“La inteligencia artificial es
intensiva en capital, intensiva en energía e intensiva en datos. Y prospera cuando hay abundancia de todo
ello. Si no trabajamos de manera cooperativa, si no definimos las reglas del
juego, habrá menos datos disponibles para procesar. Habrá menos capital
fluyendo de un lado a otro. Y eso no favorece la prosperidad de un sector que
actualmente está liderando el juego y que es muy prometedor en términos de
productividad. Así que estamos en una situación que no tiene alternativa.”
Declaraciones de Christine Lagarde,
presidenta del Banco Central Europeo, realizadas en el marco del Foro de
Davos y recogidas en la edición impresa de El País el 26 de enero de 2026.
La geopolítica actual se entiende más que nunca a
través de las necesidades energéticas del capitalismo. Lo acontecido en
Venezuela y sus reminiscencias cubanas solo constituyen episodios
puntuales (y no serán los únicos) de una misma tendencia fagocitadora.
Estas necesidades devoradoras de energía son expansionistas e
imperialistas, es decir, extremadamente extensivas en términos de
territorio. Para entendernos: petróleo, amplias extensiones de terreno
cubiertas de instalaciones de energía solar y eólica -las terrestres las
vemos, las marítimas, mucho más grandes, permanecen ocultas a nuestros
ojos- y también colosales centros de datos que consumen cantidades
ingentes de electricidad. La motorización del norte desarrollado,
debería puntualizar, desarrollista, culminada en el siglo XX y
perfeccionada recientemente con la electrificación de la movilidad, ya
no es el único proceso engullidor de recursos. Plantándole cara al
movimiento global de mercancías, y como apunta Lagarde de forma
desvergonzada, el desarrollo de la inteligencia artificial (IA en lo
venidero) compite sin lugar a dudas por el primer puesto. Y lo hace
ferozmente.
El mundo que
necesita la IA es aquel que nunca se empacha de beneficios. Pero también es un
mundo compuesto por individuos que han perdido por completo la capacidad de
pensarse y articularse como sujetos activos, tanto individual como
colectivamente, al margen de la socialización mercantil, que en Europa también
se manifiesta como una socialización burocrática, de orden y profundamente
conservadora. No podemos dar la espalda a esta realidad, por incómoda que
resulte. El mundo que necesita la IA es un mundo donde reinan el miedo, la
ansiedad y atomización generalizada de los individuos. La IA no es otra cosa
que el desarrollo tecnológico propio de una sociedad neurótica, casi psicótica,
que ha perdido cualquier tipo de vinculo pasado con cualquier noción de
humanidad, sin relato, perdida en un laberinto de identidades y, por tanto,
incapaz de generar en su seno subjetividades no dependientes patológicamente de
esta peculiar estructura social hipertecnificada, aparentemente blindada de
confort y facilidades cotidianas. El mundo que necesita la IA es un mundo en el
que el solo hecho de pensar la desconexión digital provoca ansiedad,
desencanto, confusión e indefensión entre la masa de consumidores.[1]
La IA es la creación de una sociedad que recela profundamente de si
misma. La oligarquía tecnológica ha generado un monstruo provisto de una
potencialidad inconmensurable, propia de una divinidad a la que después
confiar su destino, una fatalidad a la que poder abandonarse y así
verse librada de volver a vivir una situación similar a la actual. La IA
está llamada a ser el último y definitivo gran Frankenstein del
turbo-capitalismo y el desarrollismo depredador. Tras ella, y frente a
ella, solo cabe la sumisión voluntaria, obediente, y la adoración devota
de la población. Sin fisuras, sin disidencia, sin resistencias. Un
artefacto de esas características solo puede surgir de las entrañas de
una sociedad que tiene pánico de su potencial colectivo, precisamente
porque es incapaz de plantearse algo así: la agencia consciente y
crítica le es ajena, se encuentra inhabilitada para pensarse
colectivamente y trascender una hegemonía individualista que ya no
encuentra resistencia ni contestación. Renunciamos a ello cada vez que
abrazamos la IA como un elemento que puede contribuir a nuestro
bienestar como seres humanos. Sin ir más lejos, la IA no es otra cosa
que la sublimación material, sí, profundamente material, de esta
renuncia histórica sin precedentes. La IA es el nuevo juguete de una
élite económica y política patológicamente infantil, insegura, altamente
formada en la tecnocracia, centrada en el posibilismo, el corto plazo y
la racionalidad instrumental; psicológicamente dependiente, en grado
sumo, de la supuesta seguridad y estabilidad social que otorga el
‘progreso económico’. La sobrerrepresentación tecnocrática entre las
clases medias metropolitanas solo nos informa de sus nuevas ocupaciones.
