidad blanca muere por sobredosis un 50% más que la negra y un 167% más que la hispana. Quizás por esto haya alarmado tanto a la opinión pública y haya llevado a Trump a decretar una emergencia nacional, algo que no ha hecho por el consumo de otras sustancias que afectan a minorías raciales.

Y ésta es la gran diferencia respecto de la epidemia del crack o del caballo: la crisis de los opiáceos se ha considerado un problema de salud pública, mientras que la de las drogas más convencionales se ha abordado como un problema de criminalidad. Nadie va a la cárcel por posesión de vicodina, pero sí por posesión de hachís, cocaína o heroína. A las adictas a los analgésicos se busca curarlas, no encerrarlas. Una noticia positiva, pero motivada por el racismo.

Buscando a los culpables más obvios

¿Cómo se ha podido llegar a esta situación? ¿Quién es el responsable de esta epidemia? Como ocurre con todo, existen diferentes culpables, con diferentes grados de responsabilidad, algunos son fáciles de identificar y otros, menos.

La respuesta más obvia es señalar con el dedo a la industria farmacéutica que manufacturó estas pastillas y las repartió entre la población. Sin duda, estos hombres malvados trajeados, sacados de la película El Jardinero Fiel, con sus millonarios beneficios y su absoluto desprecio por la vida humana, son los principales culpables.

Algunas empresas han recibido multas cuando se las ha pillado cometiendo algún tipo de irregularidad. La farmacéutica McKesson, por ejemplo, pagó una ridícula sanción de 13 millones de dólares cuando se descubrió que en el pueblo de Kermit (West Virginia), de 400 habitantes, se estaban recetando prescripciones médicas para comprar pastillas de opiáceos desde una farmacia que las entregaba directamente en las ventanillas de los coches (no hacía falta bajarse) y se llegaron a vender 3 millones de dosis de hidrocodona. Argumentaron que sólo vendían a las vecinas, lo cual saldría a una media de 75.000 pastillas por habitante si todas las residentes de Kermit consumieran esta droga. Una investigación reveló que había personas que recorrían cientos de kilómetros para acudir a la farmacia de McKesson a comprar recetas falsas y frascos de pastillas.

Sin embargo, la responsabilidad de varias de las empresas parece una tontería al lado de la de la familia Sackler, dueña de la empresa farmacéutica Purdue Pharma, la cual dio el pelotazo económico con el lanzamiento del medicamento contra el dolor OxyContin (oxicodona) en 1996.

En un primer momento, durante la década de los 90, la mayoría de médicos del país se negaba a recetar estos analgésicos, considerando que eran demasiado fuertes y que crearían adicciones. Pero la familia Sackler desarrolló una potente campaña de promoción de su medicamento, con médicos difundiendo vídeos introduciendo el revolucionario concepto de la pseudoadicción: “la pseudoadicción es la búsqueda de huir del dolor por parte del paciente y que se confunda con adicción a la droga, cuando lo único que quiere es que acabe su sufrimiento”4.

https://www.youtube.com/watch?v=5pdPrQFjo2o

Auspiciada por miles de médicos mercenarios a sueldo de la industria, esta droga se convirtió en un gran éxito que eliminó el dolor de muchos pacientes, a cambio de engancharlos mediante recetas que no necesitaban. Pero los Sackler son grandes filántropos del arte y han donado parte de sus gigantescos beneficios (su fortuna actualmente ronda los 14.000 millones de dólares) al Metropolitan (con su dinero se creó el ala egipcia), al Guggenheim de Nueva York, a la Universidad de Columbia, al Louvre de París y a la Tate de Londres, lo cual les ha granjeado un enorme respeto y un exquisito tratamiento mediático. Una imagen que sólo se ha visto mancillada en los últimos tiempos gracias al trabajo de denuncia de centenares de activistas.

Recientes investigaciones han descubierto que los Sackler conocían los efectos adictivos de su sustancia, pero que los ocultaron. También se sabe que Richard Sackler sobornó a miles de médicos para que recetaran sus pastillas cuando no eran necesarias, ni recomendables. Solo en 2018 se recetaron 250 millones de cajas de opiáceos en el país. Una especie de Walter White de traje y corbata y con más pelo.

Por todo esto, Purdue Pharma, convertido en el chivo expiatorio de la crisis, llegó a un pacto en marzo de este año con el gobierno por el que aceptó desembolsar 270 millones de dólares.

https://www.youtube.com/watch?v=-qCKR6wy94U

Unos días después, el laboratorio israelí Teva hizo lo propio y acordó pagar 85 millones de dólares. Pero el notición llegó a principios de mayo de este año, cuando un jurado de Boston condenó a John Kapoor, fundador y líder multimillonario de la farmacéutica Insys Therapeutics, por sobornar a médicos para que recetasen a sus pacientes un peligroso analgésico que no necesitaban: el aerosol Subsys. Elaborado a partir de fentanilo, el Subsys había sido aprobado para pacientes con cáncer terminal. Pero la empresa dirigió sus esfuerzos de ventas a un mercado mucho más grande y rentable: el de las personas con dolor crónico cuya vida no está en riesgo. Según el jurado, Insys contribuyó así a la epidemia de opiáceos que tantas vidas ha costado.

Los culpables invisibles

Ahora bien, por mucho que nos podamos regocijar en el hecho de que estos vampiros vayan cayendo, debemos tener muy presente que la crisis de los opiáceos no se debe exclusivamente a un malvado plan de cuatro millonarios sin escrúpulos que querían forrarse a base de aniquilar a toda una generación. El propio sistema ostenta una importante parte de la culpa. Porque en un país sin sanidad pública, en el que para operarse una persona tiene que hipotecar sus bienes y en el que un tratamiento de rehabilitación o de reducción del dolor sólo se encuentra al alcance de los más ricos, la solución inmediata y más fácil es la de empezar a tomar analgésicos para hacer la vida un poco más soportable, hasta acabar bajando al parque, completamente enganchado al jaco o a la morfina.

Si empezamos a ampliar la lista, nos quedamos sin espacio en el papel. Porque tenemos que incluir a los legisladores que se niegan a regular una sanidad pública accesible, a las aseguradoras, a los hospitales, a los lobbies, a los think-tanks ultraliberales y conservadores, a las empresas que no quieren pagar una seguridad social y a quienes en este lado del Atlántico buscan desmantelar la sanidad pública. Todos ellos son culpables.

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1 Analizamos esta genial serie en www.todoporhacer.org/serie-the-wire/

2 Esto se explica magistralmente en el documental 13th (www.todoporhacer.org/documental-13th/)

3 Fijaos si es potente el fentanilo, que una inyección de este analgésico (junto con otras drogas) fue usada en el estado de Nebraska para ejecutar al preso Carey Dean Morre en 1997.

4 Extraído del vídeo “I got my life back”, de Purdue Pharma en 1998.


sábado, julio 13

Destruyamos las máquinas - Samuel Butler


«Día tras día, las máquinas nos ganan terreno; día tras día crece nuestra servidumbre hacia ellas; cada día vemos más hombres encadenados a ellas cual esclavos; cada día vemos más hombres dedicar las energías de su vida entera al progreso de la vida de las máquinas. Llegará el día en que las máquinas tomarán el mando efectivo sobre el mundo y sus habitantes. Mi opinión es que debemos proclamarles de inmediato la guerra a muerte. Toda máquina de cualquier tipo debe ser destruida por aquellos que deseen el bienestar de su especie. No debe hacerse excepción alguna, ni mostrar piedad alguna».

¿Hasta dónde nos llevará el desarrollo técnico? ¿No existe el riesgo de que el ser humano quede obsoleto? Ante el poder de las máquinas, Samuel Butler dio la voz de alarma: o los humanos se dejan esclavizar por el progreso que ellos mismos han alentado y aceptan su condición de engranajes de una maquinaria, o recuperan el control de sus creaciones, se oponen a su desarrollo y destruyen a sus amos de acero.

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Samuel Butler (4 de diciembre de 1835-18 de junio de 1902) fue un escritor, compositor y filólogo inglés, principalmente conocido por su sátira distópica Erewhon, donde expuso sus ideas sobre la tecnología y la necesidad de reflexionar sobre sus consecuencias.


Destruyamos las máquinas
Samuel Butler
Prólogo de Nicols Fox 

Traducción de Salvador Cobo y Sebastián Miras
Edita: Ediciones El Salmón 

Descárgate un extracto del libro

miércoles, julio 10

La transformación de la esclavitud en trabajo asalariado


Las diferentes investigaciones sobre la esclavitud y su abolición tienden a centrarse en las supuestas razones económicas que propiciaron su abolición. Asimismo, la propia esclavitud como sistema social es considerada desde el punto de vista de la producción, con lo que su surgimiento y desarrollo es enfocado desde la economía. Lo que aquí planteamos no es tanto un análisis de las causas que originaron esta institución sino más bien las razones de fondo que desembocaron en su abolición o, mejor dicho, en su transformación en la forma de trabajo asalariado como neoesclavitud moderna.

El origen de la esclavitud es la guerra. En tiempos antiguos el vencedor en una guerra esclavizaba al vencido que pasaba a servirlo. Las explicaciones economicistas, tanto liberales como marxistas, acostumbran a enfocarlo todo a partir de las formas de producción y su evolución histórica cuando la esclavitud como tal es una institución forzada, y por ello mismo no surge espontáneamente como resultado del desenvolvimiento de la economía. Se ha hablado mucho de las deudas contraídas por hombres libres como causa de la esclavitud, la penuria económica, etc., pero lo cierto es que todo esto tuvo una incidencia menor en la aparición de la esclavitud, lo que en la práctica desvía la atención de un hecho fundamental y decisivo que es que se trata de una institución que necesita de la coerción, y que sin ella no es factible. La guerra, y el Estado como forma de dominación resultante desarrollada por el grupo conquistador, es la causa fundamental de la esclavitud en la medida en que los vencedores aspiran a vivir a expensas de los vencidos.

