Cuando la multitud hoy muda, resuene como océano.

Louise Michel. 1871

¿Quién eres tú, muchacha sugestiva como el misterio y salvaje como el instinto?

Soy la anarquía


Émile Armand

jueves, octubre 1

El advenimiento de la ilustración oscura

 pensador

Se me escapa un poco, lo admito, estos conceptos de nuevo cuño. De lo que estoy totalmente seguro es que el género humano, esta peculiar especie llamada sapiens, resulta más que cuestionable y se multiplican los hijos de su madre. Vayamos con ese engendro altamente pernicioso que denominan ilustración oscura, que al parecer empezó a forjarse ya tiempo atrás, aunque haya recibido ese nombre concreto hace no tanto. Sí, lo habéis adivinado, esta corriente o movimiento, o lo que demonios sea, se autodefine como la antítesis de la Ilustración. El epítome de todo movimiento neorreaccionario, tradicionalista y a la vez futurista (¿no era eso el antiguo fascismo?). Si los valores ilustrados, con su idea del progreso hacia un mundo más justo, libre e igualitario, solo podemos ponerla en cuestión bien entrado un siglo XXI plagado de atrocidades, ahora una poderosa gentuza empieza a promover valores que son justo todo lo contrario. Aclararé algo, y valga esto también para todos aquellos que atacan la posmodernidad como si fuera también una corriente ideológica nociva que algunos quisiéramos abrazar, si muchos señalamos que esa visión teleológica hacia poco menos que un paraíso terrenal resultó terriblemente falaz, ello no significa en absoluto que no haya que seguir trabajando y construyendo un mundo basado en esos valores, reivindicando una razón crítica con un horizonte amplio vinculado al ámbito moral. Tal y como yo lo veo, fue el anarquismo es que radicalizó ampliamente en aras de la emancipación todo lo surgido en la ilustración, aquello que pareció forjar una modernidad que finalmente se mostró incapaz de desterrar el absolutismo, y ahora nos encontramos en una época muy diferente donde hay que buscar nuevas prácticas libertarias ajenas a cualquier asomo de dogmatismo.

Dicho esto, para que no se confunda una cosa con la otra (lamento tener que aclararlo, pero sobran los bodoques en este mundo que sufrimos), vayamos con la basura esa perniciosa de la ilustración oscura. Efectivamente, se trata de un movimiento neorreaccionario, surgido de la inicua mano de esos magnates tecnológicos, donde me pierdo un poco cuando algunos filósofos lo emparentan con el llamado anarcocapitalismo. Primero, que juntar en un mismo vocablo anarquía y capitalismo es, sencillamente, un maligno oxímoron; luego, que estos fulanos no pretenden en absoluto acabar con el Estado, sino sustituirlo por una suerte de gran corporación con grandes ejecutivos al frente. Hay quien sostiene, y puede que esté de acuerdo, en que todo este auge reaccionario (con diferentes rostros, pero tan iguales en el fondo) no es solo una reacción social y cultural frente al progresismo (sea lo que sea eso a estas alturas), también se trata de una profunda transformación, una más, del condenado capitalismo. Se dice que los promotores de este reverso ilustrado escribían hace años en internet, especialmente en blogs o ámbitos similares, para pasarse luego a ese vertedero intelectual que son las redes sociales; nos sonará mucho su modus operandi que resulta en firmar bajo seudónimo, utilizar un lenguaje vulgar ajeno a lo académico o, en general, hacer uso del troleo, todo con el objetivo de desarrollar una contracultura del wokismo o de esa ideología progresista.

Pero, insistiré con lúcida pertinacia, no se trata únicamente de ese ámbito contracultural tan irritante y malévolo, también de algo que tiene una dimensión mucho mayor y que obviamente supone una nueva mutación del liberalismo entendido en su concepción más nefasta (si queremos llamarlos así, pueden ser los pseudolibertarios). A menudo, Estados Unidos se ha presentado como el máximo representante de la democracia liberal, frente a antaño la Unión Soviética o ahora la propia China, aunque se haya esforzado en destruir toda profundización democrática y social cuando haya perjudicado sus intereses; ahora, con el enloquecido Trump puede que estemos en una nueva fase al respecto. Milei sería otro ejemplo sobre esta suerte de ilustración oscura, aunque no quiero abundar en demasiados nombres que solo invitan a una confusión aún mayor al estar sujetos todos ellos a sus propios contextos. Y es que aunque estos gobernantes reaccionarios actuales, cada uno con sus características, acaben siendo desbancados, es posible que a nivel mundial no haya que desdeñar en absoluto la influencia de estos gigantes tecnológicos que promueven, incluso, que la democracia liberal ya no es necesaria. Neofascismo, tecnofascismo, tecnofeudalismo… diversos nombres para un auge reaccionario que, efectivamente, adopta diversos caras para puede que unirse en todo un ámbito autoritario y explotador.

Si la derecha más extrema se esforzaba antaño en apelar a los perversos mitos nacionales y a las muy cuestionables tradiciones históricas, ahora parecen que se fusionan con una fascinación por las nuevas tecnologías, la inteligencia artificial y toda suerte de dislates futuristas. Lo que resulta indudable es que esta nueva o vieja ultraderecha es el rostro más fiero de esa visión acerca de que una autoridad coercitiva es esencial en toda sociedad humana, ya sea en forma de Estado o de grandes corporaciones jerarquizadas. Y es que si en mi entrada anterior reflexionaba sobre que la tecnología no es en absoluto neutra, ahora la gente más poderosa del planeta promueve que la misma puede proyectarnos hacia un futuro aún más aterrador, con una perversa idea de la libertad que encubre el sometimiento de muchos y la más inaceptable desigualdad (vamos, una exacerbación de lo que ya sufrimos). Resulta doblemente aterrador que esta nueva derecha se haya presentado mediáticamente, además, como los nuevos rebeldes contra un sistema que ellos observan como impregnado de ideología progresista y de ahí también ahora esa estupidez de la ilustración oscura. Son tiempos duros y extraños, y desde la perspectiva de un horizonte libertario (el de verdad, el que une la libertad a la solidaridad en un contexto antiautoritario) hay que evitar toda confusión con unos valores y una praxis nítidos. Procuremos que así siga siendo.

 

Juan Cáspar

Resistencia

 



Y después de haber errado

continuar caminando,

insistir hasta encontrar

el rastro de la imagen

que dé figura

y sentido a la travesía,

aceptar el desafío

que supone descifrar señales

con las que designar utopías,

atravesar la extensión sin fin

de este desierto vacío

y la palabra que lo nombra

para al final

encontrarnos con la nada,

esa callada compañera de viaje

que marca el rumbo

de todos los desposeídos de la tierra,

esa remota posibilidad

que es un instante sin tiempo,

un lugar sin espacio.

 

 

Alfredo Saldaña. Malpaís. Ed. La Isla de Siltolá, 2015

lunes, septiembre 28

El recuerdo de ayer para los retos de hoy. 25 años desde el G8 de Génova

 

Hay acontecimientos que marcan un punto de inflexión en la historia, tanto si hablamos de la Historia con “H” mayúscula como de historias personales. Para la generación que se inició en la militancia con la ola de 1968, fue sin duda la masacre de Estado de la Piazza Fontana; para muchos de mi generación, fueron las jornadas del G8 en Génova en julio de 2001. No pretendo, ni mucho menos, comparar ambos hechos, que tuvieron una gravedad, unos contextos y unas dinámicas completamente diferentes, pero ambos marcaron para muchas personas el momento de la “pérdida de la inocencia”. Y por eso, aunque hayan pasado veinticinco años, el recuerdo ardiente de aquellos días sigue presente como algo vivo, como si fuera ayer. Por eso es importante hablar de ello y reflexionar, aunque el mundo, mientras tanto, haya cambiado radicalmente, en muchos aspectos a peor.

