Cuando la multitud hoy muda, resuene como océano.

Louise Michel. 1871

¿Quién eres tú, muchacha sugestiva como el misterio y salvaje como el instinto?

Soy la anarquía


Émile Armand

jueves, agosto 20

Encender

 Incendio Navaluenga - 9

Habitamos el territorio y, aunque no sea solo por eso, el territorio cuenta historias. Lo que pasa es que para conocerlas hay que andar por los caminos que discurren atravesando los bosques y los montes. Muchas de las historias solo las pueden contar las personas que habitan esos lugares, personas que forman un tejido apretado con el entorno en el que viven. Que conocen el significado de lo que es común, de lo que no es de nadie porque es de todas las personas.

Bosques de robles, de hayas, de pinos. Castañares. Bosques de ribera. Matorrales en lo alto de las montañas. Dehesas de encinas y alcornoques. Praderas.

 Habitamos el territorio y el territorio se quema. Desaparece el alboroto de los insectos en las tardes de verano. El jolgorio del inicio del día y el silencio de la lluvia. Desaparecen las señales de los recorridos para caminar por los que, personas que nunca se han visto, siempre se saludan al cruzarse. Desaparece el lugar donde compartir el espacio con otros seres vivos ocupando, solo, el lugar que nos corresponde.

Habitamos el territorio y el territorio está cada vez más caliente. El cambio climático avisa de lo que trae cargado a sus espaldas, pero avanza sin pedir permiso. Olas de calor que actúan sobre el territorio asfaltado derritiéndolo en distintos países al norte de la península donde antes hacía más frío. Olas de calor que actúan, sobre todo, en los tejidos vivos que no se derriten pero que se deshidratan, temperaturas que hacen imposible el correcto funcionamiento de las células, la vida de muchas especies. 

Hay varios sinónimos de incendiar. Quemar, arder, abrasar, calcinar, arrasar. En estas circunstancias todos suenan igual de terribles y certeros al pensar en el territorio, en los ecosistemas, con todos los seres vivos que lo habitaban, que ahora son ceniza. 

Hay, sin embargo, otro sinónimo más de incendiar. Encender. Y, ese sí, encender, quizás pueda ayudar a que esos territorios vuelvan a tener la capacidad de contar historias distintas a las llamas. La naturaleza hará sola el camino para que la vida vuelva, sin duda, pero encender el sentido de la reciprocidad, pensar qué podemos hacer para devolverle a los ecosistemas y los bosques una pequeña parte de lo que nos aportan, puede ser una forma de entender que nuestra vida depende, íntimamente, de todo lo que se ha quemado. 

 

 

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