Cuando la multitud hoy muda, resuene como océano.

Louise Michel. 1871

¿Quién eres tú, muchacha sugestiva como el misterio y salvaje como el instinto?

Soy la anarquía


Émile Armand

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lunes, julio 6

Tecno-colonialismo e impacto de las IA y Chatgpt en el mundo real

 

¿Cómo afecta la tecnología a la sociedad de manera negativa?: Los ...

 

Lo que llamamos inteligencia artificial es un conjunto de ordenadores que utilizan enormes cantidades de datos almacenados en lugares físicos que consumen minerales, agua y energía. Ese lugar ideal que llamamos “la nube”, donde almacenamos datos de manera incorpórea, en realidad es un conjunto de ordenadores conectados a Internet.

 Cada clic, cada búsqueda en Internet, cada archivo guardado en la nube requiere energía, agua y espacio físico.

 Que nuestra vida digital parezca inmaterial es el mayor éxito del tecnocaitalismo. Gracias a la metáfora de la nube digital, han conseguido colar sus narrativas donde la tecnología parece fácil de usar y difícil de comprender.

 Internet, la Inteligencia Artificial, son algo material. Es un lugar físico en el que se almacenan equipos que están funcionando 24 horas diarias, todo el año. Esa supuesta “artificialidad” es falsa, en realidad, es otra tecnología extractiva que necesita destruir el planeta y consumir recursos para desarrollarse. Son centros de datos., cables y cables submarinos, antenas, satélites, dispositivos… y un largo etcétera de infraestructuras que sustentan el mundo digital actual.

 La digitalización se ha convertido en sinónimo de progreso. Sin embargo, detrás de “la nube”, se esconde un modelo basado en el extractivismo de recursos: territorios drenados de agua y energía, comunidades desplazadas y una acumulación de poder tecnologico en manos de unas pocas corporaciones. La idea de que el desarrollo tcnologico es progreso y es la solución a todos nuestros problemas está altamente difundida, sea entre capitalistas convencidos, o entre un amplio sector de la izquierda.

 

Tecno-colonialismo

 

Si hablamos de colonialismo, la colonización supone la usurpación y apropiación de la tierra, des u riqueza y recursos; el sometimiento de la población, etc. Este hecho está generalmente asociado a un país o a una entidad territorial. Sin embargo, si le añadimos la capa tecnológica, vemos que la tecno-colonización no responde a la usurpación de países, sino sólo a aquellas zonas donde existen los elementos, generalmente minerales, necesarios para la produccción de tecnología, áreas con recursos energéticos y mano de obra barata para la producción o áreas donde tirar la basura tecnológica sin coste para el productor.

 Por ejemplo, estamos viendo cómo en República Democrática del Congo (RDC)., se está produciendo una guerra impulsada por ruanda con apoyo de Occidente, en sólo una zona, Goma, que es dónde se produce la explotación minera de los elementos necesarios para producir tecnología. La ambición de Ruanda no es colonizar RDC sino tan solo el área de Goma.

 

La identidad del colono ha quedado diluida.

 

Tradicionalmente el colono, actúa en nombre de un país, Estado/Nación, religión, es decir, que también tinene una identidad fuerte y visible, pero en el tecno-colonialismo es mucho más difuso, sus fronteras se nos escapan de entre los dedos aligual que sus “gobernantes”, de hecho los tecno-colonos operan en la sombra. No suelen ser ni el propio Estado ni el de otro país, sino empresas privadas transnacionales.

 Creemos que es necesaria una reflexión sobre las implicaciones del desarrollo y promoción de la tecnología, pues su expansión tiene relación directa con el cambio climático y sus consecuencia a nivel global. Y esta reflexión debería llevar a posarnos preguntas como:

 ¿Para quién se crea la tecnología?¿Para quién es accesible? ¿A quién beneficia?.¿Cómo nos afectan y como afectan las tecnologías a los demás?¿Qué se busca con ella?¿En qué sentido y para qué la necesitamos?

 ¿Qué tipo de vidas, cuerpos y territorios produce?¿Realmente necesito este dispositivo, esta aplicación/programa, hacer este click, entregar esta información?¿Qué tecnologías posibilitan el tipo de mundo que queremos habitar y cuáles son falsas pantallas que reproducen la lógica neoliberal capitalista?

 Podemos afirmar que la tecnología tiene fuertes impactos en todos pero a veces no podemos ver que estos son diferenciados según las intersdeccionalidades de las personas y comunidades.

 

Aterrizando en Aragón

 

Aunque como territorio del “norte global” nos libramos de algunas de las afecciones de estas tecnologías (aunque a mucha m enor escala conviene de que no nos olvidemos de que aquí también hay minería destructiva, explotación laboral, contaminación…) en Aragón estamos protagonizando un episodio más de extractivismo derivado de las tecnologías de internet: los centros de datos.

 Numerosos centrso de datos se han instalado en esta región y buscan ampliarse. En el caso de Villanueva de Gállego, cuando todos los edificios estén terminados, ocuparán una extensión superior a la del propio municipio. Tierras anteriormente de cultivo, ahora son naves de hormigón. Escogen territorios despoblados y envejecidos, donde la contestación sea nula. Cuando unaz ona ya está despoblada es cuando puede apareder una invasión del territorio. Y ahí ya da igual…

 

Internet y la IA consumen agua

 

Sí, asi es, uno de los efectos que más pasamos por alto. Para refrigerar los centros de datos, hace falta agua, mucha agua. Y normalmente agua potable.

 Sólo en Aragón, donde el agua ya es un recurso escaso, se han comprometido 755,7 millones de litros al año, equivalente a una pequeña ciudad. En el caso de nuevo de Villanueva de Gállego por ejemplo, el consumo multiplicará por 5 al de la población local. El Gobierno de Aragón ha autorizado a Amazon a extraer agua de los acúiferos del Gállego y del Ebro en 9 pozos en los que no va a haber control público alguno.

 El consumo directo de agua para refrigeración será la mitad que todo el consumo de agua de la ciudad de Zaragoza(más de 300.000 personas y sus negocios y empresas). Además, la alta temperatura a la que se vierte el agua utilizada en los procesos de refrigeración puede tener un impacto enorme en la fauna local.

 Cuando el agua escasee y toque sequía, el grifo que refrigera estas “macrogranjas” va a ser muy difícil de cerrar. La inteligencia artificial , y no la sequía, será la que nos matará de sed.

 

Internet consume energía

 

Cuando todos los centros de datos que Amazon se ha comprometido a levantar en Aragón estén a pleno rendimiento, consumirán más enenrgía que el de toda la Comunidad Autónoma.

 En estos territorios del Viello Aragón,tenemos bien recientes las luchas por el impacto de las energías renovables. Macrogranjas solares y mega proyectos eólicos. Destrucción del territorio ¿para alimentar a quién?

 Para hacernos una idea de la voracidad, Amazon recientemente ha comprado una central nuclear en Pensilvania, para asegurarse la alta demanda en electricidad y Google tiene el prouecto de instalar pequeños reactores nucleares en sus instalaciones.

 El actual boom de la inteligencia artificial (IA) está escalando este problema a otro nivel. Los productos de IA generativa, como los chatbots o las aplicaciones para crear artificialmente contenidos, precisan de capacidades de computación nunca vistas hasta la fecha multiplicando el consumo a valores inimaginables.

 

La promesa del trabajo

 

Estos centros aterrizan en los terrritorios con las dos promesas que más necesitan hacer las autoridades locales a su electorado: progreso y puestos de trabajo.

 Pero la realidad es otra. Aprovechan los imaginarios asociados a la industrialización, donde las fábricas empleaban una enorme cantidad de mano de obra. Pero actualmente son instalaciones altamente automatizadas y casi todo su trabajo es remoto.

 En las zonas donde se han instalado no solo no han creado puestos de trabajo, sino que los han destruido. La población local, tras el paso de las burbujas de las promesas electorales see encuentra ua amarga realidad: tienen instalaciones industriales que se han comido su terreno, roban su agua, emiten ruidos, tienen que pagar sus costosas infraestructuras y no gneran puestos de trabajo.

 

Conclusiones

 

Si la Inteligencia Artificial es útil o no es irrelevante. Podría ser extremadamente útil, pero si aún así hace que el planeta arda, no es buena. ¿Queremos quemar el planeta para producir ilustraciones baratas y respuestas rápidas y poco fiables?

 Abrir nuevos imaginarios de los usos de la tecnología es esencial para no someternos a ella sino poder usar su potencial para el beneficio común. Recuperar un imaginario tecnopolítico propio y radical frente al impuesto por las grandes corporaciones, determinará cómo queremos desarrollar la tecnología y con qué objetivo. Existen alternativas. Repensemos su uso.

 Como consumidores digitales podemos tomar responsabilidad de nuestro rol. Asumir un papel activo y presionar con nuestras preferencias de consumo. Hacer del consumo digital un proceso consciente, sobre el que reflexionar en colectivo.

 Pero no dejarnos aplastar por la individualización de la culpa en el impacto ecológico de los datos, como ya hicieron con la huella de carbono. Sino utilizar nuestros roles dentro de los colectivos para generar cambios más significativos. Con nuestro consumo podemos cambiarlo, pero no de manera individual sino colectiva, que es donde reside nuestro poder. Nuestros gestos individuales son gotas perdidas en la nada en solitario, y forman ríos dentro de una colectividad.

 

Gracias a “Tu nube seca mi río” por los textos e inspiración para escribir este artículo.

 

Extraído de la revista

Escatizar nº16

 Extraído de la revista libertaria v”Ekintza Zuzena”nº52 2026

miércoles, junio 24

Contra el amor de diseño: por qué la belleza del encuentro está en lo fallido

 


Atravesamos una oleada de soledades. No solo el lazo amoroso está en jaque; la exaltación del individualismo y la patologización de los padecimientos han erosionado lo común, la comunidad y la vecindad. En este escenario, imaginar vínculos se vuelve una tarea titánica. La efervescencia de los afectos hostiles y la rivalidad como bastión político permean nuestras formas de encontrarnos, agudizándose en el plano sexoafectivo.

