Cuando la multitud hoy muda, resuene como océano.

Louise Michel. 1871

¿Quién eres tú, muchacha sugestiva como el misterio y salvaje como el instinto?

Soy la anarquía


Émile Armand

jueves, mayo 19

Hegel de vacaciones

 




El fin del mundo ya llegó

pero viene en episodios.



Uno se llama Titanic, en él se hunde el mundo

pero la orquesta sigue tocando,

la derecha promete crecimiento infinito,

la publicidad dice no te conformes con menos,

la propaganda comenta que lo mejor está por venir,

la gente va al gimnasio, hace yoga

y se recupera la venta de automóviles y smartphones.



Otro se titula El dinero manda,

un musical para que el corazón lata al ritmo del capital

que justificará la desaparición de ecosistemas

la explotación de las personas,

y el exterminio de las especies.



El tercero se llama Cuatro Gatos,

y enseña a despreciar a ecologistas, anticapitalistas,

decrecentistas, anarquistas y animalistas.



El cuarto se llama Enterprise

y promete el traslado a Marte

el día que terminemos de destruir

lo que será imposible reconstruir en ninguna otra parte.



El quinto es Zombis Nazis

y plantea la necesaria eliminación del 99%

para la supervivencia del 1%,

de momento es un gran éxito

y apenas hay gente en desacuerdo

pues todos nos consideramos dentro del 1%

que se salvará.



El sexto será Corazón y enseñará

todos los atributos del posthumanismo en ciernes:

irresponsabilidad, infantilismo, apoliticismo,

consumismo e inmoralidad.



El séptimo será ¡Entre fieras!

y en él los pobres serán castigados por inadaptados

e ineficientes de cara a su necesaria eliminación.



El octavo será Raíces, para aceptar la división biológica

de amos blancos y siervos de razas inferiores.



El noveno será Tendido 0,

para combatir el sufrimiento animal

con tradición, cultura y arte de la tauromaquia.



El décimo será El Dorado,

para naturalizar la depredación de las riquezas del Tercer Mundo

y la eliminación de las comunidades nativas

por primitivas y atrasadas.



Y entre medias, repetirán ¿Todo bien?,

para bloquear cualquier síntoma de malestar

cuando haya que saludar a alguien

en este tiempo donde nada va bien.





Antonio Orihuela. Lavar carbón. Ed. Amargord. 

lunes, mayo 16

V encuentro anarquista contra el sistema tecno-industrial y su mundo

 


Durante los días 27, 28 y 29 de Mayo tendrá lugar el «V Encuentro Anarquista contra el Sistema Tecnoindustrial y su mundo». Un lugar donde encontrarnos, conocernos, debatir, difundir y afilar nuestras ideas contra la organización técnica del mundo. Pretendemos que el encuentro sea una herramienta más para combatir el sistema tecno-científico-industrial, porque pensamos que el terreno del enfrentamiento se debe concentrar en el campo del progreso tecnológico, puesto que es y será lo que trace las presentes y futuras dinámicas de la dominación sobre todos y cada uno de los aspectos de nuestra vida: sociales, políticos, económicos y ambientales. Durante la duración de las jornadas habrá un espacio para distribuidoras (aquellas que quieran montar la distribuidora en el espacio les pedimos que confirmen su presencia con antelación) y comedores 100% vegetariano.. En los próximos días difundiremos el programa completo del Encuentro, que este año se realizará en el PVA Sputnik (C/Gonzalez soto, 21, Vallecas, Madrid)

Históricamente, los sistemas de dominación han aprovechado los momentos de crisis o catástrofes para transformar el mundo, para realizar una metamorfosis del mismo. En otros tiempos esta metamorfosis fue llevada a cabo cuando el capitalismo se vio amenazado por el avance de la lucha de clases o por la necesidad de cambios económicos y productivos con los que maximizar beneficios. En nuestro tiempo vemos como la tecnocracia aprovecha las emergencias ya sean energéticas, sanitarias, económicas, climáticas… para acelerar el tecno totalitarismo que supone el mundo-máquina. Se está llevando a cabo una nueva “gran transformación”, impulsada por las élites tecno-financieras, un Gran Reinicio. Reiniciar la vida en todas sus dimensiones para imponer una nueva forma de vida y un nuevo mundo bajo los imperativo de la 4º Revolución Industrial, es decir, reiniciar la vida para someterla al mundo-máquina que persigue optimizar al ser humano y todo lo vivo para convertirlo en un engranaje más de dicho mundo. Una vez artificializada y controlada la naturaleza el objetivo ahora es el ser humano.

Tras dos años de ´emergencia sanitaria´ y sus consecuencias (sociedad ´contactless´, privación sensorial, medicalización…) nos encontramos ahora en una nueva crisis debido a la emergencias energéticas, climáticas, etc. que supondrán, igualmente, unas consecuencias que nos dirigirán hacía el tecnototalitarismo y, en todas ellas, podemos encontrar algún formato de la guerra. Observamos entonces que las diversas formas de emergencia son utilizadas como una nueva forma de dominación, de mantener a la población bajo los imperativos de la tecnocracia, una nueva forma de crear miedo y sumisión a la población que desposeída de libertad y autonomía aumenta su fe ciega en la salvación que le promete el sistema tecno científico. La guerra y las emergencias se convierten en nuevas formas de dominación, tras dos años de guerra “contra el virus” que realmente ha sido una guerra contra la población. Por un lado, mediante la privación sensorial (técnica usada durante las guerras) que supusieron el confinamiento y la distancia social, por otro lado, mediante la medicalización en forma de inoculación de sueros de reprogramación celular (1) que siguen produciendo miles de heridos y asesinados y por último, supuso la destrucción de las relaciones sociales ahora mercantilizadas e informartizadas en la nueva sociedad cibernética. La actual guerra entre Ucrania-Rusia, detrás de la cual se esconde una guerra entre élites tecno finacieras (2), está provocando la aceleración de una serie de emergencias: la emergencia energética, que conduce y acelera el proyecto de la tecnocracia de la instauración de las llamadas “energías renovables” y las ciudades sostenibles, automatizadas e inteligentes dirigidas por patrones algorítmicos y la emergencia económica, tras la ruptura de la cadena de suministros que da lugar a la subida de la carestía de la vida y a la escasez de ciertos alimentos se aceleran diversos proyectos como la biología sintética alimentaria, los transgénicos (España es el primer país europeo que tras esta crisis acepta los piensos transgénicos para animales que obviamente acabarán en nuestros cuerpos), igualmente, en este campo se acelerarán los proyectos de la agricultura 4.0 y las ´soluciones basadas en la naturaleza´.. Algo parecido a lo que sucedió tras la ´emergencia sanitaria´ en la que una parte importante de la población empezaba a aceptar que los animales producidos por la industria alimentaria fuesen modificados genéticamente para evitar que cogiesen enfermedades o transmitiesen virus. Igualmente la crisis económica “producida” por la guerra acelera el proyecto de las monedas digitales,(Rusia junto al resto de los paises que conforman el grupo Brics ha creado ya una moneda virtual para la realización de transaciones) la automatización y robotización del mundo laboral y otros como la renta básica, que posiblemente será una cartilla de racionamiento ajustada al comportamiento de cada individuo controlado en cada momento y a cada paso por la sociedad cibernética. Esta nueva forma de dominación deshace totalmente la diferencia entre la guerra y la paz, “la paz es la continuación de la guerra por otros medios” (3), las zonas de guerra y las zonas de paz se entremezclan y confunden, la guerra o la ´emergencia´ ya no es algo alejado de nuestro ambiente, como en tiempos pasados, sino que pasan a formar parte de nuestra vida cotidiana, que se ve rodeada de cientos de aparatos militares como internet, geolocalización, teléfonos inteligentes, prótesis, drones…que facilitan más el ambiente militarista y securitario.

Estas ´emergencias´ junto a la climática nos conducen a una nueva forma de vida donde el comportamiento y la conducta de cada individuo quedarán reguladas en base a los imperativos sanitarios, climáticos, económicos que marque cada ´emergencia´. Unas emergencias que permitirán el asalto definitivo de la sociedad industrial a todas las esferas de la vida, permitirán una aceleración tecnológica que supere los límites conocidos hasta ahora imponiendo la forma de vida tecno industrial en el último rincón del planeta y en todo lo vivo que habita en el planeta, un control del comportamiento y de conducta que nos acerca al ´sistema de crédito´ existente en China, es decir, a una sociedad hipertecnologizada y controlada. Las nuevas formas de regular y dominar la vida en función de las diferentes emergencias irán acompañadas del proyecto de la identificación digital. Hemos visto como la llamada ´emergencia sanitaria´ ha dado lugar a la imposición del ´Green Pass´ una identificación digital (con datos personales y sanitarios) que te permitía en función de aceptar o no las nuevas regulaciones sanitarias acceder a determinados servicios. Este proyecto de identificación digital liberticida y segregacionista se extenderá al resto de emergencias, ya hemos visto como en Ucrania para recibir las ayudas dadas a la población por las consecuencias de la guerra es necesario poseer una identificación digital que incluye datos sanitarios y biométricos.

