El colegio, la escuela, ese manantial de
sabiduría. Un lugar donde instruir al ciudadano de bien. Obediencia,
competitividad, castigo, uniformidad, horarios, productividad.
No
descubrimos nada nuevo si declaramos a la escuela como la antesala del
trabajo. Todas aquellas virtudes requeridas para ser buena empleada son
inoculadas desde nuestra edad temprana, por una parte por la familia,
otra vaca sagrada, y por otra por todo un sistema escolar que te retiene
al menos hasta los dieciséis años y que durante todo ese tiempo te
exigirá obedecer, cumplir con las tareas encomendadas por la autoridad,
competir con la compañera de al lado, estar sentada en una silla,
mantener silencio, jugar cuando toca, y por supuesto, no resistir, mucho
menos organizarte, si lo haces serás señalada y castigada.
«No quiero ir al colegio» ¿Cuántas veces hemos oído esta frase? ¿Cuántas veces la hemos dicho?
Les
niñes saben, sabíamos, queríamos disponer de nuestro tiempo,
principalmente para hacer aquello que se hace siendo niñes, jugar,
explorar, curiosear, mirar, escuchar, aprender. Sin embargo, había que
vestirse e ir a la escuela. Cinco días a la semana, entre unas siete y
diez horas diarias, de forma obligatoria. Si no van a la escuela,
tendrán problemas con la policía de lo social, profesionales del Trabajo
Social.
Algunas de las que escribimos
el artículo hemos sido testigos de la retirada de Rentas Mínimas de
Inserción debido a la no escolarización de les niñes de la familia. No
hay colegio, no comes.
«No quiero ir a trabajar» ¿Cuántas veces hemos oído esta frase? ¿Cuántas veces la hemos dicho?
¿Ven
el paralelismo? Hay quien todavía cree que el trabajo se elige, que
puedes decidir no hacerlo. Sin embargo, sabemos que ese discurso solo
pertenece a una elite privilegiada, prueben a no tener salario, a no
pagar por la comida, a no pagar la vivienda, a venir de otro país y no
trabajar, verán como la policía, de lo social y de lo penal, acudirán
tarde o temprano.
Lo decíamos, la escuela es la antesala del trabajo.
Entremos
al aula. Una treintena de personas obligadas a estar en un mismo
espacio durante días y horas, recibiendo contenidos que ni siquiera han
elegido, contenidos impuestos por planes de educación que pretenden la
buena empleabilidad de sus alumnes.
Esos
contenidos son evaluados, es decir, debes introducirlos en tu cabeza,
porque alguien dice que es bueno para ti, y debes enfrentarte a un
sistema de valoración, que por supuesto también es impuesto, que
dictaminará tu conocimiento en la materia.
Una
ciudadana de bien saldrá de la escuela hablando inglés, sabiendo hacer
integrales y análisis sintácticos, no interrumpirá a su profesora,
llegará puntual, irá siempre a clase, a poder ser aseada y bien vestida.
Luego llegará a casa y hará esas horas extra a la que llaman deberes,
no vaya a ser que con el tiempo que le resta se ponga a pensar.
Las
familias por supuesto entra en la rueda, no quiere que su hijes
engrosen las filas de eso que llaman «fracaso escolar» en el sistema
escolar, así que por un lado, invadidas por el espíritu de la época y
por otro, con miedo de ser juzgadas y mal valoradas por el dispositivo
socioeducativo, presionan a les niñes, les exigen estudio, hacer bien
los deberes y por supuesto, hacer caso al profesorado.
«Pórtate bien, te sentirás bien» luce a día de hoy un cartel en un colegio público de un barrio de Madrid.
Portarse
bien es obedecer. Ni más ni menos, es «hacer caso», es respetar la
figura de autoridad, en este caso la persona adulta. En otras es el
jefe, el marido, la madre, el padre, la doctora, la jueza, el policía,
el trabajador social, un sinfín de autoridades.
Si
creen que exageramos, acérquense al colegio más cercano y preguntes a
les niñes que «no hacen caso», pregúntenles por las consecuencias,
pregunten a sus sobrines, a sus vecines, a sus hijes, si se atreven.
