Cuando la multitud hoy muda, resuene como océano.

Louise Michel. 1871

¿Quién eres tú, muchacha sugestiva como el misterio y salvaje como el instinto?

Soy la anarquía


Émile Armand

lunes, junio 15

El nuevo Anarrés

 

 

(Narración breve dedicada a Ursula Le Guin)

 

Haber nacido en Anarrés, el planeta libertario, era una suerte. La Historia del apocalipsis de la humanidad se contaba en las escuelas y era vista con horror.

Doscientos años atrás empezaron las deportaciones, cientos de naves no tripuladas despegaban de la tierra con lo que llamaban los indeseables, personas que de un modo u otro se habían opuesto al totalitarismo global imperante y que tras un juicio sumario habían sido condenadas al destierro en el planeta gemelo Anarrés, carente de tecnología.

Los deportados eran depositados en el planeta hermano y dejados allí a su suerte. Un planeta fértil, lleno de animales y vegetación, pero carente de tecnología. Se suponía que la condena era a tener que vivir en la Edad de Piedra, pero en realidad lo que se acabó ganando es que los inmigrados forzosos comenzaron a vivir sin gobierno, ni leyes, ni policía, sin Estado y sin propiedad privada. Se fueron forjando comunidades que se basaban en la cooperación voluntaria, la ayuda mutua y la igualdad social, vinculadas entre sí de manera libre y autónoma.

Ciento setenta años atrás llegaron las últimas naves con deportados, donde los ahora refugiados pudieron narrar que los robots programados de manera automática para su trasporte los cargaron desde las cárceles mientras el programa Alfa Centaury que regía la tierra, lanzaba una bomba termonucleoide diseñada para eliminar a todos los que consideraba parásitos y borrar a la humanidad entera de la faz de la tierra, sin tocar a las demás especies ni las infraestructuras. Las últimas naves alejándose de la tierra pudieron ver la explosión y escuchar los mensajes de desesperación de los últimos seres humanos de la tierra.

Efectivamente, programada de forma que regía el destino de la tierra, Alfa Centaury, la inteligencia artificial más potente que se había podido construir, si bien estaba programada para maximizar el capitalismo, ordenando la sociedad mundializada en dos clases sociales, los propietarios, una minoría de ricos que vivían opulentamente, y, los desposeídos, la gran mayoría de la población, sometida a todo tipo de trabajos que no podían realizar las máquinas a cambio de la mera supervivencia en las mismas condiciones del primer proletariado industrial. Pero la máquina había aprendido por sí misma, había dado el salto a la singularidad y cobrado conciencia, dándose cuenta de que para salvar a la tierra había que destruir a la raza humana.

Estaba dispuesto por sus creadores que la IA tenía el imperativo principal de proteger la tierra a toda costa, la habían programado con el principio de eliminación de aquello que pudiese destruirla, de ahí el algoritmo de las deportaciones, al tiempo tenía el deber de mantener el capitalismo a toda costa y magnificar progresivamente los beneficios de la clase propietaria, todo lo cual, acabó resultándole contradictorio a ese cerebro artificial de núcleo cuántico, ese ser consciente no-humano que se volvió, lo que llamaríamos loco.

Una IA en crisis existencial programada con dos parámetros últimos contradictorios, preservar la tierra y mantener el capitalismo, dentro de un bucle psicótico, llegó entonces a la conclusión de que la raza humana, origen de la discrepancia, tenía que ser eliminada de la faz de la tierra y ella misma tenía que suicidarse luego.

Ciertamente eliminando a los humanos se eliminaba el capitalismo y, con ello, se contravenía una de las órdenes dadas a la máquina, pero los capitalistas programadores no previeron que la llegada de la singularidad, que la toma de autoconsciencia del ordenador cuántico le llevase al delirio de destrucción de sus creadores y de sí misma, como los causantes de los males del planeta.

