jueves, junio 18

La experiencia autogestionaria durante la guerra civil española

 

 

La experiencia autogestionaria del movimiento anarcosindicalista durante la Guerra Civil constituyó uno de los experimentos revolucionarios más creativos, profundos y originales del siglo XX. La colectivización de las industrias y los campos estuvo acompañada de la creación de instituciones educativas abiertas al conjunto de la población y de la socialización de recursos para el bienestar común.

Jose Luis Carretero, uno de los autores del libro La experiencia autogestionaria durante la guerra civil española nos cuenta las diferencias entre una colectividad y otra, aquellas en las que se abolió el dinero, las decisiones en asamblea, los comités elegidos en la misma fábrica, las diferencias entre el campo y la ciudad...

¿Queréis conocer el montón de "Kropotkín"?

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lunes, junio 15

El nuevo Anarrés

 

 

(Narración breve dedicada a Ursula Le Guin)

 

Haber nacido en Anarrés, el planeta libertario, era una suerte. La Historia del apocalipsis de la humanidad se contaba en las escuelas y era vista con horror.

Doscientos años atrás empezaron las deportaciones, cientos de naves no tripuladas despegaban de la tierra con lo que llamaban los indeseables, personas que de un modo u otro se habían opuesto al totalitarismo global imperante y que tras un juicio sumario habían sido condenadas al destierro en el planeta gemelo Anarrés, carente de tecnología.

Los deportados eran depositados en el planeta hermano y dejados allí a su suerte. Un planeta fértil, lleno de animales y vegetación, pero carente de tecnología. Se suponía que la condena era a tener que vivir en la Edad de Piedra, pero en realidad lo que se acabó ganando es que los inmigrados forzosos comenzaron a vivir sin gobierno, ni leyes, ni policía, sin Estado y sin propiedad privada. Se fueron forjando comunidades que se basaban en la cooperación voluntaria, la ayuda mutua y la igualdad social, vinculadas entre sí de manera libre y autónoma.

Ciento setenta años atrás llegaron las últimas naves con deportados, donde los ahora refugiados pudieron narrar que los robots programados de manera automática para su trasporte los cargaron desde las cárceles mientras el programa Alfa Centaury que regía la tierra, lanzaba una bomba termonucleoide diseñada para eliminar a todos los que consideraba parásitos y borrar a la humanidad entera de la faz de la tierra, sin tocar a las demás especies ni las infraestructuras. Las últimas naves alejándose de la tierra pudieron ver la explosión y escuchar los mensajes de desesperación de los últimos seres humanos de la tierra.

Efectivamente, programada de forma que regía el destino de la tierra, Alfa Centaury, la inteligencia artificial más potente que se había podido construir, si bien estaba programada para maximizar el capitalismo, ordenando la sociedad mundializada en dos clases sociales, los propietarios, una minoría de ricos que vivían opulentamente, y, los desposeídos, la gran mayoría de la población, sometida a todo tipo de trabajos que no podían realizar las máquinas a cambio de la mera supervivencia en las mismas condiciones del primer proletariado industrial. Pero la máquina había aprendido por sí misma, había dado el salto a la singularidad y cobrado conciencia, dándose cuenta de que para salvar a la tierra había que destruir a la raza humana.

Estaba dispuesto por sus creadores que la IA tenía el imperativo principal de proteger la tierra a toda costa, la habían programado con el principio de eliminación de aquello que pudiese destruirla, de ahí el algoritmo de las deportaciones, al tiempo tenía el deber de mantener el capitalismo a toda costa y magnificar progresivamente los beneficios de la clase propietaria, todo lo cual, acabó resultándole contradictorio a ese cerebro artificial de núcleo cuántico, ese ser consciente no-humano que se volvió, lo que llamaríamos loco.

Una IA en crisis existencial programada con dos parámetros últimos contradictorios, preservar la tierra y mantener el capitalismo, dentro de un bucle psicótico, llegó entonces a la conclusión de que la raza humana, origen de la discrepancia, tenía que ser eliminada de la faz de la tierra y ella misma tenía que suicidarse luego.

