lunes, marzo 18
domingo, septiembre 17
Cory Doctorow: “La ciencia ficción desafía lo inevitable y plantea que podríamos hacerlo de otra manera”
En ‘Walkaway’, el escritor Cory Doctorow presenta a unos personajes que viven una alegoría sobre el potencial de la cooperación para imaginar, frente a amenazas y coacciones, un mundo alternativo al margen de aquello preestablecido como inevitable
Walkaway se presenta como una novela utópica dentro de un mundo dominado por una distopía climática. Mencionas una serie de figuras como fuentes de inspiración durante el proceso de escritura en lo que respecta a la esperanza, la empatía y el altruismo. Una de ellas es Rebecca Solnit.
Sí, su libro Un paraíso en el infierno es sobre la realidad de las crisis. Ya sabes, hay un tipo de historia sobre las crisis que se repite a menudo en la ciencia ficción y que plantea que, cuando las cosas van mal, las luces se apagan y tus vecinos vienen a por ti a comerte. Lo que Solnit muestra como historiadora en su libro, que consiste en una investigación minuciosa de fuentes primarias sobre desastres, es que para la mayoría, cuando ocurre uno de esos desastres, se detiene esa queja que todos sentimos, como una especie de zumbido continuo de fondo. Entonces, tenemos una especie de silencio tañido en el que, con cierta claridad, nos damos cuenta de que, sea lo que sea lo que nos pase con nuestros vecinos, estamos encerrados en un sistema de dependencia y obligación mutua, y no es el momento en el que vamos a su casa a comérnoslos. Es el momento en el que tus vecinos vienen con toda la comida del congelador para hacer una gran barbacoa, porque de lo contrario se va a echar todo a perder, ya que las luces se han apagado porque se ha ido la electricidad. Es algo hermoso, pero gran parte de la ciencia ficción, incluidas obras que he escrito, adopta el tipo de enfoque perezoso con la intención de impulsar la trama, en la que, con el desastre, llueve el caos y demás. Yo creo que hay una trama mucho mas interesante en una historia en la que la crisis precipita un esfuerzo de buena fe y buena voluntad para mejorar las cosas, pero ese esfuerzo se ve obstaculizado no por la venalidad o la maldad, sino más bien por un legitimo desacuerdo entre personas que realmente quieren mejorar las cosas, pero no están de acuerdo en cómo debe hacerse. Es mucho mas trágico tener una pelea con la gente que amas, que termina con un desacuerdo duradero, que tener un desacuerdo con la gente que no te gusta. ¿Porque a quién le importa no estar de acuerdo con la gente que no le gusta? Cualquiera que haya vencido en una discusión durante una cena de Navidad sabe que lo único peor que perder una discusión en Navidad es ganarla, porque entonces tienes una fractura con la gente que te importa que puede llegar a durar para siempre.
Otra de esas referencias que mencionas es Thomas Piketty.
En el caso de Piketty se trata de un autor que hace un estudio muy interesante sobre la desigualdad, que no es sólo injusta, sino también peligrosa y desestabilizadora. Centra su argumento alrededor de los programas sociales y los impuestos, al tiempo que expone la voluntad de los ricos y poderosos en invertir parte de su riqueza y sembrar su influencia en el resto de nosotros, para que la desigualdad sea percibida como parte de nuestro propio interés. Piketty muestra que el problema de la acumulación y la avaricia no es solo que sean cosas injustas, sino que desestabilizan a la sociedad, porque, ¿para qué defenderías a una sociedad que no te defiende a ti, que no tiene nada que ofrecerte? ¿Por qué no mejor vestir un chaleco amarillo o hacer cualquiera de las otras cosas que realmente asustan a los ricos? Para Piketty, los ricos comprenden que hay una especie de entendimiento tácito, según el cual pueden o pagar impuestos o gastarse el dinero en guardias para evitar que la gente construya una guillotina en su jardín. Y hay un punto en el que realmente es más barato pagar tus impuestos y dejar que construyan hospitales, que pagar a los guardias para que estén en tu jardín con ametralladoras. El asunto sobre la tecnología que he sacado del trabajo de Piketty se refiere a la posibilidad de que la tecnología haga más barato detener las guillotinas, porque es tan fácil espiar y controlar a la gente que, si dispones de mucha de esa tecnología, se puede ser mucho mas codicioso sin preocuparte de las guillotinas. Ya no es necesario tranquilizar a la gente compartiendo, siendo amable y justo. Gracias al trabajo de Piketty me quedó bastante claro en el momento en que escribí el libro, pero incluso más ahora, que los ricos, si bien individualmente saben que son incapaces de disciplinarse a sí mismos de forma colectiva, están encerrados en su propio dilema del prisionero que hace que el resto estemos inmersos en esta crisis amenazante.
La tercera influencia que destacas es la de David Graeber.En última instancia, esto indica que la historia que los conservadores de extrema derecha se cuentan a sí mismos sobre la sociedad, que emerge espontáneamente a partir de contratos libres entre individuos, simplemente no es cierta. La sociedad es siempre un esfuerzo colectivo y no una serie de esfuerzos individuales, y esa es una lección muy importante del libro.
Dedicas el libro a Aaron Swartz y Erik Stewart, que entiendo que también fueron figuras relevantes para tu trabajo.
Esto es algo que Piketty señala a propósito de las guerras mundiales, ya que, aunque fueron peleadas por gente trabajadora, la destrucción de capital afectó mayormente a los ricos. El capital de la gente trabajadora no sumaba casi nada comparado con el capital de los ricos, que poseían casi todo. Y ahora, cualquier cambio que hiciéramos para evitar la emergencia climática, afectaría desproporcionadamente a la gente rica, porque ellos tienen todos los recursos que necesitamos para hacer esos cambios. Ellos controlan los recursos, por eso creo que los dos asuntos, clima y clase, nunca pueden separarse. Si hubiéramos tenido una emergencia climática que afectara sobre todo a los ricos, tal vez no habríamos sufrido la inacción climática que vemos en los ricos. Sin las enormes ganancias de las compañías petroleras, nunca habríamos dejado que los problemas climáticos empeoraran tanto año tras año, década tras década, hasta que estuviéramos al borde de la catástrofe total. Si estas compañías no dispusieran de las fortunas gigantescas de las que disponen, no habrían sido capaces de comprar las decisiones y voluntades políticas que les permitieron amasar una fortuna aún mayor.
Nuestro sistema social, basado en el crecimiento constante dentro de un mundo finito, está tensionando y sobrepasando cada vez más los límites planetarios. Walkaway se sitúa en un mundo de postabundancia, en el que organizar la escasez conduce a soluciones alternativas. ¿Qué podemos esperar de la actual organización de la escasez en un mundo con amenazas crecientes, declive material y energético, con desigualdades cada vez mayores? ¿Dónde debemos buscar la esperanza?
Se propone que, de este modo, en realidad terminaríamos con más abundancia material y, en la práctica, una vida mejor, porque en lugar de poseer cosas, las usaríamos. En ese caso, con una asignación más eficiente de los bienes, se puede conseguir que cada persona se sienta más rica, incluso a medida que usamos menos materiales y retraemos nuestro impacto sobre los límites planetarios. Quizá Walkaway se hace algo más difusa a ese respecto y The Lost Cause realmente llega mejor ahí.
Uno de los temas clave del libro es la contradicción entre la propiedad y los derechos, que se da, por ejemplo, en el choque entre el derecho de propiedad y los derechos humanos. El movimiento de los andantes hace hincapié en la idea de que el valor humano debe ligarse a nuestra condición de humanos como tal, y no derivarse de ningún tipo de patrimonio o basarse en la propiedad. ¿Cómo te aproximas a este conflicto entre propiedad y derechos en tu trabajo?
Hay algo que los liberales dicen mucho: “No sé lo que realmente significan la izquierda y la derecha. ¿Acaso significan algo hoy?”. Dije una vez eso delante de un amigo, un escritor radical de ciencia ficción llamado Steven Brust, y él me dijo: “No, no lo entiendes. La definición de izquierda y derecha se estableció durante la Revolución Francesa y nunca ha cambiado desde la época de la guillotina. Pregúntale a alguien si cree que los derechos de propiedad son más importantes que los derechos humanos. Si dice que los derechos de propiedad son derechos humanos estará en la derecha y si dice lo contrario, estará en la izquierda”. Esta es una de las cosas que distingue a los liberales de los izquierdistas.
Cualquiera que haya leído o visto Los miserables sabe lo que significa, porque en ella hay este conflicto entre el derecho a no morir de hambre y el derecho del panadero a cobrar una barra de pan. La ley francesa dice que debes morir de hambre en lugar de robar la barra de pan, pero con el levantamiento se dice que no, porque morir de hambre tiene más importancia que asegurar que el panadero cobre su barra. Ese es el quid de muchas de nuestras luchas. Piensa en España, después de la crisis de la vivienda, cuando había tantos desahucios ejecutados y tantas casas vacías, y, sin embargo, a pesar de que había tanta gente que necesitaba casa, vimos cómo desde la economía, que es nominalmente un sistema para hacer que todos estemos mejor, se decía que no puedes mudarte a una de esas casas, porque deben dejarse vacías incluso si acaban pudriéndose y llenándose de moho. Había una hoja de cálculo que decía que la casa tenía que quedarse así, vacía hasta que se pudriera, condenada a pesar de que todos sabíamos la razón por la que no debería estarlo. Eso es lo que los andantes tratan de cambiar. Viven en un mundo donde la emergencia climática ha causado tanta destrucción, que grandes franjas del planeta están vacías, pero llenas de cosas que podrían ser utilizadas para vivir. Y, sin embargo, no pueden utilizarse porque la hoja de cálculo dice que no se puede. Cuando eso sucede, tienes esta división que es tan antigua como la de Los miserables, y, ante ella, los andantes dicen: “Vamos a tomar la basura, la tierra envenenada y construir el paraíso”.
