Cuando la multitud hoy muda, resuene como océano.

Louise Michel. 1871

¿Quién eres tú, muchacha sugestiva como el misterio y salvaje como el instinto?

Soy la anarquía


Émile Armand

miércoles, abril 17

Matadero de Binéfar. Un holocausto para los animales y un infierno para las trabajadoras

 

Hace ya algunos años, publicamos un par de artículos sobre la nueva tendencia que se estaba desarrollando en nuestro territorio con la implantación de decenas de macrogranjas, fábricas de carne instaladas en entornos rurales para alimentar al mundo. En ese momento, nos centramos en analizar los efectos sobre el clima, el empleo y la población rural, nuestra salud y, por supuesto, sobre los animales, pero dejamos para un futuro hablar de las condiciones laborales en estos centros de tortura y muerte.

En el año 2018, en el Estado español fueron sacrificados más de 50 millones de cerdos y existían más de 15 millones de ovejas y cabras y 6 millones y medio de vacas. Como dato para hacernos una idea, en 2015 se sacrificaron 356 millones de aves destinados a consumo humano, la gran mayoría pollos seguido a mucha distancia de pavos y en 2018, 43 millones de conejos.

Nuestro país es el mayor productor de carne de cerdo de Europa y el tercero mundial, solo por detrás de China y Estados Unidos, países con muchísima mayor superficie y población.

Si bien el número total de granjas de porcino en nuestro país ha disminuido de forma drástica (entre 1999 y 2009 desaparecieron más de 110.000 explotaciones, un 61,4% en tan solo una década), el número de animales no ha dejado de aumentar. En ese periodo, el censo de cerdos se incrementó en un 12,3%, de los que el 90% de ellos pertenecía a una granja industrial, y el tamaño de estas no para de aumentar: en 2009, la media de cerdos por granja era de 120 animales y en 2013 ascendía ya a 467. En 2019, las granjas con más de 10.000 cerdos suponen solo el 2,5% del total, pero albergan a más del 40% del porcino español”.

(…) actualmente el 78% de las más de 80.000 granjas de porcino en el Estado español son intensivas, y aunque estemos hablando solamente de cerdos, conviene señalar que éstos suponen más de la mitad de todo el ganado existente. Mientras que en Europa la tendencia ha comenzado a invertirse, disminuyendo la producción de carne un 5% en los últimos cinco años (lo cual no es casual, si no que ha sido impulsado desde las instituciones), aquí ha aumentado un 15%, más de la mitad de la cual es exportada.

¿Y qué significa todo esto? Básicamente: peores condiciones para los animales, tremenda contaminación atmosférica y del suelo y acuíferos, deforestación de vastas extensiones en otras latitudes donde se cultiva la soja y demás materia prima para los piensos, además de otras cuestiones sociales como las pésimas condiciones laborales, el despoblamiento rural, etc.

Holocausto para los animales…

Ya apuntábamos, aunque nos quedábamos con ganas de profundizar en ello, que “Como consecuencia directa de esta expansión de macrogranjas, se necesita una nueva forma de dar muerte de manera masiva a estos animales, por lo que se están construyendo macromataderos como el de Binéfar, capaz de acabar con 32.000 cerdos al día.

En estos días el matadero de Binéfar ha vuelto a ser noticia, esta vez por la detención de los hermanos Pini, dueños de Litera Meat, empresa al que pertenece el matadero, acusados de agresión sexual a una trabajadora y delito contra los derechos de los trabajadores.

Para conocer cómo es el matadero de Binéfar, nos hacemos eco de las palabras de una activista por la liberación animal que participó durante meses en una acampada en este pueblo para tratar de impedir su construcción hace ya cuatro años. Lamentablemente, el matadero se construyó, pero de la acampada surgieron vínculos y reflexiones muy útiles para futuras luchas que se recogen en un texto accesible desde la web de la editorial ochodoscuatro:

Binéfar, en la provincia de Huesca, se encuentra en una de las capitales de mayor explotación animal a nivel estatal y europeo. Los campos que rodean el pueblo están totalmente minados de granjas. El olor fétido y repugnante de la zona es debido a las cubas rebosantes de cuerpos de animales en descomposición y a las incontables balsas de purines que se encuentran en las veredas de los caminos.

Antes de la proyección del macromatadero de Piero Pini Binéfar ya contaba con un matadero conocido y de gran importancia, Fibrín, ubicado dentro del pueblo, justo en la parte trasera del supermercado Día.

Vecinas de Binéfar nos contaban como en días de lluvia intensa llegó a brotar sangre por las alcantarillas, y cómo en verano todo el pueblo huele a putrefacción y hay que cerrar ventanas y puertas para que la peste no inunde el interior de las casas.

Un lugar donde la muerte y la explotación animal forman el paisaje, donde los camiones de animales chillando hacia el matadero o la granja de engorde están integrados en lo cotidiano. El lugar perfecto para ubicar allí el matadero más grande de Europa, «Litera Meat». En este espacio del horror 20 horas de cada día son asesinadxs 32.000 cerdxs. 160.000 cada semana, más de 7 millones y medio de animales asesinados al año. Un asesinato cada 3 segundos.

Toda la trama corrupta relacionada con el proyecto de la construcción del macromatadero de Piero Pini (el empresario dueño de Litera Meat) fue destapada por un periodista del diario Público llamado Ferran Barber. Así conocimos que el gran empresario de los mataderos había sido encarcelado por sobornos, corrupción y fraude fiscal, y que estaba relacionado con mafias y metodologías turbias para el desarrollo de sus macabros negocios. Estos procedimientos los siguió manteniendo en Binéfar, donde un policía local ejercía a la vez de escolta privado de la familia Pini, donde políticos con poder y mando tuvieron relación con ventas del terreno del macromatadero, y donde la representante sindical de las personas trabajadoras del macromatadero era una «amiga cercana» de la empresa.

