Hoy, el consumo mundial de materiales alcanza la cifra
récord de cien mil millones de toneladas al año (con cifras de 2017). El uso
insostenible de los recursos destruye la biosfera y la corteza terrestre, pero
el reciclaje se está reduciendo: de todo ese inmenso consumo de materiales (más
de 13 toneladas per cápita, en promedio) sólo se recicla el 8’6% (y dos años
antes era el 9’1%), así que la cosa va a peor.
Véase Damian Carrington,
“World’s consumption of materials hits record 100bn tonnes a year”, The Guardian, 22 de enero de 2020
Reutiliza y recicla,
te dicen Coca-Cola, PepsiCo y Unilever,
las tres empresas que más residuos han arrojado a la
naturaleza
en los últimos cien años.
Cuida el agua,
te dicen los freseros de la corona hídrica de Doñana.
Conectamos personas preservando el medio ambiente,
te dice Amazon, Hauwei, Samsung,
Vivo, Google y Sony, cada uno en lo suyo,
las seis empresas más contaminantes del mundo.
Apuesta por la movilidad del futuro,
te dicen los fabricantes de coches.
Consume responsable,
te dicen las grandes marcas de ropa
desde algún taller clandestino en el tercer mundo.
Respeta la biodiversidad,
te dicen PetroChina, Shell, Exxón Mobil y Total
que han sido los encargados de destruirla.
Promueve la eficiencia,
te dicen las compañías aéreas.
Usa energía limpia,
te dicen los propietarios de centrales nucleares.
Impulsamos la investigación,
te dice el Ministerio de Defensa.
Mueve el talento,
dicen los programas del corazón.
Fomenta la economía local,
dice Mercadona.
Emprende sostenible,
te dicen los megaproyectos de minería a cielo abierto.
No te preocupes por nada,
y menos por el cambio climático,
lo solucionaremos encomendándonos a Dios
y quemando brujas,
te dice la ultraderecha.
Denegación,
distracción,
dominación.
¿Acaso es posible salir del capitalismo?
Antonio Orihuela. El fuego desde el otro lado. Ed. La tortuga búlgara, 2023
El 29 de noviembre de 1947, la Asamblea General de la ONU aprobó la
Resolución 181, en virtud de la cual se acordaba dividir el Mandato
británico de Palestina en dos Estados, uno judío y otro árabe. Pese a
que los judíos poseían únicamente un 7% de las tierras palestinas en ese
momento, la Resolución les otorgó el 55% del territorio, con el apoyo
de Estados Unidos y la URSS – quien lo vio como una forma de debilitar a
Gran Bretaña – y el rechazo de la comunidad árabe.
Esta decisión adoptada por las Naciones Unidas – en un momento
histórico previo a la descolonización de la segunda mitad del siglo XX,
en la que los países occidentales se encontraban sobrerrepresentados en
la Asamblea General – sería interpretado por los líderes sionistas como
una carta blanca para comenzar un brutal proceso de limpieza étnica que
devastaría la región.
El Estado de Israel: vinculado con la limpieza étnica desde su nacimiento
El 14 de mayo de 1948, David Ben-Gurión proclamó la independencia del
Estado de Israel y los británicos abandonaron la región. Al día siguiente comenzó el proceso conocido como “Nakba”
(“catástrofe”, en árabe), durante el cual las fuerzas “de defensa”
israelíes borraron del mapa 500 pueblos, asesinaron a unos 13.000 árabes
palestinos, expulsaron por la fuerza a unos 711.000 palestinos (muchos
de las cuales se convirtieron en refugiados permanentes en Gaza,
Cisjordania y Jordania) y negaron su derecho de retorno. 120.000 judíos
ocuparon viviendas que habían pertenecido previamente a familias árabes
desplazadas durante el primer año de la existencia de Israel. Y de las
156.000 árabes que permanecieron dentro de las fronteras israelíes, unas
75.000 fueron catalogadas de “presentes ausentes”, desposeídas de todos
sus bienes y hogares y sometidas a la ley marcial.
Durante las décadas siguientes
se produjeron tensiones entre Israel y los países vecinos, que en 1967
desembocaron en la Guerra de los Seis Días. Israel aprovechó la derrota
de Egipto, Siria y Jordania para ocupar los territorios palestinos de
Cisjordania y Jerusalén Este,
desplazar a 350.000 palestinos y empezar a construir asentamientos
ilegales sobre sus tierras (lo cual se considera un crimen de guerra,
según el Derecho internacional). En la actualidad, el Estado sionista
mantiene el control total del 67% de Cisjordania y los asentamientos de colonos
año tras año siguen aumentando (actualmente hay más de 700.000 colonos
en 279 asentamientos). Además, Israel ha desplegado puestos militares
por toda la región, ha instaurado un régimen de apartheid
y controla las principales vías de circulación e infraestructuras
básicas como pozos de agua o terrenos agrícolas. Más de diez
Resoluciones de la ONU condenan esta situación, pero Israel las ignora
sistemáticamente, sin consecuencia alguna.
Un país colonial que comienza su andadura con estos terribles y
violentos acontecimientos difícilmente podrá ser considerada como una
fuerza del bien. Y, sin embargo, la historiografía oficial israelí y
occidental de los años 50 a 70 consideró que los líderes sionistas
buscaban una coexistencia pacífica con la población árabe, que los
palestinos abandonaron voluntariamente sus hogares para huir de la
guerra que los líderes árabes querían infligir sobre los judíos y que
las historias de las masacres de la Haganá sobre civiles fueron
altamente exageradas.
