Cuando la multitud hoy muda, resuene como océano.

Louise Michel. 1871

¿Quién eres tú, muchacha sugestiva como el misterio y salvaje como el instinto?

Soy la anarquía


Émile Armand

domingo, diciembre 30

Kafka anarquista. El anatomista del poder

No es muy conocido que el gran escritor Frank Kafka profesaba ideas anarquistas; al margen de su obra, que destila en gran medida un espíritu libertario, si atendemos a su biografía, su cercanía vital al movimiento libertario es indudable.

La respuesta a por qué se silenció la dimensión político-anarquista de Kafka está en el libro Kafka anarquista. El anatomista del poder, de Costas Despiniadis, para cuya edición se pide ahora ayuda anticipada. Se trata de una interpretación política de los textos del escritor checo e, incluso, una interpretación anarquista de los mismos. Resulta increíble que el aspecto subversivo y libertario de la obra de Kafka, debido muy probablemente al intolerable conformismo académico y comercial, haya sido silenciado durante un siglo. Parece que ya se está poniendo remedio con libros como este y resulta tremendamente saludable para las ideas libertarias poner el foco en el potencial antiautoritario del legado de Kafka. Hablamos de un implacable analista del poder, del patriarcado y de la burocracia, con obras como El veredicto, La metaformosis, El proceso o El castillo. No hay que olvidar tampoco En la colonia penitenciaria, escrita tras el impacto que supuso la Primera Guerra Mundial, que supone seguramente un cambio en Kafka al trasladar su crítica a toda forma impersonal de dominación. Por su parte, su inacabada novela América supone una feroz crítica del capitalismo moderno.

Si recordamos su temprana rebeldía contra el autoritarismo paterno, junto a su posterior crítica al poder político y económico, concluimos que las dos formas de dominación, la personal y la estatal, se encuentran vinculadas para este autor. Algunos testimonios recuerdan también la intransigente exigencia de Kafka por su autonomía, independencia y libertad en todos los ámbitos. De esa manera, a la fuerza tuvo que acercarse a los círculos anarquistas de Praga, ese capítulo maldito de su trayectoria vital que, con notables excepciones, ha sido silenciado por la mayor parte de sus biógrafos. Al igual que tantos anarquistas, Kafka tuvo durante unos pocos años cierta confianza en la Revolución rusa, pero pronto supo vislumbrar la degeneración autoritaria y burocrática del aquel régimen. Una obsesión, la crítica a toda forma de burocracia, y también la tejida con mimbres democráticos, que se repetirá a lo largo de su obra. Es posible que este libro, para el que LaMalatesta Editorial pide ayuda para su publicación, sea el primero escrito por alguien explícitamente anarquista. El deseo de dar a conocer a uno de los grandes escritores del siglo XX, y hacerlo desde una perspectiva libertaria, es indudable.

En este enlace, tenéis los detalles de crowdfunding.


jueves, diciembre 27

lunes, diciembre 24

La funesta constitución española de 1978

Pese a que el relato oficial sigue afirmando que la constitución de 1978 trajo la libertad a la sociedad, y que puso término a una oscura dictadura militar nacional-católica, cada día menos gente se cree esa versión de los hechos. La realidad es simple y llanamente que el Estado español, en su forma franquista, se reinventó al adoptar una fachada constitucionalista. El Estado siguió siendo el mismo, las estructuras de poder que se formaron durante la etapa franquista pervivieron en el régimen constitucional, en ocasiones con otras denominaciones, también su personal, numerosas leyes franquistas, y la propia élite dirigente siguió siendo la misma con algunas nuevas incorporaciones procedentes de la denominada oposición política.[1] Sin embargo, parece que sigue obviándose el significado histórico que en términos negativos tiene la promulgación de toda constitución.

En primer lugar la constitución es en el ordenamiento legal la ley suprema que establece el marco general en el que todas las demás leyes deben desarrollarse. Y como es de sobra sabido la ley, toda ley, es una imposición, pues para que esta no sea letra muerta necesita del recurso de la fuerza para hacerla efectiva. La constitución de 1978 no fue una excepción, lo que deja muy claro que algo que necesita ser impuesto mediante el uso de la fuerza para que tenga vigencia y sea cumplido difícilmente puede haber traído la libertad. Pero además de esto la constitución establece claramente el principio de autoridad al determinar a quién le corresponde el derecho de mandar y quién tiene la obligación de obedecer. La constitución, entonces, instituye la distinción jerárquica entre gobernantes y gobernados, entre dominadores y sometidos, lo que conlleva que la sociedad como tal no pueda autogobernarse y, por tanto, autorregularse sin la necesidad de la existencia de una élite dirigente que acapara recursos e instrumentos organizativos a través de los que supervisa, controla, fiscaliza y somete a la población. Evidentemente esto significa la más completa negación de la libertad.

La constitución de 1978 únicamente reformuló en unos términos políticos e ideológicos diferentes la estructura de dominación ya existente durante el régimen franquista, es decir, la que existe entre gobernantes y gobernados. Por esta razón no supuso una alteración sustancial del sistema establecido sino simplemente de su apariencia, sobre todo en la medida en que fueron aprovechadas las estructuras de gobierno creadas por el franquismo. En este sentido cabe apuntar que la función de toda constitución, incluida la de 1978, es la de definir en términos estructurales y jurídicos la organización del Estado. De esta manera la constitución determina no sólo quién tiene el derecho a mandar en la sociedad, sino también los medios que le son asignados para desempeñar dicha función. Esto conlleva un cambio en el funcionamiento interno del Estado en lo que afecta al modo de ejercer su dominación sobre la población, lo que es completamente contradictorio con la libertad que supuestamente dicho texto legal trajo consigo. En lo que a esto se refiere la constitución implicó una ampliación considerable del poder del Estado al aumentar su ámbito de actuación al asignarle unas competencias que previamente, al menos de un modo formal, carecía.

El principal argumento sobre el que se basan los defensores del relato oficial que presenta a la constitución de 1978 como el adalid de la libertad es, básicamente, el reconocimiento formal de un conjunto de derechos y libertades que previamente no estaban recogidos en el ordenamiento jurídico. Pero en la práctica nos encontramos con diferentes hechos que contradicen lo anterior. El primero de ellos es que la libertad no existe si hay alguien que la concede, pues del mismo modo que es otorgada puede ser revocada parcialmente o en su totalidad. En este caso el Estado español es el que, por medio de la citada constitución, proclama el reconocimiento de ciertas libertades que están, a su vez, constreñidas y limitadas por el propio orden político y social que impone la constitución. Es decir, la libertad como tal no es otra cosa que una tutela explicitada en la constitución que se encarga de definirla y limitarla al tiempo que asigna a los poderes del Estado su protección. Resulta muy difícil conciliar el principio de libertad con lo que es una imposición, tal y como sucede con las leyes y especialmente con la constitución, pero todavía más difícil es conciliar la libertad con su regulación por una organización autónoma que la reconoce y regula en unos términos favorables a sus intereses, tal y como ocurre con el Estado español. El efecto de esto es que el Estado se inmiscuye en todos los ámbitos de la vida humana para controlar, regular y someter a la sociedad mediante el cumplimiento de la ley en nombre de la libertad que esta proclama.

Lo mismo cabe decir sobre los derechos formalmente reconocidos en la constitución. Su reconocimiento es hecho en unos términos favorables a los intereses del Estado, que es la institución encargada de supervisar y regular su ejercicio en función del ordenamiento constitucional. Asimismo, dichos derechos están restringidos a aquellos ámbitos que el propio Estado, por medio de la constitución, se arroga como competencia suya. Por otro lado hay que constatar igualmente que los derechos son, al igual que las libertades que están recogidas en la constitución, una concesión del Estado debido a que están estructuralmente limitados y definidos según sus intereses, con lo que tanto su ejercicio como su alcance están sujetos a la voluntad del Estado que eventualmente puede revocarlos como así lo contempla la propia constitución. En la medida en que los derechos reconocidos son parte del ordenamiento constitucional es el Estado el que se ocupa de gestionarlos, lo que tiene como consecuencia el control de la sociedad bajo la excusa de proteger y garantizar sus derechos.