Por contextualizar y dar una visión completa de lo sangrante de todo esto es importante tener en cuenta que antes de la construcción del matadero Binéfar tenía casi pleno empleo (el arcaico y recurrido argumento de “el pueblo necesita trabajo” en este caso tampoco sirve), y las personas que trabajan en Litera Meat son mayoritariamente migrantes de procedencia africana, al igual que en otros mataderos y granjas de la zona. Creo que no hace falta imaginar el filón que tienen los empresarios como Pini con personas de gran vulnerabilidad como la población migrante. Esto ha quedado plasmado en la gestión de la crisis de la pandemia, donde el macromatadero ha vuelto a hacerse famoso por un brote de coronavirus que reflejó la precariedad de sus condiciones laborales. La falta de escrúpulos es total y en todas las direcciones.

Aunque los asesinados siguen siendo los animales no humanos.

El impacto medioambiental de un proyecto como este es devastador. Según su propio informe técnico la emisión de CO2 es de 126 toneladas al día y 1.3 millones de metros cúbicos de basura contaminante cada año. 150 camiones llenos de animales y cadáveres entrando y saliendo del lugar por jornada.

El gasto de agua es también descomunal. Tras el macromatadero hay un embalse que comunica con un pantano gigante. De ahí se nutre el macromatadero para funcionar, gastando 60 litros por segundo, 5000 metros cúbicos de agua al día, el equivalente a dos piscinas olímpicas.

infierno para las trabajadoras

Cuando la destrucción de la vida de miles de animales y de la naturaleza te da completamente igual, no es extraño que los derechos de tus trabajadores no sean tampoco una prioridad.

Con la complicidad de todas las instituciones, de todos los partidos políticos (sí, todos, Podemos también apoyó la construcción de este centro de muerte), y de los sindicatos CCOO y UGT, la familia Pini ha aprovechado la alfombra roja con la que se le dio la bienvenida para vulnerar los derechos de sus trabajadores.

Desde CNT se ha hecho una labor de denuncia de la situación de los más de 1.600 trabajadores de la empresa y de la represión sindical que sufren por su actuación:

Son incontables las irregularidades que se producen diariamente en este centro de trabajo, muchas de ellas ya denunciadas a Inspección de Trabajo en numerosas ocasiones, que ya ha sancionado varias veces a la empresa sin que las multas parezcan suponerle a Litera Meat un impedimento demasiado grande para seguir quebrantando la ley. La triste realidad es que existe la violación de los derechos en prácticamente todas las áreas de la actividad laboral: personal obligado a hacer horas extras bajo amenaza de despido (incluso más de 12 horas, 6 días a la semana) incumpliendo constantemente la normativa sobre horas extras, vacaciones, festivos, descansos diarios y semanales. Constantes despidos por estar en situación de baja médica (producida precisamente, en muchas ocasiones, por ritmos desorbitados en las cintas de trabajo o por tener que deshuesar piezas de cerdo durante 10 horas al día con cuchillos desafilados), por solicitar permisos para el cuidado de hijos/as o familiares a tu cargo o por prácticamente cualquier circunstancia de salud que impida a un/a trabajador/a ir a trabajar. Faltas muy graves de seguridad y salud laboral, como por ejemplo en las deficiencias en los EPIS y las herramientas de trabajo o en las ya conocidas aglomeraciones de la plantilla durante los momentos más duros de la pandemia del Covid-19, denunciados a Salud Pública ya que produjeron más de 1.000 infectados en la zona por la cadena de contagios (300 de ellos de la plantilla).

El último logro, que nos recuerda la involución de la realidad en los curros, que no atiende a la idílica situación que nos relata la ministra de Trabajo, fue la jornada de ocho horas. Parece una lucha del pasado, pero hace unos meses, setecientas personas pararon su trabajo para reivindicar un derecho que quien crea que está consolidado es que está fuera del mundo. Ese mismo día, y tras el parón, la empresa cedió, aceptó las exigencias de CNT y eliminó la obligación de realizar horas extraordinarias, que no estaban siendo pagadas.

Como todo, el éxito de esta acción no surge de la nada, y menos en un centro de trabajo en el que la mayoría de las trabajadoras son de origen extranjero, con más de veintidós nacionalidades. La Sección Sindical de CNT lleva desde la inauguración del matadero realizando un trabajo sindical de denuncia ante Inspección de Trabajo y Juzgados, y de acompañamiento a los trabajadores a través de asesoramiento sindical y de cursos de prevención de riesgos laborales, así como denunciando el compadreo que las dos grandes centrales sindicales y los partidos políticos tienen con los (pongamos presuntos, por lo que sea) criminales hermanos Pini.

 Ahora, y tras la detención e ingreso en prisión de los dos capos, Piero y Mario, el sindicato convocó una concentración en el pueblo con el lema “basta de abusos en Litera Meat” y, desde la preocupación por el clima laboral en el que pueden hallarse inmersas nuestras compañeras se ha decidido abrir una oficina de atención y acompañamiento integral contra los abusos, dotada de medios jurídicos, sindicales y de acompañamiento psicológico para las trabajadoras, donde recoger y analizar cualquier tipo de abuso que se haya podido producir.

 

https://www.todoporhacer.org 

domingo, abril 14

Neofascismo

 


Las administraciones de lotería, llenas. 

Los ateneos obreros, vacíos. 


Antonio Orihuela. Velas para el Antropoceno. Ed. Acsal, 2023

jueves, abril 11

Estado y Capital, la misma cosa — Agustín García Calvo

 


Fragmento extraído de Análisis de la sociedad del bienestar de Agustín García Calvo.


Estado y Capital son la misma cosa, y sólo dos para disimular; y los mismos son los políticos y los banqueros, y no hay Dios que distinga (o sólo Dios puede) entre los Ejecutivos de Dios de la Empresa y los del Ministerio (o los Sindicatos); como no podía menos de ser: pues lo uno y lo otro está movido y sostenido por lo mismo: una misma Fe en el Futuro, una misma Idea, un mismo idealismo, esto es, una misma creencia en el Dinero como la realidad de las realidades.

Y la piedra de toque para reconocer la identidad de Capital y Estado, y la falsedad vigente de su distinción, es el Criterio de Rentabilidad. El cual vemos todos los días cómo se aplica indiferentemente en las Instituciones Estatales lo mismo que en las Privadas, y cada vez más descaradamente; como es natural, porque aquello de que «De dinero no se habla, niño» era cosa de los viejos burgueses, y ahora, en cambio, nada más decente, y hasta honroso, que hablar de dinero, con esa campechana franqueza que caracteriza lo mismo a los Ejecutivos del Consorcio Bancario que a los del Ministerio de Finanzas; en efecto, teniendo Dios en el Bienestar una cara esencialmente de dinero, ¿qué más claro y honesto, que más santo, que declarar abiertamente que a lo que se va es a la producción de rendimiento dinerario, al acrecentamiento del volumen de las cifras? Cualquier otra cosa, cualquier otro hablar, es sin más sospechoso para el Señor.