Sin embargo, a mediados de los 80 una nueva ola de historiadores,
muchos de ellos israelíes – encabezados por Benny Morris – accedieron a
documentos hasta entonces clasificados y llegaron a conclusiones
diametralmente opuestas a la visión tradicional de su país: los líderes
sionistas no tenían sed de paz, ni buscaban convivir con los palestinos,
sino que aceptaron el Plan de Partición de la ONU de 1947 como un
primer paso para hacerse con todo el territorio del Mandato británico y
apoyaron las masacres como forma de hacerse con el control del mismo.
Los pilares de Israel, desde su creación, son el racismo, el supremacismo judío y la desaparición de Palestina. Por ello, Ilan Pappé,
uno de estos “nuevos historiadores” – exiliado desde hace años en Reino
Unido tras recibir amenazas de muerte por sus compatriotas – calificó
el proyecto sionista como una “limpieza étnica”.
Pese a que lo parece, la limpieza étnica no es una estrategia
exclusivamente ultraderechista. Es cierto que el partido Likud, creado
en los años 70 y liderado actualmente por Netanyahu, es el gran impulsor
de este proyecto e incluye en sus documentos fundacionales la consideración del “derecho judío”, “eterno e indiscutible” a “la tierra”
de la Palestina histórica. Pero las grandes crisis de refugiados de
1948 y 1967 fueron provocadas por gobiernos laboralistas de Ben-Gurión y
Golda Meir, que también reivindican la ocupación y anexión ilegal
del territorio palestino. En otras palabras, el problema de Israel no
es que esté actualmente gobernado por fanáticos racistas, sino su
existencia, vinculada a la violencia colonial.
El genocidio acelerado como penúltimo paso de la limpieza étnica
El 7 de octubre
de 2023, Hamás y la Yihad Islámica lanzaron la Operación Inundación
Al-Aqsa, matando alrededor de un millar de israelíes y secuestrando a
centenares como venganza contra 75 años de brutal ocupación israelí y su
régimen de apartheid, así como respuesta a los acontecimientos de los
meses precedentes – en 2023 el gobierno de Netanyahu había aprobado
construir 13.000 nuevas viviendas
en Cisjordania y los ataques de colonos iban en aumento: quema de
viviendas de familias palestinas, echar cemento a pozos, acoso y
agresiones a agricultores, tala de olivos, etc. todo ello ante la
pasividad y, en ocasiones, colaboración del ejército –.
Desde entonces, el ejército israelí ha llevado a cabo una incesante
campaña de bombardeos e invasión terrestre sobre la población de Gaza,
Cisjordania y Líbano. Según los datos oficiales
del Ministerio de Salud palestino, el número de palestinos asesinados
solo en Gaza desde octubre de 2023 es de 47.498 y el de heridos 111.592,
si bien un estudio de la revista científica The Lancet
de enero de 2025 sugiere que esas cifras se deberían incrementar en un
70%, por lo que el número real sería superior a 70.000 fallecidos. En
otras palabras, llevamos quince meses presenciando una masacre en tiempo
real, lo que Naomi Klein denomina un “genocidio ambiental”, porque han querido que lo normalicemos
como si fuera un mero ruido de fondo. Es la primera vez que somos
testigos de algo así y no podremos alegar en el futuro que no sabíamos
nada.
Con estas cifras – que no tienen en cuenta las muertes relacionadas
con la falta de acceso a servicios sanitarios, agua, alimentación o
saneamiento – no es de extrañar que la relatora de la ONU para el
conflicto palestino-israelí y cualquiera con dos dedos de frente
consideren que los actos perpetrados por Israel durante el último año y
medio sean constitutivos de un genocidio. De hecho, la Corte
Internacional de Justicia actualmente investiga al Estado sionista por
este delito y el Tribunal Penal Internacional ha ordenado la detención
de diferentes dirigentes israelíes y de Hamás.
Sin embargo, un simple vistazo a la historia de los últimos 80 años
de la región nos revela que los terribles ataques que lleva perpetrando
Israel desde el 7 de octubre no son un hecho aislado o una respuesta al
atrevimiento de Hamás, sino una lógica continuación de su plan
preconcebido para acabar con el pueblo palestino y crear un Estado
netamente judío que ocupe todo el territorio palestino. Es, en
definitiva, el penúltimo paso del plan de limpieza étnica que se
concibió desde la creación de este Estado.
“Los ataques de Hamás en octubre de 2023 fueron interpretados por
sectores del Gobierno israelí como una oportunidad para impulsar la limpieza étnica”, escribe la periodista Olga Rodríguez en eldiario.es. “Por eso Netanyahu no priorizó la puesta en libertad de los rehenes israelíes ni una salida negociada y apostó por la destrucción masiva y por “una guerra santa de aniquilación”. Por eso cuando Israel ordenó el desplazamiento masivo de la gente del norte de Gaza hacia el sur muchas voces advertimos del riesgo de una nueva Nakba”.
Ataques contra profesionales sanitarios
En este medio ya hemos explicado que las fuerzas israelíes se han
empleado con saña contra los periodistas que informan sobre el genocidio
en Gaza, a fin de ocultar ante el mundo el genocidio que están
perpetrando. Según el Committee to Protect Journalists, al menos 169 periodistas palestinos han sido asesinados en Gaza en el último año y medio. Al Jazeera eleva estas cifras a 217.
