Cuando la multitud hoy muda, resuene como océano.

Louise Michel. 1871

¿Quién eres tú, muchacha sugestiva como el misterio y salvaje como el instinto?

Soy la anarquía


Émile Armand

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lunes, julio 6

Tecno-colonialismo e impacto de las IA y Chatgpt en el mundo real

 

¿Cómo afecta la tecnología a la sociedad de manera negativa?: Los ...

 

Lo que llamamos inteligencia artificial es un conjunto de ordenadores que utilizan enormes cantidades de datos almacenados en lugares físicos que consumen minerales, agua y energía. Ese lugar ideal que llamamos “la nube”, donde almacenamos datos de manera incorpórea, en realidad es un conjunto de ordenadores conectados a Internet.

 Cada clic, cada búsqueda en Internet, cada archivo guardado en la nube requiere energía, agua y espacio físico.

 Que nuestra vida digital parezca inmaterial es el mayor éxito del tecnocaitalismo. Gracias a la metáfora de la nube digital, han conseguido colar sus narrativas donde la tecnología parece fácil de usar y difícil de comprender.

 Internet, la Inteligencia Artificial, son algo material. Es un lugar físico en el que se almacenan equipos que están funcionando 24 horas diarias, todo el año. Esa supuesta “artificialidad” es falsa, en realidad, es otra tecnología extractiva que necesita destruir el planeta y consumir recursos para desarrollarse. Son centros de datos., cables y cables submarinos, antenas, satélites, dispositivos… y un largo etcétera de infraestructuras que sustentan el mundo digital actual.

 La digitalización se ha convertido en sinónimo de progreso. Sin embargo, detrás de “la nube”, se esconde un modelo basado en el extractivismo de recursos: territorios drenados de agua y energía, comunidades desplazadas y una acumulación de poder tecnologico en manos de unas pocas corporaciones. La idea de que el desarrollo tcnologico es progreso y es la solución a todos nuestros problemas está altamente difundida, sea entre capitalistas convencidos, o entre un amplio sector de la izquierda.

 

Tecno-colonialismo

 

Si hablamos de colonialismo, la colonización supone la usurpación y apropiación de la tierra, des u riqueza y recursos; el sometimiento de la población, etc. Este hecho está generalmente asociado a un país o a una entidad territorial. Sin embargo, si le añadimos la capa tecnológica, vemos que la tecno-colonización no responde a la usurpación de países, sino sólo a aquellas zonas donde existen los elementos, generalmente minerales, necesarios para la produccción de tecnología, áreas con recursos energéticos y mano de obra barata para la producción o áreas donde tirar la basura tecnológica sin coste para el productor.

 Por ejemplo, estamos viendo cómo en República Democrática del Congo (RDC)., se está produciendo una guerra impulsada por ruanda con apoyo de Occidente, en sólo una zona, Goma, que es dónde se produce la explotación minera de los elementos necesarios para producir tecnología. La ambición de Ruanda no es colonizar RDC sino tan solo el área de Goma.

 

La identidad del colono ha quedado diluida.

 

Tradicionalmente el colono, actúa en nombre de un país, Estado/Nación, religión, es decir, que también tinene una identidad fuerte y visible, pero en el tecno-colonialismo es mucho más difuso, sus fronteras se nos escapan de entre los dedos aligual que sus “gobernantes”, de hecho los tecno-colonos operan en la sombra. No suelen ser ni el propio Estado ni el de otro país, sino empresas privadas transnacionales.

 Creemos que es necesaria una reflexión sobre las implicaciones del desarrollo y promoción de la tecnología, pues su expansión tiene relación directa con el cambio climático y sus consecuencia a nivel global. Y esta reflexión debería llevar a posarnos preguntas como:

 ¿Para quién se crea la tecnología?¿Para quién es accesible? ¿A quién beneficia?.¿Cómo nos afectan y como afectan las tecnologías a los demás?¿Qué se busca con ella?¿En qué sentido y para qué la necesitamos?

 ¿Qué tipo de vidas, cuerpos y territorios produce?¿Realmente necesito este dispositivo, esta aplicación/programa, hacer este click, entregar esta información?¿Qué tecnologías posibilitan el tipo de mundo que queremos habitar y cuáles son falsas pantallas que reproducen la lógica neoliberal capitalista?

 Podemos afirmar que la tecnología tiene fuertes impactos en todos pero a veces no podemos ver que estos son diferenciados según las intersdeccionalidades de las personas y comunidades.

 

Aterrizando en Aragón

 

Aunque como territorio del “norte global” nos libramos de algunas de las afecciones de estas tecnologías (aunque a mucha m enor escala conviene de que no nos olvidemos de que aquí también hay minería destructiva, explotación laboral, contaminación…) en Aragón estamos protagonizando un episodio más de extractivismo derivado de las tecnologías de internet: los centros de datos.

 Numerosos centrso de datos se han instalado en esta región y buscan ampliarse. En el caso de Villanueva de Gállego, cuando todos los edificios estén terminados, ocuparán una extensión superior a la del propio municipio. Tierras anteriormente de cultivo, ahora son naves de hormigón. Escogen territorios despoblados y envejecidos, donde la contestación sea nula. Cuando unaz ona ya está despoblada es cuando puede apareder una invasión del territorio. Y ahí ya da igual…

 

Internet y la IA consumen agua

 

Sí, asi es, uno de los efectos que más pasamos por alto. Para refrigerar los centros de datos, hace falta agua, mucha agua. Y normalmente agua potable.

 Sólo en Aragón, donde el agua ya es un recurso escaso, se han comprometido 755,7 millones de litros al año, equivalente a una pequeña ciudad. En el caso de nuevo de Villanueva de Gállego por ejemplo, el consumo multiplicará por 5 al de la población local. El Gobierno de Aragón ha autorizado a Amazon a extraer agua de los acúiferos del Gállego y del Ebro en 9 pozos en los que no va a haber control público alguno.

 El consumo directo de agua para refrigeración será la mitad que todo el consumo de agua de la ciudad de Zaragoza(más de 300.000 personas y sus negocios y empresas). Además, la alta temperatura a la que se vierte el agua utilizada en los procesos de refrigeración puede tener un impacto enorme en la fauna local.

 Cuando el agua escasee y toque sequía, el grifo que refrigera estas “macrogranjas” va a ser muy difícil de cerrar. La inteligencia artificial , y no la sequía, será la que nos matará de sed.

 

Internet consume energía

 

Cuando todos los centros de datos que Amazon se ha comprometido a levantar en Aragón estén a pleno rendimiento, consumirán más enenrgía que el de toda la Comunidad Autónoma.

 En estos territorios del Viello Aragón,tenemos bien recientes las luchas por el impacto de las energías renovables. Macrogranjas solares y mega proyectos eólicos. Destrucción del territorio ¿para alimentar a quién?

 Para hacernos una idea de la voracidad, Amazon recientemente ha comprado una central nuclear en Pensilvania, para asegurarse la alta demanda en electricidad y Google tiene el prouecto de instalar pequeños reactores nucleares en sus instalaciones.

 El actual boom de la inteligencia artificial (IA) está escalando este problema a otro nivel. Los productos de IA generativa, como los chatbots o las aplicaciones para crear artificialmente contenidos, precisan de capacidades de computación nunca vistas hasta la fecha multiplicando el consumo a valores inimaginables.

 

La promesa del trabajo

 

Estos centros aterrizan en los terrritorios con las dos promesas que más necesitan hacer las autoridades locales a su electorado: progreso y puestos de trabajo.

 Pero la realidad es otra. Aprovechan los imaginarios asociados a la industrialización, donde las fábricas empleaban una enorme cantidad de mano de obra. Pero actualmente son instalaciones altamente automatizadas y casi todo su trabajo es remoto.

 En las zonas donde se han instalado no solo no han creado puestos de trabajo, sino que los han destruido. La población local, tras el paso de las burbujas de las promesas electorales see encuentra ua amarga realidad: tienen instalaciones industriales que se han comido su terreno, roban su agua, emiten ruidos, tienen que pagar sus costosas infraestructuras y no gneran puestos de trabajo.

 

Conclusiones

 

Si la Inteligencia Artificial es útil o no es irrelevante. Podría ser extremadamente útil, pero si aún así hace que el planeta arda, no es buena. ¿Queremos quemar el planeta para producir ilustraciones baratas y respuestas rápidas y poco fiables?

 Abrir nuevos imaginarios de los usos de la tecnología es esencial para no someternos a ella sino poder usar su potencial para el beneficio común. Recuperar un imaginario tecnopolítico propio y radical frente al impuesto por las grandes corporaciones, determinará cómo queremos desarrollar la tecnología y con qué objetivo. Existen alternativas. Repensemos su uso.

 Como consumidores digitales podemos tomar responsabilidad de nuestro rol. Asumir un papel activo y presionar con nuestras preferencias de consumo. Hacer del consumo digital un proceso consciente, sobre el que reflexionar en colectivo.

 Pero no dejarnos aplastar por la individualización de la culpa en el impacto ecológico de los datos, como ya hicieron con la huella de carbono. Sino utilizar nuestros roles dentro de los colectivos para generar cambios más significativos. Con nuestro consumo podemos cambiarlo, pero no de manera individual sino colectiva, que es donde reside nuestro poder. Nuestros gestos individuales son gotas perdidas en la nada en solitario, y forman ríos dentro de una colectividad.

 

Gracias a “Tu nube seca mi río” por los textos e inspiración para escribir este artículo.

 

Extraído de la revista

Escatizar nº16

 Extraído de la revista libertaria v”Ekintza Zuzena”nº52 2026

lunes, mayo 4

Todo Normal y Bien. Energía y Ecocapitalismo

 

 

Entrevista realizada a Antonio Turiel y Antonio Aretxabala.

Preguntamos a nuestros invitados, cuales serán las consecuencias para Europa y, en concreto, España tras el cierre del estrecho de Ormuz.
El cenit del petróleo ocurrió en 2018, pero el descenso podría haber sido lento, ¿o no?
¿Las acciones de Trump podrían estar relacionadas con la escasez energética nivel mundial?