Lástima que, con el Criterio de Rentabilidad, a la gente lo que se le hace es la puñeta a gran escala. Pues en cualquier momento, cualquier Ejecutivo de lo uno o de lo otro, podrá quitarle las cerezas de la boca, las vacas de los prados, el caminito de hierro, la tierra misma de debajo de los pies, gracias a la apelación al Criterio de Rentabilidad: porque, déjese de mandangas, amigo, aquí de lo que se trata es de productividad, de rendimiento, de futuro, esto es, de dinero; y ante ello tienen que agachar la cabeza y retirarse las cositas y los corazoncitos, no faltaba más. No estorbe, hombre, y perdone las molestias, pero es que estamos trabajando por su futuro.

Así es como el Criterio de Rentabilidad, al mismo tiempo que prueba la identidad entre Capital y Estado, sirve para eliminar la vieja noción de 'servicio público'.

lunes, abril 8

Para qué sirve la policía

 

 

Audio de la entrevista: https://go.ivoox.com/rf/119223869

 

"La policía no evita la delincuencia. Éste es uno de los secretos mejor guardados de la vida moderna. Los expertos lo saben, la policía lo sabe, pero la opinión pública no. Sin embargo, la policía asegura ser la mejor defensa de la sociedad contra el crimen y argumenta una y otra vez que si se le otorgan más recursos, especialmente más personal, podrá proteger a las comunidades contra el crimen. Esto es un mito".


Cogemos el libro de Paul Roche "Qué hace la policía" como excusa para hablar de la función y la naturaleza policial. Para ello contamos con Pablo Lópiz y Daniel Jimenez, autores del prólogo.

Con ello ahondaremos en el concepto de razón policial, a qué dedican su tiempo y recursos la policía, cual es su papel en la construcción del Estado y el Capitalismo, etc.

Las fuerzas de seguridad nunca han evitado la delincuencia, pero ese es uno de los secretos mejor guardados desde sus orígenes. En esa bruma, el mito de una institución policial eficaz y necesaria es el punto de partida en los relatos de las clases dominantes cuando abordan las temáticas del orden social y la libertad. En lo que respecta al pasado más reciente, el modelo de incrementos lineales en cuanto al tamaño y competencias de los cuerpos policiales revienta en la década de los años noventa, experimentando un crecimiento exponencial: el poder policial se extiende como una plaga y la proliferación de sus excesos refleja una auténtica institucionalización del catálogo de las violencias legales.

viernes, abril 5

Anarquía natural. Historia del naturismo libertario


Escucha el programa de La Linterna de Diógenes en este enlace https://go.ivoox.com/rf/120809796

 

Hablamos con Juako Escaso, autor del libro Anarquía Natural. Teoría y práctica del naturismo libertario en el Estado español publicado este año por La neurosis o las barricadas. Desde donde hace un recorrido por la historia del movimiento naturista y su encuentro e influencias mutuas en determinados sectores del movimiento anarquista español.

Recorreremos los orígenes del naturismo en Europa, el contexto del degeneracionismo a principios de Siglo XX, las influencias y apropiaciones por parte de sectores del movimiento libertario español y su relación con el neomalthusianismo, la sexualidad, el género, etc.

martes, abril 2

Las cárceles de la miseria. Gueto, marginalidad y Estado penal

 


AUTOR: Loic Wacquant, EDITORIAL: Irrecuperables. 2023. 316 páginas

Existe un vínculo estrecho entre el neoliberalismo y el despliegue de las políticas de seguridad ultrarrepresiva que se puede resumir así: Difuminación del Estado económico, debilitamiento del Estado social, fortalecimiento y glorificación del Estado penal. No se pueden entender las políticas policiales y penitenciarias sin verlas en el contexto de los cambios en el empleo y en la relación de fuerzas entre clases sociales de las últimas décadas. La «mano invisible» del mercado de trabajo precario encuentra su complemento en el “puño de hierro” del Estado para atajar los delitos o disturbios provocados por el desempleo, el salario precario y los recortes de la protección social.

Vivimos con la propagación mediática de una ideología que eleva la competitividad a un carácter de fetiche y celebra la responsabilidad individual (cara oculta de la falta de responsabilidad colectiva). Se responsabiliza de la delincuencia únicamente al individuo y se ignora el contexto social en el que éste se encuentra. En Las cárceles de la miseria se explica cómo esto se traduce en una actuación policial y judicial que reprime a los jóvenes, los inmigrantes y la delincuencia menor, e incluso hostiga a los sintecho. Es decir, se criminaliza la pobreza, a la vez que se consigue un chivo expiatorio. Esto también sirve para disciplinar a los sectores de la clase obrera reacios al nuevo modelo de trabajo precario.

Los conceptos de seguridad ciudadana o de ‘tolerancia cero’ resultan engañosos. En la práctica significan la imposición de las leyes solo contra ciertos grupos, pues ¿dónde está la ‘tolerancia cero’ contra los delitos administrativos, el fraude comercial, la contaminación ilegal y las infracciones contra la salud y la seguridad? Esta política además ampara legalmente el abuso policial, las multas y detenciones arbitrarias y la vigilancia. Así, el objetivo del sistema penitenciario no es prevenir el crimen ni reinsertar, sino aislar y anular a la creciente población reclusa. Wacquant denuncia también la privatización de las cárceles, afirma que éstas sustituyen al gueto y permiten usar la mano de obra esclava de los detenidos.

Fueron el gran empresariado y las facciones “modernizadoras” del Estado y la burguesía las que emprendieron esta estrategia de Estado penal. El autor explica cómo este nuevo «sentido común» punitivo -elaborado en Estados Unidos por una red de think tanks neoconservadores- se extendió entre las altas esferas para luego llegar a Europa y Latinoamérica, y traducirse en cambios legislativos.

