Cuando la multitud hoy muda, resuene como océano.

Louise Michel. 1871

¿Quién eres tú, muchacha sugestiva como el misterio y salvaje como el instinto?

Soy la anarquía


Émile Armand

Mostrando entradas con la etiqueta Veganismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Veganismo. Mostrar todas las entradas

miércoles, febrero 25

Consolidando un mundo más animal

 

 

En los últimos quince años, en los que ha estado activo este periódico, el movimiento por la liberación animal en el Estado español ha evolucionado como parte de un proceso de transformación colectiva que ya se venía fraguando en la década anterior.

Cuando sacamos el número 100 de esta publicación, allá por el año 2019, publicamos un artículo titulado “Hacia un mundo más animal”, en el que fotografiamos los últimos diez años del movimiento antiespecista. Entonces ya señalamos algunos cambios significativos, como el auge de las investigaciones encubiertas, la expansión del veganismo y la proliferación de colectivos con tácticas y estrategias diversas. Hoy, al releer aquellas reflexiones, podemos afirmar que las semillas regadas en estos años de activismo han comenzado a dar frutos y aquellos cambios se han ido enraizando en el movimiento en defensa de los demás animales.

A medida que el movimiento por la liberación animal se consolida, la industria de la explotación animal se siente cada vez más amenazada. Las investigaciones encubiertas en granjas, mataderos y laboratorios han abierto procesos judiciales y han despertado la atención mediática, llevando incluso al prime time la cuestión animal en casos como el especial de Salvados sobre una granja que suministraba a El Pozo o el caso del laboratorio Vivotecnia, con eco incluso en la prensa internacional. La imagen pública de la industria se ha deteriorado notablemente en los últimos años y su relato es cada día más cuestionado.

Frente a este avance del movimiento, el sector ha desarrollado estrategias defensivas como la creación de falsos sellos de “bienestar animal”, campañas de lavado de imagen con publicidad engañosa de vacas felices o promesas de transparencia que buscan recomponer una reputación cada vez más dañada. Estas maniobras demuestran que la industria percibe la presión del movimiento antiespecista como un desafío real, viéndose obligada a reaccionar para contener el creciente rechazo social hacia sus prácticas.

Estos cambios no solo incomodan a la industria, sino que también empiezan a filtrarse en el ámbito institucional, donde la presión social obliga a introducir modificaciones que, a pesar de su resistencia, evidencian que el debate ya no puede esquivarse. En los últimos años se han aprobado leyes que prohíben el uso de animales en espectáculos como los circos, o la reciente Ley de Bienestar Animal, que reconoce a los animales como seres sintientes y prohíbe la venta en tiendas de algunas especies como perros, gatos y hurones. Estas medidas, aunque son muy limitadas, muestran cómo la presión social comienza a abrir grietas en un marco político históricamente reacio al cambio.

Algo similar ocurre con propuestas impulsadas desde la ciudadanía, como la Iniciativa Legislativa Popular No Es Mi Cultura, que proponía derogar la ley que protege la tauromaquia como patrimonio cultural. La ILP reunió más de 700.000 firmas, superando con creces el mínimo legal para su debate en el Congreso y evidenciando que gran parte de la sociedad rechaza la tauromaquia. Aun así, la iniciativa fue bloqueada y no llegó a debatirse, mostrando hasta qué punto las estructuras políticas siguen actuando como un dique de contención frente a cualquier intento de cuestionar los intereses económicos vinculados a la explotación animal.

En paralelo a estos procesos, el movimiento antiespecista también ha ido ampliando los frentes de lucha en el ámbito local. En Madrid, por ejemplo, la desaparición de los circos con animales o la campaña contra la matanza de cotorras han demostrado cómo los colectivos antiespecistas pueden responder y plantar cara a las políticas municipales. Temáticas de corte más histórico en el movimiento como la caza, sostenida todo este tiempo por el colectivo No A la Caza (NAC) o la lucha contra el uso de pelo y pieles impulsada por Madrid contra el Pelo Animal (MCPA), han conseguido señalar y acorralar a empresas que siguen perpetuando el uso de animales en una sociedad que no necesita escopetas en el monte ni abrigos o complementos de piel en los armarios. Colectivos locales con estrategias globales tejen redes internacionales, consiguen pequeñas victorias y construyen alianzas con activistas de otros territorios, compartiendo saberes y enriqueciendo la lucha antiespecista.

También la lucha contra la experimentación animal, durante años ausente en la agenda activista estatal, ha reaparecido con fuerza gracias a la investigación encubierta de Carlota Saorsa en el laboratorio Vivotecnia, reactivando un frente olvidado y produciéndose el documental Infiltrada en el Búnker de Pablo de la Chica, financiado por una gran plataforma audiovisual.


En estos quince años, los santuarios de animales también han cobrado un papel fundamental dentro del movimiento antiespecista. En el 2007 apareció el primer santuario en el Estado español, el Hogar de Luci y casi 20 años después existe hasta una Federación Española de Santuarios Animales (FESA) que estima que hay entre 40 y 60 santuarios en todo el territorio nacional. Más allá de la tarea de cuidado, los santuarios muestran en la práctica que otras formas de relación con los animales son posibles. Son ejemplo práctico de relaciones basadas en el respeto, la convivencia y la consideración de los intereses propios de los animales. En un contexto donde la industria y las instituciones se empeñan en presentar la explotación animal como algo inevitable, los santuarios son resistencia política del movimiento de liberación animal.

Mientras, en el terreno táctico, el movimiento también ha cambiado. Si hace más de una década buena parte del imaginario antiespecista giraba en torno a acciones de rescate o de acción directa, en los últimos años se ha producido un cambio hacia estrategias que priorizan la investigación, como el trabajo de Animals View, Linas Kortas o el de organizaciones que contratan a profesionales para destapar la realidad de los centros de explotación animal y libran batallas en el ámbito jurídico e institucional peleando y ganando derechos para los demás animales, con la aparición de operadores jurídicos como Intercids.

Este cambio no significa una renuncia al modelo anterior, sino que se trata de una adaptación a un contexto donde el impacto social de las imágenes, los procesos judiciales y la presión mediática se ha vuelto una herramienta política que sienta precedentes y va cambiando el orden social.

En este sentido, las redes sociales han jugado un papel importante, ayudando a que investigaciones que antes circulaban en entornos más militantes ahora lleguen a cientos de miles de personas más fácilmente. También la revolución tecnológica permite salir a la calle haciendo un activismo respaldado con pantallas que muestran esas imágenes de la realidad que padecen millones de animales o los streaming y directos en las vigilias a las puertas de los mataderos, poniendo a los demás animales en el centro de su lucha, y acercándonos la realidad y mostrando lo que la industria no quiere que sepamos.

Pero estos avances conviven con retos importantes para el movimiento antiespecista. El ascenso de discursos autoritarios en todo el mundo no solo impacta en derechos humanos, sino también en los demás animales, reforzando políticas que blindan su explotación. Lo vimos con claridad durante la tramitación de la Ley de Bienestar Animal, cuando el Gobierno decidió excluir a los perros de caza para satisfacer al lobby cinegético. El antiespecismo ha trabajado en estos años en conectar con las distintas formas de opresión y busca situarse junto a otras luchas sociales. El reto sigue estando en que ese paso sea compartido, ya que buena parte de los movimientos sociales continúan resistiéndose a integrar la cuestión animal, reproduciendo jerarquías que dificultan un cambio real.

Además, la represión sigue golpeando al movimiento antiespecista a nivel global. Recordemos especialmente el caso sufrido en el Estado español en 2011, donde la criminalización de activistas condicionó y transformó el activismo en el Estado, cambiando sus estrategias. En otros contextos, como en Reino Unido, con Animal Rising, han enfocado su activismo de liberaciones en tácticas que buscan llevar el juicio público al debate social. La persecución sigue siendo una constante y nos recuerda que la defensa de los demás animales continúa siendo vista como una amenaza para el orden económico dominante. Casos como el de Susarón en Chile muestra cómo la respuesta penal se dirige contra quienes señalan la violencia estructural y no contra quienes la ejercen.

Sin embargo, mientras las instituciones frenan la trayectoria de lucha antiespecista, el cuestionamiento del especismo se abre paso por otros caminos, especialmente en la academia y en la educación.

