Cuando la multitud hoy muda, resuene como océano.

Louise Michel. 1871

¿Quién eres tú, muchacha sugestiva como el misterio y salvaje como el instinto?

Soy la anarquía


Émile Armand

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lunes, julio 27

La miseria de nuestro periodismo en el genocidio

  

 

Los soldados israelíes han orinado en las cunas, han defecado en las ollas, han quemado los libros, han destrozado las fotos de boda que colgaban de la pared de la casa de los recién casados, se han hecho selfies contoneándose con la ropa interior de la novia, que habían robado de los cajones, por encima del uniforme de camuflaje, han grabado un vídeo para enviárselo a su novia, han grabado un vídeo para aumentar el número de seguidores, pero no se puede decir que sea un genocidio y, en cualquier caso, «Harry y Meghan, junto con sus hijos Archie y Lilibet, se han reunido con el rey Carlos III en Highgrove, la residencia privada del soberano en los Cotswolds».

 Los soldados israelíes hicieron que los perros destrozaran a un joven discapacitado y lo dejaron morir desangrado, mientras se llevaban a rastras a la madre que les suplicaba que lo ayudaran, pero no se puede decir que sea un genocidio y, de todos modos, «Belen conduce la lancha a motor en topless, con una mano sujeta el timón y con la otra se cubre».

Los soldados israelíes han marcado puntos jugando al tiro al blanco. Un día había que disparar a los niños en la cabeza, otro día en los testículos, otro día en la rótula, pero no se puede decir que sea un genocidio y, de todos modos, Massimo Recalcati analiza psicológicamente a Michele Mari, que ha ganado el premio Strega (y ninguno de los dos dice que sea un genocidio).

El Gobierno israelí bloquea la salida de Gaza y la entrada a los periodistas, a los médicos e incluso a las galletas y la mermelada, porque son demasiado calóricas para las mujeres y los niños, mientras que el 77 % de la población sufre graves niveles de inseguridad alimentaria y, por ello, la mortalidad infantil se ha duplicado, pero no se puede decir que sea un genocidio; y, de todos modos, Dua Lipa se ha casado en Sicilia con 150 cannoli y un helado de sandía con flores de jazmín cristalizadas, recolectadas a las 5 de la mañana.

Han disparado contra las personas hambrientas que hacían cola en los puntos de distribución de alimentos, matando a dos mil de ellas; han destruido la red de abastecimiento de agua, obligando a los supervivientes a sobrevivir con 6 litros por persona, cuando, según la OMS, para garantizar la higiene se necesitan entre 50 y 100, pero no se puede decir que sea un genocidio y, de todos modos, «Taylor Swift y Travis Kelce presentan a su nuevo perrito, aunque han decidido mantener la discreción sobre los detalles más íntimos» (No sé, Tgcom24 los llama así).

Han acribillado a balazos el coche en el que una familia intentaba ponerse a salvo; han acribillado a balazos la ambulancia que se dirigía a rescatar a la niña, única superviviente en el habitáculo bajo los cuerpos ensangrentados de sus tíos, acribillaron el habitáculo para matar a la niña superviviente, pero no se puede decir que sea un genocidio y, de todos modos, Prada propone unas zapatillas de rafia en tonos beige adornadas con el icónico logotipo triangular y acabados en piel.

Han atacado 36 de los 36 hospitales en funcionamiento, han dejado morir a los recién nacidos en las incubadoras tras cortar la corriente, han asesinado a más de 1 500 médicos y enfermeros, han detenido a decenas de ellos sin juicio ni acusación formal, y los han hacinado en cárceles donde los presos son sistemáticamente torturados y violados con objetos punzantes introducidos en el ano hasta lesionarles los órganos internos, en las cárceles donde hay más de 300 niños detenidos por terrorismo en virtud de la ley que considera terrorista al niño que lanza una piedra contra el tanque que está ocupando su pueblo, pero no se puede decir que sea un genocidio y, de todos modos, Tarantino deja la dirección y vuelve a actuar junto a Kylie Minogue.

Han detenido las ambulancias, han hecho bajar a los paramédicos desarmados, los han asesinado uno tras otro, los han enterrado a los quince junto con sus ambulancias bajo la arena, pero no se puede decir que sea un «genocidio» y, en cualquier caso, Sinner alivia los calambres con zumo de pepinillos.

Han arrasado ciudades enteras, colegios, iglesias, mezquitas, campos de fútbol y cafeterías a orillas del mar; han ocupado militarmente casi el 70 % de la Franja; han destruido todas las universidades; han obligado al 90 % de la población a vivir en tiendas de campaña, incendiado las tiendas, asesinado a más de 72 000 personas —21 000 de ellas niños—, pero no se puede decir que sea un genocidio y, de todos modos, este verano puede realzar sus pestañas con postizos desechables para resaltar la mirada sin apelmazarlas.

Han disparado a los pescadores por pescar, a los periodistas por ejercer su profesión, matando a cientos de ellos en ejecuciones selectivas, pero no se puede decir que sea un genocidio; y, en cualquier caso, es el año del Caballo de Fuego en el calendario del horóscopo chino, y los asuntos prácticos, en particular los relacionados con el hogar y la familia, generan tensiones, pero solo si es usted Libra.

Han hecho sobrevolar en plena noche los campamentos de desplazados con drones que emitían llantos de bebés y ladridos de perros para que la gente, aterrorizada, saliera al exterior y luego atacarla, pero no se puede decir que sea un genocidio y, de todos modos, sale el nuevo sencillo de Beyoncé.

Han bombardeado sin piedad el Líbano, ocupado el sur del país, arrasado pueblos, obligado a huir a un millón de personas, matado desde el 7 de octubre a más de mil palestinos en Cisjordania, donde no hay Hamás, detenido, en Cisjordania, a uno de cada cuatro palestinos a lo largo de su vida y, también allí, han arrasado pueblos, degollado ovejas, talado olivos, agredido a las monjas, disparado a los sacerdotes y amenazado con armas a los carabineros italianos y a los diputados estadounidenses, además de torturar y secuestrar a activistas internacionales, a los eurodiputados, a los médicos y a los periodistas de todo el mundo; además, han instaurado un sistema de apartheid y han presentado planes de limpieza étnica mediante vídeos generados con IA en los que, en lugar de las casas de los palestinos, aparecen complejos turísticos de lujo y casinos, y a Trump y Netanyahu paseando por el paseo marítimo; pero no se puede decir que sea un genocidio, ni siquiera se pueden interrumpir las relaciones militares, comerciales y estratégicas con Israel, ni tampoco se puede dejar de vender armas a Israel; y solo se puede sancionar 20 —o mejor dicho, 21— veces a Putin por haber invadido Ucrania, pero cero veces a Israel, que ha invadido Palestina, el Líbano, Siria, ha bombardeado seis Estados soberanos con las armas de Trump, quien sanciona a los jueces internacionales, a la ONU y a cualquiera que tenga el valor de decir «genocidio» y de denunciar el apartheid; y, en cualquier caso, Giorgia Meloni, que no dice «genocidio», no reconoce a Palestina, no sanciona a Israel y aumenta el gasto militar tal y como le pide Trump, viste de Cucinelli —que detesta el verde y adora los colores pastel— y no dice «genocidio»; Giorgia Meloni, que promete mano dura contra los maranza, contra los migrantes irregulares y contra los Antifa, pero no mueve un dedo contra los asesinos israelíes y estadounidenses, acude a la peluquería de Mara Carfagna y Elisabetta Gregoraci para hacerse un «long bob» rubio miel con balayage.

Y hay dos cosas que estudiarán las generaciones futuras: cómo fue posible y cómo fue posible que nosotros, los periodistas, habláramos principalmente de otras cosas. «Se nota que todos aspiraban al Premio Strega».

 

Francesca Fornario

  https://www.ilfattoquotidiano.it

domingo, mayo 10

El mundo entero como Gaza. Capítulo 2

 

                                                                  Florencia Kettner, Inexorable, 2025

 

 “El gesto cibernético se afirma mediante una negación de todo lo que escapa a la regulación”.  

                                                         — Tiqqun, La hipótesis cibernética. 

 

 Si el siglo XX desencadenó el poder del átomo, liberando las fuerzas que duermen en el corazón de la materia y generando un orden mundial cimentado en su capacidad de aniquilación; nuestro siglo XXI consuma la consolidación de un nuevo poder totalizador: el de la cibernética, fundado en la concentración masiva de información y en su pilotaje mediante el absolutismo algorítmico.

Por ello resulta significativo que, en uno de los laboratorios de este nuevo paradigma —el Estado de Israel—, cuya supremacía estratégica descansa en el desarrollo de tecnologías de captación, procesamiento y control de la información a una escala sin precedentes, capaces de anticipar, clasificar y neutralizar amenazas con precisión quirúrgica —como quedó expuesto en 2024 con la explosión remota de beepers y dispositivos de comunicación utilizados en la retaguardia enemiga en el Líbano—, se produjera una irrupción como la del 7 de octubre de 2023. El acontecimiento perforó el perímetro material, siendo una suerte de venganza del territorio sobre el mapa, pero serviría a la dirigencia cibernética para hacer su primer gran acto de presencia ante el mundo: el formateo de la Franja de Gaza.

Lo que ha seguido a ese instante no puede leerse bajo las categorías de una respuesta militar convencional, sino como la activación integral de la plataforma logística descrita en el capítulo precedente: el paso definitivo de la anticipación algorítmica a la administración sistemática del entorno humano. Este «formateo» de la Franja designa un procedimiento operativo riguroso: la desestructuración de infraestructuras vitales, la reorganización coercitiva del espacio, la fragmentación demográfica y la reducción de la vida a una variable gestionable dentro de un sistema de cálculo.

En Gaza, la soberanía algorítmica se desprende definitivamente de la máscara jurídica para operar bajo la lógica desnuda de la necro-logística. Aquí, la violencia deja de presentarse como un exceso punitivo o un error colateral para consolidarse como una función técnica de optimización del despojo. Gaza se convierte así en la verificación empírica del prototipo anunciado: un territorio donde la gestión del exterminio no persigue ya una victoria política en sentido clásico, sino la validación de un modelo de gobernanza poblacional cuya verdadera escala es planetaria.

