Cuando la multitud hoy muda, resuene como océano.

Louise Michel. 1871

¿Quién eres tú, muchacha sugestiva como el misterio y salvaje como el instinto?

Soy la anarquía


Émile Armand

viernes, octubre 16

¿Existe algo como un «alto el fuego»?

 ACRACIA ANARQUISMO NIHILISMO

Hoy, en este inefable país que llamamos Reino de España, se estrena en salas comerciales el documental NAZA, que recoge la matanza sistemática de civiles palestinos por parte de las fuerzas armadas israelíes. Al parecer, de manera estremecedora, el título alude a unas palabras en hebreo (nezek agavi), usadas por el Ejército de Israel para prever la cifra de víctimas civiles en un ataque aéreo (daño colateral, lo llaman). La película, rodada en Tel Aviv por israelíes, revela también el papel de los funcionarios del gobierno en el genocidio a través de multitud de entrevistas con soldados y agentes de inteligencia. Como era de prever, el film está prohibido en Israel y sus directores han sido acusados de traición, esa palabra que tanto gusta a los gobiernos criminales usando un lenguaje repulsivamente militarista. Los responsables de NAZA han declarado que no temen tanto al gobierno, como a parte de la sociedad civil israelí, aunque me congratula conocer que también han recibido multitud de apoyo por parte de personas y organizaciones internacionales (y también israelíes). ¿Alguien, en su sano juicio moral, puede sostener que una obra así pueda estar manipulada? ¿Alguien, a estas alturas, puede dudar que lo que se está perpetrando en Gaza es una masacre, asesinato masivo, genocidio o como diablos lo queramos llamar? Parece que vivimos en tiempos muy oscuros para, sencillamente, denunciar lo que es evidente, pero ya hay situaciones que se caen por su propio peso.

Desgraciadamente, en un mundo plagado de imágenes que nos distancian de la realidad, nos estamos acostumbrando mediáticamente al horror, a contemplar innumerables muertos por la mano humana. Por obra, por supuesto, de los diversos poderes establecidos, aunque desgraciadamente con la connivencia o la equidistancia (ese concepto tan nefasto) de gran parte de aquellos espectadores sin la conciencia bien oxigenada. El 7 de octubre de 2023, Hamas perpetra un ataque sobre territorio israelí donde no puede negarse que hubo cientos de víctimas, aunque también desencadenó una buena cantidad de bulos bien difundidos, en un mundo que tiende a la polarización de manera descerebrada, por la autoridades israelíes y sus poderosos aliados. Por mucho que condenemos dicho ataque (algo que debería ser normal, no justificar muertes, mucho menos de civiles), y los realizadores de NAZA han tenido que hacerlo para evitar críticas, no puede desvincularse de lo que son muchas décadas de hostigamiento del Estado de Israel sobre el pueblo palestino. Los asesinatos de Hamas fueron la perfecta excusa para que el gobierno encabezado por Netanyahu iniciara todo un proceso de exterminación de la población en Gaza, de inflingir un sufrimiento indescriptible a víctimas civiles. Existe cierta investigación reciente por parte de un periódico de Israel, que asegura que el Ejecutivo israelí (no lo olvidemos, al frente de un poderoso Estado militarizado) habría estado advertido del ataque, aunque desconozco si tiene una base rigurosa.

¿Alguien, no contaminado por ese subterfugio inicuo que alude a la complejidad de los «conflictos», puede seguir negando una masacre masiva? En Gaza, habitan unos dos millones de personas hacinadas en 365 kilómetros cuadrados, y todos ellos (antes, incluso, de aquel 7 de octubre de 2023) han vivido el horror como una realidad cotidiana. Desde el inicio de los ataques israelíes poco después de esa fecha, el número de fallecidos gazatíes estriba entre 75.000 y 77.000 palestinos, aunque son cifras que seguirán negando algunos. Hoy, han pasado ya más de tres años y el ejército israelí, a pesar de que eso apenas ocupe ya titulares y espacio en la prensa generalista, continúa bombardeando el lugar y produciendo víctimas. Hace cosa de un año, de cara a la galería hubo un «alto el fuego» que obviamente no ha sido respetado y se habla de más de 1.400 asesinados desde entonces, con varios miles de heridos y con la mayor parte de edificios y recursos destruidos. Como no ha habido avance alguno para la paz, de manera también evidente, Hamas no ha abandonado tampoco las armas. Y así seguimos en un repulsivo mundo plagado de conflictos bélicos que sufre la población civil. Permanece esa inicua lucha por la narrativa, aunque esta sea de un maniqueísmo pueril fácilmente desmontable, y Netanyahu continúa apelando al derecho de Israel para la «defensa».

A finales de este mes de octubre, se producirán nuevas elecciones en Israel y, aunque el gobierno actual solo haya exacerbado los crímenes sobre los palestinos, muchos esperan que Netanyahu y compañía sean desbancados. Esperemos que no cambie todo para que todo, más o menos, continúe igual. Mientras tanto, producido ya el tercer aniversario del genocidio en Gaza, y a pesar de ciertos gestos, gran parte de la comunidad internacional, teniendo en cuenta los poderosos aliados que tiene Israel, parece mirar hacia otro lado. Ya he afirmado en otras ocasiones que, para este sapiens nada imparcial que suscribe, pertinazmente ácrata y algo nihilista, el derecho internacional es más bien una pantomima, así como que las instituciones que presuntamente lo sustentan están condicionadas o directamente subordinadas a los diversos intereses de los poderes establecidos. Como también sostengo a menudo, si de modo obvio no podemos confiar en institución jerarquizada alguna, toda la responsabilidad recae sobre nosotros, la población civil, para seguir evidenciando y paliando en la medida de lo posible las acciones criminales de toda maquinaria bélica puesta en marcha por los Estados. Es una doble vertiente, denunciar de manera concreta las atrocidades de los fuertes, a nivel político y económico, sobre los débiles en cualquier parte del mundo, y seguir trabajando por un mundo solidario y sin fronteras.