Y es aquí donde la aparición y consolidación de los Estudios Críticos Animales en el Estado español empieza a jugar un papel clave, ampliando el debate más allá de la política institucional y situándolo también en universidades y colegios. En la última década, y con más fuerza en los últimos años, estos estudios van ocupando un espacio que antes no existía. Han surgido grupos de investigación, congresos, seminarios y publicaciones que abordan el especismo desde perspectivas filosóficas, sociológicas, jurídicas y culturales, generando un cuerpo teórico que acompaña y enriquecen las luchas en la calle. En este desarrollo académico destacan Aula Animal, en el campo educativo o en la academia como la UPV/EHU en Euskal Herria, la Universidad de Barcelona (UB) y UPF (Pompeu Fabra) que colaboran a través del Centre for Animal Ethics y el ILECA (Instituto Latinoamericano de Estudios Críticos Animales) que coordina publicaciones en castellano, contribuyendo a legitimar la cuestión animal, abriendo nuevas vías de pensamiento y cuestionando incluso el lenguaje cotidiano, señalando cómo muchas expresiones de nuestro día a día reproducen la idea de que los animales son recursos, contribuyendo a normalizar su explotación.

En paralelo, empieza a crecer un campo editorial comprometido con estos debates. La traducción y publicación en castellano de textos de autoras de otros territorios que reflexionan sobre la agencia, la voz o las formas de resistencia de los demás animales ha ampliado el alcance del cuestionamiento antiespecista más allá de la academia. Editoriales veteranas como Ochodoscuatro conviven ahora con otras editoriales que van abriendo su catálogo a obras críticas, reforzando un debate cultural que va llegando cada día a más gente.

Quince años después, es evidente que el movimiento antiespecista en el Estado español no es el mismo. Se ha afianzado en algunos aspectos, se ha diversificado y participa en espacios que antes le eran ajenos, logrando que la explotación animal deje de ser un tema invisible. Pero también es evidente que los obstáculos siguen siendo enormes: la industria que se reinventa, unas instituciones que protegen y cierran filas junto a quienes se benefician de la explotación animal y un contexto político cada día más hostil, con la ultraderecha ganando espacio. Aun así, el movimiento no parte del mismo lugar que hace una década y media. Hoy cuenta con herramientas, redes, saberes y experiencias que sostienen un trabajo a largo plazo y permiten imaginar un horizonte más amplio.

Los avances logrados no son suficientes y nos parecen siempre escasos, pero cada paso es imprescindible para llegar hasta donde estamos. Si algo muestran estos quince años de lucha es que el antiespecismo sigue avanzando y que, hoy como ayer, aún queda todo por hacer.

 

https://www.todoporhacer.org 

 

sábado, mayo 20

En primavera, Vivotecnia nos altera

 

 

Del pasado 17 al 23 de abril se realizó una semana de acción contra Vivotecnia con acciones descentralizadas en diferentes localidades. Tras un llamamiento general realizado durante los días previos que animaba a visibilizar el rechazo a Vivotecnia y a la experimentación animal, la participación se extendió de distintas formas, a través de acciones como pintadas, pegadas de carteles, campañas de llamadas y correos electrónicos a la propia Vivotecnia y a aquellos organismos y empresas que han establecido contratos con ella, una charla, etc. Desde el propio movimiento antiespecista se animaba a poner en práctica diferentes estrategias, primando la creatividad, para romper el cerco mediático y social que contribuye a la invisibilidad e impunidad de dichas prácticas sobre los animales. También en Barcelona tuvo lugar una manifestación por el centro de la ciudad.

Esta semana de acción se encuadró en un mes de abril en el que se cumplía el segundo aniversario de la publicación de las fotos, que obtuvo Carlota Saorsa, de los experimentos en la empresa Vivotecnia que mostraron la realidad de la experimentación animal. Para el mismo 1 de abril, la Asamblea Antiespecista de Madrid organizó una concentración a las puertas de las instalaciones de la empresa para recordar que, pese a la indignación generalizada de los primeros días y las promesas de acción por parte de las instituciones, dos años después, los animales siguen dentro y los laboratorios funcionando. Durante la tarde del 1 de abril, decenas de personas se concentraron a las puertas del edificio situado en Tres Cantos entre gritos por la liberación animal, para agradecer a las militantes que ponen su cuerpo, su voz y su libertad, para luchar contra los actos de crueldad sobre las animales, y, también, para denunciar que lo que ocurre entre las paredes de Vivotecnia no es un caso aislado, es una práctica sistémica que tiene lugar en cientos de laboratorios por todo el mundo.

En esta tarde de lucha, tuvo lugar otro hecho relevante y algo diferente que rompía con las dinámicas propias de los círculos militantes. Tras la protesta, se organizó una actividad de encuentro y reflexión en el CSO La Animosa, en el barrio de Hortaleza (Madrid).

Suele ser habitual que, tras una manifestación, cada una continúe con su rutina de vida, pero, más de una vez, uno se va de la convocatoria con toda una serie de preguntas rondando por la cabeza. Qué más se puede hacer, cómo ser partícipe, de una forma u otra, de dicha lucha más allá de acudir a la mani, cómo extender las prácticas de lucha a diferentes sectores de la sociedad, etc. Por ello, desde la Asamblea Antiespecista decidieron crear un espacio para, de forma colectiva, compartir dichas dudas y reflexiones, con el objetivo final de reforzar los vínculos y dinámicas de lucha. Crear un espacio donde poder juntarse, donde ponerse cara y nombre, posibilitando la comunicación para romper la separación entre tanto los propios colectivos como entre individualidades, es un elemento imprescindible para fortalecer la lucha que pocas veces tiene lugar. La actividad se basó en cuatro mesas de debate, con una serie de preguntas abiertas, que esperamos sirva como ejemplo para otros colectivos del espectro antiautoritario.

Para terminar el fin de semana, el domingo, la Campaña contra Vivotecnia participó también en un coloquio internacional contra la vivisección, con grupos de otros países como EEUU, Canadá o Italia, organizado por Camp Beagle UK.

Otro elemento de interés en la convocatoria de la manifestación que evidencia el trabajo colectivo previo que, muy a nuestro pesar, muchas veces no tiene lugar por las aceleradas dinámicas de la práctica militante que, en ocasiones, no establece unos ritmos propios de trabajo sino que se deja arrastrar por la inercia del momento, es el hecho de reflexionar y elaborar un protocolo antes de que tenga lugar la propia convocatoria. En él, entre otras cosas, se apostaba por crear espacios seguros y respetuosos para todas, dejando claro que esto no puede tener lugar si acuden grupos con vínculos con organizaciones y personajes fascistas y racistas. Por otro lado, se pedía a los partidos dejar a un lado el proselitismo de su organización para centrar la acción en el objetivo real compartido, la denuncia de la crueldad de la experimentación animal.

Esperemos que este mes de abril repleto de acciones haya tenido su impacto en la compañía y en la visibilización social de lo que implica realmente la experimentación animal, una práctica llena de crueldad y dolor que no pueden ser mitigados con protocolos o buenas prácticas, pues la experimentación animal es tortura y asesinato. Para estar atentas de lo que ocurre en esta campaña, podéis seguir los perfiles de la Asamblea Antiespecista de Madrid en redes y también seguir los hashtags #CerremosVivotecnia y #CerremosVivotecniaPorLosAnimales. La lucha continúa hasta que toda jaula quede vacía.

 

Extraído de https://www.todoporhacer.org

martes, diciembre 27

Vivotecnia: crónica de lo acontecido

 

 

El 8 de abril de 2021, Cruelty Free International hizo públicas las imágenes que había tomado una investigadora en el laboratorio madrileño de Vivotecnia, que mostraba las torturas a las que se sometía a los animales.


 


Tras su publicación en el diario británico The Guardian, recogidas al día siguiente por la prensa española, el impacto causado fue mayúsculo, teniendo un relevante eco en redes que rápidamente se transformó en indignación y rabia que se trasladó a las puertas de las instalaciones situadas en Tres Cantos (Madrid). Las administraciones públicas regional y nacional reaccionaron de una forma que, en un primer momento, podría parecer firme y contundente, pero, como se vio más adelante, realmente solo resultaba ser la representación de cierta oposición.

 

La Comunidad Autónoma de Madrid suspendía de forma temporal y parcial la actividad de la empresa, mientras que el Gobierno central, a través del director general de Derechos de los Animales, aseguraba que los animales serían trasladados a centros de protección. Esto último no llegó a suceder, la cómoda excusa del reparto competencial justificó su inacción, y, por el otro lado, la Comunidad levantó la suspensión a los dos meses, pese a que en su primera inspección constató indicios de abusos y malas prácticas en los experimentos. Tras dicho levantamiento, continúa llevándose a cabo la misma actividad investigadora con animales en el mismo entorno.

Por otra parte, el proceso judicial que han impulsado diferentes asociaciones y organizaciones continúa en marcha. En el marco de dicho procedimiento, entre las medidas cautelares solicitadas se encontraba el decomiso de los animales, petición que fue rechazada por la jueza del Juzgado de Instrucción nº 6 de Colmenar Viejo, utilizando en su argumentación informes del SEPRONA y la Comunidad de Madrid, que alegaron que las medidas tomadas por Vivotecnia son suficientes para garantizar el bienestar de los animales.

