Cuando la multitud hoy muda, resuene como océano.

Louise Michel. 1871

¿Quién eres tú, muchacha sugestiva como el misterio y salvaje como el instinto?

Soy la anarquía


Émile Armand

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jueves, octubre 22

El recrudecimiento artificial del poder

 CONTROL VIGILANCIA ANARQUISMO

«Seguimos en el mismo sitio y no encontramos salida: no sabemos guiar el cortejo fúnebre de lo real, del poder, de lo social mismo, implicado también en la depresión en que nos agitamos. Y es precisamente por un recrudecimiento artificial del poder, de lo real y de lo social por lo que intentamos escabullimos».
Jean Baudrillard, Cultura y simulacro, 1978.

 

Vivimos obsesionados con futuros distópicos y escenarios de ciencia ficción mientras ignoramos que todo lo que más tememos forma parte de nuestro presente. La digitalización integral, la transformación del control, la vigilancia y la programación de la vida han cancelado la distancia temporal que separaba el presente del porvenir: la distopía ciberpunk se ha consumado. El futuro ya no es una promesa ni una amenaza. Es una condición operativa del ahora. La proliferación global de tecnologías de vigilancia inteligente, el análisis masivo de datos y los sistemas algorítmicos de decisión conforman nuestra nueva realidad. Este hecho irrefutable ha contribuido a la convulsión de la psique colectiva, propagando la ansiedad en todas las iglesias, incluidas las pequeñas sectas, del amplio Pantone ideológico. El resultado general es una imagen distorsionada de la dominación algorítmica, preñada de todo tipo de credos y —en términos adornianos— una disponibilidad social latente hacia el fascismo.

Esta distorsión nos impide ver la fotografía completa e identificar el problema fundamental que produce: una redefinición antropológica. Al transformar al animal humano (de sujeto políticosocial a nodo de datos optimizable), la dominación impone nuevas lógicas de acumulación económica y control social. Digamos entonces, que las nuevas tecnologías se han convertido en instrumentos ideológicos y económicos que subvierten conceptos y prácticas históricas e impactan directamente en nuestras vidas.

La paradoja es que la mayoría de las personas usuarias de dispositivos móviles lo saben. No obstante, descartan de antemano que la biometría obligatoria y el saqueo constante de datos personales pueda ocasionarles algún problema. Tampoco lo perciben como un modo de autoexplotación. Mucho menos lo identifican como un medio eficiente de control y vigilancia, pese a estar brindando información las 24 horas del día, incluso en modo «apagado» —lo que facilita la geolocalización en tiempo real y la escucha permanente—. Como diría Foucault: «La gente sabe lo que hace; con frecuencia saben porque lo hacen; pero lo que no saben es qué consecuencias tiene lo que hacen».1 Esta reflexión foucaultiana hoy cobra especial relevancia en el contexto de la dominación algorítmica donde nuestras acciones, invariablemente, terminan nutriendo los mecanismos de control y vigilancia del Poder.

La información digital recabada mediante la vigilancia masiva y selectiva de datos cotidianos de consumidores de aplicaciones y publicidad digital con fines de «inteligencia publicitaria» (ADINT, por sus siglas en inglés) está siendo maliciosamente utilizada con otros objetivos. Esta práctica se ha incrementado a nivel planetario de la mano de la economía de la vigilancia de datos personales.

En el marco económico, las empresas que realizan estudios de mercado a través de los datos recopilados de manera anónima en redes sociales, aplicaciones y páginas de Internet, utilizan esta información para «conocer tendencias de consumo», la ubicación exacta de un cliente específico o un potencial comprador, así como sus gustos en relación con las aplicaciones que usa. En el contexto coercitivo («seguridad pública» e «inteligencia militar»), la recolección, clasificación e interpretación de datos a través de softwares y biometría avanzada2 ha puesto en marcha un sistema de rastreo en tiempo real de millones de personas alrededor del mundo con su inmediata clasificación como «negativos», «falsos positivos» o, en su defecto, «amenaza potencial». Asumiendo, de forma invariable, que cualquier persona representa de antemano una amenaza. De tal suerte, todo se reduce a «rastrear, contener y neutralizar».3

Diversas investigaciones han mostrado en fechas recientes que al menos 75 países utilizan activamente tecnologías de IA con fines de control social, incluyendo reconocimiento facial y sistemas de vigilancia predictiva.4 Si bien este método de control se implementó en la mayoría de los países para el «rastreo de contagios» bajo el argumento de «emergencia sanitaria» durante la pandemia de COVID, muchos gobiernos ya habían utilizado estas tecnologías de vigilancia en manifestantes y opositores.

Destacan en esta práctica China, Corea del Sur y Rusia. En el caso concreto de Hong Kong, se registró un notable incremento en el uso de tecnologías de vigilancia con IA durante las protestas masivas de 2019. En Rusia, en el último quinquenio, se amplió de manera significativa la red de cámaras de videovigilancia y sistemas de reconocimiento facial con IA en las ciudades de Moscú y San Petersburgo. En Atenas, Londres, Delhi, Ciudad de México, New York, Washington D.C., Los Ángeles, Minneapolis, Saint Paul, New Orleans, Roma, Santiago de Chile, Tel Aviv y Singapur se observan incrementos similares.

En Corea del Sur, por ejemplo, el uso de reconocimiento biométrico en la represión de manifestantes, opositores y extranjeros, ha experimentado una expansión manifiesta desde diciembre de 2025 tras las medidas que impusieron el reconocimiento biométrico obligatorio para poder activar una línea de telefonía móvil, forzando a los usuarios a cotejar la información biométrica con el documento de identidad.

Desde febrero de 2026, en México es obligatorio como documento de identidad la Clave Única del Registro de Población (incluye huellas dactilares de ambas manos, escaneo de iris, fotografía digital y firma electrónica),5 imprescindible a la hora de realizar trámites (laborales, bancarios, educativos, de salud, entre otros) que requieran verificación de identidad. Al igual que en Corea Del Sur, también ha hecho obligatorio el registro de las líneas de telefonía móvil vinculado a la CURP biométrica, con la advertencia de que se le suspenderá la línea a quien no cumpla con la medida. La justificación oficial para la puesta en práctica del reconocimiento biométrico obligatorio ha sido la búsqueda de personas desaparecidas, la supresión del robo de identidad —a fin de «evitar extorsión y fraude»— y el fortalecimiento de la «seguridad pública». En paralelo, en las principales ciudades de México con mayor concentración poblacional, se ha registrado un preocupante aumento en la instalación de cámaras inteligentes con reconocimiento facial,6 conectadas al Centro de Comando, Control, Cómputo, Comunicaciones y Contacto Ciudadano (C5) en las diversas entidades federativas.

A través de la Autoridad de Identificación Única de la India (UIDAI), el gobierno nacionalpopulista de Narendra Modi ha registrado los datos biométricos del 99.5% de la población adulta del país, contando con más de 1 340 millones de registros. Mediante el sistema Aadhaar se efectúan diariamente millones de autenticaciones en tiempo real para poder acceder a servicios sociales y bancarios. De la mano del control biométrico, India ha expandido en todo su territorio el uso de cámaras de videovigilancia inteligente, convirtiendo al país en uno de los más vigilados del mundo. Es de destacar la ultravigilancia de la ciudad de Hyderabad con más de 500 mil cámaras instaladas (una por cada 30 habitantes). En este sentido, la videovigilancia inteligente es utilizada de forma constante por las autoridades indias para la detección de multitudes, monitoreo de matrículas de automóvil (ANPR) e identificación de «comportamientos sospechosos» en tiempo real, con particular saña contra minorías (musulmanes, sijes, etc.), activistas sociales y opositores al nacionalismo hindú.

Estados Unidos es sin duda uno de los países que más explota las «capacidades tecnológicas» con fines represivos y los ha consolidado como «infraestructura soberana». Su aplicación es una constante en planificación militar, al igual que en investigación policial y, logística, proyección y coordinación de las diversas agencias de seguridad nacional (NSA,ICE, FBI, etc.). La Sección 702 de la Ley de Vigilancia de Inteligencia Extranjera (FISA, por sus siglas en inglés) es una prueba fehaciente del análisis invasivo de los datos de ubicación, de los comportamientos comerciales y las comunicaciones sin necesidad de solicitar una orden judicial para intervenirlas.7

La recopilación de datos comerciales y datos de inteligencia mediante herramientas de IA que cruzan información personal extraída de diferentes plataformas de comercio electrónico (Amazon, Mercado Libre, Magento, Shopify, etc.) y plataformas de billetera digital (PayPal, Google Wallet, Skrill, Apple Pay, Samsung Pay, etc.), con información masiva de distintas fuentes de registro generada en dependencias que emiten documentos oficiales (pasaportes, licencias de conducir, tarjetas de elector, tarjetas del Seguro Social, actas de matrimonio, tarjetas de Medicaid, préstamos para educación superior, etc.), ha facilitado al gobierno estadounidense la construcción de un enorme Estado de vigilancia. Se trata de la puesta en práctica de una doctrina estratégica que intenta imponer el control social en el ámbito local y la soberanía digital con preeminencia global.

En consecuencia, la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP, por sus siglas en inglés) y el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) han implementado un conjunto de tácticas de vigilancia inteligente con el objetivo de «optimizar» la persecución y el arresto de migrantes ilegales. De tal suerte, las redadas y detenciones masivas han estado acompañadas de un incrementando en las detenciones selectivas. Clearview AI y Palantir son los garantes de esta cacería humana. Aunque operan como empresas separadas, sus tecnologías se complementan en los sistemas de vigilancia gubernamental, logrando una sinergia entre la integración y el cruce de bases de datos masivas que realiza Palantir —con el propósito de rastrear objetivos y trazar patrones de conexiones en tiempo real— y el reconocimiento facial que ejecuta Clearview AI —comparando rostros captados por cámaras de vigilancia inteligente contra una base de datos de más de 30 mil millones de imágenes extraídas de las redes sociales e incluso de la nube—.

