Cuando la multitud hoy muda, resuene como océano.

Louise Michel. 1871

¿Quién eres tú, muchacha sugestiva como el misterio y salvaje como el instinto?

Soy la anarquía


Émile Armand

domingo, julio 29

Turismo industrial y consumo de lugares exóticos


“El turismo es la libertad de los empleados para llevar el capital de un mercado a otro, la polinización del dinero”

 Del poemario Mañana sin amo, de Juako Escaso
 

Viajar se ha convertido en esa mezcla bastarda de necesidad, derecho y premio que nos promete “cargar las pilas” y “desconectar” de la sofocante cotidianidad. Detrás de los anuncios de viajes asoma siempre la idea de que nuestro día a día es algo que bien merece una “escapada”, en una muestra de que el capitalismo es capaz incluso de rentabilizar la conciencia de que el mundo que ha creado es difícilmente soportable. Basta con ser ciudadanos documentados y trabajadores para ocupar una plaza en alguna de las lanzaderas del transporte moderno y aterrizar de forma rápida y confortable en cualquier oasis lejos de donde vivimos y trabajamos. Allí correrá el aire. Podremos, por fin, degustar cierta libertad individual y disfrutar de un sinfín de comodidades y cosas bonitas. Un afuera en el cual alimentar nuestro espíritu y gozar de experiencias intensas, olvidando inocentemente nuestras obligaciones. Con la sola condición, eso sí, de que al cierre de este higiénico paréntesis volvamos más frescos a la tensión del trabajo, a las responsabilidades de la máquina de la que formemos parte.

Este discurso en torno al “viaje” se difunde masivamente tras la II Guerra Mundial y es entonces cuando la apuesta turística es estructurada a nivel global. El contexto de posguerra requiere abrir nuevos frentes económicos y muchos Estados -que en adelante serían del Bienestar- compran y venden la idea de viajar como fuente de ingresos y placer para sus contribuyentes. Es el momento de democratizar el viaje y de incorporar a las clases trabajadoras al gusto de “hacer turismo”, convirtiendo esta industria en un motor esencial de la globalización capitalista. El gigante despierta y toma cuerpo en una época marcada por la innovación técnica en los transportes, especialmente en el sector aeronáutico. A la cabeza, empresas de Europa occidental, Estados Unidos y, posteriormente, Japón, que convierten al Mediterráneo y al Caribe en las primeras piscinas del turismo internacional. Así, llamaremos “turismo industrial” a la forma que adopta el viaje cuando se realiza mediante el sistema de relaciones e infraestructuras que el Capital y los Estados han dispuesto para la explotación turística de lugares a escala mundial. Esto conlleva urbanizar los territorios, infraestructuras avanzadas de transporte para llegar a ellos, concentrar los servicios en torno a empresas especializadas, colocar a los destinos en los circuitos de agencias de viaje, y una oferta estructurada para satisfacer los deseos de los visitantes. En pocas palabras, la producción en cadena de ocio y viaje, así como el mercadeo de los aspectos materiales e inmateriales de los territorios turistizados.

Imaginamos que habrá gente “viajada” que no se sienta identificada con el turismo de masas ni con la idea de viaje apuntada al inicio. Nos pasa algo parecido, pero no nos interesa entrar en el manido y tramposo debate de turistas versus viajeros, ni profundizar en qué queremos de nuestros propios viajes. Lo que sí afirmamos es que si en algún momento hemos conseguido viajar, ha sido sobre todo cuando corríamos despavoridos huyendo del turismo industrial -y de sus huellas en nuestras propias actitudes y prácticas1.

Más lejos, ¡vayámonos más lejos!

En décadas más recientes, junto a esta idea de “viaje” abrazada por el turismo de masas, se ha venido promocionando todo el imaginario que sugiere lo exótico, hasta el punto de que no parece extraño desconocer nuestra comarca pero ser unos entusiastas de la cultura masái.