Sin embargo, existe otro colectivo profesional que ha sufrido incluso más ataques por parte del ejército israelí: el de los sanitarios. Según datos de Médicos Sin Fronteras y el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, al menos 1.057 sanitarios han sido asesinados y de los 36 hospitales
de Gaza, 19 se han cerrado y de los 17 restantes ninguno funciona al
100%. Además, según Human Rights Watch, decenas de trabajadores de la
salud han sido detenidos y han sufrido torturas y abusos sexuales durante meses.
La comunidad internacional, entre la inoperancia y la complicidad
Como decimos, llevamos año y medio asistiendo a un “genocidio
ambiental” y tenemos motivos éticos, humanitarios y políticos para
condenarlos. No confiamos en el Derecho Internacional – una herramienta
creada por los Estados más poderosos para someter a los débiles e
imponer su voluntad – pero también existen argumentos legales para
oponerse. Pero, pese a ello, la ONU, la UE, los tribunales
internacionales y la comunidad internacional se han mostrado cómplices
en el peor de los caos, o incompetentes en el mejor de los mismos, para
detenerlo. A pesar de las numerosas denuncias de organizaciones de
derechos humanos y organismos de la ONU, las potencias occidentales han
obstaculizado cualquier intento real de frenar la violencia. Estados
Unidos, principal aliado de Israel, no solo ha bloqueado resoluciones en
el Consejo de Seguridad de la ONU que pedían un alto el fuego
inmediato, sino que ha seguido proporcionando asistencia militar y
financiera, asegurando que el ejército israelí disponga de los medios
necesarios para continuar su ofensiva. De manera similar, varios países
de la Unión Europea han mantenido la venta de armas a Israel, mientras
sus gobiernos se limitan a emitir declaraciones ambiguas que evitan
cualquier condena contundente.
“Durante más de un año la ciudadanía europea y el mundo entero
han visto cómo los dirigentes y medios de comunicación occidentales
evitaban nombrar el apoyo y la complicidad activa de Washington en el
genocidio israelí en Gaza. En un admirable esfuerzo malabarista hemos
llegado a leer o escuchar afirmaciones políticas y periodísticas que
atribuían al Gobierno de Biden hartazgo o enfado con Netanyahu, mientras
seguía suministrándole armamento y apoyo político contundente. Los
hechos han ido por un lado y el relato, demasiado a menudo, por otro.
Como en la Inglaterra libre de George Orwell en Rebelión en la granja, “los hechos incómodos se pueden ocultar sin necesidad de ninguna prohibición oficial””, escribe Olga Rodríguez.
España ha sido un ejemplo de esta hipocresía. Aunque el gobierno de
Sánchez ha expresado críticas moderadas sobre la violencia en Gaza (algo
que la mayoría de potencias europeas no han hecho), denunciando el
sufrimiento de la población civil y exigiendo pausas humanitarias, en la
práctica no ha tomado medidas significativas para presionar a Israel.
El gobierno español de PSOE y Sumar ha mantenido relaciones comerciales
en el sector de defensa con Israel, lo que lo convierte en cómplice
indirecto del genocidio. Esta actitud refleja la postura general de la
UE, que ha preferido preservar sus lazos diplomáticos y económicos con
Tel Aviv antes que asumir una posición firme en defensa del derecho
internacional y la justicia.
La protección que Israel recibe de las grandes potencias ha hecho que
estas resoluciones sean meramente simbólicas, permitiendo que la
limpieza étnica en Gaza continúe ante la mirada pasiva de la comunidad
internacional.
En contraposición, los movimientos sociales de todos los países del
mundo se han movilizado a favor del pueblo palestino. En el último año,
manifestaciones masivas han recorrido todas las capitales del planeta,
estibadores de puertos se han negado a llevar armamento a Israel, las
universidades occidentales han acogido acampadas por Palestina y el
boicot a los productos israelíes ha ido en aumento. Pero este tiempo
también ha situado ante el espejo nuestra propia incapacidad para
influir sobre la geopolítica y poner fin al genocidio. Lejos de lograr
avances, la respuesta de los Estados occidentales a nuestras
reivindicaciones ha sido la misma en todas partes: detenciones,
sanciones, deportaciones y represión. Hemos visto a activistas
denunciadas por mostrar verbalmente su apoyo a la causa palestina,
detenidas en manifestaciones, a espectadores multados por sacar banderas
en un partido e, incluso, deportaciones o denegaciones de la
nacionalidad en países como Alemania por no apoyar a Israel. El
liderazgo occidental se presenta a sí mismo como gran garante de la
democracia, de los derechos y las libertades, pero eso no es más que una
pantomima.
Pese a ello, no pretendemos caer en la desesperanza, en pensar que no
hay nada que hacer y bajar los brazos. Debemos seguir apoyando al
pueblo palestino, denunciar las tropelías que comete Israel y luchar
contra el colonialismo, el supremacismo y el genocidio.
Alto el fuego: respiro temporal que no aborda las cuestiones de fondo
El año 2025 comenzó de forma especialmente sangrienta, con grandes
matanzas perpetradas por las fuerzas israelíes y ataques a hospitales.
La noche de Reyes fue particularmente violenta. Sin embargo, el 15 de
enero, Israel y Hamás consiguieron aprobar un alto el fuego (en los
últimos días de la presidencia de Joe Biden en EEUU), que entró en vigor
el día 19 y ha dado algo de respiro a los gazatíes.