La Comunidad de Madrid, según pudimos conocer por información publicada en exclusiva por El Salto, a través del fondo de capital riesgo INICAP, participado mayoritariamente por ésta, invirtió más de un millón de euros en Vivotecnia, perdiendo prácticamente toda la inversión. Además de conceder dos avales por valor casi también de un millón de euros y una subvención de 52.973 euros. Pero éste no es el único vínculo de esta empresa con entidades del Estado, tras el levantamiento de la suspensión, instituciones y organismos públicos como el CSIC o el Parc Científic de la Universitat de Barcelona han seguido contratando sus servicios. En noviembre de 2021, Cruelty Free International denunciaba en su página web que “el Ministerio de Ciencia y el Consejo Nacional de Investigación del país han ampliado dos contratos con Vivotecnia, el laboratorio de pruebas de contratos de Madrid en el que expusimos niveles impactantes de crueldad y sufrimiento animal y aparentes incumplimientos sistémicos de las leyes españolas y de la UE a principios de este año”.

Los vínculos de la propia Administración con Vivotecnia son bien estrechos, por lo que confiar en que el Estado tome las medidas necesarias que terminen con su actividad investigadora resulta ser una pretensión quimérica, pues se ha comprobado que ni las horribles imágenes publicadas son suficientes para movilizar a las autoridades políticas y judiciales competentes. Un movimiento de base que reactive la respuesta de los primeros días pero que también ensanche el espacio de lucha en solidaridad con los animales, aglutinando diferentes posiciones que se mantengan activas y participativas, es imprescindible para generar el empuje necesario que termine con dichas prácticas. Este es el objetivo que se ha marcado la Asamblea Antiespecista de Madrid a través de la campaña “Cerremos Vivotecnia”, presentada oficialmente el pasado 8 de octubre en el local de la FAL pero que ya se dio a conocer unos días antes, en las calles de Madrid, a través de carteles y pegatinas que anunciaban una página web que recoge materiales y convocatorias, como la próxima manifestación del 5N antiespecista, vinculada este año a dicha campaña.

Tras las iniciativas de protesta que tuvieron lugar durante las primeras semanas tras la publicación del material audiovisual recogido, la movilización ha ido decreciendo salvo en momentos puntuales, como, por ejemplo, a principio de este 2022, cuando se organizaron una serie de acciones contra el contrato firmado por la Universidad de Barcelona con Vivotecnia para testar un fármaco en cachorros de beagle. Este experimento implicaba suministrar a la mitad de los perros las dosis necesarias para que murieran, sin cuidados paliativos de ningún tipo, mientras que a la otra mitad se les daban diferentes cantidades para estudiar sus reacciones, un experimento de muy dudosa justificación científica pero obligado según una legislación arbitraria y arcaica. Por ello, para recuperar la movilización por el cierre inmediato de Vivotecnia, el movimiento antiespecista pretende, por un lado, volver a encontrarse para retomar la calle para, como ya se publicaba en este periódico cuando se conocieron las primeras imágenes, “seguir haciendo un movimiento por la liberación animal capaz de construir un mundo cada vez más justo y antiespecista”.

 

https://www.todoporhacer.org 

sábado, diciembre 24

Entrevista a Futuro Vegetal

 

El número de acciones directas no violentas destinadas a poner el foco en lo poco que se está haciendo para luchar contra la crisis climática se está disparando en todo el mundo. El caso más reciente (y uno de los más sonados) fue el de unas activistas que lanzaron sopa de tomate sobre el cristal que protegía un cuadro de la serie de los girasoles de Van Gogh (sin dañar la obra) en el Reino Unido. Unos días después, otras replicaron la acción en Potsdam lanzando puré de patata a un Monet, exclamando «¿Necesitamos puré de patata en una pintura para que escuchéis? Tengo miedo de que los científicos nos dicen que no podremos alimentar a nuestras familias en 2050. Esta pintura no valdrá nada cuando tengamos que luchar para alimentarnos. ¿Cuándo vais a escuchar y parar vuestros negocios?«. Estas acciones pusieron de relieve una de las mayores contradicciones de nuestra sociedad: parece importar más el arte que la destrucción de nuestro planeta o la muerte de miles de personas cada año por culpa del cambio climático.

Futuro Vegetal (que no guarda ninguna relación con las acciones descritas sobre estas líneas) es uno de esos colectivos de desobediencia civil que ponen sobre la mesa este tipo de contradicciones. Se dio a conocer a principios de este año tiñendo de rojo el Ministerio de Agricultura. Varios meses después, el pasado mes de octubre, cortaron el acceso a la industria cárnica a MercaBarna durante algunas horas. Pero, además de acciones en las que ponen su cuerpo y arriesgan su futuro, también realizan un importante trabajo de difusión, mediante charlas, pegadas de carteles, diseño de infografías, divulgación de vídeos en redes sociales, etc.


Hemos charlado con estas activistas sobre su militancia y sus motivaciones. Os dejamos a continuación con una interesante entrevista en la que analizan su estrategia, objetivos y fines.

Todo por Hacer (TxH): Lo primero de todo, ¿qué es el colectivo Futuro Vegetal? ¿Funcionáis de modo horizontal, asambleario y autogestionado?

Futuro Vegetal (FV): Futuro Vegetal es un colectivo de desobediencia civil y acción directa que lucha para evitar los peores efectos de la Crisis Climática mediante la adopción de un sistema de agroalimentario basado en vegetales. Somos horizontales, autogestionadas y descentralizadas. Tenemos una serie de principios comunes que funcionan como una suerte de acuerdo de mínimos para favorecer la toma de decisiones por consenso y, si este no fuera posible, por consentimiento. Creemos en organizarnos para parar aquello que nos daña; estamos trabajando para lograr paros productivos en la industria cárnica.

TxH: ¿Por qué ha de ser el futuro vegetal? ¿Actuáis por motivación climática, por una ideología antiespecista o ambas cosas?

FV: El futuro debe ser vegetal por una cuestión científica: La ganadería es responsable de más emisiones de gases de efectos invernadero que todo el sector del transporte mundial combinado. También es el mayor usuario de tierras del planeta y el principal impulsor de la deforestación en el mundo. El IPCC lleva años recomendando un cambio de sistema agroalimentario hacia uno basado en vegetales para mitigar las consecuencias de la Crisis Climática. En el estado español consumimos un 80% de alimentos de origen animal frente al 30% que consumen la mayoría de regiones del planeta. Solo la sociedad «occidental» y su cultura del despojo mantiene niveles tan altos en este sentido. Para mantener este consumo la industria agroalimentaria emplea el 70% de los recursos hídricos del estado, destruye el suelo y su biodiversidad y contamina el agua restante.

Al mismo tiempo, entendemos que es uno de los pilares fundamentales del antropocentrismo especista que condena a millones de animales no humanos a las peores torturas por una cuestión de apetencia. La industria cárnica bebe de la objetivación extrema de otros seres sintientes y se nutre de ella para aplicar también condiciones próximas a la esclavitud a sus trabajadoras, la mayoría de ellas migrantes y/o precarizadas en situación de alta vulnerabilidad, siendo uno de los sectores líderes en suicidios a nivel global.

Además, también es un sector que favorece la concentración de la propiedad de la tierra en pocas manos, lo que genera un problema de soberanía popular al dificultar el acceso a bienes básicos y condicionar la forma en la que nos alimentamos. Nos hace dependientes de unas pocas manos.

TxH: Os habéis dado a conocer a través de acciones como lanzar pintura roja contra el Ministerio de Agricultura, cortar el acceso de cárnicos a MercaBarna y por pegar carteles en la sede del PSOE. Pero habéis hecho otro trabajo más invisibilizado, como organizar una gira de charlas en librerías, restaurantes veganos y locales de sindicatos como la CNT, o como crear formularios para rellenar por internet. Habladnos del trabajo activista que lleváis a cabo y de vuestra estrategia.

FV: Hay que reconocer que ha sido mucho trabajo, pero es que la situación es tan crítica que difícilmente podríamos actuar a la altura de las circunstancias sin trabajar al máximo de nuestras capacidades.

Nuestra estrategia se compone de tres pilares: Denuncia, creación de lazos y acción.

Comenzamos nuestro trabajo con una serie de acciones de desobediencia civil para ocupar espacios en la prensa mainstream y tratar de poner de relieve la gravedad del asunto. Desde que nos conformamos como colectivo en enero hemos realizado al menos una acción de desobediencia civil cada dos meses con esta finalidad: Tiramos pintura al Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca, a las sedes de PP, PSOE, VOX e IU en Andalucía, entramos en «La Velada del Año» de Ibai Llanos y nos encadenamos al ring… Todo ello con la intención de que el mensaje llegue a sectores donde normalmente no lo vemos. No podemos quedarnos en los espacios politizados donde nos sentimos cómodas. Esto es un problema de todas y necesitamos estar juntas para combatirlo.

