José A. Miranda
Introducción de Miguel Amorós
La humanidad está hecha de tiempo, o sea, de historia, y eso es algo que
siempre inquietó a las sociedades humanas, que se esforzaron en
ignorarla, negando el tiempo concreto de diversas maneras. Para Mircea
Eliade, el menosprecio de la historia y del tiempo profano de la
sociedad tradicional obedecía a «cierta valoración metafísica de la
existencia humana» muy distinta a la del pensamiento historicista
burgués, la conciencia abstracta de un tiempo solo superficialmente
humanizado. Con el dominio de la burguesía, el tiempo se puso, por así
decir, en movimiento y pasó a significar el devenir irreversible de los
acontecimientos, no la constante repetición de lo mismo. [...] El tiempo
es oro, dice el refrán. Pero el tiempo del mercader no solo ha sido el
tiempo de la producción económica, sino el de la maquinaria que la hizo
posible.
La Neurosis o Las Barricadas Ed., Colección Lmentales nº5. Madrid 2016
68 págs.
jueves, septiembre 1
lunes, agosto 29
Narcocultura: necropolítica, capitalismo gore y ultraviolencia
A principios de los años ochenta la
cocaína se convirtió en la mercancía más rentable del mundo. No era una
sustancia nueva, se llevaba utilizando desde hacía casi un siglo, pero
el sistema económico estaba cambiando y la sociedad lo hacía con él. La
cocaína era la droga perfecta para un capitalismo que necesitaba cuerpos
capaces de aguantar más, de producir más, de consumir más. La mano
invisible del mercado temblaba por el mono. Desde entonces, este aumento
del consumo ha incrementando también la importancia económica y social
del narcotráfico. Así, en las últimas décadas se ha generado una
subcultura con códigos propios alrededor del fenómeno del narco. Su
producto más conocido son los narcocorridos, canciones con el ritmo de
los corridos tradicionales pero con letras que tienen como protagonistas
a cárteles y narcotraficantes. La banda sonora de un capitalismo que ha
convertido la depredación de cuerpos en su principal actividad. La
música que pondrías en tu iPod si tuvieses que torturar a alguien.
Necropolítica cantada por mariachis.
Fanzine editado por Antipersona
viernes, agosto 26
El crecimeinto económico...
El
crecimiento económico descansa en la mundialización de las finanzas y
en la mercantilización del espacio público o común, incluida la de sus
usos antaño libres. El territorio, como soporte de grandes
infraestructuras (y también como segunda residencia, espacio lúdico,
paisaje, reserva, vertedero, plataforma logística, fuente de producción
de energía…) se convierte en pieza clave de la mercantilización total.
La cuestión social por excelencia no se plantea desde el terreno laboral, pues el trabajo es secundario en la valorización (en la conversión de un bien en mercancía), sino desde el territorio, porque la construcción de un espacio apropiado es fundamental en la constitución del mercado global. Pero eso también es su punto débil. La defensa del territorio cuestiona directamente la naturaleza de la globalización y obstruye su funcionamiento. Es pues el factor principal de la moderna lucha de clases. El conflicto territorial configura una nueva clase, una clase proletaria que se forma en la medida en que se excluye, en la medida en que disuelve esa valorización. En la medida en que no consume, no vota, no trabaja por un salario; en la medida en que se autoabastece, cuida su salud y se autoeduca. En la medida en que se ruraliza, o aún mejor, que establece relaciones directas con el campo, que crea una colectividad en el campo o conectada con él.
Desde el propio campo, o desde lo que queda de él, la defensa del territorio no constituye “un mundo”, un lugar de la conciencia, habitado por un sujeto histórico. El habitante del campo ha perdido la memoria, y, por lo tanto, se halla fuera de la historia. No existe como comunidad territorial real dentro de un espacio abstracto oficial, en conflicto con él. La hubo, pero ya no la hay. Lo rural es hoy subsidiario de lo urbano. Está de alguna forma urbanizado. Ha de recrearse para existir realmente y eso no puede hacerse sin oponerse a la urbanización, sin desurbanizar. Paradójicamente, eso no significa destruir lo urbano, ya destruido, sino volver a lo realmente urbano, al ágora. La lucha antiurbanizadora es tanto una lucha por el campo, como por la ciudad.
La primera contradicción del combate en defensa del territorio surge por el hecho de la concentración de la población en las conurbaciones o sistemas urbanos, donde los conflictos sociales suelen mostrarse como laborales, dentro de la economía, sin cuestionarla. La fuerza de trabajo ha de competir con la maquinaria, el ahorro y la eficiencia, por lo que la tasa de explotación puede aumentar sin que lo haga necesariamente la plusvalía. Esto es así porque el “valor añadido” a la mercancía no proviene de los bajos salarios, de la sobreexplotación, sino de la tecnología y la hipermovilidad. Los propietarios de la fuerza de trabajo, los obreros, no son prácticamente necesarios como productores, pero lo son, y mucho, como consumidores.
Por un lado tienden a ser expulsados del mercado de trabajo, luego a desclasarse; por el otro tienden a ser integrados en el consumo, luego a atomizase y masificarse. Por eso, ya no combaten contra la explotación, sino contra la exclusión. Tampoco rechazan el estilo de vida consumista; simplemente no tienen otra opción que esforzarse en mantenerlo.
El conflicto laboral no trasciende inmediatamente el orden porque no cuestiona la dominación, ni la forma de vida bajo la dominación. Es un conflicto urbano, que obedece al modo de vida urbano enteramente sometido a los imperativos de la economía global.
En el proceso de descomposición de la sociedad de masas, que es una sociedad urbana, se producen multitud de conflictos laborales y otros de índole similar (sobre pensiones, prestaciones sociales, hipotecas, pequeñas inversiones…) intranscendentes por sí mismos, contingentes, anecdóticos. Al reivindicar algo perfectamente plausible en el marco del sistema, se pide que el sistema funcione mejor, que la carga esté mejor repartida. El conflicto laboral no tiene solución extra laboral. Ninguna organización, y mucho menos una comunidad de lucha, nace de él. Es repetitivo, no acumulativo. No cuestiona el sistema capitalista, ni objetiva ni subjetivamente, sino que reivindica un sitio más holgado dentro de él, con mejores salarios, contratos seguros, horarios más reducidos y condiciones más gratas. Todo muy legítimo, pero si no se actúa contra el sistema no se forma una clase; la clase nace en lucha contra él. Y, al revés, no hay verdadera lucha de clases sin una clase luchadora, pero no puede existir tal clase sin conciencia de sí misma. El conflicto laboral no aporta esa conciencia. En general, sin un rechazo previo de las condiciones de vida impuestas, sin una voluntad de segregación, sin una separación entre “mundos”, no hay cuestionamiento posible, ni conciencia que valga. Dadas las actuales condiciones industriales y financieras, hoy la clase explotada o es antidesarrollista o no es clase. Los conceptos de mercancía, miseria, riqueza, explotación, exclusión, clase, etc., han de redefinirse desde la óptica del antidesarrollismo.
La verdadera crítica del régimen industrial y financiero apareció en la conurbación como crítica de la vida cotidiana (que es crítica del patriarcado y crítica ecológica), desligada tanto de una base territorial como de una base laboral. Esa separación de la praxis es un problema mayor que sólo puede superarse mediante la unificación de la crítica teórica, globalmente antidesarrollista, con los conflictos urbanos y territoriales. El factor consciente lo proporciona la propia irresolubilidad del conflicto en el marco del sistema. Solamente en ese sentido, las derrotas pueden ser victorias.
Las organizaciones, formales o informales, defensivas o constructivas, han de fijarse objetivos a corto plazo que superen los límites del sistema, de acuerdo con unos principios estratégicos adecuados. Para eso la lucha real obliga a prescindir de los órganos de integración como partidos, asociaciones legalistas y sindicatos. También ha de desconfiar de los movimientos sociales que no los cuestionen y prevenirse contra sus partidarios. Ha de adoptar estructuras horizontales, asamblearias, antiestatistas, impidiendo determinados mecanismos de obstrucción y de delegación. En el instante en que lo haga, podrá transformarse en una lucha por la comunidad urbana anticapitalista.
La violencia de dicha lucha no determina su radicalidad; es cien veces preferible la astucia. Si no se atiene a la autodefensa, la violencia no es más que una afirmación de impotencia: impotencia por organizarse autónomamente, impotencia por dotarse de medios eficaces, impotencia por separarse de condicionamientos políticos y sindicales, por no saber por dónde tirar, adónde ir. Es un acto de pura negación, desprovisto de pasión creadora. Se rechaza un sistema, pero no se afirma otro. No se construye sobre pura negatividad. Lo peor es que derive en estética individualista y trate de justificarse así, caminando en círculo y volviendo al principio. La cólera de la insatisfacción no puede transitar por caminos distintos de los de la conciencia, que son los de la praxis diaria. La respuesta no puede ir separada del objetivo y éste no puede limitarse a la destrucción.
La lucha social urbana ha de tratar de asimilar la problemática territorial y ver que el campo y la metrópolis son escenarios de un mismo combate. Esa confluencia implica la asimilación de ciertos elementos críticos nuevos asociados a la formulación de otro tipo de derechos (a la alimentación sana, al agua, al territorio, al aprendizaje libre, a la atención y cuidado solidarios, a la asamblea, a la defensa…). Se trataría menos de un nuevo código de leyes que de una suma de costumbres libres a reinstituir. Los elementos arriba aludidos más evidentes son la crítica del consumismo y la crítica de la política. El principal es la crítica del trabajo asalariado. Reuniendo todas las críticas en una, la cuestión de la desposesión moderna quedará replanteada. El antidesarrollismo deriva de ella.
El nuevo sujeto ha de encontrar su espacio, hacerse su espacio (su mundo), tanto en el territorio como en la conurbación. Ha de desertar de la conurbación y, o bien reocupar el territorio, o bien transformarla en territorio. A lo largo de esa deserción y de ese cambio, que nunca se producirán sin lucha (por el territorio, por la ciudad), se constituirá como clase. Pero no se formará en el lugar de trabajo, que es un no lugar, sino en la perspectiva de su abandono. No se construye en el acomodo, sino en la ruina.
La cuestión social por excelencia no se plantea desde el terreno laboral, pues el trabajo es secundario en la valorización (en la conversión de un bien en mercancía), sino desde el territorio, porque la construcción de un espacio apropiado es fundamental en la constitución del mercado global. Pero eso también es su punto débil. La defensa del territorio cuestiona directamente la naturaleza de la globalización y obstruye su funcionamiento. Es pues el factor principal de la moderna lucha de clases. El conflicto territorial configura una nueva clase, una clase proletaria que se forma en la medida en que se excluye, en la medida en que disuelve esa valorización. En la medida en que no consume, no vota, no trabaja por un salario; en la medida en que se autoabastece, cuida su salud y se autoeduca. En la medida en que se ruraliza, o aún mejor, que establece relaciones directas con el campo, que crea una colectividad en el campo o conectada con él.
Desde el propio campo, o desde lo que queda de él, la defensa del territorio no constituye “un mundo”, un lugar de la conciencia, habitado por un sujeto histórico. El habitante del campo ha perdido la memoria, y, por lo tanto, se halla fuera de la historia. No existe como comunidad territorial real dentro de un espacio abstracto oficial, en conflicto con él. La hubo, pero ya no la hay. Lo rural es hoy subsidiario de lo urbano. Está de alguna forma urbanizado. Ha de recrearse para existir realmente y eso no puede hacerse sin oponerse a la urbanización, sin desurbanizar. Paradójicamente, eso no significa destruir lo urbano, ya destruido, sino volver a lo realmente urbano, al ágora. La lucha antiurbanizadora es tanto una lucha por el campo, como por la ciudad.
La primera contradicción del combate en defensa del territorio surge por el hecho de la concentración de la población en las conurbaciones o sistemas urbanos, donde los conflictos sociales suelen mostrarse como laborales, dentro de la economía, sin cuestionarla. La fuerza de trabajo ha de competir con la maquinaria, el ahorro y la eficiencia, por lo que la tasa de explotación puede aumentar sin que lo haga necesariamente la plusvalía. Esto es así porque el “valor añadido” a la mercancía no proviene de los bajos salarios, de la sobreexplotación, sino de la tecnología y la hipermovilidad. Los propietarios de la fuerza de trabajo, los obreros, no son prácticamente necesarios como productores, pero lo son, y mucho, como consumidores.
Por un lado tienden a ser expulsados del mercado de trabajo, luego a desclasarse; por el otro tienden a ser integrados en el consumo, luego a atomizase y masificarse. Por eso, ya no combaten contra la explotación, sino contra la exclusión. Tampoco rechazan el estilo de vida consumista; simplemente no tienen otra opción que esforzarse en mantenerlo.
El conflicto laboral no trasciende inmediatamente el orden porque no cuestiona la dominación, ni la forma de vida bajo la dominación. Es un conflicto urbano, que obedece al modo de vida urbano enteramente sometido a los imperativos de la economía global.
En el proceso de descomposición de la sociedad de masas, que es una sociedad urbana, se producen multitud de conflictos laborales y otros de índole similar (sobre pensiones, prestaciones sociales, hipotecas, pequeñas inversiones…) intranscendentes por sí mismos, contingentes, anecdóticos. Al reivindicar algo perfectamente plausible en el marco del sistema, se pide que el sistema funcione mejor, que la carga esté mejor repartida. El conflicto laboral no tiene solución extra laboral. Ninguna organización, y mucho menos una comunidad de lucha, nace de él. Es repetitivo, no acumulativo. No cuestiona el sistema capitalista, ni objetiva ni subjetivamente, sino que reivindica un sitio más holgado dentro de él, con mejores salarios, contratos seguros, horarios más reducidos y condiciones más gratas. Todo muy legítimo, pero si no se actúa contra el sistema no se forma una clase; la clase nace en lucha contra él. Y, al revés, no hay verdadera lucha de clases sin una clase luchadora, pero no puede existir tal clase sin conciencia de sí misma. El conflicto laboral no aporta esa conciencia. En general, sin un rechazo previo de las condiciones de vida impuestas, sin una voluntad de segregación, sin una separación entre “mundos”, no hay cuestionamiento posible, ni conciencia que valga. Dadas las actuales condiciones industriales y financieras, hoy la clase explotada o es antidesarrollista o no es clase. Los conceptos de mercancía, miseria, riqueza, explotación, exclusión, clase, etc., han de redefinirse desde la óptica del antidesarrollismo.