 

2.1 El dispositivo Gaza


                                            
 Florencia Kettner, proyeccion de Inexorable, 2025

 

El dispositivo Gaza articula la convergencia de capas técnicas, jurídicas, logísticas y corporativas en un circuito de gestión integral. La Franja constituye el punto de explicitación máxima de la lógica cibernética: un espacio traducido a matriz de datos donde la población opera como vector estadístico dentro de una arquitectura de procesamiento continuo. El «formateo» iniciado tras octubre de 2023 ejecuta una depuración biopolítica orientada a ajustar el territorio físico a su modelo digital, integrando cada variable humana en una cadena operativa de cálculo.

La infraestructura del dispositivo capitaliza años de captura y análisis masivo para transformar la inteligencia en producción de correlaciones. Sistemas de generación automatizada de objetivos como Habsora (The Gospel) aceleran la selección de blancos, reduciendo la destrucción de infraestructuras a un flujo de procesamiento industrial. Simultáneamente, plataformas como Lavender asignan puntuaciones de riesgo mediante metadatos y patrones relacionales, fragmentando la identidad en unidades divisibles dentro de un circuito de detección y neutralización permanente. Esta arquitectura garantiza la simbiosis entre el aparato estatal y la plataforma corporativa: el Proyecto Nimbus (Google y Amazon) suministra la infraestructura en la nube para el modelado en tiempo real, mientras herramientas como Palantir transforman la complejidad del suelo en un tablero operativo. El Estado retiene la decisión formal delegando en la corporación la capacidad de cálculo necesaria para la ejecución a escala masiva.

El procedimiento despliega una secuencia de racionalización técnica: mapeo exhaustivo del espacio, desestructuración de los nodos que sostenían la continuidad orgánica y fragmentación del territorio en sectores sometidos a control dinámico. Cada desplazamiento, cada concentración humana y cada acceso a recursos alimenta el sistema con nueva información que reajusta la intervención en tiempo real. La reorganización coercitiva de la movilidad transforma el flujo humano en variable regulada, consolidando una violencia de carácter logístico que reconfigura el entorno según parámetros de eficiencia sistémica. Bajo este régimen de cálculo continuo, el territorio funciona como interfaz y la vida queda inscrita como dato dentro de una arquitectura de control integral. Gaza encarna así la expresión concentrada de la gestión algorítmica del riesgo, validando un modelo de gobernanza técnica proyectado hacia escenarios de crisis, frontera y disidencia en escala ampliada.

 

 2.2 La arquitectura del terrorista: legitimación del cálculo

 

 

                                                                               Florencia Kettner, 2019

 

El formateo de Gaza requiere la articulación de un relato de legitimación capaz de traducir una operación logística en imperativo moral ante la comunidad internacional. Ninguna arquitectura de gestión total se sostiene únicamente en su eficiencia técnica; precisa una figura que condense la amenaza y organice el consentimiento. Esa figura es el terrorista.

En el plano mediático, el terrorista aparece como encarnación del mal absoluto: sujeto despolitizado, desligado de cualquier contexto histórico, reducido a amenaza pura. La reiteración de esta imagen produce una simplificación eficaz: el conflicto se presenta como defensa ante una irrupción irracional, y la expansión del control adquiere el estatuto de necesidad. La categoría organiza la sensibilidad pública y dispone el terreno simbólico para la excepción permanente.

En el plano estructural, sin embargo, la noción adquiere otra función. Para la gobernanza cibernética, terrorista designa aquello que escapa a la captura del sistema —no necesariamente violento—, y terrorismo nombra el acontecimiento que introduce incertidumbre en un orden orientado al cálculo. Cualquier forma de vida que resista la traducción a matriz de datos encarna ese riesgo. El enemigo a eliminar es la imprevisibilidad.

La categoría cumple entonces una función operativa precisa: amplía el margen de intervención del modelo y legitima su despliegue. La seguridad se redefine como restablecimiento de previsibilidad. La neutralización de nodos opacos —individuos, redes, barrios, infraestructuras, artistas o relatoras de la ONU— se integra en la narrativa defensiva y adquiere cobertura jurídica y diplomática.

La figura del terrorista funciona así como bisagra entre opinión pública y racionalidad algorítmica. Permite presentar la reorganización biopolítica como defensa necesaria, mientras la optimización del despojo se integra en el lenguaje del orden. En este cruce entre representación y cálculo, la lucha contra el terrorismo coincide con la expansión del dispositivo. Gaza aparece entonces como el espacio donde la producción del enemigo y la administración técnica del territorio convergen en un mismo régimen de control.

 

2.3 Del laboratorio Gaza a la expansión del modelo

   

Florencia Kettner obra expuesta en la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis de Madrid, 2025

 

La confesión en junio de 2025 del canciller alemán Friedrich Merz —«Israel está haciendo el trabajo sucio por todos nosotros»— establece el marco de transparencia cínica bajo el cual opera el laboratorio de Gaza. Esta declaración confirma que el dispositivo responde a una exigencia para la gobernanza global del siglo XXI, exportando una arquitectura de control validada por su eficiencia letal. Las tecnologías perfeccionadas en la Franja —drones de vigilancia persistente, telemetría avanzada y algoritmos de puntuación de peligrosidad— se integran ya en los dispositivos de seguridad de las sociedades occidentales. En Europa y América, el modelo de «puntuación de riesgo» se despliega para gestionar flujos migratorios y disidencias urbanas, traduciendo la experiencia palestina en protocolos de «seguridad ciudadana» que automatizan la sospecha sobre el tejido social.

Esta escalabilidad encuentra su eje de coordinación en las agencias de control de los Estados Unidos. El ICE (Immigration and Customs Enforcement) opera hoy como una extensión doméstica de este absolutismo algorítmico, utilizando infraestructuras de datos masivos para el rastreo y clasificación de poblaciones móviles. Mediante la integración de sistemas de inteligencia provistos por Palantir, el ICE reproduce la lógica del dispositivo Gaza al reducir al migrante a un individuo de riesgo dentro de una matriz de datos. La frontera se transforma en un despliegue de necro-logística ubicua, donde la captura de información permite la neutralización quirúrgica de nodos humanos considerados «ruido» en el sistema.

En este sentido, la expansión del modelo alcanza su expresión más descarnada en América Latina y el Caribe. El cerco sobre Venezuela ha servido para ensayar ejecuciones extrajudiciales y operaciones de desestabilización que operan bajo la lógica de precisión técnica probada en Palestina. En este contexto, el Mar Caribe se convierte en una extensión del laboratorio, donde el uso de infraestructuras privadas y la delegación de la violencia diluyen la responsabilidad estatal. La figura del terrorista es sustituida por la del narco, cumpliendo la misma función legitimadora de seguridad bajo el término «narcoterrorismo».

Esta expansión operativa se consolida en la Argentina de Milei, donde la retórica que identifica a los oponentes políticos como enemigos del sistema que generan ruido e incertidumbre constituye la aplicación local de la gramática cibernética. Esta voluntad de pilotaje se materializa en febrero de 2026 con la creación del Centro Nacional de Ciberseguridad (CNC), cuya dirección asume Ariel Waissbein. Su perfil —Doctor en Matemáticas especialista en la resolución de problemas de eliminación geométrica y en el desarrollo de algoritmos eficientes— consagra el paso definitivo del discurso político a la arquitectura técnica. El saber matemático se pone al servicio de la protección de «activos estratégicos» y el blindaje de infraestructuras, asumiendo la misión de planificar las políticas destinadas a asegurar el ciberespacio nacional contra cualquier interferencia imprevista. El etiquetado de la disidencia como anomalía que debe ser purgada dispone el terreno técnico para la aplicación de medidas de control y neutralización heredadas directamente del dispositivo Gaza.

Finalmente, el modelo Gaza cumple una función de normalización geoestratégica, permitiendo que escenarios de asedio prolongado se vuelvan tolerables para la mirada internacional. El bloqueo terminal a Cuba se gestiona bajo esta premisa, proyectando la transformación de la isla en una segunda Gaza: un sistema cerrado, monitorizado y sometido a un formateo lento de sus infraestructuras vitales. La validación empírica del exterminio en Palestina asegura que el Imperio pueda sostener cercos demográficos y logísticos en cualquier punto del planeta, elevando la gestión del desastre a la categoría de principio rector de la nueva arquitectura de poder global.

 

2.4 La administración metabólica de la vida

   

Florencia Kettner, ‘Yo soy la muerte’, tinta china, 2020

 

La administración metabólica constituye la fase culminante del formateo de la Franja. El dispositivo opera sobre el flujo biológico básico —calorías, agua, electricidad y combustible—, tratándolos como variables regulables de un sistema industrial. Esta racionalidad instaura una homeostasis de la carencia: un equilibrio precario donde la supervivencia habita en el umbral mínimo compatible con la estabilidad del pilotaje algorítmico. Bajo esta lógica, los cuerpos quedan traducidos en unidades metabólicas cuantificables, lo que permite anticipar tensiones y regular el impacto social mediante ajustes finos en la densidad vital del entorno: tener energía suficiente para no morir – de inmediato – e insuficiente para rebelarse.

Dentro de esta arquitectura, la infraestructura sanitaria representa un punto de fricción técnico. El hospital introduce una dinámica de recomposición que altera la curva de carencia administrada por el dispositivo; la función médica restituye la continuidad orgánica allí donde la plataforma logística ha producido interrupción. La neutralización de los centros de salud apunta a suprimir esta capacidad de reparación para garantizar el cierre del umbral biológico. La existencia queda inscrita como variable de ajuste dentro de un sistema orientado a la previsibilidad.

Gaza prefigura una gobernanza donde el acceso a la supervivencia adopta la forma de permiso condicionado por matrices de clasificación y evaluación de riesgo. En un capitalismo de fase algorítmica, donde la automatización y la robótica desplazan la centralidad económica del cuerpo productivo, la soberanía se ejerce mediante el control del abastecimiento y la modulación energética. La gestión metabólica opera así como tecnología de estabilización poblacional, configurando un modelo compatible con una economía altamente automatizada donde el cuerpo se integra como variable de equilibrio. El laboratorio palestino expone una forma de gobierno que articula territorio, información y metabolismo en un mismo régimen de cálculo continuo. Sobre este terreno emerge la cuestión decisiva de la fase cibernética del capitalismo: la administración de poblaciones cuya función productiva pierde centralidad mientras su existencia física permanece inscrita en la ecuación sistémica que garantiza la continuidad del orden y una reserva genética.