Cuando algún rico extraño se presenta y reclama su tierra envenenada con su basura, exigiendo que se vayan antes de que surja una Revolución Francesa, los andantes simplemente dejan que ese rico extraño tenga su basura y, como disponen de la tecnología que les permite construir algo diferente dondequiera que estén y no hay escasez de basura y tierras envenenadas, encuentran otro montón dea basura y otra tierra envenenada y empiezan de nuevo. Así que eso es lo que hacen: se marchan [walk away].
No se trata de una predicción, sino de una esperanza, o quizá incluso de un plan, pero creo que si vamos a sobrevivir, lo haremos porque reconocemos que tenemos intereses comunes. Es decir, si a ti te preocupa la emergencia climática y a mí la desigualdad y a otros los monopolios y demás, en realidad a todos nos preocupa lo mismo: nos preocupa la injusticia que surge de la desigualdad, la imposibilidad de crear una buena sociedad partiendo de una tan desigual como la nuestra. Si podemos reconocer que tenemos una causa común y podemos organizarnos entre nosotros para hacer algo al respecto, podríamos ser imparables. Porque hay tanta gente que sufre bajo todo tipo de formas de desigualdad y corrupción, que la única manera en que podremos ser capaces de hacer una causa común es si disponemos de herramientas de organización, y esas herramientas de organización van a ser digitales. Esta es la razón por la que he estado involucrado en los derechos humanos digitales durante veinte años. No porque crea que la tecnología digital es más importante que otras luchas, como la igualdad racial, de género, los derechos laborales o la lucha por el clima, sino porque creo que el mundo en el que vamos a luchar por esos derechos es el campo de batalla técnico, es el campo de batalla donde nos encontramos unos a otros, nos comunicamos unos con otros, nos coordinamos y pasamos a la acción. Así pues, mi esperanza está depositada en la construcción de tecnologías federadas, que están surgiendo ahora mientras Twitter se desintegra, y que estarán realmente centradas en los usuarios, diseñadas alrededor de las necesidades de la gente que las utiliza, y que posibilitarán ese tipo de causa común que, a su vez, dará pie al cambio que necesitamos.
¿Cómo entiendes el papel de la escritura de ficción contemporánea, y especialmente el de la literatura de ciencia ficción, ante las crisis ecosociales combinadas con que convivimos en la actualidad?
La forma en que hacemos las cosas ahora no es resultado de que sepamos que es la única manera de hacer las cosas. No bajó ningún profeta del monte con dos tablas de piedra y dijo: “No debéis hacerlo de otra manera”. Por el contrario, podríamos hacerlo de otra manera en el futuro. Eso es lo que hicieron los luditas. Los luditas no estaban enfadados con las máquinas, sino porque sus jefes tenían máquinas tan fáciles de usar hasta para un niño, que despidieron a los trabajadores adultos y fueron a los orfanatos de Londres, secuestraron a los niños cuyos padres habían muerto en las guerras napoleónicas y los esclavizaron en las fábricas con contratos de diez años, y ahí fueron mutilados, golpeados y asesinados. Los jefes dijeron eso: “Bueno, si quieres medias, tienes que dejarnos asesinar niños”. Pero los luditas pensaron que en realidad se podía imaginar la producción de medias sin asesinar niños y que, incluso si se hacían con las máquinas, se tenían que hacer en colaboración con los trabajadores, en lugar de deshacerse de ellos. Lo importante no es lo que hace esta máquina, es para quién lo hace. Por eso, la ciencia ficción dice que podríamos tener un mundo muy diferente al mundo en el que vivimos ahora. No hay nada decidido sobre los acuerdos sociales a que hemos dado forma nosotros mismos. Podrían ser diferentes. Y lo que nos va a sacar del cambio climático es la comprensión de que podría haber algo distinto que esto que tenemos.
jueves, agosto 24
jueves, junio 22
[Novela ficción] Los desposeídos
Autora: Ursula K. Le Guin. Editorial: Minotauro. Páginas: 456.
El pasado mes de octubre la escritora californiana Ursula K . Le Guin habría cumplido 93 años. Sin embargo, nos dejó ya en el año 2018 y con ella se volvió inmortal su legado. No queremos que su extensa obra de ciencia ficción utópica y relatos de literatura fantástica ambientadas en mundos alternativos se pierdan en el olvido. En el mundo capitalista en que malvivimos la distopía nos rodea, este sistema es el principal productor de vidas distópicas y nos moldea la mente hasta el punto de perder la capacidad de imaginar más allá de los límites de simples consumidores. Es por ello, que la literatura de ficción de la autora Ursula K. Le Guin, suponen reencontrarnos con un relato de utopías y otros mundos posibles aún por construir.
En este contexto la escritora explora algunas problemáticas de nuestro tiempo actual: la situación de las mujeres en la estructura social, la complejidad de las relaciones humanas, los méritos y las promesas de las ideologías, las perspectivas del idealismo político en el mundo actual. La antropología, el feminismo o el anarquismo tuvieron bastante influencia en su obra.
Bajo esta premisa queremos recomendar una de sus obras más intencionadamente políticas de Ursula K. Le Guin titulada Los Desposeídos. Su historia es en torno a Shevek un físico brillante, originario de Anarres, un planeta aislado y «anarquista», que decide emprender un insólito viaje al planeta madre Urras, en el que impera un extraño sistema llamado el «propietariado». La misoginia y la jerarquía presentes en la sociedad autoritaria de Urras no existen entre los anarquistas, que basan su estructura social en la cooperación y la libertad individual. Shevek cree por encima de todo que los muros del odio y la desconfianza, que separan su planeta del resto del universo civilizado, deben ser derribados.
Para escribir Los desposeídos, según la propia autora, se inspiró en anarquistas como Piotr Kropotkin, así como en la contracultura de las décadas de los años 60 y 70. Además, se le atribuye el hecho de «rescatar al anarquismo del gueto cultural al que fue relegado» y de contribuir a integrarlo en la corriente intelectual.
miércoles, agosto 17
sábado, julio 17
Entrevista a Layla Martínez: “El neoliberalismo es profundamente antiutópico, ni siquiera defiende las utopías capitalistas”
Layla Martínez (Madrid, 1987) es editora de la editorial Antipersona, colaboradora habitual de medios como El Salto y autora de numerosos libros. Ha escrito sobre la explotación de la mujer en Gestación Subrogada: Capitalismo, Patriarcado y Poder (Pepitas de Calabaza, 2019) y sobre el papel de la mujer en la ciencia ficción en Infiltradas (Palabristas, 2018).
El pasado mes de noviembre publicó su ensayo más reciente, Utopía no es una Isla (Episkaia, 2020), un recorrido por proyectos utópicos pasados que nos devuelvan la capacidad de imaginar y que nos guíen para construir un futuro en el que merezca la pena vivir. Sostiene que la proliferación de distopías en forma de novelas, series y películas que estamos viviendo está siendo enormemente funcional para el neoliberalismo capitalista, que utiliza esta producción cultural a su favor, para mantener el orden actual y evitar los cambios. Si solo imaginamos un futuro peor, el presente nos parecerá admisible y no lucharemos para cambiar las cosas.
Tras leer esta obra nos pusimos en contacto con ella a fin de hacerle una entrevista y tuvo la gentileza de aceptar. Lo que sigue a continuación son las preguntas que le formulamos – y las respuestas que nos dio – a finales del mes de mayo.
En el momento histórico en el que vivimos de avance de la ultraderecha en el mundo, recortes de derechos, una pandemia global y la iniciación de numerosas guerras, proliferan las distopías, sobre todo en series de televisión y en novelas. Por eso choca descubrir que has roto con esta dinámica y has escrito un libro acerca de las utopías. ¿Qué te llevó a hacerlo?
Justamente esa sensación de que todos los discursos sobre el futuro parten de la idea de que iba a ser peor que el presente. Por supuesto el hegemónico, pero también los contrahegemónicos. Cuando daba charlas y talleres sobre la historia del futuro y la evolución de la ciencia ficción durante el siglo XX una de las cosas que preguntaba a los asistentes era cómo veían su ciudad dentro de cincuenta años. Di los talleres en muchos sitios, desde asociaciones de ciencia ficción a universidades o centros sociales autogestionados y la respuesta era siempre la misma: deterioro de las condiciones laborales, pérdida de derechos, aumento de la crisis ecológica, capitalismo de megacorporaciones, tecnología mejorada pero aplicada al control social… Me respondían eso incluso militantes de la izquierda radical, que en teoría se supone que deberían creer que lo que hacen puede conducir a otra sociedad. Y pensé que ahí había algo importante. Por supuesto no he sido la única ni la primera que lo ha pensado, pero creí que merecía la pena investigarlo.