Sin embargo, su posición y su papel en la estructura social y, por
tanto, su contribución determinante a la arquitectura ideológica
dominante es idéntica a la que jugó su equivalente histórico en los años
30 del siglo XX. Nada ha cambiado en lo que se refiere a su proyección
psicológica, su necesidad neurótica de poseer una dirección vital
exógena, impuesta desde fuera, su falsa conciencia manifestada a través
de una fe ciega en el progreso y la técnica. Por tanto, el estrato
social que ejerce como correa de transmisión entusiasta de los nuevos
elementos de la ideología dominante -expresada de forma inmejorable por
Lagarde- es incapaz de pensar o imaginar una narración sobre su futuro,
tampoco sobre el futuro de la humanidad, que transcienda el mero
desarrollismo tecnológico. Está inhabilitado, por tanto, para pensar
críticamente el momento presente, es decir, para pensarlo
históricamente, pues únicamente anhela un futuro rodeado de máquinas y gadgets.
Desea, de forma más o menos consciente, en realidad eso es lo de menos,
contemplar plácidamente su creación y abandonarse a ella para siempre.
No hay duda, entonces, de que la aceptación generalizada de la
inteligencia artificial, en términos psicológicos, constituye una masiva
huida de la realidad, una vuelta a la infancia, un regreso al hogar
protector, un multitudinario abrazo colectivo al orden imperante.
La IA es, pues, lo opuesto al impulso y la voluntad revolucionarias.
No puede darse un uso radical o antagonista de la IA más allá de su
completa destrucción, de la mano de todas aquellas personas empujadas
por el profundo deseo de una existencia consciente, autónoma y genuina,
pero también imperfecta y repleta de dificultades. Personas determinadas
a embarcarse en una emocionante e imprevisible travesía vital
desprovista de tutelas tecno-burocráticas, partiendo de la autonomía y
sin temor a fracasar en el intento.
No existe
posibilidad alguna, visto lo anterior, de articular un anticapitalismo
coherente y tampoco efectivo sin elaborar una crítica radical y contundente,
sin paliativos, al desarrollo e implantación social de la IA. Esta crítica, por
supuesto, debe arrasar de igual modo con la hueste de posibilistas, tecnófilos
y pseudoprogres que, ‘desde dentro’, abogan sin descanso por las bondades
propias de una IA de ‘rostro humano’, ‘éticamente conducida’ hacia propósitos
sostenibles, en su más que manido uso, un tanto desquiciado, llegados a este
punto, del oxímoron con fines propagandísticos. En este sentido, las
previsibles acusaciones que buscan ridiculizar la crítica identificándola
falsamente con el primitivismo o el proto-feudalismo, no deberían hacer mella
en nuestra voluntad por combatir los robustos pilares que hoy sostienen la
dominación y que la izquierda autoritaria se esfuerza por reforzar cada vez que
tiene oportunidad. La IA, de la misma manera que la energía nuclear, la
tecnología militar o la industria alimentaria, es irrecuperable para la causa
de la emancipación social. De hecho, como sucede con todas las anteriores,
constituye un obstáculo de primera magnitud que debe ser derribado. Matizo.
Primero debemos negar la IA como vehículo heterónomo de socialización,
apartarla de nuestra existencia cotidiana. Después, contemplar su caída.
