Cuando la multitud hoy muda, resuene como océano.

Louise Michel. 1871

¿Quién eres tú, muchacha sugestiva como el misterio y salvaje como el instinto?

Soy la anarquía


Émile Armand

martes, julio 17

Jodidos turistas


Todos nos hemos reído de sus quemaduras al borde del cáncer de piel, sus caminatas a cuarenta grados y sus sandalias con calcetines. Puede que incluso hayamos esbozado una sonrisa de satisfacción al verles pagar un dineral por un plato de arroz con un montón de colorante amarillo. Y, sin embargo, todos queremos ser turistas. En el estadio actual del capitalismo, el viaje nos ofrece la promesa de abandonar nuestra rutina y entregarnos al placer, la diversión y el descanso. Nos aseguran que produce trabajo, que apenas contamina y que es la solución a la pobreza y al despoblamiento rural. Sin embargo, no es difícil intuir que la realidad es otra. Todo viaje alimenta al sistema del que promete evadirnos. Todo turista es un colono.

Este libro reúne artículos que analizan el fenómeno del turismo en varias de sus vertientes, desde los viajes internacionales a las casas rurales. Con una perspectiva crítica, los textos que lo componen analizan por qué viajamos, cómo viajamos y qué pasa cuando somos nosotros los que recibimos las visitas. 

Editado por Antipersona lo puedes pillar aquí

sábado, julio 14

De lo que le dije a Víctor Serge en una prisión de Petrogrado

 

Esta no es nuestra casa, Víctor,
esta no será nunca nuestra casa.
Este es solo el hogar
de los incendios y las orquídeas,
el lugar donde enterramos
decenas de caballos
en un agosto terrible,
donde dormimos entre los lirios
y lloramos por los fusiles
que nos habían arrebatado.

Nosotros, que no reconocemos
los tribunales de los justos
ni acatamos ninguna de sus leyes,
solo podemos comprar la libertad
con los cantos de los caimanes, Víctor,
pero hasta los caimanes enmudecen
con las crueles enfermedades del abismo.

Por qué no fuimos feroces,
por qué no asesinamos
con nuestras propias manos
a los hermosos adolescentes
que teorizaban sobre la revolución,
por qué les concedimos el don de la locura
y les llenamos el pecho de amapolas.

Esta no es nuestra casa, Víctor,
esta no será nunca nuestra casa.
Este es solo el lugar
donde los días fueron atroces
y nos molieron a golpes,
donde me trenzaste el cabello
en señal de luto
y nuestro lecho se llenó de cenizas.

Marchémonos de aquí, Víctor,
no estamos destinados
a morir entre la nieve.
Para nosotros está reservada
la única muerte que es luminosa.


Layla Martínez, del poemario inédito Cineraria. Tomamos el poema del número 1 de La Tormenta (Piedra Papel Libros y Calumnia Editorial, 2017).

miércoles, julio 11

Librepensadores, ayer y hoy

Identificar mero ateísmo con librepensamiento nos conduce a no pocas objeciones y problemas. Hay que distinguir entre la figura de un librepensador, propia de los siglos XVIII y XIX y lo que hoy podemos considerar que eso significa. Creo sinceramente, y lo digo también con bastante intención autocrítica, que desde posiciones ateas, lo que entendemos por un movimiento ateo combativo con la religión y más o menos organizado, se produce con cierta asiduidad esa ambivalencia de pretender ser progresista y librepensador y hacerlo únicamente desde posiciones, quizá no superadas, pero sí necesitadas de ser puestas al día conforme a nuevos discursos que resultan de lo más cuestionables. 

Hoy, así hay que considerarlo de manera permanente y muy crítica, no es lo mismo ser un librepensador que en la época que nace esa condición, en torno a lo que llamamos la Ilustración. Lo que quiero expresar es que me da la impresión de que existe quien se refugia en ese librepensamiento de los orígenes, de una época en que los paradigmas eran obviamente muy distintos, y sin embargo adopta una actitud bien poco librepensadora en la actualidad; de hecho, es posible que los auténticos librepensadores les parezcan personas equivocadas, a veces subversivas y peligrosas, adoptando con ello una condición en realidad tristemente conservadora. Dicho de modo elemental, el librepensamiento en origen consistía en escapar de un mundo de creencias aceptadas y de una serie de pautas establecidas (una serie de dogmas y prejuicios, así como la aceptación de una autoridad espiritual y, por extensión, también terrenal), lo cual tampoco elimina de un plumazo todo el pensamiento de aquellos autores que no podemos considerar librepensadores conforme a lo que será tal cosa a partir de la Ilustración.

La actitud librepensadora, de modo general, pudo ser en un principio dejar atrás la tradición y empezar a fiarse del criterio propio (no de lo que se repite, de lo que está establecido o aceptado); para que nos hagamos una idea, en la Edad Media, no solo existía la autoridad eclesiástica supuestamente legitimada por la divinidad, también se amparaban en la tradición filosófica establecida por Aristóteles (bien es verdad que un filósofo absolutamente mediatizado posteriormente por el cristianismo). Identificamos entonces el librepensamiento con un escepticismo que abre las posibilidades a un conocimiento más sólido. Para hacerse una idea de lo que supone el librepensamiento a partir de la Ilustración, nada mejor que la máxima de Kant aparecida en su texto ¿Qué es la Ilustración?: "Atrévete a saber". Ese "atrévete" supone dejar a un lado la tradición y la autoridad, atreviéndose a entrar en el mundo de conocimiento por uno mismo. Por lo tanto, la Ilustración puede definirse como la etapa en que la humanidad empieza a salir de su minoría de edad tutelada y lo hace por sí misma.

Sin embargo, hay que situar cada cosa en su momento histórico. Hoy, es fácil aceptar y aplaudir a las personas que pusieron en cuestión, por ejemplo, las supersticiones medievales; si miramos con esa misma severidad crítica nuestra propia actitud, nos daremos cuenta que tantas veces aceptamos con poca o ninguna crítica un montón de discursos establecidos (incluso, alguna amparada en lo que etiquetan como científico). En la actualidad, un librepensador solo puede ser aquel que pone en cuestión cualquier discurso, guiado solo por unos parámetros escépticos, críticos y tratando de establecer una base sólida para acceder al conocimiento. Quiero insistir en esa actitud crítica y librepensadora hacia lo establecido, pero también aplicar eso mismo hacia todo discurso, considerado alternativo, pero igual de cuestionable; por poner un ejemplo sencillo, tan denunciable es la tradición monoteísta como las paparruchas propias de la new age (que, tantas veces, critica lo reaccionario del cristianismo y presume de no sé muy bien qué modernidad). El librepensador debe ser, a mi modo de ver las cosas, constantemente irreverente; un respeto excesivo, y estoy hablando obviamente solo a las ideas y a los discursos (no a las personas), ya denota una falta notable de libertad de pensamiento.

Por otra parte, y aquí puede que entremos en un terreno más delicado, creo que el librepensamiento también está relacionado con una actitud militante; es decir, creer que uno piensa para algo, y no solo de un modo meramente contemplativo. A pesar de que el librepensamiento es forzosamente progresista (con todo lo que puede tener esa condición de relativa, dado el progreso tecnológico que se nos impone, pero aludiendo a mejora y a avance en todos los ámbitos humanos), tal vez su condición más aceptable sea una mezcla, tanto de optimismo, para pensar que vamos a llegar a alguna parte, como de cierto pesimismo, con el objeto de no caer en una actitud de que todo es posible (una suerte de omnipotencia que acabe en frustración). Para que se entienda lo que quiero decir, nada mejor que considerar a aquellas personas conservadoras, es decir, que aceptan la realidad tal y como se la ponen ante sus ojos, como totalmente ajenas al librepensamiento. Aparentemente, los que consideran que el mundo es francamente mejorable y no adoptan una actitud superficialmente benévola ante lo que les rodea (actitud, por otra parte, bastante humana, pero no pocas veces muy papanatas), suele acusárseles de ingenuamente optimistas; en realidad, no hay nada más triste y pesimista que aceptar el mundo tal y como es (y las evidencias dicen que es muy mejorable, que el pensamiento, y consecuentemente los paradigmas de actuación, deben avanzar).

