Al poco de los ataques de Hamas en octubre de 2023, y la consecuente e
intolerable respuesta del Estado de Israel convertida finalmente en todo
un genocidio, escribí un artículo donde trataba de reflexionar sobre ello
y dar un punto de visto libertario. A pesar de las evidencias, llegan
hasta hoy las afirmaciones de ser un conflicto complejo (lo que puede
encubrir una falta de compromiso evidente ante el fatalismo de la
realidad) y, en el peor de los casos, acusaciones a los que denunciamos
los desmanes del Estado de Israel de antisemitismo (algo que a estas
alturas debería resultar ridículo y no únicamente por saber que los
árabes, al igual que los judíos, son un pueblo semita) o, incluso, de
poco menos que de connivencia con el terrorismo de Hamas.
La realidad, también la historia, está plagada de matices, pero
debería haber un terreno común del que partir a poco de que seamos
honestos. Veamos. Como todo movimiento nacionalista, el sionismo
aspiraba a la creación de un Estado, en este caso de carácter judío, ya
que aludía al mito de un Tierra Prometida localizada en la Palestina
histórica. Desde la primera emigración masiva, en los años 30 del siglo
XX, la tensión y enfrentamientos de la comunidad hebrea con la población
palestina no paró de crecer. Aunque hubo una resolución de Naciones
Unidas que establecía dos Estados, uno judío y otro palestino, Israel
acaba adjudicándose el 77% de la región dando lugar a la Nabka (desastre
o catástrofe) provocando la expulsión masiva de la población árabe.
Damos un salto a 1967, en que el Estado de Israel gana la Guerra de los
Seis Días, a Egipto, Jordania y Siria, para ocupar la totalidad de Gaza y
Cisjordania donde gran parte de la población palestina se había
desplazado.
En las últimas décadas, Israel no ha parado de levantar muros,
restricciones y bloqueos, los cuales facilitan las vías y comunicaciones
a los colonos israelíes al mismo tiempo que limitan la libertad de
movimiento de la población palestina, aislada y con escaso acceso a
recursos. Gaza se convirtió en una auténtica cárcel, con la excusa de
estar gobernada por Hamas (organización islamista, sobre cuyo origen
habría mucho que extenderse), con una población de unos dos millones de
personas y más de la mitad en situación de pobreza, gran parte de la
tierra agrícola innacesible, las aguas de pesca casi inoperantes y sin
acceso a medicamentos esenciales. Cisjordania es otro territorio
ocupado, que legítimamente pertenece a los palestinos, y con una
situación intolerable de traslados forzosos. Todos estos hechos, con los
matices y condicionantes que se quiera en algún caso histórico,
resultan difícilmente refutables a pesar de la numerosa propaganda a
favor del Estado de Israel.
Y es que los que continúan justificando a Israel, a pesar del
asesinato de miles de personas en Gaza durante los dos últimos años,
continúan con la misma cantinela: el derecho del Estado judío, el único
supuestamente democrático de la región, a defenderse frente a la amenaza
de las naciones árabes alrededor. Lo cierto, y esto puede explicar las
auténticas salvajadas que perpetra su ejército, es que Israel lleva
desde sus inicios viviendo en un estado de guerra continuo, dedica gran
parte de su presupuesto al desarrollo armamentístico y cuenta incluso
con arsenal nuclear desde hace décadas; el conjunto de su población,
prácticamente, es considerada como potencial de combate. No olvidemos
que los principales aliados de Israel son los Estados Unidos y las
naciones más poderosas de la Unión Europea, por lo que como dije, seguir
presentándola como víctima, y justificando sus atrocidades como su
derecho a defenderse, parece un chiste cruel. Las y los anarquistas nos
solemos esforzar en recordar los conflictos bélicos como enfrentamientos
entre Estados, por acaparación de recursos e intereses geoestratégicos,
que acaban pagando siempre las poblaciones. No obstante, ante la cruel
realidad, siempre defiendo que debemos evitar caer en una excesiva
abstracción moral o ideológica (necesaria, pero también demasiado cómoda
en ocasiones) y ponernos siempre de lado de los oprimidos en los
conflictos como es el caso de los palestinos.