La sociedad cibernética que persigue la desaparición del mundo físico y la deshumanización es la principal valedora de la identificación digital, desde el proyecto ID2020 hasta la “billetera digital” de IBM. La identificación digital supone el control absoluto de nuestras vidas ya que todos nuestros datos de comportamiento, de movimientos, biométricos, etc.. quedarán recogidos en ella. La digitalización de todas las dimensiones de la vida es un proyecto conductista con el fin de dirigir nuestro comportamiento. Las emergencias, las crisis, las guerras hacen de la vida y la muerte algo aterrador predisponiendo a la población al sueño de una victoria tecnológica en un mundo imprevisible.

 

HACIA EL PROYECTO TRANSHUMANISTA

La ´emergencia sanitaria´, y las que vienen, suponen una aceleración tecnológica y una aceleración del proyecto transhumanista. El transhumanismo pretende no solo transformar el mundo sino a los propios seres humanos, optimizarlos, mejorarlos y `aumentarlos´para adaptarlos al mundo-máquina. Mejorar al humano mediante hibridaciones con la máquina o mediante intervenciones sobre su biología, modificando y mejorando sus aptitudes físicas y cognitivas, convertir al humano en algo funcional, en una máquina.

Dentro de este proyecto transhumanista se ha dado un gran salto mediante los sueros de reprogramación celular, escondidos bajo el nombre de vacunas. Supone un salto hacia adelante en el nuevo paradigma biomédico que pretende controlar, y mejorar, los procesos vitales de los seres humanos mediante las nuevas técnicas para manipular y artificializar procesos básicos en los niveles molecular, celular y genético. El transhumanismo ve el cuerpo como un objeto manipulable, moldeable y mecanizable, algo funcional a sus necesidades: la ingeniería genética, xenotransplantes, medicina personalizada desarrollada a la medida del genotipo de cada persona, reprogramación de células madre, terapias génicas, regeneración de órganos in vitro, etc. abren un enorme camino a la idea de un cuerpo maleable. Este nuevo paradigma biomédico no se centra en eliminar patologías como el anterior sino que pretende controlar, administrar, modificar y redefinir nuestras propias capacidades vitales, supone un paso hacia el cuerpo transhumano, un aumento cualitativo de la capacidad de modificar nuestro metabolismo, nuestros órganos y nuestro cerebro. Por ello para nosotros, la importancia de esta nuevo paradigma biomédico, va más allá del artefacto de la “vacuna”, es el control sobre los procesos biológicos con el fin de controlarlos y artificializarlos. El objetivo como decíamos ya no es curar enfermedades, sino mejorar al ser humano, las diferentes formas de biomedicina desde las terapia génicas hasta la reprogramación celular fabrican no sólo un nuevo órgano o cuerpo sino que también fabrican una nueva forma de entender la vida y de estar en el mundo bajo los dictados de la tecnocracia.

Este control y artificialización de los procesos vitales abre el camino de la eugenesia (recientemente se decodificaba el genoma completo de un feto), los avances en tecnología de secuenciación genética harán posible la intervención técnica en su organismo para moldearlo en base a los patrones de salud del capitalismo. Hoy es en base a la salud, mañana en base a cualquier otro patrón de las necesidades capitalistas que mercantilizan e instrumentalizan los cuerpos. Este descubrimiento obviamente potenciará la eugenesia que se esconde detrás de los diferentes procesos de la reproducción asistida mediante la cual se fabrican, perfeccionan y seleccionan bebés. Todo ello supone la mercantilización absoluta de la vida y sus diferentes procesos.

La edición de genes mediante la técnica Crispr/cas9 (que permite modificar genes con sencillez y precisión), la reprogramación celular, órganos artificiales, etc. son una parte del nuevo paradigma biomédico al que acompañarán la sensorización del cuerpo, mediante nanosensores y tecnologías ponibles que monitorizarán nuestro cuerpo y dirigirán nuestro comportamiento de nuevo en base a los patrones de salud capitalistas.

Si el Proyecto Genoma Humano cambió el paradigma científico y médico lo mismo ocurrirá cuando se produzca el mapeo completo del cerebro humano que es lo que pretende el proyecto estadounidense Brain, intentando descifrar todas las redes neuronales y sus funciones mediante las nuevas neurotecnologías. De nuevo, controlar los órganos y modificarlos con el fin del paradigma biomédico, ya mediante técnicas como el electromagnetismo, que se han utilizado para desactivar sistemáticamente ciertas partes del cerebro sin necesidad de intervención quirúrgica, la estimulación cerebral profunda o la optogenética, que ya ha conseguido controlar ciertos comportamientos en animales, o la posibilidad mediante electrodos de que tu cerebro maneje las prótesis mecánicas colocadas en el cuerpo. Todas estas técnicas persiguen el control del cerebro, una visión del cerebro como una máquina, como un reloj con ruedecillas y engranajes. Para ellos la mente, al igual que el cuerpo, no es más que un software que programar y desprogramar. Mecanizar al humano mediante la hibridación con la máquina uno de los objetivos transhumanistas.

El proyecto transhumanista se basa en la instrumentalización de las personas por la técnica, pretende mejorarnos virtual o genéticamente de forma que cree en los individuos un nuevo estatus ontológico, rediseñando la condición humana. La digitalización de la vida en todas las dimensiones, el Internet de la cosas, las personas y los animales nos convierte en información, en datos, en algo mensurable y controlable. Si cada persona u objeto sobre la faz de la tierra transmite información continua sobre su estado, sus necesidades, sus emociones etc. convierte a lo existente sobre el mundo en algo vigilado (a tiempo real) y controlado.

Esta digitalización, mediante la Inteligencia artificial, el Big Data, el internet de las cosas nos lleva a la monitorización completa de nuestras vidas y a la predicción de nuestro comportamiento que será sugestionado por patrones algorítmicos. Vigilados y conducidos. Pero desde una dictadura dulce que nos hace creer libres, de la servidumbre voluntaria a la felicidad inducida, de la esclavitud a la servidumbre feliz dentro de una prisión digital, del trabajo os hará libres a la digitalización os hará libres, nunca una sociedad tan esclava, tan sumisa como la de hoy se había sentido tan libre. Vivimos en una prisión digital que da lugar a un contexto de paz colectiva, caracterizado por la total ausencia de coacciones o amenazas, “no se ve que haya reacción ni opresión… todo va a mejor en el mejor de los mundos”(4). El proyecto cibernético es un proyecto liberticida y ecocida que modele nuestro comportamiento, nuestras emociones, nuestra experiencia y destruya el planeta mediante su necesidad insaciable de de minerales, tierras raras, energía…

Ahora más que nunca es el momento de rechazar la ciencia, la tecnología y el progreso que nos llevan al abismo, rechazar los postulados izquierdistas y posmodernistas que buscan la “salvación” en la técnica, rechazar la artificialización del mundo, de nuestras vidas y cuerpos, proyectar una crítica y una praxis hacia al sistema tecno científico y su mundo racional, negarnos a la mecanización y robotización de nuestras vidas hoy es más necesario que nunca ante el advenimiento de un mundo tecno totalitario. Continuar la lucha por sus múltiples caminos y los que quedan por hacer.

Contra toda autoridad, contra toda nocividad, por la anarquía.

 

1. Mundo Laboratorio: vacunas, pasaportes, dictadura sanitaria.
 

2. Walter Fomento. En la transición hacia una nueva Civilización. La confrontación militar en Ucrania., destacar también el texto de Pablo Hernandez “La implantación mundial del comunismo de los ricos, por los ricos y para los ricos” y “El nuevo orden mundial que nos preparan con el pretexto de la guerra de Ucrania”

3. G. Anders. Filosofia de la situación, Los libros de la catarata. 2007
 

4. Rosa Luxemburgo. Reforma o Revolución. 1899

  1.  

    https://contratodanocividad.espivblogs.net 

viernes, mayo 13

Israel siembra muerte en la Palestina ocupada: La ocupación que no importa a la comunidad internacional

 


Hace dos meses, cuando Vladimir Putin anunció la invasión de Ucrania, la comunidad internacional, de manera casi unánime, se escandalizó. Y con razón. Desde entonces, el ejército ruso controla distintos territorios del Este y Sur de Ucrania, ha provocado centenares de muertes de civiles y el desplazamiento – interno y exterior – de millones de personas. De la noche a la mañana, las ucranianas se han visto sometidas por una fuerza extranjera, que mata a quienes se le resistan y anexiona sus tierras a un Estado del que no se consideran propios.