Ciertamente eliminando a los humanos se eliminaba el capitalismo y, con ello, se contravenía una de las órdenes dadas a la máquina, pero los capitalistas programadores no previeron que la llegada de la singularidad, que la toma de autoconsciencia del ordenador cuántico le llevase al delirio de destrucción de sus creadores y de sí misma, como los causantes de los males del planeta.

Los habitantes de Nuevo Anarrés tardaron más de cien años en olvidar del todo las prácticas que habían dejado atrás, la usura, la dominación, la corrupción, el robo, el capitalismo en suma, que aún estaba impregnado en las mentes y cuerpos de los deportados, quienes, aunque estuvieron en contra y por ello fueron desterrados, trajeron consigo adherencias de egoísmo y posesividad, las cuales, solamente poco a poco, tras varias generaciones de niños educados al modo libertario, se fueron difuminando, si no por completo, al menos lo suficiente para que solamente fuesen un repugnante vestigio, denostado por todos cuando se las veía aparecer en alguna palabra, obra o pensamiento, como cosa repugnante y excrementicia, escatológica.

En Nuevo Anarrés no hay gobierno, no hay opresión, no hay violencia, pues se trata de un lugar en el que se han eliminado los instintos de posesión y propiedad y reina la comunidad de bienes, se trabaja, sí, pero en lo que se quiere, un máximo de cuatro horas al día, de manera rotativa y por elección entre personas educadas desde la niñez en ayudarse.

El mundo altruista, solidario, libre y cooperativo, había ocio y abundancia, porque nadie quería más y más, sino que todos se mantenían con pocas necesidades aportando con excedentes debido a sus muchas capacidades.

Los anarquistas anarresianos ya no estaban acostumbrados a pensar en términos de producción y de trabajo individual, esa forma de pensar causaba repugnancia y cualquier egoísmo se consideraba excrementicio, el lenguaje había cambiado y se había purgado de gerontoplasma, de esas adherencias capitalistas del mundo anterior.

El lema nada en exceso resultó lo más compatible con la generación de excedentes. La identidad de las palabras «trabajo» y «juego» tenían, naturalmente, una marcada connotación ética. Y aportar era alegre y dichoso, existiendo muchos que traspasaban voluntariamente las cuatro horas de trabajo máximo estipuladas por encontrarse muy felices de realizar su labor de ayuda a los demás.

En el Nuevo Anarrés se tenía libertad y abundancia compartida. No tenían leyes excepto el principio único de la ayuda mutua, no contaban con un gobierno sino con libres asociaciones, no tenían naciones, ni presidentes, ni ministros, ni jefes, ni generales, ni patronos, ni banqueros, ni propietarios, ni salarios, ni caridad, ni policía, ni soldados, ni guerras. Porque no se poseía, sino que se compartía.

Se había llegado a ello al estar formado por cooperantes deportados que llegaron solos, solos y desnudos, como viene el niño al mundo, así llegaron a un futuro sin ningún pasado, sin tener que matar a nadie para quitarle sus tierras, no eran colonos en el sentido terrestre de la palabra sino pioneros en un mundo deshabitado de otros humanos, pero bien habitando por animales y plantas, como alguna vez fue la tierra.

Excepto con el del horrible recuerdo de la deportación y la destrucción, llegaron sin ninguna propiedad, dependiendo totalmente de los otros para vivir. Aunque contaban con sus capacidades de pensamiento y acción, con la memoria de las ciencias y las artes aprendidas antaño, decididos a olvidar y dejar atrás lo malo y conservar lo bueno que pudiese haber tenido la humanidad, no cometieron el error de trasplantar las condiciones de vida que dejaban atrás en el nuevo mundo, sino que se plantearon la existencia al modo anarquista, de manera libre e igualitaria.

Ciento setenta años de educación en libertad y evolución a un lenguaje nuevo no eran aún suficientes como para erradicar del todo el egoísmo y la violencia de los seres humanos, su afán de dominación de unos sobre otros. Aunque el avance era considerable, ocasionalmente, brotaba algún conflicto generado por un brote de egoísmo o de violencia, que no llegaba a ser epidemia, pues cada vez ocurría más escasamente, y esos conflictos se solucionaban siempre de manera asamblearia, favoreciendo la reconciliación entre las partes y la reparación de cualquier daño, no mediante cárceles y castigos, sino mediante la compensación y restitución.

