Cuando la multitud hoy muda, resuene como océano.

Louise Michel. 1871

¿Quién eres tú, muchacha sugestiva como el misterio y salvaje como el instinto?

Soy la anarquía


Émile Armand

jueves, octubre 30

Los militares, enemigos de la sociedad civil y del pueblo

"La educación de los militares (incluyendo a la policía), desde el soldado raso hasta las más altas jerarquías, les convierte necesariamente en enemigos de la sociedad civil y el pueblo. Incluso su uniforme, con todos esos adornos ridículos que distinguen los regimientos y los grados, todas esas tonterías infantiles que ocupan buena parte de su existencia y les haría parecer payasos si no estuvieran siempre amenazantes, todo ello les separa de la sociedad. Ese atavío y sus mil ceremonias pueriles, entre las que transcurre la vida sin más objetivo que entrenarse para la matanza y la destrucción, serían humillantes para hombres que no hubieran perdido el sentimiento de la dignidad humana. Morirían de vergüenza si no hubieran llegado, mediante una sistemática perversión de ideas, a hacerlo fuente de vanidad. La obediencia pasiva es su mayor virtud. Sometidos a una disciplina despótica, acaban sintiendo horror de cualquiera que se mueva libremente. Quieren imponer a la fuerza la disciplina brutal, el orden estúpido del que ellos mismos son víctimas".

Mijaíl Bakunin

lunes, octubre 27

¿Es posible romper con el capitalismo desde la ciudad?

En el contexto de crisis ecológica, económica, política y social, los ataques contra el territorio se acentúan ¿Cómo impedir la destrucción del territorio desde la ciudad?

Ciudad no es el nombre correcto para llamar a las aglomeraciones urbanas actuales, esclavas de los vehículos, sin límites, sin unidad y sin proyecto común. Es más propio el término de conurbación. Las movilizaciones en defensa del territorio pueden originarse en ella, pues la conurbación no deja de ser parte del territorio, aunque sea parte destruida. La defensa del territorio es también una defensa de la ciudad en el verdadero sentido de la palabra, al menos tanto como la defensa de la ciudad es en buena parte desurbanización. Por otro lado, la mercantilización completa del territorio, arruina lo que podía quedar de libre y gratuito en el modo de vida rural, que queda totalmente convertido en un modo de vida suburbano. Desde el lado creativo, se puede combatir perfectamente la destrucción territorial desde las barriadas urbanas estableciendo puentes con el campo, bien para instalarse allí, bien para llevarlo a la conurbación. No es necesario extenderse sobre los grupos de consumo y los huertos urbanos. Desde el lado de la resistencia, dado que el campo se halla casi despoblado, los contingentes necesarios para oponerse a los ataques han de venir forzosamente de las conurbaciones. Resumiendo: tanto en el campo como en la conurbación hay que impulsar modos de vida no capitalistas, es decir, todo lo que se pueda al margen de la economía y del Estado, al tiempo que se organiza la resistencia contra las constantes agresiones territoriales.

¿Es compatible esta oposición con el modo de vida urbano actual?

Es evidente que existe una enorme oposición entre el espacio tal como lo conforma la mercancía, y tal como sería si albergara una humanidad liberada. Lo mismo sucede con el tiempo. La forma de vivir que impone el capitalismo, pagando y cobrando por todo, es absolutamente incompatible con un modo de vida biológica y culturalmente equilibrado, solidario y libre.

¿Cómo sería la defensa del territorio desde la ciudad? La defensa de los barrios, ¿sería un buen punto de partida para defender la tierra? 

La decisión de combatir, tanto dentro como fuera de la conurbación, resulta de la toma de conciencia del conflicto real que han provocado las contradicciones del sistema de dominación, las cuales son bien visibles en la destrucción del territorio y en la exclusión social. La contradicción principal, que le viene de fuera, es la que existe entre unas necesidades ilimitadas debidas al crecimiento y unos recursos muy limitados que la tecnología no puede prolongar. En contrapartida, la mayor contradicción interna reside en la misma producción capitalista, cuando el precio del trabajo, siempre a la baja, y el estallido de las burbujas crediticias, no permiten alcanzar la cota de consumo necesaria para obtener suficientes beneficios. O dicho de otro modo, cuando la extracción de plusvalía no basta para asegurar la reproducción ampliada de capitales. La lucha social desde las barriadas está adoptando un doble aspecto; por una parte, la creación de circuitos de abastecimiento, transporte y formación al margen de la economía y del Estado; por la otra, la puesta en marcha de medios de autoorganización y autodefensa como las asambleas de barrio, las comisiones y los piquetes. Son indicadores de la descolonización de la vida cotidiana y la desestatización de la vida pública. 

Qué hacer con el concepto de clase en el marco de la defensa del territorio. ¿Existe la clase obrera? ¿Hay lucha de clases? 

