Cuando la multitud hoy muda, resuene como océano.

Louise Michel. 1871

¿Quién eres tú, muchacha sugestiva como el misterio y salvaje como el instinto?

Soy la anarquía


Émile Armand

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domingo, junio 21

Papa-natismo a rabiar

 


o del paso por del jefe supremo, de esa institución arcaica, que llaman Iglesia Católica, Apostólica y Romana, por este inefable Reino de España (parejo en cuanto a arcaísmo) es para seguir sorprendiéndose del género humano. Sorprendiéndose y, dejen de leer todos aquellos con la piel muy fina, sumirse en la vergüenza ajena más lamentable. Y no me refiero, que también, a la lamentable sumisión de los poderes públicos dentro de un Estado aconfesional (por otra parte, una especie de oxímoron). Lo más preocupante es, lo habréis adivinado los lectores más avispados de este lúcido blog, el patético papanatismo del personal convertido en masa acrítica y sujeta a una preocupante enajenación eufórica, que deja a un lado los sangrantes problemas del mundo que vivimos, para escuchar a un supuesto líder espiritual, que sencillamente apuntala el statu quo. No debe ser casualidad que el epíteto que tanto me gusta usar a modo crítico se construya etimológicamente con el término papa (perdón por el chiste fácil). Para los ofendidos, recordaremos el significado de papanatas: “Persona simple y crédula o demasiado cándida y fácil de engañar”. Si a eso le añadimos la obediencia debida que reclama una institución reaccionaria y jerarquizada como la eclesiástica, puede que debamos dejar nuestras creencias y susceptibilidades a un lado para empezar a reflexionar un poquito si es que queremos rendir tributo a nuestra condición como especie supuestamente sapiens. En no demasiados años, hemos pasado de un sumo pontífice acusado poco menos que de nazi, aquel Joseph Razinger (Benedicto no sé cuántos) que provocó ciertas manifestaciones en contra, luego a un Jorge Mario Bergoglio (de nombre artístico Francisco), este ya con un talante progre y, ahora, a un tipo creo que estadounidense de origen, que se hace llamar León Catorce. Creo que este fulano, que para algunos representa una continuación del talante progresista del anterior (sin que sepamos muy bien qué diablos quiere decir esto) ha estado cosa de una semana en tierras ibéricas y se le ha prestado suma atención a todas y cada una de las palabras que han salido de su sacra cavidad oral.

Que si ahora nos dice que hay que ser amables con los migrantes, que si después nos lee, de forma coherente, la cartilla reaccionaria de supuesto respeto a la vida abominando del aborto y la eutanasia. Por supuesto, la práctica totalidad de la clase política y mediática embobada con los discursos junto a cierta masa enfervorecida, hoy por el tipo que está en la cúspide de una institución anacrónica, mañana tal vez por algún ídolo musical o deportivo. El caso es no pensar por uno mismo, crea uno en sandeces sobrenaturales o quizá sin que haga falta. Claro, ante mi feroz estilo literario, que algunos llamarán sin duda ofensivo, se argumentará lo de siempre, que un respeto a todos aquellos que desean seguir ciegamente a cierto líder espiritual que, para sonrojo de todo aquel con buena oxigenación cerebral, asegura estar en contacto con un ser ficticio nada menos que todopoderoso. Mi enérgica (y brillante) crítica no va contra un determinado tipo al frente de una jefatura, sea cual sea su disposición personal, sino contra la propia institución, en este caso abiertamente dogmática y retrógrada, la cual promueve la docilidad y la obediencia más lamentables para continuar las cosas más o menos como están. Y esto lo sostengo de manera firme, aunque exista infinidad de personas que pretendan afirmar lo contrario, uno confía de esta manera en su propia capacidad individual no sujeta a la tiranía mayoritaria del número. Los que invocan respeto y libertad de creencia (y, de entrada, no puedo estar más de acuerdo), tal vez, deberían reflexionar un poquito para esclarecer quiénes son, auténticamente, los que acaban, aunque se haga de manera más o menos sutil aludiendo a la historia y sabiendo el lugar institucional que ocupan, esclavizando las conciencias. La Iglesia Católica, como el propio Cristianismo (o como el propio monoteísmo o como la misma creencia religiosa), para bien o en gran parte para mal, efectivamente, forman parte de la historia de esta especie peculiar que somos.

La cuestión es, bien entrado el tercer milenio de eso que llaman “nuestra era”, no si tal o cual religión es mejor o peor (o más ridículo, cuál de ellas es la verdadera), sino si la propia creencia religiosa, plagadas todas ellas de dogmas que atentan a la razón y a esa cosa hoy tan cuestionable que es el progreso, es necesaria. No necesitamos arrodillarnos ante líderes religiosos, sea un papa, el imán de turno, el dalái lama o el sursum corda, necesitamos confiar en valores sólidos promovidos por una convivencia solidaria y un conocimiento amplio. Después, que cada uno crea lo que le venga en gana, sea algo llamado dios (o quizá energía, ¡mejor todavía!, o cualquier otro nombre para una cuestionable abstracción). Una cosita más para acabar, relacionada con la visita papal, y es que los astutos realizadores de la estimable película La Luz aprovecharon hace unos días para estrenarla. Resultaba peculiar observar las calles de Madrid, adornadas con interminables retratos del tal León Catorce, al lado de algún que otro cartel de un film sobre un cura pederasta. La historia nos introduce en un miembro del clero que tiempo atrás abusó sexualmente de varios alumnos suyos de corta edad, hechos como es habitual ocultados por la jerarquía eclesiástica, mientras que en la actualidad el pasado vuelve en forma de denuncia. Eso provoca, al menos aparentemente, un reconocimiento público del sacerdote y un deseo de que la propia Iglesia asuma la realidad de infinidad de casos de curas violadores. La película ha causado cierto revuelo, y no tanto por los defensores de una institución retrógrada, dogmática, misógina y homófoba, sino por los que sostienen que no existe en la vida real alguien como el sacerdote protagonista. Alguien que reconozca abiertamente sus propios crímenes y denuncie a la Iglesia como encubridora. Y es que, además de todas las críticas ya expuestas, lo mismo hablamos también de una organización de lo más terrenal, hipócrita y corrupta.

 

Juan Cáspar

jueves, diciembre 18

“La voz de Hind”, las atrocidades en Gaza con nombre y rostro

 

Al poco de los ataques de Hamas en octubre de 2023, y la consecuente e intolerable respuesta del Estado de Israel convertida finalmente en todo un genocidio, escribí un artículo donde trataba de reflexionar sobre ello y dar un punto de visto libertario. A pesar de las evidencias, llegan hasta hoy las afirmaciones de ser un conflicto complejo (lo que puede encubrir una falta de compromiso evidente ante el fatalismo de la realidad) y, en el peor de los casos, acusaciones a los que denunciamos los desmanes del Estado de Israel de antisemitismo (algo que a estas alturas debería resultar ridículo y no únicamente por saber que los árabes, al igual que los judíos, son un pueblo semita) o, incluso, de poco menos que de connivencia con el terrorismo de Hamas.

La realidad, también la historia, está plagada de matices, pero debería haber un terreno común del que partir a poco de que seamos honestos. Veamos. Como todo movimiento nacionalista, el sionismo aspiraba a la creación de un Estado, en este caso de carácter judío, ya que aludía al mito de un Tierra Prometida localizada en la Palestina histórica. Desde la primera emigración masiva, en los años 30 del siglo XX, la tensión y enfrentamientos de la comunidad hebrea con la población palestina no paró de crecer. Aunque hubo una resolución de Naciones Unidas que establecía dos Estados, uno judío y otro palestino, Israel acaba adjudicándose el 77% de la región dando lugar a la Nabka (desastre o catástrofe) provocando la expulsión masiva de la población árabe. Damos un salto a 1967, en que el Estado de Israel gana la Guerra de los Seis Días, a Egipto, Jordania y Siria, para ocupar la totalidad de Gaza y Cisjordania donde gran parte de la población palestina se había desplazado.

En las últimas décadas, Israel no ha parado de levantar muros, restricciones y bloqueos, los cuales facilitan las vías y comunicaciones a los colonos israelíes al mismo tiempo que limitan la libertad de movimiento de la población palestina, aislada y con escaso acceso a recursos. Gaza se convirtió en una auténtica cárcel, con la excusa de estar gobernada por Hamas (organización islamista, sobre cuyo origen habría mucho que extenderse), con una población de unos dos millones de personas y más de la mitad en situación de pobreza, gran parte de la tierra agrícola innacesible, las aguas de pesca casi inoperantes y sin acceso a medicamentos esenciales. Cisjordania es otro territorio ocupado, que legítimamente pertenece a los palestinos, y con una situación intolerable de traslados forzosos. Todos estos hechos, con los matices y condicionantes que se quiera en algún caso histórico, resultan difícilmente refutables a pesar de la numerosa propaganda a favor del Estado de Israel.