Esta situación, sin duda, es terrible. Y, por una vez, parece que hay una mayoría de personas en el mundo que así lo entienden. Gobiernos de todos los colores han hecho declaraciones contra Putin y han impuesto duras sanciones contra el pueblo ruso; Estados tanto liberales, como autoritarios e incluso otros con elementos socialistas han condenado la invasión; anarquistas, pacifistas y activistas de todo el mundo se han manifestado contra la guerra de Putin; y organizaciones indígenas como el EZLN han publicado comunicados condenando al ejército ruso.

Sin embargo, si hablamos de la ocupación del Estado de Israel sobre el territorio palestino e intentamos trazar una analogía con lo que sucede en Ucrania, el discurso cambia por completo. Pese a que Israel no respeta la legalidad internacional y ha desobedecido cualquier resolución de la ONU sobre los asentamientos ilegales desde 1967, la comunidad internacional enmudece ante una ocupación que se lleva produciendo desde 1948(1).

Lejos de destensarse la situación en Palestina con el paso de los años, la cosa va empeorando. En el mes de mayo de 2021, según un informe de la ONU de 25 de marzo de 2022, el ejército israelí mató a 261 palestinos – al menos 130 eran civiles y 67 eran niños – en Gaza y aplicó castigos colectivos en Jerusalén Este(2). Asimismo, la policía israelí acabó con la vida de 74 personas – 17 de ellos niños – y tildó de “organizaciones terroristas” a seis prominentes ONGs palestinas.

Un año después, el mes de abril de 2022 ha sido otro de extraordinaria violencia en la Palestina ocupada. Según la Oficina de la ONU para la coordinación de Asuntos Humanitarios, en la primera quincena de abril murieron 18 palestinos, después de que el primer ministro israelí, Naftali Bennett, diera la orden al ejército de librar una guerra contra el “terrorismo”. También ha coincidido con la publicación de un informe de Amnistía Internacional que detalla “cómo Israel impone un sistema de opresión y dominación a la población palestina en los lugares donde tiene el control de los derechos de ésta” y, por primera vez, define el régimen israelí como uno de Apartheid. Esto abarca a los palestinos y palestinas que viven en Israel y los Territorios Palestinos Ocupados y también a la población refugiada desplazada en otros países, según la ONG.

Descarga del Informe de Amnistía Internacional en PDF.

Estos datos se traducen en que, al cierre de esta edición, el número de palestinos muertos en lo que va de 2022 asciende a 48cinco veces más que en el mismo periodo de tiempo en 2021, antes de las matanzas que se produjeron en mayo –. Entre las víctimas de los últimos días se encuentra Ghada Ibrahim Sabatien, madre de seis criaturas que fue disparada pese a encontrarse desarmada por acercarse a soldados, o Muhammad Assaf, un abogado que llevaba a su sobrino al colegio y que se llevó un tiro en el cuello por pararse a observar una intervención militar. Decenas de nombres, tras los cuales se encuentran personas a las que les han arrebatado la vida, que no caben en estas páginas.

Frente a las acciones del régimen israelí, grupos activistas como la campaña BDS (boicot, desinversiones y sanciones) proponen forzar el cambio mediante la presión popular internacional al Estado de Israel. Y es aquí donde los distintos Estados del mundo nos muestran su tremenda hipocresía: la propuesta es la misma que los países de la UE y EEUU están implementando actualmente contra Rusia (las sanciones), pero se niegan a obligar a Israel a acatar la legalidad internacional con ellas porque “no es justo” para el pueblo israelí (como si fuera justo que el pueblo ruso sufra las sanciones por lo que hace su Estado), o porque “no son efectivas”. Y, de esta manera, el régimen de Apartheid israelí se perpetua.

Y es que, como apunta una declaración del Comité Palestino BDS, «la cálida bienvenida de los países del Occidente a las persona ucranianas, contrasta fuertemente con la forma en que estos países han tratado a las personas morenas y negras que llegan a sus costas y fronteras pidiendo asilo. Por el contrario, son tratadas con racismo y bloqueadas con muros para evitar su ingreso, mueren ahogadas en los duros trayectos, y se ven forzadas a separarse de sus familias. Esta misma intolerancia y  maltrato han tenido que experimentar las personas no blancas de Ucrania que buscan refugio. Este doble estándar de los países del Occidente es doloroso, irritante y humillante para los pueblos del Sur Global, incluido el pueblo palestino. Después de todo, el régimen de apartheid, ocupación militar y colonialismo que Israel ha ejercido por décadas contra la población palestina, es armado, financiado, protegido y mantenido impune por los mismos países del Occidente-particularmente Estados Unidos, el Reino Unido y la Unión Europea-que hoy promueven sanciones contra Rusia y acogen con los brazos abiertos a las personas refugiadas de Ucrania.  

Insistiendo en la igualdad del valor de todos los seres humanos y de sus derechos inalienables, el movimiento de Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS), realiza campañas para terminar con la complicidad con el régimen de opresión de Israel que niega la libertad, la justicia y la igualdad a la sociedad civil palestina. El reverendo Martin Luther King Jr. describió una vez los boicots por la justicia racial como «retirar… la cooperación con un sistema malvado». De hecho, el BDS está presionando a los Estados, a las empresas y a las instituciones para que pongan fin a su cooperación directa e indirecta con el régimen de Israel, que está matando, limpiando étnicamente, negando derecho a regresar a casa de miles de personas palestinas refugiadas, encarcelando, robando tierras tierra, asfixiando en bantustanes cada vez más pequeños y asediando a dos millones de personas palestinas en el campo de prisioneros al aire libre de Gaza. Claramente la Nakba aún no termina. 

Como movimiento antirracista y no violento, que defiende los Derechos Humanos, el BDS ha generado sistemáticamente campañas de boicot a las empresas e instituciones por su complicidad, no por su identidad. El BDS no se dirige a individuos ordinarios, incluso si están afiliados a instituciones cómplices. 

Los actuales boicots occidentales, que se imponen a Rusia, que se basa en su identidad o en sus opiniones políticas son, por tanto, antitéticos ante los principios éticos del movimiento de BDS. Los principales medios de comunicación occidentales, incluido un artículo sorprendentemente justo del New York Times, han comenzado a develar este hecho, comparando favorablemente el boicot «mucho más sofisticado», institucional y basado en la complicidad que ejerce el movimiento BDS a Israel, con los boicots alarmantemente xenófobos, basados en la identidad y macartistas que hoy los Estados del Occidente están ejerciendo contra la sociedad Rusa. 

Estas medidas, fomentadas por unos medios de comunicación Occidentales profundamente racistas, chovinistas y tendenciosos, han incluido el boicot a las películas rusas, a las figuras culturales (incluidos Tchaikovsky y Dostoevsky, ¡que murieron a finales del siglo XIX!), a los académicos (excepto a los que denuncian públicamente la invasión) e incluso a los gatos rusos. Un profesor de «ética» médica de Nueva York instó a las empresas farmacéuticas a dejar de vender medicamentos a Rusia diciendo: «Hay que pellizcar al pueblo ruso… con productos que utilizan para mantener su bienestar. La guerra es así de cruel». Un hospital de Alemania -un Estado que defiende el apartheid israelí, que se caracteriza por un racismo anti-palestino y por macartismo anti-BDS-ha anunciado que dejará de recibir pacientes rusos, en una vergonzosa violación del juramento hipocrático

La hipocresía Occidental ha infectado a las instituciones internacionales dominadas por el mismo Occidente. La FIFA, el Comité Olímpico Internacional, la UEFA, Eurovisión, el masivo programa de investigación académica de la UE, Horizon, entre otros, han rechazado durante años las demandas del BDS de excluir al apartheid israelí, bajo el fundamento de que «el deporte está por encima de la política», «la investigación académica está por encima de la política» y «el arte está ciertamente por encima de la política». Más aún, atletas que han solidarizado públicamente con la sociedad civil palestina, han sido fuertemente multados e incluso desplazados durante muchos años, mientras que atletas y equipos nacionales que boicotean a Rusia en solidaridad con Ucrania han sido activamente alentados y recompensados por los mismos organismos deportivos. Ante esta realidad, algunos reconocidos deportistas árabes han comenzado a denunciar valientemente esta hipocresía y doble estándar. 