El capitalismo, al apoderarse de toda la sociedad y extenderse por ella a todos los niveles, genera constantes antagonismos y estos son fuente de conflictos. La sociedad capitalista se halla dividida. Cuando un fragmento o parte es consciente de sí misma, de su fuerza y de sus posibilidades, forma una clase. Las clases no son factores sociales estables; evolucionan y se transforman de acuerdo con el resultado cambiante de las alianzas y los enfrentamientos entre sí. Son productos históricos. Desde que un poder separado llega a constituirse, hay una clase dominante y una población dominada. Que esta llegue a formar una clase para si depende de la conciencia que pueda nacer de su resistencia a la dominación y de sus intentos por liberarse de ella. En las actuales condiciones de producción y consumo, los trabajadores no forman una clase. No quieren salirse del sistema; solamente aspiran a prosperar dentro de él. No son capaces de la menor autonomía; siempre actúan a través de mediadores. Eso es así porque el conflicto laboral no trasciende al capitalismo, no plantea su superación, sino que se mantiene siempre en su terreno: el trabajo nunca ha sido sino la otra cara del capital. La lucha por los salarios o el empleo ignora expresamente la naturaleza del trabajo y sus consecuencias. Ejemplos recientes: los mineros nunca se han planteado el impacto en el medio ambiente de las actividades extractivas; los obreros que fabrican automóviles o refrescos, o los que construyen autopistas o centrales nucleares, no se cuestionan jamás la finalidad de lo que están haciendo. No se preguntan por la utilidad social del trabajo, y mucho menos persiguen su abolición como mercancía: sencillamente desean su conservación y una mejor remuneración. Lo que realmente quieren es mantener el acceso a las mercancías, no desertar de su mundo; llevar un modo de vida consumista que han interiorizado, no desprenderse de él. La mercancía es la vida cuando la vida no es más que mercancía. Cuando cualquier otra cosa no cuenta, el acceso seguro al mercado lo es todo. Esas luchas pues, no disuelven las condiciones presentes, porque nada tienen que ver con la lucha de clases. Cuando el imperio de la mercancía es total, la clase antagónica, verdaderamente anticapitalista, no puede forjarse desde dentro, desde el trabajo, sino desde fuera, desde el vivir. En el combate por el ágora, por la justicia social; en la agroecología, en la defensa del territorio. Allí es donde mejor puede desprenderse el trabajador de la alienación que le coloca fuera de sí. Por encima de cualquier estatuto del trabajo está la constitución de la libertad. 
 
 

Si hay un éxodo urbano hacia el campo, ¿cómo sería esa transición poblacional, si fuera insostenible vivir en la ciudad? ¿Cómo afectaría al campo, a lo rural? 

La imposibilidad de supervivencia en las conurbaciones empujaría la población al campo sin duda, pero los efectos sobre el territorio dependerían de cómo se realizara el proceso. Si fuera de manera consciente, la ruralización no sería traumática ni desastrosa. Daría lugar a comunidades vecinales. Si se lleva a cabo inconscientemente, por el mordisco del hambre, la ruralización será desordenada y depredadora, ocasionando caos y violencia, pues dominarían las bandas de desesperados y las mafias. Dará lugar a miniestados militaristas. Que la humanidad del fin de la civilización transcurra por vías populistas y fascistas, o al contrario, escoja los caminos de la emancipación, no dependerá más que del desenlace de un proceso de luchas sociales más intenso que todos los del pasado. 

¿Cómo serían las alianzas entre las luchas en teoría cada vez más numerosas en defensa del territorio y otras luchas más tradicionales? 

Las luchas de tipo laboral, contra los recortes en sanidad, contra los desahucios o contra el encarecimiento del transporte público o de la electricidad, son legítimas y necesarias, pues para quien ha quedado atrapado en la sociedad de mercado la supervivencia es lo primero. Pero sólo la defensa del territorio puede darles perspectivas anticapitalistas y catalizar la formación de comunidades. La conexión de unas luchas con otras no es fácil, porque la integración que domina en unas y la segregación que debería hacerlo en otras, son fenómenos opuestos. Además, casi siempre la defensa del territorio discurre por cauces ciudadanistas, que aíslan los problemas y tratan de compatibilizarlos con el progreso capitalista. Es algo muy evidente en los conflictos “nimby” (no en mi casa, pero sí en otra parte) y en las formas de rentabilizar la exclusión conocidas como “economía social”. Así pues, en las actuales circunstancias, cuando la radicalización no parece deseable a la mayoría, de producirse una conexión lo más probable sería que se impusieran mecanismos integradores. 

¿Cómo será el equilibrio, inestable en apariencia, entre la crisis ecológica y la crisis del valor en el capitalismo? 

No hay equilibrio, hay interacción. Quienes tras la debacle financiera apuntan a la crisis del “valor”, proclaman la perdida de función del dinero, su expresión material, lo que no es cierto. El “corralito” argentino no se ha vuelto a repetir. La confianza en el dinero no se ha evaporado y por consiguiente éste conserva su valor de cambio; traduce ese valor. El desarrollo capitalista, aunque zigzagueando, sigue adelante, por lo que el descenso de la tasa de ganancia, la caída del “valor”, aún puede compensarse, principalmente con la destrucción del territorio: eólicas, fracking, cultivos transgénicos, incineradoras, infraestructuras… Por lo demás, la crisis reviste variados aspectos: económico, cultural, político, ecológico, energético, demográfico, alimentario, sanitario, urbano… Es una crisis global, signo de la quiebra de los sistemas metropolitanos y, en general, de la fragilidad del capitalismo contemporáneo. 