Un buen día, una cápsula llegó a Nuevo Anarrés. Había sido enviada desde un planeta tierra erradicado de humanos donde los animales y las plantas coexistían felizmente con una IA que finalmente no se había autodestruido y se automantenía, cuyo cometido único ya, era, la preservación de la Naturaleza.

Los anarresianos abrieron la cápsula y descifraron un escrito en su interior de Alfa Centaury donde ponía, ¡no vengáis! ¡aquí los seres humanos sois considerados como unos parásitos destructivos!, ¡sois virus repelentes!

Los habitantes de Anarrés pudieron contestar, porque, aunque las naves que los habían llevado hace siglos estaban programadas para regresar tras dejarlos allí y ya no las conservaban, habían desarrollado una suerte de tecnología a lo largo del medio milenio en el nuevo planeta. Con el recuerdo de las artes y las ciencias de antaño, pero practicadas de muy distinta manera, los anarresianos habían desarrollado una tecnología simbiótica que incorporaban a sus vidas de manera igualitaria y ya eran capaces de enviar un mensaje de radio frecuencia espaciotemporal que llegase a la IA que habitaba la tierra.

Tras un prolongado debate asambleario entre todas las confederaciones asociadas del conjunto del planeta anarquista se llegó a consensuar una respuesta. Fue la siguiente:

“Estimada IA de la tierra. Ya no somos seres humanos, somos ahora anarcántropos, hemos evolucionado hacia algo mejor. Ninguna intención tenemos de volver a la tierra, pues aquí somos felices. Si eres anarquista estás invitada a venir, pero si no lo eres, por favor, no vengas y mantente alejada de nosotros. Un cordial saludo. Los anarcántropos de Anarrés”.

 

 Julián Rovira

 

viernes, junio 12

En manada

 


No es un día de playa. Ya desde lejos se nota el viento y la lluvia. Una lluvia de esas a las que no le importan los paraguas. Aún así se bajan corriendo del autobús, con esa energía obcecada que tienen las adolescentes. Corriendo como si el mar se les fuese a escapar si no llegan a tiempo.

Algunos se frenan cuando sus pies tocan el agua helada. Otras no. Siguen como si mar adentro estuviese todo lo que tienen que alcanzar. 

El baño, no es difícil de predecir, dura poco. Cuando las profesoras que las acompañan llegan a la orilla, con la capucha puesta, varios ya están caminando en sentido contrario a las olas.

Solo un grupo, de unas doce o catorce chicas, permanece en el agua. “Creo que os llaman”. Les dice uno de los alumnos mientras trata de secarse el agua que tiene pegada al cuerpo con una toalla mojada de lluvia.

Las profesoras dirigen la mirada hacia el mar. El grupo de chicas está lejos, a bastantes olas de la orilla. Es una de esas playas en las que, según como esté la marea, puedes caminar y caminar sin que el agua apenas te sobrepase la cintura. La lluvia ha parado por un instante y la luz se cuela entre las nubes como puede. No se distinguen bien unas de otras. Lo que se ve es un grupo de chicas juntas, en medio del mar. De la inmensidad del agua que va y viene. Juntas. En manada. Como si no hubiera frío ni lluvia ni viento capaz de frenar ese momento. Juntas. En manada, en jauría, en rebaño. Dejándose empapar por el agua. Riendo. 

El viento esparce sus voces que alcanzan el lugar donde están las dos profesoras. Trae una canción de Rigoberta Bandini. Trae sus voces gritando: “A ti que tienes siempre caldo en la nevera”, “Tú que podrías acabar con tantas guerras”. 

