Preguntas a abordar el 27 de noviembre en el Centre Culturel
Bruegel de Bruselas y planteadas el 28 en el Groupe de Recherche pour
une Stratégie Économique Alternative
Las definiciones (como las corrientes políticas) de comunismo y
de anarquismo son múltiples y sería imposible hacer una síntesis de toda
esa diversidad en una tarde. No obstante, ¿podrías compartir con
nosotros tu noción de anarquismo y de comunismo?
Malatesta dijo que comunismo y anarquía eran los mismo. Nada que ver
con el sistema cuartelero de los leninistas, simple disfraz del
capitalismo burocrático de Estado. Yo lo definiría como un régimen de
convivencia social sin Estado y sin clases, basado en el rechazo de la
división del trabajo y en la posesión en común de los medios de
producción, en su gestión colectiva y en la distribución del producto
social en función de las necesidades. Nacido del libre acuerdo, el
comunismo libertario debería de proporcionar a todos las condiciones
idóneas para un máximo desarrollo material, moral e individual. Se trata
pues de un ideal ético inalcanzable por la fuerza, ya que tiene como
condición ineludible la comprensión y el deseo de la mayoría expresado
libremente. Para muchos, entre los que me incluyo, el anarquismo sería
el modo de lograr este fin, naturalmente por vías solidarias y
universalistas, no con procedimientos parlamentarios ni postulados
religiosos. En mi caso, entiendo el anarquismo como la característica
doctrinal propia del socialismo antiautoritario que, durante mucho
tiempo, acompañó a buena parte del proletariado revolucionario, hasta
entrar en crisis, puede que final, por culpa de las capitulaciones
habidas durante la revolución española. A partir de ahí ya no se puede
hablar de anarquismo, con sus diferentes matices, sino de anarquismos,
ideologías diversas con el mismo nombre, pero ajenas unas con otras.
¿Sus puntos de encuentro, sus divergencias y el potencial anticapitalista respectivo?
Evidentemente, entre los que se autodenominan anarquistas existen
profundos desacuerdos metodológicos y grandes diferencias estratégicas,
derivadas de la forma variable de interpretar la realidad y de la praxis
divergente con la que caminar hacia los objetivos finales. Las
discordancias cristalizaron en ideologías, en fórmulas, a menudo
acompañadas de comportamientos sectarios, como, por ejemplo, la
insurreccionalista, la municipalista, la sindicalista, la primitivista,
la especifista, la postanarquista, etc. Actualmente, el anarquismo es
sobre todo un estado de ánimo difuso presente en cualquier conflicto
como exigencia de horizontalidad e igualdad, rechazo de la mediación,
demanda de autogestión y reivindicación de la acción directa. El
potencial anticapitalista del anarquismo moderno se materializará en la
medida en que la coyuntura social favorezca el arraigo en las masas
rebeldes de sus ideas no vencidas, entendidas no como utopía, sino como
“la verdad inmediata de un tiempo relativamente próximo” (Ricardo
Mella).
¿Qué es una metrópolis?
En Europa las tres cuartas partes de la población vive en zonas
urbanas extensas. En el mundo existen más de quinientas aglomeraciones
superiores al millón de habitantes, a las que en propiedad no se puede
llamar ciudades. Pasó el tiempo de las ciudades compactas en simbiosis
con el entorno agrario. El campo hace mucho que dejó de ser una realidad
diferenciada. Debord anunció en 1967 que «el momento presente es el de
la autodestrucción del medio urbano». La metrópolis -o “posciudad”, tal
como la llama Françoise Choay- es un tipo de asentamiento informe fruto
de la expansión ilimitada de la ciudad industrial, que ha ido
absorbiendo poblaciones limítrofes y creando nuevas barriadas hasta
suburbanizar todo el territorio circundante. Tal unificación del espacio
fue posible en un primer lugar, gracias al desarrollo del transporte,
al combustible fósil barato y a los nuevos materiales de construcción.
Etimológicamente, metrópolis en griego significa “ciudad madre”; en
cambio, la realidad dista mucho de la maternidad: es un engendro
devorador de espacio que concentra el poder en una sociedad totalmente
urbanizada. En los noventa del siglo pasado, la globalización financiera
y la digitalización la consolidaron como dominio totalitario de la
mercancía y motor del desarrollo capitalista. Es un no-lugar de
conurbaciones yuxtapuestas, que no resulta de la superación de la
oposición campo-ciudad, sino del hundimiento simultáneo de ambos polos.