El librepensamiento fue en origen una ruptura con el esquema de pensamiento de tradición religiosa; por eso, hoy se sigue identificando habitualmente al librepensador con una persona no creyente. En la actualidad, es necesario también romper con otros paradigmas de pensamiento establecidos; no es posible considerar solo un librepensador al que se muestre crítico con las teorías religiosas o, en nombre de cierto cientifismo, con todo lo sobrenatural. Incluso, denota una notable falta de librepensamiento la aceptación de ciertos discursos solo porque se denominen científicos, sin tratar de comprender los numerosos factores e intereses que influyen a la hora de establecer y de aceptar un discurso. Incluso, si en su momento el librepensador solía poseer una confianza enorme en el progreso, hoy también tenemos que ser críticos con la perversión a la que se ha sometido dicho término; una actitud encomiablemente librepensadora hoy en día es liberarse también de ese progreso artificial, impuesto también por lo establecido, y apelar a propuestas auténticamente propias.

Con estas reflexiones, no estoy hablando neceariamente de una condición posmoderna, por mucho que haya criticado cierta concepción del progreso y considere cuestionables según qué discursos científicos; aunque tengamos en cuenta el fracaso de la modernidad en demasiados aspectos, hay que considerar el proyecto moderno emancipador como pendiente y muy reivindicable. El librepensamiento, permanentemene renovado, parece esencial para llevar a cabo ese proyecto de emancipación, siendo críticos con esa objetivación técnico-científica propia de la modernidad y tantas veces asociada al poder establecido (los posmodernos suelen asociar la modernidad con el autoritarismo o absolutismo); no es posible la independencia del pensamiento sin una consciencia de la propia individualidad, liberándose del lastre de todo lo establecido por una época concreta, así como por toda la tradición correspondiente. Me quedo con una actitud librepensadora iniciada en un escepticismo crítico, caracterizada por la irreverencia hacia lo establecido, o con cualquier discurso con la aspiración de imponerse, y con el compromiso permanente con la mejora de la realidad.



domingo, julio 8

Mundial de fútbol: el gran circo internacional


Se lleva a cabo una nueva edición de la Copa Mundial de Fútbol, ahora en Rusia, y notamos una vez más, cómo millones de seres humanos en el orbe pasan horas y horas frente a sus televisores, prácticamente hipnotizados e idiotizados por el evento en cuestión. Multitudes absorbidas cada cuatro años por un espectáculo que de deportivo tiene poco y de negocio tiene mucho (beneficiando obviamente a una minoría); alienados por el evento estrella del Circo de nuestros días, que aprovechan la élite económica global y sus operadores políticos (Gobiernos) para controlar y distraer de forma insana a las masas.

Durante un mes no hay nada más importante para millones de personas en distintos rincones del planeta, que observar a 22 individuos pateando un balón, quienes supuestamente representan al gentilicio de 32 naciones. Durante un mes pasan a un segundo plano noticioso, gracias a la realidad deportivo-virtual proyectada por grandes empresas televisivas y otros medios masivos de difusión e imposición de matrices informativas, numerosos problemas socioeconómicos y ecológicos, y casi se olvidan tantos conflictos que bañan en sangre al Cercano y Medio Oriente, a América Latina y a África. Para ejemplificar el comentario anterior, es pertinente advertir que mientras los aficionados y fanáticos del fútbol celebran con histeria jugadas y goles de sus selecciones favoritas en Rusia 2018, Estados Unidos con el “loco” de Trump a la cabeza política, en franco desespero por la deteriorada economía norteamericana, amenaza a medio mundo; la crisis capitalista golpea con fuerza a los pobres, los fundamentalistas hacen estragos en distintos lugares de la Tierra, y el ejército terrorista de Israel continúa asesinando mujeres, niños y ancianos palestinos.

Si al pueblo romano lo distrajeron e idiotizaron con las luchas de gladiadores y otros espectáculos realizados en el Coliseo, a la humanidad actual la manipulan y alienan con eventos como la Copa Mundial de fútbol, que más que un acontecimiento deportivo es una gigantesca y muy rentable operación comercial, que beneficia en su mayor parte a la FIFA y a un puñado de corporaciones. Para la minoría que controla económicamente al planeta, y para todos los gobernantes que atienden a los intereses de ésta, el máximo torneo futbolístico es una oportunidad de oro considerando la distracción de las masas, y favorecería, por ejemplo, la ejecución de medidas impopulares y la recuperación de cierta credibilidad gubernamental.

Desearía cada gobernante proburgués-lacayo del mundo, con el objetivo de seguir manteniendo adormecidas e idiotizadas a las masas, que la Copa Mundial de fútbol se realizara todos los años; pero en su defecto se celebran regularmente torneos de clubes profesionales de fútbol y/o de otros deportes, y se difunden ampliamente novelas (teleculebrones), realities show, concursos de belleza y otras porquerías que aportan su grano de arena al embrutecimiento sostenido de los pueblos. El Circo global no da un solo día de tregua a la humanidad oprimida y sumida en la ignorancia.

Extraído de http://canarias-semanal.org

jueves, julio 5

El descrédito / La ignominia al desnudo

 
La ignominia al desnudo

Al volver a publicar este escrito de hace más de tres años que titulamos “El Descrédito”, queremos señalar no sólo la pertinencia de sus análisis de la crisis española, sino constatar los resultados de su evolución en el presente. La crisis se sigue manifestando principalmente como crisis política, crisis de un gobierno débil, sin mayoría sólida, acorralado por los casos de corrupción. Pero en igual proporción, es una crisis de Estado, pues la debilidad del poder ejecutivo ha propiciado un ataque a sus vergonzosas bases constitucionales por parte de grupos de poder catalanes, beligerantes con el “modelo territorial” centralista, embate relativamente victorioso. Cuando el centro se descompone, cada elemento actúa por su cuenta. En esas condiciones, el “diálogo” con la oposición es inútil, y con los soberanistas es imposible, por lo que la crisis política que estos han provocado y mantienen, se intenta resolver únicamente con mecanismos jurídicos. La justicia española está dotada de un arsenal punitivo formidable, de forma que cualquier actividad política o social puede considerarse delictiva, puesto que por pacífica y espectacular que sea, subvierte igualmente un orden establecido que pasa por sus momentos más bajos.


La prensa y la televisión, en manos de grupos financieros o plutocracias locales, reflejan perfectamente los intereses en juego de las corporaciones bancarias o los gestores autonómicos, junto con las opciones que barajan. Las agencias de calificación, los índices bursátiles, la prima de riesgo y las transferencias de poder marcan el camino de la política. En consecuencia, el descrédito de los partidos es total y los proyectos de recambio impulsados por los medios de comunicación y los fondos de reptiles no acaban de tener éxito, complicando más todavía la estabilidad política de las instituciones. Ni el ciudadanismo de izquierdas, ni el de derechas, ni tampoco el unionismo o el soberanismo, han podido aclarar un panorama demasiado complejo, porque la crisis política no es más que un detalle de una crisis más profunda, mundial, ecológica, cultural y social. El capitalismo se mantiene gracias a los proyectos faraónicos y las guerras que aseguran la marcha de la economía, lo que en España equivale a decir gracias al control del Mediterráneo Sur, a la construcción y el turismo. Los efectos negativos en forma de desigualdad, precariedad, trabajo basura, privatización de servicios públicos, museificación de los barrios antiguos, pensiones de miseria y burbuja de alquileres, han salido reforzados, pero la gran masa de población consumidora, uniformizada y conformista, dejándose llevar por los eventos y las modas, apenas ha variado. Las clases medias asalariadas, narcisistas y tecnófilas, manipuladas por los medios y horrorizadas ante la posibilidad de un Estado fallido, aceptan todo lo que el poder les ofrece. Convenientemente aleccionadas, terminaran deseando la opresión y odiando a los oprimidos. En consecuencia, la base popular del sistema de dominación permanece en su lugar. La crisis se estanca y absorbe desde dentro.


