¿Por qué ahora?
El 17 de junio de 2025 Orgullo Crítico Madrid (OCM) publicó sus Nuevos posicionamientos. El punto sobre “abolir la psicología” despertó tanta polémica que sólo seis días después llegaban las aclaraciones.
La ofensiva de mensajes pro-terapia, en definitiva, pro-psicología, nos
movilizó para pensar juntes qué está pasando con lo psi. No por
quitarle a nadie su hora de terapia, sino por abrir un debate incómodo
pero necesario sobre la psicología como forma de poder. Un debate que
permita movilizar otras respuestas a las situaciones que vivimos. OCM no
pedía “abolir la terapia”, sino la psicología como institución. Usar la
palabra “abolir” es honrar su larga genealogía de lucha y rebelión,
aunque pueda suscitar debate. “Abolir la terapia” es una apuesta
política con la que dialogamos en este artículo a ocho manos (y que ya
tiene antecedentes como Contrapsicología).
La ola de mensajes evidenció que abordar la psicología levanta
ampollas. Con frecuencia la crítica sistémica a la psicología se lee
como un ataque personal a quienes van a terapia. Cualquier mención a su
papel histórico se vive casi como insulto. Como acompañante inseparable
suele aparecer además el clásico “no nos confundamos, la psiquiatría es
la mala; la psicología, la buena”. ¿Por qué es más fácil criticar la
psiquiatría que la psicología? ¿Por qué una la tenemos asociada como
violenta y la otra como su “hermana santa” que nos cuida? Ubicar la
psicología dentro del mismo régimen psi (de control, normalización y
gobierno de la vida) es, precisamente, tocar el nervio.
¿Abolir (sólo) la psicología?
“Abolir la psicología” no significa atacarla de forma aislada, sino
integrarla en la crítica a la psiquiatría como ya sostienen muchos
movimientos sociales. Sería dejar de tratarla como la excepción inocua
dentro de las disciplinas psi. Plantear su desaparición como dispositivo
institucional no es un error de cálculo, sino un paso necesario y de
apoyo a quienes cuestionan el conjunto de la institución.
La cuestión es que, en esto de lo psi, las fronteras entre
disciplinas se desdibujan: en teoría la psiquiatría fijaría las
fronteras de lo normal/patológico, de lo cuerdo/loco; mientras que la
psicología funcionaría como gobierno blando creando tecnología aplicada y
objetiva para gestionar el paso entre fronteras (diagnósticos,
cuestionarios, guion de intervención…). La psiquiatría definiría; la
psicología gestionaría. Sin embargo, en la práctica, su ámbito de acción
con frecuencia es indistinguible. El sistema psi interviene de manera
interdisciplinaria, actuando como control de límites sobre quién es
leíde como “normal” y quién como “problemátique” y qué recorrido
(trayectoria de vida) se le permite. La psicología no se limita a
observar el comportamiento, sino que lo dirige para ajustarlo a la
norma.
La psiquiatría y la psicología operan con engranajes muy concretos:
hay colegios profesionales, sociedades científicas, comités éticos y
universidades que deciden quién puede ejercer y cómo; manuales
diagnósticos (DSM, CIE) que fijan las etiquetas que nos colocan;
registros de nuestras vidas en sus historias clínicas; y circuitos de
derivación que marcan por dónde entras, por dónde te mueven, en dónde te
meten y cómo te tratan.
Esto no es etéreo. Se materializa en la realidad de muchas personas:
ejercen poder regulador certificando “capacidades” y “trastornos”,
cobran peso en el derecho a bajas, incapacitaciones laborales o en
custodias, entre otros impactos; y en el caso de la psiquiatría ejerce
incluso poder legal en los internamientos involuntarios. Un buen ejemplo
es la reciente
condena a España por internamiento psiquiátrico involuntario sin garantías jurídicas.
¿De veras la psicología es “otra cosa”? ¿O es la misma maquinaria
que, cambiando de uniforme —menos batas blancas—, produce los mismos
sujetos adaptados y controlados? La diferencia no es ética sino
instrumental. La psiquiatría concentra violencia explícita
(internamientos, contenciones, farmacología forzada); la psicología
despliega violencia normativa: sugiere “herramientas”, produce
autocontrol y auto-sujeción. La primera regula por imposición; la
segunda por adhesión. Ambas controlan y normalizan sujetos y
poblaciones, condicionan derechos y trayectorias vitales.
¿Qué ha hecho la psicología para merecer esto?
Quienes hemos estudiado psicología y venimos de los activismos
sabemos que su formación es rancia como poco. Conocer su historia
permite revisar críticamente sus prácticas y sus teorías. No se trata
solo de la violencia de su historia —una disciplina feminizada (tanto en
profesionales como en usuarias) donde sólo aparecen hombres blancos
occidentales como autores—, sino de su violencia epistémica, presente en
teorías donde las posiciones de sujeto y objeto de conocimiento han
sido clave para reproducir el (heterocis)sexismo, racismo, colonialismo,
clasismo y cuerdismo.