Este ecosistema de IA, conformado mediante la interacción de las plataformas de ambas compañías (y reforzado con otros proveedores de software de rastreo como la aplicación Mobile Fortify de la NEC Corporation),8 se ha consolidado en un programa avanzado conocido como ImmigrationOS que examina datos biográficos, biométricos y de geolocalización de migrantes con la intención de priorizar las deportaciones. Empero, esta red de vigilancia masiva impulsada por tecnologías invasivas no se limita a rastrear y localizar migrantes ilegales, también está siendo utilizada por el Departamento de Seguridad Nacional (DHS) y otras agencias gubernamentales, incluido el FBI y las corporaciones policiales locales (estatales y municipales), que utilizan la información generada en base a la «predicción de escenarios». Con este fin, perfilan patrones de vida y monitorean en tiempo real a ciudadanos norteamericanos, con particular saña en el caso de personas racializadas, disidentes sociales, opositores políticos y anarquistas refractarios.

Pero esta cacería ya trascendió fronteras. La nueva política exterior de Washington ha puesto en la mira a los nucleamientos anárquicos que, consecuentemente, impulsan la praxis en todos los confines del Planeta. Así las cosas, el pasado mes de julio en el marco de la Reunión Ministerial sobre el Resurgimiento del Terrorismo Político, realizada en el Edificio Harry S. Truman en Washington, D.C., quedaron establecidos los nuevos lineamientos para el combate al «terrorismo político de extrema izquierda», contando con la anuencia de representantes de Alemania, Argentina, Bolivia, Canadá, Chile, España, Italia, Israel, Perú, Uruguay y otros 56 países.

En la lista confeccionada por el Departamento de Estado norteamericano de grupos «Terroristas Globales Especialmente Designados» (SDGT, por sus siglas en inglés) aparece la Federación Anarquista Informal/Frente Revolucionario Internacional (FAI/FRI), junto a un par de organizaciones autónomas griegas, entre otros agrupamientos no anarquistas clasificados como «Organizaciones Terroristas Extranjeras» (FTO). En el mismo tenor, esta «estrategia integral contra la amenaza global del terrorismo político de extrema izquierda» ha hecho hincapié en la «desarticulación de las redes de comunicación» mediante tecnologías de vigilancia inteligente. Esto motivó que el día de ayer (26/08/2026) entrara en vigor la Orden Ejecutiva 13224 de la administración trumpista —cumplida por el Departamento de Estado y la Oficina de Control de Activos Extranjeros del Departamento del Tesoro— que sanciona al colectivo italiano que autogestionaba al servidor Autistici/Inventati por proveer «infraestructura de alojamiento web, correo cifrado y herramientas de comunicación digital a redes violentas de extrema izquierda».9 La nueva medida implementada por la Casa Blanca se suma a la suspensión masiva de cuentas en plataformas de redes sociales (Facebook, Twitter/X, Instagram, etc.) con perfiles anarquistas y millones de hackeos e intentos de hackeos a cuentas de servidores alternativos que se han venido registrando en el último año y lo que llevamos de este.

 

Gustavo Rodríguez,
Planeta Tierra, 27 de agosto

 

  1. Cfr. Dreyfus, H. L. & Rabinow, P. (1982). Michel Foucault. Beyond Structuralism and Hermeneutics, Chicago: University of Chicago Press, Trad. Propia. pp. 187.( Consultado 25/8/2026). ↩︎
  2. La biometría avanzada es la tecnología que conjuga la biometría fisiológica (altura, complexión, reconocimiento facial, estructura del iris, tono de voz, huellas dactilares, morfología de la mano, etc.) con la biometría del comportamiento (trazos frecuentes en la caligrafía, velocidad y fuerza de las pulsaciones del teclado, movimiento del mouse o pad, ubicación del dispositivo, idioma utilizado, etc.) como método de autenticación de una persona a través de patrones únicos.  ↩︎
  3. Tal es el caso de Webloc, el sistema de vigilancia por geolocalización basado en publicidad. Desarrollado por Cobwebs Technologies (ahora a la venta por PenLink, tras la fusión de ambas compañías en 2023). Según la documentación consultada por los investigadores Wolfie Christl , Astrid Perry , Luis Fernando García , Siena Anstis y Ron Deibert, Webloc proporciona acceso a un flujo constante de registros de más de 500 millones de dispositivos móviles en todo el mundo, que incluyen identificadores de dispositivos, coordenadas de ubicación y datos de perfil obtenidos a través de aplicaciones móviles y publicidad digital, monitoreando la ubicación, los movimientos y las características personales de poblaciones enteras con una antigüedad de hasta tres años. En base a un análisis técnico realizado por los investigadores de Citezen Lab, se identificó que servidores afiliados a Cobwebs Technologies se encuentran en numerosos países, entre ellos Estados Unidos, Reino Unido, Israel, Países Bajos, Alemania, Suecia, Noruega, Italia, Francia, Irlanda, Hungría, Polonia, Chipre, México, Colombia, Brasil, Australia, Japón, Singapur, India, Indonesia, Emiratos Árabes Unidos, Irak y Kenia. Se desconoce si la ubicación de estos servidores corresponde a clientes ubicados en dichos países. Cfr: Descubriendo Webloc: Análisis de la tecnología de vigilancia por geolocalización basada en anuncios de PenLink. (Consultado 25/ 8/2026). ↩︎
  4. En la versión completa del Índice también puede consultarse un mapa interactivo con la clave del índice que muestra visualmente la difusión global de la tecnología de vigilancia de IA. (Consultado 25/8/2026). ↩︎
  5. Toda la información biométrica está asentada en la Plataforma Única de Identidad, creada exprofeso por la Secretaría de Gobernación. Con el fin de su «actualización en tiempo real», la «Plataforma» está conectada a la Secretaría de Seguridad Pública y a una red de dependencias gubernamentales ↩︎
  6. Los estados de Aguascalientes, Chihuahua, Coahuila, Jalisco, Puebla, Oaxaca y la Ciudad de México (CDMX), han abusado del reconocimiento facial en la identificación de personas que participan en protestas. Sólo en la Ciudad de México se incrementó de 15 mil cámaras de vigilancia en 2018 a 63 mil en 2023. Con la puesta en marcha del programa «Ojos que te cuidan», en 2025 aumentaron a 113 mil 814 cámaras instaladas. Con motivo de la celebración del juego inaugural del Mundial de Futbol, durante el breve período de enero a marzo de 2026, las autoridades incrementaron estrepitosamente la videovigilancia, alcanzando la alarmante cifra de 120 mil cámaras. El objetivo, según las autoridades, es llegar a instalar 150 mil para convertir a la Ciudad de México «en la ciudad más videovigilada del continente americano, duplicando además el número de cámaras de la ciudad de Nueva York y triplicando las que tienen Chicago y Río de Janeiro». Paradójicamente, la evidencia muestra lo contrario: la alcaldía Iztapalapa, en 2020 presumía la operación de 2,293 cámaras, sin embargo, «fue el municipio con más secuestros en el país entre octubre de 2019 y octubre de 2020, según datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública».  Cfr. Ojos que vigilan. (Consultado 26/8/2026). ↩︎
  7. Si bien la Ley de Vigilancia de Inteligencia Extranjera (FISA) fue originalmente promulgada en 1978 con la intención de regular la vigilancia física y electrónica, así como la recopilación de inteligencia extranjera dentro de los Estados Unidos; con la aprobación en 2008 de la Sección 702 se le permitió a las agencias gubernamentales recopilar las comunicaciones de extranjeros en el extranjero, pero también recopilar mensajes, correos electrónicos y otras transmisiones de estadounidenses que se comunican con extranjeros, lo que ha sido aprovechado por el ICE para poner en práctica la cacería humana en desarrollo. ↩︎
  8. La Nippon Electric Company es una multinacional japonesa de tecnología y telecomunicaciones con sede en Minato, Tokio y una fuerte presencia global a través de subsidiarias en Argentina, Austria, China, Malasia y México. Es pionera en el desarrollo de soluciones de Tecnologías de la Información (software y hardware diseñados para «resolver problemas específicos»), redes 5G, identidad digital y ciudades inteligentes. (Consultado 26/8/2026). ↩︎
  9. Los detalles jurídicos y la lista de sancionados se pueden verificar en el comunicado oficial del U.S. Department of the Treasury y en el registro de acciones de la OFAC. (Consultado 27/8/2026). ↩︎

miércoles, junio 3

Dejen de hablar de IA y empiecen a hablar de tecnofascismo

 

La tecnocracia y la política fascista están siendo adoptadas por élites megalómanas que traman para su propia supervivencia.

 

Hace un par de semanas participé en la Marcha contra las Máquinas en Londres, organizada por el grupo Pull the Plug, cuyo nombre es igualmente contundente. Los oradores que se congregaron frente a las oficinas de los gigantes de la IA en King’s Cross abordaron temas que iban desde la explotación laboral, el «riesgo existencial», el impacto ambiental, la vigilancia, el control corporativo y la represión estatal, hasta la forma en que la IA está destruyendo la educación.

Sin embargo, siento que este movimiento incipiente aún no ha comprendido del todo la magnitud del problema. Debido a la idea liberal, abrumadoramente dominante, de que la tecnología es políticamente neutral, hablar de la IA como «una tecnología» tiende a generar una larga lista de problemas que supuestamente podrían resolverse mediante la regulación dentro del sistema político existente. Esto no tiene en cuenta el conjunto tecnosocial que implica, al que llamaré tecnofascismo.

Mientras los oligarcas corporativos se alían con Donald Trump, en un intento por solucionar la crisis de bajo crecimiento del capitalismo neoliberal, se instaura un nuevo modelo de producción capitalista y control tecnocrático, cuyo poder es mayor que la suma de sus partes. La sinergia entre el fascismo y la política subyacente de la IA podría dar lugar a un auténtico totalitarismo, del que resulta difícil vislumbrar una salida.


Mucho antes de Donald Trump, mientras la mayoría de ellos defendían políticas liberales o libertarianas, los oligarcas de Silicon Valley comenzaron a adherirse a una serie de ideologías tecnofascistas centradas en la ingeniería del ser humano. Estas incluyen el transhumanismo (la versión moderna de la eugenesia), el singularitarismo (la creencia de que los humanos deben ser mejorados tecnológicamente hasta fusionarse con las máquinas) y el teorema del largo plazo, que es un buen ejemplo de la naturaleza esencialmente fascista de estas ideologías.

