Cuando la multitud hoy muda, resuene como océano.

Louise Michel. 1871

¿Quién eres tú, muchacha sugestiva como el misterio y salvaje como el instinto?

Soy la anarquía


Émile Armand

miércoles, abril 8

Contra la inteligencia artificial y el mundo que la necesita

 

“La inteligencia artificial es intensiva en capital, intensiva en energía e intensiva en datos.  Y prospera cuando hay abundancia de todo ello. Si no trabajamos de manera cooperativa, si no definimos las reglas del juego, habrá menos datos disponibles para procesar. Habrá menos capital fluyendo de un lado a otro. Y eso no favorece la prosperidad de un sector que actualmente está liderando el juego y que es muy prometedor en términos de productividad. Así que estamos en una situación que no tiene alternativa.”

Declaraciones de Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo, realizadas en el marco del Foro de Davos y recogidas en la edición impresa de El País el 26 de enero de 2026. 

 

La geopolítica actual se entiende más que nunca a través de las necesidades energéticas del capitalismo. Lo acontecido en Venezuela y sus reminiscencias cubanas solo constituyen episodios puntuales (y no serán los únicos) de una misma tendencia fagocitadora. Estas necesidades devoradoras de energía son expansionistas e imperialistas, es decir, extremadamente extensivas en términos de territorio. Para entendernos: petróleo, amplias extensiones de terreno cubiertas de instalaciones de energía solar y eólica -las terrestres las vemos, las marítimas, mucho más grandes, permanecen ocultas a nuestros ojos- y también colosales centros de datos que consumen cantidades ingentes de electricidad. La motorización del norte desarrollado, debería puntualizar, desarrollista, culminada en el siglo XX y perfeccionada recientemente con la electrificación de la movilidad, ya no es el único proceso engullidor de recursos. Plantándole cara al movimiento global de mercancías, y como apunta Lagarde de forma desvergonzada, el desarrollo de la inteligencia artificial (IA en lo venidero) compite sin lugar a dudas por el primer puesto. Y lo hace ferozmente.

El mundo que necesita la IA es aquel que nunca se empacha de beneficios. Pero también es un mundo compuesto por individuos que han perdido por completo la capacidad de pensarse y articularse como sujetos activos, tanto individual como colectivamente, al margen de la socialización mercantil, que en Europa también se manifiesta como una socialización burocrática, de orden y profundamente conservadora. No podemos dar la espalda a esta realidad, por incómoda que resulte. El mundo que necesita la IA es un mundo donde reinan el miedo, la ansiedad y atomización generalizada de los individuos. La IA no es otra cosa que el desarrollo tecnológico propio de una sociedad neurótica, casi psicótica, que ha perdido cualquier tipo de vinculo pasado con cualquier noción de humanidad, sin relato, perdida en un laberinto de identidades y, por tanto, incapaz de generar en su seno subjetividades no dependientes patológicamente de esta peculiar estructura social hipertecnificada, aparentemente blindada de confort y facilidades cotidianas. El mundo que necesita la IA es un mundo en el que el solo hecho de pensar la desconexión digital provoca ansiedad, desencanto, confusión e indefensión entre la masa de consumidores.[1]

 La IA es la creación de una sociedad que recela profundamente de si misma. La oligarquía tecnológica ha generado un monstruo provisto de una potencialidad inconmensurable, propia de una divinidad a la que después confiar su destino, una fatalidad a la que poder abandonarse y así verse librada de volver a vivir una situación similar a la actual. La IA está llamada a ser el último y definitivo gran Frankenstein del turbo-capitalismo y el desarrollismo depredador. Tras ella, y frente a ella, solo cabe la sumisión voluntaria, obediente, y la adoración devota de la población. Sin fisuras, sin disidencia, sin resistencias. Un artefacto de esas características solo puede surgir de las entrañas de una sociedad que tiene pánico de su potencial colectivo, precisamente porque es incapaz de plantearse algo así: la agencia consciente y crítica le es ajena, se encuentra inhabilitada para pensarse colectivamente y trascender una hegemonía individualista que ya no encuentra resistencia ni contestación. Renunciamos a ello cada vez que abrazamos la IA como un elemento que puede contribuir a nuestro bienestar como seres humanos. Sin ir más lejos, la IA no es otra cosa que la sublimación material, sí, profundamente material, de esta renuncia histórica sin precedentes. La IA es el nuevo juguete de una élite económica y política patológicamente infantil, insegura, altamente formada en la tecnocracia, centrada en el posibilismo, el corto plazo y la racionalidad instrumental; psicológicamente dependiente, en grado sumo, de la supuesta seguridad y estabilidad social que otorga el ‘progreso económico’. La sobrerrepresentación tecnocrática entre las clases medias metropolitanas solo nos informa de sus nuevas ocupaciones. Sin embargo, su posición y su papel en la estructura social y, por tanto, su contribución determinante a la arquitectura ideológica dominante es idéntica a la que jugó su equivalente histórico en los años 30 del siglo XX. Nada ha cambiado en lo que se refiere a su proyección psicológica, su necesidad neurótica de poseer una dirección vital exógena, impuesta desde fuera, su falsa conciencia manifestada a través de una fe ciega en el progreso y la técnica. Por tanto, el estrato social que ejerce como correa de transmisión entusiasta de los nuevos elementos de la ideología dominante -expresada de forma inmejorable por Lagarde- es incapaz de pensar o imaginar una narración sobre su futuro, tampoco sobre el futuro de la humanidad, que transcienda el mero desarrollismo tecnológico. Está inhabilitado, por tanto, para pensar críticamente el momento presente, es decir, para pensarlo históricamente, pues únicamente anhela un futuro rodeado de máquinas y gadgets. Desea, de forma más o menos consciente, en realidad eso es lo de menos, contemplar plácidamente su creación y abandonarse a ella para siempre. No hay duda, entonces, de que la aceptación generalizada de la inteligencia artificial, en términos psicológicos, constituye una masiva huida de la realidad, una vuelta a la infancia, un regreso al hogar protector, un multitudinario abrazo colectivo al orden imperante.

La IA es, pues, lo opuesto al impulso y la voluntad revolucionarias. No puede darse un uso radical o antagonista de la IA más allá de su completa destrucción, de la mano de todas aquellas personas empujadas por el profundo deseo de una existencia consciente, autónoma y genuina, pero también imperfecta y repleta de dificultades. Personas determinadas a embarcarse en una emocionante e imprevisible travesía vital desprovista de tutelas tecno-burocráticas, partiendo de la autonomía y sin temor a fracasar en el intento.

No existe posibilidad alguna, visto lo anterior, de articular un anticapitalismo coherente y tampoco efectivo sin elaborar una crítica radical y contundente, sin paliativos, al desarrollo e implantación social de la IA. Esta crítica, por supuesto, debe arrasar de igual modo con la hueste de posibilistas, tecnófilos y pseudoprogres que, ‘desde dentro’, abogan sin descanso por las bondades propias de una IA de ‘rostro humano’, ‘éticamente conducida’ hacia propósitos sostenibles, en su más que manido uso, un tanto desquiciado, llegados a este punto, del oxímoron con fines propagandísticos. En este sentido, las previsibles acusaciones que buscan ridiculizar la crítica identificándola falsamente con el primitivismo o el proto-feudalismo, no deberían hacer mella en nuestra voluntad por combatir los robustos pilares que hoy sostienen la dominación y que la izquierda autoritaria se esfuerza por reforzar cada vez que tiene oportunidad. La IA, de la misma manera que la energía nuclear, la tecnología militar o la industria alimentaria, es irrecuperable para la causa de la emancipación social. De hecho, como sucede con todas las anteriores, constituye un obstáculo de primera magnitud que debe ser derribado. Matizo. Primero debemos negar la IA como vehículo heterónomo de socialización, apartarla de nuestra existencia cotidiana. Después, contemplar su caída.

 Resulta triste y patético certificar el nivel de servilismo y sumisión tecnológica al que hemos llegado. Personas de toda índole, especialmente aquellas que ocupan posiciones de privilegio: políticos profesionales, burócratas y tecnócratas, burgueses grandes y pequeños, ideólogos con cátedra y sin ella, incluso artistas; todos ellos se muestran desvergonzadamente embelesados ante las presuntas potencialidades de la IA. La ven como una simple herramienta y como tal la disfrutan. Juegan con ella, conversan y se sorprenden cándidamente de lo que es capaz de hacer. La IA es como un coche de última generación, recién salido del concesionario: cada gadget, cada lucecita adicional, colma los deseos de control, apacigua temporalmente las inseguridades y las carencias afectivas de quien se sabe en uso de un poder que ha usurpado y no le corresponde. Contemplamos como sucede un abandono masivo y definitivo hacia la dirección vital de la población por parte de estos grandes modelos de lenguaje, capaces de dibujar como Van Gogh, ilustrar cualquier idea por compleja que sea, extractar la inmensidad en solo dos palabras e incluso de esquematizar la dialéctica hegeliana en un sencillo y colorido diagrama.  En su momento, Internet proyectó sobre Occidente la falsa promesa de la omnicomprensión democrática, nos sirvió todo el conocimiento acumulado hasta al momento, de forma relativamente sencilla, ante una pantalla, a solo unos cuantos comandos de búsqueda de distancia. La IA, obviamente, va más allá de sus aspiraciones desarrollistas. Se trata de una superación efectiva del conocimiento humano en si mismo, como tal. En palabras de programador de IA estadounidense M. Shumer, a diferencia de otros avances tecnológicos anteriores, la IA no reemplaza una habilidad humana específica, sino que se trata de un sustituto general del trabajo cognitivo[2]. En este momento, nos encontramos, por fin, ‘liberados’ de la reflexión y del pensamiento, pues requieren esfuerzo y tiempo, algo escaso, incluso anticuado, en nuestro mundo hiperacelerado. Nuestra condición de consumidores puede hoy día alcanzar niveles inimaginables solo algunos años atrás. La extensión de la IA como vehículo, como mediación en el proceso de socialización, pronto permitirá que nos dediquemos exclusivamente a comprar (acción que incluye cualquier modalidad de contemplación digital en redes, que no es más que una compra pasiva) y ni siquiera será necesario pensar el qué, pues con premura lo dejaremos en manos de nuestro asistente basado en IA.

