Cuando la multitud hoy muda, resuene como océano.

Louise Michel. 1871

¿Quién eres tú, muchacha sugestiva como el misterio y salvaje como el instinto?

Soy la anarquía


Émile Armand

jueves, julio 29

Poema de rodillas

 

Mi madre me enseñaba a fregar de rodillas,

La línea que separaba nuestro suelo del vecino,

Recta, marcada, más blanca la madera, que se note que somos

Las que mejor fregamos, de rodillas.

Las monjas me enseñaban a rezar de rodillas, a confesar de rodillas

Y de rodillas los castigos que sanan, eso decían.

Los hombres querían que fuera de rodillas por sus normas,

De rodillas pidiendo su permiso

De rodillas en el trabajo, no fueras a perderlo, me avisaban

De rodillas pidiendo mis derechos.

De rodillas escribiendo en el templo de las palabras

Siempre creyendo que el mundo era el alto muro de un cementerio.

A nadie puede extrañarle que cuando conseguí ponerme en pie

y mirarlo cara a cara

no pudiera contener mi alegría

viendo lo alta que yo era en realidad.



                                  Begoña Abad. Madre. Ed. Pregunta, 2021

lunes, julio 26

La nueva normalidad (III)

 


Tercera y última parte de la trilogía de Eduardo Romero para Nortes:

 

“Las instituciones están tan atravesadas por el disciplinamiento que son incompatibles con los cuidados”.

Paz Francés Lecumberri

 

Un hombre vive desde hace años en una comunidad terapeútica. Entre sus temores se cuentan el ébola, una invasión extraterrestre y los microchips espías. De unos meses para acá, grita por los pasillos: “¿Visteis? ¡Ya os lo decía yo!”

Mi amiga, la que trabajaba de puta, acabó dejando el piso de contactos. Llegada la segunda ola, por allí no pasaba ni dios. Encontró entonces un curro de unas pocas horas. La cosa iba de limpiar un piso tres veces por semana. Al menos le serviría para ir tirando, pensaba. Pero lo cierto es que le duró dos días. Los que tardó el presidente de la comunidad en montarle un pollo a la propietaria del piso. ¿Es que no te has enterado? Hemos prohibido que personas ajenas al edificio entren aquí mientras dure la epidemia. Mi amiga, sin papeles, ha preferido largarse antes que meterse en un lío.

Inocencio, tras un semestre augurando que el bicho le iba a alcanzar, empezó a sentir fatiga. El revuelo en su residencia ya se había montado días antes, a primeros de octubre, cuando anunciaron el brote y comenzaron las pruebas.Faen una operación en la nariz que te hace estornudar más que dios”. A Ino pronto se lo llevó una ambulancia. No tenía fiebre, pero sus pulmones, llenos de cicatrices tras décadas respirando polvo en la mina, necesitaban un extra de oxígeno. Pasó diez días hospitalizado. A sus ochenta y siete años, le han dado el alta y está de vuelta en casa. Ahora ya sabe que algunos residentes han muerto. No todos por el virus. Un viejo murió deshidratado. El anciano, demenciado, no pedía agua y, en medio de aquel jaleo, a nadie se le ocurrió darle de beber.

También echa de menos el periódico, para entretenerse un rato. Lo ha pedido, pero le han dicho que no está permitido

A Inocencio le han cambiado de habitación. Está en cuarentena. Tiene prohibido salir. Su ventana da a un patio estrecho. Echa de menos unas vistas. También echa de menos el periódico, para entretenerse un rato. Lo ha pedido, pero le han dicho que no está permitido. También están prohibidas las visitas, aunque aún dan de paso esos maravillosos tápers que le prepara su sobrina. Inocencio ve por la tele el parte, películas del oeste, series de policías… “Nunca fui de iglesia, cuando echen misa, doy al botón del mando y cambio de parroquia”. Habrá que ver cómo camina, con su prótesis de cadera, cuando le dejen salir al pasillo. “Afatígome mucho y la pata duelme más que antes. Tanto tiempo equí metío, toi bajo de moral”, afirma desde su encierro.

Entre todos estos ancianos, quizá habrá quienes piensen: “mejor vivir menos pero vivir mejor”.

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De unos meses para acá, todos los días se diagnostican patologías graves con terribles retrasos. “No estoy preparado para decirle a gente de cuarenta y tantos que tiene un tumor en la cabeza o en el estómago y le quedan pocos meses de vida”, afirma un médico de urgencias.

Una mujer de sesenta años ingresa en el hospital con un edema agudo de pulmón. La causa es una disfunción de una de las válvulas del corazón. Normalmente, la operación se programa en los siguientes diez o quince días. Esta vez se fechó siete meses después. La mujer sufre una complicación. Ingresa muy grave en el hospital. Un médico trata de reanimarla durante tres horas. La paciente acaba muriendo. Cuando, sudoroso y agotado, el médico sale a dar la fatal noticia a la familia, le espetan: “eres un asesino”. Él, cabizbajo, se va por el pasillo diciéndose: “yo no la he matado, pero nuestro sistema de salud, sí. Esta mujer podía haber vivido veinte o treinta años más. Su familia tiene razón”.

En este hospital, un grupo de médicos y médicas ha decidido que los seres queridos de los pacientes que se están muriendo podrán acompañarles en sus últimos momentos. Se lo han comunicado a su jefa y la han retado a que, si lo considera oportuno, les denuncie. A veces, sobre todo cuando el paciente moribundo es un anciano, preparan el box para un familiar que nunca llega.

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Detectan una variante diabólica que nos va a extinguir como especie. Muere por coronavirus un hombre que negaba el virus, y su padre, y su madre, y también todos sus hijos. Se descubre un tratamiento en la universidad tal y tal que cura el coronavirus en veinticinco segundos. La vacuna inglesa tiene una efectividad del noventa y dos por ciento. La rusa, del noventa y cinco. Pronto aparecerá una vacuna con una efectividad del ciento cincuenta por ciento.

Cuando ciertas epidemias no afectaban a Occidente, no hacían falta sofisticados modelos de medición de riesgos

Pincha aquí y comprobarás, mediante un simulador, en cuántos minutos se contagia el virus por aerosoles en una estancia de veintiséis metros cuadrados. Pincha este otro enlace para calcularlo en función del grado de apertura de las ventanas y de ciento veintitrés tipos de mascarillas.

Se descubre una mascarilla que extermina el virus antes incluso de que te la pongas.

Cuando ciertas epidemias no afectaban a Occidente, no hacían falta sofisticados modelos de medición de riesgos para internautas ociosos.

No hacía falta, en fin, tanto teatro.

Camino por una caleya. Aquí, en medio del monte, una señora se me acerca a medio metro para increparme por no llevar mascarilla. Más adelante, una pareja no me dice nada, pero se aprieta contra un muro como si se cruzara con la misma muerte. Veo un corredor que se acerca. Cuando llega a la altura de la pareja, ésta no hace los mismos aspavientos para apartarse. Al fin y al cabo, correr sin mascarilla está permitido. Es lo prohibido lo que es contagioso. Es lo prohibido lo que mete miedo.

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Aquí, en medio del monte, una señora se me acerca para increparme por no llevar mascarilla

En 2020, han muerto en el mundo unos dos millones de personas que han dado positivo en una prueba de coronavirus.

Según la OMS, en 2018 fallecieron por malaria cuatrocientas treinta mil personas, todas en los países del Sur. El setenta por ciento eran menores de cinco años.

Las muertes relacionadas con el VIH alcanzan el millón anualmente -cuarenta millones en los últimos cuarenta años-; también se producen en el Sur global en la inmensa mayoría de los casos. En África – el continente en el que está más extendida la epidemia– mujeres, niños y niñas son las principales afectadas.


La OMS considera que nueve de cada diez personas respiran aire contaminado y cerca de siete millones al año mueren por la exposición a las partículas finas contenidas en el mismo. Hay estudios que elevan la mortalidad hasta los nueve millones anuales. Más de una cuarta parte de las muertes de menores de cinco años se deben a la contaminación ambiental.

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En diciembre de 2020, Canadá había comprado ya seis vacunas por habitante. EEUU y Gran Bretaña, más de cuatro. La Unión Europea, casi dos y media por persona. Las compras no se han detenido desde entonces, así que estas cifras han seguido engordando. Primero Salvador Illa y después Carolina Darias, al frente del Ministerio de Sanidad español, han cerrado filas con el discurso de la UE respecto a las patentes. Se trata de garantizar los obscenos beneficios de esos buitres carroñeros -pobres buitres- que son las multinacionales farmacéuticas. Por lo visto, se pueden defender las patentes y, al mismo tiempo, cultivar una imagen amable, conciliadora, educada, de un civismo inmaculado. Illa ofrecía, a falta de vacunas, dosis de palabrería: “Nadie quiere dejar atrás a nadie. Es un ejercicio de justicia y de solidaridad.” Al tiempo que el entonces ministro prometía que el setenta por ciento de la población española estaría vacunada este verano, COVAX, el programa de la OMS al que apelaba Illa, se ponía como objetivo para esa fecha -habrá que verlo- la vacunación del tres por ciento de la población de los países más pobres. “Seguimos oyendo hablar de países de altos ingresos que expresan su apoyo a COVAX en público, pero que en privado firman contratos que lo socavan, ofreciendo precios más altos y reduciendo el número de dosis que puede comprar COVAX”, señalaba el director de la OMS. Esta institución se ha visto obligada a hablar de un “fracaso moral catastrófico”.