Y es que los que continúan justificando a Israel, a pesar del asesinato de miles de personas en Gaza durante los dos últimos años, continúan con la misma cantinela: el derecho del Estado judío, el único supuestamente democrático de la región, a defenderse frente a la amenaza de las naciones árabes alrededor. Lo cierto, y esto puede explicar las auténticas salvajadas que perpetra su ejército, es que Israel lleva desde sus inicios viviendo en un estado de guerra continuo, dedica gran parte de su presupuesto al desarrollo armamentístico y cuenta incluso con arsenal nuclear desde hace décadas; el conjunto de su población, prácticamente, es considerada como potencial de combate. No olvidemos que los principales aliados de Israel son los Estados Unidos y las naciones más poderosas de la Unión Europea, por lo que como dije, seguir presentándola como víctima, y justificando sus atrocidades como su derecho a defenderse, parece un chiste cruel. Las y los anarquistas nos solemos esforzar en recordar los conflictos bélicos como enfrentamientos entre Estados, por acaparación de recursos e intereses geoestratégicos, que acaban pagando siempre las poblaciones. No obstante, ante la cruel realidad, siempre defiendo que debemos evitar caer en una excesiva abstracción moral o ideológica (necesaria, pero también demasiado cómoda en ocasiones) y ponernos siempre de lado de los oprimidos en los conflictos como es el caso de los palestinos.

Como es sabido, hay muchas personas que consideran que la solución pasa por la creación de un Estado palestino, institución que identifican con la creación de una sociedad organizada. Obviamente, causa una confrontación desde una perspectiva libertaria, aunque es posible aceptar que fuera un primer paso para una profundización democrática en camino hacia la liberación (invita a no pocas reflexiones y críticas añadir aquí de nuevo el calificativo de “nacional”), la pluralidad y la autogestión social; caigo de nuevo en el análisis teórico y, dadas las circunstancias, parece un horizonte más que irreal, aunque quizá también es ingenuo a estas alturas seguir insistiendo en la creación de un Estado palestino como solución. Todas estas reflexiones políticas, de forma extendida, ya las realicé en su momento y hoy, después de la situación de desesperanza especialmente en Gaza, resulta inquietante insistir en ellas. Vamos con, después de haber dedicado gran parte del artículo a la cruel realidad, a hablar del ámbito cinematográfico, tantas veces con un fuerte vínculo y con aspiraciones de influir sobre ella.

 


Y es que, ¿puede una película cambiar algo la realidad social y política? ¿Puede, al menos, influir en las conciencias de algunas personas? La respuesta afirmativa puede ser demasiado ingenua, máxime en los tiempos que vivimos con un exceso de información mediática, banal y distorsionada tantas veces, y un margen demasiado pequeño para la reflexión moral y el pensamiento crítico. No obstante, resulta llamativa la cantidad de cultura popular (el cine, mayormente), que nos recuerda una y otra vez el horror de holocausto nazi perpetrado mayoritariamente sobre el pueblo judío (aunque, no únicamente, también hay que recordarlo); desgraciadamente, no han ocupado un lugar similar otras matanzas y opresiones, y obviamente otros genocidios siguen produciéndose en la actualidad como es el caso del pueblo palestino. Existe un libro muy interesante, y me temo que bastante silenciado, llamado La industria del holocausto. Reflexiones sobre la explotación del sufrimiento judío, de Norman G. Finkelstein; se sostiene en él que la Shoah (holocausto, en hebreo) acabó convirtiéndose en un discurso ideológico para justificar el sionismo en forma del Estado de Israel, y de ahí esa acaparación de la cultura popular, principalmente por la poderosa maquinaria cinematográfica estadounidense, al respecto.

Se acaba de estrenar en España La voz de Hind, producción tunecina, pero donde también han intervenido algunas figuras muy conocidas de Hollywood (lo cual resulta sorprendente en un país donde el sionismo tiene tanto peso) y también Jonathan Glazer, director británico de origen judío; se nos narra en el film, de forma estremecedora, cómo una niña gazatí de seis años, acosada por el ejército israeli, pide auxilio a un centro en Cisjordania de la Media Luna Roja. Otra reflexión, disculpad, previa a hablar explícitamente de la película. En la promoción de la misma, uno de esos irritantes comentarios supuestamente exultantes por parte de algún crítico rezaba algo así como “¡Deberían verla líderes y políticos!”. El artífice de dicha sentencia, tal vez también por ingenuidad o por pura estupidez, quiere ignorar que la que nos ha llevado a horrores como el que puede verse en la película es precisamente esa clase dirigente aludida (sea mala o peor, aquí tal vez mi condición ácrata me hace ser demasiado categórico), instándola a que se sensibilice y lleve a cabo alguna acción benévola; estoy casi seguro, ninguna visión cinematográfica va a transformar la cuestionable conciencia de los gobernantes, al menos no de los responsables de situaciones dramáticas como la de Gaza, o va a alterar lo más mínimo la permanente justificación de sus actos perversos. Y es que alguien afirmó en cierta ocasión que los dirigentes políticos suelen ser una suerte de psicópatas, es decir, personas carentes de cualquier asomo de empatía; sirva una aseveración tan tajante, al menos de reflexión para los que, aplicada a todos y cada uno de los que, sean más o menos mentalmente sanos en origen, acaban medrando hasta tener un poder exacerbado en sus manos, piensen que resulta excesiva.

No obstante, volviendo a la pregunta que hice anteriormente, y para que no quepa ninguna duda, personalmente, creo y confío en que las obras cinematográficas pueden y deben arrojar algo de luz sobre la convivencia social y la peculiar condición humana, así como también en ocasiones denunciar situaciones muy concretas de injusticia en los innumerables conflictos donde se pierden vidas humanas a diario. De hecho, en la proyección de La voz de Hind a la que asistí, en un coloquio posterior con la directora tunecina Kaouther ben Hania, esta contó que después de conocer los audios de la niña gazatí en los que pedía auxilio desesperadamente a la Media Luna Roja, abandonó el proyecto que tenía entre manos y se vio moralmente empujada a realizar una película sobre ello. Sin embargo, antes de que pudiera acabarla, ¡cómo no!, llegaron las consabidas acusaciones de antisemitismo; otras advertencias a la directora se sucedieron sobre lo poco adecuado de rodar el film sobre un hecho tan dramático o sobre su intención de usar un método híbrido entre drama y ficción (que, vista la obra, no deja de ser un gran acierto recordando que todo lo que estamos viendo es real y usando de base un guion cinematográfico bien armado, aunque muy fiel a los hechos que se produjeron).

 


Y es que en La voz de Hind se decidió renunciar a la interpretación de una actriz, por lo que se reproducen esos audios originales de la niña con el estremecedor fondo bélico de los disparos de las malditas tropas uniformadas y armadas hasta los dientes; para los que consideren que dicho recurso es excesivo, se nos recuerda así como un fuerte mazazo que las víctimas de las condenadas guerras son reales dándoles voz y poniéndoles rostro. Mientras se producen estériles debates sobre lo complejo del “conflicto” árabe-israelí o sobre si lo ocurrido en Gaza es o no un genocidio, miles de personas han sido asesinadas, y lo siguen siendo, por la ferocidad depredadora de un Estado; víctimas que son consideradas a menudo como “colaterales”, un término que ya resulta familiar en el horror mediático al que nos hemos tristemente acostumbrado, desproveyéndolas de nombre y de existencia real. Otro gran acierto del film es situar la acción, exclusivamente, en ese centro de la Media Luna Roja donde se reciben las peticiones de socorro y se muestra así, renunciando a mostrar el escenario donde se encuentra la niña, la impotencia de los trabajadores chocando con una burocracia imposible. Uno de los protagonistas señala una y otra vez que una ambulancia está solo a ocho minutos del rescate, aunque los hechos finales, incluso habiéndose asegurado después de horas una ruta para la ambulancia (que debería ser respetada por el ejército israelí), convierte en baladí la cuestión ante los crímenes bélicos. Aunque la nacionalidad del film se anuncia como tunecina, como no podía ser de otra manera en mi opinión, los intérpretes son palestinos; las actrices y actores reproducen las palabras reales que dijeron los protagonistas originales, con los que tuvieran algunos encuentros durante el rodaje y a los que podemos ver en algunos momentos en la pantalla.

Uno reivindica a veces su propia ingenuidad y quiso pensar, viendo un film en el que una niña aterrorizada debe esconderse dentro de un coche junto a los cadáveres de sus familiares, que su mejor baza ante la imposibilidad del rescate era mostrarse ante el criminal ejército y buscar su compasión. Dicha reflexión estaba fundada en querer pensar que gran parte de los que llevan a cabo todo tipo de atrocidades, como mediocres portadores de la banalidad del mal de la que nos habló Hannah Arendt, tal vez pudieran tener un arrebato de conciencia si les pusieran delante de sus ojos a sus víctimas y no simplemente arrojar una bomba o disparar sobre un objetivo abstracto sin concretar en ello seres humanos como víctimas; no obstante, el asesinato directo de la niña Hind, y de tantas otras personas, echa por tierra mi pobre reflexión y nos hace, una vez más, desesperanzarnos sobre la maleable condición del género humano. Las y los anarquistas nos esforzamos en denunciar el militarismo, el brazo armado de ese horror que denominan Estado-nación, y que empuja a innumerables jóvenes a enfrentarse unos a otros por pertenecer a una región y una cultura diferente. Consideramos la identidad nacional, entre otras formas colectivas, alienante y una de las más perniciosas, mientras que soñamos con un mundo libre, antiautoritario, solidario y exento de fronteras; no obstante, aunque seguimos trabajando por ese horizonte amplio hacia la fraternidad universal, como ya apunté anteriormente, la realidad es compleja y las respuestas no son fáciles sobre esta especie tan compleja, y demasiado a menudo inicua, que es el homo sapiens.