– Antonio Turiel es científico y divulgador licenciado en Física y Matemáticas y doctor en Física Teórica por la Universidad Autónoma de Madrid. Investigador Científico en el Instituto de Ciencias del Mar del CSIC. Autor de libros como ’Petrocalipsis’, ’Sin Energía’ o el último ’El Futuro de Europa’

– Antonio Aretxabala es doctor en Geología y divulgador científico; trabajó en su momento, como experto en geotecnia y hormigón, en la Universidad de Navarra y lo ha hecho también en la de Zaragoza; ha estudiado la interacción entre la historia y la geología

Este programa no se ha hecho desde nuestro estudios centrales de ecoleganes sino desde el estudio de radio el candil y esto no es “compartiendo infierno”, a decir verdad la idea de entrevistar a nuestros ilustres invitados no fue mía sino de Héctor Moratilla, una de las personas que más trabajan por esa nueva emisora vecina nuestra, fue él quien los llamó. Los que me seguís desde hace tiempo ya, sabréis que yo ya estoy en otra pantalla, prueba de ello es una de mis últimas entrevistas a la arqueóloga y antropóloga Almudena Hernado, pero tener el lujo de poder preguntar temas de actualidad a gente que sabe tanto era algo que no podía desaprovechar. He pedido permiso a Héctor para publicarlo en “Compartiendo Infierno” porque creo que interesara a todos los que siguen el programa. Sin más...os dejo escucharlo.

domingo, abril 26

Mercantilización del montañismo o cómo acabar con prácticas populares


Muchas veces se me ha pasado por la cabeza la misma reflexión estando en la montaña. La sensación de libertad, de encontrarme en un espacio no mercantilizado (si se quiere, con la excepción del material necesario para la actividad) y de disfrutar una práctica que escapa en gran medida de la lógica capitalista. Siendo la acumulación constante de capital el motor del capitalismo, los elementos más «listillos» de este sistema (en demasiadas ocasiones catalogados como “emprendedores”) no dejan de maquinar para sacar rendimiento económico de todas las situaciones, necesidades, deseos, actividades y relaciones posibles.

En este proceso de mercantilización del mundo y de las relaciones sociales, es imprescindible pasar por encima de lo comunal y por encima de aquellas prácticas populares que supongan una barrera a los intereses privados, por muy enraizadas que estén. En ese atropello deliberado, la legislación burguesa es en muchos casos un instrumento imprescindible mediante el cual, desde las instituciones, con un argumento u otro, se nos imponen intereses no reconocidos de forma pública. En muchas ocasiones, además, pretenden que creamos que es por nuestro bien.

Un ejemplo claro de este proceder regulatorio desproporcionado lo tenemos en las txosnas. Este patrimonio colectivo de Euskal Herria, basado en la militancia y en el trabajo voluntario de miles de simpatizantes, sigue sufriendo el acoso de la lógica burguesa. Hoy se impone el TicketBAI. Mañana, probablemente, exigirán que quien esté sirviendo en la barra tenga contrato, seguro y algún certificado de formación en restauración. La exagerada normativización y la burocratización son arma sutiles pero eficaces contra la organización popular.

Volviendo a la montaña, muchas veces he reflexionado sobre el lujo que supone disponer de tantos espacios naturales tan cerca, así como poder disfrutar de ellos sin pedir permiso ni tener que pagar. Ese pensamiento también va acompañado de una preocupación: si seguirá siendo así en el futuro. El carácter predador del capitalismo llegó hace tiempo a nuestros montes (los parques eólicos de los profetas del progreso, la modernidad y la competitividad son los ejemplos más evidentes en la actualidad…), y sigue teniendo una gran oportunidad de negocio… Pero más allá del ámbito físico, la práctica ligada a la montaña, el montañismo mismo, puede ser la próxima víctima.

El montañismo está muy arraigado en Euskal Herria, en la identidad vasca, en la cultura vasca. A veces practicado en solitario, pero la mayoría de las veces de forma colectiva: con la cuadrilla, pareja, familia, viejas amigas o nuevos conocidos, o con las y los miembros del club de montaña. Y es que los grupos o clubes de montaña han sido desde hace años un espacio de reunión para muchas personas. En el contexto de esa afición por la montaña, por el deporte y por la Ama Lurra, pero también por las relaciones sociales, miles de personas han aportado su tiempo, su ilusión y su conocimiento para mantener esta práctica y para transmitirla a las nuevas generaciones. Gracias a ese entusiasta trabajo sin ánimo de lucro han insuflado aire fresco en este ámbito colectivo ajeno a la mercantilización y la profesionalización. ¡Cuántas relaciones se han tejido a lo largo de los años en las conversaciones y vivencias compartidas en las excursiones de montaña! El montañismo, esa actividad que va mucho más allá de la mera práctica deportiva, puede recibir un duro golpe bajo la aplicación de la ley de la actividad física y el deporte aprobada en el Parlamento Vasco en 2023. Algunas de las decisiones que, al amparo de esta ley, se empiezan a implementar en 2026 son muy preocupantes.

En línea con el intento por profesionalizar todas las actividades deportivas, las excursiones de los clubes de montaña también van camino de quedar en manos de profesionales titulados. Aunque en la ley se contempla la figura del voluntariado, se limitará considerablemente su ámbito de actuación y, según la poca información que trasciende, tras un breve periodo de transición, se les negará la posibilidad de organizar salidas de montaña. La instrucción ya ha llegado a los clubes. Bajo el argumento de la seguridad, las salidas montañeras organizadas de forma voluntaria durante años irán desapareciendo. Quizá los paseos sencillos queden fuera de la aplicación, pero la conducción de muchas de las salidas que se desarrollan en la actualidad quedarán restringidas a personal técnico titulado.

La propia razón de ser de los clubes de montaña se va a ver notablemente afectada y puede ocurrir que muchos clubes desaparezcan. Al igual que sucede en otras partes del mundo, dentro de unos años las empresas privadas pueden pasar a ser hegemónicas en las salidas de montaña organizadas. La formación de las y los técnicos de montaña es un recurso imprescindible para determinadas actividades y también para que, quien lo desee o necesite, les pueda contratar para actividades más sencillas. En la mayoría de los casos serán la mejor garantía. Asimismo, con el fin de aumentar la seguridad de todas las personas que practican montañismo, es necesario destinar más recursos a la formación de los y las aficionadas (para que sean responsables de su propia seguridad y de la de sus acompañantes). Sin embargo, detrás de la imposición de algunos elementos vinculados de forma más o menos explícita a la aplicación de la citada ley se percibe un intento por debilitar ese espacio popular y participativo de los grupos de montaña, lo cual respondería al propósito de profesionalizar dichas actividades y a determinados intereses privados.

Parece ser que quienes están diseñando e implantando estos cambios han obviado el carácter voluntario y colectivo de los clubes de montaña o, lo que es peor, pretenden desmantelarlos conscientemente para llevar esas actividades populares a otro modelo. La amenaza ha comenzado a materializarse pero se percibe un preocupante silencio en el mundo del montañismo, en los clubes, en las federaciones, entre las y los socios… ¿Desconocimiento? ¿Apatía? ¿Docilidad? ¿Resignación…?

Ante este atropello, ¿escucharemos irrintzis contestatarios en las montañas vascas? ¿o la cuesta arriba impuesta por la profesionalización y mercantilización del montañismo es esta vez demasiado dura…?

 

Iñaki Etaio

 

lunes, marzo 30

Entrevista a la Unión de Grupos Excursionistas Libertarios (UGEL), Madrid

 


En vuestras redes sociales señaláis que la U.G.E.L. «es un grupo de personas afines al ideal libertario que se unen para favorecer la enseñanza y la práctica del montañismo». Explicadnos esta afirmación, ¿confiáis en que el montañismo pueda favorecer el ideal libertario? 

Sí, la montaña, como espacio no habitual para nosotros, no tiene por qué responder a las dinámicas que tenemos automatizadas. Un entorno nuevo nos facilita unos modos de relación nuevos. Como mínimo, nos acercamos a la montaña habiendo pensado cómo queremos desarrollarnos en ese contexto: desde la horizontalidad, poniendo en práctica el apoyo mutuo, respetando lo que nos rodea, etc. Además, el montañismo puede romper con valores centrales del capitalismo como la productividad, la velocidad o el rendimiento. Caminar sin cronómetro, renunciar a la cima, priorizar el proceso frente al resultado son gestos profundamente libertarios. En ese sentido, la montaña se convierte en un lugar donde desaprender la lógica del éxito, la competencia y la autosuperación individual.

¿Cómo y cuándo nace la UGEL? ¿Qué objetivos os marcasteis al fundar la UGEL?

La UGEL de Madrid nace en el 2022 cuando unos compas contactan con la UGEL de Catalunya para proponerles el proyecto. En julio de ese año se hace una primera salida a Cabeza Lijar, con bastante asistencia. Eso nos anima a continuar. Las compas de Catalunya recibieron con mucha alegría que la UGEL, que llevaba allí existiendo desde el 2012, se extendiera a otros territorios. La UGEL Catalunya fue una ayuda fundamental para asentar los cimientos de una organización y no solo de un grupo de afinidades montañeras.

Entonces contactamos con varios colectivos a los que creíamos que podría interesarles el proyecto. Todavía las relaciones con los grupos de montaña libertarios eran de toma de contacto y simpatía a la hora de difundir  actividades.

Desde entonces la UGEL de Madrid trabaja, dispuesta a irrumpir en la hegemonía montañera. Hemos dado charlas (en la Orbeko Etxea, en La Garrra en Vallekas o el ERA de Lozoyuela); hemos presentado libros, participado en debates, hemos hecho rutas, nos hemos sumado a otras convocatorias, como la defensa del Pico del Lobo (con una enorme carga política)… Somos anarquistas, y hemos querido llevar nuestra propuesta montañera a todos los espacios donde hemos podido colaborar. 

