Cuando la multitud hoy muda, resuene como océano.

Louise Michel. 1871

¿Quién eres tú, muchacha sugestiva como el misterio y salvaje como el instinto?

Soy la anarquía


Émile Armand

jueves, octubre 8

La población no ha sido movilizada, sino inmovilizada

 


El Estado con mascarilla

La actual crisis ha significado unas cuantas vueltas de tuerca en el control social por parte del Estado. Lo principal en esa materia ya estaba bastante bien implantado porque las condiciones económicas y sociales que hoy imperan así lo exigían; la crisis no ha hecho más que acelerar el proceso. Estamos participando a la fuerza como masa de maniobra en un ensayo general de defensa del orden dominante frente a una amenaza global. El coronavirus 19 ha sido el motivo para el rearme de la dominación, pero igual hubiera servido una catástrofe nuclear, un impasse climático, un movimiento migratorio imparable, una revuelta persistente o una burbuja financiera difícil de manejar. No obstante la causa no es lo de menos, y la más verídica es la tendencia mundial a la concentración de capitales, aquello a lo que los dirigentes llaman indistintamente mundialización o progreso. Dicha tendencia halla su correlato en la tendencia a la concentración de poder, así pues, al refuerzo de los aparatos de contención, desinformación y represión estatales. Si el capital es la sustancia de tal huevo, el Estado es la cáscara. Una crisis que ponga en peligro la economía globalizada, una crisis sistémica como dicen ahora, provoca una reacción defensiva casi automática y pone en marcha mecanismos disciplinarios y punitivos de antemano ya preparados. El capital pasa a segundo plano y entonces es cuando el Estado aparece en toda su plenitud. Las leyes eternas del mercado pueden tomarse unas vacaciones sin que su vigencia quede alterada.

El Estado pretende mostrarse como la tabla salvadora a la que la población debe de agarrarse cuando el mercado se pone a dormir en la madriguera bancaria y bursátil. Mientras se trabaja en el retorno al orden de antes, o sea, como dicen los informáticos, mientras se intenta crear un punto de restauración del sistema, el Estado interpreta el papel de protagonista protector, aunque en la realidad este se asemeje más al de bufón macarra. A pesar de todo, y por más que lo diga, el Estado no interviene en defensa de la población, ni siquiera de las instituciones políticas, sino en defensa de la economía capitalista, y por lo tanto, en defensa del trabajo dependiente y del consumo inducido que caracterizan el modo de vida determinado por aquella. De alguna forma, se protege de una posible crisis social fruto de otra sanitaria, es decir, se defiende de la población. La seguridad que realmente cuenta para él no es la de las personas, sino la del sistema económico, esa a la que suelen referirse como seguridad “nacional”. En consecuencia, la vuelta a la normalidad no será otra cosa que la vuelta al capitalismo: a los bloques colmena y a las segundas residencias, al ruido del tráfico, a la comida industrial, al trasporte privado, al turismo de masas, al panem et circenses… Las formas extremas de control como el confinamiento y la distancia interindividual terminarán, pero el control continuará. Nada es transitorio: un Estado no se desarma por propia voluntad, ni prescinde gustosamente de las prerrogativas que la crisis le ha otorgado. Simplemente, “hibernará” las menos populares, tal como ha hecho siempre. Tengamos en cuenta que la población no ha sido movilizada, sino inmovilizada, por lo que es lógico pensar que el Estado del capital, más en guerra contra ella que contra el coronavirus, trata de curarse en salud imponiéndole condiciones cada vez más antinaturales de supervivencia.

El enemigo público designado por el sistema es el individuo desobediente, el indisciplinado que hace caso omiso de las órdenes unilaterales de arriba y rechaza el confinamiento, se niega a permanecer en los hospitales y no guarda las distancias. El que no comulga con la versión oficial y no se cree sus cifras. 

Evidentemente, nadie señalará a los responsables de dejar a los sanitarios y cuidadores sin equipos de protección y a los hospitales sin camas ni unidades de cuidados intensivos suficientes, a los mandamases culpables de la falta de tests de diagnóstico y respiradores, o a los jerarcas administrativos que se despreocuparon de los ancianos de las residencias. Tampoco apuntará el dedo informativo a expertos desinformadores, a empresarios que especulan con los cierres, a los fondos buitre, a los que se beneficiaron con el desmantelamiento de la sanidad pública, a quienes comercian con la salud o a las multinacionales farmacéuticas… La atención estará siempre dirigida, o mejor teledirigida, a cualquier otro lado, a la interpretación optimista de las estadísticas, al disimulo de las contradicciones, a los mensajes paternalistas gubernamentales, a la incitación sonriente a la docilidad de las figuras mediáticas, al comentario chistoso de las banalidades que circulan por las redes sociales, al papel higiénico, etc. El objetivo es que la crisis sanitaria se compense con un grado mayor de domesticación. Que no se cuestione un ápice la labor de los dirigentes. Que se soporte el mal y que se ignore a los causantes.

La pandemia no tiene nada de natural; es un fenómeno típico de la forma insalubre de vida impuesta por el turbocapitalismo. No es el primero, ni será el último. Las víctimas son menos del virus que de la privatización de la sanidad, la desregulación laboral, el despilfarro de recursos, la polución creciente, la urbanización desbocada, la hipermovilidad, el hacinamiento concentracionario metropolitano y la alimentación industrial, particularmente la que deriva de las macrogranjas, lugares donde los virus encuentran su inmejorable hogar reproductor. Condiciones todas ellas idóneas para las pandemias. La vida que deriva de un modelo industrializador donde los mercados mandan es aislada de por sí, pulverizada, estabulada, tecnodependiente y propensa a la neurosis, cualidades todas que favorecen la resignación, la sumisión y el ciudadanismo “responsable”. Si bien estamos gobernados por inútiles, ineptos e incapaces, el árbol de la estupidez gobernante no ha de impedirnos ver el bosque de la servidumbre ciudadana, la masa impotente dispuesta a someterse incondicionalmente y encerrarse en pos de la seguridad aparente que le promete la autoridad estatal. Esta, en cambio, no suele premiar la fidelidad, sino guardarse de los infieles. Y, para ella, en potencia, infieles lo somos todos.

En cierto modo, la pandemia es una consecuencia del empuje del capitalismo de estado chino en el mercado mundial. La aportación oriental a la política consiste sobre todo en la capacidad de reforzar la autoridad estatal hasta límites insospechados mediante el control absoluto de las personas por la vía de la digitalización total. A esa clase de virtud burocrático-policial podría añadirse la habilidad de la burocracia china en poner la misma pandemia al servicio de la economía.

El régimen chino es todo un ejemplo de capitalismo tutelado, autoritario y ultradesarrollista al que se llega tras la militarización de la sociedad. En China la dominación tendrá su futura edad de oro. Siempre hay pusilánimes retardados que lamentarán el retroceso de la “democracia” que el modelo chino conlleva, como si lo que ellos denominan así no fuera otra cosa que la forma política de un periodo obsoleto, el que correspondía a la partitocracia consentida en la que ellos participaban gustosamente hasta ayer. Pues bien, si el parlamentarismo empieza a ser impopular y maloliente para los dirigidos en su mayoría, y por consiguiente, resulta cada vez menos eficaz como herramienta de domesticación política, en gran parte es debido a la preponderancia que ha adquirido en los nuevos tiempos el control policial y la censura sobre malabarismo de los partidos. Los gobiernos tienden a utilizar los estados de alarma como herramienta habitual de gobierno, pues las medidas que implican son las únicas que funcionan correctamente para la dominación en los momentos críticos. Ocultan la debilidad real del Estado, la vitalidad que contiene la sociedad civil y el hecho de que al sistema no le sostiene su fuerza, sino la atomización de sus súbditos descontentos. En una fase política donde el miedo, el chantaje emocional y los big data son fundamentales para gobernar, los partidos políticos son mucho menos útiles que los técnicos, los comunicadores, los jueces o la policía.

Lo que más debe de preocuparnos ahora es que la pandemia no solo culmine algunos procesos que vienen de antiguo, como por ejemplo, el de la producción industrial estandardizada de alimentos, el de la medicalización social y el de la regimentación de la vida cotidiana, sino que avance considerablemente en el proceso de la digitalización social. Si la comida basura como dieta mundial, el uso generalizado de remedios farmacológicos y la coerción institucional constituyen los ingredientes básicos del pastel de la cotidianidad posmoderna, la vigilancia digital (la coordinación técnica de las videocámaras, el reconocimiento facial y el rastreo de los teléfonos móviles) viene a ser la guinda. De aquellos polvos, estos lodos. Cuando pase la crisis casi todo será como antes, pero la sensación de fragilidad y desasosiego permanecerá más de lo que la clase dominante desearía. Ese malestar de la conciencia restará credibilidad a los partes de victoria de los ministros y portavoces, pero está por ver si por sí solo puede echarlos de la silla en la que se han aposentado. En caso contrario, o sea, si conservaran su poltrona, el porvenir del género humano seguiría en manos de impostores, pues una sociedad capaz de hacerse cargo de su propio destino no podrá formarse nunca dentro del capitalismo y en el marco de un Estado. La vida de la gente no empezará a caminar por senderos de justicia, autonomía y libertad sin desprenderse del fetichismo de la mercancía, apostatar de la religión estatista y vaciar sus grandes superficies y sus iglesias.