Cuando el barco se hunde –cuando el desarrollo se vuelve problemático– buscar la causa primera o la relación entre todas no es lo importante, pues lo que urge es ponerse a salvo y organizar tanto la supervivencia en colectividad como el desmantelamiento de la megamáquina.
 
 
 
 
http://argelaga.wordpress.com/

Miquel Amorós
 
Cuestionario para la charla del 26 de abril de 2014 en la librería Eleutheria, de Madrid.

viernes, octubre 24

De raíz contra el sexismo

Desde distintos colectivos se manifiestan las ideas utilizando un lenguaje inclusivo para referirnos a ambos sexos, en lugar de utilizar el masculino(los) para el plural; por eso oiremos eso de trabajadoras y trabajadores, los y las estudiantes, o parado/as).

¿Y es que no da lo mismo utilizar sólo el masculino que engloba a todos? Es el típico argumento que utilizan las personas ante este uso de la lengua, argumentando que el lenguaje no soluciona la totalidad de los problemas derivados del género, el sexismo o el patriarcado, y que no es el problema fundamental, además de que es la forma más fácil de expresarnos tradicionalmente.

Es cierto que la sociedad asimila el uso del masculino al plural, y además que el lenguaje no soluciona la totalidad de los problemas de desigualdad, pero tal y como el sexismo se aprende, el lenguaje no sexista también, y por esta razón debemos hacer uno esfuerzo en nuestra forma de pensar y de hablar, y poco a poco en nuestra vida cotidiana iremos asimilando que con el lenguaje se construye el pensamiento y esto refuerza la lucha contra la desigualdad y el sexismo.

Investigaciones sobre como afecta la lingüística en nuestra concepción de las cosas y las personas nos muestran que la ocultación de la mujer en el lenguaje, o la utilización de palabras de un género u otro dependiendo de si lo que queremos designar es bueno o malo, así como la percepción de mayor valoración para profesiones si las utilizamos en masculino en lugar de en femenino, son ejemplos de que el lenguaje es importante en la imagen subconsciente que nos creamos de nuestra sociedad y las personas que la componen y en la manera en que las percibimos y como las valoramos.
Se hace imprescindible para superar las desigualdades entre hombre y mujer,y para hacerlo es necesario entre otras cosas, la ruptura con los roles tradicionales y el reconocimiento de las mujeres tanto en la historia como en el lenguaje, asumiendo que lo que no se nombra no existe de la misma forma que lo que se nombra.

Debemos plantearnos esta nueva forma de expresarnos como la base desde donde afrontar el conflicto en los roles de cada genero, al igual que se afrontan el conflicto de clases, y no caer en la excusa fácil, y el error de que es mas importante hablar del proletariado, la mercancía, cuestionar la existencia del dinero o la destrucción del estado que del patriarcado. Todos estos asuntos se hacen imprescindibles para la construcción de una sociedad anarquista, pero siempre combinando el medio de alcanzarlo con el fin que se alcanza, y no utilizando el lenguaje del sistema actual, su forma de actuar para, de forma espontánea y por arte de magia alcanzar una sociedad justa e igualitaria. Eso es mucho más utópico que lo que nosotros y nosotras queremos.
http://manifiestoalalocura.blogspot.com.es/


martes, octubre 21

Un futuro sin porvenir. Por qué no hay que salvar la investigación científica

Grupo Oblomoff


La Ciencia sigue manteniendo un lugar privilegiado en el imaginario de los países occidentales. El derrumbe de distintos símbolos religiosos y laicos como Dios, la Revolución, e incluso el Progreso, no ha alcanzado a la fe en la práctica científica. Ese es el motivo por el que, en los últimos años, las quejas y las demandas de científicos e investigadores españoles hayan gozado de tan buena acogida entre amplios sectores de la izquierda y de la opinión pública. Sin embargo, jamás se habla del porqué de la necesidad de la investigación científica, de sus fines y sus medios, o del tipo de mundo que contribuyen a forjar y perpetuar.

La ciencia, en nuestro tiempo, no se entiende si no es como ciencia aplicada al sistema productivo. En su condición subalterna, sometida a la lógica de la ganancia, no puede más que celebrar y alentar los progresos del Estado y de la Técnica, y colaborar, así, con el desarrollo de un modo de vida cuya base es la sumisión. Al haber aceptado alegremente esta función (en la creencia de estar ejerciendo un magisterio científico siempre neutral y apartado de la lógica de la sociedad), los científicos se han condenado a una compartimentación cada vez más minuciosa de su trabajo, a la sujeción a la financiación pública y privada con el único fin de extraer benificios económicos o ventajas estratégicas militares, y, en definitiva, a ignorar conscientemente para qué y para quién están haciendo ciencia. Han aceptado el chantaje, guardando silencio sobre la degradación constante de la propia actividad científica, y siendo cómplices en muchos casos del encubrimiento de la nocividad de la producción industrial, haciéndola pasar por daños colaterales inevitables y, a fin de cuentas, asumibles.

En las páginas de este libro el Grupo Oblomoff desarrolla una crítica dirigida contra mitos modernos como el Progreso y la Técnica, cuestiona las nociones de investigación pública y «ciencia pura», y sugiere que la ciencia moderna en realidad «tecnociencia» ha sometido el deseo de comprensión del mundo a una voluntad imperialista y hegemónica que reduce toda la realidad a simples mecanismos y números.