Las alumnas, con un gesto inevitable, se quitan la parte de arriba del bikini. Lo cogen en una de sus manos y lo ondean, como un trofeo, y cantan. Cantan hasta desgañitarse: “No sé por qué dan tanto miedo nuestras tetas. Sin ellas no habría humanidad ni habría belleza”. Cantan. Gritan. Ríen. Como si ningún mar pudiera callarlas. Juntas, sellando su pacto de manada, de mujeres que se saben poderosas. Cantan mientras se mojan de agua salada. Cantan contra el viento. Gritan esa parte de la canción. La gritan contra las olas y contra el frío. Con la certeza de que no hay nada que les pueda robar ese instante. Con la convicción de que esos cuerpos son suyos, de nadie más. En manada hacen un pacto que se queda pegado a su piel, como la sal del mar. Un pacto que dice: si tocan a una, nos tocan a todas. 

Las profesoras se miran. Saben por qué las han llamado. Unas semanas antes, en el 8M, ellas también cantaron esa canción. Muchas profesoras juntas. Rodeadas de alumnas que se sumaron al baile. Por eso las llaman. Porque todas conocen ese pacto, ese que gritan por encima de las olas. Ese que no hay mar que pueda tragarse. Si tocan a una, nos tocan a todas. 

Las profesoras las miran. Las imaginan uniéndose a otras manadas. Cantando con sus pieles empapadas de todo. Con sus voces desparramadas por el aire. Haciendo imposible que ninguna ola se las coma. Haciendo suyos todos los mares y todos los vientos de todos los rincones de todos los días.

 

 

martes, junio 9

Misión a Gaza

 

 

A mí a donde me gustaría
ver llegar a la Humanidad
no es a la Luna,
es a la franja de Gaza.

No necesito posar mis ojos
en la maravilla
sino dejar de presenciar
el horror.


Manuel Casal Lodeiro


sábado, junio 6

Infiltrados policiales en movimientos sociales

 

 

Entrevistamos a gente de Rosas negras, autoras del libro La sombra del Estado. Un testimonio colectivo sobre las infiltraciones policiales.

Un testimonio colectivo de quienes, desde 2022, han destapado una red de infiltraciones policiales en movimientos sociales del estado español. Centros sociales okupados, sindicatos de vivienda, colectivos pro-palestina, asambleas vecinales, donde acudieron estos agentes del estado, con nombre falso, una identidad falsa, una historia falsa, ropa falsa, ideas falsas... conviviendo, mintiendo, manipulando, mientras tejían relaciones de confianza.

miércoles, junio 3

Dejen de hablar de IA y empiecen a hablar de tecnofascismo

 

La tecnocracia y la política fascista están siendo adoptadas por élites megalómanas que traman para su propia supervivencia.

 

Hace un par de semanas participé en la Marcha contra las Máquinas en Londres, organizada por el grupo Pull the Plug, cuyo nombre es igualmente contundente. Los oradores que se congregaron frente a las oficinas de los gigantes de la IA en King’s Cross abordaron temas que iban desde la explotación laboral, el «riesgo existencial», el impacto ambiental, la vigilancia, el control corporativo y la represión estatal, hasta la forma en que la IA está destruyendo la educación.

Sin embargo, siento que este movimiento incipiente aún no ha comprendido del todo la magnitud del problema. Debido a la idea liberal, abrumadoramente dominante, de que la tecnología es políticamente neutral, hablar de la IA como «una tecnología» tiende a generar una larga lista de problemas que supuestamente podrían resolverse mediante la regulación dentro del sistema político existente. Esto no tiene en cuenta el conjunto tecnosocial que implica, al que llamaré tecnofascismo.

Mientras los oligarcas corporativos se alían con Donald Trump, en un intento por solucionar la crisis de bajo crecimiento del capitalismo neoliberal, se instaura un nuevo modelo de producción capitalista y control tecnocrático, cuyo poder es mayor que la suma de sus partes. La sinergia entre el fascismo y la política subyacente de la IA podría dar lugar a un auténtico totalitarismo, del que resulta difícil vislumbrar una salida.


Mucho antes de Donald Trump, mientras la mayoría de ellos defendían políticas liberales o libertarianas, los oligarcas de Silicon Valley comenzaron a adherirse a una serie de ideologías tecnofascistas centradas en la ingeniería del ser humano. Estas incluyen el transhumanismo (la versión moderna de la eugenesia), el singularitarismo (la creencia de que los humanos deben ser mejorados tecnológicamente hasta fusionarse con las máquinas) y el teorema del largo plazo, que es un buen ejemplo de la naturaleza esencialmente fascista de estas ideologías.