Carlos de CastroFebrero 2026. 
 

viernes, abril 17

O el Mundo Entero Como Gaza, o la Victoria Palestina (parte 1)

 


Manual de logística contra la extinción y defensa de la vida en la era del absolutismo técnico


Introducción

El error de paralaje y el «Momento Cero»

Existe un error de paralaje en la mirada contemporánea, una miopía deliberadamente inducida que nos invita a leer los acontecimientos actuales como crisis aisladas. Se nos dice que el genocidio en Gaza es un conflicto étnico-religioso enquistado; que la guerra de Ucrania es únicamente una guerra de independencia; que la operación de cambio de régimen en Venezuela responde a una lucha por la democracia liberal; que el asedio a Irán expresa las ansias de libertad del pueblo persa; o que la amenaza sobre Groenlandia no es más que una empresa comercial.

Son fragmentos de un espejo roto: relatos disociados que impiden toda comprensión de conjunto. Sin embargo, para quien observe el mapa con la frialdad necesaria, quedará en evidencia que no estamos ante episodios inconexos, sino ante los movimientos sincronizados de una fase superior del despojo.

Gaza no es una anomalía, ni un accidente, ni un exceso de violencia en los márgenes de la civilización. Gaza es el «Momento Cero» de una nueva legalidad internacional —o mejor dicho, de su abolición definitiva—. Es el laboratorio donde el Poder ha testado con éxito la suspensión absoluta de la condición humana.

La prueba irrefutable de esta demolición del orden anterior la encontramos en las excavadoras israelíes derribando las oficinas de la agencia de la ONU para los refugiados (UNRWA) en Jerusalén Este, ante la parálisis absoluta de la comunidad internacional. Esa imagen es el epitafio del siglo XX: el Estado-nación demoliendo físicamente a la institución garante de los Derechos Humanos para construir, sobre sus escombros, un asentamiento colonial. Con la destrucción de este edificio se desmantela la ficción jurídica que habitamos desde 1945. Es un gesto de franqueza, al fin y al cabo: el reconocimiento de que la fuerza bruta se ha convertido en la única fuente de derecho, validada por el silencio cómplice de una Europa en decadencia.

En este sentido, el genocidio en curso señala el agotamiento del antropocentrismo inaugurado en el Renacimiento. El ser humano ha dejado de ser la medida de todas las cosas. La realidad pasa a ser concebida como un conjunto de datos, y la virtud suprema ya no se define en términos éticos o políticos, sino en términos de capacidad de cálculo, predicción y optimización. Asistimos al final de la «historia orgánica» para dar paso a un mundo inorgánico, construido no sobre un sustrato biológico, sino sobre una arquitectura computacional.

Se inaugura así un tiempo posthumano donde el poder abandona cualquier resquicio de moral para abrazar la pura eficiencia como vector de acumulación de capital. En este nuevo esquema, la vida biológica pierde su cualidad sagrada y pasa a ser tratada como una simple variable de ajuste —o un error de sistema si entorpece la rentabilidad— en la ecuación general del dominio.

Por tanto, la pregunta decisiva ya no es si esta violencia es legítima, sino para qué sirve. El interrogante que se abre es atroz: ¿qué tipo de orden global necesita ensayar el exterminio a cielo abierto para garantizar su operatividad? La tesis que aquí se sostiene es incómoda pero inevitable: Gaza no es una excepción patológica, sino un prototipo exitoso. Y como todo modelo que valida su eficacia, está destinado a ser replicado a «escala planetaria».

Capítulo 1

El Nuevo Absolutismo

Silicon Valley, guerra y soberanía algorítmica

1.1. Del Estado de Bienestar a la Plataforma Logística

Durante décadas, la narrativa liberal nos vendió la ilusión de que la globalización traería una interdependencia pacífica, un debilitamiento progresivo de las fronteras que haría la guerra obsoleta. Fue una mentira funcional. La globalización ha mutado en un Imperio Unificado Tecnocrático, y el Estado, lejos de desaparecer, se ha reconfigurado: ha dejado de ser garante del bienestar social para convertirse en una plataforma logística al servicio del capital-algoritmo.

Esta mutación explica la docilidad abyecta con la que los gobiernos nacionales se pliegan ante los dueños del nuevo poder, aceptando incluso la liquidación de su propia integridad territorial. El asedio por los recursos de Venezuela o la oferta de compra sobre Groenlandia demuestran que, para este nuevo absolutismo, la soberanía es un activo tóxico y el territorio una mercancía a subastar.

1.2. La externalización de la violencia: El modelo de la Compañía de las Indias Orientales digital

Esta transformación reactiva una lógica histórica conocida. El Imperio Unificado Tecnocrático no representa una ruptura, sino una continuidad perfeccionada del imperialismo clásico.

En nuestro tiempo, los aparatos estatales siguen operando —el ejército israelí, el ICE o las unidades especiales estadounidenses—, pero su capacidad de acción queda crecientemente acoplada a infraestructuras privadas que amplían, aceleran y desresponsabilizan la violencia. De este modo, la alianza contemporánea entre el Pentágono y Silicon Valley actualiza, bajo formas digitales, la estructura de la Compañía Británica de las Indias Orientales: no una sustitución del Estado, sino una delegación estratégica de funciones soberanas.

Dentro de este esquema, el Estado autoriza y legitima: aporta la cobertura jurídica, el blindaje diplomático y el financiamiento público. Por su parte, la corporación (Google con el Proyecto Nimbus, Amazon, Starlink) aporta la capacidad técnica para hacer operativa la dominación.

Esta complicidad estructural cimenta la economía digital. El Proyecto Nimbus revela a Google y Microsoft como proveedores de la infraestructura en la nube del aparato militar israelí; comercializan, ante todo, la capacidad de procesamiento vital para sostener la ocupación. Paralelamente, Elon Musk opera con Starlink como un interruptor imperial capaz de decidir unilateralmente qué poblaciones tienen derecho a la comunicación y cuáles deben morir en el silencio, acatando apagones informativos en Gaza mientras agita revoluciones de colores en Irán.

La decisión política se desplaza del parlamento al algoritmo, y la violencia deja de ser un acto excepcional para convertirse en un proceso continuo, automatizado y optimizado.

1.3. Alex Karp y la necro-logística

En este contexto emerge la figura paradigmática de Alex Karp, director ejecutivo de Palantir Technologies. Karp encarna con claridad el perfil del intelectual orgánico de esta forma inédita de dominio: la soberanía algorítmica.

Su empresa desarrolla la arquitectura técnica que hace posible identificar, clasificar y jerarquizar vidas humanas como inputs operativos dentro de sistemas de decisión militar. Al hacerlo, completa la externalización funcional del Estado: convierte la decisión política de matar en un proceso técnico de optimización, borrando la responsabilidad moral del ejecutor y transfiriéndola a la opacidad indiscutible del código.

La catadura moral de esta nueva élite quedó expuesta en marzo de 2024, durante una intervención pública de Karp en Washington D.C. En ese contexto, defendió abiertamente el uso de la violencia como una necesidad operativa y presentó la muerte masiva de civiles como un componente funcional de la seguridad occidental. Su discurso se articuló en el lenguaje de la eficiencia, del cálculo y del resultado estratégico.

Esta escena —un empresario tecnológico racionalizando el horror con lenguaje de gerente— constituye la confesión de parte del Imperio Unificado Tecnocrático. Ratifica que, bajo su mirada, los palestinos —y por extensión, cualquier obstáculo para la rentabilidad occidental— han perdido su condición de sujetos humanos para convertirse en meros errores de sistema, anomalías estadísticas que el software debe purgar.

Palantir proporciona la necro-logística esencial para esta tarea, facultando a Israel para sostener la ficción de una «guerra de precisión» al tiempo que consuma una demolición demográfica total. De este modo, el genocidio alcanza su forma definitiva: supera el odio atávico para consolidarse como un procedimiento técnico de limpieza, ejecutado con una escala, velocidad y asepsia exclusivas de la soberanía algorítmica.

 

 Carlos de Castro

lunes, marzo 9

El ataque a Irán es un ataque a todas nosotras

El ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán es moralmente repugnante. Está calculado únicamente para beneficiar a una élite de belicistas racistas e islamófobos. No beneficiará a los iraníes ni a la gente común de ningún lugar del planeta.

Existen movimientos populares genuinos que se oponen al gobierno iraní, un régimen autoritario manchado de sangre, al igual que los atacantes gobiernos de Estados Unidos e Israel. Pero las personas que participan en los movimientos sociales iraníes no quieren que Donald Trump agreda a Irán. Como algunas de ellas escribieron el mes pasado,

Los movimientos sociales en Irán llevan décadas resistiendo a un gobierno opresivo. Pero el establecimiento de un régimen títere al servicio de Estados Unidos e Israel no les ayudará. Al atacar Irán, Trump no busca necesariamente derrocar al Gobierno, sino simplemente subordinarlo a su voluntad, destituyendo a las figuras más importantes para ocupar su lugar. Eso es precisamente lo que hizo en Venezuela en enero de 2026. El secuestro de Nicolás Maduro no cambió en nada la distribución del poder en la sociedad venezolana; el principal resultado de la intervención de Trump ha sido que ha puesto las piezas en su sitio para saquear los recursos naturales de Venezuela en beneficio de elementos de la clase dominante de Estados Unidos.

Al igual que otros autócratas, Trump pretende marginar a la gente común, reduciendo toda la política a una cuestión de tiranos que se disputan el poder a expensas de aquellos a quienes gobiernan. Sacrificará con gusto las vidas de iraníes, israelíes y estadounidenses en beneficio propio.


