Cuando la multitud hoy muda, resuene como océano.

Louise Michel. 1871

¿Quién eres tú, muchacha sugestiva como el misterio y salvaje como el instinto?

Soy la anarquía


Émile Armand

jueves, abril 3

¡Putos maderos!

Siempre os he odiado. Sois los hijos de la infamia, la primera línea del capitalismo más desalmado, los verdugos de la clase obrera. No importa que cambie vuestro aspecto. Aunque vuestro uniforme transite del negro hitleriano al verde oliva del infausto Duque de Ahumada, vuestra mirada despide invariablemente la misma indignidad. Siempre os ensañáis con el más débil. Desahuciáis a las familias, apaleáis a los trabajadores, los estudiantes y los parados, torturáis en oscuros calabozos, invocando el deber y el patriotismo. Hacéis desaparecer a vuestras víctimas en simas, barrancos o fosas cubiertas con cal viva. A veces, preferís arrojarlas a las aguas negras y profundas del océano. Sois las legiones que crucificaron a 6.000 esclavos entre Capua y Roma, transformando la Vía Apia en una manifestación del poder imperial, enfurecido por la rebelión de Espartaco, el gladiador tracio. Sois los asesinos de García Lorca, que se vanagloriaban de haber secado un manantial de belleza, con una vil descarga de plomo. Nos vencéis día a día, pero el pueblo os aborrece y sueña con pasear vuestras cabezas en una pica. Estáis en mis pesadillas desde la infancia, cuando os contemplé bajar por la Gran Vía, persiguiendo a los manifestantes con porras y bocachas. Hasta entonces, el mal sólo era una abstracción, pero ese día comprendí que podía encarnarse en una hueste de mercenarios, con la faz ensombrecida por un odio atávico y prerracional. Vuestros crímenes no caerán en el olvido. La mano de Mateo Morral os aguarda en cualquier esquina, dispuesta a hacer justicia. La verdadera poesía no se compone con versos y estrofas, sino con ira y dinamita.
 Nos han educado en la no violencia, pero la violencia es la esencia del sistema capitalista. La violencia sois vosotros, ocultando vuestros números de identificación, golpeando con saña a jóvenes y ancianos, arrastrando a los que se oponen pacíficamente a vuestros abusos e iniquidades o incluso abriendo brechas en la cabeza de niños indefensos. Todo el que disiente, protesta o invita a la solidaridad se convierte en vuestro enemigo. Sois los esbirros de la banca y la patronal. Ocultáis vuestra cara por cobardía, pero también por vergüenza. Los verdugos siempre han subido al patíbulo con una capucha y, hasta un pasado reciente, nadie se internaba en sus hogares, pues los consideraban malditos. Valle-Inclán nos mostró vuestro verdadero rostro en Luces de Bohemia, pero casi nadie lee ya a los clásicos y si los infames e iletrados togados de la Audiencia Nacional se adentraran en la obra del manco irreductible, ordenarían la detención e incomunicación del autor, acusándole de apología del terrorismo. Valle-Inclán, insigne mutilado anticapitalista, concibió la escena sexta de Luces de Bohemia como un encuentro en un sombrío calabozo entre Max Estrella, poeta ciego y clarividente, y un preso anarquista, con blusa, alpargatas y grilletes. El preso es un obrero catalán que se define a sí mismo como “un paria”. No es un término despectivo, sino el lúcido reconocimiento de su lugar en un orden social donde se “menosprecia el trabajo y la inteligencia” y se rinde culto al dinero. Max afirma que pronto llegará la hora de los parias de la tierra, pero ese momento sólo será posible, instalando “la guillotina eléctrica en la Puerta del Sol”. El anarquista objeta que “el ideal revolucionario” no se cumplirá con la simple “degollación de los ricos”. Hay que llegar más lejos. Sólo destruyendo la sociedad capitalista podrá surgir “otro concepto de la propiedad y el trabajo”. Algo escéptico, Max se conforma con pequeños logros: “Todos los días, un patrono muerto, algunas veces, dos… Eso consuela”. El preso sabe que le aguarda la muerte: “Cuatro tiros por intento de fuga. […] Por siete pesetas, al cruzar un lugar solitario, me sacarán la vida los que tienen a su cargo la defensa del pueblo. ¡Y a esto llaman justicia los ricos canallas!”. No le atemoriza morir, pero sí que le den tormento, sólo “para divertirse”. “¡Bárbaros! –protesta Max, con el alma temblando de indignación-. […] ¿Dónde está la bomba que destripe el terrón maldito de España?”