Para hablar de Génova hay que referirse a aquel movimiento transnacional que se denominó “No global”, sobre todo en los medios de comunicación convencionales. Aunque ya existía de forma clandestina desde hacía tiempo, adquirió resonancia mundial por las protestas contra la cumbre de la OMC (Organización Mundial del Comercio) celebrada en Seattle a finales de noviembre de 1999, cuando decenas de miles de personas salieron a las calles con la intención de protestar y bloquear por todos los medios posibles esa reunión de los poderosos de la tierra. Entre el ruido de los escaparates rotos y las barricadas contra la policía, entre los gestos de quienes ayudaban a aliviar los efectos de los gases lacrimógenos y los desfiles irreverentes del “ejército de payasos”, un nuevo, poderoso y multifacético movimiento internacional se imponía en la escena para desafiar a los amos del mundo. A partir de ese momento, allá donde se celebrará un foro de organismos internacionales (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, OCDE, OTAN, etc.), decenas y, a veces, cientos de miles de personas se manifestaban y asediaban los lugares físicos donde se celebraban las cumbres.

 

Además de su difusión por todos los continentes, la otra característica importante de aquel movimiento fue su capacidad para mantener unidas no tanto las ideas como las distintas prácticas de la calle. De hecho, con modalidades diferentes en cada ocasión, durante casi dos años no se produjo esa devastadora división entre “buenos” y “malos”, la pesadilla de tantas movilizaciones, sino una pluralidad de enfoques que lograban convivir: desde el “ejército de payasos” hasta la marcha pacifista, desde el “black bloc” hasta la huelga sindical. Las instituciones respondieron con una violencia creciente, hasta llegar a marzo de 2001, cuando las protestas contra el Foro Global de Nápoles terminaron con una masacre policial en la plaza Plebiscito y con las torturas a los detenidos trasladados al cuartel Raniero, y en junio de 2001 en Gotemburgo, cuando un policía disparó tres balas en la espalda a un manifestante de 19 años que, por suerte, sobrevivió. Un claro anticipo de lo que sucedería en julio.

El G8 de Génova debía representar, en la mente de muchos, el punto álgido de aquel movimiento y, en cambio, marcó su fin, junto con el atentado contra las Torres Gemelas en septiembre de ese mismo año.

Una de las causas fue que las numerosas personas que se reunieron en el Genoa Social Forum —la red que organizó la contracumbre— reprodujeron, de hecho, las viejas lógicas hegemónicas y autoritarias de los aparatos políticos y sindicales, sin hacer suyas aquellas nuevas formas de acuerdo y de compartir prácticas propias del movimiento antiglobalización en otros países.

Así fue como la violencia estatal, desplegada en toda su ferocidad, pudo tener vía libre para dividir el movimiento e infundir dudas y recelos. Y ello a pesar de que la orden de intervención de las “fuerzas del orden” estaba clara desde la mañana del viernes 20 de julio: masacrar a todo el mundo sin vacilar. El asesinato de Carlo Giuliani, las palizas salvajes en las calles, las torturas de Bolzaneto y la masacre en el instituto Díaz no fueron “accidentes”, sino el resultado de una puesta en escena planificada desde hacía tiempo. Una lección práctica de democracia real, más eficaz que mil discursos subversivos. A pesar de ello, muchas voces de la izquierda pacifista e institucional seguirán hablando, a lo largo de los años, de una democracia traicionada.

 

Los “Anarquistas contra el G8”, a los que se sumaban buena parte de los anarquistas y anarquistas de lengua italiana que acudieron a Génova, decidieron pasar de largo ante el asedio a la zona roja donde se encontraban los jefes de Estado y manifestarse, en cambio, en Sampierdarena, en la Génova proletaria, la de las grandes luchas obreras.

Apostamos por la huelga general, creamos comités de huelga en varias ciudades que dieron lugar a asambleas territoriales. Apostábamos por la radicalidad de los objetivos y por el arraigo social. En el número de Umanità Nova que se distribuyó en Génova escribíamos:

“Las manifestaciones internacionales, como la de hoy en Génova, han sido y serán importantes porque logran poner de relieve el carácter destructivo, violento e irreformable de los diversos organismos supranacionales, pero no pueden constituir el punto central de un camino que, necesariamente, debe desarrollarse en otro lugar. La fuerza de este movimiento reside en la capacidad de combinar radicalidad y arraigo, de actuar y pensar a nivel local y de actuar y pensar a nivel global, y no debe quedarse estancada en la mera contestación a las cúpulas de los poderosos. De lo contrario, se corre el riesgo de convertirse en una especie de “operador turístico” de la antiglobalización, especializado en viajes a países exóticos. Una especie de “Camel Trophy” de la subversión, con emociones programadas incluidas. O, peor aún, de servir de apoyo a una izquierda institucional exangüe en busca de cargos y caras nuevas. En el Foro Social de Génova participaron políticos de todo tipo necesitados de legitimación.

(…)

Este es un mundo que corre, corre cada vez más rápido, y con la misma rapidez tritura experiencias, trayectorias e incluso los movimientos sociales que no saben escapar del espectáculo, de esa lógica demencial que, imitando sin sentido las reglas impuestas por el marketing, consume rápidamente —haciéndola de repente obsoleta— incluso la capacidad de crítica, de traspaso y de negación de lo establecido. Es una trampa que hay que esquivar, desorientando al adversario, multiplicando la propia capacidad de abrir nuevos terrenos, zonas autónomas, espacios libres. Para superar los numerosos atolladeros en los que corre el riesgo de quedarse estancado, es necesario que el movimiento sepa extenderse por el territorio como el polvo, construyendo relaciones conflictivas que se alimenten de la capacidad de construir intencionadamente otros mundos, otras relaciones, otras vidas. Cada día, en todas partes. La tensión hacia una acción radical que sepa extraer su fuerza de un arraigo profundo, de una visión de futuro capaz de impregnar profundamente el presente, puede ser el signo de un movimiento revolucionario capaz de construir su propio futuro en el hoy. Como anarquistas hemos comenzado, no sin dificultades, a avanzar en esta dirección, la única capaz de recoger las reivindicaciones más fecundas de estos movimientos. Pero se puede y se debe hacer más”.

Creemos que esas palabras son más actuales que nunca. De hecho, la historia ha dejado claro que solo allí donde han surgido movimientos amplios que han logrado combinar una fuerte presencia territorial con la acción directa de las masas —y no solo de minorías de militantes—, los gobiernos y los empresarios han tenido miedo.

La decisión de intentar ser radicales y estar arraigados es, por tanto, para nosotros el principal legado de aquellos días de julio, una apuesta que se renueva cada día en las luchas que promovemos y vivimos. Una acción constante de sustracción conflictiva del orden establecido que se combina con la práctica de la autogestión y la lucha cotidiana.

 

 Un compañero que estuvo allí / Umanità Nova

viernes, septiembre 25

¿Inteligencia? artificial

 

El que los tan esperpénticos, como inicuos, tecnobros estén ahora alertando sobre los peligros de la inteligencia artificial, y no hacer falta tener una gran oxigenación cerebral para verlo, viene a significar que desean seguir teniendo el todopoderoso control de la tecnología en esta suerte de capitalismo desalmado. Hubo un tiempo, en los albores de la modernidad, donde muchos confiaban en que el conocimiento y los avances tecnológicos condujeran, paulatinamente o a través de grandes revoluciones, a poco menos que un paraíso o, al menos, a una sociedad mejor. Hoy, solo podemos ver esto como un mal y pavoroso chiste. No, no soy ninguna clase de tecnófobo, aunque podríamos matizar que si, históricamente, ha habido movimientos que se han opuesto al desarrollo tecnológico (es el caso de los llamado luditas) fue más por considerar que las máquinas ponían en peligro su medio de vida para sumirlos en la más indignante necesidad. En otras palabras, que la tecnología nunca ha sido neutral y se ha desarrollado en un mundo profundamente desigualitario, sin socialización alguna de la riqueza, por lo que todo avance al respecto ha servido para favorecer a una minoría y precarizar al resto. Así, nos cuenten lo que nos cuenten, llegamos al día de hoy, bien entrado el siglo XXI. Y la auténtica revolución tecnológica que se ha producido en las últimas décadas, y no debería haber nadie con la suficiente comunicación interneuronal que lo dudara, se ha puesto al servicio, fundamentalmente, de todas esas élites, políticas y económicas, que aseguran un mundo plagado de miseria, precarización y conflictos bélicos permanentes.