Como es sabido, hay muchas personas que consideran que la solución
pasa por la creación de un Estado palestino, institución que identifican
con la creación de una sociedad organizada. Obviamente, causa una
confrontación desde una perspectiva libertaria, aunque es posible
aceptar que fuera un primer paso para una profundización democrática en
camino hacia la liberación (invita a no pocas reflexiones y críticas
añadir aquí de nuevo el calificativo de “nacional”), la pluralidad y la
autogestión social; caigo de nuevo en el análisis teórico y, dadas las
circunstancias, parece un horizonte más que irreal, aunque quizá también
es ingenuo a estas alturas seguir insistiendo en la creación de un
Estado palestino como solución. Todas estas reflexiones políticas, de
forma extendida, ya las realicé en su momento y hoy, después de la
situación de desesperanza especialmente en Gaza, resulta inquietante
insistir en ellas. Vamos con, después de haber dedicado gran parte del
artículo a la cruel realidad, a hablar del ámbito cinematográfico,
tantas veces con un fuerte vínculo y con aspiraciones de influir sobre
ella.

Y es que, ¿puede una película cambiar algo la realidad social y
política? ¿Puede, al menos, influir en las conciencias de algunas
personas? La respuesta afirmativa puede ser demasiado ingenua, máxime en
los tiempos que vivimos con un exceso de información mediática, banal y
distorsionada tantas veces, y un margen demasiado pequeño para la
reflexión moral y el pensamiento crítico. No obstante, resulta llamativa
la cantidad de cultura popular (el cine, mayormente), que nos recuerda
una y otra vez el horror de holocausto nazi perpetrado mayoritariamente
sobre el pueblo judío (aunque, no únicamente, también hay que
recordarlo); desgraciadamente, no han ocupado un lugar similar otras
matanzas y opresiones, y obviamente otros genocidios siguen
produciéndose en la actualidad como es el caso del pueblo palestino.
Existe un libro muy interesante, y me temo que bastante silenciado,
llamado La industria del holocausto. Reflexiones sobre la explotación del sufrimiento judío,
de Norman G. Finkelstein; se sostiene en él que la Shoah (holocausto,
en hebreo) acabó convirtiéndose en un discurso ideológico para
justificar el sionismo en forma del Estado de Israel, y de ahí esa
acaparación de la cultura popular, principalmente por la poderosa
maquinaria cinematográfica estadounidense, al respecto.
Se acaba de estrenar en España La voz de Hind, producción
tunecina, pero donde también han intervenido algunas figuras muy
conocidas de Hollywood (lo cual resulta sorprendente en un país donde el
sionismo tiene tanto peso) y también Jonathan Glazer, director
británico de origen judío; se nos narra en el film, de forma
estremecedora, cómo una niña gazatí de seis años, acosada por el
ejército israeli, pide auxilio a un centro en Cisjordania de la Media
Luna Roja. Otra reflexión, disculpad, previa a hablar explícitamente de
la película. En la promoción de la misma, uno de esos irritantes
comentarios supuestamente exultantes por parte de algún crítico rezaba
algo así como “¡Deberían verla líderes y políticos!”. El artífice de
dicha sentencia, tal vez también por ingenuidad o por pura estupidez,
quiere ignorar que la que nos ha llevado a horrores como el que puede
verse en la película es precisamente esa clase dirigente aludida (sea
mala o peor, aquí tal vez mi condición ácrata me hace ser demasiado
categórico), instándola a que se sensibilice y lleve a cabo alguna
acción benévola; estoy casi seguro, ninguna visión cinematográfica va a
transformar la cuestionable conciencia de los gobernantes, al menos no
de los responsables de situaciones dramáticas como la de Gaza, o va a
alterar lo más mínimo la permanente justificación de sus actos
perversos. Y es que alguien afirmó en cierta ocasión que los dirigentes
políticos suelen ser una suerte de psicópatas, es decir, personas
carentes de cualquier asomo de empatía; sirva una aseveración tan
tajante, al menos de reflexión para los que, aplicada a todos y cada uno
de los que, sean más o menos mentalmente sanos en origen, acaban
medrando hasta tener un poder exacerbado en sus manos, piensen que
resulta excesiva.
No obstante, volviendo a la pregunta que hice anteriormente, y para
que no quepa ninguna duda, personalmente, creo y confío en que las obras
cinematográficas pueden y deben arrojar algo de luz sobre la
convivencia social y la peculiar condición humana, así como también en
ocasiones denunciar situaciones muy concretas de injusticia en los
innumerables conflictos donde se pierden vidas humanas a diario. De
hecho, en la proyección de La voz de Hind a la que asistí, en
un coloquio posterior con la directora tunecina Kaouther ben Hania, esta
contó que después de conocer los audios de la niña gazatí en los que
pedía auxilio desesperadamente a la Media Luna Roja, abandonó el
proyecto que tenía entre manos y se vio moralmente empujada a realizar
una película sobre ello. Sin embargo, antes de que pudiera acabarla,
¡cómo no!, llegaron las consabidas acusaciones de antisemitismo; otras
advertencias a la directora se sucedieron sobre lo poco adecuado de
rodar el film sobre un hecho tan dramático o sobre su intención de usar
un método híbrido entre drama y ficción (que, vista la obra, no deja de
ser un gran acierto recordando que todo lo que estamos viendo es real y
usando de base un guion cinematográfico bien armado, aunque muy fiel a
los hechos que se produjeron).

Y es que en La voz de Hind se decidió renunciar a la
interpretación de una actriz, por lo que se reproducen esos audios
originales de la niña con el estremecedor fondo bélico de los disparos
de las malditas tropas uniformadas y armadas hasta los dientes; para los
que consideren que dicho recurso es excesivo, se nos recuerda así como
un fuerte mazazo que las víctimas de las condenadas guerras son reales
dándoles voz y poniéndoles rostro. Mientras se producen estériles
debates sobre lo complejo del “conflicto” árabe-israelí o sobre si lo
ocurrido en Gaza es o no un genocidio, miles de personas han sido
asesinadas, y lo siguen siendo, por la ferocidad depredadora de un
Estado; víctimas que son consideradas a menudo como “colaterales”, un
término que ya resulta familiar en el horror mediático al que nos hemos
tristemente acostumbrado, desproveyéndolas de nombre y de existencia
real. Otro gran acierto del film es situar la acción, exclusivamente, en
ese centro de la Media Luna Roja donde se reciben las peticiones de
socorro y se muestra así, renunciando a mostrar el escenario donde se
encuentra la niña, la impotencia de los trabajadores chocando con una
burocracia imposible. Uno de los protagonistas señala una y otra vez que
una ambulancia está solo a ocho minutos del rescate, aunque los hechos
finales, incluso habiéndose asegurado después de horas una ruta para la
ambulancia (que debería ser respetada por el ejército israelí),
convierte en baladí la cuestión ante los crímenes bélicos. Aunque la
nacionalidad del film se anuncia como tunecina, como no podía ser de
otra manera en mi opinión, los intérpretes son palestinos; las actrices y
actores reproducen las palabras reales que dijeron los protagonistas
originales, con los que tuvieran algunos encuentros durante el rodaje y a
los que podemos ver en algunos momentos en la pantalla.
Uno reivindica a veces su propia ingenuidad y quiso pensar, viendo un
film en el que una niña aterrorizada debe esconderse dentro de un coche
junto a los cadáveres de sus familiares, que su mejor baza ante la
imposibilidad del rescate era mostrarse ante el criminal ejército y
buscar su compasión. Dicha reflexión estaba fundada en querer pensar que
gran parte de los que llevan a cabo todo tipo de atrocidades, como
mediocres portadores de la banalidad del mal de la que nos
habló Hannah Arendt, tal vez pudieran tener un arrebato de conciencia si
les pusieran delante de sus ojos a sus víctimas y no simplemente
arrojar una bomba o disparar sobre un objetivo abstracto sin concretar
en ello seres humanos como víctimas; no obstante, el asesinato directo
de la niña Hind, y de tantas otras personas, echa por tierra mi pobre
reflexión y nos hace, una vez más, desesperanzarnos sobre la maleable
condición del género humano. Las y los anarquistas nos esforzamos en
denunciar el militarismo, el brazo armado de ese horror que denominan
Estado-nación, y que empuja a innumerables jóvenes a enfrentarse unos a
otros por pertenecer a una región y una cultura diferente. Consideramos
la identidad nacional, entre otras formas colectivas, alienante y una de
las más perniciosas, mientras que soñamos con un mundo libre,
antiautoritario, solidario y exento de fronteras; no obstante, aunque
seguimos trabajando por ese horizonte amplio hacia la fraternidad
universal, como ya apunté anteriormente, la realidad es compleja y las
respuestas no son fáciles sobre esta especie tan compleja, y demasiado a
menudo inicua, que es el homo sapiens.
La voz de Hind ha cosechado no pocos premios y se ha
proyectado en multitud de países, excepto en Israel por deseo propio de
la directora; también, sobre ruinas, en la propia Gaza recordándonos un
horror sobre el que no hay responsabilidades, ni solución aparente. Me
resulta francamente complicado juzgar cinematográficamente esta
película, basta decir que es una obra notable y muy necesaria; tampoco
resulta recomendable, obviamente, para pasar un buen rato en una sala de
proyección. No obstante, aconsejo su visión, con mayor motivo para esos
perezosos intelectuales (y, tal vez, también morales) que repiten una y
otra vez que acuden al cine solo para entretenerse.
Capi Vidal