. En la escena undécima, Max –ya en libertad- se cruza con una madre con su hijo muerto entre los brazos. Sólo es un niño con “la sien traspasada por el agujero de una bala”. La policía mantiene el orden público, masacrando inocentes. Antonio Maura, no menos repulsivo que Aznar, Rajoy, Esperanza Aguirre o la Cospedal, promueve el terrorismo de Estado para frenar la cólera de un pueblo maltratado y humillado. La pobre mujer chilla desolada: “¡Negros fusiles, matadme también con vuestros plomos!”. “Esa voz me traspasa”, exclama Max, sobrecogido. Poco después, se escuchan disparos y un sereno anuncia con indiferencia que la policía ha abatido a un preso anarquista, mientras intentaba fugarse. “Ya no puedo gritar –masculla Max-. ¡Me muero de rabia!… Estoy mascando ortigas. La Leyenda Negra, en estos días menguados, es la Historia de España. Nuestra vida es un círculo dantesco. Rabia y vergüenza”.
 La versión definitiva de Luces de bohemia se publicó en 1924, pero no se estrenó hasta 1970. Casi todas las grandes obras tardan un tiempo en vencer la estulticia de empresarios y editores, casi siempre conchabados con el poder y sin otra motivación que la inmunda codicia. “¡Canallas!… ¡Todos! ¡Y los primeros nosotros, los poetas!”, exclama Max, admitiendo que los escritores también venden sus plumas para obtener fama y riqueza. No puedo evitar la gratificante fantasía de un Valle-Inclán furioso, descargando bastonazos sobre las testas serviles de Mario Vargas Llosa, Juan Manuel de Prada o Fernando Savater. Luces de bohemia apenas ha envejecido. Sus escenas continúan hablándonos de una España gobernada por víboras, rufianes y asesinos. Cuando el preso anarquista se despide de Max, anuncia su inminente fin: “Van a matarme… ¿Qué dirá mañana esa Prensa canalla?” “Lo que le manden”, responde Max, con lágrimas de impotencia y rabia. No creo que sea necesario un gran esfuerzo para imaginar una situación semejante, con pistoleros costeados por fondos reservados. Aún recuerdo a Felipe González declarando que “la democracia también se defendía en las cloacas”. Los sicarios que matan al preso anarquista son los mismos que acabaron con la vida de Iñigo Cabacas. Iñigo se había agachado a atender a un herido de una carga de la Brigada Móvil de la Ertzaintza, cuando le dispararon un pelotazo por la espalda. El impacto se produjo en la nuca y a bocajarro. Mientras agonizaba, Iñigo sangró por los ojos. Ester Quintana fue más afortunada. Sólo perdió un ojo al recibir un pelotazo de los Mossos d’Esquadra. Beatriz Etxebarria sufrió los rigores de la ley antiterrorista. Durante los cinco días de incomunicación, soportó golpes, vejaciones sexuales, estados de asfixia inducidos con una bolsa de plástico, amenazas de muerte y, finalmente, una violación anal y vaginal con un palo untado de vaselina. La Benemérita realizó la hazaña, añadiendo una nueva página negra a su dilatado historial de bajezas e infamias.
 Putos maderos, os escudáis en el “cumplimiento inexcusable del deber”, pero disfrutáis con vuestros crímenes. Podéis cambiar de nombre (Fuerzas de Seguridad del Estado, Fuerzas de Orden Público, Unidad de Intervención Policial, Guardia Civil), pero sólo sois una abyecta patulea abastecida por granujas, matones, villanos, asnos, truhanes y lunáticos. Putos maderos, tenéis las entrañas negras y un corazón putrefacto que se regocija al humillar, golpear y torturar al pobre, al paria y al marginado. Os creéis superhombres, pero sólo sois los sicarios de políticos, empresarios y banqueros. Sois el brazo armado de canallas como Martín Villa, Cristina Cifuentes o Felipe Puig. Algunos os comparan con los soldados del Imperio Galáctico, comandados por el siniestro Darth Vader, pero yo creo que sólo sois los bravucones que buscan pelea en un bar, con un palillo entre los dientes, o los miserables que intimidan a una pareja de ancianos en un aparcamiento para arrebatarles una plaza libre. Si alguien escarba en vuestra historia, aparece indefectiblemente el matón de patio de escuela, que roba los bocadillos a sus compañeros más débiles. Sólo espero que algún día os encontréis con la horma de vuestro zapato y acabéis durmiendo con los peces, donde os espera Mr. Blonde, un hombre de honor que odia a los polis y que os rebanará una oreja al ritmo de “Stuck in the Middle With You”.

Rafael Narbona

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