La Corte Penal Internacional (CPI) desperdició años de disputas antes de abrir finalmente una investigación (que aún no ha dado ningún paso concreto) sobre los crímenes israelíes contra el pueblo palestino, incluida la masacre de Israel en Gaza en 2014, que mató en pocas semanas a más de 500 niños y niñas palestinas. Sorprendentemente-y por el contrario de las acciones de la CPI ante los vejámenes que vive la población palestina- días después de la invasión rusa, la CPI rápidamente comenzó un proceso para abrir una investigación.

La hipocresía y la rapidez con la que todas las entidades dominadas por Occidente boicotearon, expulsaron y sancionaron de uno u otro modo a Rusia y a la ciudadanía rusa, envían un mensaje claramente racista a los palestinos, yemeníes, iraquíes, afganos y muchos otros, de que sus vidas y derechos como personas de color no cuentan. Irónicamente, estos hechos y declaraciones que los justifican, desvalidan los argumentos anti-BDS que por 17 años Israel y los países del Occidente han propagado con el objetivo frustrar las campañas en búsqueda de justicia. 

A pesar de que la justificación para no realizar BDS a Israel ha sido por décadas que «los negocios están por encima de la política», hoy vemos que de repente cientos de empresas occidentales han puesto fin a todos los negocios en Rusia para protestar por la invasión de Ucrania, pero ninguna de ellas ha condenado las salvajes y mortíferas invasiones estadounidenses de Iraq y Afganistán. Por ejemplo, McDonald’s mantiene una sucursal en la Bahía de Guantánamo, el campo de tortura más grande del mundo. Otras de estas empresas, como HP, Hyundai, Caterpillar, General Mills y Puma, han estado bajo la mira del movimiento BDS por su apoyo activo a la ocupación militar y el régimen de apartheid israelí. Airbnb, que se retiró de Rusia a los pocos días de iniciarse la invasión, sigue promoviendo anuncios en asentamientos ilegales israelíes construidos en tierras palestinas robadas, lo que constituye un crimen de guerra. 

También es fundamental aclarar la legalidad y la moralidad de las sanciones. Los Estados y las organizaciones interestatales pueden imponer sanciones con la condición de que éstas tengan por objeto poner fin a violaciones graves del derecho internacional, como la agresión, la anexión, la dominación colonial, o el apartheid, sin discernir entre los Estados perpetradores. Para ser legales, las sanciones deben respetar los Derechos Humanos fundamentales y las obligaciones humanitarias, y ser proporcionales a la gravedad de la violación. Sin embargo, las sanciones impuestas por Estados Unidos se han aplicado de forma selectiva para favorecer los intereses geopolíticos y, cuando se dirigen a Estados del Sur Global en particular, han sido diseñadas en su mayoría para devastar a la gente corriente con el fin de lograr, en última instancia, un «cambio de régimen». En algunos casos, como el de Irak, estas sanciones han tenido resultados genocidas. 

Por el contrario, el BDS, y con él la sociedad civil palestina, pide sanciones selectivas, proporcionales y legales que tengan como objetivo acabar con el sistema opresivo de apartheid, colonialismo y ocupación de Israel, sin perjudicar a la gente corriente. Esto incluye un amplio embargo militar y de seguridad, cortar los vínculos financieros con los bancos que financian el apartheid y los asentamientos, y expulsar al apartheid israelí de los Juegos Olímpicos, la FIFA, Horizonte y otros organismos internacionales. Por otro lado, cortar el suministro de alimentos, medicinas y otros bienes básicos, como suelen hacer las sanciones de Estados Unidos, nunca puede justificarse moral o legalmente«.


1.-Para más información sobre la historia de la ocupación israelí de Palestina, nos remitimos a nuestro artículo “Crónicas del Apartheid y de la Guerra”.
 

2.-Sobre las brutales matanzas perpetradas por Israel en Jerusalén Este y Gaza en mayo de 2021, recomendamos nuestro artículo “Limpieza étnica en Sheikh Jarrah y bombardeos israelíes sobre Gaza”.

 

https://www.todoporhacer.org 

martes, mayo 10

Guerra comunicativa: El relato dominante como otro frente de batalla de la Guerra de Ucrania

 

Si bien hay algo de lo que no andamos escasas en el siglo XXI, es de saturación de información. El periodismo ha tendido a convertirse en puro marketing para envolver un caramelo envenenado. La búsqueda de sensacionalismo, de morbo social, del relato personalizado de confortable digestión, la microhistoria, y la tendencia a convertir en meme toda información, han conseguido hacer de la crítica informativa una pieza de ajedrez fundamental completamente eliminada. La proliferación de informaciones debido al crecimiento de las redes sociales, han convertido escenarios bélicos como la Guerra en Ucrania en un campo de batalla de fake news que, como misiles, pretenden generar un relato dominante donde es muy complicado introducir una vía de antibelicismo activo, de apoyo mutuo militante y una voz contra la violencia del imperialismo.

No todas las guerras importan mediáticamente lo mismo

Los medios de comunicación han estado antes (la guerra en realidad comenzó en el 2014) y durante este conflicto actual intoxicando mediáticamente, y se han expuesto las contradicciones de estos grandes medios sobre el tratamiento informativo de este conflicto bélico respecto de otros anteriores. Tanto en su lenguaje comunicativo, como en las sanciones sociales y culturales contra Rusia, o el tratamiento a las personas refugiadas a diferencia de otras guerras. Y es que el lema No a la Guerra, actualmente llega muy tarde a este conflicto y desprovisto de contenido. A veces, incluso los colectivos sociales, plataformas anticapitalistas o algunas individualidades a la izquierda, vemos que nos acercamos a la información con una mirada muy panfletarista. No tenemos que estar completamente de acuerdo con lo mencionado en un texto como si se tratase de un catecismo, ni tampoco rechazar sistemáticamente noticias de grupos activistas sobre el propio terreno y que quieren dotarnos de ciertas claves de contexto. Es interesante revisar otras estrategias comunicativas y textos en otras latitudes, como la Red Antimilitarista de América Latina y el Caribe, o un comunicado de las zapatistas del sureste mexicano sobre el conflicto en Ucrania; una apuesta por poner un poco de cordura sobre la guerra.

Numerosas guerras o agresiones militares de la pasada década (actualmente están activos una veintena de conflictos abiertos ante el olvido de la comunidad internacional, principalmente en África y en Asia), no han ocupado de manera tan enérgica tanto espacio mediático como la actual Guerra en Ucrania. Obviamente este hecho no solo esconde una hipocresía moral que a estas alturas es demasiado evidente, sino que atesora motivos de carácter estratégico, geopolítico e ideológico en el bloque internacional de la OTAN, del que forma parte el propio Estado español, alineado con la Unión Europea y EEUU. Sin ir más lejos, la industria armamentística española vendió más de 2.800 € millones en armas a los países involucrados en la guerra de Yemen, pero eso poco importaba. Actualmente los medios de comunicación han lanzado una campaña sensacionalista, que lejos de tener como objetivo informar convenientemente, ha continuado la estela marcada en estos últimos años respecto de la situación bélica creada en Ucrania y que supusieron el germen del conflicto, su invisibilización sistemática.

Estos intereses muchas veces no son solo materiales, y no se pueden reducir a cuestiones energéticas o mercados concretos, sino a múltiples factores; y por supuesto, también son un pulso geopolítico a muchos niveles contradictorios y complejos entre sí, y que hacen complicado sintetizarlos. En un mundo multipolar como el que vivimos ya no podemos hablar de bloques ideológicos enfrentados como en tiempos de la Guerra Fría del siglo pasado, sino de diversas versiones distintas de imperialismo y autoritarismo, bajo el marco de un mismo sistema económico neoliberal. Ese sensacionalismo del que hablamos reduce los conflictos armados a historias individuales, y sin embargo, algunos periodistas que cubren conflictos bélicos nos advierten que no hay nada más colectivo que una guerra, y hay que situarlos en la historia y en el análisis geopolítico. Además, con toda esta intoxicación mediática actual, se pone de relieve la dificultad con la que en el futuro nos encontraremos para construir una digna memoria del conflicto y la violencia bélica.