 Durante el verano, por una cuestión de disponibilidad, hemos hecho una gira por distintas regiones del Estado explicando con más detalle del que nos permiten las acciones la relación entre la industria cárnica y las distintas problemáticas que comentábamos en la anterior pregunta, pero también qué podemos hacer para darle la vuelta a esta situación. Estuvimos en Galicia, Asturias, Euskadi, Catalunya, Illes Balears, Andalucía, Cantabria, Aragón, Navarra y Castilla-León, además de encuentros como Sembrando Futuros, Communia o Sobremesa. Lo más interesante de esta parte es el contacto con gente en distintos territorios y la creación de redes de solidaridad y apoyo mutuo.

 Por último, pasamos a la acción. Es la parte fundamental de nuestra estrategia. No se entiende la divulgación y el trabajo colectivo si no va acompañado de una propuesta para incidir en la realidad material. Nuestra campaña se enfoca en el cierre de centros de la industria cárnica. Queremos acabar con la narrativa de que la función de los movimientos sociales es exigir medidas a las instituciones. Ni están, ni las esperamos. Tenemos que ser nosotras las que tomemos el papel principal en el marco político y quienes hagan lo necesario para asegurar un futuro que merezca la pena vivir.


TxH: ¿Habéis tenido problemas legales derivados de vuestras acciones?

FV: Hasta la fecha no, aunque sí que nos consta que los 4 partidos políticos mayoritarios en Andalucía nos han denunciado por nuestra acción en sus respectivas sedes. Igualmente, es importante destacar el hasta ahora de la anterior frase, pues el sistema de burrepresión actúa con frecuencia mucho después de la comisión de los hechos. En cualquier caso, no nos asusta. La situación es crítica y ni una multa, ni una pena de prisión, es nada comparado con el caos climático al que nos aboca el sistema económico actual. A todas las que tenemos aspiraciones emancipadoras se nos plantea un escenario de catástrofe que sólo va a empeorar si no logramos una revolución social capaz de mitigar el impacto de la Crisis Climática.


TxH: Habéis criticado a organizaciones ecologistas mainstream, como Greenpeace por «tener directivos ricos». ¿Por qué consideráis que es importante la acción directa y la autogestión?

FV: La crítica no es que la directiva sea rica; es que tienen muchísimos recursos y se quedan siempre en acciones de denuncia. Conocemos a muchísimas activistas de Greenpeace y otras organizaciones y el sentir mayoritario es que les gustaría hacer más. No se entiende que una organización que en 2021 recaudó 17.264.763€ se quede en acciones de visibilidad.

Creemos que la acción directa es la única vía que tenemos para cambiar el rumbo que llevamos como especie ya que ningún gobierno está dispuesto a anteponer los intereses colectivos frente a los de las grandes corporaciones. Creemos en la autogestión y la descentralización para evitar que sea un pequeño grupo el que controle el movimiento; las decisiones sobre qué hacer con los recursos colectivos deben ser tomadas por quienes trabajan y se ponen en riesgo para alcanzar nuestros objetivos.

TxH: También habéis criticado a algunas organizaciones animalistas por defender que los derechos de los animales se tienen que conquistar poco a poco. ¿Entendéis que el cambio debe ser drástico e inmediato?

FV: Parece que odiemos a otras organizaciones, aunque en realidad estamos agradecidas de todo lo positivo que hacen. Sí que nos preocupa, igual que en el caso anterior, la cantidad de recursos que absorben estas entidades y que se destinan a metas que no suponen cambios estructurales. La coyuntura climática requiere de un cambio sistémico. Las distintas opresiones que nos atraviesan también. ¿Por qué perder el tiempo pidiendo jaulas más grandes o promocionando envases de plástico reciclado para corporaciones ecocidas como Coca-Cola? Necesitamos que la gente entienda la gravedad del asunto y la responsabilidad y el poder que tenemos de cambiar las cosas.

TxH: ¿El debate político está en macrogranjas sí o no, o en si la ganadería debe existir o no?

FV: Sobre si la ganadería debería existir o no, un estudio de febrero de este mismo año de la Universidad de California concluía que la eliminación mundial de la ganadería podría estabilizar los niveles de gases de efecto invernadero durante 30 años y compensar el 68% de las emisiones de CO2 de este siglo. El gobierno del Estado español declaró la «emergencia climática» en 2019. Creemos que quien lea esto podrá sacar sus propias conclusiones sin más texto por nuestra parte.

TxH: Tenemos entendido que tenéis asambleas abiertas telemáticas. ¿Cómo puede la gente contactar y colaborar con vosotras?

FV: Pues está todo en nuestra web, www.futurovegetal.org y siempre nos pueden mandar un correo electrónico a futurovegetal@protonmail.com o un mensaje a cualquiera de nuestras redes sociales. ¡Esperamos con muchas ganas que entre más gente, tenemos todo por hacer!

 

 https://www.todoporhacer.org

 

 

 

 

domingo, agosto 14

No somos los únicos animales que sentimos

 


Este mes de julio de 2022 se cumplen diez años de la Declaración de Cambridge sobre la Conciencia animal. Un grupo de científicos de diferentes áreas firmaron un manifiesto, en el año 2012, donde dejaban claro que los seres humanos no somos los únicos capaces de disfrutar de nuestra vida y de sentir dolor. Confirmaban que la mayoría de animales también son plenamente conscientes de sus experiencias en la vida y tienen sus preferencias y sus intereses personales.

No fue un descubrimiento, ya que a lo largo de la historia de la humanidad hemos dejado constancia de innumerables experiencias y observaciones de conductas de otros animales que nos han hecho pensar que cada individuo tiene una personalidad única. Estas interpretaciones despertaron el movimiento animalista. Aunque no fue hasta principios del siglo XX cuando se reconoció oficialmente la etología como ciencia que estudia el comportamiento de los animales. Desde entonces tenemos a nuestro alcance publicadas más investigaciones, libros y estudios que nunca y no dejan lugar a dudas. Por lo tanto, la Declaración fue un acto simbólico con el que personas de ciencia quisieron transmitir a la sociedad y poner de manifiesto la evidencia científica sobre la capacidad de sentir de la mayoría de animales.

Pasados diez años de esta confirmación oficial, quizá la meta de cerrar los mataderos quede todavía muy lejos. Al ver lo que sucede tras los muros de esos lugares en los que se matan a 900 millones de animales al año solo en el Estado español, mucha gente exigiría su cierre inmediatamente, aunque luego, al pensarlo, no estaría preparada para eliminar los productos de origen animal de sus platos.

Falta concienciación para dar ese paso definitivo. Vivimos inmersos en una sociedad que acepta la mentira y el engaño como recursos publicitarios y donde triunfa el marketing de quien puede pagar más para vender. Por eso, en gran medida, mucha gente sigue creyendo que necesita comer carne, lácteos, huevos y pescado para disfrutar de una buena salud. A pesar del hecho de que siempre ha habido personas, a lo largo de la historia, que decidieron no comer animales y hoy son millones las personas antiespecistas que llevan décadas siguiendo una dieta 100% vegetal sin ningún tipo de problema causado por ello.

También vivimos en la era de la desinformación, aunque nos parece que lo sabemos todo y nos es difícil cuestionar nuestra manera de pensar. Muchas personas se apresuran a defender el confinamiento y el infierno de millones de animales no humanos en laboratorios, como si fuese algo imprescindible o justificable para avanzar en medicina. Ignoran que existen alternativas a este modo de investigación en las que nadie sufre y desconocen el hecho de que más del 90% de experimentos con resultados positivos en otros animales fracasa en seres humanos.

Nos queda mucho por aprender o, mejor dicho, por admitir y actuar en consecuencia de nuestros conocimientos. Pero me parece lamentable que ni siquiera seamos capaces de condenar unas prácticas de tortura que se siguen celebrando a la vista de todos y todas y se justifiquen por ser consideradas una forma de entretenimiento. La tauromaquia, es decir, los encierros, las corridas, las becerradas, los toros embolados, ensogados o tirados al mar son prácticas de maltrato que siguen siendo legales y aceptadas socialmente. Al ser actos públicos, cualquier persona que asista puede ver el sufrimiento de cada animal y la crueldad de los participantes al violentarlos.

Por este motivo, más que cualquier otra forma de explotación, una esperaría haber visto la abolición de este trato hacia los animales como un paso inmediato tras la Declaración de Cambridge. Pero siguen sucediendo y miles de personas siguen participando y yendo a ver sin rubor las barbaries que se cometen. ¿Por qué? Pensemos por un instante ¿en qué nos convierte disfrutar del sufrimiento de otros? ¿Qué tipo de persona hace daño a alguien para divertirse? ¿Por qué causamos dolor a otro individuo cuando este no representa ningún tipo de amenaza?