Se trata de garantizar los obscenos beneficios de esos buitres carroñeros que son las multinacionales farmacéuticas

Mientras, Israel, el país más rápido en vacunar a su población, marca también tendencia, a costa de los palestinos, respecto a lo que significa el apartheid de las vacunas.

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Al parecer, el exceso de muertes provocado por la sindemia[1] en España -se dice que unas ochenta mil personas hasta el momento, un veinte por ciento más que un año normal-, ha supuesto que la esperanza de vida se reduzca en dieciocho meses. En España, ésta se situaba en 2018 en ochenta y tres años y medio, así que habrá bajado a ochenta y dos. Es, en todo caso, una media: no es lo mismo vivir y morir en el barrio de Salamanca de Madrid que en cualquier campamento de chabolas. No es lo mismo ser propietario absentista que trabajar de temporera dentro de un invernadero.

En Somalia, la esperanza de vida antes del coronavirus era de cincuenta y siete años. La hambruna de 2011-2012 provocó, según Naciones Unidas, 258.000 muertes; la mitad eran menores de cinco años. En amplias zonas del país murieron el diez por ciento -el diez por ciento- de las niñas y niños en esa franja de edad. Flipas cómo baja la esperanza de vida en un país cuando mueren miles y miles de criaturas. Y no te imaginas la cantidad de veces que, al tiempo que hay una hambruna, continúan las exportaciones de alimentos del país en el que se sufre.

Cosas de la industria alimentaria.

En Nigeria, la esperanza de vida es de cincuenta y cuatro años. En la región petroleada del Delta del Níger, sin embargo, no llega a los cincuenta. Verter petróleo durante más de medio siglo en los ríos, en los manglares, en los acuíferos, reduce la esperanza de vida un porrón de veces más que el coronavirus. No durante un año o dos, sino generación tras generación.

Cosas de la vieja normalidad.


 

[1]Concepto creado por Merril Singer a finales del siglo XX y que se ha traído a colación en diversos artículos para poner el acento en la concurrencia del coronavirus con otras enfermedades no transmisibles, pero sí muy condicionadas por la pobreza, las deficiencias de los sistemas de salud, las condiciones generales de vida (alimentación, vivienda, niveles de contaminación del entorno, etc.).

 

Eduardo Romero

https://www.nortes.me 

 

 

viernes, julio 23

La nueva normaildad (II)

 


“(…) una narrativa molecular que retrata la enfermedad en gran medida en términos de un conflicto entre el virus y la inmunidad, entre la evolución viral y la capacidad de la humanidad para producir vacunas y antivirales adecuados, entre el rojo natural de la glucoproteína y el blanco de la bata de laboratorio. Los paradigmas compiten entre sí -quizás por sus beneficios políticos, comerciales o institucionales-, resultando difícil articular otra narrativa. (…) ¿Qué hay del contexto más amplio del virus?” (2009)

“Al hacer capitalista a la naturaleza se hace que el capitalismo sea algo natural. Las disparidades en la salud surgen de nuestros genes o de nuestras entrañas, no de los sistemas de apartheid” (2012)

“De hecho, siguiendo al geógrafo Jason Moore, la producción capitalista no tiene una epidemiología, sino que más bien es una epidemiología” (2015)

Utilizar la crisis del coronavirus para probar los últimos métodos de control autocrático es un sello distintivo del capitalismo del desastre. En lo que respecta a la salud pública, prefiero atenerme a la confianza y la compasión, que son variables importantes en una epidemia. (2020)

[todas son citas de Rob Wallace, autor de Grandes granjas, grandes gripes. Agroindustria y enfermedades infecciosas (Capitán Swing, 2020)]

 

El coronavirus es un gran promotor del civismo. Ayer la policía intervino en Gijón en una casa en la que se juntaban veintiocho gitanos. Migrantes y gitanos. Gente que se toca todo el rato, que se abraza, que grita y mete ruido. El virus se contagia mucho más si gritas y te magreas. El civismo europeo, por el contrario, es de naturaleza silenciosa e individualista. Nada de apelotonarse o tocarse, nada de dar voces. Los cívicos agentes de las multinacionales firman desde su teléfono la destrucción de los humedales de toda una región. Se saludan con el codo mientras acaparan millones de hectáreas de una antigua colonia. Talan un bosque desde Londres, y plantan en él palma africana. Agujerean una montaña para abrir una mina. Deslocalizan en el Sur industrias distópicas que producen decenas de millones de cerdos y de pollos. Luego echan la culpa del origen del ébola y del coronavirus a los murciélagos y a los pangolines. Y miran con horror a esa gente que, venida de cualquier rincón del mundo, no sabe lo que es el civismo.

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Los milicos siempre han cuidado de nosotros. En Somalia, protegen desde hace años a los mercenarios que ametrallan piratas autóctonos. Garantizan de ese modo que en las cartas de nuestros restaurantes siga abundando la ventresca. En Oriente Medio y en el golfo de Guinea, sus batallas contra terroristas y piratas, o contra piratas terroristas, aseguran el tránsito libre e ininterrumpido de petróleo. Tránsito libre e ininterrumpido quiere decir que el petróleo que antes estaba allí, en el subsuelo, ahora está aquí, en los depósitos de nuestros coches y de nuestras calefacciones. Como por arte de magia.

Lo cierto es que ahora, en la nueva normalidad, los milicos nos cuidan también sin necesidad de salir de casa. Desde que las pandemias han saltado la valla y son también cosa de España, no han parado de desinfectar calles, instalaciones, hospitales. También han protagonizado millones de ruedas de prensa. Lo de desinfectar calles algún día lo tendrán que explicar. Yo, por el momento, no encuentro evidencia científica, tan sólo evidencia propagandística. Y, ejem, las ruedas de prensa ya las describió César Rendueles: sermones cuartelarios desechados del guion de La escopeta nacional.  “Por el momento no se contempla ningún despliegue de las Fuerzas Armadas para hacer cumplir las restricciones de movimiento”, llegó a decirse en Madrid. Cuando se dé ese momento, si se da, esperemos que no confundan a la gente con piratas, esos subhumanos de tierras ignotas.

 

 

Últimamente, los milicos también se han convertido en rastreadores. Desde el cuartel Cabo Noval, en las cercanías de Oviedo, cuarenta y cinco militares se dedican a hacer llamadas telefónicas. Los periódicos publican reseñas épicas de estas misiones. Quienes dedicaban su jornada laboral -cuentan los periodistas- a hacer simulaciones de combate, ahora forman parte de un call center. Los publirreportajes no pagados narran la delicada, empática y cuidadosa tarea que acometen. También dejan caer “que la crisis sanitaria obliga a facilitar la tarea de rastreo y a no ocultar información”. Esto quiere decir que, si te llaman del cuartel, tienes que contar tu vida y la de los tuyos a ese teniente que antes hacía simulaciones de combate, es decir, preparativos para matar en Afganistán, Irak, Somalia, Nigeria.

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Con el fin de dotar de medios a las tropas españolas, el gobierno ha aprobado recientemente un gasto de 2.100 millones de euros para construir 345 blindados de combate. El mayor contrato de la historia del Ejército de Tierra, dice el flamante titular. Los 8×8 cuentan “con alta capacidad de protección, letalidad y movilidad operacional”. Que tengan una alta capacidad de letalidad quiere decir que pueden matar mucho. Cada carro pesa el equivalente a quince coches. A estos armatostes, obviamente, también los mueve el petróleo. Entre las empresas beneficiarias del suculento contrato, se encuentra Indra, la gran multinacional española de la industria de las fronteras. También la estadounidense General Dynamics. Esta última tiene una fábrica en Trubia. En Asturias, el contrato ha sido una de las noticias del verano. Tú no sabes el mogollón de empleos que garantiza. Sindicatos e izquierdistas lo han celebrado a lo grande.

Por cierto, con el dinero de un blindado, si no me equivoco, se cubre el gasto sanitario de casi trescientas personas internadas en la UCI una media de treinta días. Así que el presupuesto del contrato -más alto que todo el gasto sanitario asturiano del año 2020- daría para doscientas mil personas en cuidados intensivos. Recientemente, el presidente de Asturias Adrián Barbón, ha desglosado las compras extraordinarias realizadas este año con motivo de la pandemia: equipos de protección, respiradores, camas UCI. El esfuerzo alcanza el equivalente a tres blindados y medio. Así que aún quedarían trescientos cuarenta carros de combate. Mientras, estamos verdaderamente desesperadas porque hay algo más de cien plazas de UCI ocupadas por personas contagiadas.

Adrián Barbón, por cierto, ruega encarecidamente que nos quedemos en casa el mayor tiempo posible. El ministro de Sanidad insta también a la reducción de la movilidad. Mientras, el ministro del Interior, para dar ejemplo, ha programado vuelos de deportación a Mauritania, Marruecos, Colombia, República Dominicana. Y es que, por lo visto, las deportaciones son una actividad económica esencial. Que se lo digan a Air Europa, esa empresa que ha llenado los bolsillos de la familia Hidalgo con el sucio negocio de las expulsiones y ahora va a ser rescatada por el gobierno de España.