En el libro dices que las distopías reflejan nuestras ansiedades y que, a diferencia de lo que sucedía anteriormente, ya no creemos que el futuro esté ligado al progreso y vaya a ser necesariamente mejor. ¿Cuándo crees que dejamos de pensar en el futuro en clave de utopía y lo empezamos a idear como una distopía? ¿Por qué sucedió esto?
Los teóricos de la posmodernidad, como Jameson, sitúan la pérdida de la idea de progreso justamente en el inicio de la posmodernidad. Es uno de los cambios clave para entender cómo se modifica el marco cultural. Ellos lo sitúan a finales de los años setenta y principios de los años ochenta. Yo creo que en ese momento tienen lugar algunos hechos históricos clave que convergen ahí, pero sin duda uno de los que más peso tienen en la pérdida de la capacidad de imaginar un futuro mejor es el ascenso al poder del proyecto neoliberal, con su bautismo de sangre en Chile y la llegada de Thatcher y Reagan. El neoliberalismo es profundamente antiutópico, ni siquiera defiende utopías capitalistas como las del capitalismo de posguerra, con sus adosados en los suburbios y su centro comercial. No hay un proyecto colectivo ni siquiera de tipo capitalista, solo hay un presente continuo de depredación constante.
¿Consideras útil la proliferación de distopías y obras literarias que piensan en clave negativa para advertirnos de los peligros que están por llegar? ¿O es preferible pensar en términos de utopía?
Yo creo que las distopías surgen por el deseo de alertar sobre los peligros de que suceda lo que se cuentan en ellas. Cuando Margaret Atwood escribe El cuento de la criada, por ejemplo, lo que busca es alertar de los riesgos de un recrudecimiento del patriarcado. El problema es el efecto combinado, el hecho de que prácticamente no se haya escrito otra cosa que distopías cuando se imagina el futuro. La realidad y la ficción se relaciona de forma compleja. La segunda refleja la primera, refleja nuestras ansiedades y miedos colectivos, también las esperanzas, pero también la modifica y la altera. Se corre el riesgo de que se conviertan en profecías autocumplidas.
¿Existe un futuro para nosotras? ¿O es inevitable el colapso? Algunas pensadoras creen que las utopías de antaño pensaban que los recursos eran ilimitados y que la utopía vendría cuando nos apropiáramos de la producción y que ésta sería infinita, pero que en la actualidad quizás la utopía pueda llegar en cómo organizamos los recursos finitos para gestionar de una manera ética el colapso. ¿Crees que de la catástrofe puede nacer la oportunidad?
Yo personalmente tengo muchos problemas con la idea de colapso en sí misma. La crisis ecológica no va a provocar un colapso de un día para otro como el que aparece en las series y las películas, la sociedad no se va a derrumbar un día concreto y todo el mundo va a saquear los supermercados como en una plaga zombi. A lo que nos enfrentamos es a un deterioro continuo y progresivo, que ya estamos viviendo. Cuanto más avance ese deterioro, más problemas tiene la supervivencia en la tierra de animales humanos y no humanos, como también estamos viendo ya. Pero la buena noticia es que estamos a tiempo de evitar las peores consecuencias de ese deterioro, que estamos a tiempo de echar el freno y detener ese avance. Eso supone un esfuerzo enorme, supone derribar el capitalismo entero en un plazo de tiempo muy corto, pero también nos permite imaginar sociedades mucho más justas y una vida mucho más dignas. La idea de colapso creo que es negativa políticamente porque nos condena a gestionar ruinas y porque extiende una idea muy paralizante: “si no se puede hacer nada, si el colapso es inevitable ¿para qué voy a intentarlo?”. Creo que es mucho más útil políticamente pensar a dónde queremos ir, qué sociedad vamos a construir tras el capitalismo, porque con eso al menos es más fácil movilizarnos. El miedo paraliza, la esperanza puede movilizar.
En este ensayo recorres el pensamiento de muchas personas que idearon un mundo mejor, empezando por Tomás Moro, pasando por el pensamiento marxista, las comunas victorianas, el panafricanismo y el ecosocialismo, entre otros. No son meras ideas y obras literarias, sino que convivieron con proyectos revolucionarios históricos. ¿Por qué escogiste estos hitos en concreto?
Quería que el ensayo hiciese un repaso en el que se tocasen diferentes épocas históricas y diferentes lugares del mundo, pero la idea es que fuera cortito, así que tenía que elegir. De los históricos intenté no dejar fuera a los más relevantes -me parecía que no tenía mucho sentido hacer una historia de la utopía sin el socialismo o la descolonización-, pero de los actuales intenté centrarme en aquellos que no eran tan conocidos o de los que solo se había conocido una faceta. Por ejemplo, no hablé de los zapatistas porque ya hay mucha información sobre ellos, en su lugar pensé en guerrillas que estuviesen actualmente activas y que además conjugan el ecologismo y el indigenismo con el socialismo, como los naxalitas. En otros casos, intenté dar una visión diferente de lo que habitualmente se ve en los medios, como en Venezuela, centrándome en el movimiento popular y en las comunas más que en otras cuestiones.
Sin embargo, muchos de estos movimientos también tuvieron sus lados negativos. Muchas de las primeras utopías se idearon desde una visión colonial, patriarcal e incluso clasista.
Sí, la idea era más ver el impulso utópico que hay en estos movimientos, la ambición por cambiar la sociedad sin ocultar desde qué posición estaba hablando el escritor o el teórico que las creó. Creo que la Historia está para eso, para coger herramientas que sirven, pero también para criticar las que ya no. Los movimientos sociales y las ideologías no deben de estar en urnas y mantenerse puros, sino ir mutando y cambiando.
Por último, describes el capitalismo como un sistema que te exige producir hasta la extenuación, sin importar cómo te sientas. De hecho, cuanto menos sientas y más aislada te encuentres, mejor. ¿Qué podemos hacer para romper con esta dinámica?
Es muy difícil romper esa dinámica, pero yo creo que la brecha para hacerlo está en el encuentro con los demás. Cuando estudié Ciencias Políticas nos decían que la política era la gestión del conflicto y a mí, ya entonces, me parecía una definición muy pobre. Yo prefiero entenderla como el encuentro con los otros, que a veces implica conflicto, y eso está bien, pero otras también esperanza, solidaridad, apoyo mutuo, ayuda. Creo que ese encuentro es lo único que puede darnos una oportunidad para cambiar las cosas de verdad. Sé que esto no es decir mucho porque pasar tiempo con los demás o implicarnos en colectivos, sindicatos, etc. no depende siempre de nosotros (muchas veces tenemos bastante con trabajo, cuidados, etc.), pero creo que es por ahí por donde va el camino a seguir.
Extraído de https://www.todoporhacer.org
jueves, junio 17
Negras tormentas
Negras tormentas agitan los aires… decía la mítica canción, y en efecto así fue. Una pesada chapa de plomo y de dolor se abatió sobre todo el país para sofocar la utopía que había animado al pueblo a tomar la calle y a levantar barricadas contra la barbarie. La distopía, el negro futuro que se vislumbraba en aquella canción, no tenía porque ser muy detallada ni dibujada con gran precisión, su sentido se manifestaba escueta y brutalmente en el infame grito atribuido, con razón o sin ella, a Millán Astray ¡Viva la muerte! ¡Muera la inteligencia!
La lucha entre aquella utopía que pudo llegar a ser, y que incluso lo consiguió fugazmente, y la siniestra distopía que por desgracia se hizo real durante tan largo sufrimiento, deja bien patente la importancia de fomentar, de cuidar, de cultivar la utopía para plantar cara a esas negras tormentas que desde los inicios de la humanidad no dejan de ensombrecer su vida.
Ahora bien, ocurre que, por momentos, la nítida distinción entre utopías y distopías se torna borrosa y se difumina. Algunas utopías, cortadas por el mismo patrón que diseñó Tomás Moro, el padre de las utopías modernas, dibujan con tal precisión idílicas sociedades, que la prometida felicidad se asemeja más a la de un pájaro en rígida jaula de hierro que a la de una golondrina surcando libremente los cielos. No en vano Moro encerraba su utopía en una isla cuyo nombre adquirió rango de epónimo. Con su afán de perfección los modelos sociales ofrecidos por esas utopías acabarían por configurar, incluso si tienen tonalidades libertarias, la más horrenda de las distopias, que no es otra que la de un mundo exento de libertad y donde no quepa ni siquiera el concepto de esta.
Antes de abordar la más amenazadora de las actuales distopías quisiera precisar que más que acoger las utopías como bellos productos hechos para alimentar los sueños, es preciso hacer de ellas acicates para la acción. En lugar de disfrutar con la contemplación de un mundo ideal, lo que se requiere es poner las utopías en acción, enraizarlas en el presente y que hagan cosas aquí y ahora. Además, para evitar que la utopía acabe por cercenar la libertad es necesario restar precisión a sus propuestas para que dejen plenamente abiertas las puertas a la improvisación, a la autonomía y a la libre creatividad social.