Por desgracia, el alto el fuego no ha puesto punto final a la muerte
de palestinos, ya que éstas se han seguido produciendo, tanto en Gaza
como en Cisjordania, si bien a un ritmo considerablemente más lento.
Además, el cese de hostilidades no aborda las cuestiones de fondo más
importantes, como la ocupación y el apartheid.
“Las treguas salvan vidas y, en ese sentido, el plan es percibido
con alivio, pero por el momento no dispone del contenido necesario para
convertirse en permanente y definitivo, ni aborda las cuestiones
fundamentales que llevan décadas perpetuando el abuso y la violencia”, escribe Olga Rodríguez. Además, “no se menciona nada sobre el futuro de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos (UNRWA), esencial para la supervivencia de la población -a través de sus servicios educativos, sanitarios y de ayuda humanitaria- y prohibida por el Parlamento israelí a
través de una resolución reciente que entra en vigor a finales de este
mes. Tampoco está perfilada la posibilidad de un alto el fuego
permanente”.
No tenemos muchas esperanzas de que Israel vaya a respetar por mucho
tiempo el alto el fuego. Los pactos por fases nunca han llegado a la
etapa final. El primer ministro Netanyahu tiene un largo historial de
incumplimientos, incluido el Memorándum Wye River de 1998, por el que se
comprometía a la retirada parcial de Cisjordania. Israel nunca ha
cumplido los Acuerdos de Oslo de 1993 y 1995 y desde su aprobación se ha
dividido Cisjordania y los asentamientos se han triplicado. Y, en Gaza,
en las últimas dos décadas el Ejército israelí impulsó masacres en
2004, 2006, 2008-2009, 2011, 2014, 2018, 2019, 2021 y 2023-2025, con
miles de civiles palestinos muertos. Los pactos de alto el fuego
alcanzados en cada uno de esos años mencionados no sirvieron para
impedir que Israel volviera a cometer las siguientes masacres.
“El que ahora ha entrado en vigor tampoco aborda el nudo gordiano. Sin el fin de la ocupación ilegal israelí, del colonialismo, del sistema de apartheid contra
la población palestina y sin medidas de presión que obliguen a Israel a
abandonar sus políticas de abuso y de anexión de más territorio
palestino, no habrá solución duradera. Lo ocurrido a lo largo de las
décadas es buena prueba de ello”, dice Olga Rodríguez.
Comienza la era Trump: “From the Riviera to the Sea”
El 20 de enero comenzó el segundo mandato de Donald Trump y una de
sus primeras decisiones incluyeron revocar las sanciones – que habían
sido aprobadas por Biden – a los colonos más violentos (una sanción
contra quienes descaradamente cometen crímenes internacionales, es
decir, una de las medidas más tibias posibles), sacar a EEUU de la
Comisión de Derechos Humanos de la ONU (medida que fue emulada por
Netanyahu unos días despues), congelar la ayuda exterior de EEUU,
anunciar que deportaría a cualquier extranjero que apoyara la causa
palestina y aprobar sanciones contra los fiscales y jueces del Tribunal
Penal Internacional que investigan crímenes de guerra de Israel. Además,
la primera visita oficial a la Casa Blanca de esta Administración fue
la de Benjamin Netanyahu, el mandatario sobre el que pesa una orden de
detención internacional.
Tras su encuentro con el genocida, Trump propuso en una rueda de
prensa evacuar a toda la población palestina de Gaza, realojar a los
palestinos en países como Egipto o Jordania y que Estados Unidos pasaría
a “hacerse cargo” y “controlar” la Franja de Gaza. “Podría convertirse en la riviera de Oriente Medio”,
anunció. Se desconoce cuánto estaba improvisando en tiempo real y
cuánto había pactado previamente con Netanyahu, pero incluso el
mandatario israelí parecía algo sorprendido. Preguntado por qué personas
vivirían en la Franja, Trump respondió con un lacónico “personas del mundo”. Un alivio que descarte que vaya a estar ocupado por extraterrestres, pero preocupante que no dijera “los palestinos, por supuesto”.
Es evidente que va a producirse un desplazamiento de personas indígenas
– lo cual constituye, una vez más, un crimen de guerra –.
Netanyahu, por supuesto, ha respaldado el plan de Trump, afirmando
que garantizará la seguridad de Israel durante generaciones y que
representa una “visión revolucionaria y creativa” para la región.
Todo esto revela que el genocidio de los últimos meses no ha sido más
que una fase más del plan de expulsar a la población palestina de sus
hogares, de establecer un único Estado judío, blanco y colonial, en el
que Estados Unidos tendrá vía libre para explotar los recursos naturales
y turísticos y levantar nuevos enclaves militares. Biden no se opuso al
plan y ahora Trump va a pisar el acelerador a fondo.
Y ello nos lleva a la última cuestión que queríamos abordar en este artículo: el del negocio del genocidio. “Israel amplía su ocupación ilegal a través de un sistema de apartheid”, explica Olga Rodríguez. “Con
ello se garantiza una mayoría social judía sin tener que asumir como
población propia a los palestinos. Además, extrae recursos naturales de
las tierras que ocupa ilegalmente, en las que extiende el negocio de la
construcción, del militarismo y de la alta tecnología contra civiles,
con programas de inteligencia artificial para bombardear de forma masiva.
El control coercitivo y el genocidio en Palestina constituyen en
sí mismos negocios lucrativos para multitud de empresas, no solo
israelíes. En Gaza operan ya contratistas militares estadounidenses, que
estos días se encargan de controlar el corredor Netzarim. Al igual que
con la guerra de Ucrania, las grandes compañías armamentísticas subieron
en los mercados bursátiles e incrementan sus beneficios.