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En un instituto asturiano, las clases están a punto de empezar. Un día antes, se convoca a las familias a una reunión con un solo punto en el orden del día: el régimen de sanciones. Serán expulsados por un día quienes cometan una falta leve. Una falta leve es, entre otras, bajarse la mascarilla. Serán expulsados por una semana quienes cometan una falta grave. Una falta grave es, por ejemplo, chupar el boli de una compañera. Dando ideas a las familias objetoras, piensa una madre: niño, tú cuando llegues a clase chupa todos los bolis y seguro que te expulsan hasta junio.

Sindicatos e izquierdistas han celebrado a lo grande los nuevos contratos para la fábrica de armas de Trubia.

Las clases comienzan. Mesas separadas por la distancia social estipulada. Nadie puede moverse de su sitio durante la clase. Prohibido tocarse. Los primeros días, en el recreo, chavales y chavalas se sientan en el patio, en filas, guardándose metro y medio de separación. Prohibido jugar. A las pocas semanas, se establecen cuadrículas dentro del patio. Cada grupo tiene que restringir su movimiento a la zona que le ha sido asignada. Se imprimen carnets individualizados. Foto, número de identificación escolar, nombre y apellidos, domicilio, curso, grupo. A un alumno le han pedido seis veces su pasaporte en una misma mañana. Si te identifican fuera de tu cuadrícula, estás expulsado. También está prohibido caminar por el pasillo sin la compañía de un profesor. Ni para ir al baño. Si lo haces y te pillan, también te mandan para casa.

(No sé por qué me da que este instituto no está en el centro de la ciudad. Más bien me huele que es uno de esos en los que abundan los hijos e hijas de familias incívicas y gritonas).

Cuando llueve, el recreo se hace en el aula. Simplemente, se para la lección y se descansa en el pupitre. Los chavales sacan sus móviles y comienzan a enviarse guasaps. Y montan grupos de tres para disputar batallas en videojuegos contra equipos de desconocidos.

A un alumno se le ha olvidado el boli en casa. Un amigo le presta uno. Como hay alcohol y gel de manos por doquier, el chaval baña el boli en desinfectante. La profesora les pilla. Compartir material es una falta grave. Una semana expulsados a casa. Mientras todo el mundo mira cómo salen del aula, una niña trafica gominolas, por debajo del pupitre, con su amiga.

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Cuarteles que quieren ser hospitales y escuelas que quieren ser cuarteles. Como canta Albert Pla, todas las cosas del mundo de pronto eligieron cambiarse de sitio. Al tiempo que este fenómeno -en el fondo no tan novedoso- se acelera, Rob Wallace afirma: “debemos dejar de robar la tierra y de provocar la emigración masiva, sólo así podremos evitar que los patógenos emerjan.” Sin embargo, no parece que el capitalismo desbocado vaya a detener el expolio, ni siquiera en aplicación de su propia razón instrumental. Es por ello que los pueblos campesinos e indígenas recrean una y otra vez experiencias de resistencia frente a las multinacionales extractivistas. Sabotean oleoductos, arrancan monocultivos, recuperan tierras, promueven la biodiversidad. Frente a la incesante revolución del capital, tan sólo pretenden que las cosas -las montañas, los ríos, los bosques, los desiertos, los glaciares- regresen a su lugar.

 

Eduardo Romero

https://www.nortes.me 

martes, julio 20

La nueva normalidad (I)

 


“Lo digo y lo repito: usa mascarilla. (…) Cuida de tu salud y estarás cuidando la de todos”. Adrián Barbón, presidente de Asturias

“(…) no hay tal cosa como la sociedad. Hay individuos, hombres y mujeres, y hay familias. Y ningún gobierno puede hacer nada si no es a través de la gente, y la gente primero debe cuidar de sí misma. Es nuestro deber cuidar de nosotros mismos y después, también, cuidar de nuestros vecinos”. Margaret Thatcher

“El periodo de gracia se acabó, la Policía impondrá la distancia social”. Delia Losa, delegada del Gobierno en Asturias

 

Mi vecina la del tercero continúa desinfectando, una a una, las patas de su perro cada vez que vuelven del paseo y se disponen a entrar en casa. Una amiga, que trabaja de puta, ha vuelto a recibir llamadas. Acude al piso de contactos y chupa pollas, mete dedos en el culo y se deja penetrar. Todo ello con condón. A veces se ríe y piensa, con el dedo envuelto en látex, que parece una enfermera. Eso sí, sin EPIs y sin distancia social. Inocencio, ochenta y siete años, fue picador en la mina. Sabe bien lo que es quedarse sin oxígeno. Al fin y al cabo, lleva media vida silicótico. Ha vuelto a pisar la calle tras cien días confinado. De cinco a siete de la tarde sale de la residencia en la que vive. Aunque teme al bicho, necesita caminar. Hace menos de un año que rompió la cadera. Tanta película de John Wayne tirado en la cama le ha dejado más torpe. Dice que le duele la pierna. Y dice, también, que la calle está más triste.

 Hay quien tiene mucho miedo a que se pueda circular entre regiones. El martes llegó a Oviedo un tren procedente de Madrid. Qué miedo. Había muchos secretas en la estación. Por nuestra seguridad. Últimamente, se suceden los eventos que denuncian la violencia policial contra los negros. Al parecer, el racismo es culpa del supremacista Donald Trump y sus secuaces. Así lo decían muchas pancartas en España. También una en Oviedo. Ese día, la mujer con el peto de Amnistía Internacional pidió a toda la plaza que hincase la rodilla. Para hacernos la foto. Hoy El País habla del pelo afro y los derechos civiles en EEUU. De entre todas las personas que se bajaron del tren en Oviedo, dos eran negras. Los secretas sólo las identificaron a ellas. A una la agarraron del brazo y se la llevaron. A comisaría. Por negra y por no tener papeles. La obligaron a quitarse el sujetador y los cordones de los zapatos. Una policía la cacheó en busca de drogas. En el calabozo no existe la distancia social. De pronto, por negra y por no tener papeles, era sospechosa de tráfico de estupefacientes. Cien mil detenciones en un año. Doscientas setenta y cuatro al día. Ese ha sido el récord español de encierros en calabozo en aplicación de la Ley de Extranjería. Verdaderamente, Donald Trump es un fascista.

 

         Concentración antirracista en la plaza de La Escandalera Uviéu     
FOTO: Iván G. Fernández

Las calles, después del silencio interrumpido por tanquetas militares, vuelven a estar infestadas de coches. No las vemos porque son microscópicas, pero las partículas contaminantes proliferan otra vez. Con cada respiración penetran, profundamente, en nuestros pulmones. Se estiman en treinta mil los fallecimientos prematuros cada año por contaminación del aire en el Estado español. Ahora que nos tragamos las estadísticas producidas just in time, resuena esta cifra, ¿verdad? Treinta mil.

Toda la población asturiana respira habitualmente aire contaminado. Responsabilidad individual. Ponte una mascarilla. Tractores rociando las caleyas con lejía. Ochocientas muertes en Asturias como consecuencia de la contaminación atmosférica. Veinte mil sanciones durante el estado de alarma. No recuerdo que el presidente asturiano o la delegada del Gobierno hayan dicho nada de las micropartículas. Quizás habría que multarles por ello. En el mundo mueren anualmente más de medio millón de niñxs por enfermedades respiratorias asociadas a la contaminación. La mayoría por neumonía. Usa mascarilla. Cuida tu salud y estarás cuidando la de todos. ¿Quiénes somos todos?

 Zoonosis. Una sofisticada palabra. El paso de enfermedades infecciosas de otros animales a los seres humanos (o viceversa). El coronavirus es fruto de una zoonosis. Las granjas industriales son una de las causas principales de la proliferación de zoonosis. Gripe aviar, gripe porcina, entre otras. En España se mata cada año a cincuenta millones de cerdos. Casi la mitad en Catalunya. En España cuelgan de los balcones miles y miles de banderas rojigualdas. Ahora también hay gente que las lleva en la mascarilla. Como un escupitajo. Sin embargo, en lo que respecta a las granjas industriales, hay muchas zonas de España que quieren emular a Catalunya. Más allá de las banderas y de los escupitajos. El Gobierno de Castilla y León, por ejemplo, se propone agilizar algunos trámites. Eso de que una industria que consume agua como si fuera una ciudad, contamina acuíferos como si fuera una mina y emite gases como si tuviera una enorme chimenea tenga que pedir licencia ambiental es una burocracia innecesaria.

 


 Antes del estado de alarma, había en el mundo unos setenta mil millones de animales encerrados en granjas industriales. Eso sí que es un confinamiento gigantesco. Animales hacinados, maltratados, estresados y atiborrados de antibióticos. Ahora, en la nueva normalidad, hay, millón arriba, millón abajo, los mismos. Ponte la mascarilla. Apelo a tu responsabilidad individual. Tampoco he escuchado a nuestro presidente hablando acerca de este asunto. En estos ecosistemas distópicos, la posibilidad de que un virus salte de un pollo o un cerdo a un ser humano se multiplica. Bosques y biodiversidad se destruyen a toda máquina para engordar a toda esta carne enlatada en jaulas. La fauna silvestre que sobrevive va quedando encajonada en rincones cada vez menos recónditos. Lo cierto es que ya no existen rincones recónditos. El contacto con otras especies y la mercantilización de los llamados animales salvajes dispara las posibilidades de zoonosis. Ébola, coronavirus, entre otras. Que los humanos urbanicemos cada vez más territorio tampoco ayuda. Las ciudades se extienden y matan o desplazan a muchas especies animales. Los humanos también somos animales. No vivimos en jaulas, pero cada vez más gente trabaja, vive y se desplaza en contextos de hacinamiento. Cuando la zoonosis se produce, el virus encuentra las condiciones para expandirse a sus anchas.