Pero al margen de los errores que desde las teorías económicas que pretenden explicar la esclavitud, mucho mayores son los cometidos a la hora de explicar los motivos que desencadenaron su abolición. En lo que a esto respecta nos encontramos con complicadas, y a veces sofisticadas, teorías relacionadas con la productividad de la formación esclavista, de las relaciones económicas y comerciales inherentes a las sociedades esclavistas, etc. Todos estos análisis suelen caer también en el mismo error en el que incurren aquellas explicaciones acerca del origen de la esclavitud. Sin embargo, en este punto es necesario hacer alguna matización. En este sentido hay que reconocer un hecho incontestable, y este es que en toda sociedad esclavista la masa monetaria en circulación es menor que en aquellas sociedades en las que impera el trabajo asalariado, lo que dificulta la movilización de recursos. Allí donde la fuerza de trabajo no está salarizada la cantidad de dinero en circulación es bastante limitada, pues los esclavos están sometidos a un régimen paternalista en el que sus amos se encargan de proveerles los medios de existencia precisos para su conservación y, dado el caso, su reproducción. Esto implica alojamiento, comida, ropa, etc., algo que, por el contrario, el trabajador debe buscarse por su cuenta en la forma de producción capitalista con el salario percibido de su patrón. De esto se deduce igualmente que el grado de comercialización de la economía doméstica es menor, y por ello el tamaño del mercado también es menor pues se produce para abastecer los centros de poder político-económico, que son las ciudades, así como los mercados internacionales para obtener metálico o divisas extranjeras.

Sin embargo, esta escasa monetización y comercialización de la economía dificulta la movilización de recursos a la hora de preparar y hacer la guerra, pues esta actividad exige grandes inversiones de dinero en muy poco tiempo. Esto significa en muchos casos tener que recurrir a mercados internacionales para abastecerse de recursos de los que se carece para equipar y organizar un ejército, sobre todo si es de mercenarios. Por otro lado la base tributaria del Estado es limitada por dos razones: la demografía y la propia economía escasamente monetizada. En el plano demográfico al imperar la esclavitud las cantidad de personas susceptibles de pagar impuestos es mucho menor que, si por el contrario, imperase el trabajo asalariado. De sobra es sabido que ser esclavo es ser propiedad, y que las propiedades no tributan, únicamente sus propietarios. En el terreno de la economía nos encontramos con que la cantidad limitada de dinero disponible dificulta la recaudación de impuestos, y el pago de los mismos se concentra en una minoría esclavista que, a su vez, es la que ocupa los puestos de dirección del Estado. Juntamente con esto la cantidad de impuestos que se retraen de la economía es menor al ser también menor la cantidad de dinero disponible, siendo el mercado interior bastante limitado. Como consecuencia de esto en muchos casos es preciso recurrir al pago de tributos en especie algo que, a su vez, también dificulta la movilización de recursos. Unido a todo lo anterior está la problemática de costear los medios de dominación precisos que sostengan la sociedad esclavista, lo que inevitablemente se encarece cuando no hay mucho efectivo disponible.

Sin embargo, todo lo anterior es un aspecto secundario y no decisivo de las razones que empujaron a abolir la esclavitud. En cualquier caso sirve para poner de relieve que los argumentos de la supuesta baja productividad de esta forma de producción, junto a otros factores concomitantes, son bastante dudosos si se toma una perspectiva más amplia de la cuestión en términos estructurales y en su relación con el aparato estatal que crea, sostiene y reproduce la esclavitud. Por decirlo de alguna manera los factores económicos antes señalados únicamente establecieron unas condiciones favorables para la abolición de la esclavitud, pero en ningún caso constituyeron una causa suficiente para su supresión. Debido a todo esto consideramos que el factor decisivo que puso término a la esclavitud tiene que buscarse en la política y en la organización del conjunto de la sociedad.

Es obvio que nadie es esclavo por propia voluntad y que todo ser humano ansía ser libre, y si es libre aspira a seguir siéndolo. La esclavitud no tiene nada de natural pese a lo que afirmase Aristóteles de que existen individuos que nacen para dominar y otros que nacen para ser esclavos. Lo que suele ser pasado por alto es que la esclavitud, como sistema social, exige unas elevadas cantidades de coerción para mantener esclavizada a una considerable porción de la población, lo que hace que los medios de dominación encargados de aplicar la coerción sean muy grandes y la apliquen en grandes proporciones para mantener el orden constituido. A los esclavos, a fin de cuentas, les gustaría ser libres y en ocasiones buscan la forma de liberarse, lo que exige el uso sistemático, y a veces a gran escala, de la violencia para reprimir a los esclavos y mantenerlos sometidos. Es algo muy parecido a lo que ocurre en las cárceles donde se aplican altas dosis de violencia para mantener a los presos confinados, pues estos añoran la libertad.

El problema al que se enfrenta toda elite esclavista es siempre el mismo, esto es, la proporción numérica entre la cantidad de esclavos y la cantidad de propietarios de esclavos existente, así como la cantidad de medios de coerción precisos para mantener las jerarquías sociales. Ningún orden social esclavista ha pasado por alto esta circunstancia, lo que ha estado unido a otra contradicción no menos importante que es la necesidad de los esclavistas de tener la mayor cantidad posible de esclavos, pues su trabajo es lo que produce la riqueza de tal modo que a mayor mano de obra esclava mayor es la riqueza producida. Sin embargo, cuanto mayor es el número de esclavos mayor es la cantidad de recursos necesarios para costear los medios de coerción con los que conservar el orden social constituido. Vemos, entonces, una contradicción social de orden político entre quienes tienen los medios de dominación que gobiernan la sociedad, y una contradicción entre la base productiva de la economía y las necesidades políticas de la elite dirigente para contar con los instrumentos de coerción con los que mantener las jerarquías sociales imperantes.

En este punto es en el que debemos pasar a examinar las circunstancias sociales, políticas y económicas en las que se desarrolló la esclavitud después del derrumbamiento del imperio romano de Occidente en el año 476. En el ámbito occidental la debilidad del Estado romano, las sucesivas guerras civiles, la crisis demográfica, etc., hicieron que el régimen esclavista fuera cada vez más insostenible, a lo que hay que sumar una serie de movimientos sociales, culturales y religiosos que contribuyeron aún más a debilitar este modelo de sociedad. No fueron pocas las rebeliones de esclavos, basta con recordar incluso las que se produjeron mucho antes del colapso del imperio como la de Espartaco. Pero también es notable el creciente rechazo de la esclavitud entre diferentes sectores sociales como resultado de la influencia de la religión cristiana que, dicho sea de paso, comenzó siendo una religión de esclavos. Todo esto hizo que en Occidente, durante la época medieval, la esclavitud se diluyese hasta desaparecer prácticamente por completo. Por el contrario, el imperio romano de Oriente continuó siendo un régimen esclavista feroz, del mismo modo que el naciente mundo islámico con los sucesivos califatos contribuyó decisivamente a extender e incluso restablecer en algunos lugares el régimen esclavista. El Islam hizo especial mella en el norte y centro de África con la esclavización de los africanos, lo que posteriormente facilitó su comercialización en el Atlántico. Igualmente los mongoles, pueblo nómada islamizado, esclavizaron a cantidades ingentes de eslavos en torno al Mar Negro para su posterior venta a los otomanos y venecianos.

La llamada era de los descubrimientos en la que las potencias europeas se lanzaron a conquistar otros continentes se encontró con el problema de no contar con mano de obra suficiente para explotar las tierras conquistadas, y consecuentemente para hacer viables a largo plazo dichas colonias como fuentes de recursos y mercados cautivos. El tráfico de esclavos sirvió para abastecer dichas colonias de la mano de obra que precisaban, un tipo de mano de obra que las elites no encontraban en Europa occidental. Así es como se desarrolló el comercio de esclavos que eran comprados en África, donde los propios africanos habían sido esclavizados por sus congéneres, para ser exportados como mano de obra a las Américas. Esto explica que en Sudamérica y posteriormente en el sur de los futuros EEUU fuese establecida una extensa población esclava que trabajaba en plantaciones de algodón, tabaco, azúcar, café, etc.

El caso de EEUU es en cierto modo paradigmático pues tras la fundación del país, y con la redacción de su segunda constitución a finales del s. XVIII, la élite dirigente estadounidense llegó al compromiso de cesar el comercio de esclavos a principios del s. XIX, aunque la esclavitud fue conservada como así había quedado reconocida en la propia constitución. El motivo de esta medida no tenía nada que ver con razones filantrópicas, humanitarias o humanistas, sino que simplemente era el reflejo de una preocupación que existía en el seno de la élite americana en torno a un crecimiento excesivo de la proporción de población esclava en comparación con la población libre. Esto haría que a la larga la estabilidad social peligrase al no disponer de los suficientes medios para reprimir a los esclavos, lo que hacía cada vez más probable los estallidos de rebeliones y que la propia esclavitud se terminase aboliendo a sí misma. Sin embargo, al mismo tiempo persistió la otra contradicción a la que nos hemos referido antes derivada de la dependencia existente con la mano de obra esclava, especialmente en las regiones del sur de EEUU. Además, no hay que olvidar que eran los propietarios de esclavos los que copaban los cargos de dirección de los Estados del sur, y que constituían únicamente un 25% de la población blanca, con lo que esta institución era aún más impopular de lo que quepa pensar. Esta situación contradictoria, que se complementó con otros factores desestabilizadores como la adquisición de territorios en el Oeste, los desequilibrios geopolíticos entre el norte y el sur que desembocaron en la guerra de secesión, etc., no fue resuelta hasta que se introdujo la 13ª enmienda, y por unos motivos que no eran en absoluto filantrópicos.