Algunos periodistas, que a día de hoy trabajan como freelance, se exponen a enormes peligros. Se ha reportado la muerte de al menos cinco periodistas en Ucrania, y 35 heridos por el conflicto bélico. En el Estado español lleva semanas denunciándose el caso del periodista vasco Pablo González, detenido en la frontera polaca, y acusado de espionaje por este país. Las investigaciones de su detención han sido en colaboración con los servicios de inteligencia ucranianos, y el CNI español, que llegó a interrogar a su familia en Euskadi. Este periodista ha sido incomunicado en una prisión de Polonia, exigiéndose al Estado español tome cartas en el asunto y permita que se entreviste con su familia y con su abogado libremente. Un caso represivo al periodismo que vulnera hasta 18 artículos de la Carta de Derechos Fundamentales de la propia Unión Europea. Por otro lado, se han puesto sobre la mesa algunos debates que ya estaban sentenciados previamente y dirigidos, como el de la censura a medios rusos como Sputnik o Russian Today, así como la excepcionalidad en Facebook de enaltecer apoyos y violencias si son dirigidas contra objetivos rusos. El incremento de la rusofobia y la profundización del cliché de lo ruso como el enemigo, ha alcanzado peligrosas líneas rojas.

La guerra permanente que el capitalismo alimenta

La propaganda, la diplomacia, las acusaciones cruzadas, los bulos… son otra manera de hacer la guerra. Algunas plataformas como Newtral (periodismo tecnológico y verificación de fake news), Maldito Bulo (periodismo para que no te la cuelen), o Al Descubierto (medio especializado en desenmascarar la ultraderecha), han venido haciendo una intensa labor en el sentido de destapar fake news. También desde Descifrando la Guerra, plataforma especializada en conflictos internacionales y geopolítica, han tratado de poner luz sobre la desinformación de la Guerra en Ucrania. Estas informaciones con fines propagandísticos son un factor determinante para legitimar socialmente ciertas políticas de restricción de libertades colectivas o dar pasos adelante en el incremento generalizado de los presupuestos militares, como está pasando en todos los países de la Unión Europea respecto de la OTAN, organización que debería haberse disuelto hace ya varias décadas.

Esta guerra comunicativa no es selectiva, es una guerra que va dirigida a todo el mundo, pues anula nuestra capacidad de sensibilizarnos, esas informaciones deciden por nosotras lo que debemos pensar o de qué manera debemos sentir. Se fomenta una infantilización de las personas civiles que sufren esas violencias, les tratamos de marionetas como los trata el poder. No sabemos gestionar la rabia que supone hacia dónde dirigir la resistencia sin apoyar estructuras oligárquicas y autoritarias a un lado u otro de la trinchera; y es difícil porque la guerra en el mundo capitalista es eso, apoyar la barbarie. La guerra permanente, mencionada recientemente en una publicación de Daniel Treviño, hace referencia a un concepto real, y es que el propio capitalismo genera explícitamente guerras, y narra su relato sobre ellas. Un conflicto entre intereses privados e intereses colectivos. Este conflicto en Ucrania lo han relatado como algo genuino, inesperado y aparecido de la nada, obviando los muchos niveles de autoritarismo y guerra previa de intereses privados y sesgados. De esta manera se justifica el conflicto y lleva a una reducir a los sujetos en liza en buenos o malos, y el discurso a un mero enfrentamiento entre ideologías morales. Y no está vacío de ideología, por supuesto, pero responde a cuestiones económicas y a intereses materiales de dominadores que desean seguir dominando, y los vencidos siempre somos las poblaciones. La mejor representación de esto es ver a mandatarios enemigos ante una mesa escenificando un teatro de tregua, mientras sus ejércitos privados, compuestos por máquinas de matar, que algún día fueron jóvenes expuestos a violencias sociales, están coordinadamente educados para matar al enemigo.

Sumarse a la resistencia no solamente es empuñar un arma, eso es quizá la respuesta fácil, matar al de enfrente, sobre todo cuando las armas llevan la huella del autoritarismo ruso o del imperialismo de la OTAN. Hay quienes se suben al carro del relato de las guerras como conflictos genuinos desprovistos de contexto y acciones previas que llevan a esa enajenación militarista. Hay quienes denunciamos día tras día la guerra permanente del capital contra los pueblos de todo el mundo. Una tercera vía es necesaria, no solamente en lo político, también en lo intelectual y sensiblemente, que confronte los discursos hegemónicos.

El miedo instaurado sobre guerra nuclear, es un miedo con el que juegan, porque es el perfecto aliado de la irracionalidad y del estado de shock que el capitalismo necesita. Por ello mismo, se necesita de cierta frialdad mental sin inconsciencia para tratar de separar el grano de la paja. No todas las guerras valen lo mismo, ni todos los muertos, ni todas las personas refugiadas, y esa es la conclusión de un relato escrito desde la clase dominante para continuar controlando la narrativa de lo que podemos conocer. Se evidencia nuevamente, igual que como con la pandemia del Covid-19, quién tienen el control sobre los relatos; y si nos roban la capacidad de crear narrativa de la realidad, nos roban todo.

 

https://www.todoporhacer.org 


 

sábado, mayo 7

Pensar la violencia estatal

 

 

Desde las fronteras a los espacios de encierro, pasando por el sufrimiento social provocado sobre poblaciones excluidas, una arquitectura violenta subyace a la cotidianidad pacificada que habitamos 

 

Pensar la violencia de estado exige comenzar a recorrer una madeja que nos abre a múltiples ramificaciones, a una heterogeneidad abigarrada de actores, de tiempos, de espacios. Y no hay un trazado evidente para recorrer esa madeja, una guía ya establecida que habría de orientarnos. Es necesario repensar continuamente el modo en que nos adentramos en esa madeja, las formas en las que podemos dar cuenta de sus condiciones de posibilidad, la manera en que nos acercamos a su ejercicio indisimulado y a su opacidad encubierta. No es fácil. Pero no sólo por esa heterogeneidad que la atraviesa, por los distintos grados de (in)visibilidad o (in)acción que posee. No es fácil porque la violencia estatal nos pone ante un espejo. Pensarla es pensarnos, sentir lo que (nos) hace.

La violencia siempre tiene muchos rostros (la exclusión, el daño corporal, la producción de muerte), muchas implementaciones (en la decisión tomada, en el golpe que hiere, en la norma fría que se aplica), muchas dimensiones (estructurales, cotidianas, simbólicas, físicas). Podemos centrarnos en esos rostros, en esas implementaciones, en esas dimensiones. Pero es preciso no olvidar algo que atraviesa todo ello: que la violencia estatal rara vez se entienda como hecho puntual.

Sí, hay hechos concretos, situaciones que nos impactan y horrorizan. Pero eso que sucede siempre tiene su contexto de posibilidad, su conexión con otros hechos, su propia forma de propagarse a otras situaciones. Hay un espesor que subyace a cada episodio de violencia estatal, un trasfondo que es preciso rastrear para saber hasta dónde llega y desde dónde viene. La violencia, cuando vuelve a emerger, porta ya una caja de resonancias en la que cabe oír el eco de otras violencias.

Pensar la violencia estatal es pensar esa caja de resonancias buscando hilos que conecten los distintos hechos puntuales que componen la madeja, trenzando relaciones que imbrican lo que permanecía escindido, mostrando, en definitiva, el espesor abigarrado de unas violencias que siguen anidando en unas democracias que se vuelven contra sí mismas. Podemos sugerir, a modo de mínima muestra, un poco al azar, una serie de hechos.

Escenas de violencia estatal

A finales de 2021 el ministerio de Interior concede la Medalla de Plata al Mérito Policial a un comisario que había sido condenado por torturas en 1994 (una de esas tantas noticias inasumibles que no desatan ninguna polémica relevante). En el último informe del Comité para la Prevención de la Tortura (CPT) del Consejo de Europa, relativo a su visita a España en septiembre de 2020 y publicado en noviembre de 2021, se vuelven a recoger toda una serie de malos tratos y prácticas punitivas que pudieran catalogarse de tortura y que se desprenden tanto de las inspecciones realizadas en algunas actuaciones policiales (pidiendo, una vez más, que se elimine la situación de incomunicación bajo custodia policial), como de las visitas realizadas a algunos establecimientos penitenciarios, a hospitales psiquiátricos penitenciarios y a un centro de menores. A todo ello se podría sumar la denuncia, recurrente aún mas en tiempos pandémicos, de un incumplimiento de medidas sanitarias o de la imposición de situaciones de aislamiento en centros penitenciarios.