A raíz de estas actividades, decidimos editar un fanzine que se llama “Renaturalizar el territorio devastado, sabotear el deportivizado, desalambrar el privatizado” donde se exponen ciertos temas en torno al montañismo y la propuesta libertaria que hacemos y queremos practicar, y donde se refleja el ideario de la UGEL de Madrid.

En 2025, la editorial Piedra papel libros, organizó una jornada en torno al montañismo libertario en la Fundación Anselmo Lorenzo. Allí se dio la sinergia entre los grupos que ahora colaboramos, donde se propone una salida al monte cada mes, tutelada por cada grupo pero en coordinación y participación de todos los demás, y, sobre todo, abierta a la gente. Queremos generar encuentros de debate, de experiencias y de aprendizaje mutuo.

 Ahora estamos trabajando en un segundo fanzine, y en seguir con la difusión del primero. También seguimos con la agenda anual de colaboración con otros colectivos.  Iremos haciendo todo lo que se nos ocurra para difundir un montañismo bajo el prisma libertario, para defender a la montaña de la turistificación y la masificación propia del capitalismo. Hablan de la montaña como “recurso natural”, y, quienes lo quieren explotar, nos tendrán de frente.

¿Detrás de la UGEL hay diversos colectivos libertarios? ¿Cómo os organizáis colectivamente?

La UGEL nace en Cataluña, donde sí es una plataforma real de colectivos libertarios. La UGEL Madrid nació con esa pretensión y desde hace unos meses sí nos hemos organizado para hacer una salida mensual con otros colectivos (Con pies de gata, Kamaleo, Grupo Excursionista Isaac Puente…) Pero, realmente, UGEL Madrid es, de momento, un solo grupo, una sola asamblea. Por supuesto, es nuestra intención que sirva para coordinar diferentes grupos afines de montaña. Vamos poco a poco.

Hemos leído que os reunisteis hace unos meses con el objetivo de organizar y convocar al menos una salida al monte mensual durante el curso 2025-2026. ¿Qué buscáis en estas salidas a la montaña desde el punto de vista libertario?

Creemos que crear un hábito montañero y libertario sirve para asimilar mejor las prácticas que acompañan nuestros principios. Nos gusta relacionarnos desde la igualdad, sin jerarquías ni normas impuestas. Tenemos un criterio propio que busca cuidar a las personas y los lugares que visitamos, que vivimos. Cuanto más salgamos al campo, cuanto más consigamos generalizar esta práctica, mejor podremos replicar estas costumbres en otros ámbitos. 

Además, la idea es que haya una cierta previsibilidad para que la gente pueda organizarse y acudir a las salidas, y con ello ir conformando una comunidad de lucha que incida en el ámbito del montañismo. Hasta la fecha hemos organizado ya 4 salidas junto al resto de colectivos anarquistas de Madrid (Con Pies de Gata, Climbing Kamaleo, Grupo Excursionista Isaac Puente y Amigos de las Milicias Anarquistas) y creemos que están saliendo bastante bien por varios motivos: por el alto número de gente que se ha acercado, por las relaciones sociales que se están generando y por las nuevas ideas y proyectos que están surgiendo fruto de esta participación.

¿Buscáis incorporar algún aspecto de memoria del pasado a estas salidas a la montaña? 

Sí. De hecho, la UGEL ya ha llevado a cabo varias salidas relacionadas con la memoria histórica. Hemos recorrido el Frente del Agua (donde se disputaron los embalses de Madrid durante la guerra civil española). Hemos caminado por las vías del tren Madrid- Burgos en el tramo entre Bustarviejo y Lozoyuela (que fue construido por presos políticos, principalmente, durante la primera etapa del franquismo) y hemos subido al Cerro San Benito, un monte poco conocido que fue testigo de varios enfrentamientos durante la guerra civil. 

Salir al campo es estupendo, pero dotar las salidas de contenido histórico, político, así como de actitudes y reflexiones libertarias, más o menos sincrónicas, es lo que da sentido a la UGEL. El anarquismo no es solo una etiqueta para la UGEL, es una manera de habitar el espacio, es una aspiración. Merece nuestra atención a todos los niveles: es formación e información histórica y política, es actitud y es acción.

En el pasado los grupos anarquistas daban un gran valor al contacto con la naturaleza, ¿cómo adaptáis este planteamiento en el siglo XXI con la turistización de la montaña que se está produciendo?

Creemos que la montaña beneficia a todo el mundo y que en ella hay sitio para todas las personas. La turistificación de la montaña no se soluciona echando a nadie. Desde luego las soluciones elitistas, bien pasen por lo económico, bien pasen por supuestos méritos, no nos interesan, nos generan rechazo. El problema procede, a nuestro parecer, del trabajo asalariado. Los periodos de descanso coinciden en la mayoría de trabajos: fines de semana y vacaciones (en verano, por ejemplo). En esos momentos, la montaña se llena, pero, ¿quién decide quién sobra? Según nuestro punto de vista, quienes sobran son los ricos y los políticos, que con sus empresas y políticas están destrozando y privatizando el monte.

Por otro lado, está claro que hay destinos que se ponen de moda, o que son icónicos y, en consecuencia, están terriblemente masificados (y, lo que es peor, destruidos). Como a cualquiera, nos gusta encontrarnos en una montaña vacía, tener esa sensación de aventura, de soledad y reflexión. Como remedio, creemos profundamente en el asociacionismo, en compartir destinos menos conocidos, tal vez más remotos, con nuestro círculo de afinidad. Las experiencias en montaña son muchas y variadas, y en cada ocasión encaja un lugar, un paisaje, una vivencia. Hay muchas más de las que salen en redes. 

¿Quiénes son las personas o colectivos destinatarios de vuestras actividades? 

Cualquiera que se quiera venir. Siempre ponemos por delante nuestro interés por la montaña y nuestros principios políticos. Buscamos generar un ocio no consumista, no competitivo e inclusivo. Libertario. A esto no renunciamos. Quien tenga esto claro y tenga interés en venirse de paseo o lo que surja, ¡que se venga! Nos encantará. 

¿Qué medios de difusión de vuestras actividades usáis (web, redes etc.)?

Tenemos un grupo de Telegram con más de 100 miembros (¡que no son tantos, pero vamos creciendo!) donde difundimos nuestras actividades y otras de colectivos afines, y donde también se proponen salidas más espontáneas, que en ocasiones han llegado a ser bastante numerosas.

También tenemos un instagram que nos sirve para contactar con otras iniciativas que nos interesan y difundir lo que hacemos, y un facebook. En estas redes sociales publicamos nuestras actividades.

Somos conscientes de la contradicción que supone el empleo de estas redes, y es motivo de discusión en nuestras asambleas. De momento, es un canal de difusión bastante efectivo. Nos sirve y no vemos una alternativa clara igual de eficaz. 

Si queréis añadir alguna cosa más, adelante:

Somos una asamblea agradable y donde las personas participantes estamos cómodas. Somos una asamblea pequeña, pero, por suerte, de momento, tenemos éxito de convocatoria (para nuestras expectativas).  Poco a poco, vamos acumulando salidas, charlas y otras actividades. Creemos que lo que hacemos es bueno. Por eso, queremos difundirlo. Nos ilusiona que se nos sume más gente y colaborar con otros proyectos afines. Como queremos que nos conozcan y nos acompañen quienes gusten, agradecemos infinito que nos deis este altavoz. Muchas gracias. 

 

 https://redeslibertarias.com

viernes, marzo 27

El algoritmo de la ocupación

 Cadetes de las FDI trabajando para desherbar cebollas en el Moshav Yated (alrededores de Gaza) en la         primavera de 2024. / Lizzy Shaanan

 

 Si habláramos con las abuelas y abuelos del campo de Cartagena, de Almería o de Huelva y les preguntáramos sobre la agricultura de su tierra, tendríamos más o menos las mismas reflexiones –en los últimos sesenta años, todo ha cambiado mucho. La agricultura que ellas conocieron, la de los cultivos de secano y lluvia, de espera y sol, para comer y dar de comer a familia y pueblo, ya no existe–. Después del trasvase, llegaron los ingenieros, y se impuso el cultivo bajo plástico y los riegos automatizados gota a gota, con mangueras también de plástico. Para sacar adelante la producción de lechugas y pimientos; de pepinos, calabacines y tomates; y de frutos rojos, mayormente todo para exportar. Llegó mano de obra barata de otros países. Antes éramos el campo, ahora, nos dicen, somos el sector agroalimentario: motor económico, empleo y sostenibilidad.

Efectivamente, toda esta transformación, leo, arrancó en 1970, cuando un técnico israelí propuso a los dueños de una finca en Vícar, Almería, que replicaran el invento que un colega suyo, el ingeniero Simja Blass, acababa de desarrollar: el riego por goteo. No era su único ‘invento’. Como la máquina para plantar trigo, el planeamiento del primer acueducto moderno en el Valle del Jordán y la primera tubería de agua hacia el desierto del Naqab, toda esta tecnología no era neutral. Fue clave para el colonialismo de asentamiento que consolidó el Estado de Israel, avanzando y ocupando un territorio que no les pertenecía, asesinando, expulsando y marginando a la población local. No es de extrañar, entonces, que en 1965 Blass eligiera uno de los icónicos modelos de colonización, el kibutz Hatzerim, para aplicar la tecnología del riego localizado. Animado por los buenos resultados, fundó Netafim Irrigation Company. Con este invento se regó también un imaginario que, como explica la radio sionista en español, Radio Jai, hizo fortuna “pues permitió que el desierto floreciera”, como si antes allí no existiera ni vida ni población. 

La masiva transformación hortícola del sur peninsular le debe mucho, precisamente, a la pionera Netafim que, según varias fuentes, llegó al Estado español de la mano del Marqués de Griñón, Carlos Falcó, que, sabiendo de este invento por su relación con la familia Rothschild (gran impulsora del sionismo y conocida por sus inversiones a finales del siglo XIX para apropiarse de tierras en Palestina, la financiación del establecimiento de colonias judías, así como el desarrollo de la agricultura y la industria en esas tierras), facilitó en 1989 la creación de una filial en España, la empresa Regaber, que hoy forma parte del grupo industrial MatHolding. 

