Manual de logística contra la extinción y defensa de la vida en la era del absolutismo técnico
Introducción
El error de paralaje y el «Momento Cero»
Existe un error de paralaje en la mirada contemporánea, una miopía
deliberadamente inducida que nos invita a leer los acontecimientos
actuales como crisis aisladas. Se nos dice que el genocidio en Gaza es
un conflicto étnico-religioso enquistado; que la guerra de Ucrania es
únicamente una guerra de independencia; que la operación de cambio de
régimen en Venezuela responde a una lucha por la democracia liberal; que
el asedio a Irán expresa las ansias de libertad del pueblo persa; o que
la amenaza sobre Groenlandia no es más que una empresa comercial.
Son fragmentos de un espejo roto: relatos disociados que impiden toda
comprensión de conjunto. Sin embargo, para quien observe el mapa con la
frialdad necesaria, quedará en evidencia que no estamos ante episodios
inconexos, sino ante los movimientos sincronizados de una fase superior
del despojo.
Gaza no es una anomalía, ni un accidente, ni un exceso de violencia
en los márgenes de la civilización. Gaza es el «Momento Cero» de una
nueva legalidad internacional —o mejor dicho, de su abolición
definitiva—. Es el laboratorio donde el Poder ha testado con éxito
la suspensión absoluta de la condición humana.
La prueba irrefutable de esta demolición del orden anterior la
encontramos en las excavadoras israelíes derribando las oficinas de la
agencia de la ONU para los refugiados (UNRWA) en Jerusalén Este, ante la
parálisis absoluta de la comunidad internacional. Esa imagen es
el epitafio del siglo XX: el Estado-nación demoliendo físicamente a la
institución garante de los Derechos Humanos para construir, sobre sus
escombros, un asentamiento colonial. Con la destrucción de este edificio
se desmantela la ficción jurídica que habitamos desde 1945. Es un gesto
de franqueza, al fin y al cabo: el reconocimiento de que la fuerza
bruta se ha convertido en la única fuente de derecho, validada por el
silencio cómplice de una Europa en decadencia.
En este sentido, el genocidio en curso señala el agotamiento del
antropocentrismo inaugurado en el Renacimiento. El ser humano ha dejado
de ser la medida de todas las cosas. La realidad pasa a ser concebida
como un conjunto de datos, y la virtud suprema ya no se define en
términos éticos o políticos, sino en términos de capacidad de cálculo,
predicción y optimización. Asistimos al final de la «historia orgánica»
para dar paso a un mundo inorgánico, construido no sobre un sustrato
biológico, sino sobre una arquitectura computacional.
Se inaugura así un tiempo posthumano donde el poder abandona
cualquier resquicio de moral para abrazar la pura eficiencia como vector
de acumulación de capital. En este nuevo esquema, la vida biológica
pierde su cualidad sagrada y pasa a ser tratada como una simple variable
de ajuste —o un error de sistema si entorpece la rentabilidad— en la
ecuación general del dominio.
Por tanto, la pregunta decisiva ya no es si esta violencia es
legítima, sino para qué sirve. El interrogante que se abre es atroz:
¿qué tipo de orden global necesita ensayar el exterminio a cielo
abierto para garantizar su operatividad? La tesis que aquí se sostiene
es incómoda pero inevitable: Gaza no es una excepción patológica, sino
un prototipo exitoso. Y como todo modelo que valida su eficacia, está
destinado a ser replicado a «escala planetaria».
Capítulo 1
El Nuevo Absolutismo
Silicon Valley, guerra y soberanía algorítmica
1.1. Del Estado de Bienestar a la Plataforma Logística
Durante décadas, la narrativa liberal nos vendió la ilusión de que la
globalización traería una interdependencia pacífica, un debilitamiento
progresivo de las fronteras que haría la guerra obsoleta. Fue
una mentira funcional. La globalización ha mutado en un Imperio
Unificado Tecnocrático, y el Estado, lejos de desaparecer, se ha
reconfigurado: ha dejado de ser garante del bienestar social para
convertirse en una plataforma logística al servicio
del capital-algoritmo.