La existencia de la IA y su centralidad, en apariencia imparable, descubre claramente qué clase de sociedad la ha producido y su estructura de carácter dominante. Sin duda, y siguiendo al clásico David Riesman, se trata de una sociedad tutelada, formada por individuos dirigidos externamente (other-directed), desprovistos de la más mínima capacidad de acción autónoma fuera de los estrechos muros levantados por la colonización tecnológica de la vida. De forma paradójica, en el centro de esta dinámica dominada por la dependencia externa, el individuo percibe un nivel mayor de liberación personal cada vez que consiente a la IA entrometerse en sus asuntos, los que le corresponden de forma inherente como ser humano. La realidad, sin embargo, es notablemente más trágica. El resultado absoluto de esa delegación obediente, devotamente religiosa, como señalaba más arriba, no es otra cosa que una insoportable y continua dependencia respecto de la máquina y, de forma obvia, la pérdida de sus anteriores capacidades comprensivas, analíticas, relacionales, históricas y, en consecuencia, críticas. Únicamente existe una relación posible con nuestro presunto reemplazo tecnológico, en realidad, un nuevo tipo de prótesis sustitutoria: someterse completamente a ella y permitir a través del autoengaño progresista una fatalidad que se presenta más inevitable cada día que pasa. Me refiero, claro está, al hecho de que las políticas centradas en la introducción masiva de la IA en la vida social -y por tanto que aquélla desempeñe un papel protagonista en el proceso de socialización-, acaben conformando una estructura social a escala de la máquina y que obedezca, a así, a las necesidades propias de los grandes modelos de lenguaje y de quienes están interesados en su desarrollo y fortalecimiento mundial. Junto con lo anterior, pues, urgirá la rápida creación de un marco institucional, un nuevo tipo de armazón burocrático, un Estado ‘renovado’, erigido expresamente y a medida para conceder a la IA la posición que se merece en la estructura política. Sin ir más lejos, está en juego el sueño húmedo formado de plusvalías infinitas al que se refirió sin tapujos C. Lagarde en la exclusiva reunión alpina de Davos.

 Siguiendo este razonamiento, por tanto, resulta un mero formalismo constatar que la colonización tecnológica, la aceptación social institucionalmente dirigida del dominio digital, constituye un aspecto fundamental, sino el tronco mismo, de la ideología burguesa dominante en la actualidad. Huelga decir que como tal es necesario combatirla. En esta dimensión de la ideología, todo buen ciudadano, es decir, todo aquel individuo permanentemente conectado y necesitado de la IA, se convierte también en prescriptor y defensor de las condiciones de su propio sometimiento tecnológico. El sujeto-consumidor huirá de la crítica, porque ésta le supone un esfuerzo psicológico inasumible e incomparablemente más nocivo, también en lo social (ostracismo, soledad, señalamiento, etc.), que la aceptación automática de los marcos impuestos por el capitalismo digital, junto con el gran abanico de posibilidades que pone a disposición la utilización ‘adecuada’ y ‘constructiva’ de los grandes modelos de lenguaje (LLM, por sus siglas en inglés). Cualquier resistente será inevitablemente señalado, empujado a ofrecer toda clase de explicaciones relacionadas con su inaceptable e incomprensible sumisión. Nadie comprenderá su negativa a beneficiarse de las nuevas herramientas que el capitalismo pone en nuestras manos. Por doquier, se aproximarán a él con desconfianza, cuchicheando, deslegitimando su oposición, mientras refuerzan colectivamente, como masa, su dramática renuncia a una existencia auténtica, libre de prótesis y de tutelas tecnocráticas.

Como toda estructura ideológica y dogmática, la colonización tecnológica no está libre del componente identitario. En realidad, esto último resulta clave, pues la IA se encuentra en un momento de expansión, siendo promocionada a cada instante desde los estratos mediáticos, económicos y políticos, instancias provistas de una gran capacidad de influencia; el imaginario colectivo se acomoda a la IA, a la vez que ésta prácticamente se encuentra en disposición de dar forma al conjunto de creencias, relativamente compartidas, acerca del mundo que nos rodea. Y es capaz de conseguirlo, sí, en estos instantes, por que nadie niega con suficiente determinación la totalidad de su existencia entre nosotros. Por tanto, ni siquiera resulta menester la flamante alfombra roja que los garantes del statu quo han desplegado para ella.  Obviamente, en un momento en que el sujeto y sus preferencias como consumidor priman sobre el sentido de la colectividad, las instituciones del complejo burocrático-mercantil no se plantean imponer la IA por la fuerza, mediante el uso de la coerción directa, a través del condicionamiento autoritario sin complejos. El nuevo juguete del capitalismo, en cambio, se inocula lentamente, per de forma constante, a través de comunicaciones gubernamentales de toda clase, por medio la escuela y el resto de ámbitos educativos, la publicidad y también introduciéndose violentamente en el mundo del trabajo y de los negocios. Para culminar el propósito de C. Lagarde se requiere un esfuerzo ideológico ingente, además de asegurar que ningún tipo de grito verdaderamente crítico, radical, emerja por encima de la gran ovación con la que la sociedad occidental, al parecer de forma unánime, recibe la invasión de la tecnología supuestamente inteligente en todos los ámbitos de la vida. 

 En síntesis, el aterrizaje forzoso de la IA está directamente relacionado con el eventual aumento de la competitividad que tanto hemos visto celebrar a la presidenta de BCE. Esto no es más que un eufemismo, en apariencia técnico, pero esencialmente ideológico, para referirse al incremento constante de la plusvalía y, con ello, el continuo engorde de las cuentas de beneficios de las grandes corporaciones, pues ellas serán las principales beneficiadas de la incorporación generalizada de la IA en los procesos productivos de toda índole. La compra-venta de fuerza de trabajo, sin embargo, nunca desaparecerá. Esta máxima es conocida al pie de la letra hasta por los más recalcitrantes anti-marxistas.  Sin compra-venta de la fuerza de trabajo no hay capitalismo. En un futuro próximo, a causa del aterrizaje forzado de la IA, como ha sucedido en otras ocasiones con las más variadas innovaciones tecnológicas, seremos testigos de una extrema polarización en la estructura de las ocupaciones y, por tanto, un cambio substancial en el mercado de trabajo. La aristocracia tecnocrática, los grandes propietarios de las corporaciones digitales y aquellos que proyectan teórica y técnicamente la invasión de la IA, verán recompensados sus servicios con creces. En el otro extremo, la gran masa proletaria, llamada a ejecutar un papel accesorio, constantemente tutelado por la arquitectura digital de la producción. No tardará en eliminarse toda formación, sea profesional o académica, no directamente relacionada con la ejecución y con la resolución concreta de problemas, siempre al amparo de la mediación técnica, sometida a una orientación finalista y bajo los designios de la IA. Ya nunca más será necesario razonar, reflexionar y concluir: eso quedará reservado a las máquinas. En ese momento, quizá nuestro ahora, la fuerza de trabajo será más barata que nunca. Pero sobre todo será completamente dócil y moldeable.

En relación con lo anterior, y como apunte final, en la actualidad las organizaciones empresariales exigen a sus empleados la utilización de la IA, no les ofrecen margen de adaptación y la escasa autonomía de que disfrutaban se reduce de forma notable. Pero no se trata de un requerimiento estrictamente ortopédico, con objeto de aliviar eventuales tareas penosas, monótonas, repetitivas o simplemente con la intención de sortear posibles dificultades técnicas. Tampoco es una cuestión de simple eficiencia económica. Lo anterior resulta clave, sin duda, pero hay algo más. Como apuntaba más arriba, con premura se ha extendido la tendencia directiva a solicitar el uso entusiasta -aquí regresa el componente ideológico- de la IA, también (y sobre todo) para aquello que el empleado podría reivindicar como parcialmente propio, si es que verdaderamente esto resulta posible en nuestros días. El ejemplo más claro, según mi parecer, se encuentra en las habilidades de comprender, sintetizar y exponer por escrito una idea, una propuesta o una conclusión, haciendo uso del criterio de cada individuo. La extensión de la IA, en el límite, elimina definitivamente el valor de la opinión personal y el juicio individual, especialmente en el plano profesional, lo que comporta una clara desvalorización de la fuerza de trabajo y una redefinición absoluta de los marcos formativos académicos y técnicos. Nunca más será necesario que alguien, mostrando buen criterio, considere que este texto no merece la pena, que es reiterativo, innecesario o directamente naif, bastará con que la IA lo determine para que su valoración sea tenida en cuenta socialmente. Al trasladar la autoridad a la máquina (que es una mercancía y necesita al Estado para extenderse en la cotidianidad), desposeemos al individuo de su potentia y, por tanto, de su capacidad de contestación y de crítica. Sea como fuere, ante esta situación, si un movimiento proletario, un sujeto colectivo articulado de forma autónoma y al margen de las instituciones, pudiera llegar a resurgir, o siquiera tener sentido en nuestros días, debería articularse necesariamente alrededor de un doble rechazo radical, una doble negación fundamental. Me refiero, claro está, al combate simultáneo e inaplazable contra el trabajo asalariado, enajenado, contrario a la vida, y, al mismo tiempo, contra la colonización tecnológica. 

 


*I. Arriaza forma parte de la redacción de Antagonistas.


[1] https://elpais.com/espana/catalunya/2026-02-20/que-son-los-therian-los-humanos-con-identidad-animal-se-reunen-en-barcelona.html

[2] https://elpais.com/economia/2026-02-14/el-terremoto-de-la-ultima-version-de-la-ia-alarma-a-los-expertos-el-mundo-esta-en-peligro.html?event_log=oklogin

 

 

domingo, abril 5

¿Qué machacamos en el gym?


Se han convertido en un elemento reconocible del espacio urbano. Sus fachadas no pasan desapercibidas: colores sólidos y llamativos, vinilos publicitarios con mensajes motivacionales y modelos esbeltos. Con amplios ventanales y locales insonorizados, sus diseños arquitectónicos respiran una modernidad solemne. Además, ahora que forman parte de grandes grupos empresariales, hasta se anuncian en televisión. A la entrada, tornos para fichar; se diría que dan cuenta del momento en el que hay que poner a producir el cuerpo.

Los gimnasios, claro está, siguen siendo el lugar adecuado para rendirle culto a cierta idea de salud, pero también se han convertido en espacios de sociabilidad donde exhibir el éxito en la carrera por lograr un cuerpo fit, o, en el peor de los casos, dar cuenta de la fe en el progreso personal y la voluntad de cambio. Porque se diría que, a día de hoy, el gimnasio se ha convertido en una institución del capitalismo de pantallas a través de la cual perseguimos una optimización permanente de nuestra marca personal; un ejercicio de branding capaz de combinar elementos de la filosofía clásica, con disciplina militar y una compleja maraña de tendencias nutricionales.

Y no se trata solo de cuerpos musculados… Pareciera que la preocupación obsesiva por nuestro bienestar y nuestra imagen corporal, se inserta a la perfección en los discursos del crecimiento personal y la autosuperación que, al mismo tiempo que aumentan nuestro capital social y nuestra escala de valor en las aplicaciones de citas, alimentan el scroll de las redes sociales, facilitan la extracción de nuestros datos y multiplican los beneficios de la industria del coaching y la psicología positiva.

Porque somos muy conscientes de que nuestra imagen comunica. Y lo somos, además, en un momento en el que se compite ferozmente por el tiempo y la atención de otros. Por eso, quizá, aprovechamos cualquier pedazo de nuestra piel para contarnos cuentos, para lanzar mensajes al exterior. En este contexto, da pánico pensar en los miles y miles de cuerpos de clase obrera, machacados por el trabajo y la ansiedad, que lucen tatuado un mensaje no consumado nunca: carpe diem.

