Cuando la multitud hoy muda, resuene como océano.

Louise Michel. 1871

¿Quién eres tú, muchacha sugestiva como el misterio y salvaje como el instinto?

Soy la anarquía


Émile Armand

jueves, junio 4

Ella es...



Ella es la tecnología de un girasol,
polvo de estrellas bajo un mismo sol.

Es la voz en el desierto,
nuestro único futuro,
el pretérito perfecto.

Es el aire que empuja tu aliento,
tus brazos, mis piernas, todos nuestros movimientos.

La danza del indio, la piel del zorro,
la garra del oso, del lobo el aullido.

Ella es una hoja navegando por la espalda de un río,
todos los desafíos, el filo de tu cuchillo, el último colmillo.

Ella es el grito de un nido, una semilla en un campo dormido,
todos los instintos saliendo a galopar,
todas la huellas que dejamos descalzos al bailar,
todos los animales que quieren exterminar.

Ella es la tierra, un animal salvaje que no podrán domar.


Dani Macaco


lunes, junio 1

Los avatares de la cultura como mercancía


La palabra “cultura” deriva del latín colere, que significa cultivar, cuidar, preservar. El primero en referirse a ella en el sentido de cultivar el espíritu, mejorar las facultades intelectuales y morales, fue Cicerón. Se ha sugerido que quizás los romanos inventaran el concepto para traducir la palabra griega paideia. Según Hannah Arendt los romanos concibieron la cultura en relación con la naturaleza y la asociaron al homenaje y respeto a las obras pasadas. “Culto” comparte raíz con cultura. Todavía hoy, cuando hablamos de cultura nos vienen a la mente esas ideas de naturaleza trabajada y monumento del pasado, aun cuando la realidad haga mucho que no tiene nada que ver.

La cultura como esfera separada de la sociedad donde se ejercita la creación libremente, como actividad justificable en sí y por sí misma, es una imagen idealizada. Su autonomía tiene un momento falso. La cultura pasó por las cortes de los reyes, se alojó en los monasterios e iglesias, fue protegida por los mecenas de los palacios y los salones. Cuando éstos la abandonaron la compró el burgués. El goce de la cultura ha sido el privilegio de la clase ociosa, liberada de la obligación de trabajar. Hasta el siglo XVIII la cultura fue patrimonio de la aristocracia; después, ha formado parte del acervo de la burguesía. Los escritores y artistas han tratado de preservar su libertad manteniendo independiente el proceso de creación, viviendo ellos mismos al margen de las convenciones sociales, pero a fin de cuentas es el burgués quien paga por el resultado final, es decir, por la obra. El burgués le pone precio, tanto si le complace como si le provoca y da pasmo. Tanto si sirve para algo como si es perfectamente inútil. Para el burgués la cultura es objeto de prestigio; quien la posee asciende en la escala social. La demanda de la clase dominante determina pues la formación de un mercado de la cultura. Para el burgués la cultura es un valor como los otros, un valor de cambio, una mercancía. Incluso las obras que rechazan la condición de mercancías, cuestionan la cultura mercantilizada e imponen sus reglas son también mercancías. Su valor consiste precisamente en ser rupturistas, ya que impulsan la renovación, esencial para el mercado. La cultura en conflicto con la burguesía es la cultura burguesa del futuro.

Por haberse atrincherado aparte en tanto que producción especial del espíritu humano, por no haberse involucrado en la transformación de la sociedad, es por lo que la cultura bajo el dominio burgués ha fracasado. Las vanguardias de comienzos del siglo XX –futuristas, dadaístas, constructivistas, expresionistas, surrealistas– trataron de corregir ese error ideando y difundiendo nuevos valores subversivos, nuevos comportamientos disolventes, pero la burguesía los supo trivializar y expropiar. El secreto consistió en impedir la formación de un punto de vista general. Los mejores descubrimientos eran esterilizados al separarse de la investigación global y de la crítica total. Los mecanismos comerciales y la especialización conseguían levantar una barrera entre el creador y el movimiento obrero revolucionario, el que le podría servir de base para acentuar todos los aspectos subversivos contenidos en su obra. Así renunció a cambiar el mundo y aceptó su trabajo como disciplina fragmentada, productora de obras degradadas e inofensivas.

Resulta significativo que cuando el pueblo llano se proletariza, desaparezca la cultura popular. El sistema capitalista somete al pueblo a la esclavitud asalariada y la burguesía culta descubre y se apropia de su folklore. La primera cultura específicamente burguesa es la cultura romántica. Como corresponde a un periodo revolucionario, es al mismo tiempo apologética y crítica; ensalza los valores burgueses y los cuestiona. Ese aspecto crítico influirá en la clase obrera. Cuando el proletariado concibe el proyecto de apropiarse de la riqueza social para ponerla al servicio de todos se percata de su aislamiento cultural y reivindica la cultura –principalmente en su vertiente romántica– como instrumento imprescindible de emancipación. Las bibliotecas, los ateneos, las escuelas racionalistas, las publicaciones formativas revelan la voluntad de los obreros por tener una cultura propia, arrebatada a la burguesía y puesta fuera del mercado en provecho de todos. Dependía de la vanguardia cultural, movimiento que hace tabla rasa con el pasado, que ese detournement obrero de la cultura burguesa no introdujese sus taras ideológicas en el medio proletario y desembocara en valores realmente nuevos y revolucionarios.

