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Émile Armand

lunes, septiembre 6

Afganistán: El fracaso de la “guerra feminista” que iba a imponer los valores occidentales y a liberar la región

 

Antes de que el 11 de septiembre de 2001 Al-Qaeda tirase abajo las Torres Gemelas de Nueva York, George Bush ya se había rodeado de las figuras más importantes del llamado movimiento neoconservador o neocón, como Paul Wolfowitz, Dick Cheney y Donald Rumsfeld y entre sus planes ya se encontraba la invasión de Irak y la expansión estadounidense en Oriente Medio. El 11-S supuso la justificación perfecta para entrar en la región, pero era demasiado pronto para enfrentarse al régimen de Sadam Hussein. Al descubrirse que buena parte de los miembros de Al-Qaeda se encontraban refugiados en las montañas de Afganistán, Estados Unidos (EEUU) no dudó en invadir este país en octubre de 2001. A la operación la denominó Libertad Duradera.

Dos años después hizo lo propio con Irak. Pero tras gastarse miles de millones de dólares, colocar gobiernos extraordinariamente corruptos y desestabilizar Oriente Medio, EEUU se dio cuenta de que se había metido en dos guerras eternas que no podía ganar, ni perder. Por ello, hace unos años optó por retirarse paulatinamente de estos dos países y contemplar desde la distancia cómo todo lo que tocaba acababa destruido. En agosto de 2021 las tropas de la OTAN se retiraron de Afganistán. Está previsto que se marchen de Irak a finales de este año.

La Guerra contra el Terrorismo y los ataques preventivos

El hecho de que los autores materiales de los atentados del 11-S fueran saudíes, o que Al-Qaeda fuera fundada en una potencia nuclear como lo es Pakistán – de hecho, Osama Bin Laden fue descubierto y ejecutado allí en 2011 – no supuso ninguna consecuencia para estos países. El gigante norteamericano cobró su venganza yendo a por la nación más débil: un país rural, poco desarrollado, con una baja densidad de población. A EEUU y sus aliados de la OTAN no le supuso mucho esfuerzo derrocar al gobierno talibán, tomar control de la región y bombardear incesantemente las montañas en las que supuestamente se encontraba escondido Bin Laden.

La guerra de Afganistán supuso el inicio de la llamada Doctrina Bush: una política de guerra preventiva, justificada como “lucha contra el terrorismo internacional”, que defendía que, tras la Guerra Fría, EEUU era la única superpotencia que existe en el mundo y que como tal puede ejercer de policía del mismo. En consecuencia, tiene la potestad, e incluso obligación moral, de deponer regímenes extranjeros que representan una supuesta amenaza (aunque ésta no sea inminente) para la seguridad de sus intereses y asegurarse de que nunca pueda surgir otra potencia que rivalice con la suya, como lo fue en su día la URSS. Todo ello bajo el pretexto de expandir la democracia occidental por el planeta, y por tanto la Pax Americana o paz mundial regida por las relaciones económicas capitalistas, consolidando un nacionalismo estadounidense en un mundo cada vez más globalizado. Se trata, en definitiva, de una actualización del Plan Cóndor al siglo XXI. En otra época se le hubiera denominado imperialismo, colonialismo e, incluso, fascismo.

En el caso específico afgano, no sólo se esgrimió como justificación la lucha contra el terrorismo, sino también la liberación de la mujer, sometida por los crueles talibanes[1]. El hecho de que los talibanes se encontraran en una posición de poder por haber sido financiados y entrenados por EEUU durante los 80, para que hicieran la guerra con la URSS, se pasó por alto[2]. El relato tenía que ser que EEUU era el paladín de la libertad en el mundo y su lugar en el mundo era el de salvarnos de cualquier opresor.

Por alguna razón, la invasión de Afganistán de 2001 – producida un mes y una semana después del 11-S – no provocó un movimiento internacional contra la guerra semejante al que despertó la de Irak en 2003. Millones de personas salimos a protestar contra la guerra de Irak al grito de “No a la Guerra”, pero apenas hubo resistencia en las calles contra la de Afganistán. Líderes gubernamentales progresistas, como el entonces presidente Zapatero, que se negaron a participar en la impopular guerra de Irak, compensaron al primo estadounidense aumentando las tropas en Afganistán. Y apenas fueron criticados por ello.

El coste de las guerras interminables

Veinte años después, las tropas de la OTAN comenzaron a abandonar su presencia en el país, facilitando el avance de los talibanes, que en cuestión de semanas tomaron Kabul. Veinte años de ocupación militar, que terminan con un saldo de 10.000 civiles muertos y prácticamente ninguna mejora. Pese a que uno de los objetivos de Libertad Duradera era liberar a las mujeres, dos tercios de las jóvenes afganas no están escolarizadas, el 80% de las mujeres siguen siendo analfabetas, más de la mitad han sufrido violencia machista en el seno de su propia familia y el 75% afrontan matrimonios forzosos, en muchos casos antes de cumplir 16 años. Todo ello, cuando aún estaban las tropas de la OTAN en el país. Y es que es curioso que los mismos que defendieron aquella intervención militar, son los que ahora lamentan la situación en la que queda el país con el avance de los talibanes, pero de forma asombrosa desvinculan por completo la presencia de EEUU y sus aliados de la OTAN durante estas dos décadas en el país de todo lo que ha ocurrido en Afganistán desde 2001.