 

Juan Cáspar

sábado, octubre 10

El relato libre y alegre de Ursula K. Le Guin frente al del asesino

 

 

Reseña de La teoría de la bolsa de la ficción, de Ursula K. Le Guin (Rara Avis, 2023)

 

¿Qué es más atractivo: una recolectora envejecida que puede dedicar quince horas semanales a su subsistencia (buscando semillas, brotes, raíces, hojas o nueces) y disponer así de tiempo para muchas otras cosas o el hábil cazador que se enfrenta a grandes mamíferos y vuelve tambaleándose con un montón de carne, mucho marfil y un buen relato? Para la escritora estadounidense Ursula K. Le Guin, autora de La teoría de la bolsa de la ficción, y su prologuista, la filósofa Donna J. Haraway, la respuesta es clara y no es la propia del patriarcado ni del capitalismo. «No fue la carne lo que marcó la diferencia, fue el relato» y, por ello, resulta imprescindible poner la historia de la vida y de la naturaleza en el centro.

Le Guin, quien se enfadó profundamente al comprender la importancia política de firmar con su propio nombre para visibilizar el trabajo de las mujeres, desarrolló una producción literaria tan vasta como influyente. Entre sus más de veinte novelas, un centenar de relatos, una docena de libros de poesía, traducciones y obras infantiles, La teoría de la bolsa de la ficción, publicada por primera vez en 1988 con el título original The Carrier Bag Theory of Fiction, destaca como una pieza fundamental de su pensamiento.

En este ensayo, traducido por Luciana Chieregati e Ibon Salvador e ilustrado con seis dibujos especialmente confeccionados para la edición de Rara Avis (2022) por Martín Farnhoc Halley, Le Guin bebe de la teoría de la bolsa de la evolución humana. Formulada por la antropóloga Elizabeth Fisher en Women’s Creation, sostiene que, mucho antes que el cuchillo o el hacha, la bolsa fue el primer invento cultural, ya que permitió transportar la carga y llevar la energía de vuelta a casa. «Esta teoría no solo (…) evita grandes áreas de absurdos teóricos (habitadas en gran parte por tigres, zorros y otros mamíferos altamente territoriales); también me enraíza, personalmente, en la cultura humana como nunca antes me había sentido enraizada», escribe Ursula K. Le Guin.

De Elizabeth Fisher a Lillian Smith, y en abierta contraposición a los postulados de Freud, la autora señala que «la mujer es, en realidad, ‘su falta de lealtad a la civilización’». Esa civilización a la que aluden muchos teóricos no es la propia de la recolectora envejecida, sino la del hombre dedicado a golpear, clavar, forzar y matar.

Ese asesino, frecuentemente elevado a héroe, es la figura de la que Le Guin se aleja de forma radical en esta obra de menos de cincuenta páginas. Frente a él, propone la importancia del uso de objetos sencillos, capaces de transportar lo útil, lo comestible o lo hermoso, como son la bolsa, la cesta, el trozo de corteza, la hoja enrollada o la red de pelo. Es el relato de una heroína cotidiana, colectiva y anónima, libre y alegre, frente al relato del héroe asesino.

«Es el relato el que hace la diferencia», concluye con rotundidad la autora, consciente de que, como también advierte Haraway en el prólogo, «el problema es que todos nos hemos dejado convertir en parte del relato del asesino, y así puede ser que terminemos junto a él». Por ello, Le Guin propone, con un claro sentimiento de urgencia, buscar en la naturaleza, en el sujeto y en las palabras del otro relato, en la historia de la vida.

Y va aún más allá, como hiciera Virginia Woolf en el «Glosario» de Tres guineas, texto que la autora recupera para resignificar la figura del héroe como botella en una «revisión punzante», en sus propias palabras. La historia de la botella, como la de la bolsa y la de la naturaleza, se ha contado durante siglos, aunque de formas no hegemónicas. Entre ellas, Le Guin destaca los mitos de creación y transformación, los relatos pícaros, los cuentos populares, los chistes y las novelas.

Son precisamente las novelas, y en especial las de ciencia ficción, las que ocupan buena parte del cierre de este ensayo breve y de la vida literaria de Le Guin, al considerarlas relatos estructuralmente no heroicos.

Autora también de obras clave de la fantasía y la ciencia ficción, como las del ciclo de Terramar (Un mago de Terramar, Las tumbas de Atuan, La costa más lejana, Tehanu y En el otro viento) o del ciclo del Ekumen (El mundo de Rocannon, Planeta de exilio, La ciudad de las ilusiones, La mano izquierda de la oscuridad, Los desposeídos, La palabra para mundo es bosque y Cuatro caminos hacia el perdón), Le Guin ha sido reconocida como una fuente de inspiración por autoras posteriores, como Margaret Atwood.

Más actual que nunca, Ursula K. Le Guin concluye su propio relato libre y alegre en La teoría de la bolsa de la ficción de manera esperanzadora, porque «todavía hay semillas que recoger y espacio en la bolsa de las estrellas».


