Cuando la multitud hoy muda, resuene como océano.

Louise Michel. 1871

¿Quién eres tú, muchacha sugestiva como el misterio y salvaje como el instinto?

Soy la anarquía


Émile Armand

sábado, abril 20

Conspiracionismo y manipulación



En los últimos tiempos hemos asistido a la proliferación de las teorías de la conspiración y al desarrollo del conspiracionismo como fenómeno sociopolítico. Esto es especialmente notorio en los medios de la disidencia política donde han florecido muchas de estas teorías, lo que constituye no sólo una novedad sino también un problema en la medida en que no se ha llevado a cabo una reflexión serena, racional y crítica de estos planteamientos. Por el contrario se ha optado por aceptar irreflexivamente muchas de estas teorías, al mismo tiempo que se ha evitado cualquier análisis crítico que significase un cuestionamiento del verdadero papel que estas desempeñan tanto en los medios de la disidencia como en el conjunto de la sociedad.

Ciertamente a lo largo de la historia, y aún en el presente, han existido conspiraciones de todo tipo, pero estas se han circunscrito a ámbitos y situaciones muy concretas. Esto es especialmente claro, por ejemplo, en la práctica totalidad de magnicidios y golpes de Estado, y de los que la historia da perfecta cuenta. Sin embargo, el problema no está en constatar la existencia de conspiraciones, sino en hacer de la conspiración una concepción del mundo a través de la que explicar el conjunto de la realidad. Y es aquí donde hacen su aparición las famosas teorías de la conspiración.

La necesidad del ser humano de entender el mundo tan complejo en el que vive, y la ineficacia que han demostrado las ideologías y las teorías políticas para llevar a cabo con éxito esta tarea, ha empujado a ciertos sectores de la población a buscar respuestas en otra parte, y sobre todo a mostrarse receptivos hacia puntos de vista y explicaciones estrafalarias que, entre otras cosas, tratan de resolver de modo simplista muchas preguntas que las personas se hacen sobre la realidad en la que viven. Esto no hace sino demostrar que nos encontramos ante un problema epistemológico, que ataña al modo en el que conocemos la realidad, y que es el resultado del estrepitoso fracaso de las grandes ideologías con sus metarrelatos y sistemas teóricos. Todo esto, junto al estado de ánimo de desconfianza generalizada que se ha implantado en la sociedad, ha creado unas condiciones favorables para que las teorías de la conspiración hayan encontrado una audiencia receptiva.

Las teorías de la conspiración se presentan como explicaciones, a veces más o menos ingeniosas, que tratan de resolver el problema que el sujeto tiene a la hora de entender la realidad. Y lo hacen mediante el desarrollo de una narrativa que gira en torno a una trama oculta en la que una minoría omnipotente, pero desconocida para el gran público, desarrolla envuelta en el secretismo sus planes de dominación mundial. Esta minoría que actúa desde la sombra es la que controla los resortes del poder con los que dirige el curso de los acontecimientos en el mundo, y maneja a su antojo a todos los demás que son, en definitiva, meras marionetas suyas.

A tenor de lo antes expuesto las teorías de la conspiración manifiestan un tremendo simplismo en sus explicaciones y en su lógica discursiva, lo que sólo tiene éxito en la medida en que apela a la sospecha y desconfianza como disposición de algunas personas y sectores sociales a asumir unos planteamientos paranoides. De hecho, las teorías de la conspiración son por lo general autorreferenciales, de forma que únicamente aceptan como evidencias aquellos hechos que confirman sus propias explicaciones y que caminan en la misma dirección de su lógica discursiva. El conspiracionismo viene a ser la expresión política del pensamiento paranoide, y como tal se muestra rígido e incorregible, lo que lo hace monolítico e inamovible, de modo que no tiene en cuenta las razones contrarias al recoger, como se ha dicho, datos o signos que confirman sus prejuicios para convertirlos en convicción.

Si lo anterior muestra el modo en el que operan las teorías de la conspiración, lo más importante es el fin al que en realidad sirven. Es habitual que se hable de vez en cuando de conspiraciones de uno u otro tipo, pero lo problemático entre quienes se adhieren a las tesis conspiracionistas es que no existe ningún cuestionamiento de su finalidad, ni tan siquiera se tiene en cuenta la posibilidad de que estas puedan ser un instrumento de dominación o manipulación. En este sentido las teorías de la conspiración son paradójicas, porque formalmente pretenden liberar a la persona mostrándole la manipulación a la que está sometida para, acto seguido, someterla a otro tipo de manipulación. A fin de cuentas las teorías de la conspiración son sólo teorías que se basan en conjeturas, suposiciones y en algunos hechos circunstanciales que son utilizados como base fáctica para legitimar sus postulados. Y a veces ni siquiera tienen una base fáctica de ningún tipo.

Es preciso hablar claro de una vez. Las teorías de la conspiración sirven fundamentalmente para ocultar la realidad. Quienes se adhieren a ellas y las convierten en su particular concepción del mundo demuestran una tremenda incapacidad de análisis, lo que refleja igualmente una derrota intelectual. Este tipo de teorías desvían la atención de los aspectos decisivos de la realidad y pretenden hacernos creer que el mundo es fruto de un complot tramado por jesuitas, masones, judíos, extraterrestres, George Soros, cátaros, satanistas, illuminati, templarios, la familia Rothschild, los Rockefeller, el club Bilderberg, la nobleza negra veneciana, etc. Según estas teorías estos grupos sociales e individualidades que actúan en la sombra desempeñan la función agente al ser los que toman las decisiones y ejercen el poder sobre la sociedad. Pero esto es completamente erróneo. En primer lugar, porque estas teorías hacen que la persona deje de tener los pies en la tierra y se deje arrastrar por especulaciones y extravagancias sin una base real en la mayoría de los casos, o a lo sumo meramente circunstancial en el mejor de los casos. En segundo lugar, estas teorías son nuevos dogmas de fe que exigen la adhesión del individuo para ser válidas, de manera que impiden la reflexión autónoma y crítica, pues ya está la teoría que lo explica todo.

Por último, hay que señalar que las teorías de la conspiración son en numerosas ocasiones producidas por los propios servicios secretos de los Estados, o bien difundidas por estos en el marco de sus campañas de desinformación, manipulación, propaganda y desestabilización de sociedades, colectivos e individualidades. Las teorías de la conspiración sirven a los intereses de los Estados. Desviar la atención de los aspectos centrales y decisivos de la realidad constituye la principal finalidad y razón de ser de estas teorías, pues todas ellas llevan a callejones sin salida. Su efecto es desorientador ya que sumergen al individuo en un cúmulo de mentiras y medias verdades que lo alejan de la realidad para sumergirlo en la burbuja del conspiracionismo, lo que en última instancia lo hace mucho más vulnerable y, en definitiva, manipulable. En otras ocasiones este tipo de teorías resultan muy funcionales a la hora de apuntalar estructuras ideológicas en declive y desacreditadas, de tal modo que operan como recursos para justificar y legitimar ciertos postulados políticos desfasados que por regla general se traducen en la defensa del sistema de dominación vigente. Esto es muy frecuente en las sectas políticas e ideológicas de todo tipo que están dispuestas a todo con tal de controlar y ganar adeptos.

Tampoco hay que olvidar la dimensión económica del fenómeno de la conspiración. Basta con echar un vistazo a la cantidad gurús, comentaristas, portales de noticias, conferenciantes, tertulianos y demás charlatanes de todo tipo y laya que se mueven en el ambiente del conspiracionismo. Nos encontramos con una considerable cantidad de libros, revistas, vídeos, artículos, programas, documentales, etc., que pueblan redes sociales y multitud de canales de comunicación difundiendo estas teorías, lo cual genera un volumen respetable, todavía no cuantificado, de negocio. El conspiracionismo se ha convertido en algo económica y profesionalmente muy rentable para quienes han sabido introducirse en esta corriente y vender sus productos, además de darse a conocer, incrementar su capital social y medrar en la jerarquía social. Asimismo, el conspiracionismo ha originado nuevos grupos que giran en torno a estas teorías, hasta el extremo de articular todo un espacio social en el que una minoría, por medio de sus elucubraciones y explicaciones completamente disparatadas, ejerce su poder ideológico.

El Estado, el ejército, los jueces, la policía, las cárceles, la burocracia, las leyes, los impuestos, los servicios de espionaje, etc., no son ninguna conspiración. Están ahí y son plenamente visibles. Son estructuras de poder que ejercen funciones de mando, que administran la sociedad según sus intereses estratégicos, y que constituyen una minoría organizada. Conforman el poder establecido al concentrar los recursos necesarios para tomar decisiones que son impuestas a la sociedad. Desviar la atención hacia supuestos grupos sociales que son presentados como más poderosos, sean los jesuitas, los masones, satanistas o George Soros, es simple y llanamente desconectar completamente de la realidad y sumergirse en la oscuridad de la mentira que convierte en tontos útiles del sistema a quienes dan crédito a estas teorías. El poder en la sociedad reside en el Estado y en las organizaciones que este sostiene para la consecución de sus propios intereses, como ocurre con la propiedad privada en los medios de producción y con el capitalismo en general. El Estado y el capitalismo no son ninguna conspiración. En suma, el poder establecido no es ninguna conspiración, en todo caso el modo en el que este es ejercido en la medida en que ciertas decisiones e informaciones requieren ser mantenidas en secreto. Por tanto, cualquier lucha por un mundo nuevo exige, entonces, conocer el funcionamiento de la institución central en torno a la que se organiza la sociedad, el Estado, así como de aquellas otras que desempeñan funciones auxiliares a su servicio. Todo lo demás, como ocurre con el conspiracionismo, es desviar la atención de esta realidad fundamental y decisiva, y por ello es terminar colaborando con el sistema que nos oprime.