 El informe de la relatora de las Naciones Unidas para Palestina, Francesca Albanese, tomando como fuentes el documento “Agribusiness as Usual”, señala a Netafim en tanto ha facilitado y facilita con sus herramientas de regadío el avance y la consolidación de asentamientos ilegales permitiendo cultivos de limones, viñedos, sandías o, más recientemente, los controvertidos cultivos de agave azul. Esta planta originaria de México, con la que se elabora el tequila, se está implantando en el desierto del Naqab y, como denuncia la organización GRAIN, su cultivo “requiere de un uso intensivo del agua y ha desplazado a los cultivos tradicionales de los beduinos, adaptados al clima árido de la región durante siglos”, todo ello en favor de ‘negocios del alcohol’. 

Pero además, Netafim avanza de la mano de acuerdos con las tecnologías militares del genocidio. Esta estrecha colaboración entre la industria agraria y militar se ha visto en más ocasiones. En este caso, el informe de Albanese hace referencia a los acuerdos de Netafim con mPrest Systems para adaptar su software cazamisiles conocido como Cúpula de Hierro, a un software de inteligencia artificial denominado GrowSphere que, vía sensores y satélites, permite a los agricultores desde su móvil detectar al instante las necesidades de agua y fertilizantes de sus cultivos. Cultivar se convierte en una operación táctica-militar. 

Loando el trabajo de Blass, Radio Jai afirma que “el sionismo fue el motor principal de la mayoría de sus actividades”. Es sencillo casar el interés de enriquecimiento de cualquier empresa capitalista con el interés de expansión de cualquier propósito político colonizador, y viceversa. Por eso, volviendo a nuestros territorios, ¿cuánto tiene la modernización de colonización?

 

 Gustavo Duch Guillot. Revista CTXT

lunes, noviembre 24

Socavando la montaña mercantilizada

 


Lo hemos visto en demasiadas ocasiones: decenas de montañeros haciendo cola para poder coronar una cumbre de las que llaman míticas. O montañas de basura acumuladas en parajes alpinos que parecieran haber sucumbido a la pasión del ser humano por las alturas. Hablamos, claro, de los efectos secundarios del alpinismo bajo el régimen del capitalismo de pantallas.

Lo hemos visto por la televisión o en nuestros teléfonos móviles, pero no hace falta ir muy lejos para darse cuenta de hasta qué punto las dinámicas sociales del capitalismo han permeado la práctica de los deportes de montaña en la actualidad. Depredación del medio ecológico, turistificación de entornos naturales, proliferación de rocódromos vinculados a grandes grupos empresariales, deportivización extrema… Y junto a todo lo anterior, la casi obligada exhibición del logro, la integración del éxito deportivo en el branding personal que favorecen las redes sociales y la búsqueda de una anhelada singularidad que, por un lado, corroe los vínculos humanos y, por otro, nos desconecta de toda la otredad que atesora la montaña.

Una tónica generalizada en la mayor parte de los deportes, sobre todo en los que se practican individualmente, y que se replica, al menos en lo que tiene que ver con la explotación de la marca personal y la búsqueda desesperada de una singularidad exclusiva, en aquellos entornos cerrados destinados a la optimización del cuerpo y la mente, ya sean gimnasios, spas o retiros espirituales.

Y es que, a día de hoy, la práctica deportiva y el cuidado del cuerpo, se diría que junto a la psicología positiva y el coaching, se han convertido en dos elementos clave en la producción de una subjetividad que contribuye a la fragmentación social, la individualización de las problemáticas sociales y su patologización; una subjetividad que, a partir de lo anterior, pareciera relacionarnos con el mundo exterior a través de una manera de vivir compuesta de sucesivas experiencias de consumo. Porque sí, la montaña también puede ser consumida, y al menos para algunos lobbies empresariales, debe serlo sin cortapisas, ya que se la explotación de los entornos naturales ha de ser un elemento de primer nivel en la reestructuración de la industria de servicios que ha de sostener la nueva fase del capitalismo verde.

Sin embargo, y como casi en todos los ámbitos de la sociedad, también en la práctica del alpinismo y la escalada hay voces disidentes. El pasado 19 de junio, por ejemplo, en una mesa redonda organizada por Piedra Papel Libros en la sede madrileña de la Fundación Anselmo Lorenzo, se dieron cita varios colectivos para hablar de montañismo desde una óptica anticapitalista y eminentemente libertaria. Entre estos colectivos, la Unión de Grupos Excursionistas Libertarios de Madrid, que podría considerarse heredera de aquellos grupos anarquistas que antes de la Guerra Civil hacían de la conexión con la naturaleza una herramienta clave para la autoemancipación de la clase trabajadora, apuesta por un modelo de alpinismo y escalada que, al mismo tiempo que fomenta una práctica desmercantilizada y anticompetitiva, contribuye a volver a conectar el alpinismo con el legado de valores revolucionarios asociados al anarquismo ibérico.

Precisamente, esas genealogías militantes, más concretamente, aquella que conecta a los colectivos anarquistas de montaña de la actualidad con los grupos naturistas y excursionistas libertarios de principios del siglo XX, se pueden rastrear, aun de manera parcial, en La bandera en la cumbre, de Pablo Batalla Cuesto, autor también de La virtud en la montaña. Vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista.Hablamos de dos libros que forman parte de una fecunda cosecha editorial en la que también podemos citar algunas obras importantes y arriesgadas, como Alpinismo bisexual y otros escritos de altura, de Simón Elías, Escalantes e Ingrávidas, de María Francisca Mas Riera, o Cartografías nómadas, Quebrantahuesos, La montaña apócrifa y Fin de cordada, de Olga Blázquez, responsable también del blog Antecima Anticima, donde se pueden leer y descargar gratuitamente algunos trabajos bien interesantes como Sociología del trabajado asociado al montañismo.

Nos encontramos, pues, en un momento donde la progresiva mercantilización del alpinismo y la escalada está siendo contestada, tanto a nivel teórico como práctico, por una pequeña constelación de grupos cuyo trabajo está abriendo nuevas vías de oposición al modelo hegemónico. Rocódromos autogestionados, colectivos anticapitalistas de montaña, grupos excursionistas de inspiración ácrata, libros y fanzines, encuentros y jornadas… No son pocos los proyectos e iniciativas que desde distintos ámbitos están planteando alternativas reales.

Esperemos, por supuesto, que este movimiento vaya creciendo en los próximos años, multiplicando esas voces disidentes y evidenciando que es posible intervenir en una arena política ―la del deporte― hasta hace bien poco pretendidamente desconflictivizada. Estaremos atentos.

 

Juan Cruz López, editor de Piedra Papel Libros

https://www.elsaltodiario.com 

miércoles, noviembre 12

Alimentos IA



La tecnología –una azada, los satélites Starlink que estas noches comparten el cielo con las estrellas fugaces, los móviles en las aulas o el charkha, la rueca de madera que Gandhi y tantísimos millones de personas de la India usaban para autoproducirse su ropa– no es necesariamente buena. Ni necesariamente mala. Pero tampoco es neutra. Sí que es, como propone Etc Group, política.

Si en la actualidad la política que marca nuestras vidas, el capitalismo, está centrada en la acumulación de riqueza, podemos convenir que las motivaciones que hay detrás de cualquier propuesta de innovación tecnológica no pretenden encontrar la mejor manera de hacer las cosas, sino cambiarla para incrementar la cuenta de resultados. Aunque las nuevas técnicas no mejoren las anteriores, aunque no sea necesario cambiar nada, aunque cambiar una cuestión genere muchos impactos negativos en otros ámbitos… toda tecnología es aceptada si da con la tecla adecuada para dicho fin lucrativo. Hasta tal punto que, no sé si será por esta ambición económica que todo lo moviliza, nuestra civilización occidental nunca está satisfecha y las palabras cambiar y mejorar las entendemos como sinónimos.

Sustituir a las y los cajeros de los comercios por tecnologías de pague usted mismo, ¿ha mejorado la atención? ¿Ofrece más y mejores puestos de trabajo? Claramente no, pero lo justificamos porque rebaja costes e incrementa beneficios, el único problema que parece trascendental resolver. Diseñar tecnologías para reducir en una semana el engorde de un pollo, no solo para reducir costes de producción, sino también para poder engordar más pollos en el mismo tiempo, ¿qué grandísimo problema resuelve?


Pongo este último ejemplo porque los grandes cambios en los sistemas agrícolas de todo el mundo, pasar de modelos campesinos y artesanales a producciones industriales e intensivas, se derivan de la introducción de toda una serie de propuestas y paquetes tecnológicos que se implementaron (con diferentes grados de violencia) en tanto resolvían una ecuación falseada: el hambre en muchos lugares del planeta derivaba de los bajos índices de producción de alimentos de la agricultura a pequeña escala. Ignorando, intencionadamente, la relación directa del hambre con el expolio colonialista o el acaparamiento de las mejores tierras en muy pocas manos. Lo ocurrido después ya lo sabemos, las comunidades campesinas de todo el mundo han perdido su soberanía y sustento y las corporaciones que lideraron la respuesta tecnológica, la llamada revolución verde, decenios después, son enormemente poderosas.
En concreto, según los últimos informes de Grain y Etc Group: dos empresas controlan el 42% del mercado mundial de semillas comerciales; dos empresas controlan el 40% del mercado mundial de pesticidas; cuatro, el 43% del mercado mundial de maquinaria agrícola; seis el 60% de los fertilizantes de potasio; y el 68% del mercado farmacéutico de sanidad animal se lo reparten diez corporaciones. Y algunas, como Bayer, figuran en varias de estas categorías.