En este engranaje, las aplicaciones de citas son causa y consecuencia. Más allá de las intenciones individuales —conocer gente, duelar una relación o formar una familia—, cabe preguntarse: ¿le sirve al modelo de negocio de Tinder que los vínculos perduren? Como plataformas que monetizan la interacción y el tiempo de pantalla, ¿realmente ofrecen lo que buscamos o funcionan como máquinas de insatisfacción programada? Quizás el interrogante final sea el más urgente: ¿y si lo que buscamos todavía se puede encontrar en otros lados?

La oleada de soledades y el auge de los hogares unipersonales

Los datos respaldan esta tendencia. Según informes de la Fundación Tejido Urbano y la Universidad Austral (2025), casi el 25% de los hogares en Argentina son unipersonales; en la Ciudad de Buenos Aires, la cifra trepa al 40%. La evolución es drástica: este fenómeno se duplicó entre 2001 y 2022, con un crecimiento explosivo del 137% en el segmento de 20 a 39 años. Vivir solo ya es más común que vivir en una familia de cuatro integrantes.

A este aislamiento habitacional se le suma una brecha política generalizada: estudios como los de Zuban Córdoba señalan que, mientras los varones jóvenes se han desplazado hacia representaciones de derecha, las mujeres y diversidades sostienen otras agendas. Esta distancia no es sólo ideológica, es vincular.

Aunque estas cifras invitan a análisis profundos sobre el acceso a la vivienda y la crisis económica, su agudización es un síntoma ineludible. En un contexto de atomización social y polarización afectiva, la pregunta cae por su propio peso: ¿qué posibilidades reales de encuentro quedan hoy?

Estas cifras no son solo estadísticas; son el síntoma de una agudización en nuestras condiciones de vida, el acceso a la vivienda y los cambios culturales. En la víspera de San Valentín, este escenario deja un sabor amargo. Están quienes "caretean" el amor en redes —reivindicando el éxito financiero y la vida perfecta como nuevo bastión del ideal— y quienes se entristecen por lo que no llegó o se rompió. Coexisten la soltería como autoafirmación, el sufrimiento por el desamor y la búsqueda de alternativas poliamorosas que, aunque rompan la norma, no están exentas de conflicto ni garantizan el encuentro.

Tinder y la "comodidad incómoda": ¿negocio o encuentro?

En este mapa, Tinder se presenta como una suerte de comodidad incómoda. Permite gestionar el deseo desde el sillón, en piyama y sin peinar; invita a "rosquear", fantasear y demorarse en lo inalcanzable. Es una exposición medida donde, en realidad, se juega poco. Sin embargo, tras esa barrera, los silencios inexplicables, los abandonos y las investigaciones detectivescas de "likes" terminan encerrándonos en una soledad que, lejos de ser libre, genera un profundo sufrimiento.

En la pospandemia y bajo el auge de las redes, parece que hemos olvidado cómo socializar. Ante la pregunta de dónde y cómo conocer gente, proliferan dispositivos de encuentro "asistido": desde talleres de cerámica con vino y fiestas de solos/solas, hasta citas rápidas o grupos de running. Parece que, sin una actividad mediadora, las habilidades sociales se desvanecen.

En ese vacío de saber, resurgen manuales que evocan a la Cosmopolitan más absurda: recetas sobre "cómo ser la mujer ideal" o técnicas de seducción para atraer y retener. Son promesas de una fórmula perfecta que solo favorecen una actuación constante. El problema de este guion es que, en la puesta en escena, no aparece nadie. Se oculta la singularidad sincera, las fracturas y las fallas que nos hacen humanos. Forzamos un encastre perfecto en un terreno donde, por definición, el encuentro nunca es exacto ni cien por ciento simétrico. 

Contra el amor prefabricado

El mundo no se termina en una pantalla ni en el refugio de las fantasías individuales. El encierro no es solo físico; es, sobre todo, un repliegue psíquico y subjetivo. Nos encerramos en ideas, protegidos por una coraza que nos impide poner el cuerpo al deseo. Hoy, incluso admitir las ganas de construir algo con otro parece dar vergüenza, como si acechara el riesgo de sonar retrógrado o caer en estereotipos sexistas.

En esta era de exacerbación del "yo" y de una autonomía mal entendida, necesitar o querer estar con alguien se lee como un síntoma de debilidad. Pero, ¿por qué? Desear una pareja, amistades, familia o simplemente compañía y afecto es algo básico, necesario y vital. Quizás la resistencia no sea un acto de libertad, sino una respuesta a las lógicas de mercado: un sujeto que se basta a sí mismo es un consumidor más eficiente, pero también uno más solo. Reivindicar el deseo de encuentro es, hoy más que nunca, un acto de resistencia.

Las condiciones para el amor incluyen, necesariamente, lo fallido. Es ahí donde reside la belleza de lo espontáneo, lo accidental y lo azaroso, en clara contraposición al cálculo frío de la técnica. Conocer a alguien puede suceder en el colectivo, en el cumpleaños de un amigo o mirando una vidriera; situaciones donde no hay guion previo.

El amor como acto de resistencia frente al mercado

La idealización es una trampa: una fantasía que no deja ver lo que hay —y lo que no hay—, rellenando el espacio con mandatos que asfixian la humanidad propia y ajena. El encuentro real nunca es exacto ni encastrado, como pretendía la vieja metáfora de la "media naranja". El verdadero arte consiste en maniobrar con las diferencias y las fracturas para construir algo que funcione. Como escribió hace poco una colega: "La vida no te espera". No existen plazos ideales ni momentos perfectos; esperar la cita perfecta o el despliegue preciso es una forma de postergar la vida infinitamente. En ese fantasear tramposo se nos escurre el tiempo y es, precisamente en ese punto, donde debemos preguntarnos si las aplicaciones se alimentan de ese ideal para que sigas buscando... sin encontrar jamás.

Es que, cuando finalmente se arma algo con alguien, lo que aparece es una construcción, pero nunca una tabulada. Al igual que en las amistades, el vínculo no surge de un "vos hacés esto y yo aquello". De hecho, los mandatos sobre el "deber ser" femenino en la pareja han sido la fuente de infinitos conflictos que el feminismo se ha encargado de desarmar en estos años.

El amor no es una planificación de Excel con pasos calculados, ni un corset de sentimientos, ni una elección por catálogo. No es la racionalización de un comportamiento ni un manual de conductas. Amar parece tener más que ver con la dedicación y con el acto de donar: dar un lugar especial al otro, sea cual sea la forma que tome ese vínculo.

Tal vez, así como nos cuesta vincularnos por las coordenadas sociales, también nos avasallan los manuales: consejos de Instagram y tips de TikTok que dictan cómo abrazar, cómo dormir o cómo luce una "pareja exitosa". Es un exceso que nos empuja a esperar lo perfecto y a exigir que los demás se ajusten a modelos mercantilizados. El amor, sin embargo, tiene que ver con subjetivar al otro, no con tratarlo como un objeto. Hoy se escucha con frecuencia: "Este vínculo no me sirve" o "¿Qué me aporta esta relación?", como si el afecto fuera una transacción financiera.

El capitalismo quiere objetos: vendibles, consumibles, calculables y dominables. A contrapelo, el feminismo nos ha enseñado que el amor requiere subjetividad y sorpresa, aunque incomode. Exige empatía, escucha y el coraje de encontrarse con la otredad. Requiere deseo y presencia: besos, mensajes, mirarse a los ojos. Implica acompañar en la dificultad, aceptar esas fisuras molestas que siempre están y, sobre todo, apostar por la construcción de un amor en común.

Así que, lejos de esperar lo ideal, de buscar lo perfecto y quedar en el callejón de la satisfacción mental de las fantasías, ¿qué tal sería exponerse a que nos pase algo? En una de esas, y aun a riesgo de que consigas o no lo que querés, tal vez ahí afuera encuentres mucho de lo que estás buscando.

 

 

miércoles, junio 3

Dejen de hablar de IA y empiecen a hablar de tecnofascismo

 

La tecnocracia y la política fascista están siendo adoptadas por élites megalómanas que traman para su propia supervivencia.

 

Hace un par de semanas participé en la Marcha contra las Máquinas en Londres, organizada por el grupo Pull the Plug, cuyo nombre es igualmente contundente. Los oradores que se congregaron frente a las oficinas de los gigantes de la IA en King’s Cross abordaron temas que iban desde la explotación laboral, el «riesgo existencial», el impacto ambiental, la vigilancia, el control corporativo y la represión estatal, hasta la forma en que la IA está destruyendo la educación.

Sin embargo, siento que este movimiento incipiente aún no ha comprendido del todo la magnitud del problema. Debido a la idea liberal, abrumadoramente dominante, de que la tecnología es políticamente neutral, hablar de la IA como «una tecnología» tiende a generar una larga lista de problemas que supuestamente podrían resolverse mediante la regulación dentro del sistema político existente. Esto no tiene en cuenta el conjunto tecnosocial que implica, al que llamaré tecnofascismo.

Mientras los oligarcas corporativos se alían con Donald Trump, en un intento por solucionar la crisis de bajo crecimiento del capitalismo neoliberal, se instaura un nuevo modelo de producción capitalista y control tecnocrático, cuyo poder es mayor que la suma de sus partes. La sinergia entre el fascismo y la política subyacente de la IA podría dar lugar a un auténtico totalitarismo, del que resulta difícil vislumbrar una salida.