La crisis económica actúa selectivamente, amontonando en los márgenes del sistema a las masas golpeadas por la pobreza, a las que se quiere desesperadas y degradadas sicológicamente, para poder utilizarlas como enemigo del orden y volcar en su contra a las clases medias atemorizadas. Algo así como lo que está pasando en las ciudades del Estrecho, un laboratorio donde se están experimentando las políticas de contención del futuro. Sin embargo, las dos terceras partes de la población quedan relativamente a salvo de los efectos destructivos inmediatos del desarrollismo económico, permaneciendo aisladas, en contacto únicamente virtual con la realidad, y eso permite que la crisis política difícilmente evolucione hacia una crisis social, quedando empantanada en el barrizal político. Las protestas políticas, teatrales y simbólicas, ignoran las cuestiones sociales que solo se esgrimen con fines electorales; por otro lado, los movimientos sociales auténticos, reflejo de la parte de la sociedad civil activa y con voluntad de autoorganizarse, todavía recurren a la parafernalia típica del marketing político y en general se limitan a exigir al Gobierno medidas favorables.


Lejos de menospreciar a las mujeres que reclaman una igualdad real, a los jubilados que exigen pensiones dignas, al personal que protesta contra la privatización de la sanidad, a los desahuciados que resisten, a los inmigrantes que se baten por sobrevivir, a los campesinos que defienden el modo de vida rural, etc., bien al contrario, consideramos tales manifestaciones como signos de la emergencia de la cuestión social, todavía por unificar, a las que no falta más que un lenguaje propio, sin tópicos populistas, que describa la realidad de la forma más verídica. El rechazo de las mediaciones administrativas, políticas, sindicales o asistenciales, llevará el combate autónomo de los colectivos mencionados a convertirse en el eje de la lucha liberadora contra la imposición de una vida indigna esclava de la economía. La crisis política solamente es la punta del iceberg económico navegando a la deriva. Las luchas reales, si alcanzan un grado de autonomía suficiente, serán capaces de contemplar los problemas económicos y políticos como problemas sociales, cuya resolución dependerá de la fuerza que consigan acumular las masas implicadas y su empleo inteligente en la demolición del sistema opresor. En caso contrario, las candidaturas ciudadanistas, las medidas económicas neoliberales y las fórmulas políticas autoritarias acarrearán componendas contra natura, más partitocracia y dispositivos policiales en abundancia.


Miguel Amorós, 31-05-2018



El descrédito

¿Qué es la democracia? La democracia es el robo, hubiera contestado un nuevo Proudhon a juzgar de las cantidades exorbitantes de dinero público que fluye hacia las arcas de los particulares bien situados o bien relacionados con los partidos, tras haber “donado” la cantidad que procede a fundaciones-tapadera o haberla entregado directamente a los receptores políticos en sobres o bolsas. Los apologistas del régimen pactado con el franquismo y, en general, los que de alguna manera se benefician de él o tratan de justificar sus privilegios, han dicho por activa y por pasiva que la democracia es el estado de libertad y derecho que los españoles nos dimos después de duras luchas contra el franquismo. La dictadura era la soberanía del dictador; la democracia es la soberanía de la nación, que no se ejerce directamente, sino a través de un parlamento compuesto por diputados de partido y de un gobierno de partido. Es pues una soberanía delegada. No se trata de la soberanía de la ley, de la verdad o de la razón, atributos de un pueblo libre, sino de la soberanía de los partidos, o mejor de las cúpulas de los partidos, que recogen a la vez el testigo de la dictadura pasada. Estructurados verticalmente, funcionan como maquinarias burocráticas cuyo poder se concentra en una dirección dotada de gran discrecionalidad. Los “españoles”, la “nación” o “España” son entes imprecisos en sí, cuando no son meras formas de decir Estado. El Estado español los define a su imagen y les da forma, no al contrario: la Autoridad determina lo que es pueblo español y lo que no es. El Estado es el verdadero soberano, y los partidos ahora son su esencia: lo que llaman “democracia” es en realidad un régimen partitocrático, definido en lo esencial por las reglas del sistema capitalista del que forma parte. La partitocracia responde a una forma particular de representación de la voluntad popular secuestrada –considerada ésta como deseo de la “ciudadanía”, o sea, del electorado cautivo– que corre a cargo de asociaciones particulares de intereses: los partidos. Éstos van asociados a los negocios, puesto que la profesionalización y el tren de vida de sus dirigentes, las necesidades financieras de los aparatos y la propia naturaleza desarrollista del Estado obligan a esa relación. Y así se ha dado la paradoja de que el coste de la supuesta democracia, y por lo tanto, de la supuesta soberanía nacional, viene determinado por el apetito enorme de la burocracia partidista. El ejercicio democrático no es algo distinto del aprovisionamiento de la clase política. La partitocracia española es un ejemplo palmario de lo que hablamos.


En España, el régimen de partidos tardó un tiempo en consolidarse; el que necesitó para controlar las carreras de altos funcionarios y jueces, disponer del dinero de las cajas de ahorro, desarrollar una legislación penal regresiva, crear montones de leyes urbanizadoras y nombrar numerosísimos cargos inútiles. En una coyuntura expansiva de reconversión estatal, impulso de grandes proyectos innecesarios y especulación inmobiliaria –responsable de la creación de una masa asalariada conformista– la partitocracia disfrutó de un alto grado de aceptación social. Las relaciones de la política con el dinero de los constructores parecían beneficiar a todos, o al menos, no perjudicar a demasiados. Por eso, lo que llaman democracia pudo descansar casi tres décadas en la mentira de que los políticos trabajaban mal que bien por el interés general, y de que no formaban una clase social particular, una especie de elite extractiva con intereses que no tenían nada de públicos. Sólo cuando sus unilaterales decisiones destinadas a paliar las nefastas consecuencias de la globalización económica lesionaron el peculio de amplios sectores de gobernados, surgió la decepción y el enojo popular. A pesar del control de los grupos financieros sobre los medios de comunicación, las exacciones de los partidos saltaron a la primera plana. Cualquier evidencia de prácticas corrientes y asumidas como, por ejemplo, la administración desleal, el amiguismo, la malversación o el cobro de comisiones, fue interpretada como un abuso intolerable por quienes nunca antes se habían ocupado más que de sus asuntos privados y siempre habían firmado cheques en blanco a los partidos. En esta atmósfera de indignación pacata, algo tan obvio como la financiación en negro de los partidos y sindicatos, las tarjetas opacas de las cajas o las cuentas oscuras de los allegados y familiares de políticos, resultaban irritantes y desmoralizadoras a quienes habían cumplido religiosamente con el ritual del voto y la declaración de hacienda. El hecho de que las revelaciones obedeciesen a denuncias interesadas, hallazgos accidentales, abusos imposibles de ocultar o simples derivaciones de otros casos, por más que los jueces miraran para otro lado, tenía la virtud de poner en evidencia tanto la honestidad de los políticos y la legitimidad de la administración estatal, como la independencia del poder judicial, rebajado a mero instrumento de la partitocracia. Pero, desacreditado el Estado, ¿hay alguien que realmente crea en la justicia?