 Olga Rodríguez escribió en agosto un artículo en eldiario.es en el que explicaba que “ONG, activistas y periodistas han denunciado durante años la situación de las afganas, pero Europa consideró que Afganistán era un país seguro para ellas y prefirió no aceptarlas como personas refugiadas que asumían riesgos si eran deportadas[3]. Casi nadie puso el grito en el cielo entonces, a pesar de que muchas huían de agresiones sexuales, violencia de género sistematizada, discriminación y ausencia de futuro. Hay quienes solo han querido elevar su voz ahora que Estados Unidos y sus aliados se marchan. Pareciera que consciente o inconscientemente quisieran aceptar el argumento falaz de que las cosas van bien con la presencia de tropas estadounidenses y solo empiezan a ir mal cuando estas abandonan”.

Una región desestabilizada y llena de armas

En 2021 casi la mitad de la población afgana se encuentra en situación de necesidad humanitaria. Unicef estima que la mitad de los niños afganos sufrirá desnutrición severa este año. Pero la ayuda que se ha enviado a este país en las últimas décadas ha sido principalmente militar, no de otra naturaleza. Millones de dólares de EEUU han ido a parar a la compra de armamento y la inversión en ‘seguridad’. Mucho menos se invirtió en educación, sanidad pública, gobernanza, desarrollo, democratización, infraestructuras, etc. De hecho, algunos analistas señalan como una de las causas de la caída del gobierno de Kabul el hecho de que se habían invertido 300.000 millones de dólares en armar a su ejército, pero que no contaban con comida y se morían de hambre.

Explica Olga Rodríguez que “como ha pasado en tantos países ocupados o intervenidos militarmente por tropas extranjeras, Afganistán se convirtió en un polvorín con demasiadas armas que ahora están tomando los talibanes[4]. Ya en 2004 la población se quejaba de que los tanques estadounidenses que se paseaban por pueblos y ciudades apuntaban sus cañones hacia abajo, hacia la calle, hacia la gente. Las tropas estadounidenses han sido percibidas en sectores importantes de la población como elementos hostiles. No en vano, la cárcel secreta de Bagram, gestionada por EEUU, fue escenario de torturas y violaciones sistemáticas de los derechos humanos. Entre sus paredes se generaron traumas y enorme sufrimiento, al igual que en Guantánamo, por donde pasaron algunos de los hombres que ahora engrosan las filas de los talibanes”. 

La muerte del credo neocón

Tras veinte años de ocupación militar, bajo las presidencias de Bush, Obama, Trump y Biden, la operación Libertad Duradera, cuya finalidad era acabar con el régimen talibán, ha finalizado con el retorno del régimen talibán.

Una conclusión que podemos sacar del desastre que ha supuesto la intervención militar es que la supuesta justificación feminista – amén de blanca y liberal – de la guerra de Afganistán no fue más que una excusa barata, carente de realidad. En primer lugar, porque la invasión no se produjo hasta que ocurrió el 11-S y su verdadero motivo era el de la lucha contra Al-Qaeda. Y, en segundo lugar, porque en 2019, dieciocho años después de la invasión y ocupación estadounidense de Afganistán, justificada por muchos porque iba a “liberar a las mujeres”, el gobierno de Trump inició una negociación con los talibanes, excluyendo la presencia de mujeres en las reuniones y sin poner encima de la mesa la necesidad de luchar contra la violencia machista a través de medidas legislativas. En 2021, con la llegada de Biden a la Casa Blanca, todo siguió por el mismo camino. Como bien apunta Olga Rodríguez, “Washington invadió Afganistán porque quería demostrar que respondía ante los atentados del 11-S. Su objetivo no fue mejorar la vida de los afganos o democratizar el país. En veinte años de ocupación lo ha dejado claro. En un mundo idílico podemos creer en los unicornios. Pero en la vida real las invasiones con ejércitos buscan intereses propios que a menudo chocan con los de la población autóctona. Y en medio de todo ello, las mujeres suelen ser un argumento de quita y pon para justificar operaciones militares y estrategias geopolíticas”.

La segunda lección que podemos sacar de esta triste historia es la del estrepitoso fracaso de la ideología neocón respecto del papel de Occidente en Oriente Medio, resumida mejor que nadie por Samuel Huntington en El Choque de Civilizaciones. El autor sostenía que nuestra civilización occidental se encuentra enfrentada con otras, como “el mundo islámico”, con el que inevitablemente chocaremos hasta que sólo quede uno. Los neocón de principios del siglo XXI pensaban que la democracia occidental se podía imponer en países con tradiciones radicalmente opuestas, que sus poblaciones aceptarían la “superioridad” moral de nuestros valores y que sus instituciones se democratizarían una vez depuestos los dictadores. Huntington llamaba a estos fenómenos “oleadas democráticas”.