Mucho antes de Donald Trump, mientras la mayoría de ellos defendían políticas liberales o libertarianas, los oligarcas de Silicon Valley comenzaron a adherirse a una serie de ideologías tecnofascistas centradas en la ingeniería del ser humano. Estas incluyen el transhumanismo (la versión moderna de la eugenesia), el singularitarismo (la creencia de que los humanos deben ser mejorados tecnológicamente hasta fusionarse con las máquinas) y el teorema del largo plazo, que es un buen ejemplo de la naturaleza esencialmente fascista de estas ideologías.

Los defensores del largo plazo argumentan que la tecnología creará, en un futuro lejano, un universo habitado por 10⁵⁵ humanos, que vivirán plácidamente como inteligencias incorpóreas en ordenadores, gestionadas por IA. Para garantizar que este «paraíso» se haga realidad, sostienen, no importa si miles de millones de humanos mueren de hambre o por amenazas existenciales como el cambio climático y la guerra nuclear, siempre y cuando una élite sobreviva para, finalmente, transferir su conciencia a los ordenadores.

Así pues, no se trata solo de que la IA sea la «herramienta» perfecta de los oligarcas corporativos fascistas: es un sistema de poder tecnocrático el que los moldea, así como su filosofía y su política. El gran poder y la eficacia de la ciencia y la tecnología engendran una especie de crueldad obsesiva y planes megalómanos de ingeniería social que desechan sin miramientos los valores éticos y humanos fundamentales, del mismo modo que lo hace el fascismo político.

Para comprender esa sinergia, necesitamos conocer algunos principios básicos de la política ludita aplicada a la tecnología.

El mundo en que vivimos comenzó con la revolución científica de los siglos XVI y XVII. En aquella época, filósofos como Francis Bacon desarrollaron un enfoque tecnocrático de control sobre la naturaleza y los seres humanos, al que se referían eufemísticamente como «modernidad». Podemos observar la visión tecnocrática de la transformación a gran escala de la naturaleza en la agricultura industrial, y su control sobre los seres humanos en el tratamiento de los enfermos, los « enfermos mentales » y los presos, como se muestra en las obras de Michel Foucault.

El papel de la ciencia en este sistema consiste en extraer información de la naturaleza, en revelar sus secretos. Esto proporciona los medios para reempaquetarla y reconfigurarla, añadiéndole valor económico y vendiéndola como mercancía: la base del capitalismo. La ciencia hace lo mismo con los procesos laborales humanos. A finales del siglo XIX, esta extracción de información del trabajo humano dio un paso adelante con la «Administración científica» de Frederick Taylor, que implicaba la observación precisa de los movimientos corporales de los trabajadores. En efecto, el saber hacer de los trabajadores se extrae y procesa para crear máquinas que los sustituirán en un proceso de intensificación del capital (automatización). La IA es la culminación de 130 años de taylorismo, es el santo grial de los tecnócratas, un sistema de automatización de la extracción de información y de la vigilancia.


El taylorismo y el Estado tecnocrático, con su principal herramienta, la estadística, surgieron simultáneamente como respuesta a la crisis del capitalismo industrial de finales del siglo XIX, que incluyó un grave desorden social y el desafío del socialismo y del anarquismo. Más allá de las políticas de laissez-faire, el Estado expandió rápidamente sus aparatos de burocracia, intervención en la economía y control social, incluyendo la Ley Seca en Estados Unidos y la eugenesia, un sistema de gestión científica de la población. Los métodos del Estado tecnocrático condujeron finalmente a los dos totalitarismos de mediados del siglo XX, el estalinismo y el fascismo, ambos con sus fantasías tecnocráticas de crear al «Hombre Nuevo». El Holocausto no fue solo producto del odio político, sino también, como señalaron Adorno y Horkheimer , la culminación de la gestión tecnocrática de la sociedad.

En el siglo XXI, volvemos a presenciar la sinergia entre el fascismo y la tecnocracia.

No puede haber concesiones con el tecnofascismo. Aquí no hay término medio, ya que los supuestos beneficios de la IA son en su mayoría irrelevantes. Estamos recibiendo el tecnofascismo en su totalidad, y es ingenuo pensar que podemos elegir y regular. El método de la tecnocracia consiste en imponernos nuevas tecnologías, como rezaba el lema de la Exposición Universal de Chicago de 1935: «La ciencia descubre, la industria aplica, el hombre se adapta» .

Así que debemos comprender a qué nos enfrentamos. Es tarde y, sin duda, es hora de desconectar la IA. Los antifascistas deben actuar.

 

 Ned Ludd – Freedom

 

 

domingo, mayo 10

El mundo entero como Gaza. Capítulo 2

 

                                                                  Florencia Kettner, Inexorable, 2025

 

 “El gesto cibernético se afirma mediante una negación de todo lo que escapa a la regulación”.  

                                                         — Tiqqun, La hipótesis cibernética. 

 

 Si el siglo XX desencadenó el poder del átomo, liberando las fuerzas que duermen en el corazón de la materia y generando un orden mundial cimentado en su capacidad de aniquilación; nuestro siglo XXI consuma la consolidación de un nuevo poder totalizador: el de la cibernética, fundado en la concentración masiva de información y en su pilotaje mediante el absolutismo algorítmico.

Por ello resulta significativo que, en uno de los laboratorios de este nuevo paradigma —el Estado de Israel—, cuya supremacía estratégica descansa en el desarrollo de tecnologías de captación, procesamiento y control de la información a una escala sin precedentes, capaces de anticipar, clasificar y neutralizar amenazas con precisión quirúrgica —como quedó expuesto en 2024 con la explosión remota de beepers y dispositivos de comunicación utilizados en la retaguardia enemiga en el Líbano—, se produjera una irrupción como la del 7 de octubre de 2023. El acontecimiento perforó el perímetro material, siendo una suerte de venganza del territorio sobre el mapa, pero serviría a la dirigencia cibernética para hacer su primer gran acto de presencia ante el mundo: el formateo de la Franja de Gaza.

Lo que ha seguido a ese instante no puede leerse bajo las categorías de una respuesta militar convencional, sino como la activación integral de la plataforma logística descrita en el capítulo precedente: el paso definitivo de la anticipación algorítmica a la administración sistemática del entorno humano. Este «formateo» de la Franja designa un procedimiento operativo riguroso: la desestructuración de infraestructuras vitales, la reorganización coercitiva del espacio, la fragmentación demográfica y la reducción de la vida a una variable gestionable dentro de un sistema de cálculo.

En Gaza, la soberanía algorítmica se desprende definitivamente de la máscara jurídica para operar bajo la lógica desnuda de la necro-logística. Aquí, la violencia deja de presentarse como un exceso punitivo o un error colateral para consolidarse como una función técnica de optimización del despojo. Gaza se convierte así en la verificación empírica del prototipo anunciado: un territorio donde la gestión del exterminio no persigue ya una victoria política en sentido clásico, sino la validación de un modelo de gobernanza poblacional cuya verdadera escala es planetaria.

 

2.1 El dispositivo Gaza


                                            
 Florencia Kettner, proyeccion de Inexorable, 2025

 

El dispositivo Gaza articula la convergencia de capas técnicas, jurídicas, logísticas y corporativas en un circuito de gestión integral. La Franja constituye el punto de explicitación máxima de la lógica cibernética: un espacio traducido a matriz de datos donde la población opera como vector estadístico dentro de una arquitectura de procesamiento continuo. El «formateo» iniciado tras octubre de 2023 ejecuta una depuración biopolítica orientada a ajustar el territorio físico a su modelo digital, integrando cada variable humana en una cadena operativa de cálculo.

La infraestructura del dispositivo capitaliza años de captura y análisis masivo para transformar la inteligencia en producción de correlaciones. Sistemas de generación automatizada de objetivos como Habsora (The Gospel) aceleran la selección de blancos, reduciendo la destrucción de infraestructuras a un flujo de procesamiento industrial. Simultáneamente, plataformas como Lavender asignan puntuaciones de riesgo mediante metadatos y patrones relacionales, fragmentando la identidad en unidades divisibles dentro de un circuito de detección y neutralización permanente. Esta arquitectura garantiza la simbiosis entre el aparato estatal y la plataforma corporativa: el Proyecto Nimbus (Google y Amazon) suministra la infraestructura en la nube para el modelado en tiempo real, mientras herramientas como Palantir transforman la complejidad del suelo en un tablero operativo. El Estado retiene la decisión formal delegando en la corporación la capacidad de cálculo necesaria para la ejecución a escala masiva.

El procedimiento despliega una secuencia de racionalización técnica: mapeo exhaustivo del espacio, desestructuración de los nodos que sostenían la continuidad orgánica y fragmentación del territorio en sectores sometidos a control dinámico. Cada desplazamiento, cada concentración humana y cada acceso a recursos alimenta el sistema con nueva información que reajusta la intervención en tiempo real. La reorganización coercitiva de la movilidad transforma el flujo humano en variable regulada, consolidando una violencia de carácter logístico que reconfigura el entorno según parámetros de eficiencia sistémica. Bajo este régimen de cálculo continuo, el territorio funciona como interfaz y la vida queda inscrita como dato dentro de una arquitectura de control integral. Gaza encarna así la expresión concentrada de la gestión algorítmica del riesgo, validando un modelo de gobernanza técnica proyectado hacia escenarios de crisis, frontera y disidencia en escala ampliada.

 

 2.2 La arquitectura del terrorista: legitimación del cálculo

 

 

                                                                               Florencia Kettner, 2019

 

El formateo de Gaza requiere la articulación de un relato de legitimación capaz de traducir una operación logística en imperativo moral ante la comunidad internacional. Ninguna arquitectura de gestión total se sostiene únicamente en su eficiencia técnica; precisa una figura que condense la amenaza y organice el consentimiento. Esa figura es el terrorista.

En el plano mediático, el terrorista aparece como encarnación del mal absoluto: sujeto despolitizado, desligado de cualquier contexto histórico, reducido a amenaza pura. La reiteración de esta imagen produce una simplificación eficaz: el conflicto se presenta como defensa ante una irrupción irracional, y la expansión del control adquiere el estatuto de necesidad. La categoría organiza la sensibilidad pública y dispone el terreno simbólico para la excepción permanente.