Las
niñas, niños, niñes que no se adaptan al modelo escolar, o se les
patologiza, llegando en ocasiones a medicar, o se les etiqueta como
personas disruptivas, calificándolas negativamente, regañándolas,
castigándolas, expulsándolas del aula, o incluso del centro escolar por
varios días, eso sí, teniendo que acudir a programas llevados por
oenegés y empresas de lo social, no vaya a ser que se queden en casa y
descubran que la ausencia es mejor que la asistencia.
En
los años veinte del siglo pasado, un grupo de jóvenes libertarios
holandeses llamados De Moker (El Mazo), explican en su revista como «los
niños se acostumbran tanto a recibir órdenes que dejan de ver la
humillación que esto supone» y lanzaban una proclama incitadora: «hay
que quemar los colegios».
En los años
treinta, el psicoanalista húngaro Sándor Ferenczi, explicaba cómo les
niñes ven sometida su voluntad y deben adivinar y seguir los deseos de
la persona adulta, sometiéndose íntegramente a las expectativas de las
personas adultas.
El dispositivo
Escuela ha sido cuestionado desde hace mucho tiempo, sin embargo, al
igual que el trabajo fue santificado tanto por el capitalismo como por
el socialismo, dejando un estrecho margen para el abolicionismo del
trabajo, la escuela fue beatificada.
Hay
quienes sostienen que esta puede ser modificada desde dentro, que puede
ser el martillo que haga tambalear al sistema, «Les Niñes son el
Futuro» aclaman. Si entendemos que en la esencia del Estado está el
pretender permanecer y garantizar su permanencia, y que el sistema
capitalista establece unos valores y deseos impregnados en la propia
sociedad, entenderemos que la escuela, en tanto que dispositivo del
Estado y espacio de socialización, no puede ser liberadora.
Sin
embargo, la escuela no solo tiene una función de fábrica de ciudadanes.
También tiene un uso de depósito, para liberar a les progenitores y así
puedan ir a su puesto de trabajo.
En
el mundo de la familia nuclear, les hijes son posesión de la familia, y
por lo tanto esta es la única responsable, legal y moralmente, de su
cuidado. Pero nunca deberá descuidar el trabajo, que es lo que nutre a
esa familia nuclear. De ahí la famosa división de cuidados, que tan bien
explica Silvia Federicci y sobre la que sustenta el capitalismo:
hombres trabajen, mujeres críen.
El
caso es que o para que las mujeres llevase a cabo otras tareas de
cuidado exigidas además de la crianza directa, o en esta etapa presente,
donde además se suma la explotación laboral, a les niñes hay que
dejarlos en algún lugar. Ese depositorio es la escuela.
De ahí la
necesidad de prolongarla, de añadir programas extraescolares antes y
después de la jornada escolar, o la aparición de proyectos sociales de
oenegés que facilitan la conciliación para que quienes trabajen y además
tengan hijes, puedan hacerlo sin merma para el empresario.
Habrá quien piense tras leer hasta aquí,
que no hemos hablado de la función de enseñanza que tiene la escuela,
eso de que gracias a la escuela no somos analfabetas. La evangelización
se justificó bajo los mismos términos.
El
aprendizaje no requiere de la escuela. Es la escuela la que necesita la
enseñanza como excusa. Convendría distinguir aprendizaje de
instrucción, como explicaba Ivan Illich en La Sociedad Desescolarizada.
Quién
necesita de la escuela es el Estado, necesita un cuerpo doctrinal que
dictamine los saberes, las conductas, aquello que llama Cultura, que en
nuestra sociedad son las expresiones artísticas y sociales de la
burguesía. Sin embargo, los manejos de utensilios, la cocina, el
cultivo, las danzas, los cantos, los juegos, los relatos o la
organización política no requieren de escuelas.
Una
niña que no fuese a la escuela aprendería, igual que aprendemos a
hablar o a caminar sin la escuela, igual que podríamos aprender a
escribir y leer sin tener que pasar ocho horas diarias sentadas en una
silla bajo un fluorescente y temiendo no cumplir la expectativa.
Quizás
esa niña podría jugar, el juego es una de las maneras que tienen las
especies mamíferas de interactuar con su medio para aprender de él.
Quizás
no aprenderíamos un montón de contenidos que se repiten, un año tras
otro, dictados por un ministerio. Y quizás es verdad, habría temas que
seguramente no aprenderíamos, pero es que el precio por aprenderlos es
tan elevado que bien nos vale ser más libres y menos educadas.
David Graindorge
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