 

Miquel Amorós

lunes, octubre 5

Okupación que transa se suicida


Ahora más que nunca, okupa tú también

Actualmente la okupación es una práctica realizada por gente de diferentes tradiciones, con diferentes objetivos y formas de entenderla. Hay quien okupa por necesidades individuales o familiares, o quien lo hace por convicciones políticas; Hay quien se define como «okupa» y otres no; Hay quien tiene la voluntad de construir comunidad o quien ve una manera provisional de obtener un techo; Hay quien considera la okupación como una herramienta contra la propiedad privada y quien ve una forma de demandar a la administración vivienda digna y accesible; Hay quien busca la estabilidad del espacio llegando a un acuerdo y quien se resiste con todas sus fuerzas a un desalojo.

La okupación es un medio, nunca un fin. Tiene una fuerza tremenda: Señala la especulación inmobiliaria y la gentrificación que destruyen barrios enteros, expulsando a vecines de toda la vida, gente sin recursos y migrantes; Pone el acento en dar respuesta a la dificultad de acceder a una vivienda y a espacios comunitarios; Y al mismo tiempo, se crean a su alrededor, redes y relaciones sociales capaces de transformar la cotidianidad.

Desde l’Oficina per l’Okupació de Karcelona entendemos la okupación como una herramienta que cuestiona el principio de propiedad y, por tanto, la desposesión. La okupación muestra una manera de atacar para conquistar nuestras peticiones concretas, sin esperar. Los centros sociales okupados (CSO’s) nos enseñan a reapropiarnos, a resistir, a crear. Defendemos vivir de esta manera, poder desarrollar nuestros proyectos autónomos, más allá de la legalidad, nosotres hablamos de otro lugar que habitar, de otras relaciones, de otra Vida y es fundamental no perder estas raíces en el diálogo o en la confrontación.

Ante un pacto ¿qué es una victoria y qué es un fracaso?

Aunque la legalización es común en el movimiento de okupación de otros países, en el estado español no es un hecho frecuente y es considerado una debilitación del movimiento. Entre les que pacten y les que no pacten se augura una posible separación, como sucedió en otros lugares de europa, diferenciando entre okupas buenes y males. La legalización puede afectar negativamente a otras experiencias y hacer más fácil tanto los abusos de los propietarios como los desalojos.

Mantener conversaciones con la propiedad o iniciar una negociación pueden servir como estrategia para ganar tiempo y conseguir más información. Pero mientras que las conversaciones no comprometen a las partes, en las negociaciones el objetivo es llegar a un acuerdo entre les interesades. Así, la decisión de legalizar un CSO ¿compete única y exclusivamente a las personas que lo gestionan o que viven en él? Difícilmente una negociación será equitativa cuando no se hace entre iguales, vemos como la mayoría de veces la administración pretende mostrarse dialogante de cara a la opinión pública pero lo cierto es que no comparte en absoluto las propuestas de autogobierno de los espacios liberados. Al entablarse una negociación entre la administración y un espacio okupado es fundamental que se abra un debate de forma pública, de otra manera, el proceso puede ser conducido dócilmente por los profesionales de la política. El hermetismo alrededor de las conversaciones denota desconfianza del grupo negociador en el resto de compañeres, miedo a ser juzgado y/o rechazado, y posibilita que primen los criterios particulares e intereses personales. Este secretismo en los pactos es una condición impuesta por las instituciones para tratar de ocultar sus tejemanejes y favorecer la separación entre les que okupan. En Barcelona, una negociación puede traer la consecuencia para el proyecto okupado de quedarse prácticamente solo, en lo que apoyo por parte a los movimientos sociales anticapitalistas se refiere, y apoyarse en colectivos integrados o recuperados por el ayuntamiento para su gran proyecto de ciudad-mercancía con tintes «alternativos».

Es previsible que durante las conversaciones para legalizar un espacio liberado aparezcan problemas internos en el seno del proyecto y sea harto difícil llegar a un consenso fuerte -entre aquélles que quieren salvaguardar lo conquistado, entendiendo la cesión como una oportunidad para garantizar el proyecto, y aquélles que apuestan por la confrontación, no reconociendo como interlocutores a la administración pública porque sería traicionar la propia trayectoria-. Demasiado a menudo en esta controversia una parte del colectivo acaba marchando, presumiblemente quienes se oponen al pacto para dejar vía libre a un acuerdo y la continuidad del espacio. Una vez se ha negociado, es cuestión de tiempo que los contenidos y la línea política del proyecto originarios queden distorsionados, a consecuencia de los nuevos aliados institucionales. En la práctica, la autogestión se va perdiendo y el espacio se convierte en una especie de centro cívico que da un servicio a la comunidad y disfruta de la amistad de la opinión pública. ¿Cómo desarrollar un proyecto autónomo colaborando con las instituciones? La práctica de reunirse con los gobernantes consigue moderar las posturas más antagónicas. Se acaba aceptando cualquier tipo de proposición, por muy alejada que esté de los principios de autogobierno, autonomía y anticapitalismo. Obtener convenios de ocupación del espacio después de negociaciones y pagar un alquiler da cierta estabilidad por medio del contrato y de la transacción económica, ¿pero qué garantías reales existen de pervivencia del proyecto? Mientras cada metro de la tierra tenga amo, no hay espacio seguro, siempre pueden expulsarte del lugar que habitas, que usas, tanto si lo construyó tu familia con sus propias manos como si firmaste una hipoteca o un contrato de alquiler, la propiedad es un robo y los propietarios disponen de los medios para desalojarte, ya sea mediante una expropiación, con matones, o judicialmente por impago de cuotas o finalización de contrato.

Un argumento que se escucha a menudo a la hora de justificar la legalización en Barcelona es que no podemos extraer conclusiones de qué pasó en otros países porque son contextos diferentes. Al hacer comparaciones existe el peligro de caer en un análisis atemporal y descontextualizado, pero negarse a aprender de otras experiencias es caminar a tientas. De la misma manera que los aciertos de otros lugares han de servirnos de inspiración, los errores cometidos aquí y allá son una fuente de la que beber y nutrirse. Aun teniendo en cuenta la situación de otros países de europa, preferimos pensar con optimismo, a pesar de que la realidad a veces nos impone otra visión, y pensar que el fantasma de la despolitización de la okupación aun no recorre toda la península pues se dan casos en que la administración, ante la fuerza de los proyectos, decide retirarse y no optar por la vía del desalojo (como ejemplo el Centre Social Autogestionat Can Vies que en 2014 vivió un intento de desalojo y derribo parcial por parte del Ayuntamiento de Barcelona).

Por otro lado, desde el movimiento vecinal se han llevado adelante procesos de negociación con la administración para conseguir la cesión de un espacio que no han generado ningún enfrentamiento entre las diferentes posturas, al no plan­tearse como una alternativa a las okupaciones sino como una vía propia de los movimientos que lo impulsan. Desde un punto de vista estratégico hay quien plantea que es posible desarrollar un proyecto autónomo y gestionado desde la participación vecinal y al mismo tiempo cooperar con las instituciones. Remarcan que lo importante es que las condiciones de colaboración queden establecidas con total claridad y respeten la autonomía del centro en la definición y gestión del proyecto.

Aceptar la derrota sin luchar

Si concebimos la práctica de la okupación como una acción contraria a la existencia de la propiedad privada (pilar del capitalismo, del estado y del patriarcado) entonces no admitimos ningún tipo de negociación, eso supondría aceptar las reglas del juego, la legalidad vigente impuesta para que pueda funcionar la dictadura de la minoría que obstenta el poder y eso sería aceptar la derrota sin luchar. Pensar en dar un marco legal a una situación que conscientemente subvierte la legalidad, significa pretender por derecho aquello que ya se ha conseguido de hecho. Derecho, ese instrumento de regulación y normalización de las sociedades modernas.