 

Matadero de Litera Meat, Binéfar, Huesca. 
 
El matadero de Litera Meat en Binéfar se hizo tristemente famoso durante el confinamiento. Que abunden los brotes en mataderos parece una señal divina. Mi familia celebró el fin del estado de alarma con una parrillada. Nada de besos y abrazos. Alitas de pollo, costillas de cerdo y chorizos criollos. El matadero de Litera Meat se construyó con la idea de que en él se pudieran matar treinta mil cerdos al día. Eso da más de diez millones al año. Para exportar los cadáveres a China. En esta fábrica fría y húmeda, la brutalidad laboral que imperaba facilitó aún más la propagación de la enfermedad. Cientos de personas contagiadas. Casi todas migrantes. A día de hoy, la cadena de muerte de Litera Meat continúa a todo trapo. Más mascarillas, más jabón, y a seguir matando cerdos a toda velocidad. Y eso que los brotes en mataderos se han multiplicado en las últimas semanas. También entre los temporeros y temporeras. Diez horas con mascarilla trabajando a destajo dentro de un invernadero. Inditex dice “Black Lives Matter”. Migrantes hacinadas en cadenas industriales. Migrantes hacinadas en pisos y chabolas. Migrantes en la calle durmiendo entre cartones.

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Recuérdalo: vamos a seguir contaminándote. A ti y a los tuyos. Así que usa mascarilla. Por las buenas o por las malas. Acostúmbrate. Te prometemos un siglo XXI lleno de emociones. Póntela. Quizás jamás te la puedas quitar. 
 
 
 
 
 Eduardo Romero 


sábado, julio 17

Entrevista a Layla Martínez: “El neoliberalismo es profundamente antiutópico, ni siquiera defiende las utopías capitalistas”

 

 

Layla Martínez (Madrid, 1987) es editora de la editorial Antipersona, colaboradora habitual de medios como El Salto y autora de numerosos libros. Ha escrito sobre la explotación de la mujer en Gestación Subrogada: Capitalismo, Patriarcado y Poder (Pepitas de Calabaza, 2019) y sobre el papel de la mujer en la ciencia ficción en Infiltradas (Palabristas, 2018).

El pasado mes de noviembre publicó su ensayo más reciente, Utopía no es una Isla (Episkaia, 2020), un recorrido por proyectos utópicos pasados que nos devuelvan la capacidad de imaginar y que nos guíen para construir un futuro en el que merezca la pena vivir. Sostiene que la proliferación de distopías en forma de novelas, series y películas que estamos viviendo está siendo enormemente funcional para el neoliberalismo capitalista, que utiliza esta producción cultural a su favor, para mantener el orden actual y evitar los cambios. Si solo imaginamos un futuro peor, el presente nos parecerá admisible y no lucharemos para cambiar las cosas.

Tras leer esta obra nos pusimos en contacto con ella a fin de hacerle una entrevista y tuvo la gentileza de aceptar. Lo que sigue a continuación son las preguntas que le formulamos – y las respuestas que nos dio – a finales del mes de mayo.

En el momento histórico en el que vivimos de avance de la ultraderecha en el mundo, recortes de derechos, una pandemia global y la iniciación de numerosas guerras, proliferan las distopías, sobre todo en series de televisión y en novelas. Por eso choca descubrir que has roto con esta dinámica y has escrito un libro acerca de las utopías. ¿Qué te llevó a hacerlo?

Justamente esa sensación de que todos los discursos sobre el futuro parten de la idea de que iba a ser peor que el presente. Por supuesto el hegemónico, pero también los contrahegemónicos. Cuando daba charlas y talleres sobre la historia del futuro y la evolución de la ciencia ficción durante el siglo XX una de las cosas que preguntaba a los asistentes era cómo veían su ciudad dentro de cincuenta años. Di los talleres en muchos sitios, desde asociaciones de ciencia ficción a universidades o centros sociales autogestionados y la respuesta era siempre la misma: deterioro de las condiciones laborales, pérdida de derechos, aumento de la crisis ecológica, capitalismo de megacorporaciones, tecnología mejorada pero aplicada al control social… Me respondían eso incluso militantes de la izquierda radical, que en teoría se supone que deberían creer que lo que hacen puede conducir a otra sociedad. Y pensé que ahí había algo importante. Por supuesto no he sido la única ni la primera que lo ha pensado, pero creí que merecía la pena investigarlo.

En el libro dices que las distopías reflejan nuestras ansiedades y que, a diferencia de lo que sucedía anteriormente, ya no creemos que el futuro esté ligado al progreso y vaya a ser necesariamente mejor. ¿Cuándo crees que dejamos de pensar en el futuro en clave de utopía y lo empezamos a idear como una distopía? ¿Por qué sucedió esto?

Los teóricos de la posmodernidad, como Jameson, sitúan la pérdida de la idea de progreso justamente en el inicio de la posmodernidad. Es uno de los cambios clave para entender cómo se modifica el marco cultural. Ellos lo sitúan a finales de los años setenta y principios de los años ochenta. Yo creo que en ese momento tienen lugar algunos hechos históricos clave que convergen ahí, pero sin duda uno de los que más peso tienen en la pérdida de la capacidad de imaginar un futuro mejor es el ascenso al poder del proyecto neoliberal, con su bautismo de sangre en Chile y la llegada de Thatcher y Reagan. El neoliberalismo es profundamente antiutópico, ni siquiera defiende utopías capitalistas como las del capitalismo de posguerra, con sus adosados en los suburbios y su centro comercial. No hay un proyecto colectivo ni siquiera de tipo capitalista, solo hay un presente continuo de depredación constante.

¿Consideras útil la proliferación de distopías y obras literarias que piensan en clave negativa para advertirnos de los peligros que están por llegar? ¿O es preferible pensar en términos de utopía?

Yo creo que las distopías surgen por el deseo de alertar sobre los peligros de que suceda lo que se cuentan en ellas. Cuando Margaret Atwood escribe El cuento de la criada, por ejemplo, lo que busca es alertar de los riesgos de un recrudecimiento del patriarcado. El problema es el efecto combinado, el hecho de que prácticamente no se haya escrito otra cosa que distopías cuando se imagina el futuro. La realidad y la ficción se relaciona de forma compleja. La segunda refleja la primera, refleja nuestras ansiedades y miedos colectivos, también las esperanzas, pero también la modifica y la altera. Se corre el riesgo de que se conviertan en profecías autocumplidas.

¿Existe un futuro para nosotras? ¿O es inevitable el colapso? Algunas pensadoras creen que las utopías de antaño pensaban que los recursos eran ilimitados y que la utopía vendría cuando nos apropiáramos de la producción y que ésta sería infinita, pero que en la actualidad quizás la utopía pueda llegar en cómo organizamos los recursos finitos para gestionar de una manera ética el colapso. ¿Crees que de la catástrofe puede nacer la oportunidad?

Yo personalmente tengo muchos problemas con la idea de colapso en sí misma. La crisis ecológica no va a provocar un colapso de un día para otro como el que aparece en las series y las películas, la sociedad no se va a derrumbar un día concreto y todo el mundo va a saquear los supermercados como en una plaga zombi. A lo que nos enfrentamos es a un deterioro continuo y progresivo, que ya estamos viviendo. Cuanto más avance ese deterioro, más problemas tiene la supervivencia en la tierra de animales humanos y no humanos, como también estamos viendo ya. Pero la buena noticia es que estamos a tiempo de evitar las peores consecuencias de ese deterioro, que estamos a tiempo de echar el freno y detener ese avance. Eso supone un esfuerzo enorme, supone derribar el capitalismo entero en un plazo de tiempo muy corto, pero también nos permite imaginar sociedades mucho más justas y una vida mucho más dignas. La idea de colapso creo que es negativa políticamente porque nos condena a gestionar ruinas y porque extiende una idea muy paralizante: “si no se puede hacer nada, si el colapso es inevitable ¿para qué voy a intentarlo?”. Creo que es mucho más útil políticamente pensar a dónde queremos ir, qué sociedad vamos a construir tras el capitalismo, porque con eso al menos es más fácil movilizarnos. El miedo paraliza, la esperanza puede movilizar.

En este ensayo recorres el pensamiento de muchas personas que idearon un mundo mejor, empezando por Tomás Moro, pasando por el pensamiento marxista, las comunas victorianas, el panafricanismo y el ecosocialismo, entre otros. No son meras ideas y obras literarias, sino que convivieron con proyectos revolucionarios históricos. ¿Por qué escogiste estos hitos en concreto?