No representa un proyecto de convivencia, ni siquiera a nivel de clase
dominante; bien al contrario, es una realidad totalmente mercantil.
Constituye un aglomerado discontinuo y difuso, sin valores ni cultura,
sin auténtica vida, conectado únicamente por vías de circulación. La
comunicación ha sido marginada por la conectividad. Lo que importa no es
la convivencialidad, sino su precio. En realidad, la metrópolis no está
hecha para los habitantes, sino para los transeúntes, bien sean
visitantes, promotores o inversores. Su base económica ya no radica en
la industria, sino en los servicios, el turismo, los grandes eventos y
la innovación. Aunque conserve centros históricos, estos han sido
museificados, puesto que la metrópolis carece de centro real: en ella lo
central se ha vuelto periférico y la periferia deviene cada vez más
céntrica. Tampoco las plazas públicas o las calles proporcionan un resto
de coherencia orgánica; las infraestructuras viarias son sus únicos
ejes vertebradores. El paisaje reconstruido por las fuerzas
desarrollistas reproduce maneras de vivir en confinamiento, precarias,
motorizadas y mercantilizadas hasta en los menores detalles: las
metrópolis generan en cualquier rincón relaciones sociales capitalistas
de forma automática. Se puede decir que constituyen el espacio idóneo
para la reproducción de capitales en la etapa hipertecnológica de la
economía mundializada.
Más sobre la metrópolis.
El paso de una economía productiva a otra de servicios, seguido de la
transición de un capitalismo nacional a otro global, consagró el papel
de las metrópolis por encima de los Estados. Entre la clase dirigente,
la ideología keynesiana retrocedió ante el pensamiento neoliberal,
enemigo acérrimo del intervencionismo estatal. La promesa de abundancia
reemergía en los mercados financieros con el crédito a espuertas y la
expansión de la deuda, propiciando turboconsumismo, aventuras
inmobiliarias y toda clase de burbujas especulativas. No obstante, la
constatación de la finitud de los recursos primarios, sobre todo
energéticos (p.e. el “pico” del petróleo), sumada a la crisis
medioambiental provocada por el desarrollismo a ultranza (p.e.
calentamiento global, producción descomunal de residuos, contaminación,
despilfarro de recursos) obligaron a considerar la «sostenibilidad» del
proceso, es decir, el pago de la factura de la degradación. Entonces, el
capitalismo echó mano del lenguaje ecológico e inauguró una fase verde
que el Estado debía promocionar y sostener. El Estado recobraba así el
papel de antaño en una economía a “descarbonificar” por un periodo de
“transición energética”. La metrópolis evolucionaba en consecuencia
recurriendo a un urbanismo light con sus carriles bici, islas
peatonales, recogida selectiva de basura, puntos de recarga eléctrica,
«corredores» verdes, tranvías y remedios digitales como las smart cities. “Reinventaba” el territorio obedeciendo a la lógica más al día -más tecnológica- de la mercantilización.
¿Qué relación guarda con el “capital territorial”?
Hablamos de “capital territorial” cuando el territorio se ha
transformado completamente en «activo», o sea, en capital. En la
Conferencia de Río de 1992 los dirigentes mundiales lo definieron como
la nueva configuración del territorio que se desprendía de la unión de
la economía con el medio ambiente, o sea, del denominado “desarrollo
sostenible”. El concepto venía asociado al momento “verde” del
capitalismo, cuando el territorio se situaba en el centro del triángulo
sociedad-economía-medio ambiente. Una vez mejorada su accesibilidad,
este se convierte en un espacio multiexplotable: es una cantera de suelo
edificable, un soporte de grandes infraestructuras, una oportunidad
para la industria agroalimentaria, una reserva paisajística, un destino
turístico, un área para el ocio industrializado, una fuente de energía
renovable y de materiales estratégicos, etc, todo lo cual le concede un
peso cada vez mayor en la economía global. En fin, el territorio es la
materia prima del capitalismo en su último periodo extractivista.
¿Es posible superar el capitalismo sin desurbanizar el campo ni
ruralizar la ciudad, y, por consiguiente, sin destruir las metrópolis?
