Cuando la multitud hoy muda, resuene como océano.

Louise Michel. 1871

¿Quién eres tú, muchacha sugestiva como el misterio y salvaje como el instinto?

Soy la anarquía


Émile Armand

martes, septiembre 1

¡Abajo el colegio!

 

El colegio, la escuela, ese manantial de sabiduría. Un lugar donde instruir al ciudadano de bien. Obediencia, competitividad, castigo, uniformidad, horarios, productividad.

No descubrimos nada nuevo si declaramos a la escuela como la antesala del trabajo. Todas aquellas virtudes requeridas para ser buena empleada son inoculadas desde nuestra edad temprana, por una parte por la familia, otra vaca sagrada, y por otra por todo un sistema escolar que te retiene al menos hasta los dieciséis años y que durante todo ese tiempo te exigirá obedecer, cumplir con las tareas encomendadas por la autoridad, competir con la compañera de al lado, estar sentada en una silla, mantener silencio, jugar cuando toca, y por supuesto, no resistir, mucho menos organizarte, si lo haces serás señalada y castigada.

«No quiero ir al colegio» ¿Cuántas veces hemos oído esta frase? ¿Cuántas veces la hemos dicho?

Les niñes saben, sabíamos, queríamos disponer de nuestro tiempo, principalmente para hacer aquello que se hace siendo niñes, jugar, explorar, curiosear, mirar, escuchar, aprender. Sin embargo, había que vestirse e ir a la escuela. Cinco días a la semana, entre unas siete y diez horas diarias, de forma obligatoria. Si no van a la escuela, tendrán problemas con la policía de lo social, profesionales del Trabajo Social.

Algunas de las que escribimos el artículo hemos sido testigos de la retirada de Rentas Mínimas de Inserción debido a la no escolarización de les niñes de la familia. No hay colegio, no comes.

«No quiero ir a trabajar» ¿Cuántas veces hemos oído esta frase? ¿Cuántas veces la hemos dicho?

¿Ven el paralelismo? Hay quien todavía cree que el trabajo se elige, que puedes decidir no hacerlo. Sin embargo, sabemos que ese discurso solo pertenece a una elite privilegiada, prueben a no tener salario, a no pagar por la comida, a no pagar la vivienda, a venir de otro país y no trabajar, verán como la policía, de lo social y de lo penal, acudirán tarde o temprano.

Lo decíamos, la escuela es la antesala del trabajo.

Entremos al aula. Una treintena de personas obligadas a estar en un mismo espacio durante días y horas, recibiendo contenidos que ni siquiera han elegido, contenidos impuestos por planes de educación que pretenden la buena empleabilidad de sus alumnes.

Esos contenidos son evaluados, es decir, debes introducirlos en tu cabeza, porque alguien dice que es bueno para ti, y debes enfrentarte a un sistema de valoración, que por supuesto también es impuesto, que dictaminará tu conocimiento en la materia.

Una ciudadana de bien saldrá de la escuela hablando inglés, sabiendo hacer integrales y análisis sintácticos, no interrumpirá a su profesora, llegará puntual, irá siempre a clase, a poder ser aseada y bien vestida. Luego llegará a casa y hará esas horas extra a la que llaman deberes, no vaya a ser que con el tiempo que le resta se ponga a pensar.

Las familias por supuesto entra en la rueda, no quiere que su hijes engrosen las filas de eso que llaman «fracaso escolar» en el sistema escolar, así que por un lado, invadidas por el espíritu de la época y por otro, con miedo de ser juzgadas y mal valoradas por el dispositivo socioeducativo, presionan a les niñes, les exigen estudio, hacer bien los deberes y por supuesto, hacer caso al profesorado.

«Pórtate bien, te sentirás bien» luce a día de hoy un cartel en un colegio público de un barrio de Madrid.

Portarse bien es obedecer. Ni más ni menos, es «hacer caso», es respetar la figura de autoridad, en este caso la persona adulta. En otras es el jefe, el marido, la madre, el padre, la doctora, la jueza, el policía, el trabajador social, un sinfín de autoridades.

Si creen que exageramos, acérquense al colegio más cercano y preguntes a les niñes que «no hacen caso», pregúntenles por las consecuencias, pregunten a sus sobrines, a sus vecines, a sus hijes, si se atreven.

Las niñas, niños, niñes que no se adaptan al modelo escolar, o se les patologiza, llegando en ocasiones a medicar, o se les etiqueta como personas disruptivas, calificándolas negativamente, regañándolas, castigándolas, expulsándolas del aula, o incluso del centro escolar por varios días, eso sí, teniendo que acudir a programas llevados por oenegés y empresas de lo social, no vaya a ser que se queden en casa y descubran que la ausencia es mejor que la asistencia.

En los años veinte del siglo pasado, un grupo de jóvenes libertarios holandeses llamados De Moker (El Mazo), explican en su revista como «los niños se acostumbran tanto a recibir órdenes que dejan de ver la humillación que esto supone» y lanzaban una proclama incitadora: «hay que quemar los colegios».

