Me llamaban mujer porque tenía el cuerpo de las que paren. Y aunque mi rostro les generaba desconfianza, mi color les animaba a acomodar a sus hijos en mis brazos. Yo no sabía qué hacer con esas criaturitas. Ellos me miraban el vientre y los pechos, medían la amplitud de mis caderas. Preguntaban: ¿para cuándo el tuyo? Yo, perpleja, soñaba que me convertía en un árbol de metal que dejaba caer a sus bebés contra el asfalto. ¿Uno propio? No, no quiero una flor que no pueda regar. Y se quedaban tan tranquilos al comprobar que en mis brazos no cabía más que el suyo.
Luego vinieron a traerme a sus ancianos. Decían que de mí irradiaba un calor que les hacía vivir más años. Me los dejaban al borde de sus camas, yo apretando dedos casi tiesos, amarillos, casi secos. Nunca supe honrar a un muerto ajeno.
Después me pidieron que contara una historia. Yo hablé de noches nevadas, de Saturno y las galaxias, de un amor en las montañas, caballos de colas blancas y de matemáticas. Silenciaron con celo mi boca y sus oídos. Me exigieron que evitara la mentira, que fuera valiente y confesara los colores de mi vida, mis juegos de la infancia, cabalgando ocelotes salvajes en espesas selvas profundas.
Pero en mis manos no había jungla.
Yo crecí entre bloques de cemento, burbuja inmobiliaria sin cristal en las ventanas, aulas de colegio angulosas e industriales, rezos de monjas católicas, semáforos descontrolados y máquinas aladas.
No quisieron escuchar más nada. Ellos ya sabían de motores, de columnas y de espejos. Ellos los habían inventado.
Entonces me pidieron que bailara. Querían que mi cuerpo emitiera la música con la que despiertan a las bestias. Me gritaban: ¡Mueve en curvas las caderas! Aplaudieron, vitorearon, lanzaron sus monedas. Tropecé. Mis piernas no entendían sus cartografías, sus fórmulas exactas. Mis pies no tenían memoria, no esa memoria, no esa sangre.
Yo, la música, la entendía cantando desde dentro: los intestinos, la vagina, los dedos de las manos, la historia (la real, no la de los libros). Pero para entonces ya había entendido que mi voz no servía porque no era mía, era prestada.
(De «Mi rostro es un mapa de mi cuerpo»; Ed. Esto no es Berlín, 2023)
(Fotografía de José Gallardo)

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