Todo lo anterior demuestra que la constitución es la expresión de una relación de fuerzas que adopta un carácter jurídico y formal, de modo que las reglas del juego político son establecidas conforme a los intereses de quien en esa relación de fuerzas ocupa una posición dominante. Juntamente con esto también es preciso señalar que una sociedad de derechos no es necesariamente una sociedad libre, pues la existencia de derechos supone, asimismo, la existencia de un reconocimiento normativo de los mismos que constituye una forma de regulación de la vida del individuo por quien promulga dichos derechos. Debido a esto se produce un aumento del control que el Estado ejerce sobre la sociedad, en la medida en que toda ley requiere la supervisión de su cumplimiento. Una sociedad libre está compuesta por individuos libres cuyas vidas no están reguladas por entes exteriores, sean estos cuales sean, sino que por el contrario se regulan a sí mismos.[2]

Por último, nos encontramos con el que quizá sea el argumento más fuerte de aquellos que reivindican que la constitución trajo la libertad. Este no es otro que el carácter electivo de los cargos políticos en la dirección del Estado, lo que supuestamente garantiza que las medidas adoptadas desde las instituciones estatales se correspondan con los deseos, intereses y demandas de los electores, de manera que el Estado como tal está sujeto a un control de la población. Sin embargo, este argumento es débil en muchos aspectos. En primer lugar la existencia de procesos electorales constituye una herramienta mediante la que el sistema de poder establecido se dota de la correspondiente legitimidad y es creado el necesario consenso social. Esto quiere decir que dicho sistema de poder, con todas sus estructuras, no es susceptible de ser elegido. La sociedad no elige, por ejemplo, a los jueces, fiscales, jefes de policía, mandos militares, jefes de los servicios secretos, altos funcionarios de los ministerios, etc.[3] Este personal es el que integra y dirige las estructuras organizativas del Estado y que conforma el poder establecido, de manera que la clase política depende de ellos en todo lo esencial.[4] En la práctica es este poder el que toma las decisiones importantes en un país, y los políticos únicamente se limitan a legitimarlas con su consentimiento. Como consecuencia de esta situación los políticos desempeñan el papel de agentes de relaciones públicas del sistema de dominación del que forman parte, de modo que tratan de “vender” al gran público decisiones que otros han tomado por ellos. Esto ocurre en todos los países donde existe alguna forma de sistema constitucional representativo, con lo que la clase política simplemente es la correa de transmisión del Estado al encargarse de explicar y justificar ante la población las decisiones adoptadas por los poderes estatales.[5] El caso español no es la excepción a tenor de la continuidad que se da en las políticas llevadas a cabo por gobiernos de diferente signo político.

El carácter parlamentarista del sistema político instituido por la constitución de 1978 implica la exclusión de la sociedad de la vida política, y por ello de los procesos decisorios sobre cuestiones que le afectan directamente. La intermediación desempeñada por la clase política sólo es un procedimiento mediante el que mantener a la sociedad alejada de la política, en un estado de pasividad y postración frente a los poderes constituidos. Las cámaras representativas sólo son espacios en los que las decisiones importantes tomadas en otros ámbitos son ratificadas, y donde son escenificadas las controversias de las diferentes facciones que componen la elite dirigente. Aunque formalmente la constitución afirma que la soberanía reside en el pueblo, en la práctica es usurpada por los poderes del Estado y la clase política en los parlamentos. De este modo la gestión de las cuestiones colectivas recae en una minoría dirigente que utiliza los recursos que extrae de la sociedad para imponer sus intereses con sus decisiones.

Por otra parte tampoco puede pasarse por alto el hecho de que la clase política está compuesta por individuos que no son la sociedad, no forman parte de la sociedad, no viven con la sociedad y por ello mismo no comparten los mismos problemas que las personas corrientes que integran la sociedad. Los políticos tienen unos problemas muy diferentes de los de las personas de a pie pertenecientes a la clase sometida, no comparten con estas sus preocupaciones ni mucho menos aún sus intereses. A los políticos no les importan los problemas de la población, sólo en la medida en que puedan afectar a sus propios problemas e intereses. Así pues, los intereses de los políticos no son los de la sociedad y no pueden serlo por la posición de privilegio que ocupan, por ser una elite y un grupo social aparte que vive al margen de la sociedad y gracias a esta por medio de los recursos que le extrae en la forma de impuestos. De este modo los políticos constituyen una elite que representa al sistema que le paga y no a la sociedad. La constitución española de 1978 vino a instituir todo esto.

De todo lo hasta ahora expuesto se deduce que la constitución de 1978 no trajo la libertad, sino que por el contrario se ocupó de conservar y desarrollar bajo una apariencia distinta el sistema de dominación que ya existía durante el franquismo, al mismo tiempo que sirvió para afianzar y ampliar los poderes del Estado en una proporción que ni siquiera el franquismo había podido soñar. La constitución de 1978 es, entonces, un texto jurídico funesto que consagró en términos legales y políticos el sometimiento de la sociedad al Estado, lo que demuestra que ninguna constitución puede traer la libertad al ser fruto de una imposición. Basta con recordar que no fue redactada por el pueblo llano, sino por una minoría dirigente. El referéndum celebrado para su aprobación simplemente fue un instrumento mediante el que forzar a la población a confirmar la voluntad de la elite dirigente que le impuso este texto legal, siempre bajo la manipulación mediática y la intimidación ejercida por las fuerzas armadas y los cuerpos de seguridad del Estado.[6]

La libertad, tanto individual como colectiva, sólo puede conseguirse a través de la conquista revolucionaria. La libertad nunca ha sido dispensada por ningún gobierno o autoridad, ni tampoco ha sido votada en las urnas, sino que es algo que la propia sociedad alcanza mediante la lucha revolucionaria que pone fin a todos los poderes que la atenazan. Por esta razón la constitución española de 1978, como todas las restantes constituciones, merecen el más completo rechazo junto al sistema de opresión que instituye. El día de la constitución, momento en el que los poderes establecidos celebran su dominación sobre el pueblo al que oprimen, es el momento oportuno para desenmascarar el relato oficial y toda la parafernalia institucional oficial con la que es rendido culto al Estado. Es un momento para reafirmar la importancia y la necesidad de una revolución popular que destruya el orden constitucional, el Estado, la propiedad privada y el capitalismo para que el propio pueblo se abra paso y conquiste la libertad e igualdad que hoy le es negada, e instaure así un sistema de autogobierno por asambleas populares soberanas y la posesión común de la riqueza. El 6 de diciembre debe ser, por tanto, un día de lucha revolucionaria como los restantes días del año, pero en el que denunciar con determinación y públicamente la mentira del relato oficial con el que la elite mandante rescribe la historia para justificarse.


                                                                                                     Esteban Vidal

Notas

[1] Huelga decir que los opositores al régimen que se incorporaron a cargos de dirección política y burocrática en el régimen constitucional eran en bastantes casos individuos pertenecientes a familias pudientes, con buenas conexiones, y que en algunas ocasiones eran familias del propio régimen. Cabe señalar que la única oposición de estos dirigentes políticos, prefabricados a partes iguales por el tardofranquismo y los servicios secretos estadounidenses, fue la que se hace para postularse a determinados puestos en las estructuras del Estado mientras que todo lo demás fue, al menos en lo más esencial, puro teatro revestido con altas dosis de histrionismo dialéctico y postureo con el que disimular el trasfondo general de la operación. Ver lo dicho en “La pervivencia del franquismo a través de la Constitución de 1978 y su régimen parlamentarista” en https://www.portaloaca.com/articulos/politica/12448-la-pervivencia-del-franquismo-a-traves-de-la-constitucion-de-1978-y-su-regimen-parlamentarista.html

[2] Algunas reflexiones acerca de esto pueden encontrarse en “De los derechos y libertades” en https://www.portaloaca.com/historia/otroshistoria/13371-de-los-derechos-y-libertades.html También recomendamos la lectura de “Los límites de la comunidad” de Ruymán Rodríguez en https://portaloaca.com/pensamiento-libertario/textos-sobre-anarquismo/12131-los-limites-de-la-comunidad.html

[3] Hay que hacer notar que pese a que estos cargos fueran elegidos, como ocurre con muchos de ellos en EEUU, no dejaría de existir una estructura de poder propiamente dicha en la que una minoría haría uso de los recursos disponibles para tomar sus propias decisiones. Seguiría siendo una elite usurpadora de la soberanía popular al continuar concentrando en sus manos un poder decisorio del que la población carece. Por otro lado hay que recordar que en EEUU no son votados la mayoría de los altos cargos de la rama ejecutiva del gobierno federal, como tampoco de los Estados miembros de la Unión, tal y como sucede con los altos funcionarios de los distintos departamentos, los mandos militares, los jefes de los servicios secretos, los jueces y fiscales federales, los jefes de las diferentes agencias policiales y de los servicios secretos, los integrantes del cuerpo diplomático en el departamento de Estado, etc.

[4] Ni siquiera la clase política, cuando ocupa posiciones gubernamentales, tiene la capacidad de elegir discrecionalmente el nombramiento de altos cargos funcionariales, sino que está limitada por las leyes que regulan dichos nombramientos y que circunscriben su capacidad de elección a una minoría muy reducida que son los cuerpos de altos funcionarios. Esto sucede en todos los regímenes constitucionales, y para el caso español es la LOFAGE la ley que se ocupa de regular este aspecto de la vida política del Estado.