Y, a pesar de que cada vez hay mayor rechazo hacia estas atrocidades, ¿por qué no se prohíben? No podemos seguir normalizando el sadismo. Si queremos una sociedad sin violencia hacia los demás, no podemos seguir permitiéndola hacia algunos. No podemos tolerar ninguna forma de violencia ante un individuo que solo quiere vivir su vida y que no representa ningún peligro para la de nadie.

Estos días están teniendo lugar en muchos pueblos de nuestro país muchos actos con toros. Les hacen correr asustados entre seres humanos que los atosigan, les pegan, les empujan y les molestan para provocar que se defiendan de alguna manera violenta. Además del sufrimiento por el estrés y el dolor de las agresiones, hay que tener en cuenta los accidentes que se producen. Solo por mencionar algunos, este año en Valencia han muerto tres personas en 24 horas debido a heridas en encierros. En Teruel, el 20 de julio, un toro cayó al suelo y no podía levantarse. Se le acercaron varias personas para intentar ponerlo en pie tirándole del rabo y cogiéndole por los cuernos hasta que desistieron al oír que alguien decía que tenía una pata rota. Y no olvidemos lo que sucedió en un pueblo de Guadalajara en agosto de 2021. El toro Campanito se escapó de una plaza y una persona lo atropelló en la calle dándole golpes con el coche hasta matarlo.

Para conocer detalles sobre estos y otros llamados festejos y celebraciones en las que se hace sufrir a un animal, podemos ver el reportaje Gurean, dirigido por Linas Korta. Un recorrido por 30 pueblos y ciudades que refleja lo que somos capaces de hacer cuando no valoramos la vida de los demás animales.

Para ver lo que ocurre en los mataderos, tenemos a nuestra disposición el reportaje Matadero, de Aitor Garmendia, que sirve de testimonio del presente que nos ha tocado vivir. Una época que pasará a la historia como el pico de crueldad hacia quienes consideramos inferiores. Un momento de máxima falta de ética y de empatía que todavía podemos transformar en cualquier momento.

La Declaración de Cambridge y la realidad de los animales usados y explotados que matamos actualmente me hace pensar que es hora de admitir que hay cuestiones que no deberían estar permitidas y ni siquiera someterse a voto. La integridad de las personas y del resto de animales con los que compartimos este mundo no es una opinión ni puede ser la preferencia de una mayoría o de una minoría. El derecho a vivir es eso, un derecho que nadie debería poder arrebatarle a nadie. Hay otras maneras de generar empleo, de ganarse la vida y, sobre todo, de relacionarnos con el resto de especies animales. 

 

https://www.elsaltodiario.com 

domingo, febrero 6

Los “buenos” y los “malos” en la ganadería. De la tortura en cadena a la granja de Playmobil.


La actual polémica desatada en torno a las macrogranjas es a estas alturas de sobra conocida. Todo comenzó cuando el propio lobby de la industria cárnica española decidió difundir y tergiversar en su beneficio ciertas declaraciones del ministro Alberto Garzón al diario británico The Guardian. Las primeras respuestas desde todos los bandos políticos, incluido el propio gobierno, fueron de lo más torpe y ridículo, desde los comentarios de cuñado alabando la calidad del buen jamón ibérico, hasta el más absurdo negacionismo de la ganadería industrial. Sin embargo, con el paso de los días la mayoría de voces se vieron obligadas a cambiar el tono y el discurso para evitar cavar más hondo el foso en el que se habían metido (salvo la derecha, que decidió que “de perdidos al río” y se dedicó a dar ruedas de prensa rodeados de vacas felices).

Parece que finalmente al lobby cárnico le salió el tiro por la culata. El debate sobre las macrogranjas ha vuelto a ponerse sobre la mesa, sí, pero es un debate perdido para ellos. Y sin embargo, ¿realmente ha salido perjudicada la industria cárnica? Puede que las macrogranjas hayan perdido el debate mediático, pero, desgraciadamente, eso no quiere decir que vayan a desaparecer. Mientras haya demanda, la ganadería intensiva está aquí para quedarse. Y en cuanto a la ganadora del debate mediático, ésta parece haber sido, como modelo supuestamente contrapuesto, la ganadería extensiva, que se está defendiendo como la gran salvadora de todo esto. En el “mejor” de los casos, si el mensaje cala, esto podría derivar en una mayor demanda por parte de ciertos sectores de población de etiquetas de “bienestar animal”, “bio”, etc., un blanqueamiento de la industria cárnica que apenas afectaría a la intensiva y que no significaría una mejora real para los millones de animales explotados.

¿A qué viene tanto revuelo?

Antes de seguir, detengámonos un momento para ver de qué estamos hablando. Dado que esto no es nada nuevo, nos remitimos a nuestras propias palabras publicadas hace ya dos años y medio:

En el año 2018, en el Estado español fueron sacrificados más de 50 millones de cerdos y existían más de 15 millones de ovejas y cabras y 6 millones y medio de vacas. (…) Como dato para hacernos una idea, en 2015 se sacrificaron 356 millones de aves destinados a consumo humano, la gran mayoría pollos seguido a mucha distancia de pavos y en 2018, 43 millones de conejos.

Nuestro país es el mayor productor de carne de cerdo de Europa y el tercero mundial, solo por detrás de China y Estados Unidos, países con muchísima mayor superficie y población (…)

Si bien el número total de granjas de porcino en nuestro país ha disminuido de forma drástica (entre 1999 y 2009 desaparecieron más de 110.000 explotaciones, un 61,4% en tan solo una década), el número de animales no ha dejado de aumentar. En ese periodo, el censo de cerdos se incrementó en un 12,3%, de los que el 90% de ellos pertenecía a una granja industrial, y el tamaño de estas no para de aumentar: en 2009, la media de cerdos por granja era de 120 animales y en 2013 ascendía ya a 467. En 2019, las granjas con más de 10.000 cerdos suponen solo el 2,5% del total, pero albergan a más del 40% del porcino español”.

Esas palabras siguen hoy plenamente vigentes. Según el diario El País, actualmente el 78% de las más de 80.000 granjas de porcino en el Estado español son intensivas, y aunque estemos hablando solamente de cerdos, conviene señalar que éstos suponen más de la mitad de todo el ganado existente. Mientras que en Europa la tendencia ha comenzado a invertirse, disminuyendo la producción de carne un 5% en los últimos cinco años (lo cual no es casual, si no que ha sido impulsado desde las instituciones), aquí ha aumentado un 15%, más de la mitad de la cual es exportada.

¿Y qué significa todo esto? Básicamente: peores condiciones para los animales, tremenda contaminación atmosférica y del suelo y acuíferos, deforestación de vastas extensiones en otras latitudes donde se cultiva la soja y demás materia prima para los piensos, además de otras cuestiones sociales como las pésimas condiciones laborales, el despoblamiento rural, etc.

En cuanto a los animales, numerosas investigaciones realizadas en los últimos años ya han mostrado al mundo lo que ocurre en las granjas industriales. Desde las incursiones de Igualdad Animal en granjas de cerdos, conejos y patos2 hasta reportajes mucho más mediáticos como el de Salvados en 2018, han mostrado animales que viven hacinados o encerrados en jaulas minúsculas toda su vida, padeciendo enfermedades y dolencias que hacen que un buen número de ellos ni siquiera sobreviva hasta ser enviados al matadero (hasta el 10% de los cerdos de cebo, según el Ministerio de Agricultura).

En cuanto a los efectos ambientales de estas granjas intensivas, los datos no son menos alarmantes. Los purines (residuo resultante de las heces y orines) son acumulados en enormes balsas desde las que serán transportados a otras fincas donde serán vertidos. Teóricamente esto debe hacerse en fincas autorizadas, cuyas características minimicen el impacto de este producto. La realidad es que el transporte de los purines resulta caro, por lo que suelen verterse en fincas cercanas, además de filtrarse desde las balsas al terreno, contaminando el suelo y los acuíferos debido al exceso de nitratos. Esto es lo que ha ocurrido en el Campo de Cartagena donde, hace tres años, fueron inspeccionadas varias balsas de purines cercanas al mar Menor y se comprobó que más del 90% no cumplía con las normas de construcción. El consecuente desastre ecológico del mar Menor hemos podido verlo en todos los medios. Un dato más que nos da una idea de la magnitud del problema: “En el período 2016-2019 la cantidad media de los nitratos presentes en las aguas subterráneas de España ha aumentado un 51,5%” (El País).