En los años treinta, el psicoanalista húngaro Sándor Ferenczi, explicaba cómo les niñes ven sometida su voluntad y deben adivinar y seguir los deseos de la persona adulta, sometiéndose íntegramente a las expectativas de las personas adultas.

El dispositivo Escuela ha sido cuestionado desde hace mucho tiempo, sin embargo, al igual que el trabajo fue santificado tanto por el capitalismo como por el socialismo, dejando un estrecho margen para el abolicionismo del trabajo, la escuela fue beatificada.

Hay quienes sostienen que esta puede ser modificada desde dentro, que puede ser el martillo que haga tambalear al sistema, «Les Niñes son el Futuro» aclaman. Si entendemos que en la esencia del Estado está el pretender permanecer y garantizar su permanencia, y que el sistema capitalista establece unos valores y deseos impregnados en la propia sociedad, entenderemos que la escuela, en tanto que dispositivo del Estado y espacio de socialización, no puede ser liberadora.

Sin embargo, la escuela no solo tiene una función de fábrica de ciudadanes. También tiene un uso de depósito, para liberar a les progenitores y así puedan ir a su puesto de trabajo.

En el mundo de la familia nuclear, les hijes son posesión de la familia, y por lo tanto esta es la única responsable, legal y moralmente, de su cuidado. Pero nunca deberá descuidar el trabajo, que es lo que nutre a esa familia nuclear. De ahí la famosa división de cuidados, que tan bien explica Silvia Federicci y sobre la que sustenta el capitalismo: hombres trabajen, mujeres críen.

El caso es que o para que las mujeres llevase a cabo otras tareas de cuidado exigidas además de la crianza directa, o en esta etapa presente, donde además se suma la explotación laboral, a les niñes hay que dejarlos en algún lugar. Ese depositorio es la escuela.
De ahí la necesidad de prolongarla, de añadir programas extraescolares antes y después de la jornada escolar, o la aparición de proyectos sociales de oenegés que facilitan la conciliación para que quienes trabajen y además tengan hijes, puedan hacerlo sin merma para el empresario.

Habrá quien piense tras leer hasta aquí, que no hemos hablado de la función de enseñanza que tiene la escuela, eso de que gracias a la escuela no somos analfabetas. La evangelización se justificó bajo los mismos términos.

El aprendizaje no requiere de la escuela. Es la escuela la que necesita la enseñanza como excusa. Convendría distinguir aprendizaje de instrucción, como explicaba Ivan Illich en La Sociedad Desescolarizada.

Quién necesita de la escuela es el Estado, necesita un cuerpo doctrinal que dictamine los saberes, las conductas, aquello que llama Cultura, que en nuestra sociedad son las expresiones artísticas y sociales de la burguesía. Sin embargo, los manejos de utensilios, la cocina, el cultivo, las danzas, los cantos, los juegos, los relatos o la organización política no requieren de escuelas.

Una niña que no fuese a la escuela aprendería, igual que aprendemos a hablar o a caminar sin la escuela, igual que podríamos aprender a escribir y leer sin tener que pasar ocho horas diarias sentadas en una silla bajo un fluorescente y temiendo no cumplir la expectativa.

Quizás esa niña podría jugar, el juego es una de las maneras que tienen las especies mamíferas de interactuar con su medio para aprender de él.

Quizás no aprenderíamos un montón de contenidos que se repiten, un año tras otro, dictados por un ministerio. Y quizás es verdad, habría temas que seguramente no aprenderíamos, pero es que el precio por aprenderlos es tan elevado que bien nos vale ser más libres y menos educadas.

 

 

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sábado, agosto 29

Incendios. Cuando culpamos al bosque

 

Cada verano, cuando un gran incendio forestal devasta miles de hectáreas, el debate público parece condenado a repetir el mismo discurso: hay demasiado bosque, está sucio, hay demasiada vegetación y hay que limpiarlo. Es un relato sencillo, intuitivo y fácil de comunicar; un relato cómodo que permite a una buena parte de la población comprar una explicación rápida a un problema extraordinariamente complejo.

Aun así, esta idea es un atajo intelectual. Simplifica en exceso, señala el lugar equivocado y acaba trasladando la responsabilidad hacia quien no puede defenderse, que es precisamente quién sale peor parado. Los bosques no toman decisiones. Las personas, sí.

Los bosques no abandonaron los cultivos. No decidieron que las explotaciones ganaderas familiares desaparecieran o fueran sustituidas por modelos intensivos de agricultura orientada a alimentar el ganado y las macrogranjas. Tampoco decidieron que la leña y el carbón vegetal, que durante siglos fueron causantes de una sobreexplotación de muchas masas forestales, se sustituyeran por los combustibles fósiles. Los árboles no construyeron urbanizaciones en medio de la montaña, no encienden las cerillas y, evidentemente, no secan los ríos y no han alterado el clima.

