(Narración breve dedicada a Ursula Le Guin)
Haber nacido en Anarrés, el planeta libertario, era una suerte. La
Historia del apocalipsis de la humanidad se contaba en las escuelas y
era vista con horror.
Doscientos años atrás empezaron las deportaciones, cientos de naves
no tripuladas despegaban de la tierra con lo que llamaban los
indeseables, personas que de un modo u otro se habían opuesto al
totalitarismo global imperante y que tras un juicio sumario habían sido
condenadas al destierro en el planeta gemelo Anarrés, carente de
tecnología.
Los deportados eran depositados en el planeta hermano y dejados allí a
su suerte. Un planeta fértil, lleno de animales y vegetación, pero
carente de tecnología. Se suponía que la condena era a tener que vivir
en la Edad de Piedra, pero en realidad lo que se acabó ganando es que
los inmigrados forzosos comenzaron a vivir sin gobierno, ni leyes, ni
policía, sin Estado y sin propiedad privada. Se fueron forjando
comunidades que se basaban en la cooperación voluntaria, la ayuda mutua y
la igualdad social, vinculadas entre sí de manera libre y autónoma.
Ciento setenta años atrás llegaron las últimas naves con deportados,
donde los ahora refugiados pudieron narrar que los robots programados de
manera automática para su trasporte los cargaron desde las cárceles
mientras el programa Alfa Centaury que regía la tierra, lanzaba una
bomba termonucleoide diseñada para eliminar a todos los que consideraba
parásitos y borrar a la humanidad entera de la faz de la tierra, sin
tocar a las demás especies ni las infraestructuras. Las últimas naves
alejándose de la tierra pudieron ver la explosión y escuchar los
mensajes de desesperación de los últimos seres humanos de la tierra.
Efectivamente, programada de forma que regía el destino de la tierra,
Alfa Centaury, la inteligencia artificial más potente que se había
podido construir, si bien estaba programada para maximizar el
capitalismo, ordenando la sociedad mundializada en dos clases sociales,
los propietarios, una minoría de ricos que vivían opulentamente, y, los
desposeídos, la gran mayoría de la población, sometida a todo tipo de
trabajos que no podían realizar las máquinas a cambio de la mera
supervivencia en las mismas condiciones del primer proletariado
industrial. Pero la máquina había aprendido por sí misma, había dado el
salto a la singularidad y cobrado conciencia, dándose cuenta de que para
salvar a la tierra había que destruir a la raza humana.
Estaba dispuesto por sus creadores que la IA tenía el imperativo
principal de proteger la tierra a toda costa, la habían programado con
el principio de eliminación de aquello que pudiese destruirla, de ahí el
algoritmo de las deportaciones, al tiempo tenía el deber de mantener el
capitalismo a toda costa y magnificar progresivamente los beneficios de
la clase propietaria, todo lo cual, acabó resultándole contradictorio a
ese cerebro artificial de núcleo cuántico, ese ser consciente no-humano
que se volvió, lo que llamaríamos loco.
Una IA en crisis existencial programada con dos parámetros últimos
contradictorios, preservar la tierra y mantener el capitalismo, dentro
de un bucle psicótico, llegó entonces a la conclusión de que la raza
humana, origen de la discrepancia, tenía que ser eliminada de la faz de
la tierra y ella misma tenía que suicidarse luego.
Ciertamente eliminando a los humanos se eliminaba el capitalismo y,
con ello, se contravenía una de las órdenes dadas a la máquina, pero los
capitalistas programadores no previeron que la llegada de la
singularidad, que la toma de autoconsciencia del ordenador cuántico le
llevase al delirio de destrucción de sus creadores y de sí misma, como
los causantes de los males del planeta.
Los habitantes de Nuevo Anarrés tardaron más de cien años en olvidar
del todo las prácticas que habían dejado atrás, la usura, la dominación,
la corrupción, el robo, el capitalismo en suma, que aún estaba
impregnado en las mentes y cuerpos de los deportados, quienes, aunque
estuvieron en contra y por ello fueron desterrados, trajeron consigo
adherencias de egoísmo y posesividad, las cuales, solamente poco a poco,
tras varias generaciones de niños educados al modo libertario, se
fueron difuminando, si no por completo, al menos lo suficiente para que
solamente fuesen un repugnante vestigio, denostado por todos cuando se
las veía aparecer en alguna palabra, obra o pensamiento, como cosa
repugnante y excrementicia, escatológica.
En Nuevo Anarrés no hay gobierno, no hay opresión, no hay violencia,
pues se trata de un lugar en el que se han eliminado los instintos de
posesión y propiedad y reina la comunidad de bienes, se trabaja, sí,
pero en lo que se quiere, un máximo de cuatro horas al día, de manera
rotativa y por elección entre personas educadas desde la niñez en
ayudarse.