[5] Para profundizar en esta dimensión del sistema político constitucional y parlamentarista recomendamos la lectura de los siguientes artículos: “Tres lecturas necesarias” en https://www.portaloaca.com/articulos/antimilitarismo/13600-tres-lecturas-necesarias.html y “La función de la clase política” en https://www.portaloaca.com/articulos/politica/13472-la-funcion-de-la-clase-politica.html

[6] No hay que olvidar que, tal y como ha sido indicado en otras partes, el referéndum es la forma de represión dictatorial máxima y más dura al restringir la expresión de la voluntad popular a una pregunta que sólo admite como posibles respuestas un Sí o un No, lo que, a su vez, impide la justificación de cualquiera de ambas respuestas y con ello explicar qué quiere cada persona que se manifiesta en un sentido o en otro. Ver las reflexiones contenidas a este respecto en “La impostura del referéndum y la falsa disyuntiva entre Monarquía y República” en https://www.portaloaca.com/opinion/9091-la-impostura-del-referendum-y-la-falsa-disyuntiva-entre-monarquia-y-republica.html “Cataluña y la autodeterminación” en https://www.portaloaca.com/opinion/13110-cataluna-y-la-autodeterminacion.html y “La naturaleza del Procés” en https://www.portaloaca.com/articulos/politica/13150-la-naturaleza-del-proces.html

viernes, diciembre 21

La huelga de los electores

Una cosa que me asombra prodigiosamente -me atrevería a decir que estoy estupefacto- es que en el momento científico en que estoy escribiendo, tras las muchas experiencias y los escándalos periodísticos, pueda todavía existir en nuestra querida Francia (como dicen en la Comisión presupuestaria) un elector, un solo elector, ese animal irracional, inorgánico, alucinante, que consienta abandonar sus negocios, sus ilusiones o sus placeres, para votar a favor de alguien o de algo. Si se piensa un solo momento, ¿no está ese sorprendente fenómeno hecho para despistar a los filósofos más sutiles y confundir la razón?

¿Dónde está ese Balzac que nos ofrezca la psicología del elector moderno? ¿Y el Charcot que nos explique la anatomía y mentalidades de ese demente incurable?

Lo estamos esperando. Comprendo que un estafador encuentre siempre accionista, que la Censura encuentre defensores, la ópera cómica a su público, el Constitucional a sus abonados, el señor Carnot a pintores que celebren su triunfal y rígida entrada en una ciudad languedociana; comprendo también que Chantavoine se empeñe en buscar rimas; lo comprendo todo. Pero que un diputado, o un senador, o un presidente de la República, o el que sea, entre todos los farsantes que reclaman una función electiva, cualquiera que sea, encuentre a un elector, es decir, a un ser fantástico, al mártir improbable que os alimenta con su pan, os viste con su lana, os engorda con su carne, os enriquece con su dinero, con la sola perspectiva de recibir, a cambio de esas prodigalidades, golpes en la cabeza o patadas en el culo, cuando no son golpes de fusil en el pecho, verdaderamente, todo eso supera las nociones, ya muy pesimistas, que tengo sobre la estupidez humana en general, y la estupidez francesa en particular, nuestra querida e inmortal estupidez. Esta claro que hablo en este caso del elector avisado, convencido, del elector teórico, del que se imagina, pobre diablo, que actúa como un ciudadano libre, expresando su soberanía, sus opiniones, o imponiendo -locura admirable y desconcertante -programas políticos y reivindicaciones sociales ; no me refiero pues al elector "que se las sabe" y que se burla, al que ve en "los resultados de su omnipontencia" nada más que una burla a la charcutería monárquica, o una francachela al vino republicano. Su soberanía consiste en emborracharse a costa del sufragio universal. Él conoce la verdad, porque sólo a él le importa, y se despreocupa del resto. Sabe lo que se hace. Pero ¿y los demás ?

¡Ah, sí! ¡Los demás! Los serios, los austeros, el pueblo soberano, los que sienten una embriaguez al mirarse y decirse: "¡Soy elector!" Todo se hace por mi. Yo soy la base de la sociedad moderna. Por mi propia voluntad, Floquet hace las leyes a las que se ciñen treinta y seis millones de hombres, y Baudry d'Asson también, y Pierre Alype igualmente". ¿Cómo hay todavía gente de esta calaña? ¿Cómo, tan orgullosos, cabezotas y paradójicos como son, no se han sentido, después de tanto tiempo, descorazonados y avergonzados de su obra? ¿Cómo puede ser que exista en cualquier parte, incluso en el fondo de las landas más perdidas de Bretaña, o en las inaccesibles cavernas de Cévennes y de los Pirineos, un bonachón tan tonto, tan poco razonable, tan ciego ante lo que ve y tan sordo ante lo que se dice, que vote azul, blanco o rojo, sin que nadie le obligue, sin que nadie le haya pagado o le haya emborrachado?

¿A qué barroco sentimiento, a qué misteriosa sugestión puede obedecer ese bípedo pensante, dotado de una voluntad, orgulloso de su derecho, seguro de cumplir con un deber, cuando deposita en una urna electoral cualquiera una papeleta cualquiera, igual da el nombre que lleve escrito en ella? ¿Qué se dirá a sí mismo, para sí, que justifique o simplemente explique ese acto tan extravagante? ¿Qué es lo que espera? Porque, en fin, para consentir que se le entregue a dueños tan ávidos, que le engañan y golpean, será necesario que se le diga y que espere algo extraordinario que nosotros no nos imaginamos. Será necesario que, gracias a poderosos desvíos cerebrales, las ideas del diputado se traduzcan en él como ideas de ciencia, de justicia, de entrega, de trabajo y de probidad ; será necesario que en los nombres de Barbe y Baïhaut, no menos que en los de Rouvier y Wilson, descubra una magia especial y que vea, a través de un espejismo, florecer y expandirse en Vergoin y en Hubbard promesas de felicidad futura y de consuelo inmediato. Y esto es lo verdaderamente horrible. Nada le sirve de lección, ni las comedias más burlescas, ni las más siniestras tragedias.

Sin embargo, por muchos siglos que dure el mundo y que se desarrollen y sucedan las sociedades, iguales unas a otras, un hecho único domina todas las historias: la protección de los grandes y el aplastamiento de los pequeños. No puede llegar a comprender que hay una razón de ser histórica, la de pagar por un montón de cosas de las que no disfrutará jamás, y morir por unas combinaciones políticas que no le atañen en absoluto.

¿Qué importa que sea Pedro o Juan el que le pida el dinero o la vida, si está obligado a desprenderse de uno y entregar la otra? ¡Pues, vaya! Entre sus ladrones y sus verdugos, él tiene sus preferencias, y vota a los más rapaces y feroces. Ha votado ayer y votará mañana y siempre. Los corderos van al matadero. No se dicen nada ni esperan nada. Pero al menos no votan por el matarife que los sacrificará ni por el burgués que se los comerá. Más bestia que las bestias, más cordero que los corderos, el elector designa a su matarife y elige a su burgués. Ha hecho revoluciones para conquistar ese derecho.

Oh, buen elector, incomprensible imbécil, pobre desgraciado, si en lugar de dejarte engañar por las cantinelas absurdas que te cantan cada mañana, a cambio de un céntimo, los periódicos grandes o pequeños, azules o negros, blancos o rojos, pagados para conseguir tu pellejo; si en lugar de creer en esos quiméricos halagos que acarician tu vanidad, que rodean tu lamentable soberanía andrajosa; si en lugar de pararte, papanatas, ante las burdas engañifas de los programas ; si leyeras alguna vez al amor de la lumbre a Schopenhauer y a Max Nordau, dos filósofos que saben mucho sobre tus dueños y sobre ti, puede que aprendieras cosas asombrosas y útiles. Puede ser también que, después de haberlos leído, te vieras menos obligado a adoptar ese aire grave y esa elegante levita para correr hacia las urnas homicidas en las que, metas el nombre que metas, estás dando el nombre de tu más mortal enemigo. Los filósofos te dirían, como buenos conocedores de la humanidad, que la política es una mentira abominable, que todo va contra el buen sentido, contra la justicia y el derecho, y que tú no tienes nada que ver, pues tus cuentas ya están ajustadas en el gran libro de los destinos humanos. Sueña después de esto, si así lo deseas, con paraísos de luces y perfumes, con fraternidades imposibles, con felicidades irreales. Es bueno soñar, y calma el sufrimiento. Pero no mezcles nunca al hombre en tus sueños, porque allí donde está el hombre está el dolor, el odio y la muerte. Sobre todo, acuérdate de que el hombre que solicita tu voto es, por ese hecho, un hombre deshonesto, porque a cambio de la situación y la fortuna a la que tú lo lanzas, él te promete un montón de cosas maravillosas que no te dará y que, por otra parte, tampoco podría darte. El hombre al que tu elevas no representa ni a tu miseria, ni tus aspiraciones, ni a nada tuyo ; no representa más que a sus propias pasiones y sus propios intereses, que son contrarios a los tuyos. Para reconfortarte y animarte con esperanzas que pronto se verán defraudadas, no vayas a imaginarte que el espectáculo desolador al que asistes hoy día es propio de una época o de un régimen, y que todo pasará. Todas las épocas y todos los regímenes son equiparables, es decir, que no valen nada. Así que, vuelve a tu casa, buen hombre, y ponte en huelga contra el sufragio universal. No tienes nada que perder, te lo digo yo ; y eso podrá divertirte por algún tiempo. En el umbral de tu puerta, cerrada a los solicitantes de limosnas políticas, verás desfilar a la muchedumbre, mientras te fumas tranquilamente una pipa.