Nuestra imagen comunica, decimos, y añadimos, como lo ha hecho siempre. Pero si pensamos en el gimnasio, en su historia más reciente, resulta inquietante pensar que son los menos quienes los usan para entrenar el cuerpo de cara a la práctica deportiva continuada. Efectivamente, a pesar de las apariencias, el gimnasio se ha desconectado de su genealogía. Porque sí, vamos al gimnasio para cuidarnos y mantener la forma necesaria para la competición, pero también para machacarnos; nos tiramos a los aparatos con el ánimo de reparar algo que estuviera roto, con la intención de agotarnos, desfogar, olvidarnos de los problemas de una manera sana y consecuente con nuestros deseos de transformación (individual).

Nos atraviesa el mantra de que acudir al gimnasio una hora al día es una forma de autocuidado. Y podemos verlo así. Pero invertimos tanto tiempo en reparar lo que hace en nuestras vidas un sistema desquiciado, creemos tanto en ello, que ya ni cuestionamos el origen de nuestros problemas. Y no, no hablamos del capitalismo como sistema. Es que no tenemos ni diez minutos para hablar con nuestros compañeros de trabajo de cómo mejorar nuestra situación en el curro, dejamos que sean otros quienes luchen contra el cierre del consultorio de nuestro barrio o ignoramos que tenemos en nuestras manos un margen de actuación que podría cambiarlo todo... Y ese todo, nos afecta directamente, también a nuestro cuerpo, también a nuestra salud mental y física.

Por mucho que intentemos minorizar el daño, la historia nos enseña que no hay escapatoria posible si nos pensamos solos, que no hay soluciones que partan del individualismo egótico y solipsista que nos está vaciando por dentro.

Llegados a este punto de la reflexión, pensamos que no puede haber cuerpos sanos en una sociedad intoxicada por el veneno de la desigualdad y la cultura del privilegio. No puede haber cuerpos sanos en una sociedad tutelada por los valores del capital y avocada al desastre ecológico. No puede haber cuerpos sanos en una sociedad que se desprecia a sí misma, porque desprecia la vida.

Y lo anterior no quiere decir que aboguemos por descuidar el cuerpo, sino justo lo contrario. Debemos pensar en cuidarlo desde una perspectiva materialista que no lo piense aislado y que tampoco lo idealice. Precisamente por eso, debemos pensar en cuáles son los discursos que nos animan a moverlo de una determinada manera, en unos determinados espacios, para unas determinadas finalidades. Frenar el proceso de total desposesión al que nos está sometiendo el capital, empieza por pensar cómo nos relacionamos con nuestro propio cuerpo, y eso implica analizar políticamente qué papel juegan los gimnasios en la socialización de una idea de salud y bienestar que no cuestiona el origen de nuestros malestares.

 

Juan Cruz López, editor de Piedra Papel Libros


 

jueves, abril 2

Gaza

 

Has visto el campo cubierto de amapolas.
Has visto los olivos y su verde fruto.
Has visto las abejas danzar sobre los higos.
Has visto caer las bombas
como un granizo que rompe.
¿Has visto?
En la misma tierra en que nacen las flores
los niños se entierran.

 

 Jorge Ortiz Robla

lunes, marzo 30

Entrevista a la Unión de Grupos Excursionistas Libertarios (UGEL), Madrid

 


En vuestras redes sociales señaláis que la U.G.E.L. «es un grupo de personas afines al ideal libertario que se unen para favorecer la enseñanza y la práctica del montañismo». Explicadnos esta afirmación, ¿confiáis en que el montañismo pueda favorecer el ideal libertario? 

Sí, la montaña, como espacio no habitual para nosotros, no tiene por qué responder a las dinámicas que tenemos automatizadas. Un entorno nuevo nos facilita unos modos de relación nuevos. Como mínimo, nos acercamos a la montaña habiendo pensado cómo queremos desarrollarnos en ese contexto: desde la horizontalidad, poniendo en práctica el apoyo mutuo, respetando lo que nos rodea, etc. Además, el montañismo puede romper con valores centrales del capitalismo como la productividad, la velocidad o el rendimiento. Caminar sin cronómetro, renunciar a la cima, priorizar el proceso frente al resultado son gestos profundamente libertarios. En ese sentido, la montaña se convierte en un lugar donde desaprender la lógica del éxito, la competencia y la autosuperación individual.

¿Cómo y cuándo nace la UGEL? ¿Qué objetivos os marcasteis al fundar la UGEL?

La UGEL de Madrid nace en el 2022 cuando unos compas contactan con la UGEL de Catalunya para proponerles el proyecto. En julio de ese año se hace una primera salida a Cabeza Lijar, con bastante asistencia. Eso nos anima a continuar. Las compas de Catalunya recibieron con mucha alegría que la UGEL, que llevaba allí existiendo desde el 2012, se extendiera a otros territorios. La UGEL Catalunya fue una ayuda fundamental para asentar los cimientos de una organización y no solo de un grupo de afinidades montañeras.

Entonces contactamos con varios colectivos a los que creíamos que podría interesarles el proyecto. Todavía las relaciones con los grupos de montaña libertarios eran de toma de contacto y simpatía a la hora de difundir  actividades.

Desde entonces la UGEL de Madrid trabaja, dispuesta a irrumpir en la hegemonía montañera. Hemos dado charlas (en la Orbeko Etxea, en La Garrra en Vallekas o el ERA de Lozoyuela); hemos presentado libros, participado en debates, hemos hecho rutas, nos hemos sumado a otras convocatorias, como la defensa del Pico del Lobo (con una enorme carga política)… Somos anarquistas, y hemos querido llevar nuestra propuesta montañera a todos los espacios donde hemos podido colaborar. 

A raíz de estas actividades, decidimos editar un fanzine que se llama “Renaturalizar el territorio devastado, sabotear el deportivizado, desalambrar el privatizado” donde se exponen ciertos temas en torno al montañismo y la propuesta libertaria que hacemos y queremos practicar, y donde se refleja el ideario de la UGEL de Madrid.

En 2025, la editorial Piedra papel libros, organizó una jornada en torno al montañismo libertario en la Fundación Anselmo Lorenzo. Allí se dio la sinergia entre los grupos que ahora colaboramos, donde se propone una salida al monte cada mes, tutelada por cada grupo pero en coordinación y participación de todos los demás, y, sobre todo, abierta a la gente. Queremos generar encuentros de debate, de experiencias y de aprendizaje mutuo.

 Ahora estamos trabajando en un segundo fanzine, y en seguir con la difusión del primero. También seguimos con la agenda anual de colaboración con otros colectivos.  Iremos haciendo todo lo que se nos ocurra para difundir un montañismo bajo el prisma libertario, para defender a la montaña de la turistificación y la masificación propia del capitalismo. Hablan de la montaña como “recurso natural”, y, quienes lo quieren explotar, nos tendrán de frente.

¿Detrás de la UGEL hay diversos colectivos libertarios? ¿Cómo os organizáis colectivamente?

La UGEL nace en Cataluña, donde sí es una plataforma real de colectivos libertarios. La UGEL Madrid nació con esa pretensión y desde hace unos meses sí nos hemos organizado para hacer una salida mensual con otros colectivos (Con pies de gata, Kamaleo, Grupo Excursionista Isaac Puente…) Pero, realmente, UGEL Madrid es, de momento, un solo grupo, una sola asamblea. Por supuesto, es nuestra intención que sirva para coordinar diferentes grupos afines de montaña. Vamos poco a poco.

Hemos leído que os reunisteis hace unos meses con el objetivo de organizar y convocar al menos una salida al monte mensual durante el curso 2025-2026. ¿Qué buscáis en estas salidas a la montaña desde el punto de vista libertario?

Creemos que crear un hábito montañero y libertario sirve para asimilar mejor las prácticas que acompañan nuestros principios. Nos gusta relacionarnos desde la igualdad, sin jerarquías ni normas impuestas. Tenemos un criterio propio que busca cuidar a las personas y los lugares que visitamos, que vivimos. Cuanto más salgamos al campo, cuanto más consigamos generalizar esta práctica, mejor podremos replicar estas costumbres en otros ámbitos. 

Además, la idea es que haya una cierta previsibilidad para que la gente pueda organizarse y acudir a las salidas, y con ello ir conformando una comunidad de lucha que incida en el ámbito del montañismo. Hasta la fecha hemos organizado ya 4 salidas junto al resto de colectivos anarquistas de Madrid (Con Pies de Gata, Climbing Kamaleo, Grupo Excursionista Isaac Puente y Amigos de las Milicias Anarquistas) y creemos que están saliendo bastante bien por varios motivos: por el alto número de gente que se ha acercado, por las relaciones sociales que se están generando y por las nuevas ideas y proyectos que están surgiendo fruto de esta participación.

¿Buscáis incorporar algún aspecto de memoria del pasado a estas salidas a la montaña? 

Sí. De hecho, la UGEL ya ha llevado a cabo varias salidas relacionadas con la memoria histórica. Hemos recorrido el Frente del Agua (donde se disputaron los embalses de Madrid durante la guerra civil española). Hemos caminado por las vías del tren Madrid- Burgos en el tramo entre Bustarviejo y Lozoyuela (que fue construido por presos políticos, principalmente, durante la primera etapa del franquismo) y hemos subido al Cerro San Benito, un monte poco conocido que fue testigo de varios enfrentamientos durante la guerra civil. 

Salir al campo es estupendo, pero dotar las salidas de contenido histórico, político, así como de actitudes y reflexiones libertarias, más o menos sincrónicas, es lo que da sentido a la UGEL. El anarquismo no es solo una etiqueta para la UGEL, es una manera de habitar el espacio, es una aspiración. Merece nuestra atención a todos los niveles: es formación e información histórica y política, es actitud y es acción.

En el pasado los grupos anarquistas daban un gran valor al contacto con la naturaleza, ¿cómo adaptáis este planteamiento en el siglo XXI con la turistización de la montaña que se está produciendo?

Creemos que la montaña beneficia a todo el mundo y que en ella hay sitio para todas las personas. La turistificación de la montaña no se soluciona echando a nadie. Desde luego las soluciones elitistas, bien pasen por lo económico, bien pasen por supuestos méritos, no nos interesan, nos generan rechazo. El problema procede, a nuestro parecer, del trabajo asalariado. Los periodos de descanso coinciden en la mayoría de trabajos: fines de semana y vacaciones (en verano, por ejemplo). En esos momentos, la montaña se llena, pero, ¿quién decide quién sobra? Según nuestro punto de vista, quienes sobran son los ricos y los políticos, que con sus empresas y políticas están destrozando y privatizando el monte.

Por otro lado, está claro que hay destinos que se ponen de moda, o que son icónicos y, en consecuencia, están terriblemente masificados (y, lo que es peor, destruidos). Como a cualquiera, nos gusta encontrarnos en una montaña vacía, tener esa sensación de aventura, de soledad y reflexión. Como remedio, creemos profundamente en el asociacionismo, en compartir destinos menos conocidos, tal vez más remotos, con nuestro círculo de afinidad. Las experiencias en montaña son muchas y variadas, y en cada ocasión encaja un lugar, un paisaje, una vivencia. Hay muchas más de las que salen en redes. 

¿Quiénes son las personas o colectivos destinatarios de vuestras actividades? 