La represión, en todas sus variantes, da salida a la economía. Trump pide a los países de la OTAN aumentar otra vez el gasto militar,
y cuenta para ello con gobiernos aliados dispuestos a comprarle el
argumento, así como con el apoyo del secretario general de la Alianza
Atlántica.
La matanza en Gaza y el bloqueo sistemático a la entrada de ayuda han sido posibles gracias al apoyo diplomático y militar del Gobierno Biden y a la complicidad de aliados europeos, que mantienen sus relaciones con Israel y no han adoptado las medidas de presión planteadas por la Corte Internacional de Justicia y la ONU. De este modo han permitido un marco de impunidad que les resta mecanismos de defensa para exigir respeto a sus territorios.
Por todo ello la cuestión palestina se ha convertido en un caso
paradigmático. Gaza y Cisjordania son laboratorios donde se prueba ver
hasta dónde se puede llegar en el futuro, cuando la crisis climática
provoque más escasez de recursos naturales. Es una demostración de las
dinámicas de dominación”.
Este artículo ha sido escrito a partir de La Historia Oculta del Estado de Israel, de Alison Weir, La Limpieza Étnica de Palestina, de Ilan Pappe, Palestina: Cien Años de Colonialismo y Resistencia, de Rashid Khalidi y varios artículos escritos por Olga Rodríguez en eldiario.es en los meses de enero y febrero de 2025
Como es sabido para los que sigan este lúcido blog, soy un ateo recalcitrante, y no solo por por una obvia ausencia de creencia, también por ser un feroz combatiente (intelectual y moral, se entiende) de todo tipo de religiones y derivados. Podría resumirse, creo que también lo he aclarado en no pocas ocasiones, en que soy enemigo de todo dogma: es decir, de toda idea inamovible e innegable no sujeta a libre examen; esto es propio de la religión, pero también de ciertas doctrinas, que podríamos considerar herederas de aquella, aunque se presenten con cierto rostro diferente. Supongo que no es nada fácil ser un librepensador, pero al menos sí sabemos lo que es no serlo, lo mires como lo mires. Sí, podríamos entrar en un interesante debate sobre el dogmatismo (absolutismo) y el relativismo, pero trataremos hoy de emplear un lenguaje más mundano y accesible en nuestro irreductible crítica al pensamiento religioso. No abordaremos, algo que es francamente difícil de dilucidar y con lo que juegan los que pretender defender sus propias creencias, qué religión es más dañina. Una de las cosas que me irritan, de las muchas que lo hacen al observar tanta falta de actividad neuronal, es esa memez tan repetida, algo así como «sí, mucha crítica al cristianismo, pero no os atrevéis a meteros con la religión musulmana». Veamos.
En primer lugar, en este inefable país llamado Reino de España, uno ha sido inevitablemente educado en el catolicismo, por lo que conocemos bien sus rasgos y los dogmas en que se basa. Resulta por lo tanto lógico, cuando no se lanza una diatriba generalizada contra la religión (que también nos empecinamos en hacer, por supuesto), que nos centremos no pocas veces en la cultura cristiana y en la muy jerarquizada y autoritaria Iglesia católica,
por su pretensión de universalizar la creencia y asegurar el control de
las conciencias. Uno se opone a lo que ha sufrido con más fuerza, aunque sea evidente que otras creencias de otros lares sean igualmente dañinas,
y creo que esto es fácil de comprender para el que no sea un
reaccionario o un perezoso intelectual (ambas cosas, suelen ir unidas).
En segundo lugar, recordaremos que el cristianismo es una religiones denominadas del libro, que comparte un tronco común con judaísmo (más antigua) y el islamismo (posterior). Es por eso que tantas veces, al criticar sencillamente el monoteísmo,
como es la adoración papanatas a un déspota sobrenatural todopoderoso
(llámese Dios, Yahvé, Allah o Monstruo de Espagueti Volador), lo estamos haciendo implícitamente al trío de creencias religiosas mencionadas. Ya otros señalaron en los inicios de la modernidad, el absurdo y las contradicciones de concebir y someterse un ser omnisciente, omnipotente y absolutamente benévolo, por lo que no insistiré más de momento.
He sabido, recientemente, de la existencia de un libro llamado Por qué no soy musulmán, del autor indio Ibn Warraq. Como puede suponerse, por las palabras escogidas para el título, Warraq realiza un homenaje a la obra de Bertrand Russell Por qué no soy cristiano.
Si el británico, claro, hizo un feroz alegato contra la religión con la
que se crio, el indio ha hecho lo propio con la musulmana. Aclararemos
que Warraq es un ateo defensor del librepensamiento,
por lo que no resulta sospechoso, al menos para el que suscribe, de
exacerbar las críticas al Islam en beneficio de otras creencias. Veamos
si podemos centrarnos en críticas muy concretas y diáfanas a la religión musulmana, así como las barbaridades que acaban realizando algunos de sus seguidores más fanáticos. Recordaremos hechos recientes como la persecución a Salman Rushdie, por mostrarse terriblemente crítico con el Islam en un libro (ha vuelto a pasar ahora con Warraq, lo cual corrobora la tesis de su obra), o el asesinato de varias personas en 2015, por haber realizado una caricatura del profeta Mahoma. Estos atentados nunca han tenido una condena incondicional y radical, por parte de los detentadores del poder a nivel internacional, en nombre de la libertad de expresión y crítica. Recordaremos la existencia de repulsivos regímenes teocráticos, que se justifican en la nefasta ley islámica para oprimir a sus súbditos y condenar a una persona a la muerte. Es necesaria una laicización de esas sociedades,
algo que en Occidente solo se ha realizado en apariencia, por lo que
entraríamos de nuevo en la denuncia de toda institución religiosa
beneficiada, de una manera u otra, por el poder político (aunque se
muestre democrático y liberal, pero no tarde en negociar y apuntalar
esas dictaduras teocráticas). Lo dicho, nuestra crítica a toda religión (y a todo Estado, que puede ser el heredero político de Yahvé, Dios o Alá), resulta innegociable.