Evidentemente, el tiempo no le ha dado la razón. La lucha contra el terrorismo ha sido un fracaso y las resistencias a asumir los valores occidentales han ganado. Esta gentuza racista confiaba en la superioridad occidental y han condenado a millones de personas a la muerte o a la miseria. El presidente ruso, Vladímir Putin, dio en el clavo el pasado 20 de agosto, cuando en una reunión con la canciller alemana, Angela Merkel, expresó que “es hora de abandonar la política irresponsable de imponer valores ajenos, de imponer una democracia bajo normas ajenas, sin tener en cuenta los detalles históricos, étnicos o religiosos, ignorando por completo las tradiciones de otras naciones”.

La nueva oleada de refugiadas y el aprovechamiento político por parte de la ultraderecha

Ahora que se marcha la OTAN, las afganas preocupan por fin. Como si su vida antes de la toma de Kabul por los talibanes fuera fácil. Nos dice Olga Rodríguez en su extraordinario artículos que “no son las únicas que viven una terrible opresión. Pero la geopolítica decide quiénes merecen atención y quiénes no (ahí están las saudíes, por ejemplo). Las personas refugiadas en Europa son estigmatizadas en demasiados sectores, algunos de los cuales ahora se echan las manos a la cabeza ante la situación de Afganistán. Ayer Europa deportaba a la población afgana o la encerraba en centros de internamiento, ante demasiados silencios. Hoy la hipocresía pública lanza SOS por ella”.

Sin embargo, este SOS internacional deja de ser unánime cuando la opción que se plantea es acoger a refugiadas dentro de nuestras fronteras. Los partidos de extrema derecha europeos – y en el contexto español podemos señalar claramente a Vox, cuyo vicepresidente, Jorge Buxadé, en un alarde de ignorancia y racismo declaró que “el 99% de los musulmanes afganos están a favor de la aplicación de la sharia” y, “entre ellos, el 85% a favor de la lapidación” – se han opuesto frontalmente a la acogida, alegando que no podemos dejar entrar a personas con valores diferentes a los occidentales. Y, además, se podría colar algún terrorista, haciéndose pasar por un pobre refugiado. Explotando el miedo.

El resto de partidos europeos del espectro político restante – centro-izquierda, centro-derecha y derecha – han respondido a la xenofobia de la ultraderecha con mensajes de repliegue[5]. Porque también creen en el discurso racista o por miedo a perder las próximas elecciones, sus mensajes no han distado de los de la ultraderecha. En Francia, Macron ha advertido de que frenará los “flujos de inmigración irregular”. En Reino Unido, el gabinete de Johnson prepara un endurecimiento de la ley contra la inmigración irregular. Destaca por su dureza la posición de Austria, donde el gobierno Sebastian Kurz insiste en seguir deportando afganos incluso después del triunfo talibán. Grecia también envía un mensaje duro. “Nuestro país no será la puerta de entrada a una nueva ola de refugiados”, ha afirmado Notis Mitarachi, ministro de Migraciones. Por su parte, Turquía ha empezado a construir un muro en su frontera con Irán, por donde es previsible que se puedan producir la llegada de migrantes.

Afganistán, una cabra entre dos leones

Afganistán, punto estratégico de Asia Central, importante lugar de paso para posibles rutas de hidrocarburos, comparte frontera con Irán y China, entre otros países. Es un Estado bisagra, un escenario en el que ya no solo Moscú o Washington, sino China y algunos países de la región –Irán, India, Pakistán– se disputan intereses y liderazgo. Por ahora, parece que los vencedores de retirada de la OTAN serán China y Rusia, que según algunos medios ya están llegando a acuerdos comerciales con los talibanes para la apertura de minas y la apertura de gaseoductos en algunas zonas del país.

En 1900, el emir afgano Abdul Rahman Khan definió a Afganistán “como una cabra entre dos leones”. Parece que los leones han agarrado entre sus dientes a la cabra, se encuentran tirando de ella para cada lado y no les importa que se rompa, siempre y cuando se queden con un trozo de la misma.


 

[1] Véase “White feminists wanted to invade”, por Rafia Zakaria, en The Nation.

[2] Sobre cómo EEUU financió a los muyahidines afganos y permitió la toma de poder del régimen talibán, recomendamos el artículo “Las raíces del movimiento talibán”, escrito por Ana Cabirta Martín y publicado en El Salto.

[3] En las últimas cuatro décadas Afganistán ha sido uno de los países que más refugiados ha generado en el mundo, pero Europa sólo ha aceptado a medio millón. En 2015 y 2016 había más solicitantes de asilo afganos que sirios e iraquíes.

[4] Este verano se descubrió que el gobierno de Aznar había donado 17.000 toneladas de armamento a Afganistán en 2003. Hace unas semanas, el Ejecutivo de Sánchez reconoció no tener ni idea de qué han sido de esas armas.

[5] Para más información sobre las reacciones de los líderes europeos, véase “La extrema derecha agita el fantasma de una nueva crisis migratoria que despierta temor entre los líderes europeos”, por Ángel Muñárriz, en InfoLibre.

 

 

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