A finales de 2021, la Unión Europea comunica que se muestra favorable a la financiación de un reforzamiento arquitectónico de la frontera entre Polonia y Bielorrusia con el fin de contener un tránsito migratorio que, sumido en unas condiciones de extrema precariedad vital, ya ha originado muertes. Dicha postura, lógicamente, está en consonancia con una política de largo alcance en la que se están externalizando, tecnologizando y militarizando las fronteras con el fin de contener  (pero también de filtrar) la llegada de migrantes. La importancia concedida a lo securitario avala así el establecimiento de acuerdos de vigilancia fronteriza con países como Libia (en donde la situación de los migrantes está atravesada por la deshumanización y la tortura), o el reforzamiento expansivo de la agencia policial FRONTEX para la vigilancia de las fronteras exteriores; una agencia, por cierto, acechada en los últimos tiempos por acusaciones de irregularidades y opacidad en el ejercicio de sus funciones.

Todo ello, lo sabemos, no impide la llegada de migrantes, tan sólo incrementa el riesgo, la exposición a la muerte. El colectivo Caminando Fronteras ha comunicado recientemente que a lo largo de 2021, en las distintas rutas para llegar hacia España han fallecido 4.404 personas. En la zona fronteriza del Bidasoa que separa el estado francés del español, siete migrantes han muerto en 2021 y una persona ha desaparecido en 2022. Y todo ello, lo sabemos igualmente, queda revestido de una impunidad lacerante que se proyecta incluso cuando la violencia policial se despliega de un modo directo (como las muertes de los migrantes abatidos en la playa de Tarajal hace ahora ocho años), siendo contadas las ocasiones en las que podemos asistir a un reconocimiento judicial del daño causado por los cuerpos de seguridad.

La madeja, ciertamente, podría seguir tejiéndose apuntando al despliegue de otras formas de violencia que, de un modo u otro, pasan por un aparato estatal crecientemente hibridado con iniciativas privadas. Cabría aludir, por ejemplo, y ya con una mirada más amplia, a las prácticas económicas de impronta neocolonial que posibilitan expandir lo que Saskia Sassen denominó las formaciones depredatorias de un neoliberalismo que propaga la precarización de la vida y la conformación de ecocidios corporativos que actúan, no lo olvidemos, como sustratos más o menos silenciados de una migración que no deja(rá) de llegar. Cabría mencionar las relaciones de diverso signo que se establecen con dictaduras (como el reciente apoyo del Estado español a la propuesta de autonomía de Marruecos para los territorios ocupados del Sahara) en las que los derechos humanos habitan tan sólo en las demandas de quienes exponen su radical incumplimiento.

Y, ciertamente, cabría aludir a la profunda co-implicación de nuestras sociedades occidentales “pacificadas” con la guerra. Esa guerra que es denunciada cuando emerge, como ahora en Ucrania, con toda su virulencia (una denuncia, sobra decirlo, supeditada a cuestiones de carácter geopolítico), pero que es asumida e impulsada, por ejemplo, cuando adquiere la forma de esa otra guerra supuestamente quirúrgica y limpia llevada a cabo por drones militares para hacer frente a la difusa amenaza terrorista, silenciando de paso las miles de muertes de civiles que los ataques de drones dejan a su paso. El actual aumento del negocio del armamento militar irrumpe como una muestra palmaria del modo en que lo bélico es una suerte de pregnancia científico-económico-simbólica que atraviesa lo social.

La arquitectura violenta que subyace a lo cotidiano

Cabría hablar de muchas cosas y seguir así, transitando por una madeja que se ensancha, en un recuento arduo que va componiendo una geografía dispersa del horror. Hacer un análisis pormenorizado de cada una de las imágenes que aquí se sugieren y de tantas otras que se podrían convocar. Ver los modos concretos en los que se posibilita la violencia y eventualmente se ejerce. A veces a través de un modo directo que impacta en el cuerpo, el rostro diverso de la violencia encarnada y encarnizada; a veces, por el contrario, engrasando de un modo sutil y silencioso unos engranajes normativos y penales que llegan progresivamente a los cuerpos que sufren.

 

En esas geografías nos encontramos ciertamente con los espacios de de privación de libertad institucionalizados, tales como las cárceles, comisarias o centros de internamiento de emigrantes. Pero también es necesario poner la atención en toda una serie de espacios no formalizados. En especial aquellos que tienen que ver tanto con las geografías de la exclusión (¿hay que recordar, por ejemplo, una vez más, la ausencia de electricidad en la Cañada Real o la ausencia de una propuesta habitacional para quien es sometido a un desahucio que le deja a la intemperie?), como con las geografías del hostigamiento fronterizo por las que se vigilan los movimientos (¿es necesario decir que antes de que una persona migrante se muera está el experimentar cómo se expone a la muerte, el morirse mismo, en el que se vivencia en el cuerpo propio la fría violencia de la norma que le niega el derecho a huir de lo que no quiere ser vivido?).

Podría decirse que esta aproximación apresurada nos deja una madeja deshilachada, con situaciones excesivamente diversas como para entrar a formar parte de un mismo relato. Pero no se busca un relato unificado que borre diferencias. Hay que reseñar lo específico, pero también ubicarlo en el espesor de la madeja de vínculos y resonancias desde la que emerge. Y en ese espesor, ciertamente heterogéneo, nos encontramos con que esas resonancias se tejen al poner en relación el neoliberalismo con lo securitario y lo neocolonial.

Es ahí, subyaciendo a las formas concretas en las que esas resonancias pueden emerger, donde encontramos una suerte de fondo común que impregna en gran parte a cada hecho violento, pero es también ahí, y esto es determinante, donde cabe dar cuenta de la existencia de una suerte de arquitectura violenta que subyace y recorre la cotidianidad pacificada que habitamos, ahí donde parece que no hay rastro de violencias. Eso es lo que hay que pensar y sentir, la inquietante cercanía de la violencia.

La madeja que apenas hemos esbozado nos abre a una trama compleja de formas de pensar y hacer, a una geografía dispersa de violencias que hay que montar.  Requiere una tarea de montaje y desmontaje, de subrayar lo específico, pero también de barruntar conexiones, vínculos que nos abran  a sus condiciones de posibilidad y, con ello, a otras formas de exponer y criticar las violencias que se despliegan.

Pensar la madeja de la violencia estatal, bucear por su arquitectura dispersa, con sus distintos grados de (in)visibilidad e (in)acción, nos permite acercarnos al horror que habita en el envés de una cotidianidad normalizada y democrática, expone la crueldad con la que convivimos. Nos interpela. O debería hacerlo. Activa la necesidad ineludible de repensarnos críticamente sin asomo de autocomplacencias: exponer el hacer y decir violento para intentar cortocircuitar su despliegue.

Teniendo presente que en el espesor hiriente de la madeja que trenza la violencia estatal no sólo hay conexiones entre lo económico, lo político y lo jurídico. También hay algo más sutil, una (in)sensibilidad, el modo en que las violencias se hibridan con unas formas de sentir que posibilitan la producción de sufrimiento.

 

Ignacio Mendiola   

https://www.elsaltodiario.com

miércoles, mayo 4

Capitaloceno



 


Nos gustan los milagros económicos,

pero no queremos saber

cómo se producen,

 

de dónde se ha rapiñado

con los recursos, la energía

o las materias primas

para que se produzca el milagro

que siempre es guerra, muerte,

hambre y miseria

en la casa del vecino más débil,

 

que es una hipoteca

que nuestros nietos

no sabrán cómo pagar.

 

Nos gustan los milagros,

pero no que nos hablen

de la guerra del capitalismo

contra el mundo natural,

 

mejor pensar en milagros

que no en que todo desaparece

mientras lo estamos disfrutando:

minerales, colinas, playas, huertos,

acuíferos, corales, árboles, abejas, saltamontes,

luciérnagas, peces, leones, elefantes…

 

mejor esperar milagros que no reconocer

que la economía crece hacia la catástrofe:

más humanos, más automóviles, más aviones,

más televisores, más iPhone, más toallitas desechables,

más granjas de cerdos, más turismo, más velocidad,

más electricidad…

 

El planeta se va al carajo

y creemos que nosotros sobreviviremos,

pero ocurrirá justo al revés…

 

La vida continuará sin nosotros,

como venía haciendo desde antes

de que un torpe simio se pusiera de pie

sobre la sabana.

 

Nosotros somos los únicos amenazados

por el animal más peligroso que habita la tierra…

Estamos amenazados de capitalismo

por nosotros mismos.

 

 

                   Antonio Orihuela. Lavar carbón. Ed. Amargord

domingo, mayo 1

El mundo al borde del abismo: Causas de la invasión rusa a Ucrania que podría desencadenar la Tercera Guerra Mundial

 


Empecemos dejando clara una obviedad: la invasión de Ucrania a manos de Rusia es una agresión imperialista, infame e injustificada, como lo fue la invasión de Estados Unidos de Irak y Afganistán, como lo es la ocupación israelí de Palestina o la marroquí del Sáhara Occidental.