En el plano estructural, sin embargo, la noción adquiere otra función. Para la gobernanza cibernética, terrorista designa aquello que escapa a la captura del sistema —no necesariamente violento—, y terrorismo nombra el acontecimiento que introduce incertidumbre en un orden orientado al cálculo. Cualquier forma de vida que resista la traducción a matriz de datos encarna ese riesgo. El enemigo a eliminar es la imprevisibilidad.

La categoría cumple entonces una función operativa precisa: amplía el margen de intervención del modelo y legitima su despliegue. La seguridad se redefine como restablecimiento de previsibilidad. La neutralización de nodos opacos —individuos, redes, barrios, infraestructuras, artistas o relatoras de la ONU— se integra en la narrativa defensiva y adquiere cobertura jurídica y diplomática.

La figura del terrorista funciona así como bisagra entre opinión pública y racionalidad algorítmica. Permite presentar la reorganización biopolítica como defensa necesaria, mientras la optimización del despojo se integra en el lenguaje del orden. En este cruce entre representación y cálculo, la lucha contra el terrorismo coincide con la expansión del dispositivo. Gaza aparece entonces como el espacio donde la producción del enemigo y la administración técnica del territorio convergen en un mismo régimen de control.

 

2.3 Del laboratorio Gaza a la expansión del modelo

   

Florencia Kettner obra expuesta en la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis de Madrid, 2025

 

La confesión en junio de 2025 del canciller alemán Friedrich Merz —«Israel está haciendo el trabajo sucio por todos nosotros»— establece el marco de transparencia cínica bajo el cual opera el laboratorio de Gaza. Esta declaración confirma que el dispositivo responde a una exigencia para la gobernanza global del siglo XXI, exportando una arquitectura de control validada por su eficiencia letal. Las tecnologías perfeccionadas en la Franja —drones de vigilancia persistente, telemetría avanzada y algoritmos de puntuación de peligrosidad— se integran ya en los dispositivos de seguridad de las sociedades occidentales. En Europa y América, el modelo de «puntuación de riesgo» se despliega para gestionar flujos migratorios y disidencias urbanas, traduciendo la experiencia palestina en protocolos de «seguridad ciudadana» que automatizan la sospecha sobre el tejido social.

Esta escalabilidad encuentra su eje de coordinación en las agencias de control de los Estados Unidos. El ICE (Immigration and Customs Enforcement) opera hoy como una extensión doméstica de este absolutismo algorítmico, utilizando infraestructuras de datos masivos para el rastreo y clasificación de poblaciones móviles. Mediante la integración de sistemas de inteligencia provistos por Palantir, el ICE reproduce la lógica del dispositivo Gaza al reducir al migrante a un individuo de riesgo dentro de una matriz de datos. La frontera se transforma en un despliegue de necro-logística ubicua, donde la captura de información permite la neutralización quirúrgica de nodos humanos considerados «ruido» en el sistema.

En este sentido, la expansión del modelo alcanza su expresión más descarnada en América Latina y el Caribe. El cerco sobre Venezuela ha servido para ensayar ejecuciones extrajudiciales y operaciones de desestabilización que operan bajo la lógica de precisión técnica probada en Palestina. En este contexto, el Mar Caribe se convierte en una extensión del laboratorio, donde el uso de infraestructuras privadas y la delegación de la violencia diluyen la responsabilidad estatal. La figura del terrorista es sustituida por la del narco, cumpliendo la misma función legitimadora de seguridad bajo el término «narcoterrorismo».

Esta expansión operativa se consolida en la Argentina de Milei, donde la retórica que identifica a los oponentes políticos como enemigos del sistema que generan ruido e incertidumbre constituye la aplicación local de la gramática cibernética. Esta voluntad de pilotaje se materializa en febrero de 2026 con la creación del Centro Nacional de Ciberseguridad (CNC), cuya dirección asume Ariel Waissbein. Su perfil —Doctor en Matemáticas especialista en la resolución de problemas de eliminación geométrica y en el desarrollo de algoritmos eficientes— consagra el paso definitivo del discurso político a la arquitectura técnica. El saber matemático se pone al servicio de la protección de «activos estratégicos» y el blindaje de infraestructuras, asumiendo la misión de planificar las políticas destinadas a asegurar el ciberespacio nacional contra cualquier interferencia imprevista. El etiquetado de la disidencia como anomalía que debe ser purgada dispone el terreno técnico para la aplicación de medidas de control y neutralización heredadas directamente del dispositivo Gaza.

Finalmente, el modelo Gaza cumple una función de normalización geoestratégica, permitiendo que escenarios de asedio prolongado se vuelvan tolerables para la mirada internacional. El bloqueo terminal a Cuba se gestiona bajo esta premisa, proyectando la transformación de la isla en una segunda Gaza: un sistema cerrado, monitorizado y sometido a un formateo lento de sus infraestructuras vitales. La validación empírica del exterminio en Palestina asegura que el Imperio pueda sostener cercos demográficos y logísticos en cualquier punto del planeta, elevando la gestión del desastre a la categoría de principio rector de la nueva arquitectura de poder global.

 

2.4 La administración metabólica de la vida

   

Florencia Kettner, ‘Yo soy la muerte’, tinta china, 2020

 

La administración metabólica constituye la fase culminante del formateo de la Franja. El dispositivo opera sobre el flujo biológico básico —calorías, agua, electricidad y combustible—, tratándolos como variables regulables de un sistema industrial. Esta racionalidad instaura una homeostasis de la carencia: un equilibrio precario donde la supervivencia habita en el umbral mínimo compatible con la estabilidad del pilotaje algorítmico. Bajo esta lógica, los cuerpos quedan traducidos en unidades metabólicas cuantificables, lo que permite anticipar tensiones y regular el impacto social mediante ajustes finos en la densidad vital del entorno: tener energía suficiente para no morir – de inmediato – e insuficiente para rebelarse.

Dentro de esta arquitectura, la infraestructura sanitaria representa un punto de fricción técnico. El hospital introduce una dinámica de recomposición que altera la curva de carencia administrada por el dispositivo; la función médica restituye la continuidad orgánica allí donde la plataforma logística ha producido interrupción. La neutralización de los centros de salud apunta a suprimir esta capacidad de reparación para garantizar el cierre del umbral biológico. La existencia queda inscrita como variable de ajuste dentro de un sistema orientado a la previsibilidad.

Gaza prefigura una gobernanza donde el acceso a la supervivencia adopta la forma de permiso condicionado por matrices de clasificación y evaluación de riesgo. En un capitalismo de fase algorítmica, donde la automatización y la robótica desplazan la centralidad económica del cuerpo productivo, la soberanía se ejerce mediante el control del abastecimiento y la modulación energética. La gestión metabólica opera así como tecnología de estabilización poblacional, configurando un modelo compatible con una economía altamente automatizada donde el cuerpo se integra como variable de equilibrio. El laboratorio palestino expone una forma de gobierno que articula territorio, información y metabolismo en un mismo régimen de cálculo continuo. Sobre este terreno emerge la cuestión decisiva de la fase cibernética del capitalismo: la administración de poblaciones cuya función productiva pierde centralidad mientras su existencia física permanece inscrita en la ecuación sistémica que garantiza la continuidad del orden y una reserva genética.

Carlos de CastroFebrero 2026. 
 

lunes, mayo 4

Todo Normal y Bien. Energía y Ecocapitalismo

 

 

Entrevista realizada a Antonio Turiel y Antonio Aretxabala.

Preguntamos a nuestros invitados, cuales serán las consecuencias para Europa y, en concreto, España tras el cierre del estrecho de Ormuz.
El cenit del petróleo ocurrió en 2018, pero el descenso podría haber sido lento, ¿o no?
¿Las acciones de Trump podrían estar relacionadas con la escasez energética nivel mundial?

– Antonio Turiel es científico y divulgador licenciado en Física y Matemáticas y doctor en Física Teórica por la Universidad Autónoma de Madrid. Investigador Científico en el Instituto de Ciencias del Mar del CSIC. Autor de libros como ’Petrocalipsis’, ’Sin Energía’ o el último ’El Futuro de Europa’

– Antonio Aretxabala es doctor en Geología y divulgador científico; trabajó en su momento, como experto en geotecnia y hormigón, en la Universidad de Navarra y lo ha hecho también en la de Zaragoza; ha estudiado la interacción entre la historia y la geología

Este programa no se ha hecho desde nuestro estudios centrales de ecoleganes sino desde el estudio de radio el candil y esto no es “compartiendo infierno”, a decir verdad la idea de entrevistar a nuestros ilustres invitados no fue mía sino de Héctor Moratilla, una de las personas que más trabajan por esa nueva emisora vecina nuestra, fue él quien los llamó. Los que me seguís desde hace tiempo ya, sabréis que yo ya estoy en otra pantalla, prueba de ello es una de mis últimas entrevistas a la arqueóloga y antropóloga Almudena Hernado, pero tener el lujo de poder preguntar temas de actualidad a gente que sabe tanto era algo que no podía desaprovechar. He pedido permiso a Héctor para publicarlo en “Compartiendo Infierno” porque creo que interesara a todos los que siguen el programa. Sin más...os dejo escucharlo.

viernes, abril 17

O el Mundo Entero Como Gaza, o la Victoria Palestina (parte 1)

 


Manual de logística contra la extinción y defensa de la vida en la era del absolutismo técnico


Introducción

El error de paralaje y el «Momento Cero»

Existe un error de paralaje en la mirada contemporánea, una miopía deliberadamente inducida que nos invita a leer los acontecimientos actuales como crisis aisladas. Se nos dice que el genocidio en Gaza es un conflicto étnico-religioso enquistado; que la guerra de Ucrania es únicamente una guerra de independencia; que la operación de cambio de régimen en Venezuela responde a una lucha por la democracia liberal; que el asedio a Irán expresa las ansias de libertad del pueblo persa; o que la amenaza sobre Groenlandia no es más que una empresa comercial.