Obviamente no es posible. Liquidar la globalización conlleva el fin
de su organización espacial. Frente a las sucesivas crisis, las
metrópolis además de invivibles, terminan siendo inviables. Son muy
vulnerables ante los desastres y tan enormes que resultan imposibles de
gestionar comunalmente. El gran escollo con que se va a encontrar una
transformación social fundada en la vinculación armónica con la
naturaleza serán las mismas conurbaciones, aptas solamente para la
reproducción de relaciones capitalistas, a las que forzosamente habrá
que desmantelar. La desmundialización siempre tendrá un aspecto
desurbanizador y ruralizante. La simple implantación de una economía
doméstica sin mercado -llámese natural, sustantiva o moral- implicará
colectividades coordinadas de dimensiones reducidas, con cultivos
próximos y producción industrial a pequeña escala. Con mayor razón, la
autogestión no sería operativa en vecindarios demasiado grandes, donde
el ágora es imposible. Ahora bien, desurbanizar no significa abolir el
espacio urbano, a lo sumo, abolir la propiedad privada capitalista.
Entraña un doble movimiento de despoblamiento y repoblación, de
descentralización y desconcentración, cuyos efectos al respecto son la
descongestión del espacio sobreurbanizado, su revitalización, la
recuperación de su funcionamiento orgánico… Paradójicamente, la
desurbanización es una vuelta a la verdadera ciudad.
¿Por qué el territorio es objetivamente el lugar central de la lucha anticapitalista (y no el lugar de trabajo)?
Central no quiere decir único, ni territorio significa exclusivamente
campo. Sin embargo, cuando la mayor producción de beneficios, de la que
depende el crecimiento económico, se da en la explotación intensiva de
un territorio previamente “ordenado”, entonces su defensa viene a ser el
centro de la lucha anticapitalista (o sea, de la actual lucha de
clases). En efecto, a medida que la productividad global se ralentiza y
que las ganancias decrecen, lo que David Harvey llama «circuitos
secundarios de acumulación» adquieren una superior relevancia. Los
antagonismos se despliegan en toda su magnitud solo en esos circuitos,
-bien sea en el problema de la vivienda y el deterioro de los servicios
públicos, bien en la resistencia a la construcción de centrales
nucleares, trenes de gran velocidad o líneas de alta tensión, bien en el
sabotaje a los transgénicos o los grandes proyectos inútiles. En
consecuencia, la cuestión social se manifiesta principalmente como
cuestión territorial. Al contrario, dada la pérdida de centralidad de
los trabajadores de la industria y la desaparición de las huelgas
salvajes, la lucha sindical, aunque necesaria, no rompe con las reglas
de juego del desarrollismo. No se impone como objetivo salir del
capitalismo, sino negociar el valor de la fuerza de trabajo con papeles
en el mercado. Menos todavía lo quiebra el obrerismo político, tan
aferrado al Estado. Por consiguiente, el conflicto laboral no puede ser
el eje sobre el que pivoten las aspiraciones emancipatorias. Si se
quiere acabar con el régimen capitalista, la cuestión estratégica
principal reside en la capacidad de bloquear el crecimiento de la
economía con la mirada puesta en las alternativas de salida. En ese
sentido, la defensa del territorio, por limitada que sea, es
antidesarrollista y anticapitalista por esencia, ya que se encara con el
principal impulsor de la economía en estos momentos, la explotación
industrial del patrimonio, los saberes y los recursos territoriales, y
en mayor o menor medida, propone alternativas prácticas.
¿Qué tipo de territorio (y ciudad) sería económicamente habitable, viable (en el marco anticapitalista)?