Cualquiera que se quiera venir. Siempre ponemos por delante nuestro interés por la montaña y nuestros principios políticos. Buscamos generar un ocio no consumista, no competitivo e inclusivo. Libertario. A esto no renunciamos. Quien tenga esto claro y tenga interés en venirse de paseo o lo que surja, ¡que se venga! Nos encantará. 

¿Qué medios de difusión de vuestras actividades usáis (web, redes etc.)?

Tenemos un grupo de Telegram con más de 100 miembros (¡que no son tantos, pero vamos creciendo!) donde difundimos nuestras actividades y otras de colectivos afines, y donde también se proponen salidas más espontáneas, que en ocasiones han llegado a ser bastante numerosas.

También tenemos un instagram que nos sirve para contactar con otras iniciativas que nos interesan y difundir lo que hacemos, y un facebook. En estas redes sociales publicamos nuestras actividades.

Somos conscientes de la contradicción que supone el empleo de estas redes, y es motivo de discusión en nuestras asambleas. De momento, es un canal de difusión bastante efectivo. Nos sirve y no vemos una alternativa clara igual de eficaz. 

Si queréis añadir alguna cosa más, adelante:

Somos una asamblea agradable y donde las personas participantes estamos cómodas. Somos una asamblea pequeña, pero, por suerte, de momento, tenemos éxito de convocatoria (para nuestras expectativas).  Poco a poco, vamos acumulando salidas, charlas y otras actividades. Creemos que lo que hacemos es bueno. Por eso, queremos difundirlo. Nos ilusiona que se nos sume más gente y colaborar con otros proyectos afines. Como queremos que nos conozcan y nos acompañen quienes gusten, agradecemos infinito que nos deis este altavoz. Muchas gracias. 

 

 https://redeslibertarias.com

viernes, marzo 27

El algoritmo de la ocupación

 Cadetes de las FDI trabajando para desherbar cebollas en el Moshav Yated (alrededores de Gaza) en la         primavera de 2024. / Lizzy Shaanan

 

 Si habláramos con las abuelas y abuelos del campo de Cartagena, de Almería o de Huelva y les preguntáramos sobre la agricultura de su tierra, tendríamos más o menos las mismas reflexiones –en los últimos sesenta años, todo ha cambiado mucho. La agricultura que ellas conocieron, la de los cultivos de secano y lluvia, de espera y sol, para comer y dar de comer a familia y pueblo, ya no existe–. Después del trasvase, llegaron los ingenieros, y se impuso el cultivo bajo plástico y los riegos automatizados gota a gota, con mangueras también de plástico. Para sacar adelante la producción de lechugas y pimientos; de pepinos, calabacines y tomates; y de frutos rojos, mayormente todo para exportar. Llegó mano de obra barata de otros países. Antes éramos el campo, ahora, nos dicen, somos el sector agroalimentario: motor económico, empleo y sostenibilidad.

Efectivamente, toda esta transformación, leo, arrancó en 1970, cuando un técnico israelí propuso a los dueños de una finca en Vícar, Almería, que replicaran el invento que un colega suyo, el ingeniero Simja Blass, acababa de desarrollar: el riego por goteo. No era su único ‘invento’. Como la máquina para plantar trigo, el planeamiento del primer acueducto moderno en el Valle del Jordán y la primera tubería de agua hacia el desierto del Naqab, toda esta tecnología no era neutral. Fue clave para el colonialismo de asentamiento que consolidó el Estado de Israel, avanzando y ocupando un territorio que no les pertenecía, asesinando, expulsando y marginando a la población local. No es de extrañar, entonces, que en 1965 Blass eligiera uno de los icónicos modelos de colonización, el kibutz Hatzerim, para aplicar la tecnología del riego localizado. Animado por los buenos resultados, fundó Netafim Irrigation Company. Con este invento se regó también un imaginario que, como explica la radio sionista en español, Radio Jai, hizo fortuna “pues permitió que el desierto floreciera”, como si antes allí no existiera ni vida ni población. 

La masiva transformación hortícola del sur peninsular le debe mucho, precisamente, a la pionera Netafim que, según varias fuentes, llegó al Estado español de la mano del Marqués de Griñón, Carlos Falcó, que, sabiendo de este invento por su relación con la familia Rothschild (gran impulsora del sionismo y conocida por sus inversiones a finales del siglo XIX para apropiarse de tierras en Palestina, la financiación del establecimiento de colonias judías, así como el desarrollo de la agricultura y la industria en esas tierras), facilitó en 1989 la creación de una filial en España, la empresa Regaber, que hoy forma parte del grupo industrial MatHolding. 

 El informe de la relatora de las Naciones Unidas para Palestina, Francesca Albanese, tomando como fuentes el documento “Agribusiness as Usual”, señala a Netafim en tanto ha facilitado y facilita con sus herramientas de regadío el avance y la consolidación de asentamientos ilegales permitiendo cultivos de limones, viñedos, sandías o, más recientemente, los controvertidos cultivos de agave azul. Esta planta originaria de México, con la que se elabora el tequila, se está implantando en el desierto del Naqab y, como denuncia la organización GRAIN, su cultivo “requiere de un uso intensivo del agua y ha desplazado a los cultivos tradicionales de los beduinos, adaptados al clima árido de la región durante siglos”, todo ello en favor de ‘negocios del alcohol’. 

Pero además, Netafim avanza de la mano de acuerdos con las tecnologías militares del genocidio. Esta estrecha colaboración entre la industria agraria y militar se ha visto en más ocasiones. En este caso, el informe de Albanese hace referencia a los acuerdos de Netafim con mPrest Systems para adaptar su software cazamisiles conocido como Cúpula de Hierro, a un software de inteligencia artificial denominado GrowSphere que, vía sensores y satélites, permite a los agricultores desde su móvil detectar al instante las necesidades de agua y fertilizantes de sus cultivos. Cultivar se convierte en una operación táctica-militar. 

Loando el trabajo de Blass, Radio Jai afirma que “el sionismo fue el motor principal de la mayoría de sus actividades”. Es sencillo casar el interés de enriquecimiento de cualquier empresa capitalista con el interés de expansión de cualquier propósito político colonizador, y viceversa. Por eso, volviendo a nuestros territorios, ¿cuánto tiene la modernización de colonización?

 

 Gustavo Duch Guillot. Revista CTXT

martes, marzo 24

El espectro de democracia directa que recorrió Gasteiz e hizo temblar la Transición


El 3 de marzo de 1976, la policía asaltó una asamblea de 5.000 trabajadores que tenía lugar en la iglesia de San Francisco de Asís del barrio de Zaramaga (Vitoria-Gasteiz). Con el objetivo de poner fin a la democracia directa que estaba poniendo en práctica la clase trabajadora vitoriana, la policía lanzó botes de humo dentro del templo para hacer salir a los asistentes. Los hechos, que cumplen ya 50 años, son de sobra conocidos. Los actos de memoria se repiten de manera anual y los puntos simbólicos (murales, placas, monumentos, etc.) se pueden encontrar por la ciudad.

Limitar la memoria de lo que aconteció aquellos días a la matanza perpetrada por la policía, y a la masiva asistencia a los actos de protesta posteriores que se replicaron en numerosos puntos de la geografía de Euskal Herria, conlleva el peligro de olvidar la importancia de lo ocurrido los meses anteriores en los que Gasteiz fue el epicentro de un terremoto que puso en riesgo el devenir pactista de la Transición. Lo ocurrido en las fábricas y barrios vitorianos aquellos meses de invierno fue la mayor expresión de autonomía obrera de la época; un confrontación real de contrapoder obrero.

 

Vitoria: de ciudad modélica del desarrollismo a campo de batalla

La capital alavesa tenía fama de ser “una ciudad de curas y militares”, fuertemente anclada a la tradición y a una pequeña burguesía local. Pero en apenas quince años Vitoria mutó y pasó a ser una pequeña ciudad de provincias a ser el escaparate del éxito desarrollista del franquismo. Su situación estratégica —haciendo de nexo de unión entre el norte industrial y el centro político de la península— y la privilegiada situación fiscal de la que disponía —los Fueros no se suprimieron en Araba al no tratarse de una provincia rebelde— propiciaron un desarrollo económico que atrajo capital y mano de obra. A diferencia de ciudades industriales como Bilbao o Barcelona, Vitoria no sufrió de masificación, de excesos, de ruido y contaminación, de un déficit de vivienda ni del consiguiente problema del chabolismo.

El desarrollismo en Vitoria fue ordenado y se presentaba como escaparate para los tecnócratas de Madrid: limpio, planificado y con una paz social imperante. El Plan General de 1956 había diseñado Vitoria con una segregación espacial clara: las fábricas a la periferia, la burguesía en el ensanche y la clase trabajadora en barrios satélite como Zaramaga o Errekaleor. Ahí, las colmenas de ladrillo alojaban a la masa migrante que llegaba, en menor medida que a las grandes ciudades, hasta Vitoria. Una ciudad, en definitiva, diseñada para el orden absoluto y en la que, supuestamente, nunca pasaba nada.

Un proletariado salvaje frente a la crisis del capital

El agotamiento del modelo vitoriano no fue un caso aislado. El sistema en el que se asentaron las relaciones laborales en la España franquista también se estaba resquebrajando. El surgimiento de las Comisiones Obreras en diferentes zonas industriales había dado paso a la irrupción de un proletariado organizado de manera más horizontal, menos basada en la delegación. Esas masas auto-organizadas, sin la tutela de partido o sindicato alguno, protagonizó numerosos conflictos y huelgas salvajes que se movieron en un terreno más allá de lo laboral.

No se puede entender el avance de este movimiento sin tener en cuenta la crisis que padecía el sistema de acumulación fordista en España. Este sistema económico, que había sido el motor del “milagro económico español” durante el desarrollismo, se basaba en una producción y un consumo de masas vertebrado sobre el autoritarismo del Sindicato Vertical y una mano de obra precarizada de salarios bajos. Pero este rígido sistema se tambaleó a partir de la década de los 70. La crisis del petroleo del 73, cuyos efectos llegaron con algo de retraso a España, tuvo como consecuencia un descenso de los beneficios empresariales debido al aumento de los costes de producción.

 El otro punto de desestabilización empresarial fue el proletariado organizado fuera del Sindicato Vertical, cuya acción acabó con la “paz social” de los años anteriores. Frente a la amenaza patronal de una precarización de las condiciones de vida, la clase trabajadora rompió con la delegación sindical franquista y se auto-organizó para protagonizar su propia lucha. A pesar de la fuerte represión, las movilizaciones, paros y huelgas se multiplicaron de manera exponencial por todo el país. Los trabajadores pasaron de exigir una subida de salarios con la que hacer frente a la inflacicón, a atacar al sistema en sí y a un régimen moribundo.

El despertar del movimiento obrero vitoriano

En el tejido industrial vitoriano, los conflictos laborales solían desarrollarse de la manera establecida: una patronal que decide y ordena, un Sindicato Vertical que finge negociar y una clase trabajadora que obedece. Al tratarse de una ciudad sin apenas tradición industrial, Vitoria carecía de una vanguardia política ni de un movimiento obrero clásico. Por esta razón, la conflictividad tardó en llegar. Pero cuando lo hizo, se unió a la oleada de huelgas salvajes y autónomas que hicieron temblar los cimientos del Estado franquista.

