“The things you own end up owning you. It’s only after you lose everything that you’re free to do anything.” (Chuck Palahniuk, Fight Club)1.
“¡Oh, mi pobre búfalo, mi pobrecito y querido hermano! Henos aquí
a los dos, a ti y a mí, impotentes y silenciosos, unidos por el dolor,
la impotencia y la nostalgia.” (Rosa Luxemburgo, Cartas desde la cárcel. Carta de los búfalos)2.
La clase media es ya una lumpen burguesía que no posee sino una
fuerza de trabajo que apenas le permite sobrevivir y reproducirse, sin
embargo, se siente satisfecha. ¿Cómo contrarrestar la inercia que lleva
al contagio psíquico de la pulsión consumista?
La robotización progresiva, junto a la desregulación y
flexibilización del trabajo logran la deslocalización y fragmentación de
los núcleos laborales. Bajo el neoliberalismo, todo ello no revierte en
autonomía laboral y aumento del ocio, sino en laboralización las
veinticuatro horas del día, aunque se le llame a eso ser empresario de
uno mismo.
El capitalismo parece no tener límites, todo lo absorbe y consigue la
rentabilización de toda producción y riqueza, que termina en las manos
de unos pocos. Parece que no hay salida y que no tiene ninguna debilidad
un ser que se nutre incluso de aquello que pretende destruirlo.
Solamente la anarquía es límite absoluto del capitalismo, la
liberación del inconsciente anárquico frente a la conciencia, la
liberación del deseo capturado por los medios instrumentales de la
economía de consumo. Las multitudes son convertidas en masas mediante un
proceso de identificación e hipnosis y una disciplina que opera desde
la más tierna infancia a través de la escuela y los medios de
comunicación. Romper con la inercia y comenzar así un proceso de
desasimiento es algo que puede hacerse en solitario o en común, para con
uno mismo basta con detenerse, no seguir el movimiento acelerado
vigente, para con otros realizando otras prácticas que no sean las del
consumo.
Desencriptar y descodificar requiere un momento decisivo, un basta
ya, un plantarse y replantearse la existencia propia y en común,
mientras se sigue corriendo en la rueda de hámster no hay nada que
hacer.
La consideración del trabajo como fuente de vida y goce tiene que
cambiar por la consideración del trabajo como explotación. El error del
marxismo siempre fue considerar el trabajo bajo condiciones capitalistas
ya como un bien y exigirlo y demandarlo en supuestas menores
condiciones de explotación, mediante huelgas y luchas, que solamente
consiguieron una explotación más sutil, menos bestial. Hay que trabajar
lo mínimo individualmente y buscar la abolición del trabajo
colectivamente. Entre tanto, valga con un decálogo sobre el trabajo
actual:
1. Fórmate lo mejor que puedas, de modo que puedas trabajar tanto en
trabajos simples como complejos, aceptar unos y rechazar otros, optar a
varios diferentes.
2. Procura vivir con sencillez, dignamente, pero sin ahogarte por gastos que te obligarán a aceptar trabajos inaceptables.
3. Si el trabajo te gusta y entusiasma, si está dignamente
remunerado, dedícate a él, de lo contrario trabaja lo menos posible,
sabotéalo o renuncia.
4. No trabajes nunca gratis, ni por prestigio, ni por currículum, ni por la posibilidad de ascenso futuro.
5. Como trabajar para el común y en-común no es posible ahora, o bien
trabajas para el Estado o bien para el Mercado: luego mejor trabajar
para el sector público cuyas condiciones laborales son mejores que para
el sector privado.
El llamado Autónomo es quien se explota a sí mismo y eso no es mejor a que te exploten los demás.
6. Huye de bancos, créditos e hipotecas, en la medida que puedas y te dejen, las deudas son el modo de convertirte en esclavo.
7. Si el trabajador emplea su tiempo de trabajo para sí mismo, roba
al capitalista: así que lee en el trabajo, demora su realización,
ralentiza tu productividad y duerme la siesta.
8. Si el trabajo te oprime, déjalo cuanto antes, porque el deterioro que sufrirás si sigues, no tiene precio.
9. Mejor digna indigencia que la más indigna explotación.
10. Como la sociedad es capitalista y está basada en la explotación
no busques el puesto de mayor remuneración y prestigio, pues o bien será
una trampa o bien será un fraude, es decir, o bien te matarás a
trabajar o bien serás un político.