Resulta triste y patético certificar el nivel de servilismo y
sumisión tecnológica al que hemos llegado. Personas de toda índole,
especialmente aquellas que ocupan posiciones de privilegio: políticos
profesionales, burócratas y tecnócratas, burgueses grandes y pequeños,
ideólogos con cátedra y sin ella, incluso artistas; todos ellos se
muestran desvergonzadamente embelesados ante las presuntas
potencialidades de la IA. La ven como una simple herramienta y como tal
la disfrutan. Juegan con ella, conversan y se sorprenden cándidamente de
lo que es capaz de hacer. La IA es como un coche de última generación,
recién salido del concesionario: cada gadget, cada lucecita
adicional, colma los deseos de control, apacigua temporalmente las
inseguridades y las carencias afectivas de quien se sabe en uso de un
poder que ha usurpado y no le corresponde. Contemplamos como sucede un
abandono masivo y definitivo hacia la dirección vital de la población
por parte de estos grandes modelos de lenguaje, capaces de dibujar como
Van Gogh, ilustrar cualquier idea por compleja que sea, extractar la
inmensidad en solo dos palabras e incluso de esquematizar la dialéctica
hegeliana en un sencillo y colorido diagrama. En su momento, Internet
proyectó sobre Occidente la falsa promesa de la omnicomprensión
democrática, nos sirvió todo el conocimiento acumulado hasta al momento,
de forma relativamente sencilla, ante una pantalla, a solo unos cuantos
comandos de búsqueda de distancia. La IA, obviamente, va más allá de
sus aspiraciones desarrollistas. Se trata de una superación efectiva del
conocimiento humano en si mismo, como tal. En palabras de programador
de IA estadounidense M. Shumer, a diferencia de otros avances
tecnológicos anteriores, la IA no reemplaza una habilidad humana
específica, sino que se trata de un sustituto general del trabajo
cognitivo[2].
En este momento, nos encontramos, por fin, ‘liberados’ de la reflexión y
del pensamiento, pues requieren esfuerzo y tiempo, algo escaso, incluso
anticuado, en nuestro mundo hiperacelerado. Nuestra condición de
consumidores puede hoy día alcanzar niveles inimaginables solo algunos
años atrás. La extensión de la IA como vehículo, como mediación en el
proceso de socialización, pronto permitirá que nos dediquemos
exclusivamente a comprar (acción que incluye cualquier modalidad de
contemplación digital en redes, que no es más que una compra pasiva) y
ni siquiera será necesario pensar el qué, pues con premura lo dejaremos
en manos de nuestro asistente basado en IA.
La existencia de la IA y su centralidad, en apariencia imparable,
descubre claramente qué clase de sociedad la ha producido y su
estructura de carácter dominante. Sin duda, y siguiendo al clásico David
Riesman, se trata de una sociedad tutelada, formada por individuos
dirigidos externamente (other-directed), desprovistos de la más
mínima capacidad de acción autónoma fuera de los estrechos muros
levantados por la colonización tecnológica de la vida. De forma
paradójica, en el centro de esta dinámica dominada por la dependencia
externa, el individuo percibe un nivel mayor de liberación personal cada
vez que consiente a la IA entrometerse en sus asuntos, los que le
corresponden de forma inherente como ser humano. La realidad, sin
embargo, es notablemente más trágica. El resultado absoluto de esa
delegación obediente, devotamente religiosa, como señalaba más arriba,
no es otra cosa que una insoportable y continua dependencia respecto de
la máquina y, de forma obvia, la pérdida de sus anteriores capacidades
comprensivas, analíticas, relacionales, históricas y, en consecuencia,
críticas. Únicamente existe una relación posible con nuestro presunto
reemplazo tecnológico, en realidad, un nuevo tipo de prótesis
sustitutoria: someterse completamente a ella y permitir a través del
autoengaño progresista una fatalidad que se presenta más inevitable cada
día que pasa. Me refiero, claro está, al hecho de que las políticas
centradas en la introducción masiva de la IA en la vida social -y por
tanto que aquélla desempeñe un papel protagonista en el proceso de
socialización-, acaben conformando una estructura social a escala de la
máquina y que obedezca, a así, a las necesidades propias de los grandes
modelos de lenguaje y de quienes están interesados en su desarrollo y
fortalecimiento mundial. Junto con lo anterior, pues, urgirá la rápida
creación de un marco institucional, un nuevo tipo de armazón
burocrático, un Estado ‘renovado’, erigido expresamente y a medida para
conceder a la IA la posición que se merece en la estructura política.