Un pacto consiste en capitalizar la amenaza creada por el movimiento, lo cual requiere la existencia previa de un conflicto. Al reducir la enemistad sobre el grupo mediante el pacto, se deja aislades a les compañeres que no quieren o no pueden acceder a la negociación. Y aunque sintiéndose menos insegures, quienes quieren legalizarse también serán reprimides en la medida en que sus acciones pasen a ser una amenaza para el orden público y la ley. ¿De qué sirve, entonces? La legalización es una forma más de acabar con los espacios okupados, exactamente como el desalojo, pero con el añadido que a mucha gente le cuesta más posicionarse claramente en contra. La administración puede utilizar la negociación, no para llegar a un acuerdo con la gente concreta sino para marginalizar y criminalizar al resto. Con un gobierno de «izquierdas» en Barcelona, éste podría tratar de gestionar el conflicto, llevando a cabo una política para conseguir un pacto «ejemplar» con algunos sectores de la okupación y dejar aislado al sector más radical que no quiere negociar, es decir, generar una división en el movimiento.

Como aparecía en el texto de convocatoria a una asamblea interna (Febrero 2018) para tratar las posibles legalizaciones en Barcelona:

«Creemos que estos procesos de negociación son la continuación de lo que ha sido el papel de la izquierda institucional desde el franquismo como manera de endulzar las relaciones sociales, tanto en la vertiente política como en la económica. En este sentido, el énfasis no es tanto en el pacto en sí sino que éste no es fruto de ningún proceso de lucha, como mucho de una mistificación de la misma. Durante los últimos 30-40 años, hemos podido ver tanto en el ámbito laboral como en el vecinal que la cultura de lucha que llevara a mejoras sociales ha ido transformándose en la cultura de los despachos, de la gestión. Es evidente que un pacto producido por una lucha ayuda a generar una cultura de lucha, mientras que un pacto hecho a partir de política de despachos reproduce la cultura de la política institucional. Los procesos de legalización de los espacios okupados que se están dando en Barcelona actualmente (…), claramente no generan ninguna dinámica de lucha.»

En los años 90 el movimiento por la okupación apuesta no tanto por estabilizar espacios sino por visibilizar una crítica radical a las dinámicas del estado, manteniendo la tensión social y política, rechazando la intermediación institucional desde la concepción de la autonomía social. Actualmente conviven en la ciudad de Barcelona diferentes filosofías, la corriente que considera más importante la dinámica de choque ante las instituciones, la postura que defiende el uso de estrategias mixtas que combinan confrontación con la capacidad de producir efectos, y la vertiente más involucrada en campañas por el derecho a la vivienda. Aquí planteamos que algún movimiento tiene que desobedecer y no reconocer las instituciones públicas, y que esa amenaza de combate abierto contra el estado sirve también como medida de presión y de producción de cierto miedo al conflicto para los que gobiernan y contribuye a que puedan abrirse espacios de conquista mediante mediaciones institucionales (como ejemplo la reivindicación de Can Batlló en el barrio de La Bordeta y Sants).

Liberar la vida colonizada por la mercancía

En Barcelona, paralelamente a las okupaciones, siempre han existido espacios legales o más seguros con los que se comparten valores o prácticas, aquellos que acogen una editorial o una radio, un espacio de salud o de crianza, un taller artesanal o una cooperativa… De la misma manera, los CSO’s de la ciudad son espacios donde se han imbricado muchas otras luchas sociales, como la lucha obrera, el transfeminismo, el ecologismo, las luchas indígenas, de las personas presas… y estas otras luchas dan apoyo a la okupación. Es vital crear redes sociales e infraestructuras colectivas de apoyo, estas relaciones nos ayudan a sobrevivir. Queremos tener presente que la secuencia okupación-desalojo-okupación con la consecuente mudanza, es un ciclo agotador, aún más si hay resistencia al desalojo y represión por la misma. Esto sumado al ciclo vital de cada cual, el envejecimiento, las personas a cargo, la falta de salud física y mental, nos condicionan a la hora de tomar decisiones y de actuar.

Pero podemos encarar, de una manera amplia, los procesos de negociaciones entre la administración y espacios okupados buscando claves para llevar un funcionamiento subversivo, practicando la afinidad informal y una total horizontalidad. No sometiéndonos a los cauces marcados por las leyes penales. Combinando nuestras percepciones para desenmascarar fácilmente aquéllo que nos determina y nos oprime, y tener la fuerza de oponernos. Reapropiándonos. Reduciendo el coste de la vida, compartiendo las infraestructuras y las herramientas de uso cotidiano. Socializando nuestros conocimientos, aprendiendo unes de otres para acabar siendo más polivalentes y autónomes. El autogobierno necesita de la máxima libertad para poder crecer.

Haciendo tratos se infravalora la lucha que se ha llevado a cabo para defender la posibilidad de okupar y la autonomía ganada en Barcelona. Asimismo, es importante ser consciente de otras luchas que existen más allá de la okupación y por ello no puede perderse de vista, a la hora de pactar con la administración, el mapa general de sus políticas y las situaciones abusivas que de ellas se desprenden. En resumen, el poder recupera a los elementos moderados y, mediante esta división, rompe el movimiento al mismo tiempo que reinventa el funcionamiento del sistema. Ante la recuperación institucional de elementos conflictivos del municipalismo e independentismo, ha crecido el coste que conlleva asumir plenamente nuestra enemistad para con el estado. Dicho esto, padecer la represión no es ninguna garantía de nuestra radicalidad. En algunos casos hemos visto discursos radicales y actitudes de mierda, mientras que en otros hemos visto discursos conciliadores acompañados de actitudes atentas y combativas, ¿de qué sirve autoproclamarse algo que la práctica no confirma? Definitivamente, algún movimiento tiene que plantarse y visibilizar una confrontación más directa a las dinámicas del estado.



Oficina per l’Okupació de Karcelona 
oficinaokupacio@sindominio.net

viernes, octubre 2

La literatura de Ursula K. Le Guin y el anarquismo

Ursula K. Le Guin, nacida en 1929, es sin duda una gran escritora, no solo con prestigio y éxito en el mundo literario, también en los ámbitos político, social y científico; para los que lo desconozcan, su obra es de una evidente y casi insultante influencia en la literatura y el cine contemporáneos, normalmente con obras mucho más ligeras y rebajadas de tono político y científico.

La obra de Le Guin está compuesta, tanto de ciencia-ficción, como es el caso del llamado ciclo de Ekumen (a la que pertenece la novela 'Los desposeídos', de las que nos ocuparemos más tarde), como de género fantástico, valga como ejemplo su saga de las 'Historias de Terramar'. Es precisamente la Asociación de escritores de ciencia ficción y fantasía, Estados Unidos, la que la ha reconocida como una gran maestra. Son conocidas las simpatías de Le Guin sobre las ideas anarquistas, a las que ha definido como las más humanas, complejas e interesantes de todas las teorías políticas. Por ejemplo, la novela 'El día antes de la revolución', que pertenece al mismo universo que Los desposeídos, está dedicada al imprescindible intelectual y anarquista norteamericano Paul Goodman. Del mismo modo, es obvia la influencia que Murray Bookchin y su ecologismo radical ha ejercido sobre la escritora. En gran parte de su voluminosa obra, Le Guin ha plasmado sus ideas libertarias de igualdad, cooperación, apoyo mutuo y rechazo de los abusos de poder.

https://www.youtube.com/watch?v=9pAq10rbuok

martes, septiembre 29

Aquí están nuestras manos

 


Nosotros ocupamos una finca de tres mil fanegas de tierra,

la estuvimos trabajando tres días,

como si aquello fuera nuestro,

hasta que los civiles nos echaron de allí de mala manera,

aquello me costó cinco días de cárcel,

pero la gente se volcó y me tuvieron que echar a la calle.

 

Eso fue en el 78.

Yo te puedo garantizar que aquí y en otras zonas de Córdoba

los trabajadores estábamos funcionando colectivamente,

sin estatutos ni nada,

la gente más joven iba a los trabajos más duros

y los más mayores a los trabajos menos fuertes,

y compartíamos el salario,

aquello era una conciencia colectiva de equidad,

de igualdad y de solidaridad,

y cuando una cosa así te invade y la ves funcionar

lo demás ya te da igual,

que te sancionen, que te encierren,

porque es tu ilusión, tu pensamiento.


A partir de ahí hubo momentos muy positivos.

 

En el año ochenta

se ocuparon más de cuatrocientas fincas en Andalucía.

 

Hubo pueblos, como Morón,

El Coronil, Osuna o Marinaleda,

que se alzaron para conseguir la tierra.

 

La burguesía

estaba convencida de que iba a ver reforma agraria,

muchas casas de duques, de marqueses y demás,

decían que la tierra la iban a perder,

estaban asustados,

pero entró el PSOE y no se liberó ni una fanega de tierra.