Ruth de Frutos

Periodista e investigadora especializada en derechos humanos

domingo, octubre 4

A propósito del criminal «científico» Vallejo-Nágera

 ACRACIA ANARQUISMO NIHILISMO

 

Acaban de retirar, transcurrido ya más de un cuarto del siglo XXI, los honores (o algo similar) a Antonio Vallejo-Nágera, el que tiene el grandioso honor de ser considerado “el mengele español”. Efectivamente, este médico y comandante militar puso todo su talento al servicio del fascismo hispano con prestigiosos cargos durante la cruenta dictadura franquista, puede decirse que fue una de las personalidades que se esforzó en garantizar el horror del orden instituido. Que haya tenido que pasar más de medio siglo desde la muerte del genocida Franco, y después de varias décadas de supuesta democracia, para que se anule el “prestigio” institucional de tantas figuras y se insista en lo moralmente evidente, dice mucho de esa pertinaz farsa que fue la Transición y de esas ataduras que sigue teniendo el sistema político, económico y también científico al llamado Régimen del 78. Sin embargo, echemos un vistazo a la historia reciente. Hay que decir que la concepción eugenésica del criminal Vallejo-Nágera, por supuesto una exacerbación ultrarreaccionaria de las tesis de la época, tampoco era una rara avis en la sociedad española. La supuesta ciencia, tantas veces, se ha puesto al servicio de las políticas de Estado para establecer la categoría de lo que no es “normal” y tratar de evitar la “degeneración”, cultural o biológica, de la raza; puede decirse, sin ambages, que en la sociedad contemporánea se ha producido cierta concepción racista de la ciencia. De esa manera, ciertos «científicos» intervienen para prevenir conductas, efectivamente, “anormales” y tratar de que el conjunto de la población acepte el sistema imperante. Para el caso que nos ocupa, el de este inefable todavía hoy Reino de España, y a propósito de este impresentable auge reaccionario actual, esta visión racista tiene mucho que ver con ese horror denominado “hispanidad” (recordaremos cómo este vocablo acabó sustituyendo al de, sencillamente, “raza” y quizá vayamos encontrando esos vínculos con la actualidad).

Vallejo-Nágera se basó en las tesis eugenésicas de la época para darle una perspectiva más cultural que biológica en función de eso llamado “Hispanidad”. Así, se pretendía asentar un determinado modelo individual del pasado (esa necedad del «caballero español») dentro de un contexto aristocrático, militar y católico en el que la ausencia de igualdad debía ser un dogma de fe en la sociedad humana. Ya durante la guerra incivil, provocada por generales facciosos, este inicuo psiquiatra se propuso, mediante experimentos con presos políticos, indagar en el origen psiquiátrico de ciertas ideas y demostrar la inferioridad mental de todos los opositores a las reaccionarias tesis que se pretendían imponer. Hay que decir que esta gente era tan profundamente perversa, dogmática e imbécil que, en un país donde la fuerza política mayoritaria era anarquista, el objeto de sus viles indagaciones y crueles experimentos era el “marxismo”, tal y como rezan la mayoría de sus títulos para tratar de anular la adhesión a, para ellos, dicha “ideología”. Lo que obviamente se quiso legitimar, violando toda dignidad humana para hablar de perfiles temperamentales degenerativos y de una incapacidad para adoptar la verdadera doctrina reaccionaria, era una concepción cultural e ideológica de los que se habían alzado manu militari, teniendo a Dios de su lado, contra todo intento de una sociedad más justa, libre e inteligente. Se pretendía el establecimiento de un orden natural y moral basado en ciertos mitos de la tradición hispana. Insistiré, tomemos buena nota dado el crecimiento actual de una ultraderecha en este indescriptible país, que con seguridad nunca se fue del todo. Vallejo-Nágera, y tantos otros “intelectuales” y “científicos”, dieron lugar a reformas sociales fundamentales, las cuales supusieron enormes violaciones de los derechos humanos, para asentar ese concepto cultura de la «Hispanidad» (que tanto se sigue usando hoy en día) y asegurar que el que no la abrace viene a ser un modelo negativo que hay que erradicar. Algunos bodoques fachas, hoy en día, aseguran que Franco no era Hitler (tal vez, este asesinó de manera más efectiva, pero la categoría de genocidas viene muy bien a ambos dictadores), pero Vallejo-Nágera se ganó a pulso el apodo de “el mengele español”.

Efectivamente, el objetivo era dar lugar a la raza perfecta hispana dejando fuera a aquellos otros que no quisieran o no pudieran serla. Por supuesto, se pretendía un sistema totalitario basado en “nosotros” y “ellos” (los opositores) para intervenir con políticas estatales para mejorar la raza y establecer cruentos castigos para todos los que consideraran “enfermos mentales”, “fanáticos”, “ateos” o cualquier otra categoría ideológica o cultural que no se ajustara a sus propósitos. Al ganar la maldita guerra, Franco y sus secuaces llevaron a cabo políticas también para apropiarse de los hijos de todos aquellos derrotados que no se ajustaran a su repulsiva civilización occidental y cristiana. Claro, los chavales podían estar sujetos a un ambiente “amoral” en hogares de familias ateas, anarquistas, comunistas, liberales o meramente republicanas, de todos aquellos que cuestionaran el orden moral. En definitiva, Vallejo-Nágera, entre otros criminales “científicos, proporcionaron una justificación al franquismo creando un marco legal de verdadero exterminio de toda una generación, acabando con toda su influencia ideológica y asegurándose de acabar tutelando y adoctrinando a sus descendientes. Algunos perezosos intelectuales, o directamente estúpidos, con la cantinela habitual, asegurarán que todo esto forma del pasado y no hay que insistir en ello. Lo que ocurrió en este inenarrable país, con tantas décadas de un régimen retrógrado, fue quizás una anomalía al triunfar una forma de fascismo. Cabe preguntarse hasta qué punto hoy, en una sociedad solo aparentemente libre, todavía estamos pagando esos residuos de un pasado explícitamente autoritario. Al margen de esa cuestión y de ciertas maniobras institucionales actuales, de lo que se trata es de indagar y explicar tantas formas nocivas del pasado que influyen en la actualidad. Es una manera de abrir un horizonte para, sin dogmas de ningún tipo, averiguar lo que podemos ser, en función de los mejores valores, esta especie peculiar que llamamos sapiens. Palabras de un ácrata algo nihilista.