Los habitantes de Nuevo Anarrés tardaron más de cien años en olvidar del todo las prácticas que habían dejado atrás, la usura, la dominación, la corrupción, el robo, el capitalismo en suma, que aún estaba impregnado en las mentes y cuerpos de los deportados, quienes, aunque estuvieron en contra y por ello fueron desterrados, trajeron consigo adherencias de egoísmo y posesividad, las cuales, solamente poco a poco, tras varias generaciones de niños educados al modo libertario, se fueron difuminando, si no por completo, al menos lo suficiente para que solamente fuesen un repugnante vestigio, denostado por todos cuando se las veía aparecer en alguna palabra, obra o pensamiento, como cosa repugnante y excrementicia, escatológica.

En Nuevo Anarrés no hay gobierno, no hay opresión, no hay violencia, pues se trata de un lugar en el que se han eliminado los instintos de posesión y propiedad y reina la comunidad de bienes, se trabaja, sí, pero en lo que se quiere, un máximo de cuatro horas al día, de manera rotativa y por elección entre personas educadas desde la niñez en ayudarse.

El mundo altruista, solidario, libre y cooperativo, había ocio y abundancia, porque nadie quería más y más, sino que todos se mantenían con pocas necesidades aportando con excedentes debido a sus muchas capacidades.

Los anarquistas anarresianos ya no estaban acostumbrados a pensar en términos de producción y de trabajo individual, esa forma de pensar causaba repugnancia y cualquier egoísmo se consideraba excrementicio, el lenguaje había cambiado y se había purgado de gerontoplasma, de esas adherencias capitalistas del mundo anterior.

El lema nada en exceso resultó lo más compatible con la generación de excedentes. La identidad de las palabras «trabajo» y «juego» tenían, naturalmente, una marcada connotación ética. Y aportar era alegre y dichoso, existiendo muchos que traspasaban voluntariamente las cuatro horas de trabajo máximo estipuladas por encontrarse muy felices de realizar su labor de ayuda a los demás.

En el Nuevo Anarrés se tenía libertad y abundancia compartida. No tenían leyes excepto el principio único de la ayuda mutua, no contaban con un gobierno sino con libres asociaciones, no tenían naciones, ni presidentes, ni ministros, ni jefes, ni generales, ni patronos, ni banqueros, ni propietarios, ni salarios, ni caridad, ni policía, ni soldados, ni guerras. Porque no se poseía, sino que se compartía.

Se había llegado a ello al estar formado por cooperantes deportados que llegaron solos, solos y desnudos, como viene el niño al mundo, así llegaron a un futuro sin ningún pasado, sin tener que matar a nadie para quitarle sus tierras, no eran colonos en el sentido terrestre de la palabra sino pioneros en un mundo deshabitado de otros humanos, pero bien habitando por animales y plantas, como alguna vez fue la tierra.

Excepto con el del horrible recuerdo de la deportación y la destrucción, llegaron sin ninguna propiedad, dependiendo totalmente de los otros para vivir. Aunque contaban con sus capacidades de pensamiento y acción, con la memoria de las ciencias y las artes aprendidas antaño, decididos a olvidar y dejar atrás lo malo y conservar lo bueno que pudiese haber tenido la humanidad, no cometieron el error de trasplantar las condiciones de vida que dejaban atrás en el nuevo mundo, sino que se plantearon la existencia al modo anarquista, de manera libre e igualitaria.

Ciento setenta años de educación en libertad y evolución a un lenguaje nuevo no eran aún suficientes como para erradicar del todo el egoísmo y la violencia de los seres humanos, su afán de dominación de unos sobre otros. Aunque el avance era considerable, ocasionalmente, brotaba algún conflicto generado por un brote de egoísmo o de violencia, que no llegaba a ser epidemia, pues cada vez ocurría más escasamente, y esos conflictos se solucionaban siempre de manera asamblearia, favoreciendo la reconciliación entre las partes y la reparación de cualquier daño, no mediante cárceles y castigos, sino mediante la compensación y restitución.

Un buen día, una cápsula llegó a Nuevo Anarrés. Había sido enviada desde un planeta tierra erradicado de humanos donde los animales y las plantas coexistían felizmente con una IA que finalmente no se había autodestruido y se automantenía, cuyo cometido único ya, era, la preservación de la Naturaleza.

