Florencia Kettner, Inexorable, 2025
“El gesto cibernético se afirma mediante una negación de todo lo que escapa a la regulación”.
— Tiqqun, La hipótesis cibernética.
Si el siglo XX desencadenó el poder del átomo, liberando las fuerzas
que duermen en el corazón de la materia y generando un orden mundial
cimentado en su capacidad de aniquilación; nuestro siglo XXI consuma la
consolidación de un nuevo poder totalizador: el de la cibernética, fundado en la concentración masiva de información y en su pilotaje mediante el absolutismo algorítmico.
Por ello resulta significativo que, en uno de los laboratorios de
este nuevo paradigma —el Estado de Israel—, cuya supremacía estratégica
descansa en el desarrollo de tecnologías de captación, procesamiento y
control de la información a una escala sin precedentes, capaces de
anticipar, clasificar y neutralizar amenazas con precisión quirúrgica
—como quedó expuesto en 2024 con la explosión remota de beepers
y dispositivos de comunicación utilizados en la retaguardia enemiga en
el Líbano—, se produjera una irrupción como la del 7 de octubre de 2023.
El acontecimiento perforó el perímetro material, siendo una suerte de
venganza del territorio sobre el mapa, pero serviría a la dirigencia
cibernética para hacer su primer gran acto de presencia ante el mundo:
el formateo de la Franja de Gaza.
Lo que ha seguido a ese instante no puede leerse bajo las categorías
de una respuesta militar convencional, sino como la activación integral
de la plataforma logística descrita en el capítulo precedente: el paso definitivo de la anticipación algorítmica a la administración sistemática del entorno humano.
Este «formateo» de la Franja designa un procedimiento operativo
riguroso: la desestructuración de infraestructuras vitales, la
reorganización coercitiva del espacio, la fragmentación demográfica y la
reducción de la vida a una variable gestionable dentro de un sistema de
cálculo.
En Gaza, la soberanía algorítmica se desprende definitivamente de la máscara jurídica para operar bajo la lógica desnuda de la necro-logística.
Aquí, la violencia deja de presentarse como un exceso punitivo o un
error colateral para consolidarse como una función técnica de
optimización del despojo. Gaza se convierte así en la verificación
empírica del prototipo anunciado: un territorio donde la gestión del
exterminio no persigue ya una victoria política en sentido clásico, sino
la validación de un modelo de gobernanza poblacional cuya verdadera
escala es planetaria.
2.1 El dispositivo Gaza
Florencia Kettner, proyeccion de Inexorable, 2025
El dispositivo Gaza articula la convergencia de capas técnicas,
jurídicas, logísticas y corporativas en un circuito de gestión integral.
La Franja constituye el punto de explicitación máxima de la lógica
cibernética: un espacio traducido a matriz de datos donde la población
opera como vector estadístico dentro de una arquitectura de
procesamiento continuo. El «formateo» iniciado tras octubre de 2023
ejecuta una depuración biopolítica orientada a ajustar el territorio
físico a su modelo digital, integrando cada variable humana en una
cadena operativa de cálculo.
La infraestructura del dispositivo capitaliza años de captura y
análisis masivo para transformar la inteligencia en producción de
correlaciones. Sistemas de generación automatizada de objetivos como Habsora (The Gospel)
aceleran la selección de blancos, reduciendo la destrucción de
infraestructuras a un flujo de procesamiento industrial.
Simultáneamente, plataformas como Lavender asignan
puntuaciones de riesgo mediante metadatos y patrones relacionales,
fragmentando la identidad en unidades divisibles dentro de un circuito
de detección y neutralización permanente. Esta arquitectura garantiza la
simbiosis entre el aparato estatal y la plataforma corporativa: el Proyecto Nimbus (Google y Amazon) suministra la infraestructura en la nube para el modelado en tiempo real, mientras herramientas como Palantir transforman
la complejidad del suelo en un tablero operativo. El Estado retiene la
decisión formal delegando en la corporación la capacidad de cálculo
necesaria para la ejecución a escala masiva.