 

https://www.todoporhacer.org 

sábado, marzo 30

Hay un tiempo para la poesía y otro para la policía


 

La policía secreta de Stalin

torturaba a sus víctimas siguiendo el método Stanislavski,

haciéndoles experimentar las mismas emociones

que el personaje que tenían que representar.

 

En la checa comunista de Vallmajor, en Barcelona,

se torturaba psicológicamente a los trotskistas y anarquistas

con pinturas suprematistas y neoplasticistas

que defendían lo espiritual en el arte.

 

El término sociedad del espectáculo

con que Debord pensaba insultar a la sociedad

que estaban construyendo los medios de comunicación,

ha sido apropiado y reclamado

por ellos como un término identitario.

 

La Oficina Nacional de Turismo de Holanda

publicó un tríptico titulado Vean a los Provos.

A los turistas interesados se les conducía

a las afueras de la ciudad donde,

previo pago de una entrada,

eran provocados por provos autorizados por el Gobierno.

 

Mil Mesetas, el libro de Deleuze y Guattari

es leído por el ejército israelí como un manual

para mejor combatir a los palestinos.

 

¿Dejaremos alguna vez de trabajar para el enemigo?


 

Antonio Orihuela. Camino de Olduvai. Ed. Irrecuperables, 2023

miércoles, marzo 27

Palestina, transformar el dolor en lucha

 


Esto es lo que nuestra clase gobernante ha decidido que será lo normal” Aaron Bushnell (RIP 25/02/2024)

 

Se van a cumplir, o se han cumplido ya, 5 meses desde que el Estado israelí recrudeciera las acciones militares contra la población palestina. Todas conocemos las brutales consecuencias de las operaciones del ejército invasor llevada a cabo durante este tiempo. Todas estamos enteradas de la cifra de asesinatos totales, todas hemos visto las imágenes de ciudades enteras arrasadas, todas hemos leído alguna de las múltiples denuncias sobre la situación alarmante de hambre, sed, proliferación de enfermedades, falta de recursos y atención sanitaria, etc. Todas sabemos lo que hay, todas sabemos que la situación es incomparable a ninguna otra.

Estamos presenciando la comisión de un genocidio, ampliamente documentada en medios y redes sociales. Ninguna otra operación de exterminio está dejando tanto testimonio directo, pero, aún así, ni la llamada comunidad internacional, ni tribunales u otros organismos de intercesión en situaciones de conflicto, han dado ningún paso con efectos palpables, se han limitado a declaraciones con simple valor simbólico, a una teatralización de la indignación.

El caso del Estado español es también sangrante, mientras el Gobierno ha continuado autorizando la venta de armas a Israel durante todos estos meses, como ha quedado suficientemente acreditado, la acción gubernamental se ha basado en elevar un poco el tono de voz en alguna rueda de prensa o conferencia, para, posteriormente, retractarse en cuanto la representación diplomática israelí exigía explicaciones. Mientras todo esto ocurría, ministros y ministras del Gobierno del ala izquierda acudían a manifestaciones o se pronunciaban por redes sociales, evidenciando, más si cabe, la incapacidad y la farsa de la socialdemocracia.

Ya nos recordaban las organizaciones revolucionarias pro-palestinas que, a la lucha por la liberación, en nada podía contribuir la intervención de estos organismos internacionales, que los tribunales de justicia creados por las potencias coloniales que sostienen a Israel, nunca serán parte de la solución, por ello, es en el seno de nuestra clase donde debemos crear complicidades solidarias con el pueblo palestino, enarbolando, una vez más, la bandera del internacionalismo.

Pero estamos en una situación difícil, nuestras organizaciones no están en su mejor momento, no contamos, por ejemplo, con un gran sindicato, decidido, firme, que pueda paralizar puertos, fábricas enteras, etc. Además, andamos desconcertadas, con un gran sentimiento de impotencia, desbordadas por las imágenes tan duras que nos llegan, luchando contra el dolor, yendo de una a otra manifestación sin mucha esperanza en el alcance que puedan tener, por ello, nos preguntamos, una y otra vez, qué hacer, sabiendo que es necesaria una intervención directa, en el presente, pero, también, a su vez, que el recorrido es largo, que tenemos mucho trabajo por delante para recomponer un tejido político radical que pueda ser una herramienta útil de solidaridad internacional.

 


Antes de todo esto, habíamos leído libros que se preguntaban qué estaba haciendo la humanidad ante otras situaciones terroríficas, que reflexionaban sobre cómo es posible que ocurrieran ante la pasividad o complicidad del resto, ahora nos ha tocado a nosotros y todo lo que habíamos leído ha saltado por los aires, parece que no nos sirve para casi nada.

Así que volvemos al inicio, a la eterna pregunta, qué hacer. Pues, de momento, seguir. Que el pueblo palestino no caiga en el olvido, que el silencio no les termine de enterrar, que esté presente siempre, en nuestras conversaciones y en nuestras calles. Que la bandera palestina llene nuestros balcones, nuestros muros, etc. Que, en nuestros colectivos, ocupe el lugar prioritario que merece.

Pero esto no es suficiente. Vivimos en el corazón del poder colonial, en la UE, algo más se puede hacer. Necesitamos una militancia internacionalista. Las compañeras de Catalunya, UK o de otros diferentes lugares, nos han mostrado diferentes alternativas como la ocupación de intereses económicos israelíes, bloqueo de fábricas de armamento, tecnología militar, etc., campañas de boicot a quienes colaboran con el Estado sionista, jornadas de huelgas, generales o en sectores concretos, etc., es decir, contestar en el terreno económico, arremeter contra sus intereses productivos, impedir que la dinámica de producción y consumo continúe con total normalidad, sobre todo, en aquellos sectores con vinculación directa con la maquinaria de guerra sionista.

Pero no es solo la única vía, también es necesario construir nuestro propio discurso que, entre otras cosas, defienda el derecho a la resistencia del pueblo palestino y se oponga al relato de la socialdemocracia que plantea la posibilidad de una armonía pacífica, obviando los diferentes conflictos e intereses presentes, defendiendo la solución de los dos Estados, sin criticar en sí al propio Estado israelí, asumiendo que su dinámica actual es fruto de los excesos de una clase dirigente concreta y no parte intrínseca de su naturaleza. Además, otra vez, dictando planes desde la lejanía, eliminando cualquier posibilidad de agencia a la población palestina. Más allá de la necesaria crítica libertaria al proyecto estatal, no hay posibilidad de convivencia alguna con un poder colonial.