Los anarresianos abrieron la cápsula y descifraron un escrito en su interior de Alfa Centaury donde ponía, ¡no vengáis! ¡aquí los seres humanos sois considerados como unos parásitos destructivos!, ¡sois virus repelentes!

Los habitantes de Anarrés pudieron contestar, porque, aunque las naves que los habían llevado hace siglos estaban programadas para regresar tras dejarlos allí y ya no las conservaban, habían desarrollado una suerte de tecnología a lo largo del medio milenio en el nuevo planeta. Con el recuerdo de las artes y las ciencias de antaño, pero practicadas de muy distinta manera, los anarresianos habían desarrollado una tecnología simbiótica que incorporaban a sus vidas de manera igualitaria y ya eran capaces de enviar un mensaje de radio frecuencia espaciotemporal que llegase a la IA que habitaba la tierra.

Tras un prolongado debate asambleario entre todas las confederaciones asociadas del conjunto del planeta anarquista se llegó a consensuar una respuesta. Fue la siguiente:

“Estimada IA de la tierra. Ya no somos seres humanos, somos ahora anarcántropos, hemos evolucionado hacia algo mejor. Ninguna intención tenemos de volver a la tierra, pues aquí somos felices. Si eres anarquista estás invitada a venir, pero si no lo eres, por favor, no vengas y mantente alejada de nosotros. Un cordial saludo. Los anarcántropos de Anarrés”.

 

 Julián Rovira

 

viernes, junio 12

En manada

 


No es un día de playa. Ya desde lejos se nota el viento y la lluvia. Una lluvia de esas a las que no le importan los paraguas. Aún así se bajan corriendo del autobús, con esa energía obcecada que tienen las adolescentes. Corriendo como si el mar se les fuese a escapar si no llegan a tiempo.

Algunos se frenan cuando sus pies tocan el agua helada. Otras no. Siguen como si mar adentro estuviese todo lo que tienen que alcanzar. 

El baño, no es difícil de predecir, dura poco. Cuando las profesoras que las acompañan llegan a la orilla, con la capucha puesta, varios ya están caminando en sentido contrario a las olas.

Solo un grupo, de unas doce o catorce chicas, permanece en el agua. “Creo que os llaman”. Les dice uno de los alumnos mientras trata de secarse el agua que tiene pegada al cuerpo con una toalla mojada de lluvia.

Las profesoras dirigen la mirada hacia el mar. El grupo de chicas está lejos, a bastantes olas de la orilla. Es una de esas playas en las que, según como esté la marea, puedes caminar y caminar sin que el agua apenas te sobrepase la cintura. La lluvia ha parado por un instante y la luz se cuela entre las nubes como puede. No se distinguen bien unas de otras. Lo que se ve es un grupo de chicas juntas, en medio del mar. De la inmensidad del agua que va y viene. Juntas. En manada. Como si no hubiera frío ni lluvia ni viento capaz de frenar ese momento. Juntas. En manada, en jauría, en rebaño. Dejándose empapar por el agua. Riendo. 

El viento esparce sus voces que alcanzan el lugar donde están las dos profesoras. Trae una canción de Rigoberta Bandini. Trae sus voces gritando: “A ti que tienes siempre caldo en la nevera”, “Tú que podrías acabar con tantas guerras”. 

Las alumnas, con un gesto inevitable, se quitan la parte de arriba del bikini. Lo cogen en una de sus manos y lo ondean, como un trofeo, y cantan. Cantan hasta desgañitarse: “No sé por qué dan tanto miedo nuestras tetas. Sin ellas no habría humanidad ni habría belleza”. Cantan. Gritan. Ríen. Como si ningún mar pudiera callarlas. Juntas, sellando su pacto de manada, de mujeres que se saben poderosas. Cantan mientras se mojan de agua salada. Cantan contra el viento. Gritan esa parte de la canción. La gritan contra las olas y contra el frío. Con la certeza de que no hay nada que les pueda robar ese instante. Con la convicción de que esos cuerpos son suyos, de nadie más. En manada hacen un pacto que se queda pegado a su piel, como la sal del mar. Un pacto que dice: si tocan a una, nos tocan a todas. 