El problema es que la psicología no se percibe a sí misma como
ideología y desde ahí forma a sus profesionales: desde la supuesta
neutralidad de la “evidencia”. Mucho neuro, bio y fisio, y poca
perspectiva social y crítica sobre las relaciones de poder y sus abusos.
Cualquier atisbo de politización sale fuera de esta ciencia, que
pretende ser muy dura y objetiva. Su metodología cuantitativa
—experimentos desde la distancia, la predicción y el control;
cuestionarios que transforman experiencias de vida en datos
estadísticos— alimenta esa retórica cientificista que pierde el análisis
crítico y politizado de para qué y con qué fines se investiga. Sus
violencias no se quedan en lo humano: Liberación animal de Peter Singer
incluye numerosos ejemplos de tortura injustificable en experimentos de
psicología.
La psicología es una tecnología de gobierno con prácticas de
violencia institucional. Como diría Foucault, disciplina cuerpos/mentes y
vigila poblaciones mediante evaluaciones diagnósticas, clasificaciones e
intervenciones correctivas en cualquiera de sus aplicaciones:
educativa, clínica, laboral o jurídica. Históricamente midió
inteligencia por sexo y raza, justificando prácticas sexistas y racistas
(eugenésicas entre otras), o identificó desviaciones de género que
intervenir. Hoy sus tecnologías siguen clasificando infancias,
diagnosticando conductas escolares, evaluando “perfiles de riesgo” o
“idoneidades” en crianzas, según criterios de clase y raza.
La psicología ha sido partícipe en la patologización de lo que se
sale de la norma o se resiste. Ha regulado el comportamiento de mujeres y
personas racializadas, patologizando su resistencia. En las disidencias
sexuales ha justificado encierros, técnicas aversivas, electroshock,
terapias de conversión o presiones para tener relaciones “correctivas”.
Aunque hoy estén mayoritariamente desacreditadas, estas prácticas contra
la disidencia sexual fueron avaladas por discursos psicológicos que
pretendían “diagnosticar, regular y corregir” el género o la sexualidad.
El electroshock ha cambiado de uso, pero tampoco ha desaparecido.
¿Qué mal ha hecho la psicología a los activismos queer?
¿Pueden los activismos permitirse alianzas acríticas con una
disciplina que normativiza y despolitiza el malestar, sin preguntarse
qué efectos tiene esa cultura terapéutica sobre sus formas de
organización y de lucha? Parece que hemos pasado de luchar contra la
patologización a abrazar la psicologización y despolitización de
malestares. ¿Estamos olvidando y obviando la genealogía de violencias de
la psicología hacia las disidencias sexuales y de género? Si por un
momento pensamos en justicia social, qué menos que empezar reconociendo
su responsabilidad histórica.
La psicología no solo ha asumido la (cis)heterosexualidad monógama como
estándar, excluyendo otras experiencias vitales, sino que ha
diagnosticado y patologizado: primero la homosexualidad, luego la
transexualidad, junto con otras “disfunciones sexuales” o “conductas
sexuales inapropiadas” (“promiscuidad” en mujeres, quemsex). Todavía hoy
les psicólogues se resisten a ceder protagonismo en los peritajes
psicológicos de género en procesos de personas trans (y más si son
infancias), imponiendo esa violencia de “tener que dar cuenta de sí”.
Las disidencias sexuales se han convertido en objeto preferente de
atención psicológica (o sexológica), si no para evaluar, sí para
“acompañar”, y el propio colectivo parece asumir acríticamente esa
vulnerabilidad inherente.
Con el “boom de la salud mental” y las presiones por la
despatologización trans, la psicología se ha hecho experta en
patologizar las consecuencias y resistencias a las violencias
tránsfobas: depresión, ansiedad, TLP, TDA/H, TCA, ¡trastornos de
adaptación!, estrés postraumático… En su vertiente “social”, el problema
es el estrés de minorías y no la violencia de mayorías (el estigma es
“autoestigma” y la solución, la “resiliencia”). La psicología ha pillado
a parte de las disidencias sexuales despolitizadas frente a las
violencias cuerdistas: el “no estamos loques” de la despatologización
trans (o el “no estamos locas, es el patriarcado”) no sólo excluía a las
personas trans psiquiatrizadas, sino que omitía las violencias psi como
parte de su lucha. Por falta de diálogo y alianzas entre lo queer y lo
loco, parte del colectivo se ha dejado abrazar por la cultura
terapéutica como si no le afectara la violencia de los diagnósticos psi
(algunos incluso se toman como identidad) y sus tratamientos. “No
estamos loques, solo necesitamos terapia para afirmarnos”.