Esteban Vidal

miércoles, abril 17

Más reflexiones ingobernables (y consecuentemente anárquicas) - A propósito de "los que se nos van" y, la pertinaz respuesta de "algunxs anarquistas incontroladxs desde algunos barrios de Madrid"

Se requiere una poderosa carga que haga estallar en pequeños pedazos esta pelota de lodo, que devore con fuego la pestilente civilización, que atruene y siembre la destrucción de esta sociedad liberticida.
Bruno Filippi

No hay nada más placentero que corroborar la presencia de afines en otras latitudes; particularmente en el territorio dominado por el Estado español, donde el eco de aquél mea culpa de “los gatitos de Sutullena”, entorpeció tan significativamente el desarrollo de la tendencia insurreccional anarquista a lo largo y ancho de la Península Ibérica.

Si bien es cierto que la intrépida ruptura (con el reformismo anarcosindicalista que predominaba en esa época) de las Juventudes Libertarias, la consciente autocrítica de amplios sectores de la Coordinadora Lucha Autónoma (que les llevó a alejarse de toda la bazofia izquierdista y del análisis economicista proto marxista), y la decidida actuación de expropiadores y saboteadores de clara estirpe individualista (influenciados por las Tesis Insurreccionalistas llegadas de Italia), contribuyeron teórica y prácticamente al auge de la insurrección anárquica por allá de mediados de la década del noventa; también es innegable el inmovilismo resultante de las constantes condenas de arrepentidos y traidores, subsiguiente a esa etapa de desarrollo.

Sin duda, a pesar de los pesares, el informalismo ácrata hoy vuelve a cobrar bríos en tierras ibéricas. Prueba de ello son los frecuentes ataques a los símbolos de la dominación y la extensión de las expropiaciones. Ya sean anónimas o reivindicadas, ambas acciones han venido ensanchando la confrontación cotidiana al sistema de dominación, lo que aunado a la contestación anarco-ecologista, ha comenzado a dar cuenta de la guerra anárquica en la región.

En este sentido, la reciente lectura de “Algunas reflexiones ingobernables frente a la catástrofe”, firmada por Algunxs anarquistas incotroladxs e ingobernables, desde algunos barrios de Madridi, en respuesta al proselitismo instituyente de Arturo Martínezii, es muchísimo más que la confirmación de esa presencia refractaria: es un guiño cómplice a miles de kilómetros de distancia. En efecto, solo desde la reflexión teórico-práctica del informalismo insurreccional podía refutarse de forma contundente esta pestilencia, infestada por la política y el izquierdismo, que ha hecho nido en nuestras tiendas.

Empero, las reflexiones de las compañeras y compañeros madrileños, sortearon las interrogantes de Martínez, dejando sin respuesta la pregunta generadora que da inicio a su texto: «¿Cuantas manos y cabezas más vamos a tener que perder antes de reflexionar acerca de los por qués (se nos van)?» Inmediatamente, Martínez se autocontesta: «El valor de la crítica y autocrítica debe estar siempre presente, debemos replantearnos constantemente si nuestra práctica política sirve a nuestros objetivos. Y claro, para ello debemos tener claro cuáles son nuestros objetivos»iii.

En realidad, en su respuesta queda implícita la total negación de sus posteriores “argumentos”. Si tenemos claro nuestros objetivos y nos replanteamos constantemente si nuestra práctica sirve o no a tales objetivos, todas sus propuestas quedan sin sustento desde un posicionamiento anárquico. Es decir, desde una óptica consecuente y contundentemente antipoder.

Nuestros objetivos no son ni pueden ser otros que darle vida a la Anarquía. Lo que se traduce en la beligerancia inclaudicable contra todas las formas y estrategias del Poder; en la práctica lujuriosa de nuestras pasiones insurreccionales; en la destrucción de todo lo que nos domina. Y esa práctica anárquica no cabe en otro espacio que no sea la ilegalidad.

Definitivamente, “los que se nos van”, es porque nunca estuvieron. Porque en ningún momento tuvieron claro sus objetivos. Porque jamás vivieron la pasión anárquica en sus corazones ni le dieron rienda suelta a los deseos de liberación total ni comprendieron que la Anarquía es una tensión disutópica y no una realización sistémica. Los que “se nos van” le temen a la Libertad irrestricta y a la responsabilidad individual; añoran mandar y obedecer; dudan de sus capacidades; extrañan el redil; reclaman el corral; requieren la familia, la escuela, la fábrica, el ejército y la prisión; necesitan ser parte de la masa, estar en el rebaño, contarse entre la multitud, ser dóciles, maleables, sumisos, gobernables.

Pero, lamentablemente, entre los que “se nos van”, no solo hay que enlistar a quienes optan por el circo electorero; también tenemos que incluir a todos los que entregan la vida a causas diametralmente opuestas a la Anarquía, como todos esos jóvenes que han muerto en Rojava, víctimas del porno revolucionario. Lo realmente sorprendente es que Arturo Martínez, desde su defensa a ultranza de «una alternativa institucional, organizativa y de base»iv, nos recete “el camino a Kurdistán” junto al travestismo neozapatista –a pesar de que esta última organización político-militar sí eligió la vía de las urnas (con su conocido fracaso) y negoció el desarme en lo oscurito–, como “alternativas” más plausibles a la farsa electorera.

Si leemos entre líneas su articulo, inmediatamente detectamos el tufo de su estrategia y su filiación ideológica. Sigue, al pie de la letra, la cartilla de procedimientos del leninismo posmoderno que tanto ha penetrado en nuestras tiendas, de la mano del neoplataformismo y la maniobra “anarco”-populista del Poder Popular. Por eso, se inclina por el camino electorero pero con una profunda añoranza por “el poder del fusil”v. Cuando, para nosotros, el fusil no resulta más anarquista que el voto. Ambas vías (la lucha armada y la lucha electoral), conducen al Poder. El poder de las armas y el poder de las urnas, conjugan toda la esencia autoritaria de la dominación

La guerra anárquica necesariamente pasa por la confrontación permanente al Poder. A todo Poder. A toda Autoridad. Ya sea monárquica, teocrática, democrática, parlamentaria, militar o populista. Es evidente que por esas latitudes internautas donde se publicó el texto de Arturo Martínez (Regeneración libertaria, con su consecuente reproducción en Kaos), el Poder Popular es incuestionable, dado el talante “anarco”-leninista de sus promotores.

Vale resaltar que la tendencia insurreccional anárquica, no plantea la lucha armada como estrategia, muy al contrario, la ha señalado siempre como una desvirtuación de la guerra anárquica, propia de las influencias burguesas (Blanqui) y de la penetración marxiana que tanta mella ha hecho en nuestras tiendas.

Desde la visión rupturista del nuevo informalismo anárquico –que invita a pensar un anarquismo “postclásico” capaz de ofrecer nuevos itinerarios –, la nefasta ideología de la lucha armada solo puede conducirnos a la dictadura de su vanguardia y al gregarismo más elemental. La lucha armada es una estrategia históricamente utilizada por un sinnúmero de proyectos políticos siempre encaminados a la toma del Poder.

El empleo de las armas no implica en sí el carácter o ideal de dicho proyecto. Incontables organizaciones políticas de claro signo socialdemócrata continúan utilizando en nuestros días la estrategia lucharmadista. La socialdemocracia electorera y la socialdemocracia armada, han contagiado a amplios sectores anarquistas con su verborrea izquierdista, usándonos como carne de cañón para sus fines, completamente opuestos a nuestros objetivos de liberación total.

Claro está, esta reafirmación teórico-práctica, no significa que renunciemos a la violencia ácrata contra toda dominación. Por el contrario, optamos por la violencia refractaria como único método factible contra la violencia sistémica –lo que nos brinda la posibilidad de apuntar las armas contra las ideologías, incluidas la ideología reformista y la ideología de la lucha armada–, conscientes que tenemos un mundo que destruir. Porque, como nos recuerdan nuestros afines madrileños «es mejor un mundo asolado y destruido que el salto adelante que nos propone la izquierda del Capital y el capitalismo verde. Al fin y al cabo, lxs anarquistas, nunca le tuvimos miedo a las ruinas».


                                                                      Gustavo Rodríguez,

                                          Planeta Tierra, 29 de marzo de 2019.

Posdata aclaratoria: Quienes me conocen saben que no escribo estas notas “desde una torre de marfil ideológica” sino desde la práctica cotidiana y que, al igual que muchas compañeras y compañeros que impulsamos la insurrección anárquica, hace rato largo que rebasé los veinte años, solo que siempre habremos viejos que moriremos siendo jóvenes y, jóvenes que se pudren de vejez prematura.

Segunda posdata (ineludible): Un fuerte abrazo cómplice al entrañable Alfredo Cospito y todxs lxs anárquicxs encarceladxs alrededor del mundo. Solidaridad directa con lxs compañerxs griegxs de la Conspiración de Células del Fuego (CCF). Solidaridad directa, con nuestrxs hermanxs prófugxs Gabriel Pombo Da Silva y Elisa Di Bernardo (¡libres y peligrosxs!), asechados de nueva cuenta por el Estado (español e italiano).


i Algunas reflexiones ingobernables frente a la catástrofe. Disponible en: https://contramadriz.espivblogs.net/2019/03/22/analisis-algunas-reflexiones-ingobernables-frente-a-la-catastrofe-respuesta-al-articulo-quot-los-que-se-nos-van-libertarios-en-el-mundo-electoral-quot/ (Consultado 27/03/19).

ii Los que se nos van ¿Libertarios en el mundo electoral? Disponible en: https://www.regeneracionlibertaria.org/los-que-se-nos-van-libertarios-en-el-mundo-electoral (Consultado 27/03/19).

iii Id.

iv Id.

v Mao Tse-tung, Problemas de la Guerra y la Estrategia, La Revolución China y el Partido Comunista de China, Sobre la Nueva Democracia, Editorial Abraxas, Buenos Aires, 1972, P. 115.

domingo, abril 14

La II República española como proyecto político al servicio del militarismo y de la burguesía

El 14 de abril sigue siendo una fecha de referencia para quienes conmemoran la instauración de la II República, al mismo tiempo que reivindican el legado político de aquella experiencia histórica. Sin embargo, cuanto más se conoce dicho periodo más rechazo suscita en la población, sobre todo en la medida en que aquel régimen se caracterizó por su extrema violencia y crueldad con el pueblo llano.[1] A pesar de esto se sigue sin entender el significado histórico del régimen republicano, especialmente en la medida en que esta experiencia es sustraída del marco histórico general del que forma parte, y es reducida a una simple lucha de poder entre diferentes grupos sociales y políticos.