Entonces hubiera podido hablarse de una auténtica cultura proletaria. No fue así. Las propias victorias obreras, especialmente las que acarreaban una disminución del tiempo de trabajo, fueron usadas en contra de los trabajadores. El ocio se volvía de alguna manera proletario y la vida cotidiana de millones de trabajadores se abría al capitalismo. La dominación dispuso de dos poderosas armas creadas por la racionalización del proceso productivo: el sistema educativo estatal y los medios de comunicación de masas, el cine, la radio y la televisión. Por un lado teníamos una cultura burocrática, destinada a trasmitir las ideas de la clase dominante, por el otro, una expansión sin precedentes del mercado cultural, determinando la aparición de una industria de la cultura. El creador y el intelectual podían escoger entre la poltrona del funcionario o el camerino del animador. “Para conferir a los trabajadores el estatuto de productores y consumidores “libres” del tiempo-mercancía, la condición previa fue la expropiación violenta de su tiempo” (Debord). El espectáculo empezó a hacerse realidad con esa desposesión llevada a cabo por la industria cultural. Por una astucia técnica de la dominación la abolición del privilegio burgués no introdujo a las masas trabajadoras en la cultura, las introdujo en el espectáculo. El ocio no las liberó sino que culminó su esclavitud.

El tiempo “libre” es tal sólo de nombre. Nadie puede emplear su tiempo libremente si no posee los instrumentos adecuados para construir su vida cotidiana. El tiempo llamado libre existe en condiciones sociales de falta de libertad. Las relaciones de producción determinan absolutamente la existencia de los individuos y el grado de libertad que han de poseer. Esta libertad se ejerce dentro del mercado. En su tiempo de ocio el individuo desea lo que la oferta le impone. A más libertad, mayor imposición, o sea, más esclavitud. El tiempo libre es ocupación constante; es pues una prolongación del tiempo de trabajo y adopta las características del trabajo: la rutina, la fatiga, el hastío, el embrutecimiento. Al individuo la diversión le viene impuesta no ya para reparar las fuerzas gastadas en el trabajo sino para emplearlas de nuevo en el consumo. “La diversión es la prolongación del trabajo en el capitalismo tardío” (Adorno). La cultura entra en el campo del ocio y se convierte en cultura de masas. Si la sociedad burguesa clasista utilizaba los productos culturales como mercancías, la sociedad de masas los consume. Ya no sirven para perfeccionarse o para mejorar la posición social; su función es la de divertir y pasar el rato. La nueva cultura es entretenimiento y el entretenimiento es ahora la cultura. Se trata de distraer, de matar el tiempo, no de educar y menos liberar el espíritu. Divertirse es evadirse, no pensar, por consiguiente, estar de acuerdo. Así se hace soportable la miseria de la vida cotidiana. La cultura industrial y burocrática no enfrenta al individuo con la sociedad que reprime sus deseos, sino que doma el instinto, embota la iniciativa y acrecienta la pobreza intelectual. Busca estandarizar cambiando al individuo por un estereotipo, el que se corresponde con el súbdito de la dominación, a saber, el espectador. La cultura industrial convierte a todo el mundo en “público”. El público por definición es pasivo, procede por identificación psicológica con el héroe televisivo, con la vedette, con el líder. Son los modelos de la falsa realización propios de una vida alienada. La imagen domina sobre cualquier otra forma de expresión. El espectador, no interviene, hace de bulto; tampoco protesta, más bien es el decorado de la protesta. Es más, si las conductas rebeldes se vuelven moda cultural es porque la protesta se ha vuelto mercancía. Sirva de ejemplo reciente la “movida” madrileña o su homóloga, la contracultura barcelonesa de los setenta. La verdadera función del espectáculo contestatario es integrar la revuelta, revelando el grado de docilidad o el nivel de idiotez de los participantes. El espectáculo extiende al máximo los momentos vulgares de la vida disfrazándolos de heroicos y únicos. En plena derrota de las ideas de igualitarias y libertarias, el espectáculo es el único que construye situaciones, aquellas en que los individuos ignoran todo lo que no divierte. Así se incuba el espectador, ser disperso a quien el régimen cotidiano de imágenes “ha privado de mundo, cortado de toda relación y vuelto incapaz de fijar la atención” (Anders).

Además de frívolos los productos de la cultura industrial son efímeros, pues la oferta ha de renovarse constantemente ya que el dominio sobre la vida cotidiana sigue las pautas de la moda, y en la moda la inconstancia es la regla. La moda siempre vive en presente. Incluso el pasado parece actual: el márketing consigue presentar a El Quijote como un libro acabado de escribir y a Goya como un pintor de la jet. El diluvio informativo que soporta el espectador está descontextualizado, privado de perspectiva histórica, dirigido a mentes preparadas para recibirlo, maleables, sin memoria y, por lo tanto, indiferentes a la historia. Los espectadores no viven más que en el instante. Sumergidos en un perpetuo presente son seres infantiles, incapaces de distinguir entre distracción banal y actividad pública. No quieren madurar, quieren pararse eternamente en la edad del pavo. Creen que la farsa lúdica es la conducta pública más apropiada, la única que surge espontáneamente de su existencia pueril. Esa valoración espectacular de la parodia juguetona hace del mundo de los niños un absoluto, donde han de ser confinados los adultos. La infantilización separa definitivamente al público espectador de los verdaderos actores, los dirigentes. El hecho es más que perverso; difícilmente la protesta puede sobrevivir a las maniobras de los recuperadores infiltrados, pero nunca sobrevivirá a una versión cómic. La ideología ludista es la buena conciencia de las mentes infantilizadas bajo el espectáculo.