 

Juan Cáspar

jueves, octubre 1

El advenimiento de la ilustración oscura

 pensador

Se me escapa un poco, lo admito, estos conceptos de nuevo cuño. De lo que estoy totalmente seguro es que el género humano, esta peculiar especie llamada sapiens, resulta más que cuestionable y se multiplican los hijos de su madre. Vayamos con ese engendro altamente pernicioso que denominan ilustración oscura, que al parecer empezó a forjarse ya tiempo atrás, aunque haya recibido ese nombre concreto hace no tanto. Sí, lo habéis adivinado, esta corriente o movimiento, o lo que demonios sea, se autodefine como la antítesis de la Ilustración. El epítome de todo movimiento neorreaccionario, tradicionalista y a la vez futurista (¿no era eso el antiguo fascismo?). Si los valores ilustrados, con su idea del progreso hacia un mundo más justo, libre e igualitario, solo podemos ponerla en cuestión bien entrado un siglo XXI plagado de atrocidades, ahora una poderosa gentuza empieza a promover valores que son justo todo lo contrario. Aclararé algo, y valga esto también para todos aquellos que atacan la posmodernidad como si fuera también una corriente ideológica nociva que algunos quisiéramos abrazar, si muchos señalamos que esa visión teleológica hacia poco menos que un paraíso terrenal resultó terriblemente falaz, ello no significa en absoluto que no haya que seguir trabajando y construyendo un mundo basado en esos valores, reivindicando una razón crítica con un horizonte amplio vinculado al ámbito moral. Tal y como yo lo veo, fue el anarquismo es que radicalizó ampliamente en aras de la emancipación todo lo surgido en la ilustración, aquello que pareció forjar una modernidad que finalmente se mostró incapaz de desterrar el absolutismo, y ahora nos encontramos en una época muy diferente donde hay que buscar nuevas prácticas libertarias ajenas a cualquier asomo de dogmatismo.

Dicho esto, para que no se confunda una cosa con la otra (lamento tener que aclararlo, pero sobran los bodoques en este mundo que sufrimos), vayamos con la basura esa perniciosa de la ilustración oscura. Efectivamente, se trata de un movimiento neorreaccionario, surgido de la inicua mano de esos magnates tecnológicos, donde me pierdo un poco cuando algunos filósofos lo emparentan con el llamado anarcocapitalismo. Primero, que juntar en un mismo vocablo anarquía y capitalismo es, sencillamente, un maligno oxímoron; luego, que estos fulanos no pretenden en absoluto acabar con el Estado, sino sustituirlo por una suerte de gran corporación con grandes ejecutivos al frente. Hay quien sostiene, y puede que esté de acuerdo, en que todo este auge reaccionario (con diferentes rostros, pero tan iguales en el fondo) no es solo una reacción social y cultural frente al progresismo (sea lo que sea eso a estas alturas), también se trata de una profunda transformación, una más, del condenado capitalismo. Se dice que los promotores de este reverso ilustrado escribían hace años en internet, especialmente en blogs o ámbitos similares, para pasarse luego a ese vertedero intelectual que son las redes sociales; nos sonará mucho su modus operandi que resulta en firmar bajo seudónimo, utilizar un lenguaje vulgar ajeno a lo académico o, en general, hacer uso del troleo, todo con el objetivo de desarrollar una contracultura del wokismo o de esa ideología progresista.

Pero, insistiré con lúcida pertinacia, no se trata únicamente de ese ámbito contracultural tan irritante y malévolo, también de algo que tiene una dimensión mucho mayor y que obviamente supone una nueva mutación del liberalismo entendido en su concepción más nefasta (si queremos llamarlos así, pueden ser los pseudolibertarios). A menudo, Estados Unidos se ha presentado como el máximo representante de la democracia liberal, frente a antaño la Unión Soviética o ahora la propia China, aunque se haya esforzado en destruir toda profundización democrática y social cuando haya perjudicado sus intereses; ahora, con el enloquecido Trump puede que estemos en una nueva fase al respecto. Milei sería otro ejemplo sobre esta suerte de ilustración oscura, aunque no quiero abundar en demasiados nombres que solo invitan a una confusión aún mayor al estar sujetos todos ellos a sus propios contextos. Y es que aunque estos gobernantes reaccionarios actuales, cada uno con sus características, acaben siendo desbancados, es posible que a nivel mundial no haya que desdeñar en absoluto la influencia de estos gigantes tecnológicos que promueven, incluso, que la democracia liberal ya no es necesaria. Neofascismo, tecnofascismo, tecnofeudalismo… diversos nombres para un auge reaccionario que, efectivamente, adopta diversos caras para puede que unirse en todo un ámbito autoritario y explotador.

Si la derecha más extrema se esforzaba antaño en apelar a los perversos mitos nacionales y a las muy cuestionables tradiciones históricas, ahora parecen que se fusionan con una fascinación por las nuevas tecnologías, la inteligencia artificial y toda suerte de dislates futuristas. Lo que resulta indudable es que esta nueva o vieja ultraderecha es el rostro más fiero de esa visión acerca de que una autoridad coercitiva es esencial en toda sociedad humana, ya sea en forma de Estado o de grandes corporaciones jerarquizadas. Y es que si en mi entrada anterior reflexionaba sobre que la tecnología no es en absoluto neutra, ahora la gente más poderosa del planeta promueve que la misma puede proyectarnos hacia un futuro aún más aterrador, con una perversa idea de la libertad que encubre el sometimiento de muchos y la más inaceptable desigualdad (vamos, una exacerbación de lo que ya sufrimos). Resulta doblemente aterrador que esta nueva derecha se haya presentado mediáticamente, además, como los nuevos rebeldes contra un sistema que ellos observan como impregnado de ideología progresista y de ahí también ahora esa estupidez de la ilustración oscura. Son tiempos duros y extraños, y desde la perspectiva de un horizonte libertario (el de verdad, el que une la libertad a la solidaridad en un contexto antiautoritario) hay que evitar toda confusión con unos valores y una praxis nítidos. Procuremos que así siga siendo.