El Grupo Oblomoff nació en Francia hacia octubre de 2004, cuando treinta personas interrumpieron una asamblea del movimiento Salvemos la investigación y denunciaron la complicidad entre la investigación científica, la industria, y el ejército. Los participantes en la protesta eran en su mayoría estudiantes de ciencias sociales y militantes anti-nucleares y feministas, pero unos meses después se les sumaron investigadores y doctorandos en ciencias puras, constituyéndose de esta forma el Grupo Oblomoff. Desde entonces han venido desarrollando una doble actividad en la producción de textos y la realización de acciones de denuncia frente a personalidades o iniciativas del medio científico. La elección del nombre, que remite al personaje de la novela de Goncharov Oblómov, emblema de la indolencia metafísica, sugiere la necesidad de frenar la invasión tecnológica, detener la obsesión por el trabajo y la producción, y recordar que existen más modos de estar en el mundo.

 

sábado, octubre 18

El trabajo y la esclavitud

«En el fondo, ahora se siente [...] que semejante trabajo es la mejor policía, que mantiene a todo el mundo a raya y que sabe cómo evitar con firmeza el desarrollo de la razón, la concupiscencia y el deseo de independencia. Puesto que emplea una cantidad enorme de energía nerviosa, la cual sustrae a las actividades de meditar, ensimismarse, soñar, preocuparse, amar, odiar.» Friedrich Nietzsche, Los aduladores del trabajo, 1881


La palabra trabajo proviene del latín tripalium que era un instrumento de azote utilizado por los romanos. Una gran cantidad de pueblos a lo largo de la historia de la humanidad vieron el trabajo como una circunstancia inevitable para poder sobrevivir, pero nunca tuvo el carácter de ser un valor en sí mismo. Las sociedades que no formaron estado como las investigadas por el célebre antropólogo Pierre Clastres (1) resultaban ser sociedades, que estando contra el “productivismo” producían lo necesario para vivir en términos relativamente apasibles, por ejemplo si les entregaban herramientas más eficaces, en vez de producir más, simplemente las empleaban para producir lo mismo en una menor cantidad de tiempo.

Este tipo de sociedades jamás formaron estructuras jerarquizadas como los estados modernos, ya que su población siempre se mantuvo belicosamente movilizada frente a cualquier tipo de concentración en un poder centralizado, es el estado el lugar en que se concreta una sociedad dividida en clases que puede desplegar diversos sistemas económicos,  pasando por los imperios Inca o Azteca hasta el sistema-mundo capitalista (centro y periferia económica-cultural y un sistema inter-estado jerarquizado y una división de clases dentro de ellos) que actualmente existe. Todo estado implica un etnocidio en el sentido de fagocitar y destruir culturas, solo el estado de Chile se construyo sobre montañas de cadáveres de indígenas, pero lo que hace más profundamente etnocida a un estado es el capitalismo, ya que si la acumulación es infinita se requiere socavar hasta la última fibra de cualquier modo de vida incompatible, como se puede ver el hecho político antecede al hecho económico. El trabajo asalariado es ante todo una relación jerarquizada, en que en algún momento en circunstancias asociadas a incertidumbre, en términos de supervivencia biológica o psicológica, un grupo determinado toma por la fuerza el poder y por ende el control sobre los medios o recursos necesarios para la sobrevivencia.

El concepto de crecimiento económico parte de la falacia de que es posible establecer alguna fragmentación entre las especies y el ecosistema que las contiene (2), por lo que asegurar una armonía con el ecosistema no forma parte del plan y ese es un despliegue que nos conduce inevitablemente a un colapso ecosistemico, ideas como la deriva natural del  biólogo Francisco Varela han puesto solidos cuestionamientos a esa idea de progreso indefinido.Entonces la dominación política ya sea una democracia o una dictadura que implica la jerarquización de la civilización (En la democracia la cuota de admisión para poder incidir la otorga la cantidad de dinero que poseas) requiere de individuos fuertemente especializados en areas muy especificas, que rara vez tendrán una noción en términos sistémicos de lo que realizan, la rutina es diaria e impostergable, una letanía interminable que paulatinamente nos desconecta de la experiencia inmediata en términos más amplios que la tarea a desempeñar, claro uno podría ser libre de no desempeñarla a riesgo de precarizar más aun la situación.

El despliegue tecnológico para poder generar los ritmos vertiginosos que requiere el capitalismo por otra parte ha hecho que se pueda prescindir de una gran cantidad de personas, ese es el ejercito de desempleados que crece día a día en el mundo, que si desea a lo mejor oponerse a la situación antes descrita se encontrara con que debe primero asegurar la supervivencia, mientras aquellos que están puestos en extensas jornadas laborales debilitados en términos psicológicos y biológicos difícilmente se tientan a presentar algún tipo de resistencia.

Si bien hay muchas legítimas demandas laborales, pocas veces se pone en juego la misma organización social jerarquizada y sus ciclos productivos, aunque puedan romper nuestros propios ciclos orgánicos, es necesario tener presente las necesidades particulares porque son acuciantes, pero no se puede perder de vista el contexto en el que están insertas. En un momento en la historia de la humanidad la discusión fue de quien eran propiedad los hijos de los esclavos, tal dilema no se supero sino que se eludió de una forma elegante, en que todas las personas nacerían libres e iguales pero no necesariamente con los mismos derechos sobre el mundo concreto, la revolución francesa cambio las palabras pero no necesariamente los hechos, ni hablar de la revolución rusa para ellos socialismo era trabajar y obedecer mucho.