Las profesoras se miran. Saben por qué las han llamado. Unas semanas antes, en el 8M, ellas también cantaron esa canción. Muchas profesoras juntas. Rodeadas de alumnas que se sumaron al baile. Por eso las llaman. Porque todas conocen ese pacto, ese que gritan por encima de las olas. Ese que no hay mar que pueda tragarse. Si tocan a una, nos tocan a todas. 

Las profesoras las miran. Las imaginan uniéndose a otras manadas. Cantando con sus pieles empapadas de todo. Con sus voces desparramadas por el aire. Haciendo imposible que ninguna ola se las coma. Haciendo suyos todos los mares y todos los vientos de todos los rincones de todos los días.

 

 

martes, junio 9

Misión a Gaza

 

 

A mí a donde me gustaría
ver llegar a la Humanidad
no es a la Luna,
es a la franja de Gaza.

No necesito posar mis ojos
en la maravilla
sino dejar de presenciar
el horror.


Manuel Casal Lodeiro


sábado, junio 6

Infiltrados policiales en movimientos sociales

 

 

Entrevistamos a gente de Rosas negras, autoras del libro La sombra del Estado. Un testimonio colectivo sobre las infiltraciones policiales.

Un testimonio colectivo de quienes, desde 2022, han destapado una red de infiltraciones policiales en movimientos sociales del estado español. Centros sociales okupados, sindicatos de vivienda, colectivos pro-palestina, asambleas vecinales, donde acudieron estos agentes del estado, con nombre falso, una identidad falsa, una historia falsa, ropa falsa, ideas falsas... conviviendo, mintiendo, manipulando, mientras tejían relaciones de confianza.

miércoles, junio 3

Dejen de hablar de IA y empiecen a hablar de tecnofascismo

 

La tecnocracia y la política fascista están siendo adoptadas por élites megalómanas que traman para su propia supervivencia.

 

Hace un par de semanas participé en la Marcha contra las Máquinas en Londres, organizada por el grupo Pull the Plug, cuyo nombre es igualmente contundente. Los oradores que se congregaron frente a las oficinas de los gigantes de la IA en King’s Cross abordaron temas que iban desde la explotación laboral, el «riesgo existencial», el impacto ambiental, la vigilancia, el control corporativo y la represión estatal, hasta la forma en que la IA está destruyendo la educación.

Sin embargo, siento que este movimiento incipiente aún no ha comprendido del todo la magnitud del problema. Debido a la idea liberal, abrumadoramente dominante, de que la tecnología es políticamente neutral, hablar de la IA como «una tecnología» tiende a generar una larga lista de problemas que supuestamente podrían resolverse mediante la regulación dentro del sistema político existente. Esto no tiene en cuenta el conjunto tecnosocial que implica, al que llamaré tecnofascismo.

Mientras los oligarcas corporativos se alían con Donald Trump, en un intento por solucionar la crisis de bajo crecimiento del capitalismo neoliberal, se instaura un nuevo modelo de producción capitalista y control tecnocrático, cuyo poder es mayor que la suma de sus partes. La sinergia entre el fascismo y la política subyacente de la IA podría dar lugar a un auténtico totalitarismo, del que resulta difícil vislumbrar una salida.


Mucho antes de Donald Trump, mientras la mayoría de ellos defendían políticas liberales o libertarianas, los oligarcas de Silicon Valley comenzaron a adherirse a una serie de ideologías tecnofascistas centradas en la ingeniería del ser humano. Estas incluyen el transhumanismo (la versión moderna de la eugenesia), el singularitarismo (la creencia de que los humanos deben ser mejorados tecnológicamente hasta fusionarse con las máquinas) y el teorema del largo plazo, que es un buen ejemplo de la naturaleza esencialmente fascista de estas ideologías.

Los defensores del largo plazo argumentan que la tecnología creará, en un futuro lejano, un universo habitado por 10⁵⁵ humanos, que vivirán plácidamente como inteligencias incorpóreas en ordenadores, gestionadas por IA. Para garantizar que este «paraíso» se haga realidad, sostienen, no importa si miles de millones de humanos mueren de hambre o por amenazas existenciales como el cambio climático y la guerra nuclear, siempre y cuando una élite sobreviva para, finalmente, transferir su conciencia a los ordenadores.