Y si existiera, en algún lugar desconocido, un hombre honrado capaz de gobernarte y amarte, no lo eches en falta. Sería demasiado celoso de su dignidad como para enfangarse en una lucha de partidos, demasiado orgulloso para recibir cualquier orden de ti si no la diriges a la audacia cínica, el insulto y la mentira.

Ya te lo he dicho, buen hombre, vete a casa y ponte en huelga.


martes, diciembre 18

Shackleton 1914



Se buscan hombres para viaje peligroso. Sueldo bajo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se asegura retorno con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito.

Ernest Shackleton


Mientras en Europa se mataba mucho,
a mano y a máquina,
al mayor y al por menor,
por delante y por detrás,
en inglés y en alemán,
con inusitado desprecio,

(para mayor gloria del imperio,
entiéndalo:
los intercambios comerciales,
nuestros modos de vida
y la salud de las naciones)

en el culo del mundo
un puñado de hombres
escribían sobre el hielo la gran lección:
podemos vivir juntos,
podemos sobrevivir juntos,
podemos hacerlo.


                                                         Pedro Sáez Serrano
                             (Calumnia. Palma de Mallorca: 2018)

sábado, diciembre 15

Okupación rural, recuperando el territorio



La okupación rural es un fenómeno que abarca gran amplitud de cuestiones, proyectos, luchas y sueños, pero que por lo general parte de un paradigma común; la autogestión. Es una de tantas herramientas para alcanzar dicho horizonte y que pone de manifiesto en primer lugar la cuestión territorial, algo a lo que cada proyecto de okupación rural dará una solución diferente en función del espacio en que se encuentre y de sus propios procesos a nivel colectivo. Desde las primeras iniciativas surgidas en la década de los 80’, hasta las que apenas llevan unos años en marcha, se ha ido gestando un movimiento centrado en la búsqueda de un modo de vida sostenible a través de la mínima dependencia de recursos externos, la soberanía alimentaria y la recuperación de modos de autosuficiencia, organización y tradiciones locales, así como de espacios que en su momento tuvieron vida, y que por distintas políticas han sido arrebatados a sus legítimas dueñas. Todavía queda un largo camino por recorrer, y es por eso que cada vez se hace más necesario un fortalecimiento de redes tanto en los proyectos rurales como entre lo rural y la ciudad, que nos permitan salir de la lógica capitalista que tanto consume nuestras vidas.

El neorruralismo que propone la okupación rural sienta sus bases en la recuperación de la vida en comunidad y en un modelo de relaciones basado en la horizontalidad, donde la autogestión y el cuidado, tanto colectivo como individual, son el eje fundamental para la creación de un modo de vida sostenible, y sobre todo, bajo un paradigma libertario. La creación de redes locales de apoyo que permitan salirse del marco económico capitalista, así como la búsqueda de una soberanía alimentaria mediante el cultivo y cuidado de huertas propias, frutales, elaboración de conservas, recolección de productos locales y de temporada, son aspectos básicos de estos proyectos. Hablamos de alimentarnos en función del ciclo de la tierra y de las características naturales propias del lugar donde esta se trabaja recuperando el uso de semillas locales. La soberanía alimentaria es una cuestión fundamental para nuestro autocuidado en tanto que conocemos lo que comemos y somos conscientes de todo el proceso que conlleva alimentar nuestros cuerpos permitiéndonos al mismo tiempo vivir de manera coherente y sostenible con el medio en el que habitamos y desligarnos de la producción alimentaria industrial. La obtención de recursos energéticos, la construcción de hogares a partir de medios tradicionales, la rotación de curros, la toma de decisiones por consenso, terminan de completar este paradigma de vida. Pero hay una cuestión básica en todo esto que normalmente no capta tanto la atención como los ideales mencionados arriba; ese es el territorio y la importancia de recuperar el espacio rural.

El territorio siempre ha sido un foco de conflicto, interés y privilegios, es decir, siempre ha sido una cuestión política, y por lo tanto un aspecto más del poder de cada grupo humano que lo gestione. Éste se encuentra en continua tensión entre las distintas partes de la sociedad o comunidad que allí se encuentre, que obviamente no partirán de unas condiciones igualitarias de poder y acción. Las distintas políticas sobre la tipificación, gestión y propiedad del territorio responden a ello, así también lo hacen los movimientos de resistencia indígena en defensa de la tierra (como es el caso Mapuche o el de Chiapas), por lo que cada parte jugará sus cartas en función del grado de legitimidad, represión, coerción, fuerza o dominación que ostenten o que sean ejercidas sobre ellas. La cuestión del territorio es un problema inherente a la forma y calidad de todos los aspectos de la vida de las personas en cada región, y que puede ser tanto fuente de enormes privilegios, como las ciudadanas de la UE y sus “maravillosas” fronteras, o una intención de dominación y exterminio públicamente declarada a un determinado pueblo, como es el caso que sufre Palestina, entre otras masacres o limpiezas étnicas que se dan por cuestiones territoriales, raciales, ect. El territorio es, por tanto, una variable más que nos configura a las personas como sujetos de acción, y por eso es muy importante repensar los espacios en los que nos encontramos, con sus respectivos problemas y el sistema de dominación que en ellos impera, para adecuarnos así en nuestras luchas.


En las ciudades, y en unas más que en otras, podemos dar cuenta de los procesos de gentrificación que se producen cada vez más en sus barrios, y sus consecuencias, las conocemos de sobra: encarecimiento de la vivienda, desplazamientos forzados de personas, etc. La brecha entre “clases sociales” en la ciudad se agranda debido a este fenómeno, y esto repercute también en lo rural, donde esta brecha se abre exponencialmente desde hace ya varias décadas. Lo que se conoce como “la despoblación” o desierto demográfico en España, no es otra cosa que la consecuencia directa de la gentrificación en las ciudades, o mejor se debería decir que están sumamente correlacionadas, esto se refleja en quién es propietaria de lo rural y quien de lo urbano, dónde se encuentran determinadas industrias, quien puede construir y quien no en, por ejemplo, parques regionales, naturales o cualquier otra tipificación creada para establecer la gestión de un espacio que por supuesto, en su mayoría, acaba en manos de empresas privadas. Las políticas para combatir la despoblación nos lo dejan claro; inversión en el turismo, el AVE en Teruel, etc. Es el cuento de siempre, la tierra se vuelve a concentrar en manos de unas pocas, y la máscara de la democracia es cada vez más insostenible en esta cuestión.

Poniendo un ejemplo concreto y actual sobre cómo estas variables y cuestiones territoriales se relacionan con políticas que llevan varias décadas en activo, nos podemos remitir a la propia lógica de la legalidad con la que se enmascaran los mecanismos por los cuales la tierra es arrebatada por parte de los gobiernos; este el caso de Fraguas, un pueblo situado en la Sierra Norte de Guadalajara que fue expropiado durante el éxodo rural de los 60’ a respondiendo a los planes del desarrollo capitalista del régimen. Según se especifica en la Ley de Expropiación de 1954, la propiedad es expropiada para “fines de interés público”, lo que viene a significar que un gobierno, en este caso franquista, determina lo que es ese interés público, y el beneficiario puede ser tanto la administración como “otro/s”; este “otro/s” será con certeza una empresa privada. Para el proceso de expropiación se necesita un protocolo, una ley específica para ello (la de 1954) en el que se determina los pasos, la indemnización e incluso se fija el procedimiento de restitución. En el caso de Fraguas no sólo se expropia el pueblo a sus pobladores, sino que se hace incumpliendo el marco legal establecido para ello, que dictamina que “los derechos de carácter patrimonial, derecho de personalidad y bienes de dominio público, son inexpropiables”, es decir, un pueblo no se podía expropiar incluso durante la dictadura siguiendo sus propias leyes; esta artimaña legal no es más que una máscara a un procedimiento que hizo desaparecer del mapa el pueblo de Fraguas tanto de forma física como histórica, borrando su rastro como si nunca hubiera existido. A este hecho es a lo que se acoge la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha en su defensa, Fraguas nunca existió, lo cual supone otra cosa que una política de continuismo con la legalidad franquista. Esto, para las que ya estamos desencantadas con la política de los gobiernos españoles, y más concretamente con el aparato estatal, no nos supone ninguna sorpresa, sin embargo, deberíamos pensar en esos espacios como una oportunidad para recuperar aquello que fue robado a sus legítimas dueñas, unos pueblos con sus historias particulares, sus identidades locales, sus propios medios de vida… y que entran en contradicción con los intereses del Estado-nación. Es aquí dónde pese a las diferencias vemos dinámicas similares entre la dictadura franquista y la democracia que surgió tras ella, la gestión del territorio llevada a cabo por ambas legalidades es equiparable, estos espacios fueron robados y usados para unos fines que entran dentro de los objetivos del desarrollo estatal (y por ende, del sistema capitalista) y del que ya conocemos sus pésimas consecuencias. Por poner un ejemplo todavía más crudo, cuando un antiguo habitante de Fraguas fue una vez a renovarse el DNI, no le dejaron poner el nombre del pueblo como su lugar de nacimiento porque “no existía en el sistema informático”; una vez más, el pueblo es borrado físicamente del mapa así como de la memoria histórica. Todo esto no son más que ejemplos, remitiéndonos a los procesos legales, de cómo la tierra es arrebatada por parte de gobiernos; tenemos tantos más como pueblos abandonados por todo el territorio.