Son fragmentos de un espejo roto: relatos disociados que impiden toda comprensión de conjunto. Sin embargo, para quien observe el mapa con la frialdad necesaria, quedará en evidencia que no estamos ante episodios inconexos, sino ante los movimientos sincronizados de una fase superior del despojo.

Gaza no es una anomalía, ni un accidente, ni un exceso de violencia en los márgenes de la civilización. Gaza es el «Momento Cero» de una nueva legalidad internacional —o mejor dicho, de su abolición definitiva—. Es el laboratorio donde el Poder ha testado con éxito la suspensión absoluta de la condición humana.

La prueba irrefutable de esta demolición del orden anterior la encontramos en las excavadoras israelíes derribando las oficinas de la agencia de la ONU para los refugiados (UNRWA) en Jerusalén Este, ante la parálisis absoluta de la comunidad internacional. Esa imagen es el epitafio del siglo XX: el Estado-nación demoliendo físicamente a la institución garante de los Derechos Humanos para construir, sobre sus escombros, un asentamiento colonial. Con la destrucción de este edificio se desmantela la ficción jurídica que habitamos desde 1945. Es un gesto de franqueza, al fin y al cabo: el reconocimiento de que la fuerza bruta se ha convertido en la única fuente de derecho, validada por el silencio cómplice de una Europa en decadencia.

En este sentido, el genocidio en curso señala el agotamiento del antropocentrismo inaugurado en el Renacimiento. El ser humano ha dejado de ser la medida de todas las cosas. La realidad pasa a ser concebida como un conjunto de datos, y la virtud suprema ya no se define en términos éticos o políticos, sino en términos de capacidad de cálculo, predicción y optimización. Asistimos al final de la «historia orgánica» para dar paso a un mundo inorgánico, construido no sobre un sustrato biológico, sino sobre una arquitectura computacional.

Se inaugura así un tiempo posthumano donde el poder abandona cualquier resquicio de moral para abrazar la pura eficiencia como vector de acumulación de capital. En este nuevo esquema, la vida biológica pierde su cualidad sagrada y pasa a ser tratada como una simple variable de ajuste —o un error de sistema si entorpece la rentabilidad— en la ecuación general del dominio.

Por tanto, la pregunta decisiva ya no es si esta violencia es legítima, sino para qué sirve. El interrogante que se abre es atroz: ¿qué tipo de orden global necesita ensayar el exterminio a cielo abierto para garantizar su operatividad? La tesis que aquí se sostiene es incómoda pero inevitable: Gaza no es una excepción patológica, sino un prototipo exitoso. Y como todo modelo que valida su eficacia, está destinado a ser replicado a «escala planetaria».

Capítulo 1

El Nuevo Absolutismo

Silicon Valley, guerra y soberanía algorítmica

1.1. Del Estado de Bienestar a la Plataforma Logística

Durante décadas, la narrativa liberal nos vendió la ilusión de que la globalización traería una interdependencia pacífica, un debilitamiento progresivo de las fronteras que haría la guerra obsoleta. Fue una mentira funcional. La globalización ha mutado en un Imperio Unificado Tecnocrático, y el Estado, lejos de desaparecer, se ha reconfigurado: ha dejado de ser garante del bienestar social para convertirse en una plataforma logística al servicio del capital-algoritmo.

Esta mutación explica la docilidad abyecta con la que los gobiernos nacionales se pliegan ante los dueños del nuevo poder, aceptando incluso la liquidación de su propia integridad territorial. El asedio por los recursos de Venezuela o la oferta de compra sobre Groenlandia demuestran que, para este nuevo absolutismo, la soberanía es un activo tóxico y el territorio una mercancía a subastar.

1.2. La externalización de la violencia: El modelo de la Compañía de las Indias Orientales digital

Esta transformación reactiva una lógica histórica conocida. El Imperio Unificado Tecnocrático no representa una ruptura, sino una continuidad perfeccionada del imperialismo clásico.

En nuestro tiempo, los aparatos estatales siguen operando —el ejército israelí, el ICE o las unidades especiales estadounidenses—, pero su capacidad de acción queda crecientemente acoplada a infraestructuras privadas que amplían, aceleran y desresponsabilizan la violencia. De este modo, la alianza contemporánea entre el Pentágono y Silicon Valley actualiza, bajo formas digitales, la estructura de la Compañía Británica de las Indias Orientales: no una sustitución del Estado, sino una delegación estratégica de funciones soberanas.

Dentro de este esquema, el Estado autoriza y legitima: aporta la cobertura jurídica, el blindaje diplomático y el financiamiento público. Por su parte, la corporación (Google con el Proyecto Nimbus, Amazon, Starlink) aporta la capacidad técnica para hacer operativa la dominación.

Esta complicidad estructural cimenta la economía digital. El Proyecto Nimbus revela a Google y Microsoft como proveedores de la infraestructura en la nube del aparato militar israelí; comercializan, ante todo, la capacidad de procesamiento vital para sostener la ocupación. Paralelamente, Elon Musk opera con Starlink como un interruptor imperial capaz de decidir unilateralmente qué poblaciones tienen derecho a la comunicación y cuáles deben morir en el silencio, acatando apagones informativos en Gaza mientras agita revoluciones de colores en Irán.

La decisión política se desplaza del parlamento al algoritmo, y la violencia deja de ser un acto excepcional para convertirse en un proceso continuo, automatizado y optimizado.

1.3. Alex Karp y la necro-logística

En este contexto emerge la figura paradigmática de Alex Karp, director ejecutivo de Palantir Technologies. Karp encarna con claridad el perfil del intelectual orgánico de esta forma inédita de dominio: la soberanía algorítmica.

Su empresa desarrolla la arquitectura técnica que hace posible identificar, clasificar y jerarquizar vidas humanas como inputs operativos dentro de sistemas de decisión militar. Al hacerlo, completa la externalización funcional del Estado: convierte la decisión política de matar en un proceso técnico de optimización, borrando la responsabilidad moral del ejecutor y transfiriéndola a la opacidad indiscutible del código.

La catadura moral de esta nueva élite quedó expuesta en marzo de 2024, durante una intervención pública de Karp en Washington D.C. En ese contexto, defendió abiertamente el uso de la violencia como una necesidad operativa y presentó la muerte masiva de civiles como un componente funcional de la seguridad occidental. Su discurso se articuló en el lenguaje de la eficiencia, del cálculo y del resultado estratégico.

Esta escena —un empresario tecnológico racionalizando el horror con lenguaje de gerente— constituye la confesión de parte del Imperio Unificado Tecnocrático. Ratifica que, bajo su mirada, los palestinos —y por extensión, cualquier obstáculo para la rentabilidad occidental— han perdido su condición de sujetos humanos para convertirse en meros errores de sistema, anomalías estadísticas que el software debe purgar.

Palantir proporciona la necro-logística esencial para esta tarea, facultando a Israel para sostener la ficción de una «guerra de precisión» al tiempo que consuma una demolición demográfica total. De este modo, el genocidio alcanza su forma definitiva: supera el odio atávico para consolidarse como un procedimiento técnico de limpieza, ejecutado con una escala, velocidad y asepsia exclusivas de la soberanía algorítmica.

 

 Carlos de Castro

miércoles, abril 8

Contra la inteligencia artificial y el mundo que la necesita

 

“La inteligencia artificial es intensiva en capital, intensiva en energía e intensiva en datos.  Y prospera cuando hay abundancia de todo ello. Si no trabajamos de manera cooperativa, si no definimos las reglas del juego, habrá menos datos disponibles para procesar. Habrá menos capital fluyendo de un lado a otro. Y eso no favorece la prosperidad de un sector que actualmente está liderando el juego y que es muy prometedor en términos de productividad. Así que estamos en una situación que no tiene alternativa.”

Declaraciones de Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo, realizadas en el marco del Foro de Davos y recogidas en la edición impresa de El País el 26 de enero de 2026. 

 

La geopolítica actual se entiende más que nunca a través de las necesidades energéticas del capitalismo. Lo acontecido en Venezuela y sus reminiscencias cubanas solo constituyen episodios puntuales (y no serán los únicos) de una misma tendencia fagocitadora. Estas necesidades devoradoras de energía son expansionistas e imperialistas, es decir, extremadamente extensivas en términos de territorio. Para entendernos: petróleo, amplias extensiones de terreno cubiertas de instalaciones de energía solar y eólica -las terrestres las vemos, las marítimas, mucho más grandes, permanecen ocultas a nuestros ojos- y también colosales centros de datos que consumen cantidades ingentes de electricidad. La motorización del norte desarrollado, debería puntualizar, desarrollista, culminada en el siglo XX y perfeccionada recientemente con la electrificación de la movilidad, ya no es el único proceso engullidor de recursos. Plantándole cara al movimiento global de mercancías, y como apunta Lagarde de forma desvergonzada, el desarrollo de la inteligencia artificial (IA en lo venidero) compite sin lugar a dudas por el primer puesto. Y lo hace ferozmente.