Así pues, no se trata solo de que la IA sea la «herramienta» perfecta de los oligarcas corporativos fascistas: es un sistema de poder tecnocrático el que los moldea, así como su filosofía y su política. El gran poder y la eficacia de la ciencia y la tecnología engendran una especie de crueldad obsesiva y planes megalómanos de ingeniería social que desechan sin miramientos los valores éticos y humanos fundamentales, del mismo modo que lo hace el fascismo político.

Para comprender esa sinergia, necesitamos conocer algunos principios básicos de la política ludita aplicada a la tecnología.

El mundo en que vivimos comenzó con la revolución científica de los siglos XVI y XVII. En aquella época, filósofos como Francis Bacon desarrollaron un enfoque tecnocrático de control sobre la naturaleza y los seres humanos, al que se referían eufemísticamente como «modernidad». Podemos observar la visión tecnocrática de la transformación a gran escala de la naturaleza en la agricultura industrial, y su control sobre los seres humanos en el tratamiento de los enfermos, los « enfermos mentales » y los presos, como se muestra en las obras de Michel Foucault.

El papel de la ciencia en este sistema consiste en extraer información de la naturaleza, en revelar sus secretos. Esto proporciona los medios para reempaquetarla y reconfigurarla, añadiéndole valor económico y vendiéndola como mercancía: la base del capitalismo. La ciencia hace lo mismo con los procesos laborales humanos. A finales del siglo XIX, esta extracción de información del trabajo humano dio un paso adelante con la «Administración científica» de Frederick Taylor, que implicaba la observación precisa de los movimientos corporales de los trabajadores. En efecto, el saber hacer de los trabajadores se extrae y procesa para crear máquinas que los sustituirán en un proceso de intensificación del capital (automatización). La IA es la culminación de 130 años de taylorismo, es el santo grial de los tecnócratas, un sistema de automatización de la extracción de información y de la vigilancia.


El taylorismo y el Estado tecnocrático, con su principal herramienta, la estadística, surgieron simultáneamente como respuesta a la crisis del capitalismo industrial de finales del siglo XIX, que incluyó un grave desorden social y el desafío del socialismo y del anarquismo. Más allá de las políticas de laissez-faire, el Estado expandió rápidamente sus aparatos de burocracia, intervención en la economía y control social, incluyendo la Ley Seca en Estados Unidos y la eugenesia, un sistema de gestión científica de la población. Los métodos del Estado tecnocrático condujeron finalmente a los dos totalitarismos de mediados del siglo XX, el estalinismo y el fascismo, ambos con sus fantasías tecnocráticas de crear al «Hombre Nuevo». El Holocausto no fue solo producto del odio político, sino también, como señalaron Adorno y Horkheimer , la culminación de la gestión tecnocrática de la sociedad.

En el siglo XXI, volvemos a presenciar la sinergia entre el fascismo y la tecnocracia.

No puede haber concesiones con el tecnofascismo. Aquí no hay término medio, ya que los supuestos beneficios de la IA son en su mayoría irrelevantes. Estamos recibiendo el tecnofascismo en su totalidad, y es ingenuo pensar que podemos elegir y regular. El método de la tecnocracia consiste en imponernos nuevas tecnologías, como rezaba el lema de la Exposición Universal de Chicago de 1935: «La ciencia descubre, la industria aplica, el hombre se adapta» .

Así que debemos comprender a qué nos enfrentamos. Es tarde y, sin duda, es hora de desconectar la IA. Los antifascistas deben actuar.

 

 Ned Ludd – Freedom

 

 

domingo, mayo 31

Epidemia ultra. Del fascismo europeo a Silicon Valley

 

 

En apenas una década, la ultraderecha ha pasado de ser un fenómeno marginal a disputarse el poder en medio mundo.
Las figuras de gobernantes como Donald Trump, Javier Milei, Giorgia Meloni o Viktor Orban, pueden entenderse como la personificación de un mal que está corrompiendo nuestras sociedades. Pero las enfermedades necesitan de un caldo de cultivo donde prosperar y hacerse fuertes, unas condiciones que posibiliten el contagio, a veces antes de que los síntomas nos llamen especialmente la atención.
 