Cuando afirmamos que “el problema son los bosques”, estamos atribuyendo la culpa a un ecosistema que, simplemente, responde a los cambios que nuestra sociedad ha introducido durante generaciones. Sería como culpar a una calle oscura de una agresión: podemos discutir si hace falta más luz, más prevención o más seguridad, pero el problema nunca será la calle; el problema es el agresor. Con los incendios pasa una cosa parecida: convertir al bosque en el culpable es una manera muy pobre de evitar mirar de frente las causas reales.

 El bosque no es una fotografía

 

El primer error es mirar el bosque como una fotografía y no como una historia. El paisaje forestal que hoy contemplamos es el resultado de siglos de interacción entre el clima, el suelo, las especies y, especialmente, la actividad humana.

Durante mucho de tiempo, nuestro país1 no estuvo cubierto por las masas forestales continuas actuales. El territorio funcionaba como un mosaico, en una combinación de cultivos, pastos, bosques sobreexplotados y una ganadería extensiva que malograba constantemente el sotobosque. Aquellas masas forestales estaban profundamente transformadas. No presentaban la estructura ni la complejidad de un bosque maduro, sino que eran ecosistemas modelados por una gran presión humana.

A menudo confundimos cualquier superficie arbolada con un bosque ecológicamente maduro, pero una masa forestal explotada intensamente no recupera su madurez natural el día siguiente que cese la actividad humana. La recuperación ecológica es un proceso lento que requiere décadas, a veces siglos. Los ecosistemas tienen memoria, pero necesitan tiempo para recuperar aquello que fueron o adaptarse a lo que serán.

El gran cambio, pues, no lo provocó el bosque, lo provocó la sociedad. El éxodo rural, la industrialización, la mecanización del campo, el cambio energético y el crecimiento demográfico transformaron Cataluña a lo largo del siglo XX. En 1920, tenía poco más de 2,3 millones de habitantes; hoy superamos los 8,2 millones. Hemos multiplicado la población por casi cuatro en un siglo. Hablamos del paisaje como si solo hubiera cambiado la propia naturaleza, cuando en realidad quien ha cambiado radicalmente es la sociedad que lo rodea. La vegetación, sencillamente, ha ido ocupando los espacios que habían quedado vacíos de presencia humana.

Hoy, más del 60% del territorio catalán es superficie forestal. Esto no quiere decir que todo sea bosque —hay matorrales, prados y zonas abiertas—, pero debemos recordar que la gran mayoría está en manos privadas. La configuración del paisaje es el resultado de malas decisiones económicas, políticas y sociales acumuladas. Hablar de los bosques sin hablar del modelo agrario, del consumo energético o del urbanismo es explicar el problema a medias.

Además, deberíamos hacernos una pregunta incómoda: si hace cien años había menos superficie forestal continua y menos combustible acumulado, pero también infinitamente menos medios de extinción que ahora, ¿qué podemos comparar? No sirve de nada idealizar el pasado de un territorio sobreexplotado, pero tampoco podemos creer que el problema actual es que “hay demasiado bosque”. Lo que tenemos es un territorio demasiado poblado, fragmentado y urbanizado, sometido a una movilidad y una presión humana brutales bajo un clima, sobre todo mediterráneo, cada vez más extremo.

El sotobosque no es suciedad

 

En este escenario, se hace urgente revisar una expresión instalada en el imaginario colectivo, repetida por medios y por técnicos del administración y responsables políticos: “limpiar los bosques”. Un bosque no es un jardín, y el sotobosque no es suciedad.

El sotobosque es biodiversidad, protección del suelo, reciclaje de nutrientes y regulación hídrica. Es el refugio y el hábitat de hongos, bacterias, plantas, invertebrados, pájaros y pequeños mamíferos. Cuando hablamos del bosque solo como árboles y como combustible, reducimos un ecosistema vivo en una simple carga de material inflamable. Reducir un debate de esta complejidad a la dicotomía de si un bosque está “limpio” o “sucio” es de un simplismo alarmante, propio de barras de bar.

Esto no significa que cualquier estructura forestal sea resiliente. Hay continuidades de vegetación que facilitan la propagación —como determinados pinares—, pero la gestión forestal ha de tener objetivos ecológicos claros. Las políticas públicas no se tendrían que medir por las hectáreas intervenidas o por el volumen de madera extraído, sino por su capacidad real de construir paisajes diversos y preparados para el cambio climático.

Esta necesidad de rigor se tiene que aplicar también a las recetas fáciles que surgen del impacto emocional de cada incendio, como la de abrir más pistas forestales, carreteras o grandes cortafuegos a cualquier precio. Los cortafuegos tienen una función importante si están muy planificados y mantenidos en puntos clave, pero un cortafuego abandonado o mal diseñado se convierte en una cicatriz inútil. Ya se vio claramente a Sierra de la Culebra hace unos años: un territorio lleno de cortafuegos y de explotaciones forestales simétricas sin sotobosque que no sirvieron de nada ante los grandes incendios.