Seguir teniendo presente lo que está ocurriendo, apoyar materialmente a la resistencia palestina y a las organizaciones que están trabajando en el terreno, ir más allá de la manifestación como forma de presión, forjar discurso y crítica radical, etc., pueden ser parte del plan de lucha que tenemos que crear, rompiendo con la inercia de los caminos ya recorridos una y otra vez, reflexionando en colectivo para poder actuar aquí y ahora, a la vez que reconstruimos nuestras bases para afrontar los conflictos futuros.

 

https://www.todoporhacer.org 

 

 

domingo, marzo 24

Matar el turismo para sobrevivir nosotros

 

En pocos años el modo en que la sociedad percibe el turismo ha cambiado radicalmente. Durante la década anterior a 2019 se creó una palabra, turismofobia, que intentaba definir la actitud de cualquiera que fuese crítico con esta industria. Y no eran pocos, porque en diversos destinos del mundo se sucedían las protestas contra la gentrificación y empeoramiento de las condiciones de vida para los residentes, provocadas por el turismo masivo. Turismofobia no era sin embargo un palabra neutral, desplazaba la culpa hacia el que protestaba, lo equiparaba a un enfermo mental, alguien con una fobia injustificada. Porque desde que apareció el turismo de masas, esto es, los viajes asequibles para las clases medias, solo habíamos oído elogios para una actividad que desarrollaba regiones deprimidas, proporcionaba bienestar económico a regiones o países enteros, y ofrecía una forma de ocio ideal para las vacaciones anuales del trabajador. Incluso llegó a asociarse con beneficios adicionales como fomentar la paz. Todos esos argumentos en su defensa ya no son válidos, o al menos no se aceptan ya masivamente. La realidad turística los ha matado.

Y esa es seguramente la razón por la que el término turismofobia ha dejado de usarse, ya no hay quien se crea que esto es un problema de unos pocos. Este mismo verano se sucedían las noticias negativas, ya no silenciadas ni contestadas por una industria que empieza a asustarse, consciente de que puede matar su gallina de los huevos de oro. Oímos que un movimiento popular en Grecia trata de recuperar sitio para los nacionales en sus playas, donde ya no pueden poner las toallas, porque se han reservado para los turistas. Mismo país, la Acrópolis de Atenas impone un numerus clausus porque la masificación es terrible, amenaza el monumento e incluso pone en peligro a quienes asisten. Los ayuntamientos de la Costa Brava hicieron en verano un llamamiento desesperado: no cabe más gente en sus playas, no tienen capacidad para gestionar esa afluencia. En Galicia cancelaron una página web porque vendía pases falsos para acceder a la playa de As Catedrais. Y a Barcelona volvió la protesta ante la feria inmobiliaria The District con el lema «fuera especuladores de nuestros barrios». Puede pensarse que esto último no tiene relación con el turismo, pero el centro de las grandes ciudades turísticas es ahora un gigantesco negocio inmobiliario para alquiler y hoteles turísticos. Nueva York, tratando de que exista vivienda asequible en la ciudad, tiene una nueva regulación cuyo sobrenombre no deja lugar a dudas: «ley contra Airbnb». La Junta de Andalucía, uno de nuestros masificados destinos turísticos, prepara algo en ese sentido, previendo aprobar antes de fin de año un decreto que permitirá a las ciudades regular el alquiler turístico. Si quieren.

En suma, el turismo ya no solo es uno de los grandes problemas de nuestro tiempo, empieza a ser visto como tal. Lo es para quien lo recibe y para el planeta, por su inmensa huella de carbono y contribución al cambio climático. Lo que hace incomprensible que no abunden los estudios y los intelectuales analizando un hecho que forma parte inseparable de la sociedad de hoy. El sociólogo francés Rodolphe Christin es la gran excepción, y no puede ser casualidad que su país, Francia, ya sea el primer destino turístico mundial. Junto a España y EE. UU. disputamos y alternamos los tres primeros puestos, recibiendo equitativamente el daño. La de Christin es casi la única voz crítica y el primero que la alzó con esta crítica. Su trayectoria resulta ahora aún más interesante porque publicó durante la turismofobia el primer gran manifiesto antiturista, Mundo en venta, crítica de la sinrazón turística, que Ediciones El Salmón editó en nuestra lengua en 2018. Ahora la misma editorial publica la segunda entrega del sociólogo, Contra el turismo, ¿podemos seguir viajando?, que no es una continuación del anterior, sino una mirada postpandémica a esta nueva realidad donde muchos aceptan ya que el turismo es un perjuicio enorme. Su mirada sobre el fenómeno no es solo certera, sino escalofriante. Sobre todo porque nos pone ante el espejo de nosotros mismos. Christin empieza aceptando que él ha viajado, le gusta viajar, ser turista, y quiere seguir haciéndolo. Con el pesar de que contribuye a un daño local y mundial, expresando su deseo de tener una alternativa no perjudicial. Pero ¿cuál? Su pregunta es si existe esa alternativa.

El sociólogo francés revisa la cultura humana asegurando que viajar es una parte inseparable de ella. Durante milenios fue una actividad insegura y peligrosa que solo asumían los aventureros o los desesperados. Quienes se quedaban en casa demandaban sus relatos para saber qué había más allá, y las primeras grandes creaciones literarias, como La Odisea, son, además de poemas épicos, relatos de viajes. Christin nos señala los dos fenómenos que alteraron este statu quo, la forma de entender el viaje de la contracultura y el ocio consumista de masas. La generación Beat, bajo aquel On the Road de Jack Kerouac, proponía viajar como un acto subversivo, y de hecho el desplazamiento, en ese libro referente de aquella primera generación juvenil, es un vagabundeo, un viaje sin propósito. Por su parte, el acceso de la clase media al viaje de aprendizaje, al elitista Grand Tour de las élites, fue reconvertido por el turismo en una experiencia asequible a las clases medias. Pero ¿qué nos queda hoy de vagabundeo o de aprendizaje en el mundo después de tantas décadas de explotación turística? Cero. No hay habitantes en los destinos, que, turistificados, imposibilitan al visitante conocer el modo de vida de quienes viven en el lugar. La globalización ha convertido cada destino en un escenario al que solo distingue su arquitectura, con los mismos comercios parte de cadenas internacionales, las mismas experiencias, y hasta un gentrificación gastronómica adaptada al gusto turístico. No hay nada subversivo ni hay aprendizaje en esa actividad donde solo te puedes relacionar con otros turistas. Pero la presión social es demasiado fuerte, y quien no se va durante las vacaciones a otro lugar distinto al de su residencia habitual es considerado un paria.