Ahora bien, el hecho de que esta guerra carezca de justificación, no quiere decir que la explicación de sus causas sea sencilla. Los medios occidentales se limitan a atribuirla a la maldad innata de Vladimir Putin, pero de sobra sabemos que estos análisis simplistas que rezuman a propaganda, lejos de acercarnos a la verdad, nos confunden y alejan de ella. Y es que, como siempre, la realidad es compleja, llena de matices y difícil de condensar.

Para entender lo que está sucediendo debemos tener en cuenta que Ucrania es un Estado que, además de albergar a la población ucraniana, también contiene a distintas minorías, siendo la más importante de la misma la rusa, con muchos ciudadanos que cultural y lingüisticamente se consideran rusos. A su vez, es importante conocer que tras el Holodomor o las hambrunas de 1932 –producidas después de que Stalin confiscara las cosechas ucranianas, matando de hambre a millones de personas y deportando a diversas minorías– existe un gran resentimiento entre la población ucraniana hacia Rusia. Esto desencadenó, durante la Segunda Guerra Mundial, un colaboracionismo entre grupos nacionalistas ucranianos con los ejércitos de la Alemania nazi para exterminar a millones de prorrusos. Finalizada la contienda, la población tártara de Crimea fue desplazada por colaborar con el nazismo y la zona fue repoblada por población rusa, que a día de hoy permanece allí, manteniendo intactas sus tradiciones. Unos años después, en 1954, Nikita Jrushchov decidió regalar de forma arbitraria Crimea a Ucrania, sin pensar que algún día la URSS podía colapsar y desintegrarse y que Ucrania se convertiría en una república independiente.

Sin embargo, para el nacionalismo ruso, el pueblo ucraniano y el ruso son el mismo. No en vano, el Estado ruso nació en Kiev en el siglo IX. Así lo explicó Putin en una disertación que publicó en el verano de 2021 y lo repitió en el discurso en el que anunció la invasión de Ucrania.

Tenemos, por tanto, dos corrientes nacionalistas – la ucraniana y la rusa – enfrentadas por el control de un territorio que ambas consideran que le pertenece. Y es en este contexto que la OTAN aprovecha las tensiones para extender su influencia en la región.

La expansión de la OTAN hacia el Este

Desde la caída de la URSS (y la fundación de las repúblicas independientes, entre ellas Ucrania), la obsesión de Estados Unidos siempre ha sido expandirse hacia el Este europeo. Una maniobra que, de acuerdo con la Doctrina Monroe, si ocurriera en su patio trasero, jamás la toleraría (prueba de ello es el embargo económico al que tiene sometido a Cuba). En esta línea, en 1999, la OTAN—contraviniendo las promesas realizadas tras el fin de la Guerra Fría—inició su propia “invasión”, expandiéndose a Polonia y la República Checa. Rusia, hundida económicamente, no pudo reaccionar. Esta debilidad propició que en 2004 los atlantistas vieran vía libre para asentarse en las repúblicas bálticas de Estonia, Lituania y Letonia (antiguas repúblicas soviéticas).


El hecho de que muchos de estos gobiernos no respetan los derechos humanos, han ilegalizado a sus Partidos Comunistas y prohibido enseñar el papel que sus Estados mantuvieron durante el Holocausto no parece importar a Occidente: en geopolítica, los valores no importan.

En abril de 2008 se celebró la Cumbre de Bucarest, en la cual la OTAN inició conversaciones para que Ucrania y Georgia formaran parte de la alianza en un futuro no muy lejano. Unos meses después, en agosto de 2008, un envalentonado Saakashvili, presidente nacionalista de Georgia, se lanzó a conquistar el enclave de Osetia del Sur, independiente de facto desde 1992, y a reclamarlo como propio. El senador estadounidense John McCain viajó hasta Georgia para apoyarle. La operación militar se tradujo en la muerte de unos 2.000 civiles y en el desplazamiento de 158.000 refugiados. El ejército ruso intervino y frenó el intento de invasión –matando a unos 3.000 militares georgianos y unos 180 civiles– entendiendo que se trataba de una maniobra de Occidente para aislar a su país y tomar control de una región estratégica rica en materias primas. Fue una demostración de Putin de que cualquier intento por desestabilizar el equilibro existente en las zonas fronterizas con su Estado serían reprimidas militarmente.

El Euromaidán (2013-2014)

De aquí damos un paso de gigante a los años 2013 y 2014, cuando se producen las protestas del Euromaidán –la denominada Revolución de la Dignidad–, impulsadas por Estados Unidos, la Unión Europea, el grupo ultra-nacionalista de ultraderecha Pravy Sektor, el partido fascista Svoboda y la Iglesia Ortodoxa Ucraniana. Dichas movilizaciones comenzaron en noviembre de 2013, en la Plaza del Maidán, después de que el presidente prorruso Yanukóvich suspendiera el Acuerdo de Libre Comercio con la UE. La diferencia en los apoyos brindados a los manifestantes nos muestra la profunda división de la sociedad ucraniana: en Kiev y el oeste de Ucrania más del 75% de la población estaba de acuerdo con integrarse con la UE, mientras que en el este y en Crimea las partidarias de esta idea no llegaban ni al 20%, pues preferían crear una unión aduanera con Rusia.

La intervención de EEUU es clara: en diciembre de 2013, de nuevo, el senador estadounidense John McCain viajó a la Plaza del Maidán para mostrar su apoyo a los manifestantes y pedirles que no cesaran en sus esfuerzos por aislar a Rusia y abrazar a Occidente. Y así lo hicieron, con protestas cada vez más violentas, tras una escalada de agresividad que comenzó en enero de 2014, que terminaron por saldarse con 82 manifestantes y 7 policías muertos (la mayoría en el mes de febrero) y unos 140 encarcelados. A finales de febrero, Yanukóvich y la oposición llegaron a un acuerdo, con la mediación de tres ministros de Exteriores de la UE para formar un gobierno de coalición, elecciones anticipadas y volver a la Constitución de 2004 para frenar la violencia. Sin embargo, Yanukóvich no ratificó los acuerdos y huyó del país.

El Euromaidán terminó por forzar la destitución de Yanukóvich, el establecimiento de un gobierno interino de extrema derecha y, tras la celebración de unas elecciones que fueron boicoteadas en las regiones prorrusas, comenzó la presidencia del millonario Poroshenko, quien dio pasos para acercarse a la UE y a EEUU –el entonces vicepresidente Joe Biden viajó a Kiev para apoyarle–. Según el periódico anarquista ucraniano Assembly, “el nuevo régimen no inició reformas anti-sociales, sino que profundizó en las que habían comenzado tiempo antes. Aumentó la desigualdad entre clases sociales y términos como “capitalismo”, “neoliberalismo” y “nacionalismo” han cobrado una nueva importancia en Ucrania”.

El cambio de gobierno, asimismo, conllevó la ilegalización del Partido Comunista de Ucrania y otras formaciones de izquierdas, así como la pérdida de la cooficialidad del idioma ruso, afectando a un 40% de rusoparlantes en el país, así como a las minorías húngaras y rumanas.

La anexión de Crimea y la Guerra del Donbás

Rusia no se quedó de brazos cruzados durante el Euromaidán, sobre todo teniendo en cuenta que la región oriental del Donbás (Lugansk y Donnetsk) y el sur de Ucrania, junto a Crimea, son de población mayoritaria rusa. Además, en Crimea, Rusia tiene en Sebastopol una base militar vital para los intereses de su armada desde donde tiene acceso del Mar Negro al Mediterráneo. Por ello, en marzo de 2014 Rusia decidió anexionarse Crimea (donde el 90% de la población es rusa), lo cual no requirió una invasión, sino únicamente bloquear las fronteras y establecer checkpoints.

Esta anexión supuso una violación del Memorándum de Budapest, en el que en 1994 el presidente ruso Yeltsin se comprometió a respetar la soberanía ucraniana a cambio de su desnuclearización. Pero se debe recordar que la OTAN hizo lo mismo en Kosovo y EEUU en Iraq. Por tanto, es de un enorme cinismo acusar a Rusia de violar la legalidad cuando EEUU lo ha hecho en innumerables ocasiones en el pasado.