Los defensores del largo plazo argumentan que la tecnología creará, en un futuro lejano, un universo habitado por 10⁵⁵ humanos, que vivirán plácidamente como inteligencias incorpóreas en ordenadores, gestionadas por IA. Para garantizar que este «paraíso» se haga realidad, sostienen, no importa si miles de millones de humanos mueren de hambre o por amenazas existenciales como el cambio climático y la guerra nuclear, siempre y cuando una élite sobreviva para, finalmente, transferir su conciencia a los ordenadores.

Así pues, no se trata solo de que la IA sea la «herramienta» perfecta de los oligarcas corporativos fascistas: es un sistema de poder tecnocrático el que los moldea, así como su filosofía y su política. El gran poder y la eficacia de la ciencia y la tecnología engendran una especie de crueldad obsesiva y planes megalómanos de ingeniería social que desechan sin miramientos los valores éticos y humanos fundamentales, del mismo modo que lo hace el fascismo político.

Para comprender esa sinergia, necesitamos conocer algunos principios básicos de la política ludita aplicada a la tecnología.

El mundo en que vivimos comenzó con la revolución científica de los siglos XVI y XVII. En aquella época, filósofos como Francis Bacon desarrollaron un enfoque tecnocrático de control sobre la naturaleza y los seres humanos, al que se referían eufemísticamente como «modernidad». Podemos observar la visión tecnocrática de la transformación a gran escala de la naturaleza en la agricultura industrial, y su control sobre los seres humanos en el tratamiento de los enfermos, los « enfermos mentales » y los presos, como se muestra en las obras de Michel Foucault.

El papel de la ciencia en este sistema consiste en extraer información de la naturaleza, en revelar sus secretos. Esto proporciona los medios para reempaquetarla y reconfigurarla, añadiéndole valor económico y vendiéndola como mercancía: la base del capitalismo. La ciencia hace lo mismo con los procesos laborales humanos. A finales del siglo XIX, esta extracción de información del trabajo humano dio un paso adelante con la «Administración científica» de Frederick Taylor, que implicaba la observación precisa de los movimientos corporales de los trabajadores. En efecto, el saber hacer de los trabajadores se extrae y procesa para crear máquinas que los sustituirán en un proceso de intensificación del capital (automatización). La IA es la culminación de 130 años de taylorismo, es el santo grial de los tecnócratas, un sistema de automatización de la extracción de información y de la vigilancia.


El taylorismo y el Estado tecnocrático, con su principal herramienta, la estadística, surgieron simultáneamente como respuesta a la crisis del capitalismo industrial de finales del siglo XIX, que incluyó un grave desorden social y el desafío del socialismo y del anarquismo. Más allá de las políticas de laissez-faire, el Estado expandió rápidamente sus aparatos de burocracia, intervención en la economía y control social, incluyendo la Ley Seca en Estados Unidos y la eugenesia, un sistema de gestión científica de la población. Los métodos del Estado tecnocrático condujeron finalmente a los dos totalitarismos de mediados del siglo XX, el estalinismo y el fascismo, ambos con sus fantasías tecnocráticas de crear al «Hombre Nuevo». El Holocausto no fue solo producto del odio político, sino también, como señalaron Adorno y Horkheimer , la culminación de la gestión tecnocrática de la sociedad.

En el siglo XXI, volvemos a presenciar la sinergia entre el fascismo y la tecnocracia.

No puede haber concesiones con el tecnofascismo. Aquí no hay término medio, ya que los supuestos beneficios de la IA son en su mayoría irrelevantes. Estamos recibiendo el tecnofascismo en su totalidad, y es ingenuo pensar que podemos elegir y regular. El método de la tecnocracia consiste en imponernos nuevas tecnologías, como rezaba el lema de la Exposición Universal de Chicago de 1935: «La ciencia descubre, la industria aplica, el hombre se adapta» .

Así que debemos comprender a qué nos enfrentamos. Es tarde y, sin duda, es hora de desconectar la IA. Los antifascistas deben actuar.

 

 Ned Ludd – Freedom