La expropiación y destrucción de espacios habitados, tales como aquellos pueblos que allá en los años 60 del pasado siglo sufrieron un éxodo rural en proporciones nunca vistas, es consecuencia directa de un sistema de dominación con base en el Estado-nación que socava las identidades, tradiciones, medios de vida y autosuficiencia locales, que fuerza la migración a la ciudad con sus políticas discriminatorias. Es sobradamente conocido el impacto de las grandes ciudades y núcleos masificados sobre el medio ambiente y las personas; recuperar estos espacios es un aspecto más, y muy necesario, para la lucha contra este sistema. Rebatiendo el mito de que “el neorruralismo y la creación de comunidades alternativas lleva a olvidarse del mundo”, consideramos que centrarse únicamente en la lucha urbana es seguir irremediablemente el juego de la política estatal que busca apiñarnos a todas en las ciudades, olvidándonos de todos aquellos espacios y comunidades históricas que han sido suprimidas por la dominación del sistema capitalista, no hay acto más necesario y desafiante contra este sistema que la recuperación del espacio rural por medio de colectividades. Porque la vida en el campo es ante todo un proceso colectivo, es desde ese punto desde el que deben partir los proyectos neorrurales. La okupación rural abre nuevos espacios de reflexión y acción que no se plantean en la ciudad, y es precisamente sobre esas diferencias donde un debate entre urbanitas y rurales se hace necesario para crear un análisis completo sobre la situación de los movimientos sociales y sus respectivas luchas, reformular cuestiones, reforzar redes, y sobre todo, evitar cerrarnos en una burbuja que nos haga perder perspectiva sobre otros territorios. La vuelta al campo es algo necesario, legítimo y real.



 








miércoles, diciembre 12

La única administración posible La cuestión de las ciudades


Parece que hay mucho debate en estos días sobre la cuestión de las ciudades, los espacios urbanos, las posibilidades de revuelta (e incluso de la vida) dentro de ellos, sobre la posibilidad de su reforma. Muchas discusiones que a menudo se centran en temas que afectan las luchas de muchos opositores, alternativas, a menudo reformistas, a veces incluso enemigos de cualquier orden y autoridad; Entre estos temas se encuentra el de la gentrificación , una palabra que ya no es desconocida y sobre la cual nos gustaría pensar un poco.
Sobre la cuestión de las ciudades, tenemos una idea fuerte: las ciudades deben ser destruidas. Creemos que el desarrollo de la civilización y la formación de sociedades autoritarias nacen precisamente a través de la vida en común en las zonas urbanas. Con la concentración de seres humanos en aglomeraciones urbanas, la opresión de las especies humanas sobre la naturaleza y los seres humanos sobre otras especies animales se perfecciona y se hace sistemática. Estas tendencias, en realidad anteriores al nacimiento de las ciudades, dan un paso cualitativo hacia el avance de la civilización urbana: refuerza la explotación de una parte de los humanos en la otra parte.

La ciudad, como una concentración de seres humanos, tiene dos consecuencias inmediatas e inevitables: la primera es la división del trabajo, el nacimiento de la opresión de clase, la segunda es la necesidad de administrar una sociedad urbana Complejo: el nacimiento y la formación, por tanto, del estado. Por lo tanto, la explotación (al menos la de hombre sobre hombre) y el estado serían imposibles sin ciudades. Por otro lado, en las ciudades es imposible cualquier forma de vida en común liberada por la dominación del Estado y del Capital. Esto es tanto más obvio si se observa el desarrollo capitalista de los lugares urbanos. La ciudad es la cuna del capitalismo: incluso antes del capitalismo industrial, es allí donde nacieron los comerciantes, la usura y los bancos. Italiana memoria conserva: ” Borghesia ” [burguesa] es, literalmente, la población de la ” Borgo ” [pueblo]. El análisis del lenguaje también nos sugiere que una ciudad, una ciudad sin burguesía sería inconcebible.

Pero esta convicción no se basa únicamente en un juego de palabras. Al principio, el desarrollo industrial mantuvo dentro de las ciudades, que mientras tanto se convirtieron en metrópolis, la producción manufacturera. Las producciones agrícolas ya habían sido relegadas al exterior, pero las fábricas estaban en la ciudad, o viceversa, las ciudades crecían alrededor de las fábricas. Como en un clásico de Dickens. Esto influyó en las ideologías y teorías de la liberación que los oprimidos se dieron a mediados del siglo XIX.Especialmente en el caso del marxismo que el anarquismo, para ser exactos.

Hoy vivimos en una fase completamente diferente. El capitalismo también ha expulsado a la producción industrial de las ciudades. En Italia, hay ciudades como Cassino (30,000 habitantes) que tiene más trabajadores que Roma (3 millones de habitantes). Incluso si quisiéramos jugar a los defensores de la industria (que no somos en absoluto), las ciudades, especialmente las metrópolis, parecen cada vez más organismos parásitos, como tumores que comen y consumen lo que se produce. en otros lugares. La energía eléctrica, el acero sobre el que ruedan los transportes públicos, los autos, por no mencionar la comida, se producen fuera de ellos.
Esto hace que una revolución urbana sea objetivamente imposible: una fabulosa ciudad insurgente moriría de hambre y frío después de unas semanas, incapaz (y es imposible) de manejar su complejidad de una manera diferente a la del estado. Así, la utopía socialista de la expropiación de ciudades por parte de la clase obrera o de cualquier sub-proletariado urbano está muriendo. Por lo tanto, nos sorprende el intento, también dirigido por muchos oficiales y compañeros sinceramente revolucionarios, de reemplazar esta utopía socialista por una utopía libertaria de la vida urbana. Lo que se teoriza, construye, aplica por autoridad de ninguna manera puede tomarse como un ejemplo, para ser usado de una manera diferente a aquella para la cual fue concebido.
Para los anarquistas no puede haber una posibilidad de gestión “alternativa”, ni siquiera una intermediaria. El desarrollo capitalista nos pone frente a la imposibilidad objetiva de la reforma y la imposibilidad de un proyecto de autogestión de las ciudades.

La única administración posible es la dirigida por el estado, que concentra cada vez más en los grandes complejos urbanos: información sobre el cerebro, oficinas, cuarteles, símbolos, instituciones, logística y corazón administrativo. Las ciudades, y por lo tanto también las metrópolis, son por su “naturaleza” la teoría aplicada del poder constituido. Son la mismísima fenomenología del capitalismo. Basta con decir que en Francia, por ejemplo, la Gendarmería participa en el desarrollo de planes urbanos, indicando cómo deben construirse las ciudades, en términos de requisitos de control.

En este aspecto por así decirlo “masivo” y económico, hay que sumar otro, individual. La invasión tecnológica y la vida cada vez más virtual y robótica a la que están obligados los habitantes de la ciudad (la mayoría de los cuales no plantean ninguna oposición que no sea reformista) está produciendo individuos cada vez más alienados similares a aquellas máquinas cuyas Nos rodeamos cada vez más y más. Una alienación actual cualitativamente diferente de la del primer período del capitalismo. Antes, uno estaba loco porque explotado;El hecho de ser explotado podría, sin embargo, proporcionar al menos la conciencia de querer romper su estado de explotación, de querer liberarse de su alienación.

Hoy los “clásicos” explotados, aquellos que “producen cosas” no viven en las metrópolis occidentales. Los habitantes de los grandes complejos urbanos están alienados por la inutilidad, el aburrimiento y la miseria de la vida de la ciudad.

Tanto para el desarrollo capitalista de las ciudades. Muchos opositores y alternativas (a veces incluso anarquistas) han comenzado a luchar contra la modificación de los arreglos y las formas del espacio urbano, luchas contra la gentrificación . Un tema que nos deja inmediatamente escépticos y que, en nuestra opinión, no hace más que ser un sujeto intelectual en la alternativa, ya que parece que no propone la destrucción de Ciudades, pero solo estudio y resistencia a sus transformaciones.