La desjerarquización de la sociedad significa recuperar un dialogo entre iguales, no en el sentido de una homogeneidad cultural, sino en un punto en que podemos reconocer aquellas cosas que tenemos en común y aquellas que nos hacen diferentes sin que implique una asimetría de poder, tal idea idea ha sido tratada con más o menos justicia como utópica. Lo cierto es que la humanidad, en estos momentos básicamente, es un mero programa para la producción, eso es la educación hoy en dia, es un comportamiento semejante al de los insectos sociales como las hormigas, en cambio las posibilidades evolutivas en los primates tienen que ver con diversificar capacidades, no para generar una asimetría de poder sino para cultivar un refinado reconocimiento de los estados afectivos de los otros, sentirlo como otro legitimo. La jerarquización por lo mismo es la negación de la solidaridad, cada sociedad elige que afectos cultivar la nuestra lo hace con el miedo y la administración de los deseos, principalmente a través de la obediencia y la competencia desencarnada, se fragmenta a la humanidad en amos y esclavos en distintos grados.

La empatía o apoyo mutuo o como prefieran llamarla es una tendencia cultivable, está inscrita en nuestra biología (3) y aparece en nuestra experiencia consciente que es la “frontera” entre naturaleza y cultura, de acuerdo a biólogos como Francisco Varela, es esa experiencia la que se oscurece cuando repetimos una y otra vez la programación cultural que alimenta una sociedad jerarquizada, después de todo no estamos mirando, es la memoria en forma mecánica y automatica manifestándose, de ahí el dualismo mente-cuerpo y las patologías asociadas al estrés crónico, un camino desde la educación, trabajo o cárcel según sea la necesidad de la organización social jerarquizada.

Comprender en forma integral la sociedad jerarquizada, su relación con el ecosistema es reapropiarnos de nuestra experiencia consciente desde el cuerpo, en tiempo presente, es desde ahí que se pueden observar los condicionamientos sociales en que el trabajo más que ser una manera de proveerse lo necesario para vivir, pasa a ser la liquidación de cualquier potencial humano y un gran método de control social, a medida que la tecnología en vez de emplearse para solucionar los grandes problemas y preguntas de la humanidad se emplee en perfeccionar la tecnociencia necesaria para la organización social-económica jerarquizada, puede ir prescindiendo de una gran cantidad de personas, a una mitad la va a poner en ghetos con los que se regocijara haciendo caridad o encarcelándolos y a la otra mitad le dará empleo apaleando a los marginados.
Tal vez la primera acción es comprender y ponernos en juego a nosotros mismos y aquellos hábitos a los que estamos condicionados como es que el mundo este jerarquizado, a lo mejor desde ahí se puede fraguar un proyecto emancipatorio fundado en otra ética una más concreta basada en la horizontalidad y el apoyo mutuo (4).

Esta reflexión deliberadamente sintética se puede profundizar en estos textos:

(1) http://elvirusdelasubversion.blogspot.com/2014/03/contra-toda-forma-de-dominacion.html
(2) http://elvirusdelasubversion.blogspot.com/2013/10/la-armonia-del-ecosistema.html
(3) http://elvirusdelasubversion.blogspot.com/2013/02/autoliberacion-integral-y-apoyo-mutuo.html y http://elvirusdelasubversion.blogspot.com/2013/02/autoliberacion-integral-y-apoyo-mutuo_10.html
(4)   http://elvirusdelasubversion.blogspot.com/2014/04/subversion-ciencias-cognitivas.html
 
Fuente: http://elvirusdelasubversion.blogspot.com.es/2014/05/el-trabajo-y-la-esclavitud.html

miércoles, octubre 15

Rechazo a la LGTBI-QUEERfobia

La CNT Canarias alerta sobre la escalada internacional de violencia contra las personas LGTBI-QUEER, alentada por las instituciones estatales y religiosas de distintos países, y contando con la complicidad del silencio, e incluso participación activa de una parte de la población.

En los últimos meses estamos asistiendo a un auge de la represión contra las personas que tienen “relaciones sexuales no tradicionales”, concepto utilizado por el Gobierno ruso, para estigmatizar aquello que rompa con el heteropatriarcado normativo. En este caso, las normas prohíben que los menores reciban información sobre ese tipo de relaciones y que los homosexuales extranjeros adopten a los niños rusos.

En Brasil, la candidatura a la presidencia de la Comisión de Derechos Humanos y Minorías del país del militar y homófobo Jair Bolsorano, quien equipara la homosexualidad con la pederastia, no ayuda a mejorar el alarmante dato de muertes por razones de orientación sexual en este país.

En Uganda se ha aprobado hace apenas unas semanas el proyecto de ley que castiga hasta con cadena perpetua a las personas LGTBI-QUEER y con duras penas de cárcel a aquellas que no les delaten, mientras los medios de comunicación alientan a unirse a realizar la llamada caza de homosexuales por su propia cuenta.