Así pues, en el caso de EEUU hay que apuntar que Abraham Lincoln, quien sentía un gran desprecio hacia los negros, aprobó muy a su pesar la enmienda constitucional que abolió la esclavitud. Esto fue hecho al final de la guerra cuando ya era muy claro que el sur iba a ser derrotado. El motivo por el que fue abolida en este momento, y no antes, es porque tanto Lincoln como otros miembros del gobierno federal habían confiado en persuadir a las élites sureñas por medio de la guerra y otras medidas para se reintegrasen en la Unión, lo que finalmente no sucedió. Esto es lo que explica que la esclavitud fuese abolida en el último momento de la guerra, lo que tenía como principal propósito debilitar a la élite sureña al arrebatarle las bases de su poder. Los puestos políticos y funcionariales en los Estados del sur estaban restringidos y sólo podían acceder a estos cargos los propietarios de esclavos. Pero además de esto los distritos de los Estados del sur habían tenido una sobrerrepresentación en el congreso de los EEUU debido a que los esclavos computaban como población a la hora de determinar el número de representantes por cada distrito, cuando en la práctica los esclavos estaban desprovistos de derechos políticos. Por otra parte, no hay que perder de vista que el propio régimen esclavista estaba muy debilitado a nivel demográfico debido a que el crecimiento de la población esclava se había desplomado, lo que explica que en el periodo de la anteguerra las élites sureñas planteasen en más de una ocasión tomar Cuba por la fuerza para convertir la isla en un criadero de esclavos. La esclavitud en EEUU era inviable a largo plazo tanto por motivos estructurales ligados a la política, la economía, la situación internacional, etc., como por los desequilibrios demográficos que esta implicaba, tanto en lo que se refiere a la mano de obra esclava como a la cohesión social ligada al mantenimiento de las relaciones de dominación entre una mayoría negra y una minoría blanca.

Un ejemplo en el que la esclavitud fue abolida desde arriba para evitar que se aboliese a sí misma desde abajo es el de la Rusia zarista, en el año 1861. En ese momento el régimen social imperante, conocido como la servidumbre, que no era en nada sustancial diferente de la esclavitud que era practicada en otros lugares del mundo, recibía un gran rechazo como consecuencia no sólo de las condiciones en las que los propios rusos eran forzados a vivir, sino también por la gran cantidad de siervos que había en el país en comparación con la escasa cantidad de señores y los precarios medios de coerción de los que disponían. No hay que olvidar que la servidumbre se mantenía gracias a los altos niveles de violencia estatal aplicados contra la población. El fracaso de Rusia en la guerra de Crimea dejó el país en una situación política y social muy frágil, lo que produjo una honda preocupación en la élite zarista ante la posibilidad de que revueltas campesinas desestabilizasen el régimen y que, en definitiva, eso condujese a una situación de creciente desorden en la que la servidumbre se aboliese a sí misma. Por esta razón era preferible reconducir la situación de peligro mediante una abolición de este régimen impulsada desde arriba para, de este modo, reorganizar la dominación del Estado para adaptarla a las nuevas condiciones sociales. En términos generales la situación de los campesinos rusos no mejoró pues el reparto de tierras favoreció a los terratenientes, y el Estado incrementó su base tributaria al fiscalizar directamente a los campesinos. El Estado salió reforzado mientras que los antiguos siervos fueron empobrecidos, circunstancia que incrementó su dependencia del incipiente mercado y del emergente trabajo asalariado.

A grandes rasgos la abolición de la esclavitud simplemente fue reconvertida con la instauración y generalización del trabajo asalariado. De este modo la esclavitud fue puesta en la nómina. Las razones fundamentales que impulsaron este proceso fueron de orden político y social para la conservación del sistema de dominación, y consecuentemente las jerarquías sociales imperantes. Es un hecho que el trabajo asalariado constituye una forma de dominación impersonal mucho más sofisticada en la que el trabajador es controlado por medio del dinero, y por ello de su permanente necesidad de disponer de ingresos para pagar impuestos y facturas. El trabajo asalariado es, entonces, la esclavitud de siempre en unas condiciones de desarrollo histórico, social, económico y político cualitativamente distintas de las que caracterizaron al régimen esclavista tradicional. En la medida en que el trabajo asalariado requiere unos niveles mucho menores de coerción, y que la movilidad del individuo es mayor, también son mayores los niveles de consentimiento social a dicha forma de trabajo, lo que revierte en unos niveles de paz social y de estabilidad mucho mayores. La forma de producción capitalista, aún siendo una forma de producción que tiene una base coactiva, se basa en un tipo de orden social en el que el trabajador no es propiedad de nadie sino que puede tomar sus propias decisiones y organizar su propia vida. En este sentido cualquier persona puede dejar su trabajo cuando quiera, al mismo tiempo que recibe por este una contraprestación en la forma de salario. Las constricciones son diferentes pese a mantener al individuo en un estado de dependencia, pero con la particularidad de que formalmente dispone de una autonomía mayor.

El trabajo asalariado constituye un salto cualitativo en la explotación de la mano de obra, y pese a que formalmente el trabajador ganó autonomía a nivel individual, sin embargo, la perdió a nivel colectivo.[1] Esto lo comprobamos al constatar que como consecuencia del impulso de esta forma de trabajo el Estado incrementó su poder de manera exponencial, pues creció su base tributaria, con ella sus ingresos y dispuso desde entonces de unos medios de dominación más amplios y eficaces. Los mayores recursos que el Estado fue capaz de retraer a la sociedad permitieron su crecimiento con la proliferación de nuevas estructuras, el aumento de las ya existentes, la expansión de su burocracia, ejército, cuerpos policiales, tribunales, etc. El Estado, en definitiva, aumentó su poder en detrimento de la sociedad que fue, por el contrario, empobrecida.

Como puede deducirse de todo lo expuesto han sido factores extraeconómicos los que de manera decisiva influyeron tanto en la instauración del esclavismo como en su posterior abolición, o mejor dicho, en su posterior reconversión en trabajo asalariado. Estos factores han sido fundamentalmente de orden político, lo que manifiesta la naturaleza forzada de la esclavitud pero también del trabajo asalariado, pero en este último caso por medio de otros procedimientos. En cualquiera de los casos es el Estado el que instituye la esclavitud y el que la protege, lo que pone de manifiesto la importancia y necesidad de que toda lucha contra la opresión esté dirigida a desencadenar la revolución social que destruya las estructuras sobre las que descansa, esto es, el Estado. Por el contrario, toda actitud y práctica reformista, orientada a introducir mejoras parciales dirigidas a aumentar la autonomía formal del individuo en el marco de los límites preestablecidos por el Estado, sólo conduce a reorganizar en unas formas renovadas el sistema de dominación y su opresión. Por tanto, la revolución no es una opción sino una necesidad para conquistar la libertad e igualdad de un mundo sin Estados, clases sociales y capitalismo.

 
                                                                             Esteban Vidal

Nota

[1] En cuanto a los efectos tremendamente nefastos que a diferentes niveles produce el trabajo asalariado sobre el individuo recomendamos la lectura de “La alienación del trabajo asalariado” en https://www.portaloaca.com/articulos/anticapitalismo/8398-la-alienacion-del-trabajo-asalariado.html

domingo, julio 7

Crisis ecológica y crisis social


Cuando hace unos cuantos años denunciábamos que la crisis ecológica que recorría el planeta, en ausencia de una crisis social paralela, sería conjurada con la entronización de un capitalismo “verde”. Olvidamos insistir en el hecho fundamental de que esa “transición” de la economía hacia una ecología de mercado se efectúa gracias a un nuevo salto cualitativo en la tecnificación y artificialización del mundo. El advenimiento de la tecnología digital como principal fuerza productiva tiene consecuencias graves. Los territorios quedan absorbidos en una tecnosfera donde las poblaciones, el campo, las comunicaciones, los espacios naturales y la vida no son más que piezas de engranaje. Ahora, mediante la hiperconectividad, todo el capitalismo, verde o de otro color, deviene totalitario, o como dicen los dirigentes, “inteligente.”
 
CRISIS ECOLÓGICA Y CRISIS SOCIAL

La subida de los precios del petróleo y el “calentamiento global” del planeta provocado por el vertido a la atmósfera de basura gaseosa que acentúa el efecto invernadero, en plena expansión de la demanda energética, son signos reveladores de una crisis ecológica que indudablemente cuestiona la producción, el consumo y el modo de vida capitalistas. La crisis no va a dejar de agudizarse por la proximidad de un “cénit” en la producción petrolera, y porque la sociedad tecnológica es incapaz de corregir sus excesos, ni siquiera contando con la colaboración de ecologistas. La desnaturalización del entorno es tan inherente al capitalismo como su imparable necesidad de crecer, así que la extinción de cualquier forma de vida en el planeta por oleadas de calor es una posibilidad cada vez más real. Urge una reducción drástica de las emisiones de CO2, pero la dependencia de los combustibles fósiles es tan grande y el sistema tan complejo que su estabilidad se vería seriamente afectada con ligeros descensos en el suministro, sin que otras fuentes de energía pudiesen hacer nada ni siquiera a largo plazo. Apenas cubren una pequeña parte de la demanda y además necesitan energía de origen fósil en distintos momentos de su producción. Es innegable que cualquier aporte energético alternativo, o cualquier ahorro, por grande que sea, será absorbido por el desarrollo económico y la subsiguiente demanda, acercando aún más la crisis. La artificialización del medio, el despilfarro de agua, energía y materias primas, la degradación del territorio y de las ciudades, el incremento exponencial de la movilidad, la contaminación galopante, la acumulación de residuos, las guerras por el petróleo, la carrera de armamentos y la concentración de poder, son fenómenos que no dejarán de producirse, porque derivan de la opresión económica de las masas asalariadas y de su colorario, la explotación insensata de la naturaleza, base del sistema capitalista. La crisis ecológica no es ninguna novedad, pues hace tiempo que el sistema avanza a través de catástrofes hasta cierto punto controladas en una especie de proceso de destrucción-reconstrucción; el problema puede plantearse por el lado objetivo cuando la crisis quede fuera de control, y por el subjetivo, cuando el malestar de la población induzca al cuestionamiento del capitalismo, es decir, cuando la crisis ecológica se transforme en crisis social. La solución de los dirigentes que administran la catástrofe consiste en habituar la población a ella, de tal forma que esta la considere natural y pase desapercibida. A través de la gestión del desastre, el poder se vuelve ecologista y los ecologistas se integran en el poder. Sobre la escena, un espectáculo de acuerdos internacionales y disposiciones locales favorables al desarrollismo; sobre el mercado, una nueva generación de mercancías “verdes.” En efecto, las cumbres de Río de Janeiro y Kyoto han anunciado el advenimiento del ecocapitalismo. Se han encargado de corroborarlo el mercado mundial de la contaminación, los biocarburantes y los automóviles con filtro de partículas y bajo nivel de emisiones, los planes de gestión ambiental de las grandes empresas y el furor bursátil por las compañías relacionadas con las energías renovables. El capitalismo “verde” es una cuestión de márketing y pronto los campos de golf, las nuevas urbanizaciones residenciales o el Tren de Alta Velocidad serán presentados como paradigmas de la ecología, tal como ahora pasa con los coches de última generación y con las centrales nucleares. Pero además, las empresas han olido dinero a cuenta del cambio climático. Como dice Eduardo Montes, vicepresidente de Siemens y jefe del Club de Excelencia en Sostenibilidad: “el medioambiente va a ser un negocio de futuro”.