Abrir caminos no es una solución neutra. Cada nueva pista fragmenta hábitats, puede aumentar la frecuentación humana y, por tanto, incrementa el riesgo de incendios por negligencias. La pregunta no tendría que ser solo ¿“como llegamos a todas partes cuando se incendian?”, sino “¿por qué hemos permitido poner personas, casas y actividades en lugares donde después es tan difícil protegerlas?”.

Lo mismo ocurre con la ganadería extensiva, a menudo idealizada. La función de los antiguas ganados no dependía del número de reses decididas en un despacho, sino de su movilidad dirigida sobre el territorio. Recuperar esto hoy es complejo, y denominar los animales “bomberos de cuatro patas” es una metáfora simpática que simplifica la realidad. Los animales domésticos no son maquinaria forestal ni desbrozadoras con patas: son seres vivos, y su bienestar tiene que formar parte imprescindible de cualquier decisión. Además, no tendrían que ser utilizados para sustituir artificialmente funciones ecológicas que los animales salvajes ya hacen de manera natural cuando los ecosistemas están sanos y equilibrados.

 

Todo esto, evidentemente, no puede hacernos olvidar la gran tarea y el riesgo que asumen las personas que trabajan en la extinción y la prevención de los incendios. Bomberos, ADF, agentes rurales, personal de emergencias, voluntariado y otras muchas personas actúan a menudo en condiciones extremas para proteger vidas, pueblos y territorio. Precisamente por respecto a este trabajo, hay que ir a la raíz del problema y no limitar el debate a eslóganes simples que se repiten después de cada incendio.

El factor humano

Finalmente, es necesario asumir una de las verdades más incómodas del debate: la inmensa mayoría de los incendios tienen un origen humano. No solo hablamos de los pirómanos que encienden fuego de manera deliberada, sino también de los “pirómanos indirectos”: personas que incumplen normativas, ignoran avisos de riesgo o actúan con imprudencia en días especialmente peligrosos. Barbacoas, colillas, quemas mal controladas, actividades recreativas irresponsables y trabajos agrícolas, forestales o profesionales hechos en momentos, zonas o condiciones de riesgo pueden acabar teniendo consecuencias devastadoras.

Además de estas imprudencias, también hay que tener presente que, en algunos territorios especialmente afectados por los incendios, se ha hablado a menudo de posibles intereses económicos, conflictos de uso del suelo, aprovechamientos o presiones sobre el territorio. No se puede atribuir esta intencionalidad a ningún incendio si no hay pruebas, y la normativa limita el cambio de uso forestal tras un fuego; eso sí, pero tampoco conviene excluir estos factores del debate cuando analizamos las causas humanas de los incendios.

Las víctimas invisibles

 

También hay una ausencia clamorosa en el relato público: las víctimas no humanas. Cuando un incendio quema, los titulares hablan de casas afectadas, pérdidas económicas y evacuaciones, pero casi nunca se habla con la misma intensidad de los animales que mueren quemados o asfixiados; de los nidos hechos ceniza; de los reptiles, anfibios e insectos que no pueden huir, o de la vida invisible del suelo que sostiene el ecosistema.

La biodiversidad es la gran víctima silenciosa. Cuando el fuego devasta el bosque, no solo se destruye madera o paisaje: se quema memoria ecológica, refugio y futuro. La naturaleza no es un decorado pasivo donde tienen lugar las tragedias humanas: es una comunidad viva que sufre las consecuencias directas de nuestra irresponsabilidad.

Ha llegado el momento de cambiar el enfoque. En lugar de preguntarnos cómo tenemos que “limpiar” los bosques para mantener nuestro estilo de vida, tendríamos que preguntarnos qué modelo de país, de urbanismo, de alimentación y de consumo energético estamos dispuestos a sostener. El futuro de nuestros bosques no dependerá de lo que decidan los árboles. Ellos lo tienen claro: arraigan, crecen, cooperan, mueren y completan el ciclo de la vida. Somos nosotros quienes hemos convertido el territorio en un espacio fragmentado y vulnerable por el afán del beneficio inmediato.

Los bosques no tendrían que sentarse en el banquillo de los acusados. Somos nosotros quienes tenemos que responder cómo pensamos reparar el mal que hemos generado como especie.

 

  1.  El autor se refiere a Cataluña, a sabiendas que su argumentación sirve para muchos otros territorios. ↩︎

 

 

 David Serramitjana / Directa

miércoles, agosto 26

 

 

La industria de la seguridad se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo. Pero el preocupante crecimiento de este sector, lejos de crear más seguridad, restringe nuestras libertades y, paradójicamente, nos genera ya una sensación de inseguridad inquietante. 