Solo con una apariencia de libertades, y eso en la mayor parte de las sociedades malllamadas desarrolladas, algo que permite apaciguar a demasiados sapiens para no desarrollar la más mínima conciencia sobre el mundo que sufrimos, se asienta una nueva clase de totalitarismo gracias a unas nuevas tecnologías que aseguran el control y la vigilancia de los poderes establecidos. Por supuesto, un totalitarismo más sutil que el desarrollado en el siglo XX por Estados omniscientes, donde de forma voluntaria el ciudadano entrega su potestad para la posibildiad de una vida más libre, consciente y solidaria. Por otra parte, es digno de estudio cómo a gran parte del personal esos aparatitos electrónicos cada vez más sofisticados, lejos de ponerlos a disposición de un mundo algo más ético e inteligente, les sumerge en la enajenación, en la vacuidad y en el placer más atolondrado. Estaba cargada de lucidez aquella pintada que puede ver ya hace años: «Tu móvil es cada vez más inteligente, mientras que tú eres progresivamente más estúpido». Por lo tanto, tratemos de no confundir las cosas, realizar una feroz crítica a ese desarrollo tecnológico, que asegura un mundo injusto, no es lo mismo que ser tecnófobo o neoludita o como lo queramos denominar. Y, claro, evidenciar toda esta profunda alienación en que parecen sumidas las masas hará que se vea esto como una lectura apocalípitica cuando no puede ser más realista; son un hecho la explotación laboral, el deterioro medioambiental, los conflictos bélicos, las crisis de todo tipo (que abundan en el miedo y favorecen al poder), la represión de los Estados (que no siempre tiene por qué ser ya evidente), el control empresarial… Todo, para quien no desee mirar para otro lado, constituye la realidad y es el desarrollo tecnológico, insistiremos en que nada neutral, el que asegura que se siga perseverando en el sufrimiento de tantas personas.

Vamos ahora con ese (supuesto) gran paso adelante que es la IA. Hay quien lo ha llamado tecnofascismo, una suerte de sinergia entre el poder político y nuevas formas muy avanzadas de producción capitalistas que conducen a ese auténtico totalitarismo de nuevo cuño. No sé si soy muy amigo de utilizar conceptos políticos clásicos, en un mundo que en la actualidad es muy diferente, ya que ello requiere dar demasiadas explicaciones, pero seguramente no hay más remedio. Mucho se ha especulado, hasta extremos dignos de la fantasía científica, sobre lo que las nuevas tecnologías podían hacer con el ser humano. Como ya he repetido, la realidad hoy es mucho más terrible, mientras tenemos que soportar que los malditos oligarcas corporativos adviertan ahora sobre que, ojo, con que acabemos con una inteligencia artificial consciente de sí misma que nos lleve a los universos de Terminator o Matrix. Muy al contrario de esta pueril visión post-apocalíptica, hay quien sostiene que la realidad es mucho más sencilla, la IA es la culminación, en un nuevo escenario, de la producción capitalista llamada taylorismo iniciada siglo y pico antes: la división del trabajo a todos los niveles y la búsqueda de eficiencia, control y rentabilidad a costa de los valores humanos más elementales. Resulta evidente que la IA, lo mismo que otros desarrollos en forma de aparatos y aplicaciones, con un poquito de cabeza, pueden hacernos más fácil algunos aspectos de nuestra vida diaria. Sin embargo, esta visión superficial encubre que los principales beneficiados son grupos privilegiados, que son los mismos que controlan que dicha tecnología continúe al servicio de un mundo sin atisbo de una transformación al servicio del conjunto de la sociedad.

Al igual que ocurrió con las máquinas que sustituyeron a los trabajadores en los inicios de la Revolución Industrial, que no fue para hacerles la vida más fácil y que dio lugar al movimiento de Ludd, sino para quitarles el pan de la boca, ahora es la IA la que ha acabado con puestos de trabajo y ha llevado a la precarización. Sí, es una lógica dentro del capitalismo, de un mundo donde unos pocos controlan los medios de producción, los recursos y una riqueza cuyas migajas ni siquiera llegan a muchos, pero supone la realidad para muchas personas y con ello hay que lidiar, de forma paralela a que tratemos de construir un mundo más decente, para hacerles la vida mejor. Al mismo tiempo, en el terreno de la educación, no parece que sea la IA la herramienta más adecuada para un auténtico conocimiento, ya que los problemas complejos dudo que sean capaces de abordarse por ese camino, ni mucho menos para potenciar la conciencia y los valores morales (huelga explicar por qué, en este caso). La IA, como toda tecnología creada desde arriba, es evidente que está fundamentalmente al servicio del discurso dominante, por lo que perpetúa una visión del mundo sesgada (por no decir, abiertamente, alienante). Desgraciadamente, demasiados aceptan acríticamente estos relatos de los que manejan el cotarro; otros, con evidente malestar psicológico, buscan refugio en toda suerte de disparatadas creencias alternativas, mientras que algunos creen cambiar las cosas acudiendo a ciertas ideologías tal vez obsoletas en los nuevos escenarios. De momento, sin tener nadie todas las respuestas y aceptando que tenemos que seguir viviendo en una realidad que nos revuelve el estómago y la conciencia, hay que apostar por decir no en tantos ámbitos de la existencia, por la rebeldía permanente, por la insurrección cotidiana y por un desarrollo personal que apueste ferozmente por la solidaridad. Palabras, claro, de un ácrata, paradójicamente o no tanto, con algunos tintes nihilistas.

 

Juan Cáspar

martes, septiembre 22

La huelga de camareros de Madrid contra la propina

 

 

A finales de 1933, los sindicatos de la capital buscaron sustituir el sistema de propinas por un salario justo.

 

 “Otra vez la misma historia”, piensa Lucía al ver las monedas en la mesa cuando se acerca a recoger la taza de café vacía. “¡Espere, señor!”, grita al hombre encorbatado que está saliendo por la puerta. Este se da la vuelta y ve cómo la camarera se le aproxima y le devuelve el dinero. “Perdone, señorita, siempre se me olvida la manía que tienen de no aceptar propina”. Lucía se arma de paciencia y responde con una sonrisa: “No son manías. Aquí queremos derechos, no limosnas. Puede ir a la puerta de la iglesia a regalar sus monedillas”. El cliente se encoge de hombros y se marcha.

Lucía y los otros dos camareros que trabajan en esta pequeña cafetería cercana a la Gran Vía llevan meses devolviendo todas y cada una de las propinas que les dejan los clientes. En este local se cumple a rajatabla el acuerdo del jurado mixto de hostelería del 5 de julio de 1933, que marca un aumento de diez céntimos en el precio del café y añade, según el Heraldo de Madrid, “queda suprimida la propina en los cafés, bares, cafés-bares y similares (…) percibiendo como retribución el obrero camarero el 20%. Se ruega al público se abstenga de dar propinas”. La norma incluso contempla “severas sanciones” para los camareros que las acepten.

Una costumbre aristocrática

La abolición legal de la propina es fruto de la presión de las organizaciones sindicales. Critican esta costumbre desde dos aspectos. Uno es puramente económico, ya que la propina es la fórmula utilizada por la patronal del sector para ahorrarse una importante parte del coste salarial de la plantilla, incrementando además el porcentaje de beneficio empresarial que les generan los servicios ofrecidos.

El otro aspecto se sitúa en un plano más inmaterial, como sugiere la frase de Lucía. La oferta de servicios de hostelería es, en realidad, como cualquier otro sector económico: una empresa proporciona un bien de consumo a la clientela a cambio de un precio establecido previamente. Mediante la propina, se genera una ficción donde el cliente no es únicamente cliente de la empresa, sino que asume el papel de jefe del trabajador. El cliente del local, sea un millonario o un muerto de hambre, se cree ahora capacitado para tomar el rol del patrón y recompensar a su servidumbre, al trabajador “simpático”, “rápido” o “servicial”. O, por supuesto, no hacerlo en el caso de que le haya parecido “torpe”, “lento” o “maleducado”. Por estos motivos,el periódico El socialista celebra la nueva legislación “tanto por las ventajas materiales que reporta como por la elevación de moral que supone en la profesión”.