La verdadera crítica del régimen industrial y financiero apareció en la conurbación como crítica de la vida cotidiana (que es crítica del patriarcado y crítica ecológica), desligada tanto de una base territorial como de una base laboral. Esa separación de la praxis es un problema mayor que sólo puede superarse mediante la unificación de la crítica teórica, globalmente antidesarrollista, con los conflictos urbanos y territoriales. El factor consciente lo proporciona la propia irresolubilidad del conflicto en el marco del sistema. Solamente en ese sentido, las derrotas pueden ser victorias.
Las organizaciones, formales o informales, defensivas o constructivas, han de fijarse objetivos a corto plazo que superen los límites del sistema, de acuerdo con unos principios estratégicos adecuados. Para eso la lucha real obliga a prescindir de los órganos de integración como partidos, asociaciones legalistas y sindicatos. También ha de desconfiar de los movimientos sociales que no los cuestionen y prevenirse contra sus partidarios. Ha de adoptar estructuras horizontales, asamblearias, antiestatistas, impidiendo determinados mecanismos de obstrucción y de delegación. En el instante en que lo haga, podrá transformarse en una lucha por la comunidad urbana anticapitalista.
La violencia de dicha lucha no determina su radicalidad; es cien veces preferible la astucia. Si no se atiene a la autodefensa, la violencia no es más que una afirmación de impotencia: impotencia por organizarse autónomamente, impotencia por dotarse de medios eficaces, impotencia por separarse de condicionamientos políticos y sindicales, por no saber por dónde tirar, adónde ir. Es un acto de pura negación, desprovisto de pasión creadora. Se rechaza un sistema, pero no se afirma otro. No se construye sobre pura negatividad. Lo peor es que derive en estética individualista y trate de justificarse así, caminando en círculo y volviendo al principio. La cólera de la insatisfacción no puede transitar por caminos distintos de los de la conciencia, que son los de la praxis diaria. La respuesta no puede ir separada del objetivo y éste no puede limitarse a la destrucción.
La lucha social urbana ha de tratar de asimilar la problemática territorial y ver que el campo y la metrópolis son escenarios de un mismo combate. Esa confluencia implica la asimilación de ciertos elementos críticos nuevos asociados a la formulación de otro tipo de derechos (a la alimentación sana, al agua, al territorio, al aprendizaje libre, a la atención y cuidado solidarios, a la asamblea, a la defensa…). Se trataría menos de un nuevo código de leyes que de una suma de costumbres libres a reinstituir. Los elementos arriba aludidos más evidentes son la crítica del consumismo y la crítica de la política. El principal es la crítica del trabajo asalariado. Reuniendo todas las críticas en una, la cuestión de la desposesión moderna quedará replanteada. El antidesarrollismo deriva de ella.
El nuevo sujeto ha de encontrar su espacio, hacerse su espacio (su mundo), tanto en el territorio como en la conurbación. Ha de desertar de la conurbación y, o bien reocupar el territorio, o bien transformarla en territorio. A lo largo de esa deserción y de ese cambio, que nunca se producirán sin lucha (por el territorio, por la ciudad), se constituirá como clase. Pero no se formará en el lugar de trabajo, que es un no lugar, sino en la perspectiva de su abandono. No se construye en el acomodo, sino en la ruina.
Editorial Revista Argelaga nº 3
martes, agosto 23
La quiebra de la ciudad horizontal. El caso de Bon Pastor (Barcelona)
Stefano Portelli
A
menudo las luchas antidesarrollistas se centran en los ámbitos rurales,
el campo o los valles afectadas por el TAV o por la MAT. La expansión
de las ciudades, la urbanización del campo, es sin duda el aspecto más
visible de la compulsión por el crecimiento que está destruyendo nuestro
hábitat. Pero la ciudad no crece sólo en extensión; crece también sobre
sí misma, aplastando zonas y ambientes consolidados, y sustituyéndolos
con nuevos espacios más adecuados a los imperativos económicos. Así, las
luchas contra la especulación en los barrios y en defensa del
territorio urbano también tienen que interpretarse como una
batalla contra el desarrollo capitalista, ya que al modelo neoliberal
también se pueden oponer formas y estilos de usar la ciudad que permitan
socializar la cotidianidad, colectivamente proveer a nuestros
transportes, diversión, gestión de las relaciones, hasta abastecimiento
alimentario.
Hay
lugares en la ciudad que surgen de este tipo de experiencias colectivas
de autogestión y no necesariamente son ocupaciones o centros sociales.
Pueden ser también barrios populares, como las Casas Baratas de Bon
Pastor, en Barcelona. Cuando lo conocí, este barrio era una extensión de
casi 800 viviendas de planta baja debajo de los árboles, justo en la
orilla del río Besós: los habitantes habían pintado las fachadas a su
gusto, y el entramado de pequeñas calles ortogonales se abría en tres
plazoletas con los bancos y la fuente, que aún cumplían la función de
lugares de encuentro y conversación. Era el más antiguo polígono de
viviendas protegidas de Barcelona. Estigmatizado desde su nacimiento,
fue una de las zonas de la ciudad donde más fuerza tuvo el
anarcosindicalismo «callejero» de los años treinta: bombardeado por
Franco, fue despreciado y abandonado por las administraciones
municipales, tanto republicanas como fascistas y demócratas; si sus
viviendas aguantaron hasta el 2007, fue por la labor constante de
mantenimiento de los espacios que los habitantes hacían ya por
costumbre.
Durante
los siete años que duró nuestra investigación (2004-2011), el
Ayuntamiento de Barcelona derribó la mitad de las casas. A los
habitantes —todos inquilinos del Ayuntamiento— se prometieron pisos de
compra, a construir en los terrenos liberados por los derribos, y la
Generalitat ofreció ayudas para abaratar las hipotecas, obviamente a
estipularse con un banco escogido por ellos. El paradigma de la
modernidad, la retórica sobre la obsolescencia de lo antiguo, los
discursos sobre «el tren del progreso» se utilizaron obsesivamente para
convencer a los habitantes de las Casas Baratas para que firmaran los
documentos necesarios y empezar este destructivo «Plan de Remodelación»:
en particular, la renuncia a cualquier compensación económica por el
desahucio forzoso.
Un proceso de destrucción masiva del patrimonio
histórico, de masificación urbanística y de reducción de la diversidad
constructiva urbana, fue presentado como un beneficio para los
afectados; la Asociación de Vecinos local (cuyos miembros pertenecían a
los mismos partidos que gobernaban Ayuntamiento y Generalitat, pero casi
ninguno de ellos vivía en las casas a derribar) durante años trabajó
para convencer a todo el barrio de que los nuevos pisos eran un «regalo
del cielo» y que pedir indemnizaciones hubiera sido boicotear el
«progreso».
Pero
nada es gratis, como sabemos bien los antropólogos. En octubre de 2007
algunas familias que no quisieron aceptar este regalo, prefiriendo
reclamar las indemnizaciones que les tocaban por ley, fueron desalojadas
a palos por los antidisturbios de la Guardia Urbana del Ayuntamiento,
con una orden firmada por un juez administrativo del mismo. El barrio
bajó la cabeza y se cedió a la voluntad de los más potentes hasta junio
de 2010, cuando hubo otro resurgimiento de dignidad, con una «jornada de
ocupación» espontánea, en la cual un centenar de habitantes abrieron 22
casas que el Ayuntamiento había cerrado, reivindicándolas para las
familias del barrio. Otra vez la respuesta municipal fue contundente,
dejando de nuevo el barrio de Bon Pastor contra la pared, ante la
violencia y la implacabilidad del poder municipal. Públicamente, aún es
difícil que en el barrio se admita lo que algunos dijeron desde el
principio: que todo el proceso de derribo fue una enorme estafa, cuya
finalidad era aumentar el patrimonio inmobiliario de la Administración, a
expensas de las necesidades y de las vidas de sus habitantes —es decir,
de los pocos ciudadanos de Barcelona que aún disfrutaban de una
política de vivienda pública sostenible.
Y
eso no es todo. Porque en los ochenta años de vida del polígono de
Casas Baratas, sus habitantes habían realmente «progresado», en un
sentido muy diferente del habitual. Entrevistando a la gente, viviendo
allí durante años, luchando juntos con ellos para reivindicar las
indemnizaciones, para reclamar mejores condiciones de traslado,
estudiando juntos soluciones alternativas al derribo, entendimos hasta
que punto los ochenta años de cohabitación en ese mismo espacio habían
creado lazos muy especiales. «Era como si viviéramos todos en la misma
casa, pero en habitaciones diferentes», me dijo una vez una mujer,
nacida y crecida en las Casas Baratas. Sus calles eran patios de juego
para los pequeños y salas de estar comunes de los vecinos; apoyadas en
las puertas, las vecinas vigilaban la calle, saludaban a quién pasaba y,
a menudo, sacaban sillas y tumbonas para pasar los ratos libres en el
fresco. En verano, las piscinitas sobre el asfalto convertían ese
espacio abandonado de la periferia en una ciudad ideal para los niños. Y
la apoteosis de ese uso intensivo de la calle era obviamente la fiesta
de Sant Joan: «una discoteca en cada calle», y las hogueras alrededor de
las cuales los habitantes cada año hacían «borrón y cuenta nueva» de
sus conflictos de vecindario.
Así,
mientras los partidarios de la demolición alimentaban la falsa
dicotomía entre «nostalgia» y «modernidad», el barrio nos dio infinitas
señales de que, anteriormente al «Plan de Remodelación», los habitantes
de Bon Pastor ya habían puesto en marcha una dinámica de crecimiento
cultural de larga duración. Las Casas Baratas eran un
«barrio-resistencia» que, con su propio funcionamiento habitual, ponía
en cuestión muchos de los implícitos sobre qué es y cómo tiene que ser
una ciudad. En primer lugar, cuestionando de quién son las calles.
Naturalmente, prohibir las hogueras de Sant Joan en toda la ciudad (en
Bon Pastor tardaron algún año más en apagarse) fue un golpe muy duro
para esta sociabilidad de calle y para el mantenimiento de las
relaciones de cohabitación: Sant Joan era aún una fiesta de catarsis
colectiva y purificación de los «malos espíritus», es decir de los
conflictos. La tendencia cada vez más de la Administración a crear
espacios públicos de puro tránsito, con todos los dispositivos que han
ido llenando nuestras ciudades en estos años, tenían que chocar contra
un sitio en que la vida en la calle era: primero, una necesidad obligada
por la conformación urbanística y la densidad de población en cada
vivienda, luego un extraordinario instrumento para la cohesión social y
la convivencia. Las calles de Bon Pastor eran parte de un sistema de convivencialidad, como diría Ivan Illich. No eran del todo públicas, y menos aún privadas.
Eso
se aplica también a las viviendas. Como decían los habitantes de Bon
Pastor, «las casas son nuestras». Para justificarlo, contaban una
historia de la cual no queda constancia escrita: que el Ayuntamiento
engañó a la gente, porque los terrenos en los que se construyó el barrio
eran de una Marquesa que los había cedido «a los pobres», y con el
tiempo las viviendas tenían que ser de propiedad. Todas las fuentes
oficiales se han apresurado a definir como falsos estos rumores; pero en
antropología sabemos que a este tipo de narraciones se les puede bien
llamar con otro nombre; el cuento de la Marquesa es un mito. No
importa si es verdadero o falso: sirve para dar fundamento a una
realidad más profunda, que los habitantes de las Casas Baratas sienten
que las casas les pertenecen, al menos tanto como ellos les pertenecen a
ellas. Las han habitado sus padres y abuelos, reconstruido después de
las bombas, pintado y modificado cada rincón; la propiedad legal de los
terrenos poco importa ante esta evidencia histórica, pues estarían en el
suelo sino fuera por ellos. Si fuera un pueblo indígena, hablaríamos de
derecho consuetudinario: los habitantes de Bon Pastor (al menos, la mayoría de ellos) se han comportado con las Casas Baratas como si les pertenecieran.
Por eso es legítimo poner en duda el derecho legal del Ayuntamiento a
obrar en esos terrenos. Aún más si es para demoler las viviendas. Vemos
así como desde la extrema periferia de la ciudad nos llegan elementos
para poner en duda lo que es más central para el orden económico de la
ciudad, el derecho a la propiedad del suelo urbano, del patrimonio inmobiliario, de la vivienda, del espacio, público y privado.
Un
último apunte sobre las dinámicas de gestión de la «diversidad
cultural», así llamada. Cuando se construyeron esas viviendas —y con las
de Bon Pastor, también otros tres polígonos en terrenos igualmente
aislados del área metropolitana— se enviaron allí a grupos de
«indeseables» de todo origen, muchísimos inmigrantes del sur de España,
murcianos y andaluces, y también muchos catalanes expulsados de los
barrios del centro en curso de recalificación. Allí fueron a parar
muchos de los antiguos barraquistas de Montjuïc (y algunas de sus
«barracas» eran casitas rurales de ladrillos, con dirección y número de
placa), así como mucha gente que vivía en el Raval, en El Clot, en La
Sagrera y en Sants. Al cabo de pocos años, las diferencias sociales,
lingüísticas, culturales, habían cedido a la necesidad común de
autorganizarse y luchar: allí la huelga de alquileres empezó en 1930,
pocos meses después de la asignación de las casas. «Desheredados» y
expulsados a la periferia, estos «indeseables» crearon una cultura común
inclusiva y adaptable, capaz de hacer frente al racismo y al clasismo
institucional sin reproducir en su interior las tensiones entre grupos.