El primer gran conflicto ocurrió en la factoría de Michelin. La multinacional francesa, a la que habían prometido una masa trabajadora fiel y obediente, tuvo que replantear su paradigma colonialista cuando los trabajadores llamaron a la huelga en 1972. Si bien la huelga fracasó —por las exigencias maximalistas de la vanguardia obrera, entre otras razones— dejó un poso del que florecería una experiencia que cuatro años después protagonizó un conflicto que cambió la ciudad para siempre.

 En 1974 se creó la Coordinadora Obrera de Vitoria (COV) —con una importante presencia de grupos autónomos provenientes de los sectores obreristas de ETA— que articuló los diferentes conflictos que irían surgiendo hasta el estallido del invierno de 1975-76. El conflicto laboral, que no tardaría en desbordar el perímetro de las naves industriales, acabaría suponiendo un desafío político que puso a prueba la capacidad de respuesta de un régimen que, tras la muerte de Franco apenas un mes antes, se encontraba en plena crisis. Los trabajadores comprendieron rápido que el vacío dejado por el dictador abría una oportunidad inédita: ya no se trataba solo de mejorar el convenio, sino de aprovechar la debilidad del sistema para forzar cambios que hasta entonces parecían impensables.

¡Todo el poder a la asamblea!

La inflación galopante de la crisis del petróleo había empezado a devorar los salarios para finales de 1975. La primera asamblea masiva ocurre el 23 de diciembre en la empresa Forjas Alavesas, siendo la primera de estas características en la ciudad. El 9 de enero de 1976 los mismos trabajadores de Forjas Alavesas llamaron a la huelga y, tras ellos, se les unieron una decena de empresas más. Pero el conflicto no se limitó a una reivindicación económica por el aumento de salarios. El cambio fundamental radicó en las formas de lucha: los trabajadores decidieron organizar la huelga a través de portavoces elegidos directamente en asambleas a mano alzada. De cada asamblea de fábrica se elegirían, a su vez, a unos delegados que, sin capacidad decisiva, representarían a la asamblea en las Comisiones Representativas (CCRR). 

 Estas CCRR carecían del marco legal dentro de la estructura corporativa del régimen, obviamente. Eran trabajadores de la propia plantilla que exigían ser los interlocutores válidos ante la dirección. De este modo, el primer punto de fricción no fue la cuantía de los sueldos, sino el reconocimiento de estos nuevos organismos. Mientras la patronal intentaba reconducir la negociación hacia los cauces del Sindicato Vertical, los huelguistas se mantenían firmes en su postura: solo volverían al trabajo si se negociaba con los representantes elegidos en la asamblea. Era un hordago total a la legalidad vigente y situaba el conflicto en una cuestión de poder y contrapoder.

Durante la segunda semana del conflicto, las exigencias laborales se unificaron y la respuesta de la patronal no se hizo esperar: se inició una campaña de difamación contra el movimiento y se puso en marcha la maquinaria represiva. Se sucedieron detenciones y la policía disolvió mediante el uso de la violencia numerosas movilizaciones. Esta reacción represiva trajo consigo las primeras movilizaciones conjuntas, así como la organización de redes de solidaridad y de piquetes informativos.

 Esta creciente ola llevó a las CCRR ha convocar la primera huelga general, que fracasó. Según análisis posteriores publicados por miembros del movimiento obrero vitoriano, la focalización de la lucha en las demandas laborales, en esos primeros momentos, provocó una desconexión entre los núcleos más activos y la base de las fábricas. Además, algunos empresarios aprovecharon la ocasión para negociar de manera individual —a nivel de fábrica— y conseguir los primeros acuerdos, con la consiguiente vuelta al trabajo de muchos obreros. Se desactivó así, de manera momentánea, la unidad de la clase trabajadora y de los obreros en lucha.

Esto trajo consigo un cambio de estrategia. Había que hacer comprender que el núcleo del problema no era el aspecto salarial, ni las jornada laboral; era una cuestión de clase, de lucha de poder. Se dio así una evolución de lo puramente laboral a lo político. Para ello fue fundamental el trabajo ideológico en las asambleas, donde se machacó la idea de entender el trinomio Patronal-Estado-Policía como un todo; como un enemigo común. Se buscaba, de esta manera, la deslegitimización del régimen y la reivindicación de un poder popular. El conflcicto laboral no solo generaba consecuencias políticas, sino que terminaba por politizar a los trabajadores.

El asamblearismo se consolidó como la piedra angular del conflcito. Esta práctica de democracia directa no estuvo exenta de debates internos entre quienes veían la asamblea como una herramienta estratégica para conseguir unos objetivos concretos y quienes la consideraban como el sumun del poder obrero.

La ciudad se contagia

Tal y como se celebraban asambleas diarias cada mañana en las fábricas, así ocurría en los barrios de clase trabajadora. Estas zona que se situaban entre el casco urbano y las industrias pasaron de ser ciudades dormitorio a escenarios donde resonaron y tuvieron lugar muchos de los acontecimientos de aquellos meses: asambleas masivas en iglesias —cuando hubo que buscar nuevos lugares de reunión—, marchas llamando a la movilización, campañas de sensibilización a obreros que no estaban en huelga, etc.

Se crearon cajas de resistencia para ayudar a las familias con miembros en huelga y los obreros que no estaban en huelga también crearon sus propias plataformas de coordinación y de acción, buscando la extensión del conflicto fuera de terrenos puramente laborales y poniendo el punto de mira en el régimen mediante una crítica político-social. 

 La lucha pasó de ser protagonizada por obreros de mono azul a ser un movimiento popular. En este aspecto jugaron un papel importantes las mujeres, algunas de ellas como trabajadoras y otras como parejas de los trabajadores. Se crearon asambleas de mujeres, primero por separado —por fábrica— y luego en conjunto, dándoles un carácter autónomo y protagonista. La lucha de estas mujeres se abrio espacio a otros lugares como centros educativos, mercados, etc.

Si bien es cierto que las asambleas de barrio fueron creadas poco antes de los hechos del 3 de marzo, es innegable el éxito que tuvieron con unas convocatorias masivas. Fue, junto a las fábricas, la línea del frente donde se combatió y, al mismo tiempo, un espacio en el que tejer redes de solidaridad. Fue, en definitiva, un centro neurálgico del poder popular que se estaba empezando a construir.

El eco de una utopía interrumpida

A medida que aumentaba el apoyo popular, se creaban asambleas y coordinadoras, y se repetían las movilizaciones, el miedo de los poderes locales fue en aumento. No se trataba para esas alturas del conflicto de un tema laboral o de aletración del orden público; era un problema político. Con la metodología de lucha implementada desde abajo, sin jerarquías y de participación directa de la clase trabajadora, no solo estaba en jaque el modelo de negociación laboral, sino todo el espiritu pactista y reformista del proceso de transición política.

 El ataque a la iglesia de San Francisco la tarde del 3 de marzo no tenía, por lo tanto, el único objetivo de poner fin a la asamblea que ahí dentro se estaba celebrando, si no poner fin al proceso de lucha autónomo que amenazaba, cada día más, con tomar la ciudad. O al menos una parte importante de ella. Con la intervención violenta de la policía armada se buscaba, también, enviar un aviso a cualquier intento de contagio a otras ciudades y procesos de lucha autónoma que estaban ocurriendo en España. Los botes de humo y las balas, los heridos y los muertos, establecieron una frontera invisible, pero terrorífica, de hasta donde estaba dispuesto el Estado a transigir, y qué sueños de ruptura y contrapoder deberían quedarse apartados. Fue un ejercicio de pedagogía del terror.

Cincuenta años después, el eco de Zaramaga trasciende el luto. La tragedia de la iglesia de San Francisco quedó grabada como una cicatriz en la memoria colectiva, pero los meses de organización que la precedieron representan mucho más que una huelga interrumpida. Son el testimonio de una clase trabajadora que, en los primeros compases de la Transición, intentó construir la democracia desde abajo, desde la fábrica y el barrio. Vitoria demostró que, antes del asalto policial, la voluntad popular era quien podía regir la ciudad.

 

 

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sábado, marzo 21

Las luchas territoriales, ¿son la palanca de la superación del capitalismo?


Preguntas a abordar el 27 de noviembre en el Centre Culturel Bruegel de Bruselas y planteadas el 28 en el Groupe de Recherche pour une Stratégie Économique Alternative

Las definiciones (como las corrientes políticas) de comunismo y de anarquismo son múltiples y sería imposible hacer una síntesis de toda esa diversidad en una tarde. No obstante, ¿podrías compartir con nosotros tu noción de anarquismo y de comunismo?

Malatesta dijo que comunismo y anarquía eran los mismo. Nada que ver con el sistema cuartelero de los leninistas, simple disfraz del capitalismo burocrático de Estado. Yo lo definiría como un régimen de convivencia social sin Estado y sin clases, basado en el rechazo de la división del trabajo y en la posesión en común de los medios de producción, en su gestión colectiva y en la distribución del producto social en función de las necesidades. Nacido del libre acuerdo, el comunismo libertario debería de proporcionar a todos las condiciones idóneas para un máximo desarrollo material, moral e individual. Se trata pues de un ideal ético inalcanzable por la fuerza, ya que tiene como condición ineludible la comprensión y el deseo de la mayoría expresado libremente. Para muchos, entre los que me incluyo, el anarquismo sería el modo de lograr este fin, naturalmente por vías solidarias y universalistas, no con procedimientos parlamentarios ni postulados religiosos. En mi caso, entiendo el anarquismo como la característica doctrinal propia del socialismo antiautoritario que, durante mucho tiempo, acompañó a buena parte del proletariado revolucionario, hasta entrar en crisis, puede que final, por culpa de las capitulaciones habidas durante la revolución española. A partir de ahí ya no se puede hablar de anarquismo, con sus diferentes matices, sino de anarquismos, ideologías diversas con el mismo nombre, pero ajenas unas con otras.

¿Sus puntos de encuentro, sus divergencias y el potencial anticapitalista respectivo?

Evidentemente, entre los que se autodenominan anarquistas existen profundos desacuerdos metodológicos y grandes diferencias estratégicas, derivadas de la forma variable de interpretar la realidad y de la praxis divergente con la que caminar hacia los objetivos finales. Las discordancias cristalizaron en ideologías, en fórmulas, a menudo acompañadas de comportamientos sectarios, como, por ejemplo, la insurreccionalista, la municipalista, la sindicalista, la primitivista, la especifista, la postanarquista, etc. Actualmente, el anarquismo es sobre todo un estado de ánimo difuso presente en cualquier conflicto como exigencia de horizontalidad e igualdad, rechazo de la mediación, demanda de autogestión y reivindicación de la acción directa. El potencial anticapitalista del anarquismo moderno se materializará en la medida en que la coyuntura social favorezca el arraigo en las masas rebeldes de sus ideas no vencidas, entendidas no como utopía, sino como “la verdad inmediata de un tiempo relativamente próximo” (Ricardo Mella).

¿Qué es una metrópolis?