 

Entonces surgió el subsidio agrario,

esa fue la clave para parar este movimiento,

una limosna para que nos calláramos,

un invento del partido socialista para desmovilizar

el movimiento obrero,

para que no reclamáramos la tierra,

y el movimiento jornalero se esfumó de la noche a la mañana

y se acabó con la reforma agraria en Andalucía.

 

Ahora, mientras más fanegas de tierra tienen los propietarios,

mejor viven,

sin tener que preocuparse de labrarla siquiera,

tiran unas semillas allí

y justifican de que han sembrado y reciben las subvenciones,

porque se critica mucho la prestación a los jornaleros

pero no se habla de los miles de millones

que reciben los terratenientes por dejar las tierras vacías.

 

El PSOE subvenciona el atraso de Andalucía.

 

Todos los derechos que habíamos adquirido

en los últimos años del franquismo

los hemos ido perdiendo,

hasta en los últimos años del franquismo

se hizo reforma agraria,

que termina cuando entra el PSOE en el poder

y empiezan las limosnas y las mentiras.

 

Nosotros pedimos tierra, la reforma agraria,

para no depender de limosnas ningunas.

 

Nosotros pedimos la tierra

porque la tierra nunca ha sido de los terratenientes,

la tierra es de la naturaleza, ellos no la han puesto ahí

 

y debe ser

para los que nos preocupamos de que la tierra sea vida,

 

aquí están

 

nuestras manos

 

para trabajarlas.

 

 

Antonio Orihuela. Esperar Sentado. Ed. Ruleta Rusa 

Fotografía de Juan Sánchez Amorós

sábado, septiembre 26

[Madrid] Nueva normalidad: el tecnomundo. Jornadas de reflexión y crítica contra la sociedad tecnocientífica

 


NUEVA NORMALIDAD: EL TECNOMUNDO

JORNADAS DE REFLEXIÓN Y CRÍTICA CONTRA LA SOCIEDAD TECNOCIENTÍFICA

2 Y 3 DE OCTUBRE. MADRID

 

 Viernes 2 de octubre.

18:30h. “Actualización de los casos represivos del estado e internacional. Caso Bankia.”

19:00h. Charla: “Herramientas de control social que nos ha traído la COVID-19, la distancia social y el confinamiento.”

Local Anarquista Motín C/Matilde Hernández, 47 <M> Vista Alegre u Oporto.

 

Sábado 3 de octubre.

13:00h. “Presentación de la revista “Libres y Salvajes”, n.º 5.

17:00h. “Actualización de casos represivos a nivel estatal e internacional. Operación Arca.”

18:00h. Mesa redonda: “La anarquía frente al Tecnomundo: Debate sobre cómo afrontar la situación actual.”

EOA La Emboscada, C/Azucena, 67. <M> Tetuán.

 

COMUNICADO 

 

Estas jornadas surgen con la idea de ser un lugar de encuentro entre diferentes individuos/as en el cual poder difundir, debatir, criticar y afilar nuestras ideas contra la sociedad tecnocientifica y su mundo.

Un mundo que tras la “emergencia sanitaria” causada por la Covid 19 se ha convertido en un inmenso laboratorio, en un experimento de ingeniería social donde todas las medidas (médicas, sociales, económicas, tecnológicas…) tomadas por aquellas que gestionan y administran nuestras vidas, por la tecnocracia, han llegado para quedarse, no serán entonces situaciones extraordinarias sino que serán medidas que a partir de ahora marcarán las pautas de nuestra vida. Hemos visto como desde la “emergencia sanitaria” se ha producido una aceleración del proyecto de artificialización del mundo, hemos visto como todas las soluciones a la devastación causada por la sociedad tecno cientifica son tecnológicas y científicas entrando en una espiral que solo nos conduce al abismo.

Quizás nos encontremos ante un cambio en las condiciones de vida semejante al ocurrido tras la II Guerra Mundial, una reconfiguración completa del mundo llevado a cabo por las tecnociencias que proyectan una nueva realidad (Orwelliana), que rediseña el mundo e igual que las anteriores grandes transformaciones necesita destruir y anular las formas de vida anteriores con un mensaje claro de la huida hacia adelante, hacia el progreso tecnológico y hacia la superación de cualquier limite, cuyo paradigma es la sociedad cibernética: la virtualización y digitalización de cada aspecto de nuestra vida, de nosotros mismos y de todo lo que nos rodea, es decir, la informatización absoluta del mundo. La digitalización del mundo orgánico e inorgánico para controlarlo, mecanizarlo y robotizarlo, dando lugar a la realización del proyecto de un mundo tecno totalitario. Esta digitalización cambiará totalmente nuestra forma de entender el mundo, aislandonos aún más entre nosotros, del medio y de la realidad, construirá y creara nuestras experiencias virtuales y nos ofrecerá nuestros deseos, en definitiva dirigirá y creará nuestras vidas que pretenden ser reducidas a las decisiones de procesadores algorítmicos. Cambiara nuestra forma de relacionarnos, trabajar, cuidarnos, comer, etc. redifiniendo estos conceptos y sometiéndolos a la lógica tecno científica a la velocidad del progreso: desde la tele medicina donde aislados del contacto humano seremos atendidos por bots dotados de Inteligencia Artificial (capaces de“aprender” por si solos) “expertos” en diversos ámbitos desde psicología hasta medicina general. Google esta invertiendo cantidades ingentes de dinero en la “big pharma” conscientes de que esta unión tecno-farmacológica les reportará miles de millones gracias a las posibilidades que ofrece la individualización de la enfermedad, mediante la colonización de nuestros espacios y cuerpos por cientos de sensores como los smartwatch o la domótica que orientarán nuestras vidas, necesidades y deseos, una vida simplificada y condicionada a cambio de nuestra libertad. En Japón los cuidadores de ancianos están siendo sustituidos por robots mucho más “eficientes” y adaptados a la personalidad de estos que los humanos, pasando por la escuela digital con todos los problemas cognitivos ocasionados en los niños: desde problemas de atención, concentración etc. hasta los más sociales como la falta de empatía o solidaridad que desarrollan ante la robotización de la educación (la misma que desarrollamos al llevar la mascarilla y no ver las caras de otras personas), o el tele trabajo donde la extensión de la IA ha cambiado totalmente el concepto de trabajo automatizando y mecanizando aún mas todas las actividades laborales lo que supondrá además de la desparición de millones de puestos de trabajo consecuencias nocivas físicas y psicológicas en las trabajadoras desde el aumento de enfermedades cardiovasculares hasta angustia, estrés, soledad, falta de empatía hacia los demás originada por falta de contacto con el mundo real y la destrucción de toda forma de comunidad ya sea en el trabajo o en cualquier otro ámbito. Si todos nuestros movimientos quedan cada vez mas mecanizados y digitalizados serán cada vez más automatizados como las manillas de un reloj, estandarizados como cualquier producto. Debemos abrazar las múltiples dimensiones de la realidad, la multiformidad de la vida y negarnos a la reducción de nuestro mundo a sus racionales cálculos.

Este proceso de digitalización del mundo físico sería imposible sin dos aristas de esta nueva realidad: el 5G y las `smart cities´. El 5G aumentará la capacidad y la velocidad de conexión entre todos los aparatos y objetos que conforman las smart cities, permitiendo la hiperconctividad necesaria para el funcionamiento del tecno mundo. Las ciudades son colonizadas por miles de antenas, sensores, antenas y procesadores algorítmicos instalados en todos los aparatos que permitirán la mecanización y automatización de toda la ciudad, será la maquina quien tome las decisiones en estas ciudades, quedaremos desplazados por maquinas algorítmicas que dirigen nuestras vidas, significará la racionalización absoluta de nuestras vidas, una nueva organización del espacio y el tiempo más racional sometida a los números. Estas ciudades tienen el aspecto de una fabrica cuyo automatismo tendría como fin ultimo al hombre que se transforma finalmente en un autómata Tanto la 5G como las smart cities son proyectos de control social, todos nuestras actividades físicas y virtuales quedaran registrados, gracias a las capacidades del big data, en miles de datos que son procesados mediante IA, siendo esta capaz de interpretar en tiempo real una gran cantidad de situaciones y señalar en consecuencia ciertas acciones que habría que tomar respecto de ellas. Sin ir más lejos cualquiera de los aparatos inteligentes que llevamos encima saben más cosas de nosotros que quizás nuestros amigos (desde lo que compramos, donde hemos estado, nuestras series favoritas, lo que leemos etc.), dando lugar a la sociedad de la vigilancia permanente y somos nosotros mismos los que ofrecemos los datos mediante los que nos vigilan, controlan, modelan y someten. Es necesario que nos neguemos a entregar nuestros datos, nuestra vida, a el Estado y a las multinacionales tecnológicas.