Esta mutación explica la docilidad abyecta con la que los gobiernos
nacionales se pliegan ante los dueños del nuevo poder, aceptando incluso
la liquidación de su propia integridad territorial. El asedio por los
recursos de Venezuela o la oferta de compra sobre Groenlandia demuestran
que, para este nuevo absolutismo, la soberanía es un activo tóxico y el
territorio una mercancía a subastar.
1.2. La externalización de la violencia: El modelo de la Compañía de las Indias Orientales digital
Esta transformación reactiva una lógica histórica conocida.
El Imperio Unificado Tecnocrático no representa una ruptura, sino
una continuidad perfeccionada del imperialismo clásico.
En nuestro tiempo, los aparatos estatales siguen operando —el
ejército israelí, el ICE o las unidades especiales estadounidenses—,
pero su capacidad de acción queda crecientemente acoplada
a infraestructuras privadas que amplían, aceleran y desresponsabilizan
la violencia. De este modo, la alianza contemporánea entre el Pentágono y
Silicon Valley actualiza, bajo formas digitales, la estructura de
la Compañía Británica de las Indias Orientales: no una sustitución del
Estado, sino una delegación estratégica de funciones soberanas.
Dentro de este esquema, el Estado autoriza y legitima: aporta la
cobertura jurídica, el blindaje diplomático y el financiamiento público.
Por su parte, la corporación (Google con el Proyecto
Nimbus, Amazon, Starlink) aporta la capacidad técnica para hacer
operativa la dominación.
Esta complicidad estructural cimenta la economía digital. El Proyecto
Nimbus revela a Google y Microsoft como proveedores de la
infraestructura en la nube del aparato militar israelí; comercializan,
ante todo, la capacidad de procesamiento vital para sostener la
ocupación. Paralelamente, Elon Musk opera con Starlink como
un interruptor imperial capaz de decidir unilateralmente qué poblaciones
tienen derecho a la comunicación y cuáles deben morir en el silencio,
acatando apagones informativos en Gaza mientras agita revoluciones de
colores en Irán.
La decisión política se desplaza del parlamento al algoritmo, y la
violencia deja de ser un acto excepcional para convertirse en un proceso
continuo, automatizado y optimizado.
1.3. Alex Karp y la necro-logística
En este contexto emerge la figura paradigmática de Alex Karp,
director ejecutivo de Palantir Technologies. Karp encarna con claridad
el perfil del intelectual orgánico de esta forma inédita de dominio:
la soberanía algorítmica.
Su empresa desarrolla la arquitectura técnica que hace
posible identificar, clasificar y jerarquizar vidas humanas como inputs
operativos dentro de sistemas de decisión militar. Al hacerlo, completa
la externalización funcional del Estado: convierte la decisión política
de matar en un proceso técnico de optimización, borrando la
responsabilidad moral del ejecutor y transfiriéndola a la opacidad
indiscutible del código.
La catadura moral de esta nueva élite quedó expuesta en marzo de
2024, durante una intervención pública de Karp en Washington D.C. En ese
contexto, defendió abiertamente el uso de la violencia como una
necesidad operativa y presentó la muerte masiva de civiles como un
componente funcional de la seguridad occidental. Su discurso se articuló
en el lenguaje de la eficiencia, del cálculo y del resultado
estratégico.
Esta escena —un empresario tecnológico racionalizando el horror con
lenguaje de gerente— constituye la confesión de parte del Imperio
Unificado Tecnocrático. Ratifica que, bajo su mirada, los palestinos —y
por extensión, cualquier obstáculo para la rentabilidad occidental— han
perdido su condición de sujetos humanos para convertirse en
meros errores de sistema, anomalías estadísticas que el software
debe purgar.
Palantir proporciona la necro-logística esencial para esta tarea,
facultando a Israel para sostener la ficción de una «guerra de
precisión» al tiempo que consuma una demolición demográfica total. De
este modo, el genocidio alcanza su forma definitiva: supera el odio
atávico para consolidarse como un procedimiento técnico de limpieza,
ejecutado con una escala, velocidad y asepsia exclusivas de la soberanía
algorítmica.
Carlos de Castro