Por otro lado y no menos importante, están las emisiones de metano a la atmósfera. Según el estudio “Atlas de la carne”, publicado recientemente por las organizaciones Amigos de la Tierra y Fundación Heinrich Böll, las actividades de ganadería industrial son responsables de hasta el 21% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero.

Otro informe recomendable para entender el alcance del impacto de esta industria a nivel global es el publicado en enero de este mismo año por Ecologistas en Acción: “Con la soja al cuello: piensos y ganadería industrial en España”. Además de la deforestación y destrucción de ecosistemas que supone este cultivo (del cual solo el 6% a nivel global se destina a consumo humano, al contrario de lo que piensan los que ladran que “los veganos se cargan la selva amazónica con su tofu”), el informe nos habla del papel determinante que ha tenido en el Estado español la importación masiva de soja a bajo precio para la evolución hacia este modelo de macrogranjas, habiéndose convertido España en la mayor productora de piensos compuestos de Europa en 2018, con más de 24 millones de toneladas.


 

La santificación de la ganadería extensiva

Como decíamos al comienzo, toda esta crítica a las macrogranjas que acabamos de hacer ya ha sido ampliamente difundida a un nivel que hace solo unos pocos años nos parecía impensable. Y tras la crítica a este modelo despiadado, se contrapone la ganadería extensiva como modelo bondadoso y salvador, exento de impacto alguno e incluso beneficioso ecológicamente.

¿Pero es esto realmente así? Para empezar, debemos romper el mito de que en la ganadería extensiva los animales no sufren. La trampa del “bienestar animal” nos hace pensar que, simplemente por comparación con los horrores de la intensiva, el ganado extensivo lleva una vida igual o mejor a la que tendrían en libertad, pero esto simplemente no es así. A parte del hecho incuestionable de que su fin será la muerte prematura en un matadero (cuestión que sabemos que no supone un dilema moral para la mayoría de la población), hay que recordar en qué condiciones ocurre esto, porque tanto en el manejo cotidiano de estos animales, como en el transporte y finalmente en los mataderos, existe maltrato, violencia y mucho sufrimiento para los animales. Además de las prácticas permitidas, muchas de las cuales no dejan de ser crueles, la realidad es que la ausencia casi total de inspecciones hace que las explotaciones puedan saltarse por completo la normativa de bienestar animal en cuestiones del manejo diario de los animales, como el uso excesivo de picas eléctricas, la castración (practicada en muchas ocasiones sin anestesia) y mutilaciones, etc. La investigación “Dentro del matadero” realizada por Aitor Garmendia entre 2016 y 2018 en mataderos del Estado español da cuenta de las atrocidades cometidas en estos centros, a los que, recordemos, van a parar tanto los animales de granjas intensivas como los de extensivas, y en los que la normativa destinada a “proteger” a los animales no es más que papel mojado (recomendamos la lectura de un breve resumen sobre esta investigación publicado en Dentro del Matadero: una investigación sobre la matanza industrial de animales en España .


 

Por otro lado, se defiende, incluso desde algunas organizaciones ecologistas, que la ganadería extensiva no tiene un impacto ecológico negativo porque se integra en el ecosistema de manera que los nitratos son aprovechados por la vegetación y no causan contaminación, y que no resta recursos a la agricultura ya que ocupa terrenos no aptos para el cultivo y no requiere de piensos para la alimentación del ganado. Si bien esto pudiera ser cierto en determinados territorios y bajo determinadas condiciones (la cría de yaks en la estepa mongola, o, por poner un ejemplo más cercano, un pequeño rebaño de ovejas en la sierra de Cuenca), no es en absoluto una afirmación que se pueda generalizar. Si hablamos del aquí y ahora y no nos vamos a economías de subsistencia en territorios en los que la ganadería extensiva es esencial para no morirse de hambre, la realidad no es tan bucólica. El sobrepastoreo “ha constituido en España una de las causas históricas de degradación de las cubiertas vegetales” contribuyendo al avance de la desertificación (no lo decimos nosotros, lo dice el Ministerio de Transición Ecológica). Muchas de las dehesas que hoy se ponen como ejemplo de ecosistema equilibrado, fueron en su momento bosques no solo perfectamente equilibrados sino mucho más ricos en biodiversidad. Los conflictos de la ganadería con la fauna salvaje también son evidentes, y si no que se lo digan al lobo, perseguido y demonizado como culpable de cualquier mal allí donde comienzan a recuperarse sus poblaciones. Y por poner un ejemplo más de los impactos de la ganadería extensiva, podemos hablar de los centenares de incendios que han arrasado Asturias este invierno, como cada año desde que en 2017 se modificara la Ley de Montes permitiendo el aprovechamiento de los terrenos quemados para pasto.

Porque la ganadería extensiva como modelo de explotación no se limita a “lo más ecológicamente sostenible”, sino que es un negocio más que busca el mayor beneficio y expansión posibles, y para ello, por supuesto que ocupa terrenos que podrían destinarse a la agricultura, usa piensos como complemento, entra en conflicto con la fauna salvaje y con la conservación de los ecosistemas y le importa una mierda el bienestar de los animales.

Por eso, si lo que se defiende es eliminar el modelo intensivo y que sea el extensivo el que abastezca de carne a la población, además de ser algo completamente imposible por muchísimo que se redujera el consumo de ésta, los impactos no serían ni mucho menos neutros. El discurso que pasa todo esto por alto, no hace más que hacerle un favor a la industria cárnica en su crecimiento y legitimación.

 

Extraído de https://www.todoporhacer.org

 

jueves, octubre 21

Yogur y carne, alimentos de alto impacto ambiental y animal, aunque sean ecológicos o de ganadería extensiva

 

 

Este artículo se inspira en una papelera. Una papelera que estaba llena de plásticos. No es un caso aislado. Si ojeas las papeleras de la ciudad las verás llenas de material reciclable: botellas, latas, bolsas… Mi papelera tenía una curiosidad. Albergaba siete o diez, envases de yogur. No los conté. Eran demasiados.

La publicidad funciona, aunque mienta. La inconsciente ciudadanía quiere creerse esos bonitos anuncios de vacas felices regalando su leche a cariñosos granjeros que las llaman por su nombre. También prefiere pensar que el reciclaje es ecológico.

La Fundación Española de la Nutrición (FEN) recomendaba la ingesta de CINCO lácteos al día. Años más tarde, sus anuncios solo recomiendan TRES lácteos al día. Lo de cinco era exagerado. Pero… ¿quién financia la FEN? Un vistazo a su web les hace perder toda credibilidad. Los que pagan esos “estudios” son las empresas más contaminantes del planeta. Vemos empresas interesadas en que se consuman lácteos en envases de usar y tirar, tales como Puleva, Pascual o Nestlé. La FEN tiene otros socios sospechosamente interesados en estudios alimenticios a medida: Coca-cola, Pepsi, McDonalds, Campofrío…

Esas empresas no pagan para que la FEN difunda resultados de una investigación científica objetiva. Las empresas pagan para que nos engañen. La realidad científica no tiene que reflejarse en la publicidad.

Tampoco hace falta ser científico para percatarse del infierno que suponen las granjas de animales en las industrias actuales. No hay vacas felices que regalen su leche. El concepto de granja ecológica y de bienestar animal no es viable. Y si lo fuera, no verías sus anuncios en TV. Lo rentable es tratar a los animales como si fueran máquinas insensibles. Los animales de granja huirían si pudieran.

Los que consideran que comer carne y lácteos es algo esencial en su vida, se agarran a la ganadería extensiva como salvación. Los estudios científicos indican que la ganadería extensiva tiene un nivel de emisiones de carbono superior a la intensiva. Toda ganadería (extensiva o intensiva) es una de las principales causas de pérdida de biodiversidad. Otros estudios reflejan que:

Digámoslo muy claro:

Es mejor comer de forma vegana aunque nuestros alimentos procedan de lejanos países y se hayan producido en las peores condiciones ambientales.

En otras palabras, si el mundo adoptara una dieta basada en plantas las tierras de agricultura podrían reducirse de cuatro mil millones de hectáreas a solo mil. Otros estudios ofrecen resultados similares. RECORDEMOS ESTE DATO: El 85% de las tierras de cultivo se utilizan para alimentar ganado y solo produce el 32% de las calorías. Esto implica que solo el 15% restante de tierras se usa para cultivar plantas para consumo humano directo y eso supone el 68% de las calorías. Liberar tierras de agricultura (rewilding) supone un respiro a la naturaleza (reducir pesticidas, reducir consumo de agua, etc.). Dejando de comer chuletones al punto, podemos reverdecer el planeta azul.

Hay al menos cuatro argumentos para comer menos carne y otros seis para rechazar los lácteos. No hace falta ser científico para entenderlos. Solo hace falta tener un poco de sensibilidad ambiental y animal. Mientras haya indiferencia, seguirán muriendo vacas porque no dan suficiente leche.