La voz de Hind ha cosechado no pocos premios y se ha proyectado en multitud de países, excepto en Israel por deseo propio de la directora; también, sobre ruinas, en la propia Gaza recordándonos un horror sobre el que no hay responsabilidades, ni solución aparente. Me resulta francamente complicado juzgar cinematográficamente esta película, basta decir que es una obra notable y muy necesaria; tampoco resulta recomendable, obviamente, para pasar un buen rato en una sala de proyección. No obstante, aconsejo su visión, con mayor motivo para esos perezosos intelectuales (y, tal vez, también morales) que repiten una y otra vez que acuden al cine solo para entretenerse.

 

Capi Vidal 



 

 


 

miércoles, julio 9

The Settlers (Los Colonos)

 

Director: Louis Theroux. BBC. Reino Unido, abril 2025

La cobertura que los medios británicos han realizado del genocidio perpetrado por Israel durante los últimos 20 meses ha sido vergonzosa. Por ejemplo, hace unas semanas, la BBC canceló una entrevista entre los futbolistas Gary Lineker y Mo Salah, conocidos por sus posicionamientos antisionistas, por miedo a que hablaran de Gaza. Lo expresó muy bien el actor irlandés Liam Cunningham – famoso por interpretar a Ser Davos en Juego de Tronos – cuando dijo, en una entrevista realizada justo después de ver zarpar a la Flotilla de la Libertad rumbo a Gaza, que “no me veréis dar una entrevista en la BBC. Tengo una buena relación con la BBC, no habría tenido la carrera profesional televisiva que he tenido si no fuera por esta cadena y siempre le estaré agradecido. Pero me quedo con la boca abierta cuando veo su telediario. No me puedo creer lo que estoy viendo, me recuerda al término ‘la tiranía de la equidistancia’ o ‘del término medio’ que acuñó Paul Krugman. La excusa de la imparcialidad. Si estuviéramos en 1944 o 1945, en el momento en el que descubrimos los horrores de Auschwitz, ¿entrevistarían a Heinrich Himmler para que diera su opinión sobre el genocidio? Porque eso es lo que están haciendo ahora”.

Sin embargo, de vez en cuando, periodistas como Louis Theroux, aprovechan su buena reputación para introducir reportajes sobre el régimen de apartheid y racismo de Israel en cadenas mainstream como la BBC. Y el documental The Settlers (2025) es una buena prueba de ello.

Catorce años después de su primera visita y de su documental de 2011 The Ultra Zionists, Louis Theroux se reencuentra en este documental con parte de la creciente comunidad de israelíes nacionalistas religiosos que se han instalado en Cisjordania –en asentamientos ilegales según el derecho internacional, pero que están siendo sido protegidos por el ejército, la policía y el gobierno israelí– y van armados hasta los dientes.

Antes de los ataques liderados por Hamás el 7 de octubre de 2023, la violencia ejercida por estos colonos fanáticos contra la población palestina se había disparado –de hecho, se señaló como uno de los motivos de la ofensiva–, pero desde esa fecha las agresiones y el número de asentamientos se han incrementado exponencialmente. Lo que antes era un movimiento más o menos marginal que el Estado oficialmente no promovía –aunque siempre ha tolerado implícitamente– ha obtenido ahora apoyo explícito en los niveles más altos del gobierno, con simpatizantes y colonos que ocupan cargos clave en el gabinete. La ocupación de los territorios palestinos en Gaza y Cisjordania ahora forma parte del proyecto político oficial del Ejecutivo de Netanyahu, que clama que todo el territorio palestino forma parte del Gran Israel y que los árabes no tienen cabida en él.

Theroux viaja a Cisjordania, donde se encuentra con colonos destacados y los entrevista. Y sus palabras dejan entrever, sin ambalajes, la corrupción moral de una sociedad colonial, basada en supremacismo judío y en el odio racial. Los colonos reconocen abiertamente que consideran a los palestinos –de hecho, un colono de origen estadounidense incluso llega a decir que “los palestinos no existen”– sujetos carentes de derechos, que deben ser expulsados.

Cabe señalar que Theroux no parece ser un activista propalestino. Le pregunta a sus entrevistados cosas tan leves como si aceptarían la solución de los dos Estados o un único Estado con los mismos derechos para todo el mundo, o si les parece mal la violencia que ejercen sobre los palestinos. Pero las respuestas reproducen un escandaloso discurso genocida, ante la cual no puede ocultar lo que le repugna.

Uno de los momentos más chocantes del filme es una entrevista a Daniella Weiss, considerada la ‘madrina’ del movimiento de asentamientos, quien aboga por una limpieza étnica sin pelos en la lengua. “Queremos un Estado judío, los palestinos no pueden ser nuestros vecinos, somos demasiado diferentes”, le dice. En un momento dado, Theroux le hace ver que no tener ninguna consideración por otras personas “parece un comportamiento sociópata”, a lo que ella responde encogiéndose de hombros, con una sonrisa. Por supuesto, los lobbies sionistas llevan varias semanas criticando en redes al periodista por insultar “a una pobre abuela” o por su “falta de imparcialidad”.

 Una escena que se ha difundido mucho en redes sociales en las últimas semanas es la del momento en que Theroux va andando por la calle junto a su guía palestino. De repente, un soldado para al señor árabe, le dice que él no puede caminar por esa calle y le expulsa del lugar. Cuando el periodista le pregunta que por qué no puede pasar por ahí, el militar responde que “hay límites en esta calle para palestinos”. En redes sociales se ha comparado esta escena con una de El Pianista (2002), en la que un oficial nazi obliga a un judío a bajarse de la acera y caminar por la carretera.

Quizás para quienes seguimos a diario la actualidad palestina este documental no nos aporte nada que no sepamos. Pero es muy útil para esos momentos en los que nos toca discutir con un tirano de la equidistancia, con un cuñado que niega el genocidio palestino o que defiende el derecho de Israel a “defenderse de los radicales de Hamás”. Gracias a documentales como éste podemos mostrarles cómo las propias palabras de los colonos les comprometen y supuran odio, supremacismo, racismo y afán de limpieza étnica.

El documental se puede ver en Films for Action

 

https://www.todoporhacer.org 

domingo, junio 15

La industria del holocausto


Mientras los palestinos mueren hoy en día en Gaza, masacrados por el Estado de Israel, resulta llamativa la cantidad de cultura popular (el cine, mayormente) que sigue recogiendo el horror del holocausto producido, mayormente, sobre el pueblo judío (aunque sea ya un lugar común aclararlo, no solo contra los judíos). Solo en el momento en que escribo estas líneas, en la cartelera española se encuentran los films The Brutalist, premiada obra que hay quien ha calificado de propaganda sionista más o menos justificadora de que cualquier medio sería válido para construir la nación israelí (aunque sea con la sangre de otros), Lee Miller, sobre la fotógrafa de moda que acabó yendo al frente de guerra para recoger en imágenes los desmanes del Tercer Reich, o A Real Pain, situada en la actualidad, con tono de comedia, en la que dos jóvenes recorren Polonia recuperando la memoria sobre sobre el holocausto producido sobre sus ancestros. El paradigma de la obra fílmica más efectista sobre el tema lo constituye quizás La lista de Schindler, firmada por el a menudo sensiblero y superficial Steven Spielberg. El pianista, de Polanski, aporta en cambio algunos interesantes matices sobre la actitud (humanamente comprensible, dado el horror) de parte de la comunidad judía sin caer en ese atroz maniqueísmo. Si echamos un vistazo atrás, todos los años hay un bombardeo constante sobre la misma temática y, ojo, no digo que me parezca mal a priori siempre y cuando se denuncien todas y cada uno de las matanzas y opresiones originadas en autoritarismos de diversa índole.

Para el caso que nos ocupa, me hacen gracia esos cretinos reaccionarios que han señalado la gran cantidad de películas, que supuestamente se realizan en España denunciando el horror fascista que originó el golpe de Estado y la posterior dictadura franquista; siempre diremos lo mismo, ¡no las suficientes! Franco no era Hitler, argumentan esos mismos botarates, y no sé de cuánta extensión debe ser el genocidio para denunciarlo de manera clara. Vuelvo al tema del holocausto judío y se me dirá que todas estas obras mencionadas, en cuya calidad cinematográfica no entro, aportan todos los matices que se quieran, pero en cualquier caso tratan algo histórico sobre lo que creo que existe una conciencia muy extendida. Mientras, otros holocaustos siguen produciéndose en la actualidad. Cae en mis manos un libro que puede aportar algo de claridad, se trata de La industria del holocausto. Reflexiones sobre la explotación del sufrimiento judío, escrito ya hace algunos años por Norman G. Finkelstein. El autor, sostiene, que la Shoah (holocausto, en hebreo) se acabó convirtiendo en un discurso ideológico construido para legitimar el sionismo, el Estado de Israel, y a la vez obtener con él beneficios económicos. Uf, como puede suponerse, no se hicieron esperar las acusaciones a Finkelstein de antisemita e incluso negacionista, a pesar de ser él mismo judío hijo de víctimas de un campo de exterminio. Acusaciones idiotas que no caen en que refuerzan esas cada vez más solidas pruebas de que se ha construido todo un relato para blindar las críticas al Estado israelí y justificar todos sus desmanes sobre otros pueblos.