A medida que la especulación capitalista se enfrenta a límites inherentes a este sistema en todo el mundo, los déspotas han vuelto a acumular riqueza a la antigua usanza: mediante la brutal violencia estatal. Una de las cosas que ha sostenido la economía mundial en los últimos años es el auge de la especulación bursátil en un puñado de empresas tecnológicas que intentan vender productos de «inteligencia artificial». En realidad, se trata de una carrera por invertir en la próxima generación de tecnología militar con el fin de prepararse para una era en la que será aún más importante a la hora de determinar cómo se distribuyen la riqueza y el poder. Podemos ver la prueba en el conflicto de esta semana sobre si el ejército estadounidense debería utilizar herramientas de IA producidas por Anthropic para llevar a cabo una vigilancia masiva de la ciudadanía estadounidenses y, a la vez, desarrollar armas totalmente autónomas.

El ejército israelí hizo un uso extensivo de la IA para perpetrar un genocidio en Gaza. Este es el principal uso de la IA, y no ahorrar a los burócratas la molestia de escribir sus propios correos electrónicos.

Para el gobierno israelí, todo Oriente Medio es ahora Cisjordania. El ataque a Irán demuestra que están decididos a someter a cientos de millones de personas a la violencia que ya han infligido al pueblo palestino, libanés y sirio.

En Estados Unidos, la decisión de Trump de declarar la guerra sin consultar al Congreso demuestra que ya se considera a sí mismo un dictador. El ataque contra Irán tiene como objetivo sembrar el terror entre los enemigos de Trump en todo el mundo, incluido Estados Unidos.

Debemos entender esta guerra como una amenaza también para nosotras. Desde Caracas y las Ciudades Gemelas hasta Teherán, es fácil ver qué tipo de mundo están tratando de crear. Las mismas armas que se utilizan hoy contra los iraníes se volverán mañana contra cualquiera que se resista a Trump y sus aduladores, a menos que nos enfrentemos a ellos antes de que sea demasiado tarde.

Debemos desarrollar la capacidad popular para detener la maquinaria bélica. Los cientos de miles de personas asesinadas sin sentido en Gaza, Siria, Sudán, Yemen, Irak, Myanmar y Ucrania muestran lo que nos espera si seguimos por este camino belicista.

La verdadera liberación solo puede lograrse mediante la solidaridad entre los movimientos de base. Debemos resistirnos por todos los medios al belicismo de Trump, Netanyahu o cualquier otro tirano.

 

 CrimethInc.

 

lunes, febrero 16

De las amapolas a Weil, duelo y memoria

 

 

Los amigos de artax hemos vuelto a vuestros oídos después de meses con un fugaz centello de duelo y memoria a través de recuerdos de infancia y aprender de las rebeldes del pasado que lucharon contra el fascismo pero no por la democracia. En estos tiempos vertiginosos puede que ya no seamos les mismes, los duelos afloran y la memoria urge... pero lo más importante Amigos de artax, más allá de toda palabrería, ¡disfruten de la música!

MÚSICA:
- INTRO Y FINAL: GO DIG MY GRAVE - LANKUM
- THE HOOD - KNEEKAP
- PRIMAVERA LOKA - MATAHEMBRA Y LIRA LIBERTARIA
- DESPERTAR - ALIZZZ MARIA ARNAL
- 161 - PILTZ
- EXTRACTO DE RATAS - KRONDSTADT
- NO TODO VA A SALIR BIEN - ZERO AZUCAR

miércoles, febrero 4

Asedio yihadista en Rojava

 

 

Los muy vendidos medios generalistas, de este inefable Reino de España, y con el silencio de la mayor parte de la comunidad internacional, apenas reflejan la crisis humanitaria en el norte y este de Siria, el genocidio esta vez sobre el pueblo kurdo. Veamos si podemos repasar, estremeciéndonos ante la situación, de lo ocurrido en aquella región durante las últimas semanas; puede seguirse toda la actualidad en el sitio web rojavaazadimadrid.org, del cual obtengo la mayor parte de la información que expongo a continuación.

Desde el 6 de enero, fuerzas del gobierno sirio, junto a grupos yihadistas y milicias turcas, están produciendo ataques, iniciados en Alepo, a la comunidad kurda; toda una limpieza étnica, que ha supuesto una masacre y el desplazamiento forzoso de miles de personas. La DAANES (Administración Autónoma del Norte y Este de Siria, también conocida como Rojava), en el último año, estaba llevando a cabo negociaciones con el gobierno de transición sirio para consolidar una democracia y formar parte de un sistema descentralizado dentro de la diversidad étnica y religiosa de Siria. El 4 de enero, las negociaciones parecían haber alcanzado una fase avanzada e incluso parecía estar llegándose a lograr un acuerdo; no obstante, el proceso fue abruptamente interrumpido por el ministro de exteriores sirios, el cual tiene un estrecho vínculo con el Estado turco.

El 6 de enero, se anunció un acuerdo, tras una reunión en París facilitada por Estados Unidos, Siria e Israel, y esa misma tarde fuerzas del gobierno sirio con la incorporación de milicias turcas lanzaron un ataque contra barrios kurdos en Alepo. En los días posteriores, a pesar del anuncio del alto el fuego, el ejército sirio y sus aliados continuaron avanzando amenazando la existencia de los kurdos y de las comunidades de la región, así como del autogobierno autónomo y democrático establecido allí. Recordemos los logros de la Revolución de Rojava, con la lucha por la liberación de las mujeres, la coexistencia pacífica entre los pueblos y el autogobierno democrático. La comunidad internacional, en su mayor parte, mantiene un silencio cómplice sobre la violencia del gobierno sirio, mientras que la comunidad kurda trata de resistir. De hecho, el 9 de enero, en un momento de gran intensidad en los combates, Ursula von Der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, se reunió con al-Sharaa, presidente de transición en Siria, y prometió 620 millones de euros para la reconstrucción del país, lo cual ha sido visto como un respaldo tácito de las masacres en curso y una seria preocupación sobre el uso de esos fondos.

 A pesar de un alto el fuego el 11 de enero, organizaciones humanitarias denunciaron que se siguieron produciendo asesinatos, torturas y saqueos de las propiedades kurdas junto a otras atrocidades como auténticos crímenes de guerra, mientras que se ha restringido el acceso a actores de la sociedad civil para poder evaluar la situación. El 13 de enero, otras dos regiones administradas por DAANES fueron declaradas “zona militares cerradas” por el gobierno sirio; continuaron con la campaña militar, junto a drones turcos y grupos yihadistas, avanzando hacia el norte y el este. El 16 de enero, al-Sharaa emitió un decreto que limitaba los derechos de los kurdos, mientras que se intensificaban los bombardeos sobre las zonas defendidas por las fuerzas amadas de DAANES (las SDF). El 18 de enero, a pesar de anunciarse un alto el fuego permanente, los combates continuaron con el plan del gobierno sirio de integrar las zonas kurdas en un Estado centralizado.

El 19 de enero, la guerra se extendió por gran parte del norte y el este de Siria; las fuerzas del gobierno de transición sirio (STG), junto a milicias yihadistas, atacaron la prisión de Al-Shadadi liberando a miles de presos del ISIS, ante el silencio de la coalición internacional, algo que se repetirá en otras cárceles en los días siguientes; las fuerzas del STG también lanzaron un ataque contra Kobane (ciudad del norte de Siria dentro de la gobernación de Alepo), que precisamente había sido un escenario histórico de lucha frente al Estado Islámico en 2015: una región que vuelve a ser atacada por los yihadistas bajo otras banderas. El 20 de enero, se anunció un alto el fuego de cuatro días y el STG asegura que durante ese tiempo no avanzará más; se trata de conminar a las SDF para que se disuelvan y la integración de los territorios en el Estado sirio, mientras que el alto no es respetado, continúan los ataques y no hay perspectivas de paz.

El 21 de enero, hubo un enunciado que mostraba una situación alarmante en el asedio de Kobane con servicios esenciales deliberadamente interrumpidos, por parte de las fuerzas del gobierno de transición sirio, en coordinación con Turquía y milicias yihadistas, provocando una intolerable crisis humanitaria. Por lo general, la comunidad internacional, especialmente la Coalición Internacional contra el ISIS, ha guardado silencio ante esta crisis humanitaria, aunque en las regiones del Kurdistán y a nivel internacional miles de personas sí se han movilizado en solidaridad con Rojava con numerosas convocatorias. Otras comunidades de Siria, como los drusos en el sur, se han levantado en armas en apoyo a la fuerzas defensivas de las SDF, mientras que la población yazidí, otra minoría kurda de gran antiguedad, que ya fue víctima de un genocidio por el ISIS en 2014, muestra la preocupación por su seguridad en la zona de Shengal (otra administración autónoma). El pueblo kurdo se enfrenta ahora a un nuevo genocidio, perpetrado por los Estados sirio y turco junto a sus aliados yihadistas, pero con la traición generalizada de la Unión Europea, de Estados Unidos y con el beneplácito del Estado de Israel.

 

Capi Vidal

domingo, febrero 1

Palestina, la existencia negada

 

 

Esta semana contamos con Teresa Aranguren, reportera especializada en periodismo en zonas de conflicto, con especial dedicación al conflicto árabe. Así que ha transitado entre campos de refugiados, zonas militarizadas, bombardeos, etc. Cubrió la invasión israelí del Libano en 1982, la guerra Irán-Irak, las sucesivas crisis del golfo, y el conflicto palestino-israelí.

Nos presenta el libro Palestina, la existencia negada, donde hace un recorrido por la historia de Palestina durante el último siglo y medio. Junto a ella contextualizaremos los orígenes europeos del sionismo, las primeras migraciones europeas a territorio Palestino, el papel de las milicias sionistas, la creación del Estado de Israel y la Nakba, la diferentes estrategias del Estado de Israel para hacerse, en exclusiva, con el territorio, la resistencia Palestina, la Intifada...

viernes, enero 23

«Un mundo gobernado por la fuerza». El ataque a Venezuela y los conflictos que se avecinan

 

El 3 de enero de 2026 nos despertamos con el bombardeo estadounidense sobre Caracas y el sibsiguiente secuestro del presidente Nicolás Maduro y Cilia Flores. Se trata de la detención más cara de la historia, para la cual se movilizaron 150 cazas, otros tanto helicópteros y 200 soldados de los Delta Force. Entre 80 y 100 venezolanos y cubanos fueron asesinados y la hasta entonces vicepresidenta Delcy Rodríguez ha asumido el mando del país.