 

Extraído de https://blogsostenible.wordpress.com

domingo, abril 18

La especie animal que se atreve con todo

 

 

¿Cómo definir la especificidad humana? Si observamos su relación con otras especies, la humanidad parece haber revelado con patético ardor una constante antropológica: la ceguera interesada


Los cañones reales disparan en la abarrotada explanada del Palacio de Versalles. Es exactamente la 1 de la tarde, y en este 19 de septiembre de 1783, frente a Luis XVI y su familia, un pato, un gallo y una oveja entran plácidamente en la historia de la aeronáutica. Tras instalarse en la cesta de mimbre fijada al globo aerostático de los hermanos Montgolfier, el aparato no tarda en elevarse hasta los 600 metros de altura y en recorrer varios kilómetros, ante los vítores del público atónito. A pesar de la desgracia de un desgarro en el globo que acortará su histórico vuelo, los tres héroes, ataviados con lana y tela de plumas, aterrizan en los bosques de Vaucresson. Serán recompensados por el delfín, que les abrirá las puertas de su zoológico particular. Sólo unas semanas después de la hazaña de nuestros aeronautas involuntarios, los humanos despegarán de la tierra a su vez, con menos riesgo.
 

Desde entonces, animales acuáticos o terrestres (codornices, medusas, gatos, perros, monos, salamandras...) han sido propulsados por decenas hacia la estratosfera, sin haber tenido siempre la buena estrella de sus tres antepasados. Todavía a principios del siglo XXI, para realizar experimentos científicos y también para asegurar su producción industrial o satisfacer sus necesidades alimentarias, la humanidad embarca a innumerables animales. En todo el mundo, casi 100 millones de ellos se utilizan anualmente en los laboratorios, se sacrifican 70.000 millones de aves y mamíferos para la alimentación y se pescan un billón de peces. Para hacer posible este productivismo, no sólo hemos ideado sofisticados protocolos científicos y zootécnicos, sino que también disponemos de mecanismos psicológicos que nos permiten ignorar o legitimar los daños que se derivan de esta explotación. Si el daño infligido por el homo sapiens a otras especies no tuviera también consecuencias muy desfavorables para la propia existencia humana, sólo podríamos hablar de insensibilidad o crueldad. Por desgracia, con su explotación generalizada de los animales, la humanidad corre el riesgo de continuar su viaje como el globo averiado: en condiciones peligrosas. Algunos autores publican hoy en día libros con títulos estridentes sobre los estragos ecológicos y la barbarie de las granjas industriales (“Farmageddon”) o denuncian la pesca intensiva (“Aquacalypse”), pero a pesar de estas advertencias, seguimos dormidos como troncos. Porque la especie a la que pertenecemos tiene el peligroso privilegio de estar dotada de los resortes psicológicos que permiten que su espectacular necedad florezca en una relación absurda con otros animales.

Enrique IV, el rey de “la poule au pot (cocido de gallina) cada domingo”, tenía un famoso ministro de Hacienda, Sully, al que le gustaba proclamar que “el pastoreo y el arado son las dos ubres de Francia”. Haciéndose eco de esta imagen rural, se propondrá aquí que las ubres de la estupidez humana en su relación con los animales son tres: incoherencia, ignorancia y racionalización.

Las ubres de la incoherencia lógica

La incoherencia lógica es evidente en los textos legales relativos a los animales, considerados a la vez como “seres vivos dotados de sensibilidad” y “sujetos al régimen de propiedad” (artículo 515-15 del Código Civil Francés). Tomemos el caso del conejo: actualmente es una de las mascotas más comunes en Francia, pero también el mamífero más consumido. Si no cumplimos con nuestras obligaciones con él, descuidando su alimentación, su cuidado y sin garantizar unas condiciones de vida acordes con sus necesidades, corremos un alto riesgo de incumplir la legalidad puesto que, según el código penal “sea o no públicamente, el hecho de infligir un abuso grave, que sea sexual o no, o cometer un acto de crueldad hacia un animal doméstico, o domesticado o mantenido en cautividad, se castiga con dos años de prisión y 30.000 euros de multa” (artículo 521-1 del Código Penal Francés). Sin embargo, la ley autoriza la cría de conejos en batería en condiciones incalificables de confinamiento. Empero detrás de esta incoherencia hay una racionalidad, pero que se sitúa en otro nivel. El valor del animal está ligado al uso instrumental o afectivo que se hace de él, o a las representaciones justificadoras que los humanos mantienen respecto a la especie en cuestión. Lo mismo ocurre entre los defensores de los animales: según las observaciones de un veterinario, los activistas que luchan contra la experimentación animal actúan más contra los laboratorios que utilizan primates o perros que los que utilizan ratones o ratas. Este antropocentrismo, que organiza el valor de los animales según sus propios intereses, es la clave para explicar la jerarquía que operamos entre los animales.

Las ubres de la ignorancia

Para quien utiliza animales, la ignorancia es el más placentero de los consuelos. Recientemente, el artista circense André-Joseph Bouglione, tras decidir excluir a los animales de sus espectáculos, confesó que “el ligero balanceo que hacen los elefantes cuando están parados, para mí, significaba que estaban relajados. […] Lo que creía que era un signo de relajación era en realidad un trastorno relacionado con el confinamiento” (2008 p. 54-55). El desconocimiento de las capacidades cognitivas, perceptivas y sensoriales de los animales habrá permitido su sujeción durante siglos, y aún hoy la ignorancia sobre ellos sigue siendo abrumadora. En junio de 2017, The Washington Post publicó una encuesta en línea realizada a una muestra representativa de estadounidenses que indicaba que el 7% de los encuestados (más de 16 millones de personas) afirmaba que la leche de cacao procede de vacas pardas. Peor aún, una encuesta del Departamento de Agricultura de EE. UU. reveló que uno de cada cinco adultos no sabía de qué animal procedía la carne de las hamburguesas. Dos investigadores de la Universidad de Davis (California), Alexander Hess y Cary Trexler, entrevistaron a niños de 11 a 12 años y descubrieron que el 40% no sabía que la carne de las hamburguesas procedía de las vacas, y el 30% no sabía que el queso se hacía con leche. La ignorancia alimentaria también brilla a este lado del Atlántico: una encuesta francesa realizada entre niños de 8 a 12 años reveló que el 40% no sabía de dónde procedían productos como el jamón, y dos tercios no podían decir de dónde procedía el bistec. Además, una alta proporción de niños informó de que el pescado no tenía espinas.

La ignorancia secular de los humanos respecto a la cognición de los animales ha fomentado relaciones de dominación que aún hoy son difíciles de corregir a pesar de los avances de la etología cognitiva y la neurociencia. Sin embargo, los expertos consideran ahora que “los animales no humanos poseen los sustratos neuroanatómicos, neuroquímicos y neurofisiológicos de los estados de conciencia, así como la capacidad de realizar conductas intencionales” (Declaración de Cambridge, 2012), y no falta bibliografía para demostrar que los animales no son tan bestias. Pero la mera difusión del conocimiento está lejos de ser suficiente para curar las extravagancias de la razón. La obliteración del animal y la descorporeización de la carne contribuyen a una meticulosa eufemización de las realidades de la cría y el sacrificio de animales que a veces se refleja en las directrices de la industria. Una revisión de los profesionales de la carne citada por Scott Plous, de la Universidad de Wesleyand, recordaba que “hacer saber a un consumidor que la chuleta de cordero que acaba de comprar forma parte de la anatomía de una de esas simpáticas criaturas que se ven retozando en los campos en primavera es probablemente la forma más segura de convertirlo en vegetariano”.

También cabe mencionar otra forma de ignorancia. Se trata de la minimización sistemática por parte de los consumidores de la cantidad de carne que ingieren. Por ejemplo, los resultados de varias encuestas indican que entre el 60% y el 90% de las personas que se definen como vegetarianas han consumido, no obstante, carne en los días anteriores a la encuesta. La mayoría de los estudios sobre el vegetarianismo revelan que nada menos que dos tercios de las personas que se autodenominan vegetarianas comen ocasionalmente pollo y ¡el 80% come pescado! Por último, basta con informar a los participantes de que van a ver un reportaje sobre el sufrimiento de los animales para que reduzcan inconscientemente la cantidad de carne que dicen consumir. A veces, para reducir el sufrimiento de los animales, algunos consumidores dejan de comprar bandejas de carne roja... pero aumentan su consumo de aves de corral, lo que amplía el número de animales consumidos y, por tanto, el número de animales que probablemente han sufrido. Para los que finalmente han optado por una dieta sin carne, la cosa no acaba ahí. Un estudio demostró que las personas que recibían una barra nutricional la encontraban menos sabrosa si se les hacía creer que contenía soja.