El genero literario de la ciencia ficción abunda en relatos donde el poder de la imaginación crea prefiguraciones de lo que más tarde se materializará, y eso nos informa de paso sobre los temores y las fantasías que agitan las épocas en la que nacen dichos relatos. La ciencia ficción inspira angustiosas distopías, y parece que una de las mas preocupantes es actualmente la que gira, explicita o implícitamente, en torno al concepto de singularidad, es decir al preciso momento en el cual la inteligencia artificial superará nuestras capacidades cognitivas y escapará de nuestro control. Es obvio que ese tipo de distopía se sustenta sobre la enorme innovación que ha supuesto la revolución informática en el ámbito de las milenarias tecnologías de la inteligencia
Hoy, sin embargo, no son las consecuencias de la informatización generalizada del mundo las que nutren la principal distopía, sino que el más acuciante de los relatos catastrofistas está protagonizado por la colapsología. El temor a que las condiciones de vida en el planeta se deterioren al punto de amenazar la supervivencia de la especie humana, o incluso, mas genéricamente, la propia vida, tanto animal como vegetal, y hasta la existencia de la Tierra. La actual pandemia ha aportado un ingrediente suplementario al dramatismo de ese escenario, apuntando al ecocidio como uno de los factores, si no el principal, de la expansión del actual coronavirus y de todos los que, sin duda, le sucederán.
No cabe duda de que la degradación medioambiental constituye un enorme peligro, y que la movilización popular en su contra es indispensable. Ahora bien, también se puede apreciar cómo esa distopía orienta la respuesta de las poblaciones hacia la defensa de la vida en su acepción más biológica, no eliminando, pero sí dejando en un segundo plano lo que hace que valoremos la vida, por ejemplo, la defensa de la-libertad-en-la-igualdad. Quede claro que no estoy insinuando que no hay que defender la vida, es obvio que sin vida ni hay libertad ni hay literalmente nada, pero sin libertad tampoco hay, para el ser pensante, una vida que sea digna de ese nombre y que merezca ser defendida. Lo que sostengo es que la defensa de la vida y la de la libertad son inextricables, no pueden ir por separado, no es la vida lo que importa, sino la vida conectada con otros valores tales como la libertad; sobra la magnificación de la vida por sí misma, como un valor absoluto y descontextualizado de su imbricación con otros valores.
Por otra parte, tampoco se puede obviar que la focalización sobre la degradación del ecosistema como uno de los principales factores de las pandemias, ignora por completo el papel determinante que desempeña en la rápida expansión de los contagios el espectacular incremento demográfico producido en las últimas décadas, así como el papel que tiene el aumento de la densidad de las poblaciones hacinadas en megalópolis. Quede claro, aquí también, que no se trata de restar importancia a la lucha ecologista, sino de abogar por la incorporación de la variable demográfica y de la concentración poblacional a las consideraciones que suelen versar principalmente sobre las variables energéticas y las consecuencias del modo de usarlas.
Además, resulta preocupante que, a semejanza de las iluminaciones cuya intensidad deja en la oscuridad todo lo que tienen a su alrededor, la fascinación por el riesgo ecológico impida percibir lo que constituye hoy la mayor amenaza para nuestro futuro mas inmediato, una amenaza que de triunfar tornaría imposible la propia lucha ecologista.
En efecto, el carácter bifronte de la revolución informática que sigue consolidándose, progresando y transformando el mundo, con sus innumerables aspectos positivos, pero también con sus múltiples consecuencias negativas, está propiciando el ascenso de un nuevo tipo de totalitarismo que difiere de todos los anteriores y los deja muy pequeños.
El aspecto negativo que más se suele resaltar en las distopías relacionadas con la informática es, junto con las incógnitas planteadas por la singularidad y con el esperpento de la insurrección de los robots, el de la ubicuidad de la vigilancia y de la total transparencia de las personas ante la mirada de los poderes. Multiplicación de los dispositivos que proporcionan datos sobre individuos y colectivos, capacidad de almacenarlos ad eternum y sin límites, colosales posibilidades de tratarlos y creación de sofisticados algoritmos que extraen el máximo provecho de los yacimientos de datos, etc. etc.
El capitalismo de la vigilancia es la nueva cara que ofrece la constante mutación de un capitalismo que se nutre tanto de sus errores como de todo lo que se opone a él, y que se reinventa sin tregua. La ubicuidad de la vigilancia se completa con la sofisticación de los instrumentos represivos contra el desacato de las leyes, las actividades subversivas y las protestas sociales, pudiendo desembocar incluso en la eliminación preventiva de los supuestos desafectos (ahí están esos drones encargados de la «vigilancia armada» para mostrarnos que no se trata de ciencia ficción)
Sin embargo, hay otros dos aspectos que no por recibir menor atención dejan de ser menos preocupantes. Uno remite a los procedimientos de control que no tienen que ver directamente con la vigilancia, sino con la obligatoriedad de ser participe del mantenimiento del sistema, clausurando cualquier posibilidad de sobrevivir en su seno si no se contribuye a su desarrollo. En efecto, es cada vez mas perentoria la obligación de sumergirse totalmente en la informatización del mundo para acceder a toda una serie de servicios que van desde la atención sanitaria, a las gestiones administrativas, o a las actividades culturales y de ocio entre otros aspectos. Si una persona no tiene acceso a la red, sus posibilidades de no quedar marginada desaparecen, y son, a veces, las propias posibilidades de inserción laboral las que se esfuman por completo debido a la expansión del teletrabajo.
El otro aspecto remite a las posibilidades abiertas por la revolución informática en el ámbito de la medicina y de la ingeniería genética. Los avances que la informática está posibilitando en todo lo que atañe al complejo medico-industrial son sencillamente enormes, al igual que el dinero que generan. Con ello, no es solo que la medicalización de la vida y el perfeccionamiento del biopoder cobran alas, es también que con la ingeniería genética se abren las puertas al eugenismo positivo y con ello a la era transhumana. Ese tipo de eugenismo no tendría por qué suscitar especiales temores si no fuese porque la propia lógica del sistema en el cual el transhumanismo se instalará, es decir, el sistema capitalista, augura que se basara en criterios tales como conseguir la mayor sumisión de las personas «mejoradas», o su mayor rentabilidad económica.
¿Cómo hacer frente a esa distopía, es decir, a las negras tormentas que ya están oscureciendo el horizonte y que anuncian un mundo exento de libertad? La verdad es que no resulta fácil encontrar la forma de neutralizarla, aunque quizás las prácticas hacker nos ofrecen algunas pistas parciales, pero si algo está claro es que el primer e ineludible paso consiste en tomar conciencia de lo que supone la instauración de ese nuevo tipo de totalitarismo que borra de un plumazo cualquier posibilidad de desarrollar practicas de libertad. Sin la menor duda, el anarquismo debe situar en un lugar preferente de su agenda la tarea de extender la concienciación de su militancia y de la población acerca de la amenaza que ya representa el totalitarismo de nuevo tipo que se nos hecha encima.
Tomás Ibañez
Publicado en la revista Al Margen nº 117
miércoles, junio 2
Las distopías y el futuro
Más allá de ser un tema de ciencia ficción y un genero literario, las distopías nos alertan del riesgo de un futuro configurado por sociedades totalitarias autocráticas. Así pues no es de extrañar que la gestión autocrática de la pandemia COVID-19 haya reactualizado ese riesgo y que los textos distópicos sean de tanta actualidad como profilaxis para evitarlo. No solo porque el futuro es nuestra mayor preocupación cuando lo que vivimos no nos place o nos angustia -como es el caso hoy en el aspecto sanitario, económico y relacional- sino también porque nuestra sensación de impotencia, para cambiar el rumbo de la historia, nos empuja inconscientemente a confiar en el potencial profiláctico de tales textos para cambiarlo. Y ello a pesar de ser conscientes de la imposibilidad de revertir la transconia del tiempo y de que nada permite saber con absoluta certeza lo que el futuro será. Pues, efectivamente, a pesar de no saber si las tensiones políticas y sociales provocadas por la pandemia COVID-19 y el cambio de la sociedad industrial a la digital serán para bien o mal, el hecho es que este desastroso presente nos hace temer -tanto en el plan económico como en el político, social y cultural- un futuro peor.
Temor a un futuro distópico potenciado por los efectos dislocadores de la pandemia y la disrupción tecnológica sobre nuestras vidas y la sociedad. No solo porque el fenómeno de dislocación de las estructuras políticas y sociales -vivido durante estos últimos 200 años- puede continuar y agravar la crisis de la democracia 'realmente existente', sino también porque esta crisis, en vez de incitar a mejorar la praxis democrática del conjunto de la sociedad, acentúa los déficits democráticos y las praxis de gobernabilidad autoritarias frente a las praxis de democracia directa de la base social.
No es pues de sorprender que, a medida que se han ido sucediendo los confinamientos y las medidas coercitivas en nuestras sociedades de democracia formal, la conciencia del peligro distópico se haya manifestado a través de numerosos textos anunciando una deriva distópica societal. Como tampoco es una sorpresa que esa deriva se fundamente en el modelo de control totalitario ya vigente en la China comunista actual.