Se señala también que la comunidad judía en Estados Unidos no ha sido, a diferencia de otras, una minoría oprimida, más bien lo contrario. De hecho, parece que no hubo por su parte una atención especial sobre el holocausto antes de 1967, la guerra contra los árabes en la que el Estado de Israel mostró todo su potencia militar, por lo que acabó convertido en un fuerte aliado de Estados Unidos. Los malditos intereses económicos y geoestratégicos sobre los que la (creo que más bien privilegiada) comunidad judía estadounidense al parecer ha estado muy atenta. Quizá un precedente de esta denuncia estriba en Hannah Arendt, en concreto en su obra Eichmann en Jerusalén, donde trató de indagar en los mecanismos psicológicos que apuntalan el horror totalitario (que podría aplicarse a cualquier Estado, por muy democrático que se presente, como es el propio israelí) sin simplificaciones de ningún tipo. Arendt misma, claro, sufrió la acusaciones de rigor por parte de los colectivos de influencia judíos, a pesar de pertenecer ella también a esa etnia. Ha habido otras voces como la de Finkelstein, que han tratado de ser acalladas, que han realizado esa doble denuncia de una supuesta legitimidad sionista para sus desmanes: la del derecho religioso, justificado como pueblo elegido, para adueñarse del territorio palestino, y la que se encuentra también amparada, de manera hipócrita para muchos, en la memoria de la víctimas del holocausto. En cualquier caso, argumentos históricos aparte, resulta digno de reflexión (y de irritación) ese control sobre la cultura popular que llega a las masas, para convertir la conciencia en poco más que parte de un museo, y al mismo tiempo justificar los horrores que se siguen produciendo mientras escribo estas líneas. Pueden irse al diablo los que a mí mismo me acusen de antisemitismo, o cualquier otra estupidez parecida, y seguiremos abogando por una humanidad unida, eso tan bello que los anarquistas clásicos denominaban fraternidad universal, denunciando los diversos poderes políticos, económicos y religiosos.

 

Juan Cáspar
https://exabruptospoliticos.wordpress.com/2025/03/22/la-industria-del-holocausto/

 

domingo, mayo 4

Ha muerto Brian de Nazaret

 

De nuevo nos encontramos ante la representación teatral más importante de la cristiandad. Y no sé lo tomen como una crítica, sino como una descripción de lo que se dice en las calles de los países cristianos durante lo que se denomina la Semana Santa.

Representaciones teatrales desarrollando lo que en la Biblia se recoge como la pasión de Jesucristo. Pueblos en los que se “crucifica” a vecinos que hacen el papel de Jesucristo y los ladrones crucificados junto a él. Países donde literalmente se crucifica a varios hombres para purgar sus pecados, otros lugares donde se autoflagelan para procesionar, etc.

Pero lo dicho, hoy hablamos de La Vida de Brian. Esa película icónica que los Monty Python hicieron en 1979.

Esta película, que en muchos casos pasa por ser una comedia, tenemos que valorarla como mucho más que eso. Es una sátira con toda la intención de sacar punta a la ridícula escenografía del catolicismo. Nos presenta a un tal Brian, que tiene todas las señas de tener una vida paralela a la de un tal Jesús de Nazaret, que se consideraba el hijo de Dios. Minuto a minuto reconocemos la historia de un Jesucristo de la Biblia. La diferencia entre Brian y Jesús es su objetivo final. Uno lucha contra el poder opresor de los romanos, un poco de rebote, y el otro lucha por liberar a los judíos de sus “malos corazones y sus pecados”. Al final, sus vidas paralelas acaban unidas en el calvario y considerando a Brian el “mesías” que era Jesucristo.

Nos reímos con las escenas absurdas que suceden durante la película, pero van más allá de ser escenas cómicas. Son escenas que ridiculizan la sumisión a un mesías y seguir las instrucciones de líderes sin sentido común. Mítica es la escena de cuando Brian sale huyendo de la multitud y pierde una sandalia y, creyendo que es una señal del maestro, se quitan todos una sandalia. La escena de la lapidación donde lo importante es lapidar a alguien sin importar el porqué, etc. 

Y ahí es donde tiene esta película su mayor logro. Es una sátira que critica el comportamiento humano tan ridículo que mostramos habitualmente en nuestra sociedad. A nivel político, la desunión y las miles de divisiones entre quienes tienen un objetivo común demuestra lo poco práctica que es la muchedumbre. 

Podemos destacar las escenas míticas del grupo del Frente Popular de Judea discutiendo sobre los demás grupos opositores a los romanos (Frente Judaico Popular, Unión Popular de trabajadores Judea, Frente del Pueblo Judaico), todos disidentes. Algo tan real como la vida misma en nuestro día a día actual. Esa sopa de siglas que adornan los carteles de movilizaciones, que apenas son capaces de llevar a cabo una acción conjunta sin haberse peleado. 

La verdad es que es una película desternillante y que viene muy bien verla entre las de Las sandalias del pescador, Quo Vadis?, Espartaco, La túnica sagrada, etc, que las televisiones nos ponen en Semana Santa.

Pero, además de morirnos de la risa, si hacemos un poco de autocrítica no nos vendría mal.

Desde luego, la sociedad tampoco ha cambiado mucho. Unos colonizadores que oprimen a los habitantes de esas tierras, intereses particulares que condicionan la política y unos pobres seres que son engañados y manipulados.

Bueno y feliz resto del año. ¡Hemos sobrevivido a la Semana Santa!

 

Charo Arroyo
https://redeslibertarias.com/

martes, abril 15

El cine español y el progresismo: una de cal ¿y otra de arena?


Este pasado fin de semana Granada acogió por primera vez los Premios Goya. Durante la 39ª edición de la gala pudimos escuchar a los hermanos Morente cantar el elogiado «Anda jaleo» lorquiano desde La Alhambra, un lugar idílico para una canción de hondo arraigo popular en una de las cunas del flamenco. Los galardones del cine español estuvieron revestidos, como siempre, de un halo de progresismo político, que al rascar ligeramente su envoltura queda en un show descafeinado y elitista. 

Unos premios en los que se habló de educación pública, del genocidio al pueblo palestino, de la lucha por la vivienda digna; y que después tuvo como patrocinador televisivo a «Airbnb», una de las principales culpables de la turistificación, de entre otros tantos, el histórico barrio del Albayzín, situado frente a La Alhambra. Y es que sobre esa alfombra roja hay poco de rojo, más allá de erigirse como un altavoz de causas sociales del quiero y no puedo. Este año las principales favoritas, y que acabaron compartiendo galardón a Mejor Película por primera vez en la historia de estos premios, fueron «El 47» y «La Infiltrada». Películas con un cariz bien diferente y que reflejan la intención del cine español: café descafeinado para todo el mundo.  

La película de «El 47» es una producción catalana del director Marcel Barrena, un drama histórico protagonizado por el actor Eduard Fernández y la actriz Clara Segura. La temática escogida acercó a más de uno a sus raíces, ya que como aseveró Clara Segura al recibir el Goya a Mejor Actriz de Reparto: “Todos fuimos extranjeros en algún momento. La tierra no nos pertenece y solo nos acompaña un rato mientras vivimos”. Más allá de la fantástica elección del tema, la migración extremeña y andaluza a Torre Baró, la película demuestra que es evidente que no existen actos de disidencia pacífica, todo enfrentamiento a una autoridad estructural implica una buena dosis de conflicto, enfrentarse física y psicológicamente a quienes nos vulnerabilizan y explotan. Pero sobre todo, no existen actos de disidencia individuales, las luchas sociales no tienen «elegidos» mesiánicos, pueden tener caras visibles, personas que dan callo públicamente, pero detrás de cada una de ellos está la fuerza social de lo común. 

La historia que cuenta «El 47» refleja ambas cuestiones narrándonos unos sucesos donde el protagonista fue el movimiento vecinal del barrio de Torre Baró en la ciudad de Barcelona en 1978. Pero esa historia no comienza ese año y no es solo la historia de Manolo Vital, conductor de autobuses extremeño emigrado a Catalunya veinte años atrás. Es la historia de un barrio popular de Barcelona construido a pulso por sus habitantes, pero no romanticemos tampoco, fue edificado sobre las brechas de la miseria y de la represión franquista. Cuando los suburbios urbanos sumaban manos cada noche para construir la casa por el tejado sobre empinadas pendientes de tierra. 