En el libro Epidemia Ultra. Del fascismo europeo a Silicon Valley: anatomía de un fenómeno que está conquistando el mundo, se describen muchos de estos síntomas, se identifican los diferentes periodos de incubación y qué hace que millones de personas estén quedándose fascinadas por planteamientos cruelmente autoritarios, misóginos, xenófobos o abiertamente racistas.

Hablamos con Franco Delle Donne, autor del libro, especializado en el estudio de la ultraderecha y los autoritarismos, y del creador del pódcast del mismo nombre

jueves, mayo 28

Contra el fascismo y el olvido

 


No existe un fascismo abstracto, etéreo, de manual. El fascismo siempre ha tenido nombres, apellidos, uniformes, iglesias cómplices, jueces obedientes, falangistas disfrazados de policía o empresarios beneficiados y víctimas perfectamente identificables. El fascismo no es una opinión incómoda ni un exceso del pasado: es un régimen criminal, una práctica sistemática de terror, exterminio y saqueo, cuya huella sigue viva allí donde no se ha hecho justicia.

El fascismo español no fue una reacción, fue una agresión. La guerra civil de 1936 no fue una guerra entre hermanos, fue una guerra de clases iniciada por una sublevación militar contra un régimen democrático. Desde el primer día se impuso la lógica del exterminio: fusilamientos masivos, cunetas y pozos, cárceles, campos de concentración, exilio, robo de bienes, de dignidad y hasta de bebés. No hubo simetría posible. Hubo vencedores armados que saciaron su sed de venganza hasta el hartazgo y vencidos indefensos y humillados con destino de víctimas, sin más misión que el sufrimiento.

Durante cuarenta años, el franquismo prohibió incluso el derecho más elemental: enterrar a los muertos. Como en la tragedia de Sófocles, el Estado se arrogó la potestad de decidir quién merecía sepultura y quién debía pudrirse como escarmiento. Esa prohibición no fue solo material, fue moral y política. A una parte del país se le negó el duelo, la memoria y la palabra. Ese es el auténtico síndrome de Antígona: la condena a vivir sin verdad ni justicia.

La llamada Transición no rompió con ese crimen fundacional. Lo administró. Consagró la impunidad de los verdugos y el silencioso miedo de las víctimas. Se amnistió a los criminales y se exigió paciencia a las familias de los asesinados. Los archivos permanecieron cerrados, los jueces pasaron página y los responsables murieron en la cama, con honores, medallas y funerales de Estado. Mientras tanto, los familiares de los fusilados o desaparecidos envejecían sin saber dónde estaban los huesos de los suyos.

De esa claudicación nace la farsa de la equidistancia: la llamada “Tercera España”. Una ficción cómoda que pretende igualar a víctimas y verdugos, a fascistas y antifascistas, a quienes dieron órdenes de matar y a quienes yacen aún en las cunetas, pozos y acequias. No es neutralidad: es blanqueo. No es reconciliación: es continuidad del crimen por otros medios, su permanencia e institucionalización.

No se puede meter en el mismo saco a quien defendía un gobierno legítimo y a quien lo destruyó a sangre y fuego. No se puede hablar de “excesos en ambos bandos” cuando solo un bando construyó un Estado basado en el terror… durante décadas, mientras el otro bando sobrevivía en el exilio o fue sometido a la brutal dictadura del tirano. No se puede condenar la violencia en abstracto para evitar señalar al fascismo y a los ejecutores fascistas en concreto, con su nombre y su apellido. Eso no es rigor histórico, es cobardía política.

El fascismo no terminó con la muerte del dictador. Fraga hizo suya la calle en Vitoria y aún hoy sobrevive en la estructura del poder, en la impunidad judicial, en la corrupción heredada, en los monumentos de exaltación, en los discursos que criminalizan a los vencidos y absuelven a los vencedores. Sobrevive cada vez que se niega una exhumación, cada vez que se relativiza un crimen, cada vez que se pide olvidar. Sobrevive en la cruz del Valle de los Caídos, porque esa cruz es una cruz gamada.