Curiosamente, el crecimiento del gasto de los Estados en su obsesión por la seguridad ha venido acompañado de una transformación en las inversiones económicas en la industria armamentística. En pocas palabras, se investigan más, se fabrican más y se compran más armas ligeras, material antidisturbios, escáneres, armas de doble uso, etc.; que además compra masivamente cualquier Estado del mundo (aunque no esté inmerso en conflicto armado alguno, ni haya probabilidad de ello). Es una obligación de cualquier gobierno para “garantizar la seguridad de los ciudadanos frente a la amenaza del terrorismo”. Esa es la excusa y el secreto de la espectacular explosión económica de este sector. 

De esta forma nos introduce Gabriel Ruiz Enciso, en su libro Disculpe, es por su seguridad, publicado por Descontrol, donde, a través de crónicas cortas describe diferentes medidas que se llevan impulsando las últimas décadas en nombre de la seguridad

Hablamos con el autor

linternadediogenes@gmail.com

domingo, agosto 23

Cuando éramos inmortales

 

 

somos viejos

mis padres están viejos

mis amigos están viejos

son viejas las piedras que sostienen mis sueños

viejas son mis canciones y mis palabras

y mis andares y mis errores

pero, a veces

nos juntamos para tomar aliento

y bebemos vinos o vamos al campo

o hacemos el amor y la revolución

incluso vamos a algún concierto

o acabamos en alguna discoteca camino de vuelta a casa

o apedreando una sucursal bancaria

o una aseguradora

lo mismo que hacíamos hace 30 años

cuando éramos jóvenes

y sabíamos

-como ahora-

que no hay futuro

pero que lo íbamos a pelear

con la fuerza y la esperanza

de los que no tenían nada que perder

– como ahora –

 

 José Pastor González

jueves, agosto 20

Encender

 Incendio Navaluenga - 9

Habitamos el territorio y, aunque no sea solo por eso, el territorio cuenta historias. Lo que pasa es que para conocerlas hay que andar por los caminos que discurren atravesando los bosques y los montes. Muchas de las historias solo las pueden contar las personas que habitan esos lugares, personas que forman un tejido apretado con el entorno en el que viven. Que conocen el significado de lo que es común, de lo que no es de nadie porque es de todas las personas.

Bosques de robles, de hayas, de pinos. Castañares. Bosques de ribera. Matorrales en lo alto de las montañas. Dehesas de encinas y alcornoques. Praderas.

 Habitamos el territorio y el territorio se quema. Desaparece el alboroto de los insectos en las tardes de verano. El jolgorio del inicio del día y el silencio de la lluvia. Desaparecen las señales de los recorridos para caminar por los que, personas que nunca se han visto, siempre se saludan al cruzarse. Desaparece el lugar donde compartir el espacio con otros seres vivos ocupando, solo, el lugar que nos corresponde.

Habitamos el territorio y el territorio está cada vez más caliente. El cambio climático avisa de lo que trae cargado a sus espaldas, pero avanza sin pedir permiso. Olas de calor que actúan sobre el territorio asfaltado derritiéndolo en distintos países al norte de la península donde antes hacía más frío. Olas de calor que actúan, sobre todo, en los tejidos vivos que no se derriten pero que se deshidratan, temperaturas que hacen imposible el correcto funcionamiento de las células, la vida de muchas especies. 

Hay varios sinónimos de incendiar. Quemar, arder, abrasar, calcinar, arrasar. En estas circunstancias todos suenan igual de terribles y certeros al pensar en el territorio, en los ecosistemas, con todos los seres vivos que lo habitaban, que ahora son ceniza. 

Hay, sin embargo, otro sinónimo más de incendiar. Encender. Y, ese sí, encender, quizás pueda ayudar a que esos territorios vuelvan a tener la capacidad de contar historias distintas a las llamas. La naturaleza hará sola el camino para que la vida vuelva, sin duda, pero encender el sentido de la reciprocidad, pensar qué podemos hacer para devolverle a los ecosistemas y los bosques una pequeña parte de lo que nos aportan, puede ser una forma de entender que nuestra vida depende, íntimamente, de todo lo que se ha quemado. 

 

 

lunes, agosto 17

La cocaína del capitalismo

 Salmones desovando en un río. / Sage Ekchard


“Está en el agua”. Ese fue el primer retal que me llamó la atención de la noticia que el locutor explicaba. El segundo citaba un lugar de Suecia que se le atragantó al pronunciarlo: Vättern. Las interrupciones de la emisora del taxista me impedían seguir correctamente su explicación, pero, como a continuación el tema lo comentaron en la tertulia, pensé que podía atar cabos. 

Se trataba de un informe reciente que había constatado que la población vivía bajo condiciones de mucha más hiperactividad. ¿De verdad hacía falta un informe para constatarlo? A nadie se le escapa que nuestra modernidad lo ha acelerado todo: el crecimiento económico, la producción para el consumo masivo y, en paralelo, la destrucción de los bienes comunes. Y también nuestro pulso cardíaco. Siempre apresurado, al ritmo de notificaciones y otros destellos. Como consecuencia: vidas más desconectadas, menos atentas, más superficiales. 