En Europa las tres cuartas partes de la población vive en zonas urbanas extensas. En el mundo existen más de quinientas aglomeraciones superiores al millón de habitantes, a las que en propiedad no se puede llamar ciudades. Pasó el tiempo de las ciudades compactas en simbiosis con el entorno agrario. El campo hace mucho que dejó de ser una realidad diferenciada. Debord anunció en 1967 que «el momento presente es el de la autodestrucción del medio urbano». La metrópolis -o “posciudad”, tal como la llama Françoise Choay- es un tipo de asentamiento informe fruto de la expansión ilimitada de la ciudad industrial, que ha ido absorbiendo poblaciones limítrofes y creando nuevas barriadas hasta suburbanizar todo el territorio circundante. Tal unificación del espacio fue posible en un primer lugar, gracias al desarrollo del transporte, al combustible fósil barato y a los nuevos materiales de construcción. Etimológicamente, metrópolis en griego significa “ciudad madre”; en cambio, la realidad dista mucho de la maternidad: es un engendro devorador de espacio que concentra el poder en una sociedad totalmente urbanizada. En los noventa del siglo pasado, la globalización financiera y la digitalización la consolidaron como dominio totalitario de la mercancía y motor del desarrollo capitalista. Es un no-lugar de conurbaciones yuxtapuestas, que no resulta de la superación de la oposición campo-ciudad, sino del hundimiento simultáneo de ambos polos. No representa un proyecto de convivencia, ni siquiera a nivel de clase dominante; bien al contrario, es una realidad totalmente mercantil. Constituye un aglomerado discontinuo y difuso, sin valores ni cultura, sin auténtica vida, conectado únicamente por vías de circulación. La comunicación ha sido marginada por la conectividad. Lo que importa no es la convivencialidad, sino su precio. En realidad, la metrópolis no está hecha para los habitantes, sino para los transeúntes, bien sean visitantes, promotores o inversores. Su base económica ya no radica en la industria, sino en los servicios, el turismo, los grandes eventos y la innovación. Aunque conserve centros históricos, estos han sido museificados, puesto que la metrópolis carece de centro real: en ella lo central se ha vuelto periférico y la periferia deviene cada vez más céntrica. Tampoco las plazas públicas o las calles proporcionan un resto de coherencia orgánica; las infraestructuras viarias son sus únicos ejes vertebradores. El paisaje reconstruido por las fuerzas desarrollistas reproduce maneras de vivir en confinamiento, precarias, motorizadas y mercantilizadas hasta en los menores detalles: las metrópolis generan en cualquier rincón relaciones sociales capitalistas de forma automática. Se puede decir que constituyen el espacio idóneo para la reproducción de capitales en la etapa hipertecnológica de la economía mundializada.

Más sobre la metrópolis.

 

El paso de una economía productiva a otra de servicios, seguido de la transición de un capitalismo nacional a otro global, consagró el papel de las metrópolis por encima de los Estados. Entre la clase dirigente, la ideología keynesiana retrocedió ante el pensamiento neoliberal, enemigo acérrimo del intervencionismo estatal. La promesa de abundancia reemergía en los mercados financieros con el crédito a espuertas y la expansión de la deuda, propiciando turboconsumismo, aventuras inmobiliarias y toda clase de burbujas especulativas. No obstante, la constatación de la finitud de los recursos primarios, sobre todo energéticos (p.e. el “pico” del petróleo), sumada a la crisis medioambiental provocada por el desarrollismo a ultranza (p.e. calentamiento global, producción descomunal de residuos, contaminación, despilfarro de recursos) obligaron a considerar la «sostenibilidad» del proceso, es decir, el pago de la factura de la degradación. Entonces, el capitalismo echó mano del lenguaje ecológico e inauguró una fase verde que el Estado debía promocionar y sostener. El Estado recobraba así el papel de antaño en una economía a “descarbonificar” por un periodo de “transición energética”. La metrópolis evolucionaba en consecuencia recurriendo a un urbanismo light con sus carriles bici, islas peatonales, recogida selectiva de basura, puntos de recarga eléctrica, «corredores» verdes, tranvías y remedios digitales como las smart cities. “Reinventaba” el territorio obedeciendo a la lógica más al día -más tecnológica- de la mercantilización.

¿Qué relación guarda con el “capital territorial”?

Hablamos de “capital territorial” cuando el territorio se ha transformado completamente en «activo», o sea, en capital. En la Conferencia de Río de 1992 los dirigentes mundiales lo definieron como la nueva configuración del territorio que se desprendía de la unión de la economía con el medio ambiente, o sea, del denominado “desarrollo sostenible”. El concepto venía asociado al momento “verde” del capitalismo, cuando el territorio se situaba en el centro del triángulo sociedad-economía-medio ambiente. Una vez mejorada su accesibilidad, este se convierte en un espacio multiexplotable: es una cantera de suelo edificable, un soporte de grandes infraestructuras, una oportunidad para la industria agroalimentaria, una reserva paisajística, un destino turístico, un área para el ocio industrializado, una fuente de energía renovable y de materiales estratégicos, etc, todo lo cual le concede un peso cada vez mayor en la economía global. En fin, el territorio es la materia prima del capitalismo en su último periodo extractivista.

¿Es posible superar el capitalismo sin desurbanizar el campo ni ruralizar la ciudad, y, por consiguiente, sin destruir las metrópolis?

 

Obviamente no es posible. Liquidar la globalización conlleva el fin de su organización espacial. Frente a las sucesivas crisis, las metrópolis además de invivibles, terminan siendo inviables. Son muy vulnerables ante los desastres y tan enormes que resultan imposibles de gestionar comunalmente. El gran escollo con que se va a encontrar una transformación social fundada en la vinculación armónica con la naturaleza serán las mismas conurbaciones, aptas solamente para la reproducción de relaciones capitalistas, a las que forzosamente habrá que desmantelar. La desmundialización siempre tendrá un aspecto desurbanizador y ruralizante. La simple implantación de una economía doméstica sin mercado -llámese natural, sustantiva o moral- implicará colectividades coordinadas de dimensiones reducidas, con cultivos próximos y producción industrial a pequeña escala. Con mayor razón, la autogestión no sería operativa en vecindarios demasiado grandes, donde el ágora es imposible. Ahora bien, desurbanizar no significa abolir el espacio urbano, a lo sumo, abolir la propiedad privada capitalista. Entraña un doble movimiento de despoblamiento y repoblación, de descentralización y desconcentración, cuyos efectos al respecto son la descongestión del espacio sobreurbanizado, su revitalización, la recuperación de su funcionamiento orgánico… Paradójicamente, la desurbanización es una vuelta a la verdadera ciudad.

¿Por qué el territorio es objetivamente el lugar central de la lucha anticapitalista (y no el lugar de trabajo)?

Central no quiere decir único, ni territorio significa exclusivamente campo. Sin embargo, cuando la mayor producción de beneficios, de la que depende el crecimiento económico, se da en la explotación intensiva de un territorio previamente “ordenado”, entonces su defensa viene a ser el centro de la lucha anticapitalista (o sea, de la actual lucha de clases). En efecto, a medida que la productividad global se ralentiza y que las ganancias decrecen, lo que David Harvey llama «circuitos secundarios de acumulación» adquieren una superior relevancia. Los antagonismos se despliegan en toda su magnitud solo en esos circuitos, -bien sea en el problema de la vivienda y el deterioro de los servicios públicos, bien en la resistencia a la construcción de centrales nucleares, trenes de gran velocidad o líneas de alta tensión, bien en el sabotaje a los transgénicos o los grandes proyectos inútiles. En consecuencia, la cuestión social se manifiesta principalmente como cuestión territorial. Al contrario, dada la pérdida de centralidad de los trabajadores de la industria y la desaparición de las huelgas salvajes, la lucha sindical, aunque necesaria, no rompe con las reglas de juego del desarrollismo. No se impone como objetivo salir del capitalismo, sino negociar el valor de la fuerza de trabajo con papeles en el mercado. Menos todavía lo quiebra el obrerismo político, tan aferrado al Estado. Por consiguiente, el conflicto laboral no puede ser el eje sobre el que pivoten las aspiraciones emancipatorias. Si se quiere acabar con el régimen capitalista, la cuestión estratégica principal reside en la capacidad de bloquear el crecimiento de la economía con la mirada puesta en las alternativas de salida. En ese sentido, la defensa del territorio, por limitada que sea, es antidesarrollista y anticapitalista por esencia, ya que se encara con el principal impulsor de la economía en estos momentos, la explotación industrial del patrimonio, los saberes y los recursos territoriales, y en mayor o menor medida, propone alternativas prácticas.

¿Qué tipo de territorio (y ciudad) sería económicamente habitable, viable (en el marco anticapitalista)?

Tempranamente, los anarquistas Élisée Reclus y Piotr Kropotkin plantearon la desconcentración de la ciudad burguesa y la eliminación de sus barrios miserables. Ambos apelaron a un “sentimiento de la naturaleza” que guiase la vuelta a un orden natural optimizado, el cual consistiría en una dispersión de baja intensidad de todas las actividades acaparadas por la urbe expansiva. Al conformarse alrededor de las ciudades una red de pequeñas industrias, hospitales, escuelas, molinos, saltos de agua, caminos, ferrocarriles y colectividades agrícolas, el resultado sería una región integrada urbano-rural, sin centro dirigente, encauzada hacia el comunismo. Sus ideas fueron recogidas y desarrolladas por otros autores, entre los que destacaría a Patrick Geddes y Lewis Mumford, que partían de la “planificación regional”. Con el fin de conseguir un equilibrio territorial, estimular una vida intensa y creativa, eliminar el despilfarro de energía y alimentos y detener la expansión metropolitana, propugnaban un uso racional del territorio. Este se concretaba en propuestas como la de cinturones agrícolas, producción descentralizada de energía, reparto equilibrado de la población en unidades convivenciales bien equipadas, reinstalación de las industrias cerca de la materia prima y transporte público eficaz. Reformas a contracorriente, de sentido común, pero sin perspectivas de realización, puesto que no eran respaldadas por fuertes movimientos vecinales arraigados en porciones de territorio liberadas, sino que dependían del altruismo de los dirigentes. Finalmente, el descrédito de la idea de progreso trajo la revalorización de la comuna medieval, particularmente de su funcionamiento abierto codificado en actas de auto-gobierno, de la regulación de la vida social por la costumbre y de la noción de bien común. Así se han abierto nuevas perspectivas altermetropolitanas en los movimientos auto-organizados capaces de sobrevivir a las tentaciones electoralistas, a la amalgama sin principios y al cebo de las subvenciones.

Preguntas del equipo organizador para profundizar después de la conferencia

Definición y periodización de la nueva fase del capitalismo (¿territorial)?