No queremos monumentos huecos ni homenajes oficiales sin consecuencias. Queremos la verdad completa: todos los archivos abiertos, todas las fosas exhumadas, todos los nombres sobre la mesa. Queremos saber quién mató, quién lo ordenó, quién delató, quién se enriqueció. Queremos justicia, aunque llegue tarde, porque sin justicia no hay ni el menor simulacro de democracia, solo administración del pasado criminal.

El fascismo no se discute: se combate. Se combate con memoria, con verdad, con justicia y con una repulsa sin matices. No hay término medio entre verdugos y víctimas. No hay tercera vía entre la barbarie y la dignidad. Mientras quede un solo desaparecido en una cuneta, en un pozo, en una acequia, en una fosa y un solo criminal sin juzgar, el combate continúa.

Porque callar no es neutralidad. Callar es tomar partido por el fascismo.

Que un criminal de guerra, confeso y victorioso, que un asesino de masas ocupase la Jefatura del Estado durante cuarenta años no se borra fácilmente, y sus secuelas son innumerables y persistentes, incluso cincuenta años después de su muerte en la cama.

Y los nostálgicos del tirano se cuentan por millares, sobre todo entre jóvenes algo ingenuos y demasiado ignorantes que no vivieron ni sufrieron el franquismo.

Sin embargo, siempre nos quedará el golfo del Borbón nominándose a sí mismo impulsor y protector de una reconciliación y una transición fantasmagóricas. Como si reconciliación y transición no hubieran sido la impunidad definitiva y absoluta de los verdugos fascistas a todos sus crímenes, desde 1936 hasta 1976.

El todo atado y bien atado de Franco.

 

 Agustín Guillamón

lunes, mayo 25

Detalles

 

Me paré a pensar en los detalles. En saber mirar los detalles. Las cosas pequeñas. Lo que es casi imperceptible para la mayoría. Los detalles. 

Me refiero a cosas como que Max coloque perfectamente alineados los bolsos que vende en la calle sobre la tela blanca que pone en el suelo. Filas perfectas sobre la tela que tiene cuerdas que la cruzan de esquina a esquina para, cuando viene la policía, poder salir corriendo optimizando la recogida en el menor tiempo posible.

Te hablo de esos detalles, de colocar los bolsos perfectamente ordenados sobre la tela una y otra vez. Una y otra vez. Y no ceder en la importancia de los detalles. Aunque suenen pequeños ante la inmensidad de la violencia policial. Del mar que atravesó para llegar. De la noche. De las olas. De las que no llegan. De las que se quedan en el fondo del mar. Me refiero a no ceder. A no dar cabida a que todo dé igual. A colocar los bolsos perfectamente alineados. Una y otra vez. Una y otra vez.

Me refiero a Amanda. A sus manos. A que siempre se da crema porque le gusta que estén suaves. Aunque sus manos son duras, como las manos de la gente que las usa a diario para trabajar muchas horas. Me refiero a que da igual que no lo consiga. A que lo importante es que no se conforma a las manos ásperas de limpiar. A que no se rinde. No cede. Y se echa crema. Aunque suene a algo pequeño si sabes dónde vive. Las manos ásperas. Me refiero a no dar cabida a que te dé igual. A no agotarse. A querer tener las manos suaves aunque todo parece indicar que tú no eres de las personas que pueden optar a un tacto suave.

Me refiero a eso. A Rosa, que siembra en el alcorque de su acera. A que echaba de menos las plantas y decidió ponerse a sembrar en cualquier pedazo de tierra que quedara libre del asfalto. A ese trozo de vida que le arranca al gris. A no fatigarse frente al ruido. A no doblegarse. Aunque parezca que da igual algo verde en medio del humo. A no entregarse al zumbido de la ciudad que nunca para. A no acatar el estruendo. A querer escuchar el chasquido de las hojas cuando las pisas en otoño.