Pero, lejos de cuestionarnos cómo la tecnología es también un arma de control y de dar y quitar poder, hoy en día se la considera como la única forma existente para resolver los problemas derivados de la crisis climática. También los que provoca en la agricultura. Recientemente, por ejemplo, la revista Nature ha publicado una revisión científica que analiza cómo el matrimonio entre inteligencia artificial y biotecnología puede “transformar la producción agrícola mundial, ayudando a construir sistemas alimentarios más resilientes frente al cambio climático, las plagas y el crecimiento de la población”. Y aunque estamos produciendo alimentos para 10 mil millones de personas, las soluciones que se nos proponen son pedirle a la inteligencia artificial que decida cómo modificar el genoma de las plantas para crear nuevos cultivos. Y confiar en Ella. En su criterio divino.

Puede parecer un cierre fantasioso para este texto, pero es justamente todo lo contrario: vamos camino de comprar las verduras desde casa, y que el teléfono móvil desde donde efectuaremos la operación, el internet que nos conecte y los tomates que nos sirvan sean todos del mismo amo.


jueves, julio 24

Agricultura 4.0. La tecnología al asalto de lo vivo

 


En los últimos años, una nueva etapa en la industrialización de la agricultura está tomando forma: el desarrollo de la biotecnología, la promoción de la agricultura industrial, la carne artificial, la aceleración de la robótica, etc. Se trata de la agricultura «4.0», la que quiere acompañar la cuarta fase del desarrollo de Internet, el Internet de las cosas: las máquinas y los productos de la industria son cada vez más capaces de comunicarse entre sí. En el ámbito de la agricultura, se prevé instalar sensores por todas partes en las explotaciones, utilizar programas informáticos y algoritmos de inteligencia artificial para automatizar un conjunto de tareas (alimentación y cuidado de los animales, por ejemplo), utilizar drones para sembrar y pulverizar productos fitosanitarios o evaluar el estado del suelo y sus necesidades de abono, pilotar tractores a distancia con ayuda de satélites. Todo ello coincide plenamente con la actual orientación general del mercado: acelerar el desarrollo tecnológico, a ser posible en nombre de la ecología.

La contradicción es total, la impostura inmensa. La dependencia hacia el complejo agroindustrial de los agricultores que se lancen en esta dirección es probable que aumente aún más: no contentos con estar atenazados por los bancos, los gigantes de la química y las semillas, los fabricantes de maquinaria, los mastodontes del agronegocio y la distribución, pronto se verían frenados ante todo por los magnates digitales (Google, Amazon, Microsoft, o Ali Babá y Huawei…) y la miríada de actores capitalistas menores que gravitan en su órbita.

La neolengua de ingenieros y publicistas alcanza el colmo de la falsedad cuando exhibe ganancias de autonomía a los agricultores que recurren a vehículos y máquinas «autónomos». La pérdida de conocimientos provocada por las etapas anteriores de la industrialización, por el contrario, se perfecciona mediante el uso de ordenadores y sus sistemas expertos «en todos los rincones del campo»: se anima a los agricultores a delegar todo el cuidado de su (cada vez más numeroso) ganado; se entrena a los cultivadores para que dejen de confiar en sus propios reflejos, basados en el tacto, la vista, el «sentir», confiando a los automatismos casi todos sus análisis de las condiciones de la tierra, el cielo y los demás elementos que intervienen en sus cultivos. A la pérdida de inteligencia sensorial que mecánicamente se deriva de ello se añade la pérdida de sabor de las verduras, frutas y quesos así producidos.

La huida hacia adelante en potencia y miniaturización continuará la disminución del número de agricultores y la concentración de tierras. Por supuesto, en un país como el nuestro, no queda mucho por eliminar: partiendo de 400.000 agricultores, ¡la robótica no podrá suprimir millones! Sin embargo, la hemorragia podría sufrir una aceleración significativa en algunos países del Sur que han conocido poco o nada las etapas anteriores de la industrialización: la introducción de las tecnologías «4.0» podría ser (en determinadas condiciones) el punto de partida de una modernización cuyas consecuencias son tan desconocidas como explosivas, social y culturalmente.

La agricultura de «precisión» es una apuesta duradera en la destrucción continua de los medios de vida, en todas partes del mundo. Su pretensión ecológica es una monstruosa mentira, basada en la semi-invisibilidad social, en Occidente, del expolio que supone la fabricación y el funcionamiento de los aparatos informatizados. Admitamos que la robótica agrícola permita un cierto ahorro de pesticidas, abonos, antibióticos, agua y petróleo en las labores agrícolas, lo cual es totalmente hipotético en teoría y puede resultar falso en la práctica. En cualquier caso, este progreso muy parcial se pagaría con un crecimiento vertiginoso de la producción de artefactos electrónicos, así como del consumo de electricidad necesario para su fabricación, circulación y almacenamiento. Ahora bien, numerosos informes e investigaciones importantes publicados en los últimos años nos proporcionan todos los elementos para comprender que el desarrollo acelerado de la industria digital -a menudo justificado mediante la quimera de la «transición ecológica»- es insostenible1. Tanto es así que algunos afirman que lo digital estará en el centro de la catástrofe ecológica2.

Es la fabricación de equipos informáticos la que tiene el mayor impacto ecológico, en términos de energía, agua y metales. El crecimiento de lo digital es un factor central del actual boom minero, que hace afirmar a Anna Bednik que estamos a punto de extraer más metales de la corteza terrestre en una generación que en toda la historia de la humanidad3. Microprocesadores, pantallas táctiles, chips RFID y baterías demandan cantidades faraónicas de oro, cobre, wolframio, litio y “tierras raras” (neodimio, itrio, cerio, germanio…). Ahora bien, la industria minera es terriblemente contaminante y consume mucha energía.

Contrariamente a su nombre, las tierras raras no son tan raras como difíciles de extraer. […] La separación y refinado de estos elementos, que se aglomeran de forma natural con otros minerales, a menudo radiactivos, implica una larga serie de procesos que requieren grandes cantidades de energía y productos químicos: varias etapas de trituración, ataque ácido, cloración, extracción con disolventes, precipitación selectiva y disolución. […] Almacenados cerca de los pozos mineros, los estériles, esos inmensos volúmenes de roca extraídos para acceder a las zonas con mayor concentración de minerales, generan a menudo vertidos sulfurosos que drenan los metales pesados contenidos en las rocas y provocan su migración a los cursos de agua. […] La cantidad de energía necesaria para extraer, triturar, procesar y refinar los metales representaría entre el 8% y el 10% de la energía total consumida en el mundo, lo que convierte a la industria minera en uno de los principales responsables del calentamiento global4.

Además, la contribución de la tecnología digital al efecto invernadero a través de la producción de electricidad -que conlleva su uso diario- no deja de crecer. Todos los equipos digitales consumían entre el 10 y el 15 % de la electricidad mundial a finales de la década de 2010. Este consumo se duplica cada cuatro años, lo que podría situar la cuota de lo digital en el 50% de la electricidad mundial en 2030 (¡!), es decir, una cantidad equivalente a lo que la humanidad consumía en total en 2008, hace apenas trece años.

Estas vertiginosas proyecciones se ven en parte iluminadas por las estimaciones contenidas en varios estudios recientes5, sobre la potencia eléctrica requerida por un centro de datos (equivalente a la de una ciudad de 50.000 habitantes), los 10.000 millones de correos electrónicos enviados cada hora en el mundo (equivalentes a la producción horaria de 15 centrales nucleares, o a 4.000 viajes de ida y vuelta de París a Nueva York en avión), los 140.000 millones de búsquedas en Google cada hora, etc.

El monstruo mecánico de la agricultura industrial ya ha confiscado la tierra a los campesinos y agricultores del Norte. Pero, con la robotización, confisca y saquea la tierra en todas partes del planeta, a expensas de los campesinos, de los últimos recolectores-cazadores y de todos los humanos que quisieran hacer un uso más cooperativo y perenne de ella.

Este repaso a las repercusiones medioambientales de la extracción de metales raros nos obliga de repente a mirar con más escepticismo el proceso de fabricación de las tecnologías verdes. Incluso antes de ser utilizados, un panel solar, una turbina eólica, un coche eléctrico o una lámpara de bajo consumo llevan consigo el pecado original de su mal balance energético y medioambiental. […] Queriendo emanciparnos de los combustibles fósiles, a caballo entre un mundo viejo y un mundo nuevo, en realidad nos hundimos en una nueva dependencia aún más fuerte. […] La transición energética y digital devastará el medio ambiente a una escala sin precedentes. En última instancia, sus esfuerzos y el peaje que supondrá para la Tierra forjar esta nueva civilización son tan considerables que ni siquiera estoy seguro de que puedan hacerlo6.


Estamos convencidos de que las elecciones operadas en el modo de producción (principalmente en la relación con las herramientas y el capital) definen la calidad de las relaciones sociales en las que producimos y comemos. Estas elecciones repercuten en el acceso a los alimentos y en el sentimiento que acompaña a las crecientes desigualdades en esta dirección. Del mismo modo que debemos preguntarnos qué alimentos queremos, debemos preguntarnos qué máquinas queremos. Porque la herramienta que utilizamos, nuestra capacidad para repararla o adaptarla, determina el modelo agrícola en el que trabajamos y de cuyos productos nos alimentamos: lo sabemos, las máquinas (sobre)potentes y caras impulsan la creación de parcelas más grandes, raramente compatibles con la agricultura campesina. Afirmamos nuestra voluntad de luchar contra “las tecnologías que socavan nuestras capacidades de producción alimentaria”. No habrá autonomía alimentaria sin autonomía técnica.

Queremos creer que la emergencia de las tecnologías llamadas «4.0» (la «agricultura conectada») es uno de los umbrales que pueden provocar una reacción consecuente en la sociedad. Soñamos con una respuesta a esta ofensiva robótica (drones, tractores guiados por satélite, algoritmos de control en los almacenes…) que sea al menos digna de la que estalló, para asombro de los tecnócratas, contra los transgénicos hace veinticinco años. Investigar, desacreditar, sabotear: ¿quién quiere luchar con nosotros contra los irobots en la década de 2030? ¿Quién quiere denunciar la investigación realizada en los laboratorios del INRA (y por una plétora de start-ups) y los prototipos que allí se fabrican, dado su seguro impacto social y ecológico? ¿Quién quiere sabotear los grandes eventos del complejo agroindustrial en los que se celebran y transfiguran estas innovaciones para garantizar su adopción por parte de los representantes de la industria y otros «líderes de opinión»? ¿Quién quiere entrar en conflicto con las gigantescas (y no tan gigantes…) explotaciones que ya las han comprado o con los traficantes que distribuyen estas drogas industriales? Hago un llamamiento a los colibríes7 de todos los países: cada uno tendrá que poner de su parte para apagar el incendio electromagnético, y así tener una pequeña posibilidad de frenar la caída de 400.000 a 200.000 agricultores, prevista (para Francia) gracias a estas maravillas tecnológicas.