Quería que el ensayo hiciese un repaso en el que se tocasen diferentes épocas históricas y diferentes lugares del mundo, pero la idea es que fuera cortito, así que tenía que elegir. De los históricos intenté no dejar fuera a los más relevantes -me parecía que no tenía mucho sentido hacer una historia de la utopía sin el socialismo o la descolonización-, pero de los actuales intenté centrarme en aquellos que no eran tan conocidos o de los que solo se había conocido una faceta. Por ejemplo, no hablé de los zapatistas porque ya hay mucha información sobre ellos, en su lugar pensé en guerrillas que estuviesen actualmente activas y que además conjugan el ecologismo y el indigenismo con el socialismo, como los naxalitas. En otros casos, intenté dar una visión diferente de lo que habitualmente se ve en los medios, como en Venezuela, centrándome en el movimiento popular y en las comunas más que en otras cuestiones.

Sin embargo, muchos de estos movimientos también tuvieron sus lados negativos. Muchas de las primeras utopías se idearon desde una visión colonial, patriarcal e incluso clasista.

Sí, la idea era más ver el impulso utópico que hay en estos movimientos, la ambición por cambiar la sociedad sin ocultar desde qué posición estaba hablando el escritor o el teórico que las creó. Creo que la Historia está para eso, para coger herramientas que sirven, pero también para criticar las que ya no. Los movimientos sociales y las ideologías no deben de estar en urnas y mantenerse puros, sino ir mutando y cambiando.

Por último, describes el capitalismo como un sistema que te exige producir hasta la extenuación, sin importar cómo te sientas. De hecho, cuanto menos sientas y más aislada te encuentres, mejor. ¿Qué podemos hacer para romper con esta dinámica?

Es muy difícil romper esa dinámica, pero yo creo que la brecha para hacerlo está en el encuentro con los demás. Cuando estudié Ciencias Políticas nos decían que la política era la gestión del conflicto y a mí, ya entonces, me parecía una definición muy pobre. Yo prefiero entenderla como el encuentro con los otros, que a veces implica conflicto, y eso está bien, pero otras también esperanza, solidaridad, apoyo mutuo, ayuda. Creo que ese encuentro es lo único que puede darnos una oportunidad para cambiar las cosas de verdad. Sé que esto no es decir mucho porque pasar tiempo con los demás o implicarnos en colectivos, sindicatos, etc. no depende siempre de nosotros (muchas veces tenemos bastante con trabajo, cuidados, etc.), pero creo que es por ahí por donde va el camino a seguir.

 

Extraído de https://www.todoporhacer.org

miércoles, julio 14

Los excombatientes del 15M y su simulacro mediático

 


No se trata ya de imitación o reiteración, incluso de parodia, sino de una suplantación de lo real por los signos de lo real, es decir, de una operación de disuasión de todo proceso real por su doble operativo, máquina de índole reproductiva, programática, impecable, que ofrece todos los signos de lo real y, en cortocircuito, todas sus peripecias. Lo real no tendrá nunca más ocasión de producirse: tal es la función vital del modelo en un sistema de muerte, o mejor, de resurrección anticipada que no concede posibilidad alguna ni al fenómeno mismo de la muerte.

Jean Baudrillard

 

Hoy se conmemora el décimo aniversario del 15M. La cultura del sistema métrico decimal se sobrepone al tiempo histórico real. Hoy es el día en que este acontecimiento alcanza la cifra mágica del diez. Pero más bien se trata de la celebración del primer cero a la derecha ―que ubicado tras otros guarismos adquiere una significación numérica― que de un acontecimiento histórico real. En el caso del 15M se puede hablar más bien y en rigor de todos los ceros que pueda inventar la imaginación, pero ceros ubicados a la izquierda, es decir, carentes de cualquier valor real. De ahí que este acontecimiento sea susceptible de ser explotado por las maquinarias mediáticas que lo revive como simulacro.

Porque este acontecimiento, que supuso una movilización considerable de toda una generación, además de la invención creativa de lenguajes políticos y repertorios de acción, ha sido absorbido en su integridad por el caduco sistema político que pretendía reformar o suplantar. La paradoja consiste en que ha integrado en su seno a varios grupos presentes en las plazas, pero no sólo no ha modificado su funcionamiento, sino que los ha empeorado. Las instituciones que vertebran la democracia española detentan hoy una calidad inferior a la del año de la tempestad democrática de 2011.

La sustancia del 15M radica en la irrupción de sectores sociales escasamente representados. Tras diez largos años, estos siguen ubicados en los confines de las decisiones políticas, en tanto que los sectores sobrerrepresentados continúan exhibiendo impúdicamente su preponderancia sin contrapesos. A día de hoy los equilibrios de intereses siguen igual que en el año cero del 2011, o aún más favorables a los intereses fuertes. Lo nuevo radica en la presencia en las instituciones de grupos procedentes del continente de los débilmente representados, que han experimentado un proceso de movilidad ascendente, detentando un modo de vida similar al de las élites políticas convencionales. La imagen de Galapagar es altamente representativa de este proceso de bloqueo y absorción.

Pero, además, la opción de apostar todo el quimérico cambio a la acción parlamentaria ha debilitado a los movimientos sociales, que fueron estimulados por el 15M y ahora se encuentran minimizados en espera de que se produzca el milagro del cambio, esto es, la promoción de sus intereses como consecuencia de la acción del gobierno más progresista de la historia. Así, la proverbial fe y esperanza sustituye a la iniciativa, la acción y la comunicación. La debilidad de la acción colectiva alcanza niveles cosmológicos, que contrastan con la amplificación de las movilizaciones de la derecha autoritaria y los grandes intereses. Núñez de Balboa fue el 15M de los intereses fuertes. Esta línea de gubernamentalización nos convierte en espectadores, aplaudidores y espectros de los platós donde los gladiadores dirimen las diferencias. Los primeros resultados están a la vista en Madrid.

Los acontecimientos políticos impulsan procesos de institucionalización, en los que cristalizan algunos de los elementos de sus propuestas. Pero la aportación más significativa de estos terremotos radica en la configuración de una generación nueva que alcanza la condición suprema de excombatientes. En tanto que los sistemas políticos degluten los contenidos aportados por estos, neutralizando así su valor de cambio, estos asientan sus narrativas en los escenarios de la videopolítica. Tanto Podemos como todas las constelaciones asociadas han experimentado un aterrizaje fatal en las instituciones, en tanto que han sido reconocidos al tiempo que desarmados. El precio a pagar por estar presente en los informativos, las tertulias y las televisiones ha resultado altísimo.

He conocido varias generaciones de excombatientes, portadoras de relatos que no encajaban bien con el presente. Los vencedores de la guerra civil poblaban los espacios públicos en las celebraciones con sus retóricas y sus medallas. En la transición política salieron a flote los excombatientes republicanos, exhibiendo formas y mentalidades análogas, en tanto que sus discursos estaban centrados en un pasado muy diferente. El final de la dictadura forjó una generación que, tras varios años triunfales, fue adoptando el perfil de excombatientes, en tanto que sus hazañas bélicas no se correspondían con las realidades derivadas del avance del nuevo capitalismo posfordista, con sus procesos inexorables de dualización social.

Durante muchos años he sido profesor de Sociología, posición que me confirió el privilegio de poder observar el abismo entre los discursos triunfalistas oficiales y las realidades que vivían mis alumnos. Una gran parte de aquellos que tenían un talento y formación considerable ocupan posiciones sociales muy inferiores a sus capacidades. Vivir esta situación me ha marcado profundamente. Tuve que asumir tardíamente que yo mismo era un privilegiado con respecto a muchos de los que me rodeaban. Una persona muy inteligente, a principios de los noventa, me calificó certeramente como «sesentayochista». Este término designaba una frontera social entre dos mundos.

El ciclo político del 15M ha terminado por ser un ciclo de protesta. Éste ha generado una nueva generación de excombatientes, portadores de los discursos triunfales enunciados en las plazas. Exhiben sus argumentarios sin considerar que su propio proceso ha quedado inmisericordemente bloqueado. En este sentido son ya excombatientes del cambio que nunca llegó. Pero como contrapartida del bloqueo de este proceso, ellos mismos se han integrado en las instituciones representativas en todos los niveles, en las instancias gubernamentales, en los medios, en las universidades y las industrias culturales. Ahora conforman un grupo de interés semejante al de sus ancestros de la izquierda de la transición. El fantasma del partido de gobierno desarraigado de la sociedad, que se atribuyó al PSOE de los años ochenta, revive ahora en el gobierno de coalición.

La ventaja que proporciona la posición acomodada de portar discursos veleidosos, que todo el mundo sabe que no se pueden materializar, es que sus propios rivales de los intereses fuertes no se los toman en serio. Así, son tolerados en tanto que sus prédicas no arraigan en la población, menguando inquietantemente su apoyo electoral. Divorciados de los movimientos sociales sólo representan una parte del espectro de las televisiones, donde desempeñan un papel subsidiario. La lógica de la videopolítica ha terminado con ellos. Sólo les queda desempeñar el papel de la izquierda en la institución imaginaria de la tertulia, en la cual son esculpidos.