Las soluciones de la industria turística, señaladas por Christine, ponen los pelos de punta. Asustada ante el rechazo a su actividad, está considerando como solución encerrar a los turistas en espacios y recorridos que no molesten a los habitantes locales. Porque a la turismofobia ha seguido la turistafobia: ahora ya no solo odiamos el turismo sino también a ese invasor de nuestro espacio, el turista, responsable de empeorar nuestras condiciones de vida. Y no es fobia, realmente empeoran tanto nuestras mismas calles como las cacas de perro sin recoger. Así que no es casual que el autor recoja o invente nuevas palabras, como turistafobia, para definir los fenómenos sociales provocados por el turismo. Al hacerlo anticipa los escenarios de reflexión donde debemos colocarnos. Como ese dato tan relevante de que cuando un extranjero viaja a otro país, el 80 % del beneficio turístico se queda en su país de origen. ¿Imposible? Pensemos en a quién pertenecen las multinacionales hoteleras y medios de transporte. Muchas de nuestras empresas nacionales gestionan paquetes turísticos con destino a todo el mundo, así que no solo somos un país receptor. Y para las multinacionales, por cierto, el único turismo que da beneficios es el de masas. Puede que nosotros, que vivimos en un país heredero de una idea monolítica, el turismo es bueno, el turismo es benéfico, un gran generador de riqueza, hayamos sido víctimas de un engaño.

Y atención porque aunque Christine nos señala que Francia, España y EE. UU. somos el principal ejemplo, nuestro modelo y sus consecuencias nefastas ya se están exportando a cualquier rincón del planeta. Con los viejos argumentos benéficos, ahora asociados al ecologismo. Propone como ejemplo ilustrativo el derretimiento del permafrost. La capa de suelo que lleva congelada desde las últimas glaciaciones desaparece a toda velocidad debido al cambio climático. Al hacerlo liberará una ingente cantidad de metano, hará revivir virus que llevan adormecidos allí miles de años, y recalentará un poco más el planeta. ¿Qué tenemos para evitarlo? Un proyecto turístico. El inmenso Parque del Pleistoceno, que en apariencia es un proyecto para recuperar el mamut mediante ingeniería genética, y luego otras especies extintas, pretende financiarse con los turistas que lo visiten. La sinrazón del planteamiento no tiene límites, y, apunta el sociólogo, conecta con el problema del ecologismo político. Que de movimiento en defensa del medio ambiente ha ido convirtiéndose, cada vez más, en un defensor de la actividad económica «sostenible». La etiqueta de turismo ecológico ya ha aparecido, y tiene tanto sentido como la de petróleo verde.

Son apenas unos pocos ejemplos de los muchos razonamientos y reflexiones que llenan las páginas de Contra el turismo. Razonamientos generales que pueden aplicarse a lo local a poco que reflexionemos. El autor nos recuerda, por ejemplo, que en esta nueva presión climática donde los veranos abrasadores y los inviernos cálidos ya no son frecuentes, acudimos como turistas al arroyo de montaña a refrescarnos. Llamando a la tragedia, porque bastará que lo hagamos muchos, y lo publiquemos en las redes para que el fabuloso lugar al que acudimos acabe reventando de turismo y perdiendo sus cualidades. Está pasado en Asturias, una región que este verano se convertía en la más demandada para la compra y alquiler por parte del público internacional. Y nuevo destino turístico preferido por ser de los pocos que conserva la frescura veraniega en la península, ahora convertida en horno. El Principado ha tenido que prohibir el acceso a vehículos particulares a los lagos de Covadonga, y varios turistas han sido rescatados por no tener la preparación, el calzado, ni el más mínimo sentido común, al subir a Picos de Europa en sandalias.

Tenemos que matar el turismo, sugiere Christin, pero no renunciar a los desplazamientos. Con idealismo, o con ingenuidad, la conclusión queda a juicio del lector, nos llama a recuperar otra forma de viaje, a inventarla. No apoya su propuesta en el vacío, ecología y sofismo están muy presentes en su libro, incluso desde el inicio. La primera parte, planteada en forma de preguntas y respuestas, es casi un diálogo socrático. Lo concluye con la llamada a crear una ecosofía que vertebre una nueva contracultura. Un modo de pensar donde el antiturismo sea una manifestación más del anticapitalismo. Esa idea asustará a muchos, los que se preguntan si limitar el capitalismo no limitará también el bienestar. Por no hablar de que regiones enteras viven del turismo y sin él serían desiertos de parados y emigrados. La tragedia, matemos el turismo o muramos por él, está servida.

Pero su libro no es un manual, sino una puerta, y tal vez incluso unas gafas para ver bien al elefante en la habitación. Esa nueva generación perdida de jóvenes que afirman con naturalidad que no tendrán hijos —demasiado caros— ni sueñan tener vivienda en propiedad —inasequible— y que ya no espera el bienestar futuro, conformándose con la supervivencia, no viajará. ¿O sí? ¿Ocurre esto realmente para toda una generación o es cosa solo de unos pocos precarios? El debate se sostiene porque no es fácil resumir la precariedad, los problemas de vivienda o la baja natalidad resumidos en una imagen. Los perjuicios del turismo, en cambio, no hay quien los oculte. Basta asomarse a la calle. Y tal vez esa sea la mejor baza para que las ideas antiturísticas creen realmente una contracultura, porque todos los grandes cambios sociales se generaron a raíz de un malestar visible y universal para todos. Necesitamos salvavidas, y quizá el antiturismo pueda ser uno de ellos.

 

Martín Sacristán

· reseña en Jot Down del libro
Contra el turismo. ¿Podemos seguir viajando? (2023)

 

jueves, marzo 21

¡Cuidado con el ecologismo de Estado!