La referencia a la lucha contra los OMG es ineludible. Fue una década decisiva en la lucha contra la artificialización de lo vivo, una larga campaña que unió a los ciudadanos con la resistencia campesina. El 7 de junio de 1997, varios centenares de militantes anti-OGM y de la Confédération paysanne destruyeron un campo de colza transgénica en Saint-Georges-d’Espéranche. El 8 de enero de 1998, José Bové, René Riesel y otros miembros de la Confédération paysanne entraron en un almacén de la empresa Novartis en Nérac para mezclar semillas de maíz transgénico con semillas convencionales. A continuación, el 2 de junio de 1999, unos 200 militantes destruyeron un campo de colza transgénica, cultivo experimental desarrollado por el INRA y el CETIOM (Centre Technique Interprofessionnel des Oléagineux Métropolitains) de Montpellier. Estas dos acciones constituyen el punto culminante de la resistencia mediante la acción directa, ya que en ese momento se identifica claramente la connivencia del complejo agroindustrial con la investigación estatal, se revela claramente a los ojos de todos el impacto mortífero de la tecnociencia sobre la agricultura y la alimentación, se ataca claramente su infraestructura para detener su avance8.

En los años siguientes se produjeron decenas de siegas de campos transgénicos en distintos territorios, seguidas de otros tantos juicios que intensificaron la represión desde 2001, cuando se dictaron las primeras sentencias de cárcel para los «segadores», hasta 2005-2006. Es muy probable que la persistente preocupación por el control de las semillas o los pesticidas en una parte de la opinión pública provenga de esta batalla, y quizá también de la mala conciencia, que aflora desde principios de siglo, sobre el sacrificio de los campesinos en la sociedad de la abundancia, un problema que (casi) nadie percibía antes.

La guerra de los OMG no supuso una victoria total y definitiva de la oposición, sino sólo un estancamiento de los promotores de la agricultura transgénica, que tuvieron que devanarse los sesos para sortear, en el tiempo y en el espacio, la desconfianza generalizada de los ciudadanos-consumidores europeos. Dado que la alimentación del ganado francés (o europeo) se compone en gran parte de soja transgénica sudamericana; dado que consumimos tantos productos procedentes de todo el mundo, la prohibición del cultivo de OMG en Europa tiene muy poco impacto: ya todos comemos OMG de forma habitual. Y las estratagemas industriales para reintroducir cuanto antes los OMG en los campos franceses, sin declararlo abiertamente, han sido tan poderosas como astutas, gracias a las lagunas o vacíos de la reglamentación. Es el caso de las manipulaciones necesarias para la adquisición forzada de la esterilidad masculina citoplasmática (variedades vegetales CMS), o más recientemente de la mutagénesis (mutación genética obtenida por exposición a moléculas sintéticas) que permite la aparición de variedades artificiales, en particular resistentes a los herbicidas. Un OMG oculto o de última generación sigue siendo un OMG.

La otra gran limitación de la batalla contra los OMG es que la conciencia de lo que estaba en juego con el avance de las tecnologías transgénicas era sensible, pero limitada. Ni el bricolaje genético en su conjunto ni la industrialización de la agricultura se convirtieron en cuestiones políticas centrales, en la medida de su gravedad. El «punto caliente» de 1999, con su claro ataque contra la tecnoestructura en marcha, ya no será alcanzado, y las reivindicaciones ya no serán asumidas, ni su relevancia comprendida, por todos los protagonistas. Es siempre el problema de las batallas contra las novedades aparentemente radicales: no se sabe si hacer hincapié en la ruptura que introducen o, por el contrario, insistir en la continuidad que presentan con las trayectorias tecnológico-políticas a largo plazo. Así, la batalla contra los OMG en torno al año 2000 fue para algunos la ocasión de comprender el sentido profundo de la técnica de hibridación que se remonta (para el maíz) a los años veinte: un farol científico, que incitó a los agricultores a devaluar sus semillas de granja y a comprar cada año las producidas por proveedores, primero públicos y luego privados, aunque estas últimas no sean más híbridas que las primeras.

Las semillas híbridas prefiguraron profundamente los OMG en sus consecuencias sociales (desposesión) y ecológicas (estandarización genética). Contra lo que había que luchar era contra todo el proceso de industrialización bajo la égida de la Gran Ciencia, que dura ya un siglo. Del mismo modo, una lucha seria contra la agricultura 4.0 no puede ignorar el hecho de que la deshumanización ya está en marcha, antes de la etapa final de los algoritmos, los drones y la 5G. No es solo contra la tecnoescalada frenética de la era Google contra lo que hay que moverse, sino por una tecnoescalada que abarca varias décadas. Las acciones contra los dispositivos conectados de última generación o contra las empresas que desarrollan las últimas aplicaciones agrícolas para smartphones serían sin duda útiles por derecho propio, pero tendrían pleno sentido en la medida en que fueran también una oportunidad para denunciar los robots de ordeño que se remontan a los años noventa, los robots de distribución de alimentos para animales que datan de los años 80, o los robots Hércules de los años 2000, que permiten evacuar fácilmente las decenas de cadáveres de cerdas prematuramente muertas en las explotaciones industriales «fuera de granja». Los tractores y otras herramientas autopropulsadas son desde hace tiempo monstruosamente grandes y rápidos, y simbolizan por sí solos el despilfarro generalizado del modelo intensivo.

Otro paralelismo hiperconectado: criticar la escalada de la transición «forzada» al 5G no sirve de nada si no se cuestiona también la transición al 4G y a la fibra óptica. Sin un trabajo crítico sobre lo que ya se ha adoptado en gran medida, la posibilidad de poner freno a las innovaciones del momento y a los procesos que estas coronan (provisionalmente) es casi nula. Se trata de un movimiento inverso9 que debe poder iniciarse en la sociedad en general, y en la agricultura en particular. Mientras a un agricultor le parezca tan natural como a cualquier otra persona delegar todos los aspectos de su vida en un smartphone, también lo utilizará para gestionar su ganado, el riego o los tratamientos fitosanitarios. Está claro que la batalla contra el 5G como la batalla contra la robótica agrícola son culturales y políticas. Plantean cuestiones de poder, pero sobre todo de modos de vida, del contenido del trabajo, de la manera de experimentar los objetos y los seres que nos rodean.

Esperamos encontrar aliados en la galaxia anti-5G surgida en los últimos años para lanzar una campaña específica contra las tecnologías (de mañana y de ayer) que refuerzan día a día el modelo intensivo; pero también encontrarlo dentro del movimiento por la agricultura campesina, a pesar de su limitado apetito por la crítica de las tecnologías, especialmente las digitales (y la creencia predominante de que la agricultura industrial puede disolverse sin pasar por conflictos sociales significativos).

Lo único que tenemos que hacer es pasar de un movimiento colibrí mayoritariamente digital a una ofensiva que apunte a una desescalada tecnológica masiva, es decir, que contribuya a una transformación social indispensable y no a una tecnología alternativa…

Las granjas digitales ya se encuentran en la fase de prueba final.

Todo lo que tenemos que hacer es unirnos, levantarnos, recuperar la tierra a las máquinas.

 

 Ekintza Zuzena

Traducción adaptada y resumida del texto «Agricoltura 4.0 e nuovi OGM. La tecnoscienza all’assalto del vivente», publicado en el n.º 69 de Nunatak. Este artículo es a su vez fue extraído del libro del Atelier Paysan* «Reprendre la terre aux Machines. Manifeste pour une autonomie paysanne et alimentaire, Seuil, París, 2021».

*El Atelier PAysAn es una cooperativa de autoconstrucción de maquinaria para el campo, un «organismo de desarrollo agrícola y rural» que trabaja por «la generalización de una agroecología campesina, por un cambio radical y necesario del modelo agrícola y alimentario» (para más información: www.latelierpaysan.org).


NOTAS:

  1. Guillaume Pitron, La guerre des métaux rares. La face cachée de la transition énergétique et numérique, Le Liens qui Libèrent, Paris, 2018 ↩︎
  2. Cfr. Matthieu Amiech, Peut-on s’opposer à l’informatisation du monde?, «Terrestres», juin 2020. ↩︎
  3. Anna Bednik, Extractivisme. Exploitation industrielle de la nature: logiques, conséquences, résistances, Le Passage clandestin, Paris, 2016, p. 112. ↩︎
  4. Célia Izoard, Le bas-fonds du capital, «Z», n. 12, «Guyane. Trésors et conquêtes», autunno 2018, pp. 12-14. ↩︎
  5. Propuestas de Anders S.G. Anders e Tomas Edler, in On Global Electricity Usage of Communication Techlogy: Trends to 2030, «Challenges», n. 6, 2015, pp.117-157. Destacamos que estas estadísticas probablemente estén exageradas debido a la pandemia y el confinamiento. ↩︎
  6. Guillaume Pitron, La guerre des métaux rares, cit., p. 55, 26 e 22 (la última parte debe leerse como una advertencia a los políticos que firmaron el acuerdo de París sobre la lucha contra el calentamiento climático). ↩︎
  7. Les Colibris. Inspirado por el pensador y militante de la agroecología Pierre Rabhi, este movimiento que pregona la creación de una «sociedad de sobriedad feliz» se desarrolla en Francia desde hace unos años y multiplica las iniciativas. ↩︎
  8. Sobre la campaña contra los OGM, sobre las posiciones teóricas expresadas fuera y dentro de los tribunales, así como sobre el papel posterior de José Bové en su dilución ciudadanista, se puede leer en italiano: René Riesel, Sulla zattera della medusa. Il conflitto sugli ogm in Francia, Quattrocentoquindici, Torino, 2004 (NdT). ↩︎
  9. Literalmente «car back», referencia a Machine arrière! Des chances et des voies d’un soulèvement vital, Pièces et main d’oeuvre, marzo 2016, pièce détachée n. 77. ↩︎