11. Si eres trabajador, por Belcebú, no seas imbécil y votes a la derecha, porque estarás votando a quienes más te pisan.
12. Detente, desacelérate y párate a pensar sobre el asunto, no sigas
corriendo en la rueda de hámster. Trabaja lo justo para sobrevivir y no
vivas para trabajar.
Una vez descodificado el Capital y comenzada la abolición del trabajo
se abre un abanico de posibilidades en el afuera del Estado y del
Mercado, pudiéndose entonces realizar conexiones revolucionarias y
alternativas.
El afuera existe, aflora y se puede llegar a habitar y expandir,
saliéndose de lo humano y del humanismo, lo que algunos filósofos han
llamado: devenir animal. La ecología es el territorio más importante
para el anarquismo, que no reivindica la ciudad, sino el campo, no se
centra en la fábrica, sino en la tierra. A diferencia del marxismo para
el anarquismo lo primordial es la tierra, no las máquinas de producción.
La tecnología viene después de la expropiación de la tierra y por eso
adopta su forma capitalista, esto es, extractivista y explotadora.
Luego otra relación con la tierra y la naturaleza que no parta de la
expropiación sino de lo colectivo, cooperativo y solidario, permitirá
que se establezca otra tecnología y otra forma de relación de ésta con
la naturaleza y con la tierra.
La forma de comportarnos con el mundo modifica el mundo, es
performativa, sin embargo, la rutina y conformidad regulada contribuye a
mantenerlo todo igual en su avance hacia la desigualdad. Una costra o
capa viscosa invisible se adhiere a nuestro cuerpo, la llamamos
gerontoplasma, nos envejece prematuramente y si antes religiosamente
prometía mejor vida luego de la muerte, ahora promete una mejor vida
cuando ya casi no nos quede vida y se nos haya exprimido todo el jugo,
promete una mejor vida cuando llegue la jubilación, para aquellos que
hayan cotizado y la hayan pagado con creces.
La razón ilustrada reducida a racionalidad instrumental acabó
uniformando la existencia limitada a esferas de cuantificación y
colaborando con la globalización capitalista, el sistema que se vende
como máximamente racional por áreas en las que las partes conforman un
todo, generan sin embargo la mayor irracionalidad transversal en
general, la explotación de unos hombres por otros para beneficio
exclusivo de unos pocos.
Por poner un ejemplo básico, lo más eficiente y rápido es comer
comida basura generada y trasladada por trabajadores proletarios
precarios y vendida a los lumpen burgueses. Envenenar el cuerpo es
supuestamente más barato que nutrirlo bien, pareciendo lo segundo un
lujo exclusivo para los dueños de las empresas de comida basura. Eso no
es del todo cierto, porque no es más barato en dinero, sino que lo es en
tiempo, el lumpen burgués come basura por falta de tiempo.
El lumpen burgués no tiene tiempo de ir a una tienda a comprar y
hacerse la comida en casa, tampoco le queda dinero suficiente como para
comer en un restaurante ni de mediana calidad, de modo que, sin tiempo y
sin dinero, cosas equivalentes para el capitalismo, time is money,
como sabemos, recurre a la comida basura. Su cuerpo de llena de basura
al ritmo en que su mente se llena de basura por la publicitación
emergente y ubicua de tales productos.
Pongamos dos ejemplos de entre los no vegetarianos.
Si en España un solomillo de ternera, de la mejor carne del mundo, un
filete de unos 250 gramos cuesta unos 14 euros, una hamburguesa Big Mac
de McDonald’s, que contiene 90 gramos de la peor carne del mundo,
cuesta alrededor de 7 euros, luego 2 de esas, que contendrían ya 180
gramos de carne, esas ya cuestan lo que el solomillo con 70 gramos más
de carne.
Un pollo campero, de granja, criado en libertad, digamos unos 500
gramos de pollo campero, cuestan alrededor de 8 euros, como mucho,
mientras que una hamburguesa sola, por ejemplo, la denominada La Monstruosa
de Kentucky Fried Chicken, compuesta de aproximadamente entre 160 y 175
gramos de vísceras del peor pollo del mundo, cuesta 8,79 euros.