El espectáculo integrado reina donde la cultura estatal y la cultura industrial se han fusionado. Las mismas normas rigen las dos. La creciente importancia del ocio en la producción moderna ha sido una de las causas que han impulsado el proceso de terciarización económica característico de la globalización. La cultura, en tanto que objeto de consumo en tiempo ocioso, se ha desarrollado como fuerza productiva. Crea empleos, estimula el consumo, atrae visitantes. El turismo cultural es mayoritario ya que la oferta cultural es prioritaria en las ciudades. La industria cultural se ha diversificado y ahora el mercado de la cultura es global. Se exporta y se importa cultura, como se importan y se exportan pollos. Los adelantos técnicos en el transporte favorecen esa mundialización; la basura, como los medios de comunicación nos muestran, es igual para todos. En las cuatro esquinas del mundo se oye “Macarena”. Los nuevos sistemas técnicos –Internet, vídeo, DVD, fibra óptica, televisión por cable, telefonía móvil– han acelerado el proceso globalizador de la cultura burocratico-industrial; también le han proporcionado un nuevo territorio: el espacio virtual. En esa nueva dimensión el espectáculo efectúa un salto cualitativo. Todas las características de la susodicha cultura, a saber, banalización, unidimensionalidad, frivolidad, superficialidad, ludismo, eclecticismo, fragmentación, etc., se hallan realizadas a niveles insuperables. La cultura del monitor culmina a la carta la colonización de la vida cotidiana proyectando en la nada virtual la realización de los deseos. La “interactividad” que permiten las nuevas tecnologías rompe en el éter electromagnético alguna de las reglas del espectáculo, como la pasividad o la unilateralidad, y gracias a eso el espectador puede comunicarse con otros y participar activamente, pero sólo en tanto que fantasma. El alter ego virtual puede ser dentro de la matriz tecnológica todo lo que quiera, especialmente todo lo que el ser real no será jamás en el espacio real, de forma que a través de ese desdoblamiento del ser, el individuo contribuye a su propia imbecilidad y por lo tanto, a su aniquilamiento. La alienación moderna se descubre a través de los nuevos mecanismos de evasión como una modalidad de esquizofrenia.

En la actual fase histórica y en la medida en que un proyecto contra el sistema dominante es concebible, recobrar la cultura como cultura animiciceroniana no significa dedicarse a una paciente erudición, o a una habilidosa cultura artesanal, o a una restitución militante de la memoria. Es ante todo práctica del sabotaje cultural inseparable de una crítica total de la dominación. La cultura murió hace tiempo y la sustituyó un sucedáneo burocrático e industrial. Por eso todo aquél que hable de cultura –o de arte, o de recuperación de la memoria histórica– sin referirse a la transformación revolucionaria de la vida social tiene en la boca un cadáver. Toda actividad en ese campo ha de inscribirse en un plan unitario de subversión total; por consiguiente toda creación será fundamentalmente destructiva. No ha de rehuir el conflicto, ha de plantearlo y permanecer en él.


Miquel Amorós


viernes, mayo 29

La hora del "machoestado"


A medida que nos vamos adentrando en el siglo XXI se va haciendo cada vez más claro el cariz de los tiempos. Incendios pavorosos que arrasan todo a su paso, olas e inundaciones que llegan al corazón de los pueblos que un día fueron pesqueros y hoy son turísticos, enfermedades infecciosas desconocidas que nos encierran en nuestras casas, y hacen de cada vecino un policía. Casi sin margen para la sorpresa, porque todo es tan sorprendente que nos suena haberlo visto alguna vez en una serie de Netflix, nos instalamos en un mundo distópico en el que la vida que nos resulta familiar puede rasgarse de pronto y enfrentarnos al fin de los tiempos.

A la vez que el cambio climático y las amenazas de la globalización salen de los libros y se instalan en la realidad, la burocracia de cuello blanco que encarnó el poder capitalista y estatal tras la Segunda Guerra Mundial va dejando paso a líderes más descarnados. Desde Trump a Putin, de King Jong Un a Bolsonaro, el ecofascismo (que ya se ejerce en grandes territorios del cono sur) ha elegido la cara del ‘macho’ para los tiempos de rapiña que llegan. Todos estos líderes reclaman el derecho ‘natural’ a dominar y a esclavizar, desprecian cualquier consideración ética que no sea la fuerza bruta y exhiben como una de sus principales señas de identidad el machismo y la misoginia. Es la hora del mamporro, y los ciudadanos (y ciudadanas) que tienen miedo a perder privilegios quieren a un amo despiadado al que no le tiemble la mano ante nada. Así que en tiempos de intensa agitación feminista, los Estados patriarcales se quitan la careta y se exhiben como lo que son, un ‘machoestado’ que se declara dueño de la vida, y no admite límite alguno para su apropiación del mundo y de todos los seres vivos.

El Estado abandona así su pretensión de legitimarse como única alternativa social para conseguir un razonable bien común y se muestra como “dueño”, al modo de los capos de la mafia, sociedades de la crueldad que siempre han exhibido la cara y los valores del macho para despojar y dominar a comunidades enteras. Competencia en vez de cooperación; obediencia en lugar de consenso; sumisión en vez de igualdad; control y dominio en lugar de autodeterminación y libertad; ira y crueldad en vez de empatía y cuidado: los valores centrales de la hombría patriarcal, que se ejercen sobre las mujeres y se exhiben ante otros hombres, son la marca de agua del nuevo fascismo del siglo XXI, que recluta a su ejército a través de grandes experimentos de ingeniería social como el porno, donde los niños aprenden a sexualizar el sadismo y las niñas a someterse a la degradación, creando y recreando al violador en manada, al kapo del lager, al policía que reprime la revuelta, al obrero que somete a sus deseos el cuerpo de la mujer migrante en el campo de concentración del burdel.


Grupo Higinio Carrocera

martes, mayo 26

La pandemia de la represión y el estado de alarma


Para la inmensa mayoría de nosotros, esta es nuestra primera pandemia. Somos novatos en cuarentenas y en estados de alarma y, este nuevo escenario que ha ido avanzando a ritmos vertiginosos, ha implantando medidas nuevas prácticamente a diario, con la justificación de que, poco menos, que un virus está arrasando con la humanidad.