 

Juan Cáspar

Resistencia

 



Y después de haber errado

continuar caminando,

insistir hasta encontrar

el rastro de la imagen

que dé figura

y sentido a la travesía,

aceptar el desafío

que supone descifrar señales

con las que designar utopías,

atravesar la extensión sin fin

de este desierto vacío

y la palabra que lo nombra

para al final

encontrarnos con la nada,

esa callada compañera de viaje

que marca el rumbo

de todos los desposeídos de la tierra,

esa remota posibilidad

que es un instante sin tiempo,

un lugar sin espacio.

 

 

Alfredo Saldaña. Malpaís. Ed. La Isla de Siltolá, 2015

lunes, septiembre 28

El recuerdo de ayer para los retos de hoy. 25 años desde el G8 de Génova

 

Hay acontecimientos que marcan un punto de inflexión en la historia, tanto si hablamos de la Historia con “H” mayúscula como de historias personales. Para la generación que se inició en la militancia con la ola de 1968, fue sin duda la masacre de Estado de la Piazza Fontana; para muchos de mi generación, fueron las jornadas del G8 en Génova en julio de 2001. No pretendo, ni mucho menos, comparar ambos hechos, que tuvieron una gravedad, unos contextos y unas dinámicas completamente diferentes, pero ambos marcaron para muchas personas el momento de la “pérdida de la inocencia”. Y por eso, aunque hayan pasado veinticinco años, el recuerdo ardiente de aquellos días sigue presente como algo vivo, como si fuera ayer. Por eso es importante hablar de ello y reflexionar, aunque el mundo, mientras tanto, haya cambiado radicalmente, en muchos aspectos a peor.

Para hablar de Génova hay que referirse a aquel movimiento transnacional que se denominó “No global”, sobre todo en los medios de comunicación convencionales. Aunque ya existía de forma clandestina desde hacía tiempo, adquirió resonancia mundial por las protestas contra la cumbre de la OMC (Organización Mundial del Comercio) celebrada en Seattle a finales de noviembre de 1999, cuando decenas de miles de personas salieron a las calles con la intención de protestar y bloquear por todos los medios posibles esa reunión de los poderosos de la tierra. Entre el ruido de los escaparates rotos y las barricadas contra la policía, entre los gestos de quienes ayudaban a aliviar los efectos de los gases lacrimógenos y los desfiles irreverentes del “ejército de payasos”, un nuevo, poderoso y multifacético movimiento internacional se imponía en la escena para desafiar a los amos del mundo. A partir de ese momento, allá donde se celebrará un foro de organismos internacionales (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, OCDE, OTAN, etc.), decenas y, a veces, cientos de miles de personas se manifestaban y asediaban los lugares físicos donde se celebraban las cumbres.

 

Además de su difusión por todos los continentes, la otra característica importante de aquel movimiento fue su capacidad para mantener unidas no tanto las ideas como las distintas prácticas de la calle. De hecho, con modalidades diferentes en cada ocasión, durante casi dos años no se produjo esa devastadora división entre “buenos” y “malos”, la pesadilla de tantas movilizaciones, sino una pluralidad de enfoques que lograban convivir: desde el “ejército de payasos” hasta la marcha pacifista, desde el “black bloc” hasta la huelga sindical. Las instituciones respondieron con una violencia creciente, hasta llegar a marzo de 2001, cuando las protestas contra el Foro Global de Nápoles terminaron con una masacre policial en la plaza Plebiscito y con las torturas a los detenidos trasladados al cuartel Raniero, y en junio de 2001 en Gotemburgo, cuando un policía disparó tres balas en la espalda a un manifestante de 19 años que, por suerte, sobrevivió. Un claro anticipo de lo que sucedería en julio.

El G8 de Génova debía representar, en la mente de muchos, el punto álgido de aquel movimiento y, en cambio, marcó su fin, junto con el atentado contra las Torres Gemelas en septiembre de ese mismo año.

Una de las causas fue que las numerosas personas que se reunieron en el Genoa Social Forum —la red que organizó la contracumbre— reprodujeron, de hecho, las viejas lógicas hegemónicas y autoritarias de los aparatos políticos y sindicales, sin hacer suyas aquellas nuevas formas de acuerdo y de compartir prácticas propias del movimiento antiglobalización en otros países.

Así fue como la violencia estatal, desplegada en toda su ferocidad, pudo tener vía libre para dividir el movimiento e infundir dudas y recelos. Y ello a pesar de que la orden de intervención de las “fuerzas del orden” estaba clara desde la mañana del viernes 20 de julio: masacrar a todo el mundo sin vacilar. El asesinato de Carlo Giuliani, las palizas salvajes en las calles, las torturas de Bolzaneto y la masacre en el instituto Díaz no fueron “accidentes”, sino el resultado de una puesta en escena planificada desde hacía tiempo. Una lección práctica de democracia real, más eficaz que mil discursos subversivos. A pesar de ello, muchas voces de la izquierda pacifista e institucional seguirán hablando, a lo largo de los años, de una democracia traicionada.

 

Los “Anarquistas contra el G8”, a los que se sumaban buena parte de los anarquistas y anarquistas de lengua italiana que acudieron a Génova, decidieron pasar de largo ante el asedio a la zona roja donde se encontraban los jefes de Estado y manifestarse, en cambio, en Sampierdarena, en la Génova proletaria, la de las grandes luchas obreras.