El nuevo capitalismo no aporta más novedad que la asesoría ecologista, encargada de fijar el máximo de degradación aceptable en la población más afectada y el precio que la degradación cotiza en el mercado, traducible en medidas ambientalistas y ecotasas. La colusión entre el poder y los “verdes” queda plasmada en el concepto absurdo de “desarrollo sostenible”, puesto que desarrollo y sostenibilidad son antitéticos. Los ecologistas no se proponen substituir las técnicas burocráticas dominantes de gestión social y económica por formas descentralizadas y creativas de autogobierno. Lo que proponen los ecologistas –y, en general, lo que proponen las plataformas cívicas y los políticos de la “izquierda”— es que dicha gestión sea predominantemente “pública”, o sea, que permanezca en manos de los partidos. No quieren el fin del desarrollismo, sino la regulación institucional del desarrollismo. Inclinar un poco más la balanza hacia la estatización y un poco menos hacia la privatización. Conviene tenerlo presente cuando nos preguntemos si la crisis debilitará los mecanismos de la dominación, alterando las pautas laborales, consumistas y políticas que favorecen la desigualdad, la represión del deseo o el secuestro de la libertad, o si se abrirá una brecha por donde se cuelen experiencias autónomas basadas en la cooperación y el intercambio equilibrado con la naturaleza. Una economía “verde”, es decir, una economía sin petróleo tutelada por las instituciones y apoyada en un gran pacto entre los “agentes sociales”, no hará más que introducir nuevos hábitos consumistas para nuevas mercancías, manteniendo la estandarización y la masificación. Como quien determina la política institucional y el comportamiento de dichos agentes es el mercado mundial, el cambio será sólo cuestión de detalles: la recogida selectiva de basuras, el uso de bombillas halógenas o de leds, las placas solares, los carriles bici, los coches eléctricos, las calles arboladas o la promoción de la arquitectura “climática”. No hay posibilidad de que la crisis obligue a los dirigentes a modificar en lo esencial el modelo económico-social sobre el que reposa su poder y las formas artificiales de vida que le son propias. Si se recurre a fuentes de energía renovable como la solar, la eólica o la biomasa, y a otras no renovables como el gas natural o la energía nuclear, es para que la globalización, la jerarquía y la dictadura interesada de la ciencia y de la técnica, no resulten afectadas. Las energías renovables siguen la lógica de las otras -gigantismo, monopolios, patentes, fusiones, absorciones.— puesto que obedecen a poderosos intereses privados, dominantes incluso en la empresa pública. Las centrales eólicas no están para descentralizar la producción energética y de paso suprimir las MAT, sino para salvar la industria turística, la climatización eléctrica y el tren de alta velocidad; igual que el biodiesel o las pilas de hidrógeno están para mantener el actual modelo de movilidad basado en las autopistas y el coche privado; lo mismo que las plantas de reciclaje o las desaladoras hacen con los campos de golf, las segundas residencias y la agricultura intensiva. La lógica del mercado sale tan reforzada que, por ejemplo, la aparición de los agrocombustibles no sólo contribuye al aumento de precio de los cereales –y por consiguiente, del pan, de la carne industrial, de la leche…—sino que tiene un efecto en las sociedades empobrecidas semejante al que tuvieron otros cultivos industriales como el algodón, la caña de azúcar o el café. La expansión de los cultivos “energéticos” –palma aceitera, maíz, colza, soja— a la vez que es responsable de la destrucción de miles de hectáreas de selva tropical, lo es también del regreso del trabajo esclavo como forma habitual de explotación. Así, las exorbitantes necesidades energéticas de las metrópolis capitalistas, y por ende, su “sostenibilidad”, quedan cubiertas con la deforestación de los países de capitalismo insuficiente y la esclavitud de sus poblaciones. Igualmente, la creación de “reservas de la biosfera” en países de capitalismo atrasado trae como consecuencia la deportación violenta de sus habitantes, indeseables para el turismo ecológico.

Merced a la destrucción de las estructuras de clase del proletariado, al deterioro de sus vínculos colectivos, la crisis ecológica transcurre sin crisis social. El miedo ha sustituido a la sociabilidad, el consumo privado a la solidaridad común y las masas a las clases; hete aquí “el enigma de la docilidad” revelado. La diversificación de las fuentes energéticas sucede no por casualidad en un contexto de concentración del poder, aumento de las fuerzas productivas, mundialización mercantil y atomización social, por lo que su contribución a la autonomía local, al cultivo biológico y a la vida en comunidad, es completamente nula. La producción “biológica” y las políticas ambientalistas practicadas por los mismos causantes de la crisis legitiman y refuerzan su poder, no descentralizan los mecanismos de decisión. En el mejor de los casos son actuaciones limitadas y marginales, de corto alcance, pero políticamente correctas y, por tanto, útiles como propaganda. Las nuevas normativas y ordenanzas son la coartada del actual desarrollismo. El ruido montado alrededor del comercio justo, los microcréditos, los presupuestos participativos, los equipos de generación distribuida, el código técnico de edificación o la ecoeficiencia, no sirve más que para disimular el escándalo de las condiciones inhumanas de existencia, abrumadoramente generalizadas, y el peligro que corre la vida en la Tierra en manos del capitalismo. Ni las nuevas tecnologías, ni las medidas “alternativas” antes citadas, ni mucho menos las energías renovables, van a emplearse en contra del autoritarismo, la corrupción, la hipermovilidad, la urbanización ilimitada, el desarraigo, el éxodo rural o el despilfarro, sino para preparar un porvenir con petróleo caro y escaso, manteniendo las expectativas de crecimiento y las estructuras de poder intactas.

Solamente en los lugares donde la economía del beneficio no penetra, o ha desertado, subsiste una sociedad informal ajena al mercado, una sociedad del bricolaje y del trueque, de la solidaridad y del reparto equitativo, donde prima lo comunitario sobre lo mercantil. Tal fenómeno es raro en las sociedades turbocapitalistas, porque la política profesional, el sindicalismo “de concertación”, la asistencia social, la escolarización obligatoria o la cárcel, o sea, las herramientas del control social, impiden su aparición. Algún mercadillo neorrural, alguna cooperativa, algún huerto urbano, algún comedor vegano y poco más. Sin embargo las inmensas barriadas de chabolas de las grandes ciudades de América Latina, Asia y por encima de todo, África, funcionan según reglas precapitalistas que tienen su origen en la nostalgia de la tradición perdida y la moderna exclusión del mercado. La sociedad informal es producto de la necesidad de subsistencia y no se opone por definición a la economía capitalista; conecta con ella de diferentes maneras –siendo la inmigración la más vistosa- dando lugar a episodios de una lucha de clases ya olvidada en las sociedades plenamente sometidas a los imperativos tecnoeconómicos. En cierta forma se mantiene, con la inapreciable ayuda de las ONG’s y de los expertos tercermundistas, como reserva permanente de fuerza de trabajo y mercado potencial que espera el momento propicio de su incorporación al mercado. No es de desdeñar su ejemplo, pero el espacio informal al margen de la economía solamente tendrá un valor positivo en tanto que espacio arrebatado al mercado, es decir, en tanto que espacio liberado por un movimiento que disuelva las relaciones mercantiles. Si tal movimiento no existe, las experiencias aisladas de autoorganización y ecosuficiencia tienen solo un valor demostrativo y crítico. La ausencia o debilidad de las luchas antidesarrollistas y en defensa del territorio sitúa las perspectivas de liberación social en el terreno de la utopía, por lo que dichas experiencias desempeñan un trabajo pedagógico, contribuyendo a la necesaria preparación intelectual y moral –lo que los dirigentes llaman “cultura del no”- que ha de acompañar a la disolución revolucionaria del poder y a su reaparición horizontal en los barrios y los pueblos en forma de asociaciones, colectividades y asambleas comunitarias. Pero no olvidemos de que se trata sólo de formas de supervivencia dentro del capitalismo, y por lo tanto condicionadas por él, por lo que su papel es necesariamente limitado. No son focos de ninguna sociedad liberada futura; estos han de ser la obra de un movimiento social histórico que derribe por la fuerza las columnas que sostienen el reino de la mercancía y ese movimiento está por nacer.