Estado de alarma

El estado de alarma se declara por el gobierno mediante real decreto acordado por el Consejo de Ministros y dando cuenta al Congreso de los Diputados. Esta situación se puede dar en caso de catástrofes, terremotos, inundaciones, accidentes de gran magnitud, incendios forestales o urbanos, crisis sanitarias, paralización de servicios públicos esenciales para la comunidad o desabastecimiento de productos de primera necesidad.

En este país, el precedente que teníamos era la huelga de controladores aéreos en el año 2010, cuando se declaró el estado de alarma por primera vez en 35 años y el ejército asumió los mandos del servicio al verse paralizado el tráfico aéreo por la huelga y obligando a regresar a sus puestos a los trabajadores con penas de prisión por un delito de rebelión.

Hoy, nos encontramos de nuevo con la aplicación del estado de alarma pero con consecuencias globales y repercusiones para absolutamente toda la población. Apenas teníamos tiempo de asimilar una nueva medida del gobierno, cuando decidían comunicarnos la siguiente, pero al mismo tiempo, no ha sido difícil conectar dichas prohibiciones con la inevitable consecuencia de que nuestras libertades más básicas se iban a ver considerablemente reducidas. Y no estábamos equivocados pues, ya desde muchos sectores distintos de la sociedad, se venía señalando que utilizar el pánico social, el aislamiento y el castigo a quien lo incumpliera, traería consigo innumerables consecuencias sociales, personales, físicas y mentales.

El ejército en la calle

¿Acaso se lucha contra un virus con militares en las calles? ¿A una enfermedad se le combate con armas, tanques, jeeps, helicópteros, camiones y todo tipo de parafernalia militar? ¿Qué sentido tiene la presencia de los militares en una situación como la que estamos viviendo?

Como ya hemos mencionado, si un servicio público esencial se pone en huelga y afecta al conjunto de la población, el ejército puede hacer las veces de esquirol y tomar las riendas. En este caso, no se trata de una situación ni parecida, ya que los servicios esenciales son precisamente los que se han quedado funcionando mientras hemos prescindido de prácticamente la totalidad de la producción y del consumo de este país (por otro lado, nos hemos dado cuenta de lo inservible que es prácticamente todo lo que producimos y consumimos). Por lo tanto, en un contexto como el que estamos, que nada justifica la presencia militar para tomar los mandos de nada, se nos viene a la cabeza informaciones que van encajando perfectamente. Estados Unidos ha enviado a Europa 20.000 militares con miras a enviar a otros 10.000 en una operación que se llama “Europe Defender 20” que tienen la intención de comprobar las estrategias que se deben utilizar en Estados Unidos y Europa en caso de que se produzcan amenazas que puedan llevar a una hipotética guerra, revueltas, insurrecciones, etc. De la misma forma que, en el sur de Italia, se han desplegado 7.000 soldados con la intención de “contener y repeler las posibles revueltas que se preven que ocurran a causa de la crisis económica” o en España, donde se están ya anunciando distintas movilizaciones sociales, huelgas, etc. (que se han venido dando desde el inicio de esta pandemia). Políticos y “expertos” de distinto calado ya vienen avisando de que es más que posible que se avecine un escenario de enfrentamientos en las calles y, esta vez, quienes nos contengan podrían ser los militares junto con la policía.

Estado policial y militar

Si hay algo que se nos va a quedar grabado a fuego de estos dos meses de cuarentena, es el estado policial al que hemos sido sometidos a diario. Y es que “la letra con sangre entra” y, en clave de castigo y autoridad exacerbadas, se nos han impuesto unas normas de comportamiento y de confinamiento nunca antes vividas.
La presencia policial en forma de sanciones y arrestos, se saldan con estas cifras (por el momento): más de 740.000 multas y más de 5.500 detenciones y, este número de denuncias, se acerca al total de sanciones impuestas entre 2015 y 2018 por la ley mordaza, cuando sumaron 765.416, según el Portal Estadístico de Criminalidad de Interior.

La Comunidad de Madrid ha pedido en varias ocasiones que los militares se desplieguen en la Cañada Real para hacer que se cumpla el confinamiento, de la misma forma que en un barrio de Málaga el ejército de tierra con tanques hacía las veces de policía hace semanas con la misma intención, por poner sólo dos ejemplos. Ambos barrios, son considerados “conflictivos” según la catalogación normativa que se suele utilizar, o lo que nosotros preferimos decir, con un alto índice de pobreza, marginalidad y falta de medidas de todo tipo, inclusive, para seguir el confinamiento impuesto tal y como se obligaba a cumplir.

La tecnología: una gran aliada de la represión

El gobierno ha puesto en marcha “DaraCovid-19”, un plan para rastrear los movimientos de la población a través de una aplicación de descarga gratuita en los teléfonos móviles. La excusa es que se usarán los datos unicamente durante la emergencia sanitaria, siendo borrados después y permaneciendo en el anonimato durante todo el proceso. La intención es trazar un mapa territorial en el que se puedan dibujar zonas diferenciadas con sus respectivos patrones de comportamiento respecto a la cuarentena para saber qué barrios o zonas de las ciudades tienen “comportamientos tipo” no deseados y, por lo tanto, se podrían aplicar medidas excepcionales. La intención de este plan no es sanitaria: pretenden saber los movimientos de la población por horarios y zonas para poder prever qué zonas serán las más “complicadas” en caso de continuar endureciendo las medidas o en caso de que las protestas sociales empiecen a tener cabida en cualquier momento.

Paralelamente y con algo de posterioridad, apareció “Covid Monitor”, una app desarrollada por Minsait, la filial de tecnologías de la información de Indra, que permite al usuario conocer en cada momento su nivel de exposición al virus dependiendo del lugar donde se encuentre y, al mismo tiempo, proporciona información a las autoridades sanitarias sobre de los comportamientos individuales de los ciudadanos de cara a “combatir la pandemia”. La aplicación permitirá la geolocalización del usuario para verificar que se encuentra en la comunidad autónoma en la que declara estar, entre otras decenas de funciones que permiten conocer al usuario, de forma no anónima, y establecer así un registro completo con todo tipo de información, patrones de conducta, hábitos, etc.