La película se inserta en el cine social español que quiere contrarrestar la ola reaccionaria que vivimos actualmente, aunque como film de la industria del cine, realiza una maniobra de borrado pertinente de cuestiones que deben visibilizarse. Y es que la figura de Manolo Vital, no actuaba por cuenta propia; era militante del PSUC y de CC.OO. en los años 70. Independientemente de la opinión que podamos tener como anarquistas, lo que es verdad es que las luchas sociales las abordan militantes organizados. De hecho, el relato obvia que el día antes de secuestrar el autobús, se reunió con otros militantes para estudiar la acción. No fue un gesto individual, sino parte de una lucha colectiva. La película, además, hace un guiño al neorreformismo de forma completamente innecesaria y fuera de toda realidad, y es que sitúa a un joven Pasqual Maragall en aquel autobús en 1978, introduciendo un elemento más al gusto del relato, alejado de una realidad más fidedigna de lo que es una lucha social. 

Esa lucha vecinal para llevar el autobús hasta su barrio, para conectar a sus vecinas con la realidad de Barcelona, también tiene su contraparte desde la perspectiva revolucionaria. Y es que muchas de esas personas, en los años 70, veían ya más cerca el horizonte de la vida que prometía el neoliberalismo en ciernes que una revolución social como se soñaba a lo grande unas décadas más atrás. De por medio, una dictadura implacable y genocida había robado ese horizonte exterminando cualquier atisbo de organización que emancipase a la clase explotada. 

Las historias de supervivencia y de construcción del común son emotivas, no podemos negarlo, la increíble interpretación de Zoe Bonafonte, la hija de Vital en la película, cantando «Gallo rojo, gallo negro» de Chicho Sánchez Ferlosio hizo brotar regueros de lágrimas por las salas de cine. Escenas así consiguen provocar una emotividad absoluta a aquellos que portamos ideas de justicia social y de organización política. Nos conectan con un pasado de luchas de clase contra la dictadura y contra su hija predilecta, la democracia burguesa. Es imposible no emocionarse en varios momentos del metraje con la resistencia de las vecinas de Torre Baró.

Compartiendo premio a Mejor Película tenemos «La Infiltrada», un film dirigido por Arantxa Echevarría y Amélia Mora, esta segunda ya experta en pseudodramas policíacos que luchan contra el terrorismo, como la serie «La Unidad». El relato recoge la historia real de Aránzazu Berradre, un apodo utilizado por la policía nacional Elena Tejada, infiltrada en ETA durante ocho años. Fue reclutada por el comisario Fernando Sainz Merino, alias El Inhumano, cuando recién se licenciaba como policía en la Academia de Ávila, y enviada como agente infiltrada con apenas 20 años de edad, acabó conviviendo en un piso con militantes vascos de ETA durante dos años. Durante su infiltración mantuvo una vida paralela integrándose, a raíz del contacto inicial en el Movimiento de Objeción de Conciencia de Logroño, y posteriormente en las bases sociales de la izquierda abertzale. Seguramente este relato nos resulte muy familiar tras haber visto el reportaje documental «Infiltrats», emitido en TV3 y realizado por La Directa. En una hora de duración nos narra los casos de infiltración policial en los movimientos sociales en esta última década. Casos de tortura legal auspiciada por el estado y legitimada por buena parte de la sociedad.

«La Infiltrada», con su producción, publicidad y galardón compartido, está normalizando entre la sociedad que las infiltraciones policiales son válidas y legítimas. Retrata a cualquier enemigo del régimen político como un monstruo sin rostro humano al que se le puede torturar, violentar y eliminar bajo cualquier premisa, incluso en una democracia burguesa con supuestas normas de derecho legal. Las directoras se meten en el oscuro túnel del discurso de la extrema derecha para airearlo a los cuatro vientos, se legitiman las cloacas del estado español, y se entierra cualquier disidencia con el discurso oficial. Incluso una de sus productoras, en la gala de los Premios Goya reivindicaba la memoria histórica para las víctimas de ETA, olvidando a su vez la memoria de cientos de personas asesinadas por el estado español desde la transición. Poco más se pueda esperar que en un par de décadas produzcan una película dedicada a los policías infiltrados en nuestros tiempos en los movimientos políticos; la normalización de esta violencia estatal merece una respuesta, porque la infiltración también es tortura. 

El cine español demuestra una vez más tibieza con tintes progresistas. El cine español, un quiero y no puedo.

 

Angel Malatesta, militante de Liza y Andrés Cabrera, militante de Impulso

 

miércoles, noviembre 6

Lucrecia: Un crimen de odio

 


David Cabrera y Garbiñe Armentia. Serie Documental de cuatro capítulos. Disney. 2024.

Cuatro capítulos de 30 minutos son insuficientes para abordar el asesinato de Lucrecia Pérez en 1992. Un feminicidio racista que fue expuesto en los medios de comunicación como el primer crimen xenófobo de la democracia, y que dejó una marca indeleble en la historia social y judicial de España. Los hechos son de sobra conocidos: de la plaza de los Cubos (situada en el centro de Madrid, junto a la Plaza de España, y epicentro habitual de la basura nazi durante años) sale un coche rumbo a Aravaca, lo conduce un guardia civil que porta pistola e ideología de extrema derecha incrustada en el alma, junto a él van tres chavales menores de edad que son skinheads nazis, el tipo conduce saltándose semáforos hasta las ruinas de la discoteca Four Roses, situada a la orilla de la carretera de la Coruña, donde pernoctan migrantes dominicanxs que mayoritariamente trabajan explotadxs limpiando las casas de la clase alta local, irrumpen a patadas y el agente de la autoridad descerraja tres tiros contra quienes estaban cenando a la luz de una vela, vuelven a Cubos a beber cerveza y jactarse de la hazaña, Lucrecia fallece en el acto y otro hombre permanece herido de cierta gravedad. Lo que aporta este documental, y a la vez en lo que se queda claramente corto, no tiene que ver con cuestiones periciales ni reconstrucciones ficcionadas de las que son habituales en los programas televisivos, sino con la exploración del conjunto de circunstancias de toda índole que posibilitan el propio asesinato.

En palabras del fiscal que formularía la acusación durante el juicio, a Lucrecia Pérez se la mata por pobre, negra y extranjera. La España moderna y seductora de las Olimpiadas de Barcelona y la Expo’92 tiene una sórdida cara B: un cuerpo armado como la guardia civil lleno de fascistas (de hecho, el Estado tendría que indemnizar a la hija de Lucrecia al reflejarse en la condena que pese a que los mandos conocían la filiación ideológica del asesino, no hicieron nada al respecto), familias adeptas al antiguo régimen que crían pequeños rapados, un terreno social abonado al racismo alimentado a su vez con la explotación laboral de las primeras poblaciones migrantes, desidia policial frente a una oleada de agresiones, coexistencia de nostálgicas organizaciones de ultraderechistas con la ultraviolencia callejera de Bases Autónomas (que precisamente instaban a la organización informal autónoma y las acciones descentralizadas contra personas racializadas, homosexuales y movimientos sociales)… El asesinato no responde a una acción planificada por un movimiento organizado, pero eso no quiere decir que se trate de algo aislado, todo lo contrario, se inserta en una serie de lógicas y contextos. Y lo relevante de visionar esta serie documental reside en recurrir a la memoria histórica para para pensar el racismo tres décadas después, cuando este mismo verano se han producido los pogromos racistas de Reino Unido (jaleados a través de redes sociales por el fascista Tommy Robinson y a la sombra de las palabras de Elon Musk prediciendo lo inevitable de una guerra civil en Europa) y su conato de reproducción en nuestro territorio a raíz del asesinato de un niño en Mocejón, Toledo (aquí los bulos de que el culpable era un migrante magrebí fueron promovidos por el eurodiputado Alvise Pérez, periodistas de medios de digitales financiados con fondos públicos, distintos militantes de extrema derecha y una masa informe de ciudadanos dispuestos a creer y compartir la mierda que les echen siempre y cuando les exculpe de sus propias miserias).

En 1992 se produjeron movilizaciones antirracistas por todo el país, algunas de ellas históricamente multitudinarias, el antifascismo se fue dotando progresivamente de estructuras y recursos para dar respuesta a la ofensiva xenófoba. Hubo una respuesta social porque se produjo una interpelación social efectiva que arranca de la propia organización y protesta de la comunidad dominicana madrileña. Para muchas personas supuso el acercamiento a asambleas y colectivos de base. Quizás un producto cultural generalista como Lucrecia: Un crimen de odio pueda ser útil a la hora de hacernos preguntas con las que diseccionar el racismo que atraviesa hoy nuestra sociedad y poder combatirlo en mejores condiciones. ¿Cómo impactaría una noticia parecida cuando se está retransmitiendo un genocidio por redes?, ¿hay una suerte de anestesia emocional frente al horror, una distancia postpandémica con respecto a la realidad más cruel?, ¿cómo desbordarla si es que existe?, ¿hay maneras de anticipar una respuesta organizada en la calle frente a quienes buscan desencadenar disturbios raciales?, ¿hasta qué punto la propagación de bulos racistas pueden acabar en asesinato?, ¿cuál es el papel dentro de la violencia xenófoba de la gente más joven (al asesino de Lucrecia le acompañaban tres chavales de instituto de 16 años)?, ¿cuál es la incidencia real de la extrema derecha en las fuerzas de seguridad del estado (porque esta existe, véase por ejemplo el reciente acuerdo de un sindicato policial con la empresa Desokupa para recibir formación o los porcentajes de voto destinado a Vox entre policías y militares) y hasta dónde puede llegar (recordemos que este mismo año se han investigado a 400 policías en Alemania por sus vínculos con organizaciones neonazis)?, ¿qué sabe realmente eso que llamamos la opinión pública de las condiciones de vida de la población migrante, de su trascendencia en la economía (el empresariado más racista de este país es a su vez el que más se vale de la mano de obra barata), de la naturaleza de sus comunidades y vínculos (en el documental, Bernarda Jiménez, presidenta de la Asociación Voluntariado Madres Dominicanas, explica claramente cómo venían alertando de que algo así podía suceder sin que nadie les hiciera caso)…?