 

La escasez y finitud de los recursos está dando lugar al acaparamiento de inmuebles, tierras, aguas y minerales, mientras que la crisis climática impulsa al desarrollo industrial de las energías supuestamente “renovables” y de los agrocarburantes. Al volverse extractivista, el capitalismo global se agarra al territorio como tabla de salvación, apartando de la protección ambiental el mayor número de “zonas de sacrificio”. El desplome financiero de 2008 puso fin al neoliberalismo puro y reafirmó la función estabilizadora del Estado. Por otro lado, el auge del capitalismo asiático, combinado con las dificultades insalvables de crecimiento del capitalismo europeo y norteamericano, decantaba la globalización a su favor, amenazando la hegemonía occidental a todos los niveles. En las altas esferas se produjeron fuertes discrepancias. El principal peligro para el statu quo económico, militar y político de Occidente -la competitividad superior china- exigía soluciones geopolíticas, no «verdes»; monopolios, no libre competencia; autarquía, no apertura de fronteras, todo lo cual ponía fin al neoliberalismo. Por ahora, gana el sector favorable al proteccionismo, los cárteles tecnológicos, el repliegue nacionalista y el rearme general. Al imponerse el poderío armamentístico en la política exterior, la globalización tal como la concebía el pensamiento «único» ya no es de recibo. Asimismo, el avance del negacionismo climático y la defensa del empleo industrial señalan el declive del ecologismo de Estado. Hoy en día, la fracción más agresiva de la clase dominante ha dejado de creer en el progreso y la sostenibilidad, y confía poco en el mercado global: prefiere que las industrias se queden en casa a pesar de su baja competitividad (para eso están los aranceles), que la energía nuclear tenga una segunda oportunidad y que sus áreas de influencia se sostengan por la fuerza si es preciso. Sabe que la economía declina y que el “estado del bienestar” se estrecha irreversiblemente, por la que la conservación del capitalismo exigirá el sacrificio del programa ecológico y de una parte creciente de la población. Su catastrofismo tiene que ver con un final de ciclo en la civilización capitalista más que con una «transición ecológica» dirigida por un consorcio privado-estatal. La ideología verde, todavía optimista, está siendo desplazada por un decrecentismo sui generis que los estrategas transicionistas denominan “poscrecimiento”. A pesar de todo, el neoliberalismo político, ciudadanista y poscrecentista, pierde terreno ante un progresivo despotismo de corte identitario, autoritario y violento, típico de un régimen protofascista y posglobalización.

¿Cuál sería el sujeto de la lucha (y el “sujeto revolucionario”) en las actuales condiciones?

Un sujeto político es más que una informe “multitud” interclasista: es una comunidad de lucha estructurada. Su formación va asociada a los enfrentamientos contra la autoridad de los sectores de población perjudicados o excluidos por los mercados, y, paralelamente, al desarrollo de una sociabilidad vecinal ligada a la reconstrucción de espacios de vida menos condicionados por el dinero. Si el Estado se retirara lo suficiente y sus partidarios quedasen en minoría, los individuos se sentirían obligados a organizar la vida colectiva, generándose en el proceso voluntad de segregación, deseo de autonomía y espíritu de clase. Clase sin partido que pretenda servirse de ella, ni más función histórica que la que una conciencia rupturista le pueda proporcionar. Los frentes de lucha son diversos -urbanos, rurales, ecológicos- y el reto con el que se enfrentan las fuerzas sociales movilizadas reside en su capacidad de confluir sin renunciar a la democracia directa, ni soslayar sus objetivos finales. Desgraciadamente, las clases medias, aunque depauperadas, tienden a conservar su mentalidad y a actuar de acuerdo con ella, por lo que son presa fácil de los espejismos populistas de la reacción, y consecuentemente, un obstáculo mayor para la autonomía y la conciencia.

Crítica de la concepción marxista sobre la relación entre el desarrollo de las fuerzas productivas y la emancipación.

En verdad, el desarrollo de las fuerzas productivas ha vuelto casi imposible la emancipación social. Hace tiempo que la razón ilustrada al servicio de la verdad se trastocó en razón instrumental al servicio del poder. Tal desarrollo pudo originar la formación de una clase obrera industrial sediciosa en sus fases iniciales, pero en etapas posteriores, a pesar de la generalización del trabajo asalariado, la base social del combate por la emancipación se restringía. La máquina suprimía inexorablemente la fuerza de trabajo y condicionaba toda la vida social, poniéndola en manos de los expertos. La tecnología y el consumismo provocaron un desclasamiento de la población trabajadora y la pérdida de la conciencia de clase, borrando de su imaginario toda aspiración revolucionaria. En Occidente, la sociedad de clases enfrentadas desembocó en una sociedad oligárquica reclinada en clases medias asalariadas. La descomposición del área soviética derivó en un capitalismo monopolista de Estado. La base material de la emancipación no prosperó en ningún lado: la principal fuerza productiva, que no es el trabajo sino la alta tecnología, era cada vez más destructora, luego inservible para fines liberadores, y por lo tanto, imposible de ser autogestionada.

¿Qué es la “conciencia territorial”?

Dijo Ellul en su momento, que “lo que está en juego es nuestro entorno social y ambiental”. En las regiones que aspiran a constituirse en Estado, a menudo la idea territorial se confunde con el patriotismo identitario. Sin embargo, de manera más general, la expresión “conciencia del territorio” alude a las ligaduras intelectuales que la población mantiene con su hábitat, comprometidas por una artificialización intensiva del mismo, responsable esta del conjunto de síndromes sicológicos definidos como «psicastenia», o más comúnmente, como «mal urbano.» No se trata pues de un conjunto de vínculos simplemente afectivos, ni de una filantrópica “conciencia ambiental”, sino que tiene que ver con el ritmo de vida pausado de los espacios abiertos, ajenos a los imperativos capitalistas, impulsor de formas de convivencia social integrada. Algunos como Sergio Ghirardi utilizan el concepto de “conciencia de especie”, que yo definiría como la protesta espiritual del vecindario (urbano y rural) ante las amenazas de devastación total contenidas en la fase extractivista del capitalismo tardío, algo que supone a medio plazo la extinción de la especie humana.

¿Cuál es la diferencia entre las luchas territoriales y las luchas urbanas?

No hay diferencia. El derecho a la ciudad es también derecho al territorio. Territorio es en principio el espacio concreto donde se asienta una población, y, por consiguiente, es algo más que paisaje, solar, campo o medio natural. Las áreas urbanas también forman parte de él. Es espacio geográfico y social, una porción de la naturaleza modelada por la acción humana a lo largo de la historia. Es dueño de un pasado, tiene tradición propia y contiene relaciones sociales. En el momento turbocapitalista, el territorio no metropolitano se halla suburbanizado, por lo que todos los conflictos tienen bastante en común, ya que son a la vez territoriales y urbanos. Es más, dada la despoblación de las zonas rurales, los efectivos de la defensa del territorio son mayoritariamente metropolitanos.

Con relación al Estado, ¿es este necesario para superar el capitalismo o un freno?

Para quienes propugnan una organización social horizontal, sin burocracia, ni dirigentes, ni cárceles, ni fuerzas de orden, no cabe duda de que el Estado es, más que un freno, un grandísimo enemigo. Ellos quieren reforzar la sociedad civil luchando por un funcionamiento autónomo, o sea, al margen de las instituciones. Por otra parte, el Estado es el Estado de la clase dominante, luego la cara política del capitalismo y, en tanto que monopolizador de la violencia, su brazo armado. Cualquiera que sea su modalidad y diga lo que diga su propaganda mediática, el Estado es la explotación políticamente organizada de la mayoría de la población por una clase minoritaria. Teniendo en cuenta que el Estado puede sobrevivir al capitalismo y no lo contrario, la abolición de este no conduce necesariamente a la de aquel. Hay que empezar por suprimir el Estado. Comenzar desvelando sus artimañas. Gracias a las trampas participativas y al conformismo dominante, el Estado absorbe todas las energías de la contestación y coopta con facilidad a sus representantes. Cuando un movimiento popular penetra en los mecanismos estatales, queda atrapado por ellos. El movimiento segrega una capa burocrática que actúa en su nombre, y que, a medida que va acaparando la decisión -a medida que altera la vieja estructura de poder y se hace gobierno- va divorciándose de él, constituyendo una nueva clase separada. Quien delega, abdica. La clase del Estado se emancipa de la sociedad y se proclama representante de la misma, forzando un cambio de apariencias. Pero, aunque la dominación varíe en la forma, se mantendrá en el contenido.

¿Cuál es tu definición de Estado? ¿En qué se diferencia de la concepción espinozista o hegeliana?

El Estado es una estructura vertical separada y opuesta a la sociedad civil, a la que organiza unilateralmente a través de una capa de funcionarios. Bakunin dijo que el Estado era el mal, la mismísima Iglesia secularizada, una forma histórica de sociedad que agotó su tiempo. García Calvo puntualizaría: “el Estado es la epifanía de Dios mismo”, una idea abstracta, metafísica, convertida en un ordenamiento jurídico que reduce la gente a la categoría de súbdito tras la cual no hay más que renuncia y sumisión. La concepción de Spinoza es una variante liberal de la noción de contrato. En algún momento, mediante un pacto, la multitud acuerda la composición de un Estado “de civilidad” que, conforme a la ley, imponga la razón y el sentido común como guía de conducta, proteja las libertades “naturales” y salvaguarde a todos de ese caos producto de las pasiones anárquicas imperantes en el “estado de naturaleza”. La república holandesa constituiría el ejemplo tangible del ideal espinozista. Hegel, por su parte, consideraba al Estado como realización efectiva del derecho, imagen de la razón y culminación de la libertad civil. Era el punto final de una evolución histórica que el filósofo concretaba en la monarquía prusiana. Ambas ideas de Estado reflejan etapas históricas diferentes del dominio de la economía sobre la sociedad, y, por lo tanto, del desarrollo de la burguesía, la clase de la economía, comerciante y corsaria en un caso, industrial en el otro. Siglo XVII para Spinoza, siglo XIX para Hegel. Salvo en algún caso excepcional -Morelly, Godwin, Fourier- los pensadores avanzados de la fase ascendente de la burguesía, nunca se plantearon la posibilidad de una sociedad organizada no sometida a una autoridad exterior. En su fase descendente, los ideólogos ciudadanistas, como buenos filisteos, huyen de Hegel, es decir de Marx y de Bakunin, o sea, de la lucha de clases y del rechazo al Estado, y de vez en cuando descubren la teología política de Spinoza, es decir, al Estado liberal idealizado de la vieja burguesía, y utilizan sus reflexiones con el fin de proporcionar perspectivas políticas a cualquiera de las facciones mesocráticas que representen.

 

 Miquel Amorós 

 

miércoles, marzo 18

28M: contra el negocio de la vivienda y sus matones, organización de clase

 


Asistimos a precios estratosféricos del alquiler y compra, al tiempo que los salarios menguan. A la existencia de cada vez más trabas para acceder a una vivienda, mientras las mínimas protecciones legales para impedir que nos echen de ella se deterioran o se normaliza su incumplimiento sin consecuencias.