El mundo que necesita la IA es aquel que nunca se empacha de beneficios. Pero también es un mundo compuesto por individuos que han perdido por completo la capacidad de pensarse y articularse como sujetos activos, tanto individual como colectivamente, al margen de la socialización mercantil, que en Europa también se manifiesta como una socialización burocrática, de orden y profundamente conservadora. No podemos dar la espalda a esta realidad, por incómoda que resulte. El mundo que necesita la IA es un mundo donde reinan el miedo, la ansiedad y atomización generalizada de los individuos. La IA no es otra cosa que el desarrollo tecnológico propio de una sociedad neurótica, casi psicótica, que ha perdido cualquier tipo de vinculo pasado con cualquier noción de humanidad, sin relato, perdida en un laberinto de identidades y, por tanto, incapaz de generar en su seno subjetividades no dependientes patológicamente de esta peculiar estructura social hipertecnificada, aparentemente blindada de confort y facilidades cotidianas. El mundo que necesita la IA es un mundo en el que el solo hecho de pensar la desconexión digital provoca ansiedad, desencanto, confusión e indefensión entre la masa de consumidores.[1]

 La IA es la creación de una sociedad que recela profundamente de si misma. La oligarquía tecnológica ha generado un monstruo provisto de una potencialidad inconmensurable, propia de una divinidad a la que después confiar su destino, una fatalidad a la que poder abandonarse y así verse librada de volver a vivir una situación similar a la actual. La IA está llamada a ser el último y definitivo gran Frankenstein del turbo-capitalismo y el desarrollismo depredador. Tras ella, y frente a ella, solo cabe la sumisión voluntaria, obediente, y la adoración devota de la población. Sin fisuras, sin disidencia, sin resistencias. Un artefacto de esas características solo puede surgir de las entrañas de una sociedad que tiene pánico de su potencial colectivo, precisamente porque es incapaz de plantearse algo así: la agencia consciente y crítica le es ajena, se encuentra inhabilitada para pensarse colectivamente y trascender una hegemonía individualista que ya no encuentra resistencia ni contestación. Renunciamos a ello cada vez que abrazamos la IA como un elemento que puede contribuir a nuestro bienestar como seres humanos. Sin ir más lejos, la IA no es otra cosa que la sublimación material, sí, profundamente material, de esta renuncia histórica sin precedentes. La IA es el nuevo juguete de una élite económica y política patológicamente infantil, insegura, altamente formada en la tecnocracia, centrada en el posibilismo, el corto plazo y la racionalidad instrumental; psicológicamente dependiente, en grado sumo, de la supuesta seguridad y estabilidad social que otorga el ‘progreso económico’. La sobrerrepresentación tecnocrática entre las clases medias metropolitanas solo nos informa de sus nuevas ocupaciones. Sin embargo, su posición y su papel en la estructura social y, por tanto, su contribución determinante a la arquitectura ideológica dominante es idéntica a la que jugó su equivalente histórico en los años 30 del siglo XX. Nada ha cambiado en lo que se refiere a su proyección psicológica, su necesidad neurótica de poseer una dirección vital exógena, impuesta desde fuera, su falsa conciencia manifestada a través de una fe ciega en el progreso y la técnica. Por tanto, el estrato social que ejerce como correa de transmisión entusiasta de los nuevos elementos de la ideología dominante -expresada de forma inmejorable por Lagarde- es incapaz de pensar o imaginar una narración sobre su futuro, tampoco sobre el futuro de la humanidad, que transcienda el mero desarrollismo tecnológico. Está inhabilitado, por tanto, para pensar críticamente el momento presente, es decir, para pensarlo históricamente, pues únicamente anhela un futuro rodeado de máquinas y gadgets. Desea, de forma más o menos consciente, en realidad eso es lo de menos, contemplar plácidamente su creación y abandonarse a ella para siempre. No hay duda, entonces, de que la aceptación generalizada de la inteligencia artificial, en términos psicológicos, constituye una masiva huida de la realidad, una vuelta a la infancia, un regreso al hogar protector, un multitudinario abrazo colectivo al orden imperante.

La IA es, pues, lo opuesto al impulso y la voluntad revolucionarias. No puede darse un uso radical o antagonista de la IA más allá de su completa destrucción, de la mano de todas aquellas personas empujadas por el profundo deseo de una existencia consciente, autónoma y genuina, pero también imperfecta y repleta de dificultades. Personas determinadas a embarcarse en una emocionante e imprevisible travesía vital desprovista de tutelas tecno-burocráticas, partiendo de la autonomía y sin temor a fracasar en el intento.

No existe posibilidad alguna, visto lo anterior, de articular un anticapitalismo coherente y tampoco efectivo sin elaborar una crítica radical y contundente, sin paliativos, al desarrollo e implantación social de la IA. Esta crítica, por supuesto, debe arrasar de igual modo con la hueste de posibilistas, tecnófilos y pseudoprogres que, ‘desde dentro’, abogan sin descanso por las bondades propias de una IA de ‘rostro humano’, ‘éticamente conducida’ hacia propósitos sostenibles, en su más que manido uso, un tanto desquiciado, llegados a este punto, del oxímoron con fines propagandísticos. En este sentido, las previsibles acusaciones que buscan ridiculizar la crítica identificándola falsamente con el primitivismo o el proto-feudalismo, no deberían hacer mella en nuestra voluntad por combatir los robustos pilares que hoy sostienen la dominación y que la izquierda autoritaria se esfuerza por reforzar cada vez que tiene oportunidad. La IA, de la misma manera que la energía nuclear, la tecnología militar o la industria alimentaria, es irrecuperable para la causa de la emancipación social. De hecho, como sucede con todas las anteriores, constituye un obstáculo de primera magnitud que debe ser derribado. Matizo. Primero debemos negar la IA como vehículo heterónomo de socialización, apartarla de nuestra existencia cotidiana. Después, contemplar su caída.

 Resulta triste y patético certificar el nivel de servilismo y sumisión tecnológica al que hemos llegado. Personas de toda índole, especialmente aquellas que ocupan posiciones de privilegio: políticos profesionales, burócratas y tecnócratas, burgueses grandes y pequeños, ideólogos con cátedra y sin ella, incluso artistas; todos ellos se muestran desvergonzadamente embelesados ante las presuntas potencialidades de la IA. La ven como una simple herramienta y como tal la disfrutan. Juegan con ella, conversan y se sorprenden cándidamente de lo que es capaz de hacer. La IA es como un coche de última generación, recién salido del concesionario: cada gadget, cada lucecita adicional, colma los deseos de control, apacigua temporalmente las inseguridades y las carencias afectivas de quien se sabe en uso de un poder que ha usurpado y no le corresponde. Contemplamos como sucede un abandono masivo y definitivo hacia la dirección vital de la población por parte de estos grandes modelos de lenguaje, capaces de dibujar como Van Gogh, ilustrar cualquier idea por compleja que sea, extractar la inmensidad en solo dos palabras e incluso de esquematizar la dialéctica hegeliana en un sencillo y colorido diagrama.  En su momento, Internet proyectó sobre Occidente la falsa promesa de la omnicomprensión democrática, nos sirvió todo el conocimiento acumulado hasta al momento, de forma relativamente sencilla, ante una pantalla, a solo unos cuantos comandos de búsqueda de distancia. La IA, obviamente, va más allá de sus aspiraciones desarrollistas. Se trata de una superación efectiva del conocimiento humano en si mismo, como tal. En palabras de programador de IA estadounidense M. Shumer, a diferencia de otros avances tecnológicos anteriores, la IA no reemplaza una habilidad humana específica, sino que se trata de un sustituto general del trabajo cognitivo[2]. En este momento, nos encontramos, por fin, ‘liberados’ de la reflexión y del pensamiento, pues requieren esfuerzo y tiempo, algo escaso, incluso anticuado, en nuestro mundo hiperacelerado. Nuestra condición de consumidores puede hoy día alcanzar niveles inimaginables solo algunos años atrás. La extensión de la IA como vehículo, como mediación en el proceso de socialización, pronto permitirá que nos dediquemos exclusivamente a comprar (acción que incluye cualquier modalidad de contemplación digital en redes, que no es más que una compra pasiva) y ni siquiera será necesario pensar el qué, pues con premura lo dejaremos en manos de nuestro asistente basado en IA.

La existencia de la IA y su centralidad, en apariencia imparable, descubre claramente qué clase de sociedad la ha producido y su estructura de carácter dominante. Sin duda, y siguiendo al clásico David Riesman, se trata de una sociedad tutelada, formada por individuos dirigidos externamente (other-directed), desprovistos de la más mínima capacidad de acción autónoma fuera de los estrechos muros levantados por la colonización tecnológica de la vida. De forma paradójica, en el centro de esta dinámica dominada por la dependencia externa, el individuo percibe un nivel mayor de liberación personal cada vez que consiente a la IA entrometerse en sus asuntos, los que le corresponden de forma inherente como ser humano. La realidad, sin embargo, es notablemente más trágica. El resultado absoluto de esa delegación obediente, devotamente religiosa, como señalaba más arriba, no es otra cosa que una insoportable y continua dependencia respecto de la máquina y, de forma obvia, la pérdida de sus anteriores capacidades comprensivas, analíticas, relacionales, históricas y, en consecuencia, críticas. Únicamente existe una relación posible con nuestro presunto reemplazo tecnológico, en realidad, un nuevo tipo de prótesis sustitutoria: someterse completamente a ella y permitir a través del autoengaño progresista una fatalidad que se presenta más inevitable cada día que pasa. Me refiero, claro está, al hecho de que las políticas centradas en la introducción masiva de la IA en la vida social -y por tanto que aquélla desempeñe un papel protagonista en el proceso de socialización-, acaben conformando una estructura social a escala de la máquina y que obedezca, a así, a las necesidades propias de los grandes modelos de lenguaje y de quienes están interesados en su desarrollo y fortalecimiento mundial. Junto con lo anterior, pues, urgirá la rápida creación de un marco institucional, un nuevo tipo de armazón burocrático, un Estado ‘renovado’, erigido expresamente y a medida para conceder a la IA la posición que se merece en la estructura política. Sin ir más lejos, está en juego el sueño húmedo formado de plusvalías infinitas al que se refirió sin tapujos C. Lagarde en la exclusiva reunión alpina de Davos.