Pese a que la operación viola el Derecho Internacional de forma flagrante, Trump insiste en que está por encima de estas normas y que su único límite es su «moralidad» (de la cual sabemos que anda muy justito). Esto y el hecho de que no haya ocultado que detrás de esta operación está su voluntad de apoderarse del petróleo venezolano constatan que nos encontramos ante la «ley del más fuerte».

«Vivimos en un mundo gobernado por la fuerza, por el poder», afirmó Stephen Miller en la CNN el 5 de enero de 2026, mientras exponía su programa fascista y justificaba la toma de Groenlandia por la fuerza. «Estas son las leyes de hierro que rigen el mundo desde el principio de los tiempos».

 

En la madrugada del 3 de enero, la Administración Trump llevó a cabo una incursión televisada en Venezuela, bombardeando al menos siete objetivos en Caracas y secuestrando al presidente Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores. Esta operación culminaba una campaña de presión de un año de duración, durante la cual la administración calificó a los inmigrantes venezolanos en Estados Unidos como «narcoterroristas», intentó aplicar la Ley de Enemigos Extranjeros, bombardeó supuestos «barcos de drogas», confiscó petroleros y desplegó la Marina estadounidense para bloquear Venezuela.

El régimen de Trump acusó inicialmente a Maduro de dirigir el llamado «Cártel de los Soles», una invención tan ficticia como la designación de una supuesta organización denominada «Antifa» —es decir, la totalidad del movimiento antifascista— como organización terrorista. Aunque dos días después revisaron esta acusación para articular un caso legal algo menos endeble, este proceder es característico de su método: comenzar con una narrativa falsa y buscar después los medios para imponerla a la realidad.

Uno de los principales objetivos de Donald Trump era difundir una fotografía de Nicolás Maduro encadenado, evocando las imágenes que las agencias federales han publicado de personas secuestradas por el ICE. En lugar de ofrecer mejoras reales en las condiciones de vida de la población, Trump ofrece a sus seguidores la satisfacción vicaria de identificarse con carceleros y torturadores. Su objetivo es deshumanizar a sus adversarios y desensibilizar al conjunto de la sociedad ante la violencia que será necesaria para sostener su dominio y el propio capitalismo en una era de beneficios decrecientes.

 


Los grandes medios de comunicación corporativos están desempeñando su papel habitual de oposición leal: cuestionan la legalidad de la operación mientras demonizan a Maduro y ensalzan a su rival derechista, María Corina Machado. Para quienes aspiran a oponerse al imperialismo —anarquistas y otros movimientos— resulta imprescindible situar el ataque contra Venezuela en un contexto más amplio, reflexionar sobre qué forma podría adoptar una oposición eficaz e identificar cómo responder.

El manual

El Gobierno de Estados Unidos tiene una larga trayectoria de intervenciones imperialistas en América Latina, que abarca más de un siglo de operaciones contra Cuba, el sangriento golpe militar en Chile en 1973 o la invasión de Panamá ordenada por George Bush padre en 1989. El ataque contra Venezuela se inscribe en la continuidad de iniciativas más recientes: desde las invasiones de Afganistán e Irak bajo George W. Bush en 2002 y 2003, hasta el desmantelamiento, por parte de Joe Biden, del llamado «orden internacional basado en normas» para permitir que Benjamin Netanyahu lleve a cabo un genocidio en Palestina a partir de 2023.

Al mismo tiempo, el programa de la administración Trump supone una ruptura con las formas anteriores. Al apostar por la extracción de recursos mediante la fuerza bruta, sin siquiera la pretensión de una agenda ideológica alternativa, Trump se alinea con Vladimir Putin y Benjamin Netanyahu en la inauguración de una era de rapiña abierta y desacomplejada.

Aunque los subordinados de Trump han invocado las elecciones amañadas celebradas en Venezuela en 2024 para justificar el ataque, no existe ninguna intención real de promover elecciones libres ni «democracia» en el país. Algunas fuentes sostienen que la oposición liderada por María Corina Machado cuenta con el apoyo de cerca del 80 % de la población venezolana, pero Trump afirma que no dispone del respaldo suficiente para gobernar; presumiblemente, se refiere a la falta de apoyo de las Fuerzas Armadas. Trump preferiría tratar con un régimen autocrático que le fuera directamente leal. Al fin y al cabo, tampoco desea rendir cuentas ante las urnas, ni en Venezuela ni en Estados Unidos.

Trump está recurriendo a la guerra para esquivar una crisis interna. Aunque él mismo y un sector del Partido Republicano llevan tiempo impulsando un cambio de régimen y un refuerzo de la presencia naval en el Caribe, este golpe se ha diseñado para copar la atención mediática y desviar el foco del deterioro de las encuestas y de una serie de reveses judiciales relacionados con sus intentos de desplegar la Guardia Nacional. Paralelamente, las pruebas de su implicación en la red de abusos sexuales y violaciones vinculada a Jeffrey Epstein están empezando a resquebrajar su base de apoyo.

A medida que los autócratas ven amenazado su control del poder, se vuelven más peligrosos e imprevisibles. Las maniobras de Netanyahu para mantenerse a flote frente a sus escándalos de corrupción —incluida su disposición a sacrificar rehenes para prolongar el genocidio— son ilustrativas. Cuando la crisis se cierne sobre ellos, estos gobernantes generan nuevas crisis para distraer a la población. Toda oposición eficaz debe esforzarse por mantener la atención sobre aquello que Trump intenta ocultar. Eso es, precisamente, lo que más teme.

Entendido como una operación mediática, el ataque contra Venezuela es un ataque contra todas nosotras: un intento de intimidar a cualquiera que pudiera resistirse al régimen de Trump, de hacernos aceptar que la violencia estatal seguirá intensificándose hagamos lo que hagamos, de convencernos de que no somos protagonistas de nuestro propio tiempo.

Como ya señalamos en 2025, Trump ha copiado buena parte de su estrategia de líderes autoritarios como Vladimir Putin. Cuando Putin fue nombrado primer ministro en agosto de 1999, sus índices de aprobación eran incluso más bajos que los de Trump hoy. Resolvió ese problema mediante la segunda guerra de Chechenia, que disparó su popularidad. Desde entonces, cada vez que su apoyo se ha desplomado, ha recurrido al mismo patrón: Georgia en 2008, Crimea y el Donbás en 2014, Ucrania en 2022, consolidando progresivamente el control de la sociedad rusa hasta poder enviar a cientos de miles de personas al matadero de la guerra.

Putin ha utilizado la guerra en Ucrania como instrumento de control interno, y en Rusia este control va mucho más allá de la represión de protestas. A medida que empeoran las condiciones económicas, necesita proyectar fuerza y brutalidad constantes, al tiempo que gestiona una población cada vez más inquieta y desesperada. Reclutar a jóvenes de familias empobrecidas del interior para enviarlos al frente sirve para mantenerlos ocupados; si decenas de miles no regresan, tanto mejor: no engrosarán las cifras del desempleo ni protagonizarán protestas. El servicio militar obligatorio también ha empujado al exilio a miles de personas que podrían haber encabezado una revuelta. Es una estrategia que veremos reproducirse en otros lugares a medida que se profundice la crisis global del capitalismo.

La diferencia fundamental es que, aunque Estados Unidos es mucho más poderoso que Rusia, el control de Trump sobre el poder es mucho más frágil que el de Putin. Además, tras las desastrosas ocupaciones de Afganistán e Irak, el electorado estadounidense es hoy mucho menos tolerante con operaciones que pongan en riesgo la vida de soldados estadounidenses.

Trump no es un estratega disciplinado ni coherente. Recurre sistemáticamente a la amenaza y la intimidación, explotando la cobardía y la debilidad de sus interlocutores. Confía en que esa intimidación baste para someter a los gobiernos latinoamericanos sin necesidad de nuevas intervenciones militares. Si fracasa, probablemente recurrirá a tecnología militar, mercenarios privados y otros mecanismos para ejercer la fuerza sin desplegar tropas en el terreno. Pero la guerra, una vez iniciada, impone su propia lógica. Si la administración Trump persiste en este camino, las fuerzas estadounidenses podrían verse arrastradas a un conflicto abierto.

Tras el ataque a Venezuela, Trump y su entorno han amenazado con actuar de forma similar contra México, Cuba, Colombia, Dinamarca y otros países. Sin duda lo harán si creen actuar desde una posición de fuerza; pero incluso si las cosas se tuercen, Trump puede intentar utilizar estas maniobras como cortina de humo para ocultar su debilidad.

El regreso del saqueo

El capitalismo nació al calor del saqueo colonial y, a medida que los márgenes de beneficio se reducen en la economía mundial, los gobiernos están retomando esa vieja estrategia de acumulación.

Esto explica tanto la apropiación territorial de Putin en Ucrania como el intento de Netanyahu de utilizar el genocidio como herramienta de gentrificación, o la última aventura de Trump en Venezuela.

En un documento titulado Estrategia de Seguridad Nacional, publicado en noviembre de 2025, la administración Trump asumió explícitamente un «Corolario Trump» de la Doctrina Monroe, cuyo objetivo es «restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental» para «negar a competidores extrahemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos estratégicamente vitales en nuestro hemisferio».

Trump ha bautizado esta estrategia como «Doctrina Donroe», proclamando que «el dominio estadounidense en el hemisferio occidental nunca volverá a ser cuestionado». Se trata, sin duda, del petróleo —Venezuela alberga alrededor del 17 % de las reservas mundiales—, pero también de una pugna geopolítica con China, principal inversor e importador del petróleo venezolano, que adquiere cerca del 80 % de sus exportaciones y ha concedido más de 60.000 millones de dólares en préstamos desde 2007. Esta orientación es anterior a Trump: la revitalización de la Doctrina Monroe, enfocada a competir con China y Rusia en el Sur Global, ya era un eje central de la Comisión 2024 sobre Estrategia de Seguridad Nacional creada bajo la administración Biden. Dicha comisión reclamaba explícitamente disputar a China y Rusia la influencia en América Latina en materia de explotación de recursos naturales y capacidades de proyección de poder. Trump representa el giro autoritario; la lógica económica y geopolítica ya estaba ahí.