Pese a todos los problemas que esto genera día a día, en el sentido común está totalmente extendido y normalizado que la vivienda es un bien más con el que hacer negocio, a costa de exprimirnos al máximo y excluir a cualquiera que no suponga rentabilidad y más rentabilidad. Desde luego, no se puede decir que esto sea  algo nuevo. Pero en un contexto de creciente dificultad para el acceso a este medio básico de subsistencia, que podría llevar a un cuestionamiento general de la vivienda como mercancía, a lo que asistimos es a movimientos en la dirección opuesta. Si el banquero, el especulador y el rentista siempre fueron objeto de cierto rechazo social, quienes acumulan poder político y económico están hoy en una campaña abierta por presentarlos como héroes y ejemplos de éxito a imitar, mientras siembran racismo y odio al pobre, y proclaman a las claras que el derecho a algo tan básico como la vivienda es un cero a la izquierda comparado con su derecho a enriquecerse. Al mismo tiempo, vemos día tras día políticas que buscan blindar y alimentar el negocio de la vivienda, y también artimañas cada vez más salvajes y violentas por parte de los rentistas, que esos mismos discursos reaccionarios legitiman y blanquean.

Todas estas prácticas encaminadas a expulsarnos de nuestras casas o subirnos el alquiler saltándose las escasas garantías que la propia ley establece, las podemos englobar bajo el nombre de acoso inmobiliario. Hablamos de un amplio abanico de prácticas de acoso, intimidación y coacciones contra las condiciones de acceso a la vivienda de la clase trabajadora, que incluye prácticas más sutiles y cotidianas, y otras más sangrantes. Desde el casero rentista que no hace arreglos necesarios para mantener la habitabilidad de la vivienda porque aunque tengas el contrato en vigor quiere que te vayas para subir el alquiler o poner un piso turístico, hasta contratar a una empresa de desokupación para echarte, pasando por llamadas y presión constante o cortes de suministros por parte de los mismos propietarios.

 Pero, ¿qué responsables concretos tiene la extensión de este tipo de prácticas, y qué podemos hacer para frenarlas?

Empecemos por lo más sangrante: las mencionadas empresas de desokupación. Estas empresas de matones, con estrechos vínculos con el fascismo, se dedican a expulsar a familias de la clase trabajadora de sus casas a través de la violencia directa. A las órdenes de los rentistas y de su dinero, garantizan que los caseros puedan ahorrarse la “molestia” de recurrir a un proceso judicial que igualmente está diseñado para defender sus intereses. Se les permite saltarse la ley, que parece de obligado cumplimiento únicamente para la clase trabajadora, con el fin de expulsar a familias de sus viviendas.

De esta manera, estos matones del rentismo se dedican a cortar suministros como la luz y el agua, a sabotear la cerradura de tu casa para impedir que entres, a destrozar las zonas comunes de tu edificio, a aparecer a cualquier hora del día a vociferar todo tipo de amenazas, a impedir que salgas de tu domicilio bajo la amenaza de no dejarte volver a entrar, o a falsificar supuestas órdenes de desahucio para que te vayas. Estas son las herramientas de trabajo de estos matones que se anuncian como empresas de “mediación”. Para más inri, estas empresas no actúan solas. Cuentan con el blanqueamiento de los medios. Cuentan no ya con que la policía haga la vista gorda con ellos, sino en ocasiones con su estrecha colaboración. Y cuentan también con el amparo de todo el aparato judicial, que se niega a actuar contundentemente frente a sus evidentes y más que documentadas coacciones y prácticas mafiosas.

 Llegados a este punto, conviene también aclarar algo tan relevante como habitualmente ocultado: las empresas de desokupación no actúan únicamente contra personas o familias que están okupando. La demonización mediática del okupa, se extiende y salpica a sectores más amplios. Cada vez es más habitual que emprendan su violencia contra cualquiera que caiga momentaneamente en el impago de un alquiler por haber perdido sus ingresos. No se puede esperar muchos escrúpulos de fascistas y empresas de este tipo, y tampoco hay que olvidar que no deja de ser para ellos un negocio: será más lucrativo cuanto más amplio sea el abanico de potenciales clientes y víctimas.

También hay casos en los que han actuado contra inquilinos con contrato en vigor y al día de pago, cuando el casero de turno quiere echarles para subir el alquiler a los próximos que entren o montar un rentable piso turístico. Y si conviene advertir al lector de esto no es por otra cosa que por el bombardeo constante de los Nacho Abad, de las Susana Griso, o los Vito Quiles, que tiñen toda la cuestión de la vivienda de okupación y más okupación, con el fin de amparar las prácticas mafiosas de estas empresas. De esto va la ridícula y burda etiqueta de “inquiokupa”. Pese al victimismo habitual de rentistas de todo tipo en tertulias televisivas, hay que recordar que el marco legal que deciden saltarse para maximizar su beneficio y acortar plazos, está de por si diseñado para defender su negocio, y que incluso cuando se saltan la ley gozan de casi total impunidad. Mientras criminalizan a quienes sufren las peores consecuencias de que la vivienda sea un negocio (sean okupas, inquilinos que caen en impagos o la casuística que sea), blanquean la violencia contra ellos. Pero, ¿saben ustedes quién sí puede cambiarles impunemente la cerradura y quitarle la casa cuando bajan a por el pan? Un nazi contratado por su casero.

Por supuesto, estas empresas de desokupación no caen del cielo. A muchos de estos matones les acompañará  su ideología fascista de odio al pobre y al migrante, a otros quizá no, pero ninguno hace esto únicamente por vocación, sino por dinero. Alguien debe pagarles por esa “mediación”. Y es aquí donde entran, evidentemente, caseros, fondos e inmobiliarias, otros de los responsables principales de estos abusos. Las empresas de desokupación son solo una de sus herramientas pero su “imaginación” abarca también otras formas de acoso inmobiliario. No es nada extraño, por ejemplo, que fondos o inmobiliarias vendan y compren vivienda okupadas o con inquilinos, de manera que la solución más sencilla para el nuevo propietario sea, de nuevo, contratar a una empresa de matones que eche a los moradores lo antes posible.

Tampoco es raro que sean los propios propietarios y rentistas, grandes y pequeños, quienes cortan suministros, boicotean cerraduras y amenazan. Quienes inician obras en el edificio para hacer la vida imposible a quienes desean expulsar. Quienes llaman a todas horas y presionan para aceptar condiciones abusivas, subidas ilegales del alquiler o desahucios invisibles. Realizan, en suma, un acoso constante. No, no es que nos repitamos en este artículo, sino que las prácticas propias del acoso inmobiliario se repiten una y otra vez en la propia vida de la clase trabajadora, sea encarnándose en la figura de las empresas de desokupación, de las inmobiliarias o de los rentistas. 

Además las inmobiliarias, por su papel de intermediarios, cumplen aquí la doble función de lucrarse con la vivienda y utilizar y alimentar un falso alarmismo contra la okupación y el impago en los propietarios. Esto a su vez les permite exprimir más todavía a los inquilinos (y a veces también a los propietarios) con “seguros” de impago, dobles y triples fianzas que luego no se devuelven, etc. También, imponer filtros cada vez más restrictivos, donde la exigencia de cada vez más nóminas y avales se mezcla con el simple racismo y clasismo a la hora de seleccionar y descartar inquilinos.

Por último, no podemos dejar de señalar a un agente igualmente responsable de todas estas prácticas: el propio Gobierno. Ya no es que hayan permitido en esta excelentísima “legislatura de la vivienda” que el precio de la misma se halle en máximos históricos, que emprendan una y otra vez políticas para regar de dinero público a los rentistas y las constructoras a través de bonificaciones fiscales, las llamadas ayudas al alquiler o la llamada “colaboración público-privada”, o que ni siquiera consigan mantener una medida tan limitada y tibia como era la llamada moratoria antidesahucios. Sino que, además, mientras los partidos que ocupan ese mismo gobierno nos dicen que debemos votarles para parar al fascismo, permiten actuar con total impunidad a estas empresas de desokupación. Estas, como en una simbiosis, se nutren del fascismo a la vez que lo refuerzan. Estando a la vista de todos sus prácticas mafiosas, su acoso, sus coacciones, intimidaciones y amenazas, al igual que para los juzgados o la policía, no han movido un dedo por desarticularlas.

 Con todo lo dicho, el panorama puede parecer desolador: demasiados enemigos, demasiado poderosos, y también, como acabamos de señalar, algunos falsos amigos. ¿Cómo respondemos ante esta situación? Parece que solo podemos contar con nuestras propias fuerzas. Pero en esto podemos encontrar también motivos para el optimismo. Porque cuando la clase trabajadora se organiza, como ya se hace en tantos sindicatos de vivienda y espacios de distinto tipo, puede plantarle cara a los matones, a caseros, a inmobiliarias y al propio Gobierno.

Todo esto no es mera teoría que nos sacamos de la manga. Existen sobrados ejemplos prácticos que muestran cómo los sindicatos de vivienda consiguen parar los pies a los caseros y sus prácticas mafiosas en el día a día. Los rentistas tienen como as en su baraja la soledad, el desconocimiento y el miedo de las personas y familias de clase trabajadora a las que exprimen y atacan. Cuando se encuentran con una respuesta colectiva, con una llamada del sindicato o con alguien informado y dispuesto a defenderse de esos ataques, a menudo desisten o fracasan. Lo mismo ocurre con las empresas de desokupación, y no hay mejor ejemplo de esto que lo ocurrido hace unos meses en Vallekas. Una empresa de desokupación trató de ejecutar un desalojo ilegal, y atacó de paso el gimnasio antifascista La Fábrika. Se encontró un barrio organizado que respondió defendiendo a sus vecinos y sus espacios, plantando cara a esos matones fascistas en el momento, y tomando las calles masivamente unos días después contra las empresas de desokupación y contra toda la criminalización mediática.

Por supuesto, no hablamos de recetas mágicas. Ninguna lucha lo es, y no siempre arrancaremos victorias. Pero las que puedan conseguirse, los pequeños pasos que se enmarquen en lo posible y los grandes saltos que transformen mañana en posible lo que hoy parece imposible, no vendrán de confiar en la benevolencia de los rentistas o del Estado, ni de pedir y esperar sentados. Pasan irremediablemente por la organización y la lucha de la clase trabajadora, para defender nuestros intereses y responder a sus ataques.

Lo tenemos claro. Si no podemos habitar tranquilamente nuestras viviendas porque nuestros caseros e inmobiliarias recurren a prácticas mafiosas para echarnos y subir el precio a los siguientes que entren. Si el Gobierno ni siquiera es capaz de mantener las medidas “sociales” más tibias y con su impotencia y pasividad que pone la alfombra a fascistas y a los discursos reaccionarios. Si en nuestros barrios hay vecinas y vecinos que no pueden salir de sus casas por miedo a que les cambie la cerradura una empresa de desokupación. Si los medios criminalizan a las víctimas y blanquean a los culpables. Si la clase trabajadora no tiene garantizado de manera universal el acceso a una vivienda. Entonces, es nuestro deber tomar las calles, para decir bien alto que no vamos a seguir normalizando que su negocio esté por encima de nuestras vidas ni tolerando su violencia impune. Que el culpable no es el migrante ni quien no puede pagar un alquiler, sino el rentista y el empresario que nos exprime. Y que el camino para plantarles cara no es confiar en que otros lo arreglen, sino nuestra propia organización como clase trabajadora. 

Nos vemos el 28 de marzo a las 19h en Plaza de Castilla.

 

 

militante del Sindicato de Vivienda de Tetuán @SVTetuan