Esos detalles quedan registrados en algún lugar. No todo da igual. No son en vano. 

Detalles que recuerdan la importancia de tomar el tiempo para colocar los bolsos perfectamente alineados, sin importar cuándo llegará la policía a desalojar la calle. De no rendirse a las manos ásperas. De sembrar.

Detalles. Cuidar los detalles. Mirar qué pies se colocan junto a los tuyos. Personas que también miran los detalles. Que salen a la calle cuando parecía que a nadie le importaba nada. Que gritan y que también ríen. Y que ven en esos detalles una forma de seguir, de convencerse de que a veces hace falta poco, salir, juntarse, saber que no estamos solas.

 

 

viernes, mayo 22

Y más

 


circundando la ciudad

en lugar de murallas medievales

centros comerciales

polígonos

gasolineras

ciudades clandestinas

puticlubs

vertederos

y más

y más

y más esclavitud

en cualquiera de sus innumerables formas

 

 

 Pablo Iráculis. Dime Cuánto. 

martes, mayo 19

Esporas. Revista libertaria de crítica de libros

 

 

https://esporas.noblogs.org

Esporas es una publicación anarquista autogestionada que acaba de estrenar su primer número. Funciona desde la autonomía e incita a compartir miradas que, como esporas dispersas, buscan conectarse y expandirse. Esporas como el viento que esparce semillas.

En su presentación explican que «en pleno siglo XXI, lanzar una revista en papel puede parecer un gesto absolutamente anacrónico. Sin embargo, para nosotras, también puede ser un acto de resistencia y una afirmación de la lectura crítica frente a la mercantilización de la cultura. Esporas surge con un propósito claro: reivindicar el trabajo autónomo y emancipatorio de las editoriales libertarias, visibilizar las propuestas del mundo libertario y para el mundo libertario, y contribuir a la construcción de una memoria colectiva.

Esporas no nace de la nada. Surge de las cenizas, de proyectos que no llegaron a prender, y también de la distancia: de quienes, aunque geográficamente dispersos, saben que están cerca en ideas y afectos. Tras diversos encuentros informales, sentimos la necesidad de mantener vínculos, fortalecer redes y normalizar las relaciones que se generan en ferias, encuentros y otros espacios de sociabilidad del libro libertario.

La revista, cuyo primer número ya ha visto la luz, se presenta en formato A5 a todo color. Es gratuita, colectiva y horizontal: funciona mediante asamblea y reúne a escritoras, historiadoras, filólogas, electricistas, editoras, correctoras y bibliotecarias, con un punto en común: el compromiso con la difusión de ideas libertarias y la pasión por el mundo del libro.

Se estructura en varias secciones, que podrán variar en futuros números: reseñas largas, entrevistas y crónicas, miradas fugaces (reseñas breves), agenda de encuentros y listados editoriales. Su objetivo es mostrar la riqueza y vitalidad de un tejido editorial vivo, que surge, aparece y desaparece, y ofrecer sugerencias que ayuden a leer, pensar y organizarse críticamente. Esporas quiere visibilizar libros libertarios actuales o aquellos cuya perspectiva aporte una mirada antiautoritaria. También busca fortalecer redes locales e internacionales, incluyendo colaboraciones con iniciativas en América y la edición conjunta de libros.

La revista está abierta: quienes deseen participar, enviar propuestas o colaborar son bienvenidas. La ampliación y conexión continuas son una prioridad, porque creemos que la circulación de ideas y experiencias fortalece la autonomía y la organización colectiva. Esporas no es un círculo de lectores, ni un espacio de venta de libros, ni un lugar de autorrepresentación. Es un proyecto de memoria, autoafirmación y cooperación: un espacio para fortalecer la lucidez, la autonomía y la colaboración en un contexto en el que estas siguen siendo más necesarias que nunca.

En definitiva, la revista es una herramienta para leer, pensar, organizarse y tejer redes; un espacio abierto que invita a sumar voces, propuestas y experiencias, mantener viva la cultura libertaria y fortalecer los vínculos que nos permiten resistir y crear colectivamente«.

El primer número de la revista se puede descargar aquí: