Cuando la multitud hoy muda, resuene como océano.

Louise Michel. 1871

¿Quién eres tú, muchacha sugestiva como el misterio y salvaje como el instinto?

Soy la anarquía


Émile Armand

viernes, junio 25

Maldito fútbol (profesional)


MUNDO FACUNDO/
Antonio Pérez, el Otro

Máldito fútbol (profesional)

En términos de mano de obra y de control social, la mayor empresa del mundo es la multinacional del fútbol, la FIFA. Sus 265 millones de trabajadores –léase, futbolistas federados- y el embrutecimiento planetario que ha conseguido, le dan derecho a tan dudoso título. Por lo tanto, su presidente, el suizo Joseph Sepp Blatter, es el maleante más pernicioso para la Humanidad.
Blatter personifica que el fútbol profesional sea hoy sinónimo de trata de negros, lavado de dinero, banderín de enganche para nazis, dopaje a gran escala, especulación inmobiliaria, semillero del machismo, desvío de subvenciones oficiales, explotación infantil, puterío de lujo para unos pocos y venéreo para muchos, ofuscación de intelectuales, evasión fiscal, imbecilidad generalizada y, en definitiva, máximo control estatal garantizado por la mayor opacidad. En pocas palabras, las 208 sucursales nacionales que se amparan la FIFA representan el triunfo indiscutible de las Mafias.
En este mes y desde su sede en Zurich –oh casualidad, capital de la delincuencia de guante blanco-, la FIFA celebra en Sudáfrica su máxima convención: la Copa del Mundo, una farsa que delata su sistemático apoyo a las peores dictaduras. Ejemplos: en 1934 y 1938, logró que Mussolini ganara las dos Copas; en 1954, que los nazis alemanes lavaran su inmediato pasado; en 1978, que los militares argentinos siguieran desapareciendo opositores –previo peaje a la mafia suiza del 10% del presupuesto nacional-; en 1994, que mil millones de televidentes se olvidaran que los EEUU, país anfitrión, acababan de invadir Haití, bombardear Serbia y humillar por enésima vez al pueblo palestino con la firma del acuerdo de Dayton.
Sabemos que el deporte no sólo sirve para ensalzar a los tiranos sino también para hundir a los tibios. El antecedente más claro está en Grecia, país que no sólo se arruinó con las Olimpiadas 2004 sino que, peor aún, aprovechando la inercia del embrutecimiento popular causado por el olimpismo, su élite siguió saqueando las arcas públicas con los resultados que hoy vemos.
En cuanto al deporte rey, consignemos que Sudáfrica ha gastado más de 4.300 millones de euros en las infraestructuras que exige la organización de su Copa –el presupuesto completo es secreto de Estado-. Solamente la construcción de los estadios, a un coste medio de 100 millones de euros, ha supuesto la deportación de millares de familias, el recorte de los gastos sociales y, en especial, el establecimiento definitivo de una profunda corrupción.
¿Correrá Sudáfrica la misma suerte que Grecia? Quizá la respuesta dependa del grado en el que los sudafricanos se encadenen a la rueda del capitalismo deportivo. Visto el actual abandono de los ideales con los que derrotaron al apartheid, Blatter se está frotando las zarpas y no digamos Obama-Sarkozy- Cameron, obsesionados con arrebatar África
a los chinos.
El fútbol profesional, sumidero del trabajo de 265 millones de esclavos –a los que debemos restar diez mil afortunados-, no merece ni un minuto de adoración televisiva. Merece indiferencia absoluta. Y, eso sí, tolerancia cero contra los narco-futboleros que nos induzcan a su consumo.

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