En primer lugar hay que contextualizar el advenimiento de la II República en términos históricos e internacionales, lo que significa tomar como referencia los grandes procesos en los que se vio envuelto el Estado español en su desarrollo histórico. Esto nos obliga a considerar la influencia de los factores externos, situados en la arena internacional, en el cambio de la forma monárquica del Estado a la forma republicana.[2] En lo que a esto respecta no hay que perder de vista que los Estados europeos estaban inmersos desde hacía varios siglos en un proceso de modernización permanente, lo que era fruto de su mutua competición en la esfera internacional. Con modernización nos referimos a un movimiento histórico-político hacia formas de gobierno de carácter burocrático, racionalizado, centralizado e impersonal,[3] que supusieron la concentración, acumulación y centralización de una cantidad creciente de poder en manos del Estado para adaptar su esfera doméstica a los desafíos de la competición geopolítica internacional. La modernización constituye, desde esta perspectiva política e internacional, parte del proceso de construcción del Estado territorial y soberano.

En la medida en que los Estados no existen en el vacío, sino que por el contrario forman parte de un sistema de Estados en el que interactúan y donde impera un contexto de competición y mutua hostilidad, no puede ignorarse la influencia que el medio internacional ejerce sobre la esfera doméstica de los Estados. Así pues, en dicho medio se desarrollan una serie de relaciones de las que de un modo espontáneo y no intencionado se forma una estructura de poder fruto de la desigual distribución de capacidades internas de los Estados.[4] Esta circunstancia es la que hace que la estructura de poder presione sobre el interior de los Estados y afecte no sólo a su comportamiento en el ámbito internacional, sino también a su constitución interna.[5] La modernización como tal no es sino el efecto no premeditado de la competición geopolítica de los Estados, y en la que la guerra ha desempeñado un papel central como impulsora del cambio político en la esfera doméstica.[6] De este modo la modernización es el proceso de permanente adaptación del ámbito interior de los Estados a los constantes desafíos presentados por la esfera internacional.

El Estado español había ostentado una posición dominante en el sistema internacional hasta el s. XVII, y a partir de entonces declinó como gran potencia en la medida en que otros Estados le tomaron la delantera como fueron los casos de Francia e Inglaterra. España sólo conservó cierta relevancia internacional gracias a sus posesiones coloniales en América hasta el s. XVIII, siendo para entonces una potencia de segunda fila. Tanto Francia como Inglaterra desarrollaron una serie de cambios en sus respectivas esferas domésticas que les permitieron aumentar sus capacidades nacionales, y con ello maximizar su poder tanto a nivel interno como a nivel externo en su competición por la hegemonía internacional. Esto fue muy evidente en el transcurso de las guerras napoleónicas, debido sobre todo a que la preeminencia de Francia se debió a los cambios que se produjeron en la constitución interna del Estado como consecuencia de la revolución. A través de la revolución Francia estableció un gobierno directo sobre la población, lo que incrementó sus capacidades organizativas para movilizar una cantidad creciente de recursos materiales, económicos, humanos, etc., con los que aumentó su poder militar y, por tanto, su poder internacional.[7] Sin embargo, en España los cambios necesarios para situar al país al mismo nivel que las restantes grandes potencias del momento no fueron llevados a cabo, y cuando estos intentaron ser puestos en práctica tras la derrota de Napoleón encontraron una fortísima oposición entre la población.

Mientras la Francia revolucionaria fue capaz de reunir una fuerza militar de casi un millón de efectivos gracias a la modernización acelerada del Estado, España se sumió en un estado de postración internacional ante la arrolladora maquinaria de guerra francesa, hasta el punto de ser invadida. Tal es así que la resistencia armada contra Napoleón fue ejecutada por el propio pueblo, mientras las élites locales rendían pleitesía a los ocupantes. Esta manifiesta posición de debilidad internacional condujo a la élite mandante española a tomar medidas enérgicas dirigidas a aumentar el poder del Estado mediante un incremento del control sobre su territorio, es decir, sobre la población y los recursos materiales, económicos, etc., disponibles. Esto supuso la imitación del modelo que representaba en aquel momento Francia, lo que dio comienzo a la revolución liberal con la promulgación de la constitución de Cádiz de 1812.[8] A partir de entonces el Estado español se sumió en un ciclo de experimentación política dirigido a modernizar sus estructuras internas con el propósito de reforzar su poder militar y recuperar el estatus de gran potencia. Fue un proceso liderado por los mandos militares, pues no olvidemos que el Estado moderno fue hasta bien entrado el s. XX una institución exclusivamente militar, y por ello una máquina para la guerra que únicamente de forma tardía desarrolló otro tipo de funciones de carácter civil.[9]

Como consecuencia del papel dominante del ejército en la política española del s. XIX algunos autores, como Daniel R. Headrick, muy acertadamente han catalogado el sistema político español de aquel entonces como un sistema pretoriano.[10] Esto conllevó la permanente experimentación de regímenes políticos diferentes que no terminaron de funcionar, y que sumieron al país en una constante guerra civil debido a la oposición popular que suscitó el crecimiento del Estado y su progresiva intromisión en una cada vez mayor cantidad de ámbitos de todo tipo.[11] Por el camino España perdió su imperio y en diferentes ocasiones, como durante la I República, el Estado estuvo a punto de desaparecer. Por tanto, el proceso de modernización del Estado español sumió al país en una profunda crisis política y social que a largo plazo impidió que lograse recuperar su antiguo estatus de gran potencia en el concierto internacional. Sin embargo, esto no hizo que los intentos de la élite mandante cesaran en la búsqueda de ese relanzamiento del Estado en la esfera internacional, lo que, como decimos, implicaba la transformación de su esfera interior y la adaptación de la sociedad a sus necesidades estratégicas en la lucha geopolítica internacional. Esto se concretaba en incrementar los recursos del Estado para poder costear un ejército moderno y más grande con el que competir con éxito frente a otras potencias. Pues no olvidemos que la modernización del ejército, tanto en el terreno organizativo como en el tecnológico, tiene efectos sobre la estructura y organización del Estado, y consecuentemente en el cambio político.[12]

Así pues, la historia de España desde el s. XIX hasta bien entrado el s. XX fue una historia de resistencia popular al crecimiento del Estado que impulsó el liberalismo, y sobre todo los mandos militares que lideraron la revolución liberal. Nos referimos a todos esos espadones que segaron la vida de quienes se les opusieron: Rafael del Riego, Baldomero Espartero, Leopoldo O’Donnell, Juan Prim, Francisco Serrano, Manuel Pavía, etc. El contexto de permanente inestabilidad social y política derivada de la impopularidad de las élites mandantes y sus estructuras de poder político, condujo a una progresiva descomposición de España como proyecto imperial que se evidenció tras la derrota frente a EEUU en el control de sus últimas colonias de ultramar. Esta situación generó la determinación en las élites de reforzar la posición del Estado frente a la sociedad, sobre todo para afirmar su autoridad y aumentar su poder militar. Así, la modernización del Estado alcanzó un punto crítico en la etapa posterior a la Gran Guerra debido al desarrollo económico que España vivió gracias a su neutralidad. En un contexto de conflictividad social creciente, unido a fracasos tan sonoros como el del Annual, y el cambio en la situación internacional debido a que las grandes potencias industriales recuperaron rápidamente los mercados que habían cedido a España durante la contienda, condujeron a la instauración de una dictadura militar de inspiración fascista bajo el mando del general Miguel Primo de Rivera y con el beneplácito de Alfonso XIII.

La dictadura de Primo de Rivera sirvió para reestabilizar el sistema de dominación y modernizar el Estado en ámbitos como el financiero, fiscal, administrativo e industrial, al mismo tiempo que aumentó su tamaño y con ello incrementó su contacto con la sociedad que lo recibió con especial rechazo.[13] Esto se inscribió en el marco de una política exterior más agresiva y de signo expansionista en el norte de África, de lo que el desembarco de Alhucemas es una clara muestra. La centralización, concentración y acumulación de poderes en manos del Estado supuso un importante desgaste político para el régimen establecido, lo que aumentó su inestabilidad a pesar de haber logrado cooptar temporalmente a ciertos sectores políticos y sociales, como PSOE-UGT, con la formación de un directorio civil. A lo que cabe añadir la milenaria tradición antimilitarista de las clases populares y su resistencia a colaborar en las aventuras imperialistas de la élite dominante.

En este contexto histórico y sociopolítico en el que el grado de agitación social era creciente, así como el descrédito de la dictadura y del monarca que la apoyó, la instauración de la II República se entiende como el comienzo de un nuevo ciclo de modernización del Estado. En lo que a esto se refiere la proclamación de la República fue antes que nada una imposición de los mandos militares, muy al contrario de lo que la historiografía oficial ha hecho creer. En las elecciones de 1931 las candidaturas republicanas en conjunto sólo lograron 5.875 concejales, mientras que las candidaturas monárquicas obtuvieron 22.150, todo lo cual no impidió la proclamación de la República.[14] Esto no hace sino demostrar que esta proclamación supuso la imposición de un nuevo régimen político llevada a cabo por las altas esferas del poder constituido con el ejército a la cabeza. Entre los mandos militares que participaron en la conspiración que facilitó el advenimiento de la II República destacaron el general Goded, Queipo de Llano, Mola y muchos otros.[15] Basta con señalar que el monarca únicamente se decidió a abandonar el país en su flamante hispano-suiza cuando el general Sanjurjo, director general de la guardia civil, le informó de que no podía garantizar su seguridad personal.[16]

A tenor de todo lo hasta ahora dicho puede afirmarse que la instauración de la II República fue una revolución desde arriba para, así, evitar una revolución desde abajo que con el paso del tiempo se hacía más probable dada la agitación popular y la propagación de planteamientos revolucionarios entre amplios sectores de la sociedad.[17] De esta manera las ansias de libertad de la población intentaron ser apaciguadas y reencauzadas mediante este cambio de régimen, con el propósito de crear una nueva legitimidad que facilitase el relanzamiento del proyecto de modernización del Estado, y consecuentemente el incremento de sus poderes con vistas a recuperar un papel relevante en el concierto de las naciones europeas. El crecimiento del aparato represivo,[18] los intentos de modernizar el ejército, el aumento de las cargas fiscales sobre la población, el impulso dado a los negocios de las clases acaudaladas con la expansión del trabajo asalariado, el sector financiero, etc.,[19] generaron una fuerte oposición popular que recrudeció la represión como respuesta de las élites.