De ahí las sabias palabras de Baudrillard que abren este texto. La sentencia de que «lo real no tendrá ya más la ocasión de producirse» anuncia el óbito del 15M. Los excombatientes habitan un medio en el que impera el simulacro político. En su décimo aniversario estamos hablando estrictamente de funeral grande, en el que se muestran ostentosamente sus decorados y sus fantasmas. Pero los excombatientes son inmunes a las nuevas realidades y viven la celebración como un posible. Cualquier acontecimiento nuevo equivalente al 15M que convoque a los no representados de hoy, se realizará en la clamorosa ausencia de los recién integrados en el sistema político, los excombatientes del 15M.

 

Juan Irigoyen es profesor de Sociología jubilado de la Universidad de Granada. Ha sido profesor de la Escuela Andaluza de Salud Pública y colaborador de varias instituciones sanitarias. Es autor del blog Tránsitos Intrusos. 

 (Artículo aparecido en la web personal del autor, Tránsitos Intrusos, el 15 de mayo de 2021)

domingo, julio 11

Estetizar la política versus politizar el arte




El tiempo no resuelve nada,



a lo más, sirve para que parte de los datos

se pierdan por el camino,

y los que sobrevivan a la purga,

previamente desactivados,

se hayan vuelto manejables,

y puedan ser presentados como restos de saldo,

arqueología lírica, rareza bibliográfica,

extravagancia u error.



No hay, por tanto, justicia en el tiempo,

esa es otra de las grandes mentiras de los injustos.



La muerte únicamente como consuelo,

lugar asignado, placebo de la autocomplacencia,

no puede ser nuestra meta.



Di que no.



Ahí afuera sigue la guerra, el crimen, la política,

no te desentiendas del mundo, no seas indiferente

ni a sus miserias ni a tu tiempo, el único que tienes.



Di que no,

ni huida, ni retiro, ni resignación.


 

Antonio Orihuela. Todos atrapados en la misma trampa. Ed. Garum, 2020

 

jueves, julio 8

Sílvia Tomàs: "Terra"

 

 

Videoclip de la canción “Terra”, del disco “Desaprendiendo lo aprendido”. Hecho con imágenes de una acción de la asamblea “No a la MAT GIrona” en defensa del territorio (http://noalamatgirona.wordpress.com). Dedicado a las 40 personas imputadas y a todas aquellas que están “en pie de guerra” por la tierra en cualquier punto del planeta. Fellines, torre 64, 11 de junio de 2014. 

 
Realización e imagen del vídeo: Damià Puig. 
Descargar el disco “Desaprendiendo lo aprendido”: http://goo.gl/QvLJpo (Creative Commons, 2014) 
 
Contacto: contacte@silviatomas.net 
 
Letra: 
 
Terra de lluites pioneres,
d’esquerdes verges
entre veïna i frontera.
Terra de muntanyes amb pins negres
i rius d’aigua valenta.

Terra de lluites pioneres
que davant la incertesa
entona cants d’antigues guerres.
Terra de preguntes sotmeses,
de respostes incompletes.

Terra que com tota altra terra,
vol estar per qui està amb ella
i no deixar-se estendre.

Terra que el que demana per ella,
ho demana per la terra que no entén de línies rectes.
Terra que vol decidir sobre ella,
terra que estima la terra i que veu el riu més enllà.

De terres n’hi ha moltes,
de terra n’hi ha una.
No és independent la terra
de la terra on neix la vida.

És independent la lluna del sol?
L’aire del vent?
L’aigua del cel?
El riu del torrent?
La terra de què?
Som independents del passat? Independents del present?
Independents del que passa a l’altra punta, a algun indret?

De moment, depenem de la guerra,
de l’explotació, d’un compte bancari,
d’un patró, d’un pis sense racó,
d’una pastilleta que ens fa sentir millor,
de la televisió, dels aliments quilomètrics,
dels valors estètics…

Independents de qui?
Independents de què?

Terra que no toca la terra
és una terra que crema
sota el ciment que l’ofega…

Hi ha ciment que es forja a terra
a cops d’or negre i bandera,
i si el reclam de la terra
és sumar les diferències,
com farem front a la bèstia
que se’ns vol menjar la terra?

Si darrera les fronteres
hi ha germans que estimen la terra,
amb tantes altres llengües,
i darrera i dins de la frontera
hi ha qui ens vol prendre la terra
per acumular riqueses
convertides en escletxes,
en parcel·les que envenenen
i en boscos cremats per vendre!

Terra de lluites pioneres,
d’esquerdes verges entre veïna i frontera.
Terra de preguntes sotmeses,
de respostes incompletes…



http://silviatomas.net/discografia/de...

lunes, julio 5

La desCivilización

 

Con textos de Gustavo Duch, como un geólogo que investiga el estado de la tierra en sus dos acepciones, "tierra" y "Tierra", y con las voces y notas de diferentes artistas, se presenta un recital con intenciones de conferencia o una conferencia que no parece una conferencia: La DesCivilización.

viernes, julio 2

Fraguas Revive. La okupación rural vence su primera batalla provisionalmente al derribo del pueblo

 


Debido a un escrito emitido oficialmente por el Juzgado de lo Penal núm. 1 de Guadalajara el pasado 29 de abril, los repobladores de Fraguas conocieron que provisionalmente se paraliza el derribo del pueblo. Se trata de un cambio de criterio judicial que se ha conseguido por el esfuerzo humano y la batalla jurídica de la que llevan años defendiéndose sus pobladores y que paraliza con carácter provisional la ejecución de la sentencia de demolición del pueblo.

Un proyecto de ocho años de vida por la recuperación del espacio rural

Para quien no conozca la trayectoria de este proyecto comunitario de Fraguas, esta iniciativa de okupación rural echaba a andar en el año 2013 en una pequeña pedanía abandonada en la Sierra Norte de la provincia de Guadalajara. Este pueblo, que data del siglo XII, fue desalojado forzadamente durante la dictadura franquista en 1968 para el monocultivo de pino y su posterior venta a la industria maderera. Un grupo de jóvenes decidieron la pasada década reconstruir algunas viviendas que quedaron medio en pie, después de que militares españoles utilizaran la zona como campo de prácticas de tiro y explosivos en los años 90. Su proyecto es real y han conseguido sus objetivos iniciales, ya que consiguieron la reconstrucción de varias casas del pueblo, pero también han experimentando un gran nivel de autosuficiencia colectiva en la convivencia y la autogestión de recursos naturales. Cuentan con una huerta y un invernadero construido con sus propias manos, un pequeño gallinero al aire libre, abejas en un par de decenas de colmenas, y como autoabastecimiento energético cuentan con una treintena de paneles solares fotovoltaicos.

Tras haber sido denunciados por la Fiscalía y la Junta de Castilla-La Mancha en 2015 por la vía penal, declararon en el juzgado sobre su proyecto comunitario de cuidado y repoblación natural del entorno. A lo largo del año 2018 fueron juzgados y condenados finalmente por los delitos de usurpación de monte público y contra la ordenación del territorio. Un proceso judicial que, en los términos jurídicos impuestos, es un rechazo institucional absoluto a cualquier alternativa de recuperación de pueblos abandonados, y menos bajo un paradigma de autogestión económica y autonomía social. Les solicitan la entrada en prisión por un año y nueve meses, ascendiendo a dos años y tres meses para cada uno en caso de no pagar la responsabilidad civil impuesta, es decir, costear la demolición de lo reconstruido en el pueblo, valorado en la cifra total de 34 mil€.

Otra vuelta de tuerca a la represión y por la pervivencia de Fraguas

Desde el 2019 han estado en resistencia bajo el continuado riesgo de desalojo y demolición según lo indicado en la sentencia, sin embargo, la pandemia ha retrasado la ejecución de la misma. Durante este tiempo ganado ha intervenido el CSIC a raíz de los estudios que los propios repobladores han realizado del pueblo en torno a la recuperación de la memoria histórica y rural. Se advierte que debe llevarse a cabo una investigación arqueológica independiente que determine el valor histórico del antiguo núcleo de población. Probablemente haya bienes susceptibles de ser considerados patrimonio cultural, lo cual podría cambiar el curso de los acontecimientos actuales, o al menos abrir una nueva vía para seguir luchando por la pervivencia de Fraguas.


Sin embargo, los pobladores actuales toman con mucha cautela esta comunicación judicial. Si bien por un lado es motivo de alegría entre tantas notificaciones anteriores que les han llevado a la situación penal actual, este informe no asegura que no se acabe ejecutando un desalojo preventivo para realizar dichas investigaciones arqueológicas. También no debe olvidarse que las condenas de cárcel de los seis encausados siguen estando activadas. Además, durante este tiempo las identificaciones de algunos pobladores temporales o solidarios, han derivado en nuevos procesos sancionadores administrativos; e incluso el Juzgado de Guadalajara no descarta la imputación de nuevos delitos. La institución cuenta con muchos recursos, herramientas y coacciones a su alcance, retorciendo sus propias legislaciones y aplicándolas siempre en favor de sus intereses y objetivos.

Una red de iniciativas rurales por la autonomía y la memoria social

Sus actuales pobladores animan a conocer el pueblo, acudir y participar de las actividades diarias, descubrir su entorno patrimonial y cultural; acercarse a la realidad de la ruralidad que resiste. El modelo rural comunitario es un desafío a las dinámicas de la explotación capitalista, y actualmente el proyecto de Fraguas cumple ocho años de vida. Junto a la iniciativa de este pueblo, hay otros cuatro proyectos colectivos más en la zona norte de Guadalajara, que se reúnen en asamblea mensualmente para poner en común experiencias y acudir a uno de los pueblos implicados para realizar labores de trabajo juntas.