Por su parte, en las regiones del Donbás, las manifestantes contra el nuevo gobierno fueron en aumento, con invasiones de edificios oficiales para retirar banderas ucranianas e izar la rusa. A principios de abril de 2014 se proclamaron las Repúblicas Populares de Donetsk y Járkov. El ejército ucraniano respondió mediante el uso de la fuerza y poco después estalló una guerra entre milicias prorrusas y el ejército regular ucraniano, del cual numerosas unidades se encuentran bajo el control de grupos fascistas y neonazis, como lo es el Batallón Azov.


Por tanto, la actual guerra que se está librando en Ucrania realmente se podría entender como una escalada en el conflicto que se inició hace más de 7 años y que llevaba un saldo de unos 10.000 muertos.

Los acercamientos de Ucrania a la OTAN

En el año 2017, Ucrania volvió a solicitar formalmente entrar en la OTAN. Y, después de que en 2019 ganara las elecciones el Volodimir Zelensky –de familia rusoparlante, pero ferviente nacionalista ucranio– sus esfuerzos por formar parte de la alianza han ido en aumento.

Pero esto, desde luego, no fue visto con buenos ojos por parte de Putin. Al fin y al cabo, no es lo mismo que las pequeñas repúblicas bálticas se unan a la OTAN, a que lo haga un país con el que comparte 2.300 kilómetros de frontera y en el que buena parte de sus habitantes son cultural e idiomáticamente rusos. A esto hay que añadir que, para el Kremlin, la Federación Rusa se encuentra rodeada de enemigos que trabajan con ahínco para conseguir desmembrar el país. Desde esta perspectiva, la oposición política no sería más que la prolongación de esos enemigos en el interior del territorio ruso: la quinta columna; el caballo de Troya “occidental”. Este criterio ha servido eficazmente al Kremlin para condenar, por ejemplo, a Pussy Riot, al opositor Alexéi Navalny, a grupos de jóvenes anarquistas o a organizaciones memorialistas y de derechos humanos como Memorial, así como a personas LGTBIQ: para el Kremlin son acciones orientadas a luchar contra la influencia externa (occidental), convertida así en la justificación de cualquier cosa que sirva para el objetivo político más evidente que parece tener el líder ruso: perpetuarse en el poder.

La reacción rusa: si vis pacem, para bellum

Como respuesta a los movimientos de Ucrania y la OTAN, Putin ordenó el despliegue de 100.000 soldados rusos a la frontera ucraniana. Una forma sutil de reclamar que no se amenacen sus fronteras. En una conferencia que dio el pasado mes de diciembre, recordó que “Occidente había roto desvergonzadamente la promesa que hizo en la década de los 90 de no expandirse hacia el Este”.

Y es con esta situación con la que, a comienzos de 2022, las potencias occidentales –principalmente Estados Unidos y Reino Unido– empiezan a alertar que las “provocaciones rusas” nos pueden conducir a una guerra. Un conflicto bélico que, en definitiva, viene provocado por la UE, que ha actuado con manifiesta mala fe, intentando que Ucrania se incorporara a su bloque económico; por el imperialismo de Estados Unidos, que deseaba su entrada en la OTAN; y por el imperialismo de Rusia, que no piensa abandonar unos territorios que considera por historia suyos y aspira a recuperar la gloria del régimen zarista.

Dice Carlos Taibo en un artículo titulado “La OTAN, Rusia y Ucrania: una glosa impertinente” que “fanfarria retórica aparte, lo que los países occidentales –sus empresarios– buscan en la Europa oriental no es otra cosa que una mano de obra barata que explotar, materias primas razonablemente golosas y mercados moderadamente prometedores. En ese designio, por cierto, a menudo se han dado la mano con los oligarcas rusos y ucranianos, procedentes estos últimos en su mayoría –no es un dato que convenga sortear- del oriente del país. En la trastienda, y obligado estoy a anotarlo, Estados Unidos se mueve como pez en el agua: muy alejado del escenario de conflicto, la crisis de estas horas le viene como anillo al dedo para agudizar –no perdamos de vista esto último- los problemas de una Rusia que arrastra desde tiempo atrás una economía exangüe y para dividir una vez más a la UE, en un escenario en el que los imaginables desencuentros de esta con Moscú en lo que hace al gas natural y al petróleo afectan de forma menor a Washington. Claro es que en todo ello a la UE le toca pagar los desastres que nacen de su opción principal, que no ha sido otra que la de andar a rebufo de las imposiciones norteamericanas”.

La invasión rusa de Ucrania: una agresión imperialista

Y es en este contexto en el que Rusia se lanza a invadir el país vecino el pasado 24 de febrero. Lo hizo después de Putin profiriera un duro discurso de una hora, arremetiendo contra Occidente, el comunismo y todo lo que rompe con su visión de lo que debe ser la Gran Rusia neozarista. También aprovechó para justificar su “operación militar especial” en que pretende “desnazificar Ucrania”, pasando convenientemente por alto que sus políticas – impulsadas por su ideólogo de cabecera, Alexander Dugin – son de extrema derecha y que goza de buenas relaciones con partidos fascistas de Europa.


Haríamos mal en olvidar que Putin es en buena medida el resultado de políticas occidentales caracterizadas por la prepotencia y la agresividad. Aunque, ciertamente, a la hora de dar cuenta de la condición del presidente ruso pesan también factores internos propios de su país e inercias históricas de largo aliento, a duras penas entenderíamos que buena parte de la conducta de la Rusia putiniana es un intento de respuesta a la ignominia occidental. Principalmente por las promesas rotas de no expansión al Este que ya hemos mencionado. Pero también por la colaboración con EEUU que despuntó en el primer lustro de la presidencia de Yeltsin, dispuesto como estaba este a reírle las gracias a los caprichos e imposiciones de Washington y de Bruselas. Por ejemplo, en 2001 Putin – preocupado por la cuenta de resultados de los gigantes rusos del petróleo – apoyó la intervención militar norteamericana en Afganistán y guardó un silencio connivente, de nuevo lamentable, ante la que dos años después adquirió carta de naturaleza en Iraq. ¿Y cuál fue la respuesta estadounidense ante la complacencia con que Rusia obsequió al espasmo imperial de Washington en los orientes próximo y medio? Consistió en esencia en mantener los programas vinculados con el escudo antimisiles, en propiciar una nueva ampliación de la OTAN y en estimular las llamadas revoluciones de colores que auparon a gobiernos hostiles a Moscú en Georgia, Ucrania y Kirguizistán, y, en suma, en negar a Rusia cualquier trato comercial de privilegio.

Por otro lado, debe tenerse en cuenta que, pese a las apariencias, el escenario empeoró para Moscú en 2013-2014 al calor de las sucesivas crisis –el Maidán, la defenestración de Yanukóvich, Crimea, el Donbás – ucranianas. Aunque, ciertamente, Rusia incorporó Crimea a su federación y pasó a controlar una parte pequeña de la Ucrania oriental, en los hechos perdió las riendas del grueso del territorio ucraniano, que basculó claramente hacia Occidente. Putin ha entendido que, o actúa ahora por la fuerza, o nunca más recuperará su esfera de influencia sobre dicho territorio que, en su avaricia imperialista, considera suyo.

En definitiva, no cabe plantear el conflicto –como así pretenden algunos comunistas autoritarios nostálgicos– como un enfrentamiento entre dos bloques enfrentados ideológicamente. Se trata de una guerra entre dos bloques capitalistas que pelean por el control de los recursos de un territorio. Y, desde luego, no guarda ninguna relación con la desnazificación de Ucrania, así que mal haríamos en otorgarle la bandera del antifascismo a cualquiera de los dos bandos. Si fascistas los hay, sin duda, en muchos de los estamentos del poder ucraniano, también se hacen valer en la Rusia putiniana. Si, por decirlo de otra manera, a Putin no le falta razón cuando repudia el olvido, en el mejor de los casos, con que una parte de la sociedad ucraniana parece obsequiar a lo ocurrido entre 1941 y 1945, quien piense que de su lado, o del de sus aliados en Donetsk y en Lugansk, hay un proyecto antifascista, se encuentra terriblemente equivocado. Como dice Carlos Taibo, “lo que ha ganado terreno en la Rusia putiniana es un revoltijo lamentable de rancio nacionalismo de Estado, valores tradicionales, ortodoxias religiosas, oligarcas inmorales, lacerantes desigualdades, militarización, represión y… sana economía de mercado. No sé qué es lo que todo lo anterior tendrá que ver con el antifascismo. Más bien me da que por detrás de todas estas miserias están los arrebatos imperiales de siempre, en Washington, en Bruselas y en Moscú. En esas guerras sucias, como en algunas de las limpias, pierden siempre los pueblos”.

 

Extraído de https://www.todoporhacer.org