La sociedad actual se sobrepondrá a la destrucción presente de las condiciones materiales de vida, o lo que es lo mismo, la sociedad actual entrará en una relación equilibrada con la naturaleza y sus miembros estableceran relaciones libres y comunitarias entre sí, sólo si se detiene la marcha de la economía y la tecnología separadas, si se produce un punto de inflexión en la tendencia dominante, si se invierte el proceso y los destinos dejan de depender de expertos, ejecutivos y dirigentes políticos. Para eso hace falta un movimiento social real –una verdadera generalización de la conciencia ecológica— capaz de crear contrainstituciones que se opongan a la economía capitalista y a las formas políticas y tecnológicas que le corresponden, especialmente al Estado. Un movimiento que aplique el principio de precaución al capitalismo en su conjunto, es decir, que lo identifique y caracterice como el problema mundial absoluto, de consecuencias catastróficas irreparables en un lapso de tiempo de inmediato a corto, y que lo ponga fuera de la ley. Salir de la crisis significa salir del capitalismo, incluso del capitalismo “verde”. Pero nadie escapa al capitalismo por las buenas. La transformación de las conurbaciones en comunidades territoriales, es decir, la relocalización productiva, el retorno a la agricultura tradicional, los talleres autogestionados, la desurbanización y la democracia directa, no será el producto de ninguna placa fotovoltaica ni de ningún diseño verde, ni llegará de la mano de las viejas instituciones, de iniciativas ciudadanistas o mediante fórmulas financieras y empresariales, sino la obra de una revolución social que subvierta las relaciones sociales existentes y descolonice la vida cotidiana. Paradójicamente, dicha revolución ha de preocuparse en preservar todo lo que el capitalismo no pudo destruir –solidaridad, experiencia de lucha, cultura popular, viejos saberes…, pero también la flora y la fauna, el aire puro y el agua limpia-, por lo que habrá de tener por vez primera un carácter eminentemente conservador y constructivo. Pero en ningún caso eso ha de significar mezclarse con la gestión del mundo existente. No se trata de autogestionar el desastre sino de acabar con él. Ni técnica, ni económica, ni políticamente es posible evitar la alternativa entre la extinción biológica o la revolución tal como apuntamos. No hay solución desde dentro, a la izquierda o a la derecha; sólo desde abajo y desde fuera.


                                                                        Miquel Amorós

Charla en La Quimera, barrio de Gracia (Barcelona), 7 de octubre de 2007. Repetida en La Mistelera (Denia), el 28 de diciembre.

Fuente: https://kaosenlared.net/crisis-ecologica-y-crisis-social/

jueves, julio 4

Lxs Heréticxs


El herético, como el bandido, sabe que la pérdida de su libertad le conduce irremediablemente al cadalso. Le espera un tribunal que le pasará cuenta de sus actos. Un tribunal que esgrimirá su poder y razón absoluta en nombre de Dios, el Pueblo, el Reino o el Estado. Poder y Razón son actos de sincretismo autoritario desarrollados a lo largo de los siglos por los propietarios de la Tierra, de los Mares y los Cielos.

Así también el anarquista individualista –que es hereje y bandido por igual– es consciente que su convicción de poseer su propia potencia y sus propias razones le llevan hacia la hoguera. Como una polilla busca la luz y sucumbe. Como Ícaro vuela hacia lo alto y el Sol derrite sus alas. Como Prometeo roba el fuego de los Dioses para sí y lxs otrxs como él y sufre el eterno castigo.

El drama del Anarquista es su pasión por la libertad, su búsqueda incansable de cómplices que rara vez encuentra. Desprecia el conformismo del rebaño, la cobardía de las multitudes, el dogmatismo de cualquier fe.

Todo sacerdote –de cualquier “ismo”– le odia, por que no le controla, no le obedece, no le escucha; y cuando puede alza la voz para socavar cualquier atisbo de poder y autoridad. En ocasiones, éstxs solitarixs vengadores arrojan la bomba o clavan el puñal con la intención –siempre– de sembrar el caos en el orden de la razón rigurosamente establecida como ley o verdad suprema. Otras veces, se mezclan en descontentos con la intención de desatar insurrecciones. Pero la mayor parte de su tiempo lo emplean en leer, porque su mejor amigo y pasatiempo es el conocimiento de lo que fue y lo que es. No abrigan ilusiones ni esperanzas sino convicciones.

Saben que el conocimiento es su fuerza y les otorga autodeterminación. Viven cada día como si fuese el último. En una sociedad de esclavxs la Libertad se castiga con la muerte. No se resignan, no se lamentan, blasfeman, atacan, expropian. No hay muchxs, pero incluso estxs pocxs inquietan a todo gobierno, precisamente porque son ingobernables; amantes de la Libertad total. Sea lo que esto fuese. Se reinventan a cada paso, con cada golpe, con cada beso. No son estrategas porque no tienen un fin último y, por eso, sus acciones levantan las iras de propixs y ajenxs. No tienen más “partidarixs” que aquellxs que lxs conocen y aman, eximiendo sus barbaridades iconoclastas. Muchas veces, se les caricaturiza en los periódicos porque de este modo, piensan que evitan que la gente se pregunte: ¿Quiénes son estxs locxs? ¿Qué quieren? ¿Cómo explicarle a lxs ciudadanxs que delegan su vida y pensamientos a otrxs, quiénes son lxs anarquistas?

Sí, son locxs y no quieren nada más que todo. Todo lo que les fue arrebatado y nadie puede dárselo, restituírselo. ¡Ahí van! No tienen “argumentos”, el fuego y la pólvora habla por ellxs. Un kilo de dinamita y una poesía. Un kilo de pólvora negra y una nueva herejía. Un “¡manos arriba!” y se van.
Artefactos que destrozan sus Bancos, Tribunales, Comisarias; Cuarteles, Iglesias y Sedes Políticas…

¿Qué buscan estxs locxs? ¡Nada! La nada destructora que da paso a la Naturaleza salvaje. Las flores se abren paso bajo las ruinas de su pútrida “civilización”.


                                                             Gabriel Pombo Da Silva,

                                                                  A 5 de junio de 2019.

                                           Desde algún lugar del Viejo Mundo.

Nota: Dedicado a nuestrxs caídxs en combate; a nuestrxs prisionerxs de la guerra anárquica; a nuestrxs fugitivxs y, a todxs lxs co-conspiradores ácratas que iluminan la noche...

lunes, julio 1

El Jardín de Babilonia


«En el siglo del artificio sentimos pasión por esta naturaleza que destruimos. Es la civilización del coche y del avión la que sube a pie a la montaña, son los individuos más civilizados de los pueblos más civilizados los que se ponen a estudiar la vida de los “primitivos”, los que describen y ensalzan sus costumbres. Cuanto más nos distinguimos de ella, cuanto mejor la conocemos, más experimentamos el sentimiento de la naturaleza pero, al mismo tiempo, más nos alejamos de ella. La hemos inventado al destruirla y esta invención contribuye a su destrucción. Al final de este proceso se esboza un mundo en el que, destruida la naturaleza, el amor por ella sería más fuerte que nunca; y en el que el Edén original, alterado desde la primera intervención humana, se realizaría al fin en estado puro en un puñado de regiones de la tierra (o de nuestra vida) cuidadosamente organizadas. La experiencia de la naturaleza es hoy en día inseparable de la de su destrucción. Si queremos recuperar la naturaleza, primero tenemos que hacernos cargo de que la hemos perdido».

De entre la veintena de libros de Bernard Charbonneau (1910-1996), todos ellos dedicados a lo que él llamaba la «Gran Muda» del siglo xx, fue en El Jardín de Babilonia donde mayor empeño puso en mostrar cómo, después de haber arrasado la naturaleza, la sociedad industrial terminaba de aniquilarla «protegiéndola», organizándola; y cómo se desvanecían al mismo tiempo, con esta artificialización, las oportunidades de la libertad humana. Y no es el menor de los méritos de El Jardín de Babilonia el haber denunciado tan pronto en qué iba a convertirse necesariamente la «defensa de la naturaleza» desde el momento en que separaba su causa de la de la libertad; la indigna regresión que desde ese punto de vista constituye el ecologismo político quedaba juzgada de antemano.

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Bernard Charbonneau (1910-1996), geógrafo e historiador de formación, filósofo por vocación, escribió una veintena de libros e innumerables artículos en los que estudió el impacto de la «Gran Transformación» propiciado por la industrialización de la existencia. Considerado como el fundador de la ecología política en Francia, desde los años treinta nos alertó de que la aceleración del progreso técnico y científico ponía en peligro los equilibrios naturales y sociales que permiten al hombre habitar la tierra y vivir en libertad. Su profundo amor por la naturaleza, su rechazo del progreso científico y de la urbe motorizada, hizo que optara por vivir retirado en el campo, lejos de las tertulias parisinas y de las academias, ejerciendo como profesor de geografía e historia en un colegio. Su compromiso en la defensa de la naturaleza lo llevó a fundar y dirigir, junto a su amigo Jacques Ellul, diferentes organizaciones ecologistas, como el Comité de Defensa de la Costa de Aquitania. Esta es el primer libro de Charbonneau que se traduce en España.

Lee aquí un capítulo del libro

viernes, junio 28

Raza miserable


De alguna forma todos somos resultado de las guerras pasadas,
las que acribillaron a millones de generaciones,
que hicieron desaparecer culturas y ciudades enteras.
Las territoriales, no tan nombradas, no tan mediáticas
que acabaron con tribus, dialectos y tradiciones.
Las que han hecho que hermanos se masacren por un poder vacío.
Somos seres transformados por la sangre derramada.
Hemos sido testigos mudos de lo que la historia desfigura
en palabras de sabios.
No avizoramos un futuro prometedor,
la esperanza de todos está en las manos de unos pocos
que visten de traje y siempre tienen para comer.
Todavía hay quienes creen que con muros se protege la suerte,
quienes le ponen valor con vidas a los galones de petróleo,
quienes consideran que la paz no es un buen negocio.
Somos una raza miserable, que lo único que merece
es ser exterminada por sí misma.