La crisis de la Justicia viene de lejos, de cuando se volvió trivial el hecho de que era una para los “representantes” y otra para los “representados.” En términos caciquiles: una para el caballo y otra para el que lo ensilla. La Justicia española está centrada casi exclusivamente en el pequeño delito contra la propiedad y el trapicheo al pormenor. A la cárcel sólo van los pobres, no los ladrones de guante blanco o los corruptos. De los 70.000 presos actuales, en plena sucesión de escándalos de corrupción, solamente hay 35 por “delitos económicos”. La Fiscalía Anticorrupción –y más aún los juzgados de instrucción– es incapaz de perseguir la delincuencia política. En teoría la ley autoriza el procesamiento del presunto culpable, pero en la práctica, sobre todo cuando aquél está protegido por un partido, las dificultades procesales, la provisionalidad de los instructores, los retrasos y la falta absoluta de medios, la hacen casi imposible. La instrucción suele frenarse, aplazarse o incluso estancarse durante años, y cuando finalmente llega la causa a los tribunales, los acusados son condenados a unas penas simbólicas, cuando no absueltos o indultados. Los jueces, que temen complicarse la vida profesional, se dejan presionar y obedecen a instrucciones superiores, evitando pruebas y testimonios que induzcan a condenas. Por otro lado, los miembros de las máximas instancias de la judicatura, el Tribunal Supremo, el Constitucional, la Fiscalía del Estado y el Consejo General del Poder Judicial, deben su nombramiento al consenso partidista, así como las correspondientes instancias autonómicas, por lo que es poco probable que actúen en detrimento de los intereses de quienes les colocaron en sus asientos. Es más, tal situación ha permitido que la corrupción se introdujera en el aparato judicial, como antes lo había hecho en el funcionariado.


Desde los comienzos de la Transición, la corrupción ha sido prácticamente legal; por eso se halla tan generalizada. Hasta la reforma del Código Penal de 2013, la financiación ilegal de los partidos no era delito; ni siquiera existían éstos como entidades susceptibles de responsabilidad jurídica. La prevaricación, la fechoría política más grave y extendida, no comportaba pena de prisión. La Ley de Contratos aún permite adjudicaciones sin pasar por concurso con tal que el coste se fraccione, mientras que la ocultación de dinero al fisco por debajo de los 120.000 euros no se considera fraude. Todavía hoy, diciembre de 2014, no existe ninguna oficina que estudie el origen de los patrimonios sospechosos, pero además, los cargos electos son aforados y, por lo tanto, sus desmanes no pueden ser investigados más que por tribunales superiores, cuyos miembros son nombrados oportunamente en los parlamentos. Así pues, los políticos imputados participan en la elección de aquellos que los han de investigar: se puede suponer el resultado de las indagaciones. El Banco de España, la Comisión Nacional del Mercado de Valores y el Ministerio de Hacienda son muy remisos a facilitar datos a los jueces, y lo hacen con cuentagotas. El Tribunal de Cuentas no puede cruzar datos con la Agencia Tributaria, la contabilidad de los partidos es comunicada con seis años de retraso y, en fin, los aumentos patrimoniales, los sobresueldos, las dietas y los gastos de los políticos son imposibles de establecer si no se producen filtraciones; las prácticas locales recaudatorias siguen ignorándose, y en definitiva, la procedencia y la cuantía del dinero que maneja la clase política se desconoce completamente. Se tiene la impresión de que todo el sistema judicial y administrativo esté organizado para permitir la corrupción. Por eso no hay medidas que logren atajarla.


Hasta ahora los escándalos no habían acorralado a los políticos, puesto que la masa satisfecha y optimista que los votaba no consideraba males mayores, por ejemplo, el tráfico de influencias, la información privilegiada, la falsedad documental, el fraude, la estafa o el cohecho, ya que directamente no la afectaban. La prueba es que los políticos prevaricadores obtenían amplias mayorías electorales. Parecía que el enriquecimiento ilícito, el despilfarro y el nepotismo los hacían más populares. La masa domesticada de votantes no cuestionaba la captación irregular de fondos, el blanqueo de capitales o la patrimonialización de las instituciones, sino que los consideraba una característica común de la “democracia.” Pocos creían ilegítimo aprovechar oportunidades de hacer dinero cuando se ocupaba una poltrona. La “democracia por la que tanto habían luchado los españoles” era obra exclusiva de los partidos y, como ésta se fundamentaba en la confluencia del interés privado y el interés político, lógico era que los cargos públicos se llenaran los bolsillos. Pero el principio cínico del vive y deja vivir –ocúpate de tus asuntos y deja robar al prójimo– solamente funciona en época de estabilidad y bonanza. Otra cosa muy diferente ocurre cuando ordeñar las instituciones coincide con –e incluso conduce a– la quiebra, el paro, las privatizaciones, los desahucios, los recortes y el irritante rescate de la banca. Ante un reparto desigual de los costes de la crisis y una revelación brutal del alcance de la corrupción, lo menos que se puede decir es que la sumisión se hace pesada. El “pueblo” ya no tan resignado –la clase media asalariada, los empleados en precario y los jóvenes sin expectativas– pierde la confianza en los partidos tradicionales y sabiéndose víctima de sus responsables, exige que los victimarios devuelvan el dinero robado y que los culpables paguen por los desperfectos. En tanto que masa timada y perdedora, empieza a cuestionar al Estado en su forma actual, originando un vacío que el soberanismo y las nuevas formaciones ciudadanistas se han aprestado a llenar.


El hastío de masas no lleva aparejado un rechazo frontal de todos los partidos, sino la exigencia de una renovación de la partitocracia. El descrédito del Estado no conduce a su negación, sino a una exigencia de reconstitución. Es el momento de las opciones regeneracionistas e independentistas, no el de las luchas populares autónomas. La violencia necesaria para ello no sale de los estadios deportivos. Para la masa perdedora no se trata de salir a la calle; más bien, de salir en los medios. O de salir a la calle para salir en los medios. Ahora los escaños se obtienen en las tertulias televisivas, en las entrevistas y en los telediarios. Por otra parte, el rechazo no es compartido por todos: en 2009 la corrupción preocupaba solamente al 9% de la población. Al despuntar 2013, tras cuatro años de crisis, una encuesta de El País mostraba que el 48% del público admitía empezar el año con espíritu animoso, frente a un 43% pesimista. Al menos casi dos tercios de la masa afecta al parlamentarismo –la que no está en paro– aún se creía a salvo de la crisis. Aunque opinaran que la economía andaba de mal en peor, casi todos afirmaban que por el instante su situación era buena. Excusamos decir que buena parte lo hacía bajo los efectos de ansiolíticos y somníferos, cuyo consumo se ha duplicado. Un año y pico después, el pesimismo ha aumentado sensiblemente, pero la revuelta social sigue ausente, mientras que el panorama político pugna por readaptarse sin cuestionarse por ello la menor institución, limitándose a cambios de fachada. La casta ha sido pillada en mal momento: la demanda de leyes de financiación y transparencia muy claras que reduzcan y libren a la publicidad las cuotas de plusvalía social exigidas por su modus vivendi, contradice su necesidad de afianzar el estatus social de clase parasitaria que la obliga a mantener el ritmo de dispendio y ocultar sus fuentes proveedoras de fondos. Pero por ese lado las cosas no van a cambiar y con mayor razón se retrasará sine die una ley de enjuiciamiento criminal que responsabilice a los altos cargos de los partidos y sindicatos de las tropelías cometidas por ellos o sus subordinados. Si los delitos fueran imputados a todos los delincuentes, la clase política entera acabaría entre rejas. Así que no se resuelve sino para aprobar medidas paliativas de dudosa eficacia, como disminuir el gasto de administraciones secundarias (por ejemplo, los municipios), privatizar servicios (la sanidad, el agua), amnistiar fiscalmente las bolsas de dinero negro y promulgar una ley de transparencia con suficientes sombras, a la espera de un periodo de crecimiento que cree empleos y sumerja de nuevo la masa desclasada en el consumismo y el cocooning. Para quienes hayan quedado inhabilitados o hayan agotado sus posibilidades en la política siempre queda el paso a la empresa privada, la llamada “puerta giratoria”, pues la política de partido y la economía bancarizada son lo mismo. Las altas finanzas son lo que hay al otro lado de la partitocracia.