En otras palabras, la brutalidad de Trump ofrece a la clase dominante una respuesta a un problema estructural del capitalismo contemporáneo: la evaporación de oportunidades rentables.

El plan de entregar la extracción de recursos venezolanos a empresas petroleras estadounidenses forma parte de una nueva fase de saqueo colonial, caracterizada por la apropiación directa de activos ajenos. Hay que entenderlo en el contexto del estancamiento económico y la financiarización. Históricamente, recuerda a periodos de «caos sistémico», cuando la caída de los beneficios empujó al capital hacia la especulación financiera y el sistema mundial solo logró recomponerse mediante una violencia masiva. El ejemplo más cercano es el periodo 1914-1945, que incluyó las dos guerras mundiales.

No se trata solo del petróleo, sino de reforzar las condiciones que permiten la especulación capitalista en general, y de anticipar una violencia de mayor escala. Estamos entrando en una fase de relaciones basadas en la fuerza desnuda, no en el «imperio de la ley» ni en la diplomacia. Este ataque, como la propia presidencia de Trump, es un síntoma, no la causa.

A diferencia del imperialismo populista del pasado, que redistribuía parte del botín para sostener el consenso interno, el ataque de Trump está diseñado para beneficiar a un grupo cada vez más reducido de capitalistas. La clase media y la clase trabajadora blanca han dejado de ser «socios menores» del proyecto colonial y tienen cada vez menos razones para identificarse con él.

La cuestión del liderazgo

En un primer momento, la vicepresidenta venezolana Delcy Rodríguez adoptó un tono desafiante, pero pronto dio un giro hacia una retórica más conciliadora. Esto ha alimentado especulaciones sobre una posible disposición a cooperar con el régimen de Trump, o incluso sobre negociaciones ya en marcha.

Existen múltiples escenarios posibles y resulta difícil discernir cuál es el real. Tal vez Estados Unidos haya colocado a Rodríguez ante una situación extrema que esté afrontando con valentía; tal vez existan acuerdos secretos; tal vez ocurra algo distinto. En cualquier caso, la vulnerabilidad del chavismo ante el secuestro de su líder —y la posibilidad de que sectores del gobierno venezolano se conviertan en cómplices del plan de Trump para apropiarse de los recursos del país— pone de manifiesto que toda jerarquía constituye un punto débil para los procesos de liberación.

La historia reciente ofrece ejemplos claros: antiguos gobiernos revolucionarios, como el de Daniel Ortega en Nicaragua, acabaron integrándose forzosamente en el neoliberalismo y aplicando políticas de austeridad y control estatal. Ante estas derrotas, algunas corrientes concluyen que la única soberanía posible pasa por alinearse con Estados fuertes y armados nuclearmente, lo que sustenta el llamado «campismo».

Sin embargo, Rusia y China operan bajo la misma lógica autoritaria y capitalista que Estados Unidos, y quienes las apoyen no tendrán mayor capacidad de influir en sus decisiones. El resultado es la defensa impotente de autócratas genocidas. La alternativa real no es elegir un bando estatal, sino construir una resistencia internacional desde abajo, capaz de trascender fronteras.

Para que esa alternativa sea viable, la población estadounidense deberá desarrollar la capacidad de impedir que su propio gobierno bombardee y saquee otros países.

Qué esperar, cómo prepararse

El ataque contra Venezuela marca una escalada en una guerra indirecta con China. Reconducir la base industrial —incluida la industria tecnológica— hacia la industria bélica es una forma de afrontar el estancamiento económico, pero solo será viable si la administración Trump logra reavivar el «espíritu nacional» y el patriotismo. En este sentido, puede sostenerse que la prisa por asegurar la financiación y expandir la inteligencia artificial busca, en última instancia, moldear una población más dócil, crédula y fácil de controlar.

A corto plazo, cabe esperar que la administración Trump intente de nuevo recurrir a la Ley de Enemigos Extranjeros contra la población venezolana y otros colectivos. El intento anterior de Trump y Miller fue rechazado por los tribunales porque, en aquel momento, Estados Unidos no se encontraba formalmente en guerra. Ahora que han fabricado una guerra, la utilizarán para declarar nuevas emergencias y justificar una escalada represiva. También es previsible un aumento de la violencia racista contra personas latinoamericanas y chinas, así como represalias contra la política exterior estadounidense por parte de actores no estatales o intermediarios, que la administración Trump tratará de instrumentalizar para reforzar su agenda.

Las elecciones de mitad de mandato están previstas para noviembre de 2026. Trump y el Partido Republicano no parten como favoritos, pero el expresidente ha cruzado tantas líneas rojas que no puede permitirse ninguna amenaza a su poder. Ya sea mediante interferencias electorales, fraude o —más probablemente— la creación de crisis que legitimen un estado de excepción, todo apunta a que estas elecciones serán las menos «democráticas» de los últimos tiempos. Confiar únicamente en las urnas no bastará para salir de esta situación.

A medida que Trump se vea acorralado por crisis, escándalos y obstáculos crecientes, su comportamiento será cada vez más violento, errático y peligroso. Esto es una señal de debilidad, pero se trata de una debilidad respaldada por toda la potencia del aparato militar estadounidense. Debemos anticipar enfrentamientos militares de mayor envergadura antes de octubre de este mismo año, incluidos nuevos despliegues de la Guardia Nacional y, quizá, incluso la imposición de la ley marcial.

Las guerras impopulares y carentes de un mandato claro, especialmente aquellas que implican bajas estadounidenses u otros sacrificios internos, pueden precipitar la caída de un régimen. Nuestra tarea consiste en convertir esta guerra —junto con los demás errores de Trump y los conflictos que se avecinan— en una carga insoportable para toda la clase dominante. Hará falta una fuerza popular enorme para desalojar a Trump del poder, por lo que debemos impulsar propuestas igual de ambiciosas y no limitarnos a reclamar un regreso a un statu quo centrista que ya es profundamente impopular. Las personas revolucionarias deben prepararse para superar las maniobras centristas destinadas a estabilizar el Estado sin transformarlo. Aunque ahora pueda parecer difícil de imaginar, los levantamientos y las revoluciones se desarrollan con rapidez: a lo largo de 2024, las revoluciones protagonizadas por la llamada «Generación Z» derribaron regímenes en distintas partes del mundo.

En todo Estados Unidos se han repetido consignas como «No más sangre por petróleo». Sin embargo, Trump ha llegado a la conclusión de que su base social desea ambas cosas: petróleo y sangre. Los movimientos contra la guerra tienden a adoptar un enfoque conservador, centrado en presionar a las instituciones estatales; pero, como ya hicieron administraciones anteriores, el régimen de Trump ha dejado claro que no se siente condicionado por la oposición. En lugar de limitarse a protestas simbólicas y a la formulación de demandas, es necesario construir movimientos horizontales capaces de responder a las necesidades reales mediante la acción directa. Estos movimientos deben centrarse en las condiciones compartidas por la gente común, desde Caracas hasta Minneapolis: pobreza, austeridad, expolio de recursos básicos, control ejercido por mercenarios violentos y gobiernos de magnates que no rinden cuentas. En este sentido, la resistencia contra la Oficina de Inmigración y Aduanas en distintos puntos de Estados Unidos constituye un paso prometedor.

Si, como sugiere Stephen Miller, los gobiernos no representan ni los deseos ni la voluntad de quienes gobiernan; si —como ya debería resultar evidente— no actúan en defensa de nuestros intereses, sino únicamente para acaparar la mayor cantidad de riqueza posible, entonces nadie está moralmente obligado a obedecerlos. La única cuestión es cómo acumular la fuerza colectiva suficiente —el poder popular, el poder horizontal— para derrotarlos.

Apéndice: lecturas adicionales

Como punto de partida, se recomienda consultar «Denunciamos la ofensiva imperialista contra Venezuela», una declaración internacional de organizaciones anarquistas latinoamericanas publicada en diciembre de 2025.

Para profundizar en la situación venezolana, las personas lectoras hispanohablantes pueden acudir al archivo de la ya desaparecida publicación anarquista venezolana El Libertario. Allí se encuentran, entre otros materiales, una evaluación crítica de las organizaciones sociales bolivarianas de 2006 y una recopilación de textos sobre el papel de la industria petrolera en la represión de los movimientos populares de base y su integración en la economía global. Por ejemplo:

«Venezuela forma parte de un proceso de construcción de nuevas formas de gobernanza en la región, que han desmovilizado a los movimientos sociales surgidos en respuesta a las políticas de ajuste estructural de la década de 1990, relegitimando tanto al Estado como a la democracia representativa para cumplir con las cuotas de exportación de recursos naturales hacia los principales mercados mundiales» — Ley Habilitante: dictadura para el capital energético, en El Libertario, nº 62, marzo-abril de 2011.

Desde esta perspectiva, el ataque de Trump contra Venezuela puede entenderse como una continuación contemporánea de ese mismo «proceso de construcción de nuevas formas de gobernanza en la región».

 

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martes, enero 20

Groenlandia: colocarse de parte de los inuit

 

 

Es 16 de junio de 1951. El explorador francés Jean Malaurie avanza en trineos tirados por perros por la costa noroeste de Groenlandia. Había llegado solo, de forma impulsiva, con unos escasos ahorros del CNRS, oficialmente para trabajar en los paisajes periglaciales. En realidad, este encuentro con pueblos cuya relación con el mundo era de otra naturaleza forjaría un destino singular.

Ese día, tras largos meses de aislamiento entre los inuit, en el momento crítico del deshielo, Malaurie avanza con algunos cazadores. Está agotado, sucio, demacrado. Uno de los inuit le toca el hombro: “Takou, mira”. Una espesa nube amarilla se eleva hacia el cielo. A través del catalejo, Malaurie cree al principio que se trata de un espejismo: “una ciudad de hangares y tiendas de campaña, de chapas y aluminio, deslumbrante bajo el sol entre el humo y el polvo […] Hace tres meses, el valle estaba tranquilo y desierto. Había plantado mi tienda, un día claro del verano pasado, en una tundra virgen y llena de flores”.