El origen de la propina parece remontarse a la Europa del siglo XVI, donde los aristócratas viajeros recompensaban así el trabajo de los empleados de sus anfitriones. Desde allí fue expandiéndose, aunque no permeó a otras culturas como la china o la japonesa, que en el siglo XXI siguen considerándola una costumbre, en el mejor de los casos, chocante y, en el peor, insultante. Sí hizo fortuna en Estados Unidos, cuyos primeros ricos quisieron imitar el supuesto refinamiento de sus homólogos del viejo continente. A esto se sumó posteriormente el tema racial. El fin de la esclavitud supuso que los negros trabajaran libremente. Sus antiguos amos no pensaban pagarles, pero les dejaron recibir propinas. “Los negros aceptan propinas, por supuesto, uno espera eso de ellos, es una señal de su inferioridad”, comentaba un periodista en 1902. La servidumbre continuaba. A pesar de que ha habido épocas donde la propina ha suscitado polémica pública, hoy en día está muy arraigada en el país, como no es de extrañar tratándose de un laboratorio ultraliberal.

Madrid sin cafés

El sábado 2 de diciembre de 1933, Lucía y todos los camareros de Madrid están llamados a la huelga. Como suele ser costumbre en la II República, el papel donde se reflejan los derechos suele estar mojado. La nueva normativa se incumple sistemáticamente y, salvo en establecimientos como el de Lucía, los camareros no solo no avanzan económicamente sino que salen perdiendo. Las propinas se reducen pero no reciben el porcentaje establecido sobre las ventas. El único efecto real de la medida son los lamentos descarnados de los periódicos burgueses, como La nación, que afirma que “algunos las seguiremos dando, aun cuando se enfade el Jurado mixto, si nuestro camarero no se niega en rotundo. Porque sería fatal que la sonrisa desapareciera de sus labios”.

En esta situación, el gremio se agita. El que más se ha movido ha sido el Sindicato Gastronómico, adherido a una CNT que pisa fuerte en Madrid a pesar de estar constituida allí desde hace muy poco tiempo. También convoca la huelga la Agrupación General de Camareros de la UGT. Se reclama un aumento salarial que, de paso, liquide definitivamente la propina.

El paro es un éxito desde el principio. “El cierre ha sido absoluto, pues salvo algún establecimiento aislado que conserva abiertas sus puertas y tiene los servicios atendidos por los dueños, todos se encuentran cerrados”, se narra en Luz. Comisiones de huelguistas recorren la ciudad desde por la mañana, instando a cerrar a los propietarios renuentes.Algunos locales de dueños recalcitrantes son atacados con piedras o petardos, pero los altercados son escasos, a pesar de lo cual es detenido el comité de huelga. Para sorpresa de nadie, la prensa (salvo la obrera) se centra en los perjuicios que sufre la clientela. Una columna en La voz se pregunta dramáticamente dónde pasar unas horas saboreando el moka o la caña con los amigos, con la familia o, si hay caso, con la novia, para a continuación concluir lo evidente: “Estos camareros tienen el demonio en el cuerpo”. Mundo gráfico, por su parte, muestra una serie de imágenes relacionadas con la huelga acompañadas por comentarios de esta guisa: “Esta sirvienta no quiso que estos clientes se quedaran sin café. Ellos, castizos, corresponden con unos piropos a la atención de esta señorita tan simpática”.

El 6 de diciembre, la huelga de camareros se extiende a más sectores, como los hoteles. La huelga se desarrolla en un clima de alta intensidad política a nivel nacional, tras la victoria derechista en las elecciones de noviembre. Las negociaciones no dan fruto y el día 7 el Gobierno decide intervenir en busca de un acuerdo entre las partes, con una revisión transitoria hasta ese momento. Sin embargo, la solución no llega, por lo que los trabajadores se impacientan. La asamblea convoca una nueva huelga a partir del 10 de febrero, ante lo que el nuevo ministro de Trabajo toma cartas en el asunto y garantiza un salario mínimo que satisface a los sindicatos. La movilización obrera madrileña por un salario justo y contra la propina ha triunfado. Esta seguirá siendo anatema para la clase obrera militante, como señala el escritor británico George Orwell, quien narra en Homenaje a Cataluña cómo durante su estancia en la España revolucionaria se ve obligado a “recibir un sermón” tras intentar dársela a un ascensorista. En la posguerra, cuando la caridad sustituye a la justicia, la propina resurge con fuerza.

 

 Eduardo Pérez 

https://www.elsaltodiario.com 

sábado, septiembre 19

¿Por qué es deseable una sociedad laica? Porque es deseable la libertad


Entrevista a Ilya U. Topper, autor de “Dios, marca registrada”

 

-Parece un hecho innegable que la mayoría de la población mundial vive algún tipo de espiritualidad o de creencia religiosa, hecho que hay que entender y aceptar en toda su complejidad…

 

-Ilya U. Topper: Perdona que interrumpa: voy a negar la mayor. Es un hecho innegable que la mayoría de la población mundial vive sometida a alguna forma de creencia religiosa, normalmente estandarizada por algún tipo de clero. Hay quien crree en esa religión, pero hay muchos otros que asumen sus fórmulas como parte de una vida social obligada, sin que esto tenga nada de espiritual. Lo que llamamos religión es, mucho más que espiritualidad, un tipo de organización social y político, normalmente controlado por ciertos círculos de poder. Cuando estos círculos de poder no están físicamente presentes, por ejemplo en regiones rurales alejadas, la influencia d ella religión puede ser muy baja, o simplemente prestar su nombre a la práctica de otros ritos, anteriores, “paganos”, que también son más sociales que espirituales. Y si su poder desaparece, l agnosticismo, al menos desde su aspecto práctico, se convierte en mayoría, como pasa hoy en España, donde el 70% de los adultos no va a misa nunca o casi nunca (y eso incluye más de la mitad de quienes se declaran católicos).

 

-…Sin embargo, no sé si podemos hablar de un nuevo resurgir religioso, ligado quizás a nuevas circunstancias, necesidades e incertidumbres sociales. ¿Cómo podríamos caracterizar ese resurgir de la religión?

 

-Como un éxito de ciertos grupos de poder. Que han visto que las formas de religión tradicionales han ido desapareciendo, precisamente porque la gente, una vez quitada la obligatoriedad de practicar una religión, deja de practicarla: porque no la necesita. Por eso este resurgir religioso se caracteriza por nuevas formas, nuevos ritos. No es que la gente en España vuelva a peregrinar a las ermitas del pueblo; lo que tiene éxito son grupos evangelistas con cánticos, o bien grupos católicos que forman comunidades concretas, cerradas; se ofrece una organización social, ser parte de algo.

 

-Islam, cristianismo, judaísmo, son las tres principales religiones monoteístas. En tu obra pones en cuestión determinados mitos o interpretaciones que parecen tratar de construir diferencias artificiales entre ellas. ¿Cuáles serían esas interpretaciones y que objetivo persiguen?

 

-Judaísmo, cristianismo e Islam son tres formas de una sola religión, estandarizadas en diferentes momentos históricos. Eso es obvio para los últimos llegados, los musulmanes: en el islam no cabe ninguna duda que el Corán es un libro santo enviado por el mismo Dios que envió la torá y los Evangelios en anteriorres intentos de guiar la humanidad. Los cristianos también lo tienen muy claro respecto a la religión judía: a la Torá la llaman, simplemente, antiguo Testamento, y la aceptan como obra fundamental de la religión cristiana. A ningún cristiano se le ocurriría decir que el Dios que mandó el Diluvio del que escapó Noé o dio los Diez Mandamientos a Moisés es un Dios distinto del que se encarna en Jesucristo. Luego, cada religión tacha de herejes a quienes se salen de la comunidad e inventan nuevas formas de ritos: así, para los judíos, los cristianos son adoradores de imagenes y para los cristianos, los musulmanes son unos infieles. Para evitar que más gente siga la nueva corriente, por nueva siempre atractiva, la ortodoxia, que quiere mantener su poder, tiene que hacer ver a su grey que lo nuevo es un sindios. Más tarde usará cualquier rasgo de la nueva comunidad, que puede ser perfectamente una tradición local, como ejemplo de que los otros son unos bárbaros. Simple propaganda negra.