La defensa del territorio es también una defensa de la memoria de los pueblos, en unos tiempos en que todo queda diluido en la superficialidad de las necesidades que marca el mercado, es necesario apoyar de todo corazón esta clase de proyectos de sostenibilidad rural. Cuando se está en Fraguas el tiempo pasa, y no importa en absoluto, se trabaja en colectivo, la productividad no es una dictadura que marca sus ritmos. La autonomía personal y colectiva toma otro sentido, se resignifica el trabajo directamente relacionado con la propia supervivencia común, y no con echarle horas para conseguir euros que intercambiar por cosas mediante el consumo. Fuera de todo idealismo, la realidad es que la vida se reposa y toma otro nivel necesario para escuchar a nuestras compañeras y al propio entorno natural. Se vuelve más salvaje lo humano, se torna necesario lo natural.


 

Extraído de https://www.todoporhacer.org

 

martes, junio 29

Tengo un coño que me tapa toda la cara

 

No nacemos hombres ni mujeres: venimos al mundo con unos genitales sobre los que se inscribirá todo el orden de lo simbólico, unos enunciados que afirman ser meramente descriptivos cuando son en realidad performativos. 

 

Que la mujer no nace, sino que se hace, lo sabemos desde que Simone de Beauvoir publicó El segundo sexo en 1949. No nacemos hombres ni mujeres, sólo venimos al mundo con unos genitales sobre los que se inscribirá todo el orden de lo simbólico, unos enunciados que afirman ser meramente descriptivos cuando son en realidad performativos. Nos agujerean las orejas, nos nominan en femenino o masculino, nos acarician o nos dejan llorar para hacernos fuertes, nos llaman “princesas” para que años más tarde nos puedan llamar “putas”, nos cortan el pelo o nos lo dejan crecer lánguido y largo, elogian nuestra feminidad todavía púber, enseñan a los niños a ser agresivos y competitivos, a que les gusten los deportes y gocen ganando, y a las niñas a ser objeto del deseo de estos atletas imberbes para que puedan vencer también mediante la sumisión, pero de modo más estratégico. Nos feminizan y nos masculinizan a golpes de consignas, elogios y humillaciones. En este reparto de lo sensible, como diría Rancière, la dominación está asegurada, pero aquí, como en cualquier lugar, el amo se vuelve también esclavo. No sólo porque, como escribe Virginie Despentes, “el cuerpo de las mujeres solo pertenece a los hombres para contrarrestar el hecho de que los cuerpos de los hombres pertenecen a la producción, en tiempos de paz, y al Estado, en tiempos de guerra" (Despentes, 2018: 37), sino también porque ambos se vuelven esclavos de su deseo, del deseo que no son.

Los hombres querrían triunfar, como aprendieron a hacerlo en el campo de fútbol de la escuela, y poseer una o muchas mujeres que les recuerden constantemente su reino, tanto da si son putas, amantes, jovencitas o abnegadas madres, tanto da si el campo de fútbol del patio de la escuela se ha convertido ahora en empresa, literatura, arte o universidad. Las mujeres desarrollan el gusto por la sumisión, se vuelven esencialmente masoquistas. Quieren encarnar el ideal que la masculinidad ha preparado para ellas. Dulces, misteriosas, vulnerables, bellas y jóvenes, inalcanzables en su feminidad, suficientemente inteligentes para sostener el monólogo de los hombres al que, por educación, llamaremos conversación, pero no tanto como para subvertir de raíz los términos del diálogo. Se sienten realizadas al ser víctimas preferenciales, arruinadas como mujeres al ser rechazadas. Se pasan la vida tratando de gustar a los hombres. Incluso si son exitosas en sus campos profesionales piden perdón en la cama sometiéndose a los códigos binarios que atraviesan la más secreta intimidad. Sucede que la cultura deviene naturaleza, que como decía Valéry, “lo más profundo está en la piel”, y nuestros cuerpos dóciles a la sumisión y al mandato expresan en la intimidad la situación de dominio social y económico a la que estamos todos sometidos.

Nada es natural ni biológico. La mujeres no estamos hechas para gustar, ni los hombres para ganar. Si “no hay relación sexual”, como afirma Lacan, no es porque la comunicación no sea posible y cada cual haga el amor con su fantasma edípico, sino porque entre amo y esclavo nunca hubo relación, aún menos entre esclavos que necesitan creer que son amos cuando es ya demasiado evidente que no lo son. Obtener, a través de las relaciones sexuales, el reconocimiento del personaje que creemos encarnar cuando hemos asimilado hasta los huesos la heterosexualidad normativa, esa trama cultural y política de desigualdad y descarga, quizás nos sea de ayuda para reforzar el ego que necesitamos para sobrevivir en este capitalismo de emprendedores neoliberales, pero lo que es seguro es que no hay relación con el otro. No la hay ni siquiera con nosotros mismos.

Más allá del feminismo de la igualdad y del feminismo de la diferencia

Es por ello que tanto el feminismo de la igualdad como el de la diferencia fracasan en este punto. Empoderarse, llegar a ser iguales que los hombres, con los mismos derechos y capacidades, como quería Beauvoir, es seguramente más justo que asumir la sujeción, pero no cambia nada en el reparto de la dominación. Nos masculinizamos, aprendemos a hablar la lengua de los hombres, se llamen Žižek, Lacan o Derrida, obtenemos reconocimiento, en la cama exigimos tener orgasmos, pagamos para que las tareas domésticas las hagan otras mujeres, inmigrantes y racializadas. Importa poco aquí quién lleva el falo. El falo seguirá reinando y el poder sólo ganará más adeptos. “Añadir mujeres y batir”, ironizaba Fox Keller, para describir esta situación de falsa emancipación. Agregamos a las instituciones la cuota de mujeres políticamente correcta y hacemos que el falocentrismo siga funcionando como si nada hubiera ocurrido.

El feminismo de la diferencia (Irigaray, Cavarero…), por el contrario, quisiera que algo cambiase de veras por una vez. Imprimir en la escritura, el saber, la sociedad, las instituciones, las relaciones en general, el punto de vista de las mujeres. El gusto por el cuidado del otro, la maternidad, el hecho diferencial biológico, o bien una historia compartida de dominación, devienen así los criterios para feminizar la sociedad, para desplazar esta mirada androcentrada que todo lo ordena. Nuestra historia literaria, filosófica, científica, cultural, artística es una historia de hombres que se relatan a sí mismos, que se felicitan. Dicen que les gustan las mujeres, pero sólo como otro, como no-todo, como musas, como madres y proletariado que les cuidan los hijos, como ocasión para su productividad, tradicionalmente mediante la melancolía y el amor o desamor romántico, de ahí que revindiquen el sufrimiento como parte de él. De eso se alimentan los creadores. Se congratulan, se lamen las heridas, se animan los unos a los otros, “se aman entre ellos” (Despentes, 2018: 145).

Las violaciones colectivas no evidencian sino cómo les gusta contemplarse los unos a los otros: fuertes, erectos, agresivos, dominadores hasta el paroxismo. El otro, la víctima de turno, es sólo un pretexto para escenificar su narcicismo. Por otra parte, los más concienciados “ayudan” en casa, y fuera dejan que las mujeres trabajen su relato silenciado: que lean a otras mujeres, que rehagan su historia, que estudien filósofas, científicas, artistas, activistas que no han tenido lugar en la narrativa hegemónica androcentrada. Los estudios de género se financian y tienen su lugar en el mercado, su pequeño espacio académico y su estantería en las librerías. Mientras tanto, los hombres siguen haciendo filosofía, historia, política y ciencia de la seria, y las mujeres dejan de molestar dedicadas como están a “sus labores”, ahora feministas.

En este sentido, resulta trivial la disputa entre el constructivismo y el esencialismo. Cuenta poco si somos mujeres porque tenemos vagina y por lo tanto la posibilidad de ser madres o si lo somos porque compartimos una historia de dominación. El caso es que la diferencia sexual acaba siendo identitaria y crea comunidad. Nos defendemos de la dominación desde el lugar mismo que nos ha sido asignado por el enemigo. Condenadas a debatirnos entre la masculinización colaboracionista y la afirmación de una identidad femenina impuesta por el otro, es necesario en este punto preguntarse por qué a la diferencia sexual la llaman diferencia cuando en realidad quieren decir identidad.

La otra diferenzia

En el vértice de esta aporía es donde la perspectiva de la deconstrucción me parece del todo necesaria. Desde su primera conferencia sobre La Différance dictada en 1968 hasta su seminario Geschlecht III, la cuestión de la diferencia, y por lo tanto, de la diferencia sexual, transita toda la obra de Derrida. La diferencia, para Derrida, no ha sido nunca la diferencia entre dos identidades. En todas las polaridades metafísicas (esencia/apariencia, cultura/naturaleza, hombre/animal, racional/irracional, logos/escritura o masculino/femenino, que es la que nos ocupa aquí), la diferencia no señala nunca la oposición, como sí querría hacerlo la idea misma de diferencia sexual que se enarbola. Es, por el contrario, el primer término de la oposición el que necesita afirmar su identidad para jerarquizar y diferenciarse de aquello que lo podría contaminar y, por tanto, poner en cuestión su dominio. El temor de la masculinidad a la homosexualidad no habla sino de esto.