Tempranamente, los anarquistas Élisée Reclus y Piotr Kropotkin
plantearon la desconcentración de la ciudad burguesa y la eliminación de
sus barrios miserables. Ambos apelaron a un “sentimiento de la
naturaleza” que guiase la vuelta a un orden natural optimizado, el cual
consistiría en una dispersión de baja intensidad de todas las
actividades acaparadas por la urbe expansiva. Al conformarse alrededor
de las ciudades una red de pequeñas industrias, hospitales, escuelas,
molinos, saltos de agua, caminos, ferrocarriles y colectividades
agrícolas, el resultado sería una región integrada urbano-rural, sin
centro dirigente, encauzada hacia el comunismo. Sus ideas fueron
recogidas y desarrolladas por otros autores, entre los que destacaría a
Patrick Geddes y Lewis Mumford, que partían de la “planificación
regional”. Con el fin de conseguir un equilibrio territorial, estimular
una vida intensa y creativa, eliminar el despilfarro de energía y
alimentos y detener la expansión metropolitana, propugnaban un uso
racional del territorio. Este se concretaba en propuestas como la de
cinturones agrícolas, producción descentralizada de energía, reparto
equilibrado de la población en unidades convivenciales bien equipadas,
reinstalación de las industrias cerca de la materia prima y transporte
público eficaz. Reformas a contracorriente, de sentido común, pero sin
perspectivas de realización, puesto que no eran respaldadas por fuertes
movimientos vecinales arraigados en porciones de territorio liberadas,
sino que dependían del altruismo de los dirigentes. Finalmente, el
descrédito de la idea de progreso trajo la revalorización de la comuna
medieval, particularmente de su funcionamiento abierto codificado en
actas de auto-gobierno, de la regulación de la vida social por la
costumbre y de la noción de bien común. Así se han abierto nuevas
perspectivas altermetropolitanas en los movimientos auto-organizados
capaces de sobrevivir a las tentaciones electoralistas, a la amalgama
sin principios y al cebo de las subvenciones.
Preguntas del equipo organizador para profundizar después de la conferencia
Definición y periodización de la nueva fase del capitalismo (¿territorial)?
La escasez y finitud de los recursos está dando lugar al
acaparamiento de inmuebles, tierras, aguas y minerales, mientras que la
crisis climática impulsa al desarrollo industrial de las energías
supuestamente “renovables” y de los agrocarburantes. Al volverse
extractivista, el capitalismo global se agarra al territorio como tabla
de salvación, apartando de la protección ambiental el mayor número de
“zonas de sacrificio”. El desplome financiero de 2008 puso fin al
neoliberalismo puro y reafirmó la función estabilizadora del Estado. Por
otro lado, el auge del capitalismo asiático, combinado con las
dificultades insalvables de crecimiento del capitalismo europeo y
norteamericano, decantaba la globalización a su favor, amenazando la
hegemonía occidental a todos los niveles. En las altas esferas se
produjeron fuertes discrepancias. El principal peligro para el statu quo
económico, militar y político de Occidente -la competitividad superior
china- exigía soluciones geopolíticas, no «verdes»; monopolios, no libre
competencia; autarquía, no apertura de fronteras, todo lo cual ponía
fin al neoliberalismo. Por ahora, gana el sector favorable al
proteccionismo, los cárteles tecnológicos, el repliegue nacionalista y
el rearme general. Al imponerse el poderío armamentístico en la política
exterior, la globalización tal como la concebía el pensamiento «único»
ya no es de recibo. Asimismo, el avance del negacionismo climático y la
defensa del empleo industrial señalan el declive del ecologismo de
Estado. Hoy en día, la fracción más agresiva de la clase dominante ha
dejado de creer en el progreso y la sostenibilidad, y confía poco en el
mercado global: prefiere que las industrias se queden en casa a pesar de
su baja competitividad (para eso están los aranceles), que la energía
nuclear tenga una segunda oportunidad y que sus áreas de influencia se
sostengan por la fuerza si es preciso. Sabe que la economía declina y
que el “estado del bienestar” se estrecha irreversiblemente, por la que
la conservación del capitalismo exigirá el sacrificio del programa
ecológico y de una parte creciente de la población. Su catastrofismo
tiene que ver con un final de ciclo en la civilización capitalista más
que con una «transición ecológica» dirigida por un consorcio
privado-estatal. La ideología verde, todavía optimista, está siendo
desplazada por un decrecentismo sui generis que los estrategas
transicionistas denominan “poscrecimiento”. A pesar de todo, el
neoliberalismo político, ciudadanista y poscrecentista, pierde terreno
ante un progresivo despotismo de corte identitario, autoritario y
violento, típico de un régimen protofascista y posglobalización.
¿Cuál sería el sujeto de la lucha (y el “sujeto revolucionario”) en las actuales condiciones?