Las ubres de la racionalización

A la ignorancia ordinaria se añade lo que podría llamarse ignorancia motivada. Para evitar el inconveniente de tomar conciencia de la incoherencia entre los comportamientos de consumo y las representaciones relativas a los animales consumidos (que justificarían abstenerse de ellos), una solución cómoda es modificar estas representaciones, como sugiere la teoría de la disonancia cognitiva. Por ejemplo, una encuesta demostró que las capacidades mentales atribuidas a una serie de animales estaban simplemente correlacionadas con su comestibilidad: las vacas o los cerdos eran percibidos como dotados de vida mental más limitada que los gatos, los leones o los antílopes. En otro estudio, se pidió a los participantes que evaluaran la capacidad mental de una oveja tras ser informados de que ésta se iba a trasladar a un prado diferente, o lo contrario, de que iba a estar en el menú de una próxima comida. En este último caso, la capacidad mental de la oveja estaba reducida. Otros trucos de magia intelectual que se pueden utilizar para justificar el consumo de carne, como las justificaciones teleológicas (“Las plantas existen por el bien de los animales, y los animales salvajes por el bien del hombre” (Aristóteles), apagón empático (“Vemos... que la muerte es dolorosa para los animales. Pero el hombre desprecia esto en la bestia (San Agustín), la mitología eufemística del consentimiento animal (que nos ofrecería su carne a cambio de nuestro ”buen“ cuidado), la negación del sufrimiento animal (”los animales sufren menos cuando son sacrificados conscientemente que cuando son degollados aturdidos“), la invocación de metas superiores (como ”alimentar a la humanidad“ o el ”argumento del niño con cáncer“ para defender la investigación) o incluso la supervivencia (”si el hombre está condenado al vegetarianismo, no sobrevivirá“), la invocación de una aporía alimentaria (el argumento del ”sufrimiento de las plantas“), la demonización del vegetarianismo (presunta de misantropía).

Conclusión:

Los humanos se han atrevido a todo con los animales. Pero no es una fatalidad. Uno de los miembros de nuestra especie, un filósofo, afirmó recientemente: ”Si me pongo a pensar, me vuelvo vegetariano". Esta confesión de Michel Onfray no está desmentida por la ciencia: los que comen leguminosas están lejos de tener un cacahuete por cerebro. Mejor; los niños que tienen un coeficiente intelectual superior a la media a los diez años optan con más frecuencia por una dieta sin carne cuando son adultos, independientemente de su clase social, educación e ingresos. Entre los adultos, la curiosidad intelectual está vinculada a esta elección alimentaria. En conclusión, aunque la carne puede haber contribuido al desarrollo del cerebro en nuestros antepasados, es muy posible que ahora haya cambiado de bando.

En la barquilla suspendida en el espacio que llamamos tierra, hay algo que anda mal los otros animales. El creciente conocimiento de nuestra parte común, el peso de los riesgos sanitarios y el presagio de un colapso ecológico son llamadas a ser un poco más inteligentes. 

 

 Laurent Bègue-Shankland

El artículo fue publicado originalmente en la revista de la Association Végétarienne de France.
 

 

martes, marzo 16

Comprar cuero es maltratar animales

 

Nuestra sociedad (en general) se indigna cuando surgen noticias de maltrato animal (especialmente hacia perros, gatos o caballos). Sin embargo, convivimos con el maltrato animal a diario y la sociedad no lo ve, tal vez porque no quiere verlo. Un ejemplo es el uso generalizado de cuero. El cuero es piel de un animal que vivió —casi con seguridad— en condiciones indeseables: sufrió durante su vida y durante su muerte.

En un bolso, unos zapatos o un cinturón de cuero, también podemos ver los ojos de un animal pidiendo que no mercadeemos con su piel. Estamos éticamente obligados a preguntar por los componentes de cada objeto antes de comprarlo.

El cuero suele ser piel de vaca, pero también lo hay procedente de otros animales (cerdos, ovejas, cabras, caballos, avestruces, reptiles… incluso perros y gatos en China para productos baratos que se venden por todo el mundo). Una vez arrancada la piel del animal, se pierde la pista de su origen. Antes de venderla hay que curtirla para evitar su putrefacción. En todo el proceso hay, al menos, tres graves problemas:

  1. Impacto ambiental: Aquí tenemos que incluir dos aspectos inseparables.
    1. Impacto de la ganadería en su conjunto (cría, transporte y sacrificio): Esta es una de las industrias más conflictivas del planeta, provocando deforestación, contaminación de tierras, consumo excesivo de agua, grandes emisiones de gases contaminantes (especialmente metano), contaminación de acuíferos, de ríos y de mares, pérdida de hábitats, extinción de especies, etc. Reduciendo la ganadería se reduciría la contaminación y tendríamos tierras y agua para alimentar y vestir a muchas más personas (lo dice la ciencia). Se estima que la ganadería:
      • Es la responsable del 18% de las emisiones contaminantes de GEI.
      • Ocupa más del 30% de las tierras cultivables del planeta.
      • Consume más del 50% del agua que usan los humanos.
    2. Impacto del curtido: Se usan productos químicos muy contaminantes, como cromo, arsénico o cianuro, además de grandes cantidades de agua, lo que eleva la huella hídrica de los productos de marroquinería.
  1. Condiciones de los trabajadores: Entre los trabajadores del curtido hay mucha incidencia de cánceres (especialmente cáncer de páncreas), problemas respiratorios y cutáneos. Los salarios y las condiciones laborales suelen ser malas, incluso permiten el trabajo de menores (en Pakistán, por ejemplo, uno de los grandes exportadores de cuero). El trabajo en mataderos es, obviamente, indeseable para la mayoría de las personas. Suelen trabajar allí los que no tienen otras alternativas.
  1. Maltrato animal: Hasta usar lana es una forma de esclavizar animales y en su cría se les provoca mucho dolor y sufrimiento invisibilizado (como el desconocido proceso de mulesing). Por tanto, con más motivo el cuero es algo éticamente rechazable. Es imposible producir cuero de forma ética para los animales.

La industria del cuero no es ajena a sus problemas y por eso aplica técnicas de greenwashing para confundir a los consumidores. Cuatro de estas estrategias son:

  1. Algunos presumen de ser “libres de cromo” (chrom-free), pero evitan mencionar que usan otros productos químicos y, por supuesto, no hacen nada respecto a los demás problemas mencionados.
  2. Otros alegan sellos de “bienestar animal” diciendo que sus animales se han criado en “semilibertad y ecológicamente”. Aunque unos animales pueden vivir mejor que otros, se están usando de forma egoísta, simplemente por el beneficio para los humanos y, por supuesto, al final todos los animales son sacrificados (incluso los de granjas supuestamente ecológicas).
  3. Otro argumento es que la humanidad lleva usando pieles desde la prehistoria. Un argumento absurdo que no justifica hoy todos los problemas que hemos expuesto, más aún cuando tenemos muchas alternativas disponibles. En todo caso, el consumo en la prehistoria no amenazaba la estabilidad planetaria. En la prehistoria no había macrogranjas, ni se producía soja deforestando el Amazonas para alimentar ganado a miles de kilómetros.
  4. Los defensores del cuero alegan que es un subproducto de la industria de la carne. El argumento no sirve porque la industria ganadera también gana dinero vendiendo la piel y podría alegarse que la carne es un subproducto de la industria del cuero. Lo mismo se puede decir con los huesos de los animales con los que se fabrican cosméticos, gelatinas y golosinas, por ejemplo. Tanto si compras carne como si compras gelatina, golosinas o cuero estás dando dinero a esa industria, la cual te agradece tu contribución y tu apoyo directo.

Es imposible descubrir el origen del cuero de un producto: nunca lo pone en la etiqueta. Tampoco se indica nunca la especie del animal del que procede esa piel. Si es algo barato, muy posiblemente es piel de perro. Muchas veces el cuero viene de lejanos países donde las leyes sobre bienestar animal son laxas o inexistentes. Un curioso caso es el de India: dado que allí la vaca es un animal sagrado está prohibido matarlo en casi todos los estados. Lo que hacen es matarlas clandestinamente o transportarlas a países o estados donde es legal su sacrificio. Hasta las vacas sagradas mueren para alimentar el comercio internacional.

 Lo mejor de todo es que hay alternativas vegetales y no son caras. El nailon es una alternativa plástica, pero no es recomendable porque produce micro y nanoplásticos que contaminan el planeta. Solo tenemos que buscar esas alternativas vegetales y elegir con conciencia planetaria. A veces es imposible saber si un producto tiene elementos de origen animal porque ni siquiera lo saben los vendedores. En ese caso, para estar seguros debemos acudir a marcas y tiendas que garanticen ser veganas.

 

Extraído de https://blogsostenible.wordpress.com