Durante toda la historia del barrio hubo matrimonios entre inmigrantes y
catalanes, entre charnegos y «catalans catalans», como los llama
Francesc Candel, un escritor que se obsesionó con ver si los habitantes
de las Casas Baratas se convertirían en verdaderos catalanes. «Yo soy
catalán, pero hablo castellano», me dijo un hombre de Bon Pastor que se
llamaba como él. Nada más fácil.
Cuando,
a partir de los setenta, empezaron a llegar los gitanos, esta capacidad
de inclusión se mantuvo. El lenguaje de quién vive en las Casas Baratas
nos choca por racista y ofensivo, por la falta de tacto o corrección
política. Pero los hechos demuestran que allí a menudo no es fácil saber
realmente quién es gitano o payo: la colaboración en las necesidades de
cada día, vigilar la calle cuando los niños están fuera, picar a la
puerta a una anciana que no sale hace tiempo son prácticas de
convivencia que refuerzan los vínculos entre familias, tanto gitanas
como payas. Habiendo vivido cerca durante décadas, no es raro
escuchar frases como «A los gitanos no los soporto; pero los de mi calle
son muy buenas personas, nos ayudamos en todo». En una época en que el
resurgimiento del racismo, y hasta su promoción institucional, es una
constante en toda Europa, la capacidad integradora espontánea de un
barrio popular de la periferia puede darnos muchas ideas, a la hora de
imaginar una sociedad antirracista.
Así
que, la demolición de las Casas Baratas, que seguirá en los próximos
años hasta abatir las últimas 400 que quedan de pie, borrará del mapa de
Barcelona también una serie de interpretaciones alternativas de la
ciudad, un conjunto de dinámicas sociales y culturales —una cultura popular— que cuestionaba en profundidad el discurso urbano dominante, contraponiendo al derecho oficial la práctica del uso.
(Esta es una cuestión sobre la cual Giorgio Agamben está escribiendo en
estos años palabras iluminadoras). Mi hipótesis es que este conjunto
cultural tiene que ver con el pasado anarcosindicalista de las Casas
Baratas, con que la peculiar conformación urbanística haya permitido que
tantos elementos de ese proceso de emancipación colectiva siguieran
impregnando este espacio, sus muros y sus plazas, a pesar de las bombas,
de las represalias y de los carteles «prohibido jugar a pelota». Y si
quienes viven hoy allí saben poco de las luchas de sus abuelos. Sin
embargo, en sus vidas cotidianas reproducen y contribuyen a transmitir
algo de sus logros, de su insumisión al poder y al discurso dominante,
de su hostilidad hacia los intentos de control sobre el espacio.
Por
esta razón es sorprendente la distancia que hay ahora entre quien vive y
resiste cotidianamente en el barrio y los movimientos sociales de la
ciudad, cuyas raíces son esa misma historia de autonomía y oposición al
poder municipal, que en las Casas Baratas permanece inscrita en los
espacios y en sus usos cotidianos. Durante muchos años de actividad
política en Bon Pastor me he dado cuenta de lo difícil que es que los
habitantes de las Casas Baratas, a pesar de la durísima lucha que
conducían contra las administraciones de la ciudad, consiguieran
despertar el interés del mundo activista.
Hubo casos esporádicos (y sin
duda importantes) de solidaridad concreta desde otros barrios, centros
sociales y redes contra la especulación; pero en la cotidianidad los
mundos siempre estuvieron separados. Las barreras construidas alrededor
del barrio —tanto a nivel físico, con la infeliz posición del polígono,
como social, con la estigmatizan y la creación de mitos negativos sobre
sus habitantes— siguen vivas y activas, y nos impiden ver que
pertenecemos a una historia común, más allá de las diferencias
culturales, sociales e incluso lingüísticas. Sobre todo, nos impiden
comprender hasta qué punto podemos aprender desde lugares como estos, que a menudo nos apresuramos a clasificar como externos a nuestros ámbitos de pertenencia.
Las
Casas Baratas eran una «ciudad horizontal»: un lugar donde, con la
práctica, se afirmaba el derecho a no ser gobernados, a no ser
controlados, a odiar a los líderes. En 1934, los niños de la escuela
pidieron que el barrio se llamara Vilabesós, rechazando el nombre
del militar que había dado la dictadura de Primo de Rivera al barrio y
también el del nacionalista catalán que había escogido la República.
Después, durante el fascismo, llegó un cura que decidió dar al barrio el
nombre de Bon Pastor: el pastor era él, y los habitantes unas
«ovejas descarriadas», anticlericales y autónomas, que él se proponía
redimir. Como él, otros misioneros que los diferentes partidos
comunistas clandestinos enviaron al barrio en los sesenta, buscaban
ovejas que dieran números a sus movilizaciones: así surgió la Asociación
de Vecinos. Son fragmentos de un largo proceso de verticalización de
un barrio que había sido horizontal —urbanística y socialmente. La
demolición de las casas es la culminación de este proceso y el nuevo
barrio vertical con que se están sustituyendo, reorganizando
completamente el espacio según criterios planificados fuera de él, está
acabando de disgregar la comunidad, invalidando todos sus instrumentos
para la convivencia; sancionando definitivamente el cierre de ese tiempo
de horizontalidad, de control descentralizado del espacio, de
autogestión. En la monografía etnográfica que estamos a punto de
publicar, y que se llamará La ciudad horizontal, describo con detalle cómo se articuló todo ese proceso y cuáles fueron sus impactos sociales.
Esa
sustitución empezó con las bombas que descargó sobre el barrio la
aviación fascista italiana en 1939. Uno de los niños que murieron ese
día en las Casas Baratas se llamaba Progreso, un típico nombre
anarquista de principios de siglo. El sueño de un progreso popular
autónomo murió entonces. A este le sustituyó el progreso del desarrollismo,
que empezó justo después de los bombardeos, utilizando los mismos
agujeros que dejaron las bombas para construir una ciudad de muerte y de
control social. Hoy ese sueño se remata, acabando la labor de la
aviación fascista, en tiempos de paz y con la retórica de la
participación ciudadana. Si somos antidesarrollistas es porque seguimos
soñando con ese progreso autónomo de entonces. Y esperamos que nuestras
palabras, fotografías, vídeos y grabaciones, sirvan para mantener vivo
su reflejo en nuestras conciencias, si no puede vivir en nuestras
ciudades.
sábado, agosto 20
Está todo por hacer
El espectáculo se ha entremezclado con toda realidad (…) no
existe ya nada, ni en la cultura ni en la naturaleza, que no haya sido
transformado y contaminado conforme a los medios y los intereses de la
industria moderna. Incluso la genética se ha vuelto plenamente accesible
a las fuerzas dominantes de la sociedad.
Guy Debord, Comentarios sobre la sociedad del espectáculo, 1988.
Guy Debord, Comentarios sobre la sociedad del espectáculo, 1988.
Sentir, pensar, luchar…
Son verbos necesarios, acciones, actos, para una gramática de la
subversión. Desde el vacío palpable de un movimiento real de crítica,
trataremos de buscar, como Platón, la Verdad, el Bien y la Belleza. O
no. Tal vez gritemos y gimamos como si los perros de la noche llevaran
nuestro nombre entre dientes. Tal vez dejemos —de una vez por todas— de
complacernos artísticamente en las formas —espectaculares— y seamos como condenados que son quemados vivos y hacen signos desde la hoguera.
Pero ojo: no para contentarnos como Narciso en su reflejo o con la
aurora de una revolución en soledad y solipsista, sino para aprehender dónde estamos y
escapar cuanto antes y por todos los medios de tanta miseria. Para
humedecer, en fin, un ansia poética que pueda acabar desbordándose en
nuestra relación con los otros, con los objetos y los fenómenos.
En este peculiar détournement (perversión,
corrupción, desvío… uso imprevisto de la poesía) tal vez nos
preguntemos ¿qué es el hombre?, tal vez nos preguntemos también ¿qué
puedo saber?, y menos, esperemos, ¿qué debo hacer? (imperativo moral,
categórico), y nunca ¿qué cabe esperar? (religión). El pensamiento no
puede complacerse tan fácilmente; postergar la necesidad de
transformación al futuro, que ha sido nuestra ilusión toda la vida y que falta todo por hacer, y quedar atrapado en la pregunta ¿qué es posible?
El
nuestro, de tener alguno, no es el papel de profetas. Y si hablamos de
revolución no lo hacemos pensando únicamente en el porvenir. Lo hacemos,
antes de nada, pensando en apearnos, en abandonar el miedo que paraliza
para el sabotaje nuestros cuerpos: desde aquí y ahora,
más tarde veremos. Como Lautreamont, hemos recibido la vida como una
herida y hemos prohibido al silencio que cure la cicatriz. Queremos que
el Creador contemple, en cada hora de su eternidad, la grieta abierta.
Es el castigo que le infligimos, es nuestra lucha.
“La acción subversiva [dice Aldo Pelligrini] se manifiesta al ofrecernos la poesía la imagen de un universo en metamorfosis, en oposición al universo rígido que nos imponen las convenciones. La imagen poética en todas sus formas actúa como desintegradora de ese mundo convencional, nos muestra su fragilidad y su artificio, lo sustituye por otro palpitante y viviente que responde al deseo del hombre [y de la mujer] (…). Pero indudablemente la poesía, al introducirnos en el misterio de lo real, nos descubre una vasta zona de peligro, una región inquietante y turbadora. Muchas veces lo poético [esto es: cuando cada uno de nosotros comprende que nuestras vidas yacen presas] toma la forma de un acto de violenta provocación y aparece como antipoético, como negador de la creación.”
La
poesía, tal y como la entendemos —vivida—, ahora que la hegemonía del
Estado/Capital ha colonizado casi por completo nuestros anhelos… y
nuestro movimiento, ahora que el régimen “democrático-espectacular” retrata e informa de un mundo virtual hermoso pero que aniquila la vida en su versión real, no es ni mucho menos un lujo o
un divertimento pequeñoburgués, sino una necesidad del mismo calibre
que lo es el respirar o el compartir vivencias con espíritus afines. La
poesía es al mismo tiempo palanca y resultado, causa y efecto, de una politización radical de la vida.
Negar por entero lo existente, aprehenderlo, subvertirlo… Está todo por hacer.
Joan B. Marzo de 2006. Reescritura de abril de 2014
miércoles, agosto 17
Ni de vuestra guerra, ni de vuestra paz
Las señales de alarma no han dejado de multiplicarse en los últimos
tiempos: contaminación del aire, el agua y el suelo, radiactividad
ambiental preocupante, aumento de tres grados de temperatura en los
próximos quince años, catástrofes climáticas, destrucción de bosques y
tierras de cultivo, acumulación de residuos, expansión de las
enfermedades cardiovasculares, el cáncer, los síndromes de nuevo cuño y
las epidemias, crisis financiera y crac inmobiliario, endeudamiento,
paro y precariedad, crisis energética y guerras del petróleo, etc., son
indicadores seguros del curso enloquecido que ha tomado ese particular
matrimonio de la economía autónoma y la tecnología que llamamos
industrialismo o simplemente desarrollismo. La dictadura del dinero, los
macroproyectos inútiles, los empleos de mierda y el consumismo
motorizado definen un modo de vida mortal para el planeta y la especie
humana, pero muy pocos son quienes parecen preocuparse por ello. El
desarrollo a cualquier precio se ha vuelto fe y destino. Los
consumidores son creyentes fanáticos de una religión cuyas iglesias son
centros comerciales y las sedes episcopales los bancos y los
parlamentos, lugares donde sus sacerdotes, la elite
político-emprendedora, escenifican los ritos de la “fe” en el mercado.
Fe es un vocablo que en su acepción original significa confianza,
crédito (creditum). Pues bien, la
casta sacerdotal está en guerra. La libre circulación de capitales y el
abastecimiento de energía dependen de una guerra librada principalmente
en Oriente Próximo, que una horda de esforzados creyentes de una
religión rival (yihad significa
esfuerzo y superación además de guerra santa, como bien nos indica
nuestro colega Antonio Pérez) intenta desplazar hacia las capitales
europeas. Los atentados yihadistas anuncian que ha llegado la hora del
sufrimiento para la población occidental, víctima de una guerra
declarada unilateralmente por sus dirigentes. La voluntad asesina de un
puñado de alucinados novios de la muerte, inmola al azar a los
habitantes o visitantes anónimos de las metrópolis, que pagan con su
vida por la irresponsabilidad de sus capitostes y la infame dinámica del
crecimiento. Son los daños colaterales indirectos de una guerra
considerada laica en nuestros predios a la que un fundamentalismo
mortífero ha santificado.