El Reglamento Europeo de Protección de Datos ampara y da luz verde a todas estas medidas por deberse a una “situación excepcional” que busca “garantizar los intereses vitales de los afectados y de terceros”. De hecho, el reglamento autoriza este tratamiento de datos “para fines humanitarios, incluidos epidemias o situaciones de emergencia en caso de catástrofes naturales o de origen humano”.

También nos referimos a los drones, códigos QR que nos dirán dónde y cómo podemos acceder a zonas de la ciudad, chips, sistemas de reconocimiento facial, etc. Aún nos quedan muchas nuevas medidas por ver que formarán parte de la “nueva normalidad” que ya nos están avisando y, casi la totalidad de las mismas, pasan por implantaciones tecnológicas más sofisticadas y perfeccionadas para el control de movimientos de población y de la consiguiente aplicación de una represión más tecnológica y efectiva.

El miedo como justificación para reprimir

“Tranquilos, todo va a salir bien, no hay de que temer, pero vamos a morir todos”. Prácticamente, ese es el mensaje que se nos ha estado transmitiendo durante todo el tiempo. Falsas intenciones de tranquilizar a la gente, mensajes alarmantes, contadores de muertos, estado policial, señalamiento y castigo a quiénes no cumplen con la cuarentena, nula información real, sensacionalismo… Pero, todo esto forma parte de una campaña de pánico social que tiene como propósito generar auto-control, auto-aislamiento y señalamiento con el pretexto del contagio, de las muertes, de la expansión de la pandemia y de la responsabilidad personal como casi única forma de parar al virus; responsabilidad personal cubierta de desinformación y de miedo como forma de hacer política. Qué mejor forma para controlar a la gente que haciéndoles sentir que cualquier movimiento fuera de la cuarentena, atenta directamente contra su salud y contra la de sus seres queridos. Partiendo de esa base, el control social y la represión a uno mismo, están servidos.

Más autoritarismo

Esta situación pone de manifiesto una realidad que se plantea mucho más inmediata de lo que pensábamos. Más o menos todo el mundo era consciente de que la tecnología estaba avanzando a pasos agigantados y venía para quedarse y para sustituirnos en buena parte de nuestros espacios de actuación. Sabíamos que los recortes de libertades y de actuaciones que veníamos viviendo en los últimos años, seguirían aumentando a causa de una posible nueva crisis inmobiliaria. Sabíamos que cada vez veíamos más policía en las calles, más castigo, más delitos sancionables que antes no lo eran, más hostilidad y austeridad, más condenas. Sabíamos que el empobrecimiento de la población, incluso de ciertos sectores que estaban más alejados de esta situación, podría ser un hecho real con el paso del tiempo y sabíamos que, de alguna u otra forma, estas y otras muchas consecuencias del capitalismo nos las íbamos a tener que comer los mismos de siempre. Lo que no teníamos tan claro es que fuera a ser todo tan rápido, de la noche a la mañana, porque en nuestra mentalidad etapista, pensábamos que todos estos cambios se iban a ir dando paulatinamente. Un virus ha llegado para arrasar la economía, para acabar con las personas mas improductivas y que más dinero cuestan, para reajustar otra vez el capitalismo, para implantar medidas laborales más esclavistas que las anteriores, para echarnos nuevamente de nuestras casas, para convertir las ciudades en espacios todavía más hostiles, para prohibir todavía más cosas relacionadas con la libertad, el movimiento, la expresión, el desacuerdo político. Para endurecer aún más las leyes y aplicarlas contra quienes ser rebelan, para renunciar a muchas de las conquistas sociales que se consiguieron a base de huelgas, ataques, sabotajes, auto-organización, acción directa, personas presas y asesinadas.

Hay una clara tendencia a tornar los sistemas en los que vivimos más autoritarios y cercanos a actitudes fascistas, más censores, restrictivos y represivos.
Pero no todo está perdido, como desde ciertos sectores nos hacen creer, y no precisamente sectores del poder. La diferencia entre nosotros y quienes sólo ven el fin del mundo, es que nosotros planteamos escenarios de lucha y extraemos conclusiones a raíz de esta situación. La conspiración se alía con el poder para desmovilizar a la gente.
Que no nos la cuelen. Vienen tiempos difíciles pero también luchas y resistencias. Nos veremos en las calles.


sábado, mayo 23

A la caza de Moby Dick


Una civilización que se basa en la sobreexplotación infinita de recursos finitos en beneficio de una parte de la humanidad, en un mundo superpoblado y globalizado, forma un puzle imposible. En este marco tóxico, no es posible un futuro, ni poshumano ni siquiera humano. Si no cambiamos las piezas, el destino que nos espera en un plazo muy breve es el colapso de la vida civilizada, y todas las especulaciones que podamos hacer sobre un eventual mundo poshumano se convertirán en humo. Si llega el fin del mundo, lo que venga después no importa.