La Ciencia y el Estado se han erigido, se han subido a un trono, como salvadores de la “emergencia sanitaria” sin embargo sus soluciones: el aumento de autoridad, ciencia, tecnología y burocracia son las mismas que nos han llevado a la situación de devastación absoluta del mundo, dos siglos de colonización industrial sobre todo lo vivo han sido suficientes para envenenar el planeta entero y empeorar consecuentemente las condiciones de vida de todo lo que habita en él. En el imaginario social el progreso tecno científico se ha colado como salvador del mundo sin embargo sus desarrollos nos conducen a el abismo, nos hacen creer que nos salvará del colapso o una catástrofe, sin embargo el colapso y la catástrofe son nuestra vida diaria, es esta sociedad industrial liberticida y ecocida que nos somete a su lógica, que arrasa formas tradicionales de vida para someterlas a la mercantilización, que nos desposee de todo lo natural para luego convertirlo en una mercancía artificializada que poder vendernos, que ha convertido el mundo en un extenso monocultivo, no solo en la agricultura sino en todas las actividades humana, regado por doquier de químicos, radioactividad, ondas electromagnéticas mercancías, etc. La cosmovisión científica del mundo es reducionista, fragmentaria y mecanicista impone leyes universales a todo los complejos procesos y fenómenos que ocurren en el mundo pretendiendo convertir la complejidad y multiformidad del mundo en un laboratorio donde todo quede estandarizado, homogeneizado e ingenierizado, para artificializarlo todo. La visión reductivamete técnica que tiene la ciencia del mundo pretende reducir la naturaleza a un producto más, rediseñar las funciones de los vivo para que sean útil a sus fines y valores instrumentales, rectificar lo vivo. Las tecnociencias mediante las llamadas NBIC (Nanotecnología, Biotecnología, Ciencias de la Información y Ciencias Cognitivas) pretenden la construcción de nuevos sistema biológicos no existentes en la naturaleza y lo consiguen mediante la biología sintética que se encarga de diseñar lo que no existe en la naturaleza o rediseñar lo que ya existe para darle un valor instrumental. La cración de nuevas formas de vida como genomas sintéticos y células sintéticas expande la capacidad del dominio técnico sobre la existencia ya que estas nuevas fornas de vida convertidas en instrumentos que permitirán la colonización y rediseño del mundo constituyendo, las tecnociencias un nuevo paradigma de racionalización, producción y control de la vida en su totalidad, que esta logrando no solo extraer y explotar los recursos de la tierra sino que también esta conquistando las capacidades productivas y de trabajo de muchos organismos vivos, estos trabajaran como robots industriales, sin descanso: son los nuevos obreros del tecno capitalismo ya no son sólo los seres humanos, son microorganismos, plantas y animales rediseñados además de robots provistos de IA. El capitalismo industrial una vez explotada y reducida la naturaleza a mera mercancía pretende conseguir convertir cada una de las partes de nuestro cuerpo en una mercancía más.

Como enemigos de toda autoridad, enemigos de toda mediación sobre nuestras vidas, es necesaria la lucha contra la artificialización de lo vivo y contra la creación de una sociedad tecnototalitaria. Nosotros no vamos a esperar a que llegue el colapso, porque el colapso ya está aquí, son las continuas catástrofes ambientales, sociales y políticas que ocurren cotidianamente, el colapso es la cotidianidad de millones de personas que habitan el llamado “tercer mundo”. Por otro lado, esperar al colapso, que no traerá otra cosa que el ecofascismo, con la esperanza de que sea un proceso emancipatorio, oculta el hecho de que bajo el condicionamiento técnico no es posible ninguna forma de libertad, quienes quieren la libertad sin ningún esfuerzo, solo esperando que el sistema se derrumbe, no se la merecen.

Una lucha alejada de la lógica del izquierdismo posmoderno que tan solo pretende reformar un mundo que se derrumba, que defiende una libertad vacía, superflua. El posmodernismo es lo que les queda a los individuos cuando ya no tienen ningún dominio sobre su existencia, dirigidos por la máquina ven en ella la posibilidad de transformar sus cuerpos o sus vidas. Sin embargo no hay nada liberador ni en la técnica, ni en los que dicen querer usarla como método emancipatorio.

Una lucha que sea realizada por nosotros mismos sin ninguna mediación, que vaya a la raíz del problema: la organización tecno-científica-industrial del mundo.

Por la anarquía.

 

https://contratodanocividad.espivblogs.net/

miércoles, septiembre 23

Perspectiva anti-industrial

 


El anti-industrialismo no es una nueva ideología nacida en un círculo intelectual, una cátedra universitaria o una fundación altruista durante el periodo histórico de fusión del Capital con el Estado. No proclama principios particulares inventados por algún pensador iluminado, ni ofrece fórmulas infalibles con las que solucionar todos los males sociales. Y sobre todo, no apela a los parlamentos o a la «ciudadanía» que los sostienen. Es un análisis crítico surgido durante el retroceso del movimiento obrero que parte del carácter industrial de todas las actividades económicas y sociales. Si las condiciones materiales de existencia determinan la realidad, estas son ahora las propias de la industria. El mundo globalizado se asemeja a una gigantesca fábrica, aunque de fábricas propiamente dichas haya cada vez menos. La tecnología ha multiplicado la productividad a la vez que reducido considerablemente el peso del proletariado industrial, pero la proletarización se ha extendido como el aceite sobre el agua: la condición proletaria caracteriza no solo la vida de casi toda la humanidad, sino la de todo el planeta. El capital convierte en mercancía no solamente la fuerza de trabajo, sino el territorio y su vecindario. En consecuencia, las contradicciones mayores se producen en el ámbito de la vida cotidiana y del medio ambiente. Lógicamente, la conflictividad se desplaza de la esfera de la producción a la del consumo y, desde allí, los colectivos toman conciencia de los profundos antagonismos que enfrentan al régimen capitalista con la naturaleza y la población sometida a condiciones de supervivencia cada vez más infames. En cada acto aparentemente trivial como pueda ser alimentarse, habitar, viajar, vestir, respirar, cuidarse, votar, trabajar, leer, comunicarse, divertirse, etc., se manifiesta el dominio del capital y, por lo tanto, en cada acto hay que tomar partido. Cierto que la identidad obrera de antaño desapareció, pero la conciencia de clase reaparece y se reafirma en las revueltas de la vida cotidiana.


La lucha de clases desborda el estrecho marco de las reivindicaciones laborales para abarcar la defensa del territorio y el conjunto de la actividad diaria. Al capitalismo se le replica en su terreno, o sea, en todo los terrenos. El capitalismo destroza el medio ambiente, explota y esquilma el territorio, poluciona el aire, contamina las aguas y los suelos, concentra la población en cubículos dentro de complejos urbanos, aniquila la agricultura tradicional, obliga a una movilización constante, abandona a los ancianos, embrutece y enferma a la población, desarrolla mecanismos de control totalitario, provoca guerras, se camufla con la ecología... Así pues, los frentes de combate son múltiples, pero la lucha solo es una. La mundialización capitalista se asienta en unas relaciones sociales complejas, pero precisamente esa complejidad hace que sus fundamentos sean cada vez más frágiles y que los desastres se vuelvan cada vez más frecuentes. La base social del capitalismo, constituida por las nuevas clases medias de funcionarios, empleados y obreros integrados, se erosiona y se estrecha. La ideología ciudadanista que les es propia se resquebraja. Las contradicciones son imposibles de disimular, por lo que los estallidos sociales son ya inevitables. Cuando el material inflamable se acumula hasta proporciones incontrolables, una chispa salida de cualquier parte puede causar un grave incendio. En esas estamos, en la fase final de la globalización que bien podríamos calificar de capitalismo catastrofista.


La anomia y la catástrofe son hoy la carácterísticas principales de la producción industrial, y, de acuerdo con la naturaleza intrínseca del capital, son un nuevo factor de crecimiento y una nueva fuente de beneficios. Sin embargo, las desigualdades sociales se disparan y el ciudadanismo se desacredita, por lo que el desastre y la descomposición se convierten también en estímulos insurreccionales. Un hecho fortuito como por ejemplo, un caso de brutalidad policial, la subida del precio de la gasolina, el encarecimiento del transporte público, la privatización de un servicio sanitario, una prospección minera, un plan hidrológico, una ley liberticida, etc., pueden derivar en movilizaciones espontáneas y amotinamientos incontrolables. Cualquier paso en falso de los gobiernos puede acarrear una crisis, sea urbana, ecológica, racial o sanitaria, y cualquier crisis puede situarse en el eje de la cuestión social. Todavía está lejos de formarse una fuerza social suficientemente liberada de la incapacidad de comprender su miseria, y por consiguiente, lo bastante subversiva como para aventurarse en un proceso de transformación social radical, pero todo se andará. Simplemente tendrá que producirse un vacío de poder. Si de algo estamos seguros, es que la capacidad de seducción del capitalismo, esa especie de sumisión voluntaria general de la que ha podido servirse hasta hoy, se diluye con la catástrofe. El capitalismo suprimió la libertad real a cambio de diversión a espuertas y una relativa seguridad. Las crisis, en la medida en que neutralicen las fuerzas del orden, nos están indicando que la diversión está las asambleas de desobedientes, y la seguridad está en la disolución de toda clase de policía y la abolición de la vigilancia digital. No estamos hablando de otra cosa más que de la autogestión de la vida cotidiana.