El Estado se presenta a sí mismo como un ente neutral, el soporte
básico que ordena el desarrollo y las manifestaciones de la coexistencia
social. Estos dos rasgos, neutralidad y omnipresencia, caracterizan el
totalitarismo del Estado. Su neutralidad no puede ser rebatida y su
omnipresencia no puede ser delimitada más que por otros Estados con sus
propias peculiaridades, sus mitos fundacionales y nacionales formando,
en conjunto un Estado continuo segmentado por clases dirigentes
autóctonas. Todo el orbe está organizado de forma estatal y capitalista,
luego el caos y la guerra es su expresión absoluta. El neoliberalismo
es el Estado mínimo sólo en apariencia, pues lo que se entiende como
libertad en él es exclusivamente la libertad de hacer negocios y la
expansión impune de la propiedad privada lo que requiere un Estado
fuertemente represor para contener a las masas desahuciadas y asegurar
un marco legal que regule y reafirme la extensión tanto nacional como
internacional de la imposición capitalista. Con este fin, existen
instituciones económicas de todoas conocidas como el FMI, el Banco
Mundial, la OMC y los acuerdos regionales de libre comercio. La
izquierda, por su parte, pretende normativizar todos los aspectos de la
existencia humana a cambio de engrandecer el asistencialismo del Estado,
y no es extraño que desde sus filas haya surgido la idea de crear un
dispositivo electrónico que unifique las funciones de teléfono,
documento nacional de identidad, tarjeta de pago en comercios, número de
la cartilla sanitaria y clave de la cuenta corriente. Con los avances
tecnológicos, este futuro de control es cada día más cercano. China es
el Estado que, conjugando gobierno de partido único, control social y
economía de mercado sirve actualmente de referencia y ejemplo -con
quinientos millones de cámaras escrutando calles y rostros- del porvenir
que se nos depara.
Como ente neutral, el Estado es eximido de responsabilidad alguna. La
persistencia histórico-social del Estado es la médula del nacionalismo.
La política trata de la acción del gobierno y la crítica consiguiente,
incluso de la mejor manera de salvaguardar las instituciones, pero la
existencia del Estado está exenta de cuestionamiento. Los nacionalismos
interiores divergentes discuten el Estado para proclamarse embriones de
otro Estado. El nacionalismo discute la extensión y las atribuciones de
un Estado en particular no del Estado en sí. Se le inculca a la gente el
odio a un Estado, comprensible, para establecer otro Estado que a la
vez reproduce las condiciones de dominación del primero. Combate al
Estado para crear otro propio. La liberación nacional es así pervertida
por la falacia estatal. La forma Estado es preservada pese a las
escisiones y convulsiones y guerras a la que es sometida.
El Estado vampiriza la nación. Se atribuye los rasgos lingüísticos,
culturales e históricos y los mitifica devaluándolos y convertidos en
cultura oficial. Es como esos pueblos que viven del turismo, en los que
el clima, el paisaje o las fiestas patronales son la piel muerta
transformada en reclamo comercial: convierten su idiosincrasia en una
mercancía.
El Estado-nación moderno nace con la Ilustración. Hasta entonces el
pueblo, la nación y el Estado eran patrimonio particular de la monarquía
absoluta y la aristocracia. La idea de Estado-nación se modernizó para
convertir al súbdito en ciudadano. En su época, esta transfiguración
liderada por la burguesía y sus intereses fue revolucionaria, pero a día
de hoy somos nuevamente súbditos, esta vez de la democracia. El binomio
Estado-Capital proclama una igualdad a todas luces falsa, una libertad
limitada y vigilada – una no libertad – y una fraternidad inexistente.