Decir que este tema no nos interesa puede parecer superficial, un deseo derrotista de no hacer nada. El estudio de los cambios en las ciudades, como el cáncer, como el organismo vivo, es sin duda muy importante para quienes piensan que deberían ser combatidos.Entre estas cosas para estudiar, indudablemente también está el análisis de lagentrificación , ya que las ciudades no se desarrollan y no cambian al azar.

Esta es precisamente la razón por la que la gentrificación es un instrumento de esta transformación, un instrumento del poder estatal que no se puede reformar, a lo sumo se reforma a sí mismo. Con la voluntad de oponerse solo a las modificaciones de las ciudades, existe el riesgo de querer preservar y mantener partes de estas como son, con algunas de sus características sociales y económicas. Otro riesgo que se debe evitar es hablar solo de lagentrificación , olvidando la lucha por la destrucción de las ciudades , que conduciría al movimiento anarquista en las posiciones de los ciudadanos (algo que desafortunadamente ya está en parte en progreso), defensa Afrontar los ataques de la dominación que expulsa, destruye, reconstruye, controla … y nunca vamos al contraataque.

Por otro lado, si nos fijamos en los episodios más recientes de revueltas urbanas más o menos generalizadas, no podemos sorprendernos si, además de los símbolos de dominación (bancos, agencias temporales, etc.) y sus los secuaces (policía, gendarmería), que son regularmente atacados y destruidos, son el transporte público, los refugios de autobuses, los macizos de flores, las paletas publicitarias, los automóviles, los semáforos y todo lo que constituye el marco diario de nuestras vidas explotadas y alienado. Sin ofender a los que están entre las alternativas, lamentando algunas tiendas o autos en llamas.

Elegimos el camino, ciertamente no el más simple, de la destrucción total de cualquier forma y estructura de dominación existente, en una perspectiva y práctica revolucionaria y antiautoritaria. No haremos planes inmobiliarios alternativos, para el desmantelamiento planificado de este edificio en lugar de aquel, como una compañía de demolición, sino anarquista. Crearíamos otro espectáculo, opuesto al de muchas alternativas que luchan contra la gentrificación . No creemos en la des-construcción, creemos en la destrucción.


 Vetriolo n ° 1 / otoño 2017
ExtraÍdo de attaque

sábado, diciembre 8

La soledad absoluta está prohibida


“Jamás hallé compañera más sociable que la soledad.”
Henry David Thoreau


Gran parte de los viejos discursos relativamente revolucionarios partían de la primicia de un supuesto estado de soledad del individuo provocado por las condiciones dominantes, inclusive la llegaron a declarar servil a la dominación, entonces –decían- un proceso emancipador significaría indudablemente “dejar de estar solo”. Creo que la soledad no debe pensarse en un asunto práctico, sino profundamente filosófico, parte de ello consiste en no establecer a priori una relación entre “individuo” y “soledad”, puesto que cae en una serie de falacias fatales.

Antes de seguir, creo necesario no pensar en “individuo” en el sentido romántico o anarquista que le dieron notables teóricos como Émile Armand, sino como el resultado de mecanismos de subjetivización, de procedimientos de fabricación sobre el cuerpo, en otras palabras el “individuo” como una creación jurídica-disciplinaria, Michel Foucault diría que“(…) el individuo es, desde el comienzo y por obra de esos mecanismos, sujeto normal, sujeto psicológicamente normal”(1).

La sociedad efectivamente individualiza, pero a mí entender no quiere decir que nos empuje a la soledad, sino lo contrario, la mejor prueba de esto es la socialización forzosa y a la vez individualización inconsciente que producen las disciplinas que se persiguen en las instituciones sociales, principalmente para el sujeto normal: la escuela y el lugar del trabajo. El sujeto en estas instituciones es obligado a sociabilizar, pero a la vez parte de su proceso disciplinario es volverlo individuo o sujeto individual, significará estar en constante competencia y conflicto con los demás individuos; se trata de desarrollar un proceso panóptico de disciplina, los individuos socializan pero se vigilan y corrigen unos a otros, esto configura un proceso de sociabilidad normalizadora.

Parte de todas las instituciones sociales consiste en individualizar, no solo las disciplinarias; la familia o la pareja son núcleos de profunda individualización, de hecho un proceso revolucionario involucrará no reformar estas instituciones, sino destruirlas. Este mismo proceso deberá ser de desindividualización, y en ese flujo podría estar involucrado el potencial subversivo de la soledad, ya no relacionada con lo que llaman individuo, o en última instancia sujeto. De hecho parte de ser sujeto quiere decir estar atado a otros, o a su propia identidad que tampoco es autoconstruida, este tipo de esclavitud invisible no quiere decir ser sujetos solitarios, sino sujetos individuales.

Creo que se le debe reconocer un profundo potencial revolucionario a la soledad, porque ejercer una lucha por crear un flujo de soledad es una negación del presente estado de las cosas. El desertor por ejemplo es un rebelde que rompe su contrato social en pos de su alejamiento, la soledad. No puedo estar más en desacuerdo cuando se habla de que nos estamos quedando solos, como alguna vez dijo Gilles Deleuze –“…el problema no es que nos dejan solos, es que no nos dejan lo suficientemente solos.”.

“Huyamos, ya es la hora; pero te lo ruego, huyamos juntos.”
Et la guerre est a peine comencée


Tal como dije al principio, se debe pensar en soledad en su potencia filosófica, en ese sentido no es tan simple como “no estar acompañado”. Puede ser “…la soledad más poblada del mundo”(2), a favor de la desindividualización. Es por esta potencia que la soledad absoluta está prohibida, porque es un rechazo a la socialización forzosa en pos de un flujo solitario, posiblemente compartido y solidario.


Orlando S.

Notas
(1) Clase del 21 de Noviembre de 1973, El Poder Psiquiátrico, Michel Foucault
(2) Diálogos, Valencia, Pre-Textos, Gilles Deleuze (1980)


miércoles, diciembre 5

Crímenes y diablos: La pedofilia clerical


Los hechos están claros y son incontestables.

Los abusos sexuales a menores por parte de miembros del clero se han revelado como un aluvión en el espacio y en el tiempo en parroquias, colegios, instituciones y estructuras de antigua y tradicional fidelidad a la Iglesia.

Y no se sabe realmente cuánto se ha extendido el fenómeno. Con dolor y vergüenza quien ha decidido denunciar la violencia se ha encontrado con un muro de silencio de quienes teóricamente se presentan como paladines de los indefensos. La postura del vértice clerical es apabullante: ley del silencio, encubrimiento, ojos alzados al cielo e indulgencia hacia los culpables.

Curas y prelados reciclados, puestos un poco al margen o simplemente trasferidos a otra parte; víctimas y familias presionadas y obligadas al silencio, a soportarlo, a resignarse, algunas veces tras una indemnización económica. Ante la extensión del escándalo la curia romana se ve obligada a reaccionar. La máquina propagandística se pone en marcha.

Se habla de complots laicistas, de campañas denigratorias, de fenómenos marginales, de pequeños porcentajes, de casos de debilidad momentánea remediables.

Se confeccionan y se comunican fantásticas declaraciones oficiales… concentrar las acusaciones solo sobre la Iglesia falsea la perspectiva, la revolución sexual ha tenido reflejos negativos incluso en ambientes eclesiásticos. La pedofilia es un fenómeno difundido en la sociedad, por lo que la Iglesia no tiene mayor responsabilidad que los demás…

Al final un as en la manga: el diablo.

¡Ay, ay, ay! Cuando está por medio Lucifer se trata de fenómenos que trascienden los límites de la experiencia y del conocimiento humano.

Si alguien hace porquerías es por culpa de un diablo que pasaba por ahí, no de los malditos pedófilos ensotanados; nos encontramos ante un guion conocido. Lo que cuenta, sobre todo, es salvar al cura en dificultades que con su comportamiento pone de hoja perejil el buen nombre de la institución; no se piensa en primer lugar en las víctimas.

Entre diablos y rezos la jerarquía eclesiástica pide y endosa al sobrenatural culpas y remedios. “La verdad de los prelados es muy diferente de la que vivimos nosotros”, afirman muchas víctimas reunidas en asociaciones. “Estamos marcados de por vida por los abusos, preferimos definirnos como supervivientes”. Quedarse tranquilo e indiferente ante todo esto es muy difícil.

Tranquilos; los demás prelados se están empeñando en perdonar a las víctimas.


Saltamontes

Publicado en el Periódico Anarquista Tierra y Libertad, octubre de 2017

domingo, diciembre 2

Las renovables no son la solución. Carta abierta a los compañeros ecologistas

 
Extraído de Briega

La tierra no se está muriendo, está siendo asesinada. Y «las energías limpias» no hacen más que empeorar la situación.