¿Cómo se está colando lo psi y la cultura del diagnóstico y
terapéutica en los activismos, y con qué efectos despolitizadores? ¿Cómo
estamos articulando las narrativas de opresión con las de identidad y
sufrimiento? Las relaciones de poder que la psicología ha ayudado a
construir no se disuelven sin más en una consulta por mucho que se haga
de otra forma. Aunque la terapia pueda aliviar el sufrimiento
individual, también puede generar daño al reducir el malestar a procesos
internos —traumas, pensamientos disfuncionales, rasgos de
personalidad—, desmovilizar otros apoyos y proponer soluciones
adaptativas sin cuestionar las condiciones estructurales. Incluso si se
conecta el malestar con la opresión, el efecto sigue siendo individual,
quizá del entorno cercano, pero no modifica esas condiciones. El
problema se complica porque los diagnósticos se han convertido en vía de
acceso a derechos (bajas, incapacidades, etc.) y en prueba de
credibilidad del daño, por ejemplo, en juicios por violencias sexuales.
Así, el colectivo puede quedar atrapado en un sistema psi que
simultáneamente hace daño y se ofrece como tabla de salvación.
Por otro lado, tenemos que estar alerta ante los procesos de
cooptación: cuando la psicología absorbe ideas y conceptos nacidos en
movimientos críticos y activistas, los presenta como una innovación
técnica y borra su genealogía política. Esa apropiación le permite
actualizar su prestigio profesional mientras deslegitima los activismos
de los que procede, acusándolos de ser demasiado políticos, ideológicos o
poco científicos.
Necesitamos prácticas que reconozcan el papel de la injusticia social
en la producción del malestar y luchen colectivamente para transformar
esas condiciones. Solo si la psicología reconoce su ideología y abandona
posturas defensivas profesionalistas podrá asumir una posición crítica
frente a sus violencias. Reconocer el daño y repararlo es parte de su
responsabilidad ética. Aún así, ¿puede la psicología reparar sus
violencias históricas? ¿es posible hacerlo desde dentro, con las
“herramientas del amo”?
¿Qué tiene que ver en todo esto la psicoterapia?
Cuando se abre el melón de la crítica a la psicología, la
psicoterapia es la gran aludida. En esta sociedad psicoterapeutizada, ir
a terapia es algo normalizado e incluso impuesto socialmente,
especialmente en ámbitos activistas. Si no vas a terapia te conviertes
en culpable de tus conflictos, en dependiente por pedir tiempo y
consuelo a tus amistades o en irresponsable por “no trabajarte tus
mierdas”. Hasta en las apps de citas aparece un “que vaya a terapia”
como un check. La psicoterapia se ha convertido en imperativo social,
marca de calidad personal y contraseña de acceso a determinados
espacios.
Por todo esto, es esperable que cualquier crítica a la psicología
despierte voces (psicoterapeutizadas) que se alcen a rebatir, afirmando
las bondades de la terapia. Sabemos que, en una sociedad cada vez más
individualista, cruel y precaria, la psicoterapia puede presentarse —y
venderse— como único lugar de consuelo, más aún cuando las redes
comunitarias de apoyo están debilitadas. Cuestionar ese suelo da
vértigo. Pero eso no puede invalidar la mirada crítica. Como ocurre con
los psicofármacos: pueden ayudarnos a sobrevivir, ¿pero a qué coste? La
medicación, cuando es voluntaria, puede ser una estrategia más, pero eso
no nos lleva a defender la sobremedicación, la contención química o el
lobbying farmacéutico. Con la psicoterapia ocurre algo parecido.
La terapia me salvó la vida, ¿no será que la criticáis desde el privilegio?
Quizás habría que empezar por preguntarse en qué momento ir a terapia
se ha convertido en “una experiencia religiosa”. Puede que a ti te haya
“salvado la vida”, pero también puede acabar con ellas. Resuenan las
palabras de una amiga contando que dejar los psicofármacos fue
infinitamente más fácil que eliminar la rutina de autogestión emocional
heredada de la terapia, y con la que aún pelea a diario.
En psicoterapia se habla de vínculo terapéutico para nombrar el bien
producido por la relación terapeuta–paciente. En los casos de terapia
“exitosa”, ¿qué está salvando vidas, el vínculo o lo terapéutico? Si el
alivio lo produce sobre todo el vínculo —tener a alguien con quien
hablar en un contexto de soledad y pérdida de redes—, el crédito de la
terapia se reduce considerablemente. El argumento “la terapia me salvó
la vida, no cuestiones la psicología” se parece entonces a “el párroco
de mi iglesia me salvó la vida, no cuestiones a Dios”. Identificar a la
persona concreta que te ayudó con la institución que tiene detrás es
ampliamente beneficioso para las instituciones/corporaciones y, de
hecho, es lo que hicieron los bancos con sus banqueros de confianza para
conseguir que la gente firmara hipotecas basura.