Natalia Jaramillo. Toda la sangre que nos queda. Fallidos Ed. 2019

martes, junio 25

Breve visita a las pirámides tecno-virtuales

Antes que nada queremos proponer las siguientes preguntas: ¿Es honesto realizar una crítica contra la tecnología al mismo tiempo que se está sirviendo de ella? ¿Desde qué posición o lugar es posible hacerla? ¿A fin de cuentas, no son la mayoría de las críticas al capitalismo, al Estado o a la civilización occidental hechas por mismas personas occidentales, o aquellos que encarnan un estilo de vida capitalista y se mueven en torno a instituciones estatales? Sabemos que haber encarado este texto conlleva una contradicción fatal; la reconocemos y asumimos el peligro. Pero consideramos que podemos intentar- en la media de lo posible y con lo poco que disponemos- resistir y combatir esas contradicciones.

Por otra parte, no creemos en la supuesta objetividad de un texto, por eso aclaramos que nace de nuestras lecturas, búsquedas, incapacidades, deficiencias. No pretendemos en las siguientes palabras convencer de nada a nadie y nos disculpamos de antemano por el tinte de persuasión que pueda notarse.

Brevemente

Hace tiempo que se viene hablando de una colonización de la tecnología hacia todos los ámbitos de la vida. En las últimas décadas las redes sociales y las nuevas tecnologías se impregnaron fuertemente en la vida posmoderna. ¿Protagonistas? Celulares, tablets, computadoras y monopolios como Google, Microsoft, Apple, Facebook-Instagram y Twitter, pero principalmente todos los usuarios que participamos y consumimos.

Pero lo inquietante es que se ha naturalizado tanto su uso al punto de que vemos como extraño a alguien que no participa y no se somete al nuevo paradigma de la sociabilidad. Afirmar que aquel que desconfía de las nuevas tecnologías o simplemente decide no usarlas, o aquellos que a la hora de analizar la realidad ponen en cuestión crítica todo elemento que se naturaliza y acepta dócilmente, tienen una postura apocalíptica o pesimista es un reduccionismo que no permite transgredir. Caeríamos en una falsa dicotomía si consideramos que existen posturas pesimistas y optimistas. Tal vez lo interesante sea correrse de ese binarismo.

Actualmente existen una variedad de estudios y análisis sobre la relación entre el humano y el mundo tecno-virtual, tanto desde la sociología, la filosofía, la política, la teoría informática, la psicología social e incluso de colectivos u individuos que están al margen de toda etiqueta o saber académico. Pero como no nos podemos detener en todos los aspectos que hacen que la cuestión sea tan compleja; como no leímos todo lo que hay escrito al respecto; y además como consideramos que es un fenómeno que nos excede-ya que aún es muy reciente como para tener un conocimiento cabal y completo- solo reflexionaremos brevemente a partir de lecturas e interrogantes que muchos ya han hecho.

El progreso separa literalmente a las personas

¿En qué medida las redes sociales y los teléfonos inteligentes favorecen las relaciones humanas? ¿A qué se debe su éxito? Y sobre todo, ¿para qué están pensados/as? Muchos ya han dado algunas respuestas a estas preguntas, porque lo extraño es que una gran parte de lo que pasa en la red carece de importancia en nuestra vida cotidiana y sin embargo, como si fuera una droga, no es fácil abstenernos de ella. En el último tiempo de su vida, Zigmunt Bauman, afirmó que una posible razón del éxito de Facebook fue haberse percatado de que la humanidad contemporánea tienen miedo de uno de los sentimientos más antiguos: la soledad. Así como hace poco Noam Chomsky dijo que “ellos entendieron que era más sencillo crear consumidores que someter a esclavos”, quizá Facebook entendió que lo que más nos asusta es sentir la soledad o no ser parte del mundo que nos rodea. De todas formas, el foco transhumanista de Silicon Valley y todas las compañías tecnológicas conocen mucho más sobre el comportamiento humano, por lo que no resulta una locura pensar en que pretenden vigilar y rectificar nuestras conductas, es decir lo que podríamos llamar un control bio-psico-político del cuerpo y la mente. Pero no solo Bauman plantea esto, también otras voces de la sociología y “psicología social”. Una universidad de Arizona demostró en un estudio (1) que publicar en Facebook constantemente aumenta la “sensación de conexión social”; aunque esto no debería significar que el usuario que no publica seguido tenga más nivel de soledad o incluso que alguien conectado no se sienta solo.

Como casi todo, internet y las nuevas tecnologías tienen su doble rostro: el agradable que nos dice que está todo en orden; y el que la mayoría de las veces no vemos o tendemos a evitar. Por un lado, por la necesidad de sentirnos integradxs y “menos solxs”, esta cara bondadosa aspira a que nos conectemos, exhibamos y relacionemos con los demás pero siempre y cuando sea de cierta manera y bajo determinado modo de producción que favorezca a los CEOS y empresas que expresan el capitalismo tecnológico más desigual. Por otro, al mismo tiempo que nos conecta, nos termina aislando, nos distancia de nuestro entorno, y la naturaleza pasa a ser algo chocante que experimentamos ocasionalmente. Y claramente lo podemos observar en las horas que uno puede estar apartado en una habitación con una computadora o sumido en la pantalla de un celular en una reunión con amigos. Asistimos a un aislamiento sin silencio bajo el slogan “conexión, información y entretenimiento para todxs” pero éste no hace más que maquillar todo lo que termina fomentando. Probablemente en “Dialéctica de la Ilustración” (1944) T. Adorno y M. Horkheimer no se equivocaron al decir que “el progreso separa literalmente a los hombres”.

Con todo, podríamos considerar que la red permite, desde ciertos puntos de vista, una actividad y comunicación falsa e ilusoria. Falsa porque nos aleja de la práctica del arte del dialogo (aquel en donde no existe la opción de eliminar instantáneamente a quien no piensa como nosotrxs); e ilusoria porque en el fondo lo que buscamos es pertenecer, ocultar la soledad, ser reconocidos y figurar, ver el espejo de nuestras propias opiniones diseñando un “yo” digital. Pero de ilusión puede que haya más… porque cuando ingresamos a una red social percibimos la sensación de que acabamos de entrar a un “lugar”. Es decir, sentimos que se abre un sitio en donde no tenemos que esperar para estar acompañados y recibir información-ya que ésta llueve a cantaros. ¿No son estas “ilusiones” el claro reflejo de nuestra incapacidad para estar con nosotrxs mismxs y establecer vínculos más profundos?

Desde ya que no todo lo que se experimenta en el mundo virtual es irreal, pero hay que tener en cuenta, al menos a nuestro entender, que si toda droga coexiste con la adicción o atenta contra la autoestima, no es más que una falsa compañía.

El riesgo que corre nuestra salud

Por otra parte, Javier de Rivera, creador de un proyecto de investigación sobre comunicación on-line, nos dice que dar “likes” es una forma de mostrar un refuerzo o gratificación positiva y que al hacerlo se siente un importante estímulo emocional. Esta opción de dar “me gusta” no solo es un acto mecanicista sino que esta premeditada por la “recompensa inmediata” que ofrece. En efecto, según Rivera(al menos como los están fabricando las empresas que se mencionaron al principio) estos espacios “de interacción virtual están pensados para generar espacios sin roce, interacciones sociales sin sociedad, redes sin comunidad” (2). En parte esto no es errado ya que en la sociedad huxleyana (3) actual en la que vivimos lo que importa es estar entretenidos, distraídos y generar dopamina; por ende la manera más fácil y banal de encontrar reputación, recompensa y gratificación es mediante las redes sociales, aunque estas al mismo tiempo tengan otros beneficios interesantes. Pero al fin y al cabo no es lo que predomina, sino lo opuesto: que reforcemos nuestros pensamientos e interactuemos en nuestras propias “burbujas ideológicas” y muchas veces homofilicamente, relacionándonos únicamente con personas que piensen parecido a nosotrxs; que naturalicemos la entrega de datos personales y privados a las empresas; que se intensifique el consumo de información, imágenes, videos y que todo esto nos genere la ilusión de que tenemos más conocimiento; o lo más terrible, que se incremente el narcicismo, la ansiedad y el sedentarismo.

Sabemos, por otra parte, el riesgo que corre nuestra salud ante el celular y las redes sociales- además de los efectos de las ondas electromagnéticas en nuestra biología- (4). No solo debemos hablar de adicción, autopromoción, estrés y depresión, también hay un fuerte impacto en la concentración y el sueño (5). Inclusive ya hay estudios que hablan de Fomo, el miedo a perderse algo en el mundo online, y de Nomofobia, el miedo o la ansiedad que genera no tener con nosotrxs el celular. A pesar de la falta de solidez de estos términos, no dejan de ser útiles a la hora de entender como dichos aparatos están siendo diseñados para provocar adicción. Por qué es evidente que cuanta más dependencia contiene una tecnología más beneficios proporciona a las corporaciones encargadas de su fabricación. Así, se puede observar toda una estrategia política que, en beneficio de la economía digital, está destinada a intentar conquistar nuestra atención (6). El éxito y la lógica del móvil se sustenta en dos aspectos: la obsolescencia programada y el interés de satisfacer únicamente una necesidad individual.

Resistir desde el propio cuerpo

Entretanto, resulta evidente que existe un desconocimiento con respecto a la informática y la tecnología. La revolución digital comenzó hace décadas. Sin embargo, la mayoría (usuarios en busca de entretenimiento y conexión) no sabemos casi nada sobre tecnología digital e internet pero consideramos que dichos instrumentos ya son imprescindibles.

En consecuencia, cuando la ideología impuesta en la tecnología genera dependencia(al usarnos a nosotros y no nosotros a ella), carece de ética y cambia la percepción natural que tenemos con la realidad, quizás algunas prácticas neoluditas sean más necesarias que nunca. Replantear nuestros hábitos y emprender periodos de desconexión, reencontrarnos con nosotrxs mismxs, fortalecer lazos directos y confiables con las personas, desenchufarnos por un tiempo en pos de experimentar nuestra relación con el mundo de otras maneras.