Un modelo de control totalitario que los progresos de la cuarta revolución industrial (ingeniería genética y neurotecnologías) y la inteligencia artificial han hecho posible y que el capitalismo de vigilancia digital está extendiendo por todos los rincones del planeta. ¿Cómo no ver pues en ello un experimento global para cambiar -gracias a la pandemia y a la excusa del teletrabajo- las relaciones laborales y relacionales en un mundo sin fábricas, pero también sin sindicatos ni resistencias colectivas? Un mundo en el que poco importará si el Gran Hermano de 1984 (Orwel) es el Estado/Partido, como en China, o los Think-tanks y gabinetes de expertos del capital plutocrático anglo-norteamericano. Pues, en realidad, el Gran Hermano ya lo son los nuevos Señores Feudales Tecnológicos (los SeFTec) de las empresas chinas Global Fortune 500 y de las meritocracias robotizadas que controlan y deciden el funcionamiento de la economía y la política en el mundo.
Un poder de control y decisión que permite, por ejemplo, a los Jefes de Amazon (Jeff Bezos), Apple (Tim Cook), Google (Sundar Pichai) y Facebook (Mark Zuckerberg) anotar en sus cuentas bancarias unas plusvalías latentes de más de 16.000 millones de euro en un solo día (el 28 de Julio de 2020, día de su audiencia parlamentaria en el Capitolio estadounidense de Washington DC), mientras millones de seres humanos pasaban hambre ese día en el mundo.
Ante tal injusticia y crimen, lo que debe hacernos temer el futuro distópico no es solo lo que va a quedar de nuestras libertades formales en estas sociedades hypercontroladas, también debe hacérnoslo temer la conciencia y la indignación de que unos tengan todo y otros nada o casi nada. Pues es obvio que el capitalismo es y será siempre ese crimen de lesa humanidad. Porque, sea el asiático o el de las democracias robotizadas, la realidad es que el sistema meritocrático capitalista es el mismo, y que se privilegie una aristocracia 'de nacimiento o de la riqueza' por una del 'talento', el reclutamiento no favorecerá la igualdad. Ni siquiera la de oportunidades para todos. Y más aún con los efectos destructores de empleo provocados por el progreso tecnológico capitalista y la división de la sociedad en clases. Sin olvidar, además, la responsabilidad de esos dos capitalismos en la irracional explotación de la naturaleza que ha llevado al mundo al borde de una catástrofe ecológica que pone en peligro la vida en el planeta.
Es pues por todo esto que, a pesar de ser este futuro distópico y ecocida el más posible, lo digno y racional es no resignarse y luchar para que no lo sea. No solo porque el futuro puede ser otro sino también porque vale la pena intentarlo por razones dignas y racionales, y también existenciales e históricas.
Historia y devenir humano…
Efectivamente, además de ser lo más digno, lo racional es pensar objetivamente el futuro en función del presente; pero también del pasado. No solo por ser éste una sucesión de presentes, que nos aporta información y enseñanzas sobre el devenir humano, sino también por mostrar esta información y estas enseñanzas que la historia no es lineal, que está hecha de avances y retrocesos. Además de depararnos frecuentes sorpresas, como ha sucedido y sucede con el devenir humano. Ese proceso evolutivo que ha dado a nuestra especie una mayor capacidad de acción para sobrevivir y extenderse en su hábitat planetario. Inclusive en el periodo antropoceno, que es el de nuestra época. Una época caracterizada por la descomunal capacidad de la especie humana para modificar la naturaleza geológica de nuestro planeta Tierra.
Pues bien, si miramos objetivamente la historia y el devenir humano, lo que vemos y constatamos es que nuestra capacidad y los medios para hacer la existencia más segura y placentera para todos no han cesado de acrecentarse, y que esto ha sido posible a pesar de las locuras autodestructivas y del paradigma civilizador que haya sido el dominante.
Un paradigma que a lo largo de la historia humana no ha cesado de oscilar entre el bien y el mal, demostrando que tanto lo uno como lo otro son posibles. Pero también que el instinto de sobrevivencia y el deseo de libertad son capaces de sacar a la humanidad de los contratiempos y orientar la historia -aun en los peores periodos de ésta- hacia horizontes más prometedores. No olvidemos cómo terminó la criminal locura distópica nazi/fascista. Esa amenaza que no hace aún un siglo y durante algunos años estuvo a punto de convertirse en el paradigma civilizador dominante anunciado para durar al menos un milenio. Como tampoco debemos olvidar el fin de otras dictaduras, el derrumbe del Muro de Berlin y antes el Mayo del 68 y el 15M después, ni que aún continúan regímenes dictatoriales en China y otros países.
Efectivamente, la historia no ha cesado de ser este permanente combate entre la aspiración a dominar de unos y la de ser libres de otro, y nada indica que no vaya a seguir siéndolo.. No es pues solo por razones dignas y racionales sino también por razones existenciales e históricas que es legitimo y lógico pensar que el futuro puede ser otro y que vale la pena luchar para que lo sea.
Y aún más ahora, por ser más necesaria que nunca la lucha contra la dominación. No solo para impedir que los que la ejercen nos impongan un futuro distópico sino también para que acaben haciendo la vida imposible con su irracional desarrollismo ecocida que nos está llevando al colapso medioambiental. Un colapso que pone en peligro el devenir humano en el planeta y podría poner fin a la historia.
Un final paradójico y absurdo dada la extraordinaria singularidad de la aventura humana. Una aventura que requirió millones y millones de años para que se dieran en el universo las condiciones propicias a la organización de la materia de modo a hacer posible el surgimiento de la vida, y muchos millones de años después el comienzo de esta singular aventura. ¿Cómo resignarse pues a un final tan paradójico, tan absurdo?
Lo del futuro no es pues una cuestión baladí, ya que las distopías implican la perdida de nuestra libertad y la continuidad del capitalismo el peligro de la extinción de la vida. Luchar contra esos dos peligros es pues un deber ético y una necesidad vital. No es pues cuestión de ser optimista o pesimista sino de ser o no consecuente con la idea que nos hacemos del humano y su futuro.
Octavio Alberola
Articulo publicado en la revista Al margen, n° 117
sábado, noviembre 7
¿Es la democracia una distopía?
Este elemento es la democracia, sí la sacrosanta democracia.
La democracia es el marco en el que los miembros de las sociedades que se consideran a sí mismas como ideales, tenemos para desenvolvernos. Lo domina todo, incluido el lenguaje con el que formamos los conceptos, las ideas con las que performamos nuestras vidas. Utilizamos ese lenguaje para describir aquello que nos incomoda, que nos crea malestar, que nos oprime. También para delimitar aquello que anhelamos, a lo que aspiramos. De esta forma, sin darnos cuenta, se impone un modelo de vida que es incapaz de transgredir los márgenes que nos ofrecen. Se coloniza nuestro interior al mismo tiempo que esa colonización tiene su reflejo en el mundo exterior, donde la fuerza es utilizada de forma más o menos explícita, para imponer ese modelo basado en la libertad. Una libertad que como mucho es un mal sucedáneo del ejercicio de la misma. Una libertad que como todo en esta vida es definida dentro de los límites de lo democrático, es decir, de lo asumible.
A partir de ese momento, no es posible imaginar nada mejor que la democracia. Tal vez podamos imaginar cómo mejorar algunos aspectos concretos (eso que unos llaman regeneración democrática, otros tal vez lo llamen democracia digital, tal vez si siguiéramos buscando podríamos hallar docenas de denominaciones para otros tanto modelos de mejora democrática). Pero, desde luego, lo que no somos capaces de vislumbrar es un sistema superador de la democracia. Es posible que esto se deba a que tenemos la creencia, transmitida de generación en generación de que la única alternativa a la democracia es la dictadura y ésta es, sin duda, el peor de los males. No lo pongo en duda. No deseo una dictadura de ningún tipo a nadie. Ahora bien, eso no implica que le desee un sistema democrático. Porque como decía, no quiero dictaduras y las democracias no dejan de ser dictaduras sociales en las que se imponen, como siempre, los intereses de una minoría. Así ha sido desde su origen.
Siempre se habla de la democracia ateniense como el principio del sistema hace ya unos cuantos siglos. Pero ya en ese momento, el gobierno del pueblo no era más que el gobierno de los poseedores, de los propietarios, hombres. Ni mujeres ni esclavos.
Hasta llegar a nuestros días, la democracia ha ido variando, construyéndose siempre respondiendo a una correlación de fuerzas muy desiguales entre aquellos que poseían la riqueza y los que no. Siendo así, no es de extrañar que en cualquiera de las diferentes manifestaciones que la democracia ha ido mostrando siempre hayan respondido a los intereses de unos pocos.
Pero si algo confiere de forma definitiva esa pátina distópica a la democracia es su carácter omnipresente. Jamás ha habido un modelo de gobierno tan intrusivo como la democracia que pretende abarcar todos los aspectos de la vida. Pretende legislarlo todo hasta lo más íntimo. Y lo que es peor, siempre con criterios económicos. Siempre con el beneficio en mente. Esto la ha convertido en el sistema ideal para el desarrollo del capitalismo ya que ha conseguido que un modelo económico nacido para el beneficio de los Estados se haya convertido en un elemento autónomo situado por encima de los Estados mismos. Esto explica en gran medida el porqué de la supremacía del modelo democrático y de su incuestionabilidad.