En este texto hablaremos de lugares exóticos como aquellos que desde una perspectiva occidental representan la lejanía y la alteridad, tanto geográfica como cultural y de paisaje. Nos referimos a territorios que principalmente se ubican en el Sur económico, con una marginal o muy reciente inserción en la sociedad industrial y donde predominan aún modos de vida rurales no tecnificados. Lugares cuyos habitantes jamás podrán devolver la visita a los turistas, a no ser que lo hagan como fuerza de trabajo migrante. Y lugares, también, por los que de vez en cuando hay que dejarse caer de vacaciones, para conocer otras culturas – mucho mejor cuanto más alejadas y diferentes a la propia-, y para no quedar excluido de cierto estatus como “personas de mundo”.

Personas de mundo y, al mismo tiempo, agentes colonizadores. No es casual que la industria comience a promocionar esta marca exótica de forma paralela al proceso de descolonización. La creciente intervención del capital transnacional y las políticas desarrollistas aplicadas por los organismos internacionales desde los 60’, continuaron en la práctica el mismo proyecto histórico del colonialismo, dando alcance a un número creciente de territorios dispuestos a ser convenientemente civilizados, modernizados y explotados.

Por otro lado, la consolidación en el mercado de este ingrediente exótico coincide además con las necesidades de un sector que ha pasado de modelos turísticos fordistas y a gran escala, a una diversificación y segmentación que pide nuevas rutas, ofertas personalizadas, paquetes sofisticados y alternativas a un modelo tradicional que con su tedio de masas generó también el deseo de novedad y distinción.

En este sentido, no existe una misma noción de lo exótico compartida por todos los turistas. Su invocación se da en muy diversos nichos del turismo industrial: etnoturismo, turismo rural comunitario, turismo espiritual, turismo humanitario, turismo sexual, ecoturismo, turismo de riesgo, turismo de la miseria, turismo curativo…2 Si bien todos ellos comparten esa pulsión por confrontarse con lo otro -con lo que está fuera y es extraño, diferente-, la actitud, los fines y la forma de esa confrontación tienen tantos matices que se requeriría más tiempo y espacio para adentrarse en el asunto. Por poner solo un ejemplo de esta diversidad, imaginemos por un lado a quien ve en lo exótico una oportunidad para cuestionar su propia epistemología y lograr “desnudar las certezas” 3, y a quien desea satisfacer el capricho de ser masajeado por manos indígenas mientras absorbe un daikiri en una playa paradisiaca.

En este texto hablaremos de cómo lo exótico engrasa la máquina turística, señalando las prácticas e ideas que transforman los lugares en mercancía, tasados por su valor de cambio y confeccionados para ser objetos de consumo. Nos centraremos en el lado de los visitantes, en sus motivaciones, discursos y acciones, describiendo también las consecuencias más visibles que esta forma de mercantilización tiene en los territorios y en la vida de sus pobladores.

La propaganda del paraíso

Permítanos (…) venderle este maravilloso “multidestino”. Usted podrá encontrar todo lo que ha soñado para sus vacaciones: hermosas y paradisiacas playas cubiertas de fina arena blanca, tocadas por el inconfundible mar turquesa del Caribe; (…) Áreas Naturales Protegidas, costeras, selváticas y marinas, lagunas, bosques y arrecifes de gran biodiversidad (…); un bosque tropical imaginariamente bien conservado, antes territorio de chicleros y otros montaraces (…). Una tierra de historias de piratas, aventuras y huellas de su presencia (…). Igualmente, podrá disfrutar de ciudades de historia colonial como Mérida, (…); arena, sol y sexo en Cancún (…); contacto con la naturaleza “virgen” Punta Herrero; experiencias espirituales y esotéricas en Tulum o contacto cultural en las innumerables localidades mayas selváticas que han emprendido sus propios proyectos eco-turísticos. Por supuesto, imposible dejar de mencionar el impresionante circuito de sitios arqueológicos encabezados por Chichen Itzá (…); las haciendas henequeneras convertidas en hoteles boutique; los parques temáticos o ecológicos como Xcaret o Xel Ha; las tradiciones culinarias de la región, los ritmos musicales y el carácter tropical de su gente, por ende alegres y sensuales para atenderle a usted4.