En verdad decía Saint-Just que el gobierno no era más que “una jerarquía de errores y atentados.” Pues bien, los atentados no dan opciones. Frente al “terrorismo” no cabe más que la adhesión incondicional y la resignación; según nos dicen los más altos jerarcas estatales, “nuestro modo de vida”, “la democracia” y “la libertad”, están en juego. ¿Qué modo de vida, qué democracia y qué libertad? Esas expresiones apenas disimulan la vida bajo la violencia económica, la sumisión ciudadana a la demagogia política, el control social y la exclusión. Son conceptos que no representan más que la permanencia del statu quo jurídico-parlamentario, aquél que solamente interesa al sector dominante que saca provecho de él. ¿Para tocar la felicidad con la punta de los dedos basta con vivir al día, adaptarse a lo que hay, votar, seguir todas las modas y comprar todos los artefactos que la publicidad considera imprescindibles? ¿Vale la pena dejarse masacrar por eso? Ese es el quid que los holdings de la comunicación se “esfuerzan” en ocultar, ayudados por el fatídico hecho de que ya nadie está a salvo de la masacre. La guerra transcurre entre bárbaros (en el sentido, típico de nuestro tiempo, de andar alejados tanto de la razón como del instinto, seres híbridos de humano y animal para los cuales los fines justifican cualquier clase de medios); entre los que imponen “nuestro modo de vida” mediante bombardeos en otra parte, y los que disparan indiscriminadamente o se hacen explotar entre inocentes. La religión —la del mercado, la de la guerra, la del paraíso en el cielo— es prueba de barbarie. Poco importa que el paraíso prometido esté “en la sombra de los sables” como refiere el hadith del Profeta, o en la banda magnética de una tarjeta de crédito. Define una comunidad de fieles, abstracta e ilusoria, en función de un enemigo, el “pecador infiel”; en eso no se diferencia de la política. También la figura del “enemigo” desempeña un importante papel en el arte de gobernar puesto que justifica por sí mismo la acentuación permanente de la función policial del Estado. No obstante precisemos que tal como ocurrió en la guerra sucia argelina la identidad de quienes impartieron órdenes asesinas importa menos que la que proporciona una identidad a contrario: el enemigo es la diabólica amenaza que pende sobre “la civilización” y las instituciones “que democráticamente todos nos hemos dado”, contra la cual “la ciudadanía” —la versión moderna de la antigua “cristiandad”— ha de pronunciarse obligatoriamente. Las contradicciones y los antagonismos sociales son sublimados y desplazados al exterior, operación ideológica que convierte a las arbitrarias guerras ofensivas en guerras de defensa legítimas, y a los pacíficos y asustados consumidores en nacionalistas racistas y xenófobos. El enemigo que viene de fuera se ha revelado como una coartada mucho más eficaz de la deriva autoritaria y fascista de los Estados verdugos que el enemigo interior, antaño encarnado en el anarquista, el pandillero suburbial, el okupa de las Zonas A Defender o el simple abstencionista. La administración de la ansiedad, la inseguridad y el miedo de las masas, autorizan políticas de control, medidas de excepción y suspensión de derechos con mucha más facilidad si van ilustradas con imágenes de terroristas suicidas, que bien pueden emplearse contra todo tipo de contestatarios, tal como pasó en las protestas contra la cumbre del clima en París, COP21.
Lo más sorprendente del caso es que el integrismo islamista representado por Al Qaeda fue hasta los noventa un aliado de Occidente, que es como decir de las multinacionales, de los ejércitos del industrialismo concentrado y de las finanzas mundiales. Lo fue durante la guerra de Afganistán contra el ejército soviético y con reparos continuó siéndolo en las guerras de Irak, Libia, Siria y Yemen.
Occidente entrenó, armó y financió directa o indirectamente a los muyaidin de la yihad a través de países amigos como Arabia Saudí, Qatar, los Emiratos o Turquía, de apariencia islámica “moderada”. La ruptura sobrevino más por el apoyo a Israel que por el modo de vida “pecaminoso” de los norteamericanos, tal y como predicaban los imanes rigoristas. La rama iraquí de Al Qaeda dio un salto cualitativo en la guerra santa al constituirse en Estado Islámico. En poco tiempo alcanzó una notoria influencia en el mundo jamás obtenida en la historia por ningún movimiento revolucionario. Lo asombroso e inquietante para un libertario es que algo tan brutal y fanatizado atraiga con fuerza irresistible a sectores de población joven empobrecida y marginada, escasamente religiosa y con estudios, habitando en conurbaciones anodinas, en fin, un sector otrora deseoso de libertad real y proclive a las aventuras revolucionarias. Los jóvenes desarraigados que ingresan en las filas del E. I., caminan hacia la muerte y cometen atrocidades con un macabro entusiasmo. No se trata de simples nihilistas, ignorantes y resentidos. Son devotos conversos a los que el Islam wahabita ha dotado de identidad, por sangrienta que ésta sea, llenado su vacío moral y otorgado un sentido redentor a su sacrificio por el que serán recompensados en la otra vida. Son protagonistas de un drama escatológico cuyos autores van al paraíso con las manos manchadas de sangre. Dicho esto viene al caso señalar que el desprecio de la vida no tiene el mismo sentido para el mártir de la causa, para el jefecillo de la burocracia estatistas en formación acelerada y para el pretendido guía espiritual. Como para cualquier secta apocalíptica —por ejemplo, los seguidores de Thomas Münzer o Los Ranters de la Revolución Inglesa— nada de lo que se haga en esta vida tiene sentido. Ni su vida ni con mayor razón la de los otros tiene el menor valor. Los yihadistas son antinomistas (ignoran la observancia de las leyes morales porque se creen en estado de gracia) y repudian las convenciones morales universales puesto que de entrada desprecian la vida. Para un guerrero “santo” todos sus actos poseen una santidad intrínseca. Sin embargo, aquí acaba el parecido con los milenaristas, más inclinados a vivir sin trabas que a morir por un dios cualquiera. Fueron víctimas de los poderes de su tiempo, que temían sus ideas, no los verdugos insensibles del pueblo inocente. Una indiferencia amoral semejante se ha podido ver también entre los asesinos de Srebrenica y Ruanda, no precisamente motivados por la religión. Con toda probabilidad, y eso es la primera vez que sucede, la abstracción y la virtualidad han hecho tantos progresos que ahora mismo todas las separaciones entre cuerpo, espíritu y alma son posibles. Con todo, nos resulta sobrecogedor que la muerte provoque una descarga emocional más satisfactoria que la vida, y que la lucha por la igualdad, la libertad y la justicia tenga en las actuales condiciones capitalistas tengan mucho menos atractivo que las religiones y los nacionalismos necrófagos.
Por más que los medios digan lo contrario, el yihadismo no ha perdido la guerra, y en cambio, ha ganado batallas. El problema no se resolverá en el plano militar sino en el plano moral, es decir, que no se resolverá. La sociedad de masas alberga las mejores condiciones para que el culto a la muerte perdure.
La crisis no hace más que alumbrar respuestas occidentales del mismo estilo: repliegues nacionalistas, partidos identitarios, odio sicótico al “otro” —el extraño, diferente, extranjero, mujer, no blanco, inmigrante, refugiado—, autoritarismo, etc. Europa no ha sido nunca tierra de asilo ni de acogida, y la baja natalidad de su población asalariada se lleva mal con la fuerza de trabajo venida para compensarla. Para una sociedad de consumidores atemorizados los trabajadores que vienen de otros continentes no dejan de ser cuerpos extraños, de difícil encaje. La sociedad camina a marchas forzadas hacia el fascismo (un fascismo sinführer, anónimo, gestionado, propio de la época) y eso es algo con lo que tendremos que bregar.
El 27 de septiembre de 1938 el Grupo Surrealista hacía público un audaz manifiesto que debutaba así:
La guerra anunciada en forma de hipócritas medidas de seguridad repetidas y multiplicadas, la guerra que amenaza con surgir del inextricable conflicto de intereses imperialistas que afligen a Europa, no será la guerra de la democracia, ni la de la justicia, ni la de la libertad. Aquellos Estados que por necesidad del momento y de la historia tratan de servirse de estas ideas como rasgos identitarios no adquirieron su bienestar ni consolidaron su poder más que empleando métodos tiránicos, arbitrarios y sangrientos.
Aunque estas líneas se referían a las potencias seudodemocráticas que habían permitido la invasión de Etiopía por el fascismo italiano, la entrega de China al imperialismo japonés, y estaban favoreciendo la derrota de la República española, son perfectamente aplicables a la situación actual. Nosotros, aunque nos horrorice un régimen como el del Califato, no por ello estaríamos a favor de los Estados capitalistas. Habremos de combatir a ambos, pero no podremos hacerlo si no somos capaces de movilizar fuerzas suficientes con una auténtica voluntad de pelea y un ánimo realmente fuerte. Cuán familiar se nos hace aquella vieja consigna anarquista: ¡Ni Dios, ni Amo! Repensemos su contenido para combatir al mismo tiempo la egolatría consumista y el servilismo de las identidades fabricadas en masa y alistadas en rebaños ciegos a sí mismos y a los demás.
¡NI DIOS, NI AMO!
En verdad decía Saint-Just que el gobierno no era más que “una jerarquía de errores y atentados.” Pues bien, los atentados no dan opciones. Frente al “terrorismo” no cabe más que la adhesión incondicional y la resignación; según nos dicen los más altos jerarcas estatales, “nuestro modo de vida”, “la democracia” y “la libertad”, están en juego. ¿Qué modo de vida, qué democracia y qué libertad? Esas expresiones apenas disimulan la vida bajo la violencia económica, la sumisión ciudadana a la demagogia política, el control social y la exclusión. Son conceptos que no representan más que la permanencia del statu quo jurídico-parlamentario, aquél que solamente interesa al sector dominante que saca provecho de él. ¿Para tocar la felicidad con la punta de los dedos basta con vivir al día, adaptarse a lo que hay, votar, seguir todas las modas y comprar todos los artefactos que la publicidad considera imprescindibles? ¿Vale la pena dejarse masacrar por eso? Ese es el quid que los holdings de la comunicación se “esfuerzan” en ocultar, ayudados por el fatídico hecho de que ya nadie está a salvo de la masacre. La guerra transcurre entre bárbaros (en el sentido, típico de nuestro tiempo, de andar alejados tanto de la razón como del instinto, seres híbridos de humano y animal para los cuales los fines justifican cualquier clase de medios); entre los que imponen “nuestro modo de vida” mediante bombardeos en otra parte, y los que disparan indiscriminadamente o se hacen explotar entre inocentes. La religión —la del mercado, la de la guerra, la del paraíso en el cielo— es prueba de barbarie. Poco importa que el paraíso prometido esté “en la sombra de los sables” como refiere el hadith del Profeta, o en la banda magnética de una tarjeta de crédito. Define una comunidad de fieles, abstracta e ilusoria, en función de un enemigo, el “pecador infiel”; en eso no se diferencia de la política. También la figura del “enemigo” desempeña un importante papel en el arte de gobernar puesto que justifica por sí mismo la acentuación permanente de la función policial del Estado. No obstante precisemos que tal como ocurrió en la guerra sucia argelina la identidad de quienes impartieron órdenes asesinas importa menos que la que proporciona una identidad a contrario: el enemigo es la diabólica amenaza que pende sobre “la civilización” y las instituciones “que democráticamente todos nos hemos dado”, contra la cual “la ciudadanía” —la versión moderna de la antigua “cristiandad”— ha de pronunciarse obligatoriamente. Las contradicciones y los antagonismos sociales son sublimados y desplazados al exterior, operación ideológica que convierte a las arbitrarias guerras ofensivas en guerras de defensa legítimas, y a los pacíficos y asustados consumidores en nacionalistas racistas y xenófobos. El enemigo que viene de fuera se ha revelado como una coartada mucho más eficaz de la deriva autoritaria y fascista de los Estados verdugos que el enemigo interior, antaño encarnado en el anarquista, el pandillero suburbial, el okupa de las Zonas A Defender o el simple abstencionista. La administración de la ansiedad, la inseguridad y el miedo de las masas, autorizan políticas de control, medidas de excepción y suspensión de derechos con mucha más facilidad si van ilustradas con imágenes de terroristas suicidas, que bien pueden emplearse contra todo tipo de contestatarios, tal como pasó en las protestas contra la cumbre del clima en París, COP21.
Lo más sorprendente del caso es que el integrismo islamista representado por Al Qaeda fue hasta los noventa un aliado de Occidente, que es como decir de las multinacionales, de los ejércitos del industrialismo concentrado y de las finanzas mundiales. Lo fue durante la guerra de Afganistán contra el ejército soviético y con reparos continuó siéndolo en las guerras de Irak, Libia, Siria y Yemen.
Occidente entrenó, armó y financió directa o indirectamente a los muyaidin de la yihad a través de países amigos como Arabia Saudí, Qatar, los Emiratos o Turquía, de apariencia islámica “moderada”. La ruptura sobrevino más por el apoyo a Israel que por el modo de vida “pecaminoso” de los norteamericanos, tal y como predicaban los imanes rigoristas. La rama iraquí de Al Qaeda dio un salto cualitativo en la guerra santa al constituirse en Estado Islámico. En poco tiempo alcanzó una notoria influencia en el mundo jamás obtenida en la historia por ningún movimiento revolucionario. Lo asombroso e inquietante para un libertario es que algo tan brutal y fanatizado atraiga con fuerza irresistible a sectores de población joven empobrecida y marginada, escasamente religiosa y con estudios, habitando en conurbaciones anodinas, en fin, un sector otrora deseoso de libertad real y proclive a las aventuras revolucionarias. Los jóvenes desarraigados que ingresan en las filas del E. I., caminan hacia la muerte y cometen atrocidades con un macabro entusiasmo. No se trata de simples nihilistas, ignorantes y resentidos. Son devotos conversos a los que el Islam wahabita ha dotado de identidad, por sangrienta que ésta sea, llenado su vacío moral y otorgado un sentido redentor a su sacrificio por el que serán recompensados en la otra vida. Son protagonistas de un drama escatológico cuyos autores van al paraíso con las manos manchadas de sangre. Dicho esto viene al caso señalar que el desprecio de la vida no tiene el mismo sentido para el mártir de la causa, para el jefecillo de la burocracia estatistas en formación acelerada y para el pretendido guía espiritual. Como para cualquier secta apocalíptica —por ejemplo, los seguidores de Thomas Münzer o Los Ranters de la Revolución Inglesa— nada de lo que se haga en esta vida tiene sentido. Ni su vida ni con mayor razón la de los otros tiene el menor valor. Los yihadistas son antinomistas (ignoran la observancia de las leyes morales porque se creen en estado de gracia) y repudian las convenciones morales universales puesto que de entrada desprecian la vida. Para un guerrero “santo” todos sus actos poseen una santidad intrínseca. Sin embargo, aquí acaba el parecido con los milenaristas, más inclinados a vivir sin trabas que a morir por un dios cualquiera. Fueron víctimas de los poderes de su tiempo, que temían sus ideas, no los verdugos insensibles del pueblo inocente. Una indiferencia amoral semejante se ha podido ver también entre los asesinos de Srebrenica y Ruanda, no precisamente motivados por la religión. Con toda probabilidad, y eso es la primera vez que sucede, la abstracción y la virtualidad han hecho tantos progresos que ahora mismo todas las separaciones entre cuerpo, espíritu y alma son posibles. Con todo, nos resulta sobrecogedor que la muerte provoque una descarga emocional más satisfactoria que la vida, y que la lucha por la igualdad, la libertad y la justicia tenga en las actuales condiciones capitalistas tengan mucho menos atractivo que las religiones y los nacionalismos necrófagos.