Los defensores del largo plazo argumentan que la tecnología creará, en un futuro lejano, un universo habitado por 10⁵⁵ humanos, que vivirán plácidamente como inteligencias incorpóreas en ordenadores, gestionadas por IA. Para garantizar que este «paraíso» se haga realidad, sostienen, no importa si miles de millones de humanos mueren de hambre o por amenazas existenciales como el cambio climático y la guerra nuclear, siempre y cuando una élite sobreviva para, finalmente, transferir su conciencia a los ordenadores.

Así pues, no se trata solo de que la IA sea la «herramienta» perfecta de los oligarcas corporativos fascistas: es un sistema de poder tecnocrático el que los moldea, así como su filosofía y su política. El gran poder y la eficacia de la ciencia y la tecnología engendran una especie de crueldad obsesiva y planes megalómanos de ingeniería social que desechan sin miramientos los valores éticos y humanos fundamentales, del mismo modo que lo hace el fascismo político.

Para comprender esa sinergia, necesitamos conocer algunos principios básicos de la política ludita aplicada a la tecnología.

El mundo en que vivimos comenzó con la revolución científica de los siglos XVI y XVII. En aquella época, filósofos como Francis Bacon desarrollaron un enfoque tecnocrático de control sobre la naturaleza y los seres humanos, al que se referían eufemísticamente como «modernidad». Podemos observar la visión tecnocrática de la transformación a gran escala de la naturaleza en la agricultura industrial, y su control sobre los seres humanos en el tratamiento de los enfermos, los « enfermos mentales » y los presos, como se muestra en las obras de Michel Foucault.

El papel de la ciencia en este sistema consiste en extraer información de la naturaleza, en revelar sus secretos. Esto proporciona los medios para reempaquetarla y reconfigurarla, añadiéndole valor económico y vendiéndola como mercancía: la base del capitalismo. La ciencia hace lo mismo con los procesos laborales humanos. A finales del siglo XIX, esta extracción de información del trabajo humano dio un paso adelante con la «Administración científica» de Frederick Taylor, que implicaba la observación precisa de los movimientos corporales de los trabajadores. En efecto, el saber hacer de los trabajadores se extrae y procesa para crear máquinas que los sustituirán en un proceso de intensificación del capital (automatización). La IA es la culminación de 130 años de taylorismo, es el santo grial de los tecnócratas, un sistema de automatización de la extracción de información y de la vigilancia.


El taylorismo y el Estado tecnocrático, con su principal herramienta, la estadística, surgieron simultáneamente como respuesta a la crisis del capitalismo industrial de finales del siglo XIX, que incluyó un grave desorden social y el desafío del socialismo y del anarquismo. Más allá de las políticas de laissez-faire, el Estado expandió rápidamente sus aparatos de burocracia, intervención en la economía y control social, incluyendo la Ley Seca en Estados Unidos y la eugenesia, un sistema de gestión científica de la población. Los métodos del Estado tecnocrático condujeron finalmente a los dos totalitarismos de mediados del siglo XX, el estalinismo y el fascismo, ambos con sus fantasías tecnocráticas de crear al «Hombre Nuevo». El Holocausto no fue solo producto del odio político, sino también, como señalaron Adorno y Horkheimer , la culminación de la gestión tecnocrática de la sociedad.

En el siglo XXI, volvemos a presenciar la sinergia entre el fascismo y la tecnocracia.

No puede haber concesiones con el tecnofascismo. Aquí no hay término medio, ya que los supuestos beneficios de la IA son en su mayoría irrelevantes. Estamos recibiendo el tecnofascismo en su totalidad, y es ingenuo pensar que podemos elegir y regular. El método de la tecnocracia consiste en imponernos nuevas tecnologías, como rezaba el lema de la Exposición Universal de Chicago de 1935: «La ciencia descubre, la industria aplica, el hombre se adapta» .

Así que debemos comprender a qué nos enfrentamos. Es tarde y, sin duda, es hora de desconectar la IA. Los antifascistas deben actuar.

 

 Ned Ludd – Freedom

 

 

lunes, mayo 4

Todo Normal y Bien. Energía y Ecocapitalismo

 

 

Entrevista realizada a Antonio Turiel y Antonio Aretxabala.

Preguntamos a nuestros invitados, cuales serán las consecuencias para Europa y, en concreto, España tras el cierre del estrecho de Ormuz.
El cenit del petróleo ocurrió en 2018, pero el descenso podría haber sido lento, ¿o no?
¿Las acciones de Trump podrían estar relacionadas con la escasez energética nivel mundial?

– Antonio Turiel es científico y divulgador licenciado en Física y Matemáticas y doctor en Física Teórica por la Universidad Autónoma de Madrid. Investigador Científico en el Instituto de Ciencias del Mar del CSIC. Autor de libros como ’Petrocalipsis’, ’Sin Energía’ o el último ’El Futuro de Europa’

– Antonio Aretxabala es doctor en Geología y divulgador científico; trabajó en su momento, como experto en geotecnia y hormigón, en la Universidad de Navarra y lo ha hecho también en la de Zaragoza; ha estudiado la interacción entre la historia y la geología

Este programa no se ha hecho desde nuestro estudios centrales de ecoleganes sino desde el estudio de radio el candil y esto no es “compartiendo infierno”, a decir verdad la idea de entrevistar a nuestros ilustres invitados no fue mía sino de Héctor Moratilla, una de las personas que más trabajan por esa nueva emisora vecina nuestra, fue él quien los llamó. Los que me seguís desde hace tiempo ya, sabréis que yo ya estoy en otra pantalla, prueba de ello es una de mis últimas entrevistas a la arqueóloga y antropóloga Almudena Hernado, pero tener el lujo de poder preguntar temas de actualidad a gente que sabe tanto era algo que no podía desaprovechar. He pedido permiso a Héctor para publicarlo en “Compartiendo Infierno” porque creo que interesara a todos los que siguen el programa. Sin más...os dejo escucharlo.

miércoles, abril 8

Contra la inteligencia artificial y el mundo que la necesita

 

“La inteligencia artificial es intensiva en capital, intensiva en energía e intensiva en datos.  Y prospera cuando hay abundancia de todo ello. Si no trabajamos de manera cooperativa, si no definimos las reglas del juego, habrá menos datos disponibles para procesar. Habrá menos capital fluyendo de un lado a otro. Y eso no favorece la prosperidad de un sector que actualmente está liderando el juego y que es muy prometedor en términos de productividad. Así que estamos en una situación que no tiene alternativa.”

Declaraciones de Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo, realizadas en el marco del Foro de Davos y recogidas en la edición impresa de El País el 26 de enero de 2026. 

 

La geopolítica actual se entiende más que nunca a través de las necesidades energéticas del capitalismo. Lo acontecido en Venezuela y sus reminiscencias cubanas solo constituyen episodios puntuales (y no serán los únicos) de una misma tendencia fagocitadora. Estas necesidades devoradoras de energía son expansionistas e imperialistas, es decir, extremadamente extensivas en términos de territorio. Para entendernos: petróleo, amplias extensiones de terreno cubiertas de instalaciones de energía solar y eólica -las terrestres las vemos, las marítimas, mucho más grandes, permanecen ocultas a nuestros ojos- y también colosales centros de datos que consumen cantidades ingentes de electricidad. La motorización del norte desarrollado, debería puntualizar, desarrollista, culminada en el siglo XX y perfeccionada recientemente con la electrificación de la movilidad, ya no es el único proceso engullidor de recursos. Plantándole cara al movimiento global de mercancías, y como apunta Lagarde de forma desvergonzada, el desarrollo de la inteligencia artificial (IA en lo venidero) compite sin lugar a dudas por el primer puesto. Y lo hace ferozmente.

El mundo que necesita la IA es aquel que nunca se empacha de beneficios. Pero también es un mundo compuesto por individuos que han perdido por completo la capacidad de pensarse y articularse como sujetos activos, tanto individual como colectivamente, al margen de la socialización mercantil, que en Europa también se manifiesta como una socialización burocrática, de orden y profundamente conservadora. No podemos dar la espalda a esta realidad, por incómoda que resulte. El mundo que necesita la IA es un mundo donde reinan el miedo, la ansiedad y atomización generalizada de los individuos. La IA no es otra cosa que el desarrollo tecnológico propio de una sociedad neurótica, casi psicótica, que ha perdido cualquier tipo de vinculo pasado con cualquier noción de humanidad, sin relato, perdida en un laberinto de identidades y, por tanto, incapaz de generar en su seno subjetividades no dependientes patológicamente de esta peculiar estructura social hipertecnificada, aparentemente blindada de confort y facilidades cotidianas. El mundo que necesita la IA es un mundo en el que el solo hecho de pensar la desconexión digital provoca ansiedad, desencanto, confusión e indefensión entre la masa de consumidores.[1]

 La IA es la creación de una sociedad que recela profundamente de si misma. La oligarquía tecnológica ha generado un monstruo provisto de una potencialidad inconmensurable, propia de una divinidad a la que después confiar su destino, una fatalidad a la que poder abandonarse y así verse librada de volver a vivir una situación similar a la actual. La IA está llamada a ser el último y definitivo gran Frankenstein del turbo-capitalismo y el desarrollismo depredador. Tras ella, y frente a ella, solo cabe la sumisión voluntaria, obediente, y la adoración devota de la población. Sin fisuras, sin disidencia, sin resistencias. Un artefacto de esas características solo puede surgir de las entrañas de una sociedad que tiene pánico de su potencial colectivo, precisamente porque es incapaz de plantearse algo así: la agencia consciente y crítica le es ajena, se encuentra inhabilitada para pensarse colectivamente y trascender una hegemonía individualista que ya no encuentra resistencia ni contestación. Renunciamos a ello cada vez que abrazamos la IA como un elemento que puede contribuir a nuestro bienestar como seres humanos. Sin ir más lejos, la IA no es otra cosa que la sublimación material, sí, profundamente material, de esta renuncia histórica sin precedentes. La IA es el nuevo juguete de una élite económica y política patológicamente infantil, insegura, altamente formada en la tecnocracia, centrada en el posibilismo, el corto plazo y la racionalidad instrumental; psicológicamente dependiente, en grado sumo, de la supuesta seguridad y estabilidad social que otorga el ‘progreso económico’. La sobrerrepresentación tecnocrática entre las clases medias metropolitanas solo nos informa de sus nuevas ocupaciones. Sin embargo, su posición y su papel en la estructura social y, por tanto, su contribución determinante a la arquitectura ideológica dominante es idéntica a la que jugó su equivalente histórico en los años 30 del siglo XX. Nada ha cambiado en lo que se refiere a su proyección psicológica, su necesidad neurótica de poseer una dirección vital exógena, impuesta desde fuera, su falsa conciencia manifestada a través de una fe ciega en el progreso y la técnica. Por tanto, el estrato social que ejerce como correa de transmisión entusiasta de los nuevos elementos de la ideología dominante -expresada de forma inmejorable por Lagarde- es incapaz de pensar o imaginar una narración sobre su futuro, tampoco sobre el futuro de la humanidad, que transcienda el mero desarrollismo tecnológico. Está inhabilitado, por tanto, para pensar críticamente el momento presente, es decir, para pensarlo históricamente, pues únicamente anhela un futuro rodeado de máquinas y gadgets. Desea, de forma más o menos consciente, en realidad eso es lo de menos, contemplar plácidamente su creación y abandonarse a ella para siempre. No hay duda, entonces, de que la aceptación generalizada de la inteligencia artificial, en términos psicológicos, constituye una masiva huida de la realidad, una vuelta a la infancia, un regreso al hogar protector, un multitudinario abrazo colectivo al orden imperante.