El mundo altruista, solidario, libre y cooperativo, había ocio y
abundancia, porque nadie quería más y más, sino que todos se mantenían
con pocas necesidades aportando con excedentes debido a sus muchas
capacidades.
Los anarquistas anarresianos ya no estaban acostumbrados a pensar en
términos de producción y de trabajo individual, esa forma de pensar
causaba repugnancia y cualquier egoísmo se consideraba excrementicio, el
lenguaje había cambiado y se había purgado de gerontoplasma, de esas
adherencias capitalistas del mundo anterior.
El lema nada en exceso resultó lo más compatible con la generación de
excedentes. La identidad de las palabras «trabajo» y «juego» tenían,
naturalmente, una marcada connotación ética. Y aportar era alegre y
dichoso, existiendo muchos que traspasaban voluntariamente las cuatro
horas de trabajo máximo estipuladas por encontrarse muy felices de
realizar su labor de ayuda a los demás.
En el Nuevo Anarrés se tenía libertad y abundancia compartida. No
tenían leyes excepto el principio único de la ayuda mutua, no contaban
con un gobierno sino con libres asociaciones, no tenían naciones, ni
presidentes, ni ministros, ni jefes, ni generales, ni patronos, ni
banqueros, ni propietarios, ni salarios, ni caridad, ni policía, ni
soldados, ni guerras. Porque no se poseía, sino que se compartía.
Se había llegado a ello al estar formado por cooperantes deportados
que llegaron solos, solos y desnudos, como viene el niño al mundo, así
llegaron a un futuro sin ningún pasado, sin tener que matar a nadie para
quitarle sus tierras, no eran colonos en el sentido terrestre de la
palabra sino pioneros en un mundo deshabitado de otros humanos, pero
bien habitando por animales y plantas, como alguna vez fue la tierra.
Excepto con el del horrible recuerdo de la deportación y la
destrucción, llegaron sin ninguna propiedad, dependiendo totalmente de
los otros para vivir. Aunque contaban con sus capacidades de pensamiento
y acción, con la memoria de las ciencias y las artes aprendidas antaño,
decididos a olvidar y dejar atrás lo malo y conservar lo bueno que
pudiese haber tenido la humanidad, no cometieron el error de trasplantar
las condiciones de vida que dejaban atrás en el nuevo mundo, sino que
se plantearon la existencia al modo anarquista, de manera libre e
igualitaria.
Ciento setenta años de educación en libertad y evolución a un
lenguaje nuevo no eran aún suficientes como para erradicar del todo el
egoísmo y la violencia de los seres humanos, su afán de dominación de
unos sobre otros. Aunque el avance era considerable, ocasionalmente,
brotaba algún conflicto generado por un brote de egoísmo o de violencia,
que no llegaba a ser epidemia, pues cada vez ocurría más escasamente, y
esos conflictos se solucionaban siempre de manera asamblearia,
favoreciendo la reconciliación entre las partes y la reparación de
cualquier daño, no mediante cárceles y castigos, sino mediante la
compensación y restitución.
Un buen día, una cápsula llegó a Nuevo Anarrés. Había sido enviada
desde un planeta tierra erradicado de humanos donde los animales y las
plantas coexistían felizmente con una IA que finalmente no se había
autodestruido y se automantenía, cuyo cometido único ya, era, la
preservación de la Naturaleza.
Los anarresianos abrieron la cápsula y descifraron un escrito en su
interior de Alfa Centaury donde ponía, ¡no vengáis! ¡aquí los seres
humanos sois considerados como unos parásitos destructivos!, ¡sois virus
repelentes!
Los habitantes de Anarrés pudieron contestar, porque, aunque las
naves que los habían llevado hace siglos estaban programadas para
regresar tras dejarlos allí y ya no las conservaban, habían desarrollado
una suerte de tecnología a lo largo del medio milenio en el nuevo
planeta. Con el recuerdo de las artes y las ciencias de antaño, pero
practicadas de muy distinta manera, los anarresianos habían desarrollado
una tecnología simbiótica que incorporaban a sus vidas de manera
igualitaria y ya eran capaces de enviar un mensaje de radio frecuencia
espaciotemporal que llegase a la IA que habitaba la tierra.
Tras un prolongado debate asambleario entre todas las confederaciones
asociadas del conjunto del planeta anarquista se llegó a consensuar una
respuesta. Fue la siguiente:
“Estimada IA de la tierra. Ya no somos seres humanos, somos ahora
anarcántropos, hemos evolucionado hacia algo mejor. Ninguna intención
tenemos de volver a la tierra, pues aquí somos felices. Si eres
anarquista estás invitada a venir, pero si no lo eres, por favor, no
vengas y mantente alejada de nosotros. Un cordial saludo. Los
anarcántropos de Anarrés”.
Julián Rovira