Pero, según comentó una tertuliana, el informe apuntaba a una sospecha inesperada: la causa de este nerviosismo colectivo podría derivar de una sustancia en el ambiente, en concreto un metabolito de la cocaína. Habían podido correlacionar su presencia con un aumento en los niveles de actividad, un mayor gasto energético y una reducción de la esperanza de vida. 

Aquí empecé a desconfiar. Me sonaba a una explicación casi conspiranoica. Es cierto que la sociedad moderna se parece cada vez más a una sociedad cocainómana. Como la cocaína, que promete energía, lucidez y velocidad, el capitalismo ofrece lo mismo bajo nombres más elegantes: productividad, ambición, éxito, optimización. La hiperactividad se ha vuelto moral; la calma, sospechosa. Quien no corre parece culpable. Quien no consume, un desertor. Pero reducirlo todo a la sustancia en cuestión me parecía una forma demasiado cómoda de no mirar el problema de fondo. No se podía responsabilizar a la cocaína de algo que en realidad es estructural. 

Todo se aclaró cuando busqué más detalles en el móvil. Las palabras clave: “cocaína”, “informe”, “Vättern”. Las poblaciones estudiadas eran de salmones. En concreto, el debate de la radio daba cuenta de un estudio internacional publicado en Current Biology que ha aportado evidencias de que la contaminación por cocaína altera el comportamiento del salmón atlántico juvenil en su hábitat natural. Durante ocho semanas, en el lago Vättern, 105 ejemplares fueron divididos en tres grupos: uno de control, otro expuesto a cocaína y un tercero expuesto a la benzoilecgonina, el principal metabolito de la droga. Los peces de este último grupo nadaron hasta 1,9 veces más lejos por semana y se dispersaron mucho más que los demás. 

Que sea el derivado –el metabolito– el que tenga un efecto más marcado que la propia cocaína preocupa especialmente, porque en la práctica lo que más abunda en ríos y lagos europeos son precisamente estos residuos. Un rastro que va en aumento, igual que aumenta la presencia de pesticidas, antibióticos y otros medicamentos. De hecho, otra investigación reciente de la Agencia de Drogas de la UE señalaba que la presencia de cocaína en las aguas residuales de Barcelona se triplicó en 2025 respecto al año anterior, situando a la ciudad entre las de mayor incremento en Europa. 

En lugar de tirar del hilo de esa metáfora de cuerpos acelerados o de insistir en el paralelismo con las granjas industriales donde se fuerza artificialmente el crecimiento, imaginé por un momento una noticia distinta. Que se descubriera que los salmones deciden tardar más. Que llegan cuando llegan. Que se reproducen y crecen sin urgencias. Sería una mala noticia para el mercado, pero quizá una buena noticia para la vida.
Y quizá no estaría mal que nosotros aprendiéramos de ellos: desconfiar de toda corriente que obligue a nadar demasiado deprisa. 

La verdadera contaminación no está en el agua, sino en nuestra forma de vivir.

 

 

Revista CTXT. Gustavo Duch

viernes, agosto 14

Si queremos la paz, desarme inmediato

 ACRACIA ANARQUISMO NIHILISMO

Mientras gran parte del país arde, y desgraciadamente no es una metáfora, sin que el sistema político y económico que sufrimos sea capaz año tras año de aportar una digna solución preventiva, el mundo se sigue igualmente carbonizando, de un modo más metafórico o quizá no tanto. Tal vez, es todo parte del mismo problema, sociedades jerarquizadas empecinadas más en controlar, que en cuidar a personas y medioambiente. Mientras acaba de terminar ese peculiar evento celebrado en la potencia estadounidense dirigida por un enloquecido belicista, un mundial balompédico que enardece a gran parte de la masa, las cuales vociferan los goles en lugar de clamar contras las injusticias, el planeta sigue su triste curso. Y hablando de Trump, que hace no tanto clamaba contra España supuestamente por no haber seguido al dedillo la inversión en gastos militares, ahora estará muy orgulloso, no solo con la victoria deportiva de esos prohombres hispanos multimillonarios, también con las declaraciones de Pedro Sánchez en la reciente cumbre de la OTAN. En un ejercicio sobresaliente de cinismo y falta de escrúpulos, el presidente de este inefable Reino de España ha manifestado con orgullo el haber cumplido, incluso “con creces”, el haber elevado el gasto militar (un 2% del Producto Interior Bruto), tal y como había exigido la alianza atlántica. Mientras se recortan los recursos para la sanidad pública, la vivienda social, la educación o, claro, el medioambiente, se financian misiles o toda suerte de vehículos militares por tierra, mar y aire. Como el lenguaje orwelliano está a la orden del día, bien entrado el siglo XXI, el que está al frente del autoproclamado gobierno más progresista del universo ha asegurado que, todo ese aumento del gasto belicista, se realiza en nombre de la “búsqueda de la paz”.