La IA es, pues, lo opuesto al impulso y la voluntad revolucionarias. No puede darse un uso radical o antagonista de la IA más allá de su completa destrucción, de la mano de todas aquellas personas empujadas por el profundo deseo de una existencia consciente, autónoma y genuina, pero también imperfecta y repleta de dificultades. Personas determinadas a embarcarse en una emocionante e imprevisible travesía vital desprovista de tutelas tecno-burocráticas, partiendo de la autonomía y sin temor a fracasar en el intento.

No existe posibilidad alguna, visto lo anterior, de articular un anticapitalismo coherente y tampoco efectivo sin elaborar una crítica radical y contundente, sin paliativos, al desarrollo e implantación social de la IA. Esta crítica, por supuesto, debe arrasar de igual modo con la hueste de posibilistas, tecnófilos y pseudoprogres que, ‘desde dentro’, abogan sin descanso por las bondades propias de una IA de ‘rostro humano’, ‘éticamente conducida’ hacia propósitos sostenibles, en su más que manido uso, un tanto desquiciado, llegados a este punto, del oxímoron con fines propagandísticos. En este sentido, las previsibles acusaciones que buscan ridiculizar la crítica identificándola falsamente con el primitivismo o el proto-feudalismo, no deberían hacer mella en nuestra voluntad por combatir los robustos pilares que hoy sostienen la dominación y que la izquierda autoritaria se esfuerza por reforzar cada vez que tiene oportunidad. La IA, de la misma manera que la energía nuclear, la tecnología militar o la industria alimentaria, es irrecuperable para la causa de la emancipación social. De hecho, como sucede con todas las anteriores, constituye un obstáculo de primera magnitud que debe ser derribado. Matizo. Primero debemos negar la IA como vehículo heterónomo de socialización, apartarla de nuestra existencia cotidiana. Después, contemplar su caída.

 Resulta triste y patético certificar el nivel de servilismo y sumisión tecnológica al que hemos llegado. Personas de toda índole, especialmente aquellas que ocupan posiciones de privilegio: políticos profesionales, burócratas y tecnócratas, burgueses grandes y pequeños, ideólogos con cátedra y sin ella, incluso artistas; todos ellos se muestran desvergonzadamente embelesados ante las presuntas potencialidades de la IA. La ven como una simple herramienta y como tal la disfrutan. Juegan con ella, conversan y se sorprenden cándidamente de lo que es capaz de hacer. La IA es como un coche de última generación, recién salido del concesionario: cada gadget, cada lucecita adicional, colma los deseos de control, apacigua temporalmente las inseguridades y las carencias afectivas de quien se sabe en uso de un poder que ha usurpado y no le corresponde. Contemplamos como sucede un abandono masivo y definitivo hacia la dirección vital de la población por parte de estos grandes modelos de lenguaje, capaces de dibujar como Van Gogh, ilustrar cualquier idea por compleja que sea, extractar la inmensidad en solo dos palabras e incluso de esquematizar la dialéctica hegeliana en un sencillo y colorido diagrama.  En su momento, Internet proyectó sobre Occidente la falsa promesa de la omnicomprensión democrática, nos sirvió todo el conocimiento acumulado hasta al momento, de forma relativamente sencilla, ante una pantalla, a solo unos cuantos comandos de búsqueda de distancia. La IA, obviamente, va más allá de sus aspiraciones desarrollistas. Se trata de una superación efectiva del conocimiento humano en si mismo, como tal. En palabras de programador de IA estadounidense M. Shumer, a diferencia de otros avances tecnológicos anteriores, la IA no reemplaza una habilidad humana específica, sino que se trata de un sustituto general del trabajo cognitivo[2]. En este momento, nos encontramos, por fin, ‘liberados’ de la reflexión y del pensamiento, pues requieren esfuerzo y tiempo, algo escaso, incluso anticuado, en nuestro mundo hiperacelerado. Nuestra condición de consumidores puede hoy día alcanzar niveles inimaginables solo algunos años atrás. La extensión de la IA como vehículo, como mediación en el proceso de socialización, pronto permitirá que nos dediquemos exclusivamente a comprar (acción que incluye cualquier modalidad de contemplación digital en redes, que no es más que una compra pasiva) y ni siquiera será necesario pensar el qué, pues con premura lo dejaremos en manos de nuestro asistente basado en IA.

La existencia de la IA y su centralidad, en apariencia imparable, descubre claramente qué clase de sociedad la ha producido y su estructura de carácter dominante. Sin duda, y siguiendo al clásico David Riesman, se trata de una sociedad tutelada, formada por individuos dirigidos externamente (other-directed), desprovistos de la más mínima capacidad de acción autónoma fuera de los estrechos muros levantados por la colonización tecnológica de la vida. De forma paradójica, en el centro de esta dinámica dominada por la dependencia externa, el individuo percibe un nivel mayor de liberación personal cada vez que consiente a la IA entrometerse en sus asuntos, los que le corresponden de forma inherente como ser humano. La realidad, sin embargo, es notablemente más trágica. El resultado absoluto de esa delegación obediente, devotamente religiosa, como señalaba más arriba, no es otra cosa que una insoportable y continua dependencia respecto de la máquina y, de forma obvia, la pérdida de sus anteriores capacidades comprensivas, analíticas, relacionales, históricas y, en consecuencia, críticas. Únicamente existe una relación posible con nuestro presunto reemplazo tecnológico, en realidad, un nuevo tipo de prótesis sustitutoria: someterse completamente a ella y permitir a través del autoengaño progresista una fatalidad que se presenta más inevitable cada día que pasa. Me refiero, claro está, al hecho de que las políticas centradas en la introducción masiva de la IA en la vida social -y por tanto que aquélla desempeñe un papel protagonista en el proceso de socialización-, acaben conformando una estructura social a escala de la máquina y que obedezca, a así, a las necesidades propias de los grandes modelos de lenguaje y de quienes están interesados en su desarrollo y fortalecimiento mundial. Junto con lo anterior, pues, urgirá la rápida creación de un marco institucional, un nuevo tipo de armazón burocrático, un Estado ‘renovado’, erigido expresamente y a medida para conceder a la IA la posición que se merece en la estructura política. Sin ir más lejos, está en juego el sueño húmedo formado de plusvalías infinitas al que se refirió sin tapujos C. Lagarde en la exclusiva reunión alpina de Davos.

 Siguiendo este razonamiento, por tanto, resulta un mero formalismo constatar que la colonización tecnológica, la aceptación social institucionalmente dirigida del dominio digital, constituye un aspecto fundamental, sino el tronco mismo, de la ideología burguesa dominante en la actualidad. Huelga decir que como tal es necesario combatirla. En esta dimensión de la ideología, todo buen ciudadano, es decir, todo aquel individuo permanentemente conectado y necesitado de la IA, se convierte también en prescriptor y defensor de las condiciones de su propio sometimiento tecnológico. El sujeto-consumidor huirá de la crítica, porque ésta le supone un esfuerzo psicológico inasumible e incomparablemente más nocivo, también en lo social (ostracismo, soledad, señalamiento, etc.), que la aceptación automática de los marcos impuestos por el capitalismo digital, junto con el gran abanico de posibilidades que pone a disposición la utilización ‘adecuada’ y ‘constructiva’ de los grandes modelos de lenguaje (LLM, por sus siglas en inglés). Cualquier resistente será inevitablemente señalado, empujado a ofrecer toda clase de explicaciones relacionadas con su inaceptable e incomprensible sumisión. Nadie comprenderá su negativa a beneficiarse de las nuevas herramientas que el capitalismo pone en nuestras manos. Por doquier, se aproximarán a él con desconfianza, cuchicheando, deslegitimando su oposición, mientras refuerzan colectivamente, como masa, su dramática renuncia a una existencia auténtica, libre de prótesis y de tutelas tecnocráticas.

Como toda estructura ideológica y dogmática, la colonización tecnológica no está libre del componente identitario. En realidad, esto último resulta clave, pues la IA se encuentra en un momento de expansión, siendo promocionada a cada instante desde los estratos mediáticos, económicos y políticos, instancias provistas de una gran capacidad de influencia; el imaginario colectivo se acomoda a la IA, a la vez que ésta prácticamente se encuentra en disposición de dar forma al conjunto de creencias, relativamente compartidas, acerca del mundo que nos rodea. Y es capaz de conseguirlo, sí, en estos instantes, por que nadie niega con suficiente determinación la totalidad de su existencia entre nosotros. Por tanto, ni siquiera resulta menester la flamante alfombra roja que los garantes del statu quo han desplegado para ella.  Obviamente, en un momento en que el sujeto y sus preferencias como consumidor priman sobre el sentido de la colectividad, las instituciones del complejo burocrático-mercantil no se plantean imponer la IA por la fuerza, mediante el uso de la coerción directa, a través del condicionamiento autoritario sin complejos. El nuevo juguete del capitalismo, en cambio, se inocula lentamente, per de forma constante, a través de comunicaciones gubernamentales de toda clase, por medio la escuela y el resto de ámbitos educativos, la publicidad y también introduciéndose violentamente en el mundo del trabajo y de los negocios. Para culminar el propósito de C. Lagarde se requiere un esfuerzo ideológico ingente, además de asegurar que ningún tipo de grito verdaderamente crítico, radical, emerja por encima de la gran ovación con la que la sociedad occidental, al parecer de forma unánime, recibe la invasión de la tecnología supuestamente inteligente en todos los ámbitos de la vida. 