En los medios se habla de “crisis de legitimidad” y de “quiebra del capital ético”, en un enésimo intento de ocultar que estamos ante una clase explotadora al descubierto y que el sistema en el que se ampara es un régimen espurio. La realidad económica y política quedan todavía bajo el paraguas de la ideología dominante y del espectáculo. La cultura de masas pesa demasiado; la industria mediática busca soluciones en el marco del Estado, el coto de la clase política, que se concretan en abundantes medidas sin efectos palpables en el descompensado reparto de sacrificios. De esta manera, los plumíferos y bocazas de la claudicación pedían un esfuerzo “a todos”, es decir, a los empresarios y a los trabajadores, a los banqueros y a los pensionistas, a los funcionarios y a los políticos, a los empleados y a los usuarios –a la “ciudadanía” en general– para acoplar sus intereses particulares con los intereses generales del sistema. Los “representados” habían de confiar nuevamente con sus “representantes” y superar la actual “crisis de representatividad y de confianza” de los partidos. Para “restaurar el vínculo” entre ambas partes, los políticos deberían reformar el sistema “representativo” e incluso sacar de la chistera nuevas formaciones; los empresarios, tendrían que flexibilizar su trato con los sindicatos; los trabajadores y empleados públicos, renunciar a la seguridad del empleo y aceptar los expedientes de regulación, las privatizaciones y el retraso de la edad de jubilación; los funcionarios, rentabilizar su función; los estudiantes, pagar los costes reales de la enseñanza, y así sucesivamente. Desde el punto de vista de los voceros de la dominación, la culpa se ha de repartir; es de todos. Justifican que los políticos se agarren a sus privilegios y hasta que los multipliquen, porque los demás también quieren “egoístamente” conservar íntegros sus derechos sociales. Con el mayor cinismo, afirman el hecho de que privilegios y derechos no son compatibles (hay de por medio una disimulada situación de clase). La solución mágica, pues, escapa a los protagonistas antagónicos, por lo que se tiene que recurrir a un tercero. Desde el punto de vista tecnocrático de los intereses que representa El País, se trataría simplemente de una asesoría de expertos comisionada por el parlamento para llevar a cabo una “auditoría democrática” y sugerir mecanismos de control consensuados. Desde un punto de vista ciudadanista, menos convencido de la culpabilidad universal y más centrado en el rescate de la clase media asalariada y la juventud universitaria, sería cuestión de una “democratización de la democracia”, una “refundación” del sistema, incluso de una “segunda transición” o una “revolución ciudadana”, obra de una red de votantes internautas que desde el espacio virtual impulsase una “nueva mayoría” parlamentaria ajena a los dos grandes partidos que hasta ahora se han ido alternando las tareas de gobierno.


Al no ofrecer salida al paro, al endeudamiento, a la precariedad y a la pobreza, los partidos mayoritarios y las instituciones estatales han pasado de ser la solución a ser el problema. Literalmente, en 2014 las encuestas los sitúan como el tercer problema grave del país, empatado con la corrupción, tras el paro y la deuda. Los arribistas que pretenden heredar su electorado, proponen reformar el régimen desde dentro, tal como hicieron los franquistas, “de la ley a la ley”. Para ello construyen partidos y coaliciones buenistas, con programas realistas y líderes pragmáticos dispuestos a la moderación y a los pactos. Sin embargo, desde cualquier lado, el sistema político es irreformable. Con una clase política de sustitución obtendríamos en poco tiempo los mismos resultados. Falla el sistema. La corrupción no constituye la excepción, sino que está inscrita en su naturaleza. Es parte esencial de él. Controlar a la clase política significaría controlar las ramificaciones que conectan con los grandes grupos económicos y financieros, bloquear ese flujo relacional, lo que en la práctica significaría la liquidación de dicha clase, y si ésta ha de demostrar valentía en algo, lo será rechazando autoinmolarse. Además, la causa primera de la crisis no es la corrupción, son los movimientos especulativos de las finanzas internacionales, fuera del alcance de los Estados. Los partidos no han hecho más que trasladar sus efectos a las masas asalariadas, puesto que esa es su función, destapando involuntariamente la caja de Pandora de las corruptelas. La reforma no significa nada si el Estado sigue formando parte del circuito financiero de la globalización. Pero separar al Estado de las finanzas internacionales significaría salir del capitalismo y la clase política existe gracias a la interdependencia entre Estado y Capital. O dicho de otro modo: el porvenir de la clase depende del desarrollismo estatal, y éste, del crecimiento capitalista. Abstenerse del capitalismo implica abstenerse de la política, pasar del Estado.


El hecho de que la mayoría popular se mantenga “serena” y actúe con “civismo” indica que la crisis en cierta manera se ha encarrilado, ha pasado a ser parte del orden. La partitocracia tiene cuerda para rato. Nadie cree en un estallido social, porque nadie que tenga algo que perder lo desea, y no lo desea porque lo teme. El miedo es el responsable de que la masa apele al Estado desesperadamente, corra con los gastos y pague los platos rotos con resignación, o como mucho, aliente pasivamente los “movimientos sociales” y las alternativas “refundadoras” ciudadanistas. Las masas asalariadas no quieren desertar, no quieren otra forma de vivir, por eso se aferran a lo existente. Los tiempos no están suficientemente maduros para cambios radicales y la reconciliación de clases transcurre tanto por las carreteras principales como por cañadas y veredas. La dislocación del esqueleto social no es suficiente. La crisis no ha afectado todavía a los fundamentos de la dominación; es una crisis a medias. Pocos se están viendo obligados a elegir otras maneras de vivir, a regular su conducta según nuevos valores solidarios, a constituir una comunidad que satisfaga sus necesidades de libertad y seguridad al margen del Estado. La crisis no ha alumbrado más que un nuevo reformismo de tinte socialdemócrata e identitario, que con un lenguaje políticamente correcto, “democrático” a tope, persigue un capitalismo de nuevo cuño. La subversión ha de tenerlo muy en cuenta.


Miguel Amorós, 18-12-2014. Reproducido en la revista Argelaga, nº 6, como editorial.

lunes, julio 2

La cultura de la enajenación

La enajenación se produce cuando la persona se siente respecto a sí misma como un extraño, sus actos ya no le pertenecen y las consecuencias de los mismos pasan a convertirse en dueños suyos, se subordina a ellos e incluso los idolatra; grandes pensadores contemporáneos, como Erich Fromm, consideran que se trata de uno de los efectos perniciosos del capitalismo.

Con la enajenación, puede decirse que hablamos de un proceso de cosificación, en el que la persona no se relaciona productivamente consigo misma ni con el mundo exterior. Antiguamente, las palabras "enajenación" o "alienación" se referían a la locura, a la persona desequilibrada por completo. En el siglo XIX, Marx y Engels utilizaron esas palabras, no ya como una forma de locura, sino como un estado en el que la persona actúa razonablemente en asuntos prácticos, pero constituye una desviación socialmente moldeada en la que los propios actos se han convertido en "una fuerza extraña situada sobre él y contra él, en vez de ser gobernada por él". Pero Fromm nos recuerda una acepción mucho más antigua, referida en el Antiguo Testamento con el nombre de "idolatría". La idolatría, tal y como sostiene la tradición, sería la situación en que el hombre invierte sus energías y creatividad en fabricar un ídolo, para después adorarlo y verter sus fuerzas vitales en esa "cosa". El ídolo no es ya el resultado de un esfuerzo productivo, sino algo exterior al hombre y por encima de él, al que acaba sometiéndose. La enajenación es el ídolo como representación de las fuerzas vitales del hombre.