 

 

Vivimos en un mundo que no funciona, que está en franco declive, que se hunde, tal como parecen indicar los síntomas de la degradación directamente comprobables, desde el desarreglo climático hasta las hambrunas y patologías emergentes, desde la contaminación generalizada a la deforestación galopante, desde las guerras por el control de recursos cada vez más escasos hasta la desigualdad social creciente, desde la extensión de la peste emocional, religiosa o nacionalista, hasta la escalada del autoritarismo y la proliferación de guerras. No se trata pues de una simple crisis, sino de una catástrofe ecológica, política y social que adquiere visos de normalidad, puesto que lleva años produciéndose. En efecto, la economía global, último estadio de la civilización capitalista, se ha mostrado como una fuerza destructora mayor, capaz de alterar irreversiblemente los ciclos vitales de la naturaleza, de arruinar la sociedad y de destruirse con ambas. Hecho histórico inaudito, el impacto económico y tecnológico ha desbordado los límites de sociedad de masas, se ha salido de la esfera social y política, adquiriendo la devastación dimensiones geológicas. Las condiciones de supervivencia y el equilibrio mental de la especie humana están siendo profundamente deterioradas. La novedad es que no hay vuelta atrás. La población deberá irse acostumbrando a sobrevivir en condiciones cada vez más extremas. En resumen, el capitalismo es la catástrofe misma, y el problema no es que se derrumbe, una buena cosa se mire por donde se mire, sino que en su demencial carrera hacia el abismo nos arrastre a todos. Las almas cándidas que no paran de rogar por la salvación del planeta Tierra, por la preservación del hábitat de la humanidad, contra la extinción de las especies, etc., harían bien en precisar que es del capitalismo en todas sus facetas del que hay que salvarlo, y que ello comporta su abolición, que es la de las desigualdades, de las jerarquías, de los aparatos políticos, de la división del trabajo, del patriarcado, de los ejércitos y de los Estados.

La Naturaleza ha pasado plenamente a formar parte de la economía; ha dejado de ser un entorno inmutable que soporta a una sociedad evolucionando históricamente. Se ha «civilizado». Tierra, mar, aire y seres vivos no son solamente meros objetos de mercado, sino auténticos motores de la acumulación de capitales. El capital se apropia de la Naturaleza, o como se suele decir, del medio ambiente, igual que se había apoderado antes de la vida social. La esclavización de la Naturaleza culmina la de la humanidad. La Naturaleza ya no queda fuera de la historia, no es ajena al tiempo lineal de la sociedad de masas, puesto que las catástrofes que la afectan tienen origen económico y social. Son consecuencia de un proceso histórico ligado al ascenso y consolidación de una clase que funda su poder en el control de la economía: la burguesía. Y esa misma clase dominante, históricamente transformada en elite dirigente mundial, ha tomado conciencia de que el nuevo empuje de la economía – el mayor avance en la destrucción del territorio- depende de la administración de las catástrofes que su expansión ha provocado. La configuración del territorio de acuerdo con la lógica de la mercancía continúa de manera acelerada. La guerra contra la Naturaleza sigue, pero disimulada bajo una aparente paz ecológica en forma de compromiso elitista (cumbres, agendas, mercados de la polución, etc.). El catastrofismo es ahora parte importante de la ideología dominante -la de la clase dominante- hasta hace poco optimista y progresista, puesto que el pesimismo es más de recibo en un mundo que hace aguas. El desastre no se puede negar ni reconducir. Hay que admitirlo. La basura campa a sus anchas, el ocio industrializado hace estragos, la biodiversidad se pierde y la opresión se multiplica. El mensaje actual de la dominación es claro: la catástrofe es real, la amenaza del colapso es muy plausible, pero según las altas esferas la responsabilidad compete a una humanidad abstracta, ávida de riquezas, muy prolífica y genéticamente autodestructiva. Resulta que todos somos culpables de la catástrofe por ser como dicen que somos, animales que obedecen solo a su interés personal y persiguen exclusivamente el beneficio privado. Solamente los que han cortado siempre el bacalao pueden librarnos de ella, porque solo ellos tienen la capacidad, los conocimientos y los medios necesarios para hacerlo sin frenar el crecimiento económico ni modificar en lo sustancial el sistema. En fin, conservando con fidelidad el statu quo, no afectando en lo fundamental las estructuras financieras, políticas y sociales.

La solución de los dirigentes radica en un nuevo sistema industrial de producción y servicios que controle los flujos migratorios y camine de la mano de tecnologías «verdes», las verdaderas protagonistas de la «transición» del viejo mundo ecocida con sus fuentes de energía «fósil» al nuevo mundo sostenible con sus «yacimientos» de energía «renovable». La nueva economía «baja en carbono» llega en auxilio de la vieja economía petrolificada, no para desplazarla, sino para complementarla. Ambas son extractivistas y desarrollistas. Las multinacionales dirigen toda la operación: el capitalismo es quien reverdece. Así pues, el consumo de combustible fósil no se verá afectado por la producción de agrocarburantes y de energía de fuentes que de renovables no tienen más que el nombre. El consumo mundial de energía que los dirigentes tildan de «verde» nunca sobrepasará a la energía «fósil»: en la actualidad no llega al 14 % del total. Por consiguiente, las centrales nucleares, las térmicas, las incineradoras, las metanizadoras, la fractura hidráulica, los cultivos energéticos y los embalses incrementarán su presencia, esta vez en compañía de las industriales eólicas, fotovoltaicas, termosolares y de biomasa. Las nuevas tecnologías sostienen a la sociedad explotadora, dependen de ella tanto o más que lo contrario. El crecimiento, el desarrollo, la acumulación de capital o como quieran llamarlo, se apoya ahora en la economía «verde», en la «sostenibilidad», en los puestos de trabajo «verdes», en las innovaciones ecotécnicas que concentran poder y refuerzan la verticalidad de la decisión. Resumiendo: en las catástrofes administradas desde la cúspide financiera. El ecologismo de Estado es el nuevo valido, la vanguardia profesional auxiliar de la clase política alumbrada por el parlamentarismo, el voraz consumidor de los fondos públicos y privados destinados a financiar proyectos de apuntalamiento del sistema y de rentabilización de la marginalidad.