 En síntesis, el aterrizaje forzoso de la IA está directamente relacionado con el eventual aumento de la competitividad que tanto hemos visto celebrar a la presidenta de BCE. Esto no es más que un eufemismo, en apariencia técnico, pero esencialmente ideológico, para referirse al incremento constante de la plusvalía y, con ello, el continuo engorde de las cuentas de beneficios de las grandes corporaciones, pues ellas serán las principales beneficiadas de la incorporación generalizada de la IA en los procesos productivos de toda índole. La compra-venta de fuerza de trabajo, sin embargo, nunca desaparecerá. Esta máxima es conocida al pie de la letra hasta por los más recalcitrantes anti-marxistas.  Sin compra-venta de la fuerza de trabajo no hay capitalismo. En un futuro próximo, a causa del aterrizaje forzado de la IA, como ha sucedido en otras ocasiones con las más variadas innovaciones tecnológicas, seremos testigos de una extrema polarización en la estructura de las ocupaciones y, por tanto, un cambio substancial en el mercado de trabajo. La aristocracia tecnocrática, los grandes propietarios de las corporaciones digitales y aquellos que proyectan teórica y técnicamente la invasión de la IA, verán recompensados sus servicios con creces. En el otro extremo, la gran masa proletaria, llamada a ejecutar un papel accesorio, constantemente tutelado por la arquitectura digital de la producción. No tardará en eliminarse toda formación, sea profesional o académica, no directamente relacionada con la ejecución y con la resolución concreta de problemas, siempre al amparo de la mediación técnica, sometida a una orientación finalista y bajo los designios de la IA. Ya nunca más será necesario razonar, reflexionar y concluir: eso quedará reservado a las máquinas. En ese momento, quizá nuestro ahora, la fuerza de trabajo será más barata que nunca. Pero sobre todo será completamente dócil y moldeable.

En relación con lo anterior, y como apunte final, en la actualidad las organizaciones empresariales exigen a sus empleados la utilización de la IA, no les ofrecen margen de adaptación y la escasa autonomía de que disfrutaban se reduce de forma notable. Pero no se trata de un requerimiento estrictamente ortopédico, con objeto de aliviar eventuales tareas penosas, monótonas, repetitivas o simplemente con la intención de sortear posibles dificultades técnicas. Tampoco es una cuestión de simple eficiencia económica. Lo anterior resulta clave, sin duda, pero hay algo más. Como apuntaba más arriba, con premura se ha extendido la tendencia directiva a solicitar el uso entusiasta -aquí regresa el componente ideológico- de la IA, también (y sobre todo) para aquello que el empleado podría reivindicar como parcialmente propio, si es que verdaderamente esto resulta posible en nuestros días. El ejemplo más claro, según mi parecer, se encuentra en las habilidades de comprender, sintetizar y exponer por escrito una idea, una propuesta o una conclusión, haciendo uso del criterio de cada individuo. La extensión de la IA, en el límite, elimina definitivamente el valor de la opinión personal y el juicio individual, especialmente en el plano profesional, lo que comporta una clara desvalorización de la fuerza de trabajo y una redefinición absoluta de los marcos formativos académicos y técnicos. Nunca más será necesario que alguien, mostrando buen criterio, considere que este texto no merece la pena, que es reiterativo, innecesario o directamente naif, bastará con que la IA lo determine para que su valoración sea tenida en cuenta socialmente. Al trasladar la autoridad a la máquina (que es una mercancía y necesita al Estado para extenderse en la cotidianidad), desposeemos al individuo de su potentia y, por tanto, de su capacidad de contestación y de crítica. Sea como fuere, ante esta situación, si un movimiento proletario, un sujeto colectivo articulado de forma autónoma y al margen de las instituciones, pudiera llegar a resurgir, o siquiera tener sentido en nuestros días, debería articularse necesariamente alrededor de un doble rechazo radical, una doble negación fundamental. Me refiero, claro está, al combate simultáneo e inaplazable contra el trabajo asalariado, enajenado, contrario a la vida, y, al mismo tiempo, contra la colonización tecnológica. 

 


*I. Arriaza forma parte de la redacción de Antagonistas.


[1] https://elpais.com/espana/catalunya/2026-02-20/que-son-los-therian-los-humanos-con-identidad-animal-se-reunen-en-barcelona.html

[2] https://elpais.com/economia/2026-02-14/el-terremoto-de-la-ultima-version-de-la-ia-alarma-a-los-expertos-el-mundo-esta-en-peligro.html?event_log=oklogin

 

 

sábado, marzo 21

Las luchas territoriales, ¿son la palanca de la superación del capitalismo?


Preguntas a abordar el 27 de noviembre en el Centre Culturel Bruegel de Bruselas y planteadas el 28 en el Groupe de Recherche pour une Stratégie Économique Alternative

Las definiciones (como las corrientes políticas) de comunismo y de anarquismo son múltiples y sería imposible hacer una síntesis de toda esa diversidad en una tarde. No obstante, ¿podrías compartir con nosotros tu noción de anarquismo y de comunismo?

Malatesta dijo que comunismo y anarquía eran los mismo. Nada que ver con el sistema cuartelero de los leninistas, simple disfraz del capitalismo burocrático de Estado. Yo lo definiría como un régimen de convivencia social sin Estado y sin clases, basado en el rechazo de la división del trabajo y en la posesión en común de los medios de producción, en su gestión colectiva y en la distribución del producto social en función de las necesidades. Nacido del libre acuerdo, el comunismo libertario debería de proporcionar a todos las condiciones idóneas para un máximo desarrollo material, moral e individual. Se trata pues de un ideal ético inalcanzable por la fuerza, ya que tiene como condición ineludible la comprensión y el deseo de la mayoría expresado libremente. Para muchos, entre los que me incluyo, el anarquismo sería el modo de lograr este fin, naturalmente por vías solidarias y universalistas, no con procedimientos parlamentarios ni postulados religiosos. En mi caso, entiendo el anarquismo como la característica doctrinal propia del socialismo antiautoritario que, durante mucho tiempo, acompañó a buena parte del proletariado revolucionario, hasta entrar en crisis, puede que final, por culpa de las capitulaciones habidas durante la revolución española. A partir de ahí ya no se puede hablar de anarquismo, con sus diferentes matices, sino de anarquismos, ideologías diversas con el mismo nombre, pero ajenas unas con otras.

¿Sus puntos de encuentro, sus divergencias y el potencial anticapitalista respectivo?

Evidentemente, entre los que se autodenominan anarquistas existen profundos desacuerdos metodológicos y grandes diferencias estratégicas, derivadas de la forma variable de interpretar la realidad y de la praxis divergente con la que caminar hacia los objetivos finales. Las discordancias cristalizaron en ideologías, en fórmulas, a menudo acompañadas de comportamientos sectarios, como, por ejemplo, la insurreccionalista, la municipalista, la sindicalista, la primitivista, la especifista, la postanarquista, etc. Actualmente, el anarquismo es sobre todo un estado de ánimo difuso presente en cualquier conflicto como exigencia de horizontalidad e igualdad, rechazo de la mediación, demanda de autogestión y reivindicación de la acción directa. El potencial anticapitalista del anarquismo moderno se materializará en la medida en que la coyuntura social favorezca el arraigo en las masas rebeldes de sus ideas no vencidas, entendidas no como utopía, sino como “la verdad inmediata de un tiempo relativamente próximo” (Ricardo Mella).

¿Qué es una metrópolis?

En Europa las tres cuartas partes de la población vive en zonas urbanas extensas. En el mundo existen más de quinientas aglomeraciones superiores al millón de habitantes, a las que en propiedad no se puede llamar ciudades. Pasó el tiempo de las ciudades compactas en simbiosis con el entorno agrario. El campo hace mucho que dejó de ser una realidad diferenciada. Debord anunció en 1967 que «el momento presente es el de la autodestrucción del medio urbano». La metrópolis -o “posciudad”, tal como la llama Françoise Choay- es un tipo de asentamiento informe fruto de la expansión ilimitada de la ciudad industrial, que ha ido absorbiendo poblaciones limítrofes y creando nuevas barriadas hasta suburbanizar todo el territorio circundante. Tal unificación del espacio fue posible en un primer lugar, gracias al desarrollo del transporte, al combustible fósil barato y a los nuevos materiales de construcción. Etimológicamente, metrópolis en griego significa “ciudad madre”; en cambio, la realidad dista mucho de la maternidad: es un engendro devorador de espacio que concentra el poder en una sociedad totalmente urbanizada. En los noventa del siglo pasado, la globalización financiera y la digitalización la consolidaron como dominio totalitario de la mercancía y motor del desarrollo capitalista. Es un no-lugar de conurbaciones yuxtapuestas, que no resulta de la superación de la oposición campo-ciudad, sino del hundimiento simultáneo de ambos polos. No representa un proyecto de convivencia, ni siquiera a nivel de clase dominante; bien al contrario, es una realidad totalmente mercantil. Constituye un aglomerado discontinuo y difuso, sin valores ni cultura, sin auténtica vida, conectado únicamente por vías de circulación. La comunicación ha sido marginada por la conectividad. Lo que importa no es la convivencialidad, sino su precio. En realidad, la metrópolis no está hecha para los habitantes, sino para los transeúntes, bien sean visitantes, promotores o inversores. Su base económica ya no radica en la industria, sino en los servicios, el turismo, los grandes eventos y la innovación. Aunque conserve centros históricos, estos han sido museificados, puesto que la metrópolis carece de centro real: en ella lo central se ha vuelto periférico y la periferia deviene cada vez más céntrica. Tampoco las plazas públicas o las calles proporcionan un resto de coherencia orgánica; las infraestructuras viarias son sus únicos ejes vertebradores. El paisaje reconstruido por las fuerzas desarrollistas reproduce maneras de vivir en confinamiento, precarias, motorizadas y mercantilizadas hasta en los menores detalles: las metrópolis generan en cualquier rincón relaciones sociales capitalistas de forma automática. Se puede decir que constituyen el espacio idóneo para la reproducción de capitales en la etapa hipertecnológica de la economía mundializada.