En general la II República puso en marcha una serie de medidas dirigidas a movilizar los recursos disponibles en el país para aumentar las capacidades nacionales con las que apuntalar un crecido poder militar, y de esta forma jugar un papel relevante en el ámbito internacional de cara a garantizar a España una esfera de poder propia en el norte de África. Esto es lo que explica la implementación de un conjunto de políticas dirigidas a establecer un capitalismo más agresivo, adaptado a las exigencias de las clases más pudientes y a las crecientes necesidades industrializadoras. Para conseguir este objetivo, y aumentar la base tributaria del Estado, fue necesario reforzar a este último como así lo hizo el nuevo ordenamiento constitucional. A lo que le acompañó la creación de nuevos cuerpos represivos como la guardia de asalto, además de diferentes leyes que restringieron las garantías y libertades formales. Nos referimos, por ejemplo, al artículo 42 de la constitución para la suspensión de dichas garantías y libertades si lo exigía el bien del Estado; el artículo 76 d que dotaba al presidente de la República de poderes exorbitantes; diferentes leyes como la ley de Defensa de la República del 21 de octubre de 1931;[20] o la ley de Orden Público del 28 de julio de 1933 que fue promulgada con Manuel Azaña como presidente del gobierno, y que fue mantenida en vigor por el franquismo hasta 1959; o la ley de fugas que se saldó por lo menos 3.900 muertes, lo que en la práctica fueron ejecuciones extrajudiciales bajo el pretexto de fuga;[21] o la ley de vagos y maleantes del 4 de agosto de 1933, mantenida por el franquismo, y que fue introducida en el código penal para reprimir fundamentalmente a trabajadores en el paro, vagabundos y nómadas, así como a todos aquellos que no fueran del gusto de la autoridad competente, todo lo cual permitió la creación de campos de concentración para desempleados.[22]

En definitiva, la instauración del régimen republicano obedeció no tanto a razones de orden interno como a una necesidad exterior derivada de la competición geopolítica internacional, y que presionó sobre la esfera interior hasta el punto de transformar la constitución interna del Estado español. De este modo las presiones externas operaron a través de las condiciones internas que originaron la II República, la cual no fue otra cosa que una imposición de los militares que más tarde, en 1936, le pusieron fin. Sin embargo, este régimen que trató de maximizar su poder tanto hacia dentro como hacia fuera encontró una fuerte resistencia popular, aún a pesar de haber sido un intento consciente de las élites mandantes de impedir el estallido de una revolución desde abajo.[23] Por tanto, a nivel doméstico la II República fue un régimen extremadamente represivo que intentó meter en cintura a las clases populares, y que con ello pretendía crear las condiciones propicias para relanzar la política exterior española en clave imperialista. Finalmente nada de esto ocurrió, el régimen republicano fracasó estrepitosamente al encontrar una oposición frontal de la población que condujo a los mandos militares a alzarse en armas contra el pueblo para impedir la revolución. Así las cosas, quienes celebran el 14 de abril en conmemoración de la proclamación de la II República consciente o inconscientemente celebran, también, un régimen impuesto por los militares, al servicio del militarismo y de la burguesía. Un régimen que, además de haber sido tremendamente represivo con el pueblo, constituye un jalón más en el proceso modernizador del Estado español, y por tanto de su crecimiento y expansión.


                                                                        Esteban Vidal

Notas:

[1] A este respecto son bastante elocuentes los datos recopilados por Eduardo González Calleja quien pone de manifiesto que la mayor parte de la violencia que se produjo en la II República fue del Estado contra la sociedad. González Calleja, Eduardo, Cifras cruentas: las víctimas mortales de la violencia sociopolítica en la Segunda República española (1931-1936), Granada, Comares, 2015. Sobre esta dimensión represiva de la II República también es recomendable lo comentado en Rodrigo Mora, Félix, “14 de abril: La república del máuser” http://esfuerzoyservicio.blogspot.com.es/2013/04/14-de-abril-la-republica-del-mauser.html

[2] En este punto concordamos con lo sostenido por Otto Hintze, quien destacó que la rivalidad entre potencias tiene tanta importancia como las rivalidades entre grupos sociales en el moldeamiento de la estructura del Estado. Hintze, Otto, Historia de las formas políticas, Madrid, Editorial Revista de Occidente, 1968

[3] Porter, Bruce D., War and the Rise of the State: The Military Foundations of Modern Politics, Nueva York, The Free Press, 1994, p. xiv

[4] Sobre el punto de vista estructuralista acerca de la realidad internacional consultar: Waltz, Kenneth N., Teoría de la política internacional, Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1988

[5] Esta perspectiva está presente en las investigaciones de diferentes autores. Spruyt, Hendrik, The Sovereign State and Its Competitors, Princeton, Princeton University Press, 1996. Rasler, Karen A. y William R. Thompson, War and State Making: The Shaping of the Global Powers, Londres, Unwin Hyman, 1989. Mann, Michael, Las fuentes del poder social, Madrid, Alianza, Vol. 1 y 2, 1991-1997. Hintze, Otto, Feudalismo – Capitalismo, Barcelona, Editorial Alfa, 1987. Ertman, Thomas, Birth of the Leviathan: Building States and Regimes in Medieval and Early Modern Europe, Cambridge, Cambridge University Press, 1997

[6] Al fin y al cabo es la guerra la que crea el Estado y la que impulsa su desarrollo histórico al hacer que este intervenga en multitud de ámbitos y actividades, lo que conlleva la transformación de su carácter al hacerse más racional, organizado y centralizado a medida que aumenta su poder en el ámbito interior y, a su vez, en el ámbito exterior. Guerra y construcción del Estado van unidas debido a que la necesidad de organizar los medios para preparar y hacer la guerra origina la aparición de un aparato burocrático encargado de movilizar los recursos económicos, financieros, humanos, materiales, etc., necesarios. Sobre esto son notables las aportaciones recogidas en Roberts, Michael, “The Military Revolution, 1560-1660” en Rogers, Clifford J. (ed.), The Military Revolution Debate: Readings on the Military Transformation of Early Modern Europe, Boulder, Westview Press, 1995, pp. 13-36. Tilly, Charles, Coerción, capital y los Estados europeos 990-1990, Madrid, Alianza, 1992. Ídem, “Reflections on the History of European State-Making” en Tilly, Charles (ed.), The Formation of National States in Western Europe, Princeton, Princeton University Press, 1975, pp. 3-83. Parker, Geoffrey, La revolución militar. Las innovaciones militares y el apogeo de Occidente, 1500-1800, Barcelona, Crítica, 1990. Duffy, Michael (ed.), The Military Revolution and the State 1500-1800, Exeter, University of Exeter, 1986

[7] Una magnífica investigación que pone de manifiesto este y otros aspectos decisivos de los efectos de la revolución francesa en el relanzamiento de Francia como gran potencia, así como de otros procesos revolucionarios análogos, es Skocpol, Theda, States and Social Revolutions: A Comparative Analysis of France, Russia, and China, Nueva York, Cambridge University Press, 1979. Existe una edición en castellano: Ídem, Los Estados y las revoluciones sociales: un análisis comparativo de Francia, Rusia y China, México, Fondo de Cultura Económica, 1984

[8] Existían antecedentes previos, ya en el s. XVIII, en los que miembros de la élite mandante pusieron de relieve la necesidad de cambiar las estructuras políticas del Estado para adaptarlas al nuevo contexto internacional. Nos referimos a personajes como Floridablanca o Jovellanos. De interés son las observaciones recogidas acerca de los efectos de la implantación del orden constitucional y liberal en Rodrigo Mora, Félix, La democracia y el triunfo del Estado. Esbozo de una revolución democrática, axiológica y civilizadora, Morata de Tajuña, Manuscritos, 2011, pp. 41-62

[9] Los datos sobre el carácter esencialmente militar del Estado son abrumadoramente claros, y quedan evidenciados a través de las partidas presupuestarias dirigidas a la guerra. La bibliografía a este respecto también es abundante. Rasler, Karen A. y William R. Thompson, “War Making and the State Making: Governmental Expenditures, Tax Revenues, and Global Wars” en American Political Science Review Vol. 79, Nº 2, 1985, pp. 491-507. Mann, Michael, Op. Cit., N. 5, Vol. 1, pp. 590-617. Ídem, “State and Society, 1130-1815: an Analysis of English State Finances” en Mann, Michael, States, War and Capitalism, Oxford, Basil Blackwell, 1988, pp. 73-123. Rasler, Karen A. y William R. Thompson, The Great Powers and Global Struggle, Lexington, The University Press of Kentucky, 1994

[10] Headrick, Daniel R., Ejército y política en España (1866-1898), Madrid, Tecnos, 1981

[11] Sobre la valiente resistencia que ofreció el pueblo a la introducción del liberalismo es recomendable la lectura de Rodrigo Mora, Félix, Op. Cit., N. 8, pp. 84-102