La publicidad, el discurso de las agencias de viaje y los contenidos de la industria cultural relacionada con el turismo5, han conseguido acercarnos al deseo de conocer lugares y países de los que apenas habíamos oído hablar y que de la noche a la mañana se convierten en tendencia mundial. Lo que se sabe en la calle sobre ciertas regiones viene mediado exclusivamente por estos mensajes publicitarios, y tal vez por alguna propaganda de ONG6, pues ni siquiera aparecen en las noticias de los medios de masas. El desconocimiento de la vida de la gente o de la situación política suele ser absoluto. Se trata, al fin y al cabo, de una serie de jardines coloniales a los que realizar agradables visitas, llevar la civilización y el desarrollo, y prestar una atención “humanitaria” en momentos puntuales.

Una estrategia importante de esta publicidad desplegada por los Estados y las empresas se basa en que el turismo es ese “placer inocente en el que todos ganan”7. Esta idea fuerza ha logrado convencer a las clases turistas y a gran parte de las poblaciones anfitrionas de que, a diferencia de otros sectores, se trata de una industria sin humos, muy amiga del medio ambiente, sostenible, generadora de riqueza y empleo, y una encantadora vía para el enriquecimiento cultural mutuo y la revitalización de las identidades locales. Nos dicen, en resumen, que es una actividad beneficiosa para todos los que entran en juego, sobre todo y precisamente para aquellas regiones que el etnocentrismo capitalista considera “menos desarrolladas”, que es donde se suelen ubicar estos destinos exóticos.

¿Cómo se ha conseguido esta aceptación social? Una de las causas es la menor visibilidad de los impactos directos del modo de producción, en comparación, por ejemplo, con la imagen de una fábrica que contamina aires, suelos y ríos. Esto se debe a que la industria turística es en sí un sistema compuesto por multitud de procesos deslocalizados, cuyas ramificaciones se extienden a la práctica totalidad de la sociedad industrial, desde la fabricación de los aviones que desplazarán a los turistas (dependientes a su vez de la industria del petróleo), pasando por el sector de la construcción y la especulación inmobiliaria, hasta llegar en sí a la producción de todas las cosas y servicios que los propios turistas usarán en sus destinos. Por otra parte, la imposición capitalista a escala mundial de las ideas de progreso, crecimiento y desarrollo, identifica a las regiones no insertas en esa lógica como eriales subdesarrollados o poco y mal civilizados8, que deben ser modernizados y ubicados por fin en la distribución productiva y funcional del capitalismo global9. Por el contrario, y como iremos viendo, esta inocente industria oculta sistemáticamente una nocividad que se deja ver a poco que miremos entre los pliegues de ese “desarrollo” que defiende con tanto orgullo. 


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1 comentario:

  1. Lo mismo que ayunar, necesario para quienes se alimentan con cadaver,
    en un ciclo dietético sado-maso,
    el turismo puede ser una droga mas, cara por demas y por tanto solo para algunos,
    ( cada vez mas solo para algunos ),
    pero necesaria después de estar sometido a una vida frustrante y acelerada,
    enfocada a producir en vez de a realizarse como persona ,
    en un ciclo sado-maso impuesto por el capitalismo.
    Pero para mas inri suele ser bastante amenudo una experiencia frustrante : lejos de casa, de la comodidad, masificado, siempre en la calle, incomunicado, intoxicaciones, precios desorbitados,
    expuesto a robos fácilmente etc etc etc
    Buscando una evasión y experiencia , aveces "loca" ,
    debido a que la moral – etc actuales, no nos permite ser felices ni realizarnos .
    Ademas nunca podemos huir de nos mismos.
    Si alguien quiere viajar por interes cultural, investigación etc, se deberia plantear antes un serio autointerrogatorio critico.

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