Más sobre la metrópolis.

 

El paso de una economía productiva a otra de servicios, seguido de la transición de un capitalismo nacional a otro global, consagró el papel de las metrópolis por encima de los Estados. Entre la clase dirigente, la ideología keynesiana retrocedió ante el pensamiento neoliberal, enemigo acérrimo del intervencionismo estatal. La promesa de abundancia reemergía en los mercados financieros con el crédito a espuertas y la expansión de la deuda, propiciando turboconsumismo, aventuras inmobiliarias y toda clase de burbujas especulativas. No obstante, la constatación de la finitud de los recursos primarios, sobre todo energéticos (p.e. el “pico” del petróleo), sumada a la crisis medioambiental provocada por el desarrollismo a ultranza (p.e. calentamiento global, producción descomunal de residuos, contaminación, despilfarro de recursos) obligaron a considerar la «sostenibilidad» del proceso, es decir, el pago de la factura de la degradación. Entonces, el capitalismo echó mano del lenguaje ecológico e inauguró una fase verde que el Estado debía promocionar y sostener. El Estado recobraba así el papel de antaño en una economía a “descarbonificar” por un periodo de “transición energética”. La metrópolis evolucionaba en consecuencia recurriendo a un urbanismo light con sus carriles bici, islas peatonales, recogida selectiva de basura, puntos de recarga eléctrica, «corredores» verdes, tranvías y remedios digitales como las smart cities. “Reinventaba” el territorio obedeciendo a la lógica más al día -más tecnológica- de la mercantilización.

¿Qué relación guarda con el “capital territorial”?

Hablamos de “capital territorial” cuando el territorio se ha transformado completamente en «activo», o sea, en capital. En la Conferencia de Río de 1992 los dirigentes mundiales lo definieron como la nueva configuración del territorio que se desprendía de la unión de la economía con el medio ambiente, o sea, del denominado “desarrollo sostenible”. El concepto venía asociado al momento “verde” del capitalismo, cuando el territorio se situaba en el centro del triángulo sociedad-economía-medio ambiente. Una vez mejorada su accesibilidad, este se convierte en un espacio multiexplotable: es una cantera de suelo edificable, un soporte de grandes infraestructuras, una oportunidad para la industria agroalimentaria, una reserva paisajística, un destino turístico, un área para el ocio industrializado, una fuente de energía renovable y de materiales estratégicos, etc, todo lo cual le concede un peso cada vez mayor en la economía global. En fin, el territorio es la materia prima del capitalismo en su último periodo extractivista.

¿Es posible superar el capitalismo sin desurbanizar el campo ni ruralizar la ciudad, y, por consiguiente, sin destruir las metrópolis?

 

Obviamente no es posible. Liquidar la globalización conlleva el fin de su organización espacial. Frente a las sucesivas crisis, las metrópolis además de invivibles, terminan siendo inviables. Son muy vulnerables ante los desastres y tan enormes que resultan imposibles de gestionar comunalmente. El gran escollo con que se va a encontrar una transformación social fundada en la vinculación armónica con la naturaleza serán las mismas conurbaciones, aptas solamente para la reproducción de relaciones capitalistas, a las que forzosamente habrá que desmantelar. La desmundialización siempre tendrá un aspecto desurbanizador y ruralizante. La simple implantación de una economía doméstica sin mercado -llámese natural, sustantiva o moral- implicará colectividades coordinadas de dimensiones reducidas, con cultivos próximos y producción industrial a pequeña escala. Con mayor razón, la autogestión no sería operativa en vecindarios demasiado grandes, donde el ágora es imposible. Ahora bien, desurbanizar no significa abolir el espacio urbano, a lo sumo, abolir la propiedad privada capitalista. Entraña un doble movimiento de despoblamiento y repoblación, de descentralización y desconcentración, cuyos efectos al respecto son la descongestión del espacio sobreurbanizado, su revitalización, la recuperación de su funcionamiento orgánico… Paradójicamente, la desurbanización es una vuelta a la verdadera ciudad.

¿Por qué el territorio es objetivamente el lugar central de la lucha anticapitalista (y no el lugar de trabajo)?

Central no quiere decir único, ni territorio significa exclusivamente campo. Sin embargo, cuando la mayor producción de beneficios, de la que depende el crecimiento económico, se da en la explotación intensiva de un territorio previamente “ordenado”, entonces su defensa viene a ser el centro de la lucha anticapitalista (o sea, de la actual lucha de clases). En efecto, a medida que la productividad global se ralentiza y que las ganancias decrecen, lo que David Harvey llama «circuitos secundarios de acumulación» adquieren una superior relevancia. Los antagonismos se despliegan en toda su magnitud solo en esos circuitos, -bien sea en el problema de la vivienda y el deterioro de los servicios públicos, bien en la resistencia a la construcción de centrales nucleares, trenes de gran velocidad o líneas de alta tensión, bien en el sabotaje a los transgénicos o los grandes proyectos inútiles. En consecuencia, la cuestión social se manifiesta principalmente como cuestión territorial. Al contrario, dada la pérdida de centralidad de los trabajadores de la industria y la desaparición de las huelgas salvajes, la lucha sindical, aunque necesaria, no rompe con las reglas de juego del desarrollismo. No se impone como objetivo salir del capitalismo, sino negociar el valor de la fuerza de trabajo con papeles en el mercado. Menos todavía lo quiebra el obrerismo político, tan aferrado al Estado. Por consiguiente, el conflicto laboral no puede ser el eje sobre el que pivoten las aspiraciones emancipatorias. Si se quiere acabar con el régimen capitalista, la cuestión estratégica principal reside en la capacidad de bloquear el crecimiento de la economía con la mirada puesta en las alternativas de salida. En ese sentido, la defensa del territorio, por limitada que sea, es antidesarrollista y anticapitalista por esencia, ya que se encara con el principal impulsor de la economía en estos momentos, la explotación industrial del patrimonio, los saberes y los recursos territoriales, y en mayor o menor medida, propone alternativas prácticas.

¿Qué tipo de territorio (y ciudad) sería económicamente habitable, viable (en el marco anticapitalista)?

Tempranamente, los anarquistas Élisée Reclus y Piotr Kropotkin plantearon la desconcentración de la ciudad burguesa y la eliminación de sus barrios miserables. Ambos apelaron a un “sentimiento de la naturaleza” que guiase la vuelta a un orden natural optimizado, el cual consistiría en una dispersión de baja intensidad de todas las actividades acaparadas por la urbe expansiva. Al conformarse alrededor de las ciudades una red de pequeñas industrias, hospitales, escuelas, molinos, saltos de agua, caminos, ferrocarriles y colectividades agrícolas, el resultado sería una región integrada urbano-rural, sin centro dirigente, encauzada hacia el comunismo. Sus ideas fueron recogidas y desarrolladas por otros autores, entre los que destacaría a Patrick Geddes y Lewis Mumford, que partían de la “planificación regional”. Con el fin de conseguir un equilibrio territorial, estimular una vida intensa y creativa, eliminar el despilfarro de energía y alimentos y detener la expansión metropolitana, propugnaban un uso racional del territorio. Este se concretaba en propuestas como la de cinturones agrícolas, producción descentralizada de energía, reparto equilibrado de la población en unidades convivenciales bien equipadas, reinstalación de las industrias cerca de la materia prima y transporte público eficaz. Reformas a contracorriente, de sentido común, pero sin perspectivas de realización, puesto que no eran respaldadas por fuertes movimientos vecinales arraigados en porciones de territorio liberadas, sino que dependían del altruismo de los dirigentes. Finalmente, el descrédito de la idea de progreso trajo la revalorización de la comuna medieval, particularmente de su funcionamiento abierto codificado en actas de auto-gobierno, de la regulación de la vida social por la costumbre y de la noción de bien común. Así se han abierto nuevas perspectivas altermetropolitanas en los movimientos auto-organizados capaces de sobrevivir a las tentaciones electoralistas, a la amalgama sin principios y al cebo de las subvenciones.

Preguntas del equipo organizador para profundizar después de la conferencia

Definición y periodización de la nueva fase del capitalismo (¿territorial)?

 

La escasez y finitud de los recursos está dando lugar al acaparamiento de inmuebles, tierras, aguas y minerales, mientras que la crisis climática impulsa al desarrollo industrial de las energías supuestamente “renovables” y de los agrocarburantes. Al volverse extractivista, el capitalismo global se agarra al territorio como tabla de salvación, apartando de la protección ambiental el mayor número de “zonas de sacrificio”. El desplome financiero de 2008 puso fin al neoliberalismo puro y reafirmó la función estabilizadora del Estado. Por otro lado, el auge del capitalismo asiático, combinado con las dificultades insalvables de crecimiento del capitalismo europeo y norteamericano, decantaba la globalización a su favor, amenazando la hegemonía occidental a todos los niveles. En las altas esferas se produjeron fuertes discrepancias. El principal peligro para el statu quo económico, militar y político de Occidente -la competitividad superior china- exigía soluciones geopolíticas, no «verdes»; monopolios, no libre competencia; autarquía, no apertura de fronteras, todo lo cual ponía fin al neoliberalismo. Por ahora, gana el sector favorable al proteccionismo, los cárteles tecnológicos, el repliegue nacionalista y el rearme general. Al imponerse el poderío armamentístico en la política exterior, la globalización tal como la concebía el pensamiento «único» ya no es de recibo. Asimismo, el avance del negacionismo climático y la defensa del empleo industrial señalan el declive del ecologismo de Estado. Hoy en día, la fracción más agresiva de la clase dominante ha dejado de creer en el progreso y la sostenibilidad, y confía poco en el mercado global: prefiere que las industrias se queden en casa a pesar de su baja competitividad (para eso están los aranceles), que la energía nuclear tenga una segunda oportunidad y que sus áreas de influencia se sostengan por la fuerza si es preciso. Sabe que la economía declina y que el “estado del bienestar” se estrecha irreversiblemente, por la que la conservación del capitalismo exigirá el sacrificio del programa ecológico y de una parte creciente de la población. Su catastrofismo tiene que ver con un final de ciclo en la civilización capitalista más que con una «transición ecológica» dirigida por un consorcio privado-estatal. La ideología verde, todavía optimista, está siendo desplazada por un decrecentismo sui generis que los estrategas transicionistas denominan “poscrecimiento”. A pesar de todo, el neoliberalismo político, ciudadanista y poscrecentista, pierde terreno ante un progresivo despotismo de corte identitario, autoritario y violento, típico de un régimen protofascista y posglobalización.