Probablemente debería empezar presentándome a mí mismo. Mi nombre es Alex y soy un antiguo defensor de las energías renovables en vías de recuperación. Durante años, fui víctima de la desesperación y la esperanza; realicé solicitudes y dialogué, grité consignas e hice campañas; rebosaba de entusiasmo ante la perspectiva de unos «empleos verdes» y una «economía basada en las energías renovables». Aún veo una buena parte de mí mismo en muchos de vosotros.

Sé lo que es. Sé exactamente qué se siente al mirar alrededor y ver un mundo que no sólo está muriendo sino que está siendo asfixiado, torturado y mutilado, sacrificado en el altar de los beneficios y la producción. Como muchos jóvenes hoy en día, yo sé lo que es temer al futuro, temer por mi futuro. Yo, al igual que muchos de vosotros, he leído todos los estudios e informes que se necesitan para saber lo que se avecina; qué desastre, completamente desbocado, galopa pisándonos ya los talones.

Sé lo que es querer escapar, encontrar un camino que nos lleve fuera de este desierto de desesperación hacia algo, lo que sea, que nos saque del fatal curso que está siguiendo nuestra sociedad, alguna solución simple, el tipo de idea cuerda que hasta un político podría apoyar.

Al igual que muchos de vosotros, he pensado durante años que la «energía limpia» era la respuesta a la desesperación que pesa a diario, cada vez más, sobre nuestros hombros y consciencia colectivos. Parecía realista. Parecía factible. Parecía bonita. Y, lo más importante, yo creía que salvaría el planeta.

Y estuve completamente dedicado a ella. Cuando tenía 14 años, me sumé como voluntario al Proyecto Clima,[b] una organización de base para la educación acerca del cambio climático creada por Al Gore para «concienciar a las masas» acerca de la amenaza del calentamiento global. Estuve yendo a las aulas, a las iglesias y a los centros comunitarios durante años, predicando la buena nueva de la energía «verde» y que lo que necesitábamos era elegir a algunos demócratas[c] compasivos. Escribía cartas al director, esperando inspirar así a la gente para que se volviesen votantes concienciados del cambio climático. Iba a reclamar al ayuntamiento de la ciudad y organizaba protestas para exigir que las autoridades sustituyesen la central térmica local de carbón por alguna fuente de energía renovable más propia del siglo XXI.

Podía verlo en mis sueños y en las representaciones artísticas de los aspirantes a promotores. Grandes y blancos molinos de viento salpicados a lo largo de las llanuras y praderas onduladas, llevando a cabo lenta y suavemente sus obedientes rotaciones y revoluciones, en sí mismos una revolución limpia y verde. Todos los edificios podrían estar provistos de paneles solares y, para un ciclista que pasase cerca, el azul profundo de los dispositivos fotovoltaicos se extendería como la superficie de unos océanos a los que ya no asfixiaría el petróleo. Era bonito.

Desgraciadamente, nada de ello era —ni es— verdad. Esas visiones y ensoñaciones eran, y son, totalmente ajenas a la realidad, ya que nada surge del vacío.

Mis sueños no incluían a las decenas de aves migratorias y murciélagos masacrados cada año por los molinos eólicos,1 cuyas muertes no pueden ser justificadas con mi deseo de ver «Jersey Shore».[d]

Mis sueños no incluían el hecho de que las condiciones del sol y del viento están siempre cambiando y los sistemas de generación «renovables» han de combinarse con sistemas de generación basados en combustibles fósiles cuando el viento para o el cielo se nubla.2

Ni incluían la extracción de los minerales necesarios para construir esas máquinas mágicas de producción de energía, la cual destruye montañas y paisajes para siempre, vertiendo mercurio y plomo en las cuencas hidrográficas.

No incluían los residuos radiactivos y cancerígenos producidos por la fabricación de los generadores eólicos, ni a los campesinos chinos que han visto cómo sus tierras, animales y familias caían como moscas a causa de la contaminación.3

Tampoco incluían el inevitable dilema de un sistema económico que requiere un crecimiento constante e infinito en un planeta que en realidad es finito (y que, por tanto, tiene reservas finitas de galio, indio y silicio).

Mi mundo perfecto no lo era tanto; sin embargo, por alguna razón, no quería reconocer el hecho de que un mundo alimentado por energía solar y eólica (o por energía hidroeléctrica o geotérmica, o por biocombustibles, o por cualquier otra de las potenciales fuentes de las que tanto se oye hablar) sería inevitablemente un mundo con una infraestructura minera industrial global, junto con toda la terrible contaminación y los problemas que ello conlleva. También sería, necesariamente, un mundo con una producción industrial global. Y sería, de nuevo ineludiblemente, un mundo con una infraestructura global de transporte.

Ahora, detengámonos por un momento. Todas estas cosas son aquello contra lo que hemos estado protestando, los proyectos destructivos contra los que ya estábamos entablando —y perdiendo— batallas. La minería, la producción y el transporte global —son todos ellos inherentemente destructivos y contaminantes.

Durante los últimos 5 años, he estado creyendo en la «audacia inspiradora» de las energías renovables con una pasión que rivalizaba con la de Al Gore o Bill Mckibben.

Ahora bien, ¿a dónde nos lleva predicar la santísima trinidad de «la eólica, la solar y la hidroeléctrica» porque creemos que ofrecen alivio a una biosfera que ya está colapsando?

Os autodenomináis ecologistas; os autodenomináis guardianes, protectores y defensores contra los caprichos de la Exxon-Mobil. Sin embargo, ¿qué es lo que estáis defendiendo? ¿La civilización? ¿La economía? ¿Ese mundo de plástico estéril que hoy llamáis hogar?

¿O estáis defendiendo —con vuestras palabras, acciones y cuerpos— la vida? Quizá, al igual que algunos de nosotros, estéis luchando por un mundo en el cual vuestros hijos puedan respirar el aire y beber el agua; un mundo en que sus cuerpos no se vean bombardeados con productos químicos cancerígenos desde el día en que nazcan. Quizá, lo que deseáis es un mundo sin deforestación, un mundo donde los bosques sean reconocidos como las comunidades vivientes que son. Quizá queréis un mundo que no sea destruido, sino que esté más vivo cada año que pase.

En palabras de otro antiguo medioambientalista en vías de recuperación, «destrucción menos carbono no es igual a sostenibilidad».4 Destrucción menos carbono sigue siendo destrucción, y es la destrucción en lo que se basa la civilización industrial.

Erigir turbinas eólicas no detendrá la deforestación sistemática de la Costa Noroeste de Norteamérica ni la desertificación del Amazonas; no detendrá el agotamiento de los pozos de agua dulce en la India; no impedirá que los arrastreros acaben con la vida de los océanos ni que ésta sea reemplazada con plástico; no hará que la Monsanto deje de hacer lo que hace.

Construir generadores eólicos nos obligará, sin embargo, a destruir cadenas montañosas enteras con explosivos y buldóceres para obtener los minerales y metales necesarios; creará lagos de 5 millas de ancho llenos de lodo cancerígeno y radiactivo que se filtrará en la tierra, envenenando a los animales y a la gente, y matará a millones de aves cada año.

Casualmente, también exigirá la construcción y el mantenimiento de centrales térmicas de carbón o gas natural, ya que la constancia de la producción eólica no es de fiar.5

De ahí que me resulte difícil ver que la energía eólica vaya a traer NINGÚN bien.

Con la solar pasa lo mismo.

Cubrir el sudoeste estadounidense o el Sahara con dispositivos fotovoltaicos y llenar el mundo de cables no impedirá que los cultivadores de algodón de Arizona extraigan hasta la última gota de agua del río Colorado; no hará que los vivisectores dejen de torturar perros, gatos, conejos, monos y otras innumerables criaturas en nombre del «progreso»; no detendrá la incesante marcha de las ciudades ni la expansión del desarrollo a través de los pocos lugares salvajes que quedan en este mundo.

Sin embargo, estos mismos paneles solares expandirán la esclavitud en el Congo.6Requerirán[e] una infraestructura industrial global de transporte y producción. Promoverán más aún el imperialismo económico.2

Y al igual que ocurre con esas mesiánicas turbinas eólicas, la producción de los dispositivos fotovoltaicos solares es impredecible e inconstante, lo cual significa que, ¡de todos modos tendremos que mantener nuestras fuentes de energía basadas en los combustibles fósiles!2

Ya va siendo hora de acabar con las mentiras. Es hora de ver el apoyo a las «energías renovables» como lo que realmente es: la continuación de un sistema económico y social dominador y opresivo que asesina y esclaviza a la gente a lo largo del mundo y que está destruyendo y desmantelando sistemáticamente la vida en la tierra.

Por mucho que duela hay que decirlo: la energía renovable destruirá el mundo natural con tanta certeza como la Chevron. No existen soluciones industriales o tecnológicas para la maquinaria de muerte de la sociedad industrial que está devorando todo lo que queda de los sistemas de soporte de la vida más importantes y básicos de este planeta —nuestro planeta.