Todas las religiones desembocan en este concepto de idolatría que explica Fromm, el hombre proyecta sus capacidades en la deidad y no las siente ya como suyas, en un proceso de difícil reversión. Toda subordinación puede considerarse un acto de enajenación e idolatría. Pero el fenómeno idolátrico no se produce solo en un plano sobrenatural, tantas veces lo adorado de ese modo es una persona (en el terreno personal, en el amor, o en el sociopolítico, con el jefe o el Estado y, me atrevería a decir, en el vulgar caso de los ídolos deportivos). En este caso, el ser alienado proyecta todo su sentimiento, su fuerza y su pensamiento en la otra persona, sintiéndola como un superior. No se concibe al otro, ni a sí mismo, como un ser humano en su realidad y se ve al "superior" como portador de potencias humanas productivas. En la teoría de Rousseau, y en el totalitarismo posterior, el individuo renuncia a todos sus derechos y los proyecta en el Estado como único árbitro. Se rinde culto, en plena enajenación, a alguna clase de ídolo: Estado, clase, partido, grupo...

También puede hablarse de idolatría y enajenación, no solo en relación a otra persona, también en relación a uno mismo. Cuando uno se somete a pasiones irracionales, como el ansía de poder, ya no se siente con las cualidades y limitaciones de un ser humano, sino que se convierte en esclavo de un impulso parcial proyectado en objetivos externos y capaz de someterle. Aunque se tenga la sensación de hacer lo que se quiere, la persona es arrastrada por fuerzas independientes de ella, se siente una extraña para sí misma y para los demás. Lo común a todo fenómeno idolátrico (a una deidad, a un jefe, al Estado, etc.) es la enajenación, el hombre es ya un portador activo de sus propias capacidades y riquezas, sino una "cosa" reducida dependiente de poderes externos en los que ha proyectado su fuerza vital. Fromm insiste en que la enajenación forma parte de la historia de la humanidad, aunque difiera de una cultura a otra en su especificidad y en su amplitud. En la sociedad moderna, todas las cosas que el hombre ha creado han acabado situándose por encima de él y no es ya el creador y el centro de las mismas, sino su servidor. La definición más acertada sería que el ser humano, enajenado de sí mismo, se enfrenta con sus propias fuerzas, encarnadas en cosas que él mismo ha producido.

En este escenario, en un proceso avanzado de industrialización, el trabajador se encuentra despojado de su derecho a pensar y a moverse libremente. Apatía o regresión psíquica, son los resultados de acabar con la creatividad, con la curiosidad y la independencia de ideas en el trabajador. Pero Fromm también atribuye a los jefes o directores un papel enajenador, a pesar de manejar presuntamente el todo de la producción, se muestran enajenados del producto como cosa concreta y útil. Director y obrero tratan con monstruos impersonales, un descomunal gobierno político y/o económico, que determinan sus actividades. El fenómeno más significativo de una cultura enajenada es el de la burocratización. Los burócratas, políticos o económicos, se relacionan de modo impersonal con las personas, las manipulan como si fueran cifras o cosas. Los directores al servicio de la burocracia son inevitables en un contexto en el que el individuo se enfrenta a una vasta organización y a una extrema división del trabajo que le impiden observar el conjunto y cooperar de forma espontánea y orgánica con sus semejantes. Antiguamente, los jefes fundaban su autoridad en un orden divino; en el capitalismo moderno, el papel de los burócratas se considera sagrado al escapársele al individuo singular el funcionamiento de las cosas. La exacerbación de esta situación de burocratización, como fenómeno de una cultura enajenada, se dio en los Estados totalitarios, pero permanece en el Estado democrático y en el mundo de los negocios del capitalismo. Por muy libre que se considere uno en una situación personal, como es el caso de los pequeños propietarios, se sigue formando parte de un mundo enajenado, en los aspectos económicos y sociopolíticos a nivel general.


Publicado por Capi Vidal

viernes, junio 29

Xu Lizhi. Tragué una luna de hierro...

El poeta Xu Lizhi, obrero de la empresa china Foxconn, se suicidó en septiembre de 2.014 dejando versos que reflejan las penosas condiciones laborales y la dura transformación que sufren los jóvenes chinos para que su país sea el primer motor del mundo.

Domingo, te pones a cocinar y, ¡zas!, falta aceite. ¿Qué haces? Vas al chino de tu barrio, que siempre está currando. Pocas veces sabes su nombre y mucho menos te preguntas si está cansado de estar ahí todos los días. Lo que nunca sabremos es de qué infierno se han escapado para llegar hasta aquí un domingo a esa hora.

El 30 de septiembre de 2014, Xu Lizhi se quitó la vida hastiado de trabajar en las "cárceles" empresariales diseñadas por Foxconn.

En Foxconn, el producto está muy por encima de las personas, si hacen falta más horas se echan, si hay que trabajar inhalando aluminio se aguanta, si no libras ningún día en un mes no pasa nada. La línea de ensamblaje debe continuar para Xbox, Wii, Kindle , Ipad, Blackberry, Microsoft, Iphone...

Los poemas de Xu relatan situaciones terribles. Reflejan un gran sufrimiento inhumano que se mezcla con el frÍo corazón de las máquinas de producción.

La web libcom.org ha traducido del chino al inglés los poemas que enviaron sus compañeros de trabajo al periódico local de Shenzen.

Caigo dormido estando de pie

El papel se desvanece en sombras delante de mis ojos.
Con una pluma de acero esculpo un negro irregular
lleno de palabras de trabajo.
Taller, línea de ensamblaje, máquina, tarjeta de fichar, horas extra, salari,..
Me han entrenado para ser dócil.
No sé cómo gritar o rebelarme,
quejarme o denunciar.
Sólo sé sufrir en silencio hasta el agotamiento.
Cuando pisé por primera vez este lugar,
sólo deseaba la nómina gris del día diez.
Para ello me encadeno a mi esquina y a mis palabras.
Renuncio a faltar, renuncio a enfermar, renuncio a mis asuntos personales.
Renuncio a llegar tarde, renuncio a irme temprano.
 Por la línea de ensamblaje me mantengo firme como el acero y mis manos vuelan.
¿Cuantos días y cuantas noches
habré estado dormido de pie?

Xu fue un trabajador que emigró desde la zona rural de Jieyang hasta la metrópoli de Shenzhen.

Su amigo Zheng, seudónimo, relata en la web libcom.org las inquietudes de Xu por trabajar en alguna librería cerca de esos libros que tanto amaba. Siempre quiso cambiar de trabajo pero no pudo.

Para Xu, sus poemas sólo podían ser entendidos por los trabajadores rurales que emigran hacia las ciudades y chocan con las "montañas" industriales. Sin embargo, sentiría vergüenza si algún familiar hubiera sabido de sus penurias y de lo que él llamó su cementerio de la juventud.

¿Quién no quiere huir de ese mundo sin mirar atrás?