El aliento de esta nueva ciudad, escribirá, “no nos abandonará jamás”. Las excavadoras tentaculares raspan la tierra, los camiones vomitan los escombros al mar, los aviones dan vueltas. Malaurie es proyectado de la edad de piedra a la era atómica. Acaba de descubrir la base secreta estadounidense de Thule, cuyo nombre en clave es Operación Blue Jay, uno de los proyectos de construcción militar más ambiciosos y rápidos de la historia de los Estados Unidos.

 Tras este nombre anodino se esconde una logística faraónica. Estados Unidos teme un ataque nuclear soviético por la ruta polar. En un solo verano, unos 120 barcos y 12.000 hombres se han movilizado en una bahía que hasta entonces solo había conocido el silencioso deslizamiento de los kayaks. Groenlandia contaba entonces con unos 23.000 habitantes. En 104 días, sobre un suelo permanentemente helado, surge una ciudad tecnológica capaz de albergar los gigantescos bombarderos B-36, portadores de ojivas nucleares.

A más de 1200 kilómetros al norte del círculo polar ártico, en un secreto casi total, Estados Unidos acaba de levantar una de las bases militares más grandes jamás construidas fuera de su territorio continental. En la primavera de 1951 se había firmado un acuerdo de defensa con Dinamarca, pero la base de Thule ya estaba en marcha: la decisión estadounidense se había tomado en 1950.

La anexión del universo inuit

Malaurie comprende inmediatamente que la desmesura de la operación supone, de hecho, una anexión del universo inuit. Un mundo basado en la velocidad, la máquina y la acumulación acaba de penetrar de forma brutal y ciega en un espacio regido por la tradición, el ciclo, la caza y la espera.

El arrendajo azul (“Blue Jay” en inglés) es un pájaro ruidoso, agresivo y extremadamente territorial. La base de Thule se encuentra a medio camino entre Washington y Moscú por la ruta polar. En la era de los misiles hipersónicos intercontinentales, ayer soviéticos, hoy rusos, es esta misma geografía la que sigue sustentando el argumento de la “necesidad imperiosa” invocado por Donald Trump en su deseo de anexionar Groenlandia.

El resultado inmediato más trágico de la Operación Blue Jay no fue militar, sino humano. En 1953, para asegurar el perímetro de la base y sus radares, las autoridades decidieron trasladar a toda la población inughuit local a Qaanaaq, a unos cien kilómetros más al norte. El traslado fue rápido, forzado y sin consulta, rompiendo el vínculo orgánico entre este pueblo y sus territorios ancestrales de caza. Un “pueblo raíz” desarraigado para dar paso a una pista de aterrizaje.

Es en este momento de cambio radical donde Malaurie sitúa el colapso de las sociedades tradicionales inuit, en las que la caza no es una técnica de supervivencia, sino un principio organizador del mundo social. El universo inuit es una economía del sentido, hecha de relaciones, gestos y transmisiones, que dan a cada uno reconocimiento, papel y lugar. Esta coherencia íntima, que constituye la fuerza de estas sociedades, también las hace extremadamente vulnerables cuando un sistema externo destruye repentinamente sus fundamentos territoriales y simbólicos.

 Consecuencias del colapso de las estructuras tradicionales

Hoy en día, la sociedad groenlandesa está ampliamente urbanizada. Más de un tercio de los 56.500 habitantes vive en Nuuk, la capital, y casi toda la población reside ahora en ciudades y localidades costeras sedentarizadas. El hábitat refleja esta transición brutal.

En las grandes ciudades, una parte importante de la población ocupa edificios colectivos de hormigón, muchos de ellos construidos en los años sesenta y setenta, a menudo vetustos y superpoblados. La economía se basa en gran medida en la pesca industrial orientada a la exportación. La caza y la pesca de subsistencia persisten. Las armas modernas, los GPS, las motos de nieve y las conexiones por satélite acompañan ahora a las antiguas costumbres. La caza sigue siendo un referente identitario, pero ya no estructura la economía ni la transmisión.

Las consecuencias humanas de esta ruptura son enormes. Groenlandia presenta hoy en día una de las tasas de suicidio más altas del mundo, especialmente entre los jóvenes inuit. Los indicadores sociales contemporáneos de Groenlandia –tasa de suicidio, alcoholismo, violencia intrafamiliar– están ampliamente documentados. Numerosos trabajos los relacionan con la rapidez de las transformaciones sociales, la sedentarización y la ruptura de las transmisiones tradicionales.


Volvamos a Thule. El inmenso proyecto secreto iniciado a principios de la década de 1950 no tiene nada de provisional. Radares, pistas, torres de radio, hospital: Thule se convierte en una ciudad totalmente estratégica. Para Malaurie, el hombre del arpón está condenado. No por una falta moral, sino por una colisión de sistemas. Advierte contra una europeización que no sería más que una civilización de chapa esmaltada, materialmente cómoda, pero humanamente empobrecida.

El peligro no reside en la irrupción de la modernidad, sino en la llegada, sin transición, de una modernidad sin interioridad, que opera en tierras habitadas como si fueran vírgenes, repitiendo, cinco siglos después, la historia colonial de América.

Espacios y contaminaciones radiactivas

El 21 de enero de 1968, esta lógica alcanza un punto de no retorno. Un bombardero B-52G de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, comprometido en una misión permanente de alerta nuclear del dispositivo Chrome Dome, se estrella en el hielo marino a unos diez kilómetros de Thule. Transportaba cuatro bombas termonucleares. Los explosivos convencionales de las bombas nucleares, destinados a iniciar la reacción, detonaron con el impacto. No se produjo una explosión nuclear, pero la deflagración dispersó plutonio, uranio, americio y tritio por una amplia zona.

En los días siguientes, Washington y Copenhague lanzan el Proyecto Crested Ice, una vasta operación de recuperación y descontaminación antes del deshielo primaveral. Se movilizan unos 1.500 trabajadores daneses para raspar el hielo y recoger la nieve contaminada. Varias décadas más tarde muchos de ellos iniciarán procedimientos judiciales, alegando que trabajaron sin la información ni la protección adecuadas. Estos litigios se prolongarán hasta 2018-2019, dando lugar a indemnizaciones políticas limitadas, sin reconocimiento jurídico de responsabilidad. Nunca se llevará a cabo una investigación epidemiológica exhaustiva entre las poblaciones inuit locales.

Hoy rebautizada como Pituffik Space Base, la antigua base de Thule es uno de los principales nodos estratégicos del dispositivo militar estadounidense. Integrada en la Fuerza Espacial de los Estados Unidos, desempeña un papel central en la alerta antimisiles y la vigilancia espacial en el Ártico, bajo un régimen de máxima seguridad. No es un vestigio de la Guerra Fría, sino un eje activo de la geopolítica contemporánea.

En Los esquimales del Polo: los últimos reyes de Thule, Malaurie muestra que los pueblos indígenas nunca tienen cabida en las consideraciones estratégicas occidentales. Ante las grandes maniobras del mundo, la existencia de los inuit se vuelve tan periférica como la de las focas o las mariposas.

Las declaraciones de Donald Trump no dan lugar a un mundo nuevo. Su objetivo es generalizar en Groenlandia un sistema que lleva setenta y cinco años en vigor. Pero la postura de un hombre no nos exime de nuestras responsabilidades colectivas. Escuchar hoy que Groenlandia “pertenece” a Dinamarca y depende de la OTAN, sin siquiera mencionar a los inuit, equivale a repetir un viejo gesto colonial: concebir los territorios borrando a quienes los habitan.

Los inuit siguen siendo invisibles e inaudibles. Nuestras sociedades siguen representándose a sí mismas como adultos frente a poblaciones indígenas infantilizadas. Sus conocimientos, sus valores y sus costumbres quedan relegados a variables secundarias. La diferencia no entra en las categorías a partir de las cuales nuestras sociedades saben actuar.

Siguiendo a Jean Malaurie, mis investigaciones abordan lo humano desde sus márgenes. Ya se trate de sociedades de cazadores-recolectores o de lo que queda de los neandertales, cuando los despojamos de nuestras proyecciones, el Otro sigue siendo el ángulo muerto de nuestra mirada. No sabemos ver cómo se derrumban mundos enteros cuando la diferencia deja de ser pensable.

Malaurie concluía su primer capítulo sobre Thulé con estas palabras: “No se habrá previsto nada para imaginar el futuro con altura”.

Por encima de todo, hay que temer no la desaparición brutal de un pueblo, sino su relegación silenciosa y radical a un mundo que habla de él sin mirarlo ni escucharlo nunca.

 

Nota de los editores de Redes Libertarias:

En relación al accidente del bombardero nuclear B-52G de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, puedes ver en algunas plataformas la película danesa El idealista (Idealisten, 2015):

“(…)El idealista es un thriller político danés, dirigido por Christina Rosendahl, sobre un periodista y su determinación de revelar una verdad oculta por las más altas esferas de poder en Dinamarca. En esta apasionante historia, Poul Brink, un reportero de una radio local, descubre que muchos de los trabajadores daneses que fueron enviados a Groenlandia como parte de la operación de limpieza ‘Proyecto cresta de hielo’, desarrollaron una variedad de enfermedades de piel, incluyendo cáncer.

Recordando películas famosas de periodismo de investigación como Todos los hombres del presidente o Spotlight, nominada al Oscar en 2016, El idealista es un filme basado en hechos reales. Yendo al corazón de conspiración de encubrimiento internacional tan grande que involucró a dos naciones en ambos lados del Atlántico (Dinamarca y Estados Unidos), el filme revela el descubrimiento de las consecuencias después de un desastre nuclear que se produjo durante la Guerra Fría en un país que se suponía era territorio libre de armas nucleares (…)”.

 

 Ludovic Slimak – The Conversation

 

sábado, enero 17

Huelga de hambre de solidarias con Palestina encerradas en prisiones británicas

 

El pasado 3 de julio de 2025, el Gobierno laborista británico, con el apoyo de liberales y conservadores, aprobó una ley por la cual declaró a Palestine Action una organización terrorista con 385 votos a favor y tan solo 26 en contra.