Además, la democracia es considerada como un sistema moralmente insuperable ya que es ni más ni menos que la representación del interés popular. Aunque es evidente que la única representación existente es la de los intereses de aquellos que poseen la riqueza sigue siendo, aparentemente, irrefutable esta afirmación. Al fin y al cabo, el pueblo elige libremente a sus representantes así que no hay nada que objetar. Es tal su grado de perfección moral que continuamente se inician guerras alrededor del mundo en su nombre. Se trata de imponer la perfección del sistema allá donde todavía se muestren indecisos ante él. Por supuesto, es todo por el bien del pueblo aunque para ello haya que asesinar al propio pueblo. La democracia pretende ser el único modelo posible. Su democracia debe ser para todos, sin excepción.
Democracia o barbarie. Podría ser el eslogan de los tiempos y, no obstante, no parece que la barbarie haya desaparecido ni mucho menos en los países democráticos. Basta ver cualquier informe (o abrir los ojos a tu alrededor si no es que tú mismo la sufres en primera persona) escogido al azar del organismo oficial que se quiera sobre condiciones de vida para ver la lamentable situación en que se encuentran las sociedades democráticas. Sirvan como ejemplos los de EEUU, donde las desigualdades sociales y todo lo que conllevan son abismales o la propia España, donde la pobreza alcanza a un tercio del total de la población. Podríamos fijarnos en el acceso a la vivienda, o a la educación, o a la sanidad o cualquier otro parámetro que se nos ocurra para ver qué intereses defiende la democracia.
Tal vez no presente los niveles brutales de represión pura y dura de las dictaduras (cuyo recuerdo facilita mucho más la imposición democrática) pero de ahí a la perfección como sistema de organización social hay un abismo. Hay margen para poder, al menos, confrontarla, para incluir, al menos, esta oposición en el marco de nuestra conciencia. Es posible que estos sean buenos tiempos para ello. Tal vez esta nueva normalidad de la que tanto hablamos incluya la posibilidad de responder a la pregunta que encabeza este escrito. En caso de una respuesta afirmativa, estaremos más cerca de nuestro sentir. Y eso sí que es moralmente positivo.
viernes, enero 31
Veinte años después de ‘El Club de la Lucha’ y el dilema de la pastilla roja y la pastilla azul
Hace veinte años, en 1999, los estudios de cine anglosajones vivieron una auténtica explosión de creatividad. El viejo milenio terminaba, empezaba una nueva era de modernidad y, con ella, se revolucionó el séptimo arte con títulos que marcarían una época: La milla verde, Las normas de la casa de la sidra, Magnolia, Eyes Wide Shut, American Beauty, El talento de Mr. Ripley, El sexto sentido, Vírgenes suicidas, Cómo ser John Malkovich, American pie, El proyecto de la bruja de Blair, South Park, Toy Story 2 y un largo etcétera. Pero ninguna película marcaría tanto al público durante las siguientes décadas como las dos joyas de ese año: Matrix y El Club de la Lucha.
Son dos filmes absolutamente excepcionales que, con un lenguaje muy diverso, nos transmiten un mensaje muy similar: todo es mentira. La primera es una película de ciencia ficción en la que las máquinas cultivan a los seres humanos como fuente de energía mientras sus cerebros se encuentran atrapados en un programa informático. Un mesías, Neo (Keanu Reaves), sigue a una mujer con un tatuaje de conejo blanca hasta dar con Morpheo, que le despertará de su letargo para ayudarle a que libere a la humanidad. La segunda es la historia de un joven treintañero –cuyo nombre desconocemos pero está interpretado por Edward Norton– desilusionado con la vida que desarrolla un amigo imaginario (sin conocer él que no se trata de una persona real, sino de su conciencia), llamado Tyler Durden (Brad Pitt) que le anima a transgredir las normas y a crear un club de la lucha para darse de hostias con otros tíos. La persona que crea es el arquetipo de hombre hipermasculinizado: guapo, musculado, chulo y que se hace. “Todo lo que siempre has querido ser, eso soy yo. Mi aspecto es el que te gustaría tener. Follo como te gustaría follar. Soy inteligente, capaz, y lo más importante, soy libre de todas las maneras que tú no lo eres”, le dice Tyler.
Pese a sus notables diferencias, el mensaje de ambas es que el mundo en el que vivimos es una enorme mentira. Y no sólo eso sino que, además, la única forma de acabar con esa mentira, de acceder a la realidad, es terriblemente traumática y requiere una gran violencia. Como apuntan en el podcast Todopoderosos, en cierto sentido, ambas obras son adaptaciones de la genial Alicia en el País de las Maravillas (Lewis Carroll, 1865), en tanto que la única forma de comprender nuestro entorno es seguir al conejo blanco, bajar al submundo y compararlo con el nuestro. Sólo así, rompiendo con lo establecido, comprenderemos nuestra realidad.
Tanto los protagonistas de Matrix como del Club de la Lucha son niños de treinta años, de clase media, que trabajan como oficinistas. Las cosas les vienen ya dadas, pero no les producen ninguna satisfacción. Trabajar y consumir sin cesar genera adultos inmaduros, con un desarrollo emocional truncado, eternamente descontentos, porque siempre quieren más.
La segunda de estas películas –basada en la novela homónima de Chuck Palahniuk, autor generalmente asociado con el nihilismo, en la que probablemente sea una de las mejores adaptaciones de la literatura al cine– es las más completa y las más compleja de las dos, ya que no sólo se limita a criticar la realidad, sino que carga las tintas contra el sistema capitalista y la sociedad de consumo.
El ataque contra la sociedad occidental consumista puede parecer tan evidente que roza la simpleza en ocasiones, llegando Brad Pitt a romper la cuarta pared y mirar directamente a la cámara y a espetar: “No sois vuestro trabajo. No sois vuestra cuenta corriente. No sois el coche que tenéis, ni el contenido de vuestra cartera. No sois vuestros pantalones. Sois la mierda cantante y danzante del mundo”. Pero su complejidad radica en el estilo poco complaciente y en el lenguaje tan directo. Es una película que mete el dedo en la llaga, que suelta verdades como puños y que deja a muchas espectadoras intranquilas en sus asientos, encajando golpe tras golpe.
Es difícil que quienes crecimos a finales del siglo pasado no nos identifiquemos con muchos de sus mensajes. “Tenemos empleos que odiamos para comprar cosas que no necesitamos”, dice un Tyler Durden que habla por toda una generación en El Club de la Lucha. “Crecimos con una televisión que nos hizo creer que algún día seríamos millonarios, dioses del cine o estrellas del rock. Pero no lo seremos. Y poco a poco lo entendemos. Lo que hace que estemos muy cabreados”. Pura rabia ante el descubrimiento de que no somos especiales, sino gente normal y corriente. Por mucho champú especial que compremos, aunque decoremos nuestra casa con las últimas monerías de Ikea y nos compremos la ropa más nueva y guay, jamás destacaremos frente al resto. Y es que una de las principales críticas que hace la obra –tanto la novela como la peli– está dirigida al individualismo que impera en nuestra sociedad.
Lo que esta película muestra con gran maestría es que nuestra realidad no nos estimula, sino que nos entumece y, al igual que sucede en Matrix, nos convierte en simple ganado. “Sólo somos consumidores. El producto secundario de una obsesión con el nivel de vida”, añade Durden. Denuncia, además, que incluso nuestros cuerpos son productos de consumo (“la autoperfección es simple masturbación”, “folla por deporte, no por placer”), anticipándose en unos años al advenimiento de las redes sociales y la cultura del selfie y la adicción a los likes.
En Matrix la desprogramación comienza con la ingesta de la píldora roja. Morpheo le ofrece a Neo la posibilidad de tragarse la píldora azul y creerse la falsa realidad que le rodea, pero éste escoge la roja y se sumerge en un mundo de dolor y sufrimiento. “Si tomas la roja te quedarás en el país de las maravillas, y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos. Recuerda, lo único que te ofrezco es la verdad, nada más”, le había advertido Morpheo. Y la realidad duele.
En El Club de la Lucha esa ruptura con la realidad empieza con las peleas de hombres en sótanos oscuros. El protagonista interpretado por Edward Norton entendía que la mejor forma de expresar su ira era ejerciendo la violencia entre sus semejantes primero, y contra las grandes corporaciones después, pero desde un paradigma de violencia masculina, poco estratégica, aleatoria y arcaica. Y estas escenas cargadas de significación machista son precisamente las que han despertado algunas de las críticas más feroces desde algunas posturas de izquierdas y feministas. A través de los clubes de la lucha Tyler Durden va creando un ejército de hombres furiosos que lo quieren destrozar todo y obedecen ciegamente sus órdenes. Cuando uno de ellos muere en un accidente, todos repiten su nombre como robots. Estos autómatas hijos de su tiempo, crecidos en una sociedad alienante, encuentran refugio en los grupos que van formando, que sustituyen a las familias que son incapaces de atender a sus necesidades emotivas.