Antes de la llegada de la civilización industrial a este continente,[f] se podía respirar el aire y beber el agua. Tras sólo 500 años, todas y cada una de las madres del mundo tienen dioxina (un producto químico normalmente considerado «el más tóxico del mundo») en la leche de sus pechos, el 98% de los bosques han sido destruidos, la mitad de los hombres y un tercio de todas las mujeres de la actualidad tendrán cáncer,7 y el Río Colorado ya no llega al océano. Ni los parques eólicos ni Solartopía® van a arreglar ninguna de estas cosas.

No podemos permitirnos perder más tiempo ni energía. Hemos de afrontar la realidad de nuestra situación: que la civilización industrial se basa en la muerte del mundo natural y vivo.

Para nosotros la pregunta ahora es, ¿queremos secadores de pelo o queremos agua limpia? ¿Queremos televisores HD o queremos aves migratorias? ¿Queremos tener a nuestro alcance diez episodios de Los Simpson con un clic de ratón o queremos montañas? ¿Queremos dispositivos para leer libros electrónicos o queremos un mundo sin lagos de desechos radiactivos? ¿Queremos nuestros modos de vida privilegiados y basados en el consumo o queremos un planeta vivo? Porque, a pesar de nuestras ensoñaciones y delirios, no podemos matar este planeta y a la vez vivir en él.

Escribo esto como una carta abierta a los ecologistas, pero, si he de ser honesto, no es realmente una carta abierta. Muchos de vosotros (probablemente la mayoría) seguiréis pidiendo que se desarrollen estas formas de energía insostenibles, a pesar de saber que hacerlo es pedir la muerte para las aves migratorias, los arroyos no contaminados (los poquísimos que quedan), los campesinos chinos y, en el fondo, para todo lo que queda del mundo vivo. Muchos de vosotros no queréis un modo de vida realmente sostenible, sino sostener una civilización funcionalmente insostenible. En muchos casos, vuestros salarios e identidades personales dependen de las «energías limpias», y no os atrevéis a ponerlos en cuestión. Y, para mí, esto es increíblemente triste y descorazonador, dado que conozco a mucha gente así. De modo que esta carta no está escrita para vosotros.

Esta carta está dirigida, con la mayor intimidad, a aquellos de vosotros que sois como yo. A quienes anheláis un mundo justo, sin cáncer ni lagos de lodo tóxico; sin imperialismo ni aves asesinadas. Esta carta está dirigida a aquellos que deseáis un mundo vivo, a aquellos que sabéis, en lo más hondo de vuestros corazones, que las necesidades del mundo natural DEBEN estar por encima de las necesidades del sistema económico.

En fin, sólo puedo hablar por mí mismo. Sé lo que he elegido: he elegido un mundo que tenga truchas y bisontes salvajes. He elegido un mundo con montañas. He elegido un mundo en el que pueda respirar el aire, beber el agua y ver las estrellas por la noche. He elegido un mundo con más mariposas monarcas[g] cada año. He elegido un mundo donde nadie tenga que morir o ser asesinado para que yo pueda jugar a Fantasy Football[h] —y si esto implica un mundo sin videojuegos (ALERTA DE AGUAFIESTAS: lo implica), que así sea.

Nuestra fantasía colectiva de la energía renovable como la salvadora que viene a perdonarnos nuestros pecados es sólo eso, una fantasía, y, lo queramos reconocer o no, este modo de vida se acabó y la «energía limpia» es completamente incapaz de salvarlo.

El industrialismo, con sus imperativos del crecimiento y la producción debe ser abandonado. Aquellos sistemas que están destruyendo el planeta —la agricultura industrial, las industrias extractivas (minería industrial, pesca industrial, explotación forestal industrial, etc.), la infraestructura basada en los combustibles fósiles y los sistemas de poder explotadores- deben ser estratégicamente desmantelados y sustituidos por culturas independientes, basadas en la democracia directa y que estén completamente integradas en sus territorios básicos y sus ecosistemas locales. La Tierra no puede permitirse otra alternativa, porque cualquier otra alternativa supone dejar que la cultura dominante consuma lo que queda del mundo natural.

Preservar la vida —entendiéndola en cualquier sentido serio de la palabra— requerirá poner fin al supuesto derecho a vivir de un modo que destruya los sistemas vivientes de la Tierra. Como dice Lierre Kieth, «Para que ‘sostenible’ signifique algo, hemos de aceptar y defender la verdad pura y dura: el planeta es lo principal. El resultado producido por la vida de un millón de especies es, literalmente, la tierra, el aire y el agua de los que dependemos … si usamos el término ‘sostenible’ y no nos referimos a eso, entonces somos unos farsantes de la peor calaña: del tipo de los que permiten que sucedan atrocidades mientras observan sin hacer nada».8

¿Qué es lo que queréis? Porque no se puede tener todo.

¿Dónde trazáis la línea? Porque en el fondo no puede haber justicia —para los seres humanos o para la tierra— en una sociedad industrial.

¿Hacia dónde se inclina vuestra lealtad?

Estas no son cuestiones teóricas, son algunas de las cosas más importantes que necesitamos preguntarnos a nosotros mismos justo ahora. ¿Qué es sagrado para vosotros: un mundo vivo o la calefacción central? Susurrad esta pregunta a vuestros corazones. Es el momento de responderla.

Y es el momento de actuar en base a dicha respuesta, de dar forma a nuestros propósitos y forjar la resistencia, de plantar nuestros pies firmemente en la tierra y de defender nuestro único hogar con nuestras vidas. Porque nada más lo hará.

 
Notas:

1.Canada Free Press. Spanish wind farms kill 6 to 18 million birds & bats a year.http://www.canadafreepress.com/index.php/article/43904 (según acceso del 5 de marzo del 2012).

2.Leith, Lierre, Aric McBay y Derrick Jensen. “Other Plans.” En Deep Green Resistance: Strategy to Save the Planet, 201-204. Nueva York: Seven Stories Press, 2011.

3.Parry, Simon y Ed Douglas. In China, the true cost of Britain’s clean, green wind power experiment: Pollution on a disastrous scale. Mail Online. http://www.dailymail.co.uk/home/moslive/article-1350811/In-China-true-co… (según acceso del 5 de marzo del 2012).

4.Kingsnorth, Paul. “Confessions of a Recovering Environmentalist”, en Orion Magazine. http://www.orionmagazine.org/index.php/articles/article/6599 (accessed March 5, 2012).

5.American Daily Herald. Two-year Study in UK Finds Wind Power Unreliable and Inefficient. http://www.americandailyherald.com/world-news/europe/item/two-year-study… (según acceso del 5 de marzo del 2012).

6.Leslie, Zorba, Jody Sarich, and Karen Stauss. “The Congo Report: Slavery in Conflict Minerals.” Free the Slaves. www.freetheslaves.net/Document.Doc?id=243 (según acceso del 4 de marzo del 2012).

7.American Cancer Society, Inc.. “Lifetime Risk of Developing or Dying From Cancer.” American Cancer Society. http://www.cancer.org/Cancer/CancerBasics/lifetime-probability-of-develo… (según acceso del 7 de marzo del 2012).

8.Keith, Lierre, Aric McBay, y Derrick Jensen. “The Problem.” En Deep Green Resistance: Strategy to Save the Planet, 25. Nueva York: Seven Stories Press, 2011.

[a] Traducción a cargo de Último Reducto de “An Open Letter to Fellow Environmentalists” publicada el 29 de marzo del 2012 en la página “web” Deep Gren Resistance Colorado: https://deepgreenresistancecolorado.org/resistance/strategy/an-open-lett…

N. del t.

[b] “Climate Project” en el original. N. del t.

[c] En el panorama político estadounidense, y salvando las distancias, “demócrata” viene a significar algo similar a “socialdemócrata” en Europa. N. del t.

[d] “Jersey Shore” es el título de un programa tipo “reality show” emitido por la cadena MTV. N. del t.

[e] “They (I say “they” as if solar panels were somehow more alive and sentient than the very real and very living beings whose homes are destroyed to make room for them) will require…” en el original. Es difícil traducir la frase del paréntesis y que se entienda con el sentido que el autor pretendía, quizá no muy afortunadamente, darle en inglés: que, si no se tiene cuidado, se puede acabar pensando en las tecnologías “verdes” como algo tan natural y ecológico como los propios hábitats y especies destruidos por ellas, ya que el ecologismo, demasiado a menudo, tiende a considerarlas partes “buenas” y “limpias” del “medioambiente”. De modo que se ha optado por eliminar el paréntesis en la traducción y añadir esta nota. N.del t.

[f] El autor es estadounidense. N del t. miembro de Deep green resistance Colorado.

[g] Danaus plexippus. Lepidóptero migratorio natural de América del Norte, aunque reside también en las Islas Canarias, las Azores y Madeira, y aparece ocasionalmente como migrante transatlántico en Europa Occidental. N. del t.

[h] Nombre de un videojuego. N. del t.