En esto consiste la retórica vacua y altisonante común desde las
posiciones conservadoras al republicanismo de izquierdas. Ninguna de las
promesas de la burguesía se han cumplido, porque su cumplimiento
hubiera significado la desaparición de la misma burguesía. Estas
contradicciones hicieron surgir el socialismo clásico. El Estado-Capital
es antagonista de cualquier democracia auténtica, es decir, de la
acracia (pues, como dijo el poeta Blas de Otero, la democracia es una
contradicción de términos, ya que si gobierna el pueblo, no gobierna
nadie y eso debe recibir el nombre más correcto de acracia. Blas de
Otero, antes que comunista, era poeta). Las naciones sin Estado son
colonias y las naciones con Estado están colonizadas por las
instituciones autóctonas. Hay que denunciar y combatir estos dos
extremos para construir una sociedad libre, en la que los individuos
puedan decidir si pertenecen a tal o a cual nación, o a ninguna. El
Estado universal ya existe: no hay ningún territorio en el mundo libre
de Estado -¨ Ya no hay dónde huir ¨, clamaba la Polla Récords
– todos practicando el terrorismo hacia sus propias poblaciones y hacia
otras ajenas, con brutalidad abierta y descarada o con coacción
democrática y refinada que, en última instancia, cuando la violencia
cotidiana ejercida por el Estado-Capital provoca resistencias
significativas, las fuerzas de seguridad y la judicatura son los
mecanismos que permiten que todo vuelva a la ¨normalidad ¨. El
asentamiento atávico de una nación en un territorio determinado no tiene
por qué conllevar la construcción de un Estado. Puede convertirse, por
ejemplo, en una federación de comunas libremente asociadas. ¿Es esto
utópico? Luchar por la subsistencia cotidiana sin amarres de ningún
tipo también es utópico. En todo caso, no luchamos por menos. Creemos en
naciones sin nacionalismo, sin la lacra del racismo o el estúpido
orgullo o exaltación nacionalista que hace que unos pueblos se crean
superiores a otros por el mero hecho de pertenecer a una nación
determinada. Esto es lo que yo llamo nazionanismo: el sentimiento
nazionanista se nutre o sustituye la necesidad humana de pertenencia a
una colectividad. Pero si esa necesidad se impusiera a la necesidad más
perentoria aún de libertad individual, abajo la nación. (El nazionanista
vocifera: yo quiero que me jodan los míos). Autocrítica: este artículo
falla por su base. ¿A quién se le ocurre vincular algo tan execrable
como lo nazi con algo tan placentero como el onanismo?
El siglo XX fue un siglo de vapuleos y enmiendas a muchas de las
asunciones propias de la modernidad europea. No obstante, pese a que
gran parte de su legado fue pasado por la trituradora, una idea
permaneció intacta: la idea ilustrada de que la cultura «civiliza», nos
libera o nos hace mejores.
En su libro Manual para quemar el Liceo (Traficantes de Sueños),
Jaron Rowan nos invita a replantear la vigencia de la noción burguesa de
cultura, que todavía sigue siendo promovida por las instituciones
públicas y que define los valores y aspiraciones de gran parte de la
sociedad.
Hablaremos con Jaron, para desafíar la noción de la Cultura como un
agente inherentemente emancipador y transformador, al tiempo que nos
mostrará cómo esta ha sido repetidamente empleada para mitigar los
conflictos sociales y bloquear los procesos de cambio político.
Para ello, empezaremos el viaje en la propia ilustración en la que
emerge ese concepto de Cultura, y la clase que lo promovió, para hacer
un recorrido por cómo esa concepción burguesa se ha ido convirtiendo en
hegemónica y que implicaciones tiene.
Hierba es una novela gráfica dura, que te remueve bastante,
pero que a la vez destila ternura por momentos. Son casi 500 páginas de
dibujos duros y bellos, en blanco y negro, que nos narran una historia a
la vez individual y colectiva. Pues este es el relato de una mujer
superviviente, pero al mimo tiempo, es la historia de miles de mujeres,
las llamadas ‘mujeres de consuelo’, muchas de ellas realmente niñas, que
fueron forzadas a la esclavitud sexual por parte del ejército imperial
japonés durante su expansión territorial por Asia durante la primera
mitad del siglo XX.
Nuestra protagonista es Lee Ok-Sun, una mujer coreana oriunda de la
localidad de Busan. De la mano de varias entrevistas realizadas con la
autora, Lee narra su infancia, una infancia de miseria, que refleja el
clasismo, el machismo y el colonialismo que configuraban la sociedad
coreana de los años 30 y 40 del pasado siglo. Lee tuvo que trabajar y
cuidar de sus hermanos desde pequeña, sin poder acceder a la más básica
educación que tanto anhelaba. Bajo engaños, su familia la acabó dando en
‘adopción’, lo en realidad que llevo a Lee a ir vagando de casa en casa
trabajando por su manutención, para acabar siendo raptada para la trata
de mujeres en las bases militares japonesas en suelo chino. Fueron
varios años de explotación sexual junto con otras jóvenes que, tras la
derrota del Imperio japonés en la Segunda Guerra Mundial, dieron paso a
su abandono: pobres, traumatizadas y ‘deshonradas’, estas mujeres
tuvieron que seguir luchando por su vida. Lee permaneció en China, no
regresando a Corea hasta 55 años después de ser raptada, para una vez
allí seguir luchando por la memoria de estas miles de mujeres.
No poca gente me he encontrado a lo largo de mi agitada vida, que se ha definido como «apolítica» y uno no puede evitar que un escalofrío de irritación le recorra el cuerpo. Dejaremos a un lado, al menos de momento, el hilarante comentario de la gran película Patrimonio nacional(¡gracias por tanto, Azcona y Berlanga!), de un tipo interesado que asegura ser apolítico, es decir, «¡De derechas de toda la vida, como mi padre!«. Tampoco atenderemos, de entrada, la urgente necesidad hoy en día de actualizar los conceptos de izquierda y derecha, descerebradamente simplificados y polarizados, cuya única variable es más o menos Estado
(variable falaz, ya que en ambas posturas, profesionalizadas, se aspira
a conquistar el poder estatal para asegurar el mando político y
económico). Muy probablemente, lo que quiere decir el que se define como «apolítico» es que muestra rechazo o desinterés hacia lo que entiende como posturas políticas.