El ultimo cementerio

Incluso la máquina está a punto de dormirse
marcando en el almacén los metales defectuosos.
Salarios ocultos tras las cortinas,
como el amor de los jóvenes trabajadores que arde en el fondo de sus corazones
Sin tiempo para la expresión o emoción caen al suelo hechos polvo.
Tienen el vientre forjado en hierro
lleno de un ácido espeso, sulfuro y nitrato
La industria atrapa sus lágrimas antes de que caigan.
El tiempo ha volado y sus mentes se perdieron en la niebla.
Los años te van pesando, duele trabajar horas extras de día y de noche.
En sus vidas, los mareos antes de irse a casa son habituales,
te fuerzan a dejarte la piel.
Mientras una aleación de aluminio cubre las láminas
algunos aún resisten y otros caen enfermos
Entretanto me voy durmiendo, esperando
el último cementerio de nuestra juventud.

 

Foxconn


Es el mayor exportador de componentes electrónicos a nivel mundial y tiene su sede en Taiwan, China. Su red de empresas se expande por Brasil, México, India, Malasia, Hungría, Eslováquia y República Checa.

Con 1,2 millones de empleados y unos beneficios netos de 2.640 millones de dólares, se ha visto envuelta en numerosos escándalos laborales por la forma de tratar a sus empleados.

A consecuencia de esos sucesos, en el año 2012 Apple tuvo que invertir en una auditoría realizada por Fair Labbor Association.

Los informes de esta auditoría reflejaban jornadas de trabajo excesivas, malas condiciones de salubridad y míseros salarios que no llegaban a 120€ al mes.
A pesar de los informes, se han seguido sumando más de una veintena de suicidios en los últimos años. Uno de ellos es el de Xu Lizhi, que ha conmovido a la sociedad China.

Sistema Hukou y los migrantes rurales


El sistema Hukou o sistema de registro familiar, es un mecanismo de control del movimiento poblacional chino.

En un principio dividió los estratos poblacionales en agrícola y no-agrícola, con diferentes beneficios sociales en función del estrato y saliendo muy claramente favorecidos los no-agrícolas.

Posteriormente se dividió en cuatro identidades: urbano-local, rural-local, urbano-no local y rural-no local. Finalmente ha quedado dividido en local y no local.

Una persona local de una gran ciudad tiene grandes beneficios a nivel de seguridad social, educación, salud, vivienda y jubilación. Mientras los migrantes rurales no tienen los mismos beneficios a pesar de trabajar en grandes ciudades.

El sistema está creando graves problemas de exclusión social y discriminación con la población rural, que es una mano de obra barata para las ciudades industrializadas donde millones de personas tienen escasas posibilidades de ascender en la escala del bienestar social.

En los últimos años se está flexibilizando el sistema, pero el crecimiento económico chino depende fuertemente de las exportaciones y éstas a su vez de los bajos costes laborales, por lo que el sistema Hukou está lejos de cambiar.

Informe sobre el sistema Hukou de la Universidad Autónoma Metropolitana, Iztapalapa, México

Aquí podéis descargar en PDF su libro de poemas  Tragué una luna de hierro...

 
 

martes, junio 26

¡Agarra la tierra!

El Land Grabbing, que se traduce por “acaparamiento de la tierra”, es un fenómeno económico y geopolítico de plena actualidad en las últimas décadas.

Si bien el recurso a tales prácticas ha existido siempre en el curso de la historia de la humanidad, la carrera por la tierra asume hoy una especial relevancia por sus dimensiones y por quienes son sus protagonistas. Se habla de al menos dos mil millones de hectáreas que empresas transnacionales, gobiernos y especuladores, tanto públicos como privados, han acaparado en Asia, Sudamérica y principalmente en África.

El papel del campo como finanza especulativa surge a partir de 2007. Tras la crisis de los mercados, los tiburones de las altas finanzas mundiales reconvierten y trasladan velozmente los fondos de inversión a millones de hectáreas de terreno, con objeto de producir monocultivos y biocarburantes para exportar a países ricos que no tienen capacidad agrícola para cubrir sus propias necesidades alimentarias. El precio del grano no depende ya de la cosecha sino cada vez más de las fluctuaciones de la Bolsa.

China, Corea del Sur, Emiratos Árabes, India, Egipto etc. se han apropiado de enormes territorios en el África subsahariana, sin el consenso de las comunidades que los habitan. Como las tierras de millones de africanos se cultivan de manera consuetudinaria, sin título de propiedad, resulta facilísimo para los poderes locales ceder millones de hectáreas a las diversas multinacionales.

La fórmula más frecuente consiste en alquilar las tierras por una cifra simbólica a cambio de la promesa de crear infraestructuras, electricidad, escuelas, hospitales y puestos de trabajo para los habitantes.

En la práctica, los terrenos cedidos son devastados y vallados a la espera de un “misterioso” monocultivo, las comunidades locales son excluidas del trabajo de la tierra y del acceso a los recursos naturales, como el agua. Las famosas promesas se quedan en nada, y comunidades enteras de campesinos se ven alteradas, hambrientas y deportadas, no pudiendo llevar ya la vida tradicional de poblado.

“No sabemos qué es la Jatropha –dicen los habitantes de algunos poblados de Madagascar que viven del pastoreo–, de su cultivo no se deriva ningún beneficio para nosotros”.

Esas plantas, destinadas a hidrocarburos, repartidas por áreas vastísimas, no permiten a las reses pastar. Fuertes multas para quien las atraviesa, fusiles apuntando a quienes se acercan a los campos.

Hay una buena noticia: la sociedad civil africana, tanto en Senegal como en Mali y en otros países, está cada vez más atenta y consciente, tanto que cada vez hay más boicots y manifestaciones populares. Son pasos importantes contra la especulación alimentaria; numerosos colectivos de defensa de la tierra, agricultores y pastores de subsistencia se oponen a los poderosos del mundo, ávidos de beneficios. El camino a recorrer está sembrado de obstáculos.

“Nos sentimos como si fuéramos huevos contra piedras, pero ninguna forma de transparencia y responsabilidad prometida por las multinacionales podrá hacer nunca aceptable su proyecto”.


Saltamontes
Publicado en el Periódico Anarquista Tierra y Libertad, Mayo de 2018

sábado, junio 23

La ausencia de sentido en la vida

En la sociedad capitalista, las relaciones personales están marcadas por el interés, por considerar al otro una mercancía. Eric Fromm analizaba que no se producen una gran cantidad de amor ni de odio, más bien las relaciones se quedan en la superficie, aunque detrás esté el distanciamiento y la indiferencia.

En las diferentes fases del capitalismo se ha producido una pérdida progresiva de los vínculos sociales del hombre, el motor de las relaciones humanos no es ya el deseo de cooperación, no hay solidaridad hacia el prójimo y sí un evidente egoísmo que busca solo el interés personal (un egoísmo que no duda en usar a otros seres humanos para sus intereses, sin ninguna lectura de desarrollo individual). Los reductos sociables que le quedan al ser humano están encarnados en el Estado, y de ahí que se nos obligue (o se sienta la obligación) de pagar impuestos, votar o respetar las leyes. Hay una rígida separación entre la sociedad y el Estado (identificado exclusivamente con el quehacer político), por lo que éste se convierte en un ídolo en el que se proyectan todos los sentimientos sociales. Fromm considera que esa idolatría hacia el Estado solo desaparecerá cuando el hombre vuelva a incorporar a sí mismo los poderes sociales y no se produzca una división entre su existancia privada y su existencia social.