¿Son imbéciles los lumpen burgueses? No. Hacen lo que pueden, lo que
se les dejan hacer, que no es comer bien, dormir bien, vivir bien, sino
hacinarse en el metro en hora punta, dormir mal y con ruido, vivir en
espacios reducidos y trabajar buena parte del día para no llegar a fin
de mes y tener que vivir los últimos diez días del mes en curso tirando
de su tarjeta de crédito para llegar al momento de cobrar su escaso
salario.
Lo impresionante es que mayoritariamente no se perciba que la llamada
sociedad del bienestar sea en realidad una sociedad del malestar para
el 80%.
¿Por qué no se percibe la sociedad del malestar?
Son varias las razones y varios los factores, entre ellos está una
narrativa, un cuento que se nos cuenta no solamente durante la noche
antes de dormir sino las 24 horas del día.
El cuento es el siguiente:
“Hola obrero, ya no eres
obrero, sino que eres burgués, el capitalismo y el Estado democrático te
ha proveído de bienes y consumo, ahora no eres un proletario como los
del Tercer Mundo, aunque vienes de una situación así y si no obedeces y
te comportas podrías volver a una situación así.
El Estado del bienestar sea
socialdemócrata o conservador te permite vivir con seguridad y que no
te maten ni te roben por la calle. Te provee de sanidad y educación, de
lo primero para que puedas estar en una mínima forma física que te
permita trabajar y lo segundo para que puedas realizar una formación
profesional que te permita trabajar. Como ves todo está enfocado a que
trabajes y produzcas, para que rindas esos beneficios legítimos para
unos pocos que antes llamaste explotación y plusvalía. Si exprimirte es
legítimo ahora es porque te damos algunas cosas, en lugar de una
dictadura ejercemos una dictablanda, sobre un ganado que hemos aprendido
a cuidar elementalmente, no sea que se enferme o se rebele. No otro
trato damos a nuestras ovejas, vacas o cabras, a las que ahorrándonos lo
de la formación profesional, lo de la educación, les damos sanidad,
comida, habitación, para que desde su nacimiento hasta su muerte nos den
su lana, carne, leche. Pero los animales domésticos criados para
consumo humano no son lumpen burgueses, como tú, sino que son
proletarios como los del siglo XIX o los del Tercer Mundo. Vivir siendo
un cerdo en una macro granja no difiere mucho de como vivía un
trabajador fabril del siglo XIX o vive aún algún trabajador fabril de
China o India, que fabrica tus chips, zapatillas o balones de fútbol.
¿No querrás verte reducido a esa condición verdad? ¡Defiende tu suave
prisión o te meteremos en una más dura! ¡Fíjate en dónde vives y en cómo
vives! ¡Compárate con quienes están peor y da las gracias!”
El lumpen burgués no puede comprarse una vivienda, la alquila por el
50% de su salario y el resto es para comida basura, transporte basura y
ocio-consumo basura. Como su basurero europeo es menos estercolero que
otros y así se le recuerda constantemente, lo percibe como un lujo, como
un beneficio, como la sociedad de la libertad, la democracia y el
progreso, como el desarrollo y cima de la humanidad, tanto que está
dispuesto a morir por ella si hubiese una guerra y alguien la amenazase.
Los medios le dicen, sin embargo, que está en guerra constante y que
su vida basura percibida como vida de bienestar está constantemente
amenazada, que tiene que defenderla portándose bien y produciendo mucho
para que le dejen consumir un poco, porque ése es el trato.
El contrato social de Hobbes, Locke o Rousseau, referente al
ciudadano, no es sino la máscara que encubre al contrato social del
Marqués de Sade, el sádico contrato sobre un esclavo con el que hacer lo
que uno quiera. Rascando bajo los encubrimientos del contrato social
ilustrado referente al ciudadano nos encontramos con que el contrato
social vigente en el fondo es el sádico, bajo el ciudadano se ocultó al
esclavo, al vasallo y al siervo. Lampedusianamente podemos decir que
nada cambio con la Revolución de 1789, los alto burgueses derrocaron a
los aristócratas y se pusieron en su lugar para que nada cambiase.