De acuerdo, pero qué demonios entiende el susodicho por esas posturas,
me temo que sencillamente votar a unos u otros. Y, ojo, esto es más
intuición que otra cosa, ello no significa que no acuda el supuesto desinteresado a meter el papelito en la urna cada tanto para elegir a los que mandan. Es posible que definirse de esa manera, sencillamente, aluda a que se consideran neutrales o imparciales respecto a lo que consideran los posionamientos habituales políticos en función de unas supuestas ideologías. Sería algo semejante a esa majadería llamada ser de centro,
ya que si no están nada claros, al margen de irritantes reduccionismos,
los dos lados del espectro ideológico, que alguien nos explique donde
se encuentra el término medio.
Hay que recordar, para ser justos, que los ácratas (los de verdad, los que aspiran a un mundo libre y solidario), una vez fueron definidos como apolíticos. Quizá ese apelativo fuera mayormente utilizado por todos los adversarios del anarquismo, que con desdén se referían a que la política
solo y exclusivamente puede referirse a la gestión del Estado por,
claro, una clase dirigente. Resulta irritante aclarar, máxime a estas
alturas, que los anarquistas solo realizaban una crítica feroz al parlamentarismo, ya que lo consideraban y consideran otra forma de justificar el gobierno de una minoría sobre el conjunto de la sociedad. La política clásica, creo recordar a un tal Aristóteles, hablaba de diferentes tipos de gobierno: monarquía, aristocracia, oligarquía, democracia... Se me escapan los matices que los antiguos daban a unas u otras concepciones, e incluso a lo que denominaban an-arquía, pero la realidad es que las modernas democracias no dejan de ser forma oligárquicas, de uno u otro tipo formal, muy ligadas a los intereses económicos. Una vez más, con todas las dificultades que se quiera para una sociedad libertaria (o anárquica), los ácratas estaban muy acertados en sus análisis y propuestas, y así estamos en estos confusos e inevitables tiempos posmodernos.
De forma obvia, y no hace falta aclararlo, los que en la actualidad se definen como apolíticos están lejos de ser considerados auténticamente anarquistas. Aunque, no desesperemos, su crítica puede ser más o menos inconsciente y habitualmente lo expresarán de otra manera, pero en realidad no les gusta el mundo político y puede que lo identifiquen, única y exclusivamente, con la clase dirigente. Vamos a atenernos a otra concepción clásica de la política con la que estoy de acuerdo, y creo que también lo estará todo anarquista moderno o posmoderno. Se trata del ser humano concebido como zoon politikón, que a veces se ha traducido como animal político, pero tantos otras como animal social. Seamos más o menos individualistas o sociables, tengamos un rechazo mayor o menor al grupo convertido en masa (a veces descerebrada), estamos inevitablemente condicionados por la sociedad para nuestro propio desarrollo. Desde ese punto de vista, se confunden vida social y organización política, por lo que resulta un despropósito, un imposible ontológico (sea lo que sea eso), definirse como apolítico. No me disgusta decir que los anarquistas, incluso los que tienen un lúcido tic nihilista como el que subscribe, tienen una fuerte conciencia política. Una conciencia, junto a unas propuestas consecuentes, que realiza una innegociable crítica a toda concepción clásica (mera gestión del Estado, es decir, de la forma oligárquica), ya que han demostrado, en sus distintas formas, incluida la democrática, ser falaces con consecuencias devastadoras. Confiemos entonces, como una innovadora vía política en aras de un mundo mejor, en esa luminosa an-arquía.
Repitámoslo. Nacido en 1919, en atmósfera revolucionaria, el
fascismo nunca fue una revolución, aunque asumiera oficialmente ese
nombre, sino, en todo momento, contrarrevolución, en su propia
conciencia y en la de sus adversarios.
Ni revolucionario, ni socialista,
ni anticapitalista: el fascismo fue, desde su mismo comienzo, una
contrarrevolución preventiva, un movimiento impulsado por las fuerzas
burguesas y reaccionarias contra las organizaciones obreras y las
conquistas que éstas arrancaban a la democracia.
Este fue el
diagnóstico de una lúcida mujer testigo de primera mano del nacimiento
del partido fascista: Luce Fabbri, anarquista e hija de anarquistas,
intelectual sensible de espíritu generoso y vocación utópica, que en
1929 tuvo que abandonar para siempre Italia junto con su familia, debido
a la persecución del gobierno de Mussolini, instalándose en Uruguay.
Los
análisis de Fabbri no son un mero ejercicio de arqueología política,
sino que sirven de poderosa advertencia para nuestra época: unos tiempos
en que los autoritarismos de todo signo se asientan en multitud de
países, desde el neofascismo de Meloni en Italia al neoliberalismo ultra
de Trump en Estados Unidos.
Fascismo: definición e historia de una contrarrevolución
contiene una denuncia que sirve por igual para el momento actual: los
partidos, líderes y movimientos de extrema derecha no se están rebelando
—por mucho que así lo quieran presentar— contra las élites, sino que
trabajan en estrecha alianza. Así, frente a la unión del autoritarismo
político y del capitalismo ultraliberal high-tech, sólo cabe oponer la
organización popular que Fabbri siempre articuló en torno a la libertad
—entendida como medio y como fin— y a la solidaridad y horizontalidad
entre iguales.
Luce Fabbri (1908-2000) nació en Roma, y
estudió Letras en Bolonia. Con 21 años tuvo que exiliarse con su familia
en Uruguay, donde fue profesora de Literatura italiana en la
universidad. Para profundizar en su figura, remitimos a la
introducción del libro, a manos de Luciano Colla, publicado
originalmente en la revista Livertá!: Historia de una mujer libre. Luce Fabbri, una anarquista en un mundo fascista.