Un sujeto político es más que una informe “multitud” interclasista:
es una comunidad de lucha estructurada. Su formación va asociada a los
enfrentamientos contra la autoridad de los sectores de población
perjudicados o excluidos por los mercados, y, paralelamente, al
desarrollo de una sociabilidad vecinal ligada a la reconstrucción de
espacios de vida menos condicionados por el dinero. Si el Estado se
retirara lo suficiente y sus partidarios quedasen en minoría, los
individuos se sentirían obligados a organizar la vida colectiva,
generándose en el proceso voluntad de segregación, deseo de autonomía y
espíritu de clase. Clase sin partido que pretenda servirse de ella, ni
más función histórica que la que una conciencia rupturista le pueda
proporcionar. Los frentes de lucha son diversos -urbanos, rurales,
ecológicos- y el reto con el que se enfrentan las fuerzas sociales
movilizadas reside en su capacidad de confluir sin renunciar a la
democracia directa, ni soslayar sus objetivos finales. Desgraciadamente,
las clases medias, aunque depauperadas, tienden a conservar su
mentalidad y a actuar de acuerdo con ella, por lo que son presa fácil de
los espejismos populistas de la reacción, y consecuentemente, un
obstáculo mayor para la autonomía y la conciencia.
Crítica de la concepción marxista sobre la relación entre el desarrollo de las fuerzas productivas y la emancipación.
En verdad, el desarrollo de las fuerzas productivas ha vuelto casi
imposible la emancipación social. Hace tiempo que la razón ilustrada al
servicio de la verdad se trastocó en razón instrumental al servicio del
poder. Tal desarrollo pudo originar la formación de una clase obrera
industrial sediciosa en sus fases iniciales, pero en etapas posteriores,
a pesar de la generalización del trabajo asalariado, la base social del
combate por la emancipación se restringía. La máquina suprimía
inexorablemente la fuerza de trabajo y condicionaba toda la vida social,
poniéndola en manos de los expertos. La tecnología y el consumismo
provocaron un desclasamiento de la población trabajadora y la pérdida de
la conciencia de clase, borrando de su imaginario toda aspiración
revolucionaria. En Occidente, la sociedad de clases enfrentadas
desembocó en una sociedad oligárquica reclinada en clases medias
asalariadas. La descomposición del área soviética derivó en un
capitalismo monopolista de Estado. La base material de la emancipación
no prosperó en ningún lado: la principal fuerza productiva, que no es el
trabajo sino la alta tecnología, era cada vez más destructora, luego
inservible para fines liberadores, y por lo tanto, imposible de ser
autogestionada.
¿Qué es la “conciencia territorial”?
Dijo Ellul en su momento, que “lo que está en juego es nuestro
entorno social y ambiental”. En las regiones que aspiran a constituirse
en Estado, a menudo la idea territorial se confunde con el patriotismo
identitario. Sin embargo, de manera más general, la expresión
“conciencia del territorio” alude a las ligaduras intelectuales que la
población mantiene con su hábitat, comprometidas por una
artificialización intensiva del mismo, responsable esta del conjunto de
síndromes sicológicos definidos como «psicastenia», o más comúnmente,
como «mal urbano.» No se trata pues de un conjunto de vínculos
simplemente afectivos, ni de una filantrópica “conciencia ambiental”,
sino que tiene que ver con el ritmo de vida pausado de los espacios
abiertos, ajenos a los imperativos capitalistas, impulsor de formas de
convivencia social integrada. Algunos como Sergio Ghirardi utilizan el
concepto de “conciencia de especie”, que yo definiría como la protesta
espiritual del vecindario (urbano y rural) ante las amenazas de
devastación total contenidas en la fase extractivista del capitalismo
tardío, algo que supone a medio plazo la extinción de la especie humana.
¿Cuál es la diferencia entre las luchas territoriales y las luchas urbanas?
No hay diferencia. El derecho a la ciudad es también derecho al
territorio. Territorio es en principio el espacio concreto donde se
asienta una población, y, por consiguiente, es algo más que paisaje,
solar, campo o medio natural. Las áreas urbanas también forman parte de
él. Es espacio geográfico y social, una porción de la naturaleza
modelada por la acción humana a lo largo de la historia. Es dueño de un
pasado, tiene tradición propia y contiene relaciones sociales. En el
momento turbocapitalista, el territorio no metropolitano se halla
suburbanizado, por lo que todos los conflictos tienen bastante en común,
ya que son a la vez territoriales y urbanos. Es más, dada la
despoblación de las zonas rurales, los efectivos de la defensa del
territorio son mayoritariamente metropolitanos.