A la caza de Moby Dick es una mirada sobre los apuros de la naturaleza humana para seguir el ritmo cada vez más exigente de una civilización muy alejada ya de nuestros orígenes. La humanidad se enfrenta a cambios radicales en su devenir. Por una parte, el modelo vigente de civilización presenta desequilibrios estructurales que conducen a un colapso general, a una crisis maltusiana que tendría graves consecuencias en la vida de la gente. Por otra, la Inteligencia Artificial y la biotecnología están desarrollando herramientas que tienen el potencial de transformar la naturaleza humana, produciendo una nueva especie de poshumanos. José David Sacristán afronta abiertamente estos problemas del presente y aplica la mirada del arqueólogo para situarlos en el amplio marco del devenir histórico.


miércoles, mayo 20

Las calles han perdido su esencia


Las calles han perdido su esencia
como el pan ha perdido su sabor y
los tomates saben infinitamente a nada;
donde antes había sentido, significado e historia
ahora hay vacío, artificialidad y turistas.
Los turistas se regurgitan a si mismos
en cada una de las esquinas
mientras adoran al dios del consumo
y todo es consumo,
todo tiene un precio,
quien no consume no existe.
La vida se suicida
desde el borde de una moneda,
salta al vacío
y queda naufragando en un charco de sangre.
Las calles han perdido su código genético
y han vendido su alma al diablo
que unta de falsa felicidad las miradas transeúntes.
Mientras tanto, una joven adolescente
se mira en el espejo lo mono que le hace el culo los panta­lones,
que han tejido una niñas de un país oriental en condicio­nes insalubres
y ella alegremente está dispuesta a comprar.
La moda manchada de sangre se ajusta perfectamente
a la piel de la ignorancia.


Andreu Aisa. Íntima rebeldía. Editorial Abriendo Brecha. 2020

domingo, mayo 17

Salir del bucle de la domesticación


CREO QUE EXISTE UNA TRAMPA EVIDENTE cuando «nos obligan» a tener las conversaciones que no queremos tener. Cuando mucha gente anda repitiendo lo mismo, a mí siempre se me levanta una oreja, como cuando mi Tina ve un movimiento de conejo por el campo y sale disparada detrás. Cuando mucha gente anda repitiendo lo mismo, es que no estamos pensando, estamos recitando. Cuando mucha gente anda repitiendo lo mismo, no son nuestras palabras, es un guión.

Los puntos de vista impuestos por el Poder a través de los medios de comunicación y sus múltiples canales de difusión, incluidas las personas-loro que reproducen dándole una y otra vez al play lo que grabaron del debate de la tele, del debate de la radio, de la rueda de prensa, generan un discurso machacón donde el foco se pierde, el mensaje se manipula y la atención se desvía.

El que estemos teniendo unas conversaciones supone que inevitablemente no estamos teniendo OTRAS.

Que se enfatice una y otra vez el reducido número de contagios que hay en el estado español gracias a la gestión del gobierno y sus medidas, y se estén comparando las cifras con otros países/gobiernos/medidas/decisiones hace que tengamos la conversación de la enhorabuena y que no estemos hablando de lo chuchurría que esta(ba) la sanidad pública o de la deriva autoritaria de este gobierno (¿de izquierdas?) o de la presencia militar (¡en una democracia!) en las calles y en las televisiones o del sinsentido de muchas de las medidas que atentan contra derechos fundamentales o de la violencia e impunidad policiales que hemos visto a través de vídeos por estas redes, violencia predominantemente racista o de la miseria y angustia con la que muchas personas y colectivos vulnerables se están enfrentando a esta situación; solos o con redes de apoyo de la gente.

Lo compruebo una vez más: sólo la gente salva a la gente.

Todas esas conversaciones quedan silenciadas con los aplausos a las ocho y todas las decisiones del gobierno quedan maquilladas con cada estúpida pancarta con eso de «Todo va a salir bien», como si las decisiones del gobierno fueran un fenómeno meteorológico y tuviéramos que andar mirando al cielo para ver lo que nos va a llover cada día.

Todo pensamiento crítico queda anulado cuando cada día, a la hora que nos dejan salir, vemos en las marquesinas de nuestros paseos esos mensajes imbéciles y distópicamente repetitivos que nos pasan la mano así-muy-bien por nuestros lomos de animales domesticados: «Tú casa no se hace pequeña, quedarte en casa te hace grande» o «Tu casa no se hace pequeña, no visitar a tus familiares te hace grande» ¿Nos hemos parado a pensar lo perversas que son estas frases? ¿Lo idiotizante del asunto?

Las conversaciones que no queremos tener, o por lo menos yo desde luego no quiero tener, nos distraen de las conversaciones que, pienso, estaría bien tener.

Las conversaciones que podríamos estar teniendo quizás nos llevarían a salir de la vida representada como un guión, a salir de esta existencia perforada, a salir del bucle de la domesticación y sus premios, a que nuestras hijas e hijos colorearan otras pancartas que colgar en nuestros balcones, a aplaudir otras cosas o a no aplaudir absolutamente nada.

Sí, a lo mejor lo que estaría bien es que dejáramos de pensar que las noticias están en las sesiones de la Moncloa, que dejáramos de creer que hacer política es decir frases de couching cutres, que dejáramos de aplaudir como ratas trastornadas desde nuestras ventanas-termitero y cambiar de verbo.


                                                                           Lucía Barbudo
_________________________


Añadimos a esta reflexión de nuestra compañera las palabras y el análisis de Janita Ripley por parecernos acertadas:


"Acabo de leer a Lucía Barbudo y comparto muchas de sus dudas e inquietudes ante la actitud acrítica que toda la población está demostrando con esta alarma sanitaria. No hace falta haber leído a Foucault, aunque ya sería bien positivo, para darnos cuenta de que el biopoder, esa suerte de control político que se cierne sobre nuestras vidas, nos está ganando una batalla diaria, ideológica y dialéctica, que sólo deja espacio para la sumisión, y que no deja resquicio para la crítica, sin que aliados ideológicos de toda la vida nos intenten llevar de vuelta al redil por medio de ese arma tan poderosa de control que es el miedo, soportando la repetición de mantras sobre la responsabilidad colectiva y solidaria de boca de, lo sé a ciencia cierta, personas que, demasiado a menudo, nunca han sabido lo que éso pudiera ser, que jamás las han puesto en práctica, y que sólo sienten un (legítimo) temor a ser contagiados, aunque no tanto a contagiar –porque, claro, el contagioso siempre es el otro–.