Pero muchas lecturas alternativas, incluidas las del propio director (David Fincher) interpretan la novela –que es terriblemente sarcástica de principio a fin– precisamente como un alegato contra estas actitudes. En un artículo titulado “El club de la lucha, 20 años malinterpretando un retrato de la masculinidad tóxica”, publicado por Francesc Miró, el autor establece que “ha costado veinte años que muchos analistas culturales -hombres en su mayoría- empiecen a leer en la película de David Fincher algo más que una sátira del capitalismo tardío. El filme podría ser también una magnífica reflexión sobre los peligros de la masculinidad tóxica”. Y así es, porque uno de los ejes centrales de la obra gira en torno a cachondearse del hombre moderno, frustrado porque siente que la sociedad occidental actual que satisface sus necesidades básicas le priva de su masculinidad, que añora la época en la que cazaba para comer y daba rienda suelta a su violencia “natural”.
El lavado de cerebro que Tyler le hace a sus soldados es una crítica a esa masculinidad tóxica, al militarismo y a la obediencia ciega a una autoridad que, a base de decirle verdades a sus seguidores, sustituye a unos opresores por otros. El único rayo de luz y positivismo lo pone el personaje de Marla Singer (interpretado por Helena Boham Carter), que es la única persona real y con criterio propio que se relaciona con el protagonista.
Efectivamente, la cinta oculta un mensaje transgresor, pero distinto del que se interpretó inicialmente. La película fue un auténtico fiasco en las salas de cine, destrozada por la crítica, pero convertida en objeto de culto en el mercado del DVD. Hubo una época en la que todos los centros sociales de nuestro entorno la proyectaban. Sin embargo, tanto Matrix (curiosamente, dirigida por dos mujeres trans) como El Club de la Lucha están siendo “recuperadas” y son objeto de adulación por la extrema derecha estadounidense (la Alt-Right), que está tratando de pervertir su mensaje, alegando que lo que estas obras buscan denunciar es cómo el feminismo busca emascular a los hombres y la rebelión de éstos contra la imposición de la “ideología de género” (usando el lenguaje de nuestra ultraderecha patria).
Pero esto no es así. Recordemos que en la última escena de El Club de la Lucha, cuando el personaje de Edward Norton, horrorizado por la oleada de violencia que ha desatado, igual de deshumanizante que el sistema contra el que lucha, se pega un tiro en la cabeza (“cuando tienes una pistola en la boca solo pronuncias las vocales”) para matar a Tyler. “La novela y la película son muy literales”, decía la periodista Marta Trivi en el podcast cultural Choquejuergas. “El tipo que tenemos que aspirar a ser nos hace mucho daño, nos está jodiendo la vida. El protagonista acaba por pegarse un tiro por esa masculinidad. Sabe que no va a poder ser feliz si no se deshace de ella”.
Pero la tremenda complejidad de la obra se hace patente a continuación, cuando el protagonista contempla junto a Marla Singer la explosión y caída del rascacielos que alberga la mayor entidad bancaria y financiera del mundo. Y, en ese momento, al ritmo de un tema de los Pixies, se cogen de la mano y contemplan con fascinación y esperanza el espectáculo. Porque aunque no quería que detonase la bomba fabricada con kilos de jabón casero, acción que delegó en su alter-ego Tyler, no puede evitar sentir un rayo de esperanza ante las posibilidades que se abren ante ellos. “Me has conocido en un momento muy extraño de mi vida”, le dice a Marla mientras sangra por la boca. Horror e ilusión a partes iguales. Una escena brillante.
sábado, enero 18
Cine e ideología: Las distopías ante el fin del mundo capitalista
La industria del cine y la política
¿Cuáles son las últimas series y películas que has visto en los últimos años? Probablemente, entre vuestras respuestas se encuentren títulos como Blackmirror, El cuento de la criada, Westworld o The Walking dead. Todas ellas, grandes producciones, gozan de gran popularidad en plataformas como Netflix y HBO. Las distopías están de moda. Si indagamos en otras productoras audiovisuales, encontramos que, incluso Disney cuenta con la suya propia: Wall-E, dirigida a los más pequeños; así como, destinada a los adolescentes, la productora Lionsgate nos ofrece Los juegos del hambre. Desde Japón, adentrándonos en el mundo anime, podemos disfrutar de Psycho-pass. Tampoco el panorama nacional está exento de distopías, el director José Luís Cuerda ha dedicado su última película Tiempo después a este género, así como A3media está a punto de estrenar La valla. Finalmente, incluso la gran pantalla ha rescatado títulos como Blade runner o Mad max.
Podríamos pensar que la industria cinematográfica ha encontrado otro filón televisivo que exprimir económicamente, ya que, como hemos visto, actualmente estamos hiperestimulados con material audiovisual de tema distópico. Si nos preguntamos por qué, recibimos una rápida respuesta: el mundo en el que vivimos no es muy esperanzador. Pero analicemos más profundamente:
La industria del cine y la televisión, en su versión más comercial, nunca está despolitizada. Siempre existe un interés que la promueve, un interés que se proyecta de arriba a abajo. Basta recapitular en la historia: el cine anticomunista de la guerra fría con obras como Doctor Zhivago (basado en la novela de Borís Pasternak) o el cine de robótica y ciencia-ficción que nos preparó para ser una sociedad que aceptara la implantación de la tecnología en el día a día, con entusiasmo, como bien demandaba el mercado de trabajo. Ejemplos de ello podrían ser El coche fantástico o Regreso al futuro; el cine de emprendedores como En busca de la felicidad o Joy: el nombre del éxito que extiende la ideología neoliberal de la falsa meritocracia, así como un cine que nos relata las hazañas de multimillonarios y falsos filántropos como Steve Jobs: Una última cosa. Finalmente, en un momento de crisis sistémica, cuando las tensiones entre el hegemón mundial, EEUU, y su aspirante al trono, China, se recrudecen con las sanciones de Trump a Huawei, aparece el último bombazo de HBO Chernobyl, una serie que pretende recordarnos la tragedia ocurrida en Ucrania durante 1986, desde una óptica y narrativa descaradamente anticomunista, propia de la guerra fría. Todos estos ejemplos han procurado generar opinión social. Si nos centramos exclusivamente en la guerra fría, vemos como la labor del cine con propaganda anticomunista en las últimas décadas ha provocado cambios como el que se representa en la gráfica:
Distopías en el momento presente
Una vez comprendida la función performativa del cine, cabe preguntarnos, ¿de dónde nace este interés creciente por las distopías, de una incomprensión colectiva ante un futuro incierto o, más bien, de una industria con fines políticos y propagandísticos?
El futuro siempre será algo incierto, de hecho, si de algo nos informan las predicciones es de las condiciones del presente, no es casualidad que la obra magna de George Orwell, 1984, se escribiera durante la reconstrucción de una Europa que en menos de medio siglo había sufrido dos guerras mundiales. Actualmente, es lógico que la opinión social, occidental, se torne pesimista: desde un punto de vista ecológico, el sistema capitalista ha chocado de frente con los límites materiales del planeta. Vivimos rodeados de plástico, los casquetes polares están derritiéndose y la escasez de agua junto al aumento de las temperaturas predicen un panorama catastrófico. Películas como Mad max son el presagio de hacía donde nos puede llevar esta situación. En lo económico presenciamos la mayor desigualdad del reparto de la riqueza de la historia, según Oxfam el 0,7% de la población mundial posee el 45,2% de la riqueza global. Los juegos del hambre y su sociedad organizada entorno a capitolio-distritos son muestra de ello. En el plano político, presenciamos una deriva hacia la extrema derecha, ante la incapacidad de comprender y predecir nuestro mundo, opciones como Trump, Bolsonaro o Salvini se muestran como respuestas atractivas. Pareciera que a pesar de tener muchísima información hubiéramos tocado techo: guerras que generan millones de refugiados, desigualdades de raza, de clase, de género… Todo esto, porque, ante todo, lo material es la base de nuestro sistema socio-económico. El cuento de la criada cumple todas estas premisas, sobre todo en género, se nos presenta Gilead como una alternativa ecofascista de lo más aterradora. Por último, nos topamos con la combinación valores-tecnología. Los avances de las últimas décadas han sido enormes, tanto en lo positivo como en lo negativo: desde impresoras 3D que prometen crear comida, ropa o edificios en tiempos record, hasta sistemas de reconocimiento facial que ponen en riesgo nuestra privacidad. Por ello, no podemos evitar preguntarnos: ¿Sabremos darle un buen uso? ¿Contribuirá a mejorar la vida? Si echamos un vistazo a capítulos de Blackmirror, Westworld o Psycho-pass, veremos como el abuso de la tecnológica relega la vida a un segundo plano, con el fin de mantener un sistema económico. Lo cual puede llegar a provocarnos un eterno escalofrío.