Por más que los medios digan lo contrario, el yihadismo no ha perdido la guerra, y en cambio, ha ganado batallas. El problema no se resolverá en el plano militar sino en el plano moral, es decir, que no se resolverá. La sociedad de masas alberga las mejores condiciones para que el culto a la muerte perdure.
La crisis no hace más que alumbrar respuestas occidentales del mismo estilo: repliegues nacionalistas, partidos identitarios, odio sicótico al “otro” —el extraño, diferente, extranjero, mujer, no blanco, inmigrante, refugiado—, autoritarismo, etc. Europa no ha sido nunca tierra de asilo ni de acogida, y la baja natalidad de su población asalariada se lleva mal con la fuerza de trabajo venida para compensarla. Para una sociedad de consumidores atemorizados los trabajadores que vienen de otros continentes no dejan de ser cuerpos extraños, de difícil encaje. La sociedad camina a marchas forzadas hacia el fascismo (un fascismo sinführer, anónimo, gestionado, propio de la época) y eso es algo con lo que tendremos que bregar.
El 27 de septiembre de 1938 el Grupo Surrealista hacía público un audaz manifiesto que debutaba así:
La guerra anunciada en forma de hipócritas medidas de seguridad repetidas y multiplicadas, la guerra que amenaza con surgir del inextricable conflicto de intereses imperialistas que afligen a Europa, no será la guerra de la democracia, ni la de la justicia, ni la de la libertad. Aquellos Estados que por necesidad del momento y de la historia tratan de servirse de estas ideas como rasgos identitarios no adquirieron su bienestar ni consolidaron su poder más que empleando métodos tiránicos, arbitrarios y sangrientos.
Aunque estas líneas se referían a las potencias seudodemocráticas que habían permitido la invasión de Etiopía por el fascismo italiano, la entrega de China al imperialismo japonés, y estaban favoreciendo la derrota de la República española, son perfectamente aplicables a la situación actual. Nosotros, aunque nos horrorice un régimen como el del Califato, no por ello estaríamos a favor de los Estados capitalistas. Habremos de combatir a ambos, pero no podremos hacerlo si no somos capaces de movilizar fuerzas suficientes con una auténtica voluntad de pelea y un ánimo realmente fuerte. Cuán familiar se nos hace aquella vieja consigna anarquista: ¡Ni Dios, ni Amo! Repensemos su contenido para combatir al mismo tiempo la egolatría consumista y el servilismo de las identidades fabricadas en masa y alistadas en rebaños ciegos a sí mismos y a los demás.
¡NI DIOS, NI AMO!
EDITORIAL #7 de la Revista Antidesarrollista y Libertaria ARGELAGA
domingo, agosto 14
Cárceles de agua: historia y consecuencias del cautiverio de mamíferos marinos
El 18 de noviembre de 1961, Wanda apareció débil y desorientada en la
bahía de Newport (California). Varios hombres la estuvieron acosando
durante todo el día. Ella luchó con todas sus fuerzas, y hasta en tres
ocasiones consiguió burlarles, pero finalmente fue secuestrada. La
llevaron a Los Ángeles y la encerraron en un pequeño recinto. No pudo
soportar que le robaran su libertad, así que pasó dos días golpeándose
contra las paredes hasta provocar su propia muerte. Wanda fue la primera
orca de la historia capturada para ser exhibida en un acuario. El
equipo del parque, Marineland of the Pacific, reconoció que la causa de
su muerte fue el suicidio.
Más de medio siglo más tarde, la industria ha evolucionado: se han desarrollado nuevas técnicas de captura y manejo, y se han cubierto las espaldas con excusas conservacionistas y pseudocientíficas para justificar lo injustificable. Pero el sufrimiento de las orcas sigue siendo el mismo. En Loro Parque, Tenerife, se ha documentado recientemente cómo Morgan se golpea contra las rejas metálicas de su recinto y yace prácticamente inerte fuera del agua durante largos períodos. Esta acción, que no sólo representa su apatía sino que podría llevarla a la muerte por el peso de su propio cuerpo, no es reconocida como intento de suicidio, sencillamente, porque desde lo sucedido con Wanda los/as explotadores/as han aprendido la lección. Morgan llegó al cautiverio de manera muy similar a Wanda. Se extravió de su grupo y unos pescadores la encontraron en muy mal estado en aguas holandesas en 2010. Una vez rehabilitada, se llegó a la conclusión de que no debía ser devuelta al mar por razones tan “científicas” como que en ese momento hacía demasiado frío como para poder seguirla con un barco. Varias organizaciones se unieron para pelear en los tribunales por la libertad de Morgan, contando con apoyo científico e incluso habiendo localizado al posible grupo de orcas del que Morgan se había extraviado. Tras varios años de sentencias y apelaciones, salió convenientemente a la luz que Morgan podría padecer de sordera, y que eso sería un impedimento para su supervivencia en el océano. La sentencia final fue, por tanto, que debía quedar “bajo el cuidado humano”. Pero esta conclusión tan preocupadísima por el bienestar de la orca no significó que fuera trasladada a un lugar donde sus necesidades fueran a ser atendidas de la manera más digna posible y su individualidad respetada.
Significó que se cediera definitivamente su “propiedad” a la multimillonaria empresa SeaWorld y se mantuviera su “custodia” en Loro Parque, uno de los delfinarios con peor reputación y peor preparados para el cuidado de orcas –según palabras de una ex trabajadora-, donde los animales son obligados a realizar trucos para entretener a la audiencia, y donde se han documentado diversos incidentes, problemas de salud y conflictos sociales entre los individuos cautivos, e incluso la muerte del entrenador Alexis Martínez, atacado por la orca Keto en 2009. Como tantas otras veces, los mecanismos capitalistas, enarbolando la bandera de la compasión y la conservación, se proclamaban vencedores sobre toda lógica ética o científica.
Pero las orcas no son la única especie atrapada por este entramado. El primer espectáculo con delfines se abrió en St. Augustine (Florida) en 1938. Desde entonces, se han extendido prácticamente sin límite a lo largo de todo el mundo, y otros cetáceos, como las belugas, han pasado a formar parte de esta industria cruel. Las focas, leones marinos, etc. ya venían utilizándose en los circos desde hacía tiempo. De hecho, en los delfinarios de hoy en día son obligadas a realizar el mismo tipo de trucos circenses.
La organización SOS Delfines estima que en total hay más de 2.000 cetáceos cautivos en 60 países del mundo, utilizados no sólo para espectáculos, sino también con fines militares, o incluso exhibidos en centros comerciales, hoteles y discotecas. Por cada uno de estos animales, existe un grupo social en el océano que los ha perdido, que ha sido perseguido, dispersado o masacrado para su captura. En lugares como Taiji (Japón) tienen lugar cada año terribles cacerías de delfines que consisten en desorientarlos mediante ultrasonidos para atraerles hacia una ensenada. Allí, los/as responsables de los parques acuáticos eligen a los/as más jóvenes y atractivos/as, que se capturan cuerpo a cuerpo, y el resto son masacrados/as para el consumo de su carne. Las orcas y belugas proceden principalmente de Islandia, donde se trasladaron los/as cazadores/as después de que se prohibiera la captura en EEUU y Canadá. Son avistadas desde aviones, acosadas con lanchas motoras que arrojan bombas al agua y, finalmente, atrapadas con redes de cerco. Las pequeñas son secuestradas mientras el resto del grupo permanece a su lado tratando de salvarlas. En cuanto a los/as nacidos/as en los tanques de hormigón, en raras ocasiones permanecen junto a sus madres tal y como harían en la naturaleza. Se respeta -como máximo, aunque no siempre- la edad de destete. En ese momento son separados/as, con las consecuencias psicológicas que ello conlleva, para ser trasladados/as a otros centros.
Cárceles de agua en el Estado español
De los 34 delfinarios existentes en la Unión Europea, 11 están en territorio del Estado español. Actualmente, hay uno más en fase de construcción en Lanzarote. Esto supone que más de un tercio de los cetáceos cautivos en la UE se encuentran aquí.
En 2014, el Zoo de Barcelona fue el primero en anunciar que en un plazo de tres años dejaría de ofrecer espectáculos con delfines. Ante la presión popular y legal, la nueva estrategia –que probablemente seguirán muchas instituciones- será mantener el cautiverio y la exhibición, pero sin trucos circenses de por medio. Este zoo se encontró en la encrucijada tras reconocer sus propios/as trabajadores/es que las instalaciones no eran adecuadas para el desarrollo de los animales, y que éstos presentaban problemas sociales y de salud. Albert López, ex jefe de entrenadores/as de mamíferos marinos, se opone ahora abiertamente a su cautiverio y ha sacado a la luz algunos hechos interesantes sobre las condiciones en las que viven y son entrenados los delfines: el control químico del comportamiento al que son sometidos para gestionar la reproducción, la dificultad para comunicarse entre ellos/as debido a las estresantes condiciones acústicas, los problemas en la piel por la calidad del agua, y las lesiones producidas por algunos ejercicios. El “footpush”, por ejemplo, consistente en que el/la entrenador/a se apoye en la mandíbula inferior del delfín para ser empujado/a fuera del agua, puede provocar heridas y hasta problemas graves en la columna vertebral.
En Barcelona hay seis delfines cautivos, de los cuales sólo Anak llegó a conocer la libertad. En el Zoo Aquarium de Madrid, más de la mitad de los once cetáceos encerrados fueron capturados en el Caribe cubano. El Zoo omite este dato cuando presenta a los animales durante el espectáculo. A 400 km. del mar más cercano, Mancha, Mary, Lala, Einyel, Guarina, Loren, Ringo, Blu, Noa, Lennon e Iruka, comparten un espacio 14 metros menor que una piscina olímpica.
En cuanto al célebre Oceanográfic de Valencia, presentado ante el público como el mayor acuario de Europa, dos ex entrenadores denunciaron en 2013 haber sido testigos de toda una serie de horrores. Destaca el caso de la beluga Kairo, que era golpeada por negarse a tomar los fármacos camuflados en su comida, o de la morsa Yuri, que murió hundida por su propio peso. La autopsia reveló que su estómago estaba lleno de piedras, supuestamente ingeridas a causa del estrés que le producía la falta de luz natural. También declararon que eran frecuentes dolorosas prácticas sin anestesia para extraer a los animales objetos del público que caían al agua, como teléfonos móviles.
La agencia y la resistencia
Uno de los pilares que sustentan el especismo y la explotación animal es la falacia de que la especie humana posee la exclusividad sobre determinadas emociones, sentimientos y relaciones. Sin embargo, muchos animales de otras especies nos superan en su altísimo sentido de lo común. Las orcas, por ejemplo, poseen una extensión en el sistema límbico que los/as humanos/as no tenemos, y que para algunos/as científicos/as constituye una especie de “cerebro social” que procesa la interconexión de los individuos y las relaciones grupales. Esto no hace, desde nuestro punto de vista, que mantenerles en cautiverio sea intrínsecamente “peor” ni más importante que explotar a individuos de otras especies; pero sí nos ayuda a comprender el particular sufrimiento que puede suponer para ellos/as la constante ruptura de sus lazos sociales y afectivos, y su mantenimiento en grupos artificiales cambiantes. Las piscinas de los delfinarios son como el patio de una cárcel, donde son obligados a convivir individuos confusos, alterados, que no se comunican con el mismo lenguaje, que han sido separados de todo lo que quieren y conocen, y no tienen espacio suficiente para alejarse si lo necesitan. En ocasiones, se agreden entre ellos/as, intentan escapar, atacan a los/as entrenadores/as o terminan con su propia vida. No son incidentes aislados, es una constante que se intenta ocultar, aunque cada vez con menos eficacia.
Los zoológicos en general han adoptado en los últimos años un argumentario que les ayuda a perpetuarse, presentando su actividad al público como una labor educativa y de divulgación científica. Una de las fórmulas más repetidas en sus guiones es que los trucos de los delfines y ballenas son “extensiones de las habilidades naturales de los animales”, o que estos “colaboran voluntariamente”. Sin embargo, lo que ellos/as llaman “refuerzo positivo”, consiste en entrenamientos intensivos con el alimento como instrumento de premio o castigo. Los animales han aprendido que realizar los trucos al oído del silbato es la única manera de cubrir su necesidad de comer. Para ello han tenido que fallar repetidas veces y, por tanto, pasar hambre y frustación. Dependiendo del comportamiento que se les quiera enseñar, este proceso puede durar desde dos días hasta varios meses. A los adiestramientos destinados al espectáculo en sí, hay que sumar los que se realizan para facilitar su manejo –por ejemplo, para extraer el semen a los machos reproductores-, y su control veterinario –por ejemplo, para practicarles endoscopias cuando tienen problemas estomacales por masticar desesperadamente las paredes de los tanques -. Absolutamente todos los aspectos de su vida consisten en aprendizajes a través de la privación de comida.