Evgeny Morozov nos aclara que “Ni siquiera concebimos que sea posible organizar un proyecto de resistencia a estas empresas. Atacar a Facebook ahora es atacar al capitalismo más avanzado” (7). El problema parece radicar en que cuando una innovación tecnológica es introducida en la vida diaria, la sociedad, al no cuestionar sus políticas y efectos, la termina aceptando al considerarla como parte de la evolución humana y de un “progreso” que mejorará la condición humana. Eso mismo sucedió con el coche y la televisión y hoy sigue con las tecnologías de la información y comunicación, la inteligencia artificial y la nanotecnología, por mencionar algunas. Entonces, sin caer en derrotismo o resignación, la vuelta atrás nos resulta imposible. Por lo tanto, si una manera que queda de resistir es cada uno de nosotrxs como individualidades desde nuestro propio cuerpo, cabe preguntarnos lo siguiente: ¿Cuál es la forma más efectiva, y al alcance de todos, de oponerse a la dictadura de dichas compañías? Al menos para cuidar nuestra salud ¿Debemos dejar de consumirlas y usarlas? ¿Cambiar de geografía digital, desobedecer sus normas y esquemas o abandonar Facebook y Google, exiliarse de ellos, renunciar radicalmente a la tiranía digital? ¿Está a tiempo la sociedad de emprender estrategias, por vías legales o no, para debilitar el poder que tienen? ¿Qué podría desarticular los discursos falaces del transhumanismo y el capitalismo tecnológico que siguen considerando a la tecnología como algo “neutral”? ¿Vamos a seguir permitiendo que una parte de nuestra identidad y afectos esté condicionada por algoritmos, pantallas, y un juego cada vez más mecánico y ritual -“me gusta”, “compartir”, revisar incesantemente el inicio, invertir tiempo en la construcción de una identidad virtual, etcétera-?

Pirámides tecno-virtuales

A medida que pasen los años y las sociedades sigan caminando por la vía del automatismo, el consumo y el entretenimiento, algunas de las anteriores preguntas no solo serán obsoletas, sino que el humano perderá capacidades y rasgos esenciales de la consciencia y la identidad del animal que es. Esto no implica que exista una “naturaleza humana” por excelencia, sin embargo, podría llegar un punto en el que la diferencia entre el humano y la maquina difícilmente sea discernible, independientemente que también la técnica forme parte de lo humano. Por eso siempre será necesaria la resistencia mediante el cultivo del arte y fuerzas refractarias que se opongan a los proyectos e intereses del transhumanismo, el capital tecnológico y el poder estatal.

El mito del “progreso” y del “crecimiento económico” y el pensamiento técnico-científico moderno son esencialmente antropocéntricos. Su aplicación y la acumulación constante del capital contribuyen de manera implícita una sobreexplotación de la naturaleza y el asesinato constante de especies animales y vegetales; en otras palabras, se podría decir que son los pilares que nos están llevando a un apocalipsis ecológico. Para tales mitos el mundo solo tiene un valor en la medida en que está al servicio de las necesidades humanas. Pero si hay algo que caracteriza a la cultura moderna es la creación constante de nuevas necesidades (ficticias) y con ello nuevas tecnologías, ya que parece ser que para todo tiene que haber una herramienta, un medicamento, una apps.

En el Reino Antiguo Egipcio las pirámides representaban, ante todo, los rayos del sol y el vínculo del faraón con la divinidad. En la actualidad, las pirámides tecno-virtuales simbolizan el triunfo del paradigma materialista en donde todo tiene que acontecer por medios materiales, ganando terreno la productividad, la eficacia, la vigilancia, lo instantáneo, lo efímero y desechable. No hay lugar para lo desconocido, el misterio, la contemplación, la introspección, el ocio, la paciencia, el aburrimiento, el juego, la pasión y la revuelta. Nuestra necesidad de esperanza, de placer, de poder, de realización, de que algo externo resuelva nuestras vidas y de desear la inmortalidad (anhelo del transhumanismo), de todo lo que se depositaba y esperaba de los dioses en la antigüedad y antes de la “razón moderna”, hoy lo estamos haciendo y esperando mediante la tecnología. La tecnología como dios, el consumismo como religión y las compañías como iglesias. De ahí que el celular se haya difundido por todo el planeta y Facebook tenga hasta la fecha más de 2 mil millones de usuarios.

Para finalizar y a modo de ejemplo dejamos una cita de Vicente Serrano Marín, filósofo español, autor de un libro llamado “Fraudebook”:

Facebook, al llevar el capitalismo a los afectos, ha ido mucho más allá de la apropiación de la cultura que denunciaron Adorno y Horkheimer bajo el rótulo industrias culturales, más allá incluso de la idea de la sociedad del espectáculo desarrollado por Guy Debord. El dispositivo incide en el mismo ámbito en que han incidido siempre las religiones, genera las mismas expectativas de comunión afectiva con otros humanos, y lo hace desde esa dimensión intemporal que aspiraban a expresar las catedrales. Pero en esa catedral a la que acude como a su templo virtual el usuario no adora ya ningún Dios, se adora a sí mismo buscando la adhesión permanente de esa identidad fabricada y objetivada por el dispositivo en forma de biografía. Se trata de la afirmación narcisista de quien es empresario de su biografía y que al serlo alimenta esa nueva divinidad invisible que nos gobierna desde lo que Foucault llamaba ironía del dispositivo: al someternos nos hace creer que somos libres” (8)

* He puesto el último punto. He salido de la computadora. Ahora camino en círculos y pienso en la relación que he establecido con la tecnología: ¿Cómo hubiese sido mi adolescencia sin una computadora e internet? Examino mi mente y mi cuerpo civilizado, escolarizado, domesticado, tecnologizado. Resulta difícil no sentirme un ser dañado y contradictorio. La mitad de mi vida frente a una pc y 7 años usando Facebook. No he dicho nada relevante, sin embargo, desconozco los peligros y obstáculos al haber escrito todo esto.


André Fanshawe

Publicado en https://lafugasilenciosa.wordpress.com/

Fuente: https://periodicogatonegro.wordpress.com

Notas

Link del estudio: http://journals.sagepub.com/doi/abs/10.1177/1948550612469233
Javier de Rivera, “Un análisis sociológico del “me gusta””. http://sociologiayredessociales.com/2015/11/analisis-sociologico-del-me-gusta/
Con esto nos referimos a la sociedad distópica imaginada por Aldous Huxley en “Un mundo feliz”y que en pocas palabras se caracteriza por el exceso de información, la búsqueda constante del placer y la distracción.
“El grupo BioInitiative publicó en el 2007 un informe sobre los efectos de las ondas electromagnéticas sobre nuestra biología, recopilando cientos de trabajos científicos publicados sobre este asunto” https://quematumovil.pimienta.org/quema_el_cerebro.html#1
Nicholas Carr con su libro “¿qué está haciendo internet con nuestras mentes? Superficiales” analiza, a partir de los trabajos de Marshall McLuhan y estudios neurológicos y psicológicos, como las nuevas tecnologías de la información afectan la capacidad de concentración y contemplación, además, de provocar un déficit en la capacidad de almacenamiento de hechos en la memoria y en el procesamiento de la información.
Esta idea remite a un texto de Alejandro Martínez Gallardo en el medio digital Pijama Surf: https://pijamasurf.com/2017/10/que_es_la_dopamina_digital_y_como_se_convirtio_en_la_droga_mas_popular_y_adictiva_del_mundo/
Link de entrevista a Evgeny Morozov hablando sobre su libro “La locura del solucionismo tecnológico”: https://elpais.com/elpais/2015/12/17/eps/1450358550_362012.html
Artículo de Vicente Serrano Marín en el Diario El País: https://elpais.com/tecnologia/2016/04/28/actualidad/1461843482_526111.html

sábado, junio 22

La política y la sociedad del espectáculo


En no pocas ocasiones, escuchamos mencionar que vivimos en "la sociedad del espectáculo", a veces, da la sensación, sin conocer en profundidad lo que tal concepto significa; un escenario social y político en el que se nos colocan una serie de imágenes para no observar la auténtica realidad.

Recordemos que Guy Debord es uno de los fundadores, y con seguridad el nombre más conocido, de la llamada Internacional Situacionista, es posible que uno de los últimos y más interesantes pensamientos críticos de la Modernidad. Este movimiento, uno de los impulsores junto al anarquismo del Mayo del 68, fue capaz de realizar una primordial crítica a las grandes ideologías modernas y observar la miseria de la vida cotidiana en las sociedades occidentales. Cuando, en 1967, Debord escribe el ensayo La sociedad del espectáculo en las sociedades modernas avanzadas existe un reinado de la economía de mercado, que empuja a la gente a establecer su vida social en base a representaciones. Es muy posible que, cuatro décadas después de aquel análisis de Debord, con la auténtica revolución informativa y tecnológica que se ha producido, el nuevo escenario no haya hecho más que exacerbar aquella situación. No nos enfrentamos a una realidad concreta, nuestra vida está mediatizada por las imágenes. Desgraciadamente, gran parte de los integrantes de las nuevas generaciones parecen totalmente determinados por esta sociedad del espectáculo.