¿Cuál sería el sujeto de la lucha (y el “sujeto revolucionario”) en las actuales condiciones?

Un sujeto político es más que una informe “multitud” interclasista: es una comunidad de lucha estructurada. Su formación va asociada a los enfrentamientos contra la autoridad de los sectores de población perjudicados o excluidos por los mercados, y, paralelamente, al desarrollo de una sociabilidad vecinal ligada a la reconstrucción de espacios de vida menos condicionados por el dinero. Si el Estado se retirara lo suficiente y sus partidarios quedasen en minoría, los individuos se sentirían obligados a organizar la vida colectiva, generándose en el proceso voluntad de segregación, deseo de autonomía y espíritu de clase. Clase sin partido que pretenda servirse de ella, ni más función histórica que la que una conciencia rupturista le pueda proporcionar. Los frentes de lucha son diversos -urbanos, rurales, ecológicos- y el reto con el que se enfrentan las fuerzas sociales movilizadas reside en su capacidad de confluir sin renunciar a la democracia directa, ni soslayar sus objetivos finales. Desgraciadamente, las clases medias, aunque depauperadas, tienden a conservar su mentalidad y a actuar de acuerdo con ella, por lo que son presa fácil de los espejismos populistas de la reacción, y consecuentemente, un obstáculo mayor para la autonomía y la conciencia.

Crítica de la concepción marxista sobre la relación entre el desarrollo de las fuerzas productivas y la emancipación.

En verdad, el desarrollo de las fuerzas productivas ha vuelto casi imposible la emancipación social. Hace tiempo que la razón ilustrada al servicio de la verdad se trastocó en razón instrumental al servicio del poder. Tal desarrollo pudo originar la formación de una clase obrera industrial sediciosa en sus fases iniciales, pero en etapas posteriores, a pesar de la generalización del trabajo asalariado, la base social del combate por la emancipación se restringía. La máquina suprimía inexorablemente la fuerza de trabajo y condicionaba toda la vida social, poniéndola en manos de los expertos. La tecnología y el consumismo provocaron un desclasamiento de la población trabajadora y la pérdida de la conciencia de clase, borrando de su imaginario toda aspiración revolucionaria. En Occidente, la sociedad de clases enfrentadas desembocó en una sociedad oligárquica reclinada en clases medias asalariadas. La descomposición del área soviética derivó en un capitalismo monopolista de Estado. La base material de la emancipación no prosperó en ningún lado: la principal fuerza productiva, que no es el trabajo sino la alta tecnología, era cada vez más destructora, luego inservible para fines liberadores, y por lo tanto, imposible de ser autogestionada.

¿Qué es la “conciencia territorial”?

Dijo Ellul en su momento, que “lo que está en juego es nuestro entorno social y ambiental”. En las regiones que aspiran a constituirse en Estado, a menudo la idea territorial se confunde con el patriotismo identitario. Sin embargo, de manera más general, la expresión “conciencia del territorio” alude a las ligaduras intelectuales que la población mantiene con su hábitat, comprometidas por una artificialización intensiva del mismo, responsable esta del conjunto de síndromes sicológicos definidos como «psicastenia», o más comúnmente, como «mal urbano.» No se trata pues de un conjunto de vínculos simplemente afectivos, ni de una filantrópica “conciencia ambiental”, sino que tiene que ver con el ritmo de vida pausado de los espacios abiertos, ajenos a los imperativos capitalistas, impulsor de formas de convivencia social integrada. Algunos como Sergio Ghirardi utilizan el concepto de “conciencia de especie”, que yo definiría como la protesta espiritual del vecindario (urbano y rural) ante las amenazas de devastación total contenidas en la fase extractivista del capitalismo tardío, algo que supone a medio plazo la extinción de la especie humana.

¿Cuál es la diferencia entre las luchas territoriales y las luchas urbanas?

No hay diferencia. El derecho a la ciudad es también derecho al territorio. Territorio es en principio el espacio concreto donde se asienta una población, y, por consiguiente, es algo más que paisaje, solar, campo o medio natural. Las áreas urbanas también forman parte de él. Es espacio geográfico y social, una porción de la naturaleza modelada por la acción humana a lo largo de la historia. Es dueño de un pasado, tiene tradición propia y contiene relaciones sociales. En el momento turbocapitalista, el territorio no metropolitano se halla suburbanizado, por lo que todos los conflictos tienen bastante en común, ya que son a la vez territoriales y urbanos. Es más, dada la despoblación de las zonas rurales, los efectivos de la defensa del territorio son mayoritariamente metropolitanos.

Con relación al Estado, ¿es este necesario para superar el capitalismo o un freno?

Para quienes propugnan una organización social horizontal, sin burocracia, ni dirigentes, ni cárceles, ni fuerzas de orden, no cabe duda de que el Estado es, más que un freno, un grandísimo enemigo. Ellos quieren reforzar la sociedad civil luchando por un funcionamiento autónomo, o sea, al margen de las instituciones. Por otra parte, el Estado es el Estado de la clase dominante, luego la cara política del capitalismo y, en tanto que monopolizador de la violencia, su brazo armado. Cualquiera que sea su modalidad y diga lo que diga su propaganda mediática, el Estado es la explotación políticamente organizada de la mayoría de la población por una clase minoritaria. Teniendo en cuenta que el Estado puede sobrevivir al capitalismo y no lo contrario, la abolición de este no conduce necesariamente a la de aquel. Hay que empezar por suprimir el Estado. Comenzar desvelando sus artimañas. Gracias a las trampas participativas y al conformismo dominante, el Estado absorbe todas las energías de la contestación y coopta con facilidad a sus representantes. Cuando un movimiento popular penetra en los mecanismos estatales, queda atrapado por ellos. El movimiento segrega una capa burocrática que actúa en su nombre, y que, a medida que va acaparando la decisión -a medida que altera la vieja estructura de poder y se hace gobierno- va divorciándose de él, constituyendo una nueva clase separada. Quien delega, abdica. La clase del Estado se emancipa de la sociedad y se proclama representante de la misma, forzando un cambio de apariencias. Pero, aunque la dominación varíe en la forma, se mantendrá en el contenido.

¿Cuál es tu definición de Estado? ¿En qué se diferencia de la concepción espinozista o hegeliana?

El Estado es una estructura vertical separada y opuesta a la sociedad civil, a la que organiza unilateralmente a través de una capa de funcionarios. Bakunin dijo que el Estado era el mal, la mismísima Iglesia secularizada, una forma histórica de sociedad que agotó su tiempo. García Calvo puntualizaría: “el Estado es la epifanía de Dios mismo”, una idea abstracta, metafísica, convertida en un ordenamiento jurídico que reduce la gente a la categoría de súbdito tras la cual no hay más que renuncia y sumisión. La concepción de Spinoza es una variante liberal de la noción de contrato. En algún momento, mediante un pacto, la multitud acuerda la composición de un Estado “de civilidad” que, conforme a la ley, imponga la razón y el sentido común como guía de conducta, proteja las libertades “naturales” y salvaguarde a todos de ese caos producto de las pasiones anárquicas imperantes en el “estado de naturaleza”. La república holandesa constituiría el ejemplo tangible del ideal espinozista. Hegel, por su parte, consideraba al Estado como realización efectiva del derecho, imagen de la razón y culminación de la libertad civil. Era el punto final de una evolución histórica que el filósofo concretaba en la monarquía prusiana. Ambas ideas de Estado reflejan etapas históricas diferentes del dominio de la economía sobre la sociedad, y, por lo tanto, del desarrollo de la burguesía, la clase de la economía, comerciante y corsaria en un caso, industrial en el otro. Siglo XVII para Spinoza, siglo XIX para Hegel. Salvo en algún caso excepcional -Morelly, Godwin, Fourier- los pensadores avanzados de la fase ascendente de la burguesía, nunca se plantearon la posibilidad de una sociedad organizada no sometida a una autoridad exterior. En su fase descendente, los ideólogos ciudadanistas, como buenos filisteos, huyen de Hegel, es decir de Marx y de Bakunin, o sea, de la lucha de clases y del rechazo al Estado, y de vez en cuando descubren la teología política de Spinoza, es decir, al Estado liberal idealizado de la vieja burguesía, y utilizan sus reflexiones con el fin de proporcionar perspectivas políticas a cualquiera de las facciones mesocráticas que representen.

 

 Miquel Amorós 

 

viernes, febrero 13

La quiebra del A.V.E. La macro-infraestructura más inútil

 


La tragedia de Adamuz y el colapso de la red de “Rodalies” de Cataluña constituyen —tras el accidente de Angrois— el episodio más grotesco y dramático de la “nueva era ferroviaria” proclamada al unísono por la casta política hispano-catalana, la oligarquía del cemento y las élites mundializadoras. En esta sociedad del riesgo, de la que hablaba Ulrich Beck, la Alta Velocidad se añade a la lista de peligros y amenazas socio-ambientales en la que figuraban los transgénicos, los gases de efecto invernadero, las renovables industriales, los cables de Muy Alta tensión, las centrales nucleares y la industria agroalimentaria. La ciencia y la tecnología de la posmodernidad no son neutrales. Al contrario de lo prometido, a tecnologías más altas, menor bienestar y mayores riesgos. Eso es particularmente verdad en materia de infraestructuras innecesarias. El liderazgo español en esa clase de despropósitos muestra la persistencia de la mentalidad desarrollista heredada del franquismo en la política profesionalizada de cualquier color, un caso extremo de irresponsabilidad cuyos nefastos resultados han quedado bien a la vista. La Alta Velocidad nunca fue sostenible, puesto que la sociedad que la pone en marcha no lo es. Tampoco es ni mucho menos eficiente y segura, tal como indican la impuntualidad diaria, la aparición de decenas de puntos críticos y el creciente número de incidencias, y no parece que sea el futuro feliz de la movilidad ciudadana.