 

lunes, julio 21

La tierra que se subleva de broma


 

Revuelta espectáculo en Cataluña

La teatralización de la protesta y su consiguiente trivialización es la característica más común de las movidas en la sociedad del espectáculo, aquella en la que todas las experiencias vividas se desvanecen en una representación. Donde el activismo se funde con el entretenimiento y el espectador ejerce de figurante. El hecho de que “la gente” de nuestra época prefiera la imagen a la cosa, la ilusión a la verdad y el sucedáneo a la autenticidad -o sea, el espectáculo- se debe a que esa “gente” es otra, radicalmente opuesta a la que contaba en la época precedente. Tengamos presente que la pérdida de centralidad del proletariado industrial en las luchas sociales fue seguida -en los países donde reinan las condiciones posmodernas de producción capitalista- por un proceso de desclasamiento que desembocó en el desarrollo de algo que llaman “ciudadanía” y que nosotros podríamos denominar clases medias asalariadas. Dichas clases, sentadas entre dos sillas, la burguesa y la popular, pueden llegar a sentirse e incluso declararse antagónicas con la clase dominante, pero nunca manifiestan en la práctica tal antagonismo. El común denominador de las demostraciones mesocráticas como las anti-globalización, contra la guerra, el 15-M o las Marchas de la Dignidad, ha sido siempre la voluntad de no alterar el orden ni subvertir las reglas de juego del poder. En realidad, la revuelta fake de los estratos sociales intermedios que pasan de pelear, no obedece a una toma de conciencia antitética, esto es, a una nueva conciencia de clase antisistema, sino que se somete al  principio hegemónico regulador de la vida en la sociedad de consumo: la moda. Eso explica no solo el aspecto frívolo y el poder de atracción del movimentismo ciudadanista, sino su carácter efímero, seudolúdico y ostensiblemente efectista. Lo peor es que las redes sociales han reforzado los cimientos de la irrealidad, dando un golpe de muerte a lo que quedaba de comunicación autónoma y sentido comunitario en la sociedad civil. Al desplazarse la mayor parte de la contestación hacia el espacio virtual, donde las imágenes y los cuentos valen más que las palabras, el espectáculo de la revuelta-red puede sustituir cómodamente a las prosaicas luchas reales.

Los avances tecnológicos no suprimieron la flagrante contradicción entre las relaciones de producción capitalistas y las fuerzas productivas, pero redujeron al mínimo la importancia social de los trabajadores de la industria, los talleres y los tajos, empujando la clase obrera hacia el sector terciario de la economía, donde los salarios, las condiciones de trabajo y los derechos eran precarios. El retroceso del proletariado industrial ocasionó la pérdida de control del mercado laboral, y en consonancia con la fragmentación en capas con distintos intereses, se evaporó su conciencia de clase, es decir, se desclasó. En lo sucesivo, el proletariado dejaba de ser el referente efectivo de los combates sociales. Como sujeto histórico, la clase obrera no podía mantenerse más que en el cielo de la ideología, como dogma en las doctrinas obreristas de las sectas y en la virtualidad de las webs. Sin embargo, la globalización económica, que era sobre todo financiarización, acentuó más si cabe lo que James O’Connor calificó de segunda contradicción capitalista, a saber, la degradación progresiva de las condiciones de producción que hacían posible la explotación de la mano de obra. El crecimiento ilimitado de la economía chocaba con los límites biofísicos de la vida en el planeta volviéndolo inhabitable. Resumiendo, la capitalización del territorio -el extractivismo- volvía cada vez más destructivo el metabolismo entre la sociedad y la naturaleza, desencadenando una crisis ecológica generalizada. La cuestión social se salió del terreno laboral para irse a centrar en la defensa del territorio -que en definitiva es la defensa de la especie-, o dicho de otra manera, la crisis medioambiental se convirtió en el primer punto de la crisis social. La proletarización de las masas asalariadas, principalmente urbanas, y la despoblación del campo seguían su curso, pero ahora la condición de proletario podía definirse mejor basándose no solo en la venta de la fuerza de trabajo, sino en la pérdida del poder de decisión respecto al hábitat y a las condiciones de vida que este proporcionaba, cada vez más pobres, dependientes, artificiales y consumistas.

El proletariado tradicional era desarrollista y no prestó la atención debida a los  problemas ambientales, que en los pasados cincuenta empezaron a ser acuciantes. La derrota del movimiento obrero revolucionario y la regresión de la lucha de clases cedieron el protagonismo a los combatientes ecológicos, particularmente al movimiento antinuclear. Hubo colectivos como “Alfalfa” que hicieron buena labor, pero el quebranto sufrido por los valores, la memoria de las luchas, los planes de transformación radical y, en general, por todo el patrimonio histórico de la vieja clase obrera, dejó a los ecologistas solos con sus tecnologías no contaminantes, sus energías alternativas y sus proyectos de recogida de residuos, sin pasado, herencia ni proyecto de emancipación que reivindicar. Mientras tanto, igual que los sindicatos de concertación anularon definitivamente la conflictividad laboral ejerciendo de mediadores, los partidos y organizaciones políticas verdes quisieron hacer lo mismo con la problemática territorial. Dado que el número de agresiones se multiplicaron con el desarrollo -“sostenible” o insostenible- de la economía, el parasitismo verde pudo trabajar para el orden. Si nos atenemos a Cataluña, la expansión del área metropolitana de Barcelona y las políticas desarrollistas de la Generalitat habían acarreado una sobre-explotación de recursos y causado daños irreversibles al territorio catalán. A finales del siglo pasado, el país tenía el dudoso honor oficial de ser una de las regiones europeas con mayor depredación territorial. Sin embargo, la defensa del territorio partía de conflictos locales aislados y autolimitados, y adolecía de una escasez de medios y gente preocupante. Las grandes movilizaciones del 2000 contra el Plan Hidrológico Nacional y el Trasvase de aguas del Ebro fueron trascendentales y propiciaron una voluntad de unidad de acción, pero solamente en las plataformas vecinales tipo “Salvem”, los grupos ecologistas descafeinados y las entidades “cívicas” que recogían firmas contra las agresiones medioambientales. En las reuniones de Figueres (2003) y Montserrat (2008) quedó plasmado un pliego de propuestas que no cuestionaba el régimen capitalista ni las instituciones estatistas que lo favorecían, sino solo sus excesos. Simplemente anteponía “las declaraciones internacionales de sostenibilidad” al crecimiento desregularizado, algo que podía concretarse en otros “modelos” capitalistas de energía renovable, urbanismo compacto, movilidad pública y desarrollo territorial respetuoso con el medio. Todo el lote quedó definido posteriormente como “nueva cultura del territorio.” La estrategia novicultural a seguir era bien sencilla: las plataformas y los grupos se postulaban como interlocutores estables de las administraciones, de cara a fijar, mediante “mecanismos que posibiliten la participación ciudadana”, una legislación ambiental con sus observatorios, juzgados, fiscalías, tasas y sanciones. No ponían en tela de juicio la función de la burocracia administrativa, subsidiaria de intereses económicos espurios, ni dudaban de la legitimidad de los partidos políticos, de los que esperaban servirse para planear en el Parlamento medidas proteccionistas y presentar proposiciones no de ley. Con toda probabilidad los militantes de partido influenciaban a las plataformas, puesto que todas las reivindicaciones de aquellas figuraban en sus programas ambientalistas. Su supuesto apartidismo era solo una táctica encaminada a presentar como interés general lo que únicamente eran intereses electorales camuflados.

El movimiento ambientalista catalán celebró como un éxito la declaración de emergencia climática por parte de la Generalitat y su apuesta por la descarbonización de la economía (2019), sin detenerse a pensar que ese modelo energético “cien por cien renovable” por el que se apostaba no era más que el lavado verde de cara del capitalismo de siempre. La construcción de grandes infraestructuras, macroplantas eólicas y centrales fotovoltaicas perpetuaba el modelo extractivista y especulativo de explotación territorial. El penúltimo intento de articular las docenas de conflictos ambientales (SOSNatura.cat, 2021) no halló mejor metodología que la de presionar a la administración y los partidos para así poder “reorientar el modelo” catalán, más turístico que productivo, hacia la sostenibilidad. La misma táctica de siempre. Por enésima vez se rogó por una “participación efectiva de la ciudadanía a través de debates abiertos y consultas populares vinculantes.” Finalmente, se osó pedir a la Generalitat el cumplimiento de las directivas europeas, la moratoria de los grandes proyectos inútiles y la restauración del Departament pujolista del Medi Ambient, disuelto en 2010, “una herramienta clave para construir el futuro país que queremos” (Ecologistas en Acción). Decididamente, las críticas antidesarrollistas yacían enterradas en el cementerio de la moderación y el buenismo dialogante. No obstante, el combate ecológico era demasiado importante como para dejarlo en las manos de sus  sepultureros. A los verdaderos defensores del territorio correspondía sacarlo del atolladero del colaboracionismo cómplice. ¿Dónde estaban?