Apostamos por la huelga general, creamos comités de huelga en varias ciudades que dieron lugar a asambleas territoriales. Apostábamos por la radicalidad de los objetivos y por el arraigo social. En el número de Umanità Nova que se distribuyó en Génova escribíamos:

“Las manifestaciones internacionales, como la de hoy en Génova, han sido y serán importantes porque logran poner de relieve el carácter destructivo, violento e irreformable de los diversos organismos supranacionales, pero no pueden constituir el punto central de un camino que, necesariamente, debe desarrollarse en otro lugar. La fuerza de este movimiento reside en la capacidad de combinar radicalidad y arraigo, de actuar y pensar a nivel local y de actuar y pensar a nivel global, y no debe quedarse estancada en la mera contestación a las cúpulas de los poderosos. De lo contrario, se corre el riesgo de convertirse en una especie de “operador turístico” de la antiglobalización, especializado en viajes a países exóticos. Una especie de “Camel Trophy” de la subversión, con emociones programadas incluidas. O, peor aún, de servir de apoyo a una izquierda institucional exangüe en busca de cargos y caras nuevas. En el Foro Social de Génova participaron políticos de todo tipo necesitados de legitimación.

(…)

Este es un mundo que corre, corre cada vez más rápido, y con la misma rapidez tritura experiencias, trayectorias e incluso los movimientos sociales que no saben escapar del espectáculo, de esa lógica demencial que, imitando sin sentido las reglas impuestas por el marketing, consume rápidamente —haciéndola de repente obsoleta— incluso la capacidad de crítica, de traspaso y de negación de lo establecido. Es una trampa que hay que esquivar, desorientando al adversario, multiplicando la propia capacidad de abrir nuevos terrenos, zonas autónomas, espacios libres. Para superar los numerosos atolladeros en los que corre el riesgo de quedarse estancado, es necesario que el movimiento sepa extenderse por el territorio como el polvo, construyendo relaciones conflictivas que se alimenten de la capacidad de construir intencionadamente otros mundos, otras relaciones, otras vidas. Cada día, en todas partes. La tensión hacia una acción radical que sepa extraer su fuerza de un arraigo profundo, de una visión de futuro capaz de impregnar profundamente el presente, puede ser el signo de un movimiento revolucionario capaz de construir su propio futuro en el hoy. Como anarquistas hemos comenzado, no sin dificultades, a avanzar en esta dirección, la única capaz de recoger las reivindicaciones más fecundas de estos movimientos. Pero se puede y se debe hacer más”.

Creemos que esas palabras son más actuales que nunca. De hecho, la historia ha dejado claro que solo allí donde han surgido movimientos amplios que han logrado combinar una fuerte presencia territorial con la acción directa de las masas —y no solo de minorías de militantes—, los gobiernos y los empresarios han tenido miedo.

La decisión de intentar ser radicales y estar arraigados es, por tanto, para nosotros el principal legado de aquellos días de julio, una apuesta que se renueva cada día en las luchas que promovemos y vivimos. Una acción constante de sustracción conflictiva del orden establecido que se combina con la práctica de la autogestión y la lucha cotidiana.

 

 Un compañero que estuvo allí / Umanità Nova

viernes, septiembre 25

¿Inteligencia? artificial

 

El que los tan esperpénticos, como inicuos, tecnobros estén ahora alertando sobre los peligros de la inteligencia artificial, y no hacer falta tener una gran oxigenación cerebral para verlo, viene a significar que desean seguir teniendo el todopoderoso control de la tecnología en esta suerte de capitalismo desalmado. Hubo un tiempo, en los albores de la modernidad, donde muchos confiaban en que el conocimiento y los avances tecnológicos condujeran, paulatinamente o a través de grandes revoluciones, a poco menos que un paraíso o, al menos, a una sociedad mejor. Hoy, solo podemos ver esto como un mal y pavoroso chiste. No, no soy ninguna clase de tecnófobo, aunque podríamos matizar que si, históricamente, ha habido movimientos que se han opuesto al desarrollo tecnológico (es el caso de los llamado luditas) fue más por considerar que las máquinas ponían en peligro su medio de vida para sumirlos en la más indignante necesidad. En otras palabras, que la tecnología nunca ha sido neutral y se ha desarrollado en un mundo profundamente desigualitario, sin socialización alguna de la riqueza, por lo que todo avance al respecto ha servido para favorecer a una minoría y precarizar al resto. Así, nos cuenten lo que nos cuenten, llegamos al día de hoy, bien entrado el siglo XXI. Y la auténtica revolución tecnológica que se ha producido en las últimas décadas, y no debería haber nadie con la suficiente comunicación interneuronal que lo dudara, se ha puesto al servicio, fundamentalmente, de todas esas élites, políticas y económicas, que aseguran un mundo plagado de miseria, precarización y conflictos bélicos permanentes.

Solo con una apariencia de libertades, y eso en la mayor parte de las sociedades malllamadas desarrolladas, algo que permite apaciguar a demasiados sapiens para no desarrollar la más mínima conciencia sobre el mundo que sufrimos, se asienta una nueva clase de totalitarismo gracias a unas nuevas tecnologías que aseguran el control y la vigilancia de los poderes establecidos. Por supuesto, un totalitarismo más sutil que el desarrollado en el siglo XX por Estados omniscientes, donde de forma voluntaria el ciudadano entrega su potestad para la posibildiad de una vida más libre, consciente y solidaria. Por otra parte, es digno de estudio cómo a gran parte del personal esos aparatitos electrónicos cada vez más sofisticados, lejos de ponerlos a disposición de un mundo algo más ético e inteligente, les sumerge en la enajenación, en la vacuidad y en el placer más atolondrado. Estaba cargada de lucidez aquella pintada que puede ver ya hace años: «Tu móvil es cada vez más inteligente, mientras que tú eres progresivamente más estúpido». Por lo tanto, tratemos de no confundir las cosas, realizar una feroz crítica a ese desarrollo tecnológico, que asegura un mundo injusto, no es lo mismo que ser tecnófobo o neoludita o como lo queramos denominar. Y, claro, evidenciar toda esta profunda alienación en que parecen sumidas las masas hará que se vea esto como una lectura apocalípitica cuando no puede ser más realista; son un hecho la explotación laboral, el deterioro medioambiental, los conflictos bélicos, las crisis de todo tipo (que abundan en el miedo y favorecen al poder), la represión de los Estados (que no siempre tiene por qué ser ya evidente), el control empresarial… Todo, para quien no desee mirar para otro lado, constituye la realidad y es el desarrollo tecnológico, insistiremos en que nada neutral, el que asegura que se siga perseverando en el sufrimiento de tantas personas.