Y aquí no me estoy refiriendo tanto a la necesaria crítica a la gestión gubernamental, que también, sino a esta suerte de lobotomización, de extirpación colectiva del pensamiento crítico, al que este modelo de disciplinamiento de las masas, de sumisa aceptación del poder pastoral, esta suerte de tutelaje policial sobre todos los ámbitos de nuestras vidas, nos está arrastrando, y cuyo mero análisis crítico se castiga con mucha, muchísima, pasión."


lunes, mayo 11

Yo decido sobre mi salud

 

La salud no es y no debe ser bajo ningún concepto responsabilidad del Estado, de las empresas, de los médicos o de los expertos. La salud es y debe ser en todo tiempo y lugar una responsabilidad de la persona. Es su responsabilidad cuidarse a sí misma y mantenerse sana en la medida en que ello sea posible para que la enfermedad sea la excepción. Al fin y al cabo, la enfermedad forma parte de la vida, pero depende de la persona el tomar las medidas preventivas de autocuidado para que la enfermedad sea un estado esporádico.

La salud pertenece al ámbito de lo prepolítico, y hoy asistimos a su completa politización a manos del Estado, de las empresas, de los médicos, de los expertos y de los medios de comunicación. Se trata de una agresión sin precedentes contra las personas, a las que nos es negada y expropiada nuestra facultad para autocuidarnos, para autogestionar nuestra salud. Somos reducidos a la condición de números en estadísticas y tratados como si fuéramos ganado con todo tipo de imposiciones.

Lo que hoy vemos es la expresión de un fenómeno más profundo que es el de las sociedades de la modernidad con su tendencia a expandir la dominación y el control a todos los ámbitos de la existencia humana. La obsesión por politizarlo todo, tan popular en ciertos círculos del radicalismo político, conduce a la destrucción del individuo y al sometimiento completo de la sociedad. Esto es la consecuencia de convertir lo personal en político, porque lo personal, como es la salud, no puede y no debe ser nunca una cuestión política. Porque precisamente lo político, en una sociedad libre, debe ser un ámbito limitado para que las personas tengan el mayor espacio posible para desarrollarse plenamente en el ejercicio de sus facultades. Sin individuos libres no hay sociedad libre.

La cuestión sanitaria ha sido convertida en una cuestión política. Y hoy vemos cómo es utilizada como pretexto para presentar la problemática de la pandemia como un asunto de seguridad nacional. De esta forma el Estado se afirma a sí mismo como ente responsable de brindar seguridad al público y, así, establecer todo tipo de medidas excepcionales con las que imponer un creciente control social. Medidas que presenta como necesarias y que son hechas, afirma, por el bien de quienes hoy las padecemos.

Lo cierto es más bien todo lo contrario. El Estado, desde el primer momento, nos ha regalado miedo a través de la atmósfera de pánico creada a través del ministerio de sanidad y de los medios de comunicación para, acto seguido, vendernos seguridad. Pero lo único que ha generado es inseguridad. Desde el principio ha sido, es, y seguirá siendo, una máquina implacable de matar. Esto lo vemos en cómo el Estado ha sido desde el primer momento, y sigue siéndolo, el principal propagador de la pandemia que dice combatir. Prueba de ello es que el 20% de los infectados son sanitarios, a muchos de los cuales el ministerio de sanidad les ha obligado a seguir trabajando a pesar de tener síntomas de estar enfermos, además de no brindarles de los medios necesarios para protegerse. A esto se suma el hacinamiento en las salas de espera, donde gente atemorizada por el clima de pánico creado acudió en tropel a los hospitales siguiendo las directrices del ministerio en caso de presentar síntomas compatibles con el covid-19. A esto le siguió la propagación a gran escala de la enfermedad.

El Estado no está salvando vidas, las está segando. Están quienes se contagiaron de covid-19 en hospitales y murieron, pero también están quienes estando enfermos les dejaron morir bajo el pretexto de carecer de recursos suficientes. El Estado ha aprovechado esta situación para deshacerse de población que considera un lastre por ser improductiva, como sucede con ancianos, enfermos crónicos, deficientes mentales, etc. Sus protocolos de actuación son bastante claros a este respecto: aplicar la ética utilitarista que consiste en buscar el bien del Estado, no el bien de la persona enferma. Esto significa sacrificar a esas personas que no son útiles para el Estado.

Tampoco hay que olvidarse de todas aquellas personas que, sin estar infectados de covid-19, no han podido recibir atención médica cuando lo necesitaban y que murieron por ello. A esto hay que sumar los graves trastornos que tiene para la salud el estado de alarma. En lo emocional y anímico nos encontramos con que el miedo destruye las defensas de la persona y le producen inseguridad, haciéndola enfermar y en muchos casos morir. En el plano físico aquellas personas que estaban enfermas, se ponen todavía peor debido al confinamiento, y en no pocas ocasiones eso ha producido la muerte. Pero lo peor está todavía por venir, y es el caos económico generado por esta situación que hará que muchas otras personas mueran por ver empeoradas sus ya maltrechas condiciones de vida, y que por ello enfermen y mueran. O simplemente decidan suicidarse antes que vivir en un infierno permanente. El Estado no salva vidas, las está segando a marchas forzadas.

Permitir que el Estado se haga el responsable de la salud de las personas es una completa y absoluta insensatez, además de una temeridad, que conduce a situaciones como la que hoy vivimos. La responsabilidad personal, tanto en la salud como en cualesquiera otros ámbitos de la vida humana, es esencial. Ser unos irresponsables, que es en lo que nos convierte el Estado cuando gestiona nuestras vidas, es convertirse en esclavos, y con ello vivir arrodillados frente al Estado y sus máximos representantes.