En un contexto como el que acabamos de analizar, no es de extrañar que nuestras series favoritas estén impregnadas de una ideología política con fines propagandísticos. La necesidad política de crear una opinión social que adapte nuestra sociedad a los cambios venideros se presenta imprescindible. ¿Cómo? Mediante tres maniobras performativas:
En primer lugar, ofrecernos una explicación a la actual situación de crisis (económica, social, ecológica…) en la cual la responsabilidad es individual, no sistémica. Un discurso similar al de las élites económicas ante la última crisis financiera en España: los culpables de la crisis son los individuos que han vivido por encima de sus posibilidades, no el sistema que ha promovido esas tendencias. En segundo lugar, la normalización de situaciones poco deseables para cualquier ser humano, como los recortes de derechos, la precarización, la desigualdad económica, nuevos hábitos de consumo consecuencia de la escasez… Dicha normalización se produce mediante la constante lluvia de imágenes de situaciones concretas. Por ejemplo, la primera vez que los informativos nos mostraron imágenes de un naufragio de pateras en el mediterráneo nos consternó, revolvió e indignó, hasta que poco a poco, imagen tras imagen y día tras día, somos capaces de mirar esos sucesos como naturales. Otro ejemplo paradigmático podría ser la creciente publicidad de los productos alimenticios basados en insectos, así como los ecofriendly, las dietas vegetarianas o veganas… es posible que en el futuro, una parte de la población cambie sus hábitos, pero dicho cambio no será producido por una cuestión de valores (ecologismo, conciencia animal…) sino más bien por una cuestión de clase inducida. Nuestras elites seguirán disfrutando de su despilfarro habitual. En tercer y último lugar, eliminar la idea de que otros futuros son posibles. Cada alternativa al futuro que se nos ofrece es diferente, pero todas tienen algo en común: la pérdida de nuestras libertades. Pareciera que se pretende extirpar las utopías de la psique colectiva.
Pensar las utopías: la crisis como una ventana de oportunidad
Toda crisis implica el cuestionamiento de un sistema, ya sea en su ámbito material o inmaterial. Ante la posible situación de colapso que se nos presenta, la óptica desde la que observemos puede marcar la diferencia, podemos limitarnos a ser meros analistas de un presente turbio que se ennegrece cada segundo, o, por el contrario, ver en dicho colapso una oportunidad, el contexto ideal para pensar utopías. Empecemos por plantearnos qué significado queremos darle a la palabra utopía. Cualquier persona, imagina todos los días un futuro maravilloso. El problema reside en el abismo que separa su propia realidad de dicho futuro, asumido como un imposible. Llegados a este punto, resulta inevitable recordar una conversación de la serie Mad Men ambientada en la década de los sesenta: Rachel Menken, relata a Donald Draper cómo en la universidad estudió la etimología de la palabra utopía. Los griegos tenían dos palabras eutopos que significa “buen lugar” y utopos que significa “lugar imposible”. Si bien estamos acostumbrados a utilizar la palabra utopía como una idea bonita pero imposible, aprovechando esta coyuntura, instauraremos como significado principal “el buen lugar”. De modo que no solo imaginaremos lugares futuros preciosos, sino que, estructuraremos cuáles van a ser los pasos para llegar hasta allí.
Resultaría genuino que, de repente, aparecieran producciones con nuestros y nuestras directoras, actrices y demás profesionales de la industria cinematográfica realizando una serie sobre cómo la humanidad lucha a contrarreloj contra el cambio climático, implantando medidas diferentes en todos los lugares del mundo; películas sobre cómo la conciencia social (de clase, de raza, de género, de orientación, animalista, ecologista…) se planta frente a un sistema económico dañino para la inmensa mayoría de la población mundial y comienza a darle prioridad a la vida, dejando de lado las finanzas, buscando un mundo en el que todas y todos tenemos la misma valía como seres. Protagonistas que nos guíen por el camino que hemos de recorrer y que nos conciencien de la importancia y el trasfondo de nuestros pasos.
@TcsAmelie y @CusoHugo
Fuente: https://www.revistatorpedo.com/numero-5-fin-mundo-ensayo-teresa-cabrera-hugo-cuevas-distopias/
sábado, agosto 3
Ser la diferencia que hace la diferencia
Leía hace poco que vivimos en una época en que parecen haberse cumplido gran parte de las distopías del siglo XX. En la era digital, la invasión de la tecnología en nuestras vidas, el control de la opinión pública a través de la desinformación o el aplastamiento de las emociones que interfieren con la productividad neocapitalista con psicofármacos, han dejado de ser un asunto de ciencia ficción. Aunque como especie llevamos milenios imaginando el fin del mundo, el apocalipsis se siente ahora más inminente que nunca. Los recursos naturales se agotan, el cambio climático amenaza con destruirnos, y el fanatismo identitario se expande alimentando discursos de odio y exclusión. Al mismo tiempo, tengo más capacidad de viajar que nunca en vuelos low-cost que contaminan el planeta, dispongo de todo el cine, la literatura y la música que quiero en el salón de mi casa gracias a la tablet, y puedo mostrarme al mundo instantáneamente en un click a través de los píxeles de mi teléfono móvil. Además de consumidora, soy prosumidora, o lo que es lo mismo, productora de capital para el Big Data mediante los datos personales que ofrezco gratuitamente a cambio de una aplicación cuyo efecto es similar al de un anestésico social. Me siento testigo de la putrefacción de un sistema al que nutro y del que participo a cambio de la comodidad cotidiana que conozco porque ¿qué otra cosa podría hacer? Solo soy una individua sumergida en un macrosistema demasiado poderoso. Todo está aparentemente en orden en el mini entorno que habito y, sin embargo, hay un malestar continuo que no deja de latir en mí y en el ambiente que respiro. Si todo esto no reúne los ingredientes para un relato distópico, que baje el dios que ya no existe y lo vea.
Cada mañana desayuno café con Prozac y me acuerdo, por pura asociación libre, del soma de Un Mundo Feliz. Es difícil imaginar qué hacer para cambiar las cosas cuando se vive dentro de una distopía. Necesito coger un poco de distancia para observar. Voy a pensar que esta distopía en la que habito no es más que un mito posmoderno al servicio de que nada cambie. Al fin y al cabo, los discursos del miedo siempre han sido una potente herramienta de control social. Las únicas líneas argumentales que me ofrece ese relato son la sumisión al sistema a costa de un estancamiento progresivo de mi fuerza vital o una revolución que parece pasar, inevitablemente, por la guerra.
Da miedo que todo estalle de una vez por todas después de acumular tanta presión. Así es como han estallado muchas de las personas con las que trabajo.
Soy psicóloga, aunque dentro del relato distópico que habito sería más adecuado llamarme personal técnico de lo psicoemocional —o algo por el estilo—. Trabajo con lo que consideramos locura. El encargo que tengo es reintroducir en el sistema a lxs que se quedaron fuera o se salieron del discurso oficialmente compartido. Vendo mi arsenal de ortopedias y lo pongo al servicio de lxs disidentes para que vuelvan a habitar la narrativa social convencional. Pero si observo la normalidad como un ingrediente más del mito posmoderno, la cosa cambia. Se abre una grieta. Se interpone una distancia. A lo mejor, igual que en psicoterapia, podemos intentar cambiar la narrativa social saturada por el problema. Abandonar la distopía. Construir otros relatos. Después de todo, nuestra forma dicotómica de pensar el mundo (hombre-mujer, loca-cuerdo, individual-colectivo, tú-yo, me someto o vamos a la guerra) es solo uno de los guiones posibles. Generalmente aparece como el único porque descansa sobre una estructura que lleva siglos acompañándonos con fuerza: la lógica agonística patriarcal, que divide el mundo pensable en polos contrapuestos y que encuentra en la dialéctica la vía regia de solución a las tensiones y al conflicto. Pero hay otras tramas narrativas, porque hay otras personas que, con sus cuerpos, ya están encarnando otras posibles formas de vivir no binarias, no cuerdistas, no capacitistas.
Desmontar la lógica que nos atraviesa significaría, por ejemplo, empezar a ocupar yo misma el lugar de una disidencia. Pero eso sólo sería el primer paso. La disidencia no es la alternativa, sólo una manera de resistir. Aunque quizás desde ahí sea más fácil tomar perspectiva y cambiar el foco para, en lugar de dedicarme a ser un agente normalizador de disidentes, intentar una revolución en mi propio modo de vida y hacerme con el control de mi energía vital usurpada. Apuntar hacia la autogestión radical de mí misma como fundamento de lo colectivo. Esto ya lo dijo David Cooper, pero lo hemos ido olvidando una y otra vez para repetir sin descanso nuestro síntoma distópico.
Dentro del relato oficial, salirse del esquema se registra como renuncia al confort cotidiano, pero a lo mejor eso solo es una estrategia más del propio relato, imprescindible para sobrevivir en él. Puede que no sea cierto, y que dirigir nuestra reflexión a analizar los discursos sociales vigentes y sus posibilidades de transformación no solo nos proporcione otros tipos de comodidad aún desconocidos, sino que además revierta en la estimulación de nuestro potencial creativo. Sabemos que dentro de un sistema, el cambio en uno de sus componentes afecta inevitablemente a todos los demás. La clave es inventar el tipo de diferencia que marque la diferencia. Por eso necesitamos la imaginación más que nunca, y para potenciarla, una vía es mantener la apertura a experiencias que la estructura considera subalternas. La esperanza está demasiado ausente de nuestros códigos compartidos. Pero es precisamente cuando todo ha sucedido y queda poco que perder, el momento de arriesgarse a hacer algo distinto, aunque no sepamos hacia dónde va a llevarnos. Al fin y al cabo, al deseo le gusta lo imprevisto, y como poco -que es mucho- podremos reapropiarnos de la dignidad de asumir riesgos.