Vamos ahora con ese (supuesto) gran paso adelante que es la IA. Hay quien lo ha llamado tecnofascismo, una suerte de sinergia entre el poder político y nuevas formas muy avanzadas de producción capitalistas que conducen a ese auténtico totalitarismo de nuevo cuño. No sé si soy muy amigo de utilizar conceptos políticos clásicos, en un mundo que en la actualidad es muy diferente, ya que ello requiere dar demasiadas explicaciones, pero seguramente no hay más remedio. Mucho se ha especulado, hasta extremos dignos de la fantasía científica, sobre lo que las nuevas tecnologías podían hacer con el ser humano. Como ya he repetido, la realidad hoy es mucho más terrible, mientras tenemos que soportar que los malditos oligarcas corporativos adviertan ahora sobre que, ojo, con que acabemos con una inteligencia artificial consciente de sí misma que nos lleve a los universos de Terminator o Matrix. Muy al contrario de esta pueril visión post-apocalíptica, hay quien sostiene que la realidad es mucho más sencilla, la IA es la culminación, en un nuevo escenario, de la producción capitalista llamada taylorismo iniciada siglo y pico antes: la división del trabajo a todos los niveles y la búsqueda de eficiencia, control y rentabilidad a costa de los valores humanos más elementales. Resulta evidente que la IA, lo mismo que otros desarrollos en forma de aparatos y aplicaciones, con un poquito de cabeza, pueden hacernos más fácil algunos aspectos de nuestra vida diaria. Sin embargo, esta visión superficial encubre que los principales beneficiados son grupos privilegiados, que son los mismos que controlan que dicha tecnología continúe al servicio de un mundo sin atisbo de una transformación al servicio del conjunto de la sociedad.

Al igual que ocurrió con las máquinas que sustituyeron a los trabajadores en los inicios de la Revolución Industrial, que no fue para hacerles la vida más fácil y que dio lugar al movimiento de Ludd, sino para quitarles el pan de la boca, ahora es la IA la que ha acabado con puestos de trabajo y ha llevado a la precarización. Sí, es una lógica dentro del capitalismo, de un mundo donde unos pocos controlan los medios de producción, los recursos y una riqueza cuyas migajas ni siquiera llegan a muchos, pero supone la realidad para muchas personas y con ello hay que lidiar, de forma paralela a que tratemos de construir un mundo más decente, para hacerles la vida mejor. Al mismo tiempo, en el terreno de la educación, no parece que sea la IA la herramienta más adecuada para un auténtico conocimiento, ya que los problemas complejos dudo que sean capaces de abordarse por ese camino, ni mucho menos para potenciar la conciencia y los valores morales (huelga explicar por qué, en este caso). La IA, como toda tecnología creada desde arriba, es evidente que está fundamentalmente al servicio del discurso dominante, por lo que perpetúa una visión del mundo sesgada (por no decir, abiertamente, alienante). Desgraciadamente, demasiados aceptan acríticamente estos relatos de los que manejan el cotarro; otros, con evidente malestar psicológico, buscan refugio en toda suerte de disparatadas creencias alternativas, mientras que algunos creen cambiar las cosas acudiendo a ciertas ideologías tal vez obsoletas en los nuevos escenarios. De momento, sin tener nadie todas las respuestas y aceptando que tenemos que seguir viviendo en una realidad que nos revuelve el estómago y la conciencia, hay que apostar por decir no en tantos ámbitos de la existencia, por la rebeldía permanente, por la insurrección cotidiana y por un desarrollo personal que apueste ferozmente por la solidaridad. Palabras, claro, de un ácrata, paradójicamente o no tanto, con algunos tintes nihilistas.

 

Juan Cáspar

martes, septiembre 22

La huelga de camareros de Madrid contra la propina

 

 

A finales de 1933, los sindicatos de la capital buscaron sustituir el sistema de propinas por un salario justo.

 

 “Otra vez la misma historia”, piensa Lucía al ver las monedas en la mesa cuando se acerca a recoger la taza de café vacía. “¡Espere, señor!”, grita al hombre encorbatado que está saliendo por la puerta. Este se da la vuelta y ve cómo la camarera se le aproxima y le devuelve el dinero. “Perdone, señorita, siempre se me olvida la manía que tienen de no aceptar propina”. Lucía se arma de paciencia y responde con una sonrisa: “No son manías. Aquí queremos derechos, no limosnas. Puede ir a la puerta de la iglesia a regalar sus monedillas”. El cliente se encoge de hombros y se marcha.

Lucía y los otros dos camareros que trabajan en esta pequeña cafetería cercana a la Gran Vía llevan meses devolviendo todas y cada una de las propinas que les dejan los clientes. En este local se cumple a rajatabla el acuerdo del jurado mixto de hostelería del 5 de julio de 1933, que marca un aumento de diez céntimos en el precio del café y añade, según el Heraldo de Madrid, “queda suprimida la propina en los cafés, bares, cafés-bares y similares (…) percibiendo como retribución el obrero camarero el 20%. Se ruega al público se abstenga de dar propinas”. La norma incluso contempla “severas sanciones” para los camareros que las acepten.