 Siguiendo este razonamiento, por tanto, resulta un mero formalismo constatar que la colonización tecnológica, la aceptación social institucionalmente dirigida del dominio digital, constituye un aspecto fundamental, sino el tronco mismo, de la ideología burguesa dominante en la actualidad. Huelga decir que como tal es necesario combatirla. En esta dimensión de la ideología, todo buen ciudadano, es decir, todo aquel individuo permanentemente conectado y necesitado de la IA, se convierte también en prescriptor y defensor de las condiciones de su propio sometimiento tecnológico. El sujeto-consumidor huirá de la crítica, porque ésta le supone un esfuerzo psicológico inasumible e incomparablemente más nocivo, también en lo social (ostracismo, soledad, señalamiento, etc.), que la aceptación automática de los marcos impuestos por el capitalismo digital, junto con el gran abanico de posibilidades que pone a disposición la utilización ‘adecuada’ y ‘constructiva’ de los grandes modelos de lenguaje (LLM, por sus siglas en inglés). Cualquier resistente será inevitablemente señalado, empujado a ofrecer toda clase de explicaciones relacionadas con su inaceptable e incomprensible sumisión. Nadie comprenderá su negativa a beneficiarse de las nuevas herramientas que el capitalismo pone en nuestras manos. Por doquier, se aproximarán a él con desconfianza, cuchicheando, deslegitimando su oposición, mientras refuerzan colectivamente, como masa, su dramática renuncia a una existencia auténtica, libre de prótesis y de tutelas tecnocráticas.

Como toda estructura ideológica y dogmática, la colonización tecnológica no está libre del componente identitario. En realidad, esto último resulta clave, pues la IA se encuentra en un momento de expansión, siendo promocionada a cada instante desde los estratos mediáticos, económicos y políticos, instancias provistas de una gran capacidad de influencia; el imaginario colectivo se acomoda a la IA, a la vez que ésta prácticamente se encuentra en disposición de dar forma al conjunto de creencias, relativamente compartidas, acerca del mundo que nos rodea. Y es capaz de conseguirlo, sí, en estos instantes, por que nadie niega con suficiente determinación la totalidad de su existencia entre nosotros. Por tanto, ni siquiera resulta menester la flamante alfombra roja que los garantes del statu quo han desplegado para ella.  Obviamente, en un momento en que el sujeto y sus preferencias como consumidor priman sobre el sentido de la colectividad, las instituciones del complejo burocrático-mercantil no se plantean imponer la IA por la fuerza, mediante el uso de la coerción directa, a través del condicionamiento autoritario sin complejos. El nuevo juguete del capitalismo, en cambio, se inocula lentamente, per de forma constante, a través de comunicaciones gubernamentales de toda clase, por medio la escuela y el resto de ámbitos educativos, la publicidad y también introduciéndose violentamente en el mundo del trabajo y de los negocios. Para culminar el propósito de C. Lagarde se requiere un esfuerzo ideológico ingente, además de asegurar que ningún tipo de grito verdaderamente crítico, radical, emerja por encima de la gran ovación con la que la sociedad occidental, al parecer de forma unánime, recibe la invasión de la tecnología supuestamente inteligente en todos los ámbitos de la vida. 

 En síntesis, el aterrizaje forzoso de la IA está directamente relacionado con el eventual aumento de la competitividad que tanto hemos visto celebrar a la presidenta de BCE. Esto no es más que un eufemismo, en apariencia técnico, pero esencialmente ideológico, para referirse al incremento constante de la plusvalía y, con ello, el continuo engorde de las cuentas de beneficios de las grandes corporaciones, pues ellas serán las principales beneficiadas de la incorporación generalizada de la IA en los procesos productivos de toda índole. La compra-venta de fuerza de trabajo, sin embargo, nunca desaparecerá. Esta máxima es conocida al pie de la letra hasta por los más recalcitrantes anti-marxistas.  Sin compra-venta de la fuerza de trabajo no hay capitalismo. En un futuro próximo, a causa del aterrizaje forzado de la IA, como ha sucedido en otras ocasiones con las más variadas innovaciones tecnológicas, seremos testigos de una extrema polarización en la estructura de las ocupaciones y, por tanto, un cambio substancial en el mercado de trabajo. La aristocracia tecnocrática, los grandes propietarios de las corporaciones digitales y aquellos que proyectan teórica y técnicamente la invasión de la IA, verán recompensados sus servicios con creces. En el otro extremo, la gran masa proletaria, llamada a ejecutar un papel accesorio, constantemente tutelado por la arquitectura digital de la producción. No tardará en eliminarse toda formación, sea profesional o académica, no directamente relacionada con la ejecución y con la resolución concreta de problemas, siempre al amparo de la mediación técnica, sometida a una orientación finalista y bajo los designios de la IA. Ya nunca más será necesario razonar, reflexionar y concluir: eso quedará reservado a las máquinas. En ese momento, quizá nuestro ahora, la fuerza de trabajo será más barata que nunca. Pero sobre todo será completamente dócil y moldeable.

En relación con lo anterior, y como apunte final, en la actualidad las organizaciones empresariales exigen a sus empleados la utilización de la IA, no les ofrecen margen de adaptación y la escasa autonomía de que disfrutaban se reduce de forma notable. Pero no se trata de un requerimiento estrictamente ortopédico, con objeto de aliviar eventuales tareas penosas, monótonas, repetitivas o simplemente con la intención de sortear posibles dificultades técnicas. Tampoco es una cuestión de simple eficiencia económica. Lo anterior resulta clave, sin duda, pero hay algo más. Como apuntaba más arriba, con premura se ha extendido la tendencia directiva a solicitar el uso entusiasta -aquí regresa el componente ideológico- de la IA, también (y sobre todo) para aquello que el empleado podría reivindicar como parcialmente propio, si es que verdaderamente esto resulta posible en nuestros días. El ejemplo más claro, según mi parecer, se encuentra en las habilidades de comprender, sintetizar y exponer por escrito una idea, una propuesta o una conclusión, haciendo uso del criterio de cada individuo. La extensión de la IA, en el límite, elimina definitivamente el valor de la opinión personal y el juicio individual, especialmente en el plano profesional, lo que comporta una clara desvalorización de la fuerza de trabajo y una redefinición absoluta de los marcos formativos académicos y técnicos. Nunca más será necesario que alguien, mostrando buen criterio, considere que este texto no merece la pena, que es reiterativo, innecesario o directamente naif, bastará con que la IA lo determine para que su valoración sea tenida en cuenta socialmente. Al trasladar la autoridad a la máquina (que es una mercancía y necesita al Estado para extenderse en la cotidianidad), desposeemos al individuo de su potentia y, por tanto, de su capacidad de contestación y de crítica. Sea como fuere, ante esta situación, si un movimiento proletario, un sujeto colectivo articulado de forma autónoma y al margen de las instituciones, pudiera llegar a resurgir, o siquiera tener sentido en nuestros días, debería articularse necesariamente alrededor de un doble rechazo radical, una doble negación fundamental. Me refiero, claro está, al combate simultáneo e inaplazable contra el trabajo asalariado, enajenado, contrario a la vida, y, al mismo tiempo, contra la colonización tecnológica. 

 


*I. Arriaza forma parte de la redacción de Antagonistas.


[1] https://elpais.com/espana/catalunya/2026-02-20/que-son-los-therian-los-humanos-con-identidad-animal-se-reunen-en-barcelona.html

[2] https://elpais.com/economia/2026-02-14/el-terremoto-de-la-ultima-version-de-la-ia-alarma-a-los-expertos-el-mundo-esta-en-peligro.html?event_log=oklogin

 

 

viernes, marzo 27

El algoritmo de la ocupación

 Cadetes de las FDI trabajando para desherbar cebollas en el Moshav Yated (alrededores de Gaza) en la         primavera de 2024. / Lizzy Shaanan

 

 Si habláramos con las abuelas y abuelos del campo de Cartagena, de Almería o de Huelva y les preguntáramos sobre la agricultura de su tierra, tendríamos más o menos las mismas reflexiones –en los últimos sesenta años, todo ha cambiado mucho. La agricultura que ellas conocieron, la de los cultivos de secano y lluvia, de espera y sol, para comer y dar de comer a familia y pueblo, ya no existe–. Después del trasvase, llegaron los ingenieros, y se impuso el cultivo bajo plástico y los riegos automatizados gota a gota, con mangueras también de plástico. Para sacar adelante la producción de lechugas y pimientos; de pepinos, calabacines y tomates; y de frutos rojos, mayormente todo para exportar. Llegó mano de obra barata de otros países. Antes éramos el campo, ahora, nos dicen, somos el sector agroalimentario: motor económico, empleo y sostenibilidad.

Efectivamente, toda esta transformación, leo, arrancó en 1970, cuando un técnico israelí propuso a los dueños de una finca en Vícar, Almería, que replicaran el invento que un colega suyo, el ingeniero Simja Blass, acababa de desarrollar: el riego por goteo. No era su único ‘invento’. Como la máquina para plantar trigo, el planeamiento del primer acueducto moderno en el Valle del Jordán y la primera tubería de agua hacia el desierto del Naqab, toda esta tecnología no era neutral. Fue clave para el colonialismo de asentamiento que consolidó el Estado de Israel, avanzando y ocupando un territorio que no les pertenecía, asesinando, expulsando y marginando a la población local. No es de extrañar, entonces, que en 1965 Blass eligiera uno de los icónicos modelos de colonización, el kibutz Hatzerim, para aplicar la tecnología del riego localizado. Animado por los buenos resultados, fundó Netafim Irrigation Company. Con este invento se regó también un imaginario que, como explica la radio sionista en español, Radio Jai, hizo fortuna “pues permitió que el desierto floreciera”, como si antes allí no existiera ni vida ni población. 

La masiva transformación hortícola del sur peninsular le debe mucho, precisamente, a la pionera Netafim que, según varias fuentes, llegó al Estado español de la mano del Marqués de Griñón, Carlos Falcó, que, sabiendo de este invento por su relación con la familia Rothschild (gran impulsora del sionismo y conocida por sus inversiones a finales del siglo XIX para apropiarse de tierras en Palestina, la financiación del establecimiento de colonias judías, así como el desarrollo de la agricultura y la industria en esas tierras), facilitó en 1989 la creación de una filial en España, la empresa Regaber, que hoy forma parte del grupo industrial MatHolding. 