Algo nos pueden enseñar por ejemplo, la indignación de los sanitarios reunidos a la puerta de los hospitales españoles, o los debates de los chalecos amarillos franceses concentrados en las rotondas, o los manifestantes de Chile, o las juntas de buen gobierno de Chiapas, o las algaradas en una docena de países. Los movimientos de protesta, al desconfiar de las vías institucionales, y por lo tanto, del diálogo con el Estado, se ven abocados a crear espacios autónomos de discusión y toma de decisiones, y a defenderlos. Las asambleas, concentraciones, consejos, coordinadoras, comités, piquetes, etc., son organismos creados para deliberar de manera independiente sobre sus problemas, informar verídicamente de ellos y llevar a cabo los puntos acordados. En un sentido griego, serían espacios y mecanismos no virtuales de libertad, puesto que la libertad no es otra cosa que el derecho de las masas a participar directamente en la gestión y resolución de los asuntos que les competen o afectan. A poco que la alegría de estar juntos desembocara en pasión por la libertad y que dicha pasión se extendiera –y con ella la conciencia de la propia fuerza–, aquellos espacios se consolidarían, forjándose dentro de ellos un nuevo sentimiento de clase. Estaríamos entonces en una situación de doble poder. Hoy por hoy, no lo estamos, pero esto es solo el principio. Parecerá que la pandemia de covid-19 haya abortado el proceso de rebelión, a tenor de la oleada de servidumbre voluntaria y el clima de sumisión asfixiante que se puede observar en toda la Europa mesocrática, sobre todo en España donde el potencial radical anda bajo mínimos. El miedo reprime la vida y apacigua la cólera, pero tiene escaso recorrido. La catástrofe continúa y también la revuelta. Lo mejor está por llegar.

 

 Miquel Amorós

Extraído de https://arrezafe.blogspot.com

domingo, septiembre 20

Miren cómo sonríen - Violeta Parra

Miren como sonríen los presidentes
cuando le hacen promesas al inocente
Miren como le ofrecen al sindicato
este mundo y el otro los candidatos
Miren como redoblan los juramentos
pero después del voto, doble tormento

Miren el hervidero de vigilantes
para rociarle floresal estudiante
Miren como relumbran carabineros
para ofrecerle premiosa los obreros
Miren como se visten cabo y sargento
para teñir de rojo los pavimentos
Miren como profanan la sacristía
con pieles y sombreros de hipocresía

Miren como blanquearon mes de María
y al pobre le negaron la luz del día
Miren como le muestran una escopeta
para quitarle al pobre su marraqueta
Miren como se empolvan los funcionarios
para contar las hojas del calendario

Miren como gestionan los secretarios
las páginas amables de cada diario
Miren como sonríen angelicales
Miren como se olvidan que son mortales

jueves, septiembre 17

Escribir contra la muerte: Kanno Sugako, Nico Rost

Cuervos (1766), Maruyama Okyo 

Kanno Sugako, anarquista japonesa condenada a muerte por intentar atentar contra el Emperador nipón, escribió en su celda, viendo caer la nieve a través de los barrotes, un pequeño diario. Ella misma era consciente de que la amenaza inminente del patíbulo no podía robarle su libertad interior, aquella a la que aludía constantemente Stefan Zweig en El mundo de ayer: memorias de un europeo.

Escribió Sugako: «Aquí estoy, confinada por esta ventana embarrada, pero mis pensamientos aún abren sus alas en el libre mundo de las ideas. Nada puede retener mis pensamientos o interferir con ellos» (Reflexiones camino de la horca, Calumnia Editorial, 2019).

Ella, al igual que Nico Rost, prefirieron enfrentar la muerte desde una posición -para los dos inexcusable- que celebraba la vida hasta en sus peores momentos. Precisamente por lo anterior, ambos no quisieron deshacerse de sí mismos cuando, asediados por la fatalidad, podrían haber sucumbido a la desesperación, la renuncia a sus principios o la resignación. Y lo consiguieron escribiendo.

Goethe en Dachau, publicado por ContraEscritura en 2018, diario que da cuenta del paso de Rost por ese campo de concentración alemán, es otro ejemplo de lo anterior. Imaginar el esfuerzo del holandés por seguir el rastro de humanidad que habitaba en cada conversación, en cada saludo cortés, en cada muestra desinteresada de generosidad, en el afán de algunos presos por hacer honor a quienes eran antes de entrar en el lager (recordando un viejo poema, impartiendo una lección de biología, tocando el violín...), astilla la posibilidad de cualquier lectura aséptica de su relato.

«El sol brilla sobre la nieve de las ramas de los pinos. Parece un cuadro de Maruyama Okyo», escribió en su diario Kanno Sugako poco antes de ser ejecutada, el 24 de enero de 1911. No creo haber conocido mayor gesto de fortaleza que ese: celebrar el brillo del sol sobre la nieve cuando todo está perdido... Quién hallara esa valentía ahora.


lunes, septiembre 14

Kiberen

  

Este artículo fue enviado a principios de agosto al diario Berria de Gipuzkoa, y fue censurado por el director, quien adujo que «actuando con responsabilidad, no creemos que debamos ayudarte en la difusión de las tesis que defiendes».

En Kiberen han prohibido ir a la playa; en Zaragoza ir de fiesta por la noche; en Bélgica una persona no podrá estar semanalmente con más de cinco íntimos; en los bares de Madrid se registrarán los datos de los clientes; en Hernani han confinado un edificio; el gobierno de Alemania recomienda no viajar a Navarra; la Generalitat ha contratado a cuatrocientos rastreadores; un anciano ha sido confinado en Barakaldo… Todas estas noticias mantienen la tensión, pero, de absurdo en absurdo, en absoluto nos ayudan a entender lo que verdaderamente está pasando.

Alguna gente, entre ellos varios médicos, nos alertan del exceso, nos hacen ver alguna luz sobre la epidemia de esta primavera.

Los servicios de salud estuvieron saturados como lo habían estado los inviernos anteriores; los que afirmaron lo contrario manipularon los hechos; se inflaron las cifras de enfermos; muchos de los que contabilizaron como muertos por Covid-19 no murieron por esta enfermedad: si bien murieron con el virus, no murieron por el virus.

El Covid-19, similar a una fuerte gripe en sus efectos estadísticos, pasó entre nosotros como una epidemia corriente. Para la mayoría de la gente, incluso en los focos de la epidemia, el riesgo de morir por él fue muy pequeño, casi insignificante. La tasa de hospitalización, para los mayores de 65 años, fue similar a la de una gripe estacionaria; para niños y jóvenes, fue menor.

El Covid-19 no mata a los ancianos; muchos ancianos que vivían en residencias sí murieron con el virus. Sin embargo, conviene preguntarse: ¿En qué condiciones vivían? ¿Qué otras enfermedades tenían? ¿Cuántos de ellos murieron de miedo o soledad?

Desde el principio se tomaron medidas injustificadas, que ignoraron y pisotearon derechos fundamentales y deberes éticos, y se hizo la vista gorda a los daños que causaran. Los responsables de esas medidas deberían  ser destituidos de sus cargos, ya que es grande el riesgo de que vuelvan a incidir.

Las medidas  que afectan seriamente a todos los ciudadanos, como los confinamientos o la máscara obligatoria deben ser anuladas de inmediato, ya que han sido y están siendo tomadas en escenarios de terror.

¿Por qué siguen hinchándose las cifras, se ocultan o se sacan de contexto datos y sucesos? Hace cinco meses que en el mundo no hay otra noticia. ¿Muere alguien en el mundo que no sea a causa de Covid?

Las voces críticas son censuradas o ignoradas; se tacha de mentirosos y charlatanes a los que ofrecen datos y opiniones no correctas; se llama conspiracionistas a los que intentan hacer luz sobre cómo surgió y se ha expandido la enfermedad del miedo.

Una simple investigación nos dice lo siguiente: el aislamiento físico no es una necesidad de salvar vidas, sino un laboratorio con vistas a un futuro rentable sin contactos. También nos dice lo siguiente: se trata de una estrategia, asumida y posibilitada por prácticamente todos los Estados, elaborada a grandes rasgos por gente poderosa de este mundo, no siendo ajenas, probablemente, altas instancias de la OMS.