Los animales tienen, por tanto, una perfecta comprensión sobre qué tipo de acciones van a ser recompensadas y cuáles no. Así que, cada vez que desobedecen el sonido del silbato, están resistiendo activamente a su explotación. Muchos/as van más allá de la desobediencia y se rebelan directamente contra quienes les someten. Cada vez hay más casos documentados de resistencia de todo tipo de animales en toda clase de centros de explotación; pero, entre los cetáceos, los ataques a entrenadores/as son especialmente frecuentes, y los individuos involucrados raramente lo intentan una sola vez. Tilikum, Nootka, Haida, Kandu, Kasatka, Hugo, Orky, Cuddles, Ramu y Keto, son solo algunos ejemplos de orcas que destacan o han destacado por su rebeldía. Sus acciones han influido en la gestión de los parques, en la legislación y, sobre todo, en el crecimiento de la oposición a su cautiverio. Su lucha, ya sea consciente o desesperada –probablemente ambas cosas-, es revolucionaria. Es su lucha por la libertad.
Para más información: http://porelfinde loszoosyacuarios.wordpress.com
Más de medio siglo más tarde, la industria ha evolucionado: se han desarrollado nuevas técnicas de captura y manejo, y se han cubierto las espaldas con excusas conservacionistas y pseudocientíficas para justificar lo injustificable. Pero el sufrimiento de las orcas sigue siendo el mismo. En Loro Parque, Tenerife, se ha documentado recientemente cómo Morgan se golpea contra las rejas metálicas de su recinto y yace prácticamente inerte fuera del agua durante largos períodos. Esta acción, que no sólo representa su apatía sino que podría llevarla a la muerte por el peso de su propio cuerpo, no es reconocida como intento de suicidio, sencillamente, porque desde lo sucedido con Wanda los/as explotadores/as han aprendido la lección. Morgan llegó al cautiverio de manera muy similar a Wanda. Se extravió de su grupo y unos pescadores la encontraron en muy mal estado en aguas holandesas en 2010. Una vez rehabilitada, se llegó a la conclusión de que no debía ser devuelta al mar por razones tan “científicas” como que en ese momento hacía demasiado frío como para poder seguirla con un barco. Varias organizaciones se unieron para pelear en los tribunales por la libertad de Morgan, contando con apoyo científico e incluso habiendo localizado al posible grupo de orcas del que Morgan se había extraviado. Tras varios años de sentencias y apelaciones, salió convenientemente a la luz que Morgan podría padecer de sordera, y que eso sería un impedimento para su supervivencia en el océano. La sentencia final fue, por tanto, que debía quedar “bajo el cuidado humano”. Pero esta conclusión tan preocupadísima por el bienestar de la orca no significó que fuera trasladada a un lugar donde sus necesidades fueran a ser atendidas de la manera más digna posible y su individualidad respetada.
Significó que se cediera definitivamente su “propiedad” a la multimillonaria empresa SeaWorld y se mantuviera su “custodia” en Loro Parque, uno de los delfinarios con peor reputación y peor preparados para el cuidado de orcas –según palabras de una ex trabajadora-, donde los animales son obligados a realizar trucos para entretener a la audiencia, y donde se han documentado diversos incidentes, problemas de salud y conflictos sociales entre los individuos cautivos, e incluso la muerte del entrenador Alexis Martínez, atacado por la orca Keto en 2009. Como tantas otras veces, los mecanismos capitalistas, enarbolando la bandera de la compasión y la conservación, se proclamaban vencedores sobre toda lógica ética o científica.
Pero las orcas no son la única especie atrapada por este entramado. El primer espectáculo con delfines se abrió en St. Augustine (Florida) en 1938. Desde entonces, se han extendido prácticamente sin límite a lo largo de todo el mundo, y otros cetáceos, como las belugas, han pasado a formar parte de esta industria cruel. Las focas, leones marinos, etc. ya venían utilizándose en los circos desde hacía tiempo. De hecho, en los delfinarios de hoy en día son obligadas a realizar el mismo tipo de trucos circenses.
La organización SOS Delfines estima que en total hay más de 2.000 cetáceos cautivos en 60 países del mundo, utilizados no sólo para espectáculos, sino también con fines militares, o incluso exhibidos en centros comerciales, hoteles y discotecas. Por cada uno de estos animales, existe un grupo social en el océano que los ha perdido, que ha sido perseguido, dispersado o masacrado para su captura. En lugares como Taiji (Japón) tienen lugar cada año terribles cacerías de delfines que consisten en desorientarlos mediante ultrasonidos para atraerles hacia una ensenada. Allí, los/as responsables de los parques acuáticos eligen a los/as más jóvenes y atractivos/as, que se capturan cuerpo a cuerpo, y el resto son masacrados/as para el consumo de su carne. Las orcas y belugas proceden principalmente de Islandia, donde se trasladaron los/as cazadores/as después de que se prohibiera la captura en EEUU y Canadá. Son avistadas desde aviones, acosadas con lanchas motoras que arrojan bombas al agua y, finalmente, atrapadas con redes de cerco. Las pequeñas son secuestradas mientras el resto del grupo permanece a su lado tratando de salvarlas. En cuanto a los/as nacidos/as en los tanques de hormigón, en raras ocasiones permanecen junto a sus madres tal y como harían en la naturaleza. Se respeta -como máximo, aunque no siempre- la edad de destete. En ese momento son separados/as, con las consecuencias psicológicas que ello conlleva, para ser trasladados/as a otros centros.
Cárceles de agua en el Estado español
De los 34 delfinarios existentes en la Unión Europea, 11 están en territorio del Estado español. Actualmente, hay uno más en fase de construcción en Lanzarote. Esto supone que más de un tercio de los cetáceos cautivos en la UE se encuentran aquí.
En 2014, el Zoo de Barcelona fue el primero en anunciar que en un plazo de tres años dejaría de ofrecer espectáculos con delfines. Ante la presión popular y legal, la nueva estrategia –que probablemente seguirán muchas instituciones- será mantener el cautiverio y la exhibición, pero sin trucos circenses de por medio. Este zoo se encontró en la encrucijada tras reconocer sus propios/as trabajadores/es que las instalaciones no eran adecuadas para el desarrollo de los animales, y que éstos presentaban problemas sociales y de salud. Albert López, ex jefe de entrenadores/as de mamíferos marinos, se opone ahora abiertamente a su cautiverio y ha sacado a la luz algunos hechos interesantes sobre las condiciones en las que viven y son entrenados los delfines: el control químico del comportamiento al que son sometidos para gestionar la reproducción, la dificultad para comunicarse entre ellos/as debido a las estresantes condiciones acústicas, los problemas en la piel por la calidad del agua, y las lesiones producidas por algunos ejercicios. El “footpush”, por ejemplo, consistente en que el/la entrenador/a se apoye en la mandíbula inferior del delfín para ser empujado/a fuera del agua, puede provocar heridas y hasta problemas graves en la columna vertebral.
En Barcelona hay seis delfines cautivos, de los cuales sólo Anak llegó a conocer la libertad. En el Zoo Aquarium de Madrid, más de la mitad de los once cetáceos encerrados fueron capturados en el Caribe cubano. El Zoo omite este dato cuando presenta a los animales durante el espectáculo. A 400 km. del mar más cercano, Mancha, Mary, Lala, Einyel, Guarina, Loren, Ringo, Blu, Noa, Lennon e Iruka, comparten un espacio 14 metros menor que una piscina olímpica.
En cuanto al célebre Oceanográfic de Valencia, presentado ante el público como el mayor acuario de Europa, dos ex entrenadores denunciaron en 2013 haber sido testigos de toda una serie de horrores. Destaca el caso de la beluga Kairo, que era golpeada por negarse a tomar los fármacos camuflados en su comida, o de la morsa Yuri, que murió hundida por su propio peso. La autopsia reveló que su estómago estaba lleno de piedras, supuestamente ingeridas a causa del estrés que le producía la falta de luz natural. También declararon que eran frecuentes dolorosas prácticas sin anestesia para extraer a los animales objetos del público que caían al agua, como teléfonos móviles.
La agencia y la resistencia
Uno de los pilares que sustentan el especismo y la explotación animal es la falacia de que la especie humana posee la exclusividad sobre determinadas emociones, sentimientos y relaciones. Sin embargo, muchos animales de otras especies nos superan en su altísimo sentido de lo común. Las orcas, por ejemplo, poseen una extensión en el sistema límbico que los/as humanos/as no tenemos, y que para algunos/as científicos/as constituye una especie de “cerebro social” que procesa la interconexión de los individuos y las relaciones grupales. Esto no hace, desde nuestro punto de vista, que mantenerles en cautiverio sea intrínsecamente “peor” ni más importante que explotar a individuos de otras especies; pero sí nos ayuda a comprender el particular sufrimiento que puede suponer para ellos/as la constante ruptura de sus lazos sociales y afectivos, y su mantenimiento en grupos artificiales cambiantes. Las piscinas de los delfinarios son como el patio de una cárcel, donde son obligados a convivir individuos confusos, alterados, que no se comunican con el mismo lenguaje, que han sido separados de todo lo que quieren y conocen, y no tienen espacio suficiente para alejarse si lo necesitan. En ocasiones, se agreden entre ellos/as, intentan escapar, atacan a los/as entrenadores/as o terminan con su propia vida. No son incidentes aislados, es una constante que se intenta ocultar, aunque cada vez con menos eficacia.
Los zoológicos en general han adoptado en los últimos años un argumentario que les ayuda a perpetuarse, presentando su actividad al público como una labor educativa y de divulgación científica. Una de las fórmulas más repetidas en sus guiones es que los trucos de los delfines y ballenas son “extensiones de las habilidades naturales de los animales”, o que estos “colaboran voluntariamente”. Sin embargo, lo que ellos/as llaman “refuerzo positivo”, consiste en entrenamientos intensivos con el alimento como instrumento de premio o castigo. Los animales han aprendido que realizar los trucos al oído del silbato es la única manera de cubrir su necesidad de comer. Para ello han tenido que fallar repetidas veces y, por tanto, pasar hambre y frustación. Dependiendo del comportamiento que se les quiera enseñar, este proceso puede durar desde dos días hasta varios meses. A los adiestramientos destinados al espectáculo en sí, hay que sumar los que se realizan para facilitar su manejo –por ejemplo, para extraer el semen a los machos reproductores-, y su control veterinario –por ejemplo, para practicarles endoscopias cuando tienen problemas estomacales por masticar desesperadamente las paredes de los tanques -. Absolutamente todos los aspectos de su vida consisten en aprendizajes a través de la privación de comida.
Los animales tienen, por tanto, una perfecta comprensión sobre qué tipo de acciones van a ser recompensadas y cuáles no. Así que, cada vez que desobedecen el sonido del silbato, están resistiendo activamente a su explotación. Muchos/as van más allá de la desobediencia y se rebelan directamente contra quienes les someten. Cada vez hay más casos documentados de resistencia de todo tipo de animales en toda clase de centros de explotación; pero, entre los cetáceos, los ataques a entrenadores/as son especialmente frecuentes, y los individuos involucrados raramente lo intentan una sola vez. Tilikum, Nootka, Haida, Kandu, Kasatka, Hugo, Orky, Cuddles, Ramu y Keto, son solo algunos ejemplos de orcas que destacan o han destacado por su rebeldía. Sus acciones han influido en la gestión de los parques, en la legislación y, sobre todo, en el crecimiento de la oposición a su cautiverio. Su lucha, ya sea consciente o desesperada –probablemente ambas cosas-, es revolucionaria. Es su lucha por la libertad.
Para más información: http://porelfinde
[Documental] Blackfish.
Directora: Gabriela Cowperthwaite. Guionistas: Gabriela Cowperthwaite, Eli Despres. EEUU. 2013. 83´
Desde 1959, la empresa SeaWorld se ha
enriquecido explotando impunemente a todo tipo de animales,
especialmente marinos, en sus parques repartidos por EEUU, y sus
afiliados en otros países. Cuando en 1992 compraron a la orca macho
Tilikum para utilizarle como banco de semen, no sabían lo que se les
venía encima. Tilikum ya había estado involucrado en la muerte de una
entrenadora, y aún mataría a dos personas más durante su estancia en
SeaWorld. No fue ninguna casualidad que Gabriela Cowperthwaite le
eligiera como protagonista de su documental.
Los/as narradores/as son,
en su mayoría, las personas que le han conocido, que le han amado y
temido, y también que le han explotado y se han arrepentido. Pero la voz
es la suya, la voz de su historia, la voz de sus acciones arrojando una
luz cegadora sobre cada aspecto de este oscuro negocio. Sobre nacer,
vivir, morir y matar. Sobre el encierro, el sufrimiento, la injusticia y
la lucha. Sobre todo lo que conocemos y entendemos como humanos/as que
amamos y deseamos la libertad, visto a través de los ojos de un
individuo de otra especie. Es difícil que algo así no desate un cambio.
Desde el estreno de Blackfish, SeaWorld ha
declarado pérdidas de más de 25 millones de dólares, y recientemente ha
anunciado el cese de la cría de orcas. Los frecuentes ataques,
enfermedades y muertes que han ocultado durante años, se analizan ahora
en los medios bajo el microscopio. La película “Buscando a Dory”, cambió
su argumento tras el estreno de Blackfish para incluir un mensajes
anti-cautiverio contra SeaWorld.
Tilikum sigue encerrado, enfermo, flota inánime durante horas. Se niegan a liberarle.
jueves, agosto 11
Maelstrom. Revista transnacional en tiempo de crisis
Maelstrom es un abismo mítico donde el mar engulle todo lo que contiene. Su fuerza se asemeja a la de la potencia mercantil que por mar fue capaz de absorber a los cinco continentes. Su movimiento es el de la irresistible destrucción de quien lo ha generado. El descenso al Maelstrom es una inmersión a lo desconocido, que resurge al asalto del cielo.