Una costumbre aristocrática

La abolición legal de la propina es fruto de la presión de las organizaciones sindicales. Critican esta costumbre desde dos aspectos. Uno es puramente económico, ya que la propina es la fórmula utilizada por la patronal del sector para ahorrarse una importante parte del coste salarial de la plantilla, incrementando además el porcentaje de beneficio empresarial que les generan los servicios ofrecidos.

El otro aspecto se sitúa en un plano más inmaterial, como sugiere la frase de Lucía. La oferta de servicios de hostelería es, en realidad, como cualquier otro sector económico: una empresa proporciona un bien de consumo a la clientela a cambio de un precio establecido previamente. Mediante la propina, se genera una ficción donde el cliente no es únicamente cliente de la empresa, sino que asume el papel de jefe del trabajador. El cliente del local, sea un millonario o un muerto de hambre, se cree ahora capacitado para tomar el rol del patrón y recompensar a su servidumbre, al trabajador “simpático”, “rápido” o “servicial”. O, por supuesto, no hacerlo en el caso de que le haya parecido “torpe”, “lento” o “maleducado”. Por estos motivos,el periódico El socialista celebra la nueva legislación “tanto por las ventajas materiales que reporta como por la elevación de moral que supone en la profesión”.

El origen de la propina parece remontarse a la Europa del siglo XVI, donde los aristócratas viajeros recompensaban así el trabajo de los empleados de sus anfitriones. Desde allí fue expandiéndose, aunque no permeó a otras culturas como la china o la japonesa, que en el siglo XXI siguen considerándola una costumbre, en el mejor de los casos, chocante y, en el peor, insultante. Sí hizo fortuna en Estados Unidos, cuyos primeros ricos quisieron imitar el supuesto refinamiento de sus homólogos del viejo continente. A esto se sumó posteriormente el tema racial. El fin de la esclavitud supuso que los negros trabajaran libremente. Sus antiguos amos no pensaban pagarles, pero les dejaron recibir propinas. “Los negros aceptan propinas, por supuesto, uno espera eso de ellos, es una señal de su inferioridad”, comentaba un periodista en 1902. La servidumbre continuaba. A pesar de que ha habido épocas donde la propina ha suscitado polémica pública, hoy en día está muy arraigada en el país, como no es de extrañar tratándose de un laboratorio ultraliberal.

Madrid sin cafés

El sábado 2 de diciembre de 1933, Lucía y todos los camareros de Madrid están llamados a la huelga. Como suele ser costumbre en la II República, el papel donde se reflejan los derechos suele estar mojado. La nueva normativa se incumple sistemáticamente y, salvo en establecimientos como el de Lucía, los camareros no solo no avanzan económicamente sino que salen perdiendo. Las propinas se reducen pero no reciben el porcentaje establecido sobre las ventas. El único efecto real de la medida son los lamentos descarnados de los periódicos burgueses, como La nación, que afirma que “algunos las seguiremos dando, aun cuando se enfade el Jurado mixto, si nuestro camarero no se niega en rotundo. Porque sería fatal que la sonrisa desapareciera de sus labios”.

En esta situación, el gremio se agita. El que más se ha movido ha sido el Sindicato Gastronómico, adherido a una CNT que pisa fuerte en Madrid a pesar de estar constituida allí desde hace muy poco tiempo. También convoca la huelga la Agrupación General de Camareros de la UGT. Se reclama un aumento salarial que, de paso, liquide definitivamente la propina.

El paro es un éxito desde el principio. “El cierre ha sido absoluto, pues salvo algún establecimiento aislado que conserva abiertas sus puertas y tiene los servicios atendidos por los dueños, todos se encuentran cerrados”, se narra en Luz. Comisiones de huelguistas recorren la ciudad desde por la mañana, instando a cerrar a los propietarios renuentes.Algunos locales de dueños recalcitrantes son atacados con piedras o petardos, pero los altercados son escasos, a pesar de lo cual es detenido el comité de huelga. Para sorpresa de nadie, la prensa (salvo la obrera) se centra en los perjuicios que sufre la clientela. Una columna en La voz se pregunta dramáticamente dónde pasar unas horas saboreando el moka o la caña con los amigos, con la familia o, si hay caso, con la novia, para a continuación concluir lo evidente: “Estos camareros tienen el demonio en el cuerpo”. Mundo gráfico, por su parte, muestra una serie de imágenes relacionadas con la huelga acompañadas por comentarios de esta guisa: “Esta sirvienta no quiso que estos clientes se quedaran sin café. Ellos, castizos, corresponden con unos piropos a la atención de esta señorita tan simpática”.

El 6 de diciembre, la huelga de camareros se extiende a más sectores, como los hoteles. La huelga se desarrolla en un clima de alta intensidad política a nivel nacional, tras la victoria derechista en las elecciones de noviembre. Las negociaciones no dan fruto y el día 7 el Gobierno decide intervenir en busca de un acuerdo entre las partes, con una revisión transitoria hasta ese momento. Sin embargo, la solución no llega, por lo que los trabajadores se impacientan. La asamblea convoca una nueva huelga a partir del 10 de febrero, ante lo que el nuevo ministro de Trabajo toma cartas en el asunto y garantiza un salario mínimo que satisface a los sindicatos. La movilización obrera madrileña por un salario justo y contra la propina ha triunfado. Esta seguirá siendo anatema para la clase obrera militante, como señala el escritor británico George Orwell, quien narra en Homenaje a Cataluña cómo durante su estancia en la España revolucionaria se ve obligado a “recibir un sermón” tras intentar dársela a un ascensorista. En la posguerra, cuando la caridad sustituye a la justicia, la propina resurge con fuerza.

 

 Eduardo Pérez 

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