Sin ir más lejos, está en juego el sueño húmedo formado de plusvalías
infinitas al que se refirió sin tapujos C. Lagarde en la exclusiva
reunión alpina de Davos.
Siguiendo este razonamiento, por tanto, resulta un mero formalismo
constatar que la colonización tecnológica, la aceptación social
institucionalmente dirigida del dominio digital, constituye un aspecto
fundamental, sino el tronco mismo, de la ideología burguesa dominante en
la actualidad. Huelga decir que como tal es necesario combatirla. En
esta dimensión de la ideología, todo buen ciudadano, es decir, todo
aquel individuo permanentemente conectado y necesitado de la IA, se
convierte también en prescriptor y defensor de las condiciones de su
propio sometimiento tecnológico. El sujeto-consumidor huirá de la
crítica, porque ésta le supone un esfuerzo psicológico inasumible e
incomparablemente más nocivo, también en lo social (ostracismo, soledad,
señalamiento, etc.), que la aceptación automática de los marcos
impuestos por el capitalismo digital, junto con el gran abanico de
posibilidades que pone a disposición la utilización ‘adecuada’ y
‘constructiva’ de los grandes modelos de lenguaje (LLM, por sus siglas
en inglés). Cualquier resistente será inevitablemente señalado, empujado
a ofrecer toda clase de explicaciones relacionadas con su inaceptable e
incomprensible sumisión. Nadie comprenderá su negativa a beneficiarse
de las nuevas herramientas que el capitalismo pone en nuestras manos.
Por doquier, se aproximarán a él con desconfianza, cuchicheando,
deslegitimando su oposición, mientras refuerzan colectivamente, como
masa, su dramática renuncia a una existencia auténtica, libre de
prótesis y de tutelas tecnocráticas.
Como toda
estructura ideológica y dogmática, la colonización tecnológica no está libre
del componente identitario. En realidad, esto último resulta clave, pues la IA
se encuentra en un momento de expansión, siendo promocionada a cada instante
desde los estratos mediáticos, económicos y políticos, instancias provistas de una
gran capacidad de influencia; el imaginario colectivo se acomoda a la IA, a la
vez que ésta prácticamente se encuentra en disposición de dar forma al conjunto
de creencias, relativamente compartidas, acerca del mundo que nos rodea. Y es
capaz de conseguirlo, sí, en estos instantes, por que nadie niega con
suficiente determinación la totalidad de su existencia entre nosotros. Por
tanto, ni siquiera resulta menester la flamante alfombra roja que los garantes
del statu quo han desplegado para ella. Obviamente, en un momento en que el sujeto y
sus preferencias como consumidor priman sobre el sentido de la colectividad,
las instituciones del complejo burocrático-mercantil no se plantean imponer la
IA por la fuerza, mediante el uso de la coerción directa, a través del
condicionamiento autoritario sin complejos. El nuevo juguete del capitalismo,
en cambio, se inocula lentamente, per de forma constante, a través de comunicaciones
gubernamentales de toda clase, por medio la escuela y el resto de ámbitos educativos,
la publicidad y también introduciéndose violentamente en el mundo del trabajo y
de los negocios. Para culminar el propósito de C. Lagarde se requiere un
esfuerzo ideológico ingente, además de asegurar que ningún tipo de grito
verdaderamente crítico, radical, emerja por encima de la gran ovación con la
que la sociedad occidental, al parecer de forma unánime, recibe la invasión de
la tecnología supuestamente inteligente en todos los ámbitos de la vida.