El procedimiento despliega una secuencia de racionalización técnica:
mapeo exhaustivo del espacio, desestructuración de los nodos que
sostenían la continuidad orgánica y fragmentación del territorio en
sectores sometidos a control dinámico. Cada desplazamiento, cada
concentración humana y cada acceso a recursos alimenta el sistema con
nueva información que reajusta la intervención en tiempo real. La
reorganización coercitiva de la movilidad transforma el flujo humano en
variable regulada, consolidando una violencia de carácter logístico que
reconfigura el entorno según parámetros de eficiencia sistémica. Bajo
este régimen de cálculo continuo, el territorio funciona como interfaz y
la vida queda inscrita como dato dentro de una arquitectura de control
integral. Gaza encarna así la expresión concentrada de la gestión
algorítmica del riesgo, validando un modelo de gobernanza técnica
proyectado hacia escenarios de crisis, frontera y disidencia en escala
ampliada.
2.2 La arquitectura del terrorista: legitimación del cálculo
Florencia Kettner, 2019
El formateo de Gaza requiere la articulación de un relato de legitimación
capaz de traducir una operación logística en imperativo moral ante la
comunidad internacional. Ninguna arquitectura de gestión total se
sostiene únicamente en su eficiencia técnica; precisa una figura que
condense la amenaza y organice el consentimiento. Esa figura es el terrorista.
En el plano mediático, el terrorista aparece como encarnación del
mal absoluto: sujeto despolitizado, desligado de cualquier contexto
histórico, reducido a amenaza pura. La reiteración de esta imagen
produce una simplificación eficaz: el conflicto se presenta como defensa
ante una irrupción irracional, y la expansión del control adquiere el
estatuto de necesidad. La categoría organiza la sensibilidad pública y
dispone el terreno simbólico para la excepción permanente.
En el plano estructural, sin embargo, la noción adquiere otra función. Para la gobernanza cibernética, terrorista designa aquello que escapa a la captura del sistema
—no necesariamente violento—, y terrorismo nombra el acontecimiento que
introduce incertidumbre en un orden orientado al cálculo. Cualquier
forma de vida que resista la traducción a matriz de datos encarna ese
riesgo. El enemigo a eliminar es la imprevisibilidad.
La categoría cumple entonces una función operativa precisa: amplía el
margen de intervención del modelo y legitima su despliegue. La
seguridad se redefine como restablecimiento de previsibilidad. La
neutralización de nodos opacos —individuos, redes, barrios,
infraestructuras, artistas o relatoras de la ONU— se integra en la
narrativa defensiva y adquiere cobertura jurídica y diplomática.
La figura del terrorista funciona así como bisagra entre opinión pública y racionalidad algorítmica.
Permite presentar la reorganización biopolítica como defensa necesaria,
mientras la optimización del despojo se integra en el lenguaje del
orden. En este cruce entre representación y cálculo, la lucha contra el terrorismo coincide con la expansión del dispositivo.
Gaza aparece entonces como el espacio donde la producción del enemigo y
la administración técnica del territorio convergen en un mismo régimen
de control.
2.3 Del laboratorio Gaza a la expansión del modelo
Florencia Kettner obra expuesta en la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis de Madrid, 2025
La confesión en junio de 2025 del canciller alemán Friedrich Merz —«Israel
está haciendo el trabajo sucio por todos nosotros»— establece el marco
de transparencia cínica bajo el cual opera el laboratorio de Gaza. Esta
declaración confirma que el dispositivo responde a una exigencia para la
gobernanza global del siglo XXI, exportando una arquitectura de control
validada por su eficiencia letal. Las tecnologías perfeccionadas en la
Franja —drones de vigilancia persistente, telemetría avanzada y algoritmos de puntuación de peligrosidad— se integran ya en los dispositivos de seguridad de las sociedades occidentales. En Europa y América, el modelo de «puntuación de riesgo» se despliega para gestionar flujos migratorios y disidencias urbanas, traduciendo la experiencia palestina en protocolos de «seguridad ciudadana» que automatizan la sospecha sobre el tejido social.
Esta escalabilidad encuentra su eje de coordinación en las agencias de control de los Estados Unidos. El ICE (Immigration and Customs Enforcement)
opera hoy como una extensión doméstica de este absolutismo algorítmico,
utilizando infraestructuras de datos masivos para el rastreo y
clasificación de poblaciones móviles. Mediante la integración de
sistemas de inteligencia provistos por Palantir, el ICE reproduce la lógica del dispositivo Gaza al reducir al migrante a un individuo de riesgo
dentro de una matriz de datos. La frontera se transforma en un
despliegue de necro-logística ubicua, donde la captura de información
permite la neutralización quirúrgica de nodos humanos considerados
«ruido» en el sistema.