[12] Numerosos autores han desarrollado su particular línea de investigación en torno a este enfoque en el que la atención es centrada en la interrelación que se da entre la organización militar y la organización del Estado. Destaca Otto Hintze, pero juntamente con él otros autores que de un modo independiente realizaron sus particulares reflexiones. Hintze, Otto, “Organización Militar y Organización del Estado” en Revista Académica de Relaciones Internacionales Nº 5, 2007 (https://revistas.uam.es/index.php/relacionesinternacionales/article/view/4868/5337). Finer, Samuel E., “State and Nation Building in Europe: The Role of the Military” en Tilly, Charles (ed.), The Formation of National States in Western Europe, Princeton, Princeton University Press, 1975, pp. 84-163. Rapoport, David C., “A Comparative Theory of Military and Political Types” en Huntington, Samuel P. (ed.), Changing Patterns of Military Politics, Nueva York, The Free Press, 1962, pp. 71-100. Andreski, Stanislav, Military Organization and Society, Londres, Routledge & Kegan Paul, 1954. Corvisier, André, Armies and Societies in Europe, 1494-1789, Bloomington, Indiana University Press, 1979. Downing, Brian M., The Military Revolution and Political Change: Origins of Democracy and Autocracy in Early Modern Europe, Princeton, Princeton University Press, 1992. Antes que todos estos autores encontramos un curioso antecedente de este punto de vista en un artículo escasamente conocido de Fredrich Engels, quien prestó especial atención a cuestiones de carácter militar y su influencia en la esfera política. Engels, Friedrich, “The Armies of Europe” en Putnam’s Monthly. A Magazine of Literature, Science and Art Vol. 6, Nº 33, 1855, pp. 193-206 y 306-317

[13] Para un estudio en profundidad de esta etapa de la historia del Estado español es recomendable la siguiente bibliografía: González Calleja, Eduardo, La España de Primo de Rivera. La modernización autoritaria, 1923-1930, Madrid, Alianza, 2005. Tamames, Ramón, Ni Mussolini ni Franco: la dictadura de Primo de Rivera y su tiempo, Barcelona, Planeta, 2008. Gómez Navarro, José Luis, El régimen de Primo de Rivera, Madrid, Cátedra, 1991. Ben-Ami, Shlomo, El cirujano de hierro. La dictadura de Primo de Rivera (1923-1930), Barcelona, RBA, 2012

[14] Alcalá Galve, Ángel, Alcalá-Zamora y la agonía de la República, Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2002

[15] Sobre la trama conspiracionista que lideraron y ejecutaron los militares es interesante lo recogido en Franco, Ramón, Madrid bajo las bombas, Madrid, Zevs, 1931. Para hacerse una idea del apoyo que este régimen recibió del ejército basta con señalar que únicamente 5 militares de la escala activa y uno de la reserva rehusaron jurar fidelidad a la II República. Información sobre esta cuestión puede encontrarse en Cardona, Gabriel, El poder militar en la España contemporánea hasta la guerra civil, Madrid, Siglo XXI, 1983

[16] Pulido Pérez, Agustín M., La Guardia Civil ante el bienio azañista, 1931/33, Madrid, Almena, 2008

[17] La implantación del régimen republicano también ha sido catalogada como una revolución conservadora hecha desde arriba, lo que salvando las distancias históricas y culturales no la diferenciaría de la restauración Meiji en Japón. Rodrigo Mora, Félix, Op. Cit., N. 8, pp. 294-299

[18] La creación de la guardia de asalto es significativa en este sentido, además del crecimiento del gasto estatal en actividades represivas. A lo que hay que añadir el aumento del número de efectivos de la guardia civil, que en 1930 contaba con 27.500 hombres mientras que en 1936 disponía de 34.500, esto es un 25% más. E igualmente su presupuesto que en 1930 era de 103 millones de pesetas, mientras que ya para 1933 era de 126. El presupuesto de seguridad, por su parte, pasó por esas mismas fechas de los 62 millones a los 120 millones. En términos generales puede observarse que la monarquía, en 1930, dedicaba 165 millones de pesetas al orden público, mientras que la II República, en 1933, dedicaba 246 millones. Muñoz Bolaños, Roberto, “Fuerzas y cuerpos de seguridad en España (1900-1945)” en Serga Especial Nº 2. Romero, Luis, Tres días de julio, 18, 19 y 20 de 1936, Barcelona, Ariel, 1967. Arrarás, Joaquín, Historia de la Segunda República Española, Madrid, Editora Nacional, 1956, Vol. 2

[19] Al fin y al cabo las clases acaudaladas apoyaron decididamente a las fuerzas republicanas en las elecciones municipales de 1931, y se mantuvieron al lado de la República hasta poco antes de la sublevación militar en 1936, cuando esta era ya inevitable. El propio conde de Romanones declaró que el rey Alfonso XIII fue abandonado por todos los estamentos del poder, y que en los barrios burgueses y aristocráticos de Madrid triunfaron las candidaturas republicanas en las elecciones de 1931. Figueroa y Torres Romanones, Álvaro, Notas de una vida, Madrid, Marcial Pons, 1999

[20] Esta ley de Defensa de la República se basó para su redacción en el anteproyecto de ley de Orden Público elaborado por la Asamblea Nacional de la dictadura de Primo de Rivera. Facultaba al gobierno para establecer tres estados de excepción por decreto, sin necesidad de que las Cortes suspendieran previamente las garantías constitucionales. Más información pormenorizada sobre estas leyes puede encontrarse en Gil Pecharromán, Julio, La Segunda República. Esperanzas y frustraciones, Madrid, Historia 16, 1997, p. 70. Ballbé, Manuel, Orden público y militarismo en la España constitucional (1812-1983), Madrid, Alianza, 1983, p. 363

[21] Fiestas Loza, Alicia, Los delitos políticos (1808-1936), Salamanca, Librería Cervantes, 1994

[22] Sobra decir que en la práctica la normalidad constitucional fue una excepción dado que todos los gobiernos republicanos recurrieron de un modo u otro a las leyes antes citadas, lo que generó una permanente suspensión de derechos y garantías como método para aplicar la represión de manera intensiva sobre la población, y muy especialmente sobre el campesinado y el movimiento obrero organizado. Todo esto contribuyó a darle al propio régimen republicano un cariz sumamente represivo y violento que desbordó considerablemente la situación previa de la dictadura militar de Primo de Rivera.

[23] Rodrigo Mora, Félix, Investigación sobre la II República española, 1931-1936, Madrid, Potlatch ediciones, 2016

jueves, abril 11

¡Cuidado con el ecologismo de Estado!


Vivimos en un mundo que no funciona, que está en franco declive, que se hunde, tal como parecen indicar los síntomas de la degradación directamente comprobables, desde el desarreglo climático hasta las hambrunas y patologías emergentes, desde la contaminación generalizada y la deforestación galopante hasta la desigualdad social creciente, desde la extensión de la peste emocional religiosa y nacionalista hasta las guerras por el control de recursos cada vez más escasos. No se trata pues de una simple crisis, sino de una catástrofe ecológica y social que adquiere visos de normalidad, puesto que lleva años produciéndose. En efecto, la economía global, último estadio de la civilización capitalista, se ha mostrado como una fuerza destructora mayor, capaz de alterar irreversiblemente los ciclos vitales de la naturaleza, de arruinar la sociedad y de destruirse con ambas. Hecho histórico inaudito, el impacto económico y tecnológico ha desbordado la esfera social adquiriendo la devastación dimensiones geológicas. Las condiciones de supervivencia de la especie humana están siendo profundamente deterioradas. La novedad es que o hay vuelta atrás. En resumen, el capitalismo es la catástrofe misma, y el problema no es que se derrumbe, una buena cosa se mire por donde se mire, sino que en su demencial carrera hacia el abismo nos arrastre a todos. Las almas cándidas que no paran de rogar por la salvación del planeta Tierra, por la preservación del hábitat de la humanidad, contra la extinción de las especies, harían bien en precisar que es del capitalismo en todas sus facetas del que hay que salvarlo, y que ello comporta su abolición, que es la de las desigualdades, de las jerarquías, de los aparatos políticos, de la división del trabajo, del patriarcado, de los ejércitos y de los Estados.

La Naturaleza ha pasado plenamente a formar parte de la economía; ha dejado de ser un entorno inmutable que soporta a una sociedad evolucionando históricamente. Se ha “civilizado”. Tierra, mar, aire y seres vivos son meros objetos de mercado. La sociedad, capitalista por supuesto, se apropia de la Naturaleza, o como se suele decir, del medio ambiente, igual que se había apoderado antes de la sociedad. La Naturaleza ya no queda fuera de la historia, no es ajena al tiempo lineal de la sociedad de masas, puesto que las catástrofes que la afectan tienen origen social. Son consecuencia de un proceso histórico ligado al ascenso y consolidación de una clase que funda su poder en el control de la economía: la burguesía. Y esa misma clase, históricamente transformada, ha tomado conciencia de que el nuevo empuje de la economía – de un mayor avance en el saqueo del territorio- depende de la administración de las catástrofes que su despliegue ha provocado. La guerra contra la naturaleza continúa pero disimulada bajo una aparente paz ecológica. El catastrofismo es ahora parte importante de la ideología dominante -la de la clase dominante, hasta hace poco optimista y progresista- puesto que el pesimismo es más de recibo en un mundo que hace aguas. El desastre no se puede negar ni reconducir. Hay que admitirlo. La basura campa a sus anchas, el ocio industrializado hace estragos, la biodiversidad se pierde y la opresión se multiplica. El mensaje actual del poder es claro: la catástrofe es real, la amenaza del colapso es muy plausible, pero la responsabilidad compete a una humanidad abstracta, ávida de riquezas, muy prolífica y genéticamente autodestructiva. Resulta que todos somos culpables de la catástrofe por ser como dicen que somos, animales que persiguen exclusivamente el beneficio privado. Solamente los dirigentes pueden librarnos de ella, porque solo ellos tienen la capacidad, los conocimientos y los medios necesarios para hacerlo sin frenar el crecimiento económico ni modificar en lo sustancial el modelo financiero. En fin, conservando con fidelidad el statu quo, no afectando en lo fundamental las estructuras políticas y sociales.