 

-¿Cómo debemos entender el relativismo y diversidad cultural frente al fenómeno religioso?

 

-Como relativismo entendemos que no hay valores absolutos: todo es relativo. Por supuesto, la religión nunca es relativista: propugna sus valores como divinos, absolutos e incuestionables. El relativismo se halla entre quienes combaten contra su propia religión, esd ecir, contra la religión que un poder político les ha impuesto como obligatoria, pero se inhiben frente a otras religiones impuestas a otros pueblos: lo asumen como un exotismo atractivo e incluso admirable. Apelan a la “diversidad cultural” de esos otros pueblos, asumiendo que los valores (divinos) de aquella religión son los adecuados para regir la vida de ellos, al tiempo que jamás los aceptarían para regir su propia vida. Rechazan la imposición de valores religiosos incompatibles con los derechos humanos universales para ellos mismos, pero lo aceptan para “otras culturas” Con eso dan por hecho que otros pueblos, de otras culturas, no necesitan derechos humanos. En el fondo es un espantoso racismo.

 

-¿Cuáles son los principales discursos y acritudes de extrema (izquierda) y (extrema) derecha ante el hecho religioso?

 

-La izquierda tiene una larga tradición de combatir contra la imposición de valores religiosos… pero siempre contra los propios. Frente a los ajenos, a menudo adopta la postura esbozada arriba: da por hecho que otros pueblos si necesitan un orden religioso del que los europeos se han conseguido liberar. Por supuesto, también hay en la izqierda quien invoca la universalidad de los derechos humanos frente a todas las religiones, pero hoy mismo es una corriente minoritaria. La derecha, en cambio, suele enaltecer la religión, siempre la suya propia, como un valor esencial de su condición nacional y como uno de los factores esenciales de diferenciación frente a otras naciones. A menudo describe esta religión nominal con l apalabra “cultura”: la derecha española, por ejemplo, dirige todo su discurso xenófobo contra la inmigración magrebí, por musulmana, y es más inclinada a aceptar la latinoamericana, a la que considera, erróneamente, más cercana “culturalmente” por compartir la misma religión. Por supuesto también hay en Europa una extrema derecha antirreligiosa-el nazismo era un llamativo ejemplo- pero en España es prácticamente inexistente: aquí se asocia siempre derecha a religión, y especialemnte a religión católica, hasta el punto de que hay extrañeza cuando hablo de la “derecha islamista”: como si el islam no pudiera ser de derechas, porque la derecha católica lo ha tipificado como enemigo.

 

-La actual presencia y expansión del islam en europa genera diversos miedos, fantasmas y controversias. EL wahabismo y salafismo parecen ser ideologías hegemónicas dentro del islam (financiadas principalmente por capital saudí y qatarí) ¿Cómo es de real esta influencia y hasta qué punto podemos diferenciar entre islam e islamismo?

 

-Wahabismo y salafismo son dos términos para el mismo fenómeno: una nueva forma del islam que reivindica un “regreso” a las sagradas escrituras, pero que es una innovación en términos históricos, ya que impone unas normaas ultrapatriarcales sin precedentes. Fuecreada en el siglo XVIII en Arabia Saudí por el predicador Abdul Wahab, y hasta inicios del siglo XX, los máximos dirigentes del islam ortodoxo la consideraron una secta peligrosa y destructiva, incluso hereje. Solo con la repentina riqueza de Arabia Saudí por el petróleo y su alianza con EEUU a partir de 1951 pudo imponerse al islam de toda la vida y perfilarse como una “corriente ultraortodoxa”, esencialmente usurpando el nombre del islam y erradicando lo que durante siglos se había entendido bajo el término. Los seguidores de eta secta no usan el término wahabí sino salafí, salafista (literalemnte: presbiterial, seguidor de los antepasados) o simplemente se proclaman los únicos musulmanes verdaderos, excomulgando a todos los demás (lo que se conoce como takfirismo). Por supuesto dentro de esta nueva religión hay matices, desde el Daesh hasta profesores de Oxford como Tariq Ramadan, al que presentan como voz moderada del islam… porque en Europa, el islam tradicional es simplemente desconocido; el wahabismo/salafismo lo ha reemplazado en su totalidad, especialmente en internet. Evitando términos menos populares como wahabismo o salafismo, lo habitual es llamar islamismo a este nuevo fenómeno religioso, por su aspiración política de dictar normas sociales basadas en la teología. Por supuesto es muy justificado el miedo a una maquinaria teológica, respaldada por los países más ricos del mundo, que intenta someter a toda la población nacida musulmana a leyes teocráticas, estén en países musumanes o estén en Europa, donde esa corriente cuenta con pleno respaldo de gobiernos, empresas e intelectuales, al ser considerada simplemente “el islam”. (La izquierda lo respalda expresamente, la derecha, al rechazar “el islam” en bloque, también lo respalda, elevando las normas salafistas a expresión natural del islam).

 

-¿Cuáles la diferencia entre racismo antimusulmán e islamofobia?

 

-El racismo rechaza a personas que aparentan ser de otra tierra, etnia, cultura, con independencia de su carácter o creencia individual. En España últimamente se dirige especialmente contra personas de aspecto magrebí o levantino o nombre árabe, es decir a quienes se les supone la condición de musulmanes (sin importar en absoluto si lo son realmente), porque se da por hecho que al ser (en realidad, parecer) musulmanes nunca puden convivir en armonía con la sociedad española. Esto es un racismo antimusulmán y es cada vez más frecuente en la derecha. La islamofobia, por su parte, es un eslogan utilizado por los islamistas y sus aliados, especialmente en la izquierda europea, para acallar críticas al islam como religión o como conjunto de normas teocráticas. Tachan de “islamofobia” la misma actitud hacia el islam que cualquier feminista europea tiene hacia el catolicismo: si critico el veto al divorcio en la Iglesia católica, soy librepensador; si critico la poligamia en el islam, soy islamófobo. Por eso, la acusación de “islamofobia” se arroja sobre todo contra mujeres nacidas en sociedades musulmanas que se rebelan contra la imposición del salafismo en sus sociedades. En otras palabras: racismo antimusulmán es no alquilarle un piso a una chica que se llama Aicha; “islamófoba” es lo que le dirán a Aicha cuando se mofa del verso coránico que o le permite traerse a un chico al piso que ha alquilado.

 

-¿Existe un peligro de guetización socio-religiosa? ¿Qué influencia puede tener la nueva realidad religiosa como elemento de división social y de exacerbación del identitarismo?

 

-el peligro no solo existe sino que está en pleno auge desde hace una década en España como consecuencia de una inmigración muy mal gestionada: primero rechazada, por racismo, desde la sociedad de acogida; luego arremolinada, cada vez más, en torno a autoproclamados líderes religiosos, líderes a menudo pagados por organizaciones internacionales wahabíes… y que ahora reciben subvenciones públicas españolas con el expreso fin de consolidarse como representantes y gestores de la sociedad de inmigrantes. Es decir que España ha creado conscientemente pequeñas teocracias en su territorio, aislándolas bajo una “identidad” supuestamente islámica, es decir salafista-wahabí. Con el resultado de que un gueto magrebí en España se parece a la sociedad marroquí como los amish de EEUU se parecen a la sociedad alemana. Es una receta para el desastre, y ocurre en toda Europa; de hecho, en España ha llegado mucho más tarde que en Alemania o Países Bajos.

 

-Una cuestión recurrente es la del hiyab, visto como imposición patriarcal hacia las mujeres o como hecho diferencial-cultural. El tema del pañuelo puede tener cierta importancia simbólica (religiosa, identitaria…), pero ¿no está sobredimensionado y es utilizado políticamente por unos (de forma paternalista y colonialista) y otros (para reforzar la adhesión al grupo)?¿Se amplifica esta cuestión por rentabilidad política y sirve en cierto modo de cortina de humo frente otros aspectos de la opresión de las mujeres?