El fin de la epidemia no va a depender de lo que haga el Estado y sus funcionarios, tampoco de lo que digan o hagan médicos, expertos o medios de comunicación, ni de una vacuna o nueva medicina. De ningún modo. El fin de la epidemia, tanto de esta como de las que estén por llegar, dependerá de lo que hagamos las personas. Las personas somos las que tenemos el control, y las que debemos afirmar nuestra facultad para cuidar nuestra salud sin injerencias externas. Y con ello tomar las medidas que consideremos más adecuadas para preservar nuestra salud y la de quienes nos rodean. Si no lo hacemos nosotros, nadie más lo hará en nuestro lugar, y aprovecharán esta circunstancia para someternos, tal y como ahora lo hace el Estado. Nosotros decidimos sobre nuestra salud.

Asistimos a un proceso de autotransformación consciente y activa del Estado liberal-constitucional en Estado totalitario que imita en todo lo que puede al régimen chino. El grado de brutalidad y barbarie que está demostrando sobrepasa con creces los estándares de las sociedades de este rincón del planeta. La nueva normalidad que nos anuncian es espeluznante desde todos los puntos de vista, pues las pocas libertades de las que aún disfrutábamos serán liquidadas. De hecho ya están liquidadas por este estado de excepción encubierto. Por eso debemos dejar de lado las lamentaciones y actuar de una vez por todas mediante TODOS los medios de lucha que estén a nuestro alcance en defensa de la libertad.


“No hay que tener miedo de la pobreza ni del destierro, ni de la cárcel, ni de la muerte. De lo que hay que tener miedo es del propio miedo”.

Epicteto


Esteban Vidal

viernes, mayo 8

Paradojas del momento: buscar otra salida


En 2016 publiqué un libro titulado Colapso. La tesis principal que defendía en sus páginas señalaba que el horizonte de un colapso general del sistema que padecemos se vincula ante todo con dos grandes cuestiones: el cambio climático, por un lado, y el agotamiento de las materias primas energéticas, por el otro. Agregaba, eso sí, que en modo alguno cabía descartar la influencia de otros factores que, aparentemente secundarios, podían oficiar, sin embargo, como multiplicadores de las tensiones. Y entre ellos mencionaba, por cierto, el peso de epidemias y pandemias.

Aunque el balance que cabe registrar en estas horas tiene que ser por fuerza provisional, me parece que se abre camino un escenario llamativo. Ello es así –creo yo- por dos razones. La primera llama la atención sobre el peso de esos factores aparentemente secundarios y, de manera más precisa, sobre el ímpetu acumulado que parecen exhibir. En un principio fue, ciertamente, la pandemia. Pero a ella se han sumado, con enorme rapidez e intensidad, los efectos de una fractura social de perfiles inabarcables, los de la crisis, cada vez más visible, de los cuidados, los de una zozobra financiera que anuncia conflictos por doquier y, por dejarlo ahí, los de otra pandemia, ahora de carácter represivo-autoritario, que parece haber llegado para quedarse. No está de más que, al amparo de esta acumulación de circunstancias, se sugiera, cautelosamente, que si esto que tenemos delante de los ojos no es el colapso propiamente dicho, nos sitúa, sin embargo, en la antesala de este último.

Voy, con todo, a por la segunda de las razones que invocaba. La gran paradoja del momento presente es que las reglas que han venido marcando el derrotero de las dos grandes cuestiones que mencionaba en mi libro –el cambio climático y el agotamiento de las materias primas energéticas- han cambiado, cierto que de manera liviana, para bien. Sabido es que los niveles de contaminación han reculado en casi todo el planeta, que lo ha hecho también el consumo de combustibles fósiles y que la agresiva turistificación de los últimos años ha experimentado un freno brutal. Aunque todo, o casi todo, anuncia que estos tres procesos exhiben un carácter pasajero, tienen la virtud de recordarnos que es posible, que es urgente, mover las piezas de manera diferente.

De ello no parecen haber tomado nota ni los organismos internacionales, ni los gobiernos, ni los empresarios, ni el sindicalismo claudicante. La apuesta de todas estas instancias lo es hoy, con descaro, por un retorno al escenario anterior al del coronavirus. En muchos casos, tal vez la mayoría, el retorno acarrearía, por añadidura, un retroceso más, el enésimo, en el terreno social, en el laboral, en el de los cuidados y en el represivo. Esa apuesta, universal, de los poderes realmente existentes significa, obscenamente, que las grandes cuestiones vinculadas con el colapso quedarán aparcadas una vez más en provecho de una nueva huida hacia adelante. Inequívocamente, esta última se traducirá en el empleo de una formidable maquinaria mediática al servicio del proyecto correspondiente. Solo una escueta minoría ha entendido, entre tanto, que este es el momento de alentar transformaciones radicales que nos permitan -no ya esquivar el colapso, algo que acaso no está a nuestro alcance- adentrarnos en una sociedad nueva basada en la autocontención, en el respeto del medio natural, en una redistribución radical de la riqueza y en el final de una era, la del antropoceno, indeleblemente marcada por la miseria del capitalismo.

Alguien pensará, con criterio respetable, que un proyecto tan radical como el que propongo está de más en un escenario marcado por el sinfín de problemas, de toda índole, que en estas horas nos acosan. A manera de respuesta me limitaré a recuperar un dato, muy esclarecedor, que ha corrido por ahí los últimos días. Según un trabajo recogido en la revista Forbes, la reducción en la contaminación registrada en China en los últimos meses parece llamada a salvar 77.000 vidas, una cifra 25 veces superior a la de las víctimas oficialmente reconocidas, en ese país, de resultas del coronavirus. Da que pensar, ¿verdad?


Carlos Taibo