 

Fue muy oportuna la aparición en enero de este año de “Revoltes de la Terra” tras dos años de reuniones y encuentros, batallando por una alternativa comunitarista, definida como una “hiedra de vínculos exterior a la lógica productivista.” Justo era de esperar un análisis panorámico del momento crítico en el que nos encontramos y un programa contundente de movilizaciones, pero nuestro gozo en un pozo. El lenguaje empleado en su manifiesto era retórico a más no poder, lleno de vaguedades y lugares comunes del posmodernismo, muy por debajo del ecologismo más elemental. Para empezar esa “tierra que se rebela” que deseaba “promover un despliegue de posibilidades” y “edificar una trama de pasiones, soberanías y métodos”, no se definía como coordinadora, ni como plataforma, ni como grupo impulsor: era más bien “un entramado de lazos”, “un conjunto de recursos logísticos, operativos y relacionales”, “un abanico de herramientas replicables en cualquier lugar.” Era pues un pelotón de gente buenrollista de orígenes diversos con pocas ideas en común y ninguna perspectiva a medio plazo, por lo que no era de extrañar que presumieran de “diversidad estratégica”, aunque mejor hubieran debido alardear de cautela, tibieza y manga ancha si iban a inspirarse en el trabajo comedido de plataformas blandas del estilo SOS Territori y “Salvem.” Pero donde las alarmas se disparaban era cuando declaraban buscar el refuerzo de “entidades como Ecologistas en Acción” y “seguir los impulsos” de sospechosos montajes como Extinción Rebelión o  los “Soulevements de la Terre”, tan cuestionados por los libertarios. Nos explicamos.

A excepción de algunas delegaciones territoriales, Ecologistas en Acción no es la organización de activistas con unos principios ideológicos radicales que nosotros mismos suscribiríamos. Se trata de un verdadero lobby; una estructura restringida de profesionales del ecologismo que viven de las subvenciones, muchas de origen oscuro, como las que provienen de empresas contaminantes o de oligopolios energéticos a los cuales asesoran. En la actualidad, en tanto que partidarios de lo que en los despachos del poder se llama “transición energética” y Nuevo Pacto Verde, son defensores acérrimos de las eólicas y fotovoltaicas industriales, del coche eléctrico y de la minería del litio. Y por lo tanto, grandes aliados de las multinacionales eléctricas y de los grupos automovilísticos, y aún mejores colaboradores de las consejerías y ministerios. Por otra parte, Extinción Rebelión, XR, es la sucursal de un movimiento inglés que busca la repercusión mediática en actos simbólicos, intentando presionar a los gobiernos para que promulguen medidas respecto a la crisis climática. Son no-violentos dogmáticos, ombliguistas, sin cultura política; emplean un lenguaje de márketing, abominan del anarquismo y no intervienen en las luchas locales. En cuanto a los “Soulevements de la Terre”, SDT, habría mucho que decir, pero no que sea “un movimiento de acción directa que combina la alegría con la desesperación”, tal como ha escrito el pensador lumbrera de “Les Revoltes.” Sus iniciadores, ni alegres ni desesperados, tenían intención de “construir amplias alianzas” con cualquiera que se prestase y “federar el mayor número posible de militantes y grupos salidos de horizontes ideológicos diferentes”, pero no eran precisamente adalides de la acción directa. La conexión entre fans de “la insurrección que viene”, colectivos variopintos, extincionistas, campesinos de “la Conf” y okupas se hizo realidad más que por los relatos festivos de luchas novelescas y sobredimensionadas victorias como la de la ZAD de Nantes (“Zona de Acondicionamiento Diferido” rebautizada como “Zona A Defender”), por la frustración y hastío de mucha gente furiosa con el desastre reinante, poco reflexiva y sin claras posibilidades de actuar por sí sola. La brutal represión policial en Saint Soline y la orden de disolución de los SDT luego revocada hicieron el resto. Las adhesiones del mundillo político, sindical, televisivo y cultural aportaron el rasgo de indeterminación necesario para que los generales de los “Soulevements” pudieran figurar ante los medios de comunicación como representantes del movimiento en defensa del territorio más radical de Francia. ¿De dónde venían?


 

Si contamos solo con la retirada del proyecto de aeropuerto, la lucha en la ZAD de Nôtre Dame des Landes fue una victoria. Si tenemos en cuenta la erradicación de todo proyecto de convivencia colectivo y el restablecimiento de las actividades económicas convencionales, podíamos hablar también de fracaso. Desde el principio, los componentes zadistas tenían objetivos dispares e incompatibles: la ACIPA era una asociación ciudadanista pacífica y contemporizadora; COPAIN, una organización de campesinos expropiados enemiga de la agricultura industrial y práctica en autosuficiencia; luego estaban la Coordinadora de opositores al proyecto, hecha de entidades políticas y sindicales; los comités de apoyo exteriores; los ocupantes camaleónicos de la Zad encabezados por el autodenominado CMDO, señalados como “appelistes” (relacionados con el “Appel” del “Comité Invisible”), y, acabando, los grupos de la Zad del Este, anarquistas, primitivistas, gente “Sans Fiche” y en general, antiautoritarios como los de la red “Radis-co”, que bregaban por la gestión colectiva de una Zona de Autonomía Definitiva. La convivencia nunca fue fácil y la horizontalidad siempre brilló por su ausencia. Las asambleas generales fueron teatro de continuas maniobras, manipulaciones y broncas. Muchos grupos dejaron de asistir a ellas u organizaron otras. Al final, se fraguó la “unidad” entre las facciones ciudadanistas y los apelistas del CMDO para negociar con el Estado, dejando fuera a los discordantes. La cacareada “victoria” se saldó con la demolición de las defensas antipoliciales (“chicanes”) y las cabañas del Este, el reparto de unos cuantos lotes individuales de tierra, la expulsión de los ocupantes intransigentes y la vuelta al orden. Quienes realmente salieron ganando y, como vulgarmente se dice, siguen vendiendo la moto, fueron los apelistas, un grupo autoritario de aspecto informal que actúa como un verdadero partido conspirativo.

Como los apelistas piensan exclusivamente en términos de eficacia y control, jamás en términos de autonomía, no tienen un discurso anticapitalista demasiado concreto, solo planteamientos generales e ideas vagas, somos el 99%, la catástrofe está al caer y cosas así, pero es tan radicaloide que para quienes van de buena fe resulta seductor. Lo que denominan “su estrategia” se basa en fomentar comités locales, acaparar la coordinación, fabricar consensos descabellados con elementos heterogéneos y realizar compromisos contra-natura, enmascarando las diferencias insalvables con fraseología, y apartando a los “puristas” disidentes con violencia si el caso lo requiere. El deseo de aparecer como interlocutores válidos con el poder establecido les obliga a la visibilidad, por lo que delante de las cámaras sus miembros se exhiben como en casa: hay que salir en la foto cueste lo que cueste, la repercusión mediática legitima la representatividad más que la propia lucha. Entre bastidores, son la estructura vertical, opaca y manipuladora que maneja los hilos o pretende hacerlo. En 1921 los apelistas trasladaron a los “Soulevements” el estilo con el que lograron imponerse en la ZAD. El funcionamiento en red favorecía el asentamiento y la ocultación de estados mayores, encargados de repartir las tareas y atribuirse todas las responsabilidades posibles. Por eso en los SDT no se han celebrado nunca reuniones abiertas ni asambleas. A lo sumo, alguna consulta en el espacio virtual. La reflexión y el debate no se consideran necesarios puesto que lo que urge es la acción, y para eso lo importante es la cantidad de gente que se pueda reunir, venga de donde venga. En consecuencia, apertura a las tendencias más diversas, desde verdes apoltronados, sindicatos tradicionales y partidos oficiales, hasta izquierdistas de distinto pelaje, feministas y libertarios. Institucionales por un lado, radicales por el otro, y los expertos en alzamientos en el medio. Todo el mundo puede pertenecer a los SDT cualesquiera que sean sus ideas, sea por horas o con dedicación exclusiva. Las únicas cuestiones que se discuten son cuestiones técnicas y de gestión. Las grandes decisiones siempre se toman por adelantado, en total verticalidad. En los conflictos menores los comités locales son libres de actuar como les plazca, salvo si el impacto publicitario es suficientemente grande. Entonces un equipo de dirigentes desembarca para explotarlo. Acto seguido se vampiriza la lucha: se imponen reglas estrictas y filtros selectivos que duran hasta que la noticia se enfría y pierde gancho. El enorme retroceso del pensamiento crítico ligado al proletariado revolucionario, el olvido de sus asaltos a la sociedad de clases y la desintegración del medio libertario, han creado las condiciones para que ese tipo de prácticas se propaguen sin problemas, ante el aplauso de “personalidades” neoleninistas que las suscriben con desfachatez.

Volviendo a los asuntos catalanes, resulta obvio que la fórmula SDT subyace en las “Revoltes de la Terra”, bien que el lenguaje de su manifiesto siga más a la “french theory” que al zadismo titiritero. Sin duda, el componente juvenil metropolitano tendrá algo que ver, aunque no pensamos que actúe como un comité central. No ha realizado su aprendizaje en la escuela de la ZAD, sino en aquellas apacibles movidas boyscout de inspiración toninegrista. En fin, las susodichas Revoltes aportan una ambigüedad aún mayor en su posicionamiento, una estrategia del montón más exagerada y una falta de criterio total a la hora de juzgar la situación catalana bajo la batuta del capital. Su beligerancia con las instituciones y los partidos parece nula, por lo que las acciones que los “Soulevements de la Terre” llaman “dinámicas”, es decir, los sabotajes y enfrentamientos, no están ni se las espera. Estos rebeldes de la tierra pasados por agua no son para nada insurreccionalistas, y por lo tanto, no buscan apuntarse tantos con el sensacionalismo que despiertan las acciones violentas como las que hubieron en Nôtre Dames des Landes y en Saint Soline, por lo que probablemente no irán mucho más allá de reivindicar un diálogo con la administración, directo o más bien indirecto. Ojalá nos equivoquemos. A la hora de la verdad, si la radicalización de turbulencias tales como el movimiento por la vivienda, el antiturismo o el de los gremios campesinos no lo remedia, su discurso no diferirá del de las plataformas ciudadanas, puro pragmatismo de bajo nivel en conformidad con los intereses materiales de las clases medias. Su actividad no pasará del típico pacifismo convivencial de amigables excursiones y acampadas, talleres de sardanas y banquetes populares. Esto es lo que creemos, aunque no nos gustaría tener razón.

 

Miquel AmorósKaos en la Red

Para la charla en la Jornada Campestre de Kan Pasqual (Serra de Collserola, Barcelona) el 27 de abril de 2025.