 

-El hiyab es el aspecto más visible del conflicto entre laicismo y salafismo y tiene un enorme alcance no sólo simbólico, sino práctico. Es un símbolo del islamismo político, ideado desde la década de 1920 pero difundido a partir de los años 80; antes no existe en el islam. Es decir: existen miles de trajes regionales ue incluyen pañuelo, tanto en las sociedades cristianas como en las musulmanas, pero no existe un consenso religioso ni social de que una musulmana debe ocultar su pelo. Es en el siglo XX cuando los movimientos islamistas, desenterrando ciertas elucubraciones teológicas, proponen esta norma, junto a la ded ejarse barba para los hombres, como signo identificativo de quienes, en oposición al movimiento anticolonialista árabe de inspiración republicana, nacionalista y etnocentrista, quieren reemplazar al Estado moderno por un sistema en el que el islam sea la fuente de toda norma yla solución a todo problema. Con la misión salafista-wahabí desde los años 80 reduce su componente de insurrección y se solidifica como señal dela subordinación de la mujer al sistema se tabúes sexuales y normas patriarcales elaborada por los teólogos wahabíes. El hiyab en la sociedad musulmana separa así, primero, a las piadosas de las mujeres normales, pero, conforme va creciendo, separa a las castas de las indecentes, hasta que, a partir de una masa crítica, toda mujer que no lleve velo será considerada simplemente puta. Este proceso se replica en el gueto islamista en Europa,donde se exige ahora a toda mujer nacida musulmana a mostrar su adherencia a la “tribu” mediante el hiyab; si no lo hace, ni acata los tabúes sexuales inextricablemente ligados al velo, debe romper con todo, incluida con su familia; un proceso tan traumático como el de salir de cualquier otra secta, sean Testigos de Jehová o judíos haredíes. El velo, por lo tanto, no es una cortina de humo que desvía la atención de los demás problemas de la mujer en una sociedad islamista, sino la herramienta que permite a los dirigentes dela sociedad islamista mantener en vigor estos problemas, ya que permite identificar de inmediato en cualquier parte a toda mujer nacida musulmana, por lo que todo hombre musulmán puede observar y censurar su comportamiento y referirlo a sus familiares o a la mezquita. Al mismo tiempo, al marcar visiblemente a la mujer de familia musulmana como un cuerpo extraño en cualquier lugar público es una eficaz barrrera contra la integración, ya que impide a la sociedad de acogida interactuar con esa mujer de forma espontánea, al margen de la religión. Es imposible solucionar ni uno solo de los problemas de la mujer sometida al islamismo si o se empieza quitando la marca que proclama publicamente su obligación de someterse al islamismo y mantenerse apartada del resto de la sociedad. Acusar a las opositoras al velo de “obsesionarse” con el velo solo enmascara la obsesión con el pelo de la mujer que tienen los defensores del velo.

 

-En el caso del cristiansimo, el catolicismo mantiene su poder económico, aunque socialmente ha perdido bastante de su influencia histórica. Llama sin embargo la atención el ascenso de otras corrientes, como las evangélicas;¿cómo caracterizarías este fenómeno y qué influencia crees que tiene o puede tener?

 

-La expansión de sectas evangelistas en Latinoamérica, a menudo financiadas desde EEUU, es a grandes rasgos comparable con la expansión del wahabismo en el Mediterráneo y es un problema político y social muy serio en esta región, que personalmente apenas conozco. También los guetos de inmigrantes latinos, especialmente de hondureños, sufren esta influencia, de una forma similar a la de los magrebíes sometidos al salafismo, pero es menos visible, dado que carece del elemento exhibicionista del velo. Ignoro hasta qué punto el gueto latino puede ejercer sobre “sus” mujeres un control comparable al de los islamistas, pero es probable que la experiencia de segrregación obligatoria, que es la finalidad del velo,sea menor entre las evangelistas, ya que la sociedad española ignora su condición y no se ve impulsada automáticaemnte a tragtarlas como a seres distintos.

 

-¿Qué papel juega el componente cristiano en lo “wasp”como identidad colectiva de la ola reaccionaria en Occidente?, ¿Exste relación entre esto y la expansión evangelista en América Latina?

 

-Lo “wasp” (White Anglo-Saxon Protestant) solo lo conozco como concepto sectorial de EEUU, no creo que pueda existir en Europa, donde la ultraderecha se compone tanto de protestantes como de católicos, y tanto de anglosajones como de galos, italianos, griegos o hasta españoles; también la expansión del evangelismo en América Latina es especialmente pronunciada en comunidades indígenas o mestizas, y en España entre gitanos. Por lo tanto no veo qué relación puede haber.

 

-¿En qué consistiría una sociedad laica y por qué es deseable?

 

-Una sociedad laica consiste en la ausencia de la imposición de normas religiosas, fundaemntadas en escrituras sagradas e indiscutibles, fuera del alcance de la razón. Dado que las religiones, al menos las monoteístas, tienden a imponer sus normas a toda persona nacida ya dentro de esa religión, o incluso a toda la ciudadanía, si tienen ese poder, una sociedad laica debe necesariamente construir baluartes contra esa imposición. Debe adoptar leyes que reviertan la imposición habitual en el pasado e impidan la difusión de normass nuevas, incluso si “solo” se agrupan a grupos reducidos, como un gueto de inmigrantes. Esto no significa prohibir la práctica de una religión, como opción individual , pero si significa que el estado no debe apoyar ni respaldar un organsimo religioso que ofrece ventajas sociales a sus afiliados-por ejemplo: nunca financiar una iglesia para obras sociales, nunca financiar una mezquita para ofrecer clases de apoyo- y que debe vigilar con especial cuidado que los niños y niñas no sean sometidos a una adoctrinación religiosa. Esto significa que en los colegios-y todos los colegios deben ser públicos- nuca se debe enseñar religión en forma de adoctrinamiento, que es lo que ocurre hoy en España (o Alemania); en ningún caso debe haber símbolos que marquen una presencia religiosa, ni en el aula, ni mucho menos en la cabeza de la profesora. Para que el ciudadano y, sobretodo la ciudadana, pueda disfrutar la garantía de libertad religiosa cimentada en la Constitución, la libertad de elegir que religión quiere practicar, si quiere practicar alguna, es imprescindible que en su adolescencia experimente personalmente la convivencia en un espacio sin distinciones religiosas: no hay libertad de elección para quién esté siempre inmerso en un entorno en el que solo una opción es lícita y todas las demáws llevan al infierno. En una sociedad laica, libertad religiosa significa la libertad de elegir individualemnte, no, como hoy, la libertad de círculos clericales de adoctrinar a quienes hayan nacido en su comunidad y segregarlas de los demás para que no escapen a su control. ¿Por qué es deseable? Porue es deseable la llibertad.

 

Extraido de la revista libertaria”Ekintza Zuzena” nº52 2026

 

miércoles, septiembre 16

De la salud mental y el control social

 

Hablamos mucho de salud mental, pero muy poco del poder que decide con qué palabras debemos nombrar el sufrimiento o quién tiene autoridad para juzgar nuestra forma de relacionarnos. Hemos aprendido a buscar el origen del malestar psíquico en nuestra historia individual, en cómo gestionamos las emociones o, cada vez más, en una posible desregulación bioquímica. Y así, casi sin darnos cuenta, vamos traduciendo una parte muy amplia de la experiencia humana al lenguaje de las disciplinas psi —la psiquiatría o la psicología—, y aceptando sus diagnósticos y tratamientos. Es ya parte del sentido común de nuestra época.

Aceptar esa «cultura psi» en el habla cotidiana no es baladí. Cuando dejamos de entender la tristeza, la rabia, el agotamiento o el miedo como respuestas legítimas a nuestras condiciones de vida y pasamos a nombrarlas como síntomas, modificamos también a quién otorgamos credibilidad para nombrar lo que nos está pasando. Lo que podríamos pensar como reacción a parte del conflicto social —la explotación, la precariedad o la violencia estructural— nos reaparece traducido como desorden emocional/bioquímico individual y, a menudo, como trastorno susceptible de tratamiento. Incluso cuando podemos reconocer fácilmente las causas externas, la intervención profesional rara vez se orienta a cuestionarlas, suele pedir al individuo que aprenda a soportarlas con el menor desborde posible.