Maelstrom es el nombre elegido para dar título a esta nueva publicación anarquista de número único y gratuita. Editada en Lille (Francia), Maelstrom, que aparece en varias lenguas, es fruto de la colaboración de distintos colectivos e individualidades distribuidos por diversos puntos de Europa que, hartos/as de los discursos institucionales sobre la crisis y los distintos conflictos sociales ocurridos en este contexto, han unido sus relatos con la intención de generar un espacio de común de experiencias y perspectivas sobre la denominada crisis.
Uno de los rasgos más característicos de la revista es el deseo de eliminar ese estrecho marco que supone el nivel nacional y mostrar la globalidad de la dinámica capitalista, esto es, revelar la violencia intrínseca, estructural, del sistema del Capital así como también acabar con el viejo mito de la división de las distintas esferas de la vida social y mostrar explícitamente que la política es directamente economía. Mostrar la crisis como un fenómeno global que nada entiende de fronteras es posible gracias a la puesta en común de las distintas reflexiones recogidas en la revista y nacidas en contextos económicos y político-sociales diferentes los unos de los otros.
La revista nos ofrece numerosas claves para entender, a nivel general, qué es eso de la crisis y a quién le interesa que exista. En realidad, antes de la crisis ya se venían tomando medidas, en los distintos gobiernos europeos (independientemente del posicionamiento ideológico de los mismos), que beneficiaban a la clase capitalista, tanto nacional como europea. Con este simple dato se entiende claramente que el conocido argumento de “todo mal viene de las instancias económicas europeas, nos piden ajustarnos el cinturón y hacer toda clase de recortes sociales para darnos tan ansioso rescate”, esto poco tiene que ver con la realidad; la clase capitalista, por su pura lógica estructural, únicamente avanza en la búsqueda de beneficios y esos beneficios no pueden ser sacados de otro sitio que no sea de la mercantilización del Estado del Bienestar y de rebajar los costes que supone la reproducción de la fuerza del trabajo, es decir, la privatización y recortes en la sanidad, la educación, la vivienda, el empleo, etc. Y es que a nadie se le escapa que abaratando el despido, eliminando cualquier ayuda de tipo social, subiendo hasta el infinito y más allá el coste de las tasas educativas y haciéndonos presos de un sistema de crédito e hipotecas, quien sale ganado es la banca y los tiburones que la representan, mientras que el resto del populacho vivimos en un sistema de servidumbre al Capital. Toda crisis social es beneficio para el Capital y ciego es quien no lo vea.
Otro punto a destacar de la revista es su análisis sobre la aparición del partidismo izquierdista y sindical. En un contexto de crisis económica, todo discurso contra el Capital es aplaudido – discurso que no deja de ser pura basura propagandista política- así la izquierda y los sindicatos verticales ven el momento perfecto para hacerse su propio huequito en todo este tablao institucional; se da entonces un proceso de re-nacionalización a nivel ideológico en donde la salvación del Estado aparece en primer plano. Junto con esta reflexión aparece ligada otra cuestión relevante, la imposibilidad de la lucha por los cauces legalistas o sindicales, los sindicatos aparecen entonces como parte del proceso de acumulación capitalista y la reproducción de la fuerza de trabajo, que no es otra cosa que lo que nosotros/as llamamos “crisis”, como dice Etcétera en su propio título: crisis, metáfora del Capital. Desde hace tiempo las luchas del proletariado, normalmente abanderadas por los sindicatos, se van volviendo más defensivas, se acabó el momento de luchar por una subida salarial o unas mejores condiciones de trabajo, ahora hay que luchar por mantener el nivel de vida. La parte más ofensiva del proletariado se va diluyendo en esa maraña de facturas, dando paso al miedo, la individualidad y el conformismo. Ya va siendo hora de coger el timón y no los remos.
Para terminar acabamos con algo sacado de la propia editorial de la revista: “La palabra <<crisis>> no tiene en sí una connotación negativa. En su origen, la palabra latina crisis (<<fase decisiva de una enfermedad>>) había sido prestada del griego krisis, que designa el jucio, la adopción de una decisión importante. Remite a un momento crucial ante el cual hay que tomar una opción.
Recomendamos plenamente la lectura de Maelstrom a todas aquellas personas que quieran abrir los ojos y tomar una opción. Ya va siendo hora de coger el timón y no los remos.
Para consultar la revista y otros textos añadidos puedes dirigirte a: blogmaelstrom.wordpress.com
lunes, agosto 8
"Reivindicación de una dieta vegana" por Gerfried Ambrosch
Presentamos la nueva edición de Distribuidora Anarquista Polaris,
un texto de Gerfried Ambrosch titulado "Reivindicación de la dieta
vegana", y que pretende contribuir a rebatir las principales críticas y
falacias dirigidas contra el veganismo y las posturas antiespecistas.
Desde la Distribuidora Anarquista Polaris se agradece por supuesto toda
difusión, así como sugerencias y críticas que consideréis oportuno
transmitir. Un saludo.
Aquellas personas que hemos escogido un estilo de vida vegano y que hemos aplicado en nuestras vidas las convicciones que nos llevaron a posicionarnos en contra del especismo estamos más o menos acostumbradas a encontrarnos con los mismos argumentos y críticas una y otra vez. A veces es fácil tener la sensación de que alguien cargado de resentimiento hacia las personas veganas se ha molestado en redactar un manual recopilando todas sus críticas, ya que puede llegar a ser sorprendente cómo entre personas que viven a mucha distancia, ni se conocen y nunca han intercambiado unas palabras aparecen siempre los mismos argumentos. Que si las proteínas, que si la B-12 y los suplementos, que si el calcio y el hierro, que si la crianza ecológica de animales, que si los animales también se comen los unos a los otros, que si la cadena alimenticia… Responder a todo esto en cada debate en el que nos vemos envueltes puede llegar a ser muy cansino y hay ocasiones en las que yo, al menos, y sé que otres compañeres también, desearíamos contar con una lectura a mano que poder aconsejar a todas esas personas que reiteran las mismas razones rebatidas mil y una veces antes. Es de esa necesidad de la que surgió la idea de editar la presente publicación, la cual contiene un texto muy peculiar, donde una persona vegana (el autor) escribe respondiendo a los argumentos más comunes que se empuñan en contra del veganismo como estilo de vida, ofreciendo respuestas que esquivan recursos cómodos y contraproducentes como el insulto fácil o la burla y buscan responder a todas esas dudas, para acabar concluyendo que no se puede negar sin falacias que el veganismo es una alternativa factible que permite reducir drásticamente nuestra contribución a la explotación, esclavitud y matanza de animales y al deterioro y contaminación del medio ambiente, aun con todos los aspectos de un estilo de vida vegano que se podrían criticar (desde su fácil asimilación por parte de la sociedad capitalista y sus empresas que lo convierten en una mera alternativa de consumo completamente inofensiva hasta su falta de conciencia – a veces – alrededor de temas como la defensa de la naturaleza y del medio ambiente o la interseccionalidad entre la lucha por la liberación animal y el resto de luchas contra las estructuras de dominación que afectan a humanes, o de consideración hacia las diferentes condiciones que marcan el contexto puntual de otras personas y de otros pueblos, donde el veganismo puede perder viabilidad).
Aquellas personas que hemos escogido un estilo de vida vegano y que hemos aplicado en nuestras vidas las convicciones que nos llevaron a posicionarnos en contra del especismo estamos más o menos acostumbradas a encontrarnos con los mismos argumentos y críticas una y otra vez. A veces es fácil tener la sensación de que alguien cargado de resentimiento hacia las personas veganas se ha molestado en redactar un manual recopilando todas sus críticas, ya que puede llegar a ser sorprendente cómo entre personas que viven a mucha distancia, ni se conocen y nunca han intercambiado unas palabras aparecen siempre los mismos argumentos. Que si las proteínas, que si la B-12 y los suplementos, que si el calcio y el hierro, que si la crianza ecológica de animales, que si los animales también se comen los unos a los otros, que si la cadena alimenticia… Responder a todo esto en cada debate en el que nos vemos envueltes puede llegar a ser muy cansino y hay ocasiones en las que yo, al menos, y sé que otres compañeres también, desearíamos contar con una lectura a mano que poder aconsejar a todas esas personas que reiteran las mismas razones rebatidas mil y una veces antes. Es de esa necesidad de la que surgió la idea de editar la presente publicación, la cual contiene un texto muy peculiar, donde una persona vegana (el autor) escribe respondiendo a los argumentos más comunes que se empuñan en contra del veganismo como estilo de vida, ofreciendo respuestas que esquivan recursos cómodos y contraproducentes como el insulto fácil o la burla y buscan responder a todas esas dudas, para acabar concluyendo que no se puede negar sin falacias que el veganismo es una alternativa factible que permite reducir drásticamente nuestra contribución a la explotación, esclavitud y matanza de animales y al deterioro y contaminación del medio ambiente, aun con todos los aspectos de un estilo de vida vegano que se podrían criticar (desde su fácil asimilación por parte de la sociedad capitalista y sus empresas que lo convierten en una mera alternativa de consumo completamente inofensiva hasta su falta de conciencia – a veces – alrededor de temas como la defensa de la naturaleza y del medio ambiente o la interseccionalidad entre la lucha por la liberación animal y el resto de luchas contra las estructuras de dominación que afectan a humanes, o de consideración hacia las diferentes condiciones que marcan el contexto puntual de otras personas y de otros pueblos, donde el veganismo puede perder viabilidad).
Parto de la base de que yo no
soy perfecto, y que todes tenemos nuestras incoherencias. Muches de
nosotres vivimos en ciudades donde acceder a verduras ecológicas y de
calidad es muchas veces demasiado caro o complicado, y donde la propia
agricultura ecológica se ha convertido en una etiqueta más del
capitalismo, con la que grandes corporaciones nos venden sus productos
“eco-friendly” tan dañinos como cualquier otro. Nos desplazamos en
medios de transporte que tienen un gran impacto natural por autopistas y
vías de tren que arrasan el territorio donde son construidas, y
dependemos de fuentes energéticas que están reduciendo cada vez más
deprisa la Tierra a un horrible y desolador desierto… Compremos nuestra
comida, la reciclemos o la expropiemos, somos conscientes de que
dependemos de una serie de empresas que producen gracias a unos medios
de fabricación industrial que también generan un impacto en los
ecosistemas donde habitan los animales, y eso por no hablar de los
transportes y los métodos de envasado. Maldita sea, ¡hasta para imprimir
este libelo se ha causado un impacto que repercutirá sobre incontables
vidas de animales! Por eso, no creo que esté en situación de aleccionar a
nadie sobre nada. Trabajamos sobre las condiciones que nos ha tocado
vivir (o más bien soportar) y asumimos las contradicciones intentando
superarlas o luchar contra ellas, entendiendo la coherencia no como una
obligación sino como una pelea diaria en la cual una de las principales
armas de las que disponemos es el debate honesto y la autocrítica.
Pensando sinceramente que el contenido de este material puede contribuír
en gran medida a ambas cosas, es que he decidido publicarlo.
El texto fue escrito por
Gerfried Ambrosch, y recogido en inglés del blog de Momentum, una banda
de crust punk británica de la que el autor es miembro y que entre otros
valores e ideas promueve en sus letras y actitud el antiespecismo y el
rechazo a toda figura de opresión o dominación. Fue traducido del inglés
y reeditado en este formato durante las últimas semanas de la primavera
y las primeras semanas del verano de 2016.
Además de la traducción, he
añadido algunas notas a pie de página tanto para hacer algunas
matizaciones o aclaraciones que he considerado necesarias como para
explicar algunos desacuerdos puntuales con el autor que me parecía
importante señalar, sin por ello desmerecer su trabajo ni el aporte que
realizó al escribir este texto.
A mí me ha gustado mucho
leerlo a medida que lo iba traduciendo y espero que vosotres disfrutéis
tanto como yo, y sobre todo espero que os resulte útil. Discutidlo,
debatidlo, pasadlo de mano en mano, copiadlo.
Como siempre, toda copia,
distribución o reproducción de este texto sin el permiso expreso del
autor o del editor aquí presente queda terminantemente recomendada y
será de agradecer.
Para descargar o leer online el fanzine:
Fuente: Distribuidora Anarquista Polaris
viernes, agosto 5
La crítica libertaria a la izquierda del capitalismo
El
capital ha proletarizado al mundo y a la vez ha suprimido visiblemente
las clases. Si los antagonismos han quedado integrados, si ya no hay
lucha de clases, entonces no hay clases. Y no hay sindicatos en el
sentido genuino del término. En efecto, si el escándalo de la separación
social entre poseedores y desposeídos, entre dirigentes y dirigidos,
entre explotadores y explotados, ha dejado de ser la fuente principal de
conflicto y las luchas transcurren dentro del sistema sin cuestionarlo,
no hay clases en lucha, sino masas a la deriva. Los sindicatos, la
carcasa de una clase disuelta, persiguen otro objetivo : mantener la
ficción de un mercado laboral. El obrero es la base del capital, no su
negación. Éste se adueña de cualquier actividad y su principio
estructura toda la sociedad : realiza el trabajo, transforma el mundo en
mundo de trabajadores. Fin de una clase obrera aparte, exterior y
opuesta al capital, y generalización del trabajo asalariado. Adentro no
hay más que una masa asalariada aunque no uniforme sino fragmentada:
cada fragmento ocupa un escalafón en la jerarquía social con relación a
su nivel de compra. Afuera, una masa excluida y desahuciada que pugna
por reintegrarse. Cada capa queda definida por su capacidad de consumo.