En marzo declararon la guerra a la gente simple; desde entonces no hemos hecho sino perder terreno. El crimen se está realizando.

Han decidido anular los paradigmas de gobierno de la gente y de las cosas vigentes hasta ahora, e instalar en su lugar unos dispositivos, que aún es pronto para determinar cuáles serán exactamente; lo que sí puede decirse es que vamos hacia un tipo de sociedad mucho menos libre.

«Si la ciencia es la nueva religión», dice Giorgio Agamben, «y el dispositivo jurídico-político el estado de excepción, las relaciones entre las personas se están definiendo desde la distancia social, en el seno de las tecnologías digitales».

Habiendo demostrado las organizaciones tradicionales, particularmente las de izquierda, su sumisión y su inepcia, la gente con sentido común debe preguntarse dónde está la raya que no está dispuesta a pasar, para no renegar de sus principios éticos y políticos.

Para los pobres es vital no caer en la trampa: evitar en lo posible el aislamiento, el teletrabajo obligado, la escuela y los servicios de salud no presenciales; igualmente vital, rechazar las recetas con tufo a la OMS, incluida la vacuna; pues, no habiendo motivo para que la normalidad anterior, con todo y sus males, fuera anulada en su momento, para volver a ella, ¡no tenemos ninguna necesidad de vacunarnos!

Hemos de inventar nuevas maneras de sanarnos, de estudiar, de cuidarnos, de trabajar, de resistir, de hacer política. Las nuevas políticas no podrán tomar la forma de las democracias vigentes hasta esta primavera, ni tampoco la forma del nuevo despotismo tecnológico sanitario que se está instaurando en su lugar.

«Por favor», clamaba una amiga nuestra, en medio de la epidemia, a los padres de la escuela donde lleva a su hija, «no dejéis que vuestros hijos normalicen esta situación, que pierdan la capacidad de preguntar, de reaccionar, de resistir».

Recordando y trayendo a contexto lo leído en la camiseta del compañero muerto por Sida: «Caricias, besos, abrazos: ¡nuestra vacuna contra esta enfermedad!».

 

Pablo Sastre es hortelano, padre de tres hijos. Ha escrito varios libros en euskera, algunos de ellos traducidos al castellano, como Leuropa (Hiru, 2003)) o La presencia de las cosas (Hiru, 2008).

viernes, septiembre 11

La canción del trabajador musicante


Sin una canción, la navaja se enroma.
Proverbio de África Occidental.

Una canción vale por diez hombres.
Proverbio marinero.

«Yo he sido profesor y creo que no hay ninguna diferencia entre dar clases y subirse a un escenario. En ambos casos se trata de entretener a delincuentes en potencia». Si damos por buenas estas palabras de Sting y admitimos que la función social de los músicos profesionales es de centinela, entonces deberíamos considerar los sindicatos de músicos (y de profesores) como una especie de asociaciones de policías o guardias jurado diplomados en trabajo social. O al menos así es como habría que considerar a aquellos sindicatos que no cuestionan el papel que juegan estos artistas en la sociedad. En realidad, como vamos a intentar demostrar, la función cultural que tienen los músicos profesionales y la industria de la música en esta sociedad capitalista es más compleja y siniestra. A la hora de servir pan y circo, los músicos aportan su buena ración de circo, menos cruento que el romano pero culturalmente más nocivo. Y la cosa no queda ahí.

Todo esto, no obstante, constituye una novedad histórica relativamente reciente. Las bases materiales de la cultura capitalista de masas, que derribó casi todas las fronteras entre la alta cultura y la cultura plebeya, fueron los medios de comunicación de masas. La radio, la industria de la música y la música moderna surgieron y maduraron en la primera mitad del siglo XX, en la época de entreguerras. Tras este periodo de guerra y crisis las cosas ya no volverían a ser como antes, sobre todo para los trabajadores, cuyos sindicatos quedaron integrados institucionalmente en el Estado y cuya música pasó a formar parte de una cultura de masas, apta para todas las clases sociales. La separación entre el artista y el público, que en la vieja cultura plebeya era un hecho circunstancial, se hizo permanente. Conforme la música se convertía en un trabajo, el trabajador dejaba de hacer música. Cuanto más alto se oía la voz del músico profesional, menos se escuchaba la voz del trabajador.

La belle époque prebélica fue testigo del canto del cisne de la canción sindical. El «Pequeño Cancionero Rojo» de la IWW y la figura de Joe Hill son emblemáticos en este sentido, aunque este tipo de cantar atesoraba al menos un siglo de tradición. Las primeras baladas huelguísticas que se conocen se remontan a los conflictos de los marineros ingleses (1815) y los barqueros del río Tyne (1822). Unos años antes, en 1812, los disturbios luditas habían inspirado canciones como The Cropper Lads (Los mozos de tundir, con versos como «Los tundidores abrimos el baile/¡Con hachuelas, picas y pistolas!»). Según Engels «la clase obrera comenzó la resistencia contra la burguesía cuando se opuso por la fuerza a la introducción de las máquinas». Los primeros combates del proletariado contra la burguesía, pues, tuvieron su propia música. Pero estas canciones obreras, sindicales o de protesta, constituyen en realidad el último estadio de desarrollo de la canción folk, la cual, como expresión cultural de las clases trabajadoras, siempre estuvo íntimamente ligada al trabajo («No se puede escribir sobre folklore sin escrutar la actitud del pueblo respecto al trabajo», decía el folklorista alemán W. H. Riehl en 1861). Y es que la canción del trabajador musicante tiene más en común con los cantos que entonaban los hombres y mujeres del paleolítico en sus cavernas, durante sus rituales de magia simpática, que con los temas de Pete Seeger y Banda Basso­tti, o incluso con himnos como La Internacional o A las barricadas.

Para los trabajadores la música siempre fue coser y cantar («En mi pueblo al crujir los telares/Suenan más y mejor los cantares», dice la canción). Los trabajadores cantaban mientras trabajaban, cantaban sobre su trabajo en sus ratos de ocio y terminaron cantando en defensa de los intereses del trabajo durante sus luchas.

Y al corear sus cánticos no sólo mostraban cuál era su actitud ante a su trabajo y sus condiciones de vida, sino que además promovían su sentimiento comunitario y forjaban una cultura propia.

Una de clara muestra de esta íntima relación entre el cantar y el trabajar son los cantos de trabajo, es decir, las canciones que se entonaban durante la faena cotidiana. Entre las últimas work songs que se escucharon en occidente se cuentan los shanties (salomas) de la marinería, los hollers (gritos de campo) de los esclavos negros y las endechas de los trabajadores del ferrocarril y los presidiaros condenados a trabajos forzados, unas expresiones que además son precursoras del blues. Estos cantos coordinaban las labores y aumentaban la productividad, pero al mismo tiempo cohesionaban y unían a los trabajadores, quienes muchas veces plasmaban en sus versos sus antipatías hacia los capitanes de los buques o los capataces de la cuadrilla («Un barco yanqui bajaba por el río/¿Y quién crees que lo comandaba?/Un oficial yanqui y un desabrido capitán/¿Y qué crees que daban de comer?/Cola de papagayo e hígado de mono», dice la saloma Shallow Brown). Los shanties de los marineros anglo-americanos, con sus patrones de llamada y respuesta, tienen una clara influencia afro-americana. Los marinantes en general, como obreros itinerantes, jugaron a lo largo de la historia un papel fundamental en la transmisión y fusión de distintas culturas. Hasta la llegada del ferrocarril a los Estados Unidos, las comunicaciones y el comercio de esta nación dependían de los obreros de la mar. El Caribe fue durante siglos un cruce de caminos frecuentado por esclavos africanos y trabajadores españoles, británicos, franceses e indios, entre muchos otros. Marineros, barqueros, leñadores, esclavos y aparceros ponían en circulación su música y sus canciones, y luego estos ritmos y versos recorrían el Mississippi, el Caribe y el Atlántico. A comienzos del siglo XIX, el corsario Jean Lafitte tenía su propio reino en las marismas de las afueras de Nueva Orleans (llamado Barataria, pues vendía barato el botín de sus saqueos), y su propio ejército de bandidos de todas las naciones. No es extraño que esta ciudad policultural terminara convirtiéndose en la cuna del jazz.