Así, nuestro sufrimiento es capturado por ese vocabulario «experto» y se nos devuelve a cada una como problema particular. A medida que esa mirada va ganando terreno, retroceden otras perspectivas, como la política, la histórica o la filosófica, que nos ayudarían a leer el malestar unido al conflicto social de nuestra época y revelarían la necesidad de tejer comunidad para afrontarlo. Lo que nos duele sigue ahí, pero cambia el modo de nombrarlo y, de esta manera, el modo de intervenir sobre ello.

Esta apropiación se inscribe en un marco más amplio, en el que también la definición de locura ha servido a las sociedades para separar lo que se consideraba aceptable de lo intolerable. Sabemos que aquello que cada época llama «locura» no es un constructo fijo, sino una figura histórica y cambiante con la que cada comunidad establece sus propios límites. De este modo, durante siglos, junto a la figura del loco, las vidas que cuestionaban el orden social fueron empujadas a los márgenes: vagabundas, improductivas, insumisas, cuerpos disidentes… Nunca se trató de aliviar su sufrimiento, se buscaba disciplinarlas.

El manicomio aparecía, así como lugar de encierro y corrección. En nombre de la razón, se apartó del cuerpo social a quienes incomodaban, recordando a sus coetáneos qué destino aguardaba a quienes osaban vivir fuera de la norma. Franco Basaglia, psiquiatra italiano y figura central de la reforma psiquiátrica, defendía que cerrar el manicomio era un paso imprescindible, pero insignificante. Su abolición no garantizaría el fin del control social, puesto que, con la expansión de la medicalización y gracias a la contención química, esa función continuaría fuera de sus muros, de forma más extendida, más discreta y, seguramente por eso, más eficaz.

Hoy el encierro, aunque persiste, ya no ocupa siempre el centro, pero la lógica de corrección opera por otras vías: diagnósticos, informes a los que se da más valor que a nuestra propia palabra, medicaciones que vuelven tolerables vidas insoportables, terapias orientadas a la adaptación, etc. La eficacia no consiste tanto en encerrarnos a todas como en lograr que cada una acabe por vigilarse y corregirse a sí misma.

Ese es uno de los logros más importantes de las disciplinas psi. Primero, conceptualizaron la «locura» como enfermedad, y desplazaron otras visiones para comprenderla. Después lo fueron haciendo con otros malestares: la ansiedad, la depresión, las adicciones, las compulsiones, la infancia inquieta, el cansancio extremo, la incapacidad para sostener trabajos basura, etc. Vemos así que lo normal y lo patológico no pueden entenderse como categorías objetivas: su delimitación depende de relaciones de poder, valores morales e intereses sociales que, además, deciden sobre qué cuerpos recae esa distinción.

Lo que en teoría se nos presenta como ayuda cumple, en muchos casos, otra función en la práctica: transformar el daño que produce una sociedad desigual en un problema íntimo que cada cual debemos gestionar sin paralizar demasiado el circuito de producción capitalista. Se acepta que hablemos de ansiedad, pero no de explotación. Se tolera la depresión, pero no la lucha por impugnar las condiciones que la producen. Nos animan al autocuidado mientras se destruye la única estructura social que puede salvarnos: los vínculos, el tiempo disponible, las seguridades materiales o las formas de vida compartida. El resultado es una cultura que sí nos reconoce el sufrimiento, pero a condición de individualizarlo. Bajo la apariencia del cuidado, imponen la lógica de la restitución: que la vida vuelva a monetarizarse cuanto antes.

Y después está el miedo, no solo a sufrir, también a ser marcadas. El estigma no actúa únicamente después del diagnóstico; actúa también antes, disciplinando nuestras conductas. Nos enseña a contenernos, a no parecer demasiado raras, rotas o conflictivas. Nos enseña que hay emociones expresables y otras que no tanto, formas de dolor tolerables y otras que despiertan alarma en quien nos contempla. El miedo a ser leída como loca sigue siendo una forma altamente eficaz de gobierno.

Defender la autonomía también debería implicar defender el derecho a que no todo el dolor que experimentamos sea convertido en problema individual y que nuestras rarezas, nuestra rabia o nuestro derrumbe no sean leídos como trastorno. No es cuestión de negar ni romantizar el sufrimiento, pero sí de devolverle profundidad a la experiencia humana, que es amplia y diversa. Y si el mundo que habitamos nos enferma, ninguna salida bastará mientras siga pensándose en singular.

 

 Nuria Zurita – El Topo

domingo, septiembre 13

Guy

 Otoño (para Jaime) - Insurrecta Mente

Que las calles sean escaparates de intensidades,

tumultos y prácticas insurrectas

y no arterias sometidas

a la servidumbre comercial.

 

Entender la ciudad como un espacio

atravesado por continuas fugas y derivas

y trabajar allí

        por la alteración permanente.

 

Que plazas, callejuelas y pasajes sean lugares

en los que su amor salde todas sus deudas sentimentales

y financieras en concurso público

                          de acreedores.

 

 

 Alfredo Saldaña. Malpaís. Ed. La Isla de Siltolá, 2015

jueves, septiembre 10

Considerando el frío

 25N Contra la violencia machista 2025 - 2

Considerando el frío que, a veces, irremediablemente, se cuela aunque te arremolines debajo de muchas mantas en los días que, como hoy, aparece otro nombre, uno más, de otra mujer que ya no. Que ya nunca. De pie. Nunca. Despierta. Ya nunca. Otra mujer que no se murió. Otra mujer. No se murió. La mataron. Asesinada.

Considerando la congoja en las entrañas, estén donde estén ubicadas, que dificulta que el aire encuentre una pompa por la que colarse dentro de tus pulmones en los días que, como hoy, no pensaste que podría ser de otra manera. La vida de esas mujeres que ya no. Se te olvidó que podría haber sido diferente. Te acostumbraste. O quizás es otra cosa. Se convirtió en algo normal. Es lo que hay. No se puede hacer nada. Ni se sabe hace cuánto. Un tiempo que era demasiado desde el principio. La violencia contra el cuerpo de las mujeres. Se convirtió en hábito. Tradición. Rutina.

Considerando el olor pegajoso que se te queda impregnado en el interior de la nariz cuando una alumna adolescente te cuenta lo que le pasó. Con un chico. Cuando desabrocha su sufrimiento. Cuando te dice “No se lo cuentes a nadie”. Avergonzada. No llena de rabia. Sintiéndose minúscula. Una mota de polvo. Cuando sabes que es lo mismo que le pasó a una amiga. Lo que le pasó a su madre. Y a su abuela. Y a su compañera de clase. Que es lo mismo que te pasó a ti.

 Considerando el miedo que te inmoviliza el cuello y te hace no mirar atrás. Para que la memoria se quede cada vez más borrosa. La memoria de lo que consiguieron las que vinieron antes. Las que no se rindieron. Las que no siendo mayoría consiguieron transformar sociedades que parecían inmutables. Revertir las injusticias. Ellas. Las de antes. Las de ahora. Las que siguen gritando, como un clamor, que sí se puede, que la derrota solo está asegurada si nos quedamos quietas. Escondidas. En silencio. 

Considerando el frío y la congoja y el olor pegajoso que se queda en la nariz y el miedo. Considerando todo eso. Me quedo con vosotras. Junto a vosotras. Entre vosotras. Nosotras. Todas. Sintiendo cómo la rebeldía se eriza. Porque así se logró frenar la violencia muchas veces. Porque así, de eso no tengo duda, lo seguiremos consiguiendo. Juntas.