Nigeria también se ha sumado a esta oleada represiva legislando con penas de cárcel por celebrar uniones homosexuales o por ser activista en estos círculos.

El presidente de Gambia les ha puesto a la altura de las alimañas, a las que se les debe de combatir como a los mosquitos de la malaria, y en la India se ha vuelto a reestablecer la ilegalidad de las relaciones entre personas LGTBI-QUEER, tras sólo cuatro años desde que fueron despenalizadas.

Arizona ha aprobado una ley que permite discriminarles, junto a otros colectivos, al permitir que los negocios se nieguen a atender a los clientes, siempre y cuando entiendan que hacerlo viola sus creencias religiosas.

Pero no debemos ir tan lejos. El PP europeo rechazó hace poco un informe de la Unión Europea que reclama derechos LGTBI-QUEER. El nuevo cardenal español, Fernando Sebastián, nombrado por el Papa, sostiene que la homosexualidad es una deficiencia, y hace apenas unas semanas, en España una mujer cisgénero fue agredida al ser confundida con un transexual, y una pareja de gays fue agredida en Madrid.

No cabe duda de que en todas estas leyes y actos violentos está implicada la mano de las instituciones religiosas, ya que sea cual sea la secta mayoritaria en el país referido, en todas ellas subyace una ideología heteropatriarcal, sustentada en lo biológicamente natural, según su criterio, y que es apoyado únicamente en argumentos reproductivos para la especie humana. El Estado, cómplice y perpetuador de estas ideologías, legisla a su favor para poder contar con su connivencia y apoyo en otros asuntos de índole conservadora. Y recordemos que la misma Organización Mundial de la Salud no fue hasta 1990 que quitó de su lista de enfermedades mentales a la homosexualidad, si bien la transexualidad sigue considerándose como tal.


Por ello, hacemos un llamamiento hacia la construcción de una sociedad en la que todas las personas seamos libres y respetadas en todos nuestros ámbitos, incluido el afectivo sexual, para una convivencia sin discriminación de ningún tipo en la que todas nos podamos desarrollar plenamente.

Sec. Prensa y Comunicación CNT Canarias.

domingo, octubre 12

Por la destrucción del mito

La vida que no-es-vida es puro y simple espectáculo. Éste se basa en ilusiones que, como sombras, se proyectan a todos los rincones de una habitación lúgubre. Las sombras ilusorias de la sociedad autoritaria y capitalista lo engullen todo, desde el suelo que pisamos hasta el aire que respiramos. También engullen lo que no es material: el pensamiento, las ideas, los análisis “científicos”… El espectáculo crea sombras, y las sombras se transforman en mitos bien hilados entre sí para sustentar, a su vez, el gran mito de la sociedad capitalista. Atacar, destruir, y desterrar esas sombras es la meta de la persona revolucionaria. Sin sombras, no hay mitos. Sin mitos, no hay espectáculo. El ‘gran mito’ del capitalismo sea, tal vez, el de la producción. La constante producción expansiva que nunca se sacia, que se expande hacia el infinito añadiendo cada vez nuevos horizontes que destruyen, a su paso, todo lo que habita este planeta. El mito tiene varias formas y consignas, pero todas ellas vienen a significar lo mismo:

Nace, estudia, trabaja, trabaja, descansa, trabaja, muere.

Trabajar, producir, realizarse como persona humana… Distintas palabras para la misma patraña burguesa-capitalista. Una patraña que, sin ir más lejos, se extiende al marxismo y al anarquismo. El primero la toma como distinción entre lo humano y lo natural: los seres humanos se diferencian de los animales por su trabajo (el trabajo no solamente te hace libre, ¡sino humane!) El segundo la toma en forma autogestionaria, no por ello erradicando el mito burgués de la producción. Producción es producción sea autogestionada o no. El espectáculo se extiende a todos los rincones, tanto materiales como inmateriales. Como diría Bonanno: un gato aunque se pinte de rojo sigue siendo un gato. Pero “el gato” de Bonanno adopta mil formas, y alguna más, en este siglo XXI (sin que ello signifique que las antiguas formas se puedan mantener en el tiempo. Algunas de hecho lo hacen). La sombra que tal vez haya que erradicar primero es la que el espectáculo proyecta en nuestro interior. O tal vez sea más preciso decir que nosotres, como productos del sistema, somos sombras que a nuestro caminar, a nuestro interaccionar con las cosas y seres que nos rodean, propagamos la ilusión del espectáculo que nos retiene.

La ruptura con el sistema no se puede producir si seguimos usando el vocabulario del sistema. Al igual que no se puede ganar un juego amañado si seguimos sus reglas, no podremos destruir la sociedad capitalista si seguimos encadenades a sus mitos. La producción, la ética del trabajo, el esfuerzo… sombras del capitalismo que bajo ningún concepto han de ser reproducidas en las individualidades (y sus agrupaciones) revolucionarias. No trabajes para producir. No te esfuerces si no te sale de dentro. No estés orgullose de tu producción. El trabajo no te realiza como persona. La producción te esclaviza sea autogestionada o no (la única diferencia es que compañeres que se dicen salvadores de les explotades pasan a ser tus nueves jefes). Trabaja para ti misme, satisfaciendo tu existencia humana, disfrutando de lo que haces, cuando quieras, con quien quieras, y cómo quieras. Lo mismo se puede aplicar a nuestra acción revolucionaria. Olvídate de sindicatos, federaciones, o plataformas que deifican su existencia convirtiéndola así en su única y última meta. Olvídate de los partidos revolucionarios, de las vanguardias de acción, o de les intelectuales que lideran tal o cual movimiento. Olvídate de les compañeres que te dicen que la autogestión de la producción, la toma de los medios de producción, será la salvación de la humanidad. El comunismo libertario no llegará jamás si no dejamos de lado la misma idea de producción (recuerda: un gato sigue siendo gato aunque esté pintado). Esto no quiere decir que has de organizarte con otras individualidades revolucionarias. Hazlo y, sobre todo, disfrútalo. Pero recuerda que las sombras del espectáculo llegan allá donde haya seres humanos.