Démosle un valor de uso a este documental. El auge internacional del racismo lo exige.

 

https://www.todoporhacer.org 

lunes, agosto 26

El descubrimiento de Chaplin en Bali

 

 

En 1932, Charlie Chaplin quería alejarse de la civilización. Su hermano Sydney le sugirió ir a Bali, porque aún no había sido «contaminada por la sociedad occidental», y ambos se embarcaron hacia esta isla, actualmente perteneciente a Indonesia. Allí quedó fascinado por sus gentes y sus tradiciones; y rodó con su cámara a los balineses en sus actividades cotidianas, danzas y ceremonias. De sus bailes, también sacó inspiración para su mímica universal.

Pero lo más importante fue que Bali le dio otra visión de la vida, y contribuyó a posicionarse aún más fervientemente contra el capitalismo y contra el colonialismo. El estilo de vida balinés —respetuoso con la naturaleza— le llamó la atención y exclamó: «¡Qué fácil es para el hombre volver a su estado natural!».

Chaplin constató que allí no había gente triste y concluiría: «no son nada codiciosos (…) por eso son felices. (…) En nuestras grandes ciudades tan solo verás almas hostigadas, derrotadas. En la mayoría se percibe agotamiento y desesperación. En cambio, los ojos de los balineses solo transmiten tranquilidad. Sus valores son diferentes a todo lo que yo haya visto. Creo que me podría quedar aquí para siempre. ¡Qué lejos me siento ahora del resto del mundo!».

También es consciente de que los balineses trabajan duro cuando hay que hacerlo y de que algunos viven en la pobreza, en gran medida por la administración colonial holandesa que controlaba la isla desde 1908 y que contaminó el paraíso con la occidentalización. Según Chaplin, en Bali sabían el auténtico sentido de la vida: trabajar y jugar.

Chaplin fue consciente de que el contacto con los occidentales estaba cambiando a los balineses: se cubrían más sus cuerpos y muchos incluso invirtieron los ahorros de su vida en comprarse automóviles, para darse cuenta después del alto precio de la gasolina. Arruinados, dejaron los coches aparcados en los patios traseros, convertidos en gallineros. Tal vez ese sea el futuro de gran parte de los coches que se venden hoy para uso privado, pues no es sostenible (ni siquiera los eléctricos; y todo lo que no es sostenible, es insostenible).

Como tantos otros, Chaplin no solo constató que se puede ser feliz con poco, sino que es más fácil ser feliz con poco. En las sociedades modernas queremos, en masa, tener muchas cosas, muchas comodidades, y eso tiene un coste que se desglosa en distintos epígrafes: coste en felicidad, coste económico, coste ambiental, etc.

A su regreso del viaje, Chaplin planificó una película, su primera hablada, en la que pretendía dar voz a los balineses y satirizar a las potencias coloniales. En ella, los balineses se quejarían de los impuestos que les exigían los holandeses a cambio de carreteras que no necesitaban, y se mofarían de la ambición por el oro de los occidentales. En cierta forma, esto recuerda los discursos sobre los blancos en el considerado como primer documento antiglobalización, Los Papalagi (lectura recomendada). Es posible que Chaplin no llegara a conocer esos discursos en los que un jefe samoano se dirige a su tribu tras viajar por Europa y ver las miserias de la vida en las ciudades.

Chaplin ve el colonialismo como una extensión del capitalismo y lo desprecia descaradamente. La película Flor de Bali no se llegará a terminar, a pesar de tener gran parte del guion preparado. Chaplin se centraría en otros proyectos, como escribir su autobiografía y rodar la película Tiempos modernos, en la que ridiculiza la mecanización y los lujos de la vida “moderna”, seguramente inspirado por su experiencia en Bali.

A los 4 años volverá a Bali y se decepcionará al ver más bicicletas y más coches. «Todo es más comercial» —dejará escrito—. «Navego en un mar de contradicciones. Y no tengo una filosofía de vida a la que aferrarme. Podemos ser sabios o insensatos, pero todos nos las vemos y deseamos para salir adelante en la vida. Solo sé que en este perverso mundo no hay nada permanente. Ni siquiera nuestros pesares».

 

Extraído de https://blogsostenible.wordpress.com

domingo, octubre 8

Loop. Corto de animación

 

 
En esta sociedad, cada ser humano repite una misma acción una y otra vez. Cada habitante forma parte de un engranaje de un gran reloj, donde la armonía del sistema se sostiene sobre este perpetuo suceder inalterable. En una sociedad donde cada habitante tiene un rol específico y una determinada acción en eterno bucle, una pareja decide hacer algo distinto.

sábado, marzo 5

‘No Mires Arriba’ o cómo la industria del cine nos hace mirar donde quiere

 

Cuando se le preguntó a Charlton Brooker la razón de cancelar la serie Black Mirror su respuesta pudo sonar grandilocuente: «Influido por Huxley u Orwell, quise crear una corriente de opinión y reflexión a través de una serie, pero esta, lejos de producir un cambio, solo consiguió normalizar la distopía, que ya vivimos, o el futuro apocalipsis, para transformarlas en un producto cultural. […] Mi alianza con Netflix fue la puntilla de Black Mirror y acabé tan desazonado que decidí no volver a creer en que las cosas pueden cambiarse desde dentro«.

En 2020, la plataforma de streaming que más monetiza y analiza los datos de sus clientes, estrena El dilema de las redes en el que se tocan temas que mucha gente desconocía, como el poder de control de las redes sociales y cómo los usan de forma amoral empresas y gobiernos.

La noche del estreno en Netflix, el uso de Twitter y Facebook se incrementó un 12% por encima de la media para un domingo, impulsado, precisamente, por el impacto que causó el documental. Es decir, la emisión de un documental que impactaba porque nos llamaba a un uso más racional de las redes o a, sencillamente, dejar de usarlas, provocó justo lo contrario de lo que pretendía.

El capitalismo ha convertido elementos marcadamente anticapitalistas, en negocios ajustados a la sistemática del mercado. Decir que el capitalismo nos lleva al apocalipsis es cool. Tuitear que hay que dejar de usar Twitter es cool. Lo antisistema es cool… y, ahora también, capitalista. Una de las empresas más contaminantes del mundo, Amazon, realiza multimillonarias campañas por la sostenibilidad y lanza hashtags en Twitter que alcanzan el Trending Topic a nivel mundial. Un estudio realizado por The Guardian, demostró que si Amazon hubiese utilizado el dinero que gastó en esas campañas reputacionales en mejorar su flota de camiones, habría reducido un 77% la contaminación que provoca. Curioso, ¿verdad?

El «Feminism market», es un mercado que mueve un dineral a través de la venta online de camisetas, chapas, banderas… con el feminismo como estandarte, un movimiento que tenía un marcado carácter anticapitalista y que ahora funciona como catalizador de consumo identitario. La ONU cifró en 420$ millones el dinero necesario para acabar con los matrimonios de niñas en los países islámicos. El mercado de las camisetas feministas mueve, solo en Estados Unidos, más de 2.000$ millones. Resulta aterrador pensar en cómo cada solución que trata de resquebrajar el monolítico capitalismo, acaba convertido en divertimento, en moda, en Trending Topic, en pin, en camiseta, en políticas reputacionales para empresas o, por resumirlo, en parte activa del problema.

El capitalismo ha conseguido algo que parecía imposible: que oponerse a él sea casi tan capitalista como defenderlo. Por eso cuando veo una película como No mires arriba siento muchísima desazón. Dejando de lado que este divertido film discurre anárquico [sic] como una sucesión de gags, vuelvo a sentir ese cansancio del que se ve abocado a la imposibilidad del cambio. El punto de partida es maravilloso, pero los guionistas deciden utilizar el humor para convertir una temática gravísima en una comedia agridulce para todos los públicos, que tan solo pretende demostrar algo que ya sabemos: que la raza humana merece la extinción.