En síntesis, el aterrizaje forzoso de la IA está directamente
relacionado con el eventual aumento de la competitividad que tanto hemos
visto celebrar a la presidenta de BCE. Esto no es más que un eufemismo,
en apariencia técnico, pero esencialmente ideológico, para referirse al
incremento constante de la plusvalía y, con ello, el continuo engorde
de las cuentas de beneficios de las grandes corporaciones, pues ellas
serán las principales beneficiadas de la incorporación generalizada de
la IA en los procesos productivos de toda índole. La compra-venta de
fuerza de trabajo, sin embargo, nunca desaparecerá. Esta máxima es
conocida al pie de la letra hasta por los más recalcitrantes
anti-marxistas. Sin compra-venta de la fuerza de trabajo no hay
capitalismo. En un futuro próximo, a causa del aterrizaje forzado de la
IA, como ha sucedido en otras ocasiones con las más variadas
innovaciones tecnológicas, seremos testigos de una extrema polarización
en la estructura de las ocupaciones y, por tanto, un cambio substancial
en el mercado de trabajo. La aristocracia tecnocrática, los grandes
propietarios de las corporaciones digitales y aquellos que proyectan
teórica y técnicamente la invasión de la IA, verán recompensados sus
servicios con creces. En el otro extremo, la gran masa proletaria,
llamada a ejecutar un papel accesorio, constantemente tutelado por la
arquitectura digital de la producción. No tardará en eliminarse toda
formación, sea profesional o académica, no directamente relacionada con
la ejecución y con la resolución concreta de problemas, siempre al
amparo de la mediación técnica, sometida a una orientación finalista y
bajo los designios de la IA. Ya nunca más será necesario razonar,
reflexionar y concluir: eso quedará reservado a las máquinas. En ese
momento, quizá nuestro ahora, la fuerza de trabajo será más barata que
nunca. Pero sobre todo será completamente dócil y moldeable.
En relación con lo anterior, y como apunte final, en la actualidad
las organizaciones empresariales exigen a sus empleados la utilización
de la IA, no les ofrecen margen de adaptación y la escasa autonomía de
que disfrutaban se reduce de forma notable. Pero no se trata de un
requerimiento estrictamente ortopédico, con objeto de aliviar eventuales
tareas penosas, monótonas, repetitivas o simplemente con la intención
de sortear posibles dificultades técnicas. Tampoco es una cuestión de
simple eficiencia económica. Lo anterior resulta clave, sin duda, pero
hay algo más. Como apuntaba más arriba, con premura se ha extendido la
tendencia directiva a solicitar el uso entusiasta -aquí regresa el
componente ideológico- de la IA, también (y sobre todo) para aquello que
el empleado podría reivindicar como parcialmente propio, si es que
verdaderamente esto resulta posible en nuestros días. El ejemplo más
claro, según mi parecer, se encuentra en las habilidades de comprender,
sintetizar y exponer por escrito una idea, una propuesta o una
conclusión, haciendo uso del criterio de cada individuo. La extensión de
la IA, en el límite, elimina definitivamente el valor de la opinión
personal y el juicio individual, especialmente en el plano profesional,
lo que comporta una clara desvalorización de la fuerza de trabajo y una
redefinición absoluta de los marcos formativos académicos y técnicos.
Nunca más será necesario que alguien, mostrando buen criterio, considere
que este texto no merece la pena, que es reiterativo, innecesario o
directamente naif, bastará con que la IA lo determine para que
su valoración sea tenida en cuenta socialmente. Al trasladar la
autoridad a la máquina (que es una mercancía y necesita al Estado para
extenderse en la cotidianidad), desposeemos al individuo de su potentia
y, por tanto, de su capacidad de contestación y de crítica. Sea como
fuere, ante esta situación, si un movimiento proletario, un sujeto
colectivo articulado de forma autónoma y al margen de las instituciones,
pudiera llegar a resurgir, o siquiera tener sentido en nuestros días,
debería articularse necesariamente alrededor de un doble rechazo
radical, una doble negación fundamental. Me refiero, claro está, al
combate simultáneo e inaplazable contra el trabajo asalariado,
enajenado, contrario a la vida, y, al mismo tiempo, contra la
colonización tecnológica.
*I. Arriaza forma parte de la
redacción de Antagonistas.
[1] https://elpais.com/espana/catalunya/2026-02-20/que-son-los-therian-los-humanos-con-identidad-animal-se-reunen-en-barcelona.html
[2]
https://elpais.com/economia/2026-02-14/el-terremoto-de-la-ultima-version-de-la-ia-alarma-a-los-expertos-el-mundo-esta-en-peligro.html?event_log=oklogin