El esclavo, el siervo y el vasallo, dejaron de ser eso y pasaron a
ser llamados «ciudadanos». No se puede gobernar tiránicamente todo el
tiempo sino con la aquiescencia de los gobernados, pues ningún régimen
soporta por mucho tiempo que una mayoría esté firmemente en su contra.
Si las miles y miles de personas que se agolpan en los Centros
Comerciales del Centro de las ciudades para compulsivamente comprar
productos basura que no necesitan para sentirse bien y de ese modo tener
un poco de alegría se moviesen en otra dirección que no fuese la de
tomar esos ansiolíticos y las drogas que proporcionan médicos y
farmacéuticas, otro mundo sería posible.
Sigue resonando la pregunta inicial de este escrito a la que nadie
acierta a dar respuesta: ¿Cómo contrarrestar colectivamente la inercia
que lleva al contagio psíquico de la pulsión mortífera consumista?
Un goce que nos mata, como el fumar, aunque adicción extrema, puede
llegar a ser vencido individualmente, basta con no querer ya morir
gozando de la destrucción de un alveolo pulmonar a través de la calada
de un cigarro. El impulso que fue llamado Tánatos, el instinto de
muerte, unido al principio del placer, ha sido capturado y utilizado por
el capitalismo para imperar globalmente mediante un control y una
disciplina que incluye la promoción de satisfacciones destructivas.
Aunque el consumo ni siquiera se perciba como satisfacción destructiva
es obvio hoy y notorio que está destruyendo el planeta. Islas de
plástico del tamaño de Europa vagan por el océano y gran cantidad de
microplásticos están ya incorporados a nuestro organismo.
Como una pulsión solamente puede ser contrarrestada por otra, el
deseo de morir consumiendo como fiesta del trabajo, solamente puede ser
contrarrestada por el deseo de vivir como fiesta de la abolición del
trabajo. Bien se ocupa el sistema capitalista de impedir todo goce de
vida y alegría que no pase por el valor de cambio y la compraventa.
La homogeneización y la individualización incrementadas por la
tecnología impide la vinculación y conexión entre la gente. Las
relaciones entre las personas quedan suplantadas por relaciones entre
las cosas, siendo el dinero la mediación.
¿Qué hacer entonces? Ya dijimos que detenernos, demorarnos,
ralentizar, no tener prisa, parar incluso, observar entonces y caminar
en otra dirección. En lugar de comprar un producto que se anuncia,
evitar todo producto que se haya visto anunciado. Primero ponerse
activamente en contra, contra los principios que rigen la sociedad
capitalista, porque no podrán realizarse prácticas anarquistas mientras
no haya espacios liberados del Capital.
Hacía uno mismo se puede generar una Zona Temporalmente Autónoma
alrededor donde lo que se haga no esté mediado por el dinero. Y, más
difícil todavía, pero no imposible, se pueden realizar actividades con
otros que no tengan mediación de dinero ni finalidad de consumo o que
tengan la menor relación con ello posible dada una voluntad conjunta de
evitarlo.
Si nos juntamos para ir al campo, paseamos con un perro, quedamos
para leer conjuntamente un libro, participamos en una asamblea política,
realizamos una fiesta, amamos libremente, apagamos el televisor,
ciertamente, no conseguimos del todo sustraernos al Capital, porque
todas esas actividades requieren un cierto consumo, pero al menos no es
de la misma índole que el consumo masivo en los centros comerciales, el
ocio más opuesto al negocio es el verdadero ocio, no el que paga para
divertirse.
Reírse es gratis, una convulsión del cuerpo que expulsa gerontoplasma
y no ha podido ser nunca domesticada y vendida, como se aprecia en el
tufo a falso que despiden las risas enlatadas de muchos programas de
televisión. Bien que hay humoristas profesionales que pueden hacernos
reír para ganar un estipendio, pero las actividades que no pasan por la
basura del comercio solamente pueden ser amateur y lo siento por los
profesionales de la comedia.