Contra la lógica vaga, perezosa, y cobarde de aquelles que siempre hablan en tiempo futuro, piensa si no es posible encontrar espacios libres en el presente más actual. Contra la lógica cuantitativa de la producción de masas, del levantamiento de masas, de la organización del pueblo, de la creación (producción) de poder popular (¡un gato sigue siendo gato aunque esté pintado!), piensa si no es posible actuar, destruir, y crear utopía en el mismo punto sobre el cual tus pies tocan la tierra. Piensa cuánto de espectáculo hay en todos estos discursos “populares.” Espera, reúne, trabaja, sacrifica, sufre. En definitiva: agacha la cabeza, obedece, relega al “intelectual”… muere. Todo esto para que en algún futuro incierto aquelles “mesías” del proletariado vean sus utopías hechas realidad. Usa la ciencia, la filosofía, y el conocimiento humano para analizar la situación. Pero no actúes hoy, ahora, porque nunca el contexto es “lo suficientemente maduro.” Hay que crear (producir) consciencia, análisis, momentos maduros, ¡masas! Hay que crear (producir) poder popular, que no es lo mismo que poder capitalista (un gato aun pintado…). Patrañas cobardes que no son más que extensiones pervertidas de las sombras del espectáculo. Te mirarán mal, te marginarán, e incluso te agredirán si dejas de lado la lectura de les clásiques, el estudio de la economía política, el alto debate filosófico. Pajas mentales para no actuar hoy. Pajas mentales para satisfacer mentalidades acomodadas y cobardes que sueñan ser revolucionarias para no caer en la aburrida monotonía de la vida-que-no-es-vida.

Es hora de destruir el mito a ambos lados de la barricada. Es hora de olvidar la lógica revolucionaria de los números, de las masas, y de los “tiempos maduros.” En definitiva, es hora de destruir la producción. Es hora de destruir el tiempo futuro para vivir de una vez el tiempo presente. Es hora de olvidar los diccionarios revolucionarios que te imponen qué significa tal o cual término. La anarquía es libre: tómala y úsala como mejor te haga disfrutar la vida. Es hora de dar la patada a les “compañeres” que, bajo el nombre sacrosanto del “grupo”, imponen y constriñen los deseos individuales de liberación. Es hora de querer usar el vocabulario del espectáculo para beneficio de la revolución social. Es hora de señalar a quienes le hacen el juego al sistema: polítiques profesionales, sindicalistas de pacotilla, jueces acusadores, policías represores…

Es hora de encontrarnos y actuar. Aquí y ahora.



jueves, octubre 9

Los límites de la conciencia

Juanma Agulles


Revestidas de una capa de alta tecnología, nuestras sociedades contemporáneas siguen inmersas en el proceso de industrialización acelerada que se inició hace dos siglos. Los problemas de la desposesión social creciente, la organización burocrática, el expolio de la naturaleza, la violencia y la represión, no sólo no se han resuelto, sino que se han agudizado hasta el punto de poner en duda la supervivencia de gran parte del mundo que conocemos. 
 
Ante la enormidad de las tareas por acometer, hay que evitar la tentación del atajo retórico, de la apelación en forma de letanía a una Revolución que de un solo golpe lo transformase todo, o la descripción de un origen puro y perfectamente armónico del que nos hemos apartado y al que será posible regresar simplemente con desearlo.
 
Es necesario reconocer primero los límites de la conciencia para intentar establecer los límites al desarrollo de unas sociedades tecnológicas que caminan, sonámbulas, hacia el desastre.
 
 
 Colección Salmonetes. Ediciones El Salmón. 167p.

lunes, octubre 6

Sólo el demonio lo sabe

Un siniestro relato ambientado en el Siglo XIX, donde la vida del protagonista se convierte en un tablero en el que Anarquía y Civilización se ven las caras. Higienistas, proletarios insurrectos, borracheras infinitas, un sórdido escenario que nos muestra los entresijos de cada zancada del Progreso y cómo se desvelan a golpe de bisturí.

Editorial: Teoría de la Catástrofe 
Autor: Curro Rodríguez
2014

viernes, octubre 3

El trabajo no dignifica, es la forma de dominación más efectiva creada por los poderes


Cada día que pasa se hace más necesario desterrar de las filas del izquierdismo la figura estimada del trabajador. Ser un trabajador no es ningún orgullo, sino una penitencia. Nuestro pecado capital ha sido y será la mitificación del trabajo como valor humano. El marxismo y el anarcosindicalismo han hecho suyas la tesis nacionalsocialista de que el trabajo nos hará libres, cuando, realmente, el laborar está más próximo al contravalor, al suicidio del alma. Más allá de la advertencia realizada por Engels y Marx acerca del salario, donde la plusvalía era la única explotación dada, hay que comprender que el trabajo en sí, en toda su dimensión, es un crimen, la forma de dominación más efectiva creada por los poderes.