El problema, y creo que esta es la clave, es que intuyo que cualquier espectador se identificará con los protagonistas, Leonardo Di Caprio y Jennifer Lawrence, y he aquí la perversión, que No mires hacia arriba pretende hacernos sentir como personas racionales. Personas que saben que lo que está ocurriendo sería imposible en un mundo real, donde todos evitaríamos juntos la llegada del meteorito. Esa paradoja es lo que provoca la risa constante. Pero, ¿es real? Si bajamos a la realidad, sin meteoritos, observamos que el capitalismo no es un desastre natural que arrasará el planeta en cuestión de segundos. El capitalismo es un veneno que actúa de forma progresiva, que sigue haciéndonos creer que podemos crecer hasta el infinito, que sigue haciéndonos creer que merecemos lo que tenemos, que sigue haciéndonos creer que, mientras nos riamos con películas como esta, mientras alucinemos con Black Mirror, mientras compremos a empresas no contaminantes, mientras tuiteamos muy fuerte que #BlackLivesMatters, o que mientras publiquemos en nuestras redes textos como este que estáis leyendo para calmar nuestras conciencias, todo estará bien. No, siento deciros que no somos parte de la solución, que no somos Di Caprio ni Lawrence en No mires arriba. Si lo fuésemos, si fuésemos parte de la solución, esta película no nos haría ni puta gracia.

La conclusión es evidente y con esto cierro para el que no quiera leerse el hilo (o artículo) entero: Antes el sistema fagocitaba todo conato de resistencia, ridiculizándolo o demonizándolo. Ahora lo convierte en lucrativo negocio. La ansiedad de Di Caprio me parece especialmente simbólica porque se ridiculiza, quitándole hierro y presentando al personaje como un pirado ridículo. «Replantearos la realidad, pero siempre bajo el ámbito del humor o la crítica en redes. Pasar de ahí es ser un paria».

Hilo de Twitter por: @LosPajarosPican – Daniel Méndez

 

Extraído de https://www.todoporhacer.org

lunes, noviembre 29

XIX Encuentro del Libro Anarquista de Madrid, 3, 4 y 5 de diciembre, 2021

 


¿DÓNDE?

Escuela Popular de Prosperidad (La Prospe) C/ Luis Cabrera 19

Metros: Prosperidad y Avenida de América

Autobuses: 1, 9, 29, 52, 73

Telefono: 91 562 70 19

Email: prospe@nodo50.org

https://encuentrodellibroanarquista.org/ 

martes, agosto 27

El film "Tierra y libertad" y el anarquismo

Como hemos mencionado, en recientes entradas, esta película de Ken Loach, utilizada de manera irrisoriamente esquemática por Antonio Elorza en sus delirantes artículos, queremos dedicar unas líneas al análisis de lo que se nos muestra, a la veracidad de su contenido y a su vinculación con el anarquismo.

Antes de nada, y otorgando cierta legitimidad histórica a la historia de la película al margen de su calidad, diremos que es debería ser sabido que la inspiración se encuentra en gran medida en George Orwell y en su Homenaje a Cataluña. Orwell lleva a España a finales de 1936 y relata en el libros sus experiencias como miliciano en el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) mostrando la represión que sufrió esta fuerza política antiestalinista por parte de los comunistas. A pesar de mantenerse dentro de un partido marxista, Orwell profesa su admiración por la labor revolucionaria anarquista en la ciudad de Barcelona; será una agradable sorpresa la del británico cuando encuentra en los libertarios a los verdaderos constructores del socialismo, no solo en el terreno económico, también en los hábitos cotidianos de la vida y teniendo en cuenta siempre la libertad como factor primordial. Insistimos en que hablamos de las memorias de un escritor tan importante como Orwell, referente moral en su crítica a regímenes totalitarios; no hemos entrado todavía en los entresijos de un guión cinematográfico, todo lo realista que se quiera, pero ficción al fin y al cabo. Orwell narrará también sus avatares en el frente, de febrero a mayo de 1937; el 20 de mayo será herido en el frente de Aragón y enviado de vuelta a Barcelona para encontrarse una situación muy distinta a la vivida meses antes: los estalinistas se han hecho con el control de la ciudad y se ha retornado a los privilegios burguesas de antaño. Veremos como el film de Loach, aunque de manera muy somera e incompleta, nos narra hechos similares.

David, hablando ya de la película, es un militante comunista inglés que asiste a una conferencia en su ciudad natal en la que se pide ayuda externa para la República en España. Asistiremos a la evolución de este personaje, de una ingenua militancia comunista original y un desconocimiento absoluto sobre la política española a una progresiva concienciación sobre lo que será la verdadera labor revolucionaria. David, ante la imposibilidad inicial de encontrar a sus camaradas comunistas, acaba enrolándose en una milicia del POUM; la película encuentra un valor al mostrar convivencia igualitaria entre hombres y mujeres, y entre personas de diversas nacionalidades que han acudido al auxilio de la libertad frente al fascismo; este espíritu de milicia será muy diferente, tal y como se expresa en alguna línea de diálogo, al militarizado del Ejército Popular controlado por los comunistas. Es conocido el respeto que tiene Loach por otorgar la mayor veracidad posible y, efectivamente, los actores elegidos son de diversas nacionalidades (muy al contrario de lo que observamos tantas veces en determinadas producciones), por lo que es primordial ver la versión original subtitulada de una película en la que se habla en varios idiomas. No obstante, el afán de Loach por mostrar a una izquierda "heterodoxa", o si se quiere "antiautoritaria", perfectamente unida resulta cuanto menos sospechosa; la deriva de la guerra y de la revolución, más que cualquier otro factor, fue lo que supuso que anarquistas y marxistas antiestalinistas caminaran finalmente juntos en algunos aspectos (especialmente, siendo objetivo de la represión estalinista), pero no es ni mucho menos un frente común el que pudieron hacer antes de esos acontecimientos, no puede simplificarse tanto en la historia y en la política.


Es tal vez mucho exigir, a un largometraje de ficción, que nos explique claramente la compleja situación política dentro del conflicto civil español. No obstante, creemos que sí es un justo reproche denunciar el excesivo halo romántico que desprende el film, rozando el maniqueísmo en algunos momentos, cuando quiere mostrársenos un frente revolucionario unido al margen de ideologías. La secuencia de la colectivización de la tierra, en determinado pueblo liberado de los fascistas, es uno de los logros más evidentes del film, resulta encomiable y emotiva en muchos aspectos; por lo que se dice, se buscó la espontaneidad de actores y extras, buscados entre auténticos militantes anarquistas en la actualidad y también entre personas que no pudieran entender el desarrollo de la revolución, lo que la otorga un mayor valor añadido. Sin embargo, esa secuencia es más bien aislada en el conjunto de la obra y el film adolece de una mayor concreción y contextualización; es decir, al final lo que tiene mayor peso es que se trata de un bonito film de oprimidos tomando, por fin, la "tierra prometida". No queremos entrar demasiado en lo que fue la verdadera política revolucionaria de una fuerza como el POUM ni en las disputas reales que pudieran tener con los anarquistas; sin embargo, resulta muy sospechoso en una película de obvio espíritu libertario la omnipresencia de este partido máxime cuando no se desea detallar, en la narración, política alguna y sí mostrar a los propios campesinos y trabajadores tomando los medios de producción para gestionar sus vidas.

En Tierra y libertad aparecen, de manera fugaz, los conocidos como hechos de mayo del 37; estos sucesos enfrentaron en Cataluña definitivamente, incluso con las armas, a revolucionarios anarquistas y poumistas con los representantes de la legalidad republicana, especialmente  con los comunistas. El film de Loach nos muestra, sin dar mayores explicaciones, el sitio a la central de Telefónica en Barcelona, un bastión de la CNT. Se trataba de una claro símbolo de las conquistas revolucionarias, que las fuerzas catalanistas de la Generalitat, junto a los comunistas y otros miembros de la legalidad republicana, no dudaron en atacar. Fue una táctica de los estalinistas y de sus aliados para arrebatar el poder a los comités obreros, que chocó enérgicamente con los trabajadores en armas. 

Desgraciadamente, la derrota final se produjo y se convirtió en uno de los símbolos del ocaso de la revolución libertaria. Aunque se comprende que es imposible en un largometraje explicarlo todo, resulta increíble la conversión de David; renuncia a la milicia y se alista en el ejército republicano por sus convicciones comunistas, por lo que se ve obligado a atacar el edificio de Telefónica y solo después de intercambiar unos cuantos tiros con los sitiados, y de intercambiar unas palabras con un compatriota inglés que se encuentra en el otro bando, ve la luz definitivamente, comprende que es una marioneta de los designios de Stalin y retorna a la lucha junto a la milicia reconciliándose con Blanca. Para explicar la política de Stalin en la guerra española, se nos explica en algún momento que el dictador soviético desea dar una buena imagen ante las democracias capitalistas (que jamás ayudaron a la República española), destruyendo la revolución y usando a los trabajadores "como piezas de ajedrez", para así lograr tratados comerciales. Es, al menos, una buena base para comprender el chantaje al que se vio sometida la república y el crecimiento de fuerzas tan minoritarias como el Partido Comunista y su versión regional del Partido Socialista Unificado de Cataluña.