La solución de los dirigentes radica en un nuevo sistema industrial de producción y servicios controlando los flujos migratorios y caminando de la mano de tecnologías “verdes”, las verdaderas protagonistas de la “transición” del viejo mundo ecocida con sus fuentes de energía “fósil” al nuevo mundo sostenible con sus “yacimientos” de energía “renovable”. La nueva economía “baja en carbono” llega en auxilio de la vieja economía petrolificada, no para desplazarla, sino para complementarla. Ambas son extractivistas y desarrollistas. Las multinacionales dirigen toda la operación: el capitalismo es quien reverdece. Así pues, el consumo de combustible fósil no se verá afectado por la producción de agrocarburantes y de energía de fuentes que de “renovables” no tienen más que el nombre. El consumo mundial de energía que los dirigentes tildan de “verde” nunca sobrepasará a la “fósil”: en la actualidad no llega al 14% del total. Por consiguiente, las centrales nucleares, las térmicas, las incineradoras, las metanizadoras, la fractura hidráulica y los embalses incrementarán su presencia, esta vez en compañía de las industriales eólicas, fotovoltaicas, termosolares y de biomasa. Las nuevas tecnologías sostienen a la sociedad explotadora, dependen de ella tanto o más que lo contrario. El crecimiento, el desarrollo, la acumulación de capital o como quieran llamarlo, se apoya ahora en la economía “verde”, en la “sostenibilidad”, en los puestos de trabajo “verdes”, en las innovaciones ecotécnicas que concentran poder y refuerzan la verticalidad de la decisión. El ecologismo de Estado es su nuevo valedor, la vanguardia profesional auxiliar de la clase política alumbrada por el parlamentarismo, el voraz consumidor de los fondos públicos y privados destinados a financiar proyectos de apuntalamiento sistémico y rentabilización de la marginalidad.

Un ecologismo de ese tipo es casi imprescindible como instrumento estabilizador de la fuerza de trabajo expulsada definitivamente del mercado, pero todavía lo es más como arma de deslocalización de las actividades contaminantes hacía países pobres, cuya mayor oportunidad de formar parte de la economía global consiste en convertirse en vertederos. El ecologismo de Estado viene representado primero por una gama de partidos de corte ecoestalinista, fruto del reciclaje del estalinismo residual, clásico, bajo los parámetros del ciudadanismo populista, como por ejemplo Podemos, Comunes, IU o Equo. A continuación vienen un montón de colectivos y asociaciones reformistas que no van más allá de la economía “solidaria” de mercado, el consumo “responsable”, la explotación de energías “renovables” y el desarrollismo “sostenible.” Mayor grado de complicidad con el orden tienen los ecologistas patentados de las grandes ONG's del estilo de Green Peace, WWF, Extinción-Rebelión o Green New Deal, que aspiran a convertirse en lobbies, y sobre todo los tertulianos “transicionistas”, los “colapsólogos” y las vedettes del espectáculo conmovidas por la devastación planetaria. Sin embargo, el núcleo duro de esa clase de ecologismo está compuesto por una fauna considerable de arribistas cretinos, trepas advenedizos y aventureros aprovechados que se distribuye por las instituciones, los medios, las redes sociales y las cúpulas orgánicas en tanto que expertos, asesores, consejeros y directivos. Se puede confeccionar una extensísima lista con sus nombres. El común denominador de todos ellos es no constituir una amenaza para nada ni para nadie. No cuestionan los tópicos fundacionales del dominio burgués -“democracia”, “progreso”, “Estado de derecho”- sino más bien lo contrario. Realmente no quieren acabar con el capitalismo ni desindustrializar el mundo. Sus miras son mucho menos ambiciosas: la mayoría se dará por satisfecha con ver incluidas algunas de sus propuestas en las agendas de los partidos principales y los gobiernos. Al fin y al cabo, su trabajo vocacional se limita a presionar a los políticos, no a expurgar la política. Intentan ejercer de intermediarios en el mercado territorial a través de normativas conservacionistas, tal como hacen los sindicatos en el mercado laboral.

El Estado vertebra o desvertebra la sociedad en función de poderosos intereses privados, los intereses de la dominación industrial, y no en beneficio de las masas administradas. Es algo inamovible. El saqueo del territorio que las elites económicas practican está siendo facilitado por las instancias estatales, que se alimentan de él reforzando de paso su estructura jerárquica, consolidando la clase político-funcionarial y extendiendo los mecanismos de control de la población. No hay Estado “verde” posible, porque ningún Estado que se precie va a actuar en contra de sus intereses, y estos pasan por la explotación intensiva de los recursos naturales más que por el decrecimiento. La detención de la catástrofe implicaría la del desarrollo, con temibles derivaciones como la erradicación del consumismo, el desmantelamiento de las industrias, las autopistas y la gran distribución, la desurbanización del espacio, la disolución de la burocracia, la descentralización total de la producción energética y alimentaria, el fin de la división del trabajo, etc., todas contrarias al carácter del Estado producto de la civilización industrial. Por eso el ecologismo del Estado preferirá distraer a su público con pequeños gestos superficiales de responsabilidad ciudadana. No irá más allá de los impuestos, los decretos y las comisiones de seguimiento; no sobrepasará la recogida selectiva de basuras, la limitación de la velocidad a 80 Km/h, el fomento de la bicicleta, la promoción de los alimentos orgánicos, el alumbrado de bajo consumo o la prohibición de determinados envases de plástico, nada de lo cual contribuirá visiblemente al cambio ecológico o a la democratización de la sociedad. El Estado reposa sobre una población infantilizada, excluida de la decisión y despolitizada, volcada en su vida privada; el Estado se nutre de una sociedad artificial, estratificada, clasista, en fuerte desequilibrio con el entorno y por consiguiente insostenible. Si una sociedad así nunca será ecológicamente viable, tampoco lo será un Estado forjado en su seno por mucha voluntad que alguno le ponga. Los falsos ecologistas adoran al Estado por encima de todas las causas.

Los verdaderos ecologistas están en otra parte. Los auténticos ecologistas son antidesarrollistas. Su programa rechaza el papel preponderante de la técnica en la orientación evolutiva de la sociedad, es decir, condena como falacia perniciosa la idea de “progreso”. Asímismo, critica y combate la concentración de la población en conurbaciones y la proletarización de la vida de sus habitantes, tanto en su dimensión material como en la moral. Lucha contra la alienación y consecuencia necesaria de la masificación. Para ellos la civilización industrial y el Estado que la representa son irreformables y hay que combatirlos por todos los medios, desde luego, medios que no contradigan a los fines. Boicots, marchas, ocupación, movilizaciones, etc. La defensa del territorio es antiestatista y anticapitalista tanto en la forma como en el contenido. Busca la salida del capitalismo, la desmercantilización del territorio y las relaciones humanas, y la gestión pública a través del ágora, es decir, de las asambleas. La catástrofe ecológica no podrá conjurarse más que con un cambio drástico del modo de vida, una “desalienación”, lo que nos remite a la restitución del metabolismo normal entre la urbe y el campo, a la unificación del trabajo intelectual y físico, a la supresión de la producción industrial, a la abolición del trabajo asalariado, a la extinción de las formas estatistas... La cuestión teórica y práctica que se plantea consiste en cómo elaborar una estrategia realista de masas para llevar a cabo los objetivos descritos. La salvación del planeta y de la humanidad doliente dependerá de que la capacidad que tenga la población oprimida para salir de su letargo y emprender el largo camino de la resistencia con el fin de acabar con un mundo aberrante y construir en su lugar una sociedad verdaderamente humana.


Miquel Amorós, 26 de febrero de 2019. Argumentos para la no-participación en unas jornadas colapsistas

lunes, abril 8

Marcadores químicos: un paso más hacia el control totalitario de la población


 
PRES.O.S. - 24/03/2019

El lanzamiento de marcadores químicos contra los ‘chalecos amarillos’ en las manifestacionesJuan Manuel Olarieta

Los “chalecos amarillos” y los transeúntes se han convertido en conejillos de Indias de uno de los primeros experimentos con marcadores químicos para seres humanos cuyo efecto sobre el organismo es muy poco conocido.

Para el gobierno francés se trata de “productos químicos codificados” e inofensivos que impregnan la piel, el cabello y la ropa de las personas a las que se dirigen durante un período que va de varias semanas a décadas.

Esta técnica represiva se ha utilizado muy pocas veces contra seres humanos. Su empleo ha sido reconocido en la 18 semana de protestas de los “chalecos amarillos”. Los marcadores químicos se difunden tanto en los cañones de agua como en los gases lacrimógenos.

Además de ellos, también se han detectado sustancias sicotrópicas en los gases CS, lo que convierte a la represión de los “chalecos amarillos” en un experimento a gran escala de nuevas técnicas de represión política.

Estas técnicas se han desarrollado en Gran Bretaña y son ampliamente utilizadas en Israel, donde los presos palestinos afirman haber contraído varios tipos de cáncer como resultado del marcado de su ADN o el uso de otras técnicas de control social que implican nanopartículas que pueden haber dañado el material genético de las células de su cuerpo.

El gobierno francés ha admitido usar marcadores químicos contra los manifestantes como un experimento durante las manifestaciones del 1 de mayo de 2018, sin advertir a la población de que eran objeto de un experimento.

Los defensores de tales técnicas aseguran que los productos de marcado de ADN o ARN no suponen ningún peligro para la salud.

Sin embargo, en 2014 la policía de Ucrania experimentó con bombas de gas que contenían LSD suministradas por una empresa israelí contra manifestantes en Kiev y el resultado fue catastrófico: algunos comenzaron a sufrir convulsiones violentas antes de lanzarse contra los vehículos de la policía, lo que requirió el uso de munición real para detenerlos.

En Brasil la policía experimentó en 2016 con productos químicos contra manifestantes, pero salió mal y la policía finalmente tuvo que reducir la protesta mediante el uso de armas de guerra. La sustancia química utilizada se asemejaba a una droga neurotóxica.