El hombre, por naturaleza, no desea trabajar. Las conquistas del movimiento obrero han ido siempre encaminadas en esa dirección. Las reducciones en la jornada laboral y la mejora en las condiciones, bajas médicas, de lactancia, etc. son en esencia formas merecidas de escaqueo. Amamos el tiempo libre, las vacaciones. Deseamos disponer tiempo para el ocio. El trabajo es uno de los mayores productores de enfermedades mentales y sociales contemporáneos. El estrés o la depresión, así como las rupturas de los núcleos familiares o sentimentales, la soledad, la incomprensión familiar o la ausencia de tiempo pedagógico, son la metástasis del trabajo.

Es en el trabajo donde más se nos enseña a respetar las reglas, donde se nos configura como seres del sistema. Se imponen un horario; unas obligaciones no consensuadas, puesto que el trabajo es un aprovechamiento por parte de patrón de la necesidad del trabajador de existir; unos turnos para realizar nuestras funciones fisiológicas de aseo, excreción y alimentación; y un temor constante provocado por la creciente incertidumbre que crea el despido libre, el trabajo temporal y, en definitiva, la inestabilidad del puesto de trabajo. Es, trabajar, una manifestación de poder en carne viva, comparable al sistema penitenciario. Y no lo es porque las actuales condiciones laborales sean precarias: el simple hecho de intercambiar experiencias por dinero ya es una maldición para el hombre. El dinero, y el trabajo como manera de generarlo, es jerarquía y represión.
 
Es desesperanzador ver al trabajador esforzarse en contentar las apetencias fetichistas de la patronal. Estos caprichos son estéticos, modificando el aspecto personal; de consumo, modificando las vestimentas; de trato, sumiéndose en un proceso autoritario en el que el respeto es el mismo que el ejecutado tiene al verdugo tratando de ganarse el perdón de su vida con la amabilidad; de tiempo, pues empleamos el máximo del nuestro a modificar nuestra posición laboral (del desempleo al empleo, y del empleo a otra posición laboral más privilegiada) con la elaboración de currículums atractivos y haciendo marketing sobre nosotros mismos. El currículum, en sí mismo, es fruto de la depravación más devastadora del trabajo, en el que de conformidad resumimos nuestra experiencia vital a aquel conocimiento que consideramos susceptible de ser empleable.

Capitalismo-explotación

En este sentido, tanto el patronato como la organización sindical, principalmente esta última, insiste en la necesidad de formar al trabajador para ser un mejor trabajador. El trabajo ha dejado de ser derecho para ser un deber, en el cuál es necesario estar preparado y competir con el prójimo en una inhumana batalla por demostrar quién posee unas habilidades más eficazmente explotables. Pasamos la vida, y más aún los periodos de desempleo, entrenando nuestra capacidad de ser esclavizados.

La enseñanza superior, la Formación Profesional y la cada vez más mercantilizada formación universitaria, no tiene más interés que el dotarnos de unos conocimientos inútiles fuera del trabajo. Éste es el centro hegemónico de la vida. El consenso en torno a los valores de sacrificio y disciplina ligados al trabajo es claro. Nosotros mismos, como clase, miramos con recelo al vago, al que busca equilibrar la balanza del aprovechamiento con el patrón, al que trata de ponerse a su nivel rebajando la calidad y jornada de trabajo. No importa la naturaleza del patrón, si es estatal o iniciativa privada. El trabajo es el método de control social de nuestro tiempo, y es necesario reaccionar contra él privándole de su existencia.

Ello no significa que debamos abandonar de manera autónoma y unilateral el mundo del trabajo. Sabemos que el desempleo es un drama y que no es fácil sobrevivir, no sólo biológicamente sino humanamente, sin dinero. Y sabemos, también, que en la mayoría de los casos, tampoco sería honrado vivir del trabajo de los demás compañeros. Nuestra madurez está caminar cada vez más firme en la senda del socialismo libertario. Poco a poco ir creando las condiciones necesarias para depender menos del dinero y, por tanto, del trabajo.

Vivir para uno y para sus compañeros y compañeras, no para el trabajo. Las asociaciones libres seguirán existiendo, pero no de trabajadores, sino de creadores y de jugadores. Crear y jugar es innato al hombre. Nuestra infancia lo pone de manifiesto. Sentimos la necesidad más o menos constante, en su justa medida, de hacer cosas, la mayoría de ellas, útiles, tanto para el individuo como para la sociedad. Es la verdadera vocación, la verdadera aplicación de nuestras habilidades, al margen de salarios o prestigios sociales vinculados a la profesión. El individuo puede producir bienes y bondades para la comunidad sin necesidad de estar sometidos a yugo y al látigo de la explotación laboral. Más allá de ganar o perder, el juego se realiza por la propia experiencia de jugar cuando éste es entendido sanamente. Esta es la alternativa propuesta al trabajo: la libertad.
 
 
A. Tarín