En este sentido, la expansión del modelo alcanza su expresión más descarnada en América Latina y el Caribe. El cerco sobre Venezuela
ha servido para ensayar ejecuciones extrajudiciales y operaciones de
desestabilización que operan bajo la lógica de precisión técnica probada
en Palestina. En este contexto, el Mar Caribe se
convierte en una extensión del laboratorio, donde el uso de
infraestructuras privadas y la delegación de la violencia diluyen la
responsabilidad estatal. La figura del terrorista es sustituida por la
del narco, cumpliendo la misma función legitimadora de seguridad bajo el
término «narcoterrorismo».
Esta expansión operativa se consolida en la Argentina
de Milei, donde la retórica que identifica a los oponentes políticos
como enemigos del sistema que generan ruido e incertidumbre constituye
la aplicación local de la gramática cibernética. Esta voluntad de
pilotaje se materializa en febrero de 2026 con la creación del Centro Nacional de Ciberseguridad (CNC), cuya dirección asume Ariel Waissbein. Su perfil —Doctor en Matemáticas especialista en la resolución de problemas de eliminación geométrica y en el desarrollo de algoritmos eficientes—
consagra el paso definitivo del discurso político a la arquitectura
técnica. El saber matemático se pone al servicio de la protección de «activos estratégicos»
y el blindaje de infraestructuras, asumiendo la misión de planificar
las políticas destinadas a asegurar el ciberespacio nacional contra
cualquier interferencia imprevista. El etiquetado de la disidencia como
anomalía que debe ser purgada dispone el terreno técnico para la
aplicación de medidas de control y neutralización heredadas directamente
del dispositivo Gaza.
Finalmente, el modelo Gaza cumple una función de normalización
geoestratégica, permitiendo que escenarios de asedio prolongado se
vuelvan tolerables para la mirada internacional. El bloqueo terminal a Cuba se gestiona bajo esta premisa, proyectando la transformación de la isla en una segunda Gaza: un sistema cerrado, monitorizado y sometido a un formateo lento de sus infraestructuras vitales. La validación empírica del exterminio en Palestina asegura que el Imperio pueda sostener cercos demográficos y logísticos en cualquier punto del planeta, elevando la gestión del desastre a la categoría de principio rector de la nueva arquitectura de poder global.
2.4 La administración metabólica de la vida
Florencia Kettner, ‘Yo soy la muerte’, tinta china, 2020
La administración metabólica constituye la fase culminante del formateo de la Franja.
El dispositivo opera sobre el flujo biológico básico —calorías, agua,
electricidad y combustible—, tratándolos como variables regulables de un
sistema industrial. Esta racionalidad instaura una homeostasis de la carencia:
un equilibrio precario donde la supervivencia habita en el umbral
mínimo compatible con la estabilidad del pilotaje algorítmico. Bajo esta
lógica, los cuerpos quedan traducidos en unidades metabólicas
cuantificables, lo que permite anticipar tensiones y regular el impacto
social mediante ajustes finos en la densidad vital del entorno: tener energía suficiente para no morir – de inmediato – e insuficiente para rebelarse.
Dentro de esta arquitectura, la infraestructura sanitaria representa
un punto de fricción técnico. El hospital introduce una dinámica de
recomposición que altera la curva de carencia administrada por el
dispositivo; la función médica restituye la continuidad orgánica allí
donde la plataforma logística ha producido interrupción. La neutralización de los centros de salud apunta a suprimir esta capacidad de reparación
para garantizar el cierre del umbral biológico. La existencia queda
inscrita como variable de ajuste dentro de un sistema orientado a la
previsibilidad.
Gaza prefigura una gobernanza donde el acceso a la supervivencia
adopta la forma de permiso condicionado por matrices de clasificación y
evaluación de riesgo. En un capitalismo de fase algorítmica, donde la
automatización y la robótica desplazan la centralidad económica del
cuerpo productivo, la soberanía se ejerce mediante el control del
abastecimiento y la modulación energética. La gestión metabólica opera
así como tecnología de estabilización poblacional, configurando un
modelo compatible con una economía altamente automatizada donde el
cuerpo se integra como variable de equilibrio. El laboratorio palestino
expone una forma de gobierno que articula territorio, información y
metabolismo en un mismo régimen de cálculo continuo. Sobre este terreno
emerge la cuestión decisiva de la fase cibernética del capitalismo: la
administración de poblaciones cuya función productiva pierde centralidad
mientras su existencia física permanece inscrita en la ecuación
sistémica que garantiza la continuidad del orden y una reserva genética.