 El personaje de Blanca, objeto del interés sentimental de David, es paradigmático. Tantas veces se ha aludido a ella como anarquista, pero ¿lo es realmente? Parece más una figura que trata de conciliar el marxismo heterodoxo, representado por un partido político (las alusiones de Blanca al POUM, a sus medios y a sus dirigentes, son excesivas para un personaje libertario), con el anarquismo; es significativo que el pañuelo que porta, aunque tantas veces se haya querido ver como rojinegro, sea en realidad de color rojo y acabe apareciendo al final de la película convertido en un símbolo para una nueva generación que canta… ¡la Internacional! No sería justo tampoco aludir, sin más, como argumento para criticar su obra, a la filiación política de Ken Loach, que siempre se ha dicho trotskista, pero su película resulta manipuladora en muchos aspectos y acaba en un terreno de aspecto más comunista que antiautoritario; para respetar el espíritu del film, hubiera sido necesario un mayor respeto por la estética anarquista como símbolo obvio del socialismo antiautoritario (no de una suerte de marxismo antiestalinista). La muerte de Blanca a manos de los comunistas estalinistas, ya convertidos en un ejército (incluido algún ex miembro de la milicia, que ya anteriormente había usado la argumentación oficial comunista de vencer primero en la guerra y luego ya vendrá la revolución), aunque es inevitable no emocionarse por su simbología, a poco que reflexionemos, resulta también forzada y manipuladora. No parece, a todas luces, un final satisfactorio para una película valiosa, pero cuestionable en tantos aspectos.

Sin embargo, Tierra y libertad tuvo un valor incuestionable. El estreno de la película en España, en 1995, un país con tantos problemas de memoria histórica, puso de nuevo en el candelero aspectos que también habían sido silenciados por la izquierda oficial. No es casualidad que el film no gustara nada al inefable Santiago Carrillo, ex dirigente comunista y estalinista en los tiempos de la Guerra Civil, y tratara de atacar lo que en ella se sostenía calificando a los revolucionarios protagonistas de "aventureros irresponsables"; nada nuevo, la ya manida argumentación estalinista, que afortunadamente no puede ya parar el empuje de la verdad histórica. Afortunadamente, al margen de polémicas y de la calidad del film, la película tuvo cierto calado en el público más joven y supuso cierto reforzamiento para la esperanza de una alternativa libertaria al sistema económico y político que sufrimos.


Extraído del blog: Reflexiones desde Anarres

lunes, septiembre 11

Basilio Martín Patino

El cineasta Basilio Martín Patino, fallecido hace escasos días, fue un autor libre, transgresor y original, tal vez no apto para todos los gustos, pero con una obra imprescindible, donde se suelen diluir la ficción y la realidad, para reflexionar y profundizar en el pasado y en su vínculo con la actualidad.
 A pesar de pertenecer a una familia conservadora, muy pronto se revelaría como un espíritu libertario, que se reflejará en su obra. Fue uno de los promotores de las Conversaciones de Salamanca, en 1955, evento de gran importancia que reunió a los mejores directores del momento. Después de varios cortometrajes, y del largo Tarde de domingo como trabajo de fin de carrera, su gran éxito llegará con Nueve cartas a Berta (1966), que recibió la Concha de Plata en el Festival de San Sebastián, lo cual posibilita su estreno teniendo una buena acogida por parte del público a pesar de los problemas con la censura. Este film, con un evidente transfondo social y político, es también un intento de experimentación, que puede que no sea del gusto de todos los paladares. Lo que sí hizo Martín Patino, desde el primer momento, es realizar películas transgresoras e innovadoras en busca de nuevas vía para la expresión artística. Nueva cartas a Berta, rodada en blanco y negro, nos cuenta la historia de Lorenzo, interpretado por el gran Emilio Gutiérrez Caba, que retorna a Salamanca después de pasar un verano en el extranjero y conocer allí a Berta, que le abre la puerta a otro mundo para vislumbrar la libertad. Se trata de un evidente retrato de la dictadura, con su opresión y mediocridad, narrado a través de las epístolas a Berta, que se pretenden salvadoras para escapar de ese mundo gris y frustrante. Será un film que dé punto de partida a una trilogía sobre el mismo tema, completada con Los paraísos perdidos (1985), que a través del retorno de una mujer al lugar de su infancia nos habla del exilio, el desarraigo y la esperanza, y Octavia (2002), obra que tuvo un posterior montaje al estrenado en cines, más del gusto del director, otro retorno para arreglar cuentas con el pasado y de nuevo un ejercicio cinematográfico innovador y arriesgado, que escapa a toda tentación académica.
 Martín Patino tendrá una carrera muy alejada de la convención y de la comercialidad, lo cual se sigue reflejando en su obra posterior a Nueve cartas a Berta: Canciones para después de una guerra (1971). Se trata de una propuesta muy original, de nuevo un estilo alejado de toda convención narrativa y académica, para desmitificar a los vencedores de la guerra civil, y burlarse de ellos de modo inteligente y humorístico, a través de sus cantos de exaltación patriótica. De nuevo, nos hallamos ante una obra brillante con un virtuoso trabajo de montaje, que afortunadamente tuvo una buena acogida por parte de un público ajeno al deliro fascista y deseoso de saber cómo fue aquella triste posguerra. Queridísimos verdugos, realizada en 1973, plasma la triste y cruel realidad de la España franquista a través de tres ejecutores de la pena capital, cuya realidad sobrepasa cualquier ficción propia de Azcona y Berlanga.

Constituye esta película documental, más allá de la mera denuncia del asesinato legalizado, un retrato retrato feroz de una determinada sociedad y una reflexión nítida y devastadora sobre el poder. Esta obra, junto a Caudillo (1974), se rodarán de forma clandestina y no podrán ser estrenadas hasta la muerte del dictador. El retrato de Franco es un inteligente análisis de una personalidad autoritaria, que siguió controlando y oprimiendo la sociedad española hasta el último momento. De nuevo un inmejorable testimonio sobre una época con tragedia y humor, y una patética epopeya por parte de unos patéticos y crueles fascistas. Madrid (1987) nos muestra a una realizador alemán de televisión, que recibe el encargo de hacer un documento sobre la capital y la guerra civil en el 50 aniversario de la misma, lo cual posibilita una nueva reflexión sobre el pasado y la actualidad, además de sobre el propio cine y los límites difusos entre la ficción y la realidad. No es casualidad, que el protagonista Hans acabe sustituido por los productores en la realización audiovisual, ya que su apuesta final es firmemente por la libertad.
 Casas Viejas. El grito del sur (1996) es un documental, donde se confunden la realidad y la ficción, que de nuevo nos presenta un estilo cinematográfico original e innovador. No hay que equivocarse, la invención de personajes y situaciones le sirve al autor para profundizar en uno de los episodios más vergonzosos de la Segunda República. Tal vez, con su propuesta, Martín Patino trató de alejarse de la objetividad histórica, de una recreación fidedigna de lo sucedido, para presentarnos una reflexión crítica sobre unos hechos susceptibles de diversas lecturas e interpretaciones. En palabras del propio autor: “Si algún día hubiera de utilizarse el cine como gran testimonio del siglo XX no será por la credibilidad de lo que llamamos documentales cinematográficos. El conocimiento del siglo habrá que buscarlo en las películas de ficción que objetivan más fielmente las conductas y problemas del tiempo”. De lo que no cabe ninguna duda es que después de visionar Casas Viejas. El grito del sur el espectador conocerá algo mejor sobre la insurrección aquellos campesinos en la población gaditana y su posterior y cruel represión. Con su último film, Libre te quiero (2012), realiza un documento de estilo impresionista puro, que comienza con la confluencia de manifestantes del 15M en la Puerta del Sol, continúa con la posterior acampada, mostrada como una especie de ciudad paralela autogestionada y asamblearia, para luego recoger la extensión del movimiento por barrios y localidades de toda España. Como ya se ha dicho, la obra nace de un encuentro, ya que Martín Patino se encontraba en el lugar adecuado para dar el pistoletazo de salida a la narración y para comprobar la alegría y espontaneidad de la gente para tratar de cambiar las cosas. Libre te quiero, que toma prestado el título del poema de Agustín García Calvo, es un inmejorable testamento cinematográfico de una realizador original, libre y transgresor.

domingo, marzo 31

El experimento

Película: Das experiment (El experimento, basada en hechos reales)

Sinopsis: En el verano de 1971, unos investigadores de la Universidad de Stanford, subvencionados por la Armada de los Estados Unidos, se ponen al frente de un estudio de una ética . Con el gancho de un salario igualmente deplorable, 24 personas (mal consideradas "voluntarias" dada su condición de asalariadas) son sometidas a un experimento humano que adquirirá magnitudes terribles. En el marco de una prisión convencional, las primeras rejas cerrándose marcarán la línea que separará al grupo en dos: quienes quedan detrás de los barrotes y aquellxs que poseen las llaves y las armas bajo las que encerrarles. Las repercusiones que esta división de roles tendrá en cada unx de lxs afectadxs no son más que el espejo alarmante de los efectos que, día a día, tienen sobre nosotrxs mismxs todos los roles que se nos impone desde esta sociedad.