Por supuesto, esa fraudulenta argumentación, que quizá cale en parte del imaginario colectivo, va acompañada de un incremento de operativos militares españoles a las Fuerzas Terrestres Avanzadas de la OTAN, algo que solo puede contribuir al aumento de la tensión bélica. Y es que si el mundo arde, los poderes fácticos buscan la solución en aportar más combustible al fuego. En la actualidad, los riesgos para un devastador conflicto mundial, que no olvidemos que ya sufre gran parte del planeta, superan los peores momentos de la Guerra Fría o la época posterior a los atentados del 11 de septiembre de 2001. En una combinación de factores diversos, el capitalismo sufre una crisis tras otra, la economía globalizada se fragmenta y el mundo de divide en bandos beligerantes enfrentados. La narrativa de la mayoría de los medios oficiales, dirigida a un público más bien acrítico, es vendernos un maniqueo relato de lo correcto e incorrecto, de presentar a uno de los bandos en litigio de una forma humana luchando por la “libertad” mientras “los otros” son descritos como tiranías escasamente “civilizadas” en términos occidentales. No seré yo quién defienda en lo más mínimo a regímenes como los de Rusia o Irán, o el abiertamente totalitario de una potencia emergente como China, la cual se mantiene aparentemente al margen de la tensión bélica, pero lo cierto es que los bombardeos y toda actividad militar la sufren los pueblos, la están sufriendo en estos momentos de manera indignante mientras gran parte de la humanidad se pierde celebrando eventos enajenantes, con la complicidad o directamente responsabilidad de los gobernantes que se dicen pertenecer al “bando correcto”. No entiendo demasiado la lógica del sistema capitalista basado en la inversión, aunque me resulta una ingenuidad y una quimera pedir a los Estados que los enormes gastos en armamento, control y vigilancia se trasvasen a la búsqueda de justicia social y climática. No funciona así en absoluto, ya que el objetivo es mantener a la población en el miedo y la alienación, así como garantizar el mantenimiento de los poderes establecidos.

No obstante, aunque la posibilidad de una comunidad más libre, justa e inteligente pasa, como no puede ser de otra manera, por construirse desde abajo en función de los verdaderos intereses de la gente, eso no quita del denunciar la enorme hipocresía de los poderes políticos y económicos para tratar de paliar el sufrimiento de tantas personas aquí y ahora. Y nos esforzaremos en desmontar ese mezquino discurso de que es necesario el rearme, esa permanente inversión en la militarista fuerza atlántica, esa miserable sentencia de “si quieres la paz, prepárate para la guerra”. Desde que tengo uso de razón, siempre he sido antimilitarista, mientras que escuchaba “razones” a mi alrededor de que los ejércitos eran “necesarios”. Atención, no contingentes, como tantas otras actividades producto de la actividad humana, sino “necesarios”. Algo similar se podía oír acerca del Estado como forma política, mientras que la crítica anarquista siempre ha pasado por ver a uno (el Ejército) como soporte armado del otro (el Estado, como una suerte de institución coactiva en forma oligárquica). Y no solo eso, sino que lo militar se ha observado como la máxima expresión de la jerarquía y el autoritarismo al buscar la subordinación acrítica del ser humano para aprender a matar o bien sacrificar su vida en nombre de ese leviatán denominado Estado-nación. Esta visión radical, si se quiera hoy utópica ante la posibilidad de un mundo sin fronteras, es decir, libre y solidario, no está reñida con la lucha por el desarme, aquí y ahora. No soy tampoco ningún cándido pacifista, ya que pienso que hay buenos motivos para luchar por un mundo donde se haya paliado en gran medida el sufrimiento humano. Y, probablemente, por defenderlo cuando se haya establecido, aunque no con la forma de ninguna fuerza patriotera y uniformadora.

 

Juan Cáspar

martes, agosto 11

Las locas que no lo eran

  

 

En Las locas que no lo eran Carmen V. Valiña se sumerge en el archivo del Manicomio de Conxo para encontrarse en él con la subversión y la rebeldía de madres solteras, de alcohólicas o de esposas que deseaban divorciarse. Muchas de esas mujeres no tenían en realidad ningún trastorno mental. La ruptura con lo que se esperaba de ellas fue la causa de su reclusión.

Las cartas y los informes familiares permiten a la autora recuperar las palabras, las subjetividades y las emociones de esas «locas», sus vidas más allá de los testimonios médicos. Porque estas mujeres, aunque analfabetas en su inmensa mayoría, encerradas tan lejos de sus pueblos y aldeas, fueron al mismo tiempo poderosas y valientes: se las arreglaron, incluso dentro de las paredes de un manicomio, para que sus testimonios llegasen hasta nosotras. Escucharlas es un ejercicio de justicia histórica.

 

pepitas.net 

sábado, agosto 8

La muerte del bosque es también la muerte del espacio común

 Estación Científica del Bosque Los Cedros.