Ese “salvar la vida”, además, es peligrosamente polisémico: una persona
que haya pasado por una terapia de conversión puede considerar que la
han alejado del infierno y que, por tanto, le ha salvado la vida. Quizás
las personas del grupo de conversión le han dado el apoyo comunitario
que tanto necesitaba. ¿Convierte eso la terapia de conversión en
aceptable o, incluso en buena?
En un contexto de fragilidad de las relaciones sociales y de soledad
no deseada, puede parecer práctico compartir nuestros problemas en
terapia, pero tiene el efecto rebote de servir como parche, debilitando
las relaciones de apoyo mutuo. La psicología puede parecer inocua cuando
se simplifica y reduce a psicoterapia escogida, pero no lo es:
participa en todos los ejercicios de poder y control que hemos enumerado
en este artículo. ¿Criticarla puede considerarse, entonces, un
privilegio? Quizá la pregunta necesita reformularse: ¿Intentar
desactivar la crítica a la psicología para justificar o preservar la
propia elección de acudir a terapia individual no es un ejercicio de
agencia que otres no pueden permitirse?
Esa defensa se formula desde la elección: asistes a una psicoterapia
que has podido escoger, tienes la suerte de encontrar a alguien que te
encaje o los contactos y/o el dinero para hacerlo. En cualquier caso,
sientes que puedes decidir cuándo dejarla. Frente a eso, la crítica a la
psicología sólo te invita a sospechar del vínculo terapéutico y sus
milagros; ni siquiera te obliga a dejarlo. Pone en cuestión si es el
mejor uso del tiempo y el dinero, o si es la práctica más emancipadora.
El nivel de presión ética o política que ejerce la crítica a la
terapia, a la psicología o a las disciplinas psi en general es
infinitamente menor que violencias que ellas mismas producen. Con
frecuencia son les propies pacientes (de psicoterapia escogida) quienes
defienden a capa y espada la integridad de la disciplina. Nos
preguntamos si no estaremos tan inmerses en un sentido común terapéutico
—que identifica lo psi con lo natural, lo científico, lo correcto, lo
único— que cuando se critican las prácticas psi sentimos que somos
nosotres les criticades. El lenguaje terapéutico está pasando a
convertirse en el único lenguaje legítimo (el saludable, el “no tóxico”)
y la influencia de lo psi en el día a día pasa desapercibida. En este
contexto, la crítica a lo psi que tantas sensibilidades hiere quizá sea
uno de los pocos puntos de cuestionamiento que (aún) podría permitirnos
dar un paso atrás en la psicologización de la vida.
¿Y ahora qué?
Somos conscientes de la gran cantidad de temas que se han quedado en
el tintero y de la superficialidad con la que hemos abordado otros, así
que hemos pensado en continuar tratándolos por fascículos. En éste hemos
tratado de exponer que la psicología ha tenido y tiene un papel activo
en las violencias estructurales y simbólicas que instrumentalizan y
despolitizan el malestar. Asumir su sesgo político exige cuestionar
teorías y prácticas más allá de la clínica y la psicoterapia.
Urgen prácticas que reconozcan la injusticia social en la producción
de sufrimiento, que no se limiten a gestionarlo y que no ejerzan el
poder psi situándose en una posición de neutralidad falaz. Con ese punto
de partida, pensamos que es posible imaginar cohesiones comunitarias
que nos ayuden no sólo a sentirnos menos soles, sino a luchar
colectivamente contra los abusos del poder (“legal” de lo psi). Esto es
precisamente lo que hicieron en el apoyo a la huelga de hambre y sed de Jose Alfredo Miranda Oblanca en el psiquiátrico de Santa Isabel (León), que podéis seguir en redes.
El primer desafío es descentralizar la psicología y visibilizar su
carácter profundamente ideológico. Criticar lo psi no es obviar el
sufrimiento, sino visibilizar que el camino de la psicología no es el
único posible. Es apostar por otros acompañamientos y redes
comunitarias, por saberes situados y prácticas que no sigan la lógica
del diagnóstico y la intervención, sino el reconocimiento mutuo, la
escucha horizontal, la interdependencia y la acción colectiva. Tal vez,
en lugar de salvarnos, podamos sostenernos. Juntes. Desde otro lugar.
Tratar de desarticular el poder psi es ampliar el ya clásico “si tocan a
une, nos tocan a todes”. Es asumir que las violencias psi también son
sistémicas y que la contrapsicología debe formar parte de las luchas
sociales.
Laura Yustas; Vicky Barambones García; María Zapata; Dau Garcia Dauder / El Salto – 3 dic 2025