En Israel algunos gases utilizados contra los palestinos contienen alucinógenos y LSD, además de alteradores endocrinos para hacer que los manifestantes sean más violentos y justificar así el uso de francotiradores y fuego a muy alta velocidad (balas de aleación especial con una velocidad inicial de 1.200 metros por segundo).

Los gases que utiliza la policía en Francia incluyen CS (2-clorobencilideno malononitrilo), que es irritante. Recientemente han añadido también neurotóxicos que pueden alterar la capacidad de percepción y la conciencia.

Otros tipos de nanopartículas se utilizan cada vez más en las cargas policiales, pero su uso sigue siendo secreto porque incluso los policías que las utilizan no siempre saben la naturaleza de la munición.

Con el marcado químico de los manifestantes, el gobierno francés da un paso más en el control de las personas, hasta las raíces de su cabello y su ADN.

El lanzamiento de marcadores químicos contra los manifestantes

Tras una reunión urgente del Consejo de Ministros convocada por la crisis de los “chalecos amarillos”, el Primer Ministro Edouard Philippe anunció nuevas medidas represivas de última generación, además de las antiguas, como el empleo de drones y los marcadores químicos codificados (PMC).

Hasta ahora los marcadores se habían utilizado para prevenir los atracos a bancos y furgones blindados, señalizando los billetes con tinta indeleble.

Pero la técnica ha introducido una novedad, los objetos de marcado codificado, que son dispositivos químicos indetectables a simple vista, inodoros e incoloros, que permiten marcar tanto las propiedades, como las personas y los lugares.

Es un verdadero ADN sintético que permite, por ejemplo, marcar objetos valiosos e identificar así el origen de la propiedad de un robo, señalizando al autor del delito.

Los PMC imprimen un código de identificación único. Asociado con el despliegue de estos dispositivos, la policía interviene principalmente en las etapas cruciales del revelado de la marca y el descifrado del código asociado. Con lámparas ultravioleta, la policía controla la marca y garantiza así la prueba material del delito.

En 2015, el municipio de Aubagne, en Francia, distribuyó cerca de 700 unidades a los vecinos. En Marsella los centros comerciales están equipados con estos marcadores. En caso de atraco, las alarmas y los radares de presencia los dispersan automáticamente, aunque también se pueden activar manualmente.

La instalación de sistemas de dispersión en centros comerciales tiene un doble objetivo. Por un lado disuade a los atracadores mediante la colocación visible de señales en el área protegida, de la misma manera que las cámaras de vigilancia. Por el otro, marca a todas las personas y cosas que están en dicha zona.

La piel del autor queda impregnada durante varias semanas, su pelo durante seis meses y su ropa de por vida. Puede ser localizado en cualquier momento, durante un control rutinario en carretera o en su casa. Para ello basta con proyectarle luz ultravioleta.

Naturalmente, además de los ladrones, también quedan marcados los clientes, los trabajadores, los niños… todos los que están en el escenarios del crimen.

La técnica PMC se ha extendido a los cables eléctricos, las obras de arte y los vehículos. Las empresas productoras garantizan la unicidad del código asociado al marcado. Al consultar la base de datos de los proveedores, un objeto marcado, denunciado como robado, puede ser devuelto a su propietario resaltando el producto marcado codificado, incluso después de varios años.

Lo que se empezó aplicando a los delitos, se ha extendido a los derechos, como el de manifestación, permitiendo a la policía identificar a quienes acuden a las manifestaciones y a quienes pasean por la calle. Pero, ¿quien es capaz de diferenciar a uno de otro?

viernes, abril 5

Chalecos amarillos y lucha de clases


El proletariado no es una cosa, ni una identidad, ni una cultura, ni un colectivo estadístico que tiene unos intereses de clase propios que defender. El proletariado se constituye en clase mediante un proceso de desarrollo y formación que sólo se da en la lucha de clases. El proletariado, reducido en el capitalismo avanzado al estatus de productor y consumidor deviene una categoría social pasiva, sin conciencia propia; es una clase para el capital, sometida a la ideología capitalista. No es nada, ni aspira a nada, ni puede nada. Sólo en la intensificación y agudización de la lucha de clases surge como clase y adquiere conciencia de la explotación y dominio que sufre en el capitalismo y, en el proceso mismo de esa guerra de clases se manifiesta como clase autónoma y se constituye como proletariado antagónico y enfrentado al capitalismo, como comunidad de lucha. Enfrentamiento total y a muerte, sin posibilidades ni aspiraciones reformistas o de gestión de un sistema hoy ya obsoleto y caduco

Esta noción de clase como “algo que sucede”, que brota y florece del suelo de los explotados y oprimidos, es clave. La clase no se refiere a algo que las personas son, sino a algo que hacen. Y une vez que entendemos que la clase es fruto de la acción, entonces podemos comprender que cualquier intento de construir una noción existencialista o cultural e ideológica de clase, es falsa y está condenada al fracaso.

La clase no es un concepto estático, sólido o permanente; sino dinámico, fluido y dialéctico. La clase sólo se manifiesta y se reconoce a sí misma en los breves periodos en los que la lucha de clases alcanza su punto culminante.

El proletariado se define como la clase social que carece de todo tipo de propiedad y que para sobrevivir necesita vender su fuerza de trabajo por un salario. Forman parte del proletariado, sean o no conscientes de ello, los asalariados, los parados, los precarios, los jubilados y los familiares que dependen de ellos. En Francia forman parte del proletariado los casi tres millones de parados y los veintiséis millones de asalariados o autónomos que temen engrosar las filas del paro, amén de una cifra indefinida de marginados, que no aparecen en las estadísticas porque han sido excluidos del sistema.

La democracia parlamentaria europea se ha transformado rápidamente, desde el inicio de la depresión (2007), en una partitocracia “nacionalmente inútil”, autoritaria y mafiosa, dominada por esa clase dirigente capitalista apátrida, que está al servicio de las finanzas internacionales y las multinacionales. Se produce una profunda y extensa proletarización de las clases medias, una masificación del proletariado y la erupción violenta e intermitente de irrecuperables colectivos, suburbios y comunidades marginadas, antisistema (no tanto por convicción, como por exclusión). Los Estados nacionales se convierten en instrumentos obsoletos (pero aún necesarios, en cuanto garantes del orden público y defensa armada de la explotación) de esa clase capitalista dirigente, de ámbito e intereses mundiales. Su forma de gobierno es el totalitarismo democrático: una democracia reducida a la mínima expresión de votar cada equis años, para elegir entre representantes malos o peores del capital, sin capacidad alguna de intervención o decisión en la vida social o política.

Los suburbios se convierten en guetos de excluidos del sistema, que el Estado intenta aislar entre sí, entregando su dominio a las bandas, la droga, las mafias, las escuelas, los trabajadores sociales, oenegés, etetés, prisiones y policía, para que conjuntamente impongan el control y/o sacrificio económico, político, social, moral, volitivo, y si hace falta también físico, de “todos los que sobran”, con el objetivo preciso y concreto de desactivar su potencial revolucionario, intentando convertir esos barrios periféricos en colmenas de muertos vivientes, a los que las instituciones estatales les han declarado una guerra total de exterminio y aniquilación.

La lucha de clases no es sólo la única posibilidad de resistencia y supervivencia frente a los feroces y sádicos ataques del capital, sino la irrenunciable vía de búsqueda de una solución revolucionaria definitiva a la decadencia del sistema capitalista, hoy inútil y criminal, que además se cree impune y eterno. Lucha de clases o explotación sin límites; poder de decisión sobre la propia vida o esclavitud asalariada y marginación.

No son sólo chalecos amarillos, Monsieur Macron, es la guerra de clases, estúpido. Es el viejo topo que aparece y desaparece de escena, cavando sin cesar su túnel bajo un mundo caduco y obsoleto.


 Agustín Guillamón

martes, abril 2

La anarquía



El duro al mes que ganaba Manuela Lago
trabajando con siete años de sol a sol
a cambio de unas sopas de ajo con pan
y un potaje de garbanzos y tocino por la noche.

La conquista del pan,
leída en voz alta y patosamente por José Núñez,
volviendo al pueblo,
después del duro trabajo en el campo,
montado en su burrito,
con un pie en cada alforja
y las riendas abandonadas.

El día que aprendió a leer José Monroy
como la cosa más hermosa del mundo,
gracias a otro jornalero que tenía ideas
y daba clases en el ateneo por la noche.

El periódico Solidaridad Proletaria
que compraba María Toro
para que alguien se lo leyera,
porque ella, aunque era analfabeta, se aprendía
los artículos de memoria con escucharlos una vez.

Las conferencias mensuales de Miguel Olmo
sobre los peligros del alcohol, el juego y el burdel
que entorpecen los sentidos y degradan la moral,
instando a los obreros a cambiar el bar
por la lectura y el estudio de libros y periódicos.

La unión en amor libre de María Silva con su compañero
para tener los mismos derechos que los hombres,
bajo el sagrado precepto del respeto mutuo
y la pasión profunda.

La Idea deslumbrando un claro día de mayo a Juan Estudillo,
que se hizo vegetariano, naturista y nudista,
y comenzó a escribir artículos para los obreros
bajo el pseudónimo de El Duende de la Pena.

La bandera roja y negra izada por Juan Moreno
en el ayuntamiento del pueblo
porque pensaban que la reacción había sido derrotada
y el futuro ya se había ganado en toda España.

Todo esto tenía muchos nombres, muchos nombres
que aún no se han apagado.


Antonio Orihuela. Pelar cebolla. Ed. Amargord, 2017

sábado, marzo 30

Los mercaderes de la muerte quieren reunirse de nuevo en Madrid


Los colectivos abajo firmantes queremos expresar nuestro más profundo rechazo a la organización de la FERIA INTERNACIONAL DE LA DEFENSA (FEINDEF), que se celebrará los próximos 29, 30 y 31 de mayo de 2019 en el recinto del IFEMA de Madrid, espacio gestionado por la Comunidad de Madrid y el Ayuntamiento de Madrid, entre otras entidades.