El deporte de competición es muerte y destrucción del cuerpo,
modalidad de goce tanático semejante al del consumo, de modo que hay que
huir de toda práctica profesionalizada. Si se quiere jugar, sea al
fútbol o al ajedrez, que sea para disfrutar con el juego y los
compañeros de juego, aunque no se haga muy bien, no hay que jugar para
romperse por alcanzar altos niveles de rendimiento y pretender demostrar
que se puede ser más que los demás.
El musculoso de halterofilia que se ha destrozado el hígado tomando
anabolizantes para levantar pesas cada vez más pesadas no difiere del
minero con silicosis, el consumo de deporte y el trabajo de explotación
muestran su misma cara bifronte.
Desde luego va a ser muy difícil no matarse en la sociedad de la
muerte porque una necropólitica globalizada gobierna el planeta.
Liberarse de algunas ataduras no quiere decir, lograr ser libre del
todo, pero al menos es un comienzo, una actitud y una actividad
anti-capitalista, anárquica, contra los principios que rigen, gobiernan y
administran la vida con muerte.
Si desde la antigüedad a nuestros días, desde Sócrates a Montaigne,
pasando por Derrida, el lema fue que había que aprender a morir, lo
sentimos, estaban equivocados, lo que hay que procurar es aprender a
vivir por fin.
No se puede pasar de lo no vivo a lo vivo en un instante, los zombies
pueden revertir el gerontoplasma y regenerarse, volver a la vida, la
medicina es el anarquismo, el antídoto es la anarquía, que no puede ser
ya solamente la actividad y movimiento político en el que han sido
encasillados, sino una praxis vital, una forma de vida que primero se
hace en la medida en que se puede y luego se pasa a teorizar y pensar
sobre la marcha, corrigiéndose a medida que los poderes mutan para
combatir lo que se les escapa.
Nadie puede arrebatarnos completamente todo espacio de libertad, pero
si que han logrado reducirlo al mínimo en la mayoría, apoyarse en ese
espacio mínimo y expandirlo es la postura más adecuada, también la que
puede conllevar un goce de vida en lugar de un goce de muerte.
Participamos de una postura optimista, la que dice que la vida es más
valiosa que la muerte, contraria por ello a todas las religiones
jerárquicas y dominantes. El goce de vida es mayor que el goce de muerte
y mejor sabe y se disfruta la existencia libre y autónoma que la
dirigida y administrada. Abogamos por el triunfo de Dionisos que
significa triunfo de la Anarquía.
Pero lo terrible es que hayan conseguido que la esclavitud se
disfrute, que matarse y morir por el Dios dinero resulte la satisfacción
más extendida de la sociedad, desalentando cuando no prohibiendo e
impidiendo cualquier otro modo de alegría.
«Cuando seas rico serás dichoso de modo que tendrás que pasar tu vida
entera tratando de ganar el mayor dinero que puedas para consumir lo
máximo». Semejante sentencia es la de la religión del Capital, de la que
ya hablaron Paul Lafargue, Walter Benjamin o Rodrigo Karmy, una
religión que no deja su supuesto paraíso para el más allá, sino que lo
cifra en el uno por ciento de los más ricos del mundo, frente al noventa
y nueve por ciento restante.
Por absurdo que resulte, toda religión es absurda, vemos que la
religión del capital funciona, nos vende una noción de disfrute,
satisfacción, goce y alegría, que supuestamente se desparrama desde la
pequeña cúspide dorada de una pirámide jerárquica donde existiría
plenamente, el equivalente a Dios o los dioses, hasta las otras capas en
menor medida y hasta llegar a desaparecer en su amplia base.
Todo relato religioso es mentira, una mentira que cala y tiene
efectos, la verdad le hace frente, es verdad que se ha organizado todo
de forma que seamos esclavos satisfechos, es verdad que es difícil
oponerse a ese trato y más difícil aún salir de ese territorio, hay
diversas propuestas al respecto y también es verdad que la propuesta más
radical, la que con mayor ímpetu se ha opuesto y ha liberado
territorios de ese mundo infame ha sido el anarquismo.
Desde una posición anárquica no caben las medias tintas, no se
negocia con el opresor, se le combate, se le evita y se le elimina si es
necesario. Ahora la opresión es sigilosa, sutil, está metida en
nuestros cuerpos y extendida en nuestras mentes, enfermos de capitalismo
mediante una gimnasia libre empezamos a sanar, no es camino fácil, pero
es el más hermoso y dichoso. No hay que dejarse engañar.