El hombre es en el sistema capitalista, y así lo ve él mismo, una cosa para ser empleada eficientemente en el mercado, no se siente como un agente activo y consciente, portador de las potencias humanas. El ser humano está enajenado de sus potencias, de la capacidad de sentir y pensar, por lo que su identidad surge de su papel socioeconómico. El éxito o el fracaso del individuo está marcado por factores ajenos él mismo, no hay ya dignidad en la personalidad enajenada (factor que Fromm considera con mucho peso en otras culturas). Esta "pérdida de personalidad" de la que habla Fromm es vista por otros autores como algo natural; la falta del sentido de la identidad sería un fenómeno patológico, ya que la "personalidad única" no sería tal, y sí un resultado de los muchos papeles que representamos en las relaciones con los demás (papeles que tienen la función de obtener la aprobación y evitar la ansiedad resultante de la desaprobación). Fromm niega dicha teoría e identifica el sentimiento de sí mismo con el sentimiento de identidad, el cual desaparece en la sociedad enajenada y se busca la aprobación de los demás para confundirla con el éxito y convertirse en una mercancía vendible; los demás no lo consideran ya una "personalidad única", sino una entidad ajustada a uno de los modelos establecidos.

Para comprender el fenómeno de la enajenación es necesario tener en cuenta una característica específica de la vida moderna: "su rutinización, y la represión de la percepción de los problemas básicos de la existencia humana", en palabras del propio Fromm. El hombre apenas sale del terreno de las convenciones y de las cosas establecidas, difícilmente logra perforar la superficie de su rutina y, si lo intenta, lo efectúa con grotescos intentos rituales (como el deporte, toda suerte de religiones y creencias, o las hermandades de algún tipo). Fromm considera que el interés y la fascinación por el drama, el crimen o la pasión no es solo expresión de un gusto cuestionable y del sensacionalismo, sino un deseo profundo de dramatización de los fenómenos importantes de la existencia humana (la vida y la muerte, el crimen y el castigo, el combate entre el hombre y la naturaleza...). En el antiguo drama griego, se produciría un tratamiento profundo y de alto nivel artístico de esos fenómenos. Por el contrario, el drama y el ritual modernos son toscos, no producen ninguna catarsis y simplemente revelan la pobreza de esa solución para atravesar la superficie de la rutina. Estaremos de acuerdo en que la revolución tecnológica, que hemos vivido en las últimas décadas, se ha producido en el tipo de sociedad capitalista y consumista cuyos fenómenos psíquicos describe Fromm, por lo que sus tesis sobre los procesos de abstracción, cuantificación y enajenación se refuerzan en un mundo en el que la tecnología parece separarnos de la vida real.

Otras preguntas, acerca del proceso de la enajenacion, tienen que ver con qué ocurre con factores como la razón y la conciencia en una sociedad de este tipo. Si entendemos por inteligencia la habilidad para manipular conceptos con el fin de conseguir algo práctico, de memorizar o de manejar ideas con rapidez, eso es lo a lo que nos limitamos en nuestros negocios para resolver cosas. Fromm define la inteligencia como el pensamiento al servicio de la supervivencia biológica. En cambio, la razón desea comprender, profundizar en la realidad que nos rodea, y su meta sería impulsar la existencia intelectual y espiritual. El desarrollo de la inteligencia, de la mera habilidad, ha ido en detrimento de la razón, la cual requiere de individuo capaces de penetrar en las impresiones, ideas u opiniones, no meramente compararlas y manipularlas. En el hombre alienado se da una aceptación de la realidad tal y como aparece, desea consumirla, tocarla o manipularla, pero no se pregunta por qué las cosas son como son ni adónde se dirigen. Aunque se lea el diario, o se consuma cualquier otro medio, existe una alarmante falta de comprensión del significado de los acontecimientos políticos.

Junto a la falta de razón en la sociedad moderna, debido a la inexistencia de personalidad en el individuo, está otro factor íntimamente relacionado que es la imposibilidad de una conducta y un juicio éticos. Si el hombre de convierte en una especie de autómata en la sociedad enajenada, díficilmente puede desarrollarse la conciencia y ser la ética una parte importante de su vida. La conciencia existirá cuando el hombre se escuche a sí mismo, no se vea como una cosa o una mercancía. Poseemos toda una herencia ética recibida del pasado, fundada en un humanismo que niega toda institución que se sitúe por encima del ser humano, aunque la historia suponga numerosas ejemplos sociopolíticos de lo contrario. Pero, en la sociedad moderna, en lugar de dar mayor horizonte a la razón y a la ética, lo que es únicamente una herencia indeterminada termina por desaparecer y nos acercamos a la barbarie legitimada en una presunta eficacia técnica y económica. Resulta primordial luchar contra el conformismo, ser capaz de decir "no", para poder escuchar la voz de la conciencia. Esta consideración nos recuerda al inconformismo del "hombre rebelde" de Albert Camus, capaz de destruir ídolos e instituciones para construir un mundo libre.

El proceso de trabajo se identifica en Fromm con el proceso de moldear y transformar la naturaleza externa al hombre, y de esa manera el hombre se moldea y cambia a sí mismo. La naturaleza del hombre, sus potencialidades y las leyes naturales a las que está sujeto, son un punto de partida para conquistar la naturaleza externa y desarrollar sus capacidades de cooperación y de razón. Pero el trabajo ha pasado de ser una actividad satisfactoria en sí misma y placentera, como sí puede haber sido en algunos momentos de la historia, a convertirse en un deber y una obsesión. El trabajador industrial ejerce un papel fundamentalmente pasivo, realiza una función pequeña y aislada en un proceso productivo grande y complejo, se muestra enajenado del fin de su trabajo. El trabajo es un medio de obtener dinero y no una actividad humana con sentido. Este carácter enajenado del trabajo, profundamente insatisfactorio, da lugar a dos reacciones: por un lado, el ideal de la ociosidad total; por otro, una hostilidad, consciente o inconsciente, hacia el trabajo y hacia todas las cosas relacionadas con él. Fromm consideraba ya en su época que los medios de comunicación, junto al desarrollo de la técnica, no hacen más que potenciar ese anhelo de holganza, la ilusión de poder dominar la realidad sin apenas talento ni esfuerzo. En cuanto al odio, parece más grave que la falta de sentido y el tedio del trabajo, ya que se manifiesta tantas veces de modo inconsciente. Se acaba odiando el entorno, a los demás y, finalmente, a uno mismo si se sacrifica el sentido de la vida por un éxito aparentemente embriagador.

El pensamiento de Fromm, también como psicoanalista de la sociedad, resulta fascinante y, desgraciadamente, el tiempo ha consolidado lo que él ya tomaba como problemas graves de la sociedad capitalista. La noción de trabajo de este autor era liberadora, herencia de unos valores de la Ilustración pendientes de adquirir sentido en la existencia humana (es la única manera de aceptar la posmodernidad, sin desesperanza alguna, otorgándole mayor campo y sentido a los valores de emancipación). Las respuestas de Fromm a los males de la sociedad moderna, que dejaremos para un nuevo artículo, solo podía pasar por un socialismo que se encargara de la emancipación en todos los aspectos de la vida, sin dar predominancia al factor económico sacrificando el resto, tal y como pretendió el marxismo y fracasó estrepitosamente en su praxis. Un socialismo que solo puede ser calificado de libertario.



miércoles, junio 20

Fafner


La llegada de la nueva naturaleza tendrá lugar a lo largo de 3 generaciones. La primera descorrerá los velos y predecirá el futuro observando el vuelo de los pájaros. La segunda vivirá el estallido y recorrerá los caminos durmiendo entre la maleza. La tercera lo destruirá todo y marcará su frente con ceniza. Quien escriba la crónica de la tercera generación contará la historia de los que se entregaron al incendio.
 
Escrita en forma de libro de viajes, Fafner funciona como un mapa del abismo, como un plano del precipicio. Ciencia ficción crespuscular y postapocalíptica, puerta hacia un laberinto poblado de una naturaleza extraña que nos susurra en los oídos mientras dormimos. Crónica de la historia de aquellos que atravesaron el umbral y vieron lo que esperaba al otro lado.

Puedes pillarlo en https://antipersona.org/2018/03/05/fafner/