Según los promotores, esta feria viene a cubrir el hueco dejado por HOMSEC, el Salón Internacional de Tecnologías para la Seguridad y Defensa, cuya 7ª y última edición tuvo lugar en Madrid del 14 al 17 de mayo de 2017, y que suscitó un fortísimo rechazo social entre la población madrileña y del resto del Estado. Detrás de esta nueva feria, además del Ministerio de Defensa, están AESMIDE ‒la Asociación de Empresas Contratistas con las Administraciones Públicas‒ y TEDAE. Esta última es la Asociación Española de Empresas Tecnológicas de Defensa, que aglutina a los principales fabricantes y exportadores de armas de España, tales como Navantia, Airbús, Expal, o Instalaza (la empresa fabricante de bombas de racimo del conocido traficante Pedro Morenés).

Esta feria, que pretende ser bienal, está enfocada a los “distintos protagonistas de la defensa y seguridad de Europa y del mercado internacional” y, según el comunicado difundido por el Ministerio de Defensa, está abierta a la participación de industrias de países “principalmente de la Unión Europea, Hispanoamérica, Oriente Medio y del Norte de África”. Es decir, está orientada a vender armas a los principales escenarios de las guerras que producen la migración de las personas refugiadas que después rechazan acoger los principales países exportadores de esas armas.

FEINDEF servirá de punto de encuentro entre comerciantes de armas y agentes que se benefician del negocio de la guerra, como empresas de seguridad privada militar y empresas de video-vigilancia, entre otras. En FEINDEF, “se mostrarán y explicarán las últimas novedades de los programas de aviones de combateeuropeos de nueva generación… y, por supuesto, en misiles aire-aire, antibuque, aire-tierra y superficie-aire”.

También estarán presentes las nuevas aplicaciones para ciberdefensa y ciberseguridad, a pesar de la enorme preocupación internacional que despierta este tipo de armamento, y que ha sido denunciada recientemente por el Secretario General de la ONU.

España es el séptimo exportador de armas del mundo. Esto no es casualidad y se logra, entre otras cosas, gracias a ferias como esta. Todo ello se produce a espaldas de la ciudadanía, que sigue manifestando su profundo rechazo a este macabro negocio, como hemos podido comprobar recientemente cuando se ha conocido públicamente la escandalosa venta de armamento a Arabia Saudí. Armas con las que se está masacrando a población civil yemení desarmada.

Instituciones que se declaran defensoras de la paz y los derechos humanos, como el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid, no deberían permitir que eventos de este tipo se celebren en espacios como el IFEMA en cuya gestión participan. Queremos que los espacios públicos sirvan para la promoción de una cultura de paz, no como escaparates de la guerra y la violencia. Ferias como esta promueven modelos de seguridad represivos y centrados en amenazas militares sobre la integridad territorial y política de los Estados, totalmente alejados del modelo de seguridad humana que defiende el derecho a una vida libre de violencia, de miseria y de miedo. Queremos un modelo de seguridad humana integral, feminista y que ponga la vida en el centro; que contemple aspectos que van desde lo político y lo comunitario, a aspectos relativos a la seguridad económica, alimentaria y medioambiental.

PORQUE CREEMOS QUE OTROS MODELOS DE SEGURIDAD SON POSIBLES:

1. Exigimos al IFEMA la cancelación del evento.


2. Exigimos al Ayuntamiento de Madrid y a la Comunidad de Madrid que se desmarquen públicamente de esta iniciativa y que auditen las cuentas de la feria del evento y las hagan públicas en aras de la transparencia.


3. Llamamos a la sociedad a denunciar y boicotear esta feria, uniéndose a las acciones contra la misma, para evitar que se celebre.


4. Proponemos declarar a Madrid, que ya es Capital de Paz, Ciudad Libre de Comercio de Armas.

Animamos a todas las personas y colectivos a adheriros a este manifiesto y apoyar las movilizaciones que convocaremos. Contacto y adhesiones: desarmamadrid@desobediencia.es

Iniciativa promovida por la Plataforma Desarma Madrid, formada por:
Asamblea Antimilitarista de Madrid, BDS, Ecologistas en Acción, Yayoflautas Madrid, Legal Sol y Plataforma por la Desobediencia Civil de Madrid.

LA GUERRA EMPIEZA AQUÍ. PARÉMOSLA AQUÍ

miércoles, marzo 27

La posibilidad o no de la soberanía individual


Al igual que con el concepto de "posmodernidad", hablar de "estructuralismo" o "post-estructuralismo" y etiquetar a algunos autores según el pensamiento de estas complejas escuelas no parece sencillo. Se ha hablado de nombres como Foucault, Deleuze y Lyotard como post-estructuralistas, pero resulta complicado saber lo que defienden en el campo de la filosofía política.

Estos autores se niegan a elaborar una teoría política general y tambíen un modelo de conducta, y se dedican más bien a analizar situaciones específicas de opresión. Podemos estar de acuerdo en gran medida con los críticos de estos autores, cuando señalan que es necesario tener, a priori y para establecer posibles remedios y alternativas, una posición política alternativa para confrontar con un sistema político que se da en el presente. No obstante, el anarquismo se muestra flexible y apuesta por la pluralidad, lo cual debe evitar caer en una suerte de relativismo y discierne perfectamente, a nivel teórico y práctico, entre el concepto ideal de anarquía con el más vulgar de caos. A pesar de ello, de esa aspiración ideal que existe en el anarquismo, creo que se puede decir que una de sus señas de identidad es también el rechazo de la subordinación del individuo a ninguna abstracción. Tal cosa puede suponer una pérdida de sus capacidades, por no hablar de males mayores como en el caso de los sistemas totalitarios. Una cosa es confiar en la capacidad de perfección, ética y social, y otra muy distinta sacrificar a las personas en función de un modelo supuestamente superior (que solo podria ser impuesto desde arriba, por lo que no tiene cabida en el anarquismo).

Se trata de situar a las personas en una determinada realidad material, en la que puedan desarrollar su propia capacidad de análisis y reflexión, para buscar la autonomía y la libre asociación y resolver así todos los problemas sociales y vitales. Aquí nos encontramos con otra de las premisas clásicas del anarquismo, su fe en el individuo. No estoy de acuerdo con una visión fundamentalista, si es que existe dentro de las ideas libertarias, según la cual existe una capacidad innata en el ser humano para buscar las soluciones más justas y eficaces. Parece una confianza, casi ciega, sustentada en la mera destrucción de las instituciones represivas. Una cosa es que consideremos que el autoritarismo es un factor rechazable, con lecturas fundamentalmente negativas, y que la jerarquización social imposibilita el desarrollo del potencial individual y de valores cooperativos, y otra es la lectura, que tantas veces se hace desde fuera del ámbito libertario y actúa constantemente en su contra, de que el anarquismo es irrealizable debido a esa confianza excesiva en una naturaleza beatífica del ser humano. Se trata de perfeccionar las capacidades más nobles del individuo y de crear la estructura social que lo posibilite. No hay una visión mesiánica del individuo ni de una clase social (al igual que ocurre con el proletariado en el caso del marxismo), pero sí se deja un resquicio de confianza en el individuo sea cual fuera el contexto en que se encuentre (puede llamársele tal vez "humanismo", tan rechazable por según qué doctrinas de pensamiento).

Los post-estructuralistas renuncian, tanto a la ideología, como al sujeto autónomo, como resistente frente al poder, no piensan que el motor del cambio social (que sí desean estos autores, aunque se nieguen a extender recetas) se encuentre en ninguno de esos dos factores. Pero, ¿se puede decir que no existe la soberanía individual? Como aseguran algunos autores, ¿el sistema capitalista, y cualquier sistema autoritario, acaba absorbiendo toda subjetividad, toda capacidad de resistencia? La sociedad de consumo y el capitalismo moderno genera apatía, la tendencia es a convertirnos en un grupo de borregos y a inhibir valores cooperativos y éticos, pero de ahí a considerarnos meros actores que desconocen absolutamente los entresijos del pobre espectáculo del que participan, hay un largo recorrido en mi opinión. La idea de soberanía individual y de subjetividad, aunque pervertida por la dominación política y económica, es central en una sociedad libertaria, entendida también como equilibrio o complemento de la justicia social. Entramos aquí en otro prejuicio posmoderno, la falta de confianza en los sistemas considerados utópicos. Pero solo si entendemos como "utopía" una estructura social aparentemente perfecta, y tal vez por ello fuertemente regulada, puede resultar rechazable o meramente fantasiosa.

Dentro del anarquismo, la utopía puede funcionar como una especie de mito o modelo, como una tensión permanente hacia un ideal que no traiciona nunca sus presupuestos (que son, por así decirlo, poco o nada utópicos en el sentido clásico antes expuesto). Volviendo a las críticas de los post-estructuralistas, por supuesto que existen multitud de fuerzas que condicionan al ser humano, pero considero que su valor como entidad es apreciable en cualquier sistema, no reducible completamente por excesiva que sea la opresión, y con un verdadero potencial en el ambiente adecuado. Los análisis exhaustivos de cualquier situación represiva son indispensables para dotar de las herramientas adecuadas de liberación, la acción se lleva a cabo a nivel local por los propios actores víctimas de la situación. Algo en lo que siempre insistió el anarquismo, la ausencia de "dirigismo" y el protagonismo de los oprimidos (dejaremos de emplear en este sentido la palabra "trabajadores" para no tomar una parte por el todo). La crítica de los post-estructuralistas, además de a la elaboración de un sistema generalizado de liberación, va dirigida también a lo que ellos consideran establecer un modelo de sujeto a liberar. No puede el anarquismo establecer un modelo de "normalidad" y sí quiere apostar por la pluralidad, por dar cauce a la más diversas forma de expresión en lo individual y de entendimiento en lo social. Considerar una norma en el comportamiento humano es caer en nuevas formas de opresión.