En los primeros meses de la pandemia, cuando el miedo, la incredulidad y la angustia poblaban el día a día, el bosque era el único lugar en el que estaba permitido salir a caminar. Por la naturaleza de su amplitud, era el único espacio público que aún podía transitarse con cierta libertad. El único requisito era no estar enferma y, por supuesto, llevar una mascarilla encima por si acaso te encontrabas con alguien en algún momento del recorrido. Esa primavera de 2020 anduve sola o acompañada por distintos caminos, encontrándome con vecinos a los que solo podía saludar en la distancia. Allí, entre los árboles, conseguía liberarme del peso de mantenerme encerrada en casa.

Todo parecía florecer al margen del silencio o del barullo que pudiéramos hacer nosotros. Más resplandeciente a mis ojos, quizá, porque había espacio suficiente en nuestras vidas para el silencio y para la observación. La vida vegetal parecía florecer con mayor libertad, siguiendo su curso, aunque fuera en medio de la catástrofe.

 Hoy ese bosque ya no existe. O no existe como existió entonces, con su bullicio propio, ese que a veces atravesamos sin percibir, porque las llamas de los incendios de Burgohondo y San Martín de Valdeiglesias se lo han llevado por delante. No hablaré en este texto de la desidia contra el cambio climático, ni de la falta de interés político por el entorno forestal si no son para la mera explotación, porque son temas que merecen un análisis propio. Lo que me interesa es la desaparición de un lugar. 

Desde la crisis del Covid-19, los espacios en los que podemos estar sin que se nos pida una retribución económica a cambio son cada vez más escasos, tanto que a veces volvemos a nuestras habitaciones o a nuestras casas alquiladas buscando un poco de paz sin tener que pagar de más, o simplemente porque no tenemos más opciones, como si aún siguiéramos confinados. El bosque, sin embargo, permanece como un entorno en el que ser sin ningún tipo de problema.

 El bosque no es solo el bosque. Es un espacio común, un lugar que en muchas ocasiones se encuentra parcelado y cortado por cotos de caza privados, —un 72 % de la superficie forestal es de titularidad privada según datos de El Colegio de Ingenieros de Montes—, y el terreno que podemos ocupar libremente se ha ido reduciendo poco a poco, debido, en parte a estos mega incendios. Silvia Federici, en Calibán y la bruja, explica cómo los cercamientos de tierras comunales en la Inglaterra de los siglos XVI y XVII no fueron solo un despojo económico, sino el modo en que el capitalismo naciente concentró en unas pocas manos algo que antes pertenecía a todos, empobreciendo tanto lo común como al individuo que dependía de él.

El historiador Peter Linebaugh, que trabajó junto a Federici en esos mismos círculos de pensamiento sobre los comunes, fue más allá y le dedicó un libro entero al bosque como caso concreto: en La Carta Magna del bosque recuerda que en la Inglaterra medieval existía una carta paralela a la Carta Magna, la Carta del Bosque, que garantizaba a los campesinos el derecho a recoger leña, pastar animales o cazar en tierras comunales. Ese derecho fue precisamente uno de los primeros en desaparecer bajo los cercamientos, siglos antes de que habláramos de propiedad privada como algo natural o incuestionable.

 Ahora, sin embargo, ese espacio vuelve a desaparecer a escala global. Los grandes incendios que arrasan España, Francia, Canadá o Italia producen imágenes que ya no distinguimos entre sí, como si el fuego borrara también las fronteras entre los países que devora. Todas esas imágenes resuenan igual porque bajo el fuego somos iguales.

Ante eso solo nos queda una alternativa, o apostamos por la reconstrucción y el cuidado de los bosques y los espacios naturales, o aceptamos la nada. Apenas tenemos derecho a una vivienda propia, pero cada vez menos tampoco podemos ocupar un espacio común que nos sirva de refugio, que se convierta en lugar de expresión y de convivencia mutua, en el que relacionarnos con los demás. En ese demás incluyo tanto a las personas como a los animales y las plantas. La muerte del bosque es también la muerte del espacio común.

 Los lugares que cada año perdemos un poco más por los desastres naturales son espacios que ya no vuelven. Ya sea porque hace demasiado calor para estar en la calle, por los peligros de las pandemias, por las guerras, por la hostilidad de las políticas que solo priorizan el beneficio pecuniario, ya sea por los desastres naturales como las inundaciones, los incendios o los desajustes atmosféricos que sufrimos con una virulencia creciente, nuestro espacio se estrecha, como si hubiéramos perdido el derecho a ocuparlo, como si hubiéramos olvidado la potencia que se esconde en los lugares habitados por todos, en los que todos tenemos cabida, en los que todos podemos participar y a los que todos pertenecemos.

Porque si el bosque no es de nadie nos pertenece a todos, quizá encontremos en él otra casa a la que proteger y cuidar.

 

 

   Tania López García

miércoles, agosto 5

Douglas Rushkoff para la BBC:

 ¿Qué tipos de algoritmos existen y cuál es su relación con la IA?

 

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“La balada de los drones y otros poemas de la Gran Transición” de Daniel Bellón (ediciones El Transbordador, 2021)