La causa del choque de trenes no tiene misterio: no es la impericia criminal de un ministro o la dejadez culpable de sus subordinados desoyendo las recomendaciones de la Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios; ni siquiera la alta externalización de la seguridad. Es la falta de mantenimiento suficiente, directo o subcontratado, lo que sumado a una mayor afluencia de usuarios, y por lo tanto, a una mayor circulación de trenes, ha desgastado las vías en diversos puntos más de lo previsto, multiplicando las posibilidades de una catástrofe que finalmente se ha producido. El progreso que pregona la dominación lleva consigo ese tipo de peligrosos imprevistos. Llegados a este punto, convendría remontarnos hacia atrás, hacia los orígenes del fenómeno aberrante de la Alta Velocidad, producto de los delirios de grandeza de la clase dirigente y de sus representantes, mercenarios y bufones.

 Allá por los años ochenta del siglo pasado, el gran proyecto del Tren de Alta Velocidad fue una idea de la European Round Table, organismo con buena presencia de multinacionales, con fines eminentemente logísticos, que al desembarcar en el Estado español, se transformaron en políticos. El primer ejemplo de tal reajuste fue la línea Madrid-Sevilla, bastión del partido que gobernaba en 1992. Repentinamente, a juzgar por las declaraciones de figuras destacadas de la política, la plutocracia y del empresariado, los informes técnicos domésticos y la prensa sobornada, el AVE se convirtió en la solución de todos los problemas a excepción del de la movilidad: el desarrollo económico, la creación de puestos de trabajo, la vertebración regional, el re-equilibrio territorial, la descentralización administrativa, la cohesión social, la reducción del tráfico automovilístico y aéreo… Estábamos ante la mismísima Razón de Estado. Excusamos decir que nada de aquello era verdad y que la economía de las zonas conectadas apenas se vio afectada, la localización de empresas resultó irrelevante y el desempleo siguió prosperando; así pues, la integración regional se quedó donde estaba, igual que la centralización; la desigualdad social aumentó, lo mismo que los vuelos, los camiones  y el parque automovilístico. Es más, la fragmentación geográfica y la desestructuración del territorio fueron cada vez más intensas y el impacto en el medio ambiente llegó a niveles preocupantes. El coste de la construcción de las nuevas vías fue sufragado una mínima parte con fondos europeos, y el resto, o sea, casi la totalidad, con el desvío de la inversión en carreteras, redes de cercanías y líneas convencionales de larga distancia. El capital privado fue extremadamente precavido y dejó el tema financiero en manos del Estado. Los gastos de operatividad y mantenimiento no iban a la zaga, así que la degradación de los trenes de cercanías, usados por centenares de miles de trabajadores -obligados a vivir en las coronas metropolitanas por culpa de la especulación inmobiliaria- fue progresando a más velocidad de la deseada por el stablishment dirigente. Lo mismo ocurrió con la media y larga distancia. Así pues, el caos de Rodalíes es un fruto ponzoñoso del AVE. En definitiva, la Alta Velocidad, el tren de los ejecutivos, o el “tren de los señoritos” -omo le llamó al principio la voz del pueblo- iba a convertirse en el proyecto más insensato y dilapidador del sistema político-económico peninsular.

La apuesta de las altas esferas dirigentes por un transporte elitista de viajeros no fue un farol, fue un órdago a la grande, un verdadero desafío a la cordura. Todos los jerarcas querían que el AVE pasara por la puerta de su casa. En tres décadas se construyeron más de cuatro mil kilómetros de vías, situando la alta velocidad española en el segundo puesto a nivel mundial, solo por detrás de China, pero con el grado de demanda más bajo, también a nivel mundial. No es de extrañar que los responsables ministeriales trataran de elevarlo, bien subvencionando el billete (el viajero solo paga la tercera parte), bien cancelando trenes regionales y de larga distancia. Finalmente, el número de usuarios se estancó en torno a los 20 millones hasta que la liberalización del servicio, a partir de 2021, obligó a bajar más los precios mientras el turismo de dentro y de fuera experimentaba una fuerte subida. Para contrarrestar la competencia de Ouigo e Iryo, Renfe procedió a lanzar el Avlo, un AVE menos caro, y en 2024 los viajeros ya eran 40 millones, cifra nada comparable con la de Francia, que con 2.700 kilómetros de vías de alta velocidad tuvo 164 millones en el mismo año. El elevado coste operativo seguía siendo un inconveniente, al que se trató de resolver reduciendo la inversión en mantenimiento, tal como parecen indicar los frecuentes retrasos y las advertencias de los maquinistas sobre baches, vibraciones y otros incidentes. Las consecuencias fatales de tal clase de ahorro no han tardado demasiado en manifestarse.

El problema que les viene encima a los dirigentes y asesores del poder no se soluciona con dinero de los presupuestos, ni con demagogias populistas, puesto que el mal de la Alta Velocidad no reside en el elevado coste de su funcionamiento, sino en su naturaleza de artilugio emblemático de la globalización y estandarte de un sistema político al servicio de la economía de mercado. Entenderemos mejor si en lugar de decir AVE, decimos capitalismo. El AVE, o algo como él, es un producto del régimen económico-social con ese nombre, un juguete caro en el que refocila su clase político-empresarial. Si tocas al uno, tocas al otro. El deterioro del servicio prestado por la alta velocidad, que de una manera u otra volverá a agravarse, no es más que el reflejo de la degradación irreversible de lo público, provechosa para unos cuantos en el capitalismo tardío, el de los mega-proyectos y las macro-infraestructuras, para el cual las catástrofes son rentables y las crisis, beneficiosas. El negocio está en su construcción y en el desorden que acarrea, nunca en la gestión del servicio que promete. Es imposible cambiar esta dinámica social y ambientalmente aniquiladora. Si hay que escoger entre beneficios y seguridad, no es difícil adivinar el resultado de la elección. La sociedad, el sistema, como el fútbol, es así. Desde la izquierda ciudadanista hay quien propuso en su día al Estado promotor y administrador del AVE la alternativa de un “tren social”. Respondo que para cambiar de tren hay cambiar primero de sociedad. ¿Cómo? De entrada, denunciando la estrafalaria idea de progreso como experimentación incontrolada de artefactos tecnológicos. Después, no contemporizando con portavoces del capital. Luego, transformando la cólera de los viajeros en arma social y política de largo alcance.

 

Miquel Amorós 

miércoles, noviembre 12

Alimentos IA



La tecnología –una azada, los satélites Starlink que estas noches comparten el cielo con las estrellas fugaces, los móviles en las aulas o el charkha, la rueca de madera que Gandhi y tantísimos millones de personas de la India usaban para autoproducirse su ropa– no es necesariamente buena. Ni necesariamente mala. Pero tampoco es neutra. Sí que es, como propone Etc Group, política.

Si en la actualidad la política que marca nuestras vidas, el capitalismo, está centrada en la acumulación de riqueza, podemos convenir que las motivaciones que hay detrás de cualquier propuesta de innovación tecnológica no pretenden encontrar la mejor manera de hacer las cosas, sino cambiarla para incrementar la cuenta de resultados. Aunque las nuevas técnicas no mejoren las anteriores, aunque no sea necesario cambiar nada, aunque cambiar una cuestión genere muchos impactos negativos en otros ámbitos… toda tecnología es aceptada si da con la tecla adecuada para dicho fin lucrativo. Hasta tal punto que, no sé si será por esta ambición económica que todo lo moviliza, nuestra civilización occidental nunca está satisfecha y las palabras cambiar y mejorar las entendemos como sinónimos.

Sustituir a las y los cajeros de los comercios por tecnologías de pague usted mismo, ¿ha mejorado la atención? ¿Ofrece más y mejores puestos de trabajo? Claramente no, pero lo justificamos porque rebaja costes e incrementa beneficios, el único problema que parece trascendental resolver. Diseñar tecnologías para reducir en una semana el engorde de un pollo, no solo para reducir costes de producción, sino también para poder engordar más pollos en el mismo tiempo, ¿qué grandísimo problema resuelve?


Pongo este último ejemplo porque los grandes cambios en los sistemas agrícolas de todo el mundo, pasar de modelos campesinos y artesanales a producciones industriales e intensivas, se derivan de la introducción de toda una serie de propuestas y paquetes tecnológicos que se implementaron (con diferentes grados de violencia) en tanto resolvían una ecuación falseada: el hambre en muchos lugares del planeta derivaba de los bajos índices de producción de alimentos de la agricultura a pequeña escala. Ignorando, intencionadamente, la relación directa del hambre con el expolio colonialista o el acaparamiento de las mejores tierras en muy pocas manos. Lo ocurrido después ya lo sabemos, las comunidades campesinas de todo el mundo han perdido su soberanía y sustento y las corporaciones que lideraron la respuesta tecnológica, la llamada revolución verde, decenios después, son enormemente poderosas.
En concreto, según los últimos informes de Grain y Etc Group: dos empresas controlan el 42% del mercado mundial de semillas comerciales; dos empresas controlan el 40% del mercado mundial de pesticidas; cuatro, el 43% del mercado mundial de maquinaria agrícola; seis el 60% de los fertilizantes de potasio; y el 68% del mercado farmacéutico de sanidad animal se lo reparten diez corporaciones. Y algunas, como Bayer, figuran en varias de estas categorías.

Pero, lejos de cuestionarnos cómo la tecnología es también un arma de control y de dar y quitar poder, hoy en día se la considera como la única forma existente para resolver los problemas derivados de la crisis climática. También los que provoca en la agricultura. Recientemente, por ejemplo, la revista Nature ha publicado una revisión científica que analiza cómo el matrimonio entre inteligencia artificial y biotecnología puede “transformar la producción agrícola mundial, ayudando a construir sistemas alimentarios más resilientes frente al cambio climático, las plagas y el crecimiento de la población”. Y aunque estamos produciendo alimentos para 10 mil millones de personas, las soluciones que se nos proponen son pedirle a la inteligencia artificial que decida cómo modificar el genoma de las plantas para crear nuevos cultivos. Y confiar en Ella. En su criterio divino.

Puede parecer un cierre fantasioso para este texto, pero es justamente todo lo contrario: vamos camino de comprar las verduras desde casa, y que el teléfono móvil desde donde efectuaremos la operación, el internet que nos conecte y los tomates que nos sirvan sean todos del mismo amo.