 El informe de la relatora de las Naciones Unidas para Palestina, Francesca Albanese, tomando como fuentes el documento “Agribusiness as Usual”, señala a Netafim en tanto ha facilitado y facilita con sus herramientas de regadío el avance y la consolidación de asentamientos ilegales permitiendo cultivos de limones, viñedos, sandías o, más recientemente, los controvertidos cultivos de agave azul. Esta planta originaria de México, con la que se elabora el tequila, se está implantando en el desierto del Naqab y, como denuncia la organización GRAIN, su cultivo “requiere de un uso intensivo del agua y ha desplazado a los cultivos tradicionales de los beduinos, adaptados al clima árido de la región durante siglos”, todo ello en favor de ‘negocios del alcohol’. 

Pero además, Netafim avanza de la mano de acuerdos con las tecnologías militares del genocidio. Esta estrecha colaboración entre la industria agraria y militar se ha visto en más ocasiones. En este caso, el informe de Albanese hace referencia a los acuerdos de Netafim con mPrest Systems para adaptar su software cazamisiles conocido como Cúpula de Hierro, a un software de inteligencia artificial denominado GrowSphere que, vía sensores y satélites, permite a los agricultores desde su móvil detectar al instante las necesidades de agua y fertilizantes de sus cultivos. Cultivar se convierte en una operación táctica-militar. 

Loando el trabajo de Blass, Radio Jai afirma que “el sionismo fue el motor principal de la mayoría de sus actividades”. Es sencillo casar el interés de enriquecimiento de cualquier empresa capitalista con el interés de expansión de cualquier propósito político colonizador, y viceversa. Por eso, volviendo a nuestros territorios, ¿cuánto tiene la modernización de colonización?

 

 Gustavo Duch Guillot. Revista CTXT

viernes, febrero 13

La quiebra del A.V.E. La macro-infraestructura más inútil

 


La tragedia de Adamuz y el colapso de la red de “Rodalies” de Cataluña constituyen —tras el accidente de Angrois— el episodio más grotesco y dramático de la “nueva era ferroviaria” proclamada al unísono por la casta política hispano-catalana, la oligarquía del cemento y las élites mundializadoras. En esta sociedad del riesgo, de la que hablaba Ulrich Beck, la Alta Velocidad se añade a la lista de peligros y amenazas socio-ambientales en la que figuraban los transgénicos, los gases de efecto invernadero, las renovables industriales, los cables de Muy Alta tensión, las centrales nucleares y la industria agroalimentaria. La ciencia y la tecnología de la posmodernidad no son neutrales. Al contrario de lo prometido, a tecnologías más altas, menor bienestar y mayores riesgos. Eso es particularmente verdad en materia de infraestructuras innecesarias. El liderazgo español en esa clase de despropósitos muestra la persistencia de la mentalidad desarrollista heredada del franquismo en la política profesionalizada de cualquier color, un caso extremo de irresponsabilidad cuyos nefastos resultados han quedado bien a la vista. La Alta Velocidad nunca fue sostenible, puesto que la sociedad que la pone en marcha no lo es. Tampoco es ni mucho menos eficiente y segura, tal como indican la impuntualidad diaria, la aparición de decenas de puntos críticos y el creciente número de incidencias, y no parece que sea el futuro feliz de la movilidad ciudadana.

La causa del choque de trenes no tiene misterio: no es la impericia criminal de un ministro o la dejadez culpable de sus subordinados desoyendo las recomendaciones de la Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios; ni siquiera la alta externalización de la seguridad. Es la falta de mantenimiento suficiente, directo o subcontratado, lo que sumado a una mayor afluencia de usuarios, y por lo tanto, a una mayor circulación de trenes, ha desgastado las vías en diversos puntos más de lo previsto, multiplicando las posibilidades de una catástrofe que finalmente se ha producido. El progreso que pregona la dominación lleva consigo ese tipo de peligrosos imprevistos. Llegados a este punto, convendría remontarnos hacia atrás, hacia los orígenes del fenómeno aberrante de la Alta Velocidad, producto de los delirios de grandeza de la clase dirigente y de sus representantes, mercenarios y bufones.

 Allá por los años ochenta del siglo pasado, el gran proyecto del Tren de Alta Velocidad fue una idea de la European Round Table, organismo con buena presencia de multinacionales, con fines eminentemente logísticos, que al desembarcar en el Estado español, se transformaron en políticos. El primer ejemplo de tal reajuste fue la línea Madrid-Sevilla, bastión del partido que gobernaba en 1992. Repentinamente, a juzgar por las declaraciones de figuras destacadas de la política, la plutocracia y del empresariado, los informes técnicos domésticos y la prensa sobornada, el AVE se convirtió en la solución de todos los problemas a excepción del de la movilidad: el desarrollo económico, la creación de puestos de trabajo, la vertebración regional, el re-equilibrio territorial, la descentralización administrativa, la cohesión social, la reducción del tráfico automovilístico y aéreo… Estábamos ante la mismísima Razón de Estado. Excusamos decir que nada de aquello era verdad y que la economía de las zonas conectadas apenas se vio afectada, la localización de empresas resultó irrelevante y el desempleo siguió prosperando; así pues, la integración regional se quedó donde estaba, igual que la centralización; la desigualdad social aumentó, lo mismo que los vuelos, los camiones  y el parque automovilístico. Es más, la fragmentación geográfica y la desestructuración del territorio fueron cada vez más intensas y el impacto en el medio ambiente llegó a niveles preocupantes. El coste de la construcción de las nuevas vías fue sufragado una mínima parte con fondos europeos, y el resto, o sea, casi la totalidad, con el desvío de la inversión en carreteras, redes de cercanías y líneas convencionales de larga distancia. El capital privado fue extremadamente precavido y dejó el tema financiero en manos del Estado. Los gastos de operatividad y mantenimiento no iban a la zaga, así que la degradación de los trenes de cercanías, usados por centenares de miles de trabajadores -obligados a vivir en las coronas metropolitanas por culpa de la especulación inmobiliaria- fue progresando a más velocidad de la deseada por el stablishment dirigente. Lo mismo ocurrió con la media y larga distancia. Así pues, el caos de Rodalíes es un fruto ponzoñoso del AVE. En definitiva, la Alta Velocidad, el tren de los ejecutivos, o el “tren de los señoritos” -omo le llamó al principio la voz del pueblo- iba a convertirse en el proyecto más insensato y dilapidador del sistema político-económico peninsular.

La apuesta de las altas esferas dirigentes por un transporte elitista de viajeros no fue un farol, fue un órdago a la grande, un verdadero desafío a la cordura. Todos los jerarcas querían que el AVE pasara por la puerta de su casa. En tres décadas se construyeron más de cuatro mil kilómetros de vías, situando la alta velocidad española en el segundo puesto a nivel mundial, solo por detrás de China, pero con el grado de demanda más bajo, también a nivel mundial. No es de extrañar que los responsables ministeriales trataran de elevarlo, bien subvencionando el billete (el viajero solo paga la tercera parte), bien cancelando trenes regionales y de larga distancia. Finalmente, el número de usuarios se estancó en torno a los 20 millones hasta que la liberalización del servicio, a partir de 2021, obligó a bajar más los precios mientras el turismo de dentro y de fuera experimentaba una fuerte subida. Para contrarrestar la competencia de Ouigo e Iryo, Renfe procedió a lanzar el Avlo, un AVE menos caro, y en 2024 los viajeros ya eran 40 millones, cifra nada comparable con la de Francia, que con 2.700 kilómetros de vías de alta velocidad tuvo 164 millones en el mismo año. El elevado coste operativo seguía siendo un inconveniente, al que se trató de resolver reduciendo la inversión en mantenimiento, tal como parecen indicar los frecuentes retrasos y las advertencias de los maquinistas sobre baches, vibraciones y otros incidentes. Las consecuencias fatales de tal clase de ahorro no han tardado demasiado en manifestarse.

El problema que les viene encima a los dirigentes y asesores del poder no se soluciona con dinero de los presupuestos, ni con demagogias populistas, puesto que el mal de la Alta Velocidad no reside en el elevado coste de su funcionamiento, sino en su naturaleza de artilugio emblemático de la globalización y estandarte de un sistema político al servicio de la economía de mercado. Entenderemos mejor si en lugar de decir AVE, decimos capitalismo. El AVE, o algo como él, es un producto del régimen económico-social con ese nombre, un juguete caro en el que refocila su clase político-empresarial. Si tocas al uno, tocas al otro. El deterioro del servicio prestado por la alta velocidad, que de una manera u otra volverá a agravarse, no es más que el reflejo de la degradación irreversible de lo público, provechosa para unos cuantos en el capitalismo tardío, el de los mega-proyectos y las macro-infraestructuras, para el cual las catástrofes son rentables y las crisis, beneficiosas. El negocio está en su construcción y en el desorden que acarrea, nunca en la gestión del servicio que promete. Es imposible cambiar esta dinámica social y ambientalmente aniquiladora. Si hay que escoger entre beneficios y seguridad, no es difícil adivinar el resultado de la elección. La sociedad, el sistema, como el fútbol, es así. Desde la izquierda ciudadanista hay quien propuso en su día al Estado promotor y administrador del AVE la alternativa de un “tren social”. Respondo que para cambiar de tren hay cambiar primero de sociedad. ¿Cómo? De entrada, denunciando la estrafalaria idea de progreso como experimentación incontrolada de artefactos tecnológicos. Después, no contemporizando con portavoces del capital. Luego, transformando la cólera de los viajeros en arma social y política de largo alcance.

 

Miquel Amorós