No existe un fascismo abstracto, etéreo, de manual. El fascismo
siempre ha tenido nombres, apellidos, uniformes, iglesias cómplices,
jueces obedientes, falangistas disfrazados de policía o empresarios
beneficiados y víctimas perfectamente identificables. El fascismo no es
una opinión incómoda ni un exceso del pasado: es un régimen criminal,
una práctica sistemática de terror, exterminio y saqueo, cuya huella
sigue viva allí donde no se ha hecho justicia.
El fascismo español no fue una reacción, fue una agresión. La guerra
civil de 1936 no fue una guerra entre hermanos, fue una guerra de clases
iniciada por una sublevación militar contra un régimen democrático.
Desde el primer día se impuso la lógica del exterminio: fusilamientos
masivos, cunetas y pozos, cárceles, campos de concentración, exilio,
robo de bienes, de dignidad y hasta de bebés. No hubo simetría posible.
Hubo vencedores armados que saciaron su sed de venganza hasta el
hartazgo y vencidos indefensos y humillados con destino de víctimas, sin
más misión que el sufrimiento.
Durante cuarenta años, el franquismo prohibió incluso el derecho más
elemental: enterrar a los muertos. Como en la tragedia de Sófocles, el
Estado se arrogó la potestad de decidir quién merecía sepultura y quién
debía pudrirse como escarmiento. Esa prohibición no fue solo material,
fue moral y política. A una parte del país se le negó el duelo, la
memoria y la palabra. Ese es el auténtico síndrome de Antígona: la
condena a vivir sin verdad ni justicia.
La llamada Transición no rompió con ese crimen fundacional. Lo
administró. Consagró la impunidad de los verdugos y el silencioso miedo
de las víctimas. Se amnistió a los criminales y se exigió paciencia a
las familias de los asesinados. Los archivos permanecieron cerrados, los
jueces pasaron página y los responsables murieron en la cama, con
honores, medallas y funerales de Estado. Mientras tanto, los familiares
de los fusilados o desaparecidos envejecían sin saber dónde estaban los
huesos de los suyos.
De esa claudicación nace la farsa de la equidistancia: la llamada
“Tercera España”. Una ficción cómoda que pretende igualar a víctimas y
verdugos, a fascistas y antifascistas, a quienes dieron órdenes de matar
y a quienes yacen aún en las cunetas, pozos y acequias. No es
neutralidad: es blanqueo. No es reconciliación: es continuidad del
crimen por otros medios, su permanencia e institucionalización.
No se puede meter en el mismo saco a quien defendía un gobierno
legítimo y a quien lo destruyó a sangre y fuego. No se puede hablar de
“excesos en ambos bandos” cuando solo un bando construyó un Estado
basado en el terror… durante décadas, mientras el otro bando sobrevivía
en el exilio o fue sometido a la brutal dictadura del tirano. No se
puede condenar la violencia en abstracto para evitar señalar al fascismo
y a los ejecutores fascistas en concreto, con su nombre y su apellido.
Eso no es rigor histórico, es cobardía política.
El fascismo no terminó con la muerte del dictador. Fraga hizo suya la
calle en Vitoria y aún hoy sobrevive en la estructura del poder, en la
impunidad judicial, en la corrupción heredada, en los monumentos de
exaltación, en los discursos que criminalizan a los vencidos y absuelven
a los vencedores. Sobrevive cada vez que se niega una exhumación, cada
vez que se relativiza un crimen, cada vez que se pide olvidar. Sobrevive
en la cruz del Valle de los Caídos, porque esa cruz es una cruz gamada.
No queremos monumentos huecos ni homenajes oficiales sin
consecuencias. Queremos la verdad completa: todos los archivos abiertos,
todas las fosas exhumadas, todos los nombres sobre la mesa. Queremos
saber quién mató, quién lo ordenó, quién delató, quién se enriqueció.
Queremos justicia, aunque llegue tarde, porque sin justicia no hay ni el
menor simulacro de democracia, solo administración del pasado criminal.
El fascismo no se discute: se combate. Se combate con memoria, con
verdad, con justicia y con una repulsa sin matices. No hay término medio
entre verdugos y víctimas. No hay tercera vía entre la barbarie y la
dignidad. Mientras quede un solo desaparecido en una cuneta, en un pozo,
en una acequia, en una fosa y un solo criminal sin juzgar, el combate
continúa.
Porque callar no es neutralidad. Callar es tomar partido por el fascismo.
Que un criminal de guerra, confeso y victorioso, que un asesino de
masas ocupase la Jefatura del Estado durante cuarenta años no se borra
fácilmente, y sus secuelas son innumerables y persistentes, incluso
cincuenta años después de su muerte en la cama.
Y los nostálgicos del tirano se cuentan por millares, sobre todo
entre jóvenes algo ingenuos y demasiado ignorantes que no vivieron ni
sufrieron el franquismo.
Sin embargo, siempre nos quedará el golfo del Borbón nominándose a sí
mismo impulsor y protector de una reconciliación y una transición
fantasmagóricas. Como si reconciliación y transición no hubieran sido la
impunidad definitiva y absoluta de los verdugos fascistas a todos sus
crímenes, desde 1936 hasta 1976.
El todo atado y bien atado de Franco.
Agustín Guillamón