Palestine Action, fundado en 2020, es un colectivo que llevaba cinco años organizando protestas pacíficas de diversa índole, como sentadas y bloqueos delante de las oficinas de Elbit Systems (empresa armamentísica israelí)1, pintadas en las sedes de las manufactureras de armas UAV Tactical Systems (franco-israelí) y Leonardo (italiana), la vandalización de un retrato de Arthur Balfour en Trinity College y el robo de dos bustos de Chaim Weizmann de la Universidad de Manchester. Su acción más grande, que es la que le ha granjeado el calificativo de «terrorista», fue la invasión de la base militar aérea RAF Brize Norton y el sabotaje a dos aviones Airbus Voyager con pintura y palos, el pasado mes de junio.


Desde la ilegalización del colectivo, más de 2.500 personas han sido detenidas en distintas manifestaciones por portar pancartas con la leyenda «Apoyo a Acción Palestina». El día más destacado fue el 6 de septiembre, cuando 890 personas (de un total de 1.400 manifestantes) fueron detenidas en una concentración en el centro de Londres (857 de ellas acusadas de enaltecimiento del terrorismo por portar pancartas de apoyo a la organización y 33 por delitos contra el orden público), lo cual supone el mayor caso de detenciones masivas en la historia del Reino Unido. La concentración fue convocada por la organización Defend Our Juries, bajo el lema “Me opongo al genocidio. Apoyo a Acción Palestina”.

Las detenidas lo fueron con base en la sección 12 de la Ley de Terrorismo inglesa, y afrontan posibles procesos con condenas que llegarían hasta los catorce años de prisión. Esta brutal respuesta afecta a las protestas contra el genocidio en Palestina pero también al propio derecho a la protesta. No solo por los registros, propuestas de sanción, multas, detenciones e incluso encarcelamiento, sino por el llamado “efecto paralizante” (chilling efect) y la represalias que pueden acarrear también en empresas y centros de trabajo la participación en manifestaciones de cualquier tipo.

Huelga de hambre por la libertad

Actualmente, hay 33 presas encarcelados en Gran Bretaña por supuestas acciones en solidaridad con Palestina relacionadas con este colectivo. Muchas de ellas pertenecen a los 24 de Filton [Filton 24], detenidas por una acción contra un centro de investigación de Elbit Systems en agosto y a los Brize Norton 5 (quienes realizaron la acción de pintar dos aviones en la base aérea mencionada previamente)2.

 Se encuentran en prisión preventiva, sin juicio, sin fianza y algunos pueden esperar hasta dos años para ser juzgadas. Además, denuncian que han sido objeto de un trato degradante y arbitrario, que incluye la retención de su correo, libros y propiedades, órdenes de no asociación, exclusión de programas de empleo y educación, un régimen arbitrario de aislamiento y la retirada de sus keffiyehs.

En el momento en el que escribimos estas líneas, 8 de las 33 presas se encuentran en huelga de hambre, la mayoría desde el 2 de noviembre. Sus demandas pasan por el fin de toda censura, la libertad inmediata bajo fianza, el derecho a un juicio justo sin interferencias extranjeras y políticas, la desclasificación de Palestine Action como organización terrorista y el cierre de Elbit Systems.

Las huelguistas comenzaron la acción el mismo día en que el gobierno británico emitió la Declaración Balfour en 1917, allanando el camino para el establecimiento de un Estado colonialista y sionista. Comenzaron Amu Gib y Qesser Zuhrah, Heba Muraisi se unió un día después y les siguieron Jon Cink, T Hoxha y Kamran Ahmed. Eel último en unirse a la huelga de hambre es Muhammad Umer Khalid, hace pocos días. Lewie Chiaramello también se unió el 23 de noviembre, realizando una huelga de hambre parcial, cada tercer día, ya que es diabético. Se trata de la mayor huelga de hambre coordinada en las Islas Británicas desde las huelgas de hambre de 1981 de los presos políticos irlandeses lideradas por Bobby Sands durante el conflicto, y que provocaron la muerte de 10 jóvenes3.

Solidaridad internacional

En solidaridad, presos de todo el mundo se han unido a los huelguistas de hambre durante periodos más cortos. Dimitris Chatzivasileiadis se unió desde Grecia, Massimo Passamani y Luca Dolce desde Italia4 y Jakhi McCray en Estados Unidos. Los presos Casey Goonan y Malik Muhammad, en Estados Unidos, también se unieron a una huelga de hambre, aparte, en solidaridad con Teuta Hoxha y los 24 de Filton, cuyo juicio comenzó en noviembre y durará 8 semanas.

Mientras tanto, Israel ha encarcelado a casi 9.100 palestinos como presos políticos, muchos de los cuales también se encuentran en huelga de hambre. Siguen saliendo a la luz detalles sobre los abusos que sufren, incluidos abusos sexuales, psicológicos y físicos, así como inanición forzada. Muchos cadáveres son devueltos a Gaza con signos de tortura, mutilación y ejecución.

Las consecuencias de la huelga

El cuerpo tiene un límite en lo que puede aguantar. A medida que el hambre se instala, comienzan a agotar sus reservas, primero la grasa, luego los músculos y, finalmente, los órganos vitales comienzan a fallar. Tres de los ocho huelguistas de hambre, Qesser, Teuta y Kamran, ya han sido hospitalizados debido al deterioro de su salud. Amu Gib ha perdido 10 kg. Más de cien profesionales médicos han firmado una declaración en la que exigen que se tomen medidas para evitar que las y los huelguistas sufran más daños. Pasado un mes, existe una grave preocupación de que los huelguistas sufran daños irreversibles.

Hace unos días, el médico de urgencias y profesor del University College de Londres, Dr. James Smith, afirmó que el estado de los detenidos se ha deteriorado drásticamente y declaró a periodistas que “los huelguistas de hambre se están muriendo”. Smith dijo que los relatos desde el interior del sistema penitenciario apuntan a “un seguimiento y tratamiento deficientes. […] En mi opinión, como médico del NHS, la complejidad de las necesidades de atención de los huelguistas de hambre ahora debe gestionarse con la participación regular de especialistas, o incluso con un seguimiento continuo en el hospital”, dijo.

Por otro lado, más de 200 miembros de la Asociación Médica Británica expresaron su preocupación unos días antes y 900 profesionales de la salud han escrito al viceprimer ministro y secretario de Justicia, David Lammy, al secretario de Salud, Wes Streeting, a altos funcionarios del NHS y a las autoridades penitenciarias exigiendo medidas urgentes.

Shahmina Alam, hermana de Kamran Ahmed (28 años), declaró que “Ahmed está cursando el día 39 de su huelga de hambre. Ha tenido dos internaciones desde que inició su huelga de hambre, y fue dado de alta apenas la semana pasada. Si bien lograron estabilizar sus cetonas, los niveles de estas han vuelto a subir considerablemente. Pero lo más preocupante es que su corazón se está debilitando y su pulso se está desacelerando, además de que, en este momento, Ahmed está perdiendo medio kilo por día”.

Pese a todo esto, hasta ahora el Gobierno británico y los medios de comunicación (salvo honrosas excepciones) han ignorado por completo las huelgas de hambre, evitando que se introduzca en la agenda pública. El objetivo de las activistas ahora es romper ese muro de silencio, algo que han intentado por ejemplo bandas como Kneecap, The Pogues y otros 200 artistas irlandeses y británicos, que han publicado una carta al Gobierno solicitando que se acceda a las demandas de las huelguistas.


Como siempre, la solidaridad internacional, la denuncia y la organización de la clase trabajadora siguen siendo la única garantía de que estos casos no queden en la impunidad ni en el olvido.

Este artículo ha sido escrito partiendo de piezas extraídas deBriega, Democracy Now, Naiz, Todo por Hacer, Prisoners for Palestine, Resumen Latinoamericano, Spanish Utopia, Izquierda Diario, Insurgente, Filton Actionists y TeleSur.

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1 Elbit Systems suministra al Ejército israelí el 85 % de su equipamiento terrestre y el 85 % de sus drones. Activistas propalestinas denuncian que sus drones se han utilizado en Gaza para reproducir sonidos de niños llorando y gritando, con el fin de atraer a la gente y luego dispararles.

2 Desde Brize Norton parten regularmente aviones con destino a la base aérea de Akrotiri, en Chipre, desde donde se dirigen las operaciones británicas en Oriente Medio, incluidos vuelos de espionaje sobre Gaza.

3 Bobby Sands murió el 5 de mayo 1981, después de 66 días en huelga de hambre. El informe original establecía que la causa de la muerte había sido «inanición auto impuesta«, aunque fue enmendado posteriormente tras las protestas de los familiares, estableciéndose simplemente como «inanición«. Sands fue miembro del Parlamento de Westminster durante veinticinco días, aunque nunca ocupó su escaño ni juró su cargo. Entre sus escritos, encontramos una de sus frases más célebres y que ha sido difundida en infinidad de murales por las calles de Belfast oeste principalmente: «Nuestra venganza será la sonrisa de nuestros hijos«. Se estima que más de 100.000 personas asistieron al funeral de Sands, el mayor funeral republicano desde el del alcalde de Cork del Sinn Féin, Terence MacSwiney, que murió en la cárcel de Brixton el 25 de octubre de 1920 después de otra huelga de hambre de 74 días. Después de Sands, otros nueve presos republicanos murieron en la huelga de hambre –Francis Hughes, Raymond McCreesh, Patsy O’Hara, Joe McDonnell, Martin Hurson, Kevin Lynch, Kieran Doherty, Thomas McElwee y Michael Devine–. La huelga finalizó el 3 de octubre de 1981.

4 Desde Italia, el anarquista Luca Dolce hizo una declaración que rompe con la línea dominante de que las huelgas de hambre son simplemente protestas sobre las condiciones de los presos: “La lucha contra la prisión y el sistema militar tecnoindustrial es esencial para una lucha de mayor alcance, de resistencia revolucionaria e internacionalista… Estoy a su lado con serenidad y resolución”. Dolce también saluda al prisionero palestino Anan Yaeesh en la prisión de Melfi, en el sur de Italia, otro objetivo de las tácticas de aislamiento y traslado destinadas a borrar a los presos políticos. Según Dolce, no está claro si Yaeesh continúa en huelga.

 

https://www.todoporhacer.org