Desde este punto de vista, aunque pueda molestar, no hay diferencia entre masculino y femenino. Es la masculinidad, en su necesidad de afirmarse pura y diferenciarse la que inventa la diferencia sexual, tal como es la humanidad del hombre la que se esfuerza sin éxito por distinguirse de la animalidad. Aquello que Derrida nombre diferenzia, que escribiremos con “z” en lugar de “c” para mantener la homofonía con la que juega, señala justo la imposibilidad de toda identidad. La différance, que Derrida escribe incorrectamente con “a”, designa a nivel espacial un diferir entre cosas, un no ser igual, pero sobre todo, en su dimensión temporal, la diferencia difiere, se da para más tarde, siempre a través de un rodeo que no llega jamás al éxtasis de la presencia inmediata. Différance, con “a”, como diferencia con “z”, señala también algo esencial en la crítica a la crítica tradicional a la escritura (logocentrismo) que Derrida lleva a cabo, y es que la diferencia entre “diferenzia” y “diferencia” con “c” sólo es legible, sólo se da en el texto, del mismo modo que la masculinidad sólo se afirma en los cuerpos de las mujeres.

Pronunciados en voz alta los dos términos dicen lo mismo, pero escritos y leídos dicen otra cosa. La diferencia con “z” dice que identidad no hay, que no hay masculinidad, ni humanidad, ni ninguna esencia que no se haya tenido que afirmar pasando a través de su contrario. ¿Qué sería del hombre sin la invención de la feminidad? ¿Qué sería del pensamiento, del logos, si no fuese por su rodeo estructural y necesario a través de la escritura, de aquello que ciencia y filosofía rechazan por literario, desearían no tener que necesitar, pero sin lo cual no serían posibles? Y sin embargo, la masculinidad, la humanidad, el pensamiento, las ideas y las esencias, no se dan jamás en presente. Nadie encarna la masculinidad porque en el lugar donde quisiéramos hallar su esencia sólo encontramos diferencia, un diferir consigo mismo, un aplazamiento irremediable. Las esencias, las identidades, los modelos, son un mito filosófico que se ha vuelto político. Nos matamos demasiado para ser hombres, mujeres, racionales, civilizados, porque no soportamos la contaminación con aquello que desearíamos desterrar y que hemos inventado para no tener que enfrentarnos a la indecibilidad.

Cuando Derrida aborda la cuestión de la diferencia sexual, esto es, de lo que a partir de ahora podemos llamar ya identidad sexual, en textos como La ley del género (1986), Éperons (1978) o Geschlecht (1987), lo hace siempre para poner en cuestión este binarismo que nos amordaza. El género es la ley, sea éste sexual o literario. “Debes, no debes, dice el género” (Derrida, 1986: 234). La biopolítica, nos lo habrá enseñado Foucault, habrá consistido en la invención de la sexualidad a partir del siglo XIX, en la obligación de identificarnos en función de nuestra orientación sexual o de patologizarnos a causa de nuestra desorientación. La medicina, la psicología, el discurso jurídico y científico habrán contribuido a una normalización generalizada que no pasa únicamente por la heterosexualidad normativa sino por la clasificación y la identificación con nosotros mismos, de forma obligada, en virtud de nuestras prácticas y preferencias sexuales. La sexualidad es la norma, sea normativa o no. Heterosexuales, homosexuales, trans, queer… cumplimos con la norma desde el momento en que nos sentimos pertenecer a un género.

 No sé pertenecer a ningún género

“No sé pertenecer a ningún género”, tal como dice Derrida a propósito de la literatura, sería quizás el mejor revulsivo para aquel grito de Virginie Despentes: “tengo un coño que me tapa toda la cara” (2018: 123). Con este grito, Despentes denuncia la identificación a la que estamos sometidas por el simple hecho de tener vagina, así como la violencia, la humillación y la sumisión que se deriva de ello. Sin duda, la denuncia debe seguir vigente porque la situación de desigualdad y violencia es demasiado flagrante. Pero de nada nos valdrá si no deconstruimos a la vez todas las identificaciones de género, y en primer término la de la masculinidad —que de otra parte nadie encarna ni debería desearlo— en la medida en que es la que ordena y genera este binarismo que humilla, explota y mata. No querer pertenecer a ningún género, justo porque no se puede, porque la ley y la norma exigen una identificación imposible y de cabo a rabo ficticia, sería la afirmación de una verdadera diferencia, de una diferencia sexual “que no estuviera ya sellada por el dos” (Derrida, 1992: 115). Quizás, no ya una diferencia sexual sino una sexualidad diferenciándose a cada encuentro, sea con alguien del sexo opuesto o no.

 Feministas, ¡un esfuerzo más!

Aprender a desidentificarse, a relacionarse con el otro desde la diferenzia, es el único modo de dejarse afectar sin sumisión estratégica y sin tratar al otro como objeto de deseo preformado. “A cada cual sus n sexos”, decían Deleuze y Guattari. A cada cual su trabajo de deconstrucción del género para que la relación sexual sea un acontecimiento a celebrar en lugar de un mero intercambio de descargas y beneficios simbólicos.

Desde este punto de vista el feminismo, sin duda, no saldrá indemne, pero tampoco dejará de ser vindicado, sino que la feminidad de lo femenino ya no estará aquí asegurada. O mejor, que la feminidad consiste justamente en el desplazamiento de la polaridad, en el abandono del mundo de las esencias, en la ironía ante las seguridades de los hombres de ciencia que todo lo ordenan, tal y como Derrida habrá leído en un cierto Nietzsche. La ausencia de verdad, de identidad, en Nietzsche, tiene nombre de mujer (Derrida, 1978-79: 52). Es una cierta idea de la feminidad, dionisíaca y danzante, transgresora y fronteriza, la que permite ir más allá de la masculina locura clasificatoria. Un archi-femenino sería, en este sentido, tan reclamable como la archi-escritura. De esta mujer que ya no es sólo mujer, Helène Cixous, también da cuenta cuando escribe:

Pero sé por experiencia (sólo sé después de la experiencia, es decir, después de error) que con frecuencia una mujer no es un mujer, ni un hombre, un hombre, que con frecuencia una mujer, un hombre, es un conjunto de X elementos. Conozco una mujer que a la segunda ojeada es un conjunto de cinco niños y una niña. En cuanto a las ojeadas siguientes… No sé quién es mi conjunto. ¿Quiénes son yo? ¿Pretendo que mi soy-yo es mayoritariamente mujer? Experimento una sensación inquietante cuando hablo de estos conjuntos. Me parece que en la escena político-social de hoy día son sobre todo las mujeres, más que los hombres, los que son conjuntos ocupados, poblados, naturalizados, injertados, por una cierta cantidad de partes del otro, y que gran parte de los hombres están ocupados por elementos mayoritariamente masculinos (Cixous, 2005: 224).

Las mujeres, sobre todo, son las que se perciben como conjuntos ocupados, las más proclives abandonar las falsas identificaciones de género, las más dispuestas a dejarse sentir y ser afectadas. Lo hemos aprendido a base de golpes. No hay nada natural en todo esto. Si el feminismo debe ser todavía reivindicable no será ya para colaborar con el sistema a fuerza de masculinización, ni para atrincherarse en una identidad que crea comunidad pero que nos sitúa en el lugar mismo en el que nos ha dispuesto el adversario, sino para hacerlos estallar desde dentro. Que no somos nada sino deseo de alteración y experiencia, más allá de todo código y de todo género, quizás serán las mujeres quienes nos lo enseñen, quienes lo enseñen también a los hombres que no soportan ya más las exigencias a las que los constriñe su masculinidad impuesta. Nos jugamos en ello nuestras relaciones más íntimas, que son también políticas, y tal vez matriz de toda relación con el otro. Llegará un día en que gracias al influjo de estas mujeres que ya no lo son, si acaso cinco niños y una niña a la segunda ojeada, gracias a su sentimiento inquietante de no saber pertenecer a ningún género, nos avergonzaremos de haber exhibido cuerpos de mujer en los anuncios publicitarios, de haberlos prostituido, tanto fuera como dentro del matrimonio, de haberlos vejado con tanta impunidad. Tal como hoy no osamos siquiera recordar que hace sólo unos pocos años, justo hasta la fecha de unas esplendorosas olimpiadas, tuvimos a un hombre negro disecado y expuesto en un museo de Barcelona.

 

Obras citadas en el texto:

— Derrida, J., (1984b), “La loi du genre”, en Parages, Galilée, Paris, pp. 249-287.
— Derrida, J, (1984a), Otobiographies. L’enseignement de Nietzsche et la politique du nom propre, Galilée, Paris.
— Derrida, J. (2008), “Coreografías”, Lectora 14, pp. 157-172.
— Cixous, H. (2005), “Cuentos de la diferencia sexual”, Lectora 21, pp. 209-231.
— Despentes, V. (2006), Teoria King Kong, L’altra Editorial, Barcelona.

La versión completa de este texto se puede encontrar en el libro de Laura Llevadot: Jacques Derrida. Democracia y soberanía, Gedisa, Barcelona, 2020.

 

Laura Llevadot   

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