Para ello nuestro deporte favorito, siempre amateur, nunca
profesional, será entonces: el rechazo del Estado y de toda forma de
autoridad jerárquica y de dominación, la búsqueda de la libertad
individual y colectiva, la organización social basada en la autogestión,
la ayuda mutua y la cooperación voluntaria; la igualdad social y
económica para eliminar las clases, el anticapitalismo y antifascismo.
Si lo practicamos individual y colectivamente, cada vez, seremos más
libres, tanto individual como colectivamente. Transformar la muerte
capitalista en que nos sume la sociedad neoliberal en vida, supone
introducir la luz clara de la anarquía en la sombría oscuridad luminosa
de nuestro tiempo, lograr una vida en medio de la muerte. Ese logro
merece una fiesta, una celebración, constituye un triunfo, invirtiendo
el triunfo de la muerte con el karnaval de la anarkia, triunfo de
Dionisos.
El anarquismo no tendría que recoger los discursos ajenos
izquierdistas en boga, aunque tenga con ellos algunos puntos de
afinidad. Tiene que generar discursos propios.
Poco que ver tiene las distintas oleadas del feminismo emancipatorio
con el amor libre, poco que ver tiene la socialdemocracia del Estado del
bienestar y su combate por lo público frente a lo privado neoliberal
con la colectivización de la tierra, poco que ver tienen los discursos
reaccionarios antimodernos con la prehistoria de lo común y la historia
de lo compartido, poco que ver tiene lo público con la Comuna, aunque sí
que tenga algo que ver. Tejer redes de afinidad entre las izquierdas no
quiere decir que haya que comprar el discurso del otro.
Lo específico del anarquismo es que es el único movimiento que no
erige principios, fundamentos, jerarquías, gobiernos, sino que hace de
lo libre, igual y común, la esencia de su propio discurso. Por ese
motivo, al ser el más radical, es también el más liberador.
Hay un Club de la lucha en el cual cada uno de nosotros participa de
manera esquizofrénica, es decir, cada uno tenemos nuestro doble
anárquico, latente entre nuestra pluralidad de egos desavenidos y en
discordia, a la anarquía que nos constituye la podemos llamar nuestra
libertad, la cual, solamente puede aflorar si logramos una confederación
igualitaria dentro de nosotros y fuera de nosotros. Al ese equilibrio
individual y colectivo lo podemos denominar justicia, pero esa es una
justicia que va más allá y está por encima del derecho, muy por encima
de las leyes que protegen a quienes dominan la sociedad del espectáculo
capitalista que se nos proyecta sin cesar.
Aprender a vivir, por fin, tarea anárquica por excelencia, requiere
perseverancia y esfuerzo, una vez que se está decidido a hacer algo para
recuperar la libertad propia y ajena.
Hasta un gigante como China, ahora ya un sistema de gobierno y
administración de la vida híbrido entre comunismo autoritario y
capitalismo dirigido teme a los anarquistas y trata de mantener a su
inmensa población en la ceguera de la censura3.
El estado de ánimo anárquico es alegre, festivo, y también serio y decidido, dependiendo del momento y del lugar.
La fétida atmósfera del invernadero y parque temático capitalista
puede ser contrarrestada con el aire limpio de la libertad que hayamos
salvado de la alienación. Incluso en una cárcel puede mantenerse la
disposición a la vida libre y la alegría por la vida libre e
igualitaria.
Así que, hacer pie en el margen de libertad que nos quede, para
expandirla, tendrá que ser suficiente de momento, procurando evitar el
consumo y el trabajo en la medida de lo posible.
No hay una única forma ni una clara receta, de mil maneras nos
desencadenamos y de mil maneras nos encadenan. Reconocer clara y
verdaderamente aquello que nos oprime y atrapa no cediendo a la
seducción fascista del poder que lleva a la pulsión mortuoria del
consumo, ni siquiera en los perores momentos, tan solo es un primer
paso, un paso decisivo para dejar de vegetar y aprender a vivir por fin.
Simón Royo Hernández