Aunque no todas las labores tenían su canto de trabajo, había muchas profesiones que disponían de todo un repertorio de canciones para momentos de ocio. En ellas los trabajadores reflejaban entre otras cosas sus condiciones laborales o los cambios que se estaban produciendo en el gremio («Os diré claramente dónde están las mujeres/Las mujeres han ido a tejer a máquina/Y si quieres toparte con ellas tienes que levantarte temprano/Y hacer una larga caminata hasta la fábrica por la mañana», explicaba The Weaver and the Factory Maid). Los marineros, los tejedores, los leñadores, los mineros y los trabajadores del campo fueron especialmente aficionados a esta clase de cante. En ocasiones, recurriendo a metáforas relacionadas con el trabajo y las herramientas, componían canciones eróticas.

La canción folk tampoco dejaba de lado los trabajos y las condiciones de vida de las mujeres. Buenos ejemplos son A Woman’s Work is Never Done o The Ladies’ Case («¡Qué duro es el destino del sexo femenino!/Siempre encadenadas, siempre encerradas/Atadas a sus padres hasta que las convierten en esposas/Y luego esclavas de su marido el resto de su vida»). También se conservan baladas sobre mujeres que se travestían para desempeñar oficios masculinos, como hicieron entre otras las conocidas piratas Mary Read y Anne Bonny.

La canción protesta no surge en los años 50. Se conoce una copla de este tipo compuesta por los esclavos del antiguo Egipto («¿Tenemos que pasarnos todo el día acarreando cebada y farro?») y hay quien piensa que The Cutty Wren se remonta a la revuelta de campesinos ingleses de 1351 y que Die Gedanken sind frei proviene de las Guerras Campesinas de 1524-26 en Alemania. Durante el periodo de transición del feudalismo al capitalismo, a medida que se aceleraba el proceso de acumulación primitiva de capital y que los pequeños productores eran despojados de sus medios de vida independiente y obligados a buscar trabajo como asalariados, tanto la forma como el contenido de la canción folk se fueron modificando. El fugitivo, el asaltante de caminos, el cazador furtivo, el deportado a las plantaciones de América, el reo condenado a la horca, el soldado desertor y el marinero reclutado a la fuerza en la armada son personajes recurrentes en las canciones de esta época. «La primera, la más grosera, la más horrible forma de rebelión [de los obreros] fue el delito», comenta Engels. Las formas más primitivas de rebelión contra el capitalismo también tuvieron, pues, su banda sonora. Testimonio de esta secular simpatía popular hacia ciertos criminales son las baladas de Robin Hood o de Jesse James.

Conforme avanzaba el proceso de formación de la clase obrera y sus formas de resistencia evolucionaban desde el delito, los disturbios y la destrucción de máquinas hasta el sindicalismo, la canción folk hacía lo propio. La gran cantidad de canciones de los tejedores y mineros ingleses del siglo XIX que se han conservado permiten observar este proceso de toma de conciencia colectiva, partiendo de tonadas como Poverty Knock («Cariño, llegamos tarde/El capataz está en la puerta/Vamos a perder dinero/ Se quedará con nuestro salario/Tendrán que fiarnos el pan») hasta llegar a las amenazas de The Blackleg Miner («Únete al sindicato mientras estés a tiempo/No esperes al día de tu muerte/Pues quizá ese día no esté lejos/¡Sucio minero rompehuelgas!»). Otros trabajadores, como por ejemplo los segadores (Triste invierno: «Nos matan a trabajar/Comiendo sólo pan duro/Cuando una gota que sudas/Vale lo menos mil duros») o los arrieros (El arriero y los ladrones: «¡Arre mulo! ¡Mala maña!/Que no llevamos dinero/Que el dinero lo tiene el amo/ Aunque nosotros lo sudemos») también reflejaban en sus cantos su toma de conciencia ante el trabajo y el mundo en el que vivían.

Como se ha visto, antes de que la industria de la música convirtiera la canción en mercancía y a los cantantes en artistas profesionales con derechos de propiedad, los trabajadores llevaban siglos desarrollando una cultura musical común y propia. Bien es cierto que la figura del músico profesional no surge con el capitalismo y que la canción folk no siempre fue compuesta por los propios trabajadores. Sin embargo eran ellos quienes la entonaban con unos determinados fines y quienes la transmitían y la transformaban mediante tradición oral, hasta que los medios de comunicación de masas cortocircuitaron todo este proceso, permitiendo que el artista profesional llevara a cabo en el terreno de la cultura algo parecido a lo que antes había hecho la burguesía en el terreno de la economía: saquear una propiedad común y someter al trabajador a esta propiedad recién usurpada. Los obreros dejaron de cantar sus propias canciones cuando otros empezaron a cantar por ellos. Paradójicamente, cuando la música se convirtió en un trabajo más, el trabajo empezó a desaparecer de las canciones y la canción empezó a desaparecer de los centros de trabajo, excepto en la forma de hilo musical. Empresas como Muzak comenzaron a estudiar de qué forma la música de fondo podía estimular la productividad y el consumo y reducir el absentismo laboral. Las canciones, ciertamente, siguen hoy formado parte de nuestras vidas, pero de una manera radicalmente distinta.

Durante la Edad de Oro del capitalismo que siguió a la Segunda Guerra Mundial, con la expansión de la sociedad de clases medias y sus posibilidades de promoción social, el trabajo colectivo de cuello azul que dejaba callos en las manos empezó a considerarse como algo degradante y a evitar. La lucha colectiva por la defensa de los intereses del trabajo y el refus de parvenir (rechazo del medro) de los sindicalistas revolucionarios franceses se transformaron en una lucha individual por ascender en la escala social mediante un trabajo acorde con los gustos personales. Siguiendo el eslogan de Auschwitz («El trabajo te libera»), el mantra de la nueva cultura dominante de masas decía «el trabajo te realiza». Y el músico profesional estaba (y aún está) atrapado en este espíritu de los tiempos.

El artista trata de huir de la monotonía y la alienación del trabajo, sueña con convertirse en músico profesional y reclama para sí los derechos sobre su «creación», pues los artistas, dice la cultura dominante, son «creadores». Pero en realidad el artista no crea absolutamente nada. Su bagaje musical procede de un una cultura ajena, popular y obrera, del blues de los esclavos de la cuenca del Mississippi y del hillbilly de los campesinos de los montes Apalaches, cuya mezcla dio lugar al rock’n’roll y posteriormente, al combinarse con las tradiciones musicales de distintos pueblos, a toda clase de estilos y géneros. Ni siquiera las canciones que compone el artista pueden considerarse como propiedad suya, pues responden a todo un conjunto de influencias culturales y condicionamientos sociales que, aunque se catalicen a través de un individuo concreto, son producto social y colectivo, como toda mercancía. El trabajador es de hecho quien crea, no ya la cultura, sino la riqueza que permite que el músico se dedique a su profesión.

La canción folk del trabajador musicante representa la antítesis de la obra del músico profesional. Es anónima, gratuita, colectiva y no tiene el carácter de mercancía que se consume. No fomenta el lucro personal, sino la solidaridad y los lazos comunitarios. Y en este sentido no cabe hacer distinciones entre músicos profesionales según su origen social, el mensaje de sus canciones, su compromiso político o sus ingresos.

Entre el trabajador musicante y el músico profesional se sitúa la figura del músico semi-profesional, un estado efímero que normalmente desemboca en uno de los dos anteriores, pero que ha dado músicos y artistas de la talla de Arnold Schultz, Leadbelly, Mississippi John Hurt, Elisabeth Cotten, Jimmie Rodgers o Roscoe Holcomb. Hoy cada vez son más los músicos que se ven obligados a buscarse otro trabajo para complementar sus ingresos y poder sobrevivir. Esta situación, que para el artista representa una desgracia, sienta las bases para el posible resurgimiento de la canción obrera.

En fin, quien se sube a un escenario no sólo entretiene a delincuentes en potencia, como decía Sting. Su papel en el terreno de la cultura es semejante al del parlamentario burgués en la política o al del representante del sindicato amarillo y subvencionado por la patronal en los centros de trabajo. Cada uno en su esfera ejerce la misma función: obstaculizar la autonomía (cultural, política o sindical) de los trabajadores.

Hoy, en occidente, las consecuencias de la crisis capitalista están arrojando a millones de trabajadores a unas condiciones de miseria y desamparo que muchos comparan con las que existían en el siglo XIX. En aquella época los empresarios y políticos burgueses contaban con la policía y el ejército, pero no con el músico profesional ni con el delegado sindical a sueldo. La formación de la clase obrera fue un proceso que se desarrolló a través de la lucha (y el canto), pero este proceso no sólo partía de unas determinadas condiciones materiales, sino también de unas concretas bases culturales: la cultura folk o popular de la era pre-industrial. En las presentes circunstancias, ¿seremos capaces los trabajadores de repetir la historia y hacer oír nuestra voz por encima de la del artista, el político y el sindicalista profesional? Eso es otro cantar.


Texto extraído del nº 2 de la revista «Dolly Records», 
editado por la editorial Antipersona: https://antipersona.org