Un ecologismo de ese tipo es casi imprescindible como instrumento estabilizador de la fuerza de trabajo expulsada definitivamente del mercado, pero todavía lo es más como arma de deslocalización de las actividades contaminantes hacía países pobres, cuya mayor oportunidad de formar parte de la economía global consiste en convertirse en vertederos. El ecologismo de Estado viene representado primero por una gama de partidos de corte ecoestalinista, fruto del reciclaje del estalinismo residual, clásico, bajo los parámetros del ciudadanismo populista, como por ejemplo Podemos, Comunes, IU o Equo, que pregonan el Geen New Deal entre los Estados y las multinacionales. A continuación vienen un montón de colectivos y asociaciones reformistas que no van más allá de la economía «solidaria» de mercado, el consumo «responsable», la explotación de energías «renovables» y el desarrollismo «sostenible.» Mayor grado de complicidad con el orden tienen los ecologistas patentados y financiados de las grandes ONG’s del estilo de Green Peace o WWF, o de las movidas tipo Extinción-Rebelión, que aspiran a convertirse en lobbies, y sobre todo los tertulianos «transicionistas», los «colapsólogos» y las vedettes del espectáculo conmovidas por la devastación planetaria. Sin embargo, el núcleo duro de esa clase de ecologismo está compuesto por una fauna considerable de arribistas cretinos, trepas advenedizos y aventureros aprovechados que se distribuye por las instituciones, los medios, las redes sociales y las cúpulas orgánicas en tanto que candidatos, expertos, asesores, consejeros y directivos. Se puede confeccionar una extensísima lista con sus nombres. El común denominador de todos ellos es no constituir una amenaza para nada ni para nadie. No cuestionan los tópicos fundacionales del dominio burgués -«democracia», «ciudadanía», «progreso», «Estado de derecho»- sino más bien lo contrario. Realmente no quieren acabar con el capitalismo ni desindustrializar el mundo. Sus miras son mucho menos ambiciosas: la mayoría se dará por satisfecha con ver incluidas algunas de sus propuestas en las agendas de los partidos principales y los gobiernos. Al fin y al cabo, su trabajo vocacional se limita a presionar a los políticos, no a expurgar la política. Intentan ejercer de intermediarios en el mercado territorial a través de normativas conservacionistas, tal como hacen los sindicatos en el mercado laboral.

El Estado vertebra o desvertebra la sociedad en función de poderosos intereses privados, los intereses de la dominación industrial y financiera, y no en beneficio de las masas administradas. Eso es algo inamovible. El saqueo del territorio por parte de las elites económicas está siendo facilitado desde las instancias estatales, que para eso están, reforzando de paso su estructura jerárquica, consolidando la clase político-funcionarial y extendiendo los mecanismos de control social. No hay Estado «verde» posible, porque ningún Estado que se precie va a actuar en contra de los intereses oligárquicos, y estos pasan por la explotación intensiva de los recursos naturales más que por el decrecimiento. La detención de la catástrofe implicaría la del desarrollo y la mercantilización, con temibles derivaciones como la erradicación del consumismo, el desmantelamiento de las industrias, las autopistas y la gran distribución, la desmotorización, la desurbanización del espacio, la disolución de la burocracia, la descentralización total de la producción energética y alimentaria, el fin de la división del trabajo, etc., todas ellas contrarias al Estado producto de la civilización industrial. Por eso el ecologismo del Estado preferirá distraer a su público con pequeños gestos superficiales de responsabilidad ciudadana. No irá más allá de los impuestos, los decretos y las comisiones de seguimiento; no sobrepasará la recogida selectiva de basuras, la limitación de la velocidad a 80 Km/h, el fomento de la bicicleta, la promoción de los alimentos orgánicos, el alumbrado de bajo consumo o la prohibición de determinados envases de plástico, nada de lo cual contribuirá visiblemente al cambio ecológico o a la democratización de la sociedad. El aparato de la dominación reposa sobre una población infantilizada, excluida de la decisión y despolitizada, volcada en su vida privada; el Estado se nutre de una sociedad artificial, hiperurbanizada, estratificada, clasista, en fuerte desequilibrio con el entorno y por consiguiente insostenible. Si una sociedad así nunca será ecológicamente viable, tampoco lo será un Estado forjado en su seno por mucha voluntad que alguno le ponga. Todo el mundo lo sabe, pero los falsos ecologistas adoran al Estado por encima de todas las causas.

Los verdaderos ecologistas están en otra parte. Los auténticos ecologistas son antidesarrollistas. Su programa rechaza el papel preponderante de la técnica en la orientación evolutiva de la sociedad, es decir, condena como falacia perniciosa la idea de «progreso». Asimismo, critica y combate la concentración de la población en conurbaciones y la proletarización de la vida de sus habitantes, tanto en su dimensión material como en la moral. Lucha contra la alienación y consecuencia necesaria de la masificación. Para ellos la civilización industrial y el Estado que la representa son irreformables y hay que combatirlos por todos los medios, desde luego, medios que no contradigan a los fines. Boicots, marchas, ocupación, movilizaciones, etc. La defensa del territorio es antiestatista y anticapitalista tanto en la forma como en el contenido. Busca la salida del capitalismo, la desmercantilización del territorio y las relaciones humanas, y la gestión pública a través del ágora, es decir, de las asambleas. La catástrofe ecológica no podrá conjurarse más que con un cambio drástico del modo de vida, una «desalienación», lo que nos remite a la restitución del metabolismo normal entre la urbe y el campo, a la unificación del trabajo intelectual y físico, a la supresión de la producción industrial, a la abolición del trabajo asalariado, a la extinción de las formas estatistas… La cuestión teórica y práctica que se plantea consiste en cómo elaborar una estrategia realista de masas para llevar a cabo los objetivos descritos. La salvación del planeta y de la humanidad doliente dependerá de que la capacidad que tenga la población oprimida para salir de su letargo y emprender el largo camino de la resistencia con el fin de acabar con un mundo aberrante y construir en su lugar una sociedad verdaderamente humana, armoniosa, libre de constricciones económicas y políticas. Eso no pasa por el Estado.

 

https://diario16plus.com 

Miquel Amorós