La política, por poner el ejemplo más evidente, pero también el conjunto de la realidad, constituyen un espectáculo interminable, producido y transferido por una serie de códigos y formas. Así, los diferentes ámbitos de la vida serían una especie de escenario donde se nos convoca a todo para asistir como observadores; nuestra mirada se ve seducida y nuestro deseo colonizado, no por las experiencias de la vida real y concreta, sino por una interminable sucesión de representaciones. Por supuesto, Rajoy en su crítica a la estrategia de Pablo Iglesias, ambos importantes actores en este escenario al que pretenden que acudamos como meros espectadores, utiliza frívolamente el concepto de "sociedad del espectáculo", desprendido de su importante significado y hondura crítica. El capitalismo avanzado es tan poderoso, que es capaz de convertir en "espectáculo" incluso las propias teorías críticas. Es posible que Debord, con teoría espectacular, vaya incluso más lejos que el concepto de alienación, que elaboraron autores clásicos como Marx como inherente a la sociedad capitalista. Insistiremos en que el espectáculo no es un simple factor más, sino que se apropia del conjunto de la actividad social; desde la política, o cualquier otra disciplina artística o incluso científica, hasta la vida cotidiana de las personas con sus anhelos y relaciones afectivas. La realidad acaba siendo sustituida por su imagen, y en ese proceso la imagen termina por hacerse real provocando comportamientos reales.

Lo que Debord denominaba "poder espectacular" adoptaba en 1967 para él dos formas: la concentrada y la difusa. La primera, la concentrada, sería propia de los sistema totalitarios, fascistas o estalinistas, en los que se otorga prioridad a una ideología aglutinada en torno a una personalidad dictatorial de carácter espectacular. La segunda, la difusa, incitaba a los trabajadores a escoger libremente entre una gran variedad de las nuevas mercancías; sería propia de la democracias burguesas consolidadas y vendría a ser una muestra de la influencia estadounidense en el mundo. Dos décadas después, en Comentarios sobre la sociedad del espectáculo, el propio Debord reconocía una nueva forma, consecuencia de la combinación de las otras dos, aunque con base en la que se había manifestado como la más fuerte, la difusa. Esta nueva forma es lo espectacular integrado y se impondría paulatinamente a nivel global. La forma de lo espectacular integrado ha sabido emplear una y otra cualidad de las dos anteriores de forma amplia. En el aspecto de la forma concentrada, su centro director permanece oculto, de forma que ya no hay un líder evidente y conocido o una ideología clara. En lo que respecta a la forma difusa, si anteriormente era incapaz de aglutinar el conjunto de las conductas y objetos producidos socialmente, ahora no es así. En las dos formas previas, al espectáculo se le escapaba parte de la sociedad, en mayor o en menor medida, hoy no se le escapa nada. La sociedad moderna de lo mercantil impregna prácticamente todo en la vida social, no se le escapa nada. Las personas acuden a este representación interminable como meros espectadores pasivos.

La producción de la sociedad del espectáculo se ve incrementada por los avances tecnológicos de las últimas décadas, constitutivos de la sociedad capitalista avanzada, ya que los escenarios para las imágenes son ahora múltiples y variados. Otro importante rasgo de la sociedad moderna espectacular es la fusión de la economía con el Estado, hasta el punto de que es uno de los auténticos motores de desarrollo, en la que ambos ámbitos logran un progresivo beneficio, que favorece además la sociedad del espectáculo. Hay otros tres mecanismos, que Debord observa como instalados y favorecedores igualmente de la producción espectacular. El llamado secreto generalizado, ya que la enorme cantidad de imágenes e información producen una falsa sensación de transparencia en la sociedad del espectáculo; consumimos imágenes sin cesar, pero las decisiones de poder se toman de forma discreta en algún lugar desconocido para el común de los mortales. La llamada falsedad sin réplica es otro de los factores, ya que el espectáculo no permite contestación alguna; no no es posible cambiar muchas veces de espectáculo, ya que estamos íntimamente comprometidos y no no es posible eliminarlos ni cambiar de canal. Un mecanismo, primordial y especialmente significativo en España, es el llamado presente perpetuo. La producción espectacular tiene el afán permanente de seducir el deseo presente, no existe el pasado: probablemente, uno de sus objetivos primordiales sea ese, acabar con el pasado. Tal vez, esto explique la absoluta falta de memoria histórica de este país: no ya sobre lo ocurrido en la Guerra Civil, que se observa como un difuso acontecimiento que acabó enfrentando a "hermanos" (desprendido del más minimo análisis histórico, político y social), también sobre los hechos de hace escasas décadas, alabando a políticos y políticas que, tan sencillo como eso, no han conducido al desastre en que nos encontramos en el presente si establecemos un hilo histórico. Un presente, ensanchado y repetido, que no por casualidad acaba seduciendo frívola y espectacularmente a nivel político a gran parte de la sociedad.


miércoles, junio 19

La "revolución" 5G


La nueva revolución tecnológica se está convirtiendo en un campo de batalla geopolítico

Con el aséptico nombre de 5G se presentó la nueva generación de comunicación móvil en el Mobile World Congress de Barcelona, a finales de febrero. Se trata de una profunda transformación tecnológica con importantes consecuencias empresariales, sociales y geopolíticas. La estrella del congreso fue el nuevo modelo Mate X de Huawei, la principal empresa tecnológica china. Claro que el teléfono no sirve de mucho mientras no se despliegue la red por la que circulan las señales. Y esto se supone que ocurrirá, al menos en China, Europa y EEUU, en el 2020.

La conexión de internet con 5G se proyecta como 40 veces más rápida que la del 4G que actualmente utilizamos y el volumen de datos comunicados significativamente mayor (aquí las estimaciones varían). La importancia de esta tecnología es que constituye la infraestructura necesaria para el funcionamiento de la "nueva sociedad" en red, incluyendo la nueva economía. Esta nueva estructura, que ya existe en gran medida, está en la base de la conexión de grandes bases de datos (big data), del despliegue de las aplicaciones de inteligencia artificial y, por tanto, de la robótica avanzada (máquinas capaces de aprender) y, sobre todo, de la llamada “internet de las cosas”. Por tal se entiende la multiplicidad de conexiones ultrarrápidas de internet no sólo entre humanos y sus organizaciones, sino entre objetos de todo tipo, en el ámbito doméstico, el dinero móvil, el coche sin conductor, la cirugía a distancia, la enseñanza virtual o las guerras de drones. No hablamos de ciencia ficción, sino de lo que ya ha sido investigado, diseñado, producido y es operativo.

Como indicación de lo que ocurre, en el 2014 había unos 1.600 millones de objetos/máquinas conectados. En el 2020 se estima que serán 20.000 millones. Sin embargo, el funcionamiento real de estas múltiples redes sobre una única infraestructura de comunicación requiere una red con las características del 5G. Con sus consiguientes riesgos. Por un lado, el de la ciberseguridad (interferencias y vigilancias de todo tipo, sobre todo de gobiernos, incluidos todos).

Por otro lado, los peligros potenciales para la salud aún poco evaluados. Resulta que una característica clave de esta nueva red es una altísima densidad de miniantenas que están sembrando en todas las ciudades para, mediante su cobertura coordinada del espectro, obtener una comunicación ubicua de cualquier punto de la red a cualquier otro. Antes de que le entre pavor piense que esta red, como todo lo que hemos ido inventando, se va a desplegar y usted (o sus hijos o sus nietas) la van a utilizar, sí o sí. Con lo cual lo urgente es analizar seriamente los impactos de estos múltiples campos electromagnéticos sobre la salud (sobre lo que hay muchos mitos, parecidos al movimiento antivacunas) y encontrar soluciones técnicas para prevenir el daño potencial [que, a pesar de que las empresas y los gobiernos intentan minimizarlo o directamente ignorarlo, se sabe que existe].

En cualquier caso, la construcción y gestión de la(s) red(es) 5G se convierte en un campo esencial de la lucha por el poder y el dinero, porque vivimos en la época del capitalismo de los datos y los datos sólo sirven cuando pueden ser procesados y conectados [y robados].

Por eso se ha desatado una violenta reacción del Gobierno estadounidense contra la participación de Huawei en el diseño y construcción de la red. Y es que resulta que, en opinión de la mayoría de los expertos, Huawei posee la tecnología de diseño y fabricación más avanzada del mundo en las redes de telecomunicación 5G. Creo que el choque psicológico del Gobierno (mucho menos el de las empresas) es comparable al pánico surgido ante el Sputnik soviético en 1957.

¿Cómo es posible –dicen en EEUU– que los chinos estén más avanzados cuando se suponía que su ventaja competitiva estaba en copiar y fabricar más barato explotando su mano de obra, sin añadir valor mediante investigación? Estamos en presencia de una mezcla de complejo de superioridad e ignorancia. Huawei está entre las primeras cinco empresas del mundo en gasto en I+D, tiene decenas de miles de investigadores, con centros en todo el mundo, no sólo en China, sino en Silicon Valley y otros núcleos tecnológicos. Y obtuvo más patentes tecnológicas en el 2017-2018 que cualquier empresa tecnológica en EEUU.

Aun así, la paranoia de los estrategas estadounidenses es tal que, teniendo en cuenta las consecuencias geopolíticas e incluso militares de esta tecnología, decidieron que la ventaja de Huawei sólo podía provenir del espionaje industrial y han arrestado y procesado a la directora financiera, Meng Wanzhou, hija del fundador de la empresa. ¿Pruebas? En el momento de su detención llevaba un iPhone y un iPad. Concluyente, ¿no? La acusación en serio es que Huawei es una empresa estatal (falso, es privada, como lo es Alibaba, la mayor empresa de e-commerce del mundo) y está introduciendo un acceso de “puerta trasera” en la red mediante el cual se puede espiar a todo el mundo. Y sólo faltaba que justo ahora el Gobierno chino lance su iniciativa de construcción de infraestructuras de transporte y comunicaciones en Europa y Asia (la nueva ruta de la seda) en colaboración con diez países europeos, incluida Italia, para que el 5G se interprete como un proyecto de dominación china sobre Occidente.

Objetivamente, hace falta mucho cinismo para presentar al Gobierno [y las empresas] de EEUU, así como los europeos, como respetuosos de la privacidad. Hay múltiples revelaciones y documentos (en particular los papeles de Snowden) que muestran la práctica sistemática de vigilancia legal o ilegal de las agencias estadounidenses en todo el mundo. Y la ayuda de mercados militares a empresas como Boeing y a Silicon Valley es un hecho.


Manuel Castells