Las clases medias (middle class),
resultado cuantitativo del escamoteo de los antagonismos sociales, se
refuerzan pasando por encima de la antigua pequeña burguesía con las
capas de asalariados diplomados ligados al trabajo improductivo. Han
nacido con la racionalización y burocratización del régimen capitalista
para desarrollarse gracias a la terciarización progresiva de la economía
(y de la tecnología que la hizo posible). Existen en tanto de conjunto
de ejecutivos, cuellos blancos y funcionarios en medio de una sociedad
de mercado.
Cuando la economía funciona, todos ellos son pragmáticos,
luego partidarios en bloque del orden establecido, o sea de la
partitocracia. Denominamos partitocracia
al régimen político adoptado habitualmente por el capitalismo. Es el
gobierno autoritario de las cúpulas de los partidos (sin separación de
poderes), la forma moderna de una oligarquía, que conlleva la formación
de una burocracia autónoma con sus intereses propios y su clientela que
ha hecho de la política su modus vivendi.
Más que la burguesía, las clases medias ven al Estado como mediador
entre la razón de mercado y la sociedad civil, o mejor, entre los
intereses privados y sus intereses particulares presentados como
públicos. Y precisamente la separación entre lo público y lo privado es
lo que dio lugar a la burocracia administrativo-política, parte esencial
de las clases medias. El Estado partitocrático determina de alguna
forma su existencia privada. En condiciones favorables, las que permiten
un modo de vida consumista, dichas clases no están politizadas ; es la
crisis del llamado Estado del bienestar lo
que determina su politización. Entonces los partidos originados por la
crisis hablan en nombre de toda la sociedad, teniéndose por su
representación más auténtica.
Nos
encontramos inmersos en una crisis que no sólo es económica sino
total : es la crisis del capitalismo. Se manifiesta tanto en el plano
estructural en la imposibilidad de un crecimiento suficiente, como en el
plano territorial con los efectos destructores de la industrialización
generalizada. Las consecuencias son la multiplicación de las
desigualdades, la exclusión, la contaminación, el cambio climático, las
políticas de austeridad y el aumento del control social. Durante la fase
de globalización (cuando ya no existe clase obrera)
se produce de forma muy visible un divorcio entre los profesionales de
la política y las masas que la padecen. La distancia pesa más cuando la
crisis alcanza y empobrece a las clases medias, la base sumisa de la
partitocracia. La crisis considerada sólo bajo su aspecto político es
una crisis del sistema tradicional de partidos, y por descontado, del
bipartidismo. La corrupción el amiguismo, la prevaricación, el
despilfarro y la malversación de fondos públicos solamente resultan
escandalosos cuando el paro, los recortes, las bajadas salariales y la
subida de impuestos alcanzan a dichas clases. Entonces, los viejos
partidos no bastan para garantizar la estabilidad de la partitocracia.
En los países del sur de Europa la ideología ciudadanista refleja
perfectamente su reacción desairada.
Contrariamente al viejo
proletariado, que planteaba la cuestión en términos sociales, el ciudadanismo
la plantean exclusivamente en términos políticos. Así pues, han de
recurrir al lenguaje dominante, el de la dominación, usando de
preferencia el vocabulario progresista y democrático que mejor
corresponde con su universo mental. Los partidos ciudadanistas hablan en
representación de una clase universal que no es el proletariado sino la ciudadanía, cuya misión consistiera únicamente en corregir una democracia de mala calidad. Consideran la democracia,
es decir, el sistema parlamentario de partidos, como un imperativo
categórico. El ciudadanismo es un democratismo legitimista que reproduce
tópico por tópico al liberalismo burgués de antaño y con mucho alarde
verbal trata de correrlo hacia la izquierda. No olvidemos que mucha
crema fundadora de los nuevos partidos proviene del estalinismo y del
izquierdismo, para la cual lo que los nuevos valores democráticos no son
más que la trasmutación de viejas cantinelas vanguardistas realmente
desahuciadas. Formalmente pues, se sitúa en la izquierda del sistema. Es
la izquierda del capitalismo.
La
mayoría de los nuevos partidos y alianzas, dirigidos fundamentalmente
por enseñantes y abogados, inspirándose en el cambio de rumbo de la
izquierda convencional latinoamericana, o lo que viene a ser lo mismo,
identificando las instituciones como el escenario clave del cambio
liberador, en realidad tratan de cambiar una casta burocrática mala por
otra buena recuperando a los electores moderados de izquierda o de
derecha, algo en lo que siempre habían fracasado el neoestalinismo y el
izquierdismo europeos. Aspiran a desempeñar el papel de una nueva
socialdemocracia, bien constitucionalista o bien separatista. La
revolución ciudadanista empieza y termina en las urnas, por lo que
reformas electorales, jurídicas o constitucionales (la transformación
del régimen de 1978)
dependen de los resultados y las combinaciones parlamentarias. Se ha de
conseguir nuevas mayorías políticas, o como se dice, asegurar la
gobernabilidad, ya que nadie desea una ruptura social, aun al precio de
conjurarla con una ruptura nacional. La desmovilización, el oportunismo y
la rápida burocratización que ha seguido a las diversas campañas
demuestra esto: los agitadores de la víspera se vuelven con celeridad
gestores responsables. La izquierda del capital se dio cuenta de que el
Estado es esencial para el capitalismo y de que en periodos de expansión
económica tal dependencia permite políticas sociales:
algo de neokeynesianismo a las prácticas neoliberales que requieren
respaldo estatal. Estamos frente al renacimiento del Estado nacional: un
Estado social pretendidamente soberano en el marco de una Europa de los mercados. La defensa del Estado es la prioridad máxima del ciudadanismo, de ahí su estrategia de asalto a las instituciones, ridículo sucedáneo de la toma del poder
leninista, que se apoya sobre todo en los electores conformistas
decepcionados con los partidos de siempre y subsidiariamente en los
movimientos sociales manipulados. Aunque la crisis no pueda superarse,
puesto que es « una depresión de larga duración y alcance global » según
dicen los expertos, la reconstrucción del Estado como asistente y
mediador quiere demostrar que se puede trabajar para los mercados desde la izquierda.
En
definitiva, no se trata de cambiar la sociedad sino de administrar el
capitalismo –dentro o fuera de la eurozona- con el menor gasto y la
menor represión posible para las clases medias. Demostrar que una vía
alternativa de acumulación capitalista es posible y que el rescate de las personas es
tan importante como el de la banca, es decir, que el sacrificio de
dichas clases no solamente es necesario, sino que no habrá desarrollo ni
mundialización sin ellas.
Se quiere aumentar el nivel de consumo
popular, no transformar la estructura productiva y financiera. Por
consiguiente, se apela a la eficacia y al realismo, no a los cambios
bruscos y las revoluciones. El diálogo, el voto y el pacto son las armas
ciudadanistas, no las movilizaciones o las huelgas generales. Diálogo
directo con el poder, diálogo virtual con las susodichas « personas ».
Las clases medias son más que nada clases no violentas e informatizadas:
su identidad queda determinada por el miedo y la red. En estado puro, o
sea, no contaminadas por capas más permeables al racismo o la xenofobia
tales como los agricultores endeudados, los obreros desclasados y la
canalla lumpen, no quieren más que un cambio tranquilo y pausado hacia
lo mismo desde dentro.
Por otra parte, en estos tiempos de reconversión
económica, de extractivismo y de austeridad, los partidos ciudadanistas
han de contentarse con actos institucionales simbólicos, ya que su
capacidad de resolución de problemas sociales es muy poca. Dependen de
la coyuntura mundial, del Mercado, y éste no les es favorable y
probablemente no lo será en el futuro. En resumen, su posición ante las
cámaras ha de esconder su falta de resultados cuanto más tiempo mejor, a
la espera o más bien temiendo la formación de otras fuerzas más
decididas en un sentido (un totalitarismo mucho más duro) o en otro (la
revolución).
El
capitalismo declina pero su declive no se percibe igual en todas
partes. No se ha considerado la crisis como múltiple: financiera,
demográfica, urbana, ecológica y social. Ni se tiene en cuenta que las
guerras periféricas son responsabilidad de la mundialización
capitalista. En el Sur de Europa la crisis se interpreta como una
amenaza económica y un problema político. En el Norte tiende a tomarse
como una invasión musulmana y una amenaza terrorista, o sea, como un
problema de fronteras y de seguridad. Todo depende del color, la
nacionalidad y la religión de los working poor. La
división internacional del trabajo concentra la actividad financiera en
el Norte y relega el Sur al rango de una extensa zona residencial y
turística. Por eso el Sur es mayoritariamente europeista y opuesto a la
austeridad; el Norte es todo lo contrario. La reacción mesocrática es
contradictoria, pues por una parte la ilusión de reforma y apertura
domina, pero, por la otra, se impone el modo de vida industrial en
burbuja y la necesidad de un control absoluto de la población, lo que
significa un estado de excepción « en defensa de la democracia ». Las
mismas clases votan al ciudadanismo en un sitio y a la extrema derecha
en el otro. Los libertarios han de denunciar este estado de cosas
intentando construir movimientos de protesta autónomos en el terreno
social y cotidiano a defender. La abstención es un primer paso hacia la
secesión del sistema. La perspectiva política puede superarse mediante
un cambio radical –o mejor una vuelta a los comienzos- en el modo de
actuar y en la manera de vivir apoyándose aquellas relaciones
extramercantiles que el capitalismo no ha podido destruir o cuyo
recuerdo no ha borrado. También mediante un retorno a lo sólido en el
modo de pensar: la crítica de la concepción burguesa posmoderna del
mundo es más urgente que nunca pues no es concebible un escape del
capitalismo con la conciencia colonizada por los valores de su
dominación. La necesaria desculturación (desalienación) que destruya
todas las identidades de guardarropía
que nos ofrece el sistema, ha de cuestionar seriamente el
parlamentarismo, el Estado, la idea de progreso, el desarrollismo, el
espectáculo… pero no para ofrecer versiones « antifascistas » de todo
ello. Tampoco se trata de elaborar una teoría única con respuestas y
fórmulas para todo, una especie de moderno socialismo de cátedra, o de
forjar una entelequia (pueblo fuerte, clase proletaria, nación) que
justifique un modelo organizativo arqueomilitante y vanguardista, o de
regresar literalmente al pasado, sino, insistimos, se trata de salirse
del universo mental y material del capitalismo inspirándose en el
ejemplo histórico de experiencias convivenciales no capitalistas. La
obra revolucionaria tiene mucho de restauración
Es
verdad que las luchas anticapitalistas aún son débiles y a menudo
recuperadas, pero si aguantan firme y rebasan el ámbito local pueden
extenderse lo suficiente para echar abajo la vía institucional junto con
el modo de vida esclavo que la sostiene. La crisis todavía es una
crisis a medias. El sistema ha tropezado con sus límites internos
(estancamiento económico, restricción del crédito, acumulación
insuficiente, descenso de la tasa de ganancia), pero no lo bastante con
sus límites externos (energéticos, ecológicos, culturales, sociales).
Hace falta una crisis más profunda que acelere la dinámica de
desintegración, vuelva inviable el sistema y propulse fuerzas nuevas
capaces de rehacer el tejido social con maneras fraternales, de acuerdo
con reglas no mercantiles (como en Grecia), amén de articular una
defensa eficaz (como en Rojava). No obstante, la crisis en sí misma
conduce a la ruina, no a la liberación, a menos que la exclusión se
dignifique y tales fuerzas concentren un poder suficiente al margen de
las instituciones. La estrategia actual de la revolución (el uso de la
exclusión y las luchas en función de un objetivo superior) ha de apuntar
-tanto en la construcción cotidiana de alternativas como en la pelea
diaria- hacia la erosión de cualquier autoridad institucional, la
agudización de los antagonismos y la formación de una comunidad
arraigada, autónoma, consciente y combativa, con sus medios de defensa
preparados.
Los
libertarios no desean sobrevivir en un capitalismo inhumano con rostro
democrático y todavía menos bajo una dictadura en nombre de la libertad.
No persiguen fines distintos a los de las masas rebeldes, por lo tanto
no deberían organizarse por su cuenta dentro o fuera de las luchas. No
reconocen como principio básico de la sociedad un contrato social
cualquiera, ni la lucha de todos contra todos; tampoco la fundan en la
tradición, el progreso, la religión, la nación o la naturaleza. El
comunismo libertario es un sistema social caracterizado por la propiedad
comunal y estructurado por la solidaridad o ayuda mutua en tanto que
correlación esencial. Allí el trabajo –colectivo o individual- nunca
pierde su forma natural en provecho de una forma abstracta y fantasmal.
Las tecnologías se aceptan mientras no alteren el funcionamiento
igualitario y solidario de la sociedad. La estabilidad va por delante
del crecimiento, y el equilibrio territorial por delante de la
producción. Las relaciones entre los individuos son siempre directas, no
mediadas por la mercancía, por lo que todas las instituciones que
derivan de ellas son igualmente directas, tanto en lo que afecta a las
formas como a los contenidos. Las instituciones parten de la sociedad y
no se separan de ella. Es la hora de una nueva sociedad histórica libre
de mediaciones alienantes y de trabas, sin instituciones que planean por
encima, sin trabajo-mercancía, sin mercado y sin trabajadores
asalariados. El proletariado existe únicamente en el capitalismo a causa
de la división entre trabajo manual y trabajo intelectual. Igual pasa
con las conurbaciones, fruto de la separación absurda entre campo y
ciudad. Una sociedad autogestionada no tiene necesidad de empleados y
funcionarios puesto que lo público no está separado de lo privado. Ha de
dejar la complicación a un lado y simplificarse. Una sociedad libre es
una sociedad fraternal, horizontal y equilibrada, desestatizada,
desindustrializada, desurbanizada y antipatriarcal. En ella el
territorio recobra su importancia perdida, pues contrariamente a la
actual, será una sociedad con raíces.
Miguel Amorós.
Charla en la Cimade, Béziers (Francia), 29 de enero de 2016.
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