 

 

lunes, septiembre 7

El anarquismo práctico y la utopía concreta

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La puesta en tela de juicio de todo lo que el pensamiento burgués ha tenido por venerable (la propiedad privada, el Estado, la autoridad, la política, el derecho, el dinero, el género…) no conduce forzosamente a la multitud hacia un cuestionamiento generalizado de la dominación. Por más subversivas que parezcan, las ideas no conmueven a las masas adormecidas, resignadas o atemorizadas, por lo que no pueden convertirse en fuerza práctica. Para superar el foso conformista, hay que volver a empezar despertando, recobrando el ánimo, perdiendo el miedo. Creando lectores, “tejiendo” afinidad, agrupando voluntades, predicando con el ejemplo. Cuando las condiciones subjetivas y objetivas de realización del socialismo no son halagüeñas, cuando las fuerzas materiales e intelectuales capaces de lograr un cambio social profundo no afloran en magnitud suficiente, la negación radical de lo existente adquiere connotaciones utópicas. La dimensión utópica del pensamiento crítico es un antídoto contra el derrotismo, porque si bien refugia el deseo de una vida libre en la imaginación y el sueño en espera del momento favorable, también plantea realizarlo parcialmente en forma de proyectos comunitarios viables. Cuando ninguna propuesta revolucionaria es inmediatamente practicable, la utopía se revela como lo más pragmático.

Al automatizarse en gran medida el proceso productivo y desarrollarse una numerosa clase media asalariada, el proletariado industrial perdió relevancia en la lucha social. Al ser desplazado por la tecnología, hoy por hoy la mayor fuerza productiva, el antagonismo que mantenía con el modo capitalista de producción quedó anulado. En los países turbo-capitalistas el conflicto se trasladaría al exterior de la producción, al sector terciario, a la vida cotidiana y al territorio, todos en proceso de industrialización total, afectando de lleno a las clases medias creadas en el mencionado desplazamiento. Estas, tomando el relevo del proletariado derrotado, se apropiaron del estatismo parlamentario burgués y lo presentaron como un dogma abstracto a reverenciar. La división internacional de trabajo y las finanzas globales circunscribirían de las crisis sociales en el marco del capitalismo mundializado. Estado, Capital y Tecnología son ahora los pilares firmes de la dominación. Las tres bases de la versión posmoderna del socialismo “científico”, a saber, la concepción progresista de la historia, el desarrollo infinito y el ciudadanismo, ya no pueden explicar la situación de manera convincente, y por consiguiente, no podrían funcionar como instrumentos de una crítica y una práctica verdaderamente socialistas y libertarias. En cambio, el indiscutible triunfo del Capital y el Estado tecnológicamente asistidos ha rehabilitado aquello que se dio en llamar socialismo “utópico” y que nosotros preferiríamos llamar “experimental”, o simplemente, anarquismo positivo.

Los experimentos colectivos auténticamente socialistas no constituyen panaceas como por ejemplo el desarrollo sostenible, el decrecimiento, la economía solidaria o la transición energética, sino respuestas a problemas vitales inmediatos, simples actos de defensa ante una ofensiva casi imparable del orden. Menos que infalibles modelos salvíficos, son aperturas de caminos en terreno hostil, orientados hacia las afueras del capitalismo. Dichas experiencias no se muestran como la genuina expresión de la verdad, la razón o la ciencia, ni pretenden implantar un sistema socialista desde fuera. Tampoco quieren sustituir los métodos de acción directa, ni siquiera construir enclaves aparte, frugales y espartanos; más bien intentan esbozar la logística propia de una sociedad civil reorganizada al margen del Capital y el Estado. Dar ejemplo, sin más pretensiones, de otra manera de vivir y luchar ajena al amasado de ganancias y a la administración de lo existente. Construir autonomía.

La frenética carrera por los beneficios en un contexto económico supercrítico que la xenofobia no logra disimular, la exclusión social, las guerras por los recursos y los efectos nocivos derivados de la crisis ecológica —la contaminación, el calentamiento global, la degradación de los ciclos biológicos, etc.— evidencian las peligrosas consecuencias del dominio la mercancía para la supervivencia de la especie humana. Nos referimos a los estragos provocados por el crecimiento ilimitado de la producción para el mercado, implícitos en su naturaleza dañina. En el actual momento histórico, la ciencia y la tecnología —léase los medios de producción— han perdido toda su neutralidad y se desenvuelven indisolublemente asociadas a la expansión de la economía —presentada como el mismísimo progreso a pesar de sus efectos nocivos. Por eso son imposibles de gestionar colectivamente en sentido emancipador; la expropiación de la tecnociencia por las masas oprimidas reconstruiría el aparato de explotación del trabajo y la naturaleza. En consecuencia, la crítica social no puede ser más que anti-industrial, antidesarrollista, y, por ende, antiprogresista. Las luchas que no cuestionen la idea de Progreso, ni rechacen expresamente la mecanización y el desarrollismo, no son anticapitalistas, ya que no trascienden los límites del sistema y básicamente no lo alteran. La autogestión de lo existente es la autogestión de la miseria.

El espacio del Capital es esencialmente urbano y las metrópolis son su forma adecuada. Las ocupaciones de viviendas vacías, las huelgas de alquileres o los servicios paralelos gratuitos son las primeras manifestaciones del derecho a la ciudad; la repoblación de las tierras abandonadas o la resistencia a las macro-granjas, la agricultura industrial, las grandes infraestructuras inútiles o el extractivismo subrayan el derecho al territorio. La confluencia entre las luchas urbanas y las rurales reúne ambos derechos. De un lado, se trata de frenar la urbanización desbocada, la motorización privada y la digitalización; del otro, de huir de las áreas metropolitanas (del trabajo asalariado) y ponerse a tono con la naturaleza. En pleno delirio edificador, si de verdad se actúa contra el capitalismo, tanto los conflictos territoriales, como paradójicamente los urbanos, han de inscribirse en una misma perspectiva desurbanizadora, y por consiguiente, ruralizante.

La concepción libertaria del mundo está enraizada en las tradiciones sociales y políticas de la cultura occidental, particularmente las que postulaban una naturaleza benigna del ser humano. Según las viejas usanzas, el paso del estado natural al estado civilizado, en lugar del Leviatán, o sea, de la sumisión completa a una entidad política superior, implicaba la participación igualitaria de todos los individuos en el gobierno del territorio a través de la asamblea popular, residencia absoluta de la soberanía. Ejemplos: el thing nórdico, el concejo abierto ibérico, el conseil communal galo, el arengo italiano, el gemeinderat alemán… Mejor que una suprema concentración de poder, una descentralización extrema. Las costumbres comunales y el derecho consuetudinario así lo atestiguan. La valoración romántica de las comunas medievales, extensible a las sociedades tribales mal consideradas primitivas, ha conducido a muchos socialistas anti-autoritarios y anarquistas a concluir que la verdadera libertad se hallaba en el libre disfrute colectivo de la tierra. En consecuencia, desde ese punto de vista, el verdadero socialismo —y el anarquismo más auténtico— tendría que ser fundamentalmente agrario y municipalista. La revolución sería pues inseparable del regreso al campo y a la cooperación aldeana. En cierta medida, diríase que no nos acarrearía un porvenir digital industrializado y desarrollista, sino que restauraría un pasado sin internet ni redes, estático y equilibrado con el entorno. Sin embargo, no basta con renunciar a la civilización burguesa, urbana y extractivista, hay que superarla.

Esa vuelta al pasado precapitalista, a los viejos saberes y a las artes de antaño, a las comunas auto-gobernadas en armonía con la naturaleza, es malamente utópica en tanto aspire a colmar sin tropiezos —sin disturbios ni revoluciones— el vacío entre el paraíso perdido del apoyo mutuo y el objetivo futurista de la tierra prometida, llámese reino de la Razón, Comunismo o Anarquía. Pero es pragmática si lo que quiere es llevar a buen puerto una utopía a escala menor anticipando partes del ideal mediante ensayos constructivos. Solo que esas partes no son exclusivas del medio rural; también son factibles en suelo urbano (recuérdese que la primera utopía fue la ciudad). En las circunstancias actuales, socialmente nefastas, el presente real cuenta más que la empanada futurista de los militantes. Irónicamente, la utopía resulta más funcional y menos quimérica que el activismo nihilista, los tópicos compensatorios de la ideología o la especulación complotista, reacciones muy desatinadas a la victoria temporal de las clases dominantes reformadas en los últimos sesenta o setenta años.

 

 

Miquel Amorós

Presentación de la revista Redes Libertarias nº 5, en el Ateneu Enciclopèdic Popular (Barcelona), el 18 de junio de 2026.