Con relación al Estado, ¿es este necesario para superar el capitalismo o un freno?
Para quienes propugnan una organización social horizontal, sin
burocracia, ni dirigentes, ni cárceles, ni fuerzas de orden, no cabe
duda de que el Estado es, más que un freno, un grandísimo enemigo. Ellos
quieren reforzar la sociedad civil luchando por un funcionamiento
autónomo, o sea, al margen de las instituciones. Por otra parte, el
Estado es el Estado de la clase dominante, luego la cara política del
capitalismo y, en tanto que monopolizador de la violencia, su brazo
armado. Cualquiera que sea su modalidad y diga lo que diga su propaganda
mediática, el Estado es la explotación políticamente organizada de la
mayoría de la población por una clase minoritaria. Teniendo en cuenta
que el Estado puede sobrevivir al capitalismo y no lo contrario, la
abolición de este no conduce necesariamente a la de aquel. Hay que
empezar por suprimir el Estado. Comenzar desvelando sus artimañas.
Gracias a las trampas participativas y al conformismo dominante, el
Estado absorbe todas las energías de la contestación y coopta con
facilidad a sus representantes. Cuando un movimiento popular penetra en
los mecanismos estatales, queda atrapado por ellos. El movimiento
segrega una capa burocrática que actúa en su nombre, y que, a medida que
va acaparando la decisión -a medida que altera la vieja estructura de
poder y se hace gobierno- va divorciándose de él, constituyendo una
nueva clase separada. Quien delega, abdica. La clase del Estado se
emancipa de la sociedad y se proclama representante de la misma,
forzando un cambio de apariencias. Pero, aunque la dominación varíe en
la forma, se mantendrá en el contenido.
¿Cuál es tu definición de Estado? ¿En qué se diferencia de la concepción espinozista o hegeliana?
El Estado es una estructura vertical separada y opuesta a la sociedad
civil, a la que organiza unilateralmente a través de una capa de
funcionarios. Bakunin dijo que el Estado era el mal, la mismísima
Iglesia secularizada, una forma histórica de sociedad que agotó su
tiempo. García Calvo puntualizaría: “el Estado es la epifanía de Dios
mismo”, una idea abstracta, metafísica, convertida en un ordenamiento
jurídico que reduce la gente a la categoría de súbdito tras la cual no
hay más que renuncia y sumisión. La concepción de Spinoza es una
variante liberal de la noción de contrato. En algún momento, mediante un
pacto, la multitud acuerda la composición de un Estado “de civilidad”
que, conforme a la ley, imponga la razón y el sentido común como guía de
conducta, proteja las libertades “naturales” y salvaguarde a todos de
ese caos producto de las pasiones anárquicas imperantes en el “estado de
naturaleza”. La república holandesa constituiría el ejemplo tangible
del ideal espinozista. Hegel, por su parte, consideraba al Estado como
realización efectiva del derecho, imagen de la razón y culminación de la
libertad civil. Era el punto final de una evolución histórica que el
filósofo concretaba en la monarquía prusiana. Ambas ideas de Estado
reflejan etapas históricas diferentes del dominio de la economía sobre
la sociedad, y, por lo tanto, del desarrollo de la burguesía, la clase
de la economía, comerciante y corsaria en un caso, industrial en el
otro. Siglo XVII para Spinoza, siglo XIX para Hegel. Salvo en algún caso
excepcional -Morelly, Godwin, Fourier- los pensadores avanzados de la
fase ascendente de la burguesía, nunca se plantearon la posibilidad de
una sociedad organizada no sometida a una autoridad exterior. En su fase
descendente, los ideólogos ciudadanistas, como buenos filisteos, huyen
de Hegel, es decir de Marx y de Bakunin, o sea, de la lucha de clases y
del rechazo al Estado, y de vez en cuando descubren la teología política
de Spinoza, es decir, al Estado liberal idealizado de la vieja
burguesía, y utilizan sus reflexiones con el fin de proporcionar
perspectivas políticas a cualquiera de las facciones mesocráticas que
representen.
Miquel Amorós